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El Canto Errante / Obras Completas Vol. XVI cover

El Canto Errante / Obras Completas Vol. XVI

Chapter 24: SUM...
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About This Book

Una colección mixta de poemas líricos y textos críticos en la que el autor reflexiona sobre la naturaleza y la forma de la poesía, defiende la persistencia y renovación de las formas poéticas y examina debates estéticos contemporáneos. Combina ensayos sobre el papel del poeta y la recepción pública con piezas meditativas y celebratorias, recurriendo a imágenes musicales y naturales. La obra alterna reflexión teórica y vibración lírica, abogando por la libertad creativa frente a moldes convencionales.

Aguila que has llevado tu noble y magnífico símbolo
desde el trono de Júpiter, hasta el gran continente del Norte.

SALUTACIÓN AL AGUILA

...¡May this grand Union have no end!
Fontoura Xavier
BIEN vengas, mágica Aguila de alas enormes y fuertes
a extender sobre el Sur tu gran sombra continental,
a traer en tus garras, anillas de rojos brillantes,
una palma de gloria, del color de la inmensa esperanza,
y en tu pico la oliva de una vasta y fecunda paz.
Bien vengas, oh mágica Aguila, que amara tanto Walt Whitman,
quien te hubiera cantado en esta olímpica jira,
Aguila que has llevado tu noble y magnífico símbolo
desde el trono de Júpiter, hasta el gran continente del Norte.
¡Precisión de la fuerza! ¡Majestad adquirida del trueno!
Necesidad de abrirle el gran vientre fecundo a la tierra
para que en ella brote la concreción de oro de la espiga,
y tenga el hombre el pan con que mueve su sangre.
No es humana la paz con que sueñan ilusos profetas,
la actividad eterna hace precisa la lucha:
y desde tu etérea altura, tú contemplas, divina Aguila,
la agitación combativa de nuestro globo vibrante.
Es incidencia la historia. Nuestro destino supremo
está más allá del rumbo que marcan fugaces las épocas.
Y Palenque y la Atlántida no son más que momentos soberbios
con que puntúa Dios los versos de su augusto Poema.
Muy bien llegada seas a la tierra pujante y ubérrima,
sobre la cual la Cruz del Sur está, que miró Dante,
cuando siendo Mesías, impulsó en su intuición sus bajeles,
que antes que los del sumo Cristóbal supieron nuestro cielo.
¡E pluribus unum! ¡Gloria, victoria, trabajo!
Tráenos los secretos de las labores del Norte,
y que los hijos nuestros dejen de ser los retores latinos,
y aprendan de los yanquis la constancia, el vigor, el carácter.
¡Dinos, Aguila ilustre, la manera de hacer multitudes
que hagan Romas y Grecias con el jugo del mundo presente,
y que, potentes y sobrias, extiendan su luz y su imperio
y que, teniendo el Aguila y el Bisonte y el Hierro y el Oro,
tengan un áureo día para darle las gracias a Dios!
Aguila, existe el Cóndor. Es tu hermano en las grandes alturas.
Los Andes le conocen y saben que, cual tú, mira al Sol.
¡May this grand Union have no end! dice el poeta.
Puedan ambos juntarse, en plenitud, concordia y esfuerzo.
Aguila, que conoces desde Jove hasta Zarathustra
y que tienes en los Estados Unidos tu asiento,
que sea tu venida fecunda para estas naciones
que el pabellón admiran constelado de bandas y estrellas.
¡Aguila que estuviste en las horas sublimes de Pathmos,
Aguila prodigiosa, que te nutres de luz y de azul,
como una Cruz viviente, vuela sobre estas naciones,
y comunica al globo la victoria feliz del futuro!
Por algo eres la antigua mensajera jupiterina,
por algo has presenciado cataclismos y luchas de razas,
por algo estás presente en los sueños del Apocalipsis,
por algo eres el ave que han buscado los fuertes imperios.
¡Salud, Aguila! Extensa virtud a tus inmensos revuelos,
reina de los azures, ¡salud! ¡gloria! ¡victoria y encanto!
¡Que la Latina América reciba tu mágica influencia
y que renazca nuevo Olimpo, lleno de dioses y héroes!
¡Adelante, siempre adelante! ¡Excelsior! ¡Vida! ¡Lumbre!
Que se cumpla lo prometido en los destinos terrenos,
y que vuestra obra inmensa las aprobaciones recoja
del mirar de los astros, y de lo que Hay más Allá!

Río de Janeiro, 1906.

¡Tannhäuser! Resuena la marcha marcial y argentina,
y vese a lo lejos la gloria de un casco imperial.

A FRANCIA

LOS bárbaros, Francia! ¡Los bárbaros, cara Lutecia!
Bajo áurea rotonda reposa tu gran Paladín.
Del cíclope al golpe ¿qué pueden las risas de Grecia?
¿Qué pueden las Gracias, si Herakles agita su crin?
En locas faunalias no sientes el viento que arrecia,
el viento que arrecia del lado del férreo Berlín,
y allí bajo el templo que tu alma pagana desprecia,
tu vate hecho polvo no puede sonar su clarín.
Suspende, Bizancio, tu fiesta mortal y divina,
¡oh, Roma, suspende la fiesta divina y mortal!
Hay algo que viene como una invasión aquilina
que aguarda temblando la curva del Arco Triunfal.
¡Tannhäuser! Resuena la marcha marcial y argentina,
y vese a lo lejos la gloria de un casco imperial.

1893

¡Vuestro sol!

DESDE LA PAMPA

¡Yo os saludo desde el fondo de la Pampa! Yo os saludo
bajo el gran sol argentino
que como un glorioso escudo
cincelado en oro fino
sobre el palio azul del viento,
se destaca en el divino
firmamento!
En la pampa solitaria
todo es himno o es plegaria;
escuchad
cómo cielo y tierra se unen en un cántico infinito;
todo vibra en este grito:
¡Libertad!
Junto al médano que finge
Ya un enorme lomo equino, ya la testa de una esfinge,
bajo un aire de cristal,
pasa el gaucho, muge el toro,
y entre fina flor de oro
y entre el cardo episcopal,
la calandria lanza el trino
de tristeza o de amor;
la calandria misteriosa, ese triste y campesino
ruiseñor.
Yo os saludo en el ensueño
de pasados epopeyas gloriosas;
el caballo zahareño
del vencedor; la bandera,
los fusiles con sus truenos y la sangre con sus rosas;
la aguerrida hueste fiera,
la aguerrida hueste fiera que va a toque de clarín,
el que guía, el Héroe, el Hombre;
y en los labios de los bravos, este nombre:
¡San Martín!
De la Pampa en las augustas
soledades,
al clamor de las robustas
cien bocinas del pampero, yo saludo a las ciudades
de la mar,
con sus costas erizadas de navíos,
con sus ríos
donde mil urnas colmadas su riqueza han de volcar.
¡Argentinos! ¡Dios os guarde!
ven mis ojos cómo riega
perla y rosa de la tarde
el crepúsculo que llega,
mientras la pampa ilumina
rojo y puro, como el oro en el crisol,
el diamante que prefiere la República Argentina:
¡Vuestro Sol!


Colonia la Merced, Villarino. Abril de 1898.

...Y ví la singular doble serpiente
que enroscada al celeste caduceo
pasó sobre las alas de repente.

REVELACIÓN

EN el acantilado de una roca
que se alza sobre el mar, yo lancé un grito
que de viento y de sal llenó mi boca:
A la visión azul de lo infinito,
al poniente magnífico y sangriento,
al rojo sol todo milagro y mito.
Y sentí que sorbía en sal y viento
como una comunión de comuniones
que en mí hería sentido y pensamiento.
Y oí la voz del dios de las montañas
que anunciaba su vuelta en el concierto
maravilloso de sus siete cañas.
Y clamé y dijo mi palabra: «¡Es cierto,
el gran dios de la fuerza y de la vida,
Pan, el gran Pan de lo inmortal, no ha muerto!»
Volví la vista a la montaña erguida
como buscando la bicorne frente
que pone sol en l’alma del panida.
Y vi la singular doble serpiente
que enroscada al celeste caduceo
pasó sobre las olas de repente
llevada por Mercurio. Y mi deseo
tornó a Thalasa maternal la vista.
Pues todo hallo en la mar cuando la veo.
Y vi azul y topacio y amatista,
oro, perla y argento y violeta,
y de la hija de Electra la conquista.
Y escuché el ronco ruido de trompeta
que del tritón el caracol derrama,
y a la sirena, amada del poeta.
Y con la voz de quien aspira y ama,
clamé: «¿Dónde está el dios que hace del lodo
con el hendido pie brotar el trigo,
que a la tribu ideal salva en su éxodo?»
Y oí dentro de mí: «Yo estoy contigo,
y estoy en ti y por ti: yo soy el todo».

EN ELOGIO DEL ILMO. SR. OBISPO
DE CÓRDOBA, FR. MAMERTO ESQUIU, O. M,

UN báculo que era como un tallo de lirios,
una vida en cilicios de adorables martirios,
un blanco horror de Belcebú,
un salterio celeste de vírgenes y santos,
un cáliz de virtudes y una copa de cantos,
tal era Fr. Mamerto Esquiú.
Con su mano sagrada fué a recoger estrellas.
Antes cansó su planta, dejando augustas huellas,
feliz Pastor de su país;
ahora corta del Padre las sacras azucenas;
sobre esta tierra amarga, cogía a manos llenas
las florecillas del de Asís.
¡Oh luminosas Pascuas! ¡Oh Santa Epifanía!
¡Salvete flores martyrum! canta el clarín del día
con voz de bronce y de cristal:

Sobre la tierra grata brota el agua divina,
la rosa de la gracia su púrpura culmina
sobre el cayado pastoral.
Crisóstomo le anima, Jerónimo le doma;
su espíritu era un águila con ojos de paloma;
su verbo es una flor.
Y aquel maravilloso poeta, San Francisco,
las voces enseñóle con que encantó a su aprisco
en las praderas del Señor.
Tal cual la Biblia dice, con címbalo sonoro,
a Dios daba sus loas. Formó su santo coro
de Fe, Esperanza y Caridad:
Trompetas argentinas dicen sus ideales,
y su órgano vibrante tenía dos pedales,
y eran el Bien y la Verdad.
Trompetas argentinas claman su triunfo ahora,
trompetas argentinas de heraldos de la aurora
que anuncia el día del altar,
cuando la hostia, esa virgen, y ese mártir, el cirio,
ante su imagen digan el místico martirio,
en que el Cordero ha de balar.
Llegaron a su mente hierosolimitana,
la criselefantina divinidad pagana,
las dulces musas de Helicón;
y él se ajustó a los números severos y apostólicos,
y en su sermón se escuchan los sones melancólicos
de los salterios de Sión.
Yo, que la verleniana zampoña toco a veces,
bajo los verdes mirtos o bajo los cipreses,
canto hoy tan sacra luz;
en el marmóreo plinto cincelo mi epigrama,
y bajo el ala inmensa de la divina Fama,
¡grabo una rosa y una Cruz!

Hierro y piedra primero y mármol pario
luego, y arriba mágicos metales.
Una escala subía hasta el santuario,

VISIÓN

Tras de la misteriosa selva extraña
vi que se levantaba el firmamento
horadada y labrada una montaña.
Que tenía en la sombra su cimiento.
Y en aquella montaña estaba el nido
del trueno, del relámpago y del viento.
Y tras sus arcos negros el rugido
se oía del león. Y cual obscura
catedral de algún dios desconocido,
A sus pies habitaban los leones;
y las torres y flechas de oro fino
se juntaban con las constelaciones.
Y había un vasto domo diamantino
donde se alzaba un trono extraordinario
sobre sereno fondo azul marino.
Hierro y piedra primero y mármol pario
luego, y arriba mágicos metales.
Una escala subía hasta el santuario,
de la divina sede. Los astrales
esplendores las gradas repartidas
de tres en tres bañaban. Colosales
aguilas con las alas extendidas
se contemplan en el centro de una
atmósfera de luces y de vidas.
Y en una palidez de oro de luna
una paloma blanca se cernía,
alada perla en mística laguna.
La montaña labrada parecía
por un majestuoso Piraneso
Babélico. En sus flancos se diría
que hubiese cincelado el bloque espeso
el rayo; y en lo alto enorme friso
de la luz recibía un áureo beso,
beso de luz de aurora y paraíso.
Y yo grité en la sombra:—¿En qué lugares
vaga hoy el ama mía?—De improviso
surgió ante mí, ceñida de azahares
y de rosas blanquísimas, Estela,
la que suele surgir en mis cantares.
Y díjome con voz de filomela:
—No temas: es el reino de la Lira
de Dante; y la paloma que revuela
en la luz es Beatrice. Aquí conspira
todo al supremo amor y alto deseo.
Aquí llega el que adora y el que admira.
—¿Y aquel trono, le dije, que allá veo?
—Ese es el trono en que su gloria asienta
ceñido el lauro el gibelino Orfeo.
Y abajo es donde duerme la tormenta.
Y el lobo y el león entre lo obscuro
encienden su pupila, cual violenta
brasa. Y el vasto y misterioso muro
es piedra y hierro; luego las arcadas
del medio son de mármol; de oro puro
la parte superior, donde en gloriosas
albas eternas se abre al infinito
la sacrosanta Rosa de las rosas.
—¡Oh bendito el Señor!—clamé—bendito,
que permitió al arcángel de Florencia
dejar tal mundo de misterio escrito
con lengua humana y sobrehumana ciencia,
y crear este extraño imperio eterno
y ese trono radiante en su eminencia,
ante el cual abismado me prosterno.
¡Y feliz quien al Cielo se levanta
por las gradas de hierro de su Infierno!
Y ella:—Que este prodigio diga y cante
tu voz.—Y yo:—Por el amor humano
he llegado al divino. ¡Gloria al Dante!
Ella, en acto de gracia, con la mano
me mostró de las águilas los vuelos,
y ascendió como un lirio, soberana
hacia Beatriz, paloma de los cielos.
Y en el azul dejaba blancas huellas
Que eran a mí delicias y consuelos.
Y vi que me miraban las estrellas!

IN MEMORIAM

BARTOLOMÉ MITRE

ARBOL feliz, el roble rey en su selva fragante
y cuyas ramas altísimas respetó el rudo Bóreas;
áureas, líricas albas dan sus rayos al árbol ilustre,
cuya sombra, benéfica tienda formara a las tribus.
Feliz aquel patriarca que, ceñida la frente de lauro,
En la tarde apacible concertando los clásicos números,
mira alzarse las torres a que diera cimientos y bases
y entre mirajes supremos la aurora futura.
Sabe el íntegro mármol cuáles varones encarna,
a qué sér da habitáculo sabe la carne del bronce;
conocen el momento, las magníficas bocas del triunfo
en que deben sonarse larga trompa y bocina de oro.
Súbita y mágica música óyese en férvidos ímpetus,
y Jefe, o Padre, o Héroe, siente llegar a su oído,
entre los himnos sonoros, cual de la mar a la orilla,
el murmullo profundo de un oleaje de almas.
Pase el iconoclasta quebrantando los ídolos falsos:
el simulacro justo en la gloria del Sol, que perdure.
Que se melle en el tronco venerando la hoz saturnina,
y las generaciones nuevas flores y frutos contemplen.
Espléndida pompa que brindó al sembrador la cosecha,
panorama sublime, al ver de la vida en la cumbre,
o al descenso tranquilo que iluminan serenas las horas
con astros por antorchas en la escala del regio crepúsculo.
Negros y rojos sueños en las noches postreras persiguen
a pastores de gentes que fueron tigres o lobos;
tarde de imperial púrpura al pastor verecundo y sin tacha
cívico arco de triunfo y el laurel y la palma sonante.
Y a quien también adora la beldad de las musas divinas,
visión de golfos de azur y los cines de Apolo.
Mira la augusta Patria de su vástago egregio la gloria;
la hornalla há tiempo viva hace hervir los metales simbólicos.
Yo, que de la argentina tierra siento el influjo en mi mente
«llevo mi palma y canto a la fiesta del gran argentino.»
Recordando el hexámetro que vibraba en la lira de Horacio,
y a Virgilio latino, guía excelso y amado del Dante.

ENSUEÑO

Verlaine arde...

DREAM

SE desgrana un cristal fino
sobre el sueño de una flor;
trina el poeta divino...
¡Bien trinado, Ruiseñor!
Bottom oye ese cristal
caer, y, bajo la brisa,
se siente sentimental.
Titania toda es sonrisa.
en las llamas de las rosas
alocado y sensitivo,
y dice a las ninfas cosas
entre un querubín y un chivo.
Aubrey Beardsley se desliza
como un silfo zahareño.
Con carbón, nieve y ceniza
da carne y alma al ensueño.
Nerval suspira a la luna.
Laforgue suspira de
males de genio y fortuna.
Va en silencio Mallarmé.

Las hojas amarillas caen en la alameda,
en donde vagan tantas parejas amorosas.

VERSOS DE OTOÑO

CUANDO mi pensamiento va hacia ti, se perfuma;
tu mirar es tan dulce, que se torna profundo.
Bajo tus pies desnudos aún hay blancor de espuma,
y en tus labios compendias la alegría del mundo.
El amor pasajero tiene el encanto breve,
y ofrece un igual término para el gozo y la pena.
Hace una hora que un nombre grabé sobre la nieve;
hace un minuto dije mi amor sobre la arena.
Las hojas amarillas caen en la alameda,
en donde vagan tantas parejas amorosas.
Y en la copa de Otoño un vago vino queda
en que han de deshojarse, Primavera, tus rosas.

SUM...

YO soy en Dios lo que soy
y mi ser es voluntad
que, perseverando hoy,
existe en la eternidad.
Cuatro horizontes de abismo
tiene mi razonamiento,
y el abismo que más siento
es el que siento en mí mismo.
Aún lo humilde me subyuga
si lo dora mi deseo.
La concha de la tortuga
me dice el dolor de Orfeo.
Rosas buenas, lirios pulcros,
loco de tanto ignorar,
voy a ponerme a gritar
al borde de los sepulcros:
¡Señor que la fe se muere!
Señor mira mi dolor.
¡Miserere! ¡Miserere!...
Dame la mano, Señor...

LA BAILARINA DE LOS PIES DESNUDOS

Oh pinos, oh hermanos en tierra y ambiente,
yo os amo. Sois dulces, sois buenos, sois graves.

LA CANCIÓN DE LOS PINOS

OH pinos, oh hermanos en tierra y ambiente,
yo os amo. Sois dulces, sois buenos, sois graves.
Diríase un árbol que piensa y que siente,
mimado de auroras, poetas y aves.
Tocó vuestra frente la alada sandalia;
habéis sido mástil, proscenio, curul,
oh pinos solares, oh pinos de Italia,
bañados de gracia, de gloria, de azul.
Con gestos de estatuas, de mimos, de actores,
tendiendo a la dulce caricia del mar,
¡oh pinos de Nápoles, rodeados de flores,
oh pinos divinos, no os puedo olvidar!
Cuando en mis errantes pasos peregrinos,
la Isla Dorada me ha dado un rincón
do soñar mis sueños, encontré los pinos,
los pinos amados de mi corazón.
Amados por tristes, por blandos, por bellos.
Por su aroma, aroma de una inmensa flor,
por su aire de monjes, sus largos cabellos,
sus savias, ruidos y nidos de amor.
¡Oh pinos antiguos que agitara el viento
de las epopeyas, amados del sol!
¡Oh líricos pinos del Renacimiento,
y de los jardines del suelo español!
Los brazos eolios se mueven al paso
del aire violento que forma al pasar
ruidos de pluma, ruidos de raso,
ruidos de agua y espumas de mar.
¡Oh noche en que trajo tu mano, Destino,
aquella amargura que aún hoy es dolor!
La luna argentaba lo negro de un pino,
y fuí consolado por un ruiseñor.
Románticos somos... ¿Quién que Es, no es romántico?
Aquel que no sienta ni amor ni dolor,
aquel que no sepa de beso y de cántico,
que se ahorque de un pino: será lo mejor...
Yo, no. Yo persisto. Pretéritas normas
confirman mi anhelo, mi ser, mi existir.
¡Yo soy el amante de ensueños y formas
que viene de lejos y va al porvenir!

Quietud, quietud... Ya la ciudad de oro
ha entrado en el misterio de la tarde.

VESPER

QUIETUD, quietud... Ya la ciudad de oro
ha entrado en el misterio de la tarde.
La catedral es un gran relicario.
La bahía unifica sus cristales
en un azul de arcaicas mayúsculas
de los antifonarios y misales.
Las barcas pescadoras estilizan
el blancor de sus velas triangulares
y como un eco que dijera: «Ulises»,
junta alientos de flores y de sales.

EN UNA PRIMERA PÁGINA

CÁLAMO, deja aquí correr tu negra fuente.
Es el pórtico en donde la Idea alza la frente
luminosa y al templo de sus ritos penetra.
Cálamo, pon el símbolo divino de la letra
en gloria del vidente cuya alma está en su lira.
Bendición al que entiende, bendición al que admira.
De ensueño, plata o nieve, esta es la blanca puerta.
Entrad los que pensáis o soñáis. Ya está abierta.