The Project Gutenberg eBook of El corazón juglar
Title: El corazón juglar
Author: Luis G. Urbina
Release date: October 5, 2020 [eBook #63378]
Most recently updated: October 18, 2024
Language: Spanish
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Library.)
EL CORAZÓN JUGLAR
BIBLIOTECA HISPANO-AMERICANA
LUIS G. URBINA
EL CORAZÓN JUGLAR
Creer-Crear.
MADRID
EDITORIAL PUEYO
ARENAL, 6
1920
Imprenta de Juan Pueyo. Luna, 29. Teléf. 14-30.—Madrid.
vida pura, alma blanca, pensamiento
altísimo.
Ofrenda de mi dolor devoto.
Luis
LAMINA ANTIGUA
bajo un sol veraniego o una invernal ventisca;
y, por esos caminos, va recitando trozos
de romances en donde la tristeza se enrisca.
trae a cuestas el viejo la guitarra morisca,
la obscura compañera de trémulos sollozos,
«de las voces, aguda; de los puntos, arisca».
a la lumbre del día, o a la luz plateada
de la noche, va el viejo desgranando el cantar.
una puerta se abre, un balcón se ilumina...
Y, rumbo al Sueño, pasa mi corazón juglar.
Madrid, Mayo de 1919.
SOR MELANCOLIA
POEMA DE VIAJE
una monja que pasaba
por santa, y que se llamaba
la Hermana Melancolía.
I
APARICIÓN
Frente a Cádiz.
de la línea del muelle al fin se arranca,
y la ciudad, como de fino encaje,
se va esfumando, caprichosa y blanca,
y se diluye, en gris, sobre el celaje.
con ser tan pintoresco, no interesa
como el claro horizonte. Es el momento
en que una nube cárdena y espesa
extiende un friso de rubí y argento.
de codos en la extensa barandilla,
me pongo a contemplar la maravilla
de sol, y cielo, y mar, en el Poniente.
De improviso
una figura de mujer absorta
cerca de mí se yergue, y se recorta
sobre la luz, con un perfil preciso.
y ve morir la tarde. En su cabeza
hay una expresión vaga de tristeza
digna de la hermosura del Ocaso.
el oleaje de cristal sonoro.
Y aquel semblante dulce y pensativo
se envuelve en una atmósfera de oro
y me recuerda un cuadro primitivo.
II
ENTRETENIMIENTO ROMÁNTICO
y el vidrio del agua se rompe en blancuras;
cielo y mar, y cielo y mar, día a día:
mañanas de niebla; tardes blondas, puras
noches que florecen en diamantería.
vanidades cursis, falsas hermosuras:
vulgaridad todo; todo tontería.
Un farandulero va hablando locuras
enfáticamente; y una vieja harpía
echa a un vecino miradas impuras
con un senil gesto de coquetería.
¡Qué iguales las horas, qué largas, qué duras!
¡Qué imbécil pereza! ¡Qué monotonía!
Hiende el trasatlántico las aguas obscuras...
cielo y mar, y cielo y mar, día a día.
III
CASTO RUEGO
No temas. En la hora doliente y sosegada,
irán, como en un cofre dos olvidados lirios,
tu juventud marchita, mi madurez cansada.
y, por sentir el fuego de una lumbre sagrada,
cual mariposas negras en torno de los cirios,
mis pensamientos buscan la luz de tu mirada.
dormidos los deseos y quietas las pasiones;
ya no queda un rescoldo del incendio voraz.
IV
INSINUACION
mirada, de esas hondas miradas cristalinas
que son como un Ocaso que emblanqueció la luna
y mancha un fugitivo volar de golondrinas.
van al dolor, y siguen coronadas de espinas,
y tienen en el mundo la gracia inoportuna
del lirio que florece clavado en las ruinas?
en vano tu semblante con la sonrisa alegras:
tu gesto es misterioso y amargo como el mar.
V
PRIMERA DIVAGACIÓN
mi fastidio ve pasar,
en ensoñación incierta,
la hora muerta. La hora muerta
y el mar. El cielo y el mar.
Y pienso ante el rebullir
impaciente de la ola,
en la muchacha española
que lloró al verme partir.
que sin llegar a la orilla
y anhelante de placer,
huye, torna, salta y brilla
y no cesa de correr.
corazón, en vano ahondas:
está lleno de quién sabes
el destino de las ondas,
de las nubes, de las aves.
VI
MADRIGAL RELIGIOSO
de tus manos, que tienen, como las que pintó
el Greco, el alargado dibujo, el colorido
anémico y la rara nobleza de expresión.
con lentitud de abeja que labra su panal;
y vuelan por las páginas de tu devocionario,
como los colibríes, de rosal a rosal.
VII
LUNA NUEVA
las gentes, aburridas, y el ambiente, vulgar;
mas en tus ojos tristes se abre, como una rosa
sobre un lago, tu alma que nos ve a mí y al mar.
somos tú y yo. Y la vida nos quiere castigar
poniéndonos, tal como la abuela cariñosa:
al uno frente al otro, con prohibición de hablar.
con interés discreto. Yo recojo el suspiro
que no exhalas y escucho tus querellas sin voz.
VIII
AUTOBIOGRAFÍA LÍRICA
ya que están tan distantes los oídos.
Sor Juana Inés de la Cruz.
y cual niñas traviesas a la ventana
asoman a tus ojos las preguntas.
¿Quieres saber cuál es mi vida, hermana?
Se ve que estás cansado. ¿Por qué sendero
arrastraste la vida? ¿Por qué viniste
a surcar estos mares como un aventurero?
¿Por qué estás siempre solo, callado y triste?»
de Caín. El desierto me vió pasar, hermana;
pasé fácil al sueño, dócil a la alegría;
bien dispuesto al pecado y a la melancolía.
El mal filtró en mi vida su fragante veneno.
Fuí malo, y—¡Dios lo sabe!—siempre quise ser bueno.
De todos los placeres ninguno me da encanto
tan hondo y tan sincero como el placer del llanto.
De todas las virtudes, para mí, la más alta,
es la piedad. ¡El mundo la necesita tanto!
Toda vida es estéril si la piedad le falta.
Tu Dios, ¿no es una inmensa piedad? Pues es el mío:
a Él la piedad humana va como al mar el río.
y he sufrido la angustia de todas las tristezas.
Un día hallé un oasis en el camino;
una fuente en la arena bajo una palma.
El cielo era una joya, y el divino
crepúsculo tenía piedad y calma.
una canción, un sueño, una anciana y tres niños.
Y esperé. Lentamente, la tarde iba
abriendo en la penumbra su estrella pensativa.
Y la noche llegaba, luminosa y risueña,
diciéndome: Reposa; ama; medita; sueña.
Por el rosado ambiente, brillante de reflejos
de sol la caravana de Caín, a lo lejos,
se perdía, abrumada con todas sus miserias,
con todos sus pecados, con todas sus histerias.
Y yo desfallecía, pleno de confianza,
solo con mis amores; solo con mi esperanza...
la vida, deshaciéndose en torbellino,
desató sus furores contra mi suerte.
Me castigó la vida, no la muerte.
(Y aun se debate el alma, sumergida
en el inmenso asombro de la vida.)
Me empujaron las fuerzas de mi destino incierto
a la sombra, a la noche y al desierto.
Y aquí estoy. Hace tiempo que el mundo he recorrido
en busca de una paz y de un olvido.
Arrastré sufrimientos por tierras y por mares;
y he secado mis ropas en ajenos hogares.
que tú me compadeces mientras yo te lo cuento.
A tus ojos, que brillan bajo las cejas juntas,
ya no salen curiosas las preguntas.
Ya lo dije: soy uno de la gran caravana
de Caín; el desierto me vio pasar, hermana.
caí, y al levantarme, perdí el sendero.
Besé mi cruz. Y sigo: y amo mi pena.
Compadéceme, hermana, tú que eres buena:
soy más desventurado que aventurero.
IX
SALUDO MATINAL
¿Qué tienes? El insomnio te sombreó la tez.
El mar de la mañana refleja su infinita
luz de piedra preciosa sobre tu palidez.
como Santa Teresa? ¿O volaste, tal vez,
con alas transparentes, por la región bendita
que sueñas en tus cándidas horas de placidez?
X
SEGUNDA DIVAGACIÓN
del hombre sepultado en el mar.
alterado y taciturno
cual si protestase de
que le volvieran sepulcro.
Tenia brillos siniestros
de plata vieja; y obscuros
manchones; y parecía
terciopelo azul y sucio.
como goyesco dibujo,
se inclinó en la barandilla
de estribor—hilo de frutos
fantásticos—: los curiosos
miraban serios y mudos.
abajo, entre fuego y humo
de máquinas, dos vulcanos
riñeron, y cayó uno.
El homicida, a la barra;
y el muerto, al mar. Era justo.
—Los de arriba, los felices,
¡qué saben de fuego y humo!
Mas la noticia era trágica
y original, y entretuvo.—
se abrió una escotilla; un brusco
resplandor amarillento
hirió las aguas, y, al punto,
una cárdena linterna
apareció y echó un fúlgido
torrente de sangre, en el
mar, que enrojeció de súbito.
rezó en alta voz algunos
latines. Dos marineros
—el cordel entre los puños—
fueron dejando caer,
en su líquido sepulcro,
el ataúd. Se abrió el mar
compasivo y taciturno;
y argentado y azul, era
como un palpitante túmulo.
en el horizonte adusto,
y entre las sombras, fingían
ojos de mirar ceñudo.
En aquel supremo instante
me acordé de Víctor Hugo.
«¡Un hombre al mar!» Sin embargo,
el buque no se detuvo.
Algunas gotas de llanto;
algunas caras de susto;
algún dicho filosófico;
algún chiste audaz y estúpido...
siguió tranquilo su rumbo.
Sonó el piano en el salón;
tocaron un vals los músicos;
se cantó el Vorrei morir,
se aplaudió algún cuento burdo.
y cuatro monoclos lúcidos
mezclaban champagne y risas
en la cámara de lujo.
Hervía el piccolo mondo
en un regocijo absurdo.
XI
ADIVINACIONES
La biografía soñada.
la sed de imaginar, las viejas flores
retóricas que se abren y que tienen
la verdad, el hechizo y los fulgores
de esos paisajes que a nosotros vienen
en un cinematógrafo a colores!)]
de abril. El mar, un campo azul. El cielo,
un pálido zafiro.
La nube, un cisne. El barco va, en su vuelo,
con levedad ingrávida de pluma,
envuelto en telas diáfanas y blondas,
y bordando en la seda de las ondas
arabescos de espuma.—
de cubierta, y señalas
en tu actitud una emoción sencilla,
y en el perfume de éxtasis que exhalas
ante la maravilla
de la serena inmensidad que brilla,
el pensamiento y el mirar resbalas.
envuelto en finas claridades blondas,
y bordando en la seda de las ondas
arabescos de espuma.
y sobre el mar risueño,
voy con los hilos de la fantasía;
dibujando una flor de poesía
en el lino de un sueño.
siempre polvosa y solitaria; el muro,
alto y sombrío, y el portal obscuro,
y la vetusta reja.
ciudad llena de sol y de antiguallas,
con su puerta moruna
y su río en la orilla,
y que, con torres, claustros y murallas
pregona, entre la herrumbre y la polilla,
leyendas de milagros y batallas
en las ocres llanuras de Castilla.
y sin placer. Y abrióse, en el devoto
ambiente, tu alma buena,
tal como una clorótica azucena
se abre en un tiesto roto.
Dócil al bien y a la maldad ajena
se deslizó tu vida provinciana,
juntando a la doméstica faena
la misa parroquial de la mañana
y el familiar rosario de la cena.
por tu calle pasó, como en un sueño
que te impregnase el alma de alegría,
el galán lugareño.
envuelto en finas claridades blondas,
y realza en la seda de las ondas
arabescos de espuma.—
a la hora del silencio vespertino
alzabas los visillos, y, de prisa,
echabas a su paso una sonrisa
como si le enflorases el camino.
aspiraste en el púdico deseo,
y tembló tu alma entera
con la inquietud de la primer quimera,
como un nido que siente un aleteo.
Tú escondes el secreto; mas la vida
mordió una vez tu seno, y su mordida
la cándida ilusión deshizo en llanto.
Y qué cruel y persuasivo acento
—voz de Hamlet, irónico y violento—
decirte pudo la falaz lisonja:
—«Eres buena, y el mundo es un tormento
para las almas buenas. ¡Ve a un convento!
¡Anda! ¡Métete monja!»
mas no estériles son tus sinsabores.
Tu vida pasa entre cuidar asilos,
velar enfermos, consolar dolores.
soy un viajero que, atrevido, arranca
una corola blanca
y que perfuma así las impurezas.
de candor primitivo,
simple como esta página que escribo
mientras tú ves el cielo.
mujer, buena y sencilla,
que va rezando sobre
el abismo sin fondo y sin orilla!...
o una gota del mar, turbia y salobre,
la que rueda en tu pálida mejilla?
XII
TERCERA DIVAGACIÓN
Un suspiro por Madrid.
antiguos, los palacios y la Plaza Mayor.
Madrid de las verbenas, los tupis y los cines.
Madrid, pícaro y noble, viejo y evocador!
ciudad de las mujeres de la boca de flor;
ciudad de los mendigos y de los malandrines;
ciudad de la alegría, la gracia y el amor!
Menipo es feliz dentro de su capa raída,
y el niño de Vallecas le da la mano al Cid.
XIII
GALANTERÍA
que tu cabeza ciñe y oculta tu cabello,
tu cara resplandece, y en su óvalo tranquilo
una invisible lámpara pone su azul destello.
es un emblema puro de matiz casto y bello,
y, como una corola de inmaculado hilo,
avaramente esconde la gracia de tu cuello.
el de la ardiente santa del Bernino, y que deja
traslucir los fervores de un ingenuo candor.
XIV
LA ÚLTIMA MAÑANA
de cuando en cuando alzabas los ojos a mirar
el horizonte diáfano que en esplendor ardía
y la maravillosa visión azul del mar.
y tu mirada, pura como el viento y la luz...
Así pasé yo el tiempo, sin sufrir un instante,
ni el mal de mi cansancio ni el peso de mi cruz.
del sol las ondas labran, en blancura ideal,
efímeras diademas y leves camafeos
que al punto se deshacen en polvo de cristal.
ni yo escribo. Y estamos en silencio los dos.
¡Qué opaco el horizonte de la última mañana!
¡Y qué negras las olas que nos dicen ¡adiós!
que nadie ha de sentirlo. Del fondo de mi ser
saldrá calladamente la sombra del saludo
de admiración a una alma que ya nunca he de ver.
o en el convento, a la hora del grave meditar,
avives los recuerdos y cruce por tu frente
la imagen de una angustia que te miró al pasar.
de interés, ¿qué habrá sido—dirá tu corazón—
de aquel tímido hombre que me miraba como
un niño huraño y triste que va a pedir perdón?
mi talismán de ensueños y purezas, y allí
veré los grandes ojos de Sor Melancolía
perpetuamente abiertos para velar por mí.
En el mar.—Abril de 1917.
A UNA CRIOLLA
que mueves los labios y
dices una bobería;
yo sé desde que te vi
que eres coqueta, alma mía;
mas... ¡qué adorable es tu coquetería!
—«Soy linda; pensad, señores,
qué es lo que queréis de mí.
¿Quién jamás dijo tontas a las flores?
Ni los más graves doctores
le han pedido talento al colibrí.»—
ave, rosa,
ala, pétalo... Y así
representas, alma mía,
lo que es efímero, leve,
frágil, breve;
rayo de oro por el día;
por la noche, hilo de plata...
Tienes derecho a ser tonta e ingrata.—
¡Es adorable tu coquetería!
no sufras melancolía;
no padezcas mal de amores;
todo eso te dará sabiduría.
Mas ¿para que la quieres?...
Sigue rosa,
colibrí, mariposa...
Tu grácil y ligera tontería
pone el olvido las tristezas... y
es la más linda y adorable cosa
del mundo, ¡oh insustancial, oh primorosa,
oh frágil muñequita de biscuit.
Habana, Noviembre 1915.