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El Criterio

Chapter 105: § III.
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About This Book

The text presents a practical guide to thinking well, defining truth as conformity with reality and distinguishing full, partial, and false knowledge. It analyzes causes of error and different kinds of intellect, contrasting those who invent fanciful conclusions or see only a single facet with clear, exact thinkers. Emphasis is placed on the practical utility of precise knowledge for success in professions and public affairs, on cultivating the intellect as a vital personal gift, and on teaching reasoning through exemplary models and attention to concrete particulars rather than by abstract prescriptions.

Si difícilmente podemos aclarar la verdad de lo que pasa á la luz del sol, y á la faz del universo, poco debemos prometernos tocante á lo que sucede en las sombras de la noche y en las entrañas de la tierra.

REGLA 10ª.

En tratándose de pueblos antiguos ó muy remotos, es preciso dar poco crédito á cuanto se nos refiera, sobre riquezas del pais, número de moradores, tesoros de monarcas, ideas religiosas, y costumbres domésticas.

La razon es clara: todos estos puntos son difíciles de averiguar; es necesario mucho tiempo de residencia, perfecto conocimiento de la lengua, inteligencia en ramos de suyo muy difíciles y complicados, medios de adquirir noticias exactas sobre objetos ocultos que brindan á la exageracion y en que por parte de los mismos naturales hay á veces mucha ignorancia, y hasta sabiéndolo, tienen mil y mil motivos para aumentar ó disminuir. Finalmente en lo que toca á costumbres domésticas, no se alcanza su exacto conocimiento, si no se puede penetrar en lo interior de las familias, viéndolas como hablan y obran en la efusion y libertad de sus hogares[11].


CAPÍTULO XII.

CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE EL MODO DE CONOCER LA NATURALEZA, PROPIEDADES Y RELACIONES DE LOS SERES.

§ I.

Una clasificacion de las ciencias.

Conocidas las reglas que pueden guiarnos para conocer la existencia de un objeto, fáltanos averiguar cuales son las que podrán sernos útiles, al investigar la naturaleza, propiedades y relaciones de los seres. Estos, ó pertenecen al órden de la naturaleza, comprendiendo en él todo cuanto está sometido á las leyes necesarias de la creacion, á los que apellidaremos naturales; ó al órden moral, y los nombraremos morales; ó al órden de la sociedad humana, que llamaremos históricos ó mas propiamente sociales; ó al de una providencia extraordinaria, que designaremos con el titulo de religiosos.

No insistiré sobre la exactitud de esta division; confesaré sin dificultad, que en rigor dialéctico, se le pueden hacer algunas objeciones; pero es innegable que está fundada en la misma naturaleza de las cosas, y en el modo con que el entendimiento humano suele distinguir los principales puntos de vista. Sin embargo, para manifestar con mayor claridad la razon en que se apoya, hé aqui presentada en pocas palabras la filiacion de las ideas.

Dios ha criado el universo y cuanto hay en él, sometiéndole á leyes constantes y necesarias; de aquí el órden natural. Su estudio podria llamarse filosofía natural.

Dios ha criado al hombre dotándole de razon y de libertad de albedrío; pero sujeto á ciertas leyes, que no le fuerzan, mas le obligan: hé aquí el órden moral, y el objeto de la filosofía moral.

El hombre en sociedad ha dado origen á una serie de hechos y acontecimientos: hé aquí el órden social. Su estudio podria llamarse filosofía social, ó si se quiere filosofía de la historia.

Dios no está ligado por las leyes que él mismo ha prescrito á las hechuras de sus manos: por consiguiente puede obrar sobre y contra esas leyes, y así es dable que existan una serie de hechos y revelaciones de un órden superior al natural y social: de aquí el estudio de la religion ó filosofía religiosa.

Dada la existencia de un objeto, pertenece á la filosofía el desentrañarle, apreciarle y juzgarle; ya que en la acepcion comun, esta palabra filósofo, significa el que se ocupa en la investigacion de la naturaleza, propiedades y relaciones de los seres.

§ II.

Prudencia científica y observaciones para alcanzarla.

En el buen órden del pensamiento filosófico entra una gran parte de prudencia, muy semejante á la que preside á la conducta práctica. Esta prudencia es de muy difícil adquisicion, es tambien el costoso fruto de amargos y repetidos desengaños. Como quiera, será bueno tener á la vista algunas observaciones que pueden contribuir á engendrarla en el espíritu.

OBSERVACION 1ª.

La íntima naturaleza de las cosas nos es por lo comun muy desconocida: sobre ella sabemos poco é imperfecto.

Conviene no echar nunca en olvido esta importantísima verdad. Ella nos enseñará la necesidad de un trabajo muy asiduo, cuando nos propongamos descubrir y examinar la naturaleza de un objeto; dado que lo muy oculto y abstruso, no se comprende con aplicacion liviana. Ella nos inspirará prudente desconfianza en el resultado de nuestras investigaciones, no permitiéndonos que con precipitacion nos lisonjeemos de haber encontrado lo que buscamos. Ella nos preservará de aquella irreflexiva curiosidad que nos empeña en penetrar objetos cerrados con sello inviolable.

Verdad poco lisonjera á nuestro orgullo, pero indudable; certísima á los ojos de quien haya meditado sobre la ciencia del hombre. El Autor de la naturaleza nos ha dado suficiente conocimiento para acudir á nuestras necesidades físicas y morales, otorgándonos el de las aplicaciones y usos que para este efecto pueden tener los objetos que nos rodean; pero se ha complacido al parecer en ocultar lo demas; como si hubiese querido ejercitar el humano ingenio durante nuestra mansion en la tierra, y sorprender agradablemente al espíritu al llevarle á las regiones que le aguardan mas allá del sepulcro, desplegando á nuestros ojos el inefable espectáculo de la naturaleza sin velo.

Conocemos muchas propiedades y aplicaciones de la luz, pero ignoramos su esencia; conocemos el modo de dirigir y fomentar la vegetacion, pero sabemos muy poco sobre sus arcanos; conocemos el modo de servirnos de nuestros sentidos, de conservarlos y ayudarlos, pero se nos ocultan los misterios de la sensacion; conocemos lo que es saludable ó nocivo á nuestro cuerpo, pero en la mayor parte de los casos nada sabemos sobre la manera particular con que nos aprovecha ó daña. ¿Qué mas? calculamos continuamente el tiempo, y la metafísica no ha podido aclarar bien lo que es el tiempo; existe la geometría, y llevada á un grado de admirable perfeccion; y su idea fundamental, la extension, está todavía sin comprender. Todos moramos en el espacio, todo el universo está en él; le sujetamos á riguroso cálculo y medida; y la metafisica ni la ideología no han podido decirnos aun en qué consiste; si es algo distinto de los cuerpos, si es solamente una idea, si tiene naturaleza propia, no sabemos si es un ser ó nada. Pensamos y no comprendemos lo que es el pensamiento; bullen en nuestro espíritu las ideas, é ignoramos lo que es una idea; nuestra cabeza es un magnífico teatro donde se representa el universo con todo su esplendor, variedad y hermosura; donde una fuerza incomprensible crea á nuestro capricho mundos fantásticos, ora bellos, ora sublimes, ora extravagantes, y no sabemos lo que es la imaginacion, ni lo que son aquellas prodigiosas escenas, ni como aparecen ó desaparecen.

¡Qué conciencia mas viva no tenemos de esa inmensa muchedumbre de afecciones que apellidamos sentimientos! y sin embargo ¿qué es el sentimiento? El que ama siente el amor, pero no le conoce; el filósofo que se ocupa en el exámen de esta afeccion, señala quizas su orígen, indica su tendencia y su fin, da reglas para su direccion; pero en cuanto á la íntima naturaleza del amor, se halla en la misma ignorancia que el vulgo. Son los sentimientos como un flúido misterioso que circula por conductos cuyo interior es impenetrable. Por la parte exterior, se conocen algunos efectos; en algunos casos se sabe de dónde viene y adónde va, y no se ignora el modo de minorar su velocidad, ó cambiar su direccion; pero el ojo no puede penetrar en la oscura cavidad: el agente queda desconocido.

Nuestro propio cuerpo, ni todos cuantos nos rodean, ¿sabemos por ventura lo que son? Hasta ahora ¿ha habido algun filósofo que haya podido explicarnos lo que es un cuerpo? Y sin embargo, estamos continuamente en medio de cuerpos, y nos servimos continuamente de ellos, y conocemos muchas de sus propiedades, y de las leyes á que estan sometidos, y un cuerpo forma parte de nuestra naturaleza.

Estas consideraciones no deben perderse nunca de vista, cuando se nos ofrece examinar la íntima naturaleza de una cosa para fijar los principios constitutivos de su esencia. Seamos pues diligentes en investigar, pero muy mesurados en definir. Si no llevamos estas cualidades á un alto grado de escrupulosidad, nos acontecerá con frecuencia el sustituir á la realidad las combinaciones de nuestra mente.

OBSERVACION 2ª.

Así como en matemáticas hay dos maneras de resolver un problema; una acertando en la verdadera resolucion; otra manifestando que la resolucion es imposible; así acontece en todo linaje de cuestiones: muchas hay cuya mejor resolucion es manifestar que para nosotros son insolubles. Y no se crea que esto último carezca de mérito, y que sea fácil el discernimiento entre lo asequible é inasequible: quien es capaz de ello, señal es que conoce á fondo la materia de que se trata, y que se ha ocupado con detenimiento en el exámen de sus principales cuestiones.

Es mucho el tiempo que se ahorra en habiendo adquirido este precioso discernimiento: pues en ofréciendose el caso, como que se adivina desde luego si hay ó no los datos suficientes para llegar á un resultado satisfactorio.

El conocimiento de la imposibilidad de resolver, es muchas veces mas bien histórico y experimental que científico; es decir que un hombre instruido y experimentado, conoce que una solución es imposible, ó que raya en ello á causa de su extrema dificultad, no porque pueda demostrarlo, sino porque la historia de los esfuerzos que han hecho otros y quizas de los propios, le manifiesta la impotencia del entendimiento humano con relacion al objeto. A veces la misma naturaleza de las cosas sobre las cuales se suscita la cuestion indica la imposibilidad de resolverla. Para esto es necesario abarcar de una ojeada los datos que se han menester, conociendo la falta de los que no existen.

OBSERVACION 3ª.

Como los seres se diferencian mucho entre sí en naturaleza, propiedades y relaciones, el modo de mirarlos, y el método de pensar sobre ellos han de ser tambien muy diferentes.

Imagínanse algunos que en sabiendo pensar sobre una clase de objetos está ya trillado el camino para lograr lo mismo con respecto á todos; bastando para ello dirigir la atencion á lo que se quiere estudiar de nuevo. De aquí es, que se oye en boca de muchos, y se lee tambien en uno que otro autor, la insigne falsedad de que la mejor lógica son las matemáticas, porque acostumbran á pensar en todas materias con rigor y exactitud.

Para desvanecer esta equivocacion, basta observar que los objetos que se ofrecen á nuestro espíritu son de órdenes muy diferentes, que los medios de que disponemos para alcanzarlos nada tienen de parecido, que las relaciones que con nosotros los unen son desemejantes, y que en fin la experiencia está enseñando todos los dias que un hombre dedicado á dos clases de estudios resulta sobresaliente en la una, y quizas muy mediano en la otra; que en aquella piensa con admirable penetracion y discernimiento, miéntras en esta no se eleva sobre miserables vulgaridades.

Hay verdades matemáticas, verdades físicas, verdades ideológicas, verdades metafísicas; las hay morales, religiosas, políticas; las hay literarias é históricas; las hay de razon pura, y otras en que se mezclan por necesidad la imaginacion y el sentimiento; las hay meramente especulativas, y las hay que por necesidad se refieren á la práctica; las hay que solo se conocen por raciocinio, las hay que se ven por intuicion, y las hay de que solo nos informamos por la experiencia; en fin, son tan variadas las clases en que podrian distribuirse, que fuera difícil reducirlas á guarismo.

§ III.

Los sabios resucitados.

El lector palpará el fundamento de lo que acabo de exponer, y se desentenderá en adelante de las frivolas objeciones que pudiera presentar el espíritu de sutileza y cavilacion, asistiendo á la escena que voy á ofrecerle, en la cual encontrará retratada al vivo la naturaleza de las cosas, y explicada y demostrada á un mismo tiempo la importante verdad que deseo inculcarle.

Yo supongo reunidos en un vasto establecimiento un gran número de hombres célebres, los que resucitados tales como eran en vida, con los mismos talentos é inclinaciones, pasan algunos dias encerrados allí, bien que con amplia libertad de ocuparse cada cual en lo que fuere de su agrado. La mansion está preparada como tales huéspedes se merecen; un riquísimo archivo, una inmensa biblioteca, un museo donde se hallan reunidas las mayores maravillas de la naturaleza y del arte; espaciosos jardines adornados con todo linaje de plantas, largas hileras de jaulas donde rugen, braman, aullan, silban, se revuelven, se agitan, todos los animales de Europa, Asia, Africa y América. Allí estan Gonzalo de Córdoba, Cisneros, Richelieu, Cristóbal Colon, Hernan Cortés, Napoleon, Tasso, Milton, Boileau, Corneille, Racine, Lope de Vega, Calderon, Molière, Bossuet, Massillon, Bourdaloue, Descártes, Malebranche, Erasmo, Luis Vives, Mabillon, Vieta, Fermat, Bacon, Keplero, Galileo, Pascal, Newton, Leibnitz, Miguel Angelo, Rafael, Linneo, Buffon y otros que han trasmitido á la posteridad su nombre inmortal.

Dejadlos hasta que se hayan hecho cargo de la distribucion de las piezas, y cada cual haya podido entregarse á los impulsos de su inclinacion favorita. El gran Gonzalo leerá con preferencia las hazañas de Escipion en España, desbaratando á sus enemigos con su estrategia, aterrándolos con su valor, y atrayéndose el ánimo de los naturales con su gallarda apostura y conducta generosa. Napoleon se ocupará en el paso de los Alpes por Aníbal, en las batallas de Cánas y Trasimeno; se indignará al ver á César vacilante á la orilla del Rubicon, golpeará la mesa con entusiasmo al mirarle cual marcha sobre Roma, vence en Farsalia, sojuzga el Africa, y se reviste de la dictadura. Tasso y Milton tendrán en sus manos la Biblia, Homero y Virgilio; Corneille y Racine á Sófocles y Eurípides; Molière á Aristófanes, Lope de Vega, y Calderon; Boileau á Horacio; Bossuet, Massillon y Bourdaloue á san Juan Chisóstomo, san Agustin, san Bernardo; miéntras Erasmo, Luis Vives y Mabillon estarán revolviendo el archivo, andando á caza de polvorientos manuscritos para completar un texto truncado, aclarar una frase dudosa, enmendar una expresion incorrecta, ó resolver un punto de crítica. Entre tanto sus ilustres compañeros se habrán acomodado conforme á su gusto respectivo. Quien estará con el telescopio en la mano, quien con el microscopio, quien con otros instrumentos; al paso que algunos, inclinados sobre un papel cubierto de signos, letras y figuras geométricas, estarán absortos en la resolucion de los problemas mas abstrusos. No estarán ociosos los maquinistas, ni los artistas, ni los naturalistas; y bien se deja entender que encontraremos á Buffon junto á las verjas de una jaula, á Linneo en el jardin, á Whatt examinando los modelos de maquinaria, y á Rafael y Miguel Angelo, en las galerías de cuadros y estatuas.

Todos pensarán, todos juzgarán, y sin duda que sus pensamientos serán preciosos, y sus fallos respetables; y sin embargo estos hombres no se entenderian unos á otros, si se hablasen los de profesiones diferentes; si trocais los papeles, será posible que de una sociedad de genios hagais una reunion de capacidades vulgares, que tal vez llegue á ser divertida con los disparates de insensatos.

¿Veis á ese cuyos ojos centellean, que se agita en su asiento, da recias palmadas sobre la mesa, y al fin se deja caer el libro de la mano, exclamando: bien, muy bien, magnifico?.... ¿Notais aquel otro que tiene delante de sí un libro cerrado, y que con los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos fijos, y la frente contraida y torva, manifiesta que está sumido en meditacion profunda, y que al fin vuelve de repente en sí, y se levanta diciendo: «evidente, exacto, no puede ser de otra manera....?» Pues el uno es Boileau, que lee un trozo escogido de la carta á los Pisones, ó de las Sátiras, y que á pesar de saberlo de memoria, lo encuentra todavía nuevo, sorprendente, y no puede contener los impulsos de su entusiasmo: el otro es Descártes que medita sobre los colores y resuelve que no son mas que una sensacion. Aproximadlos ahora y haced que se comuniquen recíprocamente sus pensamientos; Descártes tendrá á Boileau por muy frívolo, pues que tanto le afecta una imágen bella y oportuna, ó una expresion enérgica y concisa; y Boileau se desquitará á su vez sonriéndose desdeñosamente del filósofo cuya doctrina choca con el sentido comun, y tiende á desencantar la naturaleza.

Rafael contempla extasiado un cuadro antiguo de raro mérito; en la escena, el sol se ha ocultado en el ocaso, las sombras van cubriendo la tierra, descúbrese en el firmamento el cuadrante de la luna, y algunas estrellas que brillan como antorchas en la inmensidad de los cielos. Descuella en el grupo una figura que con los ojos clavados en el astro de la noche, y con ademan dolorido y suplicante, diríase que le cuenta sus penas, y le conjura que le dé auxilio en tremenda cuita. Entre tanto acierta á pasar por allí un personaje que anda meditabundo de una parte á otra; y reparando en la luna y estrellas, y en la actitud de la mujer que las mira, se detiene y articula entre dientes, no sé qué cosas sobre paralaje, planos que pasan por el ojo del espectador, semidiámetros terrestres, tangentes á la órbita, focos de la elipse, y otras cosas por este tenor que distraen á Rafael, y le hacen marchar á grandes pasos hácia otro lado, maldiciendo al bárbaro astrónomo y a su astronomía.

Allí está Mabillon con un viejo pergamino, calándose mil veces los anteojos, y ora tomando la luz en una direccion, ora en otra, por si puede sacar en limpio una línea medio borrada, donde sospecha que ha de encontrar lo que busca, y miéntras el buen monje se halla atareado en su faena se le llega un naturalista rogándole que disimule, y armando su microscopio se pone á observar, si descubre en el pergamino algunos huevos de polilla. El pobre Linneo tenia recogidas unas florecitas y las estaba distribuyendo, cuando pasan por allí Tasso y Milton recitando en alta y sentida voz un soberbio pasaje, y no advierten que lo echan todo á rodar, y que con una pisada destruyen el trabajo de muchas horas.

En fin aquellos hombres acabaron por no entenderse, y fué preciso encerrarlos de nuevo en sus tumbas para que no se desacreditasen y no perdiesen sus títulos á la inmortalidad.

Lo que veia el uno no acertaba á verlo el otro, aquel reputaba á este por estúpido, y este á su vez le pagaba con la misma moneda. Lo que el uno apreciaba con admirable tino, el otro lo juzgaba disparatando; lo que uno miraba como inestimable tesoro, considerábalo el otro cual miserable bagatela. ¿Y esto porqué? ¿Cómo es que grandes pensadores discuerden hasta tal punto? ¿Cómo es que las verdades no se presenten á los ojos de todos de una misma manera? Es que estas verdades son de especies muy diferentes; es que el compas y la regla no sirven para apreciar lo que afecta el corazon; es que los sentimientos nada valen en el cálculo y en la geometría; es que las abstracciones metafísicas nada tienen que ver con las ciencias sociales; es que la verdad pertenece á órdenes tan diferentes cuanto lo son las naturalezas de las cosas, porque la verdad es la misma realidad.

El empeño de pensar sobre todos los objetos de un mismo modo, es un abundante manantial de errores; es trastornar las facultades humanas; es transferir á unas lo que es propio exclusivamente de otras. Hasta los hombres mas privilegiados á quienes el Criador ha dotado de una comprension universal, no podrán ejercerla cual conviene, si cuando se ocupan de una materia, no se despojan en cierto modo de sí mismos, para hacer obrar las facultades que mejor se adaptan al objeto de que se trata[12].


CAPÍTULO XIII.

LA BUENA PERCEPCION.

§ I.

La idea.

Percibir con claridad, exactitud y viveza, juzgar con verdad, discurrir con rigor y solidez, hé aquí las tres dotes de un pensador; examinémoslas por separado, emitiendo sobre cada una de ellas algunas observaciones.

¿Qué es una idea? No nos proponemos investigarlo aquí. ¿Qué es la percepcion en su rigor ideológico? Tampoco es este el blanco de nuestras tareas, ni conduciria al fin que deseamos. Bastará pues decir, en lenguaje comun, que percepcion es aquel acto interior con el cual nos hacemos cargo de un objeto: siendo la idea aquella imágen, representacion, ó lo que se quiera, que sirve como de pábulo á la percepcion. Así percibimos el círculo, la elipse, la tangente á una de estas curvas; percibimos la resultante de un sistema de fuerzas, la razon inversa de estas en los brazos de una palanca, la gravitacion de los cuerpos, la ley de aceleracion en su descenso, el equilibrio de los flúidos; percibimos la contradiccion del ser y no ser á un mismo tiempo, la diferencia entre lo esencial y accidental de los seres; percibimos los principios de la moral; percibimos nuestra existencia y la de un mundo que nos rodea; percibimos una belleza ó un defecto en un poema ó en un cuadro; percibimos la sencillez ó complicacion de un negocio, los medios fáciles ó arduos para llevarle á cabo; percibimos la impresion agradable ó desagradable que hace en nuestros semejantes tal ó cual palabra, gesto ó suceso; en breve, percibimos todo aquello de que se hace cargo nuestro espíritu; y aquello que en lo interior nos parece que nos sirve de espejo para ver el objeto, aquello que ora está presente á nuestro entendimiento, ora se retira, ó se adormece, aguardando que otra ocasion lo dispierte ó que nosotros lo llamemos para volverse á presentar; aquello que no sabemos lo que es, pero cuya existencia no nos es dable poner en duda, aquello se llama idea.

Poco nos importan aquí las opiniones de los ideólogos; por cierto que para pensar bien no es necesario saber si la idea es distinta de la percepcion ó no, si es la sensacion transformada ó no, ni si nos ha venido por este ó aquel conducto, ó si la tenemos innata ó adquirida. Para la resolucion de todas estas cuestiones, sobre las cuales se ha disputado siempre, y se disputará en adelante, se necesitan actos reflejos que no puede hacer quien no se ocupa de ideología, so pena de distraerse de su tarea, y embarazar y extraviar lastimosamente su pensamiento. Quien piensa, no puede estar continuamente pensando que piensa y cómo piensa; de otra suerte el objeto de su entendimiento se cambiará; y en vez de ocuparse de lo que debe, se ocupará de sí mismo.

§ II.

Regla para percibir bien.

Percibiremos con claridad y viveza, si nos acostumbramos á estar atentos á lo que se nos ofrece (Cap.II); y si ademas hemos procurado adquirir el necesario tino para desplegar en cada caso las facultades que se adaptan al objeto presente.

¿Se me da una definicion matemática? nada de vaguedad, nada de abstracciones, nada de fantástico ó sentimental, nada del mundo en su complicacion y variedad; en este caso he de valerme de la imaginacion, no mas que como del encerado donde trazo los signos, y las figuras, y del entendimiento como del ojo para mirar. Aclararé la regla proponiendo un ejemplo de los mas sencillos: una de las definiciones elementales de la geometría.

La circunferencia es una línea curva reentrante cuyos puntos distan igualmente todos de uno que se llama centro. Por lo pronto, es evidente que no se trata aquí, ni de la circunferencia tal como suele tomarse en sentido metafórico, cuando se la aplica á objetos no geométricos; ni en un sentido lato y grosero, como en los casos en que no se necesita precision y rigor; debo pues considerar la definicion dada como la expresion de un objeto del órden ideal, al cual se aproximará mas ó ménos la realidad.

Pero, como las figuras geométricas se someten á la vista y á la imaginacion, me valdré de una de estas, y si es posible de ambas, para representarme aquello que quiero concebir. Trazada la figura en el encerado, ó en la imaginacion, veo ó imagino una circunferencia; pero ¿esto me basta para comprender bien su naturaleza? No. El hombre mas rudo la ve é imagina tan perfectamente como el mas cumplido matemático; y no sabe darse cuenta á sí mismo de lo que es una circunferencia. Luego la vista ó la imaginacion de la figura, no son suficientes para la idea geométrica completa. Ademas, que si no se necesitara otra cosa, el gato que acurrucado en una silla está contemplando atentamente una curva que su amo acaba de trazar, y que sin duda la ve tan bien como este, y la imagina cuando cierra los ojos, tendria de la misma una idea igualmente perfecta que Newton ó Lagrange.

¿Qué se necesita pues para que haya una percepcion intelectual, que se conozca el conjunto de condiciones de las cuales no puede faltar ninguna sin que desaparezca la curva? Esto es lo explicado por la definicion; y para que la percepcion sea cabal, deberé hacerme cargo de cada una de dichas condiciones, y su conjunto formará en mi entendimiento la idea de la curva.

Quien se haya ocupado en la enseñanza habrá podido observar la diferencia que acabo de señalar. Vista una circunferencia y la manera de trazarla con el compas, el alumno mas torpe la reconoce donde quiera que se le presente, y la describe sin equivocarse. En esto no cabe diferencia entre los talentos; pero viene el definir la curva, señalando las condiciones que la forman, y entónces se palpa lo que va de la imaginacion al entendimiento, entónces se conoce ya al jóven negado, al medianamente capaz, al sobresaliente. ¿Qué es la circunferencia? preguntais al primero.—Es esto que acabo de trazar.—Pero bien, ¿en qué consiste? ¿cuál es la naturaleza de esta línea? ¿en qué se diferencia de la recta que explicamos ayer? ¿Son lo mismo la una que la otra?—Oh! no: esta es así.... redonda.... aquí hay un punto....—Se acuerda V. de la definición que da el autor? Sí, señor; la circunferencia es una línea curva reentrante, cuyos puntos distan igualmente todos de uno que se llama centro.—¿Porqué la llamamos curva?—Porque no tiene sus puntos en una misma direccion.—¿Porqué, reentrante?—Porque vuelve ó entra en sí misma.—Si no fuese reentrante, ¿seria circunferencia?—Sí señor.—¿No acaba V. de decirnos que ha de serlo?—Ah! Sí señor.—¿Porqué, en no siendo reentrante, ya no seria circunferencia?—Porque.... la circunferencia.... porque....—En fin cansado de esperar, y de explicar, llamais á otro; que os da la definicion, que os explica los términos, pero que ahora se os deja la palabra curva, ahora la igualmente, que si le obligais á una atencion mas perfecta, se hace cargo de lo que le decís, lo repite muy bien, pero que á poco tiene otro olvido, ó equivocacion, dando á entender que no se ha formado todavía idea cabal, que no se da cumplida razon á sí mismo del conjunto de condiciones necesarias para formar una circunferencia.

Llegais por fin á un alumno de entendimiento claro y sobresaliente: traza la figura con mas ó ménos desembarazo, segun su mayor ó menor agilidad natural, recita mas ó ménos rápidamente las definiciones, segun la velocidad de la lengua; pero llamadle al análisis, y notaréis desde luego la claridad y precision de sus ideas, la exactitud y concision de sus palabras, la oportunidad y tino de las aplicaciones.—En la definicion ¿podríamos omitir la palabra línea?—Como aquí ya hemos advertido que solo tratamos de líneas, se daria por sobrentendida; pero en rigor no, porque al decir curva, podríase dudar si hablamos de superficies.—Y expresando línea, podriamos omitir curva?—Me parece que sí,... porque como añadimos reentrante, ya excluimos la recta que no puede serlo; y ademas la recta tampoco puede tener todos sus puntos igualmente distantes de uno.—Y la palabra reentrante, ¿no la pudiéramos pasar por alto?—No señor; porque si la curva no vuelve sobre sí misma ya no será una circunferencia; así, por ejemplo, si en esta borro la parte A B, ya no me queda una circunferencia sino un arco.—Pero, añadiendo lo demas, de que todos los puntos han de distar igualmente de uno que se llama centro, bien parece que se sobrentiende que será reentrante....—No señor, porque en el arco que tenemos á la vista hay la equidistancia, y sin embargo no es reentrante.—Y la palabra igualmente?—Es indispensable; de otro modo seria no decir nada; porque una recta tambien tiene todos sus puntos distantes de uno que no se halle en ella; y ademas una curva que trazo á la aventura, rasgueando así.... sobre el encerado, tiene tambien todos sus puntos distantes de otro cualquiera, como A.... que señalo fuera de ella.

Hé aquí una percepcion clara, exacta, cabal, que nada deja que desear, que deja satisfecho al que habla y al que oye.

Acabamos de asistir al análisis de una idea geométrica, y de señalar la diferencia entre sus grados de claridad y exactitud; veamos ahora una idea artística, y tratemos de determinar su mayor ó menor perfeccion. En ambos casos hay percepcion de una verdad; en ambos casos se necesita atencion, aplicacion de las facultades del alma; pero con el ejemplo que sigue palparemos que lo que en el uno daña, en el otro favorece y vice-versa; y que las clasificaciones y distinciones que en el primero eran indicio de disposiciones felices, son en el segundo una prueba de que el disertante se ha equivocado al elegir su carrera.

Dos jóvenes que acaban de salir de la escuela de retórica, que recuerdan perfectamente cuanto en ella se les ha enseñado, que serían capaces de decorar los libros de texto de un cabo á otro, que responden con prontitud á las preguntas que se les hacen sobre tropos, figuras, clases de composicion, etc., etc., y que en fin han desempeñado los exámenes á cumplida satisfaccion de padres y maestros, obteniendo ambos la nota de sobresaliente, por haber contestado con igual desembarazo y lucimiento, de manera que no era dable encontrar entre los dos ninguna diferencia, estan repasando las materias en tiempo de vacaciones, y cabalmente leen un magnífico pasaje oratorio ó poético.

Camilo vuelve una y otra vez sobre las admirables páginas, y ora derrama lágrimas de ternura, ora centellea en sus ojos el mas vivo entusiasmo. «Esto es inimitable, exclama, es imposible leerlo sin conmoverse profundamente! ¡qué belleza de imágenes, qué fuego, qué delicadeza de sentimientos, qué propiedad de expresion, qué inexplicable enlace de concision y abundancia, de regularidad y lozanía!» «¡Oh! sí, le contesta Eustaquio, esto es muy hermoso; ya nos lo habian dicho en la escuela; y si lo observas, verás que todo está ajustado á las reglas del arte.»

Camilo percibe lo que hay en el pasaje, Eustaquio no; y sin embargo aquel discurre poco, apénas analiza, solo pronuncia algunas palabras entrecortadas, miéntras este diserta á fuer de buen retórico. El uno ve la verdad, el otro no; ¿y porqué? porque la verdad en este lugar es un conjunto de relaciones, entre el entendimiento, la fantasía y el corazon; es necesario desplegar á la vez todas estas facultades, aplicándolas al objeto con naturalidad, sin violencia ni tortura, sin distraerlas con el recuerdo de esta ó aquella regla, quedando el análisis, razonado y crítico para cuando se haya sentido el mérito del pasaje. Enredarse en discursos, traer á colacion este ó aquel precepto, ántes de haberse hecho cargo del escogido trozo, ántes de haberle percibido, es maniatar, por decirlo así, el alma, no dejándole expedita mas que una facultad cuando las necesita todas.

§ III.

Escollo del análisis.

Hasta en las materias donde no entran para nada la imaginacion y el sentimiento, conviene guardarse de la manía de poner en prensa el espíritu obligándole á sujetarse á un método determinado, cuando ó por su carácter peculiar, ó por los objetos de que se ocupa, requiere libertad y desahogo. No puede negarse que el análisis, ó sea la descomposicion de las ideas, sirve admirablemente en muchos casos para darles claridad y precision; pero es menester no olvidar, que la mayor parte de los seres son un conjunto, y que el mejor modo de percibirlos es ver de una sola ojeada las partes y relaciones que le constituyen. Una máquina desmontada presenta con mas distincion y minuciosidad las piezas de que está compuesta; pero no se comprende tambien el destino de ellas, hasta que colocadas en su lugar, se ve como cada una contribuye al movimiento total. A fuerza de descomponer, prescindir y analizar, Condillac y sus secuaces no hallan en el hombre otra cosa que sensaciones; por el camino opuesto Descártes y Malebranche, apénas encontraban mas que ideas puras, un refinado espiritualismo; Condillac pretende dar razon de los fenómenos del alma, principiando por un hecho tan sencillo como es el acercar una rosa á la nariz de su hombre-estatua, privado de todos los sentidos, excepto el olfato; Malebranche busca afanoso un sistema para explicar lo mismo; y no encontrándolo en las criaturas, recurre nada ménos que á la esencia de Dios.

En el trato ordinario, vemos á menudo laboriosos razonadores que conducen su discurso con cierta apariencia de rigor y exactitud, y que guiados por el hilo engañoso van á parar á un solemne dislate. Examinando la causa, notaremos que esto procede de que no miran el objeto sino por una cara. No les falta análisis, tan pronto como una cosa cae en sus manos la descomponen; pero tienen la desgracia de descuidar algunas partes; y si piensan en todas, no recuerdan que se han hecho para estar unidas, que estan destinadas á tener estrechas relaciones, y que si estas relaciones se arrumban, el mayor prodigio podrá convertirse en descabellada monstruosidad.

§ IV.

El tintorero y el filósofo.

Un hábil tintorero estaba en su laboratorio ocupado en las tareas de su profesion. Acertó á entrar un observador minucioso, razonador muy analítico, y entabló desde luego discusion sobre los tintes y sus efectos, proponiéndose nada ménos que convencer al tintorero, de que iba á echar á perder las preciosas telas á que se aplicarian sus composiciones. A la verdad, la cosa presentaba mal aspecto, y el crítico no dejaba de apoyarse en reflexiones especiosas. Aquí se veia una serie de cazuelas con líquidos negruzcos, cenicientos, parduzcos, ninguno de buen color, todos de mal olor; allí unos pedacitos de goma pegajosa, desagradable á la vista; enormes calderas estaban hirviendo, donde se revolvian trozos de madera en bruto, y en las cuales se iban echando unas hojas secas, que al parecer solo podian servir para tirar á la calle. El tintorero estaba machacando en un mortero cien y cien materias que andaba sacando ora de un pote, ora de una marmita, ora de un saquillo; y revolviéndolo todo, y pasándolo de una cazuela á otra, y echando ora acá, ora acullá, cucharadas de líquidos que apestaban, y de cuyo contacto era preciso guardar el cútis porque le roian mas que el fuego, se aprestaba á vaciar los ingredientes en diferentes calderas, y sepultar en aquella inmundicia gran número de materias y manufacturas de inestimable valor. «Esto se va á desperdiciar todo, decia el analítico. En esta cazuela hay el ingrediente A, que como V. sabe, es extremadamente cáustico, y que ademas da un color muy feo. En esta otra hay la goma B, excelente para manchar, y cuyas señales no se quitan sino con muchísimo trabajo. En esta caldera hay el palo C, que podria servir para dar un color grosero y comun, pero que no alcanzo cómo ha de producir nada exquisito. En una palabra, examinado todo por separado, encuentro que V. emplea ingredientes contrarios á lo que V. se propone; y desde ahora doy por seguro, que en vez de sacar nada conforme á las bellísimas muestras que tiene V. en el despacho, va á sufrir una pérdida de consideracion en su fama é intereses.» «Todo es posible, señor filósofo, decia el inexorable tintorero, tomando en sus manos las preciosas materias y ricas manufacturas, y sumergiéndolas sin compasion en las sucias y pestilentes calderas, todo es posible, mas para dar fin á la discusion, déjese V. ver por aquí dentro pocos días.» El filósofo volvió en efecto, y el tintorero desvaneció todas las objeciones, desplegando á sus ojos las telas que por rigurosa demostracion debian estar malbaratadas. ¡Qué sorpresa! ¡qué humillacion para el analítico! Unas mostraban finísima grana, otras delicado verde, otras hermoso azul, otras exquisito naranjado, otras subido negro, otras un blanco lijeramente cubierto con variado color; otras ostentaban riquísimos jaspes donde campeaban á un tiempo la belleza y el capricho. Los matices eran innumerables y encantadores, las manufacturas limpias, tersas, brillantes como si hubieran estado cubiertas con cristales sin sufrir el contacto de la mano del hombre. El filósofo se marchó confuso y cabizbajo, diciendo para sí: «no es lo mismo saber lo que es una cosa por sí sola, ó lo que puede ser en combinacion con otras; en adelante no me contentaré con descomponer y separar, que tambien hace prodigios el componer y reunir: testigo el tintorero.»

§ V.

Objetos vistos por una sola cara.

Entendimientos por otra parte muy claros y perspicaces, se echan á perder lastimosamente por el prurito de desenvolver una serie de ideas que no representando el objeto sino por un lado, acaban por conducir á resultados extravagantes. De aquí es, que con la razon todo se prueba y todo se impugna; y á veces un hombre que tiene evidentemente la verdad de su parte, se halla precisado á encastillarse en las convicciones, y resistir con las armas del buen sentido y cordura á los ataques de un sofista que se abre paso por todas las hendiduras, y se escurre al traves de lo mas sólido y compacto como filtrándose por los poros. La misma sobreabundancia de ingenio produce este defecto, como las personas demasiado ágiles y briosas se mantienen difícilmente en un paso mesurado y grave.

§ VI.

Inconvenientes de una percepcion demasiado rápida.

Es calidad preciosa la rapidez de la percepcion; pero conviene estar prevenido contra su efecto ordinario, que es la inexactitud. Sucédeles con frecuencia á los que perciben con mucha presteza, no hacer mas que desflorar el objeto; son como las golondrinas, que deslizándose velozmente sobre la superficie de un estanque, solo pueden coger los insectos que sobrenadan; miéntras otras aves que se sumergen enteramente ó posan sobre el agua, y con el pico calan muy adentro, hacen servir á su alimento hasta lo que se oculta en el fondo.

El contacto de estos hombres es peligroso; porque sea que hablen, sea que escriban, suelen distinguirse por una facilidad encantadora; y, lo que es todavía peor, comunican á todo lo que tratan cierta apariencia de método, claridad y precision que alucina y seduce. En la ciencia se dan á conocer por sus principios claros, sus definiciones sencillas, sus deducciones obvias, sus aplicaciones felices. Caractéres que no pueden ménos de acompañar el talento de concepcion profunda y cabal; pero que imitados por otro de ménos aventajadas partes, solo indican á veces superficialidad y lijereza, como brilla limpia y trasparente el agua poco profunda, regalando la vista con sus arenas de oro[13].


CAPÍTULO XIV.

EL JUICIO.

§ I.

Qué es el juicio. Manantiales de error.

Para juzgar bien conduce poco el saber si el juicio es un acto distinto de la percepcion, ó si consiste simplemente en percibir la relacion de dos ideas. Prescindiré pues de estas cuestiones, y solo advertiré que cuando interiormente decimos que una cosa es ó no es, ó que es ó no es de esta ó de aquella manera, entónces hacemos un juicio. Así lo entiende el uso comun; y para lo que nos proponemos, esto nos basta.

La falsedad del juicio depende muchas veces de la mala percepcion; así lo que vamos á decir, aunque directamente encaminado al modo de juzgar bien, conduce no poco á percibir bien.

La proposicion es la expresion del juicio.

Los falsos axiomas, las proposiciones demasiado generales, las definiciones inexactas, las palabras sin definir, las suposiciones gratuitas, las preocupaciones en favor de una doctrina, son abundantes manantiales de percepciones equivocadas ó incompletas y de juicios errados.

§ II.

Axiomas falsos.

Toda ciencia ha menester un punto de apoyo; y quien se encarga de profesarla, busca con tanto cuidado este punto, como el arquitecto asienta el fundamento sobre el cual ha de levantar el edificio. Desgraciadamente, no siempre se encuentra lo que se necesita; y el hombre es demasiado impaciente para aguardar que los siglos que él no ha de ver, proporcionen á las generaciones futuras el descubrimiento deseado. Si no encuentra, finge; en vez de construir sobre la realidad, edifica sobre las creaciones de su pensamiento. A fuerza de cavilar y sutilizar llega hasta el punto de alucinarse á sí mismo, y lo que al principio fuera un pensamiento vago, sin estabilidad ni consistencia, se convierte en verdad inconcusa. Las excepciones embarazarian demasiado; lo mas sencillo es asentar una proposicion universal: hé aquí el axioma. Vendrán luego numerosos casos que no se comprenden en él; nada importa: con este objeto se halla concebido en términos generales y confusos ó ininteligibles, para que interpretándose de mil maneras diferentes, sufra en su fondo todas las excepciones que se quiera sin perder nada de su prestigiosa reputacion. Entre tanto el axioma sirve admirablemente para cimentar un raciocinio extravagante, dar peso á un juicio disparatado, ó desvanecer una dificultad apremiadora: y cuando se ofrecen al espíritu dudas sobre la verdad de lo que se defiende, cuando se teme que el edificio no venga al suelo con fragorosa ruina, se dice á sí mismo el espíritu: «no, no hay peligro; el cimiento es firme; es un axioma, y un axioma es un principio de eterna verdad.»

Para merecer este nombre, es menester que la proposicion sea tan patente al espíritu, como lo son al ojo los objetos que miramos presentes, á la debida distancia, y en medio del dia. En no dejando al entendimiento enteramente convencido desde que se le ofrece, y una vez comprendido el significado de los términos con que se le enuncia, no debe ser admitido en esta clase. Viciadas las ideas por un axioma falso, vense todas las cosas muy diferentes de lo que son en sí; y los errores son tanto mas peligrosos, cuanto el entendimiento descansa en mas engañosa seguridad.

§ III.

Proposiciones demasiado generales.

Si nos fuese conocida la esencia de las cosas, podríamos asentar con respecto á ella proposiciones universales, sin ningun género de excepcion; porque siendo la esencia la misma en todos los seres de una misma especie, claro es que lo que del uno afirmásemos, seria igualmente aplicable á todos. Pero como de lo tocante á dicha esencia conocemos poco, y de una manera imperfecta, y muchas veces nada, es de ahí que por lo comun no es posible hablar de los seres, sino con relacion á las propiedades que están á nuestro alcance, y de las que á menudo no discernimos si estan radicadas en la esencia de la cosa, ó si son puramente accidentales. Las proposiciones generales se resienten de este defecto; pues como expresan lo que nosotros concebimos y juzgamos, no pueden extenderse sino á lo que nuestro espíritu ha conocido. De donde resulta que sufren mil excepciones que no preveíamos; y tal vez descubrimos que se habia tomado por regla lo que no era mas que excepcion. Esto sucede aun suponiendo mucho trabajo de parte de quien establece la proposicion general; ¿qué será, si atendemos á la lijereza con que se las suele formar y emitir?

§ IV.

Las definiciones inexactas.

De estas puede decirse casi lo mismo que de los axiomas; pues que sirven de luz para dirigir la percepcion y el juicio, y de punto de apoyo para afianzar el raciocinio. Es sobre manera difícil una buena definicion, y en muchos casos imposible. La razon es obvia; la definicion explica la esencia de la cosa definida; y ¿cómo se explica lo que no se conoce? A pesar de tamaño inconveniente, existen en todas las ciencias una muchedumbre de definiciones que pasan cual moneda de buena ley; y si bien sucede con frecuencia que se levantan los autores contra las definiciones de otros, ellos á su vez cuidan de reemplazarlas con la suyas, las que hacen circular por toda la obra tomándolas por base en sus discursos. Si la definicion ha de ser la explicacion de la esencia de la cosa, y el conocer esta esencia es negocio tan difícil, ¿porqué se lleva tanta prisa en definir? El blanco de las investigaciones es el conocimiento de la naturaleza de los seres; la proposicion pues en que se explicase esta naturaleza, es decir la definicion, debiera ser la última que emitiese el autor. En la definicion está la ecuacion que presenta despejada la incógnita; y en la resolucion de los problemas esta ecuacion es la última.

Lo que nosotros podemos definir muy bien es lo puramente convencional; porque la naturaleza del ser convencional es aquella que nosotros mismos le damos por los motivos que bien nos parecen. Así, ya que no nos es posible en muchos casos definir la cosa, al ménos debiéramos fijar bien lo que entendemos cuando hablamos de ella; ó en otros términos, deberíamos definir la palabra con que pretendemos expresar la cosa. Yo no sé lo que es el sol; no conozco su naturaleza; y por tanto si me preguntan su definicion, no podré darla. Pero sé muy bien á qué me refiero cuando pronuncio la palabra sol, y así me será fácil explicar lo que con ella significo. ¿Qué es el sol? no lo sé. ¿Qué entiende V. por la palabra sol? Ese astro cuya presencia nos trae el dia, y cuya desaparicion produce la noche. Esto me lleva naturalmente á las palabras mal definidas.

§ V.

Palabras mal definidas. Exámen de la palabra igualdad.

En la apariencia nada mas fácil que definir una palabra, porque es muy natural que quien la emplea sepa lo que se dice, y de consiguiente pueda explicarlo. Pero la experiencia enseña no ser así, y que son muy pocos los capaces de fijar el sentido de las voces que usan. Semejante confusion nace de la que reina en las ideas, y á su vez contribuye á aumentarla. Oiréis á cada paso una disputa acalorada en que los contrincantes manifiestan quizas ingenio nada comun: dejadlos que den cien vueltas al objeto, que se acometan y rechacen una y mil veces, como enemigos en sangrienta batalla; entónces si os quereis atravesar de mediador, y hacer palpable la sinrazon de ambos, tomad la palabra que expresa el objeto capital de la cuestion, y preguntad á cada uno, ¿qué entiende V. por esto? ¿qué sentido da V. á esta palabra? Os acontecerá con frecuencia que los dos adversarios se quedarán sin saber qué responderos, ó pronunciando algunas expresiones vagas, inconexas, manifestando bien á las claras que les habeis salido de improviso, que no esperaban el ataque por aquel flanco, siendo quizas aquella la primera vez que se ocupan, mal de su grado, en darse cuenta á sí mismos del sentido de una palabra que en un cuarto de hora han empleado centenares de veces, y de que estaban haciendo infinitas aplicaciones. Pero suponed que esto no acontece, y que cada cual da con facilidad y presteza la explicacion pedida: estad seguro que el uno no aceptará la definicion del otro, y que la discordancia que ántes versaba ó parecia versar sobre el fondo de la cuestion, se trasladará de repente al nuevo terreno entablándose disputa sobre el sentido de la palabra. He dicho ó parecia versar, porque si bien se ha observado el giro de la discusion, se habrá echado de ver que bajo el nombre de la cosa se ocultaba con frecuencia el significado de la palabra.

Hay ciertas voces que expresando una idea general, aplicable á muchos y muy diferentes objetos y en los sentidos mas varios, parecen inventadas adrede para confundir. Todos las emplean, todos se dan cuenta á si mismos de lo que significan, pero cada cual á su modo; resultando una algarabia que lastima á los buenos pensadores.

«La igualdad de los hombres, dirá un declamador, es una ley establecida por el mismo Dios. Todos nacemos llorando, todos morimos suspirando: la naturaleza no hace diferencia entre pobres y ricos, plebeyos y nobles; y la religion nos enseña que todos tenemos un mismo orígen y un mismo destino. La igualdad es obra de Dios; la desigualdad es obra del hombre; solo la maldad ha podido introducir en el mundo esas horribles desigualdades de que es víctima el linaje humano; solo la ignorancia, y la ausencia del sentimiento de la propia dignidad han podido tolerarlas.» Esas palabras no suenan mal al oido del orgullo: y no puede negarse que hay en ellas algo de especioso. Ese hombre dice errores capitales, y verdades palmarias; confunde aquellos con estas; y su discurso seductor para los incautos, presenta á los ojos de un buen pensador una algarabía ridicula. ¿Cuál es la causa? Toma la palabra igualdad en sentidos muy diferentes, la aplica á objetos que distan tanto como cielo y tierra; y pasa á una deduccion general, con entera seguridad, como si no hubiese riesgo de equivocacion.

¿Queremos reducir á polvo cuanto acaba de decir? Hé aquí como deberemos hacerlo.

—¿Qué entiende V. por igualdad?

—Igualdad, igualdad.... bien claro está lo que significa.

—Sin embargo no será de mas que V. nos lo diga.

—La igualdad está en que el uno no sea ni mas ni ménos que el otro.

—Pero ya ve V. que esto puede tomarse en sentidos muy varios; porque dos hombres de seis pies de estatura serán iguales en ella, pero será posible que sean muy desiguales en lo demas; por ejemplo, si el uno es barrigudo, como el gobernador de la ínsula Barataria, y el otro seco de carnes como el caballero de la Triste Figura. Ademas dos hombres pueden ser iguales ó desiguales en saber, en virtud, en nobleza, y en un millon de cosas mas; con que será bien que ántes nos pongamos de acuerdo en la acepcion que da V. á la palabra igualdad.

—Yo hablo de la igualdad de la naturaleza, de esta igualdad establecida por el mismo Criador, contra cuyas leyes nada pueden los hombres.

—Así no quiere V. decir mas sino que por naturaleza todos somos iguales....

—Cierto.

—Ya; pero yo veo que la naturaleza nos hace á unos robustos, á otros endebles, á unos hermosos, á otros feos, á unos ágiles, á otros torpes, á unos de ingenio despejado, á otros tontos, á unos nos da inclinaciones pacificas, á otros violentas, á unos.... pero seria nunca acabar si quisiera enumerar las desigualdades que nos vienen de la misma naturaleza. ¿Dónde está la igualdad natural de que V. nos habla?

—Pero estas desigualdades no quitan la igualdad de derechos....

—Pasando por alto que V. ha cambiado ya completamente el estado de la cuestion, abandonando ó restringiendo mucho la igualdad de la naturaleza, tambien hay sus inconvenientes en esa igualdad de derechos. ¿Le parece á V. si el niño de pocos años tendrá derecho para reñir y castigar á su padre?

—V. finge absurdos....

—No señor, que esto y nada ménos que esto exige la igualdad de derechos; si no es asi deberá V. decirnos de qué derechos habla, de cuáles debe entenderse la igualdad y de cuáles no.

—Bien claro es que ahora tratamos de la igualdad social.

—No trataba V. de ella únicamente; bien reciente es el discurso en que hablaba V. en general y de la manera mas absoluta, solo que arrojado de una trinchera se refugia V. en la otra. Pero vamos á la igualdad social. Esto significará que en la sociedad todos hemos de ser iguales. Ahora pregunto, ¿en qué? ¿en autoridad? Entónces no habrá gobierno posible. ¿En bienes? Enhorabuena; dejemos á un lado la justicia, y hagamos el repartimiento: al cabo de una hora, de dos jugadores el uno habrá alijerado el bolsillo del otro, y estarán ya desiguales; pasados algunos dias, el industrioso habrá aumentado su capital, el desidioso habrá consumido una porcion de lo que recibió; y caeremos en la desigualdad. Vuélvase mil veces al repartimiento, y mil veces se desigualarán las fortunas. ¿En consideracion? pero ¿apreciará V. tanto al hombre honrado como al tunante? ¿se depositará igual confianza en este que en aquel? ¿Se encargarán los mismos negocios á Metternich que al mas rudo patan? Y aun cuando se quiesese, ¿podrian todos hacerlo todo?

—Esto es imposible; pero lo que no es imposible es la igualdad ante la ley.

—Nueva retirada, nueva trinchera; vamos allá. La ley dice: el que contravenga sufrirá la multa de mil reales, y en caso de insolvencia diez dias de cárcel. El rico paga los mil reales, y se rie de su fechoria; el pobre que no tiene un maravedí, expia su falta de rejas adentro. ¿Dónde está la igualdad ante la ley?

—Pues yo quitaria esas cosas; y estableceria las penas de suerte que no resultase nunca esta desigualdad.

—Pero entónces desaparecerian las multas, arbitrio no despreciable para huecos del presupuesto y alivio de gobernantes. Ademas voy á demostrarle á V. que no es posible en ninguna suposicion esta pretendida igualdad. Demos que para una transgresion está señalada la pena de diez mil reales; dos hombres han incurrido en ella, y ambos tienen de que pagar; pero el uno es opulento banquero, el otro un modesto artesano. El banquero se burla de los diez mil reales, el artesano queda arruinado. ¿Es igual la pena?

—No por cierto; mas ¿cómo quiere V. remediarlo?

—De ninguna manera; y esto es lo que quiero persuadirle á V. de que la desigualdad es cosa irremediable. Demos que la pena sea corporal, encontraremos la misma desigualdad. El presidio, la exposicion á la vergüenza pública, son penas que el hombre falto de educacion, y del sentimiento de dignidad, sufre con harta indiferencia; sin embargo un criminal que perteneciese á cierta categoría preferiria mil veces la muerte. La pena debe ser apreciada, no por lo que es en sí, sino por el daño que causa al paciente y la impresion con que le afecta; pues de otro modo desaparecerian los dos fines del castigo: la expiacion y el escarmiento. Luego, una misma pena aplicada á criminales de clases diferentes, no tiene la igualdad sino en el nombre, entrañando una desigualdad monstruosa. Confesaré con V. que en estos inconvenientes hay mucho de irremediable, pero reconozcamos estas tristes necesidades, y dejémonos de ponderar una igualdad imposible.

La definicion de una palabra, y el discernir las diferentes aplicaciones que de ella podrian hacerse, nos ha traido la ventaja de reducir á la nada un especioso sofisma, y de demostrar hasta la última evidencia que el pomposo orador ó propalaba absurdos, ó no nos decia nada que no supiésemos de antemano; pues no es mucho descubrimiento el anunciar que todos nacemos y morimos de una misma manera.

§ VI.

Suposiciones gratuitas. El despeñado.

A falta de un principio general tomamos á veces un hecho que no tiene mas verdad y certeza de la que nosotros le otorgamos. ¿De dónde tantos sistemas para explicar los fenómenos de la naturaleza? De una suposicion gratuita que el inventor del sistema tuvo á bien asentar como primera piedra del edificio. Los mayores talentos se hallan expuestos á este peligro siempre que se empeñan en explicar un fenómeno, careciendo de datos positivos sobre su naturaleza y origen. Un efecto puede haber procedido de una infinidad de causas; pero no se ha encontrado la verdad por solo saber que ha podido proceder, es necesario demostrar que ha procedido. Si una hipótesis me explica satisfactoriamente un fenómeno que tengo á la vista, podré admirar en ella el ingenio de quien la inventara; pero poco habré adelantado para el conocimiento de la realidad de las cosas.

Este vicio de atribuir un efecto á una causa posible, salvando la distancia que va de la posibilidad á la realidad, es mas comun de lo que se cree; sobre todo, cuando el razonador puede apoyarse en la coexistencia ó sucesion de los hechos que se propone enlazar. A veces, ni aun se aguarda á saber si ha existido realmente el hecho que se designa como causa; basta que haya podido existir, y que en su existencia hubiese podido producir el efecto de que se pretende dar razon.

Se ha encontrado en el fondo de un precipicio el cadáver de una persona conocida; las señales de la víctima manifiestan con toda claridad que murió despeñada. Tres suposiciones pueden excogitarse para dar razon de la catástrofe; una caida, un suicidio, un asesinato. En todos estos casos, el efecto será el mismo; y en ausencia de datos no puede decirse que el uno lo explique mas satisfactoriamente que el otro. Numerosos espectadores estan contemplando la desastrosa escena; todos ansian descubrir la causa; haced que se presente el mas leve indicio, desde luego veréis nacer en abundancia las conjeturas, y oiréis las expresiones de «es cierto; así será; no puede ser de otra manera.... como si lo estuviese mirando... no hay testigos, no puede probarse en juicio; pero lo que es duda, no cabe.»

Y ¿cuáles son los indicios? Algunas horas ántes de encontrarse el cadáver, el infeliz se encaminaba hácia el lugar fatal, y no falta quien vió que estaba leyendo unos papeles, que se detenia de vez en cuando, y daba muestras de inquietud. Por lo demas es bien sabido que estos últimos dias habia pasado disgustos, y que los negocios de su casa estaban muy mal parados. Toda la vecindad veia en su semblante muestras de pena y desazon. Asunto concluido; este hombre se ha suicidado. Asesinato no puede ser, estaba tan cerca de su casa.... ademas que un asesinato no se comete de esta manera.... Una desgracia es imposible, porque él conocia muy bien el terreno; y por otra parte, no era hombre que anduviese precipitado ni con la vista distraida. Como el pobre estaba acosado por sus acreedores, hoy dia de correo debió de recibir alguna carta apremiante, y no habrá podido resistir mas.

—Vamos, vamos, responderá el mayor número, cosa clara: y tiene V. razon, cabalmente es hoy dia de correo....

Llega el juez y al efecto de instruir las primeras diligencias, se registra la cartera del difunto.

—Dos cartas.

—¿No lo decia yo?.... el correo de hoy!....

—La una es de N. su corresponsal en la plaza N.

—Vamos, cabalmente allí tenia sus aprietos.

—Dice así: «Muy Sr. mio: en este momento acabo de salir de la reunion consabida. No faltaban renitentes, pero al fin apoyado de los amigos N N, he conseguido que todo el mundo entrase en razon. Por ahora puede V. vivir tranquilo, y si su hijo de V. tuviera la dicha de restablecer algun tanto los negocios de América, esta gente se prestará á todo, y conservará V. su fortuna y su crédito. Los pormenores para el correo inmediato; pero he creido que no debia diferir un momento el comunicarle á V. tan satisfactoria noticia. Entre tanto, etc., etc.» No hay por qué matarse.

—La otra?....

—Es de su hijo....

—Malas noticias debió de traer....

—Dice así: «Mi querido padre: he llegado á tiempo; y á pocas horas de mi desembarco, estaba deshecha la trampa. Todo era una estafa del Sr. N. Ha burlado atrozmente nuestra confianza. No soñaba en mi venida, y al verme en su casa, se ha quedado como herido de un rayo. He conocido su turbacion, y me he apoderado de toda su correspondencia. Miéntras me ocupaba de esto ha tomado el portante, é ignoro su paradero. Todo se ha salvado excepto algun desfalco, que calculo de poca consideracion. Voy corriendo, porque la embarcacion que sale va á darse á la vela.» etc. etc.

El correo de hoy no era para suicidarse; el de las conjeturas sale lucido: todo por haber convertido la posibilidad en realidad, por haber estribado en suposiciones gratuitas, por haberse alucinado con lo especioso de una explicacion satisfactoria.

—¿Si podria ser un asesinato?....

—Claro es, porque en este correo.... y ademas, este hombre no carecia de enemigos.

—El otro dia su colono N. le amenazó terriblemente.

—Y es muy malo.....

—Oh! terrible.... está acostumbrado á la vida bandolera.... vamos, tiene atemorizada la vecindad....

—¿Y cómo estaban ahora?

—A matar; esta misma mañana salian juntos de la casa del difunto, y hablaban ambos muy recio.

—¿Y el colono solia andar por aquí?

—Siempre; á dos pasos tiene un campo; y ademas la cuestion estaba (sino que esto sea dicho entre nosotros), la cuestion estaba sobre esas encinas del borde del precipicio. El dueño se quejaba de que él le echaba á perder el bosque, el otro lo negaba; como que en este mismo lugar estuvieron el otro dia á pique de darse de garrotazos. Miren Vds.... sino que uno no debe perder á un infeliz.... casi cada dia estaban en pendencias en este mismo lugar.

—Entónces no hable V. mas.... es una atrocidad! pero ¿cómo se prueba?....

—Y hoy vean Vds. como no está trabajando en el campo; y tiene por allí su apero.... y se conoce que ha trabajado hoy mismo..... vamos, ya no cabe duda; es evidente; el infeliz está perdido, porque esto respirará.....

Llega uno del pueblo.

—¡Qué desgracia!

—¿No lo sabia V.?

—No señores, ahora mismo me lo han dicho en su casa. Iba yo á verle, por si se apaciguaba con el pobre N. que está preso en la alcaldía...

—¿Preso?....

—Sí señores; me ha venido llorando su mujer; dice que se ha excedido de palabras, y que el alcalde le ha arrestado. Como ya saben Vds. que es tan maton!....

—¿Y no ha salido mas al campo desde que habló esta mañana con el difunto en la calle?

—¿Pues cómo habia de salir? vayan Vds. y le encontrarán allí, donde está desde muy temprano; el pobrecito estaba labrando ahí!....

Nuevo chasco, el asesino estaba á larga distancia, el preso era el colono: nuevo desengaño para no fiarse de suposiciones gratuitas, para no confundir la realidad con la posibilidad, y no alucinarse con plausibles apariencias.

§ VII.

Preocupacion en favor de una doctrina.

Hé aquí uno de los mas abundantes manantiales de error; esto es la verdadera rémora de las ciencias; uno de los obstáculos que mas retardan sus progresos. Increible seria la influencia de la preocupacion, si la historia del espiritu humano no la atestiguara con hechos irrecusables.

El hombre dominado por una preocupacion no busca ni en los libros ni en las cosas lo que realmente hay, sino lo que le conviene para apoyar sus opiniones. Y lo mas sensible es, que se porta de esta suerte, á veces con la mayor buena fe, creyendo sin asomo de duda que está trabajando por la causa de la verdad. La educacion, los maestros y autores de quienes se han recibido las primeras luces sobre una ciencia, las personas con quienes vivimos de continuo, ó tratamos con mas frecuencia, el estado ó profesion, y otras circunstancias semejantes, contribuyen á engendrar en nosotros el hábito de mirar las cosas siempre bajo un mismo aspecto, de verlas siempre de la misma manera.

Apénas dimos los primeros pasos en la carrera de una ciencia, se nos ofrecieron ciertos axiomas como de eterna verdad, se nos presentaron ciertas proposiciones como sostenidas por demostraciones irrefragables, y las razones que militaban por la otra parte, nunca se nos hizo considerarlas como pruebas que examinar, sino como objeciones que soltar. ¿Habia alguna de nuestras razones que claudicaba por un lado? se acudia desde luego á sostenerla, á manifestar que en todo caso no era aquella la única; que estaba acompañada de otras cumplidamente satisfactorias; y que si bien ella sola quizas no bastaria, no obstante añadida á las demas no dejaba de pesar en la balanza y de inclinarla mas y mas á favor nuestro. ¿Presentaban los adversarios alguna dificultad de espinosa solucion? El número de las respuestas suplia á su solidez. El gravísimo autor A contesta de esta manera, el insigne B de tal otra, el sabio C de tal otra, cualquiera de las tres es suficiente, escójase la que mejor parezca, con entera seguridad de que el Aquiles de los adversarios habrá recibido la herida en el tendon. No se trata de convencer, sino de vencer; el amor propio se interesa en la contienda, y conocidos son los infinitos recursos de este maligno agente. Lo que favorece se abulta y exagera; lo que obsta se disminuye, se desfigura ú oculta: la buena fe protesta algunas veces desde el fondo del alma; pero su voz es ahogada y acallada como una palabra de paz en encarnizado combate.

Si así no fuere, ¿cómo será posible explicar que durante largos siglos, se hayan visto escuelas tan organizadas, como disciplinados ejércitos agrupados al rededor de una bandera? ¿Cómo es que una serie de hombres ilustres por su saber y virtudes, viesen todos una cuestion de una misma manera, al paso que sus adversarios no ménos esclarecidos que ellos, lo veian todo de una manera opuesta? ¿Cómo es que para saber cuáles eran las opiniones de un autor, no necesitásemos leerle, bastándonos por lo comun la órden á que pertenecia, ó la escuela de donde habia salido? ¿Podria ser ignorancia de la materia, cuando consumian su vida en estudiarla? ¿Podria ser que no leyesen las obras de sus adversarios? Esto se verificaria en muchos, pero de otros no cabe duda que las consultarian con frecuencia. ¿Podria ser mala fe? No por cierto; pues que se distinguian por su entereza cristiana.

Las causas son las señaladas mas arriba; el hombre ántes de inducir á otros al error, se engaña muchas veces á sí propio. Se aferra á un sistema, allí se encastilla con todas las razones que pueden favorecerle; su ánimo se va acalorando á medida que se ve atacado; hasta que al fin, sea cual fuere el número y la fuerza de los adversarios, parece que se dice á sí mismo: «este es tu puesto; es preciso defenderle: vale mas morir con gloria que vivir con ignominiosa cobardía.»

Por este motivo, cuando se trata de convencer á otros, es preciso separar cuidadosamente la causa de la verdad de la causa del amor propio: importa sobre manera persuadir al contrincante de que cediendo, nada perderá en reputacion. No ataqueis nunca la claridad y perspicacia de su talento; de otro modo se formalizará el combate, la lucha será reñida, y aun teniéndole bajo vuestros pies y con la espada en la garganta, no recabaréis que se confiese vencido.

Hay ciertas palabras de cortesía y deferencia que en nada se ocupen á la verdad; en vacilando el adversario conviene no economizarlas, si deseais que se dé á partido ántes que las cosas hayan llegado á extremidades desagradables[14].