CAPÍTULO X
#La inundación#
Durante muchas horas seguimos con la mirada el curso del torrente y con sorpresa observamos que la superficie del arroyo cambia á nuestra vista. Al parecer es en el mismo punto donde las hojas entran en el remolino y se sumergen dando vueltas; en esos sitios el agua se extiende en lienzos, se pliega en ondulaciones y se precipita por rápidas pendientes; á la misma altura, al parecer, se mojan las raíces del álamo y la flor de miosotis se baña en el agua transparente.
No obstante, el caudal cambia sin cesar; al mismo tiempo cambian también de sitio los torbellinos, la forma y extensión de los remansos y sus ondulaciones; la altura de las cascadas y la inmersión dé las plantas y raíces de los árboles. Todas estas pequeñas variaciones de la corriente serían fáciles de observar si en vez de medir el agua con una simple mirada, se consignara la altura por medio de un instrumento de precisión. Las oscilaciones del arroyo, que son apenas perceptibles durante los días apacibles, cuando gozamos paseando por la orilla de las aguas susurrantes, se vuelven por el contrario, fuertes y rápidas, después de los bruscos cambios de temperatura y de las grandes lluvias. Si no tememos á pesar de la lluvia y el viento huracanado, detenernos en la orilla, protegidos por el pobre abrigo que ofrece el tronco de un sauce, veremos con cuánta rapidez puede aumentar el caudal del arroyo, cómo se aumenta la velocidad de su corriente, llena su cauce hasta los bordes y, salvando las orillas, inunda los campos cultivados.
En las gargantas de los montes las crecidas y las inundaciones son aún más rápidas. Allí, el agua que cae de las nubes, chocando en las aristas de las piedras corre inmediatamente por los declives; de todos los pequeños regueros de los vallecillos, afluyen los hilos de agua y los torrentes para reunirse en enorme masa, en el gran receptáculo abierto al origen de casi todos los valles.
Al agua de lluvia ó las montañas de nieve medio derretida que el tibio chubasco ha hecho desprender de las laderas, se mezclan los restos fangosos, las piedrecitas y los fragmentos de roca caídos de los flancos del monte. Por los cauces, donde de ordinario salta en sonoras cascadas un pequeño torrente de cristalina agua, corre ahora con estrépito una especie de fango, un líquido semisólido que es al mismo tiempo que un diluvio un desprendimiento. Estos son los fenómenos que, con el tiempo, rebajan poco á poco los montes y los extienden en capas horizontales de aluvión sobre los llanos y en el fondo de los mares. El curso de los torrentes acaba por allanar las más altas cimas; derribarán los Andes y el Himalaya como han hecho ya desaparecer montes no menos elevados que los geólogos nos dicen han existido en otras edades.
Yo recuerdo aún el terror de una noche pasada á orillas del Chiruá, pequeño torrente de Sierra Nevada, en los Estados Unidos de Colombia. El día había sido hermoso; sólo una tempestad había estallado algunas leguas de allí, en las gargantas superiores de la Sierra, y esta tempestad había contribuido á la hermosura del día. El sol se había ocultado detrás de un horizonte esplendoroso, cuya púrpura realzaba el extraño contraste de las nubes sombrías con reflejos de cobre, ocultándonos las cimas de algunos montes, donde el estruendo del trueno se oía sin cesar. A la caída de la tarde la violencia de la tormenta había terminado; cesaron los truenos, se apagaron los relámpagos, é inmediatamente la luna, asomándose por la cumbre lejana, pareció dispersar por el cielo los jirones de nube, lo mismo que un navío rompe con su proa las flotantes islas de alga.
Lleno de confianza y fatigado por una larga correría, no me entretuve ni perdí tiempo en buscar un refugio. La arena del barranco brillaba á los rayos de la luna y veía con agrado que me brindaba una cama más blanda y menos húmeda que las hierbas del bosque; además estaba seguro de no encontrar ninguna serpiente enroscada en la maleza, y contra todo otro animal, tenía la ventaja de encontrarme en un espacio libre desde donde podía, al menor aviso, distinguir á mi enemigo. Me desembaracé de mi mochila para convertirla en almohada, me aflojé el cinturón y con el cuchillo en la mano me tendí para descansar. Afortunadamente, los mosquitos no cesaron de turbar mi reposo; como durmiendo con sueño intranquilo, mi oído percibía vagamente todos los ruidos á mi alrededor y oía la charanga enervante de los mosquitos y el saltar de los monos chillones. Pero, repentinamente, al triste concierto se unió un murmullo creciente parecido al de una multitud lejana que sollozaba, gemía y gritaba desesperadamente. Mi sueño se hacía intranquilo por momentos, cambiándose al instante en pesadilla y despertando sobresaltado. Ya era hora; mis ojos, extraviados por el terror, distinguieron á corta distancia una especie de muralla movible precedida de una masa espumosa que avanzaba hacia mí con la velocidad de un caballo desbocado. Esa muralla de barro, agua y piedras, era la que producía el terrible estruendo que me había despertado y me amenazaba. Recogí mi bagaje precipitadamente, y á grandes saltos, conseguí ganar la orilla del torrente. Cuando volví la vista, el furioso elemento cubría ya el punto donde estaba acostado momentos antes. Las olas, amontonadas en torbellinos, pasaban silbando; las piedras del cauce, empujadas por las aguas, cambiaban lentamente de puesto como monstruos despertados de su sueño y chocaban entre sí produciendo un sordo ruido; árboles arrancados de raíz, se levantaban fuera del agua y se sumergían pesadamente rompiéndose las ramas contra las piedras arrastradas; las orillas temblaban sin cesar por los choques de los enormes proyectiles que el agua furiosa lanzaba contra ellas. Durante toda la noche, el Chiruá continuó mugiendo, pero el estrépito disminuyó poco á poco; el agua, negra por el arrastre de materias extrañas, se aclaró un poco, y las pesadas piedras que arrastraba la corriente se detuvieron en mitad del cauce. Cuando los rayos del sol esparcieron por la superficie del arroyo sus primeros reflejos, me pareció que el agua había disminuido lo suficiente para franquear el arroyo y continuar mi marcha después de liar mis ropas en una especie de turbante que rodeaba mi cabeza; me aventuré á franquear la corriente y, no sin peligro, conseguí llegar á la orilla opuesta. El rápido torrente hacía temblar mis piernas y doblarse mis rodillas; guijarros de punta me cortaban los pies; pequeñas piedras arrastradas chocaban aún contra mí, y la corriente me empujaba violentamente. Cuando llegué al fin, sano y salvo á la parte opuesta, sentí no haber tenido la buena idea del campesino austríaco, que esperaba cándida y pacientemente sobre las orillas del Danubio, que el río cesara de correr: algunas horas después de mi paso, el Chiruá no era más que un débil hilo de agua, serpenteando por entre las piedras, que hubiera podido franquearse saltando de una á otra orilla.
Afortunadamente, estas crecidas repentinas, que debiéramos llamar avalanchas de agua, cambian de aspecto en la base de las montañas. En los llanos donde la inclinación del suelo es relativamente débil, y á veces imperceptible, la masa líquida del arroyo pierde su fuerza de impulsión y cesa de empujar las materias arrancadas de las laderas. Las piedras son las primeras que se detienen, luego los objetos pesados, y, por fin, el torrente, convertido en arroyo, no arrastra por el fondo de su cauce más que pequeña grava, y sólo lleva en suspensión la fina arena y la tamizada arcilla. Se calma la furia del diluvio, sobre todo, después de haberse unido á otros cursos de agua venidos de otras regiones donde no ha llovido, ó por lo menos, no al mismo tiempo. Sin embargo, aun perdiendo su velocidad, el caudal aumenta sin cesar por los afluentes que descienden de las gargantas superiores, acumulándose así en masa considerable; gana en anchura y profundidad, se desborda de su cauce demasiado estrecho, y se extiende lateralmente por encima de los ribazos; á veces transforma los campos de sus riberas en verdaderos lagos, donde las aguas, llevadas por la crecida, se clarifican poco á poco, depositando el aluvión. En más ó menos tiempo, la superficie sucia del lago reemplaza á la verdura de los prados, hasta que al fin, la capa líquida penetra en el suelo y se cambia en vapor, ó bien, después de la crecida, vuelve al cauce del arroyo.
Durante la inundación, el pequeño arroyo, olvidando sus pacíficas costumbres, se convierte en destructor de cuanto encuentra á su paso. Derrumba sus puentes, ahonda su lecho, cambia de sitio sus corrientes y remolinos, nivela sus cascadas, arrasa las partes de la orilla que se oponían á su marcha y vacía profundas grutas en los basamentos de las rocas. Las hierbas del fondo son arrancadas y saltan á la superficie, formando largos montones que se posan ó deshacen en las ramas de los árboles; luego se las encuentra á algunos metros de altura del suelo ó suspendidas en las extremidades de las ramas como los nidos de ciertos pájaros de América. Los agujeros de los terrenos de la orilla se llenan de agua ó bien se hunden por la presión de la corriente; los animales que huyen á la ventura se ahogan ó son devorados por las aves de rapiña ó las fieras del bosque; los cultivos del hombre son devastados ó cubiertos de cieno. Para el «rudo agricultor» que ha concentrado su amor en la siembra que germina bajo la tierra y en la verde mata acariciada por el sol, la inundación, tan hermosa é imponente á los ojos del artista, es el más terrible espectáculo que puede presenciar.
¿Qué son, pues, esas pequeñas oscilaciones periódicas, esas crecidas y descensos de nivel comparadas con los cambios que se han realizado durante el curso de los siglos? En un intervalo de miles de siglos los mayores ríos pueden convertirse en arroyuelos y éstos en ríos caudalosos; las corrientes crecen y disminuyen, aumentan y se secan, oscilan incesantemente con los continentes y los climas.
Todo cambia en la naturaleza; la forma de los montes y las colinas, las sinuosidades de los valles, los accidentes de las márgenes y todos los rasgos de la gran figura de la tierra se modifican de año en año. El calor aumenta unas veces y disminuye otras; las lluvias caen á torrentes durante un siglo; luego, durante otro período, son raras ó faltan casi completamente en un mismo punto de nuestro planeta. Así cambian también los cauces de las aguas, cuya dirección y volumen dependen á la vez de todas las condiciones del relieve y el clima.
En cuanto á nuestro arroyo, fué seguramente en tiempos pasados un ancho y profundo río. Su valle, cuyos campos y prados ocupan actualmente toda su anchura, estaban llenos de agua, y sobre las pendientes opuestas de las colinas se ven todavía las antiguas márgenes esculpidas por la corriente. El espacio en el cual los árboles de la orilla balancean libremente sus cabezas, estaba ocupado, hasta veinte ó treinta metros del suelo, por una masa líquida enorme, corriendo con una velocidad de diez kilómetros por hora. Esto es, al menos, lo que nos han dicho los geólogos después de haber hecho remover el suelo por los campesinos y haber observado durante largo tiempo en la llanura y las vertientes de las colinas las arenas, las piedras y arcillas arrastradas en otras épocas por la corriente. Parece que el Sena arrastraba en otro tiempo en sus grandes crecidas un caudal de agua como el Misisipi. Nuestro río, pues, era grande como el Danubio; por él hubieran podido navegar grandes escuadras, si en aquel tiempo hubiera habido hombres que las construyeran.
Para ver hoy el humilde arroyo tal cual fué en otra época de nuestro planeta, nos hemos de transportar con el pensamiento sobre las márgenes de algún gran río de la América del Sur. ¡Qué cambio de espectáculo tan repentino! Me encuentro sólo, olvidado, sobre una isla de arena, un medio del agua. Ni á uno ni á otro lado distingo la tierra; la curva vaporosa del horizonte une el lienzo gris del río con la bóveda del cielo. Una de las riberas está tan lejos que ni siquiera distingo las sinuosidades, y los árboles me parece que se levantan encima de las aguas como una muralla de verdura. La otra orilla está más próxima, pero el bosque impide ver los accidentes del suelo; no hay ni un claro entre las ramas que permita ver prados, campos y rocas; los troncos de los árboles, tocándose unos con otros, las branchas entrelazadas y las lianas y los tapices de hojas y plantas parásitas, limitan completamente el paisaje. La masa verde, uniforme y grandiosa, se presenta como iluminada: parece que bajo el azul del cielo la tierra está completamente ocupada por árboles y agua. Ante mi vista corre un río rápido, imponente. Diferente al arroyo que murmura encantador en sus cascadas de perlas, el gran río se dirige hacia el mar sin estruendo, casi sin ruido, pero llevando en su seno un ímpetu furioso; si encuentra un obstáculo, inmediatamente sus aguas lo salvan formando fuertes torbellinos donde se sumergen arrastrados para reaparecer á una gran distancia de allí. Los árboles flotantes y las hierbas arrastradas por la corriente se suceden en procesión interminable; á veces se oye el estruendo de un trueno; es el hundimiento de un trozo de bosque que las aguas habían minado. Trabajando sin cesar, el río destruye y renueva constantemente sus orillas, sus islas, sus bancos de arena, y como la tempestad y el huracán, es una fuerza de la naturaleza que modifica visiblemente la apariencia exterior de la tierra.
Tal vez en el porvenir esta corriente de agua que fué un río y que actualmente es un arroyuelo, disminuirá su caudal hasta el punto de que un pájaro pueda secarlo. El cambio de las riberas continentales, el descenso gradual de las alturas que detenían las nubes de lluvia y de nieve, la dirección distinta que los vientos húmedos seguirán por el espacio; la división de su cuenca actual en valles distintos, y en fin, la apertura de canales subterráneos en los cuales desaparecerán las aguas, pueden tener por resultado la extinción de manantiales y la desaparición completa del arroyo. Así es como en los desiertos de Africa y Arabia muchos ríos, considerables en otras edades, han dejado de existir: sus cauces se han llenado de arena y los indígenas sólo los conocen por los inciertos datos de las tradiciones. Según ellos, son los cristianos quienes con sus operaciones mágicas han hecho desaparecer las aguas, y si algún nigromántico poderoso no hace aparecer nuevamente las fuentes, sus valles estarán eternamente secos. De esos ríos malditos del Sahara, conocemos algunos cuyos valles tienen cientos y miles de kilómetros de anchura. En los parajes donde en remotas edades corría un caudaloso río, la caravana duerme tranquilamente en nuestros días durante las noches, y cuando quiere calmar su sed no le queda otro remedio que practicar un hoyo en la arena con la punta de su lanza, para buscar algunas gotas de agua que no siempre halla.
CAPÍTULO XI
#Las riberas y los islotes#
No es necesario remontarse con la imaginación á miles de siglos atrás para ver al arroyo, tan modesto actualmente, modificar la forma de sus orillas y cambiar su centro. Hasta durante el verano, cuando sus aguas están en el más bajo nivel y se arrastran lentamente por entre matas de hierbas aromáticas medio secas, no cesa de trabajar para cambiar su cauce, y renovar, en la medida de sus fuerzas, el aspecto de la naturaleza. Si no es en los puntos donde el hombre interviene para regularizar la pendiente, limpiar el fondo y reemplazar las orillas de tierra friable por empalizadas y diques de piedra, el arroyo, siempre deseoso de cambio, halla el medio de destruir poco á poco sus márgenes para reconstruirlos nuevamente. Hasta en los sitios donde las murallas lo han dominado, al parecer, no cesa su trabajo de reforma: ataca á la piedra, roe lentamente sus cimientos, mina los asientos, y, en un momento dado, hunde la muralla y queda libre errando por los campos.
Esas incesantes transformaciones de sus riberas, las realiza el arroyo por virtud de un doble trabajo; de un lado, derriba, llevándose granos de arena, moléculas de arcilla, fragmentos desmenuzados de roca y trozos de raíz corroídos por la corriente; de otro, edifica, depositando todos esos restos en una capa que se eleva poco á poco sobre el fondo del agua. Así, la corriente, enturbiada por el aluvión de que se carga en su carrera, trabaja sin cesar para clarificarse nuevamente, y cuando su curso se detiene, se filtra.
Pocos espectáculos son más interesantes que el de esas nubes de aluviones que arrastra la corriente: ocultan el fondo con su suciedad, pero poco á poco se aligera el color amarillento ó rojizo y poco después no son más que brumas casi imperceptibles que se desvanecen inmediatamente recobrando el agua toda su limpidez.
En los remansos donde el agua da vueltas con lentitud, la purificación se realiza á la vez que en el fondo en la superficie; los restos de limo, las hojas, las raíces, las branchas mojadas caen al fondo y se depositan en bancos de cieno; en la superficie las simientes, el polen de las plantas y las substancias orgánicas en descomposición, se amontonan en capas grises que aumentan incesantemente los copos de espuma, llegando en islas, islotes y archipiélagos diseminados. Alrededor de esta capa, bastante espesa para ocultar la profundidad de las aguas, se extiende una película transparente de excesiva delgadez, formada por substancias grasosas de origen animal ó vegetal. Por el reflejo de la luz, esta película brilla con todos los tonos del arco iris, flotando sobre las aguas como vela de oro, de púrpura y azul, no obstante ser casi imperceptible, pues que algunos físicos que han medido su espesor lo valúan en algunas millonésimas de milímetro apenas. A veces un repentino remolino rompe la irisada capa, y pequeñitas manchas de agua pura se destacan en negro como lagos sobre el fondo colorado. En cuanto á los estratos de espuma, unos se detienen por las orillas, otros se ensanchan por el impulso de la corriente, y se curvan formando semicírculos, espirales y ondulaciones graciosas. Por sus pliegues y repliegues de espuma, por su diversidad de colores, sus manchas y tonalidades, la superficie del charco se parece al mármol pulido, el que, por otra parte, no cabe duda que debe sus colores y dibujos elegantes, lo mismo que otras rocas admirablemente maqueadas, á los caprichos de la espuma, á los lentos movimientos de las aguas depositando sus aluviones.
Todos estos depósitos, por ligeros que sean, contribuyen á levantar el fondo, y tarde ó temprano, transcurridos años ó siglos, emergen nuevamente, y fertilizando el terreno, se recubre éste de vegetación. Este trabajo se hace lenta pero continuamente y cada año, cada día, la forma del cauce cambia por las continuas sedimentaciones. Dondequiera que un obstáculo contenga la rapidez, el arroyo cesa de empujar los granos de arena del fondo y abandona las partículas sólidas que llevaba en suspensión. Si una piedra caída, si un árbol derribado, si un haz de cañas turba la regularidad del lecho, inmediatamente la tranquila corriente del fondo del arroyo depositará un pequeño banco de arena delante del dique, que más tarde es probable se convierta en islote. Sobre todos los puntos bajos donde el agua se arrastre con esfuerzo, los depósitos se acumulan, nacen los juncos, y las riberas, levantadas sobre pequeñas penínsulas, avanzan incesantemente sobre la superficie del arroyo.
Clarificándose sin cesar por las asperidades del fondo y de las márgenes, la corriente que por arriba había enturbiado el violento chubasco ó los hundimientos de tierra, recobraría bien pronto su pureza si en su marcha no derribara continuamente de un lado para edificar en otro. Contiene su marcha y se purifica contorneando los cabos arenosos, pero se precipita con furia contra los altos ribazos, los mina por la base y se carga nuevamente de materias extrañas. De curva en curva y de una á otra ribera, alterna en su trabajo; deja en la derecha lo que ha tomado en la izquierda: el ritmo de los meandros se completa por el del trabajo.
En los prados que no están protegidos por un dique ó una hilera de árboles contra el ímpetu del arroyo, las débiles márgenes son fácilmente derribadas. El agua que las golpea mina su base; pero durante algún tiempo, las raíces entremezcladas en el césped sostienen la capa superior, saliente como cornisa por encima del agua. Cuando niños, ha sido la alegría de todos nosotros correr diestramente á lo largo de este borde tembloroso y hundirlo á patadas en enormes fragmentos, huyendo oportunamente para no ser arrastrados en la caída, siendo grande nuestra alegría, cuando una enorme masa de tierra se desprendía y caía con estrépito enturbiando extensamente el agua del arroyo. Pero más de una vez también, la serie de nuestras aventuras ha terminado con un imprevisto remojón y el desgraciado náufrago, repentinamente calmado de su loca alegría, ha tenido que retirarse cabizbajo á la choza inmediata del campesino para enjuenjuagarse ropas en la hoguera de sarmientos.
Después de las paredes de dura roca, las riberas que mejor resisten la fuerza de la corriente son las protegidas por una poderosa plantación de árboles. Los álamos, chopos y alisos, sirven de baluarte contra la invasión del agua. Sus raíces, que penetran profundamente en la tierra, hacen el papel de fuertes pilotes, mientras que las raíces pequeñas, agitándose como extrañas cabelleras y desplegándose en largos haces, se sumergen hasta el fondo del cauce, y por sus millares de fibras se convierten en indestructibles tejidos. En las grandes crecidas, cuando la masa de agua ha disuelto y arrancado la tierra que rodea á esos tejidos de raíces, éstas contienen la rapidez de la corriente, conservando entre sus mallas las partículas de limo; las obligan á depositarse en sus intersticios y forman una capa que reemplaza á la orilla anterior. Protegidos así, los márgenes, amenazados por la violencia del líquido elemento, se mantienen durante años y siglos mientras que, desprovistos de vegetación, cambiarían constantemente.
No obstante, el tiempo hace siempre su obra. Como consecuencia de un desprendimiento ó de trabajos subterráneos de algunos animales, la ribera concluye por presentar un punto débil al que la corriente ataca para destruir las empalizadas que encajonan el arroyo. Las raíces de los árboles quedan al aire, el agua mina la base del tronco, y, privado del punto de apoyo, se inclina por encima del agua. Llegado este momento, el peso del árbol activa su propia ruina; las largas raíces que se sujetaban al suelo del prado tienen que resistir á un esfuerzo cada vez mayor; ceden primero por un punto, luego por otro, y el árbol se inclina cada vez más. Grandes grietas se abren en el suelo violentado por la tensión de los cables subterráneos que sostienen el gigante caído; el agua de lluvia se introduce por esas fisuras y las ensancha; alrededor del tronco se forma una depresión circular que facilita más el desenterramiento de las gruesas raíces. En un día de tormenta ó inundación se vence la resistencia de éstas, se rompen las amarras y el coloso cae con estrépito, rompiendo las ramas de los árboles de la otra orilla; el árbol que cae, rompiendo sus ramas pequeñas, llega á descansar en la margen opuesta, convirtiéndose en un gracioso puente, sobre el cual se puede pasar sin temor. El acceso, no obstante, es algo difícil. Por un lado, la entrada del puente tiene como obstáculo el enorme abanico de raíces arrancadas y el montón de tierra y piedras que llenan los intersticios; y por el otro, las ramas enlazadas y las astillas obstruyen el paso.
En una comarca virgen, donde el hombre deja sin su intervención que se realicen con el tiempo los fenómenos de la naturaleza, el árbol se quedaría así tendido al través del arroyo durante años enteros, hasta que el agua cambiara de curso, ó que el tronco, carcomido por los insectos, desapareciese convertido en polvo. En nuestros países civilizados el campesino se encarga de cortar las raíces á hachazos y llevarse el tronco del árbol limpiando el suelo hasta de sus más pequeños trozos. La madera, vendida, se convierte en dinero y el pequeño ramaje lo consume el fuego: sólo quedan fragmentos de raíces subterráneas; sin embargo, el agua, cambiando de curso, concluirá tarde ó temprano por arrastrar la tierra que las rodean y por dejarlas aisladas en mitad del arroyo. Desde hace ya muchos años las ramas pequeñas han sido atadas en haces y el tronco serrado en tablas pero se ven surgir del fondo del arroyo los trozos de antiguas raíces parecidas á una hilera de estacas plantadas. La fecunda naturaleza ha ocultado con su verde envoltura las roturas de la madera; sobre los viejos pedazos esponjosos, un bosquecillo de musgo vegeta como un grupo de palmeras sobre un islote del océano. El trozo de raíz se reviste, despojado de su corteza, de un mundo de plantas alegres y verdosas.
Antes que la inexorable hacha del leñador haya cortado en viguetas, palos y ramajes el árbol caído, transcurren aún muchos días durante los cuales podemos aventurarnos á pasar por el singular puentecillo, festoneado de guirnaldas de hiedra bañada por la corriente. La travesía no ofrece peligro alguno, porque el tronco es ancho y en caso de necesidad, se puede pasar resbalando con ayuda de las manos; pero es preferible pasar á la orilla opuesta conservando la posición vertical sirviéndose de los brazos como de un balancín. Es cosa agradable cambiar así de orilla, sentarse tan pronto á la sombra de un álamo como de un sauce, ir de la pradera ya arrasada por la hoz, embalsamada por el olor del heno, al césped matizado de flores. Y además nos hacemos la ilusión de volver á los primeros siglos de la humanidad naciente, cuando el salvaje, sin la suficiente destreza para construir puentes sobre los arroyos, se servía como nosotros de los que le deparaba la pródiga naturaleza.
El viaje aéreo por encima del agua, viéndola correr bajo los pies, no es más agradable cuando el árbol caído llega á la ribera opuesta que cuando sólo descansa en un islote del arroyo. Los convencionalismos de la vida han hecho de la mayor parte de nosotros seres pretenciosos que nos creemos humillados al sentirnos felices por poca cosa; por eso nos es necesario remontarnos á nuestra infancia para comprender, en aquella cándida edad, la alegría que nos producía la excursión, de algunos pasos solamente, sobre una pequeña isla. Allí adoptábamos actitudes de Robinsón: los sauces, que nacían en el lodo, alrededor del banco de arena, eran nuestro bosque; los grupos de juncos eran para nosotros inmensos prados; teníamos también grandes montes, pequeñas dunas amontonadas por el aire en el centro del islote, y en ellas construíamos nuestros palacios con pequeñitas ramas caídas, practicando agujeros en la arena. Los dos brazos del arroyo nos parecían anchísimos estrechos, y para convencernos más de nuestra soledad en la inmensidad de las aguas, hasta les dábamos el nombre de océanos: uno era para nosotros el Pacífico; el otro, el Atlántico. Una piedra aislada sobre la que chocaba la corriente, se llamaba la blanca Albión, y más lejos, una cabellera de limo detenida por la arena, era la verde Erin. Es verdad que más allá de las islas y los mares, á través del follaje de los álamos, veíamos sobre la colina el rojizo tejado de la casa paterna; pero, encantados en el fondo de saber que estaba tan cerca, hacíamos como que ignorábamos tal cosa, creyendo haberla dejado al otro lado del globo.
Con frecuencia, el tronco del árbol separado de la orilla, se queda inclinado por encima de la corriente y su ramaje no está en contacto con las hierbas de la opuesta ribera. Este árbol medio caído, es también una especie de isla por la que nos podemos aventurar sin temor. Como consecuencia del descenso de las tierras, la base del tronco está sumergida en el agua y ceñida de cañas y brozas flotantes. De un salto puede posarse uno sobre la isla que se estremece, y luego, extendiendo los brazos para mantener el equilibrio, se sube con precaución y á cortos pasos por el árbol, que se mece como un sér vivo. Encima precisamente del punto donde el arroyo es más profundo y el agua pasa ante la vista con mayor rapidez, las ramas grandes se separan del tronco y se dividen en ramitas pequeñas curvadas por el peso de sus tiernas hojas. ¡Cuántas veces, ya en plena juventud, buscando la soledad, me he sentado sobre el espacio libre entre rama y rama, descansando encima del arroyo y balanceando mis piernas en el vacío! Allí podía tranquilamente encontrar la alegría de vivir ó abandonarme en paz á mis tristezas. Desde lo alto de mi oscilante asiento, seguía con la vista el hilo de agua, las islas é islotes de espuma, unas veces aislados, otras agrupados como archipiélagos, las hojas dando vueltas, los largos montones de hierba y los pobres insectos sumergidos, agitándose en vano contra la inexorable corriente. De vez en cuando, mi mirada, abandonada al declive como todos esos objetos flotantes, se remontaba más allá para dejarse arrastrar por una nueva procesión de trozos de caña y otros fragmentos rodeados de espuma. Alegre ó melancólico, me dejaba así fascinar por la corriente, símbolo de ese curso que nos arrastra á todos hacia la muerte, y luego, sustrayéndome con pena á la atracción del agua, elevaba mi mirada á los frondosos árboles, en los que se estremecía la vida, y hacia los ricos prados y serenos montes inundados de sol.
CAPÍTULO XII
#El paseo#
Si es encantador y variado para el Robinsón tendido en el islote ó encaramado al tronco de un árbol, el aspecto del arroyo, es mucho más hermoso todavía para el visitante que sigue la orilla de sinuosidad en sinuosidad, caminando tan pronto sobre las rocas tapizadas de zarzas, como sobre la espesa hierba de la pradera, ó bajo la móvil sombra de las ramas agitadas. No todos, sin embargo, saben gozar de la belleza de las aguas corrientes. El desgraciado que se pasea por holgazanería y para «matar el tiempo», que no sabe en qué emplear, ve en todas partes objetos que le aburren, hasta en las cascadas, en los remolinos, en las hierbas ondulantes del fondo y en los torbellinos de espuma.
Para saborear todo cuanto ofrece de delicioso un paseo por la orilla del arroyo, es preciso que el derecho de la pereza haya sido vencido con el trabajo y que el espíritu cansado tenga necesidad de adquirir nuevo aliento contemplando la naturaleza. El trabajo es indispensable para quien desea gozar del reposo, lo mismo que el recreo cotidiano es necesario al obrero para renovar sus fuerzas. No habrá tranquilidad en el mundo, ni equilibrio inestable en la sociedad, mientras los hombres, condenados en número infinito á la miseria, no tengan todos, después de la diaria tarea, un momento de descanso para regenerar el vigor y mantenerse así con la dignidad de seres libres y pensantes.
Juguetear por la orilla del agua es un reposo agradable y un poderoso remedio para no llegar al nivel de las bestias. Desde que leí no sé donde, en la prosa de un autor latino, que Escipión el Joven y su amigo Loelius gustaban de distraerse paseando por la orilla de los arroyos, siento hacia ellos cierta simpatía. Es verdad que Escipión era un guerrero que hizo matar y mató muchos hombres honrados que defendían su patria contra la invasora Roma y saqueó é incendió muchas ciudades; pero á pesar de sus crímenes, que son los de todos los enemigos del hombre, no era un conquistador vulgar, puesto que en vez de exhibirse orgullosamente en actitud majestuosa entre sus conciudadanos, no se creía rebajado divirtiéndose como un niño de aldea, y se entretenía arrojando pedazos de madera al agua y lanzando piedras llanas sobre la superficie para verlas resbalar y saltar por encima del arroyo. Los graves historiadores no creen digno consignar ese título de gloria del gran guerrero, pero, á pesar de ellos, es el que más acreedor le hace á la simpatía de la posteridad.
Pero no nos es necesario buscar ejemplos en la antigüedad romana para poder gozar sencillamente de la naturaleza. No es tampoco necesario examinar polvorientos libros para convencernos de que es agradable y bueno pasear por las márgenes del arroyo contemplando su variado aspecto. Todas las imágenes graciosas de sus saltos, de sus rizadas ondas y sus bordados de espuma, nos reponen bien pronto de los fastidios del oficio ó de las laxitudes del trabajo, reanimando nuestro espíritu, hasta cuando la mirada, fatigada, vaga errante sobre las aguas sin fijarse en ningún objeto determinado. Por otra parte, la vista del arroyo nos fortifica y rejuvenece tanto más cuanto mayor y variado es el espectáculo que nos ofrece, cambiando cada época del año, cada mes y hasta cada día. Gracias á la variación del paisaje que nos rodea, nuestras ideas rejuvenecen también; el ambiente que nos rodea satura nuestra vida de nuevas fuerzas.
Hasta en la temporada en que la naturaleza se muestra más avara de sus riquezas, el arroyo nos encanta por su nuevo aspecto. Durante los grandes fríos, los hombres que mejor resisten las bajas temperaturas, pueden asistir á presenciar la lucha conmovedora que se verifica entre el hielo invasor y el agua que queda líquida. De cada pequeña piedra y de cada raíz descubierta, parten una serie de agujas de cristal que, ordenándose unas tras otras, avanzan por la superficie del agua formando láminas radiantes á derecha ó izquierda y una capa de hielo formada por innumerables láminas, se teje lentamente sobre la superficie líquida. Luego, una especie de collarete, graciosamente cortado, oscila alrededor de los puntos prominentes de la orilla, de los juncos y las raíces sumergidas en el agua, y cada una de esas franjas de hielo, adquiere sucesivamente desde el tono mate del cristal sucio, al brillo del diamante, según el movimiento de las pequeñas ondulaciones que la agitan y la hacen contenerse, tan pronto sobre una capa de aire como sobre la misma masa de agua. Avanzando poco á poco hacia la anchura, el simple collarete de cristal se agranda, y recubre á una gran distancia de la orilla la tranquila corriente del pequeño arroyo. Sólo un estrecho camino por donde pasa la corriente rápida, queda abierta por entre las débiles películas con que termina la helada lámina. Sobre la superficie de las rocas que bordean la cascada, las gotas de agua forman un tenue capa de hielo y el líquido que se extiende lentamente por las fisuras de la peña se endurece en largos regueros transparentes, tan hermosos como las estalactitas de las grutas. Al fin, si la temperatura continúa bajando, el arroyo se solidifica de una á otra orilla, y á veces se congela hasta el fondo, convirtiéndose en una calzada de mármol verdoso manchado de puntos blancos por las vesículas de aire que encierra. Las cascadas, solidificadas, parecen de lejos cortinajes de seda cuyos pliegues han cesado de ondular.
Pero en nuestros climas templados, es raro que los inviernos sean bastante fríos "para helar" completamente el arroyo transformándolo en piedra; se pasan á veces muchos años durante los cuales sólo se ven sobre la superficie líquida algunas agujas de cristal. En estos inviernos, ordinarios en nuestras zonas, las capas sólidas no se extienden de una á otra orilla del arroyo, y á la menor subida del termómetro se rompen por el empuje de la corriente y los fragmentos, entrechocándose, se funden muy pronto arrastrados por el torbellino. El hielo desempeña un papel de escasa importancia en la historia invernal del arroyo de nuestra comarca; el verdadero aspecto del curso líquido proviene, pues, de la nieve que cubre los montes y la llanura.
El efecto de la nieve es admirable, sobre todo durante los días sin sol, cuando el azul del cielo está enteramente velado por las nubes y hasta adquiere un tono obscuro por su contraste con la superficie de la tierra, cubierta de resplandeciente blancura. El arroyo tiene entonces el color gris del hierro; las hierbas del fondo ondulan tristemente; el agua, tan alegre y susurrante en la época de las flores, parece que en su masa lleve algo doloroso y sombrío. Algunos viejos raigones situados cerca de la orilla aparecen cubiertos con mantos de nieve. En los márgenes, los grupos de hierba se destacan en negro á pesar de los copos blancos de que están cargados, si no están situados muy cerca del agua, donde la humedad ha producido el desprendimiento de pequeñas avalanchas de nieve. Los arbustos, algunos deshojados ya desde el otoño y otros cubiertos de hoja todavía, se balancean débilmente sobre el blanco almohadón de armiño que les rodea, y con los extremos de sus ramas trazan curvas concéntricas. Un pino solitario sostiene la nieve sobre sus ramas extendidas como grandes abanicos horizontales, blancos por encima y verdes por debajo. Otros árboles de corteza rugosa, cuyos troncos salen de la misma orilla del arroyo, sólo aparecen blancos de nieve por el lado del viento; el resto del árbol conserva su propio color y las ramas sólo aparecen salpicadas de algunos copos. Más hermosos tal vez que en la primavera, porque su fino ramaje no está cubierto por multitud de hojas, estos árboles se perfilan en el fondo del cielo con sus grandes y pequeñas ramas matizadas de un ligero y delicado tono violeta, y sus innumerables ramificaciones parecen tanto más elegantes cuanto más sepultada aparece la naturaleza bajo la monótona capa de nieve. En la llanura, los campos están por todas partes cubiertos por una capa uniforme: sólo suele verse algo de verdura en los parajes regados recientemente. A lo lejos, en las altas colinas, los árboles del bosque dejan entrever á través del follaje y de las ramas, ya rojizas por los capullos y la savia, algo agradable á la vista como el plumón de las aves: es la nieve tamizada que pudre los brezos y helechos bajo los grandes árboles.
Al finalizar el invierno, pequeñas flores levantan la tapa de nieve y se nos presentan modestas y tímidas, como la dulce promesa de un próximo renacimiento. Es que éste viene en efecto; la nieve se funde por las ráfagas de aire tibio y se infiltra en el suelo, ó bien, mezclada con el barro, se dirige hacia el arroyo por los vallecillos y regueros; la vegetación, adormecida durante los fríos, despierta lentamente. Todo parece renacer. Un hálito venido del Mediodía ha renovado la vida en la arboleda, en el arroyo y en nosotros mismos. El pálido invierno se ha alejado hacia el Norte, perseguido en el espacio por vivificantes rayos, y desde el hombre al insecto, lo mismo la gota de agua que las hojas todas, nos sentimos reanimados por el calor perfumado del sol de primavera. Las yemas de las plantas, tan apretadas durante el invierno, tan preservadas por su capa de vello y tan sólidamente cubiertas por sus escamas de goma, abren con alegría su prisión, y como dardos, aparecen en el vacío sus tiernas hojitas; el pájaro, cantando, levanta el vuelo de su nido que las hojas empiezan á abrigar; los mosquitos y las libélulas, salidos de sus larvas, vuelan alegremente por el espacio; á la orilla del agua, que ríe y centellea, se abren las flores amarillas de los ranúnculos y jacintos; hasta las desmoronadas ruinas cubiertas de floridos girofles, parecen rejuvenecidas, como si la primavera, como el invierno, no trabajara igualmente para consumar su destrucción.
La belleza del cielo, del agua que corre y la verdura de las plantas nos extasía. En este renacer del año, nos sentimos como transportados hacia la juventud del mundo y al nacimiento de la humanidad. A pesar de los siglos pasados nos sentimos tan jóvenes como los primeros mortales, despertando á la vida en el seno de la madre bienhechora; hasta somos más jóvenes que ellos, puesto que tenemos plena conciencia de nuestra vida. La tierra es hoy tan bella como el día que nutría á los Centauros, y nosotros, más que esos monstruos, llevamos en nuestro pecho un corazón de hombre.
Lo que más nos encanta, es el juego de luz que penetra en las profundidades del agua y nos ofrece delicadísimos espectáculos, incesantemente modificados por los rizos y las ondulaciones de la superficie. Inclinándonos sobre la corriente, donde la sombra de los árboles se retuerce en espirales y se desdobla en delicadas curvas, miramos al fondo con sus piedras que parecen estremecerse, su arena que bulle, y sus hierbas ondulantes. Ramitas y hojas se suceden sin cesar por la superficie radiante, y sus sombras, deformadas por la refracción, resbalan por las arenas y las plantas, cuyas raíces y hojas brillan como hilos de plata. Cualquiera que sea el contorno del objeto flotante, aparece siempre modificado por la luz: la hoja, desarrollada en forma de corazón, ó prolongada como el acero de una lanza, toma sobre el fondo el aspecto de un disco ó de un óvalo; la paja ó el junco se refleja como hilera de pequeños círculos, parecido á un collar prolongado; el insecto de agua, patinador insumergible, que remonta la corriente por repentinos empujes, se representa sobre el lecho de arena ó de cieno por cinco circulitos, de los cuales uno, el más pequeño, lo determinan las dos patas anteriores, mientras que los otros cuatro, agrupados á pares, se aproximan ó separan según los movimientos del animal. Alrededor de cada disco, gris ó negro, un círculo de luz se determina como anillo de fino oro; sombras y rayos de luz, cambiados así por las condiciones y circunstancias del medio que atraviesan, se proyectan sin cesar sobre el fondo, cambiando constantemente de aspecto.
El centelleo de la luz, tan encantador sobre las piedras lisas que cubren el lecho del arroyo, lo es más todavía en las partes donde el fondo está alfombrado con multitud de hierbas acuáticas. Los guijarros están tapizados de musgo de un verde sombrío con plateados reflejos; las delicadas algas que forman el limo, se levantan en pirámides empujadas por las burbujas de aire que se desprenden de la arena y que, parecidas á globos envueltos en inmensos cordajes, brillan como perlas bajo la temblorosa red de fibras. Manojos de hierbas, desplegadas como largas cabelleras, ondulan por el impulso del arroyo: agitadas por la rápida corriente se estremecen de impaciencia, y en los remansos de agua casi inmóvil, se mueven majestuosamente; pero lentas ó precipitadas en sus ondulaciones, se alejan y aproximan á la vista, á causa de sus variados tonos que cambian incesantemente del blanco mate al verde obscuro. En otra parte, un grupo de hojas ovaladas, triangulares y en forma de lanza, sobresalen por encima de otro grupo de plantas, tan bien entremezcladas, que parecen salir todas de una misma raíz, á las que agita á un tiempo mismo una sola onda del arroyo. En un rincón, en el fondo del cual los remolinos han depositado una capa de barro, las nenúfares extienden sus anchos discos, donde el agua produce reflejos de perlas, y sus hermosas flores blancas que para nuestros antepasados los egipcios é indostanos, representaban el símbolo de la vida.
Más lejos, los juncos crecen en apretadas líneas en medio del arroyo sobre un banco que se transformará tarde ó temprano en islote: las ramitas inclinadas vibran por la presión de la corriente en movimientos convulsivos, y cada una de ellas se rodea de olitas, donde la sombra y la luz forman una red que se agita sin cesar. Hasta ciertos árboles de la orilla contribuyen á la riqueza de la vegetación acuática por innumerables radículas flotantes que cubren las gruesas raíces de largos mantos color de rosa.
En medio de ese mundo de plantas se agita el mundo infinito de los animales. Peces azulados, rojos, grises y blancos, surcan como rayos la cristalina agua ó pasan bajo las guirnaldas del bosquecillo acuático como si pasaran bajo arcadas triunfales. La vida está en todas partes; en el fondo, donde las formas graciosas é indistintas se agitan sobre la arena y el lodo, entre el espeso tapiz de plantas estremecidas constantemente por las sacudidas de una pululante multitud, oculta en la superficie por donde corren los girinos y se enlazan los insectos patinadores por entre los juncos donde brilla el ala matizada de la libélula, y bajo los arbustos de la orilla, donde resplandece como un zafiro el plumaje del martín-pescador. ¿A quién pertenece, pues, el arroyo, del cual nos titulamos propietarios como si fuéramos los únicos en gozarlo? ¿No pertenece también, ó mejor que á nosotros, á todos los seres que lo pueblan, del que sacan la subsistencia y la vida? Pertenece á los peces y á las plantas, á los mosquitos que vuelan en torbellinos encima de los remolinos y á los grandes árboles que el agua y los aluviones del arroyo hinchan de savia.
Entre estos seres que buscan para ellos la mayor parte de cuanto es de su dominio, existe una guerra implacable; cada uno, en lucha por la existencia, vive en detrimento de su vecino. En cuanto á mí, quisiera vivir en paz con todos; procuro respetar, la flor y el insecto; pero sin apercibirme, ¡cuántos seres destruyo! Aplasto multitudes infinitamente pequeñas cuando dejo caer mi pesada masa sobre la hierba; arraso y produzco cataclismos en la historia de un mundo imperceptible cuando subo á un árbol para balancear mis piernas por encima del agua. Como un bárbaro, ¡qué de atrocidades he cometido sin querer, cuando en los primeros años de mi infancia salía á estudiar por el campo y me instalaba en el tronco cavernoso de un sauce, para leer cómodamente alguna novela ó declamar versos con retumbante voz…!
CAPÍTULO XIII
#El baño#
Cuando se siente amor al arroyo, no produce bastante satisfacción el mirarlo, estudiarlo y pasear por sus riberas; se siente la necesidad de mayor intimidad con él, sumergiéndose en sus aguas. Como nuestros antepasados, nos convertimos en tritones.
Pero no siempre es esto cosa fácil, y durante el invierno, cuando el aire frío silba en las ramas, cuando la nieve cubre el suelo, ó en la superficie del agua se forman láminas de cristal, son poco numerosos los hombres bastante activos que se atrevan á bañarse en el agua helada. El contacto con el agua corriente da ciertamente fuerza á los que no temen rozarse con ella; sin embargo, antes de realizar la ceremonia del baño nos suele parecer singularmente peligrosa. Es preciso que nos desnudemos rápidamente detrás del tronco de un árbol, para estar al abrigo del aire helado, que nos olvidemos del frío que contrae nuestros miembros; todo es en vano; el viento nos recuerda la dura realidad. A nuestros pies corre el agua, rápida y sombría; sin tocarla, sentimos que está helada; el soplo de aire que la riza nos hace temblar de frío. Para sentir menos la violenta caricia del agua tendríamos que obrar con decisión y arrojarnos bruscamente en el arroyo; vacilamos, no obstante, y antes de realizar el salto definitivo tomamos aliento dos ó tres veces.
Después de haber triunfado de los pueriles temores, describimos una curva por debajo del agua y sentimos el aire silbar en nuestros oídos; la superficie, abierta por nuestra cabeza, se agita en derredor; nos sentimos como perdidos en un abismo rugiente que nos aprisiona. En un abrir y cerrar de ojos, por un movimiento de ascensión, saltando del fondo con un empuje del pie y un esfuerzo de los brazos, salimos á la superficie; pero, al menos yo, no ceso de agitarme como para librarme del escozor que el agua helada me produce: nado á la desesperada igual que si luchara contra una corriente amenazadora. No obstante, para tranquilidad de mi conciencia, me sumerjo de nuevo completamente; luego, satisfecho de haber cumplido con mi deber, me precipito hacia la orilla, que salvo con rapidez, enjugo mi cuerpo enrojecido por el frío y me cubro de prisa con mis ropas todavía calientes. A mi inquieta agitación sucede la tranquilidad del alma: por los sufrimientos de un momento, me he hecho más fuerte, más dispuesto, más feliz, y dirijo una mirada altiva sobre esa corriente rápida y obscura que un minuto antes miraba aterrorizado.
No obstante, declaro que es más agradable el baño frío que se toma en pleno verano en las profundas balsas del torrente, por donde pasan las primeras aguas del arroyo en las gargantas mismas de la montaña. La masa líquida que parece helada, es nieve apenas fundida que no se ha entibiado todavía absorbiendo abundante aire; conserva toda la crudeza primera, y su color, de un azul fuerte, tiene yo no sé qué de hostil. Se tiembla anticipadamente, no sólo de frío, sino también de deseo, y para calmar el cansancio de la marcha nos arrojamos voluptuosamente en el agua helada. Las piedras y arena del fondo brillan con un tono amarillo pálido á través de la capa líquida; pero en algunas brazadas nos encontramos encima del abismo; el agua transparente parece aire condensado, y, no obstante, no distinguimos el fondo; parece que nos hallemos suspendidos en el espacio y nadamos con precaución como si repentinamente fuéramos á caer en una sima. Después sentimos que el frío nos domina poco á poco, y dando unos cuantos empujes nos dirigimos á la orilla para volver al calor de la vida y gozar de nuestro acrecentado vigor.
¡Oh lagos queridos de los Pirineos y los Alpes, Séculejo, Doredom, Lauzannier, os conservo todavía en mi memoria tal cual os veía cuando yo, con otros amigos, resbalaba rápidamente sobre vuestra superficie. Veo aún las piedras de granito amontonadas en la orilla, el bosque de pinos reflejado sobre el agua rizada, los declives, las altas vertientes de los prados y, más lejos, las grandes explanadas donde empieza la curva oscilante de la cascada! ¡Os veo también, hermosos manantiales de los grandes ríos, que vais á perderos en el mar á cientos de kilómetros de vuestro origen! ¡Con sólo cerrar los ojos, mi pensamiento se transporta hacia un alegre torrente, al Vesubio, al Gordolarque, al susurrante Embalire, ó hacia cualquier otro sitio de la libre montaña!
En la primavera, el arroyo de la llanura no produce la fuerte voluptuosidad de reaccionar contra el frío glacial del agua, y las inmersiones producen apenas impresión. La tibieza del aire se ha comunicado á la masa líquida, y hasta los niños pueden bañarse y juguetear en el agua fresca. Los muchachos, sentados en los bancos de la escuela, levantan con frecuencia los ojos de los libros de estudio para mirar con avidez el camino que conduce al arroyo; luego, cuando al salir se sienten libres, se dirigen con alegría hacia el charco profundo, donde retozones y alegres van á bañarse. Rápidamente se desnudan, y cada uno se convierte en un Neptuno «levantador de olas»; y trabaja con todas sus fuerzas para agitar las ondas y convertirlas en masa de espuma, produciendo pequeñas tempestades en el arroyo conquistado para ser su dominio durante una hora.
En el verano, durante los días calurosos en que el aire permanece inmóvil, es cuando más agradable resulta convertirse en tritón. No es preciso tener doce ó quince años para arrojarse al agua lleno de felicidad como en su elemento propio; cualquiera de nosotros, si los convencionalismos y falsedades de la vida no nos han corrompido enteramente, puede volver á las alegrías de la juventud dejando por un momento sus ropas en la orilla del agua. Por mi parte, declaro que me siento todavía niño cuando me arrojo en el arroyo querido. Después de haber satisfecho mi primer entusiasmo atravesando varias veces el charco profundo donde se agitan las aguas, y después de haber querido remontar la corriente, levantando á mi alrededor un caos de olas precipitándose unas con otras, descanso abandonándome tranquilamente á la felicidad de la vida sobre el agua dulce que me acaricia. ¡Qué alegría sentarme sobre una piedra bajo el chorro de la cascada, sentir caer el agua sobre mí como sobre una roca y verme envuelto en un manto de espuma! ¡Qué placer también dejarme arrastrar por las aguas corrientes hasta un escollo donde me agarro con una mano, mientras que el resto de mi cuerpo, levantado por las olas, flota de un lado á otro bajo el impulso de la corriente! Me dejo arrastrar, y voy á parar como un madero sobre un banco de arena donde cristalitos de mica brillan como pepitas de oro y plata. Por el peso de mi cuerpo, el banco se hunde, los granos de sílex y las delgadas piedras cambian de punto. Corrientes parciales, pequeños remolinos, se forman á mi lado como alrededor de un islote; muellemente acostado, contemplo el espectáculo interesante que bajo la pequeña capa de agua me ofrece la transformación del banco de arena, disminuyendo de un lado por la corriente y aumentando del otro por el continuo arrastre de aluviones.
A veces, el fondo sobre que me arrastra la corriente, está cubierto de verdes y oscilantes hierbas, muelles sinuosidades que me acarician, me enlazan; improvisándome un lecho encantador. ¿Es el agua? ¿es la ondulante cabellera de las plantas la que me levanta así, haciéndome flotar en la superficie del arroyo? No lo sé; mi imaginación se pierde además en una especie de ensueño. Hasta me parece que me he convertido en parte integrante del medio que nos rodea; me siento homogéneo á las hierbas flotantes, á la arena que se arrastra por el fondo, á la corriente que hace oscilar mi cuerpo; miro con extrañeza los árboles que se inclinan sobre el arroyo, los espacios del cielo azul que se ven por entre las ramas, y el escueto contorno de las montañas que distingo á lo lejos en el horizonte. ¿Es acaso real todo ese mundo exterior? Yo también, como el pescador de la leyenda, veo la maravillosa sirena hacerme señas con el dedo, me siento atraído por su mirada que fascina y oigo resonar el eco de su canto pérfido y melodioso, «¡Ah! ven, ven conmigo y seremos felices.» A veces me siento envidioso del joven que cede al llamamiento de la sinuosa ondina, cuya flotante cabellera va á mezclarse con las del verde limo. Pero yo sé que, desembarazándose de las amargas preocupaciones de la vida, su existencia va á extinguirse por las caricias del agua pura y las ondulaciones de las estremecidas hierbas. La naturaleza tiene para sus amantes seducciones de las que es preciso desconfiar como de la voz de las sirenas ó de la belleza de la hada Melusina. ¡Haciéndonos amar demasiado la soledad, nos arrastra lejos del campo de batalla, donde todo hombre de corazón tiene el deber de combatir por la libertad y la justicia! La naturaleza es hermosa, sí; todos debemos comprender su encanto, pero hemos de saber gozarla con prudente alegría, no abandonándonos jamás á sus fatales sugestiones.
Uno de los grandes placeres del baño, de los cuales no siempre nos damos cuenta, pero que no por eso deja de ser real, es que momentáneamente se vuelve á la vida de nuestros remotos antepasados. Sin ser esclavos por la ignorancia como los salvajes, somos, como ellos, físicamente libres sumergiéndonos en el agua; nuestros miembros no sufren el odioso contacto de las ropas, y con nuestro vestido dejamos también sobre la orilla una parto por lo menos de nuestros prejuicios de profesión ó de oficio; no somos ni obrero, ni comerciante, ni profesor; olvidamos por una hora las herramientas, libros é instrumentos, y, vueltos al estado natural, podríamos creernos todavía en las edades de piedra ó bronce, durante las cuales los pueblos bárbaros levantaban sus chozas sobre pilotajes en medio de las aguas. Como los hombres de remotas edades, estamos libres de convencionalismos; nuestra gravedad de encargo puede desaparecer para ser sustituída por franca y ruidosa alegría; nosotros, civilizados, envejecidos por el estudio y la experiencia, nos encontramos hechos niños como en los primeros tiempos de la infancia del mundo.
Recuerdo todavía con qué extrañeza ví por vez primera una compañía de soldados tomar el baño en un río. Niño todavía, no podía imaginarme á los militares de otro modo que con sus vestidos colorados, las hombreras rojas ó azules, los botones de metal, los diversos adornos de cuero, de lana y tela; no los comprendía sino marchando á paso acompasado en columnas regulares con tambores al frente y oficiales á los costados, como si formaran un inmenso y extraño animal empujado hacia adelante por no sé qué ciega voluntad. Pero, fenómeno hermoso; aquel ser monstruoso al llegar á la orilla del agua, se fragmentó en grupos ó individuos distintos; vestidos rojos y azules se arrojaban en montones como vulgares ropas, y de todos esos uniformes de sargentos, cabos y simples soldados, veía salir hombres que se arrojaban al agua lanzando gritos de alegría. No más obediencia pasiva, no más abdicación de su persona; los nadadores, con voluntad propia por algunos instantes, se dispersaban libremente por el agua: nada les distinguía á unos de otros. Pero, desgraciadamente, al poco rato se oyó un silbido, y la salida se operó repentinamente. Mientras nosotros continuábamos jugando en el arroyo, nuestros compañeros desaparecieron en sus trajes encarnados con los botones numerados, y bien pronto los vimos alejarse marchando en línea con paso monótono por la polvorienta carretera.
Desde entonces he tenido ocasión de ver, en otro clima distinto al de Francia, cómo disminuye la hostilidad repentinamente entre enemigos que acaban de despojarse de sus vestidos, con los cuales han adquirido la costumbre de verse y odiarse. Era cerca de una ciudad de las costas de Colombia, en la desembocadura de un profundo arroyo separado del mar por un estrecho banco de arena, contra el que se estrellan las olas. Todas las mañanas, cientos de individuos pertenecientes á dos razas casi siempre en guerra, se encontraban en este punto del arroyo. De un lado, estaban los descendientes de los españoles, más ó menos mezclados, que venían á hacer sus abluciones cotidianas; del otro, los indios que se aprovechaban de una tregua para dirigirse al mercado de la playa. De orilla á orilla se lanzaban miradas de odio y palabras de insulto, porque se acordaban de combates y degollaciones, de víctimas estranguladas, ahogadas, enterradas con vida; pero cuando los guerreros rojos, despojándose de su túnica parecida á la de los antiguos helenos, aparecían con la resplandeciente belleza de sus formas y al lanzarse al río para atravesarlo de unos cuantos empujes, se olvidaban del antiguo odio y hasta parecía que nos amábamos. A pesar de todo, ¿no éramos hermanos? También ellos me parecía que nos miraban sin ira, pero al salir del agua sacudían su larga y negra cabellera, alejándose altivamente sin volver la cabeza, desapareciendo muy pronto tras un saliente de la playa.
CAPÍTULO XIV
#La pesca#
El arroyo no es sólo para nosotros el más gracioso ornamento del paisaje y el lugar encantado de nuestras alegrías; es además para la vida material del hombre un depósito de alimentación, y su agua fecunda nutre las plantas y los peces que sirven para nuestra subsistencia. La incesante batalla por la vida, que nos ha hecho enemigos del animal de los prados y del pájaro del cielo, excita también nuestros instintos contra los habitantes del arroyo. Al ver la trucha resbalar rápida por la masa líquida como un rayo de luz, no nos contentamos con sólo admirar la forma prolongada de su cuerpo y la maravillosa rapidez de sus movimientos, sino que lamentamos también no poder coger al animal y tener el placer de comérnoslo. Esta terrible boca poblada de dientes que se abre en medio de nuestra cara, nos hace parecidos al tigre, al tiburón y al cocodrilo. Nosotros, como estos animales, resultamos bestias feroces.
En siglos pasados, cuando nuestros ascendientes ignoraban el arte de cultivar el suelo y sembrar el grano alimenticio para convertirlo en espiga, el hombre que no tenía el recurso de la antropofagia, había de recurrir, para alimentarse, á desenterrar raíces del suelo, á comerse las matas de hierbas sabrosas, los cadáveres de los animales cazados en el bosque y los peces cogidos en el mar ó en los ríos.
Así llegaron, apremiados por la necesidad, á adquirir una habilidad como pescadores, que hoy nos maravillaría. No menos hábil que el sollo, se le escapaba raramente la presa que había divisado. Inmóvil sobre la orilla, parecido á un tronco de árbol, esperaba pacientemente que el pez pasara á la distancia de su brazo, y, cogiéndolo con rapidez, le aplastaba la cabeza con una piedra.
Los indios de América, que son todavía salvajes, atraviesan al pez que pasa con su ayagaza ó el dardo salido de su cerbatana, con una seguridad admirable.
Además, los arroyos y los ríos estaban en otro tiempo bastante más ricos de peces que en nuestros días. Después de haber cogido en las aguas lo necesario para el sustento de la familia, el salvaje, satisfecho, dejaba los millares y millones de huevos que se desarrollaran en paz, y gracias á la inmensa fecundidad de las especies animales, las aguas estaban siempre pobladas y exuberantes de vida. Pero el ingenio del hombre civilizado ha hallado el medio de destruir esas razas tan prolíficas, que cada hembra podría en algunas generaciones llenar las aguas de una masa sólida de carne. Con su imprevisor afán ha llegado á hacer desaparecer muchas especies que vivían en otros tiempos en nuestros arroyos. No solamente se ha servido de redes que tamizan la masa líquida y aprisionan todos los seres que la pueblan, sino que ha recurrido también al veneno para destruir de una sola vez grandes multitudes y hacer una última captura más abundante que las anteriores.
Sin embargo, los verdaderos pescadores, los que se honran con tal título, reprueban esos medios vergonzosos de destrucción que no tienen el mérito de la sagacidad ni el conocimiento de las costumbres de los peces. De otra parte, por un contraste que parece extraño á primera vista, el pescador ama á todas esas pobres bestias de las que es perseguidor; ha estudiado sus hábitos y género de vida con cierto entusiasmo y procura descubrir sus virtudes é inteligencia. Como el cazador que habla de los interesantes hechos del chacal y el jabalí, el pescador se exalta contando las finezas de la carpa y las astucias de la trucha, respetándolos casi como adversario, los combate con hábil juego y se irrita contra los indignos sujetos que destruyen la raza.
Paseándome con frecuencia por la orilla del arroyo, he podido estudiar detenidamente al pescador ideal, al tranquilo pescador de caña, detrás del cual las arañas tejen tranquilamente su nido. Más de una vez he notado que el pacífico pescador no agradecía mi presencia que turbaba sus ritos casi religiosos; no volviendo hacia mí la cabeza ni haciendo un gesto de impaciencia, he comprendido no obstante, su hostilidad, y, temeroso de excitar su ira, he pasado por detrás de él, marchando sobre la hierba y conteniendo hasta el aliento. Cuando ya no me veía más que como una línea del paisaje igual que una piedra ó un tronco de árbol, yo, satisfecho de verlo á él tranquilo, le miraba tranquilamente. En él no hay fraude alguno. Con fe sincera pone su cebo, lanza su caña y durante minutos y horas espera que el pez indiscreto tenga la desgracia de morder el anzuelo. Nada consigue distraerle de su ocupación; con su aguda mirada atraviesa el agua profunda; ve relucir como imperceptible reflejo la aleta del pez que pasa, distingue la marcha del pequeño gusanillo sobre el cieno; en ciertos estremecimientos del agua adivina al pez oculto bajo las hierbas acuáticas; interroga á la vez á las olas y los remolinos, las estrías de la corriente y las ráfagas de viento. Atento á todos los ruidos, á todos los movimientos, dirige con su caña el anzuelo por el fondo ó lo sube un poco, según le aconsejan los elementos de la naturaleza que le rodea. Estando tan bien acompañado ¿qué le importan los profanos? Ni se digna dirigirles una sola mirada, dedicado completamente á vigilar al pez en su madriguera. Un día, un aeronauta, enredado en el cordaje de su barquilla, asfixiándose por el gas que se escapaba del globo, cayó en medio del Sena, entre dos hileras de pescadores, inmóviles como estatuas á lo largo del margen. Ninguno se movió. Mientras los barqueros desamarraban á toda prisa sus embarcaciones para operar el salvamento del náufrago, los perseverantes pescadores continuaban esperando tranquilamente el bienhechor movimiento que les advertía de la captura deseada.
Por otra parte, ningún hombre es más fuerte que el pescador contra las adversidades del destino. El pez puede maliciosamente no dejarse coger, jugar con el anzuelo sin engancharse; el hombre de la caña, silencioso y prudente como un airón sobre su pata, no deja por eso de tener su brazo preparado y su mirada fija; jamás se desespera: al sentarse en la orilla del agua se halla depositado de las pasiones humanas, de impaciencia é ira. Consagrado á su ocupación, espera y espera hasta sin esperanza. Yo conocía un pescador á quien la desgracia le perseguía por todas partes. Jamás caía en su anzuelo una trucha ni una tenca; sus dolorosas experiencias negativas le hacían afirmar que la captura de un pez era cosa imposible y que todas las historias de pesca, prodigiosas ó no, eran invenciones novelescas. Y, sin embargo, en cuanto disponía de una hora de tiempo, aquel escéptico, consagrado á la desgracia, cogía su caña, y sin desilusión, suspendía su anzuelo en medio de los burlones peces que jugaban dando vueltas alrededor del inofensivo instrumento.
En cambio, hay pescadores que parecen fascinar el pescado, atraerlo irresistiblemente. El público desocupado que los contempla, cree que ejercen una especie de magnetismo sobre su presa como la culebra sobre las ranas; hasta cuentan que truchas y carpas, arrastrados á su pesar, van á morder el fatal anzuelo. No es así, sin embargo, sino á fuerza de ciencia como esos pescadores han llegado á ser para nosotros especies de magos ordenando á sus víctimas la marcha en procesión hacia su anzuelo. Si atraen con tanto éxito al pobre pez fuera de su madriguera de hierbas ó roca, es porque conocen todas las necesidades, apetitos y astucias del animal, porque observan sus costumbres y hasta los vicios particulares: á primera vista saben qué carácter es el de la pobre víctima. Además, por una larga experiencia, han aprendido á combinar todos sus movimientos; la mirada, el brazo, la mano, la caña y también la inteligencia, obran casi siempre de concierto.
Raros son, no obstante, los pescadores geniales, y el adepto los reconoce por no sé qué rasgo característico emanado de su sér. En 1815, cuando por segunda vez París, rendido por quince años de servidumbre militar, oía el rodar de los cañones prusianos por sus calles, dos hombres, indiferentes á la causa pública, estaban tranquilamente sentados á las orillas del Sena con su caña en la mano. Jamás se habían visto anteriormente, pero cada uno de ellos había oído celebrar la gloria de un rival. Sin mirarse siquiera se reconocieron, al ver de reojo cada uno á su compañero con qué seguridad en la mirada y los movimientos estaba manejado el instrumento y con cuánta inteligencia hacía que el cebo buscara á los pescados.
—«¿Indudablemente es usted el célebre X?
—Para servirle. ¿Es acaso al famoso Y. á quien tengo el honor de contestar?»
Grandville, caricaturista con frecuencia demasiado ingenioso, se imaginó figurar los pensamientos íntimos de un pescador de caña, presentando al pobre hombre con su cráneo abierto y dividido en regiones según el sistema de Gall. En cada una de las cavidades cerebrales se tramaba un crimen horrible. Y el pobre pescador inofensivo, con su mirada pura y llena de candor, apareció soñando siempre en perpetrar toda clase de atrocidades posibles. Bajo la protuberancia de la «adquisividad» sólo pensaba en descerrajar puertas y llevarse montones de oro; bajo la de la «secretividad», falsificaba toda clase de documentos; en la caja de la «combatividad» asesinaba á un anciano; en cualquier otro rincón de la cabeza raptaba la mujer de un amigo, y qué sé yo cuántas infamias más. Todas las monstruosidades imaginables se fraguaban en ese cerebro. El artista calumniaba villanamente al pescador de caña, atribuyéndole todas esas alucinaciones criminales; mientras tiene su vista fija en el agua y su brazo presto á levantar su caña, el pobre hombre no tiene conciencia de las fugitivas imágenes, buenas ó malas, que flotan en su cerebro; se encuentra fascinado por las ondulaciones que brillan, por los hoyuelos variables que sin cesar cambian, por el agua que le sonríe y el pez que espera.
Tal vez á causa de esta extraña fascinación que ejercen sobre el pescador las aguas libres del arroyo, haya hecho tan pocos progresos el arte de la piscicultura desde los tiempos más remotos. Millones de hombres se dedican á sorprender el pez salvaje que se agita en las aguas: y muy poco numerosos relativamente son los que se ocupan en coger su presa para cautivarla y devorarla cuando lo crean conveniente. En los países llamados civilizados, la caza no es otra cosa que un pasatiempo y la persecución de las bestias salvajes ha sido reemplazada por la cría de animales para el matadero. Sólo los hombres holgazanes y vanidosos que quieren mantener las tradiciones de sus antepasados para distraer su ociosidad, han hecho de la caza la principal ocupación de su vida. Pero desde hace ya miles de años, los pueblos arianos, de evolución en evolución han cesado de ser cazadores, y se dedican á cultivar la tierra, tomando á la vez por compañeros ó víctimas á los toros descendientes del urus salvaje que perseguían en el bosque en otras edades, En nuestros días, los pieles rojas, tan combatidos por los americanos, y que presencian la dispersión de los ganados al ruido de las locomotoras que pasan silbando por las praderas, aprenden también á uncir los bueyes al yugo, y pasan sin transición del estado de cazadores al de pastores y cultivadores del suelo. Pero en lo que se refiere á la explotación de la fauna de las aguas, los hombres están todavía y en todas partes, salvo en China, país de las gentes listas, en las prácticas rudimentarias de la barbarie primitiva. Han reemplazado el simple palo por una caña más flexible y elegante, han aprendido á torcer hilos más delgados y fuertes, á perfeccionar los anzuelos, á atraer á cada especie por un cebo especial, y hasta han modificado la forma natural de los cursos de agua, haciendo en las cascadas peldaños como los de una escalera, por los cuales el pez salido del mar puede remontar el arroyo hasta la fuente primitiva; no obstante, es muy excepcional el modo de coger al pez, de fecundarlo artificialmente y mantenerlo como animal doméstico, pudiendo así presentar al mercado por quintales y toneladas, la carne exquisita del buen pescado como se hace con la de ternera y carnero.
En algunas partes, sin embargo, pescadores é industriales han intentado reemplazar la pesca por la recría del pescado. Como hombres ociosos la mayor parte, han obtenido resultados curiosos, completamente inútiles para aumentar nuestros conocimientos sobre los animales, sus costumbres y naturaleza, y casi insignificantes bajo el punto de vista económico. En un pequeño establecimiento de piscicultura, oculto por las murallas de un parque, y vedado á los transeuntes, he podido formarme una idea de la ciencia y habilidad profundas que debiera tener un buen recriador de peces para el buen éxito de su empresa.
La piscicultura exige saberlo todo y preverlo todo también. Es preciso conocer la naturaleza del fondo y de las aguas favorables á cada especie; observar los fenómenos del aire y las variaciones de la temperatura para elegir el momento favorable de la extracción artificial de los huevos en las hembras y la materia fecundadora en los machos; regularizar el impulso de la corriente y darle la fuerza necesaria calculada anticipadamente; estudiar los huevos con el microscopio y extraer todos los que no tengan el color y la transparencia necesarias; examinar la materia fecundante y arrojarla si no tiene el suficiente color y fluido y … ¿qué sé yo cuántas cosas más?
El piscicultor debe además saberse servir de infinidad de instrumentos delicados; limpia los huevos con un pincel, separa los cuerpos extraños y malsanos por medio de unas pinzas; se sirve de ampolletas para trasvasar la simiente de uno á otro recipiente, construye lugares á propósito para los huevos que se adhieren á las hierbas y ramitas del fondo y muchas otras operaciones entretenidas é inteligentes. Durante la época de la incubación necesita velar con cuidado para evitar que los enemigos de toda especie, barbos, mosquitos y setas de agua, ataquen á la población naciente, variando de hora en hora la corriente y la temperatura. Después de la salida del huevo es preciso saber alimentar á los animalitos oportunamente y con las, mismas substancias que ellos mismos se hubieran buscado. Y además de todo ésto, tiene aún que prevenir ciertas terribles enfermedades que repentinamente pueden aparecer en su cultivo y destruirlo en algunos días.
Entre los piscicultores hay algunos que consiguen así salvar de toda desgracia á la morralla que ha de transformar en pescado de peso. En presencia de su éxito, ¡qué triste recuerdo de las cosas humanas se despierta en nosotros pensando en los miles de criaturas, bien constituidas para llegar á hombres, que perecen todavía en la cuna! Es cierto que los niños recién nacidos ó ya de algunos años están más ligados á nuestro corazón que el salmonete y la trucha, pero no por eso deja la muerte de llevárselos á miles también. Nuestros hospicios para la infancia, bastante más preciosos que todos los establecimientos de piscicultura, no son frecuentemente otra cosa que el vestíbulo del cementerio. Los huevos de la tenca ó del barbo, lo mismo que los de otros peces más exquisitos, son para nosotros menos preciosos que los niños confiados á la sociedad por la desgracia y la miseria, y menos dignos de nuestra defensa contra las asechanzas de la muerte.
Si alguna vez se llega á domesticar completamente el pescado de agua dulce y suministrarlo á voluntad para la aumentación pública, será ciertamente motivo de júbilo, puesto que todas las vidas inferiores se emplean aún para alimentar la del hombre; pero no se podrá evitar el recordar con tristeza el tiempo en que todos nadaban en completa libertad. Contemplando las corrientes de agua regularizadas y reducidas á cajas cuadrangulares, donde los peces se engordan como esclavos, nuestros descendientes pensarán con cierta tristeza en nuestros arroyos libres todavía. Lo mismo que á nosotros nos encanta el relato de la vida salvaje en la selva virgen, lo mismo sentirán ellos el encanto cuando se les hable del libre arroyo, donde multitud de peces errantes remaban contra la corriente, retozones y alegres, con sus aletas y cola, ó del pez solitario que atravesaba la corriente como un rayo de luz apenas entrevisto, ó bien de las hierbas flotantes estremecidas constantemente por las ocultas multitudes que las poblaban. Comparado con el guarda del criadero de pescado, el pescador actual, sentado bajo la discreta sombra de un árbol, les parecerá una especie de Nemrod, un héroe de remota antigüedad.