VI
Me levanté al alba, agarré una escoba y me puse á barrer la ramada y el corredor de la casa, porque misia Carolina todavía estaba durmiendo encerrada adentro.
De repente se me apareció, me quitó la escoba de las manos, como si estuviese muy enojada, y me dijo:
—¡No quiero que haga eso! Más bien entre al negocio; arrégleme las bebidas y después... ¿Sabe escribir?
—¡Cómo no, señora! y tengo bastante linda letra.
—Bueno, me alegro. Entonces, me va á poner en limpio la libreta de cuentas.
—¡Perfectamente, señora: yo haré todo lo que me mande! Pero tampoco me incomoda lo de barrer, así es que si usted quiere, puedo hacer las tres cosas, porque las mañanas son muy largas todavía.
—¡No, no! Vaya al negocio nomás; yo le iré á ayudar en seguida.
¿Eh? ¿qué tal? ¿qué me dicen? Me parece que los primeros golpes estaban bien dados, ¿eh?
Entré al almacén, tomé mi mañana, más abundante y mejor que de costumbre, y me puse á arreglar las botellas, que en su mayor parte eran falsificadas en la licorería de Pago Chico y unas misturas asquerosas. Al ver esto, se me ocurrió una invención que debía dar muy buenos resultados. Cuando acabé con las botellas busqué una libreta nueva, y principié á copiar la vieja toda ajada y mugrienta de tanto manoseo, llena de garabatos y rayas y borrones. Escribí que era un primor, y ya estaba acabando cuando entró misia Carolina, que se quedó embobada al ver mi trabajo y me miró con admiración, casi con susto de que me le fuera á ir. Para admirarla todavía más, le dije sobre el pucho:
—¿Sabe, señora, lo que se me ha ocurrido? Que, como yo sé fabricar coñac, hacer dos cuarterolas de vino de una sola, falsificar el biter, el ajenjo, el anís, y todo lo demás, lo mismo que misturar la yerba buena con la mala sin que se conozca—podemos hacer aquí todas esas cosas. Usté ganaría muchísimo más que ahora, que está regalando la platita al licorero falsificador de Pago Chico.
Misia Carolina abrió tamaños ojos, se rió un poquito, pero no consintió en seguida.
—¡Eso es tan difícil! ¡se necesitan tantas cosas!
—No crea, señora, con poco se hace.
—No importa, por ahora no; después veremos. ¡Hay tiempo!
Pero yo ya le había ganado la voluntad y medio se me recostó en el hombro, para volver á ver la primorosa libreta.
Tan bien iban las cosas, que esa mañana el almuerzo fué mejor todavía que la cena de la noche antes, porque, además de puchero, hubo gallina con arroz, tortilla, mazamorra con leche y dulce de membrillo. La patrona echaba el resto ó poco menos.
Entonces principié la vida gorda, las grandes charlas y beberaje con los marchantes, las jugadas al mus, al truco y á la taba, las payadas y guitarreos, los viajes de todo un día, hasta el Pago, en el overo maceta.
—Diviertasé, divirtasé nomás,—decía misia Carolina,—que para eso es joven; y mientras no me falte al trabajo...
La verdad es que la gringa no hablaba del todo así, como he dicho yo. Se conocía que era italiana, y decía coven, trabaco... Pero eso no le hace. Al fin yo me divertía y gozaba sin tener que pensar en nada. ¿Qué importa la habla entonces? Yo también suelo ser fino cuando quiero—¡oh! ¿y de no?—pero me gusta que todos me entiendan...