CAPÍTULO XXXVIII
DE LO QUE VIÓ Y DE LO QUE NO VIÓ EL TÍO MANOLILLO, SIGUIENDO Á LOS QUE SEGUÍAN AL COCINERO MAYOR
Muy pronto el bufón del rey se convenció de que su papel estaba reducido, en la aventura que corría, al de un simple testigo.
Seis hombres, á la larga separados y con gran recato, seguían al cocinero mayor, á los dos hombres que conducían el pesado bulto, y á los dos soldados de la guardia española que le escoltaban.
El tío Manolillo, de todos aquellos hombres que seguía, sólo veía al último, y aun á larga distancia, para no ser reconocido.
Favorecíale la obscuridad de la noche, el ruido sordo y continuo de la lluvia que no cesaba, y lo desierto de las calles.
Porque entonces no había serenos, ni vigilantes nocturnos, ni nada que los reemplazase, á excepción de las rondas de los alcaldes, que en atención á lo crudo y lluvioso de la noche, no se encontraban en todo Madrid para un remedio.
El hombre á quien, como al extremo de una cola, seguía el bufón, recorrió parte de la calle del Arenal, la de las Fuentes, atravesó la Mayor, la plaza Mayor luego, y por la calle de Toledo, torció hacia Puerta Cerrada; pero de repente se detuvo: á la luz del farol de una imagen puesta en una esquina, le vió el bufón desnudar la espada y partir luego á la carrera hacia la Cava Baja de San Miguel, donde un momento antes habían sonado voces de ¡ladrones! y poco después ruido de espadas.
El bufón desnudó su puñal y corrió también, pero cuando llegaba á la Cava Baja se encontró con que el ruido de las cuchilladas había cesado, y en su lugar se escuchaban á un tiempo grandes carcajadas y la voz trémula, turbada, del cocinero mayor, que decía:
—¡Ah, señor! ¡señor! ¡me habéis salvado y os habéis salvado á vos mismo!
—¿Qué dice ese imbécil?—exclamó el bufón—; indudablemente los buenos mozos del señor sargento mayor han sido zurrados bravamente; pero escuchemos.
—¿Qué habláis de señor, mi querido tío?—dijo Juan Montiño riendo—; el miedo os ha turbado la vista, y no me conocéis.
—Sí; sí, señor, os conozco, os conozco demasiado—, dijo Francisco Montiño—; pero veamos de ir á cualquier parte, donde yo pueda recobrarme y revelaros un secreto.
—¡Ta! ¡ta! ¡ta!—dijo el bufón, mientras Juan Montiño, el alférez Saltillo, Velludo, el cocinero mayor, los hombres que conducían el bulto y los dos soldados de la guardia española, entraban en la hostería de donde habían salido los tres jóvenes—; mucho será que el misterio de ese nacimiento no se aclare esta noche para el señor don Juan Girón y Velasco. ¡Pobre Dorotea! todo la viene mal: el don Juan, al saber quién es, puede suceder que la desprecie. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡hay criaturas que nacen maldecidas!
Y el bufón guardó silencio, adelantó á lo largo de la obscura y desierta calle, se detuvo delante de la hostería, se acurrucó en el vano de una puerta y frente á ella esperó.
Dentro de la hostería, en el primer aposento, en la sala común, sentados á una mesa y esperando con semblante alegre una cena, estaban dos lacayos de la casa real, á juzgar por su librea, y los dos soldados de la guardia española.
—¿Sabes, Perico, que el tal cofre pesaba como una bendición, y que tengo los brazos dormidos?—dijo un lacayo al otro.
—Debe estar lleno de oro para pesar tanto—contestó el otro lacayo.
—Indudablemente—dijo un soldado—, mucho debía valer cuando querían aliviaros del peso.
—Y á no ser por los tres hidalgos que salieron de la hostería—dijo el otro soldado—, no sé lo que hubiera sucedido; yo creo que eran más de veinte los que nos acometían.
—No eran sino seis—dijo el otro soldado—; el miedo te ha hecho la vista de aumento, Dieguillo.
—¡Qué miedo ni qué berenjenas!—dijo el otro picado—; consistirá en que me han metido un latigazo sobre el sombrero que me hizo ver estrellas, y que si no se le tuerce la mano al que me lo dió, me raja como una zanahoria, y me ha levantado un chichón—, dijo el soldado quitándose el sombrero y tentándose la parte superior de la cabeza.
—Pues no—repuso el otro soldado—; el hidalgo á quien después del lance llamaba señor el señor Francisco Montiño, es un hombre de provecho; no tiraba más que estocadas, lo vi bien, y se los llevaba delante que era una alegría verlo. Y él llamó su tío al señor Francisco; ¿qué será eso?
—Sea lo que fuere, y ya que la cena que nos regalan viene, á cenar y á beber, á ver si comiendo y bebiendo se me aplaca el dolor del cintarazo—dijo el otro soldado.
—Vamos, buenos mozos—dijo uno de la hostería que traía sobre las dos manos una enorme cazuela—; aquí tenéis tres conejos en vinagrillo con sus correspondientes cabezas, y voy á traeros, según orden superior, ocho botellas de vino que hace seis años que está á obscuras.
—¿Con vinagre son los conejos?—dijo un soldado—, pues gracias á que nosotros somos gentes de buenas tragaderas, pero cuida que lo del vinagre no entre en parte con el vino.
Tinto de Valdepeñas voy á traeros, que no lo bebe mejor ni aun tan bueno el papa.
—Tienes razón, porque el papa lo bebe de otra parte.
Pero pasemos adelante.
En una habitación del piso alto estaban el alférez Saltillo y Velludo.
Inesilla les servía.
El alférez devoraba con los dientes una pechuga de perdiz, y con los ojos el redondo cuello y el alto seno de la muchacha, soltando uno que otro guiño y una que otra frase que la joven recibía sonriéndose.
—¿Y qué decís de esto?—dijo entre un bocado, un guiño y una galantería soldadesca á la muchacha el alférez.
—¿De qué queréis que diga?—contestó Velludo—; ¿de esta buena moza, de estas perdices, ó de vos?
—No por cierto; de lo que acaba de suceder.
—Ello dirá.
—Por lo pronto—exclamó el alférez—, ha acabado de maravillarme nuestro nuevo amigo, ¿sabéis que hace cosas que no las creyera si no las viese? ¡Ira de Dios y qué modo de tener la punta de la espada en todas partes, y de tener siempre las paradas donde hacía falta! ¡y cortas, vive Dios! ¡paradas de valiente!
—Es mucho mozo.
—Pero esta chica es mejor moza.
—¡Ah! ¡os gusta á vos también, señor Velludo! Muchacha, trae dados.
La joven salió y volvió con un cajoncillo en que había dos dados y un cubilete, los puso sobre la mesa y esperó con una inquietud de cierto género.
Amigo Velludo, como nosotros somos dos, la jugaremos.
—¡Jugarme! ¿y quién os ha dicho que yo quiero que me juguéis?
—Vamos, pues tú puedes evitar que lo echemos á la suerte—dijo el alférez—; ¿cuál de nosotros dos te gusta más?
—Ninguno—dijo la muchacha.
—¡Ah! pues entonces jugaremos.
—¿Y qué vamos á jugar?
—El derecho exclusivo de hacerla el amor, y el regalo para que se ablande.
—Vaya, vuesas mercedes están muy divertidos—dijo la muchacha poniéndose encendida como una amapola.
—¡Ah!—dijo el alférez—, ¿todavía tienes vergüenza? cosa rara estando sirviendo en esta casa y siendo tan bonita.
—¿Quieren vuesas mercedes algo más que les sirva?
—Nada más.
—Pues que Dios guarde á vuesas mercedes.
Y la muchacha salió.
—Amigo Velludo, no juguemos—dijo el alférez.
—¿Por qué?
—Esta muchacha es honrada y quería bendiciones.
—Bendígala Dios, y paso.
—Hablemos de nuestro amigo, ya que hemos quedado solos.
Y se pusieron á charlar y á aventurar deducciones.
En otro aposento cerrado, dentro de otro aposento cerrado también, en un lugar en donde de nadie podían ser oídos, estaban mano á mano, sentados en una mesa, Juan Montiño y su supuesto tío.
—Sobre aquella mesa, en vez de manjares, había un cofre de hierro, como de pie y medio de largo, y un pie de alto y ancho.
A pesar de que el tiempo no era caluroso, el cocinero mayor sudaba hilo á hilo.
Estaba jadeante, pálido, desencajados los ojos, tembloroso.
Juan le miraba con sumo interés; más que con interés, con cuidado.
Temía que Montiño se hubiese vuelto loco.
—¿Pero qué os sucede, tío?
—En primer lugar—dijo el cocinero mayor—, no me llaméis tío: yo no lo puedo consentir: he obedecido y he callado; pero me falta ya la resistencia á fuerza de desgracias y no me callo ni obedezco más. Yo no soy vuestro tío.
—¿Qué estáis diciendo?
—La verdad.
—Pues si no sois mi tío, no sois hermano de mi padre.
—Justamente, porque vuestro padre no es mi hermano: ¡oh! ¡si lo fuese!
—Pero entonces vos no sois Montiño.
—Al contrario, vos sois el que no lo sois.
—¿Yo?
—Vos; vuestro padre es algo más ilustre: ¿qué digo? vuestro padre es, después del rey, el más grande de España.
Miró profundamente el joven al cocinero, temeroso de si éste tenía ó no cabal el juicio, y dijo:
—¿Y quién es esa noble persona?
—Aquí en este cofre debe decirlo.
—¿Pero vos no lo sabéis?
—El cofre lo dirá; abrámosle: así como así iban á abrirle á la fuerza: vos sois á quien lo que este cofre contiene interesa más, y aunque todavía no habéis cumplido los veinte y cinco años, no importa: no callo más, no puedo ya con este secreto, harto tengo con lo mío... pero es el caso que yo no tengo la llave. Lo romperemos.
Entonces Juan vió el papel que estaba pegado y sellado sobre la cerradura, y leyó en él en letras gordas lo siguiente:
«Yo, Gabriel Pérez, escribano público de la villa de Navalcarnero, doy fe y testimonio de cómo el señor Jerónimo Martínez Montiño recibió cerrado y sellado como se encuentra este cofre.»
Y por bajo de estas palabras se veía la fecha y el signo y la firma del escribano.
—Pero no podemos abrir este cofre—dijo el joven.
—Si no le abrís vos, le abrirá la Inquisición.
—¡Ah!
Francisco Montiño desnudó su daga, despegó de un solo corte y de una manera nerviosa el papel.
Debajo de él, en un rebajo del arca, encontró una llave.
—¡Ah! todo estaba previsto—dijo el cocinero del rey—. Abramos.
—A vos dejo la responsabilidad de este hecho—dijo Juan.
El cocinero abrió con mano trémula el cofre.
Apareció primero un paño de seda azul.
Levantado aquel paño aparecieron algunos papeles.
Levantados aquellos papeles, quedaron largos rollos empapelados.
Sacado un rollo y abierto, se vió que le formaban relucientes doblones de á ocho.
Contados los doblones resultó que el rollo contenía cincuenta.
Contados los rollos, eran cuarenta.
Es decir, que la caja contenía dos mil doblones.
Sacados los rollos, se encontró un nuevo paño de seda azul.
Levantado el paño, se hallaron veinte cajas forradas de terciopelo.
Abiertas éstas, se halló un riquísimo y completo aderezo de dama, de perlas preciosas, y multitud de alhajas de hombre; joyeles para el sombrero, herretes para la ropilla, sartas de perlas para las cuchilladas, rosetas para los talabartes, cadenas, sortijas, una placa de Santiago, una empuñadura de espada de corte, desarmada, y conteras para la misma; todo de oro y pedrería, y de pedrería de gran valor.
A la vista de aquel tesoro, relucieron los ojos del cocinero mayor, le acometió un vértigo, y se asió á la mesa con ambas manos para no caer.
—¡Oh! ¡si todo esto fuera mío!—exclamó olvidado de que le escuchaba el joven.
Este por su parte no le oyó, porque su interés estaba vivamente excitado.
Pero en la expresión de su semblante se comprendía que no era la codicia la causa de aquel interés.
—Veamos esos papeles—dijo Juan—ya que habéis abierto ese cofre, á fin de que sepamos á quién pertenece esto.
—Sí, veámoslo, señor, veámoslo—dijo maquinalmente el cocinero mayor.
Cortó Montiño las cintas que ataban los papeles, y cayeron sobre la mesa.
Tomó uno á la ventura y leyó:
Era una partida de bautismo librada por Pedro Martínez Montiño y testimoniada por el escribano Gabriel Pérez.
La partida de bautismo de don Juan Téllez Girón, hijo natural del excelentísimo señor duque de Osuna, y de una principalísima dama, cuyo nombre, según decía la partida, se ocultaba por la honra de la misma dama.
Juan apartó aquel papel y tomó otro.
En él el duque de Osuna, de su propio puño y letra, declaraba ser hijo suyo natural, el conocido por hijo del capitán inválido de infantería española Jerónimo Martínez Montiño, conocido bajo el nombre de Juan Montiño; le reconocía públicamente, le daba su apellido y los derechos que como á tal hijo natural suyo le correspondiesen; firmaban como testigos Jerónimo Martínez Montiño y un Diego Salgado, ayuda de cámara del duque. El escribano Gabriel Pérez, testimoniaba la legitimidad de estas firmas.
Había otros cuatro papeles que eran otras tantas escrituras públicas de bienes libres del duque, consistentes en dehesas, tierras y molinos, con una renta de cien mil ducados, cedidas por el duque como patrimonio á su hijo don Juan Girón.
Otro papel, era una cédula de gracia del hábito de Santiago desde su nacimiento, dada por el rey don Felipe II, por los grandes servicios del duque de Osuna, para su hijo natural don Juan Girón, de cuya gracia podía gozar desde su nacimiento.
El último papel era una carta del duque para su hijo.
El contexto de aquella carta era solemne.
Decía así:
«En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu-Santo. Don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, marqués de Peñafiel, conde de Ureña, á su hijo natural, don Juan Girón.
»Hijo mío:
»Cuando esta carta leyéreis, ó habré yo muerto, ó habréis cumplido vos los veinticinco años, y estaré satisfecho de vos y seguro de que podéis llevar sin mancharle mi apellido.
»Un amor incontrastable, y una ocasión desgraciada para vuestra noble madre, y aprovechada por mí, no sé si con harta locura, son la causa de vuestro nacimiento.
»No dudéis de vuestra madre; ni aun siquiera sabe quién es vuestro padre, ni el lugar en donde os ha dado á luz. Sin embargo, por un aviso secreto, sabiendo que existís, vuestra buena madre os ha legado un magnífico aderezo que vale muchos cuentos de maravedises, para vuestra esposa cuando os caséis. De la misma manera secreta, y sin darme yo á conocer de ella, la he jurado por mi fe de caballero no revelar á nadie, ni á vos mismo, que sois su hijo, su nombre. Guardo, pues, el secreto. Pero como viviréis en la corte, si os casáis, vuestra madre podrá reconoceros, ya que no pueda por vuestro nombre, en la primera ocasión en que presentéis en la corte á vuestra esposa prendida con ese aderezo, si es que vuestra madre no ha muerto cuando vos os caséis.
»Al reconoceros, al daros lo bastante para que un noble pueda vivir en la corte de sus reyes como conviene á su nombre, he cumplido con Dios, con mi corazón y con mi honra. Un Girón, por más que sea bastardo, no puede llevar sino como antifaz, y durante cierto tiempo, un apellido ajeno por noble que sea. Escribo esta carta con las lágrimas en los ojos; acabáis de nacer y lloráis junto á mi. No os recojo, no os tengo á mi lado, porque quiero qué el orgullo de ser mi hijo no os haga mal criado. Quiero que viváis en una esfera humilde, que os criéis, si no en la desgracia, en una pobreza honrada. Quiero, en fin, haceros bueno y leal, y sabio y valiente. Quiero... todo lo que un padre quiere para el hijo de la mujer que ha amado como yo amo á vuestra madre. Espero en Dios que mis propósitos se cumplirán, y que Dios me dará vida para abrazaros.
»Como podrá suceder que por una infidelidad de las gentes que se han encargado de vos, aunque no lo espero, ó por otro acaso cualquiera, sepáis el secreto de vuestro nacimiento, es mi voluntad que entréis desde tal punto en el goce de cuanto os doy; pero si yo vivo, venid sin perder tiempo á buscarme, ó de no poderlo hacer, escribidme.
»Creo que baste con lo que os digo.
»Que vuestra suerte no os ensoberbezca, seguid siendo siempre bueno y leal y recibid la bendición de vuestro padre,
»El duque de Osuna, conde de Ureña.»
—¿Comprendéis ahora por qué os llamaba señor?—dijo todo trémulo Francisco Martínez Montiño.
Don Juan Girón (y le llamaremos así en adelante), no contestó.
En vez de mostrarse alegre se mostraba contrariado, y se veía temblar la cólera bajo su semblante.
Recogió los papeles, los guardó cuidadosamente en lo interior de su ropilla y en sus bolsillos el aderezo de su madre.
Luego dijo levantando los ojos hacia el cocinero mayor:
—Señor Francisco Montiño, me pesa mucho el no poder seguir llamándoos tío; pero no lo sois y me veo obligado á tener paciencia.
—¡Obligado á tener paciencia, Dios de bondad, y os encontráis casi un príncipe!
—Hacedme la merced de meter eso otra vez en ese cofre, de cerrarlo y de llevároslo.
—¿Y si me lo roban, señor?
—¡Eh! ¡Si os lo roban, qué importa! ¡Adiós!
—Pero...
—Adiós, ya os veré.
Y don Juan salió.
—¡Pero está loco, Dios mío!—dijo el cocinero mayor guardando todo aquello con precipitación, como si hubiera temido que se lo robasen las paredes—. ¡Y marcharse sin que yo haya podido decirle el apuro en que me encuentro con el inquisidor general... mis negros, mis terribles apuros! ¡Vive Dios que se conoce en él la sangre de los Girones!... Y al fin me servirá de mucho... me vengará ahora mucho mejor que antes, porque al fin él me ha dicho que siente mucho no poder seguir llamándome su tío. Me parece que puedo dejar esperar sin peligro al inquisidor general.
Entre tanto el cocinero mayor había metido en el cofre su contenido, le había cerrado y metióse cuidadosamente la llave en el bolsillo.
—¡Eh, hostelero!—dijo llamando; y cuando apareció éste añadió—: decid á los dos lacayos y á los dos soldados que están abajo que suban.
Cuando hubieron subido, el cocinero hizo cargar de nuevo á los lacayos con el cofre y salió.
Al llegar á la puerta, el hostelero le dijo con la gorra en la mano:
—¿Y el gasto, señor?
—¡Cómo! ¿No han pagado?—dijo el cocinero deteniéndose con sobresalto.
—Esos caballeros se han marchado sin pedirme la cuenta, y como arriba quedábais vos...
—¿Y cuánto es la cuenta?—dijo todo turbado el señor Francisco.
—Quince ducados, señor.
—¡Quince ducados!—exclamó Francisco Montiño, metiéndose en un regateo que en aquellas circunstancias era un rasgo determinante del miserabilísimo carácter del cocinero—; ¿pues cuántas gentes han comido y bebido?
—Dos hidalgos, señor, cuatro criados...
—Basta... basta—dijo el cocinero sacando de una manera nerviosa un bolsillo de los gregüescos—; tomad y adiós. Con muchas cuentas como ésta os ponéis rico.
—Vaya en paz vuesa merced—dijo socarronamente al cocinero mayor.
—¡A palacio!—dijo Montiño á los suyos.
Y se puso en marcha delante de ellos.
CAPÍTULO XXXIX
DE CÓMO QUEVEDO CONOCIÓ PRÁCTICAMENTE LA VERDAD DEL REFRÁN: EL QUE ESPERA DESESPERA
Cuando don Juan Girón se encontró en la calle con sus dos nuevos amigos, se apresuró á despedirse de ellos, citándoles para el día siguiente, y alegando un pretexto tomó á la ventura por la primera calle que encontró á mano.
El joven estaba aturdido.
No de orgullo, sino por el contrario, de abatimiento.
El hubiera preferido una condición humilde, afanosa, con padres legítimos, á la riqueza y á la consideración que le daba la circunstancia de ser hijo bastardo reconocido de aquel poderoso magnate, á quien llamaban por excelencia el gran duque de Osuna, conde de Ureña.
Le pesaban en los bolsillos las joyas que había encontrado en el cofre; sentía sobre su pecho los papeles que acreditaban su nacimiento; y aquellas joyas y aquellos papeles le abrumaban.
Indudablemente era harto raro el modo de pensar del joven, en una época en que abundaban los bastardos reconocidos y respetados, porque en aquel tiempo eran otras las costumbres.
Estaban en tal predicamento, en tal valía la nobleza de algunos apellidos, que honraban á todos los que los llevaban, aunque fuesen judíos convertidos, apadrinados por algún grande.
Pero don Juan se había criado en un pueblo, en medio de los ejemplos de virtud y de dignidad de los que había creído sus parientes, y pensaba de otro modo.
No le afligía el ser bastardo por sí, sino por su madre.
Por su madre, que por más que abonase por su inculpabilidad el duque, estaba acusada delante del mundo por aquel reconocimiento público de su hijo.
Estas y otras muchas afecciones mortificaban al joven, y entre ellas no era la menor, la de que, á su juicio, su condición social hacía dificilísimo su casamiento con doña Clara Soldevilla.
Porque á pesar de que la Dorotea le había fascinado, y empeñádole como una dificultad, la Dorotea sólo llenaba el deseo del joven, mientras doña Clara interesaba sus sentidos, su razón, su corazón, su vida; en una palabra, su cuerpo y su alma.
Don Juan sufría de una manera intensa; se encontraba entre dos mujeres: á la una le arrastraba todo, á la otra su deseo y su caridad.
Su caridad, porque había comprendido que Dorotea le amaba, á pesar del poco tiempo que había pasado desde su conocimiento, de una manera que no podía explicarse sino por otro hecho también excepcional: por el amor violento que el joven había concebido por doña Clara.
Es verdad que don Juan había supuesto de la hermosa menina menos de lo que ella era, ya se tratase de hermosura de cuerpo, ó de hermosura de alma; de ternura hacia el ser que tuviera la fortuna de ser amado por ella, de tesoros de pureza reservados para aquel hombre; don Juan se había enamorado de sus suposiciones, y de ver que sus suposiciones habían sido mezquinas, debía enamorarse todo cuanto su alma era capaz de amar, que lo era hasta lo infinito; don Juan, pues, moría pensando en doña Clara, sufría recordando á la Dorotea.
Poema tranquilo y dulce la una; poema sombrío y desgarrador la otra; dos grandes mujeres, consideradas en cuanto al corazón, pero puestas en condiciones enteramente distintas: la una, altiva con su dignidad de mujer y de nobleza de raza; la otra, humilde, paciente, devorando en silencio las contrariedades de su nacimiento y de su vida; las dos hermosas, espirituales, codiciadas, celebradas; las dos hablando con lenguaje tentador, elocuente, al joven.
Don Juan, pues, tenía fiebre.
Pero enérgico, valiente, acostumbrado á acometer de frente las contrariedades vulgares que hasta entonces había experimentado, acometió de frente la dificultad excepcional en que se encontraba metido, y dijo para sí:
—El ser yo hijo de Osuna, ya no tiene remedio; en cuanto á doña Clara, será mi esposa, porque lo quiero; Dorotea... Dorotea será mi hermana.
Otro hombre hubiera dicho, frotándose las manos de alegría:
—Bastardo ó no, soy hijo de un gran señor, y tengo una gran renta; las dos célebres hermosuras de la corte y del teatro me aman; la una será mi mujer, la otra será mi querida.
Por el contrario, don Juan, con arreglo á su corazón, sin meditar, porque no tenía experiencia, que con las mujeres no hay términos medios posibles, había creído salir del atolladero con una hipótesis que, á realizarse, satisfacía á su corazón y á su conciencia.
Y más tranquilo ya, se orientó, tomó por punto de partida la calle Mayor, y sin vacilar ya, se dirigió á la calle Ancha de San Bernardo, y á la casa de la Dorotea.
Al llegar á la puerta retrocedió.
Un bulto se había enderezado y permanecido inmóvil delante de él.
—¡Quién va!—dijo don Juan poniendo mano á su espada.
—Decid más bien: ¿quién espera, quién se desespera, quién tirita, quién se remoja, quién está en batalla descomunal con el sueño, esperando á un trasnochador insufrible? ¡Cuerpo de mi abuela, que bien son ya las dos de la mañana!
—¡Don Francisco!—exclamó admirado el joven—; ¿qué hacéis aquí?
—Esperar para deshacer.
—¿Para deshacer qué?
—Enredos y dificultades; cuando mi duque de Osuna me escribió que viniese á la corte en busca vuestra, no sabía yo el trabajo que habíais de darme, ni verme metido en tales laberintos, como en los que por vos estoy, sin corazón y sin cabeza, sin cuerpo y sin alma.
—¡Vos!
—Sin cuerpo, porque tal como lo tengo de aporreado me aprovecha, y sin alma, porque la tengo trastornada y revuelta, y andando en cien lugares y no sabiendo dónde pararse.
—¡Ah, esperábais!
—Sí, señor, y había perdido la esperanza, amigo Montiño.
—No volváis á llamarme Montiño, os lo ruego, don Francisco; ese apellido me hace daño.
—¡Ah! ¿Ha reventado del secreto vuestro tío?—dijo Quevedo con intención.
—El cocinero del rey, por una casualidad, ha venido á parar á mis manos con un cofre, y en ese cofre...
—Pues me alegro ¡vive Dios! Alégrome de que sepáis... pero, en fin, ¿qué es lo que sabéis?
—Llevo conmigo mi partida de bautismo, unas escrituras, por las que el duque de Osuna me hace rico, y una carta de mi padre.
—Pero, ¿quién es vuestro padre?
—El excelentísimo señor don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, marqués de Peñafiel, conde de Ureña, virrey de Nápoles, y capitán general de los ejércitos de su majestad—dijo con amargura el joven.
—¿Y os pesa de ello, don Juan?—dijo Quevedo cambiando de tono.
—Pésame por mi madre.
—¿Sabéis quién es vuestra madre?
—No; ¿y vos?
—Tampoco—contestó prudentemente Quevedo.
—Pero, ¿sabíais que el señor duque?...
—Sí, por cierto; su excelencia se ha levantado para mí la mitad de la carátula.
—¿Y qué hacer?
—Decir á voces, para que todo el mundo lo oiga: yo soy don Juan Téllez Girón, hijo del grande Osuna... pero por lo pronto hay que hacer otra cosa: recibir esta carta que vos no esperábais.
—¿Acaso una carta de mi padre?
—De persona es esta carta que os alegrará, cuando el duque, por ser vuestro padre y por pensar como pensáis, os entristece.
—Pero, ¿de quién es?
—Oledlo, y ver si trasciende á hermosura, y á amor, y á gloria para vos, que, como sois joven, buscáis la gloria en una mujer.
—¡De doña Clara!—exclamó alentando apenas el joven.
—¡Ah, pobre Dorotea!—dijo Quevedo—; su hermosura y su amor, á pesar de ser tan peligroso, no ha podido haceros olvidar á la hermosa menina. Quisiera que doña Clara oyese, tiene celos.
—¡Celos!
—Como que ama.
—¿Y os ha dado esta carta para mí?
—Mirad á lo que por vos me reduzco.
—¡Ah! Dios os premie, don Francisco, la ventura que me dais; pero agonizo de impaciencia.
—¿Por leer? Pues leamos.
—¿A obscuras? ¡Maldiga Dios la noche!
—Y bendiga los farolillos de las imágenes callejeras; á la vuelta de la esquina hay uno, á cuya luz, si le han alimentado bien, podréis salir de ansias.
Don Juan tomó adelante hacia la vuelta de la esquina, y de tal modo, que Quevedo, que no podía ir ligero, se quedó atrás.
—De todas las necesidades que hacen andar más de prisa á un hijo de Eva—dijo—no conozco otra como la mujer.
Y siguió á paso lento.
Entretanto don Juan había doblado la esquina.
Efectivamente, alumbrando, aunque á media luz, á una virgen de los Dolores embutida en su nicho, había un farol.
Don Juan tenía una vista excelente, y, gracias á ella, pudo leer lo que sigue en la carta de doña Clara:
«Os espero, os espero, no podré deciros con cuánta impaciencia; nunca he ansiado tanto, estoy resuelta á esperaros toda la noche. Venid en cuanto recibáis ésta á palacio por el postigo de los Infantes. Si don Francisco de Quevedo no pudiera acompañaros como se lo he rogado, llamad al postigo, dad por seña: el capitán Juan Montiño, y el postigo se abrirá y una doncella mía os traerá á mi aposento; romped ó quemad esta carta y venid, venid que os espero ansiosa.—Doña Clara Soldevilla.»
El joven sintió lo que nosotros no nos atrevemos á describir por temor de que nuestra descripción sea insuficiente; era aquella una de esas agudas sorpresas, que trastornan, aplanan, por decirlo así, causan una revolución poderosa en quien las experimenta.
Don Juan vaciló, y para sostenerse apoyó sus manos y su frente en la repisa de piedra del nicho de la imagen.
Llegó Quevedo, se detuvo y contempló profundamente al joven.
—¡Si las tormentas no se calmarán al fin...!—dijo—. ¡Como su padre! ¡son mucho, mucho hombres estos Girones! ¡ó muy poco! ¿quién sabe? Y hace frío y llueve. ¡Don Juan!
El joven se levantó de sobre la repisa aturdido.
—Paréceme que os esperan, y que os espera alguna persona á quien no debéis hacer esperar... y acaso... acaso os esperan muy altas personas.
—Vamos—dijo el joven.
Y tiró adelante.
—No es por ahí—dijo Quevedo.
—Pues guiadme vos.
—Y vos llevadme, si hemos de andar de prisa.
Y Quevedo se asió al brazo de don Juan, y en silencio entrambos, porque el joven estaba más para pensar que para hablar, y Quevedo más que para andar y hablar para dormir, tomaron el camino del alcázar.
Don Francisco se fué derecho, como quien tanto conocía el alcázar, al postigo de los Infantes y llamó.
Al primer llamamiento nadie contestó.
—¿Qué es esto?—dijo don Juan—, ¿nos habremos equivocado de puerta ó se habrá arrepentido doña Clara?
—No; sino que aquí también hace sueño, ¡ya se ve! ¡es tan tarde!
Y Quevedo bostezó y llamó por segunda vez.
—¿Quién llama?—dijo tras el postigo una soñolienta voz de mujer.
—¿No os lo dije? dormían—contestó Quevedo—; ¿pero qué hacéis que no contestáis?
—¿Quién es?—dijo la voz de adentro más despierta.
—El capitán Juan Montiño—contestó don Juan.
Rechinaron los cerrojos del postigo, que se abrió á medias.
—Entrad—dijo la mujer.
Y cuando don Juan hubo entrado, el postigo volvió á cerrarse.
—Esperad—dijo Quevedo conteniendo con la mano el postigo—; aún queda uno, digo, si no es que yo sobro, que me alegraría.
—¿Sois don Francisco de Quevedo y Villegas?
—Créolo así.
—Entrad, pues, y en entrando oíd lo que habéis de hacer—dijo la joven, que joven era á juzgar por la voz la que hablaba, y cerró la puerta quedando los tres en un espacio obscuro.
—¿Os han dado algún mandato para mí?—dijo Quevedo.
—Mi señora me ha dicho que su majestad os está esperando, que vayáis á su cuarto y os hagáis anunciar por la servidumbre.
—De las dos majestades, ¿cuál me espera?
—Su majestad el rey.
—¡Ah! pues corro—dijo Quevedo permitiéndose una licenciosa suposición de ligereza.
—¿Sabéis el camino?
—Aprendíle ha rato.
—Pues id con Dios.
—Guárdeos él y á vos, amigo don Juan.
—¡Ah! don Francisco, esta es la primera aventura que me hace temblar.
—No digáis eso, que al conoceros medroso, pudiera tener miedo vuestra guía y equivocar el camino. Tengo para mí que os deben llevar por la derecha.
—Y vos debéis iros por la izquierda—dijo la mujer.
—Bien me lo sé.
—Adiós.
—Adiós.
Y se oyeron los tardos pasos de Quevedo que se alejaba.
—¿Dónde estáis, caballero?—dijo la joven que había abierto el postigo.
—Junto á vos, á lo que parece—contestó don Juan.
—Dadme la mano que os guíe.
Diósela el joven, y por su tacto, ni áspero ni suave, comprendió que se trataba de una medio criada, medio doncella.
Llevóle ésta por unas escaleras, luego por una galería, y al fin se detuvo, sonó una llave en una cerradura, se abrió una puerta, se vió al fondo de su habitación el reflejo de la luz que alumbraba á otra, y la sirviente dijo al joven:
—Pasad, en su cámara encontraréis á mi señora.
Adelantó temblando el mancebo, combatido por la duda y por la impaciencia, que nunca es mayor que cuando estamos próximos á tocar un objeto ansiado, y entró en la habitación de donde salía el reflejo de la luz.
CAPÍTULO XL.
DE CÓMO EL NOBLE BASTARDO SE CREYÓ PRESA DE UN SUEÑO
De pie, inmóvil, apoyada una mano en una mesa, encendida, trémula, con la mirada vaga, estaba doña Clara, alumbrada de lleno por la luz de un velón de cuatro mecheros.
Don Juan no pasó de la puerta.
Al verla se quedó tan inmóvil como ella.
Durante algún tiempo ninguno de los jóvenes pronunció una sola palabra.
Doña Clara miraba de una manera singular á don Juan.
Don Juan estaba mudo de admiración, dominado por la magia que se desprendía de doña Clara y con la vista fija en ella.
Estaba maravillosamente vestida.
Un traje de terciopelo blanco de Utrech con bordaduras de oro y cuchilladas de raso blanco, realzaba la majestad y la belleza de las formas, lo arrogante de la actitud, que constituían el ser de doña Clara, en un indefinible conjunto de distinción y de hermosura.
Estaba hechiceramente peinada, ceñía su cabeza una corona de flores de oro esmaltadas de blanco, y de esta corona pendía un velo de gasa de plata y seda.
Inútil es decir que á este bello traje, servían de complemento bellas y ricas alhajas. No podía darse nada más hermoso, más completamente hermoso.
—Acercáos—dijo con acento dulce doña Clara.
—¿Para qué me habéis llamado?—exclamó el joven con afán acercándose.
—Decidme primero lo que habéis pensado de mí al leer la carta que os he enviado con don Francisco.
—He creído... no he creído nada, porque vuestra carta me ha aturdido. ¿No le veis, señora? ¿No conocéis que estoy muriendo?
—Domináos, reflexionad y decídmelo: ¿qué pensáis de esta extraña cita?
—Pienso, señora, que sabéis bien que mi vida es vuestra, y no sólo mi vida, sino mi alma, y que si me habéis llamado, es á causa sin duda de hallaros en un grande compromiso.
—Tenéis razón: en un compromiso harto grave. Me caso.
—¡Que os casáis!
—Sí por cierto, y voy á mostraros la causa por qué me caso.
Don Juan no contestó, porque se le había echado un nudo á la garganta.
Doña Clara, entre tanto, había tomado de sobre la mesa un objeto envuelto por un papel y le desenvolvió lentamente.
El joven vió un magnífico rizo de pelo negro, sujeto por un no menos magnífico lazo de brillantes.
—He aquí lo que me casa con vos—dijo doña Clara con la voz firme y lenta, aunque grave.
—¡Conmigo! ¡os casaréis conmigo!—exclamó el joven con una explosión de alegría—; ¡yo!... ¡yo vuestro esposo!... ¡yo poseedor de vuestra alma, de vuestra hermosura!... ¡esto... esto es un sueño!
Y don Juan retrocedió, y por fortuna encontró un sillón en el que se dejó caer.
Estaba pálido como un difunto, temblaba, miraba de una manera ansiosa á doña Clara.
De repente se levantó, asió una mano á doña Clara, la estrechó contra su corazón y exclamó:
—Explicadme, señora, explicadme este misterio que me vuelve loco.
—Cuando seáis mi esposo.
—Pero eso será pronto...
—¿No me veis vestida de boda? la corona nupcial de mi madre, las joyas que llevó en una ocasión semejante, me adornan: á falta de traje á propósito la reina me ha regalado éste. Yo quería casarme lisa y llanamente... pero me han mandado ataviarme... me ha sido preciso obedecer: todo se ha reducido á aceptar este traje de su majestad, á abrir el cofre donde conservo las joyas de mi madre y á ponerme en manos de mis doncellas; ya veis que todo esto indica que el casamiento corre prisa: el padre Aliaga alegó no sé qué del concilio de Trento, pero la reina dijo que eso se arreglaría después... de modo, señor, que sus majestades, el inquisidor general y yo, os estamos esperando desde hace tres horas. Sólo falta que vos me digáis si queréis casaros conmigo.
—Vuestra duda es impía, doña Clara: ignoro por qué habéis cambiado vuestros desdenes de anoche.
—Los ha cambiado este rizo.
—Pero ese rizo...
—Es mío.
—¿Y no me diréis más?
—Luego; después de las bendiciones, á solas con vos.
—Doña Clara, yo os amo; sois lo único á que aspiro; ser vuestro y que vos seáis mía, es una gloria que me enloquece... pero noto en vos no sé qué de terrible, de violento. ¿Os obligan á que os caséis conmigo?
—Sí por cierto, me obliga mi corazón.
—¡Vuestro corazón! habéis pronunciado de tal manera esas palabras, que me espantan; no, vos no me amáis...
—¿Quién sabe?
—Si me amárais pronunciaríais ese ¿quién sabe? con menos amargura... ¿qué digo con menos?... lo pronunciaríais con el alma, que asomaría á vuestro acento y á vuestro rostro por más que lo quisiérais ocultar.
—¿Y qué no asoma?
—Despechada y amarga, que enamorada y contenta no.
—¿Pero á qué esta disputa? ¿no queréis casaros conmigo?
—He querido y quiero... pero según os veo... me niego...
—¡Ah, os negáis!
—No quiero ayudar á que os sacrifiquen.
—¡Don Juan!...
—¿Por qué me llamáis don Juan?
—Por... ¡por qué sé yo! ¿pero esto qué importa?
—Mucho... acaso el ser yo sobrino del cocinero del rey...
—Eso no importa nada...
—¿Y si fuera peor? ¿si yo fuera un bastardo?...
—¡Cómo! ¿sabéis?...
—¿Y qué he de saber? ¿que soy hijo del duque?...
—Del gran duque de Osuna, y...
—¿Y de quién? ¿sabéis acaso, señora, el nombre de mi madre como sabéis el de mi padre?
—¡Cómo! ¿no sabéis quién es vuestra madre?...
—No, ¿y vos?
—Tampoco...
—Ayer ni aun el de vuestro padre conocíais.
—Lo he sabido por una casualidad esta noche...
—Yo lo supe ayer...
—¿Quién os lo dijo?...
—Vuestro supuesto tío...
—¡Ah! ¡mi tío... Francisco Montiño os lo dijo!... ¿y á qué propósito?...
—Estamos pasando el tiempo, don Juan... estamos haciendo esperar á sus majestades.
—Un solo momento; leed, y después decidme si os queréis casar conmigo.
Y sacó de su ropilla los papeles; buscó la carta del duque y la dió á doña Clara.
Esta la leyó.
—Me caso con vos—dijo, devolviéndosela.
—Pero esto es cruel... vuestra decisión me espanta.
—¿No me amáis?...—dijo con impaciencia doña Clara...—pues si me amáis ¿á qué esa obstinación?... ¿dudáis acaso de mí?... ¿amáis acaso á otra, á causa de esa facilidad que tenéis de enamoraros en dos minutos?
—Me estáis desgarrando el alma, señora... y... no os comprendo... arrostráis un sacrificio al casaros conmigo... todo lo indica en vos; y cuando quiero salvaros, si es posible, á costa mía de ese sacrificio... ¿me preguntáis no sólo si os amo, sino si amo otra?
—Son las tres de la mañana—dijo doña Clara—y sus majestades esperan; concluyamos ó volvéos libre, ó seguidme.
—Esperad; puesto que vais á ser mi esposa...
—¿Qué?...
—En la carta que habéis leído, se habla de las alhajas de mi madre; aceptadlas como vuestro dote, señora...
Y el joven se metió la mano en el bolsillo.
—Después, muy después—dijo doña Clara—; ahora, puesto que entrambos queremos unirnos, venid.
Y se dirigió á una puerta en paso rápido, poderoso, en que se revelaba la excitación de que estaba poseída.
Don Juan la siguió.
Y dominado por lo extraño, por lo maravilloso, y aun podemos decir por lo terrible de la situación, ni aun se acordó de que iba pobremente vestido, con su sombrero ajado, su capilla parda y sus botas de camino enlodadas hasta las corvas.
Porque todo había variado en el joven; menos el traje, todo.