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El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III

Chapter 63: CAPÍTULO LVII
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About This Book

The narrative follows a royal cook whose daily duties embroil him and his circle in a tangle of court intrigues, romantic entanglements, conspiracies, and comic misadventures. Episodic chapters present satirical portraits of nobles, clergy, servants and a sharp-tongued satirist, with clandestine meetings, mistaken identities, arrests and jealousies that escalate from farce to serious consequence. The tone shifts between humor and darker irony as plots multiply, alliances shift, and characters reveal ambition, vanity and vulnerability. The structure stitches short adventures and revelations into a concluding sequence that resolves many strands while reflecting on power, reputation and the hazards of palace life.

—Muy bien, señora.

—Haced que me traigan algo que sirva para pegar papel.

Trajeron á la duquesa almidón cocido.

—Retiráos—dijo la duquesa—; cerrad la puerta, y que nadie entre bajo ningún pretexto sin que yo le llame.

—¿No almuerza la señora?

—No.

La dueña salió admirada.

La pobre duquesa empleó todo el día en componer su carta con las letras cortadas, pegándolas como había hecho el duque de Osuna sobre un papel.

—Guardó cuidadosamente lo que podía indicar su trabajo, quemó la carta del duque de Osuna y el original de la suya, llamó y comió algo.

—¿Ha venido Esperanza? doña Agueda—dijo mientras comía la duquesa á la dueña que la había dado la primera noticia de la desaparición de la joven.

—No; no, señora—dijo la dueña—; ni parece á pesar de que se han enviado algunos lacayos á buscarla. Parece que se la ha tragado la tierra. Será necesario dar parte á la justicia.

—No, no: respetemos á su pobre padre... ocultémosle su desgracia—dijo la duquesa—; que nadie hable de ello... ya veremos lo que tenemos que hacer.

—Muy bien, señora.

—¿Ha dejado su cofre?

—Lo ha dejado todo.

—Pues bien: sacad ese cofre, que lo descerrajen delante de vos, y que me lo traigan. Yo sola he de verlo.

—Muy bien, señora.

Poco después la duquesa tenía en su habitación el pequeño cofre de Esperanza, descerrajado.

Quedóse sola, y fué sacando la pequeña hacienda de la joven.

Consistía en escasa ropa blanca, algunos abanicos, y otras joyuelas.

Pero en un rincón del cofre, la duquesa encontró un pequeño envoltorio; un envoltorio pesado.

Le abrió, y encontró quince doblones de oro de la cruz, una rica sortija y una cadena de diamantes.

La duquesa lo adivinó todo.

—¡Oh!—dijo profundamente—; la ha deslumbrado, la ha engañado, se la ha llevado consigo para que no hable: ¿quién será este hombre que tan villanamente obró conmigo aquella noche funesta, y que con tanta hidalguía cuida de que nadie, ni el aire pueda sospechar de mí? ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡si fuera el rey!... dicen que el rey es muy dado á las mujeres, muy enamoradizo... pero el rey no se recataría tanto... no, no... ¿quién será, Dios mío? ¿quién será?

Y ni por sueños pasó por la imaginación de la duquesa, que aquel hombre pudiera ser don Pedro Téllez Girón.

Tan imprudente le creía doña Juana, que á habérsela ocurrido aquel pensamiento, le hubiera desechado como absurdo.

Y eso que siempre tenía en la memoria al duque de Osuna, porque le amaba.

Pero para ella sola, con un amor encerrado en el fondo de su alma.

La duquesa guardó el dinero y las dos alhajas, puso de nuevo en el cofre lo que de él había sacado, y mandó que lo pusiesen entre sus cofres de uso diario.

Luego esperó con impaciencia á que diesen las doce de la noche.

Poco antes ocultó la luz, se asomó á la reja y esperó.

Al dar las doce, se oyeron pasos en la calleja, apareció un bulto, y se detuvo debajo de la reja donde estaba asomada la duquesa.

Esta, temblando, dejó caer la carta.

El bulto la recogió, y la dijo con voz desfigurada:

—Mañana te contestaré, adorada mía; á las doce echa un cordón donde yo pueda poner mi carta.

Y cuando la duquesa, atropellando por todo, iba á contestar, el bulto desapareció.

Doña Juana se entró despechada en su dormitorio, se acostó, pero no durmió.

A la noche siguiente, en punto de las doce, al entrar el duque de Osuna en la calle, al pararse bajo la reja, sintió abrir la del piso bajo.

—Caballero, quien quiera que seáis—exclamó la duquesa de Gandía, que ella era—, escuchadme en nombre de vuestro honor.

El duque, sobresaltado, guardó silencio por algunos segundos.

Luego, desfigurando completamente la voz, contestó:

—¡Oh! ¡y qué imprudente eres, y á qué terrible prueba me sujetas!

—Habladme como queráis—dijo la duquesa—; yo no puedo evitarlo; soy vuestra esclava.

—Perdonad, ¡ah! perdonad, señora—dijo el duque—, pero os amo tanto...

—¿Y por qué siendo yo viuda, antes de llegar al punto á que habéis llegado...?

—¿No os he dicho mi amor... no es verdad? sois tan virtuosa, señora, tan insensible...

—Soy lo que debo de ser, pero no se trata de eso: ¿quién sois vos?

—Un hombre que os ama.

—¿Os conozco yo?

—No.

—¿Ni acudís á lugares donde yo pueda hablaros?

—No.

—¿Sois sin embargo, rico?...

—Y noble: pero el ser rico y noble no supone que haya uno de entrar en los salones del rey.

—¡Ah! si sois rico y noble, ¿por qué no os casáis conmigo?

—Porque no puedo.

—¿Sois casado?

—No.

—¿Pues si no sois casado?...

—Mi cabeza está sentenciada...

—¡Sentenciada! ¿Por qué delito?...

—Por haber puesto mano á la espada contra el rey.

—¡Ah! ¿y sois noble?

—Porque soy noble; la misma noche en que fuísteis mía...

—¡Callad!... pero si es cierto... yo preguntaré...

—Nada sabréis, porque el rey y yo estábamos solos.

—¿Y no puede el rey perdonaros?...

—El rey me hará ahorcar el día que me coja...

—Sois cruel; sois miserable... habéis cometido conmigo un crimen inaudito y no lo queréis reparar.

—No puedo... pero nadie conocerá...

—Eso es imposible.

—Os juro que el secreto quedará únicamente entre los dos.

—¿Por qué no me habláis con vuestro acento natural?

—Si os hablo sin desfigurar la voz, soy perdido.

—¿No cederéis?

—No.

—¡Que os castigue Dios!

—Bastante castigado estoy, señora.

—¡Oh! ¡qué situación tan horrible la mía!—exclamó la duquesa.

—Horrible, sí, muy horrible—exclamó el duque—; horrible para los dos.

—Porque... porque vos habéis sido un infame—dijo la duquesa, que no pudo contenerse más, llorando.

—Culpad á Dios, que os ha hecho tan hermosa.

—Concluyamos, caballero, concluyamos—dijo la duquesa—; os habéis burlado de mí... ya no tiene remedio; yo no me vengaré, yo no os maldeciré... pero Dios os castigará.

—Ya os he dicho que estoy harto castigado.

—¿Pero no os dais á conocer? Os juro que no me quejaré, que me resignaré... pero vuestro nombre...

—No puedo... no debo... no lo diré...

—Yo debo conoceros, puesto que con tal cuidado fingís la voz.

—No, no me conocéis. Pero veamos, señora, lo que hemos de hacer; lo que importa es salvar vuestro honor.

—¡Ah, Dios mío! ¿y cómo?

—Nadie sabe por mi parte que yo os he escrito; para que mi carta llegue á vuestras manos ha sido preciso que yo engañe á una de vuestras doncellas.

—¡Esperanza! la habéis seducido, la habéis comprado...

—¡Cómo sabéis!..

—Sí, sí por cierto... y os entrego el dinero y las alhajas que la dísteis.

—Yo guardaré como preciosísimas estas alhajas y estas monedas que han estado en vuestro seno y que guardan su dulce calor—dijo don Pedro, tomando aquellos objetos que le daba la duquesa, y estrechando de paso una de sus manos, que la duquesa retiró vivamente.

—¡Ah!—exclamó con indignación—¡no os basta el haberme perdido, sino que aún me seguís insultando!

—¡Perdonad, señora, pero os amo tanto!

—¿Y desde cuándo me amáis?...

—Desde la noche en que...

—De modo que cuando me encontrásteis, por mi mala ventura...

—Me deslumbrásteis, señora; yo no os conocía... os vi... y...

—Fuísteis un infame.

—Tenéis razón; pero no fuí yo... fué un impulso superior á mis fuerzas... no hablemos más de eso...

—Pero en la situación en que me encuentro...

—Os salvaré de ella...

—Alguien habrá de saber...

—Dios, que lo sabe todo, vos y yo.

—¿Y qué pensáis hacer? decidme.

—Por el momento, alejar á Esperanza de Madrid. Para eso necesito irme con ella, estar á su lado algún tiempo.

—¡Ah!

—Un mes á lo menos. Hoy estamos á primeros de Abril; el primero de Mayo á las doce de la noche en punto, estaré en esta reja. Adiós.

—¿Os vais?

—Sí...

—Y si os dijese que... que os amo...—dijo con gran dificultad la duquesa.

—Yo sé que no me amáis; yo sé que mentís... perdonadme, pero esta es la verdad; que mentís para arrancarme mi nombre; vos no me amáis.

—No... no miento—exclamó toda turbada la duquesa.

—Pues bien, señora, yo tengo la llave de ese postigo; si es cierto que me amáis, permitidme que llegue hasta vos.

—¡Ah! ¡no! ¡no! ¡imposible! si queréis que yo sea vuestra, hablad, descubríos el rostro, que yo os juro ser vuestra esposa.

—¡Ah! ¡si eso pudiera ser! Pero adiós, señora, adiós.

—¿Volveréis?

—Volveré... dentro de un mes; el primero de Mayo á esta misma hora, por esta misma reja. Adiós.

—Adiós.

El duque de Osuna notó que doña Juana se quedaba en la reja.

Tuvo intenciones de volver.

De decirla: soy yo; yo el hombre que os ama; el hombre á quien amáis.

Porque el duque de Osuna había llegado á comprender que doña Juana le amaba.

Pero había comprendido también que doña Juana tenía fuerza sobrada para contener su amor.

Que era capaz de morir antes que deshonrarse.

El duque, pues, no se había atrevido á darse á conocer.

El amor tranquilo de la duquesa, expresado por una tierna amistad, se hubiera convertido en odio al saber ésta que él era el causador de su situación horrible; doña Juana se hubiera negado á verle, y don Pedro no se atrevió á romper el incógnito.

Trasladóse á la calle de la Palma Alta, á la casa donde tenía á Esperanza.

La joven dormía profundamente, y en su boca, entreabierta por el sueño, lucia una sonrisa de deleite.

—Dejémosla dormir—dijo el duque de Osuna—, y entretanto dispongámoslo todo para apartarla de aquí.

Y bajó, abrió una reja y dió una palmada.

Acudió un hombre.

—¿Eres tú, Díaz?—dijo el duque.

—Sí, excelentísimo señor.

—¿Sabe alguien quién es la dama que está conmigo en esta casa?

—Yo mismo no lo sé; vuecencia tenía la silla de manos dispuesta en una encrucijada; la noche en que vine era tan obscura, que aunque hubiera querido...

—Muy bien; ahora mismo buscarás un coche de camino.

—Muy bien, señor.

—Que el mayoral y los mozos sean extraños, que no me conozcan.

—Muy bien, señor.

—Necesito ese coche dentro de una hora.

—¿Y el equipaje del señor?

—No necesito equipaje. Toma esta llave, entra en mi recámara, y abre el armario; en uno de sus tableros hay un cofre pequeño muy pesado, tráetelo.

—¡Oh, y sin perder un minuto, traeré también á vuecencia equipaje!

—Bien, escucha: pon algunos trajes de corte; es posible que sin descansar me plante en París.

—¿Y va á ir vuecencia solo?

—Enteramente solo; pero ve, mi buen Díaz, ve que estamos perdiendo el tiempo.

El criado del duque partió á la carrera.

Don Pedro volvió á subir al aposento donde dormía Esperanza, se acercó á la luz y miró la muestra de un enorme reloj de oro.

—Las tres y media—dijo—; á las cuatro y media está aquí el coche; aún no es de día ni con mucho. Hay el tiempo preciso para que esa muchacha se vista.

Y entrando en la alcoba la despertó.

—¡Ah, sois vos, señor!—dijo Esperanza—; apenas puedo ver claro.

—Sí, yo soy; levántate y vístete; nos marchamos.

—¿Que nos marchamos? ¿Y á dónde?

—Donde pueda vivir libremente á tu lado, Esperanza mía—contestó con ternura el duque.

—Oh, cuánto te amo—dijo Esperanza, colgándose del cuello del duque.

—Sí, sí; pero aprovechemos el tiempo.

—¿Y á dónde vamos, señor?—dijo Esperanza, saltando casi vestida de la cama.

—A París.

—¡A París!

—Sí, á una hermosa ciudad... muy noble y muy populosa... que vale algo más que Madrid.

—¿Y allí no os conocen?

—Sí, por cierto; pero en París es difícil encontrarse con los conocidos.

—¿Pero vos no podéis estar siempre en París?

—No; pero iré á verte largas temporadas. Tú puedes llevar á tu familia, vivir en un palacio.

—¡Oh, Dios mío!

—Quiero que pases por una dama principal.

—¡Oh, descuidad!... no os avergonzaré, no diré á nadie que he estado sirviendo.

—Lo quiero... no por mí, que eres tú harto hermosa para que pueda disculparme, sino por ti.

—Sí, por ti y por mí. ¡Oh, Dios mío y qué feliz soy! ¡Cuando pienso que he estado á punto de casarme con Cosme Prieto!

—Eso hubiera sido una atrocidad.

—¡Bendita sea lo hora en que el gran duque de Osuna me vió!

—El amor iguala á los bajos con los altos, y si no fuera yo casado...

—¿Te casarías conmigo?

—No; pero no me casaría con otra.

—Yo os quiero así, mi señor... yo me muero por vos, y aunque no fuéseis rico ni duque, os amaría del mismo modo.

—Oye: es el ruido de un coche. Mientras concluyes de vestirte voy á ver si falta aún algo.

El duque bajó á obscuras y abrió la puerta.

Entre la sombra vió un enorme coche de camino, y detrás un carro.

La zaga del coche era un promontorio.

—¿Qué es esto, Díaz?—dijo.

—He concluído en menos de una hora. Como las ventas de España son tan malas, he cargado un carro de comestibles y vino; además he buscado un cocinero, y cuatro lacayos.

—¿Y todo eso en media hora?

—Como que hemos sido diez trabajando á un tiempo.

—¿Y sabe esa gente que me acompañará quién soy yo?

—No, señor.

—¿Y qué es eso que abulta en la zaga?

—Es un equipaje completo; el cofre pesado que estaba en el armario está en el cajón del coche, y ésta es la llave; he puesto además un talego lleno de ducados y otro de doblones de á ocho en el mismo cajón.

—Bien, bien, Díaz; que esté todo dispuesto para marchar. Cuando salga yo con esa dama, cierra esta casa y vete; si pregunta alguien dónde estoy, responded que me he ido á caza.

—Muy bien, señor; ¿y si la señora duquesa?...

—Dí á Alvarado, mi secretario, que la diga que no he podido despedirme de ella porque he partido en posta con un encargo secreto del rey para la corte de Francia. Adiós.

—Que vuecencia lleve buen viaje.

Poco después salió Esperanza cubierta con la capa del duque, y asida á su brazo entró en el coche.

Las mulas se pusieron en movimiento, sonaron las campanillas, rechinaron las ruedas y el pequeño convoy, compuesto del coche y del carro, salió de Madrid.

Quince días después entraba en París.

El duque tomó una hermosa casa en la calle de San Dionisio.

Es decir, la compró.

La hizo amueblar magníficamente en dos horas.

Llamó modistas y vistió á Esperanza de un manera regia.

Después la mostró un cofre lleno de alhajas y de doblones de oro.

—Esto—la dijo—es para ti; llama á tus padres y vive con ellos; no digas á nadie que el duque de Osuna te ha traído, ni que has sido doncella de servir; no te conviene. Yo además te enviaré ó haré que te envíen todos los meses, mientras vivas, trescientos ducados.

—¿Cómo, señor, os vais?

—Necesito estar en Madrid á fin de mes.

—¿Y no volveréis?

—No lo sé.

El duque se puso aquel mismo día en camino.

Como no hemos de volver á encontrar á Esperanza, diremos cuál fué su suerte.

Esperó durante algún tiempo al duque de Osuna siéndole fiel.

Pero como el duque no fué, acogió los amores de un par de Francia, no tan rico, ni tan joven, ni tan hermoso como su primer amante grande de España.

Arruinó al par, y después á un consejero del Parlamento, y luego á un caballero de San Luis, y después á un tendero de la calle de San Honorato, explotó cuanto pudo su hermosura hasta los veinticinco años, en que rica y célebre, se casó con un hermoso oficial de mosqueteros que encontró inoportuno pedir honra á una dama tan hermosa, tan rica y tan pretendida.

El duque había logrado su objeto.

Esperanza se guardó muy bien de decir á nadie que había servido á la duquesa de Gandía ni que había salido de su casa con el duque de Osuna.

El guardar el decoro de la duquesa había costado á don Pedro un tesoro.

Este volvió á Madrid de su expedición á París el mismo día en que lo había prometido á la duquesa.

A las doce de la noche estaba en la reja.

Al llegar, la madera de la reja se abrió.

La duquesa de Gandía estaba esperando al duque.

—¡Oh vos, quien quiera que seais...!—exclamó la duquesa—es necesario que me salvéis... vos que me habéis perdido... temo la mirada de todos... mi mejillas empalidecen; ¡oh Dios mio! creo que todos conocen mi deshonra.

—¡Oh! descuidad, señora—exclamó conmovido el duque, aunque siempre desfigurando la voz... pero es necesario que pongáis de vuestra parte.

—¿Y cómo?

—He encontrado un medio...

—¿Cuál?

—Decid á vuestro confesor que habéis tenido una revelación.

—No os comprendo.

—Sí; he pensado mucho en vos... en vuestro compromiso.

—¡Oh! ¡Dios mío!

—Decid, pues, á vuestro confesor, que el santo de vuestra devoción se os ha aparecido...

—¡Una mentira sacrílega!

—¡Para salvar el honor de una ilustre familia! ¡para salvar vuestro perdido honor!

—Seguid, seguid.

—Diréis que el santo os ha revelado que vuestro esposo está en el purgatorio.

—¡Ah!

—Que para salir de él, necesita que vos hagáis un año de penitencia...

—No os comprendo aún.

—Un año privada de la vista de todo el mundo.

—¡Dios mío!

—Os juro, señora, que no me perdonaré nunca el sacrificio á que os obliga mi locura...

—No, no; merezco bien esa penitencia.

—¡Vos!

—Sí, yo; yo, al sentirme deshonrada, debí darme la muerte... y si no fuera por el hijo que siento en mis entrañas...

—Pues bien, señora; yo os juro hacer tan grande y tan poderoso á ese hijo...

—¡Ah, señor! ¿seréis acaso el rey?

—¡El rey! guardáos muy bien, señora, de indicar nada á su majestad; os juro por la salvación de mi alma, que no soy el rey, ni mucho menos; que el rey ninguna parte tiene en vuestra desdicha, que yo soy... yo solo... el causador de ella.

—¡Sin embargo, podéis hacer grande al desdichado fruto de vuestro delito!

—Sí; sí, señora; grande entre los grandes.

—Pero continuad, continuad; ¿cómo he de hacer yo para que nadie me vea?

—Oíd: tendréis dos habitaciones enteramente provistas de cuanto necesitéis; cuando queráis algo, lo pediréis por escrito; llamaréis y os ocultaréis antes que puedan llegar.

—Y... os comprendo... no sospecharán...

—Vos sois piadosa, os habéis criado en un convento de monjas...

—¿Y si sobreviene alguna enfermedad?

—Dios no querrá, y si eso sucede, ya encontraré otro medio.

El duque y la duquesa acabaron de madurar su plan.

Al día siguiente doña Juana llamó á su confesor, y le dió parte de que había tenido una revelación, que para salvar del purgatorio á su esposo, se la había mandado recluirse durante un año, de tal manera, que no la viese persona viviente; que había prometido hacerlo y que estaba resuelta á cumplir su promesa.

El confesor, que era un reverendo fraile franciscano, bueno y crédulo, aprobó la conducta de la duquesa, y no sólo la aprobó, sino que la excitó á que la cumpliese cuanto antes.

Preparáronse dos habitaciones y empezó el encierro.

Cuando la duquesa se levantaba, llamaba.

Entonces la preparaban el almuerzo y la ropa blanca y lo que había menester en otra habitación y cuando todo el mundo había desaparecido, hacían señal con una campanilla.

La duquesa pasaba á la otra habitación, que estaba completamente á obscuras, para evitar cualquier curiosidad reprensible; la duquesa cerraba por una parte y otra dos puertas, y sólo cuando era imposible que nadie la viese, abría las ventanas que estaban cubiertas por cortinas.

El paso de una á otra habitación se hacía siempre así.

Era imposible que nadie comprendiese su estado.

Todo estaba previsto; hasta los menores detalles se llenaban.

Súpolo el rey y no lo extrañó, porque conocía la piedad de la duquesa; celebrólo más bien.

Súpolo la corte y nadie sospechó, porque no podía sospecharse nada de doña Juana.

Todos, en aquellos tiempos en que la religión estaba sostenida por una fe ardiente, encontraron muy natural el sacrificio de la duquesa, y la tuvieron por una santa.

¡Y cuánto luchó la desgraciada en aquel largo encierro! ¡cuánto sufrió! ¡cuánto gozó en su sufrimiento!

Había perdonado al causador de sus males, porque al fin se mostraba generoso, y sentía una viva ansia por conocerle.

Pero el duque de Osuna, que iba recatadísimamente á verla por la reja algunas veces en la semana y en las altas horas de la noche, conservaba rigurosísimamente su incógnito.

En vano doña Juana pretendía desvanecer la sombra de aquel bulto negro que se acercaba á la reja.

En vano pretendía recordar una voz conocida en aquella voz afectada.

El causador de su desdicha seguía siendo para ella un misterio, un imposible, un pensamiento fijo.

Y por intuición, como por instinto, al sentir á su hijo en su seno, la pobre madre pensaba involuntariamente con el corazón abrasado de amor en el duque de Osuna, en aquel hombre á quien no podía pertenecer, que no debía conocer jamás su amor.

Y nunca sospechó que aquel encubierto de la reja fuese el duque de Osuna.

Pasáronse al fin seis meses desde el encierro de la duquesa.

Hacía ya algunos días que el duque ocupaba una casa frente por frente de las rejas de la duquesa, desde donde á una señal debía acudir á todo trance.

El duque conservaba aún la llave del postigo.

Desde hacía algunos días, el duque lo tenía preparado todo; la casa de don Jerónimo Martínez Montiño, en Navalcarnero, una litera y mozos en la casa vecina á la de la duquesa; cuanto era necesario.

Una noche del mes de Septiembre, que Dios quiso fuese obscura y lóbrega, el duque acudió á la reja.

Abrióse ésta al momento, y la dolorida voz de la duquesa exclamó:

—Salvadme, caballero, salvadme; abrid el postigo; entrad; yo muero.

El duque entró, y encontró á doña Juana desmayada.

Entonces hizo salir la litera de la casa de enfrente, sacó á doña Juana en sus brazos, la metió en la litera, cerró el postigo, y partió hacia Navalcarnero.

Hizo el diablo, que en aquellos momentos pasase por la calle el tío Manolillo, y lo viese todo, y siguiese á la litera.

Antes del amanecer, doña Juana volvió á su casa.

Había dejado á su hijo en Navalcarnero.

Doña Juana, exponiéndose á morir, no alteró la costumbre que desde el primer día de su encierro había establecido.

Nadie pudo saber nada.

El tío Manolillo, que había cogido el secreto dos veces, su principio en el Escorial, su fin en Navalcarnero, calló, porque el tío Manolillo sabía que ciertos secretos valen tanto, que no deben malgastarse.

Durante algunas noches, el duque de Osuna entró por el postigo.

Cuando la duquesa estuvo restablecida, cuando pudo bajar las escaleras, le habló por la reja.

—Os doy las gracias—le dijo—, por lo honrado que habéis sido; me habéis salvado, después de haberme perdido, y os perdono enteramente. Existiendo lo que entre los dos existe, ¿no podré saber quién sois?

—No—contestó con voz ronca el duque.

—No insisto; pero juradme que nada tengo que temer por mi hijo.

—El será grande y noble.

—Oíd; yo quiero alguna vez conocerle.

—No es prudente.

—Cuando ya sea hombre á lo menos.

—Hablad, señora.

—¿Cuando sea hombre ocupará un lugar distinguido en la corte?

—Sí, señora.

—Se casará, le casaréis con una dama.

—Sí; sí, señora.

—Pues bien, esperad.

La duquesa subió, y bajó á poco.

—Tomad.

—¿Y qué es esto, señora?

—La herencia que doy á mi hijo; el aderezo que llevé puesto el día en que me velaron con el duque de Gandía.

—¿Y bien?...

—Si se casa mi hijo... nuestro hijo, con una dama, y esa dama concurre á la corte, que lleve algunos días puesto este aderezo, y un medallón en que hay un rizo de mis cabellos.

—Bien, muy bien, señora.

—Ahora, caballero, ahora que todo ha concluído entre nosotros, no volváis á verme, sino para algo demasiado grave, para decirme, por ejemplo, si soy tan desgraciada... nuestro hijo ha muerto.

—¡Ah! ¡no quiera Dios, señora, que muera el hijo de nuestro amor!

Después de algunos momentos de conversación, duque y duquesa se separaron.

Y no volvieron á verse por la reja.

Pero cuando doña Juana acabó de cumplir su voto aparente, y se presentó en la corte, el duque de Osuna se presentó á ella, galán y hermoso.

La duquesa palideció.

—¡Oh! ¡cuánto os amo!—dijo el duque con un acento salido del corazón—; yo sabía que érais hermosa y pura; pero no sabía que érais una santa... ¡y un año mortal sin veros!... y á fe á fe que me parecéis más hermosa.

La duquesa se vió obligada á imponer silencio al duque, pero no sospechó que él fuese el encubierto de la reja; nunca lo sospechó.

El duque creyó, por su parte, que nadie sabía el secreto de la duquesa.

Ignoraba que el bufón del rey lo sabía por completo, por dos extrañas casualidades.

Ignoraba también que cuando dejó de socorrer á su hijo, con la intención de que se acostumbrase á la lucha y á la pobreza, Jerónimo Martínez Montiño, que amaba al bastardo como si fuera su propio hijo, fué traidor al secreto por amor á don Juan.

Un día llamó al escribano Gabriel Pérez, que ya estaba viejo, y le sedujo para abrir el cofre que le había dejado en depósito el duque.

El escribano, como que podía poner un nuevo testimonio, cedió por curiosidad y por algunos ducados.

Abrióse el cofre, y encontraron la carta en que don Pedro revelaba á su hijo que conociera á su madre por medio del aderezo de brillantes.

Pero como no constaba el nombre de la madre y sólo el amor que decía haberla tenido el duque, Jerónimo Martínez Montiño, empeñado en saber quién era la madre de don Juan, se trasladó á Madrid, y tanto preguntó á amigos, á conocidos, acerca de una dama á quien hubiese amado mucho el duque de Osuna en cierta época, que hubo de saber que el duque había andado enamorado de la duquesa viuda de Gandía, pero sin obtener nada.

Entonces Jerónimo quiso conocer á la duquesa, y la conoció.

Vió que los cabellos de la duquesa eran rubios, del mismo color que el rizo que estaba encerrado en el medallón.

Después preguntó quién era ó había sido el joyero del duque de Gandía.

Dijéronselo, y le buscó, y en secreto le preguntó, presentándole un brazalete, si lo había él fabricado.

—En efecto—dijo el platero—, este brazalete es una de las alhajas del aderezo completo que hice para el casamiento de la señora duquesa de Gandía.

—Pues devolved estos dos brazaletes á la duquesa—dijo Jerónimo, que comprendió que era el mejor medio de escapar, y dejando las dos joyas, salió de la tienda y se perdió.

El platero llevó al momento las joyas á la duquesa.

Al verlas doña Juana, tembló, palideció.

—¿Quién os ha dado esto?—le dijo.

—Un hombre á quien no conozco, que me ha encargado de hacer devolución de ello á vuecencia.

—Pero su nombre...

—No le conozco, señora.

—Os haré prender.

—¡Ah, señora! eso sería muy injusto.

—Id, id con Dios—dijo la duquesa meditando que si se empeñaba en averiguar por dónde habían venido aquellas joyas, podía descubrir su secreto.

Pero doña Juana quedo en una ansiedad mortal.

¿Habría muerto su hijo, aquel hijo á quien amaba tanto?

Doña Juana, pues, no era feliz.

Y de repente se le habían revelado dos grandes misterios, por medio del aderezo usado por doña Clara Soldevilla.

Había conocido á su hijo.

Era un mancebo hermosísimo, capaz de enloquecer á una madre; noble, generoso, honrado por el rey, casado con una dama sin tacha, por más que no fuese muy de la devoción de la duquesa, por ser amiga doña Clara de la reina y conspirar contra el duque de Lerma.

¿Y aquel mancebo era hijo del duque de Osuna?

Nada tiene de extraño, pues, que doña Juana de Velasco se sintiese mala al ver su aderezo sobre doña Clara; nada, pues, que esperase con tanta impaciencia á los dos jóvenes.

Tenía, á pesar de su prevención hacía ella como conspiradora, gran confianza en doña Clara; sabía cuánto era noble y pura, y en cuanto á hermosa...

Como madre, tenía lleno el corazón doña Juana con la esposa de su hijo.

Pero... se veía obligada á defenderse delante de ellos; había llegado el momento de la defensa y temblaba.

Al fin se abrió una puerta, y un maestresala dijo:

—El señor don Juan Téllez Girón y su señora esposa están en la cámara de vuecencia.

CAPÍTULO LVII

AMOR DE MADRE

Doña Juana fué allá desolada.

Sin embargo, se detuvo cobarde antes de levantar el tapiz de la puerta exterior.

Vió á don Juan que miraba los retratos de familia de sus abuelos, y á doña Clara que los miraba también hechiceramente apoyada en el hombro de su marido con el más delicioso abandono.

—¡Oh Dios mío!—dijo la duquesa—¡y es preciso, preciso de todo punto!

Y adelantó.

Los dos jóvenes se volvieron.

La duquesa miró á don Juan, hizo un ademán de arrojarse en sus brazos; pero se arrojó de repente en los de doña Clara.

La joven la estrechó entre ellos, la besó en la frente con ternura y la dijo exhalando su alma en su acento y en su voz, que sólo la duquesa pudo oír:

—¡Oh! ¡madre mía!

La duquesa se levantó de entre los brazos de doña Clara, y la miró al través de sus lágrimas.

La joven había tenido la delicadeza de no llevar el aderezo de bodas, aquel terrible aderezo.

Pero en cambio llevaba uno no menos rico de su madre.

—Sí, sí; ¡mis hijos!—exclamó la duquesa—; pero hablad bajo... muy bajo... vos...—añadió dirigiéndose á don Juan—hacedme el favor de cerrar por dentro aquella puerta. Ahora venid, venid conmigo á mi recámara, donde nadie pueda escucharnos.

Los dos jóvenes siguieron á la duquesa.

Esta llevaba asida de la mano á doña Clara.

Cuando estuvieron solos, en un reducido y bellísimo gabinete, la duquesa no pudo contenerse; se arrojó entre los brazos de don Juan, le besó, lloró, rió y por último cayó desvanecida sobre el estrado.

—¡Agua! ¡agua! ¡Clara mía!—exclamó don Juan—¡mi pobre madre!...

Doña Clara buscó agua, y no encontrándola, sacó de su seno un pomito de agua de olor y la esparció sobre el rostro de la duquesa.

Al poco tiempo, como el desvanecimiento había sido ligero, doña Juana volvió en sí.

Vió á los jóvenes y se ruborizó.

Ellos conocían su secreto.

La duquesa se había visto obligada á llamarlos.

Su honor exigía una explicación, una revelación.

Y en medio de la situación difícil en que se encontraba, gozaba un placer infinito, una alegría inmensa, inefable, como nunca había experimentado.

Al fin era madre y tenía delante á su hijo.

Y su hijo era hermoso.

En su ancha y noble frente se reflejaba la grandeza de su raza: en sus ojos brillaban la generosidad, el valor, cien nobles pasiones.

Y aquellos ojos, fijos dulcemente en ella, inundaban de un placer desconocido el alma de la duquesa, la inflamaban en un amor infinito.

Era el purísimo amor de una buena madre, que había llorado veinticuatro años por su hijo á quien no conocía, y que le era tanto más querido, cuantos más sacrificios de todo género le había costado.

Junto á sí, y esposa de su hijo, tenía á aquella admirable mujer, modelo de la dama española, tipo por desgracia perdido, con su belleza espiritual, con su noble aspecto, con la delicada atmósfera de distinción que vemos aún en los retratos contemporáneos de Pantoja, de Velázquez y de otros tantos.

Doña Juana, pues, sufría y gozaba; lloraba y sonreía, se avergonzaba, y sin embargo su alma se dilataba, reposaba en una dulce confianza.

Doña Juana entonces estaba en el cielo, sin haber desaparecido de la tierra.

Asió las manos de los dos jóvenes, los atrajo á sí, los estrechó á un tiempo contra su pecho, y partió con los dos sus besos y sus lágrimas.

Después, separándolos dulcemente de sí, les dijo:

—Necesito justificarme ante vosotros.

—¡Madre y señora!—exclamó don Juan.

—¡Justificaros vos! ¿y de qué?—dijo doña Clara.

—Vos, don Juan, sois noble y á más de noble, hombre de honor; no desmentís la ilustre sangre que por vuestro padre y por mí corre en vuestras venas. Estoy segura, no tengo duda de ello, que os pesa de ser mi hijo.

—¡Ah! ¡no! ¡no!—exclamó don Juan.

—Y vos, doña Clara; vos, cuya fama brilla pura y resplandeciente como el sol; vos, hija mía, vos tan hermosa, que no hay hermosura que os iguale en la corte; vos tan noble como yo y como su padre; vos pretendida por tantos ilustres caballeros, y tan insensible con todos, vos casada con don Juan, enamorada... porque no tenéis que decírmelo... la felicidad brilla en vuestros ojos... enamorada con toda vuestra alma de vuestro esposo, sin duda seríais más feliz si vuestro esposo no fuera mi hijo.

—Os juro, mi buena, mi amada madre, que no.

—Y sin embargo, hemos sido enemigas.

—¡Enemigas!—dijo don Juan.

—Si no enemigas, yo no la he querido bien, y ella me ha querido mal.

—No; no, señora: todo consiste en que vos sois amiga de Lerma, y yo amiga de la reina... pero eso nada importa; vos habéis querido separarme de la reina... esto era natural. La reina tenía y tiene en mí un apoyo muy fuerte; porque es fuerte todo aquel que lleva su amistad, su amor hasta el punto de sacrificarlo todo por la persona á quien ama, y una prueba de ello ha sido mi casamiento.

—¡Ah!—exclamó la duquesa.

Don Juan se sonrió, y miró de una manera elocuentísima á su mujer.

—Digo, señora, que una prueba de mi amor á su majestad, ha sido la causa de mi casamiento con mi don Juan; yo me hubiera casado con cualquiera en las circunstancias en que su majestad se encontraba...

—No os comprendo...

—Tiempo tendré de explicarme. Digo que en las circunstancias en que se encontraba la reina, con cualquiera me hubiera casado; pero al casarme por obligación con don Juan...

—¡Por obligación...!

—Antes he sido su esposa ante Dios y los hombres, que su mujer.

—¡Ah! perdonad; pero suceden, aun á la mujer más pura, cosas tan extraordinarias... y él, un Girón... audaz y apasionado como su padre... os repito que no os comprendo.

—Sin tener comprometido mi honor, me he visto obligada, por salvar á su majestad, á casarme con vuestro hijo. Pero he sido tan afortunada, que ansiaba ese casamiento, que ardía en amores por él... que al darle mi voluntad, mi libertad, mi vida, delante de Dios, no era yo quien daba, sino quien tomaba; no era yo quien hacía feliz, sino quien se hacía á si misma dichosa.

—¡Cómo!—exclamó don Juan.

—Hace ya algunas horas que somos uno en dos: marido y mujer; don Juan, estoy delante de vuestra madre, que siéndolo vuestra lo es mía; nadie nos oye más que nuestros corazones. Ya os lo puedo decir, os lo debo decir: cuando os vi por primera vez... cuando vuestra torpeza os hizo perderos hace tres noches en palacio...

—¡Cómo! ¿no os conocíais hasta hace tres noches...?—exclamó la duquesa.

—No, madre mía, no—dijo don Juan.

—Si no hubiera sido torpe... no nos hubiéramos visto.

—Si mi tío fingido hubiera estado en palacio, no nos hubiéramos conocido.

—Y si no nos hubiéramos conocido, no seríamos tan dichosos, tan completa, tan inmensamente dichosos. Perdonad, señora—añadió doña Clara—, pero yo no le debo ocultar nada; me parece ahora, ahora que le veo delante de mí, que es mío... mirad, madre, me parece que estoy entregada á un sueño dulce, y mi vida se llena de no sé qué delicia, que me embriaga, ¡y soy tan feliz! ¡Dios mío! ¡tan feliz! ¡tan feliz!

Doña Clara se puso vivamente encendida, y ocultó su rostro embellecido por la felicidad y por el pudor, en el seno de la duquesa.

—Sois un tesoro, doña Clara—dijo la duquesa, levantando entre sus manos la hermosa cabeza de doña Clara y besándola en la boca.

Don Juan, dominado por su amor, por sus sentidos, apoyó un brazo en el sillón, y en su mano la cabeza.

—Como debo decírselo todo, es necesario que sepa, delante de vos que sois su madre, como quisiera que viera mi alma entera... ¿por qué no he de decirlo...? que al abrir la mampara de la cámara de la reina, al verle delante de mí, me sentí herida, no sé cómo, de una manera dolorosa, y al mismo tiempo dulce; que le amé... que le amé cuanto se puede amar... y después... después... cuando amparada de él corrí á obscuras las calles de Madrid apoyada en su brazo... yo... le amo desde que le vi... y si no hubiera sido su esposa, me hubiera metido monja... ¿cómo queréis que me pese que sea hijo de vos, de la madre que le ha dado el ser para que haga mi ventura?

—Y aunque no os pese, hijos míos... ¿qué pensaréis de vuestra madre?

Los jóvenes bajaron la cabeza..

—Vuestra madre, don Juan, es digna de vuestro respeto; la madre de vuestro esposo, doña Clara, es tan pura como vos... una violencia.... una locura... un mal pensamiento de vuestro padre, tiene la culpa de todo. Yo no sabía, yo no he sabido hasta que he visto el aderezo con que os presentásteis á la corte, hija mía, que era el duque de Osuna el que tan cruelmente abusó del terror, de la debilidad, del aturdimiento de una mujer en una ocasión funesta. Yo no he sido amante de vuestro padre, don Juan, yo no tengo de común con él nada más que vos, que sois nuestro hijo y os he reconocido... porque mi corazón de madre no ha podido contenerse... os he llamado después para abrazaros, para veros junto á mi á solas; para deciros: yo os amo, os amo con mis entrañas, con mi alma, con mi vida... os amo desde el momento en que os sentí alentar en mi seno; os amo más que á mi hijo don Carlos, más, mucho más, porque me habéis sido más costoso, y al conoceros, don Juan, estoy orgullosa de ser vuestra madre... y yo os veré, os veré todos los días... ¿no es verdad que os veré?

—¡Oh! ¡sí!

—Y oíd... cuando vos os apartéis de vuestra esposa...

—¡Apartarse...!—exclamó con profunda energía doña Clara.

Todos sus abuelos han servido al rey.

—¡Ah, no, no! bastantes aventureros tiene España que vayan á matarse en la guerra, en Flandes, en Italia y en Francia; don Juan es valiente... don Juan es capitán de la guardia española junto al rey, y no saldrá de Madrid, no saldrá de la corte; vos sois camarera mayor de la reina y yo dama de honor; los tres unidos, viviremos muy felices, y luego... lo dominaremos todo... ganará la reina y perderá Lerma.

Frunció el bello y pálido entrecejo doña Juana.

—Lerma abusa de vos, madre mía, de vuestra buena fe—dijo don Juan—. Lerma es un ladrón duque, un miserable. Yo os convenceré, vos no debéis servir á Lerma... y, además, si no os conociesen tanto en la corte, como aún sois hermosa y joven...

—Cincuenta y seis años—dijo la duquesa.

—Sin embargo, podrían creer...

—¡Qué!

—Podrían creer que amábais.

—No... no pueden creer eso... eso no es verdad... yo no he amado á nadie... más que á vuestro padre... y nunca lo ha sabido... no lo sabrá jamás... porque vosotros, á quiénes debe interesar el honor mío, no se lo diréis... ¿no es verdad?

—No; no, señora.

—No le digáis nunca... os lo pido con el corazón abierto, por Jesús sacramentado, no le digáis nunca que doña Clara se ha puesto aquel aderezo, que yo os he reconocido, don Juan... no le digáis nunca lo que está sucediendo entre nosotros... lo que sucederá... jurádmelo, hijos míos, jurádmelo.

—Señora—exclamó don Juan—: os lo juro por el nombre de mi padre, que conservaré sin mancha; por vuestro amor, que guardaré en lo más profundo de mi alma.

—Y yo os lo juro por mi honra y por la suya, madre mía.

—¡Oh! ¡pues entonces, soy la mujer más feliz del mundo!—exclamó, dando un grito ahogado por las lágrimas, la duquesa.

Pero de repente palideció y tembló.

—¿Qué tenéis, madre mía?—exclamó don Juan.

—¡Oh! hay alguien que conoce no sé cómo este secreto—dijo la duquesa.

—¡Alguien! ¿y quién es?—dijo don Juan.

—No lo sé... no lo sé... antes de anoche... antes de anoche no encontraba yo á su majestad en su cámara... la buscaba... de repente me dejan caer el candelero de la mano, y oí una voz ronca, una voz que no pude reconocer, y que me dijo, no he olvidado una de sus palabras, no he podido olvidarlas: si queréis que nadie sepa vuestros secretos, noble duquesa, guardad vos un profundo secreto acerca de lo que habéis visto y oído esta noche.

—¿Y no habéis podido averiguar quién era ese hombre?

—No.

—Sin duda se referían á vuestras inteligencias con el duque de Lerma—dijo doña Clara.

—¿Creéis vos que fuese eso?

—¿Y cómo podría ser otra cosa?—dijo don Juan—. Mi padre ha guardado un profundo secreto: solamente yo he sabido por esta carta...

Y dió á la duquesa la carta del duque de Osuna que había encontrado en el cofre.

—Pero aquí vuestro padre no me nombra; os dice sólo, que por medio de un aderezo podréis reconocerme si yo quiero darme á conocer de vos.

—Ya veis, madre mía, que mi padre no ha podido ser más hidalgo.

—Sí, pero...

—No es posible que ese secreto...

—Sin embargo... ¿quién os ha dado esa carta?

—El cocinero mayor del rey.

—¡El cocinero mayor!

—Sí, Francisco Martínez Montiño.

—¡De modo que ese hombre—dijo doña Clara—os ha dado padres y esposa!

—Sin quererlo y sin saberlo.

—¡Cómo!—dijo la duquesa—. ¿Montiño no conoce esta carta?

—No, señora.

—¿Pues no os la dió?

—Sí; sí, señora, pero dentro de un cofre cerrado.

—¿Y no pudo haber abierto ese cofre?

—No, madre mía, porque la cerradura estaba cubierta con un papel sellado, y en aquel papel había un testimonio de escribano con la fecha de veinticuatro años ha.

—Es necesario, necesario que me expliquéis todo eso... pero otro día... hoy estoy muy conmovida.

—Y yo... yo necesito ir á palacio, mi buena madre—dijo doña Clara.

—¡Esperad! ¡esperad un momento!

La duquesa se levantó y salió.

—¡Juan! ¡Juan de mi alma! el secreto de tu madre está vendido...—dijo doña Clara.

—¡Vendido!...

—Sí... vendido... el hombre que dijo aquellas palabras á tu madre á obscuras, en la cámara de la reina, era... ¡el tío Manolillo! ¡el bufón del rey!

—¿Y qué interés tiene el tío Manolillo?...

—El tío Manolillo... perdóname, Juan de mi alma, perdóname... no creas que tengo celos al decirte... al nombrarte á esa comedianta.

—¡Dorotea!—dijo don Juan, y se puso pálido.

Helóse el alma á doña Clara al notar la palidez de don Juan, pero no dió indicio alguno de ello.

—Sí, Dorotea; esa mujer te ama.

—¡Oh! ¿y qué importa?—dijo don Juan ya completamente rehecho de su turbación.

—Importa mucho, muchísimo—dijo gravemente doña Clara.

—¿Crees que yo?...

—¡Oh! ¡no! ¡no! yo sé que tu corazón, tu alma, tu pensamiento, todo tú eres mío; pero el bufón del rey es padre ó pariente ó amante de esa perdida... el tío Manolillo es terrible... ella te ama... tú te has casado conmigo... si por vengarse ese hombre...

—¡Oh! te juro... te juro que el bufón no hablará; pero para eso es necesario...

—¡Qué!

—Que don Francisco de Quevedo, mi amigo... mi buen amigo, pueda estar seguro en la corte.

—¡Cómo!

—El duque de Lerma...

—¡Oh! descuida... pero tu madre se acerca.

En efecto, la duquesa venía cargada con una multitud de estuches.

—¿Qué es eso, señora?—dijo don Juan.

—Este es el dote de tu esposa que yo la doy.

—¡Ah! ¡no! ¡no! señora; yo estoy convenientemente dotada por mi padre.

—Tu padre... es rico... lo que se llama rico entre simples caballeros, que no se ven obligados á sostener gran casa, gran servidumbre; pero tú eres esposa de mi hijo...

—Me basta con eso.

—Y mi hijo mañana será muy alto, muy grande...

—Mi padre, madre mía, me ha dado ya una renta—dijo don Juan.

—Si has recibido de tu padre, ¿por qué no recibes de tu madre?

—¡Ah!

—Mira: son mis mejores joyas; valen cientos de miles de ducados... yo no las necesito ya... tengo las bastantes para presentarme de una manera riquísima en los días de corte... toma, toma, llévatelas, hijo mío... redúcelas á dinero... compra haciendas y dalas en dote á mi buena, á mi hermosa hija... á mi pequeña enemiga.

—Meditad...

—¡Oh! ¡no me amas!... ¡me engañas!...

—Ya tenemos el magnífico aderezo...—dijo doña Clara.

—Y aquí van otros diez... más ricos que aquel...

—¿No creeréis que nuestro amor es interesado si aceptamos?

—Creeré que no me amáis si no recibís lo que os doy... lo que es tuyo porque eres mi hijo... lo que te doy secretamente porque no puedo dártelo de otro modo.

—Acepto, pues, madre mía.

—Además—dijo doña Juana acercándose á la joven, tomándola una mano, y poniendo en uno de sus dedos una sortija—, quiero que tengas esto mío.

—¡Ah! ¿una sortija?

—Mi anillo nupcial.

—¿Y este blasón?

—El blasón de los Velasco, condes de Haro.

—¿Pero por este blasón?...

—Sabrán que la duquesa de Gandía ha hecho un regalo á su buena amiga doña Clara Soldevilla: sólo vosotros sabréis que ese anillo dado por mi, mi anillo nupcial, representa la bendición de vuestra madre. Ahora, hijos míos... idos... estoy muy conmovida, necesito llorar á solas... llorar de alegría.

—Una palabra, una sola palabra, madre mía—dijo don Juan.

-¿Cuál?

—Tengo que haceros un encargo muy importante.

—Un encargo importante...

—Don Francisco de Quevedo...

—¡Don Francisco!... ¡ese hombre!... ¡enemigo del rey!...

—Os engañáis, madre mía.

—Secretario del duque de Osuna...

—Secretario de mi padre.

—¡Ah! aún me parece un sueño que el duque de Osuna... pero y bien, ¿qué hay que hacer por don Francisco?

—Antes de anoche... madre mía... herí malamente á don Rodrigo Calderón.

—¡Tú!

—Y me ayudó don Francisco.

—¡Cómo! ¡dos hombres contra uno!

—No; no, señora; dos contra dos.

—¡Ah!

—No podía ser de otro modo... la verdad del caso es que don Francisco y yo estamos amenazados.

—¡Amenazado tú!

—Sabe Dios de qué, porque sabe Dios si morirá don Rodrigo.

—Pero, ¿por qué le heriste?

—Por miserable.

—¡Por miserable!

—Había comprometido la honra de...

—Mi honra—dijo doña Clara.

—No, tu honra no—exclamó con extremada energía don Juan—; la honra de la reina.

—¡Cómo!

—Siendo traidor á Lerma, fué traidor á la reina... tenía en su poder unas cartas de su majestad...

—Hiciste bien en matarle...

—No lo he conseguido por desgracia.

—Tú no tienes nada que temer.

—Para salvarme á mí, es necesario salvar á don Francisco.

—Le salvaré. ¡Hola, doña Violante! ¡Doña Violante!

Acudió una doncella.

—Mi manto, al momento; que pongan una carroza.

La doncella salió.

—¡Cómo, madre mía, vos!... ¿Vais á ir?...

—Sí; sí, yo en persona casa del duque de Lerma.

—¿Pero no sería mejor que él viniese?...

—No; no... quiero verle al momento... iré. Pero, toma esas joyas... y la carroza tarda...

—La nuestra...

—¡Ah! ¿tenéis carroza?...

—Y muy bella.

—¡Oh! bien, muy bien... haz poner en esa carroza el escudo de los Girones, hijo mío; es un noble escudo, ¡ay! ¡si pudiera ser unir á sus cuarteles los del escudo de Velasco!

La última exclamación de la duquesa representaba para los jóvenes el corazón de una madre.

Para nosotros y para nuestros lectores y para la duquesa, aquella exclamación salía del corazón de la madre y de la amante.

Porque doña Juana, enemiga política del duque de Osuna, le amaba; continuaba amándole en secreto; el duque de Osuna era la pasión de toda su vida.

Los recién casados dejaron á la duquesa de Gandía casa del duque de Lerma; después don Juan dejó en palacio á doña Clara, y con el pretexto de ir á esperar á su madre para llevarla á su casa, fué á casa de Dorotea y marchó la carroza á las órdenes de la duquesa de Gandía á la puerta del duque de Lerma.

CAPÍTULO LVIII

LAS AUDIENCIAS PARTICULARES DEL DUQUE DE LERMA

Acababa el duque de Lerma de apurar un almuerzo suculento, y se ocupaba de hacer la digestión cómodamente arrellanado en su ancha y magnífica poltrona, cuando entró su secretario Santos.

—¿Qué ocurre, amigo Pelerín—le dijo el duque—, que vienes tan serio y cuando acabo de almorzar? ¿Tendremos algo extraordinario?

—Lo ignoro, señor; pero su excelencia la señora condesa de Lemos, vuestra hija, pregunta por vuecencia y viene tras de mí y vestida de casa.

—¡Vestida de casa!

—Sí, señor, y siento ya las fuertes pisadas que bastan para adivinar que se acerca su excelencia.

—¡Oh! sí; mi hija es muy buena moza, ¿no es verdad?

—¡Señor, yo no he querido decir!...

—Demasiado buena moza, demasiado hermosa, por desgracia... pero ya está ahí... vete... por ahí...

Y le señaló á Santos una puerta de escape.

La condesa entró en el despacho del duque, cerró la puerta, y asiendo un sillón, le acercó al del duque y se echó el manto atrás.

—¿Qué es esto, Catalina? ¿qué es esto? ¡Pálida, llorosa, con los ojos encendidos! ¿Qué tienes, condesa?...

—No me llaméis condesa, padre: malhaya la hora en que me casásteis con el conde de Lemos.

—¡Ah!...

—Soy la mujer más desdichada de la tierra.

—¿Y por qué?

—Porque amo á un hombre.

—¡Catalina!

—Será todo lo escandaloso que queráis el que yo os diga esto... pero vos, padre y señor, me habéis sacrificado.

—El hombre á quien amas, me dijo anteanoche, con la mayor desvergüenza, que no se hubiera casado contigo por nada del mundo.

—¿Pero quién es el hombre á quien yo amo?

—Yo no extraño que le ames, porque yo también le amo; es decir, le amo porque para el rey, para España, y por consecuencia para mí, sería precioso si fuese mi amigo, en vez de serlo del duque de Osuna.

—¡Ah! ¡creéis que!...

—Sí... me consta que le amas, mancillando mi nombre, ultrajando á tu esposo, confundiéndote con esas despreciables mujeres...

—¡El nombre, el nombre de quien amo!

—Don Francisco de Quevedo.

—Pues bien, sí, es verdad; le amo... más que eso; soy su amante.

—Irás de aquí á un convento—exclamó irritado el duque.

—No iré.

—¿Que no irás...?

—No, porque me necesitáis... no... porque sin mí no sabríais muchas cosas que pasan en palacio... no... porque vos no tenéis derecho para reprenderme... me habéis perdido.

—¡Estás loca!—exclamó el duque levantándose irritado.

—Loca, sí; fuera de mí... desesperada... ¿qué me importa todo...? se va... me deja... me abandona... y no ha de irse.

Volvióse á sentar el duque.

—Afortunadamente están cerradas todas las puertas... pero eres demasiado violenta, Catalina, y gritas... no grites... ya que te has atrevido, ya que te atreves á presentarte sin pudor á tu padre...

—¡Sin pudor! ¿creéis que porque yo amo á Quevedo he perdido el pudor? ¿y me decís eso cuando me habéis casado con don Fernando de Castro?

—Es un igual tuyo...

—Ni igual mío ni igual vuestro, padre; el conde de Lemos ha llegado á ser mi esposo sirviéndoos de una manera harto miserable; os convenían sus servicios y me casásteis... cuando yo era una inocente... cuando no sabía quién era el marido que me dábais... después, él mismo se ha encargado de que yo conozca el mundo al conocerle á él; me encontré viuda, viuda del corazón, y Quevedo... el gran Quevedo...

—Nadie niega su grandeza; tu pasión es disculpable; pero no lo es el que me la vengas á arrojar á la cara.

—¿Y qué os importa á vos que se deshonre vuestra hija, cuando vos mismo habéis deshonrado á su esposo?

—¡Yo!

—¿Por qué llevó el conde, desempeñando un ruin oficio, al niño príncipe de Asturias á donde no debía llevarle?...

—Vamos, vamos, Catalina, tú estás loca.

—Pues bien, en mi locura seré capaz de todo. Vos no me habéis de matar, y si me matáis, ya tendré medios para haceros entender que os conviene el que yo sea vuestra amiga.

—Indudablemente... indudablemente deben de haberte dado algún bebedizo.

—¿Qué más bebedizo que el amor?

—Pero... prescindiendo de todo: ese amor debe humillarte.

—Lo que me humilla es que don Francisco no me ame.

—¡Hum!—exclamó el duque de Lerma—; nunca hubiera creído posible que este caso llegase para mí.

—Vos tenéis la culpa.

—¡Yo!

—Vos me habéis dejado conocer tales cosas, que me habéis curado de espanto.

—¿Y qué cosas son esas?

—¿No se ponen en práctica los medios más repugnantes por todos, para conservar el favor del rey?... Vos mismo, ¿no habéis ennoblecido á ese don Rodrigo Calderón, que al cabo se ha vuelto contra vos... como que no puede obrar sino miserablemente el que por miserables medios se ha engrandecido? ¿no lo he visto yo aprovechando todo? ¿qué hay que extrañar en que yo, cansada de sufrir, haya querido ser feliz de la única manera que podía serlo, y haya abierto mi alma á Quevedo?

—Es necesario que olvides eso, Catalina; don Francisco es un hombre funesto; lleva consigo la desgracia.

—¡Ah! harto lo sé; pero no lo puedo olvidar; figuráos, padre, que le amaba sin saberlo, antes de casarme, y que me hubiera casado con él con toda mi voluntad, con todo mi afecto. Pero estamos perdiendo el tiempo; decid de mí lo que queráis... pero es necesario que don Francisco no salga de Madrid.

—¡Cómo! ¿quiere irse?

—A Nápoles.

—¡A Nápoles!

—En Nápoles, al lado del duque de Osuna, puede haceros mucho daño.

—Pues no sé...

—Prendedle.

—¡Que le prenda!

—Sí por cierto.

—¿Para que tú... esto es... para que tú tengas ocasión de obligarle á ser agradecido?

—Sea para lo que fuere... ¿créeis que yo puedo serviros de mucho, padre y señor?

—Indudablemente.

—¿Sabéis, padre y señor, que vuestra privanza está muy en peligro?

—¡Bah! eso dicen siempre; hace mucho tiempo que lo dicen, y sin embargo...

—Si os vais privando de la ayuda de todos los que os sirven, acabáreis por no ver nada... yo os he servido bien.

—Esto en resumen es dictarme condiciones, y de una manera indigna.