V.
POR EL CAMINO
Zurbano y sus oficiales habían salido camino de La Bastida. Hasta un par de horas después, Aviraneta y Leguía no tuvieron la silla de postas preparada.
Montaron a la puerta del parador, y comenzaron a bajar de prisa el cerro de Laguardia.
El día, de Junio, era claro, con sol, pero fresco; algunas nieblas suaves, ligeras, iban corriendo por el aire y deshaciéndose sobre la falda obscura de los montes.
Al pasar por cerca de Samaniego se encontraron a Mecolalde, con una compañía, que iba a retaguardia. Habían detenido un landó, ocupado por una señora y un caballero, y a dos vagabundos de malas trazas que se habían escondido en un viñedo al ver a la tropa. En ellos reconoció Leguía al hombre de la zamarra y al Raposo.
—Ahí tiene usted a dos de los asaltantes de anoche—dijo Pello a Aviraneta.
—¿Son esos?
—Sí.
El hombre de la zamarra, al ver a Aviraneta volvió la cabeza rápidamente.
—¿Han cogido ustedes gente sospechosa?—preguntó Aviraneta a Mecolalde.
—Sí.
—¿Qué clases de tipos son?
—Estos son espías de los carlistas.
—Entonces, mala les espera.
—Martín ordenará lo que haya que hacer con ellos.
La silla de postas avanzó por entre los soldados; al pasar por delante del landó detenido, Aviraneta echó una mirada hacia el interior del coche y se estremeció.
—Va dentro una mujer muy guapa—dijo Leguía, que había mirado también.
Aviraneta no dijo nada; pero poco después mandó al cochero de la silla de postas que se detuviese; se paró la silla de postas en medio del camino, y pasó por delante de ella el landó, rodeado de soldados.
Detrás del caballo de Mecolalde venían el Raposo y el hombre de la zamarra con las manos atadas.
En esto se vió aparecer a Zurbano, al galope, seguido de un ayudante. Mecolalde se acercó a él, y los dos jefes hablaron. Mecolalde explicó, sin duda, a Zurbano lo que ocurría.
—A los dos vagabundos y al caballero, que los fusilen delante de esta tapia—gritó Zurbano—. A la señora llevadla al depósito.
Dos soldados abrieron el landó e intimaron a los viajeros para que bajasen. Salieron del interior un caballero y una señora. El caballero era un hombre de unos cuarenta años, delgado, esbelto, de bigote corto; la señora, una mujer morena, de poca estatura, pero de arrogante presencia.
Aviraneta se acercó disimuladamente a Zurbano.
—Martín—dijo—: una palabra.
Zurbano se inclinó desde su caballo.
—¿Qué quieres?—preguntó.
—Esta mujer ha sido mi mujer—dijo Aviraneta.
—¿Tu mujer?
—Sí. ¿No podrías dejarla en libertad?
—Lo haré por ti.
—Y por los otros, ¿puedes hacer algo?
—Nada. Dile a esa señora que se vaya. No hago la guerra ni a las mujeres ni a los niños; no soy ningún Cabrera.
Aviraneta le rogó a Pello que comunicara a aquella señora las palabras de Zurbano. Leguía se acercó a la dama y se descubrió.
—Señora—dijo—: el coronel Zurbano, como favor especial, le permite a usted marcharse libremente.
—¿A mí sola?
—A usted sola.
—¿Y mi esposo?
—Quedará prisionero.
—Pues dígale usted a ese bruto—replicó la dama, con aire orgulloso e insultante—que no me separo de mi marido.
—Pero, señora...
—Nada, nada.
Leguía se inclinó, y, acercándose a Aviraneta, le contó lo que pasaba.
—¿Es su marido?—preguntó Aviraneta, con cierto asombro.
—Sí.
Aviraneta habló nuevamente a Zurbano, y le convenció de que sería mejor interrogar a los prisioneros.
—Bueno; vamos a entrar en esta casa. Se celebrará un juicio sumarísimo.
La casa que había indicado el coronel tenía un ancho zaguán y una columna de piedra en el centro; pusieron junto a ésta una mesa; Zurbano se sentó en medio; a su derecha, Mecolalde, y a su izquierda, un capitán.
—Que entren los prisioneros—dijo Zurbano.
Rodeados de media docena de soldados y de varios oficiales entraron la señora, el caballero, el Raposo y el hombre de la zamarra.
VARGAS
—Interrógueles usted, capitán—dijo Zurbano.
—¿A quién primero?
—Al señor.
—¿Cómo se llama usted?—preguntó el capitán.
—Don Fernando de Vargas—contestó el caballero, esforzándose por aparecer sereno y tranquilo.
—¿De dónde viene usted?
—De Valladolid.
—¿Adónde iba usted?
—A Francia.
—¿Es usted carlista?
—Sí, señor.
—¿Lleva usted alguna misión de su partido?
—No, señor.
—¿Qué parentesco tiene usted con esa señora?
—Es mi esposa.
—¿Conoce usted a estos dos hombres?
—A éste—y señaló al de la zamarra—lo conozco. Ha sido criado mío; pero hace ya muchos años que no le veía. Al otro no le conozco.
—Está bien. ¿Sigo el interrogatorio?—preguntó el capitán a Zurbano.
—No; empiece usted con el otro.
EL HOMBRE DE LA ZAMARRA SE DEFIENDE
El capitán comenzó a interrogar al hombre de la zamarra; pero éste, por exceso de astucia, quiso hacerse el tonto. El capitán se picó al ver que el mendigo se le escabullía por entre los dedos, y fué acorralándole a preguntas. A veces, las contestaciones maliciosas y los subterfugios del viejo hicieron arrancar una carcajada a los oficiales.
En esto, abriéndose paso por entre los soldados, se presentó ante el tribunal un hombre con facha de labriego. Ni Aviraneta ni Leguía le reconocieron; era uno de los que habían estado la noche anterior en el parador del Vizcaíno, el compañero del asesinado por la banda del hombre de la zamarra.
—¿Quién es usted y qué quiere?—preguntó Zurbano, al verle.
—Vengo a declarar—dijo el labriego—. Ayer noche, un compañero mío, tratante en granos, y yo fuimos al parador del Vizcaíno, de Laguardia. Nos pusieron a los dos a dormir en el mismo cuarto. A media noche me desperté sobresaltado, y me encontré con cinco hombres que me ataron y me amenazaron con las navajas si daba un grito. Aquellos hombres acababan de matar en la cama a mi compañero; entre los asesinos estaban estos dos.
—¡Miente!—gritó el hombre de la zamarra—. Ese día yo no estaba en Laguardia.
—Digo la verdad—afirmó el labriego.
—¿Los reconoce usted a los dos? ¿Tiene usted la seguridad de que son ellos?—preguntó Zurbano, señalando al de la zamarra y al Raposo.
—Sí, señor; la seguridad absoluta.
—Está bien. No hay más que hablar. Retírese usted, buen hombre. Se hará justicia. La señora y el caballero, que vayan escoltados al depósito de Logroño. A estos dos granujas pegarles cuatro tiros delante de esa tapia.
El hombre de la zamarra, al oir esto, dió un salto y se echó para atrás; derribó a tres o cuatro soldados; pero no pudo salir y cayó al suelo. Allí se defendió como una fiera, pateando, mordiendo, hasta que le sujetaron y le ataron los brazos. El Raposo, sin que nadie se diera cuenta, se escabulló como una rata y comenzó a correr a campo traviesa. Los soldados le dispararon una descarga y cayó a cuarenta o cincuenta metros; pero poco después se levantó y echó a correr.
El hombre de la zamarra presenció la fuga de su compañero. Cuando le mandaron avanzar por la carretera, para fusilarle, estaba transfigurado. Se veía vencido; pero esto le daba una gran energía.
—¡Canallas! ¡Cobardes! Por mucho que me matéis yo he matado más de los vuestros—gritaba.
—¡Anda! ¡Anda! Que te vamos a dar para vino—le decía un soldado joven, riendo.
Al pasar por delante de Aviraneta, el hombre de la zamarra le miró fijamente y exclamó:
—Señor de Aviraneta. Cada cual trabaja por sus ideas, a su manera, ¿verdad?
Aviraneta no dijo nada.
La patrulla que llevaba al que iban a fusilar se alejó.
Al poco rato se oyó una descarga; poco después un tiro suelto, y luego, otro.
—Ya lo han rematado—dijo un soldado viejo a Leguía.
—En fin, un enemigo menos—murmuró Aviraneta.
Aviraneta y Leguía montaron en la silla de postas y cruzaron por entre los soldados de Zurbano.
—¿Habrá usted presenciado muchas escenas de éstas, eh, don Eugenio?—preguntó Leguía.
—¡Figúrate! Cuando estemos tranquilos, y si no te aburre, te contaré algunos episodios de mi vida.
—¿Aburrirme? ¡Nada de eso! Le escucharé a usted con mucho gusto.
La silla de postas marchó a tomar la carretera de Haro, y de allí siguió en dirección a Miranda de Ebro.
LIBRO SEXTO
LA INFANCIA DE UN CONSPIRADOR
I.
EL ARCHIVO SECRETO
Un año después, una tarde de invierno, Aviraneta y Pello marchaban, en un tílburi, por la carretera de Bayona.
Habían salido de Irún después de comer, y pensaban detenerse en Bidart.
Bidart es una aldea de la costa vascofrancesa que está entre San Juan de Luz y Biarritz; tiene una iglesia, con su cementerio alrededor; unas cuantas casas agrupadas, constituyendo el pueblo, y otras varias diseminadas por las dunas próximas al mar y cubiertas de hierba verde.
Estas dunas forman parte del acantilado que comienza en Hendaya y acaba en Biarritz.
La tarde estaba lluviosa y gris. Entre la niebla apenas se veía. Pello iba dirigiendo el tílburi, obedeciendo las indicaciones de Aviraneta.
—El tiempo se nos mete en aguas—murmuró Aviraneta.
—Sí; parece que sí.
—A ti eso no te preocupa; pero a mí, mucho.
—¿Por qué?
—Por el reúma.
—Pero ¿tiene usted reúma, de veras, o es que dice usted que lo tiene cuando le conviene, don Eugenio? Porque voy viendo que cuando no quiere usted hacer algo, padece usted de reúma.
—¡Qué opinión estás formando de mí! Lo que es si a ti te encargaran mi biografía, ¡me he lucido!
—Yo supongo que no sólo engañará usted a los carlistas, sino que engañará usted también a los amigos.
—Eres un granuja, Pello. Eres indigno de mi amistad.
—Insúlteme usted, y soy capaz de ir con el tílburi al mar y empezar a marchar por encima, como Neptuno.
—¡Neptuno, sí; buen tuno estás hecho tú!
—¡Hombre, don Eugenio! No juegue usted con el vocablo de una manera tan vulgar; eso no está a su altura.
—¡Hay que descender a veces, amigo Pello!
EL CASERÍO ITHURBIDE
Habían pasado Guethary, y marchaban entre la carretera y la costa. Pronto encontraron un punto en donde el camino se bifurcaba.
—Tira por la izquierda—dijo Aviraneta—; ya te diré dónde tienes que parar.
El tílburi tomó el camino de la izquierda, que se iba acercando al mar, y que subía en una pendiente suave. Antes de llegar a la cima, Aviraneta mandó hacer alto delante de una casa rústica.
Era una casita con ventanas verdes y dos galerías por el lado del camino, cubiertas con una parra que iba dejando sus hojas marchitas al viento; por el lado contrario, hacia el mar, tenía un prado y un pequeño jardín.
La puerta del caserío estaba abierta, y Aviraneta y Leguía entraron en el zaguán. Una vieja, muy arrugada, les salió al encuentro con dos chicos de la mano. Aviraneta cambió con ella algunas palabras en castellano y en francés, dió unas monedas de cobre a los chicos y comenzó a subir la escalera seguido de Leguía.
Llegaron al piso segundo; Aviraneta entró en un cuarto y abrió las maderas de un gran balcón que daba al mar.
La tarde, lluviosa, iba obscureciendo rápidamente; la noche se venía encima; apenas llegaba a verse algo en el interior de la casa.
—Mira, a ver si por ahí hay un quinqué—dijo Aviraneta.
—Sí, aquí hay uno—contestó Pello.
—Bueno; tráelo. También habrá por ahí una maquinilla de espíritu de vino y una botella con petróleo.
Leguía buscó, a tientas, en un vasar, y encontró las dos cosas pedidas.
Aviraneta se puso a limpiar la lámpara, la llenó de petróleo y la encendió. Después cerró las maderas del balcón; abrió un armario y sacó un bote de café y un molinillo.
—Ahora, mientras yo enciendo la estufa y hago el café—dijo Aviraneta—, di a la mujer del caserío, madama Ithurbide, yo la llamo así por ser éste el nombre del caserío, que nos prepare la cena, y de paso mira a ver si han metido el caballo en la cuadra y le han dado pienso.
—Bueno; todo se hará.
Leguía desapareció por la escalera, y Aviraneta, renqueando por el reúma, limpió la estufa, golpeando el tubo con un hierro para que saliera el hollín, la cargó con astillas y pedazos de carbón de piedra y le dió fuego con unos periódicos viejos. Después se puso a moler el café.
Unos minutos más tarde volvió Leguía.
—¿Ya tenemos fuego, maestro?—dijo.
—Sí, ya tenemos fuego. ¿Qué hay de los encargos?
—He conferenciado con madama Ithurbide. Larga negociación. Hemos llegado a este resultado: primero, sopa de coles; segundo, un par de huevos fritos con jamón; tercero, un pollo guisado; cuarto, una cola de merluza con salsa a la mayonesa, y quinto, arroz con leche. Como vino, hay uno de Beziers, bastante aceptable. Se puede alternar con sidra. No he podido conseguir más en mi negociación diplomática.
—¿Todo eso que has dicho piensas comer?—preguntó Aviraneta.
—Ya lo creo. Las emociones me desgastan mucho el organismo.
—Eres un tragón. ¿Has visto si el caballo está en la cuadra?
—Sí; está comiendo su pienso.
—Bueno; pues acaba de moler el café, que yo voy a dejar la mesa libre.
Leguía cogió el molinillo y comenzó a dar vueltas al manubrio mientras Aviraneta limpiaba la mesa con un trapo.
—Con esa levita y ese sombrero de copa, haciendo de cocinero, me resultas un tipo ridículo—dijo Aviraneta.
Realmente, Leguía estaba hecho un dandy, con su levita entallada y su redoblante en la cabeza.
—Pues usted está también un poco grotesco—dijo Leguía, mirando a Aviraneta, que, después de limpiar la mesa, estaba a gatas, delante de la estufa, con las manos negras.
—Ahí dentro, en ese armario, debe haber unas blusas viejas, que yo empleo para andar en la huerta. Mira a ver si las encuentras.
Leguía las sacó, y el maestro y el discípulo se quitaron las levitas para ponerse las blusas.
Este será el mandil masónico que usted empleará en las tenidas negras—dijo Leguía—. Cómo se conoce que estamos en casa de un venerable. ¿Qué grado tiene usted, treinta y tres o cuarenta y tres, don Eugenio?
—Bueno, bueno; esos chistes a mí no me causan impresión, Pello. Voy a lavarme las manos. Ojo con la estufa, ¿eh?
—Bueno.
Aviraneta volvió al poco rato.
—¿Marcha la estufa?
—Como una seda. El agua del café hierve. Esa madama Ithurbide es la que me está preocupando.
—Ya vendrá, hombre, ya vendrá.
Los dos amigos se sentaron, con los pies al lado de la estufa, hasta que entró madama Ithurbide con el mantel y los cubiertos.
—Madama Ithurbide, ¡salud!—gritó Leguía—. Permita usted que le abrace. ¿Todo ha salido bien?
—Todo.
—¿Las coles estarán blandas?
—Sí, sí.
—¿El pollo no se habrá desgraciado?
—No.
—A la mayonesa, ¿le ha encontrado usted el punto?
—Sí, señor.
—¡Es usted admirable, madama Ithurbide!
Se sentaron a la mesa los dos amigos e hicieron honores a la cena. Después se sirvieron el café, del que Aviraneta tomó tres tazas, y luego se dedicaron a fumar. Leguía llevó delante de la estufa un colchón y una almohada; improvisó un diván, y se tendió en él. De cuando en cuando hacía una reflexión optimista acerca de la vida.
MIENTRAS EL VIENTO GIME
—Este caserío es mío—dijo de pronto Aviraneta—; me lo dejó un pariente en unas condiciones poco comunes. Por su mandato no le puedo cobrar al inquilino más que cincuenta francos al año; pero él tiene la obligación de reservarme los cuartos de este piso y de este lado que dan al mar.
—¡Cosa rara!
—Sí; era un tipo bastante extraño mi tío.
Comenzó a llover: se oía el redoblar de las gotas de agua que azotaban los cristales de las ventanas; todas las trompetas del viento sonaban al unísono, silbando, cantando, mugiendo; alguna ventana chirriaba en el enmohecido gozne con un quejido lastimero y terminaba dando un golpazo.
A veces, el viento, rugiente, parecía que iba a arrancar la casa y a llevarla en el aire; luego volvía a su moscardoneo manso y en algunos momentos se detenía, y entonces resonaba el rumor de la lluvia y el del mar.
—¿Para cuándo reserva usted su ingenio, maestro?—dijo de pronto Leguía.
—¿Por qué dices eso?
—Porque debía usted amenizar la velada contando algo interesante.
—¿Te aburres?
—¡Pse! Un poco.
—¡Claro! ¡Estás acostumbrado a la vida del gran mundo!
—Creo que exagera usted, maestro.
—No; no exagero. ¿Has escrito a Corito?
—Sí, ayer.
—Pues si quieres y no te parece más aburrido que no hacer nada, te contaré algunos episodios de mi vida.
—Eso es lo que le estaba pidiendo a usted.
—¿No te resultará pesado?
—De ninguna manera.
—No me vengas con cortesías. Ya sabes, Pello, que te conozco. Si no te gusta el proyecto, no he dicho nada.
—Me gusta, maestro, me gusta; una historia entretenida es para mí en este momento el complemento de la cena.
—Muy bien; eso me basta.
Aviraneta cruzó el comedor y abrió una puerta que daba a un cuarto contiguo. Este cuarto estaba lleno de cajas y de trastos viejos.
—¿Qué tiene usted ahí?—preguntó Leguía.
—Ahí tengo unos cuadros que unos chapelgorris amigos míos sacaron de unas iglesias de la Rioja.
—¿Sacaron? Quiere usted decir que los robaron.
—No vamos a reñir por cuestión de verbos; pon el que te dé la gana; pero te advierto que tu tío Fermín Leguía iba con ellos.
—Mi tío Fermín ha sido siempre un hombre enemigo de las supersticiones. ¿Y valen algo esos cuadros?
—Sí; los hay muy bonitos: tablas góticas de verdadero mérito.
—¿Y qué piensa usted hacer con todo eso? ¿Venderlo?
—No. ¡Ca! No soy tan positivista. Los guardaré para cuando tenga casa.
—Y usted, enemigo de la religión, ¿se va usted a pasar la vida mirando santitos? Vamos, don Eugenio, le creía a usted un hombre de más fuerza. Creo que va usted chocheando.
—Pello, eres un beocio. No quiero enseñarte mis cuadros. Eres indigno de contemplar una tabla gótica.
—Creo que sí, completamente indigno. ¿Qué tiene usted en ese armario?
—Este es el archivo secreto. Con esto podría echar abajo muchas reputaciones falsas de honradez, de valor, de moralidad...
—¿Y qué adelantaría usted?
—Quitar la máscara a muchos tunantes.
—¡Bah! Todos los hombres tienen su zona de luz y de sombra: unos más, otros menos. Hay que tomarlos como son.
—Esta es tu opinión, Pello; pero no la mía. En fin, dejemos eso. En este cuadernito tengo los apuntes y las fechas, por si alguna vez escribo mis Memorias para confundir a mis enemigos. Repito: si te aburre, dímelo.
—Venga esa historia—dijo Leguía, encendiendo un cigarro y tendiéndose en su improvisado diván.
Aviraneta se acercó al quinqué; abrió su cuaderno, sacó su lente y comenzó su narración.
II.
LAS DOS INFLUENCIAS
Soy un hombre de mala suerte, mi querido Pello, en parte mitigada por mi fuerza de voluntad grande. Soy de esos que no se desaniman fácilmente, ni consideran que una causa está perdida hasta que no ven medio alguno de encontrar una solución. No tengo nada de místico; ni creo que haya en el mundo más que fuerzas naturales; pero, aunque tuviera la sorpresa de encontrarme después de muerto con el infierno, no lo podría considerar como una cosa definitiva e irremediable, y mientras alentara, pensaría en buscar recursos para mejorar mi situación. La esperanza no la abandonaría nunca.
Mi filosofía, si es que a un político aventurero se le permite tener filosofía, ha sido siempre esa: trabajar con entusiasmo para conseguir las cosas, y cuando no las he conseguido, quedarme tranquilo y renunciar a ellas sin dolor alguno.
Como hombre de mala suerte, he sufrido bastantes desgracias; he presenciado catástrofes, derrotas, incendios, matanzas; patriota entusiasta, he sido testigo de dos invasiones extranjeras y del desmoronamiento del imperio colonial español; liberal y progresista, he visto a mi país padeciendo las reacciones más bárbaras; me ha herido la calumnia y el descrédito, privándome de todas las armas cuando necesitaba más de ellas; he pasado por casi todas las cárceles de España; he estado muchas veces a punto de ser fusilado... y, sin embargo, si volviera a vivir, volvería a hacer lo mismo de lo que hice.
—Hay que ser consecuente—murmuró Leguía, lanzando una bocanada de humo al aire.
—Lo dices con cierta sorna—replicó Aviraneta—. Ya sé que en el fondo te burlas de los de mi época. Los jóvenes de hoy vais siendo demasiado positivistas.
—¡Bah!
—Ya no estimáis más que los resultados. Adoradores del éxito.
—¡Claro! Es natural.
—Para mí no ha sido natural. Hay personas que sólo en determinadas condiciones se pueden poner en acción. Yo no he pensado esto nunca. Todas las ocasiones y todos los momentos me han parecido buenos para defender mis ideas e intentar mis planes. De militar, tan trascendental me parecía sorprender un correo como ganar una acción; de político, las elecciones de cualquier pueblo me han interesado tanto y me han parecido tan importantes como las de la capital. A las gentes que se agitan como yo, las personas tranquilas les llaman perturbadoras, anarquistas...
—Al grano, don Eugenio, al grano. Se pierde usted en disquisiciones, maestro.
MI INFANCIA
—Vamos al grano. Empezaré por mi nacimiento. Me llamo Eugenio Aviraneta, Ibargoyen, Echegaray y Alzate. Soy vasco por los cuatro costados, pero he nacido en Madrid.
Mi padre se llamaba Felipe Francisco, y era de Vergara; mi madre, Juana Josefa, y era de Irún.
Mi padre había venido a hacer sus estudios a Madrid, y allí conoció a mi madre, que era hija de un militar, don Mateo de Ibargoyen. Mi padre y mi madre se casaron en la parroquia de San Miguel. Mi padre, que era abogado de algún nombre, tenía muy buena clientela; años antes de nacer yo había defendido un pleito a favor de las monjas del Sacramento, y éstas, como pago de sus honorarios, le cedieron, para habitarla, una casa de propiedad del convento y contigua a él, que daba a la calle del Estudio de la Villa y tenía el número 10.
Aquí nací yo. Si te interesa saber la fecha, te diré que fué un día 13, mal día, el 13 de Noviembre de 1792, y fuí bautizado el 14 en la iglesia de Santa María Real de la Almudena.
Fué mi padrino don Domingo de Larrinaga, militar de alta graduación, amigo de mi padre. Por eso yo me llamo Eugenio Domingo.
Tenía dos hermanas, Antonia Cecilia y Antonia Juana; una, mayor que yo, y la otra, más pequeña. De niñas, las dos eran rollizas y altas; en cambio, yo siempre fuí pequeño y encanijado.
A pesar de mi pequeñez y encanijamiento, no estuve nunca malo.
—Este chico no crece—decía mi madre a doña María Antonia de Echevarría, que era su amiga más íntima.
—Ya crecerá; no tengas cuidado—contestaba doña María Antonia.
Yo no crecía; pero estaba fuerte como la mala hierba. Que hiciera frío o calor, que cayera ese sol de Agosto madrileño que parece va a derretir hasta las piedras, o que estuvieran las fuentes y los charcos helados, para mí era lo mismo. Mi lugar predilecto era la calle.
A los siete años di un disgusto a mi familia porque me abrieron la cabeza de un cantazo en una pedrea que tuvimos en las Vistillas unos moros de Lavapiés y unos cristianos de mi barrio; y a los nueve proporcioné otro disgusto serio a los autores de mis días, porque le arrimé una pedrada de honda a un chico, en el pecho, y estuvo, según dijeron, a punto de morirse.
LA CASA
Durante toda la infancia me encontré sometido a dos influencias: la de casa y la de la calle.
Estas influencias eran tan opuestas, tan contradictorias, que no había entre ellas término medio posible.
Con indicarte cómo era mi casa y cómo era la calle, lo comprenderás en seguida.
Mi casa era una casa especial. Mi padre profesaba ideas modernas para su época; pero a pesar de esto se manifestaba muy grave, muy ceremonioso, muy hidalguesco. En el fondo tenía todas las preocupaciones del antiguo régimen, un poco amortiguadas por su tendencia filosófica.
Mi madre le consideraba como a un oráculo; para ella el dueño de la casa tenía la categoría y el poder del «pater familias» romano.
Las dos personas más consideradas por mi padre eran don Domingo de Larrinaga y don Juan Ignacio de Arteaga.
Estos dos señores eran militares de alta graduación; Arteaga había estado en Méjico, donde se casó con doña Luisa Emparanza, señora muy entonada y de familia rica.
Larrinaga y Arteaga profesaban, como mi padre, ideas modernas, que en aquella época no se llamaban todavía liberales.
Es lógico que las tendencias de renovación y de cambio en un país vengan del elemento culto y no del pueblo. El pueblo toma las ideas cuando ya han fermentado, y les da violencia, fuerza, para que puedan generalizarse; pero los primeros contagios siempre comienzan entre la minoría culta. Esto pasó en Francia, en España, y creo que pasará en todas partes.
El elemento aristocrático español aceptó en aquel tiempo las ideas nuevas que tendían a fomentar la agricultura, la industria y a mejorar la educación de la juventud, y solamente cuando vió que a la larga estas ideas eran contrarias a los privilegios de clase se opusieron a ellas. Entonces la posibilidad de un predominio democrático se veía muy lejana. Todo el mundo quería transformar, sin contar gran cosa con el pueblo, a quien se consideraba como un elemento inerte.
En una Memoria que publicó don Andrés Muriel, titulada Gobierno del Señor Rey Don Carlos III o instrucción reservada para la dirección de la Junta de Estado, se puede ver el entusiasmo reformador que había en España en algunos individuos de las altas clases.
«LOS CABALLERITOS DE AZCOITIA»
En las provincias vascongadas también los nobles y las personas notables fueron los primeros que se lanzaron a defender las ideas de renovación en pleno siglo xviii.
En algunos pueblos se desarrolló un gran entusiasmo por la lectura. En Guipúzcoa solamente había quince suscriptores a la Enciclopedia de Diderot; con seguridad, en todo el resto de España no llegaban a tantos.
Muchas gentes de los pueblos guipuzcoanos se reunían con otros de las mismas aficiones y trataban y discutían cuestiones de arte y de ciencia. Se hablaba de algunos hidalgos que se habían metido en su casa a hacer experimentos por su cuenta.
En Azcoitia, según nos decía Larrinaga, tenían una Academia, de la que formaba parte la gente más distinguida de la villa. Esta Academia se llamaba «Los caballeritos de Azcoitia», y de ella formaban parte Ignacio Manuel de Altuna, Joaquín de Eguía, el conde de Peña Florida y otros enciclopedistas guipuzcoanos menos conocidos.
«Los caballeritos de Azcoitia» habían señalado sus días para el estudio. Los lunes los consagraban a las Matemáticas; los martes, a la Física; el miércoles, a la Historia y a las traducciones; el jueves, a la Música; el viernes, a la Geografía; el sábado, a los asuntos de actualidad, y el domingo se celebraban fiestas de teatro y conciertos.
Aseguraba Larrinaga que por suscripción se habían llevado a Azcoitia una máquina neumática, una eléctrica de Nollet, y varios aparatos traídos de Londres. Se habían discutido también en aquella Academia las tesis físicas y matemáticas de Bernouilli, de Newton y de Franklin.
Los hidalgos azcoitianos sentían un gran entusiasmo por los nuevos métodos basados en la experiencia, y cuando el padre Isla criticó en el Fray Gerundio, desde un punto de vista teológico, la enseñanza experimental, que se comenzaba a emplear en Física, los caballeritos le atacaron con saña, firmando su impugnación, llena de burlas maliciosas, con el seudónimo de los «Aldeanos críticos».
De Azcoitia salió la Sociedad Económica Vascongada y la de los Amigos del País, que después sirvieron de modelo para muchas otras Sociedades de la misma clase que se fundaron en casi todas las regiones españolas.
EL COLEGIO DE VERGARA
Mi padre, que, como he dicho, era de Vergara, no podía aceptar la supremacía de ninguna otra ciudad sobre la suya; pero no tenía más remedio que reconocer que Azcoitia había sido la primera en comenzar el movimiento filosófico en las Vascongadas y aun en España.
Realmente, el seminario de Vergara era un centro científico importantísimo. Después de la expulsión de los jesuítas, los enciclopedistas y afrancesados de Azcoitia se apoderaron del colegio de Vergara, e hicieron de él el foco de las nuevas ideas. Mientras los frailes en Salamanca explicaban una Física y una Química con procedimientos teológicos, en Vergara se empleaban aparatos, se hacían experiencias.
En Filosofía y en Derecho natural se profesaban ideas modernísimas.
Vergara había discutido con Beasain acerca del nacimiento de San Martín de Aguirre, a quien los unos tenían por vergarés y los otros por natural de Loynaz, y el Papa, elegido como árbitro, dió en una bula la razón al seminario guipuzcoano.
Parecerá absurdo que a un chico que vivía en Madrid se le pusiesen como modelos de centros de cultura dos pueblos pequeños como Azcoitia y Vergara; pero hay que tener en cuenta que entonces Madrid era uno de los lugares más atrasados y más bárbaros de España.
Tanto me hablaban mi padre y mi padrino de estos dos pueblos, que yo me los figuraba como un sitio en donde los hombres más viejos, con sus barbas blancas, iban a la escuela.
Muchas veces las ideas nuevas, en vez de destruir las viejas, les sirven como de cuña. Así pasaba en mi casa. Parecía que el liberalismo de mi padre había llegado a dar a mi familia un carácter más tradicional. Aquella casa tenía aire de santuario; todas las pequeñas prácticas de la vida tomaban allí un tinte religioso. Conversar, escribir una carta, dar los días, eran actos solemnes. El rezar el rosario por las noches y el ir a misa los domingos, eran ya ceremonias llenas de unción y de santidad.
Al lado de este ambiente de respetabilidad que respiraba en mi casa, tenía el aire de la calle madrileña un cierzo de las Vistillas y de Puerta de Moros, de la Cuesta de la Vega y de Lavapiés, que cortaba como una navaja de afeitar.
LA CALLE
Por estas callejuelas del viejo Madrid se respiraba entonces un vaho espeso de pueblo bajo, de manolería violenta, desgarrada, desvergonzada.
En aquellos tiempos, la Puerta de Moros y la plaza del Alamillo eran tan peligrosas como las cañadas de Sierra Morena. En estas callejuelas madrileñas privaba la majeza, el desplante, la frase dura, el chiste burlón y agresivo. Allí se le daba una puñalada a uno en menos que canta un gallo, y se le pintaba un jabeque al lucero del alba. Entonces, la gente pobre de Madrid era completamente salvaje, y se vivía en las casas de los barrios bajos como en las cuevas de los gitanos.
Madrid era una gran Corte de los Milagros.
Por todas partes se veían mendigos, tullidos que mostraban sus deformidades y sus llagas; ciegos que entonaban una cantilena lamentable; procesiones y rosarios. Hasta los más metafísicos misterios del catolicismo servían para ser cantados al son de la vihuela; y los romances de los bandidos alternaban con la vida de los santos y las relaciones de los milagros más despampanantes.
No había esquinazo que no se empapelara con noticias de novenas, vísperas y trisagios; ni calle en donde faltara un momento la agradable perspectiva del cogote de un fraile.
Hoy no se puede tener idea de lo que era aquel Madrid; habría que dar muchos detalles para poder formarse un concepto aproximado a la realidad.
Entre las solemnidades ceremoniosas de mi casa y la abigarrada majeza del arroyo estaba yo como el alma de Garibay, más cerca por mis gustos de la chulapería callejera que de la majestuosa severidad de mi hogar.
III.
EL MADRID DE 1800
La calle del Estudio de la Villa, donde yo he nacido, calle que hoy se llama solamente de la Villa, es una calle corta y tortuosa; arranca desde el Pretil de los Consejos, cerca de la Capitanía General, y termina en la plaza de la Cruz Verde, plaza desconocida por los madrileños actuales, pues es un pequeño espacio irregular próximo a la calle de Segovia, según se baja hacia el puente, a mano derecha.
Mi calle, como he dicho, era corta y tortuosa; a la entrada, frente a mi casa, se encontraba la Academia pública de humanidades, que regentó el maestro Juan López de Hoyos, cuando asistió a sus aulas Cervantes. Esta Academia, que llamaban el Estudio de la Villa, daba nombre a la calle.
La casa donde yo nací, que aun existe, se conocía en el barrio con el nombre de Casa de las Monjas del Sacramento, y era un edificio grande de tres pisos, con vuelta al Pretil de los Consejos.
Aquélla y otras varias, unidas al convento de las monjas, formaban una sola manzana, limitada por las calles del Estudio, del Sacramento, del Pretil de los Consejos, del Rollo y de la plaza de la Cruz Verde.
UN BARRIO SINTETIZADOR
En este rincón de mi barrio hice yo mis primeras correrías. Era difícil encontrar un barrio tan sintetizador como aquel de la vida cortesana y aun de la vida nacional; era el barrio más castizo de Madrid, el más antiguo, el más típico, el receptáculo de todo lo viejo, de todo lo jaque, de todo lo abigarrado y pintoresco de la villa del oso y del madroño.
Representaba, como ningún otro, la vida del país. La Inquisición tenía su hogar en la Plaza Mayor, y en la de la Cruz Verde, los lugares del auto de fe en gran escala y de los autillos. Estos autillos debieron ser célebres en otra época, y como recuerdo quedaba en la plaza de la Cruz Verde, al decir de la gente, una cruz de madera pintada de este color; la monarquía tenía en el barrio el Palacio Real; la aristocracia, la casa enorme de Osuna.
La religión contaba con una serie de parroquias y de conventos: San Pedro, San Justo, San Andrés, la Capilla del Obispo, las Carboneras. Además, en la calle del Sacramento estaba el palacio arzobispal, y en la calle del Nuncio el del embajador de Su Santidad.
Otras instituciones fuertes ostentaban en el barrio representación completa. El dinero y la usura, en la calle del Duque de Nájera, donde estuvo la casa de Samuel Leví, el tesorero del rey Don Pedro de Castilla; el dinero y el amor, en la calle del Rebeque, donde se hallaba la tesorería de Palacio, edificio que luego compró Ruy Gómez de Silva, el marido de la princesa de Éboli, para incorporarlo al mayorazgo de la Aliseda.
Un ramo importante de la agricultura tenía su asiento en la plaza próxima a la Capilla del Obispo. En esta plazoleta, los campesinos de los alrededores de Madrid habían establecido desde tiempos antiguos un mercado diario de granos y de paja.
La elección de este sitio para mercado provenía de la época en que al cabildo de la Capilla del Obispo se le daba como subvención una carga de paja para el mantenimiento de la mula de cada uno de los capellanes, a condición de usar en sus paseos mantilla negra larga sobre la caballería y de que los fámulos llevaran traje y montera del mismo color.
El capellán mayor y los otros menores sacaban a vender todo el pienso que se les entregaba y que no consumían a esta plazoleta, que desde entonces se llamó de la Paja. Llegó un día en que las cosas se pusieron mal; a las mulas de los capellanes se les cortó la ración de pienso; pero la costumbre estaba hecha y los labradores de Parla y de Fuenlabrada, fieles a la tradición, siguieron llevando sus cargas de paja al mismo sitio.
La mendicidad tenía, como no podía menos, en la corte española, su representación en el barrio. Allí estaba la calle del Panecillo, llamada de este modo porque se repartía en ella un panecillo de limosna a cada pobre que se presentaba, y la calle de la Pasa y la del Rollo, que tenían el mismo motivo mendicante de denominación.
El hampa no dejaba de tener su recuerdo; cerca se encontraba la calle del Azotado, o de los Azotados, hoy calle del Cordón, por donde pasaban montados en burro los condenados a esta pena, mientras el verdugo les calentaba las espaldas.
La fiesta nacional tenía la calle del Toro, con un poco de historia tauromáquico-fantástica adjudicada a ella. Durante mucho tiempo había habido en esta callejuela una casa adornada con los cuernos de un toro estoqueado en una corrida regia.
La gente del barrio aseguraba que los cuernos sujetos a la pared bramaban a la misma hora en que fué estoqueado el animal. Otros decían que estos bramidos los producía un chico, que se burlaba así de la gente del pueblo, y que se ganó, cuando se le descubrió, la gran paliza.
No sólo teníamos en el barrio representación de las cosas terrenas, sino también de las de ultratumba; así, había un bodegón del Infierno, donde se reunían los aguadores a comer el clásico puchero, y un callejón del Infierno, que después del 7 de Julio se llamó Arco de Triunfo.
Los eruditos en esta clase de cosas decían que se llamaba callejón del Infierno porque en un incendio que estalló en la Plaza Mayor, la gente que miraba las llamas desde aquella rendija angosta le encontraba el aspecto de la entrada de los dominios de Plutón.
Hubo un tiempo en que fué necesario ensanchar este corredor estrecho para que pudiera pasar el coche real, y un poeta satírico, que era además cura, escribió con tal motivo un romance que comenzaba así: