WeRead Powered by ReaderPub
El castigo sin venganza cover

El castigo sin venganza

Chapter 5: ACTO PRIMERO.
Open in WeRead

About This Book

EXCELENTÍSIMO SEÑOR DON LUIS FERNÁNDEZ de Córdova, Cardona y Aragón; Duque de Sessa, de Baena, y de Soma; Conde de Cabra, Palamós, y Olivito; Vizconde de Hinajar; Señor de las Baronías de Belpuche, Liñola, y Calonge; Gran Almirante de Nápoles, y Capitán General del mar de aquel reino, y Comendador de Bedmar y Albanchez, de la Orden y Caballería de Santiago, etc.

PERSONAS

DEL PRIMER ACTO.

El Duque de Ferrara. Autor.   Casandra. Autora.
El Conde Federico. Arias. Aurora. Bernarda.
Albano.   Lucrecia. Gerónima.
Rutilio.   Batín. Salinas.
Floro.   Cintia. María Zavallos.
Lucindo.   Febo y Ricardo.
El Marqués Gonzaga. Salas.    

ACTO PRIMERO.

(El Duque de Ferrara, de noche; Febo y Ricardo, criados).

Ricardo.

¡Linda burla!

Febo.

Por extremo;

pero ¿quién imaginara,

que era el Duque de Ferrara?

Duque.

Que no me conozcan temo.

Ricardo.

Debajo de ser disfraz,

hay licencia para todo,

que aun el cielo en algún modo

es de disfraces capaz.

¿Qué piensas tú que es el velo

con que la noche le tapa?

Una guarnecida capa

con que se disfraza el cielo.

Y para dar luz alguna

las estrellas que dilata

son pasamanos de plata

y una encomienda la luna.

Duque.

¿Ya comienzas desatinos?

Febo.

No, lo ha pensado poeta

de estos de la nueva seta,

que se imaginan divinos.

Ricardo.

Si a sus licencias apelo,

no me darás culpa alguna,

que yo sé quien a la luna

llamó requesón del cielo.

Duque.

Pues no te parezca error,

que la poesía ha llegado

a tan miserable estado

que es ya como jugador

de aquellos transformadores,

muchas manos, ciencia poca,

que echan cintas por la boca

de diferentes colores.

Pero dejando a otro fin

esta materia cansada,

no es mala aquella casada.

Ricardo.

¿Cómo mala? ¡Un serafín!

Pero tiene un bravo azar

que es imposible sufrillo.

Duque.

¿Cómo?

Ricardo.

Un cierto maridillo,

que toma, y no da lugar.

Febo.

¡Guarda la cara!

Duque.

Ese ha sido

siempre el más crüel linaje

de gente de este paraje.

Febo.

El que la gala, el vestido

y el oro deja traer,

tenga (pues él no lo ha dado)

lástima al que lo ha comprado,

pues si muere su mujer,

ha de gozar la mitad,

como bienes gananciales.

Ricardo.

Cierto que personas tales

poca tienen caridad,

hablando cultidiablesco,

por no juntar las dicciones.

Duque.

Tienen esos socarrones

con el diablo parentesco,

que, obligando a consentir,

después estorba el obrar.

Ricardo.

Aquí pudiera llamar;

pero hay mucho que decir.

Duque.

¿Cómo?

Ricardo.

Una madre beata,

que reza, y riñe a dos niñas

entre majuelos y viñas,

una perla, y otra plata.

Duque.

Nunca de exteriores fío.

Ricardo.

No lejos vive una dama

como azúcar de retama,

dulce y morena.

Duque.

¿Qué brío?

Ricardo.

El que pide la color;

mas el que con ella habita,

es de cualquiera visita

cabizbajo rumiador.

Febo.

Rumiar siempre fue de bueyes.

Ricardo.

Cerca he visto una mujer

que diera buen parecer

si hubiera estudiado leyes.

Duque.

Vamos allá.

Ricardo.

No querrá

abrir a estas horas.

Duque.

¿No?

¿Y si digo quién soy yo?

Ricardo.

Si lo dices, claro está.

Duque.

Llama pues.

Ricardo.

Algo esperaba,

que a dos patadas salió.

(Cintia en lo alto).

Cintia.

¿Quién es?

Ricardo.

Yo soy.

Cintia.

¿Quién es yo?

Ricardo.

Amigos, Cintia. ¡Abre, acaba,

que viene el Duque conmigo!

¡Tanto mi alabanza pudo!

Cintia.

¿El Duque?

Ricardo.

¿Eso dudas?

Cintia.

Dudo,

no digo el venir contigo,

mas el visitarme a mí

tan gran señor, y a tal hora.

Ricardo.

Por hacerte gran señora

viene disfrazado así.

Cintia.

Ricardo, si el mes pasado

lo que ahora me dijeras

del Duque, me persuadieras

que a mis puertas ha llegado;

pues toda su mocedad

ha vivido indignamente,

fábula siendo a la gente

su viciosa libertad.

Y como no se ha casado

por vivir más a su gusto,

sin mirar que fuera injusto

ser de un bastardo heredado,

—aunque es mozo de valor

Federico—, yo creyera

que el Duque a verme viniera;

mas ya que como señor

se ha venido a recoger,

y de casar concertado

su hijo a Mantua ha enviado

por Casandra, su mujer,

no es posible que ande haciendo

locuras de noche ya,

cuando esperándola está

y su entrada previniendo;

que si en Federico fuera

libertad, ¿qué fuera en él?

Y si tu fueras fiel,

aunque él ocasión te diera,

no anduvieras atrevido

deslustrando su valor,

que ya el Duque, tu señor,

está acostado y dormido.

Y así cierro la ventana,

que ya sé que fue invención

para hallar conversación.

¡Adiós, y vuelve mañana!

Duque.

¡A buena casa de gusto

me has traído!

Ricardo.

Yo, señor,

¿qué culpa tengo?

Duque.

Fue error

fiarle tanto disgusto

para la noche que viene.

Febo.

Si quieres, yo romperé

la puerta.

Duque.

¡Que esto escuché!

Febo.

Ricardo la culpa tiene.

Pero, señor, quien gobierna,

si quiere saber su estado,

cómo es temido o amado,

deja la lisonja tierna

del crïado adulador

y disfrazado, de noche,

en traje humilde o en coche,

salga a saber su valor;

que algunos emperadores

se valieron de este engaño.

Duque.

Quien escucha, oye su daño,

y fueron, aunque doctores,

filósofos majaderos,

porque el vulgo no es censor

de la verdad, y es error

de entendimientos groseros

fiar la buena opinión

de quien, inconstante y vario,

todo lo juzga al contrario

de la ley de la razón.

Un quejoso, un descontento

echa, por vengar su ira,

en el vulgo una mentira,

a la novedad atento.

Y como por su bajeza

no la puede averiguar,

ni en los palacios entrar,

murmura de la grandeza.

Yo confieso que he vivido

libremente y sin casarme,

por no querer sujetarme,

y que también parte ha sido

pensar que me heredaría

Federico, aunque bastardo:

mas ya que a Casandra aguardo,

que Mantua con él me envía,

todo lo pondré en olvido.

Febo.

Será remedio casarte.

Ricardo.

Si quieres desenfadarte,

pon a esta puerta el oído.

Duque.

¿Cantan?

Ricardo.

¿No lo ves?

Duque.

¿Pues quién

vive aquí?

Ricardo.

Vive un autor

de comedias.

Febo.

Y el mejor

de Italia.

Duque.

Ellos cantan bien.

¿Tiénelas buenas?

Ricardo.

Están

entre amigos y enemigos:

buenas las hacen amigos

con los aplausos que dan,

y los enemigos, malas.

Febo.

No pueden ser buenas todas.

Duque.

Febo, para nuestras bodas

prevén las mejores salas,

y las comedias mejores,

que no quiero que repares

en las que fueren vulgares.

Febo.

Las que ingenios y señores

aprobaren llevaremos.

Duque.

¿Ensayan?

Ricardo.

Y habla una dama.

Duque.

Si es Andrelina, es de fama.

¡Qué acción! ¡Qué afectos! ¡Qué extremos!

(Dentro).

«Déjame pensamiento,

no más, no más, memoria,

que mi pasada gloria

conviertes en tormento,

y de este sentimiento

ya no quiero memoria sino olvido,

que son de un bien perdido,

aunque presumes que mi mal mejoras,

discursos tristes para alegres horas».

Duque.

¡Valiente acción!

Febo.

¡Extremada!

Duque.

Más oyera: pero estoy

sin gusto, a acostarme voy.

Ricardo.

¿A las diez?

Duque.

Todo me enfada.

Ricardo.

Mira que es esta mujer

única.

Duque.

Temo que hable

alguna cosa notable.

Ricardo.

De ti ¿cómo puede ser?

Duque.

¿Ahora sabes, Ricardo,

que es la comedia un espejo

en que el necio, el sabio, el viejo,

el mozo, el fuerte, el gallardo,

el rey, el gobernador,

la doncella, la casada,

siendo al ejemplo escuchada

de la vida y del honor,

retrata nuestras costumbres,

o livianas o severas,

mezclando burlas y veras,

donaires y pesadumbres?

Basta, que oí del papel

de aquella primera dama

el estado de mi fama;

bien claro me hablaba en él.

¿Que escuche, me persüades,

la segunda? Pues no ignores

que no quieren los señores

oír tan claras verdades.

(Federico de camino muy galán, y Batín, criado).

Batín.

Desconozco el estilo de tu gusto.

¿Ahora en cuatro sauces te detienes,

cuando a negocio, Federico, vienes

de tan grande importancia?

Federico.

Mi disgusto

no me permite, como fuera justo,

más prisa y más cuidado,

antes la gente dejo, fatigado

de varios pensamientos,

y al dosel de estos árboles que, atentos

a las dormidas ondas de este río,

en su puro cristal, sonoro y frío,

mirando están sus copas,

después que los vistió de verdes ropas.

De mí mismo quisiera retirarme,

que me cansa el hablarme

del casamiento de mi padre, cuando

pensé heredarle, que si voy mostrando

a nuestra gente gusto, como es justo,

el alma llena de mortal disgusto,

camino a Mantua, de sentido ajeno,

que voy por mi veneno,

en ir por mi madrastra, aunque es forzoso.

Batín.

Ya de tu padre el proceder vicioso,

de propios y de extraños reprendido,

quedó a los pies de la virtud vencido;

ya quiere sosegarse,

que no hay freno, señor, como casarse.

Presentole un vasallo

al rey francés un bárbaro caballo

de notable hermosura,

Cisne en el nombre, y por la nieve pura

de la piel que cubrían

las rizas canas que a los pies caían

de la cumbre del cuello, en levantando

la pequeña cabeza.

Finalmente le dio naturaleza,

que alguna dama estaba imaginando

hermosura y desdén, porque su furia

tenía por injuria

sufrir el picador más fuerte y diestro.

Viendo tal hermosura y tal siniestro,

mandole el rey echar en una cava,

a un soberbio león, que en ella estaba;

y en viéndole feroz, apenas viva

el alma sensitiva,

hizo que el cuerpo alrededor se entolde

de las crines, que ya crespas sin molde,

si el miedo no lo era,

formaron como lanzas blanca esfera,

y en espín erizado

de orgulloso caballo transformado;

sudó por cada pelo

una gota de hielo,

y quedó tan pacífico y humilde

que fue un enano en sus arzones tilde,

y el que a los picadores no sufría,

los pícaros sufrió desde aquel día.

Federico.

Batín, ya sé que a mi vicioso padre

no pudo haber remedio que le cuadre

como es el casamiento;

pero ¿no ha de sentir mi pensamiento

haber vivido con tan loco engaño?

Ya sé que al más altivo, al más extraño,

le doma una mujer, y que, delante

de este león, el bravo, el arrogante

se deja sujetar del primer niño

que con dulce cariño

y media lengua, o muda o balbuciente,

teniéndole en los brazos le consiente

que le tome la barba.

Ni rudo labrador la roja parva,

como un casado la familia mira,

y de todos los vicios se retira.

Mas ¿qué me importa a mí que se sosiegue

mi padre, y que se niegue

a los vicios pasados,

si han de heredar sus hijos sus estados,

y yo, escudero vil, traer en brazos

algún león, que me ha de hacer pedazos?

Batín.

Señor, los hombres cuerdos y discretos,

cuando se ven sujetos

a males sin remedio,

poniendo la paciencia de por medio

fingen contento, gusto y confianza

por no mostrar envidia y dar venganza.

Federico.

¿Yo sufriré madrastra?

Batín.

¿No sufrías

las muchas que tenías

con los vicios del Duque? Pues ahora

sufre una sola, que es tan gran señora.

Federico.

¿Qué voces son aquellas?

Batín.

En el vado del río suena gente.

Federico.

Mujeres son, a verlas voy.

Batín.

¡Detente!

Federico.

¡Cobarde! ¿No es razón favorecellas?

(Vase).

Batín.

Excusar el peligro es ser valiente.

¡Lucindo, Albano, Floro!

(Estos salen).

Lucindo.

El Conde llama.

Albano.

¿Dónde está Federico?

Floro.

¿Pide acaso

los caballos?

Batín.

Las voces de una dama

con poco seso y con valiente paso

le llevaron de aquí; mientras le sigo,

llamad la gente.

(Vase).

Lucindo.

¿Dónde vas? Espera.

Albano.

Pienso que es burla.

Floro.

Y yo lo mismo digo;

aunque suena rumor en la ribera

de gente que camina.

Lucindo.

Mal Federico a obedecer se inclina

el nuevo dueño, aunque por ella viene.

Albano.

Sale a los ojos el pesar que tiene.

(Federico sale con Casandra en los brazos).

Federico.

Hasta poneros aquí

los brazos me dan licencia.

Casandra.

Agradezco, caballero,

vuestra mucha gentileza.

Federico.

Y yo a mi buena fortuna

traerme por esta selva,

casi fuera de camino.

Casandra.

¿Qué gente, señor, es esta?

Federico.

Crïados que me acompañan.

No tengáis, señora, pena,

todos vienen a serviros.

(Batín sale con Lucrecia, criada, en los brazos).

Batín.

Mujer, dime, ¿cómo pesas,

si dicen que sois livianas?

Lucrecia.

Hidalgo, ¿dónde me llevas?

Batín.

A sacarte por lo menos

de tanta enfadosa arena

como la falta del río

en estas orillas deja.

Pienso que fue treta suya

por tener ninfas tan bellas

volverse el coche al salir,

que si no fuera tan cerca,

corriérades gran peligro.

Federico.

Señora, porque yo pueda

hablaros con el respeto

que vuestra persona muestra,

decidme quién sois.

Casandra.

Señor,

no hay causa por que no deba

decirlo. Yo soy Casandra,

ya de Ferrara Duquesa,

hija del Duque de Mantua.

Federico.

¿Cómo puede ser que sea

Vuestra Alteza, y venir sola?

Casandra.

No vengo sola, que fuera

cosa imposible. No lejos

el Marqués Gonzaga queda,

a quien pedí me dejase,

atravesando una senda,

pasar sola en este río,

parte de esta ardiente siesta,

y por llegar a la orilla,

que me pareció cubierta

de más árboles y sombras,

había más agua en ella,

tanto, que pude correr,

sin ser mar, fortuna adversa;

mas no pudo ser Fortuna,

pues se pararon las ruedas.

Decidme, señor, quién sois,

aunque ya vuestra presencia

lo generoso asegura

y lo valeroso muestra;

que es razón que este favor

no solo yo le agradezca,

pero el Marqués y mi padre

que tan obligados quedan.

Federico.

Después que me dé la mano,

sabrá quién soy Vuestra Alteza.

Casandra.

¿De rodillas? ¡Es exceso!

No es justo que lo consienta

la mayor obligación.

Federico.

Señora, es justo, y es fuerza;

mirad que soy vuestro hijo.

Casandra.

Confieso que he sido necia

en no haberos conocido.

¿Quién sino quien sois pudiera

valerme en tanto peligro?

Dadme los brazos.

Federico.

Merezca

vuestra mano.

Casandra.

No es razón.

Dejadles pagar la deuda,

señor Conde Federico.

Federico.

El alma os dé la respuesta.

(Hablen quedo, y diga Batín).

Batín.

Ya que ha sido nuestra dicha

que esta gran señora sea

por quien íbamos a Mantua,

solo resta que yo sepa

si eres tú Vuestra Merced,

Señoría o Excelencia,

para que pueda medir

lo razonado a las prendas.

Lucrecia.

Desde mis primeros años

sirvo, amigo, a la Duquesa,

soy domestica criada;

visto y desnudo a Su Alteza.

Batín.

¿Eres camarera?

Lucrecia.

No.

Batín.

Serás haciacamarera,

como que lo fuiste a ser

y te quedaste a la puerta.

Tal ves tienen los señores

como lo que tú me cuentas

unas criadas malillas,

entre doncellas y dueñas,

que son todo y no son nada.

¿Cómo te llamas?

Lucrecia.

Lucrecia.

Batín.

¿La de Roma?

Lucrecia.

Más acá.

Batín.

¡Gracias a Dios, que con ella

topé! Que desde su historia,

traigo llena la cabeza

de castidades forzadas

y de diligencias necias.

¿Tú viste a Tarquinio?

Lucrecia.

¿Yo?

Batín.

¿Y qué hicieras si le vieras?

Lucrecia.

¿Tienes mujer?

Batín.

¿Por qué causa

lo preguntas?

Lucrecia.

Porque pueda

ir a tomar su consejo.

Batín.

Herísteme por la treta.

¿Tú sabes quien soy?

Lucrecia.

¿De qué?

Batín.

¿Es posible que no llega

aun hasta Mantua la fama

de Batín?

Lucrecia.

¿Por qué excelencias?

Pero tú debes de ser

como unos necios que piensan

que en todo el mundo su nombre

por único se celebra,

y apenas le sabe nadie.

Batín.

No quiera Dios que tal sea,

ni que murmure envidioso

de las virtudes ajenas;

esto dije por donaire,

que no porque piense o tenga

satisfacción y arrogancia.

Verdad es que yo quisiera

tener fama entre hombres sabios

que ciencia y letras profesan,

que en la ignorancia común

no es fama sino cosecha,

que sembrando disparates

coge lo mismo que siembra.

Casandra.

Aún no acierto a encarecer

el haberos conocido,

poco es lo que había oído

para lo que vengo a ver,

el hablar, el proceder

a la persona conforma,

hijo y mi señor, de forma

que muestra en lo que habéis hecho

cuál es el alma del pecho

que tan gran sujeto informa.

Dicha ha sido haber errado

el camino que seguí,

pues más presto os conocí

por yerro tan acertado;

cual suele en el mar airado

la tempestad, después de ella

ver aquella lumbre bella,

así fue mi error la noche,

mar el río, nave el coche,

yo el piloto, y vos mi estrella.

Madre os seré desde hoy,

señor Conde Federico,

y de este nombre os suplico

que me honréis, pues ya lo soy.

De vos tan contenta estoy,

y tanto el alma repara

en prenda tan dulce y cara,

que me da más regocijo

teneros a vos por hijo

que ser Duquesa en Ferrara.

Federico.

Basta que me dé temor,

hermosa señora, el veros;

no me impida el responderos,

turbarme tanto favor:

hoy el Duque, mi señor,

en dos divide mi ser,

que del cuerpo pudo hacer

que mi ser primero fuese,

para que el alma debiese

a mi segundo nacer.

De estos nacimientos dos

lleváis, señora, la palma,

que para nacer con alma

hoy quiero nacer de vos,

que, aunque quien la infunde es Dios,

hasta que os vi, no sentía

en qué parte la tenía,

pues si conocerla os debo

vos me habéis hecho de nuevo,

que yo sin alma vivía.

Y de esto se considera,

pues que de vos nacer quiero,

que soy el hijo primero,

que el Duque de vos espera.

Y de que tan hombre quiera

nacer, no son fantasías,

que, para disculpas mías,

aquel divino crisol

ha seis mil años que es sol,

y nace todos los días.

(El Marqués Gonzaga, Rutilio y criados).

Rutilio.

Aquí, señor, los dejé.

Marqués.

Extraña desdicha fuera,

si el caballero que dices

no llegara a socorrerla.

Rutilio.

Mandome alejar, pensando

dar nieve al agua risueña,

bañando en ella los pies

para que corriese perlas,

Y así no pudo llegar

tan presto mi diligencia,

y en brazos de aquel hidalgo

salió, señor, la Duquesa,

pero como vi que estaban

seguras en la ribera,

corrí a llamarte.

Marqués.

Allí está,

entre el agua y el arena

el coche solo.

Rutilio.

Estos sauces

nos estorbaron el verla.

Allí está con los criados

del caballero.

Casandra.

Ya llega

mi gente.

Marqués.

¡Señora mía!

Casandra.

¡Marqués!

Marqués.

Con notable pena

a todos nos ha tenido

hasta ahora Vuestra Alteza;

gracias a Dios que os hallamos

sin peligro.

Casandra.

Después de ellas

Las dad a este caballero.

Su piadosa gentileza

me sacó libre en los brazos.

Marqués.

Señor Conde, ¿quién pudiera

sino vos favorecer

a quien ya es justo que tenga

el nombre de vuestra madre?

Federico.

Señor Marqués, yo quisiera

ser un Júpiter entonces,

que transformándome cerca

en aquel ave imperial,

aunque las plumas pusiera

a la luz de tanto sol,

ya de Faetonte soberbia,

entre las doradas uñas,

tusón del pecho la hiciera,

y por el aire en los brazos

por mi cuidado la vieran

los del Duque, mi señor.

Marqués.

El cielo, señor, ordena

estos sucesos que veis,

para que Casandra os deba

un beneficio tan grande

que desde este punto pueda

confirmar las voluntades,

y en toda Italia se vea

amarse tales contrarios,

y que en un sujeto quepan.

(Hablen los dos, y aparte Casandra y Lucrecia).

Casandra.

Mientras los dos hablan, dime

qué te parece, Lucrecia,

de Federico.

Lucrecia.

Señora,

si tu me dieses licencia,

mi parecer te diría.

Casandra.

Aunque ya no sin sospecha,

yo te la doy.

Lucrecia.

Pues yo digo...

Casandra.

Di.

Lucrecia.

... que más dichosa fueras

si se trocara la suerte.

Casandra.

Aciertas, Lucrecia, y yerra

mi fortuna; mas ya es hecho,

porque cuando yo quisiera,

fingiendo alguna invención,

volver a Mantua, estoy cierta

que me matara mi padre,

y por toda Italia fuera

fábula mi desatino;

fuera de que no pudiera

casarme con Federico,

y así no es justo que vuelva

a Mantua, sino que vaya

a Ferrara, en que me espera

el Duque, de cuya libre

vida y condición me llevan

las nuevas con gran cuidado.

Marqués.

¡Ea! ¡Nuestra gente venga,

y alegremente salgamos

del peligro de esta selva!

Parte delante a Ferrara,

Rutilio, y lleva las nuevas

al Duque del buen suceso,

si por ventura no llega

anticipada la fama,

que se detiene en las buenas

cuanto corre en siendo malas.

Vamos, señora, y prevengan

caballo al Conde.

Floro.

¡El caballo

del Conde!

Casandra.

Vuestra Excelencia

irá mejor en mi coche.

Federico.

Como mande Vuestra Alteza

que vaya, la iré sirviendo.

(El Marqués lleve de la mano a Casandra,
y quédense Federico y Batín
).

Batín.

¡Que bizarra es la Duquesa!

Federico.

¿Parécete bien, Batín?

Batín.

Paréceme una azucena

que está pidiendo a la aurora,

en cuatro cándidas lenguas,

que le trueque en cortesía

los granos de oro a sus perlas.

No he visto mujer tan linda,

por Dios, señor, que si hubiera

lugar —porque suben ya,

y no es bien que la detengas—

que te dijera...

Federico.

No digas

nada, que con tu agudeza

me has visto el alma en los ojos,

y el gusto me lisonjeas.

Batín.

¿No era mejor para ti

esta clavellina fresca,

esta naranja en azahar,

toda de pimpollos hecha,

esta alcorza de ámbar y oro,

esta Venus, esta Elena?

¡Pesia las leyes del mundo!

Federico.

Ven, no les demos sospecha,

y seré el primer alnado

a quien hermosa parezca

su madrastra.

Batín.

Pues, señor,

no hay más de tener paciencia,

que a fe que a dos pesadumbres

ella te parezca fea.

(Salgan el Duque de Ferrara, y Aurora su sobrina).

Duque.

Hallarala en el camino

Federico, si partió

cuando dicen.

Aurora.

Mucho erró,

pues cuando el aviso vino

era forzoso el partir

a acompañar a Su Alteza.

Duque.

Pienso que alguna tristeza

pudo el partir diferir;

que, en fin, Federico estaba

seguro en su pensamiento

de heredarme, cuyo intento,

que con mi amor consultaba,

fundaba bien su intención,

porque es Federico, Aurora,

lo que más mi alma adora,

y fue casarme, traición

que hago a mi propio gusto;

que mis vasallos han sido

quien me ha forzado y vencido

a darle tanto disgusto,

si bien dicen que esperaban

tenerle por su señor,

o por conocer mi amor,

o porque también le amaban;

mas que los deudos que tienen

derecho a mi sucesión,

pondrán pleito con razón;

o que, si a las armas vienen,

no pudiendo concertallos,

abrasarán estas tierras,

porque siempre son las guerras

a costa de los vasallos.

Con esto determiné

casarme, no pude más.

Aurora.

Señor, disculpado estás,

yerro de fortuna fue:

pero la grave prudencia

del Conde, hallará templanza,

para que su confianza

tenga consuelo y paciencia;

aunque, en esta confusión

un consejo quiero darte,

que será remedio, en parte,

de su engaño y tu afición.

Perdona el atrevimiento

que, fiado en el amor

que me muestras, con valor

te diré mi pensamiento.

Yo soy, invicto Duque, tu sobrina;

hija soy de tu hermano,

que en su primera edad, como temprano

almendro que la flor al cierzo inclina,

cinco lustros (¡ay, suerte

crüel!) rindió la inexorable muerte.

Criásteme en tu casa, porque luego

quedé también sin madre;

tú solo fuiste mi querido padre,

y en el confuso laberinto ciego

de mis fortunas tristes,

el hilo de oro que de luz me vistes.

Dísteme por hermano a Federico,

mi primo en la crianza,

a cuya siempre honesta confianza,

con dulce trato honesto amor aplico,

no menos de él querida,

viviendo entrambos una misma vida,

una ley, un amor, un albedrío,

una fe nos gobierna,

que con el matrimonio será eterna,

siendo yo suya, y Federico mío,

que aun apenas la muerte

osará dividir lazo tan fuerte.

Desde la muerte de mi padre amado

tiene mi hacienda aumento;

no hay en Italia ahora casamiento

más igual a sus prendas y a su estado;

que yo entre muchos grandes,

ni miro a España, ni me aplico a Flandes.

Si le casas conmigo estás seguro

de que no se entristezca

de que Casandra sucesión te ofrezca,

sirviendo yo de su defensa y muro.

Mira si en este medio

promete mi consejo tu remedio.

Duque.

Dame tus brazos, Aurora,

que en mi sospecha y recelo

eres la misma del cielo

que mi noche ilustra y dora.

Hoy mi remedio amaneces,

y en el sol de tu consejo

miro, como en claro espejo,

el que a mi sospecha ofreces.

Mi vida y honra aseguras,

y así te prometo al Conde,

si a tu honesto amor responde

la fe con que le procuras,

que bien creo que estarás

cierta de su justo amor,

como yo, que tu valor,

Aurora, merece más.

Y así, pues vuestros intentos

conformes vienen a ser,

palabra te doy de hacer

juntos los dos casamientos.

Venga el Conde, y tú verás,

qué día a Ferrara doy.

Aurora.

Tu hija y tu esclava soy,

no puedo decirte más.