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El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III cover

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III

Chapter 48: CAPÍTULO XLII
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About This Book

The narrative follows a royal cook whose daily duties embroil him and his circle in a tangle of court intrigues, romantic entanglements, conspiracies, and comic misadventures. Episodic chapters present satirical portraits of nobles, clergy, servants and a sharp-tongued satirist, with clandestine meetings, mistaken identities, arrests and jealousies that escalate from farce to serious consequence. The tone shifts between humor and darker irony as plots multiply, alliances shift, and characters reveal ambition, vanity and vulnerability. The structure stitches short adventures and revelations into a concluding sequence that resolves many strands while reflecting on power, reputation and the hazards of palace life.

Doña Clara Soldevilla.

CAPÍTULO XLI

DE CÓMO QUEVEDO SE QUEDÓ Á SU VEZ SIN ENTENDER AL REY

—Enredo como este, confesad que es mayor que vuestra perspicacia, don Francisco—decía Quevedo, dirigiéndose á obscuras desde la parte baja del palacio al cuarto de Felipe III—. Y eso—añadía—que tenéis una perspicacia que os mata. Que doña Clara se haya enamorado de nuestro hombre, pase, porque yo que no peco por los amores barbados, estóilo de él; que doña Clara se haya valido de mí como de un anzuelo para pescar á su enamorado, cosa es que no espanta á nadie, porque las mujeres se agarran á todo... que se encierre con él... cosa es que de común apesta... pero que me digan: acompáñele vuesa merced; y acompañado que ha sido: vaya vuesa merced á ver al rey, que le espera, á las tres de la mañana, cuando nuestro señor, que Dios guarde, es más dado á dormir que un gusano de seda, dígome que no me entiendo, dóime capote y sigo y prosigo hacia el cuarto de su majestad.

Y seguía don Francisco, pero dando vueltas á su poderosa imaginación.

—¿Qué será, qué no será?... lo que fuere sonará—dijo al fin, cansado de cavilar y entrando en una galería alumbrada, á donde daba la puerta de la primera antecámara del cuarto del rey.

Llegó, habló á un ayuda de cámara y fué introducido hasta el rey, á quien habían despertado para anunciar á Quevedo, y que había vuelto á dormirse.

Es de advertir que el rey estaba en su lecho y convenientemente rebujado.

El ayuda de cámara despertó á su majestad.

—Pronto amanece hoy—dijo el rey.

—Son las tres de la mañana, señor—dijo el ayuda de cámara.

—¡Ah! ¡son las tres de la mañana!—dijo el rey bostezando y poniéndose la mano á manera de pantalla, para mirar á Quevedo, sin que le ofendiese la luz de la lámpara—; ¿quién es ese?—añadió después de haber bostezado otras tres veces y de haber mirado durante tres minutos á Quevedo, que estaba tieso é inmóvil delante del lecho real.

—Es don Francisco de Quevedo y Villegas, señor—dijo el ayuda de cámara.

—¡Ah! pues creo, Dios me perdone, que estamos perseguido por don Francisco.

—Perdóneme vuestra majestad, señor—dijo Quevedo con voz campanuda y vibrante—; yo he sido llamado; que si llamado no fuera, no aportara yo en todos los años de mi vida por vuestra cámara.

—¡Ah! es verdad... ahora recuerdo; sólo que no recuerdo para lo que os he llamado... os necesitaba para algo.

Quevedo no contestó.

—¿Sabéis que tengo frío, don Francisco?—dijo el rey.

—Andan los tiempos muy crudos, señor—contestó Quevedo.

—Efectivamente, han dado en decir de estos tiempos que si son crudos, que si son cocidos. ¿Sabéis si se guisa algo bueno por el alcázar?

—No, señor; no me he dado á lo cocinero, y aunque lo fuese, hace mucho tiempo que el alcázar no es cacerola mía.

—¡Ah! pues en la tal cacerola, hierve por un lado y por otro hiela. Y hace frío, sí, señor, hace frío. Hacedme la merced, don Francisco, de llamar.

Quevedo fué á una puerta y dijo:

—Su majestad llama.

—Oye, Sarmiento—dijo el rey—; ponme detrás dos almohadones, á fin de que pueda recostarme, y el gabán de pieles.

Sirvió el ayuda de cámara al rey y éste le despidió.

Felipe III se quedó sentado en la cama, recostado sobre los almohadones y envuelto en el gabán.

—Os aseguro, don Francisco—dijo el rey bostezando de nuevo y haciendo la señal de la cruz sobre el bostezo—, que estoy pasando una mala noche.

—No la paso yo mejor—dijo Quevedo.

—Vos os divertís; yo me fastidio.

—Pues os doy la diversión por dos blancas.

—Os juro que no puedo dormir.

—Y yo os afirmo, señor, que no puedo acostarme.

—Yo os había llamado para algo.

—Yo creía que para algo era venido.

—Y es que no me acuerdo... ¿podéis vos adivinar?...

—¡Cómo! ¡señor! yo no me atrevo á penetrar en la alta voluntad de un rey tan grande como vuestra majestad—dijo Quevedo inclinándose profundamente.

—Pues mirad, don Francisco, hay ocasiones en que yo tengo que tragarme mi voluntad.

—Y yo con mucha frecuencia las palabras.

—¿Y no se os ocurre para qué os podría necesitar yo?

—Creo que soy demasiado humilde para que haya vuestra majestad necesidad de mí.

—¡Ah! ya recuerdo... recuerdo que tenía que preguntaros algo. ¿No tenéis nada que decirme?

—Que Dios prospere á vuestra majestad, y le dé centuplicados reinos.

—Paréceme que los que tengo me sobran... pero ayudadme, don Francisco.

—¿Y á qué, señor?...

—A que saquemos en claro para qué os he llamado yo.

—¿Apostamos—dijo para sí Quevedo—á que el rey se está vengando de mí por lo de esta mañana? pues aguarda. Yo creo, señor—dijo en voz alta—, que me habéis llamado para entretener la vela; es decir, que me usáis como á libro malo que sólo se busca para llamar al sueño: si quiere vuestra majestad, convertiréme en libro, y contaré á vuestra majestad un cuento.

—No tal, ni por pienso—dijo el rey—, porque vuestros cuentos no los entiendo yo. Hablemos de otra cosa. ¿Qué me decís de vuestro duque de Osuna?

—Que no es mío.

—¡Ah! pues por vuestro os le dan.

—Agradezco la intención, porque indudablemente quieren hacerme un buen regalo.

—¿Está contento con su virreinato de Nápoles?

—Nada debe de dolerle, porque no se queja.

—¿Y vos, estáis contento aquí?

—Según: rabio á ratos, á ratos río, como olla podrida; y si no engordo, no enflaquezco.

—Decíamos que el duque... pues... decíamos que el duque... ¿qué decíamos, don Francisco?

—Yo no decía nada.

—Yo he querido decir algo... pues... quería haberos dicho algo de cierto hijo.

—No entiendo á vuestra majestad.

—Pues hablemos de un sobrino.

—Lo entiendo menos.

—De un rizo...

—Continúo á obscuras...

—De unas estocadas...

—Ni aun con la lengua las doy hace un siglo.

—Pues señor—dijo el rey—, ahora veo que no os he llamado para nada.

—Me ha llamado, indudablemente, vuestra majestad, para que venga.

—Y siendo venido para que os vayáis.

Y el rey bostezó más profundamente, se escurrió á lo largo de las almohadas y se rebujó.

—Dios dé á vuestra majestad muy buenas noches—dijo Quevedo.

El rey no le contestó: se había dormido.

Quevedo dió media vuelta y salió vivamente contrariado.

—¿Y qué debo yo hacer ahora?—dijo cuando se vió en la galería—. ¿Irme ó quedarme? y si me quedo, ¿dónde me quedo? ¿Y qué habrá querido decirme el rey? Cuando los mentecatos pretenden hacerse graves, ¿quién los entiende? ¿Si su majestad querrá dar al traste con Lerma y servirse de Osuna? ¡Que hable claro su majestad, que no soy yo hombre que sirve para catas, ni para ser traído y llevado? debe de andar la reina... Si yo pudiese ver á la reina... ¡Vamos! lo mejor será no pensar en ello: lo que fuere, sonará.

Y siguió adelante, pero con paso vago, como de quien no sabe á dónde va.

—¡Eh, caballero!—le dijo una voz de mujer al pasar junto á la puerta.

—Hábito llevo—dijo don Francisco—; conque bien puedo responder aunque á pie me hallo. ¿Qué se os ocurre, señora?

—Mi señora os llama.

—¿Y quién es vuestra señora?

—La señora condesa de Lemos.

—¡Ah! pues sed mi estrella.

—¡Qué!

—Que me guiéis.

—Seguidme.

La mujer, que era una doncella de la condesa de Lemos, le llevó á la antecámara de la reina, donde le salió al encuentro doña Catalina de Sandoval.

—Gracias á Dios que el rey os ha soltado—dijo.

—¿Y por qué esas gracias?

—Os esperan.

—¿Dónde?

—En el oratorio de la reina.

—Pues no adivino.

—¿No os ha dicho el rey que vos debéis representarle como padrino de una boda?...

—¡Ah! ¡sí! ¿Se trata de boda? ya lo había yo olido. Pero de nada menos que de eso me ha hablado el rey.

—No importa, yo represento como madrina á la reina.

—¡Ved ahí qué casualidad, que nos hayan buscado á los dos para representar un matrimonio! ¿Y los testigos?

—Son de la casa.

—¿Se trata de un casamiento secreto?

—No, señor; sino de un matrimonio de conciencia.

—Pues entonces no es la boda que yo creía.

—Sí, sí por cierto: el capitán de la guardia española del rey, Juan Montiño, se casa con la dama de honor de su majestad la reina, doña Clara Soldevilla.

—¿Y hay conciencias ya entre esos?... ¡pues si se conocieron ayer!... aunque cuando se vieron en la calle, tarde y á obscuras, y ya sabéis que la soledad y las tinieblas... ¡pero señor, si él estaba desesperado!...

—No os canséis, don Francisco; lo de la conciencia ha sido un pretexto para engañar al rey, á fin de que dé al momento la licencia; todo proviene del enredo de anoche: de aquel rizo de doña Clara.

—¡Ah! ¡el rizo de doña Clara! ¡pues ya entiendo lo que no entendía!

—¡Cómo! ¿el rey puede haber sospechado?...

—El rey no ve más que á dos dedos de sus narices...

—Se ha temido; para perder el temor se ha hecho necesario que ese joven sepa todo el enredo. Pero anoche doña Clara declaró solemnemente á la reina, que no llamaba al señor Juan Montiño, que no le ponía en antecedentes, que no permitía que tuviese el rizo... sino siendo su marido.

—Como que no desea otra cosa, y se agarra como un alacrán á un pretexto.

—Como que era necesario obrar cuanto antes, entraron en la conspiración la reina y el padre Aliaga, y después de conspirar se determinó que el padre Aliaga fuese al momento á ver al rey, y le dijese que enamorada, loca, en una ocasión desgraciada, doña Clara había dado un mal paso con Juan Montiño. Que á más de ser urgentísimo casarlos, la reina no quería que su dama favorita estuviese un solo momento expuesta á quedarse como se estaba y que era necesario casarlos, luego, luego... como el rey es tan devoto, y en estos asuntos tan delicado de conciencia, á pesar de que por doña Clara ha hecho más de dos simplezas, á pesar de que está enamorado de ella, cuanto su majestad puede estarlo de una mujer, ha dado la licencia para el casamiento, pero no ha querido asistir.

—¡Ah! ¡la mala noche del rey! ¡ya pareció ella!

—La reina tampoco quiere asistir á la ceremonia, porque... piensa que doña Clara se sacrifica por ella.

—¡Mentira, mentira y más mentira!

—Y allá están ambos novios con el padre Aliaga y los testigos, esperando únicamente por vos.

—¿Y quiénes son los testigos?

—Pedro Sarmiento, ayuda de cámara del rey, y Juan de Urdiales, maestro de ceremonias, los que se han encontrado más á mano.

—Vamos, pues; allá, y no retardemos la felicidad de los enamorados. ¡Y llevar yo cuarenta y ocho horas sin dormir por descanso de viaje!

—Ya dormiréis bien esta noche...

Y la condesa asió á Quevedo de una mano, y guiándole desapareció con él por una puerta.

CAPÍTULO XLII

DE CÓMO DON JUAN TÉLLEZ GIRÓN SE ENCONTRÓ MÁS VIVO QUE NUNCA CUANDO PENSABA EN MORIR

Una hora después de haber salido de la estancia de doña Clara con el joven, volvieron.

Pero volvieron casados.

Don Juan miraba de una manera avara á la joven.

La alegría, la felicidad, la pasión brillaban en su semblante.

Doña Clara estaba vivamente excitada, y á duras penas podía disimular que era feliz.

Y sin embargo, no miraba al joven.

Y sin embargo, se mantenía duramente reservada.

Atravesó el aposento rápidamente, y al llegar á una puerta, como pretendiese pasar don Juan, le dijo:

—Esperad un momento, señor.

El joven respetó la voluntad de doña Clara, y se detuvo.

La puerta se cerró.

Don Juan se quitó la capa y el sombrero, la daga y la espada, las arrojó sobre un sillón y se sentó en otro descuidadamente junto al brasero, como pudiera haberlo hecho en su casa.

Y esto era lógico.

El cuarto de su mujer, era su cuarto.

¡Su mujer doña Clara! ¡aquella dama cuyo semblante apenas visto le había deslumbrado! ¡aquella divina y magnífica hermosura, que encubierta había asido á su brazo! ¡aquella dama tan gentil, tan joven, tan pura, que le había llamado para recoger una prenda de la reina y que había acabado de enamorarle! ¡aquel dulce imposible estaba vencido!

Don Juan gozaba de un bienestar completo; se adormía en las ardientes ilusiones de su pensamiento; abrasaba con deleite su alma en aquel amor afortunado.

¡Suya doña Clara!

¡Su mujer doña Clara!

¡Doña Clara la madre de sus hijos, el dorado rayo del sol de su casa, su compañera de por vida!

Don Juan se creía soñando, y cuando se convencía de que no soñaba, moría de impaciencia.

Al fin apareció doña Clara, sencillamente vestida de casa, pero elegante; con un ancho traje de seda negra y una toquita blanca en los cabellos.

—¡Oh! ¡felicidad mía!—exclamó el joven levantándose con tal rapidez, que no pudo evitar doña Clara que la abrazase y la besase en la boca.

La joven dió un grito y quiso desasirse, pero no pudo.

Don Juan la retenía en sus brazos, reclinada sobre su hombro su cabeza, y lloraba.

—Apartad, señor, apartad—dijo doña Clara con voz dulce—; vuestra esposa os lo suplica.

Don Juan soltó á doña Clara, que estaba ruborosa y trémula.

—¿Es verdad que me amáis tanto?...—exclamó la joven, mirando con toda la fuerza de sus ojos negros á don Juan.

—Si no os amara, si no fuérais para mí antes que todo, ¿me hubiera casado con vos, sin pretender aclarar antes de nuestro casamiento el misterio de tal casamiento?

—Sentáos, don Juan, sentáos y escuchadme: escuchadme como si jamás me hubiérais hablado de amores, como si no fuéramos marido y mujer.

—Pero...

—Hacedme la gracia de escuchadme: bien sé que casada con vos, vuestra voluntad es para mí una ley; pero yo apelo á vuestra hidalguía; yo os pido, y os lo pido con toda mi alma, que por ahora no miréis en mí más que á doña Clara Soldevilla, no á vuestra esposa. ¿Me lo concedéis?

—Será siempre, señora, todo lo que vos queráis, menos no amaros.

—No os pediré eso jamás, porque vuestro amor para mí lo es todo siendo como soy vuestra mujer.

—¿Me decís al fin que me amáis?

—Os amo como debe amar una mujer casada á su marido... más claro: por el momento os respeto... os quiero... tengo en vos esperanzas...

—¿Pero no sois para mí la mujer enamorada?

—No quitéis al tiempo lo que es suyo. ¡Yo no os conozco!

—Y sin embargo, os habéis casado conmigo.

—Os confieso que en la situación en que me he casado con vos, y por la razón que lo he hecho, me hubiera casado con cualquiera de quien hubiera podido buenamente ser esposa.

—¿Sin amor?

—Sin amor.

—¿Pero qué misterio, qué razones son esas?

—Las vais á oír: en primer lugar, tomad este rizo, guardadlo.

—¡Este rizo vuestro!—exclamó el joven besándole con locura—. Pero esta joya...

—Es necesario que la dejéis en el rizo.

—La dejaré... pero tomad vos las de mi madre...

—Después, don Juan, después. ¿Queréis oírme?

—Seguid, señora.

—Cuando os pregunte alguien que por qué herísteis á don Rodrigo Calderón, inventad una mentira razonable... pero si el rey os preguntase por un acaso...

—No pienso que tenga ocasión de hablarme.

—Os engañáis; el rey tendrá ocasión de veros con mucha frecuencia.

—¿Como esposo vuestro?

—Por eso no tiene el rey que veros. Pero sí como capitán de la guardia española.

—¡Ah! ¡conque yo soy capitán!

—Tal vez después de saber quién sois, no queráis ser soldado:

—Por el contrario, señora, tengo obligación de servir al rey.

—Con tanta y tan grave cosa como me tiene en cuidado, me olvidé de daros una provisión de capitán que tengo para vos. Esperad. Voy á dárosla.

Y la joven se levantó, sacó del cajón de un mueble un papel, y le dió á don Juan.

—Esta provisión ha sido vendida y revendida—dijo el joven.

—Se ha comprado para vos.

—¿Y quién la ha comprado?

—La reina.

—¡Me paga el servicio casual que la he hecho!

—No, no por cierto: el servicio que habéis hecho á su majestad no hay con qué pagarlo.

—Demasiado recompensado estoy si por conoceros he servido á su majestad, y por servirla sois mía. Nada hay en el mundo que valga lo que este premio. Por lo tanto, esta provisión está demás... si la acepto, la pagaré.

—No llevéis vuestra altivez, muy digna sin duda, hasta el punto de ofender á su majestad: aceptad tal como se os da esa compañía, y estad seguro de que ya tendréis más de una grave ocasión de servir á la reina.

—Sea lo que vos queráis—dijo el joven guardando la provisión.

—Sea lo que debe ser—dijo doña Clara—; continuemos: como capitán de la guardia del rey, cuando estéis de servicio, recibiréis en muchas ocasiones las órdenes directamente de su majestad, en particular en las partidas de caza, donde por vuestro oficio estaréis junto al rey. En una palabra: estáis al servicio inmediato de su majestad. Si un día, mañana acaso, el rey os preguntase acerca de mí... decidle... hacedle entender que entre nosotros mediaban amores... que... que en una palabra, por deber y por conciencia estábais obligado á casaros conmigo.

—Pero eso no es verdad... yo no puedo ofenderos... el rubor que tiñe vuestro semblante, dice bien claro que os ofendería.

—Don Juan, la reina es mi hermana—dijo profundamente doña Clara—: ella en su alta posición y yo en la mía, al conoceros... oíd desde el principio, don Juan. Yo tenía una madre buena, amante, hermosa... venid... vais á conocer á mi madre.

Doña Clara se levantó, tomó una bujía y precedió al joven.

Pasaron por un aposento de vestir, y entraron en un dormitorio.

En él había un pequeño lecho blanco que respiraba pureza, algunos ricos muebles, y en una de las paredes, un cuadro cubierto con un velo negro.

Doña Clara corrió aquel velo, y quedó á la vista de don Juan una dama de cuarenta años, pálida, excesivamente hermosa, y á juzgar por su traje y por su expresión, muy principal dama.

—Esa era mi madre—dijo doña Clara con acento vivamente conmovido.

—¡Ah! ¡digna madre de tal hija!—dijo el joven no menos conmovido.

—¿No es verdad, don Juan, que yo debo de estar orgullosa de mi madre?

—Como debéis estarlo de vos misma.

—No hablemos de mí—dijo doña Clara corriendo de nuevo el velo—. Yo os he dado á conocer á mi madre de la única manera que me ha sido posible. Volvámonos á donde estábamos.

Don Juan salió suspirando de aquel dormitorio tan blanco y tan puro, pero enorgullecido por su mujer, porque la atmósfera de aquel dormitorio había venido á ser para don Juan un testimonio de la valía de doña Clara.

Sentáronse entrambos jóvenes de nuevo, el uno en un extremo, y en otro extremo el otro, de la ancha tarima del brasero.

—Nuestra familia, y la vuestra, porque en ella acabáis de entrar, se componía hace cuatro años: de mi padre Ignacio Soldevilla, coronel de infantería española, encanecido en los combates, de mi madre doña Violante de Saavedra, hija de un mayorazgo de la montaña, y de mí. Cuando conozcáis á mi padre, que espero sea pronto, él os relatará nuestro abolengo, él os dirá muchas de esas cosas que una mujer no debe decir á su marido. Yo sólo os hablaré de mis padres. Mi madre, criada con el recogimiento de una casa de solar de la montaña, no tuvo más amores que los de mi padre; le amó como yo os amaré: después de casada.

—¡Ah! ¡ni vuestra madre amó á su esposo, sino después de casada, ni vos me amáis aún!

—Continuemos. Pasaba mi padre, hace más de diez y ocho años, con su compañía hacia Navarra, é hizo noche en casa de mi abuelo materno, donde fué aposentado. Vió á mi madre... durante la cena... y no pudo dormir.

—Como yo...

—Mi padre lo ha recordado muchas veces á mi madre delante de mí, y mi buena madre le contestaba sonriendo: yo, señor, no dormí tampoco.

—¿Pero creo que vos habéis dormido esta noche pasada?—dijo don Juan.

Doña clara continuó, sin contestar á la pregunta del joven:

—Al día siguiente, mi padre, á pesar de que debía marchar, detuvo con un pretexto su marcha, y como es excesivamente franco, buscó á mi abuelo, y le suplicó que para hablarle de cierto negocio, quisiese dar un paseo con él por el campo. Accedió mi abuelo, y apenas se vieron fuera de la población, mi padre le dijo quién era, cuánto poseía, que estaba perdidamente enamorado de su hija, y que quería casarse sobre la marcha con ella. Mi abuelo le contestó que partiese con su compañía, por lo pronto, que él se informaría acerca de mi padre, y que con lo que hubiese resuelto le contestaría. Mi padre partió sin ver á mi madre, y al mes recibió en Navarra una carta de mi abuelo, en que le decía que, habiéndose informado lo que bastaba para saber que mi padre era noble, honrado y valiente, y no oponiéndose á ello su hija, podía, si persistía en su pensamiento, volver á recibir las bendiciones. Mi padre no vió por segunda vez á mi madre, sino á los pies del altar.

—Pero de seguro, y á pesar de no conocer bastantemente á vuestro padre, vuestra madre no le desesperó—dijo el joven, que no desaprovechaba ocasión.

Doña Clara no contestó tampoco á esta indirecta.

—Fueron felices; ricos, amantes, honrado mi padre por el rey, respetado por todos, respetada mi madre como merecían su virtud y su nobleza. Yo nací en el término preciso después de su matrimonio. Yo he sido su hija única. Crecí al lado de mi madre; lo que sé lo aprendí de ella: durante las largas ausencias de mi padre en la guerra, nuestra casa estaba cerrada, algunos criados antiguos eran nuestra única compañía. Yo era feliz. Mi madre lo parecía también. Hace cuatro años, mi madre murió.

Doña Clara se detuvo, inclinó la cabeza durante un momento, y luego la alzó.

En sus hermosos ojos brillaba una lágrima.

Don Juan la contemplaba extasiado: creía á cada momento que su amor no podía crecer, y sin embargo, á medida que se iba revelando el alma de doña Clara, su amor crecía.

La joven continuó:

—La muerte de mi madre fué mi primer dolor. Hasta entonces no había comprendido que podía yo quedarme sola en el mundo; pero cuando mi madre murió, cuando no la vi á mi lado durante el día, al acostarme, llamando sobre mí los buenos sueños con un dulce beso, al levantarme abriéndome con otro nuevo beso otro hermoso día, ¡ay! hasta que todo esto me faltó, no comprendí el horrible vacío á que puede verse condenada una mujer, porque para una mujer, su madre lo es todo. La mujer para su madre es siempre una niña. Mi pobre madre murió de tristeza, murió de amor.

—¡De tristeza! ¡de amor!—exclamó don Juan.

—Del año, los nueve meses los pasaba mi padre en campaña, y aun había años en que no venía.

—¡Ah!—exclamó el joven, arrastrado por el profundo sentimiento de la voz de doña Clara al pronunciar aquellas palabras.

—Mi madre no se quejaba á mi padre: si se hubiera quejado, mi padre hubiera dejado el servicio, pero hubiera enfermado de tristeza. Entre su propio sacrificio y el de su esposo, mi madre se decidió por sacrificarse. Y se sacrificó por completo. Cuando mi padre volvía, y contaba á mi madre los peligros que había arrostrado, mi madre le escuchaba sonriendo; cuando mi padre se despedía para una nueva campaña, le abrazaba sonriendo también; cuando nos quedábamos solas, mi madre se me mostraba alegre, tranquila. No quería ennegrecer mi alma de niña con su tristeza. Pero llegó un día... ya hacía tiempo que mi madre estaba enferma... un día de muerte me lo reveló todo, pero me hizo jurar que nada sabría mi padre. Entonces me hizo comprender cuán terrible es amar y saber que el hombre amado está en un continuo peligro. Recibir cada día noticias de batallas sangrientas, en que se quedaba tendida la flor de la nobleza española, y decir á cada noticia, recibida en carta de mi padre: ¡De esta ha salido salvo!... pero ¡y de la siguiente! Esto es horrible, es una carcoma lenta que mata, ó la mujer que no muera en tal situación, no merece ser amada.

—¡Oh! ¡no seré soldado!—exclamó don Juan—. Mi rey, mi orgullo, sois vos.

—Sí, sí, seréis soldado mientras sea necesario que lo seais; pero después no: ¡no quiero morir como mi madre!

—¡Oh, Clara de mi alma!—exclamó el joven, recibiendo el puro, el glorioso relámpago de amor que destelló de los ojos de doña Clara al pronunciar sus últimas palabras—; ¡vos me amáis!

—Os amaré si merecéis que os ame—dijo doña Clara volviendo á apagarse, por decirlo así.

Y luego, con acento reposado, mientras don Juan suspiraba dominado por la firmeza de carácter de su mujer, ésta continuó:

—Llegó por acaso mi padre á tiempo de recibir la última mirada, la última sonrisa de mi madre. Cuando la vió muerta, su dolor me espantó, me hizo olvidarme de mi propio dolor para acudir aterrada al socorro de mi padre. ¡Creí que se había vuelto loco! Y cuando pasó el primer acceso, me dijo:

—«¡Yo no puedo permanecer por más tiempo en esta casa! ¡está maldecida para mí! ¡no tengo parientes con los cuales llevarte, y no permanecerás aquí tampoco: ¡la reina! ¡yo he derramado mi sangre por el rey! ¡mi lealtad ha costado la vida á ese ángel! Mi padre había adivinado la causa de la muerte de mi madre. ¡El rey no me negará la gracia de que entre en la servidumbre y bajo el amparo de la reina... ó no hay Dios en los cielos!»

Y me trajo consigo á palacio; habló al rey, que le oyó benévolamente; y le envió á la reina, y la buena Margarita de Austria se conmovió de tal modo al ver tanto dolor, que me abrazó, me besó en la frente, y me recibió como menina en su servidumbre. Mi padre levantó la casa; me entregó las alhajas y las ropas de mi madre, y yo me traje á nuestros antiguos y leales criados que aún me sirven, y que os recomiendo, señor, porque desde hoy lo son vuestros.

—Amarélos yo porque vos los apreciáis—dijo don Juan.

—Muy pronto no fué ya amistad lo que me dispensó la reina, sino cariño; cariño que creció de día en día y que hoy—vos lo debéis saber, señor, porque debéis saber todo lo que tiene relación conmigo—ha llegado á ser amor de hermanas. Y este amor ha crecido por las mutuas confianzas. Este amor ha hecho que, por servir noble y dignamente siempre á su majestad, que de otro modo no le sirviera yo, haya salido muchas veces sola de noche, yo que no he estado nunca sola, ni aun en mi casa.

—¡Bendito Dios sea, que tal lo ha dispuesto!—exclamó el joven—, porque anoche os vi durante un momento en el alcázar; si no hubiérais salido no me hubiérais encontrado, no os hubiérais amparado de mí, no hubieran empezado estos amores que para mí tan glorioso fin han tenido.

—Decid más bien que os han casado y me han casado á mí. ¿Os acordáis de las dudas que anoche teníais acerca de si yo era ó no la reina?

—Y no me he engañado, porque sois la reina de mi alma.

—Recordad las cartas que me trajísteis; anoche os preguntó doña Clara Soldevilla, hoy os pregunta vuestra esposa: ¿habéis leído aquellas cartas, señor?

—Os afirmo por mi honor, que no; sabía que contenían un secreto de la reina, y ese secreto no me atormentaba; hubiera querido conocerle porque yo creía que la mujer á quien amaba... Mi supuesto tío tuvo la culpa de que yo creyese, por esas exageraciones, que aquella mujer á quien yo tanto amaba, era su majestad. Y sin embargo de que sentía celos, no leí aquellas cartas.

—¿Y qué habéis pensado de la reina?

—Dejándome guiar de las apariencias, hubiera pensado de ella mal si don Francisco de Quevedo y Villegas, mi amigo, no me hubiera hablado de su majestad bien.

—Si os guiáis por las apariencias, debéis haber pensado de mí muy mal.

—Yo... séquese mi pensamiento, si llego á pensar de vos...

—Sin embargo, una dama joven, que sale sola de noche...—dijo doña Clara con amargura.

—Hacíais un sacrificio por su majestad.

—Es verdad; mi padre me dijo hace un año, al ver cómo me trataba la reina: «Clara, hija mía, eres fuerte y valiente; vela por su majestad, y si es necesario, sacrifícaselo todo... todo menos el honor». Pero, volviendo á esas malhadadas cartas, es necesario que conozcáis ese secreto.

A seguida, doña Clara contó punto por punto á don Juan el estado en que la reina se encontraba, las traiciones de don Rodrigo, la historia, en fin, de aquellas cartas, su contenido, el incidente que en el principio de aquella noche había obligado á mentir á la reina; la historia del rizo, por último.

—En tal situación—prosiguió doña Clara—, habiendo tomado la reina en su apuro vuestro nombre, siendo muy posible que el rey desconfiase y os llamase y os preguntase, la reina, con las lágrimas en los ojos, me suplicó que la salvase; era preciso que yo os llamase; que os hablase á solas en las altas horas de la noche en mi aposento, que os revelase toda una sucesión de misterios... yo creía que todo aquello era necesario para salvar á su majestad, y... me sacrifiqué; me dije: «él se me ha mostrado ciegamente enamorado... le propondré que se case conmigo... Si acepta, al momento, al momento...», y se preparó todo... Me vestí de boda y os esperé anhelante... anhelante por consumar el sacrificio.

—Hay un medio, señora, de que ese sacrificio no caiga sobre vos.

—¡El medio de vivir como dos amigos, como dos hermanos!

—Si no sois más que mi amiga ó mi hermana, podíais ver mañana á un hombre... amarle...

—¡No he amado cuando era libre!... ¡y me han importunado!

—Sufriríais vuestro amor, le callaríais, porque además de vuestra honra, tenéis que guardar la mía... lo sé bien, señora; sé que mi honor está seguro en vos: pero os sacrificaríais, moriríais. Yo os libraré de ese sacrificio.

El acento de don Juan era lúgubre.

Cuando acabó de pronunciar estas palabras se levantó.

—¡Sentáos!—dijo con acento lleno y grave doña Clara.

El joven se sentó.

—¿De qué manera pretendéis libertarme de éste que yo llamo mi sacrificio?—dijo con acento singular doña Clara.

—¿De qué manera? ¿De qué manera decís?—exclamó el joven, con la mirada extraviada y la voz sombría—. ¡Muriendo! ¡Dejándoos viuda!

—¡Dios mío!—exclamó doña Clara, levantándose de una manera violenta y asiendo una mano de don Juan—. ¿Qué habláis de morir?

—Tengo enemigos, enemigos que me he hecho por vos; los buscaré, los provocaré y me dejaré matar.

—¡No!—contestó con la voz opaca doña Clara, fijando en don Juan una mirada ardiente, fija, aterrada, mientras la mano con que le asía temblaba de una manera violenta.

—Si no encontrare enemigos míos, buscaré los del rey, los de España y me matarán.

—¡No!—repitió de una manera profunda doña Clara.

—¿Y para qué quiero yo vivir—dijo el joven con profundísima amargura—, si vos no me amáis? ¿si al casaros conmigo habéis hecho un doloroso sacrificio por su majestad?

—¡Y esa comedianta!—exclamó doña Clara con acento seco y rápido, acercándose más al joven.

—¡Dorotea!

—Sí, esa hermosísima Dorotea, con quien habéis pasado el día.

—¿Si yo os pruebo que no amo á esa mujer...?

—Si me lo probáis... pero no me lo podéis probar, no; ¿por qué me habéis dicho que os mataréis...? ¿por qué me habéis aterrado...?

—¡Dios mío!

—Tengo no sé por qué, de una manera que me espanta, el alma desgarrada, ensangrentada, por lo que nunca había sentido: por los celos.

—¡Celos vos de mí!

—Venid conmigo—dijo doña Clara tomando una bujía y encaminándose de nuevo á su dormitorio.

Y cuando estuvieron en él, descorrió de una manera nerviosa el velo que cubría el retrato de su madre.

—Juradme delante de ese cuadro, por vuestra alma y por la de vuestra madre, por vuestra honra y por la mía, que á nadie amáis más que á mí.

—Lo juro, lo juro, por mi madre, por la vuestra, por Jesucristo Sacramentado.

—Yo os amo con toda mi alma—exclamó doña Clara—, os amo desde que anoche salísteis de mi aposento; os amo no sé cómo; como... al recuerdo de mi madre... no sé por qué... pero yo os amo, señor; si la casualidad no lo hubiera hecho, si el honor de la reina no lo hubiera exigido, yo no me hubiera casado con vos... sino me hubiérais aterrado... ¡Oh Dios mío...! he visto que la palabra morir no era en vos una amenaza cobarde... os he creído ver muerto... ¡Por la sangre de Jesucristo, señor! yo no sé lo que me habéis dado que me habéis vuelto loca... y soy vuestra, vuestra esposa, vuestra amante, vuestra esclava... vuestra y solamente vuestra, sin que tengáis que temer que yo haya amado á otro hombre, ni autorizado galanteos, ni dado esperanzas... soy vuestra con toda la alegría de mi alma... no sé con cuánto amor... pero no moriréis, ¿no es verdad, que no moriréis ya...? porque mi amor es vuestra vida y yo os lo entrego entero y puro y resplandeciente como el sol.

El joven miró á doña Clara pálido, temblando, extendió hacia ella los brazos, cayó de rodillas y lloró.

CAPÍTULO XLIII

CONTINÚAN LOS TRABAJOS DEL COCINERO MAYOR

Al amanecer se abrió la puerta del aposento de doña Clara.

En el mes de Noviembre amanece muy tarde y los amaneceres son nublados y fríos.

Y decimos esto para que nuestros lectores aprecien cuánto sufriría la Dorotea agazapada cinco horas mortales, debajo de una escalera, frente á la puerta del aposento de doña Clara, al lado del sargento mayor don Juan de Guzmán, que renegaba y blasfemaba por lo bajo, para que la Dorotea no le oyese.

Cuando se abrió la puerta del aposento de doña Clara, Dorotea, al reflejo de una luz que tenía en la mano una mujer, vió que aquella mujer era doña Clara y que la acompañaba un hombre.

Vió que aquel hombre era don Juan Téllez Girón.

Vió que doña Clara estaba negligentemente vestida, pálida, y con la palidez más hermosa, y el semblante iluminado por una ardiente expresión de felicidad.

Vió que don Juan la miraba de una manera avara, que estrechaba con delicia una de las hermosas manos de doña Clara, que antes de despedirse se miraron con una expresión de amor infinito y satisfecho, y oyó el siguiente diálogo:

—A las once volveré y me presentaré al rey contigo—dijo don Juan.

—Y el rey nos recibirá con la reina y con su servidumbre, y yo llevaré las joyas de tu madre.

—¡Adiós, mi cielo!

—Adiós, mi señor.

Aquellas dos cabezas se unieron, y sonó un doble y tierno beso.

Don Juan se rebujó en su capilla, porque hacía frío, y doña Clara cerró la puerta.

Don Juan tomó la salida de la galería, guiado por la débil luz del alba que penetraba por una claraboya.

Apenas desapareció don Juan, se lanzó en medio de la galería la Dorotea.

Siguióla don Juan de Guzmán.

El semblante de la Dorotea espantaba.

Tal representaba lo supremo del dolor, de los celos, de la rabia, de la sorpresa.

—¡Que se presentarán juntos al rey y á la reina!—exclamó con voz ronca—; ¡luego se han casado!

—Una dama tal como doña Clara Soldevilla—dijo el sargento mayor—, no podía recibir de noche en su aposento á nadie más que á su marido. Ya sabía yo que ese buen mozo os engañaba.

—¡Que me engañaba!... ¿y se ha casado con esta mujer?... pues bien... acepto lo que me habéis propuesto y os sigo.

—Ya sabía yo que habíamos de ser amigos.

—Pero salgamos pronto de aquí.

—Cubríos antes con vuestro manto; de seguro el bufón del rey ha vuelto á su aposento, no os ha encontrado, y os anda buscando como un tigre; procuremos, pues, que no nos encuentre, y aprovechemos esta hora en que aún no se ve bien claro.

—Vamos, sí, vamos; tengo impaciencia por vengarme.

Y rebozándose completamente en su manto, se asió del brazo del sargento mayor, atravesaron las galerías, bajaron una escalera y salieron por una de las puertas del alcázar recientemente abierta, dando ocasión á que dijese el portero:

—Muy temprano van de aventuras las damas de la reina.

Cuando salieron á la calle, vieron que ya era entrado el día, esto es, que se había retardado el amanecer á causa de una densa niebla, al través de la cual pasaba la lluvia.

—La niebla nos favorece—dijo el sargento mayor—; pero andemos de prisa, ya es tarde; acaban de dar las siete y media en el reloj del alcázar.

Y siguió andando á gran paso, arrastrando consigo á la Dorotea.

Pero se había engañado el sargento mayor al decir que la niebla les favorecía.

Al salir ellos, de entre el hueco de una de las pilastras de la puerta por la que habían salido, se destacó un bulto informe y se puso en su seguimiento.

Era el bufón.

Al seguir á don Juan de Guzmán y á la Dorotea, se encontró con el cocinero mayor del rey, que, pálido, lacio, mojado, á pesar del frío y de la lluvia, se dirigía en paso lento al palacio.

Tras él venían dos hombres que traían harto mohínos un pesado bulto sobre dos palos, y cariacontecidos y atormentados detrás, dos soldados de la guardia española.

Hizo el acaso que, distraídos bufón y cocinero, pensativos ambos y no habiendo podido verse á distancia á causa de la niebla, se dieran un encontrón formidable.

—¡Por mis desdichas!—exclamó al sentir el choque el cocinero mayor.

—¡Cien legiones de demonios!—exclamó el bufón.

—¡Tío Manolillo!—exclamó el cocinero acercándose á él con ansia—; Dios os envía.

—Y á vos el diablo, para que me detengáis.

—Soy el hombre más desdichado del mundo—añadió el cocinero.

—Aguantad vuestro aprieto como yo aguanto el mío; y basta de bromas y soltad, y adiós.

Y escapó.

—Hijo Marchante—dijo el cocinero mayor precipitadamente á uno de los soldados—, métete con eso en la portería del señor Machuca, y guárdalo como guardarías á su majestad, mientras yo vuelvo.

—Muy bien, señor Francisco—dijo el soldado.

Y el cocinero mayor apretó á correr tras él bufón, que apretaba tras la Dorotea y el sargento mayor.

Asióse al fin á su brazo.

—¿Qué me queréis? ¡por mi vida!—exclamó el bufón sin cesar de correr.

—Pediros consejo.

—Dádmelo y lo agradeceré.

—Me están sucediendo cosas crueles.

—A mí me pasan cruelísimas.

—Nos aconsejaremos mutuamente.

—No necesito consejos.

—Yo sí, los vuestros.

—Pues ya que no os despego de mí, callad, que no puede ser hablar y correr.

Y el bufón siguió á gran paso, porque á gran paso iban el sargento mayor y la Dorotea.

El sargento mayor había tomado por las callejuelas de la parte de arriba del convento de San Gil; habla entrado con la Dorotea en la calle de Amaniel, se había parado delante de una casa que estaba herméticamente cerrada, y había dado sobre su puerta tres golpes fuertes.

—¿Quién vivirá en esa casa?—dijo el tío Manolillo parándose, cuando vió que en aquella casa habían entrado el sargento mayor y la Dorotea, y había vuelto á cerrarse la puerta.

—¿Os interesa mucho el saber quién vive en esa casa?—dijo el cocinero mayor.

—Lo averiguaré—dijo el bufón como contestándose á sí mismo á la pregunta que á sí mismo se había hecho poco antes.

—Pero en averiguarlo tardaréis algún tiempo; hay ciertos negocios que se pierden si el tiempo se pasa, y yo os puedo decir ahora mismo...

—¿Qué me podéis decir vos?...

—Sí; sí, señor, os puedo decir que en esa casa vive la querida del sargento mayor don Juan de Guzmán.

—¿Y nadie más?

—Nadie más que una dueña y un escudero.

—¿Y quién es esa mujer?

—Tío Manolillo, hace mucho frío, llueve, y yo no he dormido en tres noches, y si queréis que os oiga, metámonos á cubierto.

—¿Y dónde, que no perdamos de vista esa casa?

—Cabalmente frente á ella hay una taberna.

—¡Una taberna! yo tengo hambre y sed.

—Y yo también; vamos, que yo pago.

—Lo aprecio y lo recibo, porque no tengo blanca.

—Ni yo abundo mucho de dinero, porque hace dos días mis manos están hechas un río; ¡qué suerte, señor, qué suerte!

Y se encaminaron á la taberna.

Cuando entraron en ella se sentaron junto á una mesa, en un rincón obscuro, desde el cual podían ver la puerta de la casa donde habían entrado el sargento mayor y la Dorotea.

Pidieron pan, carne y vino, y se pusieron á comer y á beber vorazmente, sin dejar por ello de hablar.

—Según lo que yo he entendido—dijo el bufón—, vos tenéis la culpa de todo, señor Francisco Montiño.

—¿De qué tengo yo la culpa?

—De lo que á entrambos nos está sucediendo.

—A mí me suceden muchas cosas malas.

—A mí no me suceden menos cosas peores que las vuestras.

—¡Peores! yo no tengo mujer.

—No la habéis tenido nunca.

—Yo no tengo hija.

—Vuestra difunta fué muy dada á criar pajes.

—¡Ah! y por último, yo no tengo sobrino.

—Vuestro sobrino... he ahí, he ahí la causa de todo; malhaya amén vuestro sobrino... Si vos no tuviérais ese sobrino...

—Es que no le tengo.

—Le habéis tenido; y vos... vos tenéis la culpa... si hubiérais estado en el alcázar antes de anoche.

—Entonces no tengo yo la culpa, sino un maldito cuadrúpedo, un jaco endiablado que invirtió todo el día en traer desde Navalcarnero aquí á mi sobrino postizo; ¡caballo infernal! ¡haber echado para cinco leguas desde el amanecer hasta el anochecer! ¡si ese jaco hubiera andado más de prisa!... ¡si hubiera llegado al medio día!...

—Lo de vuestra mujer había sucedido antes.

—Pero probablemente yo no lo hubiera sabido.

—Señor Francisco, no hablemos de cosas pasadas.

—Es que las cosas pasadas traen las presentes... ¡qué suerte la mía! yo me voy á morir, tío Manolillo.

—¡Calla! ¿quién es ese que llama á la puerta de esta casa y que viene cargado con un cestón?

—¿No veis que tiene librea?

—Sí por cierto.

—¿Amarilla y encarnada?

—Sí... ya sé, del duque de Uceda. ¿Pero cómo el duque de Uceda...?

—El duque, viste, calza, da joyas y dinero; á más envía todas las mañanas á uno de sus criados con un cestón lleno de lo mejor que se vende en los mercados, para doña Ana de Acuña.

—¡Ta! ¡ta! ¡ta! ¿Doña Ana de Acuña se llama la que vive en esa casa?

—Sí por cierto.

—¿Y es querida del duque de Uceda?

—No por cierto; pero está haciendo al príncipe de Asturias aficionarse á las mujeres.

—¡Ah! ¡sí! hasta de los niños se echa mano—dijo el bufón.

—Y de las mujeres y de los viejos—añadió el cocinero.

—¿Pero no tiene algún otro amante rico esa mujer?

—Anda en vísperas de gastar de las rentas reales—dijo el cocinero mayor.

—Explicáos...

—Puede ser que una de estas noches reciba á su majestad.

—¿Habéis andado vos en ello?

—Sí por cierto; anoche traje una gargantilla de parte del rey, aunque sin nombrar la persona, á esa mujer.

—¿Pero quién es el que, contrario al duque de Uceda, que pone ó quiere poner al príncipe en manos de esa mujer, pretende hacerle tiro, enredándola con el rey?... no puede ser otro que el duque de Lerma.

—Acertádolo habéis.

—Pero eso me importa muy poco. Que el duque de Uceda venza á su padre, ó que el duque de Lerma se sostenga sobre su hijo... allá se las hayan... necesitaba únicamente saber en qué casa había entrado Dorotea, y ya lo sé; con que pagad y vámonos.

—Hace cuarenta y ocho horas que estoy pagando y yendo y viniendo—dijo Montiño sacando la bolsa con ese trabajo peculiar á los miserables, y escurriendo de ella un escudo. ¡Hola, tabernero, cobráos!

—Falta aquí; se han comido vuestras mercedes tres libras de carne—dijo el tabernero.

—Y aunque eso sea, ¿á cómo va la carne en el mercado?

—Falta, señor, falta...

—Conciencia á vos y á mí paciencia para tanto robo; ¿qué falta de más de eso?

—Un real.

—Tomadle.

—Dios guarde á vuestra merced muchos años.

—De pícaros como vos. ¿Pero qué es eso?—dijo el cocinero mayor viendo que el bufón se ponía de pie.

—Que nos vamos.

—¿Y no me dais los consejos que os he pedido?

—Voy á dároslos: montad á vuestra mujer en un macho y enviadla á Asturias; meted á vuestra hija en un convento, y luego idos de palacio.

—¡No puedo!

—Pues entonces, adiós, porque no tengo más que deciros.

Y el bufón salió de la taberna y se fué derecho á la puerta de enfrente, á la que llamó.

El cocinero mayor, desesperado, salió de la taberna y se fué paso á paso hacia el alcázar; pero al llegar á él se encontró con un alguacil del Santo Oficio, que le dijo:

—¿Es vuesa merced el señor Francisco Martínez Montiño?...

—Yo soy—contestó todo trémulo el cocinero al ver que se las había con un alguacil del Santo Oficio.

—Veníos conmigo.

—Os lo agradezco—dijo Montiño haciéndose el sueco—, pero es la hora de preparar la vianda para su majestad; porque yo, si no lo sabéis, amigo, soy cocinero mayor del rey.

—Ya lo sabía, y, por lo tanto, aunque faltéis á vuestra cocina, conmigo os vendréis mal que os pese.

—¿Y si no quiero ir?

—Pediré favor á la Inquisición y os llevaré atado.

—¡Atado! ¡un hidalgo! vos os habéis equivocado.

—Mirad esta orden de su señoría ilustrísima el inquisidor general.

—¡Ah! ¡el inquisidor general!

—Sí, por cierto.

—¡Y no hay remedio!

—No, señor.

—¿Y si yo os diera diez doblones?

—No puedo.

—¿Y si os diera veinte?

—Ya veis que yo los tomaría de buena gana, y que si no los tomo es porque no puedo.

—Decid que no me habéis encontrado.

—Eso sería muy bueno para que no me estuvieran viendo hablar con vos.

—¿Y qué saben?

—Saben que vengo á prenderos.

—¿Que lo sabe todo el mundo?

—Mirad á aquella esquina—. Montiño miró de una manera nerviosa.

—¿No veis allí una silla de mano?

—Sí; sí, señor.

—Esa es la silla en que se os ha de llevar, y los que están alrededor ministros del tribunal; con que ni yo puedo remediarme con el dinero que vos me daríais, ni vos libraros con vuestro dinero.

—Pero... un momento... un momento...

—Ni un instante.

—Os daré lo que queráis, si me dejáis dar una vuelta por la cocina y entrar en mi casa.

Meditó un momento el alguacil.

—Se entiende que yo iré con vos.

—Venid—dijo Montiño, disimulando su alegría porque se vió suelto.

—Vamos, pues—dijo el corchete.

Entraron en palacio, y al verse el corchete en un lugar donde no podía ser visto por los otros ministros del Santo Oficio, dijo al cocinero:

—De aquí no pasáis si no me dais lo que me habéis de dar.

—¡Asesino!—murmuró Montiño, y sacando cuatro doblones de oro los dió al corchete con el mismo dolor que si le hubiera dado un ala de su corazón.

—Esto es poco—dijo el tremendo alguacil.

—No tengo más.

—Tendréis en vuestra casa.

—Puede ser.

—Pues vamos.

Montiño se dirigió á la portería del señor Machuca y encontró en ella al soldado á quien había mandado guardar el cofre consabido, durmiendo y con la cabeza sobre el cofre.

—¡Eh! ¡holgazán! ¡despierta!—dijo el cocinero mayor dándole con el pie—; señor Machuca, hacedme la merced de llamar dos mozos y que lleven eso á mi aposento.

—Pero ¿dónde vais con ese ministro?—dijo el portero.

Montiño creyó que debía ser prudente y contestó sin vacilar:

—Es un amigo á quien convido.

—¡Ah!—dijo el portero—creía...

—Venid, señor ministro, venid; vamos á las cocinas...

Y subieron por unas escaleras.

—No hay como ser cocinero de su majestad para convidar á los amigos sin disminuir los ahorros—se quedó murmurando el portero.

Entre tanto, Montiño y el alguacil subieron á las cocinas.

Lo primero que encontró Francisco Montiño, y lo encontró con espanto, fué al galopín Cosme Aldaba, caceroleando en las hornillas.

Aldaba vió al mismo tiempo al cocinero mayor; pero sin turbarse ni asustarse se fué para él, le hizo una profunda reverencia y exclamó:

—Muchas gracias, señor Francisco, muchas gracias; no esperaba yo menos de vuestra caridad.

—¿De qué me da las gracias este tunante?—dijo el cocinero mayor todo hosco y espeluznado de indignación—; ¿quién ha permitido á este lobezno, á este hereje, á ese malhechor que entre en la cocina?

—La señora Luisa ha venido con él esta mañana, y nos había dicho que vuesa merced le perdonaba.

—¡Ah! ¡mi mujer ha venido... con éste!

El cocinero se detuvo; temió que los misterios de su familia entrasen en la cocina y bajo el dominio de oficiales, galopines y pícaros; la gente más maleante del mundo.

—Mi mujer tiene las entrañas muy blandas—dijo tragando la saliva más amarga que la hiel—; mi mujer se deja engañar de cualquiera... pero en fin, ello está hecho; mi mujer... pues... mi mujer es mi mujer. Ea, quitáos de mi vista... y á vuestro trabajo.

—Muchas gracias, señor Francisco—dijo Cosme Aldaba, porque las últimas palabras del cocinero habían sido para él un favor y un disfavor.

A seguida Montiño revisó una por una las cacerolas puestas al fuego, se enteró de todos los pormenores, y viendo que todo estaba á punto para el almuerzo y la comida de sus majestades, se escurrió hacia la puerta de la cocina, evitando el mirar al alguacil, porque se le figuraba que no viéndole tampoco el corchete le veía.

Este no dijo una palabra, pero se fué en silencio tras Montiño.

Al llegar á la puerta de su aposento, el corchete adelantó y le asió por un brazo.

—Pero señor—dijo Montiño—, ¿creíais que me iba á escapar?

—No; no, señor—dijo el alguacil—, pero podríais olvidaros de mí, entraros, cerrar la puerta y dejarme fuera. Luego se os podía ocurrir que lo mismo puede salirse del alcázar por los tejados y escondrijos que por las escaleras, y estarme yo esperando sabe Dios cuánto tiempo á que volviérais de vuestro paseo.

—¡Asesino! ¡asesino!—murmuró Francisco Montiño, viendo frustrado su proyecto de escapatoria.

Y llamó á la puerta.

Le abrió su mujer en persona.

Estaba pálida y ojerosa.

Montiño sintió un estremecimiento cruel; pero parecióle Luisa más bonita que nunca por su palidez y sus ojeras, y no se atrevió á ponerla mala cara.

—Buena hora es de venir á su casa un hombre casado—dijo con mal talante Luisa—; donde habéis pasado la noche pasad el día; ¿y venís acompañado para volveros á ir sin duda? aquí han traído no sé qué, y os esperan.

—Eso es, ríñeme.—Entrad, amigo, entrad; vos sabéis si altas personas me tienen ocupado.

—Ya lo creo; espera á su merced el inquisidor general.

Palideció levemente Luisa.

—¿Y has estado también esta noche con el señor inquisidor general?

—Sí, hija mía, sí, y con otros señores, en gravísimos asuntos que no son para comunicados á mujeres.

—No, no; ni yo pretendo saberlos—dijo Luisa—; yo había creído...

—Has creído mal.

—Has pasado dos noches fuera de casa.

—La una yendo á cerrar los ojos á mi difunto hermano; la otra sirviendo á su majestad.

—No hablemos más de eso; yo me alegro de que mi marido sea hombre de bien.

Montiño tuvo impulsos de echarlo todo á rodar; pero era por una parte su mujer tan bonita... y, además, no quería dar al público sus asuntos domésticos, y estaba delante del alguacil.

—¿Y á qué has llevado á la cocina á ese tunante de Aldaba?—dijo el cocinero, que ante todo quería conservar delante de aquel extraño su autoridad doméstica.

—Como tú tienes tan buen corazón, y el pobre vino llorando...

—Bien, bien—dijo Montiño—; todo está muy bien: tú haces lo que quieres, porque yo te quiero. ¿Dónde están esos?

—En el cuarto de adentro.

Pasó Montiño y el inflexible alguacil tras él.

El cocinero mayor rugía ya por lo bajo; encontró á dos mozos de la casa real y al soldado.

Entonces, con una sonrisa nerviosa, abrió la puerta de aquel aposento empolvado, donde hacía tantos años no entraba nadie más que él.

—Meted eso aquí—dijo con voz ronca.

Los mozos pusieron el cofre envuelto como estaba en la parte de adentro de la puerta.

—Idos—dijo Montiño á los mozos y al soldado.

—¿Y no nos dais para beber?—dijo este último—; mis camaradas se han ido rendidos.

Dió un escalofrío al cocinero mayor, que dió, con un violento esfuerzo, cuatro escudos al soldado y un ducado á los mozos.

Al fin se encontró solo con el alguacil, que había penetrado en aquella especie de sancta sanctorum del cocinero mayor.

Este cerró la puerta.

—Ya estamos solos—dijo al corchete—; ahora bien, ¿cuánto queréis y me dejáis libre?

—Nada.

—Pero ello es preciso... ya veis, yo tengo que perder... mi presencia hace más falta, más de lo que pensáis, en mi casa...

—Señor Francisco, guardad todo eso para el señor inquisidor general.

Montiño tuvo en los labios la palabra os haré rico; pero meditó que acaso no era tan grave el motivo de su prisión, que fuese necesario herirse mortalmente para librarse de ella, y se calló, dió otro doblón al corchete y las gracias por haberle dejado subir hasta allí; salió, cerró cuidadosamente y, despidiéndose de su mujer, asegurándola que no tardaría, salió del alcázar con el corchete.

Apenas había dejado el cocinero mayor las escaleras, cuando el galopín Cosme Aldaba se quitó el mandil y el gorro, y bajó á las galerías del alcázar, dirigiéndose á la antecámara de pajes del cuarto de la reina, á cuya puerta se paró.

A poco un paje talludo, rubicundo, de mirada aviesa, salió.

Alejáronse por la galería, y Aldaba dijo al paje:

—Ya está el negocio... dentro de una hora; escucha bien, Cristobalillo: hay seis perdices; pero una sola está asada con aceite; ya conoces tú las perdices asadas con aceite.

—Sí, hombre, sí.

—No basta decir sí; ¿qué color tienen las perdices asadas con aceite?

—Un color así, dorado blanquizco.

—Eso es; además, y para que no te equivoques, ten presente que la perdiz estará adornada con berros, y que tendrá todas las patas y el pico.

—No se me escapará.

—Veremos si eres hombre de ingenio.

—Descuida.

—Procura que sea de los primeros platos.

—Ya...

—Después... Inesilla te quiero mucho, y la señora Luisa quiere mucho también á don Juan de Guzmán... el viejo es rico y puede morir...

—Descuida, hombre, descuida.

—Y avísame, para que yo avise á la señora Luisa.

—Te avisaré.

—Adiós.

—Adiós.

Y el paje se volvió á la antecámara, y el galopín á las cocinas.