—El Chato devora cuanto halla, porque es un gato pobre, y no ha querido ese pedazo de perdiz. Los animales conocen la muerte. ¡Que Dios tenga piedad de la reina!
—¿Y qué hacer?
—¿Qué hacer?... yo no sé... ¿quién dice?... ¿quién declara?... ¡Oh! ¡no! ¡sentenciarnos á ser tenidos por cómplices, á morir deshonrados!... ¡hemos hecho cuanto podíamos hacer... y acaso... acaso nos hayamos engañado!... pero no... no... el Chato no ha comido... ¡Dios mío!...
—Sois cobarde...—exclamó Quevedo—; suceda lo que quiera, yo voy á buscar al médico de su majestad... guardad esa perdiz, guardadla; sobre todo, quitadla de esa fuente, que es de plata...
El bufón quitó los restos de la perdiz de la fuente, los echó en una escudilla, y con ellos el pedazo que había arrojado al gato.
Entre tanto, Quevedo había desaparecido.
Un paje de la reina se presentó poco después.
—Tío Manolillo—dijo—, os aconsejo que os escondáis por algún tiempo.
—Pues ¿qué pasa, hijo?—contestó dominándose el bufón.
—Que habéis dado un susto á su majestad, y no ha acabado de almorzar; se ha dejado casi todo lo que tenía en el plato cuando entrásteis vos.
—¿Pechugas de perdiz?...
—Eso es... ¡una perdiz que olía tan bien!... me la he comido, tío.
—¿Cómo te llamas, hijo?
—Gonzalo.
—¿Y te has comido la perdiz que quedaba en el plato de la reina?
—Sí... al salir... no me veían...
—¿Y quedaba mucho?...
—Casi una pechuga... y me ha hecho mal... ya se ve... ¡comí tan de prisa, porque no me vieran!
El paje, en efecto, empezaba á ponerse pálido.
—¿Y por qué vienes, hijo?—exclamó el tío Manolillo, haciendo un violento esfuerzo para dominar su horror.
—Por la fuente de plata que os habéis traído.
—¿Y comió mucho la reina?
—¡Quia! no... ni el padre Aliaga...
—¿Y te has comido las dos?...
—Sí.
—Ven, hijo mío, ven... ven á las cocinas... voy á darte aceite, que es bueno para que arrojes... ¡Oh! ¡Dios mío!...
—Tengo ansias, tío...
El bufón asió al mozo y le arrastró consigo.
Pero al llegar á las escaleras, el paje dió un grito, avanzó, cayó rodando por las escaleras, y con él la fuente de plata.
El bufón se retiró precipitadamente, fué á su aposento y se puso á rezar por el alma del paje.
CAPÍTULO XLVIII
DE CÓMO MUCHAS VECES LOS HOMBRES NO REPARAN EN EL CRIMEN AUNQUE SUS VESTIGIOS SEAN PATENTES
Pasó mucho tiempo sin que nadie subiese por las escaleras por donde el paje había caído.
Al fin subió una moza de retrete.
La escalera era obscura.
La moza tropezó en la bandeja, que sonó.
Recogióla la moza.
—¡Calla!—dijo—¡una bandeja de plata! ¡y sucia!... ¡llena de grasa! ¿cómo está aquí? La llevaré á la repostería.
Y siguió subiendo, y tropezó de nuevo.
Pero tropezó en un cuerpo humano.
Aquel cuerpo estaba frío.
La moza empezó á dar gritos.
A los gritos de la moza acudieron algunos de la servidumbre.
Muy pronto corrió la voz de que se había encontrado muerto un paje de la reina en las escaleras de las cocinas.
Y junto á ésta, corrió otra voz no menos escandalosa.
El aposento del cocinero mayor estaba abierto y abandonado, rotas algunas puertas, roto un gran cofre y vacío.
La mujer y la hija del cocinero mayor habían desaparecido.
El alcaide de palacio, el guarda mayor y el mayordomo mayor del rey, se habían presentado en los lugares de estas dos catástrofes.
A nadie se le ocurrió que entre la muerte del paje y la desaparición de la familia y el robo del cocinero mayor, podía haber una relación íntima.
A nadie se le ocurrió tomar acta de haberse encontrado junto al paje muerto una fuente de plata del servicio de mesa de la reina.
Los médicos declararon que, según los vestigios que quedaban en el cadáver, el paje había muerto de repente á consecuencia de un ataque cerebral.
Y tenían razón: porque el veneno que Guzmán había dado á Luisa, y Luisa al galopín Aldaba, y el galopín Aldaba al paje rubio, y éste á la mesa de la reina, y la mesa al paje Gonzalo, había obrado sobre el cerebro de este último produciéndole una violenta congestión.
El paje fué conducido al depósito de muertos de la parroquia de Santa María.
La fuente de plata entregada en la repostería y lavada.
Los únicos vestigios del crimen quedaban en una escudilla de madera en el cuarto del bufón.
Y el bufón, vuelto al fin en sí de tan violentas impresiones, se lavaba las manos borrando un vestigio de otro crimen, mientras la fuente se lavaba en la repostería.
Entre tanto el alcaide de palacio y el mayordomo mayor del rey, á quien se había dado parte de lo acontecido en el aposento del cocinero mayor, hacían extender testimonio á un escribano de cómo:
«El día 17 de Diciembre de 1610, llamado, etc. (aquí el largo fárrago curial), yo el infrascrito, entré con su excelencia el señor mayordomo mayor del rey y con su señoría el señor alcaide de palacio y con los señores Lope Ríos y Diego Luque, camareros del rey, en el aposento que en palacio habita el señor Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad el rey nuestro señor, que Dios guarde, y los expresados y el infrascrito escribano hallamos que la puerta del dicho aposento no estaba cerrada, sino abierta y franca; y en la primera habitación hallamos, á más de los muebles conocidos del uso de dicho Montiño y su familia, un cofre de hierro muy pesado, cerrado, sobre el cual se veían señales de haberle querido forzar, el cual cofre fué entregado en depósito al excelentísimo señor mayordomo mayor. Y entrados en el siguiente aposento hallamos los muebles revueltos, y algunas prendas de ropas esparcidas, con más un ejemplar impreso del arte de cocina, pastelería, bizcochería y conservería que ha compuesto el dicho cocinero mayor; y pasando á las otras habitaciones, las hallamos en el mismo desorden, y á la ventana de una de ellas, atado un pañuelo encarnado de algodón; y en otra habitación más interior hallamos un gran cofre descerrajado á viva fuerza de sus tres cerraduras, y el cofre vacío y sobre la mesa algunos papeles y libros de dinero puesto á ganancia; y otrosí: halláronse dos espadas y un arcabuz, y examinadas aquéllas y éste, hallóse ser de la marca que mandan las pragmáticas; y otrosí: acá y allá esparcidos halláronse seis doblones de á ocho y cuatro escudos de cruz, y veinte maravedises de plata, de todo lo cual y de los muebles y efectos se hizo el inventario adjunto y quedó entregado de todo el dicho excelentísimo señor mayordomo mayor, por cuyo mandato libro la relación presente de que doy fe. En testimonio de verdad.—Pero Ponce Lucas.»
Libróse asimismo testimonio de haber desaparecido:
Del cuarto del cocinero, su mujer, Luisa Robles, y su hija Inés Martínez.
De las cocinas, el galopín Cosme Aldaba.
De la servidumbre de la reina, el paje Cristóbal Cuero.
Y se tomaron declaraciones, y por estas declaraciones se averiguó que la cocinera tenía un amante, que se llamaba Juan de Guzmán.
Que el paje Cristóbal Cuero era el amante de la Inés Martínez.
Que el galopín Cosme Aldaba andaba en inteligencias con los unos y con los otros, que había sido despedido por el cocinero mayor y que su mujer le había enviado á las cocinas.
En vista de lo cual, sumariamente averiguado, y teniendo de ello conocimiento el rey, mandó su majestad que esta sumaria pasase á un alcalde, el cual alcalde mandó que fuesen presos donde fuesen habidos los expresados don Juan de Guzmán, Luisa Robles, Inés Martínez, Cosme Aldaba y Cristóbal Cuero, por delito de robo y otros, cometidos contra la hacienda y en la honra y en otros extremos y particulares del cocinero mayor de su majestad.
Pero en cuanto á la entrada exabrupta del tío Manolillo en la cámara de la reina, tomóse á gracia y la misma Margarita de Austria cambió su enojo en risa.
Y en cuanto á lo del paje, creyóse en lo de la muerte casual y violenta y se le enterró; diéronse á su madre de orden del rey ciertos maravedises para lutos; diéronse otros á un capellán para que dijera misas por el alma del difunto y no se habló más de ello, ni á nadie se le ocurrió pensar en venenos ni asesinatos.
Sabían el crimen y los asesinos, don Francisco de Quevedo, el bufón y Dios, que lo sabe todo.
CAPÍTULO XLIX
DE CÓMO LA DUQUESA DE GANDÍA TUVO UN SUSTO MUCHO MAYOR DEL QUE LE HABÍAN DADO «LOS MIEDOS DE SAN ANTÓN»
Doña Clara Soldevilla era feliz.
Feliz de una manera suprema.
Estaba consagrada enteramente al recuerdo de su felicidad.
Apenas si había hecho, desde que había salido aquella mañana de su aposento su marido, más que pensar en él, sentada en un sillón junto al brasero.
Ya bien entrado el día creyó que era un deber suyo dar parte á su padre de lo que le acontecía, y tomó la pluma para escribir una larga carta.
Pero una vez puesta á ello sólo pudo escribir lo siguiente:
«Padre de mi alma: Mi lealtad y la reina me han obligado á casarme; pero al casarme no he hecho un sacrificio. Soy feliz. Mi marido se llama don Juan Téllez Girón. No puedo escribiros más, mi buen padre. Estoy aturdida con lo que me sucede; enviad vuestra bendición, señor, á vuestra hija que os ama y queda rogando á Dios por vuestra vida.—Clara.»
Cerró esta carta y llamó.
—Que venga al momento Anselmo—dijo.
Presentóse poco después un escudero como de cincuenta años.
—Monta al momento á caballo, mi buen Anselmo—dijo Clara—, y ve á llevar á mi padre esta carta.
—¿Pues qué sucede, señora?—dijo Anselmo cuidadoso, porque era un antiguo criado de la casa.
—Sucede que doy á mi padre la noticia de mi casamiento.
—¡Cómo! ¿La señora se casa?
—Me he casado ya.
—¿De secreto?
—No, por cierto; me casé anoche delante de testigos en la capilla real.
El escudero se puso pálido y no se atrevió á preguntar más.
—Pero... me olvidaba... esta carta no puede ir sin otra suya, y él no ha venido.
En aquel momento entró en el cuarto una dama de la reina que venía de ceremonia.
—¡Ah, doña María!—exclamó la joven.
—Vengo, doña Clara, primero á daros la enhorabuena... una triple enhorabuena... qué sé yo cuántas enhorabuenas...
—¡Oh! ¡Muchas gracias, señora! Anselmo, vete fuera. Sentáos, doña María.
—No, por cierto; estoy en el tocador de la reina y la reina me envía. Di á doña Clara Soldevilla, me dijo, que no nos haga esperar; que se vista como conviene á una recién casada que va á ser presentada con su marido á la corte y á tomar la almohada de dama de honor, mientras que su marido toma el mando de la tercera compañía de guardias españolas. He venido, pues, doña Clara, contenta porque vos debíais estarlo mucho.
—¡Oh, sí! ¡gracias á Dios!
—¿Conque casada?
—Anoche...
—¡Y no haber conocido al novio!... ¡Reservada siempre!
—En cambio, señora, conoceréis al marido.
—Pues vestíos, vestíos, doña Clara; dentro de poco vendrán por vos y por vuestro esposo, el conde de Olivares representando al rey, la duquesa de Gandía representando á la reina, como que son vuestros padrinos. Además, permitidme un momento—y doña María salió y volvió á entrar trayendo un cofrecillo en las manos—, la reina me encarga que os prendáis estas joyas que os regala. Y es un bello aderezo... muy bello... su majestad os ama mucho.
—No sé cómo pagar á su majestad... y siento, siento mucho no poder complacerla... pero mi marido me ha regalado otro aderezo.
—¡Ah! ¿Conque es rico?... Os doy otra nueva enhorabuena. ¿Y seréis tan reservada respecto á vuestras galas de novia, como respecto á vuestros amores?
—¡Ay, Dios mío, no! Si queréis ver antes que nadie esas joyas, os daré gusto. Isabel.
Apareció una doncella.
—Trae un cofrecillo que hay en mi retrete, aquel cofre de sándalo donde yo guardo mis alhajas. ¿Y decís—continuó doña Clara—que la duquesa de Gandía vendrá por nosotros como madrina en nombre de la reina?
—Así me lo ha dicho su majestad.
—Ved el aderezo de que os he hablado—dijo doña Clara, abriendo el cofre.
Doña María, que había sabido con envidia el casamiento de doña Clara con un joven capitán de la guardia española, y con disgusto su nombramiento de dama de honor, que las igualaba á entrambas, vió con despecho las ricas alhajas que la mostró doña Clara con la mayor lisura, sin alegría y sin orgullo.
—Sois completamente afortunada—dijo—, y os repito mis enhorabuenas. Pero me voy; ya os he dado el mensaje que os traía, y me espera su majestad—y salió.
Apenas había salido doña María, cuando entró una doncella.
—Señora—dijo—, un caballero pregunta por vos; yo le he dicho que no acostumbrábais á recibir visitas, pero me ha contestado riendo, que estaba seguro que vos le recibiríais.
—¿Cómo se llama ese caballero?
—Se llama don Juan... don Juan...
—¿Téllez Girón?
—Eso es.
—Pues que entre al momento.
—¿Llamo á vuestra dueña?
—No.
La doncella salió escandalizada; doña Clara jamás había recibido visitas de hombre.
Introdujo, sin embargo, á don Juan, y salió.
Pero se quedó mirando por el quicio de la puerta y su escándalo creció cuando vió que su señora y el joven caballero se asían tiernamente de las manos, y que el caballero se atrevía á dar un beso á su señora.
—¡Oh, qué hermoso y qué gentil vienes, mi don Juan!—dijo doña Clara, mirando arrobada al joven—. Y cómo se conoce la ilustre sangre que te alienta. Yo también voy á engalanarme, á prenderme las hermosas joyas que me has regalado.
La doncella, escandalizada, se fué á decir á los demás criados, al rodrigón, á la dueña y al escudero, que su dama había recibido á solas á un caballero que la besaba, y lo que era peor, que la regalaba joyas.
Pero cuando estaba en lo más ardiente de su acusación fiscal, entró la dueña cojitranqueando, y dijo:
—Todo el mundo al cuarto de la señora.
El mundo todo aquel á que se refería la dueña, eran un rodrigón que ya conocemos, dos doncellas, dos escuderos, dos criados y un paje.
Todo el mundo entró con cuatro palmos de curiosidad en el aposento de la joven.
Don Juan estaba lisa y llanamente sentado junto al brasero y con el sombrero puesto.
Como el señor en su casa.
Los criados miraban á don Juan con asombro.
—Amigos míos—dijo doña Clara—, anoche, mientras vosotros dormíais, apadrinada por sus majestades, me casé con este caballero... con don Juan Téllez Girón, que siendo mi esposo y mi señor, es vuestro amo.
—Sea por muchos años—exclamó el rodrigón, que era el más viejo y el más autorizado—; que Dios haga muy felices á sus mercedes... este es el segundo casamiento que veo en la casa... cuando la señora madre de vuesa merced se casó...
—Os dió muestras del aprecio en que os tenía; yo os las daré también; ahora idos; quedáos vosotras—añadió, dirigiéndose á las doncellas—; necesito vestirme.
Los criados salieron por una puerta, y doña Clara y las doncellas por otra.
Quedóse solo el joven.
Una gravedad que hasta ahora no hemos conocido en él, había acabado por ser la expresión de su semblante.
La fortuna le sonreía; se encontraba poseedor de una mujer hermosa entre las hermosas, noble entre las nobles, dificultad viviente que había desesperado á los más peligrosos galanes de la corte; la poseía por completo; doña Clara le había dejado ver todo el tesoro de ternura y de amor de su alma, y le había dicho embriagada de no sabemos qué deleite:
—Vos habéis sido la mano que ha descorrido el velo de mi alma: os habéis presentado en tan poco tiempo delante de mí, tan hermoso primero, tan valiente, tan generoso, tan enamorado, tan noble después, que yo tengo para mí que habéis ganado bien en veinticuatro horas lo que otro no hubiera ganado tal vez en años.
Y cuando don Juan la replicaba:
—¿Y si la suerte nos hubiese separado?
—No os hubiera olvidado nunca; nunca hubiera dejado de sufrir al recordaros.
Y don Juan asía la hermosa cabeza de su mujer entre sus dos manos, la besaba y exclamaba entre aquel beso:
—¡Oh, bendita seas!
No podía ser más feliz don Juan.
Y esta felicidad le había hecho grave.
Contribuían, además, á esta gravedad, un remordimiento y una aspiración.
Aquella aspiración y aquel remordimiento estaban representadas por dos mujeres.
La aspiración era por su madre.
Don Juan sabía que era una dama ilustre. Pero su nombre... el joven hubiera hecho un doloroso sacrificio por saber el nombre de su madre.
El remordimiento estaba representado por Dorotea.
Doña Clara, después de haber asegurado, jurado el joven, que á nadie amaba más que á ella, no le había vuelto á hablar de la Dorotea.
La Dorotea era una cosa pasada, olvidada.
Su deber le prohibía volver á los amores de la comedianta.
Y, sin embargo, don Juan sabía que la Dorotea le amaba; que le amaba con toda su alma, que él había sido para ella una especie de regeneración; que, en una palabra, en la Dorotea se había abierto para él un alma tan virgen como la de doña Clara.
La comedianta, no era, es cierto, la mujer digna, pura, magnífica, el tesoro, en una palabra; pero la Dorotea era un ser desgraciado; tenía en su favor su infortunio... abandonarla era herirla... y luego... digámoslo de una vez, ¡era tan hermosa la Dorotea!... ¡amaba de una manera tan profunda, ten delicada, tan ardiente!...
Don Juan luchaba en vano con el recuerdo de la Dorotea, no podía dominarle, no podía recusarle... y del recuerdo doloroso de la Dorotea pasaba al misterio de su madre...
Don Juan estaba muy de mal humor.
Y cuando se hallaba en uno de sus momentos más tétricos se abrió la puerta, y uno de los pajes dijo:
—Señor, la duquesa de Gandía.
Don Juan se quitó el sombrero, lo arrojó precipitadamente sobre la mesa, y salió al encuentro de la duquesa.
Doña Juana de Velasco entró vestida, por decirlo así, de pontifical, y contrariada, sumamente contrariada.
Su orgullo estaba lastimado.
Un mandato expreso de la reina, la obligaba á presentarse como madrina en el cuarto de una joven dama de honor, á quien, como sabemos, tenía ojeriza, á quien llamaba intriganta y enemiga del duque de Lerma.
Pero lo mandaba su majestad y era necesario obedecer.
Lo que por otra parte contrariaba grandemente á la duquesa, era que el encargado de representar al rey como padrino, fuese el conde de Olivares, otro intrigante, otro enemigo del duque de Lerma.
Así es que la duquesa no se cuidaba de disimular su disgusto.
Don Juan la saludó profundamente.
—¿Sois vos el novio, no es esto?—dijo sentándose en un sillón y mirando al joven con el mismo aire impertinente con que hubiera mirado á un ayuda de cámara.
—Sí, señora; yo soy—dijo don Juan, templando su acento al tono del de la duquesa, porque en orgullo no cedía á nadie—; yo soy el marido de doña Clara.
—No os conozco—dijo la duquesa—y, sin embargo, vestís como noble y lleváis hábito, lo que nada prueba, porque hoy se da á todo el mundo una encomienda.
—Me llamo don Juan Téllez Girón, señora.
—¿Sois pariente de don Pedro?
—Soy su hijo...
—¡Su hijo!... No conozco ningún hijo del duque que se llame Juan.
—Soy su hijo bastardo...
—¡Ah! ya decía yo...
—Pero es un bravo mozo, está reconocido por su padre—, digo, según me han dicho—, y ha hecho grandes servicios á su majestad—dijo un caballero que acababa de entrar.
—¡Ah! ¿sois vos, don Gaspar?—dijo la duquesa con sobreceño.
—Pésame mucho, mi señora doña Juana—dijo el llamado don Gaspar—, de que su majestad se haya acordado de mí para representarle en este padrinazgo, cuando su majestad la reina se ha acordado de vos para el mismo objeto. Ya sé que no me queréis bien, y lo siento, porque yo os estimo.
La duquesa se mordió los labios y no contestó.
—¿Y esa hermosa señora?—dijo el conde de Olivares dirigiéndose al joven, y le dió la mano.
—Se viste en este momento, señor conde—dijo don Juan.
—¡Ah! de modo que dentro de poco se nos aparecerá un cielo. Os doy la enhorabuena, amigo, y veo que no me habéis olvidado. Hace tres días ignorábais... creo que ignorábais...
—Ciertamente, señor conde.
—Pero no os habéis olvidado de mí... me alegro... soy vuestro amigo... nos iguala la nobleza y el celo con que entrambos servimos á su majestad. ¿Y... vuestro tío?—añadió sonriendo el conde—. ¡Pobre Francisco Montiño! creo que le suceden grandes desgracias. Pero debéis olvidar eso y tender las alas, que las tenéis poderosas. Aprovecho esta ocasión para ofrecerme todo entero á vos; después que con vuestra esposa hayáis sido presentado á la corte, el capitán general de la guardia española y yo os presentaremos á vuestra brava compañía de arcabuceros.
—Gracias, señor conde.
—Pero me parece que vuestra esposa se acerca.
En efecto; se levantó un tapiz y apareció doña Clara, radiante de galas y hermosura: llevaba un traje de brocado de oro sobre verde, con doble falda y con segunda falda de brocado de plata sobre blanco; en los cabellos, en la garganta, sobre el seno, en las brazos, en la cintura, llevaba un magnífico aderezo completo.
—¡Señora duquesa! ¡señor conde!—exclamó la joven dirigiéndose á ellos—¡cuánto siento haberos hecho esperar!
Pero de repente doña Clara se detuvo.
Los ojos de la duquesa de Gandía estaban fijos con espanto en ella.
Doña Juana de Velasco estaba pálida y temblaba.
—¡Qué joyas tan hermosas!—dijo—; sobre todo... ese collar de perlas... y ese relicario... perdonadme... pero quiero ver ese relicario...
La joven se acercó á la duquesa.
Doña Juana volvió el relicario.
Su mano temblaba.
—¿Quién os dado esas joyas?—dijo en voz baja y rápida á doña Clara.
—Mi marido, señora—contestó en voz muy baja y profundamente conmovida doña Clara.
—¿Y sabe vuestro marido?... ¿sabéis vos?...
—Sí; sabemos que por estas joyas puede conocer á su madre.
—¡Ah!—exclamó la duquesa dando un grito, y retirándose bruscamente de doña Clara.
—¿Qué es eso, mi buena duquesa?—dijo con gran interés el conde de Olivares.
—Nada, no es nada; es un accidente que padezco... caballero—añadió dirigiéndose á Juan—, ¿queréis darme vuestro brazo?... apenas puedo sostenerme... y sus majestades esperan.
—¡Ah! señora—contestó don Juan turbado y conmovido, porque el acento de la duquesa había cambiado enteramente para él.
Y la dió el brazo.
Temblaba tanto don Juan, como la duquesa de Gandía.
Doña Clara tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¿Qué sucede aquí?—murmuró don Gaspar de Guzmán dando el brazo á doña Clara.
Y siguió hacia una puerta por donde se había llevado la duquesa de Gandía á don Juan.
Se dirigían por el interior de las habitaciones á la cámara pública de audiencia.
La duquesa iba de prisa.
Al pasar por una galería obscura, la duquesa, que iba muy delante del conde de Olivares y de doña Clara, dijo con acento cortado:
—Por piedad, caballero, no me engañéis; ¿por qué habéis querido que vuestra esposa se ponga esas joyas hoy?
—Porque... va á ser presentada á la corte, y en la corte puede estar mi madre—dijo balbuceando el joven.
—¿Y amáis mucho á vuestra madre?—dijo llorando la duquesa.
—¡Por Dios, señora! ¡por vuestro honor!... vamos á salir á los salones.
—¡Ah!—exclamó la duquesa.
Y deteniéndose de repente, asió la cabeza de don Juan y le besó en la boca.
Después apresuró el paso.
Cuando salió á los salones, se mostraba serena; pero severa, sombría.
Poco después los novios y los que representaban como padrinos á los reyes, fueron presentados á éstos.
Después doña Clara tomó la almohada de dama de honor.
Cuando el conde de Olivares se llevaba á don Juan para presentarle á su compañía de arcabuceros de la guardia española, la duquesa le dijo:
—Espero que iréis, en cuanto estéis libre, con vuestra esposa á mi casa.
—Iré, señora, iré.
Y el joven salió.
CAPÍTULO L
DE CÓMO DON FRANCISCO DE QUEVEDO QUISO DAR PUNTO Á UNO DE SUS ASUNTOS
Cumpliendo lo que había prometido á la duquesa, don Juan y doña Clara salieron una hora después del alcázar en una litera.
Era la litera enorme.
Los esposos iban sentados en el testero; los asientos delanteros iban vacíos.
Entrambos iban silenciosos y pensativos.
De repente una voz muy conocida, dijo al lacayo que guiaba á la mula delantera:
—¡Eh, conductor de venturas! ¡para, para, que la desdicha te lo manda!
El lacayo paró.
Una cabeza asomó á la portezuela, y una mano tocó á los cristales.
Don Juan abrió la portezuela.
—¿Es decir, que quepo?—dijo don Francisco de Quevedo.
—Donde quiera que estemos nosotros, cabéis vos; pero entrad, que llueve.
—Desde que llegué á Madrid, que fué el mismo día que llegásteis vos—dijo Quevedo entrando—, no ha cesado ni un punto de llover; hambre tengo de cielo, y hambre de que no me lluevan desdichas; lastimado ando, y espantado y sin sueño aunque no duermo. ¿A dónde vais?
—Casa de la duquesa de Gandía.
—¿Vais casa... de la duquesa?...—dijo Quevedo con acento hueco á doña Clara.
—Yo no he tenido la culpa—dijo la joven.
—¡Cómo! ¿de qué no has tenido tú la culpa, Clara mía?—dijo don Juan.
—Don Francisco lo sabe todo.
—¡Cómo! ¡sabéis!...
—Sí por cierto, sé...
Y Quevedo se detuvo.
—Sí, sabe que la duquesa de Gandía es... tu madre...
—¿Os ha dicho acaso mi padre?...
—Sí, sí... vuestro padre... eso es...—dijo Quevedo, que no quería que don Juan supiese que el tío Manolillo conocía aquel secreto.
—Mi padre ha hecho mal...—dijo don Juan.
—¡Joven!—exclamó severamente Quevedo—; secretos hay entre vuestro padre y yo que importan tanto, como que él es el duque de Osuna, el grande Osuna, y yo soy don Francisco de Quevedo, su secretario; y si yo no fuera secretario de secretos, no secretearía, y si el duque no tuviera secretos, no me tendría por secretario, y, por último, tan duque soy yo, como el duque es Quevedo, y Dios dirá y ya veremos, y pasemos á otra cosa. ¿Cómo está su majestad la reina?
—Buena y contenta—contestó doña Clara.
—¿Y no está pálida?
—Nunca ha tenido más hermosos colores.
—Pues que paren la litera.
—Pero yo no os entiendo—dijo don Juan.
—Entiéndome yo; vóime donde iba, y adiós.
Y abrió la portezuela.
—Para—dijo al lacayo.
La litera paró, salió Quevedo, se embozó en su capa y echó á andar.
Cerró don Juan la portezuela, y la litera siguió.
Quevedo, pisando lodos, atravesó con pena algunas calles, se detuvo en una, en la de Fuencarral, delante de una gran casa y se entró.
Poco después, una doncella decía á la condesa de Lemos:
—¡Don Francisco de Quevedo!
—Haced, señora, que me den tintero y papel—dijo Quevedo entrando.
—Os lo daré yo—dijo la condesa—. ¿Pero qué es esto, amigo mío?—dijo cuando quedaron solos.
—Esto es, que como no tengo más casa que la vuestra, ni más alma que vuestra alma, aquí me vengo á hacer mis cosas; por delante, es decir, por el zaguán, cuando es de día; por detrás, cuando es de noche. Vos me fortificáis y me consoláis... y yo me convierto en niño para vos; pero dejadme que sea por algún tiempo hombre y cumpla con mi obligación; que escribir tengo al duque... y largo... y de tal modo que le digo que me espere.
—¡Cómo! ¿os vais, don Francisco?
—Y me alegro.
—No digáis eso, porque creeré...
—Debéis creer que os amo mucho.
—Tenéisme vuestra....
—Por lo mismo; porque vos no sois vuestra siendo mía, os lo digo: que si yo no os amara... Oíd: el alma... lo que se llama alma, tiene más de una corcova.
—No os entiendo.
—Quiero decir... que lo mejor que puede hacer una criatura, es enderezar su alma.
—¡Ah!
—Si vos no fuérais quien sois...
—Don Francisco—dijo la condesa—, mirarlo debísteis antes; vos me caísteis como llovido.
—En esta aventura de aventuras, ha llovido de todo. Así estoy yo de calado; el agua me llega ya á las narices, y á poco más me ahogo. Pero dadme licencia para que escriba, que os lo afirmo, importa. No tiene trazas de dejar de llover, y como no quiero morir ahogado de este diluvio, dejadme que fabrique mi barca.
—Y esa barca...
—Ha de serlo una carta. Y en ella heme de salvar yo huyendo de vos: y habéos de salvar por mi huída, y á más han de salvarse ciertos recién casados, que no andan muy seguros...
—¿Conque es cosa decidida?...—dijo de mal talante la condesa.
—Bien veo que os enojo; pero en este pueblo de orates algún loco ha de haber con barruntos de juicio. Si sólo se tratara del conde mi señor... merecido lo tiene, pero vos... vos sois distinta cosa... y creedme, doña Catalina... cuando dos almas se casan no hay nada que las divorcie; búscanse, se juntan, se acarician, por más que los cuerpos que las aprisionan anden lejos... y la memoria... ¡bendiga Dios la memoria, consuelo de desterrados!...
—Tormento de mal nacidos...
—¿Por mal nacida os tenéis?
—Mal nace quien nace para penar.
—Penárais más á mi lado; escorpión nací... hortiga crezco... hiel lloro... ponzoña respiro. Maldición debo de tener encima, que si escribo muelo, si obro rajo... donde piso no nace hierba. Pidiera á Dios razones, si Dios con su lengua muda no me las diera, y paciencia si ya no tuviera callos en el alma. Cansado estoy de vivir, y tengo para mí que de cansado, sin haberme muerto, hiedo, y que se me puede sacar por el olor á poco que se me trate. Tomad á sueño lo que ha pasado, señora, como yo lo tomo á locura y maldición mía, y entendedme y no me digáis que no os amo, que al revés de otros, mi amor os pruebo cuando de vos me aparto, y con esto, dejadme que mi barca fabrique, que la tormenta arrecía y el puerto está lejos, y no por mí, sino por otros, á piloto me meto. Dadme, pues, papel, no lloréis, que tragos de hiel son para mí vuestras lágrimas, y si me provocáis á beberlas, matáranme, porque olvidaré mi propósito y todo se llevará el diablo y no hay para qué tanto.
—¡Pluguiera á Dios que nunca hubiérais venido!—dijo la de Lemos levantándose y sacando papel de un cajón.
—Pecados ajenos me trajeron, y pecados ajenos me llevan, como si no bastaran y aun sobraran para llevarme y traerme mis pecados propios. Y Dios os lo pague por el papel, y dadme licencia para que escriba.
La condesa no contestó; fuése al hueco del un balcón y se puso á llorar de espaldas á Quevedo.
Quevedo escribía entre tanto al duque de Osuna lo siguiente:
«Señor:
»Con ansias os escribo, y bien podéis creerlo cuando yo lo afirmo, que ya sabéis que en lo de garlar soy duro, y no se me pone tan fácilmente en el ansia. Pero tal se ensaña conmigo mi suerte pecadora, que tengo para mí que tendré que irme á un desierto, y aun allí, ya que no haga daño á las gentes, se lo haré á las piedras. Víneme á Madrid desde San Marcos, no sin algún escrúpulo é inapetencia, porque no ha habido vez en que yo haya vuelto á Madrid desde que salí de él á aventuras, que no me haya sucedido una desventura. Apenas llegado, topéme con vuestro hijo, y halléle ya tan enredado y tan en palacio metido y á tanto puesto, que me entró miedo de si podría desatollarlo, y esta es la hora, en que no sólo desatollarlo no he podido, sino que con él atollado me veo, y eso que aún no hace tres días cabales que entrambos estamos en la corte; tal turbión de enredos ha caído sobre nosotros, que estoy enredado y aun con telarañas en los ojos, y tan pegajosas y tales, que por más que restrego no aprovecha. Punzó el mozo, y de tal manera, que de la punzadura anda Calderón en un grito, boca arriba en el lecho, con un ojal en el costado que por poco es de pasión, lo que dudo mucho que llegue á ser de escarmiento. Salvóse por la caía la reina, que no menos que la reina anda en el lance, pero fué salvación de comedia de sustos, que no se sale de un peligro sino para caer en otro. El malaventurado cocinero del rey, hermano del fingido padre de nuestro mozo, se ha encontrado cogido por los enredos, y como es de pasta quebradiza y cicatera, ha cantado de plano, y vuestro hijo sabe quién es su padre y sábelo la corte, y sábelo todo el mundo, y lo único que ha sucedido á derechas y de lo que me alegro, porque el mancebo parece nacido con buena ventura, anoche le casó la reina con la hija del coronel Ignacio Soldevilla, que por ahí anda á las órdenes de vuecencia en los tercios de Nápoles. Y lo que más de espantar es, que siendo ella una dama de acero, donde se han mellado hasta ahora los dardos de Cupido (quiero decir, el diablo), es cera para su esposo, y le ama como si de encargo hubiera nacido para amarle, y está loca y encariñada con él, y él no acertando á mirar ni á ver más que á su doña Clara. ¡Vive Dios que los chicos me dan envidia, y que será gran lástima que tanta miel se acibare! Gran parte para evitar esta desdicha, será el apartar de la corte al recién casado, y que vuecencia le ponga bajo su mano, y nos marchemos de aquí todos; que vos, señor, lo conseguiréis con escribirle, y él se apresurará á obedeceros, que en cuanto á mí, he hecho cuanto he podido, metiéndome por sacarle de donde yo por mi voluntad no me hubiera metido. Pero me descuaderno y me voy de un lado para otro, y no puedo más, y á vuecencia recurro. Venga la orden por la posta, y cuanto antes logre yo poder decir á vuecencia lo que no es para escrito, sino para relatado, y aun así en voz baja y á puerta cerrada. Réstame por deciros, que el mozo es un oro, que si su sangre pudiese honrarse, la honraría, y que es gran pena, que en vez de ser hijo á trasmano, no lo fuese de mi señora la duquesa doña Catalina. Y como me tarda que ésta llegue á manos de vuecencia, abrevio el tiempo poniendo punto final.—Guarde Dios á vuecencia.
Don Francisco de Quevedo.»
Plegó esta carta, la cerró, y se fué hacia doña Catalina.
—¿Lloráis?—la dijo.
—¿No os basta que os esconda mis lágrimas—dijo la condesa—, sino que venís á buscarlas?
—Ellas me ahogan y ellas me dan vida. Llorado me vea por vos, yo, á quien no llorará nadie, y quiera Dios que por vuestro recuerdo, salgan de mi pecho las lágrimas que me hinchan.
—¿Pero no volveréis?
—No.
—Pues... adiós...
—Adiós...
La condesa se quedó llorando; Quevedo salió atusándose el bigote distraído.
—Si me ama—dijo—es feliz y no hay por qué dolerse... si no me ama, otro vendrá y le enjugará los ojos.
Y haciendo un nuevo ademán que podía traducirse por la frase: adelante, enérgicamente pronunciada, salió á paso lento de la casa.
Quevedo había tomado su resolución, y dejaba abandonado á tiempo un instrumento que ya no le servía.
CAPÍTULO LI
EN QUE ENCONTRAMOS DE NUEVO AL HÉROE DE NUESTRO CUENTO
El padre Aliaga salió del alcázar inmediatamente después de haberse turbado de una manera tan extraña, por el tío Manolillo, el almuerzo de la reina.
El confesor del rey estaba aturdido con lo que le acontecía.
El bufón había llegado á hacerse para él un gigante.
Aquel hombre había leído en su alma.
Aquel hombre había visto su fondo tenebroso.
Además, el hombre que se había creído amado por la reina, don Juan Téllez Girón, el hombre por quien acaso la reina se interesaba, el que se había casado con doña Clara Soldevilla para cubrir acaso á Margarita de Austria; el recuerdo de aquel hombre, roía el alma del padre Aliaga.
Porque el padre Aliaga, desesperado y loco, estaba celoso.
Y los celosos desconfían de todo, y aun en el mismo sol ven sombras.
El padre Aliaga hizo por lo mismo prender al cocinero mayor.
Porque tenía celos.
De modo que, el mísero de Francisco Martínez Montiño, estaba constantemente pagando pecados de otros.
El alguacil del Santo Oficio le había llevado en derechura al convento de Atocha, le había metido en la celda, y se había quedado guardándole por fuera.
Cuando se vió allí Montiño, respiró un tanto.
—Vamos—dijo—, estos son asuntos del inquisidor general. ¿Pero y mis asuntos? aquel Cosme Aldaba metido en las cocinas... y había en mi casa un no sé qué... yo estoy en ascuas... ¡y cuánto tarda el padre Aliaga! ¡Dios mío!
Y el pobre Montiño tuvo que esperar más de tres horas, esto es, desde las ocho hasta las once, sin atreverse á moverse del rincón de una de las vidrieras de los balcones de la celda donde se había pegado, viendo cómo caía el agua continua sobre la tierra de la huerta.
El ver llover da tristeza.
El cocinero mayor, que tenía más de un motivo para estar triste, se puso más triste aún.
Sus monólogos fueron tomando un no sé qué de insensato.
Sus ojos miraban de una manera singular la compacta cerrazón del cielo, como si ella hubiera tenido una relación directa con el nublado que envolvía su alma.
Acabó por adormilarse, que no eran para menos la inacción en que se encontraba, la insistencia de un mismo pensamiento, esto es, su casa y su cocina, y el lento, contínuo, incesante rumor de la lluvia.
De repente le hizo volverse despavorido una mano que se apoyó fuertemente en su hombro.
Encontró delante de sí al padre Aliaga.
Pero no al padre Aliaga humilde, impenetrable, sencillo, sino á un varón pálido, ceñudo, cuyos ojos brillaban de una manera terrible, y tenían allá en su fondo algo que hizo temblar á Montiño.
—¿Por qué no me trajísteis anoche el cofre de que hablamos?—le dijo.
—¡Porque me lo robaron!—exclamó todo lagrimoso, asustado y empequeñecido el cocinero mayor.
—¡Que os lo robaron!
—Sí, señor... en la Cava Baja de San Miguel. Pero miento; no me lo robaron... es decir, sí me lo robaron...
—Tranquilizáos, Montiño, porque estáis diciendo disparates.
—Es que vuestra señoría me está mirando con unos ojos...
El padre Aliaga comprendió que el cocinero mayor estaba bastante asustado para que fuese necesario asustarle más, y que seguir asustándole sería dar motivo á que no dijese una palabra con concierto.
—Vamos, vamos; no os he hecho venir...
—Perdone vuestra señoría; me han traído preso.
—Pues bien, no os he mandado prender para manteneros preso, sino para que viniérais. No pretendo haceros mal alguno.
—Así fueran todos como vos, padre, porque desde hace tres días todos me están haciendo daño.
—Tranquilizáos, que yo os protegeré contra todos.
—¿Y mi mujer y mi hija? ¿Y el galopín Cosme Aldaba? ¿Y don Juan de Guzmán?—dijo el cocinero recayendo en su pensamiento fijo.
—Ya hablaremos de eso. Sentáos aquí, junto al fuego, que hace frío, y si tenéis apetito pediré de almorzar.
—No; no, señor, he almorzado ya, y por cierto con buen apetito... y si no me encuentro al tío Manolillo que me animó...
—¡Ah! ¿habéis almorzado con el tío Manolillo?
—Sí; sí, señor... el tío Manolillo iba que centelleaba tras la comedianta, tras la Dorotea... que iba con el sargento mayor don Juan de Guzmán y se metió con ella en casa de doña Ana de Acuña.
El cocinero mayor, fuese por temperamento, fuese por debilidad, fuese por cálculo, vomitaba todo lo que sabía.
—¡Ah!—dijo el padre Aliaga, cuya fisonomía había vuelto á ser impenetrable y benévola—¿conque esa comedianta entró con el sargento mayor en casa de doña Ana?
—Sí, señor.
-¿Y el tío Manolillo?
—Se entró conmigo en una taberna de enfrente, donde almorzamos.
—¿Y luego?
—Luego, el tío Manolillo se fué á la casa de doña Ana, llamó...
—¿Luego conoce?...
—Debe conocer, porque le abrieron.
—¿Y vos?...
—Yo me fuí al alcázar: llegaba á él, cuando me prendieron.
—Os trajeron... Montiño.
—Yo digo que me prendieron, y aunque alegué que tenía que estar á la mira del almuerzo de sus majestades, y evacuar otros negocios, el alguacil que me prendió, sólo me dejó dar una vuelta por las cocinas, y llevar á mi casa el cofre, el famoso cofre, que había dejado en una portería por irme con el tío Manolillo.
—¿Pues no decíais que os habían robado el tal cofre?
—Sí; sí, señor; me lo robaron.
—¿Y cómo le recobrásteis?
—No le recobré yo.
—¿Pues quién fué?
—Ese caballero, que no sé por qué razón acertó á venir con dos amigos por la Cava Baja, cuando ya se llevaban el cofre.
—¡Don Juan Téllez Girón!
—¡Ah! ¿sabéis ya cómo se llama?
—Anoche le casé.
—¡Que le casásteis!
—Sí, con doña Clara Soldevilla.
—Pero, señor, ese mancebo ha caído de pies en la corte, todas le aman.
—Sigamos, sigamos—dijo el confesor del rey con voz ronca—. Le casé, y al pedirle su nombre, me dijo: don Juan Téllez Girón.
—Como que lo sabía... como que abrió el cofre y dentro encontró papeles, y una carta del duque de Osuna, en la que le llamaba su hijo, y un tesoro en joyas y en buenos doblones de oro, que es lo que queda únicamente en el cofre, porque los papeles y las joyas se las llevó.
—¿Y por qué no vinísteis?
—Tenía miedo.
—¿Qué hicísteis, pues?
—Me volví á palacio, pero estaban las puertas cerradas, y me vi obligado á meterme con el cofre y con mis gentes en donde mis gentes me entraron, en una muy mala casa, señor, donde me dieron un jergón muy malo, y pasé una muy mala noche y luego me hicieron pagar un muy buen precio... desdichas y más desdichas... y cuando creía que iba á descansar, he aquí que me prenden en nombre del Santo Oficio, y me asusté, señor, porque sin que os ofendáis, el nombre del Santo Oficio mete miedo, y me entran y me encierran en vuestra celda.
—De aquí saldréis libre y favorecido: pero me habéis de hablar con verdad.
—Os diré cuanto sepa y más que supiere á trueque de que me amparéis, que bien he menester de amparo.
—Antes de ir por el cofre consabido para traerle, ¿dónde estuvísteis?
—En el convento, por la carta de la madre Misericordia.
—¿Y luego?
—Fuí á casa del duque de Lerma, pero su excelencia no estaba en casa.
—¿De modo, que?...
—Tengo todavía en el bolsillo la carta de la madre Misericordia para el duque, y otra carta de la misma madre para vos.
—Dadme, dadme.
—Tomad, señor.
El padre Aliaga abrió la carta dirigida á él, y encontró todo el fárrago que nuestros lectores conocen.
—¡Ah! ¡ah!—dijo el padre Aliaga para sí—; ¿conque la de Lemos y Quevedo mancillan los nombres de dos familias ilustres? ¡se aman! ¡Quevedo es amigo de ese don Juan, y la condesa de Lemos es camarera de la reina!
El padre Aliaga se quedó profundamente pensativo y guardó la carta de la abadesa.
—Llevaréis esta otra al duque de Lerma—dijo el padre Aliaga devolviendo á Montiño la carta que la noche antes había escrito la madre Misericordia para su tío, bajo la presión del temor causado en ella por el Santo Oficio.
El cocinero se levantó súbitamente, porque le tardaba en verse en libertad.
—Esperad, esperad todavía.
Montiño volvió á sentarse con pena.
—Cualquier cosa que os suceda, la remediaré yo, y si no puedo remediarla, procuraré satisfaceros lo mejor posible.
—¡Ah! ¡señor! ¡Dios se lo pague á vuestra señoría!
—¿Para cuándo ha citado doña Ana de Acuña al duque de Lerma?
—Al duque de Lerma, no—dijo en una suave advertencia el cocinero.
—Al rey... eso es... es lo mismo... ¿cuándo debe ir el duque de Lerma á hacer el papel del rey en casa de esa mujer?
—Tengo que avisarla.
—Id á llevar esta carta al duque.
Montiño se levantó de nuevo.
—Si el duque os envía á casa de doña Ana, avisadme.
—Avisaré á vuestra señoría de todo.
—Y como vivís en palacio, procurad no perder nada en cuanto os fuese posible de cuanto haga ese don Juan.
—Serviré fielmente á vuestra señoría.
—Y como os quejáis de haber hecho gastos...
—Yo no me he quejado, aunque los he hecho...
—Tomad.
El padre Aliaga abrió un cajón y sacó un centenar de escudos que dió al cocinero.
—¡Ah! ¡señor!—dijo Montiño—; yo no tomaría esto, si no fuera porque estoy pobre.
Y en aquellos momentos el cocinero mayor decía la verdad sin saberlo.
—Id, id, que el día avanza, y tal vez os busquen.
—No lo quiera Dios: y puesto que vuestra señoría no me necesita, voy... voy á dar una vuelta por mi casa...
—Id con Dios.
Montiño salió desolado.
A pesar de que estaba asendereado y molido, de que llovía, de que el terreno estaba resbaladizo, de que hay una gran distancia desde el convento de Atocha á palacio, Montiño recorrió aquella distancia en pocos minutos.
Cuando estuvo en la puerta de las Meninas, se abalanzó por las escaleras más próximas y subió á saltos los peldaños.
Cuando llegó á su puerta, llamó.
Nadie le contestó.
Volvió á llamar y sucedió el mismo silencio.
Entonces vió lo que en su apresuramiento, en la turbación, no había visto.
Un papel pegado sobre la cerradura, en que se leía en letras gordas, lo siguiente:
NADIE ABRA ESTA PUERTA, DE ORDEN DEL REY NUESTRO SEÑOR
Si hubiera visto la cabeza de Medusa, no hubiera causado en él tan terrible efecto como le causó la vista de aquel papel.
Pero de repente se serenó y soltó una carcajada insensata.
—¡Vamos, señor!—dijo—he perdido el tino; en vez de venirme á mi casa, me he venido á otra puerta.
Y siguió el corredor adelante.
Pero á medida que adelantaba se convencía de que estaba en el corredor de su vivienda.
Entonces volvió á sobrecogerle el terror, y se volvió atrás, y volvió á llamar, pero de una manera desesperada.
—¡Sí, sí!—exclamó—; esta es la puerta de mi aposento, y no hay nadie en él, y luego este papel sellado; ¡Dios mío!
El cocinero mayor se agarró con entrambas manos la cabeza, como pretendiendo que no se le escapara, y de repente dió á correr y se entró en la cocina.
Oficiales, galopines y pícaros, hablaban en corros.
De repente, una voz desesperada, horrible, llamó la atención de todos.
Aquella voz había gritado con una entonación que partía el alma:
—¿Dónde está mi mujer? ¿dónde está mi hija?
Por el momento nadie le contestó.
Al fin, uno de los oficiales de más edad adelantó y le dijo:
—Señor Francisco, es menester que vuesa merced tenga mucho valor.
—¿Pero qué ha pasado?—gritó con más desesperación, con más miedo, con más horror Montiño.
—Hace una hora se ha encontrado abierto el cuarto de vuesa merced y robado.
—¡Robado!
Y aquel robado, no fué un grito, sino un aullido, ni un aullido tampoco, porque no hay en ninguno de los sonidos que representan el dolor, el terror, la muerte, el fin de todo, la agonía, cuanto puede sentir y sufrir un ser humano, nada comparable al grito del cocinero mayor.
Luego dejó caer los brazos y la cabeza, y repitió aquel ¡robado!, pero de una manera ronca, grave, semejante á la preparación del rugido del león.
Y luego, llorando como un muchacho á quien han roto su botijo, y teme la cólera de su madre, repitió la frase ¡robado! y dió á correr sin saber á dónde, como un gato espantado, tropezando en todo, dándose en las paredes.
De repente se sintió asido como por unas tenazas de hierro, y lanzado dentro de un aposento.
Luego se oyó la llave de una puerta, y le arrastraron á otro aposento.
Y al fin Montiño se vió delante del tío Manolillo, que con los ojos como brasas, amenazador, terrible, le mostraba una escudilla de madera en la cual había algunos berros, y los muslos, las patas, los alones y el caparazón de una perdiz, todo verde, como los berros sobre que estaba.
—¡Rezad á Dios por el alma de un difunto!—exclamó con voz concentrada el bufón—¡rogad á Dios! cocinero de su majestad.
—¡Cosme Aldaba!—exclamó Montiño, y cayó de rodillas y con las manos juntas á los pies del bufón.
CAPÍTULO LII
DE CÓMO EMPEZÓ Á SER OTRO EL COCINERO MAYOR
«Un clavo saca otro clavo», se dice vulgarmente.
Un nuevo terror disipó el anterior terror de Montiño.
Aquella perdiz verde que le presentaba la inflexible mano del tío Manolillo, le devoraba, le mordía, le magullaba el alma, por decirlo así.
Pálido, contraído, yerto, con la boca dilatada, los ojos fijos, desencajados, espantosos, los brazos extendidos, crispados los dedos, erizados los cabellos, temblando todo, estaba horrible por el terror que sentía; detrás de aquella perdiz verde veía un cadáver... el cadáver de la reina, y detrás del cadáver de la reina, los dos palos escuetos y rojos de la horca.
—¡Infame Cosme Aldaba!—exclamaba con un acento indefinible—. ¡Infame Cosme Aldaba!... ¡él ha sido!... ¡yo no!... ¡yo no!... ¡no he parecido por las cocinas en dos días!
—¡Pero habéis sido ciego... miserablemente ciego!...—exclamó con acento de desprecio y de cólera el bufón—habéis sido ciego, y por vuestra ceguera ese infame Guzmán ha podido volver loca á vuestra esposa... ha podido hacerla un instrumento de muerte... y todo por vos... por haber sido tonto.
—¡Oh Dios mío! pero su majestad...
—Esa perdiz se ha servido en el almuerzo de la reina—dijo el bufón.
—¿Pero ese difunto... ese difunto de que hablábais?...—dijo Montiño levantándose.
—Ha sido un paje.
—¡Ah!—exclamó el cocinero—¡un paje!...
—Sí, un paje que se ha comido las pechugas que habían quedado en los platos de la reina y del padre Aliaga.
—El padre Aliaga está perfectamente bueno—exclamó con alegría el cocinero mayor.
—¿Que está bueno el padre Aliaga?...
—¡Sí, acabo de hablar con él!
—¿Y la reina?... yo no me he atrevido á preguntar... no me he atrevido á hablar... pero el alcázar está tranquilo... ¡oh! ¡si hubiese querido Dios que el golpe se hubiese frustrado!...
—¡Sí, sí, Dios lo habrá querido!...—exclamó el cocinero—¡porque Dios no querrá que nos ahorquen inocentes!
La horca era el pensamiento fijo de Montiño.
—¡Que nos ahorquen! ¡No, no puede ser! se ha perdido el rastro.
—¡Que se ha perdido el rastro, y tenéis ahí en esa escudilla los restos envenenados de la perdiz!
—Tenéis razón, tenéis razón, Montiño—dijo el bufón-; pero esto desaparecerá, desaparecerá, yo os lo juro.
Y yendo á un negro fogón que le servía para condimentar su pobre comida, el tío Manolillo hizo fuego, y puso sobre él la escudilla de madera con los restos de la perdiz.
—¿Y no queda más señal que esa?—dijo el cocinero viendo arder con ansiedad la escudilla.
—No... el veneno sólo queda ahí... y en las entrañas del paje muerto... Pero, según he oído, se han llevado el paje á la parroquia sin que nadie sospeche; cuando le hayan enterrado....
—¡Oh Dios mío! ¡Dios mío! ¡Pero mi mujer! ¡Mi hija!
—¿Aún amáis á vuestra mujer?...
—No la amo... no... pero siento una horrible sed de venganza... La miserable... la desagradecida... yo que la había sacado de la miseria... y luego el hijo que lleva en el seno...
—Vos nunca habéis tenido hijos.
—¡Cómo! ¿No es hija mía Inés?
—Vuestra primera mujer os engañó, como os ha engañado la segunda.
—¡Dios mío! ¡Dios mío!
—De modo que debéis alegraros de que se os haya escapado.
—¡Pero se ha escapado robándome!...—exclamó en una de sus acostumbradas salidas de tono el cocinero mayor.
—¡Bah! consoláos; ya tendréis algún dinero empleado por ahí.
—No tengo ni un sólo maravedí... había pensado retirarme.
—Según me han dicho, ha quedado un cofre muy pesado, que se encontró en vuestro aposento, que los ladrones no pudieron abrir porque es de hierro, y que no se atrevieron á llevarse por su tamaño, en poder del mayordomo mayor.
—¡En todo tiene suerte ese mancebo... mi sobrino postizo!—exclamó con una rabia angustiosa el cocinero mayor—; me roban á mí, encuentran su dinero en mi aposento cuando me roban y no pueden robarle á él. ¡Dios mío, Dios mío! me quedo solo en el mundo, y pobre y viejo.
—En primer lugar, don Juan Téllez Girón, vuestro sobrino postizo, os debe todo lo que es. Vos habéis sido la causa de las casualidades que le han hecho esposo de doña Clara Soldevilla y favorito de la reina, y qué sé yo qué más cosas... pero ya se ha quemado la escudilla con lo que contenía, ya no queda rastro por aquí del veneno... el alcázar se me cae encima; salgamos... salgamos de aquí, Montiño.
—Llueve que es una maldición. Llovía cuando llegó á Madrid mi sobrino... quiero decir, don Juan Girón; y yo tengo para mí que mientras llueva no cesarán las desdichas.
—Ya veremos dónde nos metemos. Arregláos los cabellos y el vestido, que los tenéis desordenados, ponéos la capa y el sombrero, y vamos.
Púsose el bufón una caperuza, envolvióse en una capilla, salió de su aposento con Montiño y cerró la puerta con llave, murmurando:
—Ahí te quedas, terrible secreto; tú, aposento miserable del bufón, no hablarás, como tampoco hablará la tumba del paje. Vamos, Montiño, vamos; ¿pero á dónde vais?
—A las cocinas. ¿Queréis que cuando me veo arruinado, abandone el único recurso que me queda?
—¡Dios ayude al bolsillo de su majestad!
—¡Otros diez años de cocinero, solo, triste, viejo!... ¡Otros diez años para reunir la décima parte de lo que me han robado!—exclamó Montiño con desesperación.
Y no habló una palabra más hasta llegar á las cocinas.
Ni allí habló otras palabras, que las referentes al servicio.
Lo miró todo, lo inspeccionó todo, dió órdenes, y todos le escucharon con un silencio terrible, con un silencio de espanto, porque á pesar de que el desdichado no decía una sola palabra de su desgracia, ni nadie se atrevía á recordársela, su rostro estaba espantoso.
Se pintaba en él no sólo una desesperación profunda, sino el principio de una insensatez horrible.
Sus miradas vagaban inciertas sobre los objetos, sus mejillas habían como enflaquecido, sus cabellos como blanqueado, habíase afilado su nariz, temblaba de tiempo en tiempo el mezquino, y repetía una misma orden, é iba de acá para allá, volviendo siempre á un mismo punto.
Hasta su voz se había alterado.
Cuando salió, el oficial mayor dijo en medio del silencio general:
—¡Pobre señor Francisco! ¡está loco!
Y aquella palabra loco retumbó fatídicamente en las cocinas, repetida por todos.
Entre tanto, Montiño decía, asiéndose al brazo del bufón:
—Vamos á donde vos queráis—le dijo—; afortunadamente entre tanta desgracia la vianda del rey está lista, no falta nada y... no me despedirán... tendrán lástima de mí...
—¡Infeliz!—murmuró enteramente desarmado el tío Manolillo.
Y entrambos, en silencio, se encaminaron á la salida del alcázar.