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El casamiento de Laucha

Chapter 12: X
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About This Book

La narración en primera persona cuenta la vida de Laucha, un hombrecito apodado desde la infancia que vaga por provincias y llega a Buenos Aires en busca de suerte. Entre oficios mal pagados, penurias, aventuras de viaje y episodios cómicos —venta del poncho, pérdida de tren, trabajos rurales— se reconstruye la serie de desventuras que lo conducen a un matrimonio decisivo. El relato mezcla ironía costumbrista, lenguaje popular y observaciones sociales sobre la pobreza, la movilidad y los pequeños esfuerzos para sobrevivir.

X

¡Qué quieren que les diga! Principió á caer gente y La Polvadera se llenó como la misma plaza de Pago Chico, para un veinticinco de mayo. Se largaron varias carreras. Corrió el coperío, que no dábamos abasto para despachar. El paisanaje se calentaba ya de lo lindo, cuando llegó el peón con mi zaino.

Había un tal Contreras, que le tenía mucha fe á su crédito, un tordillo, ligerón, es cierto, pero no gran cosa. Mi parejero no tenía ni para empezar.

Contreras era diablón, mal intencionado, peleador de alma atravesada, y jugaba platales que se agenciaba no sé cómo: dicen que se los daba el pillo del escribano Ferreiro, para que le guardara las espaldas, y para que asustara á sus contrarios políticos... ¡con nada! palizas y hasta puñaladas y tajos si á mal no venía.

—¡Lindo su tordillo!—le dije, eligiéndolo de ahijado, porque era hombre de meterle un cien y es lo que me convenía.—¡Lástima que se haya puesto tan gordo!

—¿Gordo? ¡No embrome! Está en carnes, compadre, y es capaz de tragarse al más pintau. Y eso, que venimos de lejos...

¡Mentira! Hacía una semana que lo tenía descansadito en el Pago, preparándolo.

—¡Bah!—le volví á decir para calentarlo más.—En cuanto principian á echar panza...

Me miró riéndose para que no le conocieran la rabia.

—¡No cargue, que no hay quien lave, paisano! Si quiere verle la panza, tiene que ponerse antiojos. Y, barrigón ó no,—siguió gritando:—¿á ver quién es el mozo guapo que quiere perder cien pesos?

Muchos se acercaron y nos rodearon.

—En ese estau del caballo,—le contesté sobre el pucho, medio riéndome,—yo le corro con cualquier maceta.

—¡Oiganlé! ¿Y con cuál?

—Con este zaino abrojudo, sin ir más lejos. ¿Me lo empriesta, paisano?

—¡Cómo no!—contestó el peón que lo había llevado.—¡Corra no más!

Contreras miró con atención el caballo, lo palmeó, lo hizo andar un poquito.

—Este mancarrón no es lo que parece,—me dijo.—¡Á mí con l'uña! Pero... porque no se diga... le corro, ¡bah!

—¿Por los cien pesos?

—¡Y entonces!

—¡Depositemos!

—¿Depositemos? ¡Avise, compadre!—rezongó, revolviéndome los ojos.

Yo, sabiendo que aquello quería decir pelea, me callé la boca, desensillé el zaino, le puse bocado y una jerguita, me saqué el saco y el chaleco, me hice una vincha con un pañuelo colorado, y ¡ya estuvo!

El paisanaje, caliente, jugaba á raja cincha. Muchos ofrecían doble á sencillo contra mi zaino. Yo agarré una punta de paradas, los amigos que sabían la cosa, de consiguiente.

El tiro era de dos cuadras. Después de unas cuantas partidas, largamos, y mi potrillo principió á sacar su ventajita, primero la cabeza, después un pescuezo, después medio cuerpo, ¡sin castigar!... ¡Contreras venía á dos rebenques, lonja y lonja!... Claro que el tordillo se le iba á aplastar, pero estaba ciego de rabia con la fumada... Yo vi mía la carrera, y por no dar á conocer todo el juego del animalito, lo llevaba sobre la rienda... Asimismo saqué un cuerpo de ventaja, cuando ¡malhaya! medio matando su tordillo, Contreras me alcanza, le mete pierna al zaino, que rueda largándome por las orejas y pasa como un refusilo sin parar hasta la raya. ¡Hijuna!...

Por suerte yo caí parado, pero, ¡vieran el avispero que se armó! El paisanaje gritaba, se insultaba, hasta zangoloteaba al juez de la carrera... Salieron á relucir cuchillos, y si no se mete el comisario Barraba, la cosa hubiera acabado mal.

Contreras volvía al tranquito, golpeándose la boca, muy contento... ¡Me dió una rabia!...

En cuanto me alcanzó—yo iba á juntarme con los otros frente á la pulpería, cabrestiando al zaino rengo,—no pude más y le grité:

—¡Canalla! ¡Tramposo, sinvergüenza! Me has metido pierna, ¡hijuna gran!...

Ahí no más se tiró del caballo pelando el fiyingo. Yo me eché atrás para desenvainar también.

Á mí no me gustan mucho esas cosas, ¿á que decir? Soy bajito, bastante delgadón, no tengo gran fuerza, y á más, no entiendo mucho de cuchillo. Pero el hombre me apuraba, los paisanos habían corrido á ver, y había que hacer la pata ancha...

Me tiró dos puñaladas que conseguí atajarme, mal que mal. ¡Pero las papas quemaban, compañeros!...

—Á la larga no hay cotejo,—me gritaba Contreras, bailándome alrededor y con unas risitas calentadoras, como chungueándome.

Yo ya me encomendaba á la Virgen viendo la cosa mal parada, y el bárbaro aquél de seguro me achura, si no llega Carolina, corriendo y chillando, hecha una loca, y no sé cómo, con la desesperación, ¡seguro! le arranca el cuchillo de la mano.

—¡Y ustedes lo decan, y ustedes lo decan!—les gritaba á los mirones.