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El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III

Chapter 34: CAPÍTULO XXXI
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About This Book

The narrative follows a royal cook whose daily duties embroil him and his circle in a tangle of court intrigues, romantic entanglements, conspiracies, and comic misadventures. Episodic chapters present satirical portraits of nobles, clergy, servants and a sharp-tongued satirist, with clandestine meetings, mistaken identities, arrests and jealousies that escalate from farce to serious consequence. The tone shifts between humor and darker irony as plots multiply, alliances shift, and characters reveal ambition, vanity and vulnerability. The structure stitches short adventures and revelations into a concluding sequence that resolves many strands while reflecting on power, reputation and the hazards of palace life.

—Allá va al primer bastidor—dijo uno.

—A ponerse en guerra con la Dorotea.

—Esas chicas acabarán por arañarse.

—No, porque la Dorotea es magnánima; ¡como siempre vence!

—Dejémonos de mujeres, señores, y vamos á lo que importa—dijo el alférez, que reventaba por soltar sus noticias.

—Sí, sí; seguid.

—Decíamos que las tales estocadas habían venido de lo alto, según todos los indicios. Pues bien, hay más. Ha entrado el rasero, señores.

—¡El rasero!...

—Como que acabo de llegar de haber dado escolta de honor á don Baltasar de Zúñiga, que va de embajador á Inglaterra.

—¡Pero si don Baltasar no se mete en nada!

—¿Cómo que no se mete y estaba metido de hoz y de coz en el cuarto del príncipe? Don Baltasar es muy suave, pero eso no quita, no, señor; don Baltasar conspiraba... Y si no, ¿por qué andaban hoy en palacio tan graves y tan cariacontecidos el conde de Olivares y el duque de Uceda sin poder entrar en la cámara del rey? ¿Y por qué estaba tan alegre el duque?

—Verdaderamente todo esto es grave—dijo uno de los del grupo, que tenía el vicio de verlo todo desde el punto de vista de la gravedad.

—¡Gravísimo!—dijo el alférez—. ¡Pues ya lo creo! Pero hay una cosa más grave aún.

-¿Qué?

-¿Qué?

—No se ha dejado salir de su cuarto al príncipe don Felipe de orden del rey.

—¡Ah! Pues esto es tres veces grave.

—Se cree—dijo el alférez—que Lerma se haya puesto del lado de la reina.

—¡Bah! eso no puede ser—dijo uno.

—La reina odia al duque—añadió otro.

—Creo más fácil que la Mari Díaz deje de ser envidiosa—dijo un tercero.

—Prueba al canto—contestó el alférez.

—Veamos.

—El confesor del rey, fray Luis de Aliaga, es á todas luces del partido de la reina.

—Indudablemente.

—Pues bien, el padre Aliaga ha sido nombrado inquisidor general.

—¡Inquisidor general! ¿Pues y cómo ha quitado esta dignidad á su tío don Bernardo de Sandoval y Rojas, el duque de Lerma?

—Don Bernardo de Sandoval, se ha quedado con el arzobispado de Toledo y tiene bastante. Cuando el duque de Lerma se ha expuesto á enojar á su tío, dando al confesor del rey la dignidad de inquisidor general, le importará mucho tener de su parte al padre Aliaga. Es indudable... indudable; el duque se ha puesto del lado de la reina.

—¿Pero cuándo han nombrado inquisidor general al padre Aliaga?

—El nombramiento ha sido cosa de hoy, y no es extraño que no lo sepáis; lo saben muy pocos. ¡Cuando os exageraba que había novedades...!

—¿Pero qué interés tiene el duque...?

—¡Oh! la zancadilla que se le había preparado era feroz. Se le iba á acusar de traición, de estar vendido á la Liga.

—¡Oh!

—Y uno de los que más han trabajado en esto, ha sido el duque de Uceda.

—¡Su hijo!

—Los grandes no tienen hijos ni padres. Al duque de Uceda le tarda llegar á la privanza y no perdona medio.

—Todo esto es grave, gravísimo—dijo el que todo lo veía por el lado serio.

—Pues hay además algo que aumenta la gravedad de estos sucesos.

—¡Qué!

—¡Qué!

—Se cree...—dijo el alférez, bajando más la voz y con doble misterio.

—¡Pero traéis un saco de noticias, alférez!

—Que doy de balde. Pero oíd lo que se dice en palacio, por los rincones, por supuesto, y en voz muy baja: en estas cosas anda el duque de Osuna.

—Se tiene la manía de atribuirlo todo al duque de Osuna, que, sin duda, para huir de estos enredos, se ha ido á ser virrey de Napóles—dijo un autor de entremeses.

—Aunque el duque de Osuna esté en Nápoles, vieron anoche en Madrid á su secretario don Francisco de Quevedo y Villegas.

—¡Que está don Francisco en Madrid!—exclamó el autor de la compañía, ó como diríamos en nuestros tiempos, el representante de la compañía—; ¡bah! eso es mentira. Hubiera venido por aquí y yo le hubiera encargado un entremés.

—En cuanto á lo de venir, quizá no pueda porque está escondido—dijo el alférez.

—Pues si está escondido, ¿quién le ha visto?

—Le vieron anoche en palacio.

—Creerían verle.

—Allá lo veremos; ¿pero qué esto?

Lo que había motivado la pregunta del alférez, era un ruido particular, un alboroto que provenía del primer bastidor de la derecha del escenario.

Todos corrieron allá.

Lo que había sucedido, lo verán nuestros lectores en el capítulo siguiente.

CAPÍTULO XXIX

DE CÓMO JUAN MONTIÑO, CON MUCHO SUSTO DE LA DOROTEA, SE DIÓ Á CONOCER ENTRE LOS CÓMICOS.

La Mari Díaz, dejando en su chismografía política al alférez, á los comediantes, á los poetas é tutti cuanti, se fué decididamente, pero como al descuido, al hueco del primer bastidor de la derecha del escenario.

En él estaban solas dos personas: Juan Montiño y el finchado hidalgo don Bernardino de Cáceres.

—¿Me permitís, caballero?—dijo la Mari Díaz tocando Suavemente en un hombro á Juan Montiño, y con la voz más dulce del mundo.

El joven se volvió y vió á la comedianta que le saludó Con una graciosa inclinación de cabeza y una sonrisa.

—Esta debe ser una de las que me ha hablado Dorotea—dijo el joven para sí—. Y es hermosa esta muchacha... si no fuera tan desenfadada...

Y se volvió á mirar hacia el escenario, donde trabajaba Dorotea.

Don Bernardino se encontraba relegado á un último lugar: la comedianta delante, detrás Juan Montiño, y él á sus espaldas.

—Permitidme, caballero—dijo don Bernardino.

Juan Montiño no se movió.

Don Bernardino guardó silencio.

Pasó así algún tiempo.

Mari Díaz seguía arrojando sobre Juan Montiño mirada tras de mirada, sonrisa tras de sonrisa, á vuelta de algunas frases de elogio á la Dorotea.

Juan Montiño contestaba con otra frase, pero era tan económico y tan liso en sus contestaciones, que Mari Díaz se impacientaba.

—¿Hace mucho tiempo que conocéis á mi amiga?—dijo la comedianta entablando ya decididamente una conversación.

—Es un conocimiento nuevo—dijo don Bernardino, que tenía el vicio de introducirse en todas las conversaciones, por más que nada le importasen.

—Este caballero—dijo secamente Juan Montiño—, se ha tomado el trabajo de responder por mí.

—Pero es que yo os he preguntado á vos.

—Lo que ha dicho este hidalgo es la verdad.

—¡Oh! yo sé siempre lo que me digo—contestó con fatuidad don Bernardino, atusándose el bigote izquierdo.

—Menos cuando no—dijo la comedianta.

—Mejor será que callemos, prenda, que os estará bien.

En mal hora se metió don Bernardino con la comedianta.

Esta, que quería tener un motivo sólido de entablar conocimiento con Juan Montiño, forzó la situación.

—¿Y por qué hemos de callar? veamos: ¿qué tenéis vos que echarme en cara, como no sea el no hacer caso de vos, por impertinente?

—Si como sois de desvergonzada, fuérais de hermosa y discreta, seríais un prodigio.

—Como vos, si no fuérais grosero y mal nacido.

—¡Vive Dios, doña perdida—exclamó don Bernardino todo fuera de sí—, que me la habéis de pagar!

—¿Me hacéis el favor de iros á cien leguas de aquí?—dijo Juan Montiño volviéndose y encarándose en don Bernardino, á tiempo que levantando éste la mano sobre la Mari Díaz, la hacia ampararse de Juan Montiño, y decirle:

—¡Defendedme de este hombre, caballero! ¡es un infame!

—Idos—repitió Juan Montiño con una calma inalterable.

—¡Que me vaya!—exclamó todo cólera don Bernardino.

—Me estáis cargando la paciencia hace una hora, y no quiero ya más peso. ¡Idos, ó vive Dios!

—Mirad no os tire yo en medio de la escena, don bravatas—exclamó el hidalgo, que echaba fuego por los ojos.

—¡A mí! ¡echarme vos á mí!...—exclamó Montiño poniéndose pálido.

Y en seguida sonó una bofetada, y luego un hombre cayó, como lanzado por una máquina, del lado de adentro de los bastidores.

Juan Montiño había dado aquella bofetada.

Don Bernardino la había recibido.

Juan Montiño era el que había arrojado.

Don Bernardino el que había caído.

Este era el estruendo que había distraído de su chismografía política al alférez de la guardia española Ginés Saltillo y á sus oyentes.

Montiño se había vuelto con suma tranquilidad á su bastidor.

Mari Díaz estaba temblando ó haciendo que temblaba junto á él.

Don Bernardino, empolvado por el tablado, que no estaba muy limpio, se había levantado trémulo de cólera, había desenvainado la espada, y se había ido hacia Juan Montiño.

El alférez y sus acompañantes se interpusieron.

—Dejad que mate á ese hombre que me ha afrentado—dijo don Bernardino.

Y como no le dejasen acercarse á Juan Montiño, empezó á llenarle de improperios.

—Si no queréis que os tengamos por mujer, calláos—dijo Juan Montiño acercándose al grupo—; y si queréis tomar satisfacción de esa afrenta, decidme dónde y cuándo podremos vernos, á fin de que yo os pruebe que no están fácil desagraviarse de mí.

—Ahora mismo... fuera...

—No puede ser ahora; tened un poco de paciencia, que tiempo sobra.

...cayó, como lanzado por una máquina.

—Dice bien ese caballero—dijo el alférez, que se perecía por este género de lances—; además, que las pragmáticas son rigurosas, y en esto de duelos es necesario irse con pies de plomo. Cerca de San Martín hay unas casas echadas por tierra: el sitio es medroso y apartado... y allí... hasta se puede enterrar un muerto entre los escombros... á las doce de la noche...

—Acepto por mi parte—dijo Juan Montiño—, y como soy nuevo en Madrid y no conozco sus calles, desearía que uno de vosotros me acompañara, señores.

—Yo—dijo el alférez.

—Y yo acompañaré á don Bernardino—dijo un poeta.

—En hora buena. A las doce estaré en las casas derribadas de San Martín—dijo don Bernardino, y salió.

—¿Y dónde nos veremos nosotros, señor alférez?—dijo Juan Montiño á Ginés Saltillo.

—¿Sabéis á las gradas de San Felipe?

-Sí.

—Pues á las once y media, en las gradas de San Felipe.

Montiño saludó y se volvió al bastidor.

Todavía estaba allí la señora Mari Díaz.

—Gracias, caballero, gracias—le dijo—; os estoy tan agradecida, que no sabré cómo demostraros...

—No hay por qué, señora—contestó brevemente Montiño.

—Vivo en la calle Mayor.

—Muchas gracias.

—Número sesenta...

—Gracias, señora.

—Me encontraréis allí todo el día...

En aquel momento la Dorotea salía de la escena, y oyó las últimas palabras de la Mari Díaz.

La Dorotea era una verdadera reina, una leona de la escena, y aunque la estremecieron aquellas palabras que había cogido al paso, no dió el más leve indicio de haberlas escuchado.

Devoró sus celos, se mantuvo serena y miró á Juan Montiño.

Entonces se aterró.

El semblante del joven estaba demudado aún de cólera.

—¿Qué ha sucedido?—exclamó—; ¿qué tenéis, Juan? ¿Os habéis visto obligado acaso?...

—Se ha quitado una mosca de encima—dijo el alférez Saltillo... y de una manera brava... estos señores pueden testificar.

—Ha sido una bofetada digna de que la cante un Homero—dijo un poeta.

—Eneas haciendo rodar á Aquiles—añadió otro.

—Un lance por una... hermosa—dijo otro.

—De cuyo lance resultarán estocadas.

—¿Queréis hacerme un favor, señores?—dijo Juan Montiño.

Miraron todos con atención al joven.

—No hablemos más de esto—dijo.

—¡Pero!...—exclamó Dorotea...

—En resumidas cuentas...—dijo un comediante—como don Bernardino de Cáceres es vuestra sombra, y se ha encontrado con otra sombra mayor...

—¡Ah!

—Pues... nada... estas son cosas que suceden en el mundo—dijo el alférez—, y que una vez sucedidas, no tienen más que un remedio... este caballero lo sabe, y yo lo sé, y todos lo sabemos... conque no hay que hablar más de ello.

Dorotea se asió del brazo de Juan Montiño, y se lo llevó entre los telones, en donde estuvo paseando con él, dando lugar á las murmuraciones del corro, que crecieron.

—¿Por quién habéis pegado á don Bernardino?—dijo Dorotea—; ¿por mí ó por Mari Díaz?... estamos solos, Juan, y quiero que me digáis la verdad... cuando yo salía, la Mari Díaz os citaba.

—He pegado á ese hombre, por él mismo; y en cuanto á esa mujer, no tenéis motivos para enojaros conmigo.

—¿Y qué pensáis hacer?

—¿Que he de hacer más que matar á ese hombre, y dejar ir por su camino á esa mujer?

—¡Ah! ¡Dios mío! ¿pero sabéis quién es don Bernardino?

—Un impertinente.

—Todos le temen.

—Hacen muy mal.

—Os matará ú os estropeará.

—Creo que ese hombre tiene la espada más virgen del mundo—dijo con desprecio Montiño.

—¡Ah! ¡no lo creáis! cuando él habla todos callan.

—Razón más para dudar de su valentía. Cuando todos temen á un hombre es cuando menos debe temérsele.

—Vos no iréis.

—¡Cómo! ¿me pedís vos que me deshonre? ¿Consentiríais vos á vuestro lado á un hombre que hubiese perdido la vergüenza?

—Os quiero vivo.

—Y vivo me tendréis.

—Pero suponiendo que... lo que es suponer mucho... venciéseis á don Bernardino...

—Anoche vencí dos veces á Calderón.

—¡Ah! ¡es verdad! y don Rodrigo es muy valiente y muy diestro... me había olvidado... pero ¡Dios mío! aunque eso sea, de todos modos os pierdo: si le matáis tendréis que huir.

—No le mataré.

—¡Oh! gracias... ¿no iréis, no es verdad? esperaréis á que se acabe la función y os vendréis conmigo... yo haré... yo diré al duque de Lerma que destierren á ese hombre.

—¿Qué estáis diciendo?... Iré á encontrar á don Bernardino al lugar donde me ha citado... y no le mataré, pero le escarmentaré... ¡Miserable! ¡Vive Dios que ningún hombre se ha atrevido como él á probarme la paciencia!

—¡Malhaya la hora en que os traje al teatro!

—¿Y por qué? Nada temáis; yo haré de modo que me conozcan esos señores, y cuando me conozcan, me respetarán, os lo juro.

—¡Dorotea! ¡Dorotea!—dijo una voz cerca de ellos.

—¡Otra vez á la escena!—exclamó la joven—; ¡oh, malditas sean las comedias y mi suerte!... Esperadme, no os vayáis.

—Y desasiéndose del brazo de Juan Montiño, atravesó rápidamente el espacio comprendido entre los telones, y salió á la escena.

Poco después se oyeron fuera estrepitosos aplausos.

—Es mucha, mucha mujer esa—dijo una voz junto á Juan Montiño—, y no me extraña que la améis.

Volvióse el joven, y vió junto á sí á Ginés Saltillo.

—¿Quién os ha dicho que yo amo ó dejo de amar á esa señora? Y, sobre todo, ¿os importa á vos?—dijo el joven, que estaba resuelto á sostener la cuerda tirante hasta que saltase.

—Tenéis una manera de contestar...—dijo contrariado el alférez.

—Cada cual tiene sus costumbres, como vos las tenéis en meteros en lo que no os va ni os viene.

—Perdonad, yo creí que un hombre que se ha ofrecido á serviros de testigo...

—¿Y qué falta me hacen á mí testigos para mis asuntos?

—¡Ah! Pues os digo que si lo tomáis así, vais á tener mil camorras todos los días, si no es que á la primera os escarmientan.

—Os suplico que me dejéis en paz.

—Señor mío—dijo el alférez, retorciéndose su mostacho—, yo soy un hombre que lo tomo todo con mucha calma, que antes de tirar de la espada, miro si hay motivo para ello, y que antes de ofenderme de las palabras de otro hombre, procuro conocer en qué estado se halla al decirlas. Vos estáis irritado, no sé si con razón ó sin ella. Habéis abofeteado á un hombre, ignoro con qué motivo: ese hombre os ha pedido que le desagraviéis riñendo con él, y vos habéis aceptado; yo era el único hombre de espada que estaba presente, y me ofrecí...

—Y yo he aceptado... gracias—dijo seca y brevemente Juan Montiño.

—Cuando un hombre acepta de otro esta clase de servicios, es ya casi un amigo, y cuando un hombre es amigo de otro, puede decirle... lo que os he dicho acerca de Dorotea, y tanto más cuanto me había quedado solo, porque los otros se han ido, para serviros. Ahora...—y el alférez se retorció el otro mostacho y dió una entonación singular á su voz—si encontráis en mí impertinencia... es distinto, caballero... decídmelo para que yo sepa á lo que debo atenerme, y obrar como obrar deba.

—Perdonad—dijo Juan Montiño—; estaba, y lo estoy, fastidiado; os he confundido con esa turba que me miraba sonriendo, y acaso por equivocación os he ofendido... Perdonad, yo no os conocía, no os había visto hasta hoy.

Y tendió su mano al alférez.

—Hubiera sentido reñir con vos—dijo éste apretando con fuerza la mano del joven—; tenéis para mí un no sé qué... algo que me habla en vuestro favor. ¿Sois soldado?

—Puede ser que á estas horas lo sea de la guardia española.

—¡Ah, vive Dios! ¡Pues si sois de la guardia española, y de la tercera compañía, de la que soy alférez, seremos camaradas! Y ya que eso puede ser, me alegro de vuestro lance con don Bernardino.

—¿Por qué?

—A todo el que entra en la guardia española, se le piden pruebas de valiente: conque hayáis reñido bien con don Bernardino de Cáceres, las lleváis hechas.

—Me parece poco hombre para prueba ese hidalgo—dijo con desprecio Juan Montiño.

—¡Bah! Don Bernardino es una espada valiente, y muy bravo y sereno. Con que salgáis de un lance con él sin que os mate, no hay más; habéis quedado recibido en todas partes y por todo el mundo por valiente y buena espada.

—¿Sabéis á cuántos ha matado don Bernardino?

—Saber por mí mismo... no... pero se dice de él...

—¡Eh! Del dicho al hecho...

—Pues bien; alégrome de que estéis tan bien alentado... Pero por allí pasa la Dorotea, y os hace señas... id... que aquí os espero.

—Mas bien; cuando se acabe la función, y yo haya dejado á Dorotea en su casa, esperadme en las gradas de San Felipe.

—Pues hasta la noche.

—Hasta la noche.

Montiño siguió á la Dorotea, y el alférez, harto pensativo por lo que había mostrado de sí Juan Montiño, salió del vestuario.

CAPÍTULO XXX

DE CÓMO HIZO SUS PRUEBAS DE VALIENTE ENTRE LA GENTE BRAVA, JUAN MONTIÑO

Eran las doce de la noche.

Dos hombres adelantaban por la calle del Arenal, hacia la subida de San Martín.

Era la noche obscura, continuaba lloviendo, y no podía conocerse á aquellos bultos.

Encamináronse á San Martín, llegaron, tomaron á la izquierda por la estrecha calleja del postigo, revolvieron á la derecha, y se entraron por unos tapiales derribados, en un ancho hundimiento.

Treparon aquellos dos hombres sobre los escombros, y á poco les detuvo una voz que les dijo:

—¿Quién va?

—El alférez Saltillo—dijo uno de los que llegaban.

—¿Viene con vos el difunto?—dijo otro.

—No sé por qué decís eso, amigo Velludo, si no es porque aquí hay un olor á muerto que vuelca.

—Yo creo que traéis ese olor metido en las narices, amigo Saltillo.

—Pronto hemos de ver si está ese olor aquí, ó si le traemos nosotros. ¿Está don Bernardino?

—Impaciente.

—Pues aún no han dado las doce.

—Es que el reloj de la honra adelanta siempre.

—Pues adelante.

—Adelante.

—Me habéis prometido no desenvainar la espada, señor alférez—dijo Juan Montiño.

—Es verdad que os lo he prometido, aunque no es la costumbre: los padrinos siempre riñen.

—Lugar tendréis de reñir si me matan; pero entremos bajo techado, porque llueve muy bien.

—Eso es: en estas casas hundidas han quedado algunas habitaciones en pie. ¿Estáis ahí, amigo Velludo?

—Aquí estoy.

—¿Habéis traído linterna?

—Sí. ¿Y vos?

—También.

—Pues hagamos luz.

En aquel momento salieron dos linternas de debajo de las capas de los padrinos.

A su luz turbia y escasa, se vió una habitación destartalada, ennegrecida, polvorienta, en estado de inminente ruina, y sin maderas en los vanos de las puertas y ventanas, que se habían convertido en boquerones.

Al fondo de la habitación había dos hombres.

Don Bernardino de Cáceres y su padrino.

—Creo que podemos empezar cuanto antes—dijo don Bernardino desnudando la espada y tomando la linterna de mano de su padrino.

—Por nosotros no hay inconveniente—dijo el alférez, dando su linterna á Juan Montiño—. Pero antes de empezar debo advertiros una cosa, amigo Velludo.

—¿Qué?

—Nosotros no reñiremos.

—La costumbre es que los padrinos riñan.

—Cierto; pero yo no soy padrino del señor Juan Montiño, sino su amigo, que viene á ver lo que va á pasar aquí para contarlo después á todo el mundo, si es que este hidalgo lleva á cabo lo que se ha propuesto.

—¿Y qué se ha propuesto este hidalgo?—dijo con desprecio don Bernardino.

—Se ha propuesto—dijo el alférez—daros á los dos una vuelta.

—¡Una vuelta! ¡vive Dios—exclamó don Bernardino—, que este hidalgo debe de ser de Andalucía!

—Una vuelta de cintarazos—añadió el alférez.

—Pues á verlo—exclamó don Bernardino avanzando ciego de furor hacia Juan Montiño.

Al primer testarazo de éste—y decimos testarazo, porque no encontramos otra frase mejor—, la linterna de don Bernardino cayó al suelo, se rompió y se apagó.

Montiño y Saltillo se echaron á reir.

—¿No decía yo que os íbais á divertir, alférez?—dijo Montiño, parando un tajo de don Bernardino—; pues ya os habéis reído, y ahora veréis. ¿Qué hacéis ahí, don murciélago, puesto á la sombra?—añadió, dirigiéndose al que el alférez había llamado Velludo.

Y tras estas palabras le metió un cintarazo.

Velludo dió un rugido, desnudó su espada, y se fué á Montiño.

El joven tenía delante dos enemigos que le acometían ciegos de furor; pero alcanzaba con su espada á uno y otro lado de la habitación, y no les dejaba avanzar.

El alférez, con la espada envainada, estaba detrás del joven.

Juan Montiño volvía la luz de su linterna, tan pronto sobre el uno como sobre el otro de sus enemigos.

De tiempo en tiempo les metía un furioso cintarazo.

El alférez soltaba una carcajada.

Otra carcajada de Juan Montiño contestaba á la del alférez.

Los aporreados blasfemaban y apretaban los puños.

Pero Juan Montiño los había acorralado en un rincón, y dominados ya, les sacudía que era una compasión.

Aquello había pasado á ser una burla feroz.

Era el desprecio mayor que podía hacerse de dos hombres.

Juan Montiño demostraba, no sólo que era valiente y bravo, sino que su destreza era maravillosa.

El alférez se tendía de risa, y cuando Montiño, tras una doble parada difícil, sacudía dos cintarazos, aplaudía.

De repente vió un resplandor vivo, y sonó una detonación.

Don Bernardino, aturdido ya por los golpes, irritado, mortificado, fuera de sí de cólera, había desenganchado un pistolete de su cinturón y había hecho fuego.

Pero, por fortuna para Juan Montiño, éste vió el pistolete, y tocó con el único tajo que había tirado al brazo de don Bernardino; el tiro fué al suelo; don Bernardino, que había cambiado la espada á la mano izquierda para apelar á aquel recurso villano, estaba fuera de combate; no podía valerse del brazo derecho.

Velludo estaba acobardado, y había bajado la espada.

—Basta de lección—dijo Juan Montiño—; idos, don Bernardino, á curar, y vos, estiráos, don encogido, y largáos más que á paso. Y en adelante, mirad con quién os metéis, que no todos los caminos son andaderos.

—Lo que habéis hecho es una iniquidad—dijo don Bernardino.

—¡Cómo! ¡he reñido contra dos y llamáis esto inicuo!—exclamó Juan Montiño—; ¡vos, que habéis tenido la cobardía de disparar contra un hombre con quien reñíais con ventaja!

—Mirad, don Bernardino—dijo Saltillo—; os aconsejo que os vayáis de Madrid.

—¡Me vengaré!...

—Dejáos de simplezas... lo mejor es que os vayáis, porque cuando se sepa lo que aquí ha pasado, os van á tirar tomates los muchachos por la calle.

—Os prevaléis de que tengo herido un brazo.

—Yo no creía que érais tan cobarde y tan torpe—dijo el alférez—. Ea, idos, si no queréis que os eche á puntapiés...

—Nos veremos, señor alférez—dijo don Bernardino, y salió.

Velludo se iba á escurrir tras él, pero le detuvo el alférez.

—¡Eh! ¿á dónde vais vos, señor Diego?

—Me voy avergonzado.

—No lo extraño, porque sois valiente.

—Yo no soy nada... lo que me ha sucedido esta noche...

—Si sois valiente y honrado, siento lo que os ha acontecido, amigo—dijo Juan Montiño—; yo lo he hecho sin intención.

—Pero esto es un milagro... ¿Quién os ha enseñado á esgrimir?

—¡Bah! ya lo creo—dijo el alférez cruzando con su palabra la contestación de Juan Montiño—, es verdaderamente maravilloso; ya sabéis que yo meneo bien los hierros.

—Sí por cierto.

—Pues bien, antes de venir aquí, supliqué á ese caballero tuviese la bondad de manifestarme su destreza, porque ya sabéis que don Bernardino es diestro. Yo no quería ser testigo de un asesinato. Nos fuimos casa del maestro Tirante, y este caballero ha tirado con él. Le ha plantado en un santiamén cinco botonazos y tres tajos; entonces me dijo el maestro Tirante:

—Aunque riña solo contra dos, dejadle, señor Saltillo, que no se le acercarán.

—Gracias á mi pobre tío—dijo Juan Montiño.

—Gracias á vuestra ligereza, á vuestros puños, á vuestra vista, á vuestra serenidad... pero vamos á otra cosa: ¿vos, señor Velludo, sentiríais mucho que esto se supiera?

—Yo me voy de Madrid.

—No por cierto; nosotros callaremos, pero vos habéis de contar la villanía obrada por don Bernardino, y la paliza que este caballero le ha dado.

—Pero don Bernardino se irá.

—Don Bernardino dirá que hemos venido dos contra él.

—Pues no, eso no—dijo Velludo—; lo que ha pasado lo sabrá todo el mundo.

—No hay necesidad de hablar de esto una palabra—dijo Juan Montiño—; si ese hombre sigue haciéndose molesto, yo le daré una nueva lección delante de todo el mundo, ó vosotros, señores, si se os viene rodado. Por ahora me parece mejor otra cosa.

—¿Qué?

—Que nos vayamos á una hostería.

—¿Y Dorotea, que estará con cuidado?

—Se la avisará.

—Pues á la hostería.

—¿Y á dónde que no nos molesten?—dijo Juan Montiño.

—A la Cava Baja de San Miguel. Allí hay truchas y perdices frescas.

—Pues á la Cava Baja.

Los tres jóvenes se pusieron en marcha.

El aporreado parecía haber olvidado su aporreo, y charlaba como los otros dos.

Los tres se burlaban de don Bernardino.

Y entre burlas y risas se encontraron en la Cava Baja de San Miguel, delante de una puerta.

—Ante todo, señores, nadie paga más que yo—dijo Montiño.

—Concedido—dijo el alférez.

—Muy bien—añadió Velludo—, pero á condición que yo he de pagar otra vez.

—Bueno; pero esta noche, esta noche es mía.

—Enhorabuena.

Y acercándose el alférez á la puerta, llamó.

Nadie contestó de adentro.

—No nos abrirán—dijo Velludo—; ha pasado hace mucho tiempo la hora fijada de las ordenanzas.

—Va veréis—dijo el alférez tocando de nuevo á la puerta—: ¡abrid al alférez Saltillo!

Como si aquel nombre hubiera sido un conjuro, la puerta se abrió.

—Entrad—dijo una voz recatada—y no arméis ruido, no os oigan los vecinos y den parte á una ronda.

—¡Vaya unos vecinos!

—Como que de la multa de diez ducados que nos sacan, dan dos al acusador; y están los tiempos tan malos... las gentes dan en la tentación... ¡si se llevaran quince millones de demonios al duque de Lerma!...

Cuando el hostelero se atrevió á decir estas palabras, había ya cerrado la puerta y estaba bien adentro de su casa.

—Mira—le dijo el alférez—, llévanos arriba, á aquella sala azul pequeña que tienes tan cuca, y que nos sirva aquella muchacha de los ojos verdes; aquella Inés...

—Está durmiendo...

—Que despierte.

—Y si para que nos sirva mejor se necesita muestra, hela aquí—dijo Juan Montiño poniendo en las manos del hostelero un doblón de á ocho.

Sonaron otros muchos en el bolsillo del joven.

El alférez y Velludo se miraron con asombro.

Juan Montiño había crecido para ellos dos palmos.

En cuanto al hostelero, se había avanzado á un corredor exclamando:

—Inesilla, hija, despierta y vístete y ponte maja, que tres gentileshombres te favorecen queriendo que tú los sirvas. Al momento viene, señores. Vamos á la sala azul. Luego yo bajaré á disponer los manjares y á sacar las botellas de la bodega. Eh, ya estamos en la sala azul. Es muy buena, en ella sólo comen personas principales; he comprado esta docena de sillones y estos espejos á un indiano que se volvía á las Indias. Vais á estar como príncipes; os traerán brasero, que hace frío... y... necesito dejaros para serviros mejor... conque... ya veréis, caballeros, ya veréis.

El hostelero salió, y los jóvenes acababan de sentarse cuando se oyó en la calle una voz angustiosa y desesperada que gritaba:

¡Ladrones! ¡Ladrones!

La voz se apagó instantáneamente, pero los tres jóvenes estaban ya de pie y se habían dirigido instintivamente á la salida con las manos puestas en las espadas.

—Juraría—dijo Juan Montiño saliendo y precipitándose por las escaleras—que esa era la voz de mi tío.

—¡De vuestro tío!

—Sí; abrid, abrid la puerta—gritó Montiño al hostelero.

—¿Y quién es vuestro tío?—dijo el alférez, que le seguía.

—Francisco Montiño, cocinero mayor del rey.

—Os aconsejo que no salgáis dijo el hostelero—; nadie se mueve de noche aunque oiga lo que oiga.

—¡Abrid, vive Dios!—exclamó Juan Montiño—, ú os abro la cabeza.

El hostelero abrió sin replicar.

Los tres jóvenes se lanzaron en la calle.

Un hombre estaba rodeado de otros cuatro.

Otros dos hombres se llevaban un bulto.

—Seguid á aquellos y detenedlos—dijo Juan Montiño—, yo me quedo con éstos.

Pero antes de proseguir, necesitamos ocuparnos de ciertos antecedentes, que empezarán en el capítulo que sigue.

CAPÍTULO XXXI

DE CÓMO ENGAÑÓ Á DOROTEA PARA LLEVARLA Á PALACIO EL TÍO MANOLILLO

Dorotea se había quedado sola en su casa, hasta la cual la había acompañado Juan Montiño, después de la salida del teatro.

Eran ya bien las ocho de la noche.

La joven estaba triste, porque Juan Montiño se había separado de ella para acudir á un lance desagradable y acaso peligroso.

—¿Qué necesidad tenía yo—dijo—de haberle llevado al teatro?

Ninguna.

Ha visto á Mari Díaz y ha tropezado con don Bernardino.

Bien empleado me está.

He querido lucirle.

Vamos: si sucede algo malo á Juan, no sabré de qué manera castigarme.

—¡Casilda!

—Señora.

—Si viene el duque de Lerma, que estoy mala.

—Muy bien.

—Si se empeña en entrar, que el médico ha dicho que no puede hablárseme.

—Muy bien; ¿y si viene el señor Juan Montiño?

—Viene á su casa. ¡Ah! me olvidaba: pon una cama en el gabinete de tapicería.

—Muy bien.

—Y cuanto se necesite; un aposento bien servido.

—Muy bien. ¿No os desnudáis?

—No... mira... si viene el tío Manolillo...

—¿Le digo que no puede entrar?

—De ningún modo... si viene...

—Ha venido ya, y dijo que volvería.

—Pues cuando vuelva, que entre.

—Me parece que es ese que llama á la puerta.

—Pues ábrele... ábrele.

Casilda salió.

Dorotea se quedó esperando con impaciencia.

Poco después entró el tío Manolillo, que arrojó al suelo la capa y la gorra, que venían empapadas de agua.

Luego adelantó, se sentó junto al brasero, y se puso á mirar de hito en hito á Dorotea.

—¡Qué hermosa y qué engalanada estás, hija mía!—la dijo—; de seguro no esperas al duque de Lerma. Para él no te atavías tanto.

—Este es el traje que he sacado en la comedia, y por cansancio no me lo he quitado todavía.

—No, no es eso; el duque te ha puesto hermosa para otro.

—¡Ah! puede ser.

—¿Estás enamorada, Dorotea?

—No lo sé.

—Esa contestación me asusta.

—Y ¿por qué?

—Cuando una mujer no ve claro en su corazón...

—Prueba que está ni dentro ni fuera.

—Te creo demasiado dentro.

—Puede ser.

—¿Me hablarás la verdad si te pregunto?

—Nunca os he engañado, me servís de padre.

—Padre que ahora hace bien poco por ti.

—Vos habéis hecho cuanto podíais por mí. Habéis pasado miserias y trabajos durante muchos años, para poder pagar mis alimentos en las Descalzas Reales. Yo he sido una ingrata...

—No hablemos, no hablemos de eso; ya no tiene remedio.

—Sí que le tiene, y en eso estaba pensando.

—¿En eso?

—Sí, en el remedio. Pienso despedirme del teatro.

—¡Ah!

—Y dar ocasión al duque para que se despida de mí...

—¡Ah! ¿Y con quién piensas quedarte?

—Con él, si me ama.

—¿Con el señor Juan Montiño?

—Sí.

—Yo te daría un consejo.

—¿Cuál?

—Que olvidaras á ese joven.

—No puedo.

—¿Tan enamorada estás da él?

—Si no estoy enamorada, estoy empeñada.

—Puede ser que mañana sea demasiado alto para ti.

—¡Pero si yo no quiero que se case conmigo!

—Puede suceder que él se case con otra mujer.

—¿Qué habéis dicho?—exclamó levantándose Dorotea.

—¡Oh! ¡le ama!—exclamó el bufón.

—¡Que se case con otra!... sí, sí, todo puede suceder... pero por ahora...

—Puede ser que ame á otra.

—¡Que ame! ¡es que me avisáis!—dijo Dorotea conteniéndose pero temblando—; ¿es verdad que ama á otra mujer? ¿será verdad lo de la reina?

—No; lo de la reina, no; pero el señor Juan Montiño tiene amores en palacio.

—¿Y con quién?

—Con doña Clara Soldevilla.

—¡Doña Clara! pero si esa mujer... si la llaman... la desesperación de los hombres...

—Sí... sí... es cierto, la llaman la menina de nieve.

—Y aunque él la ame...

—Le ha amado ella antes. La nieve se ha derretido.

—¿Pero cuándo ha visto doña Clara á Juan?

—Anoche... en la calle.

—¡Oh! ¿y se ha enamorado de él?

—Como tú.

—Pero él... él no la ama.

—Doña Clara es muy hermosa.

Plegó el bellísimo entrecejo Dorotea, y adelantó el labio inferior en un mohín desdeñoso.

—Aunque tú seas tan hermosa ó más hermosa que doña Clara, hija, te falta una cosa que á ella le sobra.

—¿Y qué es lo que me falta?

—Ser fruto prohibido.

Conmovióse profundamente la Dorotea, y sus ojos se arrasaron de lágrimas; al tío Manolillo se le desgarró el corazón.

—¡Oh! ¡sí, es verdad!—dijo dolorosamente la Dorotea—ella es una noble dama; su padre es un valiente soldado... yo... yo no tengo padres... yo soy una mujer perdida; ella es menina de la reina... yo soy comedianta... pero ella no le ama como yo... no, no le ama como yo... de seguro ella no es capaz de hacer por él lo que yo haré... ella... ¡ah! ¡ella es altiva! está enorgullecida por su nombre, por su nobleza, y él es sobrino de un cocinero... esa mujer... aunque le ame... estoy seguro de ello, no le confesará su amor... mientras que yo le he abierto mi alma entera.

—¡Ah! ¡estás loca por él, hija mía!

—Yo no sé... yo no sé... pero me parece que le he conocido toda mi vida; que Dios me ha criado para él... me parece el más hermoso del mundo... no se aparta de mi memoria... y mirad: hoy he representado mejor que nunca... y es que... hasta hoy no había comprendido el amor... hoy he pronunciado los amores de la comedia con el alma... y el público me ha aplaudido con frenesí... y escuchad: nunca los aplausos me han satisfecho tanto... nunca me han causado tanta alegría... nunca me han enorgullecido de tal modo... porque estaba él allí... me veía... me oía... escuchaba aquellos aplausos... ¡oh! si ese hombre no es de piedra me amará... me amará... porque yo quiero que me ame... lo quiero y será.

—¡Estás loca!—repitió tristemente el tío Manolillo.

—Pero decidme... decidme... ¿cómo sabéis vos que esa mujer... doña Clara... ama á Juan?

—¿Quieres tú saberlo también?

—¿Que si quiero? ¡Sí!

—Pues bien, ven conmigo.

—¿A dónde?

—A palacio.

—¡A palacio! ¿y qué tengo yo que hacer en palacio?—dijo con desdén la Dorotea.

—Verás lo que yo he visto, verás entrar á Juan en el aposento de doña Clara.

—Esta noche no irá Juan á palacio—dijo con acento profundamente triste la joven.

—¿Y por qué?

—Porque tiene que hacer en otra parte.

—¿A qué hora?

—Es verdad; yo no sé... no sé si antes tendrá tiempo... y si la ama... irá antes... antes de un peligro que puede morir, todo hombre que ama va á ver á la mujer de su amor.

—¡Morir!—exclamó el bufón.

—Sí; le he llevado por mi desdicha al teatro; allí ha tropezado con ese impertinente de don Bernardino de Cáceres, que le ha provocado; que le ha metido en un lance.

—¡Bah! pues don Bernardino no le matará—exclamó con gran confianza el tío Manolillo.

—¿Y decís que irá al alcázar Juan?

—De seguro.

—¡Oh! ¿y podéis ponerme en sitio desde donde le vea?...—añadió con ansiedad la joven.

—Desde donde veas y oigas.

—¡Casilda, mi manto y mi litera!—gritó la Dorotea poniéndose violentamente de pie.

—¡Oh Dios mío! ¡Dios mío!—murmuró para sí el bufón—¡si al menos ella no fuera tan desgraciada! ¡Si ya que de tal modo ama á ese hombre, él la amase!...

Entre tanto, Dorotea se ponía apresuradamente el manto; cuando le tuvo prendido, se volvió impaciente al bufón, y le dijo con la voz temblorosa:

—Vamos, llevadme al alcázar.

—Una palabra no más: ¿serás prudente?

—Sí.

—¿Me obedecerás?

—Sí.

—¿Vieres lo que vieres?

—Sí.

—Pues bien, hija mía, vamos.

El bufón y Dorotea salieron de la sala; poco después, una litera cerrada se encaminaba á palacio.

CAPÍTULO XXXII

CONTINÚAN LOS ANTECEDENTES

El padre Aliaga había entrado en el alcázar por la puerta de las meninas.

No había ido á él con el solo objeto de conocer á Dorotea.

Nuestros lectores recordarán que en la carta que había escrito al padre Aliaga doña Clara Soldevilla, acusando á Dorotea y á Gabriel Cornejo, le había expresado el deseo de hablar con él para explicarle enteramente el contenido de la carta.

Este era otro de los objetos que llevaban á palacio al padre Aliaga: hablar con doña Clara.

Sentía, además, un deseo punzante de hablar á la reina; y doña Clara, que era la favorita de la reina, podía satisfacer este deseo.

Le importaba también no poco sentir por sí mismo qué aire corría en palacio.

De modo que eran muchos los objetos que llevaban á palacio al confesor del rey, objetos todos enlazados, que reconocían una misma causa: su amor á la reina.

Porque nuestros lectores lo habrán comprendido: el padre Aliaga amaba á Margarita de Austria.

Alma vacía de felicidad, llena de dolor; pensamiento enérgico, corazón ardiente, fray Luis de Aliaga había abrazado por desesperación la vida del claustro. El, como nos lo ha dicho en los primeros momentos de dolor por la pérdida de la primera mujer que había amado, creyó que todo lo que podía ligarle en el mundo había concluído.

El padre Aliaga, joven entonces é inexperto, no había comprendido que el hombre vive para sí mismo, por más que se haga la hermosa, la noble ilusión de que vive para los demás, que el corazón tiene una tendencia invencible hacia el sentimiento dulce, y que rechaza el dolor, que es un sentimiento amargo; le rechaza como rechaza todo lo que existe, lo que le es contrario, mientras busca ansioso ese otro sentimiento de dulzura que es su alimento, por decirlo así, de vida; no había comprendido que el tiempo mata el dolor y concentra el deseo, y se encontró demasiado vivo, cuando se creía muerto; vigoroso, cuando se creía gastado; necesitado de un mundo de impresiones, de afectos, de contrastes, de vida, en una palabra, cuando huyendo del mundo, se había refugiado en el claustro.

Pero fray Luis de Aliaga tenía el sentimiento de la virtud, la amaba y la practicaba.

Comprendió que su suerte estaba decidida y la aceptó.

No dió el escándalo de rebelarse contra ella.

Tuvo bastante fuerza de voluntad para encerrar, para contener dentro de su alma sus pasiones, y que no se demostrasen en sus actos, ni saliesen siquiera á su semblante, ni á sus palabras.

Se mortificó, oró, luchó, pero si consiguió la paz en su aspecto, no consiguió la paz de su espíritu.

Se dedicó al estudio, arrojó sobre sí los penosos trabajos del púlpito y del confesonario, y llegó á ser catedrático de la Universidad de Zaragoza, y logró que le mirase todo el mundo con afecto.

Al verle con su cabeza baja y meditabunda, con los brazos cruzados sobre su cintura y las manos perdidas en las anchas mangas de su hábito, atravesar tristemente las calles de Zaragoza en dirección á la Universidad, acompañado de un lego, todos decían:

—¡Oh, qué buen sacerdote y qué santo varón es el padre Aliaga!

Y sus compañeros, los padres graves del convento, al ver su leve y triste y siempre dulce sonrisa, su palabra siempre tímida y escasa, y lo dulce de sus sermones, y la paciencia con que asistía un día y otro al confesonario, habían acabado por creerle pobre de espíritu, le trataban con cierta superioridad impertinente, y decían de él que era un buen hombre.

Su fama de buen hombre trajo sobre él, no sin envidia de sus compañeros, el nombramiento del confesor del rey.

Todos los padres doctos de la Orden de Predicadores, hubieran querido ser en aquellas circunstancias tan buenos hombres como el padre Aliaga.

Este siguió en la corte su inalterable línea de conducta. El rey, que era sumamente devoto, estaba encantado con su confesor, que pasaba con él largas horas hablando de cosas místicas, y con un misticismo tal, que aventajaba al del rey.

Porque el alma del padre Aliaga estaba huérfana, sola y desterrada, y buscaba consuelos en la dulzura de la religión de Jesús.

Encantaba además al rey, el que el padre Aliaga no se entremetiese jamás en los asuntos de Estado, porque Felipe III, en abierta contraposición con su padre Felipe II, que pasaba su vida sobre los negocios, sentía hacia ellos una repugnancia invencible.

A poco tiempo de llegar fray Luis á la corte, conoció á la reina.

Al verla el religioso se inclinó y permaneció con los ojos bajos.

Si los hubiera alzado, la reina hubiera visto algo extraño en ellos.

Al ver á Margarita de Austria, el padre Aliaga había experimentado esa violenta expresión que produce sobre ciertos hombres la vista repentina de una mujer que por sus formas influye poderosamente sobre los sentidos, y por ese misterioso poder que se llama simpatía, en el alma.

Fray Luis, acostumbrado á la lucha consigo mismo, tuvo suficiente poder para dominarse, para apagar su mirada, para contener el estremecimiento de sus músculos; se había puesto la careta, y al través de ella miró ya, sin temor de que su alma fuese sorprendida, á la reina.

Y al verla con más reflexión, dominado, sereno, fray Luis se estremeció. Vió que la reina era una víctima que luchaba, que estaba sola en la lucha, que era infeliz; comprendió que la reina era valiente, que había luchado, luchaba y lucharía, y que la lucha debía haberla procurado enemigos; vió en los ojos, en el semblante de la reina, la altiva tristeza de la dignidad hollada; comprendió cuánto debía sufrir aquella mártir coronada, unida á un rey casi nulo, sobre el que tenían una decidida, una incontrastable influencia palaciegos codiciosos, vanos, miserables, capaces de todo por sostenerse en el favor del rey, que era el medio para ellos de sostener su vanidad y sus rapiñas; fray Luis, por amor á la reina, fué enemigo de aquellos hombres, contrajo consigo mismo el grave compromiso de defender á la reina, de ayudarla, combatiendo á sus enemigos; y sin embargo, nada dijo á la reina, jamás una mirada suya torpe ó descuidada, pudo revelarla lo que por ella sentía el padre Aliaga.

Y eso que el desdichado estaba cada día más enfermo del alma, más desesperado, más reñido con su terrible posición.

Uno solo, el bufón, el tío Manolillo, había adivinado el secreto del confesor del rey, y esto en vagas y fugitivas señales, cuando los celos devoraban al religioso, al oír decir al rey:

—Fray Luis, rogad á Dios por la vida de mi muy amada esposa; anoche su majestad me ha revelado que está encinta.

Dos veces que el rey dijo esto al padre Aliaga, fué en presencia del tío Manolillo.

Este, que era observador por temperamento, y astuto y sagaz, y de imaginación vivísima, había reparado en lo que el rey no había podido reparar por su descuido: esto es, que al recibir esta noticia imprevista, había pasado por la mirada del fraile algo extraño; que se había revuelto algo misterioso en el obscuro foco de sus negros ojos; que se había puesto pálido, y que una ligera, pero violenta contracción, había pasado con la rapidez de un relámpago por su semblante.

El tío Manolillo, á la luz de aquel relámpago, había visto hasta el fondo tenebroso del alma del padre Aliaga.

Importábale mucho al bufón poseer un secreto del padre Aliaga, y un secreto importante.

Le importaba por Dorotea.

Debemos tener en cuenta que la Dorotea era para el bufón lo que la reina para el padre Aliaga: el alma entera. Disimulaba el bufón su amor, le comprimía, le devoraba, le contenía, aunque por distinta causa.

El padre Aliaga obedecía á sus deberes.

Sacerdote, debía combatir aquella tentación impura.

Cristiano, debía huir del solo pensamiento de unos amores adúlteros.

El tío Manolillo debía respetar, respecto á Dorotea, otra razón gravísima para todo corazón de sentimientos elevados.

Dorotea no podía amarle.

Por su edad, por su figura, por la costumbre de Dorotea de verle todos los días desde su infancia, por la protección especial que la dispensaba, Dorotea no podía ver otra cosa en él, que un padre providencial, que había reemplazado á su padre natural. Otros amores en Dorotea respecto al bufón, hubieran sido repugnantes.

Más que repugnantes, monstruosos.

El tío Manolillo lo comprendió, y dominó su amor.

El padre Aliaga y el bufón, aunque por causas enteramente distintas, estaban, por los resultados, en el mismo caso respecto á las dos mujeres que amaban.

Entrambos tenían el alma noble y grande; rechazaron de ella todo lo impuro.

Idealizaron su amor.

Pero al idealizarle le hicieron más grande.

Por amor á la reina, el padre Aliaga, que no era ambicioso, procuró hacerse influyente en la corte, pero de una manera indirecta, sorda, sin dar la cara en cuanto le fuese posible. Procuró atraerse, y se los atrajo, á los enemigos de los enemigos de la reina, y sólo se descubrió en la parte que le fué imposible cubrirse: esto es, respecto al rey.

Ya hemos visto que el padre Aliaga conspiraba de una manera sorda.

Hemos indicado también que había sabido hacerse necesario á Felipe III de tal modo, que Lerma, desesperado de poderle alejar de la corte, en vista de repetidas é inútiles tentativas, había acabado por procurar atraérselo á fuerza de honores y distinciones.

El padre Aliaga recibía las distinciones y los cargos que por sí mismos le daban más fuerzas, más influencia, y respecto á Lerma, se mantenía firme como una roca.

El padre Aliaga se había constituído en escudo de la reina. El tío Manolillo había presentido que, á causa del carácter casquivano de Dorotea, podía suceder que alguna vez tuviese necesidad de una poderosa influencia para sacarla de un terrible compromiso.

Dorotea era violenta; tenía, como la mayor parte de las gentes poco instruídas de aquel tiempo, ideas sumamente supersticiosas; ya, por alguno de sus amantes, la había visto el bufón recurrir á los medios reprobados de bebedizo, de los conjuros, de las hechicerías; si la superstición de Dorotea llegaba hasta el punto, como no era difícil, de querer adquirir la mentida ciencia de la adivinación y de los sortilegios, podía suceder que la Inquisición, implacable con todo lo que tendía á empañar la fe de la religión, se apoderase de ella.

El tío Manolillo, al sorprender el secreto del alma del padre Aliaga, se alegró: porque tener en sus manos á un religioso de la orden de Predicadores, tal como el padre Aliaga, era tener un tesoro para el caso, no imposible, de que Dorotea se viese sujeta á un juicio por la Inquisición.

Ya hemos visto en la carta de doña Clara Soldevilla al padre Aliaga, que los presentimientos del bufón no habían sido exagerados.

Le hemos visto también conmoverse al oír en los labios del padre Aliaga el nombre de Dorotea.

El bufón quería acercar á la joven al padre Aliaga, y explotar en su provecho el amor que el padre Aliaga había sentido en su juventud hacia su madre.

Por eso había sacado de su casa á Dorotea para llevarla á palacio.

El padre Aliaga, por su parte, gravemente interesado en conocer á la Dorotea, y por las demás razones que hemos indicado, había ido á palacio también.

El confesor del rey entró, llevado en su silla de manos, por la puerta de las Meninas, y se hizo conducir á un rincón del patio, bajo las galerías. Una vez allí, salió, despidió la silla de manos, y llamó á una puerta.

Al primer llamamiento nadie contestó.

Al segundo se sintió cerrar silenciosamente una ventana, luego pasos dentro, y al fin se oyó una voz tras la puerta, que dijo:

—¿Quién llama por aquí á estas horas?

—Muy temprano os recogéis, señor Ruy Soto—dijo el padre Aliaga.

—¡Ah!—contestó el de dentro con el acento de quien reconoce á una persona respetable—; voy, voy á abrir al instante.

En efecto, la puerta se abrió.

—Perdóneme vuestra señoría—dijo la misma voz dentro—si no tengo luz: estaba en acecho.

Y se cerró la puerta.

—¡En acecho!—dijo el padre Aliaga—; ¿en acecho de qué?

—De ciertos prójimos que andan rondando desde el obscurecer por las galerías bajas del patio: yo no sé por qué en siendo de noche dejan pasar gentes por el patio de palacio como si fuera una calle; pero voy á cerrar la ventana, y luego á traer luz.

Oyóse, en efecto, el leve crujir de una ventana que se cerraba, y luego los pasos de un hombre que poco después volvió con un velón encendido.

Tenía la librea de palacio, y por su edad, que era ya madura, y por su aspecto y por un no sé qué característico, se conocía que era uno de los jefes de la baja servidumbre.

En efecto, Ruy Soto era portero de una de las subidas de servicio del alcázar, que se comunicaban de una parte con el cuarto del rey, y de otra con las galerías superiores ocupadas por la servidumbre.

—¿Quiere vuestra señoría que avise al ujier de cámara de su majestad?—dijo Ruy Soto.

—Esperad un momento; decíais que estábais acechando...

—Sí; sí, señor, á dos hombres sospechosos que no han cesado de pasearse desde el obscurecer y en silencio, por la galería de la derecha.

—¿Y qué trazas tienen esos hombres?

—Malas, señor; pero aunque las tuvieran muy buenas, la tenacidad con que se pasean...

—Habéis hecho bien en acechar; dadme un papel y tintero.

Ruy Soto sirvió al momento los objetos pedidos al padre Aliaga, que escribió rápidamente una carta y la cerró.

En el sobre se leía:

«Al tribunal de la Santa inquisición».

—Que lleven al momento esta carta donde dice el sobre—dijo el padre Aliaga—; vos, seguid acechando; si esos hombres salen antes de que lleguen dos ministros del Santo Oficio, les haréis seguir por el lacayo de palacio que creáis más á propósito.

—Muy bien, señor.

—Ahora, enviad recado á la señora doña Clara de Soldevilla, menina de su majestad, de que yo la pido licencia para verla.

—Venga vuestra señoría conmigo; cabalmente doña Clara, según me ha dicho su dueña, no está de servicio.

—Vamos, pues—dijo el padre Aliaga.

Ruy Soto encendió una lámpara de mano, abrió una puertecilla y subió por una escalera de caracol.

El padre Aliaga le siguió.

Poco después Ruy Soto llamaba á la puerta del cuarto de doña Clara, y daba el recado del padre Aliaga.

El confesor del rey fué introducido en el elegante gabinete de doña Clara.

La joven estaba pálida, cansada, y la palidez y el cansancio aumentaban su hermosura.

—¡Oh! ¡bendito sea Dios, que os veo!—dijo levantándose y poniendo un sillón junto al brasero al padre Aliaga.

—Me habéis escrito una carta que me ha puesto muy en cuidado—dijo fray Luis.

—En efecto; me he visto obligada á escribiros, y no me he atrevido á confiarlo todo al papel; si no hubiérais vivido en un convento, yo misma hubiera ido á veros.

—¿Tan importante es el asunto?

—¡Oh! sí; importantísimo.

—Ya he visto por el contenido de vuestra carta...

—Que su majestad está amenazada.

—¡Ah! ¡ah! ¡esto es muy grave!

—La traición nos rodea por todas partes.

—Habéis acusado á dos personas.

—¿Y no las habéis preso?

—No; no tenía bastantes razones.

—Sois otro misterio para mí, fray Luis.

—¿Otro misterio?...

—Sí por cierto; no os comprendo bien; se os acaba de dar un poder formidable; ha llegado nuestra hora... y sin embargo, vaciláis.

—Creo que estamos en los momentos de mayor peligro, doña Clara—dijo el padre Aliaga—; y os engañáis, no vacilo; soy prudente y nada más; ¿creéis que nuestros peligros puedan estar en un ropavejero y en una comedianta?

—Ellos pueden difamar á su majestad.

—Si esos miserables pueden, de seguro hay personas más altas que pueden más que ellos, y con prender á esos ruines, no haremos más que dar un aviso á gentes á quienes debemos tener hasta cierto punto confiadas.

—No soy de la misma opinión que vos; cuando hay un incendio, antes de todo, se corta para que no se propague.

—¿Y sabéis, doña Clara, si tenemos fuerzas bastantes?

—Dios, de seguro, nos ayudará.

—Dios, en sus altos juicios, permite el martirio de los inocentes—dijo profundamente el padre Aliaga—; somos muy pocos los leales; muy pocos los que servimos como Dios manda á nuestros reyes... luchamos y lucharemos... si caemos en la lucha, habremos caído cumpliendo con nuestro deber. Pero aprovechemos el tiempo, señora; ¿qué pasa en palacio? Cuando yo vine esta mañana, encontré grandes novedades; el rey y la reina se habían reconciliado; su majestad estaba contenta...

—Y el tío Manolillo más provocativo que nunca.

—¡Oh! ¡no comprendo á ese hombre!

—¡Oh! ¡juro á Dios—dijo doña Clara, que no había olvidado la entrevista de aquella mañana con el bufón—que yo conoceré á ese hombre!

—Paréceme, sin embargo, que tiene un buen fondo.

—¿Y quién sabe lo que hay en el fondo del alma de ese hombre?

—Pues creo que le debemos mucho; el rey me ha hablado de ciertas comunicaciones secretas...

—En efecto; el tío Manolillo conocía el secreto de esas comunicaciones.

—Se le debe, pues, el que se hayan visto sus majestades y el que la reina haya influído sobre el rey.

—En esto han andado otras dos personas.

—Sí; un hidalgo que ha llegado á Madrid, á quien conoce su majestad la reina—dijo el padre Aliaga con el acento más reposado del mundo, aunque sentía una ansiedad cruel por oír la contestación de doña Clara.

—La reina no conoce á ese caballero—dijo la joven.