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El Arroyo

Chapter 9: CAPÍTULO VIII
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About This Book

El texto traza el recorrido de un arroyo desde la gota que brota en la fuente hasta su unión con ríos y océanos, enmarcando ese viaje en el ciclo atmosférico y geológico que transforma el agua. Exalta la transparencia y el encanto de las fuentes, vincula su imagen a símbolos de pureza en la poesía y las artes y reconoce la contaminación que las afecta aguas abajo. Reúne mitos de ninfas como figuras que inspiran sabiduría y sugiere que la soledad en la naturaleza ofrece alimento a la reflexión y a la formación de costumbres y leyes.

CAPÍTULO V

#La sima#

No lejos de la caverna, gran laboratorio de la naturaleza, donde se ve la formación de un arroyo gota á gota, se abre un valle tranquilo en el fondo del cual brota otra fuente. Sale también de la roca, pero esta roca no se levanta perpendicular como la de la gran caverna; se ha inclinado á consecuencia de algún desprendimiento. Del césped que la cubre crecen algunas plantas salvajes; y en su base, alrededor de la cristalina fuente, se han agrupado grandes árboles, cuyas ramas entrelazadas se balancean armoniosa y rítmicamente, impulsadas por la brisa. Todo es apacible y encantador en ese pequeño rincón del universo. La laguna es transparente, casi sin ondas, y el agua, saliendo por un arco de algunas pulgadas de altura, se extiende sin temor.

Inclinado sobre el agua que centellea por los rayos del sol, medito mirando la sombra por donde sale, y envidio la pequeña araña acuática que corre patinando sobre la superficie líquida y va á refugiarse en un agujero de la roca. En la entrada distingo todavía algunas sinuosidades del fondo; piedras blancas, un poco de arena que se mueve lentamente, empujada por el agua que sale, produciendo ruidos de hervor; un poco hacia dentro se distinguen aún los rizos de las pequeñitas ondulaciones, y las diminutas columnas que soportan la bóveda; alumbradas vagamente por reflejos de luz, parecen temblar en la sombra: diríase que una redecilla de seda flota sobre ella con ligeras ondulaciones. Más allá todo está negro; la corriente subterránea no se revela ya, más que á veces, por el ahogado susurro. ¿Qué sinuosidades son las del agua más adentro del punto á donde alcanzan los últimos reflejos de luz? Esas curvas del arroyo son las que yo intenté buscar con la imaginación. En mis ensueños de hombre curioso, me convierto en un ser pequeñísimo, de algunas pulgadas de alto, como el gnomo de las leyendas, y saltando de piedra en piedra, insinuándome por debajo de las protuberancias de la bóveda, observo todos los confluentes de los arroyuelos en miniatura, y remonto los imperceptibles hilos de agua, hasta que convertido en átomo, llego por fin al punto donde la primera gota de agua rezuma en la piedra.

No obstante, sin convertirnos en genios como hacían nuestros antepasados en los tiempos fabulosos, podemos, paseando tranquilamente por los campos cultivados ó las áridas lomas, reconocer en la superficie del suelo los indicios que revelan el curso del oculto arroyo. Un sendero tortuoso que empieza al borde mismo de la fuente, sube por el flanco de la colina, contornando los troncos de los árboles, desaparece luego cubierto por las altas plantas en un repliegue del terreno, y llega, por fin, al llano, sembrado de hermoso trigo. Con frecuencia, cuando yo era un colegial libre, subía corriendo ese sendero para bajarlo después en pocos saltos; á veces, también me aventuraba alejándome algo por el llano, hasta perder de vista el bosquecillo de la fuente; pero en un ángulo del camino me paraba sorprendido y sin aliento para ir más lejos. A mi lado veía abierto un abismo en forma de embudo, lleno de parras y zarzas enlazadas. Piedras de bastante peso, arrojadas por los transeuntes ó arrastradas por las lluvias violentas, se veían flotando sobre el follaje polvoriento y mortecino; en el fondo se entrelazaban algunas ramas gruesas, y por entre sus hojas veía la negrura temida de un abismo. Un sordo murmullo salía de allí constantemente como quejidos de algún animal encerrado.

Actualmente me alegro de volver á encontrar el «gran agujero» y hasta me atrevo á descender por él aunque para ello tenga que asustar á los animales que se refugian en su maleza. Pero en otro tiempo, ¡con qué horror mirábamos, cuando niños todavía, se cruzaba en nuestro camino este siniestro pozo en cuyo borde se detenía el arado! Una noche tranquila, de hermosa luna, tuve que pasar solo cerca del sitio terrible. Aun tiemblo al recordarlo. El abismo me miraba, me atraía; mis rodillas se doblaban desobedeciendo mi esfuerzo y los tallos de los arbustos avanzaban para arrastrarme hacia la negra boca. Pasé, sin embargo, golpeando con mis pies el suelo cavernoso y ocultando el pavor que me invadía; pero detrás de mí un gigante inmenso, formado de vapor, surgió inmediatamente: se inclinó para cogerme y el murmullo del abismo resonó en mi oído durante largo rato como risa de odio ó de triunfo.

Ahora ya lo sé; ese abismo es una sima que sirve de respiradero al arroyo, y el sordo ruido que de ella sale es el que produce el agua chocando con las piedras. En una época no conocida, mucho antes que fueran redactados por el notario del país los primeros documentos de propiedad, uno de los asientos de las rocas que forman el valle subterráneo se hundía en el lecho del arroyo; luego, las tierras, faltas de base, fueron gradualmente arrastradas hacia el llano; poco á poco el gran agujero se fué abriendo, y las aguas, corriendo por sus declives, le dieron la forma de un embudo casi regular. Los campesinos de la comarca que pasan con frecuencia cerca de él, le llaman el Bebe-todo, porque bebe en efecto, todas las lluvias que podrían fertilizar los campos. El agua caída en la llanura que la tierra se niega á embeber, corre hacia el agujero en pequeñas corrientes, coloreadas por la arcilla, para reaparecer luego en la fuente, cuya cristalina pureza enturbia durante algunas horas.

La sima que me asustaba en mi infancia, no es la única que se ha abierto sobre las galerías profundas. Siguiendo la parte más baja, determinada por una especie de repliegue del suelo en la llanura, se pasa por cerca de otras cavidades que indican á los transeuntes el curso interior de las aguas. Estas cavidades son diferentes en forma y dimensiones. Algunas son enormes pozos donde desaparecerían enormes ríos; otras son simples depresiones del suelo, especies de nidos bien tapizados por el césped, donde en los hermosos días de otoño se puede gozar de las tibias caricias del sol, sin temor al aire que pasa silbando sobre las hierbas secas del llano. Algunos de esos agujeros se obstruyen y se llenan gradualmente; pero hay otros que se ensanchan y se ahondan de año en año visiblemente. Algunas aberturas que nos parecían refugio de serpientes, en las que no hubiéramos metido la mano por temor á ser mordidos, eran un principio del abismo; las lluvias y los derrumbamientos interiores las han ensanchado tanto, que muchas de ellas son hoy principios con declives de roja arcilla, surcados por la corriente de las aguas. De estos pozos naturales, los más pintorescos son los más alejados del nacimiento de la fuente. Donde se encuentran éstos, el llano, cuyo plano es ya más desigual, termina bruscamente al pie de una muralla rocosa, al lado de la cual se abre un valle que lleva sus aguas á un río lejano. Las rocas levantan hasta el cielo sus bellos frontis dorados por la luz; pero sus bases están ocultas por un bosquecillo de encinas y castaños; gracias á la verdura y variedad del follaje, el contraste demasiado duro que formaría la abrupta pared de las rocas con la superficie horizontal del llano, aparece suave. En el paraje más espeso del bosque, es donde se encuentra el abismo. Sobre sus bordes, algunos arbustos inclinan sus tallos hacia la superficie azul, que se ve por entre las ramas de la encina; sólo un abedul deja caer por encima de la sima sus ramas delicadas. Al llegar á estos parajes es preciso tomar algunas precauciones, porque el suelo está demasiado accidentado y los pozos no tienen ningún brocal como los que construyen los ingenieros. Avanzamos lentamente arrastrándonos bajo las ramas; luego, tendidos sobre el vientre, apoyando la cabeza en nuestras manos, dirigimos nuestra mirada hacia el vacío.

Las paredes del pozo circular, ennegrecidas á trozos por la humedad que destila la roca, descienden verticalmente; apenas si algún pequeño saliente se insinúa fuera del plano de los muros de piedra. Matas de helechos y escolopandras crecen en las anfractuosidades más altas; más abajo la vegetación desaparece, á menos que una mancha roja que se ve en la obscuridad del fondo, sobre un saliente de la roca, sea un grupo de algas infinitamente pequeño. A primera vista, en el fondo no hay más que tinieblas; pero nuestros ojos, acostumbrándose poco á poco á la obscuridad, distinguen luego una superficie de agua clara sobre un lecho de arena.

Además, puede descenderse al pozo, y yo soy uno de los que han tenido ese placer. La aventura produce una agradable sorpresa, puesto que es un viaje de exploración; pero en sí misma no tiene nada de seductora, y ninguno de los que han hecho estos descensos al abismo quedan en disposición de repetirlo. Una cuerda, prestada por un campesino de las inmediaciones, se ata fuertemente al tronco de una encina, y dejándola caer al fondo del abismo, oscila dulcemente por la impulsión de la pequeña corriente de agua, en la cual se moja la extremidad libre. El viajero aéreo se coge fuertemente á la cuerda, al mismo tiempo que con las manos, con las rodillas y los pies, y desciende con lentitud por la boca tenebrosa. El descenso no es siempre fácil, desgraciadamente; se da vueltas con la cuerda alrededor de sí mismo, se enreda en las matas de helecho, que el peso del cuerpo rompen, se choca varias veces contra la roca llena de asperezas, y con la ropa se enjuga el agua fría que las paredes rezuman. Por fin se aborda una cornisa, se descansa un poco en ella para tomar aliento y equilibrio, y luego se lanza nuevamente en el vacío para descansar más tarde sobre el fondo de tierra firme.

Yo recuerdo sin alegría mi estancia durante algunos instantes en el fondo del abismo. Mis pies, estaban dentro del agua; el aire era frío y húmedo; la roca estaba cubierta de una especie de pasta resbaladiza de arcilla diluída; una sombra siniestra me rodeaba y un resplandor tibio, vago reflejo de la luz del día, me revelaba solamente algunas formas indecisas y una gruta llena de arrogantes protuberancias. A pesar mío, mis ojos se dirigían hacia la zona iluminada que aparecía redonda sobre la boca de la sima; miraba con amor la guirnalda de verdura que adornaba el borde del pozo, las grandes ramas con su follaje superpuesto, que los rayos del sol doraban alegremente, y los pájaros lejanos volando con libertad por el azul del cielo. Tenía vehementes deseos de volver á la luz; dí el grito de aviso y mis compañeros me sacaron fuera del pozo, ayudados por mí, que ascendía apoyando mis pies en las sinuosidades de las rocas.

Como cándido joven, me creía un gran héroe por haber realizado el pequeño descenso á los «infiernos», á unos treinta metros de profundidad, y buscaba en mi cabeza algunas rimas para el poeta que se aventura á bajar al fondo de un abismo para sorprender la sonrisa de una ninfa encantada, mientras olvidaba á los verdaderos héroes, que, sin recitar jamás versos por sus frecuentes entrevistas con las divinidades subterráneas, se relacionan con ellas durante días y semanas enteros. Estos son los que conocen bien el misterio de las aguas ocultas. Al lado de sus cabezas, la pequeña gota, suspendida de las estalactitas de la bóveda, brilla como un diamante á la luz de sus lámparas, y cae sobre el pequeño charco estancado, produciendo un ruido seco que repercute el eco de las galerías. Pequeñas corrientes de agua, formadas por ese destilamiento de gotas, corren bajo sus pies, y formando regueros y más regueros se dirigen hacia la balsa de recepción, donde la bomba á vapor, parecida á un coloso encadenado, sumerge alternativamente sus dos brazos de hierro, lanzando prolongados gemidos á cada esfuerzo. Al ruido de las aguas de la mina se mezcla á veces el sordo rumor de las aguas exteriores que un desgraciado golpe de pico puede hacer inundar repentinamente la galería. Mineros hay que no tienen temor en llevar sus trabajos de zapa hasta debajo del mar, desde donde no cesan de oir al terrible océano arrastrar constantemente los guijarros de granito por encima de la bóveda que los protege; durante los días de tempestad, sólo á algunos metros de donde ellos trabajan van á estrellarse los navíos contra las rocas.

CAPÍTULO VI

#El barranco#

Descendiendo por el curso del arroyo, en el que vienen á unirse el ruidoso torrente de la montaña, el arroyuelo nacido en la caverna y el agua apacible del manantial, vemos á derecha é izquierda sucederse los valles, diferentes unos de otros por la naturaleza de sus terrenos, su pendiente, el aspecto que presentan y la vegetación, distinguiéndose además por el caudal de aguas que aportan al cauce general del valle.

Casi enfrente de un torrente pequeño y murmurador, que salta alegremente de piedra en piedra para sumarse á la bastante considerable cantidad de agua del arroyo, se abre un barranco de rápida pendiente y seco con frecuencia. Es probable que este barranco, formado por la depresión en un suelo poroso, esté sobre el cauce subterráneo de un arroyo permanente; este barranco sólo se ve bañado por la corriente de agua después de chubascos tempestuosos ó de grandes lluvias. Como todos los pequeños valles laterales, el barranco es tributario del cauce central, pero tributario intermitente. Sin embargo, es curiosísimo el visitarlo, porque paseándose sobre su seco cauce, se puede estudiar detenidamente la acción del curso de las aguas.

Un pequeño sendero que los surcos del labrador destruye cada otoño, y que el tránsito de los caminantes marca de nuevo muy pronto, serpentea sobre la ribera del barranco. Es verdad que las ramas de espino, plantadas por el campesino avariento, prohiben el paso; pero el humilde obstáculo, simulacro del temible dios Término, no tiene nada de terrorífico para los agricultores vecinos, y el camino, practicado tal vez por los hombres desde la edad de piedra, no cesa de reformarse de año en año. Sería, pues, fácil remontar el barranco en su largo curso sin tener necesidad de servirse de las manos para salvar los accidentados obstáculos de su cauce, pero quien ama la naturaleza y la quiere gozar de cerca, abandona el pequeño sendero y se lanza con entusiasmo por el estrecho espacio abierto entre sus bordes. Desde los primeros pasos se halla como separado del mundo. Por detrás, una curva de la desembocadura le oculta el arroyo y los verdes prados que riega; por delante, el horizonte se limita bruscamente por una serie de gradas que el agua salta en pequeñas cascadas después de la lluvia; por encima, las branchas de árboles que bordean las riberas se curvan y entrelazan formando bóveda, y los ruidos de fuera no penetran en este salvaje cauce casi subterráneo.

Es una gran alegría hallarse así en la naturaleza virgen, sólo á algunos pasos de los campos arados en surcos paralelos y sentirse obligado á trazarse un camino por entre las piedras y la maleza, no lejos del honesto burgués que se pasea plácidamente contemplando sus cosechas. A cada vuelta del tortuoso barranco, la inclinación y la forma del lecho cambian bruscamente: los saltos y los hoyos se suceden contrastando de un modo extraño.

Encima de un grupo de arbustos enlazados por zarzas que el agua invade sólo en las mayores crecidas, se extiende un pequeño prado de algunos metros de ancho y frecuentemente bañado por las inundaciones de un momento. Alrededor del prado y el grupo de arbustos, se desarrolla en semicírculo una playa arenosa, en donde los materiales finos ó gruesos, se han depositado con orden, según la fuerza de la corriente que los arrastró. El modesto lecho fluvial, de donde el agua ha desaparecido, es aún tal cual lo trazó el torrente efímero, y revela tanto mejor las leyes de su formación, por cuanto ni un pequeño charco de agua se halla en su curso. Una especie de foso con su borde lleno de cieno seco y hojas en descomposición, nos enseña que en este paraje el curso de las aguas es tranquilo y casi sin corriente; más lejos, el lecho aparece apenas trazado porque las aguas se resbalan con rapidez por la gran pendiente; en otra parte, las aristas paralelas de los asientos rocosos atraviesan oblicuamente el fondo desde una á otra orilla, formando obstáculos sobre los cuales la corriente se descompone formando pequeñas ondas. Una gran piedra ha hecho determinar una curva á la corriente, lanzando á ésta contra otra orilla, formando una brusca sinuosidad, y así gradualmente se ha cavado un cauce según su capacidad: más arriba, ramas encadenadas; hierbas y piedras, han servido de punto de apoyo para formar uno ó varios islotes rodeados de cauces tortuosos llenos de arena hermosamente blanca. A unos cuantos pasos de allí, el aspecto del barranco cambia todavía. Aquí el fondo no es más que un pequeño reguero practicado por el agua en arcilla dura, casi rocosa; no sin pena, consigo pasar por el desfiladero asiéndome de algunas ramas que se mecen sobre mi cabeza. El hilo de agua ó la columna líquida, según la fuerza del arroyo periódico, murmura dulcemente ó ruge con estrépito por el estrecho corredor resbalándose rápidamente por una sucesión de grados; luego, al pie de la caída, ha formado una especie de cubo, ancha balsa donde las piedras arrastradas ruedan empujadas por la presión de las aguas. Después de haber pasado el desfiladero, encuentro aún algo que fueron islas en otro tiempo, curvas, rápidas corrientes, cascadas: hasta encuentro fuentes extinguidas que reconozco por la humedad de la arena y las fisuras rocosas. El borde desde donde se lanza una cascada lo forman dos raíces enlazadas, sujetas sólo por un lado, encrustadas en la arcilla.

En este barranco, en el cual penetramos con alegría para contemplar en un pequeño espacio el cuadro de la naturaleza libre y para huir del aburrimiento de los campos cultivados con bárbara monotonía, una multitud de animalejos de varias especies, refractarios como nosotros al exterior, penetran también buscando un refugio contra el hombre, inflexible perseguidor; desgraciadamente, el tenaz cazador los persigue hasta este retiro, á pesar de las zarzas y las raíces. Las tierras recientemente removidas, los negros agujeros practicados en las paredes de la orilla, nos revelan el sitio donde se ocultan los conejos y los zorros; al notar nuestra presencia, las serpientes enroscadas desenrrollan rápidamente sus círculos y desaparecen en la espesura; las lagartijas, más rápidas, corren haciendo crugir las hojas caídas; los insectos saltan sobre la arena ó se balancean por las hierbas. En las ramas de los arbustos se ven nidos de pájaros: todo un mundo de fugitivos puebla este asilo, en donde se encuentra abrigo y comida.

Y es que, en efecto, dentro de este pequeño barranco, de algunos metros de ancho, la vegetación es muy variada; una multitud de plantas de origen y altitud diversos se encuentra aquí reunida, mientras que en los campos vecinos la uniformidad del terreno cultivado deja germinar apenas, además de la simiente arrojada por el campesino, hasta cuatro ó cinco «malas hierbas», trivial adorno de los campos arados. En esta estrecha hendidura, invisible de lejos, á no ser por la verdura de sus orillas, todas las cualidades del suelo, todos los contrastes de sequía y humedad, todas las diferencias de la sombra y el sol se encuentran en yuxtaposición y, como consecuencia, numerosas plantas, desterradas de vulgares terrenos de cultivo, hallan en este rincón, respetado por el hombre, el ambiente propio para su desarrollo. La arena tamizada por las aguas tiene sus plantas especiales, lo mismo que los amontonamientos de piedras arrastradas, la arcilla color de ocre y los intersticios de la dura roca. Las tierras vegetales, mezcladas en diversas proporciones, tienen también su flora y su fauna; las rápidas pendientes expuestas al sol del mediodía, se encuentran pobladas de hierbas y arbustos que fabrican su savia en terreno seco; el fondo húmedo donde jamás llega un rayo de sol, da también vida á otra vegetación y el cieno que el agua cubre aún, aparece cubierto por un mundo vegetal que le es peculiar.

¡Y, sin embargo, nada aparece desordenado en esta diversidad! Al contrario, las plantas, libremente agrupadas, según sus secretas afinidades y la naturaleza del terreno que les da vida, constituyen en conjunto un espectáculo que llena el alma de una impresión singular de paz y armonía. Nada hay aquí de artificial ni de impuesto como en un regimiento de soldados con sus movimientos mecánicos y sus uniformes, sino lo pintoresco, el encanto poético, la libertad de actitud y de vida como en una multitud de hombres de todos los países, aproximándose por afinidad cada cual á los suyos. Es cierto que en este barranco, al igual que en toda la tierra, la batalla de la vida por el goce del aire, del agua, del espacio y de la luz, no cesa un instante entre las especies y las familias vegetales; pero esta lucha no ha sido regularizada todavía por la intervención del hombre, y parece que en medio de estas plantas tan diversas y tan graciosamente asociadas, nos encontramos en una república federativa en la que cada vida está garantizada por la alianza de todas. Hasta las colonias de plantas extrañas á la naturaleza libre, son respetadas, al menos por algún tiempo: sobre una cornisa de tierra rebajada que ha quedado suspendida al flanco de la ribera, veo balancearse las cañas flexibles de una mata de avena, humilde colonia de esclavos fugitivos aventurados en un mundo de libres héroes bárbaros.

Lo mismo que el arroyo del valle y los grandes ríos del llano, el pequeño barranco tiene sus orillas sombreadas por árboles. El álamo blanco se levanta al lado del haya y el abedul; las hojas finamente cortadas del fresno, aparecen por entre dos altos olmos con su ramaje como arreglado por la mano del hombre; el tronco blanco del abedul resalta al lado de la rugosa y sombría corteza de la encina. En lo más alto de la ladera, donde el barranco no es más que un repliegue del terreno, los pinos, en actitud grave y de hojas casi negras, se ven reunidos como en un concilio. Alrededor de ellos, la tierra sin vegetación ha desaparecido bajo una espesa capa de agujas color de hierro oxidado mientras que no lejos de allí, un alegre alerce color verde claro, levanta su cima, hermosamente adornada por clemátides, sobre un grupo de arbustos y plantas. A causa de la extrema variedad de las condiciones del suelo, el estrecho barranco es bastante más rico en especies diversas que los grandes bosques que cubren vastos territorios. En algunos parajes, los troncos están tan juntos que de una á otra ribera no se ve penetrar ni un rayo de sol; del fondo de las hondanadas, los árboles suben como columnas amontonadas para un edificio; luego, al nivel de los bordes, las ramas se extienden ampliamente, cubren la madera con su verdura y se prolongan sobre las tierras cultivadas buscando ávidamente su alimento de aire y de luz.

Bajo sus sombrías bóvedas, en las profundidades del barranco, la temperatura es siempre fresca, hasta en lo más fuerte del verano; las ramas enlazadas impiden á la húmeda atmósfera su salida hacia el espacio y, gracias al acuoso vapor, los helechos, con sus grandes hojas caídas y los hongos, agrupados fraternalmente en pequeñas asambleas, crecen y prosperan en las orillas. El aire está tan cargado de humedad, que basta cerrar los ojos para hacerse la ilusión de que se está á la orilla de un arroyo, cuyas tranquilas aguas corren silenciosas. Después de todo, el agua allí está; si ha desaparecido es sólo en apariencia. El musgo que tapiza el fondo del barranco y recubre las raíces de los árboles, se presenta hinchado del líquido absorbido durante la última inundación: dilatados como esponjas, guardan, durante mucho tiempo, la fecunda y bienhechora humedad; después, á la más insignificante lluvia, se hinchan de nuevo, empapándose con avidez de las gotas caídas. Así, de musgo á musgo y de planta á planta, en la multitud infinita de células orgánicas, se encuentra aún el caudal de aguas corrientes del arroyuelo, desde, el principio al fin del barranco. Es verdad que no se ve esta corriente, que no se oye su murmullo, pero se adivina y se goza la dulce frescura que esparce por la atmósfera.

Sin embargo, hay algo que me encanta y admira. Este arroyuelo es pobre é intermitente, pero su acción geológica no es menos grande; es tanto más poderosa relativamente cuanto más insignificante es el agua que por él corre. Una pequeñita corriente ha cavado el enorme foso, ha abierto esas profundas hendiduras á través de la arcilla y la dura roca, ha esculpido las gradas de sus pequeñas cascadas, y por los hundimientos de tierra ha formado esos amplios círculos en sus orillas. Él es también quien da vida á la rica vegetación de musgo, hierbas, arbustos y grandes árboles. ¿Es que el Misisipi, ó el Amazonas proporcionalmente á su caudal de agua, realizan en la superficie de la tierra la milésima parte del trabajo de éste? Si los caudalosos ríos tuvieran igual fuerza relativa que el pequeño arroyuelo intermitente, arrasarían las cordilleras, serían sus cauces abismos de algunos millares de metros de profundidad, alimentarían bosques con árboles cuyas cimas irían á balancearse en las más elevadas capas atmosféricas. Precisamente, en estos pequeños retiros es donde la naturaleza se nos muestra en todo su esplendor. Acostado sobre un tapiz de musgo, entre dos raíces que me sirven de apoyo, contemplo con admiración estas altas riberas, sus desfiladeros, sus circos, sus gradas y la bóveda de follaje, que me cuentan con tanta elocuencia la grandiosa obra de la pequeña gota de agua.

CAPÍTULO VII

#Los manantiales del valle#

A todos los arroyuelos visibles é invisibles que descienden de barrancos y vallecillos hacia el arroyo principal, se unen aún á centenares infinidad de pequeñas fuentes y venas de agua, todas diferentes por el aspecto y el paisaje de las piedras, los zarzales, arbustos ó árboles que las rodean, diferenciándose también por la cantidad de sus aguas y por la oscilación de su nivel, según los meteoros y las estaciones del año.

Algunas de ellas sólo tienen una existencia temporal; después de haber manado durante cierto número de horas, se secan repentinamente; los pequeños saltos de agua cesan de susurrar, las paredes de su balsita se secan y las hierbas que humedecía se doblan lánguidamente. Luego, pasados minutos ú horas, se oye un murmullo subterráneo y he aquí el agua que sale nuevamente de su cárcel de piedra, para devolver la vida á las raíces y las flores; con sus argentinos sonidos anuncia alegremente su resurrección á los insectos ocultos entre el césped, á todo un mundo infinitamente pequeño que esperaba su despertar para despertar ellos mismos. Los hombres de ciencia nos explican la causa de estas intermitencias; nos dicen el por qué de ese salir y ocultarse del agua alternativamente en las cavidades subterráneas, dispuestas en forma de sifón. Todo esto es hermoso, pero á estos juegos de la naturaleza, á esas fuentes que aparecen y se ocultan en un instante, preferimos los manantiales permanentes de los que oímos constantemente su alegre murmullo, y en los cuales, á cualquiera hora, podemos ver cómo se refleja la luz, rielando en su ondulada superficie. Más encantadora aun me parece la discreta fuente que nace en el fondo del arroyo á la que sólo contemplan los observadores estudiosos de la naturaleza. En medio del agua transparente, no siempre se sabe distinguir la columna líquida del manantial que brota, pero se revela por las ondulaciones de las hierbas que acaricia su onda ascendente, por las burbujas que salen de la arena y vienen á deshacerse al contacto del aire, y por el silencioso hervor que se produce en la superficie del agua y se propaga alejándose en rizos ondulados que disminuyen gradualmente.

Desiguales por su caudal y por el paisaje que las rodea, no lo son menos por la gran diversidad de substancias minerales que llevan en suspensión. Por muy pura que el agua del manantial parezca á nuestra vista, no es esta, como la química dice, una combinación de dos cuerpos simples, el hidrógeno, que forma, según dicen, los inmensos torbellinos de las más lejanas nebulosas, y el oxígeno, que para todos los seres es el gran alimento de la vida; contiene además muchas otras substancias, ya rodando por su cauce en estado de arena, ya disueltas en su masa líquida y transparentes como ella. Entre las fuentes tributarias del arroyo, hay algunas que, surgiendo de la dura peña, arrastran pepitas de oro en sus aluviones. Si arrastraran grandes cantidades como ciertos manantiales de California, Colombia, el Brasil ó los Urales, inmediatamente una multitud de hombres se precipitaría con avidez hacia las fuentes bienhechoras, y las arenas depositadas en sus orillas, serían muy pronto tamizadas, y hasta la roca sería atacada por los picos y azadones y sus fragmentos serían sometidos á los martillos de la fundición; poco tiempo después, á las cabañas de un villorrio, habitadas por mineros, reemplazarían los grandes árboles de los prados y los valles. Tal vez el país al ser más rico, más populoso y próspero, sería también, á la larga, más instruído y feliz; no obstante, nos paseamos llenos de noble alegría por las vírgenes orillas de nuestro Pactolo, desconocido de la multitud, en el que hallamos la soledad y el silencio, como en los días que vimos brillar por vez primera las pepitas de oro. En sus alrededores sólo existe, afortunadamente, un solo buscador de pepitas, viejo geólogo que enseña con orgullo algunos granos brillantes contenidos dentro de una caja de cartón, donde posee todo el fruto de sus largos trabajos.

Otro manantial, vecino al pequeño Eldorado, se presenta también pródigo en pepitas brillantes pero de bien distinta especie. Es un chorro de agua que surge de rocas micáceas y que arrastra sus partículas hacia la luz. Las pepitas que la corriente hace rodar por el fondo se arremolinan un momento y luego se depositan llanas sobre otras láminas, de modo que se ve siempre lucir sus reflejos bajo la temblorosa superficie. Los niños de la vecindad se divierten en sus juegos, viniendo á sacar con sus manos esta arena brillante; apilan en montoncitos las pepitas de oro y las de plata, sabiendo, afortunadamente, los pobres niños, que la masa reluciente no es oro y plata más que en apariencia; de otro modo, empezarían, tal vez, en la orilla de la apacible fuente, esa dura batalla por la vida, que más tarde, cuando sean hombres, tendrán que emprender unos contra otros para arrancarse, en forma de moneda, el pan de cada día.

En un pequeño valle, al pie de rocas calcáreas, nace otra fuentecita que, lejos de arrastrar pepitas brillantes, recubre, al contrario, de una especie de baño gris las piedras, las hojas y las ramitas caídas de los arbustos que la adornan. Este baño se compone de innumerables moléculas calcáreas disueltas por el agua en el interior de la colina. Contenida el agua por un obstáculo cualquiera, la corriente se desprende de las partículas de piedra de que estaba saturada. Al lado de la balsita crece un helecho que balancea sus verdes hojas agitadas por el aire húmedo, mientras que sus raíces, sumergidas en el agua, están recubiertas de una capa de piedra.

La naturaleza de los manantiales varía por las substancias sólidas y gaseosas que arrastran ó disuelven en su curso subterráneo y que sacan al exterior. Hay algunas que contienen sal, otras son ricas en hierro, en cobre y en diversos metales, habiendo alguna que exhala ácido carbónico ó emanaciones de gases sulfurosos. La proporción de mezclas que se operan así en el laboratorio de las fuentes difiere cada una de ellas, y el químico que quiere conocer esta proporción de un modo preciso, se ve obligado á hacer un largo análisis especial, que tiene que repetir varias veces. Luego, cuando ha pesado las diversas substancias, utilizando los medios prodigiosos que actualmente le suministra la ciencia, tiene que estudiar los rayos coloreados que el agua del manantial despide en un espectro luminoso. Estas rayas que permiten al astrónomo descubrir los metales en los astros, brillan como un punto en el fondo del espacio infinito y advierten al químico la existencia de cuerpos que se hallan en cantidades infinitesimales en la pequeña gota de agua del manantial. El día que dos alemanes señalaron, ó mejor dicho, arrancaron á la fuente por la fuerza de la ciencia, metales que no eran todavía conocidos, es uno de los grandes días de la historia. Comparados con esta fecha, ¡cuán insignificantes son en los anales de la humanidad las victorias ó la muerte de los más célebres conquistadores!

Las fuentes, diferentes entre sí por las substancias que arrancan en sus viajes subterráneos, arrastrándolas al arroyo, son también diferentes por sus temperaturas diversas. En algunas, el calor de sus aguas es la temperatura media del país; otras están por debajo de este término medio, porque descienden de las nieves ó porque una fuerte evaporación se verifica en sus canales interiores bajo la influencia de las corrientes de aire; otras también, presentan al exterior tibias ó calientes sus aguas; se encuentran á diversas temperaturas desde la del hielo hasta la del vapor á gran presión. Por su temperatura, la fuente nos resume su historia subterránea: con sólo mojar un dedo en sus aguas, podemos saber cómo ha sido su viaje á través de los ocultos abismos. Desde la orilla de un manantial frío, miramos los montes nevados y podemos decir: «¡Esta agua baja de allá arriba!» Pero si sale tibia, es, sin duda alguna, porque ha descendido, saltando de hueco en hueco hasta bajar á grandes profundidades, habiéndose calentado en esos conductos tenebrosos antes de salir á la superficie. Y, en fin, cuando la temperatura de una fuente se aproxima á la del vapor á grandes presiones, sabemos por ello que sus aguas han llegado á dos ó tres kilómetros bajo la superficie del suelo, porque sólo á tal profundidad la temperatura de las rocas es la misma que la del agua en ebullición.

Sentados sobre el césped, al borde del manantial, con toda comodidad podemos seguir con el pensamiento el itinerario recorrido por el pequeño canal del agua en las entrañas del monte antes de salir á la luz, ayudados de los datos científicos que la dolorosa experiencia del minero ha adquirido habitando las profundas galerías.

Las aguas tibias ó termales, mucho más que las frías, contribuyen á disolver las piedras en el interior de los montes, para depositarla bajo otra forma á su salida. En muchos parajes, el agua caliente que corre á unirse con el arroyo, se extiende primero en un gran lago que ella misma ha formado molécula tras molécula; al lado se encuentran otras lagunas secas, y á uno y otro lado las fisuras abiertas en la piedra están bordadas por hermosas concreciones parecidas á los adornos de mármol que vemos ornamentando las fachadas de nuestros edificios. ¡Pero cuán insignificantes son esos depósitos silíceos ó calcáreos comparados con las enormes construcciones erigidas en diversos países del mundo por esos ríos termales, como por ejemplo los de Holly-Springs, en los Estados Unidos! Los viajeros nos cuentan que esas aguas calientes edifican verdaderos palacios, ciudadelas y murallas de algunos kilómetros de longitud. Blancos como el alabastro, los pilares y basamentos crecen incesantemente por el depósito de las cascadas susurrantes que poco á poco ocupan la llanura. El agua, construyendo sin cesar, se cierra el paso, y, buscando continuamente un nuevo cauce, deja detrás grandes balsas, puentes no terminados y bosquejos de admirables columnatas. Montes enteros que el geólogo explora con admiración, han sido formados por los torrentes de agua caliente al salir de las profundidades.

Pero esas maravillas lejanas y nada numerosas, pocos de nosotros las han podido contemplar y ver al mismo tiempo esos ríos de agua caliente cómo trabajan en la construcción de sus marmóreos edificios. Mucho más modesta, la fuente de la pequeña laguna no cambia los accidentes del terreno ni el aspecto del país en algunos años; pero empleando siglos y siglos en su trabajo, llega por fin á renovar todo el espacio que baña; cambian poco á poco la piedra y se trazan un cauce diferente al que les había preparado la naturaleza. El geólogo y el minero que penetran por la fuerza con su pico y martillo en las entrañas de la roca, descubren venas de jaspe y otras piedras transparentes ó coloreadas; es el hilillo de agua termal, arrastrando arcilla en disolución, que lo ha depositado en la fisura por donde corría, y que luego ha cambiado de curso. Todos esos filones sinuosos que atraviesan las rocas como arterias de cristal, deben su origen á modestas corrientes de agua. Es cierto que en la mayor parte de los casos, el agua sale de las profundidades del suelo, no en forma de líquido, sino en forma de vapor y á elevada temperatura, porque de otro modo no podría disolver los materiales que tapizan las paredes de sus antiguos lechos. Así los minerales de oro y plata han sido arrancados de las entradas de la roca por los vapores de un Pactolo subterráneo.

Fuertes por el enorme poder que les da el tiempo, los manantiales que disuelven las piedras y oxidan los metales, consiguen también alguna vez hacer temblar los montes. En una hermosa tarde de otoño, un temblor de tierra se dejó sentir en la pequeña cuenca del arroyo; las casas se balancearon con gran terror de sus habitantes, y algunas paredes ya agrietadas se derrumbaron con estrépito. El temblor de tierra no tuvo otras funestas consecuencias, pero fué el tema que durante algún tiempo preocupó á los sabios é ignorantes de los pueblos y aldeas. Unos hablaban de un mar de fuego que llenaría la tierra, y que una tempestad había agitado sus olas; otros pretendían que un volcán intentaba surgir en las inmediaciones, y que dentro de poco tiempo, el cráter se abriría; había quien no sabiendo nada de fuego central, ni habiendo jamás visto cráteres ni corrientes de lava, pensaba en un grupo de fuentes salinas y yesosas que nacían en un vallecillo al pie de una ladera pedregosa; al notar que después del temblor sus aguas se habían enturbiado y arrastraban lodo, y que algunas de ellas habían cambiado de orificio de salida, se preguntaban si no serían ellas la verdadera y única causa. Tal vez, los aldeanos tenían razón. Es verdad que ni en un segundo, estas fuentes arrastraban una pequeña cantidad de sulfato de cal y otras substancias sólidas; pero en el transcurso de años y siglos, los hilos de agua subterráneos han ido destruyendo la base de los montes. Debilitados los colosales cimientos del gigantesco edificio, ceden al peso, las bóvedas se hunden, el monte se estremece, y la tierra se agita algunos cientos de kilómetros alrededor, como si una terrible explosión hubiera dislocado sus capas. El gigante Encelado que ha hecho temblar así los montes, las colinas y los llanos, es el tranquilo manantial que puede ocultar una mata de hierba.

Afortunadamente, las fuentes saben hacer que las perdonemos los momentos de terror que nos causan á veces haciendo trepidar el suelo. Ellas nos dan agua para beber nosotros y abrevar nuestros ganados, fertilizan nuestros campos y hacen germinar las simientes, alimentan nuestros árboles y nos traen del fondo de la tierra tesoros que sin ellas jamás hubiéramos conocido; fortifican, en fin, nuestro cuerpo, nos devuelven la salud perdida y restablecen el equilibrio en nuestro trastornado espíritu. Tales son al salir de la tierra bienhechora las virtudes curativas de las fuentes termales y minerales, que en todos los países civilizados se han construído edificios en los nacimientos de los manantiales, para aprisionar el agua y medir cuidadosamente el empleo en los baños y piscinas.

Con objeto de recoger hasta la última gota del precioso líquido, los ingenieros cavan á lo lejos las rocas para sorprender en su curso el pequeño hilo de agua que corre por las hendiduras interiores y el escape de vapor que sube desde las ocultas profundidades. Ávidos de salud, los enfermos utilizan todo lo que el manantial lleva consigo y todo lo que bañan sus aguas; respiran el gas que desprenden, se envuelven en el lodo negro que forman la arcilla y la arena y llegan á cubrirse como tritones con el verde limo que se extiendo cual tapiz sobre las aguas. Sin embargo, no llevan la religión hasta acariciar contra sus cuerpos los animales que nacen y se desarrollan al dulce calor del agua termal. Existen bonitas culebras, muy numerosas en algunas fuentes. Cuando el bañista ve al reptil ondulando á su lado sus graciosos anillos, no cree en la maravillosa aparición de la serpiente de Esculapio, sino que, lleno de terror, salta sobresaltado prorrumpiendo en grandes gritos.

En otro tiempo, los hechiceros y los adivinos eran los encargados de enseñar á los enfermos los manantiales donde encontrarían la salud ó el alivio de sus males; hoy los médicos y los químicos reemplazan á los magos de la Edad Media, indicándonos con mayor autoridad el agua bienhechora que nos ha de devolver las fuerzas y ha de darnos una segunda juventud. Cuando la ciencia se complete con nuevos conocimientos, el hombre, sabiendo perfectamente cuál debe ser su género de vida, sabrá también qué aguas, qué atmósfera son útiles para curar sus males y entonces gozará plenamente de la vida hasta el término natural, con la sola condición de que nuestro estado social no sea el de odiarnos y exterminarnos. En Arabia, los fanáticos soberanos de Wahabites hacían tapar cuidadosamente todas las fuentes termales y minerales, por temor á que sus súbditos, convencidos de la virtud de las aguas de sus manantiales, se olvidaran de poner toda su confianza en el solo poder de Alah. En el porvenir, al contrario, sabremos utilizar todas las gotas que surjan del suelo, todas las moléculas que salgan á la superficie y sabremos designar su función para el provecho de la humanidad.

CAPÍTULO VIII

#Las corrientes y las cascadas#

Mezclándolo todo en su cauce, lo mismo las aguas que bajan del monte que las fuentes que brotan del suelo, manantiales fríos, tibios y termales, salinos, calcáreos y ferruginosos, el arroyo crece y crece sin cesar en cada vuelta del valle, á cada nuevo afluente. Rápido y alegre como joven que entra en la vida, ruge y salta desordenadamente; ya le llegará la calma y hará más lenta su corriente al llegar á la llanura horizontal y monótona; en el momento se resbala con alegría por la pendiente precipitándose hacia el mar. Es que se encuentra todavía en el período heroico de su existencia.

En esta parte de su curso, las corrientes, las cascadas y los saltos, son los grandes fenómenos de la vida del arroyo. No siendo todavía bastante fuerte para regularizar completamente la inclinación de su lecho, y minar las bases de la roca, arrasar los salientes de la piedra y reducir á polvo los cantos esparcidos, tiene el arroyo que salvar estos obstáculos saltando por encima ó escaparse por los lados.

Los saltos varían hasta el infinito, según la altura de las piedras que ha de franquear, la inclinación de la pendiente, la abundancia de las aguas, el aspecto de sus orillas, la vegetación de sus riberas y el volumen de las piedras emergidas. Aunque diferentes entre sí, todas son igualmente hermosas, ya por su graciosa forma, ya por su majestad, sintiéndose alegre y satisfecho quien se deja mojar los pies.

Las corrientes son el bosquejo de las cascadas donde toman estas su ímpetu, para detenerse luego y precipitarse después. Aquí, el agua que choca contra una piedra musgosa la envuelve como con un globo de transparente cristal, y ciñe su base con una orla de espuma; allá, la corriente inclinada desaparece rápidamente por entre dos rocas, y después, por encima de ocultos escollos, se repliega en ondas paralelas; más lejos, el caudal se divide en varias curvas lanzándose por saltos desiguales. El hoyo profundo, la sutil capa de agua y la franja de espuma, se suceden con desorden hasta abajo de la pendiente donde el arroyo recobra su calma y la regularidad de su curso.

¡Y cuán grande es también la diversidad de las cascadas! Yo conozco una, encantadora entre todas, que se oculta bajo las flores y el follaje. Antes de precipitarse, la superficie del arroyo es completamente lisa y pura; ni una roca saliente, ni una hierba en su fondo interrumpen su curso rápido y silencioso; el agua cae en un canal trazado con igual regularidad que si fuera obra del hombre. Pero en el punto de la caída, el cambio es repentino. Sobre la cornisa de donde el agua se lanza en cascada, se levantan macizos de roca parecidos á pilares de un puente derribado, apoyándose sobre anchos estribos cuya base lame la espuma. Grupos de saponáceas y otras plantas salvajes, crecen como en jarrones de adorno en las anfractuosidades de los puntos dominados por las cascadas, mientras que las zarzas y clemátides, desplegadas como cortinajes, descansan sus guirnaldas sobre los salientes de la piedra y velan los distintos despeñaderos de la caída. La espesa red de verdura oscila lentamente por la presión del aire que arrastra el agua al caer, y las lianas aisladas, cuyas extremidades se bañan en los remolinos de espuma, se estremecen incesantemente. Los pájaros hacen su nido en este follaje y se dejan balancear por el aire. Hermoseado por las flores en primavera, adornado de frutos en verano y otoño, el cortinaje suspendido delante de la catarata ahoga en parte el estrépito; hasta podría suponérsele lejana si el sol, penetrando sus rayos por entre las ramas, no hiciera brillar por diversos puntos el gigantesco diamante que oculta la verdura.

A poca distancia de esta cascada cubierta por las hojas y las flores, otro asiento de peñascos atraviesa el arroyo, pero estos son tan duros que el agua ha hecho muy poca mella en ellos y apenas si está trazado su lecho. Ha tenido por consecuencia que extenderse á lo ancho y, rodeando piedras y arrastrando tierras vegetales, se ha dividido en numerosos hilos de agua, procurándose cada cual un curso favorable para llegar al punto de caída. Cortado en su paso por una roca pulida que se levanta en medio de sus cascaditas, los vemos saltar por todas partes; unos bastante fuertes para arrastrar las piedras y otros tan débiles que apenas pueden descubrir las raíces del césped. Aquí una pequeña capa de agua se extiende sobre una roca cubierta de verdoso limo y luego resbala por un asiento inclinado rodeado de helechos, ocultándose furtivamente por entre dos ramas de sauce que se inclinan hacia el líquido. Más lejos un pequeñísimo hilo de agua, contenido en una pequeña hendidura, corre, centellea y murmura en mi caída. Otro se precipita por una fisura negra y no se distingue desde fuera más que por centelleos indistintos; otro aun se lanza por aquí y allá retorciéndose como una serpiente de círculos alternativamente negros y plateados. A través de las rocas, los arbustos y las hierbas, todos los arroyuelillos, después de un momento en reposo, se juntan nuevamente como una porción de niños al grito de la madre. Y todo esto ríe y canta con alegría. Cada cascadita tiene su voz, dulce ó grave, argentina ó profunda, produciendo en conjunto un encantador concierto que adormece el pensamiento, dándole, al igual que la música, un movimiento acompasado y rítmico. Por fin, todas las fracciones se han reunido en el cauce común; chocan las corrientes bordadas de espuma y luego juntas emprenden el camino hacia la llanura.

La catarata es otra cosa distinta. En ella las aguas no se extienden sobre un ancho espacio para precipitarse luego al azar; se reúnen, al contrario, para lanzarse en masa compacta por el estrecho paso abierto entre dos puntas de roca. Deprimido en sus orillas é hinchado en el medio por la presión de la corriente, el arroyo se estrecha y se curva hasta el corte, desde donde se lanza al vacío. El agua, empujada por rápida velocidad, ha perdido sus ondulaciones y sus pequeñas olas; todos sus rizos, prolongados por la rapidez del torrente se han cambiado en otras tantos líneas perpendiculares como trazadas por la punta de un estilete. Parecida á una tela sedosa que se despliega, el lienzo líquido se desprende de la arista de la roca y se curva por encima de un negro corredor, en el fondo del cual bullen las aguas en torbellino. La base de la catarata es un caos de espuma. La masa que cae se deshace en olas que chocan entre sí, dirigiéndose en tumulto hacia el chorro enorme contra el que se precipitan como para escalarlo. En el estruendoso remolino, el agua y el aire, arrastrados á un mismo tiempo por la tromba, se confunden en una masa blanca que se agita incesantemente. Cada torrente, cambiando á cada instante de forma, es un caos en el caos.

Escapándose del torbellino, el aire aprisionado levanta millares de gotas pequeñas, que al dirigirse hacia el espacio producen fina niebla que el sol irisa. A veces también, encerrado bajo la masa del agua, arrastra torrentes espumosos que se ven entre ella escurrirse á lo largo de la roca como blancos espectros; bastante lejos, delante de la caída, continúa el torbellino del arroyo. Por cada lado ruedan violentos remolinos en el fondo de los cuales chocan las piedras, produciendo para las edades futuras «ollas de gigante». Por la fuerza del huracán que la empuja, el agua, blanca y chispeante, entra rápida en el canal; sin embargo, poco á poco su marcha se hace lenta y adquiere un tono de azul calizo como el del ópalo; luego, sólo presenta ligeras estrías de espuma, y poco después encuentra su calma y su reflejo azul. Nada recuerda ya la estrepitosa caída del arroyo, si no es la niebla de imperceptibles gotas que se ve brillar á lo lejos sobre el raudal que cae, produciendo un continuo mugido que hace vibrar la atmósfera.

Cierto que la modesta catarata del arroyo no es un mar que se despeña como el salto del Niágara; pero por pequeño que sea, no deja de producir una impresión de grandeza á quien sabe mirarlo, y no pasa indiferente por su lado. Irresistible é implacable, como si fuera empujada por el destino, el agua que cae lleva tal velocidad, que ni el pensamiento puede seguirla: se cree tener ante la vista la mitad visible de una ancha rueda que gira incesantemente alrededor de la roca.

Contemplando esta corriente siempre la misma y renovándose sin cesar, se pierde la noción de la realidad. Pero para sentirse poderosamente atraído por el vértigo de la cascada, es preciso mirar hacia arriba, por encima del sitio donde el agua cesa de correr y, describiendo su curva, se lanza libre al espacio. Los botones de espuma y las hojas arrastradas, llagan lentamente á la compacta masa como viajeros cuya quietud nadie turba; después, repentinamente, se les ve temblar, dar vueltas sobre sí mismos y, aumentando la rapidez á cada instante, se precipitan en los pliegues del agua para desaparecer en la caída. Así, en infinita procesión, todo lo que baja por la superficie del agua obedece á la atracción del abismo; todos estos objetos se ven desaparecer como rápidas estrías, como pequeñas visiones que desaparecen en el momento de ser vistas; la mirada misma, arrastrada por la pendiente, por ese pasar desordenado de hojas y archipiélagos de espuma, tiende á descender al abismo hacia el cual todo parece marchar, como si fuese allí, en el rugiente pozo, donde debe hallarse la paz.

Frecuentemente se ve llegar un insecto que hace esfuerzos ó que intenta subir sobre una hoja flotante, arrastrado también hacia el precipicio. Se le ve agitar sus patas y antenas á la desesperada, se mueve y retuerce en todas direcciones, pero en cuanto ha sentido la invencible atracción, cuando ha empezado á describir con la masa de agua la gran curva de la caída, cesa repentinamente todos sus movimientos abandonándose á su destino. Del mismo modo, un indio y su mujer, remando en su piragua, á corta distancia de la catarata del Niágara, fueron cogidos en un violento remolino y arrastrados hacia la caída. Durante largo rato intentaron luchar contra la terrible presión; los asustados espectadores que estaban en las orillas creyeron durante un momento que conseguirían dominar la corriente; pero no; la piragua, vencida en su esfuerzo, cede y cede sin cesar; la arrastra la corriente; se acerca á la terrible curva, se ha perdido toda esperanza. Entonces los dos indios cesan de remar, se cruzan de brazos, miran con serenidad el turbulento espacio que les rodea y altivos hasta en la muerte, como es propio á los héroes, desaparecen en la inmensa tromba.

Contemplada por la mirada de la ciencia en el infinito de las edades, la cascada en sí no es un fenómeno menos pasajero que los insectos ó los seres humanos arrastrados hacia el abismo, porque también ella ha nacido y desaparecerá. En la superficie de la tierra todo nace, envejece y se renueva como el planeta mismo. Todo valle, cuando fué recorrido la primera vez por el río ó el arroyo que hoy lo baña, estaba bastante más accidentado que en la actualidad; la graciosa sucesión de fisuras y de charcos, no ofrecía más que una serie de lagos unidos y de cascadas que se sumergían en ellos; pero poco á poco la pendiente se ha determinado, los huecos se han llenado de aluvión, las cascadas que desgastaban gradualmente la roca se convirtieron en torrentes y después en arroyos pacíficos. Tarde ó temprano la corriente descenderá hacia el mar, siguiendo un curso tranquilo y regular. Al fin, toda irregularidad desaparecería si la tierra, al envejecer por un lado, no rejuveneciera por otro. Si hay montes que desaparecen, roídos por el tiempo y la intemperie, hay otros que surgen empujados hacia la luz por fuerzas subterráneas; mientras unos ríos se secan lentamente absorbidos por el desierto, otros torrentes nacen y crecen; unas cascadas se obliteran, pero otras, después de haber roto las paredes que las retenían, se desprenden de los altos lagos desplegándose en ligeras velas ó se lanzan en compactas masas sobre las faldas de los montes.

CAPÍTULO IX

#Las sinuosidades y los remolinos#

Puesto que desde la cumbre del monte hasta la llanura baja, el suelo removido por las aguas durante el curso de las edades se inclina en pendiente regular hacia el océano, el arroyo, empujado por su peso, debía, al parecer, descender en línea recta; pero, por el contrario, su curso es una sucesión de curvas. La línea recta es una pura abstracción del espíritu, otra quimera como el punto matemático, que no existe más que para los geómetras. En la inmensidad del espacio, el sol y los cometas ruedan en curvas inmensas; en nuestro globo planetario, arrastrado como los demás en una espiral de elipses infinitas, los huracanes, las trombas, los aires, el más insignificante céfiro, se propagan en líneas curvas; las aguas del mar se pliegan y desarrollan, en curvadas olas; todas las formas orgánicas, animales y plantas, no ofrecen en sus células y cavidades más que superficies curvas y sinuosidades; hasta los duros cristales, mirados con el microscopio, no tienen esos planos regulares, esas aristas inflexibles que aparecen á simple vista. Los dientes, las agujas, las estrías de los minerales y de los organismos infinitamente pequeños, revelan, bajo la mirada del instrumento que los analiza, las suaves ondulaciones de sus contornos. Donde se produzca un movimiento, tanto en la piedra como en otro cuerpo ó en la juntura de los mundos, este movimiento, resultante de diversas fuerzas, se realiza siguiendo una dirección curvilínea.

Para ver las sinuosidades de los arroyos, no es preciso que nos armemos de un microscopio. El cauce tortuoso y bajo los árboles que le dan sombra, se desarrolla en círculos, en remolinos, en espirales; las hierbas del fondo, cabelleras ondulosas, los rizos de la superficie, las libélulas que revolotean entre los juncos y que se juntan y se separan para volverse á reunir; los mosquitos que giran en círculos sin fin, el viento que pasa matizando de obscuro la brillante capa sobre la que dibuja sus circulares soplos, en todo, en fin, no veo más que curvas graciosamente cruzadas, círculos enlazados y figuras de contornos flotantes. Tal cual lo indican las inmersiones y emersiones sucesivas de la hoja arrastrada, el agua que baja al fondo remonta en nueva curva hacia la superficie, aparece á la luz y desaparece otra vez bajo las curvas líquidas, que, al mismo tiempo, han descendido hasta el fondo del cauce. Por la Impulsión de la corriente, las moléculas de agua cambian constantemente su posición respectiva; dirígense unas hacia la derecha y otras se desvían hacía la izquierda. En el cauce común cada gota tiene su curso particular, graciosa serie de curvas verticales, horizontales, oblicuas, comprimidas en las grandes sinuosidades del arroyo: así es también como el circuito de un planeta se desenvuelve en la órbita inmensa del sistema solar que lo arrastra.

Estudiado en conjunto, el arroyo se desvía á un lado y á otro como las gotas que lo componen. Su masa, contenida por una piedra ó un tronco de árbol que obstruye su lecho, se desvía un poco y va á chocar contra una orilla. Rechazado por el obstáculo, se dirige hacia la orilla opuesta, la hiere y, nuevamente rechazado, se lanza en sentido inverso. Así la corriente se dirige sin cesar de un lado á otro trazando curvas sucesivas: desde el manantial á la desembocadura, el agua no hace más que rebotar contra los dos ribazos. Las ondulaciones cóncavas y convexas alternan en toda la longitud de sus bordes: para la mirada es esto un ritmo, una música.

Tampoco la regularidad de las curvas es matemática; las sinuosidades varían de forma hasta el infinito, según la naturaleza del terreno, el declive del suelo, la violencia de la corriente y los guijarros que rueden por su cauce. Entre las paredes de las rocas, los ángulos se redondean ligeramente en las vueltas repentinas; el agua, impotente para minar los asientos de las piedras, retrocede bruscamente; en los montes, sobre todo, donde la pendiente del cauce es muy considerable, el torrente encajonado por los desfiladeros, serpentea á uno y otro lado con ímpetus sucesivos, como animal perseguido que procura salirse de la puntería del cazador. En el llano, sus riberas, consolidadas por las raíces de grandes árboles, resisten también durante mucho tiempo á la acción de la corriente, y en muchos puntos el cauce del arroyo no ofrece más que ligeras sinuosidades en un gran trecho: asiéndose fuertemente de una rama é inclinándose por encima de las aguas, se ve á lo lejos la perspectiva de ramas y troncos reflejados sobre el movible cristal, rayado por la luz de trecho en trecho. No obstante, también aquí, donde el curso parece casi recto, concluye por determinar una sinuosidad á la que suceden otros rodeos hasta que el arroyo se mezcla con las aguas del río para confundirse con las del mar.

Las corrientes que más encantadoramente presentan esta rítmica sucesión de rincones y pequeñas penínsulas, son los torrentes cuyo cauce se extiende por un amplio lecho de arenas y guijarros, y los riachuelos ó barrancos que corren por prados, entre orillas arenosas que se hunden fácilmente por la acción de la corriente. Tales son las orillas de nuestro arroyo en casi todo su curso que empieza en la base de los montes. Al igual que muchas otras aguas corrientes cantadas por los poetas, esta despierta en la imaginación la idea de una gigantesca serpiente que se resbala bajo la hierba reflejando sus círculos. Visto desde la cumbre de una colina, sus curvas brillan á la luz como los pliegues y repliegues de una culebra con reflejos de plata; sólo que, mayor que los dragones de la antigua mitología, estas enormes serpientes tienen por lecho un valle que se extiende hasta perderse de vista, desde los montes hasta la tierra baja ó hasta las arenosas playas del océano. En casi todas las comarcas del mundo, los campesinos han tenido la natural idea de asimilar el nacimiento del arroyo á la cabeza de un animal inmenso: para ellos la fuente es el «Jefe del Agua», Ras el Ain.

Lo mismo que nuestro arroyo y todos los riachuelos y ríos del mundo, igual que el tortuoso Meandro de Asia, que ha dado su nombre á las sinuosidades de su curso, los arroyuelos de algunos metros de largo que se determinan en las playas del océano, después de los reflejos de la marea, tienen también graciosas formas serpentinas. Cada uno de estos pequeños surcos, con sus afluentes casi imperceptibles que á él convergen, se dibuja sobre el suelo como la imagen de un arbusto cuyas ramas sacude el aire. El mar, poderoso, con una sola de sus olas cubre de arena todos esos pequeños sistemas de ríos en miniatura; pero los hilillos de agua que descienden luego se practican un nuevo cauce, y sus lechos, de sólo algunos milímetros de ancho, se determinan otra vez en una serie de ondulaciones regulares. Si se practica un agujero en la arena por encima de un cuerpo sólido arrastrado tras la corriente, ó en el punto ocupado por una concha marina, el pequeño torrente de unas cuantas gotas, atraído hacia este hoyo, desaparece dando vueltas en movimiento análogo al de un tornillo. Cuando el microscopio nos revela los misterios de la simple gota de agua apenas perceptible á primera vista ¿qué vemos en ella, sino corrientes sinuosas y remolinos circulares, como en el río y el gran océano? El viaje del agua que baja desde el monte al mar se verifica por un circuito de curvas que se suceden constantemente. ¿Es tal vez por esto por lo que la leyenda germánica nos representa las ondinas de los arroyos volando durante las noches en vastos círculos, tocando con el pie el agua de las fuentes?

Por encima de los remolinos y torbellinos es donde las danzas de las ninfas, vistas por la imaginación de los poetas, deben ser interminables porque el agua da vueltos sin fin en un círculo sin salida. Al pie de una cascada, un promontorio de rocas, sitiado por el espumoso torrente, protege con su masa un hoyo tranquilo donde ruedan las aguas que la corriente lanza lateralmente. Nada más alegre á primera vista, ni más entristecedor que el espectáculo ofrecido por el movimiento de un objeto que se ha perdido en el remolino al precipitarse con la cascada. Una bellota de encina, todavía dentro de su cúpula, acaba de ser arrastrada por la caída y reaparece en medio de la espuma. Durante algunos instantes parece desaparecer con la corriente, pero un movimiento oblicuo del agua la rechaza y separa; entra nuevamente en el remolino y, flotando, rozando la base del promontorio, vuelve poco á poco hacia la cascada. Se encuentra de nuevo en la lucha de las aguas que chocan, pero avanza lentamente, sin embargo, para llegar bien pronto bajo la masa del arroyo que se despeña; entonces, como animada de un súbito arranque de la voluntad, se sumerge en el pequeño abismo, dando una serie de piruetas. Más abajo reaparece en las tranquilas aguas, pero para continuar su camino y sumergirse de nuevo por la fuerza de nuevas duchas. A veces se aleja tanto, que se la llega á creer definitivamente libre de la atracción del remolino y parece decidida á marcharse juntamente con un copo de espuma; pero no; se detiene todavía y luego, como si fuera un barco obediente al timón, vuelve su cabeza hacia la cascada y empieza nuevamente su movimiento giratorio. Tal vez estas vueltas sin fin, durarán hasta que, separada la bellota de su cúpula, ya completamente impregnada de agua, descienda al fondo del pozo para disgregarse y convertirse en lodo. Con frecuencia suelen hallarse sobre las orillas del arroyo extrañas bolas erizadas de pinchos como castañas en el árbol todavía; son agrupaciones de espinas que se han aglomerado rodando por el remolino.

Durante las grandes crecidas del arroyo, cuando sus aguas arrastran hacia el mar, no solamente bellotas de encina y ramitas de espino, sino árboles enteros, en el torbellino del pozo es donde termina, al menos por algún tiempo, la odisea de los troncos viajeros.

Una mañana, algunos amigos y yo fuimos á visitar la cascada para ver brillar á los primeros rayos del sol la espuma matizada de rosa. Un gran pino, desbranchado por sus choques contra las piedras, rodaba pesadamente por el charco. Jóvenes y muy ignorantes aún de las cosas de la naturaleza, mirábamos con extrañesa los sobresaltos é inmersiones del destrozado árbol. Traqueteado el tronco incesantemente por el movimiento de las aguas, iba desde la cascada á la roca y volvía luego de esta á la cascada; giraba aquí un momento, se perdía un instante en las olas de agua y espuma, y luego reaparecía por otro lado, levantándose fuera del abismo como el palo de un navío naufragado. Volviendo á caer con estrépito, flotaba lentamente hasta la extremidad del charco y chocaba contra una orilla, haciéndolo retroceder á la catarata. Símbolo de los desgraciados á quienes persigue el destino inexorable, daba vueltas y más vueltas con la incesante desesperación de una fiera salvaje encerrada en una jaula de hierro. Entretanto, nosotros esperábamos cándidamente que saliera del círculo fatal para verlo flotar sobre la corriente. Secretamente irritados contra él por su tardanza en continuar su viaje, nos habíamos prometido no marcharnos de allí hasta su salida para saborear con tal triunfo nuestra comida. Pero, ¡ay de nosotros! el monstruo no puso término á sus vueltas é inmersiones, y, atormentados por el hambre, nos hubimos de resignar á marcharnos avergonzados, no sin lanzar una mirada furiosa al tronco de pino que, impasible, continuaba dando vueltas aún. Antes de decidirse á partir, esperaba que la corriente cambiara de nivel.

No solamente corre el agua por numerosas sinuosidades, torbellinos, curvas y remolinos, sino que además toda impulsión que viene de fuera se propaga en la superficie del arroyo, determinando redondeadas formas. Una hoja que se desprenda del árbol, un grano de arena que caiga de la orilla, hace rizarse el agua formando ligeros pliegues. Alrededor de la depresión se levanta un reborde circular rodeado por un pequeño foso. Un segundo círculo concéntrico, luego un tercero, y otro y otros se forman alrededor del primero; la superficie entera del arroyo se cubre de redondeces tanto más anchas y desiguales cuanto más se alejan del centro. Golpeando en la orilla, cada onda de agua se propaga en sentido inverso cruzando las olitas que la siguen; otras series de pliegues producidos por la caída de un nuevo grano de arena ó por un estremecimiento de la onda, se confunden con las primeras y una multitud de líneas, propagándose en todas direcciones, suben y bajan como las mallas de una red cuya trama sólo la mirada hábil puede distinguir. Comparadas con el ancho del arroyo, sus débiles ondulaciones son mil veces mayores que las más formidables é impetuosas olas del mar. Reflejados en el ondulado cristal de la superficie líquida, los árboles de la orilla, las ramas cruzadas y las nubes del cielo, se retuercen y desplazan en rítmicas curvas; el espacio infinito parece danzar sobre el centelleante espejo.

Si la líquida masa del arroyo no se arrastrara hacia el mar y estuviera inmóvil como la de un lago ó estanque, cada ola concéntrica se extendería en círculo con perfecta regularidad; pero la corriente es rápida, las moléculas de agua cambian de punto constantemente y, por consecuencia, el círculo regular, como la línea recta, son una pura abstracción. De esta deformación de círculos resulta una variedad más en el entrecruzamiento de los líquidos rizos. Las desigualdades de la corriente que arrastra el sistema entero de ondulaciones, modifica sus curvas, aproximándolas ó alejándolas unas de otras; un obstáculo comprime y frunce las olas, un impulso rápido las separa y prolonga alisando la superficie: por la duración de cada intervalo entre los rizos de agua se puede calcular exactamente la velocidad de las pequeñas corrientes parciales que componen el torrente total. En los sitios en que es mayor la profundidad, cada piedra sirve de dique para contener la corriente, cada estrecho entre dos guijarros es una esclusa por la que el agua se precipita y el caudal del arroyo queda dividido en infinidad de pequeños triángulos esféricos, multitud infinita de ondulaciones que es á la vez red luminosa que hace vibrar y centellear las bruñidas piedras del fondo.

Además, no son solamente cuerpos inertes los que ondulan la superficie del arroyo, hay también seres vivos que, cambiando de punto, transforman al mismo tiempo el centro de las ondulaciones. Un pez que pasa como un dardo da al conjunto de las vibraciones la forma de un óvalo muy prolongado; el insecto flotante que se mueve por impulsos sucesivos, deja tras sí dos estelas oblicuas en las que se encierran círculos desiguales; otro bicho, una abeja tal vez caída de un árbol, se deshace dando vueltas agitando sus alas con tal rapidez que el agua se riza con una miríada de líneas vibrantes, entrecruzando sus innumerables círculos: el insecto que se agita con tanta viveza, es lentamente arrastrado por el curso del arroyo y á veces lo vemos desaparecer repentinamente; es que un pez, con rapidez incomparable, acaba de tragarse al insecto, cesando todo su cortejo de líneas circulares.

Y yo también, tranquilo contemplador del arroyo y sus maravillas, puedo variar hasta el infinito el aspecto de la superficie líquida con sólo sumergir mi mano en la corriente. Dirigiéndola al azar, lenta ó rápidamente, cada uno de mis movimientos modifica las ondulaciones de la superficie movible. Las ondas, los remolinos y los torbellinos cambian de punto; todo el régimen del curso líquido varía por mi voluntad según la posición de mi brazo, y las ondas que se forman ante mí las veo agruparse hacia la corriente, mezclarse á otras ondulaciones y, cada vez más débiles, pero siempre visibles, se extienden hasta la inmediata curva del arroyo. La presencia de esa superficie rizada, obedeciendo al impulso de mi mano, despierta en mí una especie de tranquila alegría mezclada con no sé qué de melancolía. Las pequeñas ondulaciones que yo provoco en la superficie del agua se propagan á lo lejos de ola en ola á grandes distancias. De igual modo, toda idea vigorosa, toda palabra enérgica y firme, todo esfuerzo en el gran combate de la justicia y la libertad, repercuten al salir de nosotros de hombre en hombre, de pueblo en pueblo, y desde los más remotos tiempos á las edades futuras. Pero si nos colocamos en otro punto de vista, y observamos la interminable sucesión de las cosas, entonces, la historia entera de la humanidad no es otra cosa, según la expresión de Heimholz, que una ola casi imperceptible en el mar sin límites del tiempo.