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El Criterio

Chapter 324: § LV.
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About This Book

The text presents a practical guide to thinking well, defining truth as conformity with reality and distinguishing full, partial, and false knowledge. It analyzes causes of error and different kinds of intellect, contrasting those who invent fanciful conclusions or see only a single facet with clear, exact thinkers. Emphasis is placed on the practical utility of precise knowledge for success in professions and public affairs, on cultivating the intellect as a vital personal gift, and on teaching reasoning through exemplary models and attention to concrete particulars rather than by abstract prescriptions.

§ XXXV.

Defensa de la virtud contra una inculpacion injusta.

Los hombres virtuosos y desgraciados, tienen cierta propension á señalar sus virtudes como el orígen de sus desgracias; pues que á esto los inclinan de consuno el deseo de ostentar su virtud, y el de ocultar sus imprudencias; que imprudencias muy grandes se cometen tambien con la intencion mas recta y mas pura. La virtud no es responsable de los males acarreados por nuestra imprevision ó lijereza; pero el hombre suele achacárselos á ella con demasiada facilidad. «Mi buena fe me ha perdido,» exclama el hombre honrado víctima de una impostura; cuando lo que le ha perdido no es su buena fe, sino su torpe confianza en quien le ofrecia demasiados motivos para prudentes sospechas. ¿Acaso los malos no son tambien con mucha frecuencia víctima de otros malos, y los pérfidos de otros pérfidos? La virtud nos enseña el camino que debemos seguir, mas no se encarga de descubrirnos todos los lazos que en él podemos encontrar: esto es obra de la penetracion, de la prevision, del buen juicio, es decir de un entendimiento claro y atinado. Con estas dotes no está reñida la virtud, mas no siempre las lleva por compañeras. Como fiel amiga de la humanidad se alberga sin repugnancia en el corazon de toda clase de hombres; ora brille en ellos esplendente y puro el sol de la inteligencia, ora esté oscurecido con espesa niebla.

§ XXXVI.

Defensa de la sabiduría contra una inculpacion infundada.

Creen algunos que los grandes talentos y el mucho saber, propenden de suyo al mal; esto es una especie de blasfemia contra la bondad del Criador. ¿La virtud necesita acaso las tinieblas? Los conocimientos y las virtudes de la criatura, ¿no emanan acaso de un mismo origen, del piélago de luz y santidad, que es Dios? Si la elevacion de la inteligencia condujese al mal, la maldad de los seres estaria en proporcion con su altura; ¿adivinais la consecuencia? ¿porqué no sacarla? La sabiduría infinita seria la maldad infinita; y héos aquí en el error de los maniqueos, encontrando en la extremidad de la escala de los reres un principio malo. Pero ¿qué digo? peor fuera este error que el de Manes; pues que en él, no se podria admitir un principio bueno. El genio del mal presidiria sin rival, enteramente solo, á los destinos del mundo; el rey del Averno deberia colocar su trono de negra lava en las esplendentes regiones del empíreo.

No, no debe el hombre huir de la luz por temor de caer en el mal; la verdad no teme la luz, y el bien moral es una gran verdad. Cuanto mas ilustrado esté el entendimiento mejor conocerá la inefable belleza de la virtud, y conociéndola mejor, tendrá ménos dificultades en practicarla. Rara vez hay mucha elevacion en las ideas, sin que de ella participen los sentimientos; y los sentimientos elevados ó nacen de la misma virtud, ó son una disposicion muy á propósito para alcanzarla.

Hasta hay en favor del talento y del saber una razon fundada en la naturaleza de las facultades del alma. Nadie ignora que por lo comun el mucho desarrollo de la una es con algun perjuicio de la otra; por consiguiente, cuando en el hombre se desenvuelvan de una manera particular las facultades superiores, menguarán en su fuerza las pasiones groseras, orígen de los vicios.

La historia del espíritu humano confirma esta verdad: generalmente hablando, los hombres de entendimiento muy elevado no han sido perversos; muchos se han distinguido por sus eminentes virtudes; otros han sido débiles como hombres, mas no malvados; y si uno que otro ha llegado á este extremo, debe mirarse como excepcion, no como regla.

¿Sabeis porqué un malvado de gran talento compromete, por decirlo así, la reputacion de los demas, prestando ocasion á que de algunos casos particulares se saquen deducciones generales? Porque en un malvado de gran talento todos piensan, de un malvado necio nadie se acuerda; porque forman un vivo contraste la iniquidad y el gran saber, y este contraste hace mas notable el extremo feo; por la misma razon que se repara mas en la relajacion de un sacerdote que en la de un seglar. Nadie nota una mancha mas en un cristal muy sucio; pero en otro muy limpio y brillante, se presenta desde luego á los ojos el mas pequeño lunar.

§ XXXVII.

Las pasiones son buenos instrumentos, pero malos consejeros.

Ya vimos (Cap. XIX) cuán pernicioso era el influjo de las pasiones para impedirnos el conocimiento de la verdad, aun la especulativa; pero lo que allí se dijo en general, tiene muchísima mas aplicacion en refiriéndose á la práctica. Cuando tratamos de ejecutar alguna cosa, las pasiones son á veces un auxiliar excelente; mas para prepararla en nuestro entendimiento, son consejeros muy peligrosos.

El hombre sin pasiones seria frio, tendria algo de inerte, por carecer de uno de los principios mas poderosos de accion que Dios ha concedido á la humana naturaleza; pero en cambio, el hombre dominado por las pasiones es ciego y se abalanza á los objetos á la manera de los brutos.

Examinando atentamente el modo de obrar de nuestras facultades, se echa de ver que la razon es á propósito para dirigir, y las pasiones para ejecutar; y así es que aquella atiende no solo á lo presente sino tambien á lo pasado y á lo venidero, cuando estas miran el objeto solo por lo que es en el momento actual, y por el modo con que nos afecta. Y es que la razon como verdadera directora se hace cargo de todo lo que puede dañar ó favorecer, no solo ahora, sino tambien en el porvenir; pero las pasiones como encargadas únicamente de ejecutar, solo se cuidan del instante y de la impresion actuales. La razon no se para solo en el placer sino en la utilidad, en la moralidad, en el decoro; las pasiones prescinden del decoro, de la moralidad, de la utilidad, de todo lo que no sea la impresion agradable ó ingrata, que en el acto se experimenta.

§ XXXVIII.

La hipocresía de las pasiones.

Cuando hablo de pasiones, no me refiero únicamente á las inclinaciones fuertes, violentas, tempestuosas, que agitan nuestro corazon como los vientos el océano; trato tambien de aquellas mas suaves, mas espirituales, por decirlo asi, porque al parecer estan mas cerca de las altas regiones del espíritu, y que suelen apellidarse sentimientos. Las pasiones son las mismas, solo varian por su forma, ó mas bien por la graduacion de intensidad, y por el modo de dirigirse á su objeto. Son entónces mas delicadas, pero no ménos temibles; pues que esa misma delicadeza contribuye á que con mas facilidad nos seduzcan y extravien.

Cuando la pasion se presenta en toda su deformidad y violencia, sacudiendo brutalmente el espíritu, y empeñándose en arrastrarle por malos caminos, el espíritu se precave contra el adversario, se prepara á luchar, resultando tal vez que la misma impetuosidad del ataque provoca una heróica defensa. Pero si la pasion depone sus maneras violentas, si se despoja, por decirlo así, de sus groseras vestiduras, cubriéndose con el manto de la razon; si sus sugestiones se llaman conocimiento, y sus inclinaciones voluntad, ilustrada pero decidida, entónces toma por traicion una plaza que no hubiera tomado por asalto.

§ XXXIX.

Ejemplo. La venganza bajo dos formas.

Un hombre que ha irrogado una ofensa, está con una pretension en cuyo éxito puede influir decisivamente el ofendido. Tan pronto como este lo sabe, recuerda la ofensa recibida, el resentimiento se dispierta en su corazon, al resentimiento sucede la cólera, y la cólera engendra un vivo deseo de venganza. ¿Y porqué dejara de vengarse? ¿No se le ofrece ahora una excelente oportunidad? ¿No será para él un placer el presenciar la desesperacion de su adversario burlado en sus esperanzas, y quizas sumido en la oscuridad, en la desgracia, en la miseria? «Véngate, véngate, le dice en alta voz su corazon; véngate, y que él sepa que te has vengado; dáñale, ya que él te dañó, humíllale, ya que él te humilló; goza tú el cruel pero vivo placer de su desgracia, ya que él se gozó en la tuya. La víctima está en tus manos; no la sueltes; cébate en ella; sacia en ella tu sed de venganza. Tiene hijos, y perecerán.... no importa.... que perezcan; tiene padres y morirán de pesar.... no importa.... que mueran: así será herido en mas puntos su infame corazon; asi sangrará con mas abundancia; asi no habrá consuelo para él; así se llenará la medida de su afliccion; así derramarás en su villano pecho toda la hiel y amargura que él un dia derramara en el tuyo. Véngate, véngate; ríete de una generosidad que él no practicó contigo; no tengas piedad de quien no la tuvo de tí; él es indigno de tus favores, indigno de compasion, indigno de perdon; véngate, véngate.»

Así habla el odio exaltado por la ira; pero este lenguaje es demasiado duro y cruel para no ofender á un corazon generoso. Tanta crueldad dispierta un sentimiento contrario: «este comportamiento seria ignoble, seria infame, se dice el nombre á sí mismo; esto repugna hasta al amor propio. ¿Pues qué? ¿yo he de gozarme en el abatimiento, en el perpetuo infortunio de una familia? ¿No seria para mí un remordimiento inextinguible la memoria de que con mis manejos he sumido en la miseria á sus hijos inocentes, y hundido en el sepulcro á sus ancianos padres? Esto no lo puedo hacer; esto no lo haré; es mas honroso no vengarme; sepa mi adversario que si él fué bajo, yo soy noble, si él fué inhumano, yo soy generoso; no quiero buscar otra venganza que la de triunfar de él á fuerza de generosidad, cuando su mirada se encuentre con mi mirada, sus ojos se abatirán, el rubor encenderá sus mejillas, su corazon sentirá un remordimiento, y me hará justicia.»

El espíritu de venganza ha sucumbido por su imprudencia; lo queria todo, lo exigia todo, y con urgencia, con imperiosidad, sin consideraciones de ninguna clase; y el corazon se ha ofendido de semejante desman; ha creido que se trataba de envilecerle, ha llamado en su auxilio á los sentimientos nobles, que han acudido presto y han decidido la victoria en favor de la razon. Otro quizas hubiera sido el resultado, si el espíritu de venganza hubiese tomado otra forma ménos dura, si cubriendo su faz con mentida máscara, no hubiese mostrado sus facciones feroces. No debia dar destemplados gritos, aullidos horribles; era menester que envuelto y replegado en el seno mas oculto del corazon, hubiese destilado desde allí su veneno mortal. «Por cierto, debia decir, que el ofensor no es nada digno de obtener lo que pretende; y solo por este motivo conviene oponerse á que lo obtenga. Hizo una injuria, es verdad; pero ahora no es ocasion de acordarse de ella. No ha de ser el resentimiento quien presida á tu conducta sino la razon, el deseo de que una cosa de tanta entidad no vaya á parar á malas manos. El pretendiente no carece de algunas buenas disposiciones para el desempeño; ¿porqué no hacerle esta justicia? Pero en cambio adolece de defectos imperdonables. La ofensa que te hizo á tí lo manifiesta bien; de ella no debes acordarte para la venganza, pero sí para formar un juicio acertado. Sientes un secreto y vivo placer en contrariarle, en abatirle, en perderle; mas este sentimiento no te domina; solo te impulsa el deseo del bien; y en verdad que si no mediase otro motivo que el resentimiento, no pondrias ningun obstáculo á sus designios. Hasta quizas, harias el sacrificio de favorecerle; y en verdad que seria doloroso, muy doloroso; pero quizas te resignarias á ello. Mas no te hallas en este caso; afortunadamente la razon, la prudencia, la justicia estan de acuerdo con las inclinaciones de tu corazon; y bien considerado, ni las atiendes siquiera, experimentas un placer en dañar á tu enemigo, mas este placer es una expansion natural, que tú no alcanzas á destruir, pero que tienes bastante sujeta para no dejarla que te domine. No hay inconveniente pues en tomar las providencias oportunas. Lo que importa es proceder con calma, para que vean todos que no hay parcialidad, que no hay odio, que no hay espíritu de venganza, que usas de un derecho, y hasta obedeces á un deber.» La venganza impetuosa, violenta, francamente injusta, no habia podido alcanzar un triunfo que ha obtenido sin dificultad la venganza pacífica, insidiosa, disfrazada hipócritamente con el velo de la razon, de la justicia, del deber.

Por este motivo es tan temible la venganza cuando obra en nombre del celo por la justicia. Cuando el corazon poseido del odio llega á engañarse a sí mismo, creyendo obrar á impulsos del buen deseo, quizas de la misma caridad, se halla como sujeto á la fascinacion de un reptil á quien no ve, y cuya existencia ni aun sospecha. Entónces la envidia destroza las reputaciones mas puras y esclarecidas, el rencor persigue inexorable, la venganza se goza en las convulsiones y congojas de la infortunada víctima, haciéndole agotar hasta las heces el dolor y la amargura. El insigne Protomártir brillaba por sus eminentes virtudes y aterraba á los judíos con su elocuencia divina; ¿qué nombre creeis que tomarán la envidia y la venganza, que les seca los corazones y hace rechinar sus dientes? ¿Creeis que se apellidarán con el nombre que les es propio? No, de ninguna manera. Aquellos hombres dan un grito como llenos de escándalo, se tapan los oidos, y sacrifican al inocente Diácono en nombre de Dios. El Salvador del mundo admira á cuantos le oyen, con la divina hermosura de su moral, con el maravilloso raudal de sabiduría y de amor que fluye de sus labios augustos; los pueblos se agolpan para verle, y él pasa haciendo bien; afable con los pequeños, compasivo con los desgraciados, indulgente con los culpables, derrama á manos llenas los tesoros de su omnipotencia y de su amor; solo pronuncia palabras de dulzura y perdon: diríase que reserva el lenguaje de una indignacion santa y terrible para confundir á los hipócritas. Estos han encontrado en él una mirada majestuosa y severa, y ellos la han correspondido con una mirada de víbora. La envidia les destroza el corazon, sienten una abrasadora sed de venganza. Pero ¿obrarán, hablarán como vengativos? No; este hombre es un blasfemo, dirán, seduce las turbas, es enemigo del César, la fidelidad pues, la tranquilidad pública, la religion exige que se le quite de en medio. Y se aceptará la traicion de un discípulo, y el inocente Cordero será llevado á los tribunales, y será interrogado, y al responder palabras de verdad, el príncipe de los sacerdotes se sentirá devorado de celo, y rasgará sus vestiduras, y dirá «blasfemó,» y los circunstantes dirán «es reo de muerte.»

§ XL.

Precauciones.

Jamas el hombre medita demasiado sobre los secretos de su corazon; jamas desplega demasiada vigilancia para guardar las mil puertas por donde se introduce la iniquidad; jamas se precave demasiado contra las innumerables asechanzas con que él se combate á sí propio. No son las pasiones tan temibles cuando se presentan como son en sí, dirigiéndose abiertamente á su objeto, y atropellando con impetuosidad cuanto se les pone delante. En tal caso, por poco que se conserve en el espíritu el amor de la virtud, si el hombre no ha llegado todavía hasta el fondo de la corrupcion ó de la perversidad, siente levantarse en su alma un grito de espanto é indignacion, tan pronto como se le ofrece el vicio con su aspecto asqueroso. Pero ¿qué peligros no corre, si trocados los nombres, y cambiados los trajes, todo se le ofrece disfrazado, trastornado? si sus ojos miran al traves de engañosos prismas, que pintan con galanos colores y apacibles formas, la negrura y la monstruosidad?

Los mayores peligros de un corazon puro no estan en el brutal aliciente de las pasiones groseras sino en aquellos sentimientos que encantan por su delicadeza y seducen con su ternura; el miedo no entra en las almas nobles sino con el dictado de prudencia; la codicia no se introduce en los pechos generosos sino con el titulo de economía previsora; el orgullo se cobija bajo la sombra del amor de la propia dignidad, y del respeto debido á la posicion que se ocupa: la vanidad se proporciona sus pequeños goces, engañando al vanidoso con la urgente necesidad de conocer el juicio de los demas, para aprovecharse de la crítica; la venganza se disfraza con el manto de la justicia; el furor se apellida santa indignacion; la pereza invoca en su auxilio la necesidad del descanso; y la roedora envidia al destrozar reputaciones, al empeñarse en ofuscar con su aliento impuro los resplandores de un mérito eminente, habla de amor á la verdad, de imparcialidad, de lo mucho que conviene precaverse contra una admiracion ignorante ó un entusiasmo infantil.

§ XLI.

Hipocresía del hombre consigo mismo.

El hombre emplea la hipocresía para engañarse á sí mismo, acaso mas que para engañar á los otros. Rara vez se da á sí propio exacta cuenta del móvil de sus acciones; y por esto, aun en las virtudes mas acendradas, hay algo de escoria. El oro enteramente puro no se obtiene sino con el crisol de un perfecto amor divino; y este amor, en toda su perfeccion, está reservado para las regiones celestiales. Miéntras vivimos aquí en la tierra, llevamos en nuestro corazon un gérmen maligno que ó mata, ó enflaquece, ó deslustra las acciones virtuosas; y no es poco si se llega á evitar que ese gérmen se desarrolle y nos pierda. Pero, á pesar de tamaña debilidad, no deja de brillar en el fondo de nuestra alma aquella luz inextinguible encendida en ella por la mano del Criador; y esa luz nos hace distinguir entre el bien y el mal, sirviéndonos de guia en nuestros pasos, y de remordimiento en nuestros extravíos. Por esta causa, nos esforzamos á engañarnos á nosotros mismos para no ponernos en contradiccion demasiado patente con el dictámen de la conciencia; nos tapamos los oidos para no oir lo que ella nos dice, cerramos los ojos para no ver lo que ella nos muestra, procuramos hacernos la ilusion de que el principio que nos inculca no es aplicable al caso presente. Para esto sirven lastimosamente las pasiones, sugiriéndonos insidiosamente discursos sofísticos. Cuéstale mucho al hombre parecer malo, ni aun á sus propios ojos; no se atreve, se hace hipócrita.

§ XLII.

El conocimiento de sí mismo.

El defecto indicado en el párrafo anterior tiene diferente carácter en las diferentes personas, por cuyo motivo, conviene sobre manera no perder jamas de vista aquella regla de los antiguos, tan profundamente sabia: conócete á ti mismo; nosce te ipsum. Si bien hay ciertas cualidades comunes á todos los hombres, estas toman un carácter particular en cada uno de ellos; cada cual tiene, por decirlo así, un resorte que conviene conocer y saber manejar. Este resorte, es necesario descubrir cuál es en los demas, para acertar á conducirse bien con ellos; pero es mas necesario todavía descubrirle cada cual en sí mismo. Porque allí suele estar el secreto de las grandes cosas así buenas como malas, á causa de que ese resorte no es mas que una propension fuerte, que llega á las demas, subordinándolas todas á un objeto. De esta pasion dominante se resienten todas las otras; ella se mezcla en todos los actos de vida; ella constituye lo que se llama el carácter.

§ XLIII.

El hombre huye de sí mismo.

Si no tuviésemos la funesta inclinacion de huir de nosotros mismos, si la contemplacion de nuestro interior no nos repugnase en tal grado, no nos seria difícil descubrir cuál es la pasion que en nosotros predomina. Desgraciadamente, de nadie huimos tanto como de nosotros mismos, nada estudiamos ménos que lo que tenemos mas inmediato y que mas nos interesa. La generalidad de los hombres descienden al sepulcro, no solo sin haberse conocido á sí propios, sino tambien sin haberlo intentado. Debiéramos tener continuamente la vista fija sobre nuestro corazon para conocer sus inclinaciones, penetrar sus secretos, refrenar sus ímpetus, corregir sus vicios, evitar sus extravíos; debiéramos vivir con esa vida íntima en que el hombre se da cuenta de sus pensamientos y afectos, y no se pone en relacion con los objetos exteriores, sino despues de haber consultado su razon y dado á su voluntad la direccion conveniente. Mas esto no se hace; el hombre se abalanza, se pega á los objetos que le incitan, viviendo tan solo con esa vida exterior que no le deja tiempo para pensar en sí mismo. Vense entendimientos claros, corazones bellísimos, que no guardan para sí ninguna de las preciosidades con que los ha enriquecido el Criador; que derraman, por decirlo así, en calles y plazas el aroma exquisito, que guardado en el fondo de su interior, podria servirles de confortacion y regalo.

Se refiere de Pascal que habiéndose dedicado con grande ahinco á las matemáticas y ciencias naturales, se cansó de dicho estudio á causa de hallar pocas personas con quienes poder conversar sobre el objeto de sus ocupaciones favoritas. Deseoso de encontrar una materia que no tuviera este inconveniente se dedicó al estudio del hombre, pero bien pronto conoció por experiencia, que los que se ocupaban de estudiar el hombre eran todavia en menor número que los aficionados á las matemáticas. Esto se verifica ahora como en tiempo de Pascal; basta observar al comun de los hombres para echar de ver cuán pocos son los que gustan de semejante tarea, mayormente tratándose de sí mismos.

§ XLIV.

Buenos resultados del reflexionar sobre las pasiones.

Cuando se ha adquirido el hábito de reflexionar sobre las inclinaciones propias, distinguiendo el carácter y la intensidad de cada una de ellas, aun cuando arrastren una que otra vez al espíritu; no lo hacen sin que este conozca la violencia. Ciegan quizas el entendimiento, pero esta ceguera no se oculta del todo al que la padece; se dice á sí mismo, «crees que ves; mas en realidad no ves; estas ciego.» Pero si el hombre no fija nunca su mirada en su interior, si obra segun le impelen las pasiones, sin cuidarse de averiguar de dónde nace el impulso; para él llegan á ser una misma cosa pasion y voluntad, dictámen del entendimiento é instinto de las pasiones. Así la razon no es señora sino esclava; en vez de dirigir, moderar y corregir con sus consejos y mandatos las inclinaciones del corazon, se ve reducida á vil instrumento de ellas; y obligada á emplear todos los recursos de su sagacidad para proporcionarles goces que las satisfagan.

§ XLV.

Sabiduría de la religion cristiana en la direccion de la conducta.

La religion cristiana al llevarnos á esa vida moral íntima reflexiva sobre nuestras inclinaciones, ha hecho una obra altamente conforme á la mas sana filosofía, y que descubre un profundo conocimiento del corazon humano. La experiencia enseña que lo que le falta al hombre para obrar bien, no es conocimiento especulativo y general, sino práctico, detallado, con aplicacion á todos los actos de la vida. ¿Quién no sabe y no repite mil veces que las pasiones nos extravian y nos pierden? La dificultad no está en eso, sino en saber cuál es la pasion que influye en este ó aquel caso, cuál es la que por lo comun predomina en las acciones, bajo qué forma, bajo qué disfraz se presenta al espíritu, y de qué modo se deben rechazar sus ataques, ó precaver sus estratagemas. Y todo esto, no como quiera, sino con un conocimiento claro, vivo, y que por tanto se ofrezca naturalmente al entendimiento, siempre que se haya de tomar alguna resolucion, aun en los negocios mas comunes.

La diferencia que en las ciencias especulativas media entre un hombre vulgar y otro sobresaliente, no consiste á menudo sino en que este conoce con claridad, distincion y exactitud, lo que aquel solo conoce de una manera inexacta, confusa y oscura; no consiste en el número de las ideas, sino en la calidad; nada dice este sobre un punto, de que tambien no tenga noticia aquel; ambos miran el mismo objeto, solo que la vista del uno es mucho mas perfecta que la del otro. Lo propio sucede en lo relativo á la práctica. Hombres profundamente inmorales hablarán de la moral, de tal suerte que manifiesten no desconocer sus reglas; pero estas reglas las saben ellos en general, sin haberse cuidado de hacer aplicaciones, sin haber reparado en los obstáculos que impiden el ponerlas en planta en tal ó cual ocasion, sin que se les ocurran de una manera pura y viva, cuando se ofrece oportunidad de hacer uso de ellas. Quien está en posesion de su entendimiento, de la voluntad, del hombre entero, son las pasiones; esas reglas morales las conservan, por decirlo así, archivadas en lo mas recóndito de su conciencia; ni aun gustan de mirarlas como objeto de curiosidad, temerosos de encontrar en ellas el gusano del remordimiento. Por el contrario, cuando la virtud está arraigada en el alma, las reglas morales llegan á ser una idea familiar, que acompaña todos los pensamientos y acciones, que se aviva y se agita al menor peligro, que impera y apremia ántes de obrar, que remuerde incesantemente si se la ha desatendido. La virtud causa esa continua presencia intelectual de las reglas morales, y esta presencia á su vez contribuye á fortalecer la virtud; así es que la religion no cesa de inculcarlas, segura de que son preciosa semilla que tarde ó temprano dará algun fruto.

§ XLVI.

Los sentimientos morales auxilian la virtud.

En ayuda de las ideas morales vienen los sentimientos, que tambien los hay muy morales, y poderosos, y bellísimos; porque Dios al permitir que sacudan y conturben nuestro espíritu violentas y aciagas tempestades, tambien ha querido proporcionarnos el blando mecimiento de céfiros apacibles. El hábito de atender á las reglas morales y de obedecer sus prescripciones, desenvuelve y aviva estos sentimientos; y entonces el hombre para seguir el camino de la virtud, combate las inclinaciones malas con las inclinaciones buenas; las luchas no son de tanto peligro, y sobre todo no son tan dolorosas; porque un sentimiento lucha con otro sentimiento, lo que se padece con el sacrificio del uno se compensa con el placer causado por el triunfo del otro, y no hay aquellos sufrimientos desgarradores que se experimentan, cuando la razon pelea con el corazon enteramente sola.

Este desarrollo de los sentimientos morales, ese llamar en auxilio de la virtud las mismas pasiones, es un recurso poderoso para obrar bien é ilustrar el entendimiento cuando le ofuscan otras pasiones. Hay en esta oposicion mucha variedad de combinaciones que dan excelentes resultados. El amor de los placeres se neutraliza con el amor de la propia dignidad; el exceso del orgullo se templa con el temor de hacerse aborrecible, la vanidad se modera por el miedo al ridículo; la pereza se estimula con el deseo de la gloria; la ira se enfrena por no parecer descompuesto; la sed de venganza se mitiga ó extingue, con la dicha y la honra que resultan de ser generoso. Con esta combinacion, con la sagaz oposicion de los sentimientos buenos á los sentimientos malos, se debilitan suave y eficazmente muchos de los gérmenes de mal que abriga el corazon humano; y el hombre es virtuoso, sin dejar de ser sensible.

§ XLVII.

Una regla para los juicios prácticos.

Conocido el principal resorte del propio corazon, y desarrollados tanto como sea posible los sentimientos generosos y morales; es necesario saber cómo se ha de dirigir el entendimiento para que acierte en sus juicios prácticos.

La primera regla que se ha de tener presente es no juzgar ni deliberar con respecto á ningun objeto miéntras el espíritu está bajo la influencia de una pasion relativa al mismo objeto. ¡Cuán ofensivo no parece un hecho, una palabra, un gesto, que acaba de irritar! «La intencion del ofensor, se dice á sí mismo el ofendido, no podia ser mas maligna; se ha propuesto no solo dañar sino ultrajar; los circunstantes deben de estar escandalizados; si no se tomase una pronta y completa venganza, la sonrisa burlona que asomaba á los labios de todos se convertiria irremisiblemente en profundo desprecio por quien ha tolerado que de tal modo se le cubriera de afrentosa ignominia. Es preciso no ser descompuesto, es verdad; pero ¿hay acaso mayor descompostura que el abandono del honor? es necesario tener prudencia; pero esta prudencia ¿debe llegar hasta el punto de dejarse pisotear por cualquiera?» ¿Quién hace este discurso? ¿es la razón? no ciertamente; es la ira. Pero la ira, se dirá, no discurre tanto. Sí, discurre; porque toma á su servicio al entendimiento, y este le proporciona todo lo que necesita. Y en este servicio no deja de auxiliarle á su vez la misma ira; porque las pasiones en sus momentos de exaltacion, fecundizan admirablemente el ingenio con las inspiraciones que les convienen.

¿Queremos una prueba de que quien así discurria y hablaba, no era la razon sino la ira? héla aquí evidente. Si en lo que piensa el hombre encolerizado hubíese algo de verdad, no la desconocerian del todo los circunstantes. Tampoco carecen ellos de sentimientos de honor, tambien estiman en mucho su propia dignidad; saben distinguir entre una palabra dicha con designio de zaherir, y otra escapada sin intencion ofensiva, y sin embargo ellos no ven nada de lo que el encolerizado ve con tanta claridad; y si se sonrien, esa sonrisa es causada, no por la humillacion que él se imagina haber sufrido, sino por esa terrible explosion de furor, que no tiene motivo alguno. Mas todavía: no es necesario acudir á los circunstantes para encontrar la verdad; basta apelar al mismo encolerizado cuando haya desaparecido la ira. ¿Juzgará entónces como ahora? Es bien seguro que no; él será tal vez el primero que se reirá de su enojo, y que pedirá se le disimule su arrebato.

§ XLVIII.

Otra regla.

De estas observaciones nace otra regla, y es que al sentirnos bajo la influencia de una pasion, hemos de hacer un esfuerzo, para suponernos por un momento siquiera, en el estado en que su influencia no exista. Una reflexion semejante, por mas rápida que sea, contribuye mucho á calmar la pasion, y á excitar en él ánimo ideas diferentes de las sugeridas por la inclinacion ciega. La fuerza de las pasiones se quebranta, desde el momento que se encuentra en oposicion con un pensamiento que se agita en la cabeza; el secreto de su victoria suele consistir en apagar todos los contrarios á ellas, y avivar los favorables. Pero tan pronto como la atencion se ha dirigido hácia otro órden de ideas, viene la comparacion, y por consiguiente cesa el exclusivismo. Entre tanto se desenvuelven otras fuerzas intelectuales y morales no subordinadas á la pasion, y esta pierde de su primitiva energía por haber de compartir con otras facultades la vida que ántes desfrutara sola.

Aconseja estos medios no solo la experiencia de su buen resultado, sino tambien una razon fundada en la naturaleza de nuestra organizacion. Las facultades intelectuales y morales nunca se ejercitan sin que funcionen algunos de los órganos materiales. Ahora bien; entre los órganos corpóreos está distribuida una cierta cantidad de fuerzas vitales de que disfrutan alternativamente en mayor ó menor proporcion, y por consiguiente con decremento en los unos, cuando hay incremento en los otros. De lo que resulta, que ha de producir un efecto saludable el esforzarse en poner en accion los órganos de la inteligencia en contraposicion con los de las pasiones, y que la energía de estas ha de menguar á medida que ejerzan sus funciones los órganos de la inteligencia.

Pero es de advertir que este fenómeno se verificará dirigiendo la atencion de la inteligencia en un sentido contrario al de las pasiones, lo que se obtiene trasladándola por un momento al órden de ideas que tendrá, cuando no esté bajo un influjo apasionado; pues que si por el contrario la inteligencia se dirige á favorecer la pasion, entónces esta se fomenta mas y mas con el auxilio; y lo que pudiese perder en energía, por decirlo así, puramente orgánica, lo recobra en energía moral, en la mayor abundancia de recursos para alcanzar el objeto, y en esa especie de bill de indemnidad con que se cree libre de acusaciones, cuando ve que el entendimiento léjos de combatirla la apoya.

Este trabajo sobre las pasiones no es una mera teoría; cualquiera puede convencerse por sí mismo de que es muy practicable, y de que se sienten sus buenos efectos tan pronto como se le aplica. Es verdad que no siempre se acierta en el medio mas á propósito para ahogar, templar ó dirigir la pasion levantada; ó que aun encontrado, no se le emplea como es debido; pero la sola costumbre de buscarle basta para que el hombre esté mas sobre sí, no se abandone con demasiada facilidad á los primeros movimientos, y tenga en sus juicios prácticos un criterio que falta á los que proceden de otra manera.

§ XLIX.

El hombre riéndose de sí mismo.

Cuando el hombre se acostumbra á observar mucho sus pasiones, hasta llega á emplear en su interior el ridículo contra si mismo; el ridículo, esa sal que se encuentra en el corazon y en el labio de los mortales como uno de tantos preservativos contra la corrupcion intelectual y moral, el ridículo, que no solo se emplea con fruto contra los demas, sino tambien contra nosotros mismos, viendo nuestros defectos por el lado que se prestan á la sátira. El hombre se dice entónces á sí propio lo que decirle pudieran los demas; asiste á la escena que se representaria, si el lance cayera en manos de un adversario de chiste y buen humor. Que contra otro se emplea tambien en cierto modo la sátira, cuando la empleamos contra nosotros mismos; porqué si bien se observa, hay en nuestro interior dos hombres que disputan, que luchan, que no estan nunca en paz, y así como el hombre inteligente, moral, previsor, emplea contra el torpe, el inmoral, el ciego, la firmeza de la voluntad y el imperio de la razon, así tambien á veces lo combate y le humilla con los punzantes dardos de la sátira. Sátira que puede ser tanto mas graciosa y libre, cuanto carece de testigos, no hiere la reputacion, nada hace perder en la opinion de los demas, pues que no llega á ser expresada con palabras, y la sonrisa burlona que hace asomar á los labios se extingue en el momento de nacer.

Un pensamiento de esta clase ocurriendo en la agitacion causada por las pasiones, produce un efecto semejante al de una palabra juiciosa, incisiva y penetrante, lanzada en medio de una asamblea turbulenta. ¡Cuántas veces se nota que una mirada expresiva cambia el estado del espíritu de uno de los circunstantes, moderando ó ahogando una pasion enardecida! ¿Y qué ha expresado aquella mirada? nada mas que un recuerdo del decoro, una consideracion al lugar ó a las personas, una reconvencion amistosa, una delicada ironía; nada mas que una apelacion al buen sentido del mismo que era juguete de la pasion; y esto ha sido suficiente para que la pasion se amortiguase. El efecto que otro nos produce ¿porqué no podríamos producírnoslo nosotros mismos, si no con igualdad, al ménos con aproximacion?

§ L.

Perpetua niñez del hombre.

Poco basta para extraviar al hombre: pero tampoco se necesita mucho para corregirle algunos defectos. Es mas débil que malo, dista mucho de aquella terquedad satánica que no se aparta jamas del mal una vez abrazado; por el contrario, tanto el bien como el mal los abraza y los abandona con suma facilidad. Es niño hasta la vejez; preséntase á los demas con toda la seriedad posible; mas en el fondo se encuentra á sí propio pueril en muchas cosas y se avergüenza. Se ha dicho que ningun grande hombre le parecia grande á su ayuda de cámara; esto encierra mucha verdad. Y es que visto el hombre de cerca, se descubren las pequeñeces que le rebajan. Pero mas cosas sabe él de sí mismo que su ayuda de cámara, y por esto es todavía ménos grande á sus propios ojos; por esto aun en sus mejores años, necesita cubrir con un velo la puerilidad que se abriga en su corazon.

Los niños rien y juguetean y retozan: y luego gimen y rabian y lloran, sin saber muchas veces porqué: ¿no hace lo mismo á su modo el adulto? Los niños ceden á un impulso de su organizacion, al buen ó mal estado de su salud, á la disposicion atmosférica que los afecta agradable ó desagradablemente; en desapareciendo estas causas se cambia el estado de sus espíritus: no se acuerdan del momento anterior, ni piensan en el venidero; solo se rigen por la impresion que actualmente experimentan. ¿No hace esto mismo millares de veces el hombre mas serio, mas grave y sesudo?

§ LI.

Mudanza de D. Nicasio en breves horas.

Don Nicasio es un varon de edad provecta, de juicio sosegado y maduro, lleno de conocimientos, de experiencia, y que rara vez se deja llevar de la impresion del momento. Todo lo pesa en la balanza de una sana razon, y en este peso no consiente que influyan por un adarme las pasiones de ningun género. Se le habla de una empresa de mucha gravedad para la cual se cuenta con su práctica de mundo, y su inteligencia particular en aquella clase de negocios. D. Nicasio está á disposicion del proponente; no tiene ninguna dificultad en entrar de lleno en la empresa, y hasta en comprometer en ella una parte de su fortuna. Está bien seguro de no perderla; si hay obstáculos, no le dan cuidado, él sabe el modo de removerlos; si hay rivales poderosos, á D. Nicasio no le hacen mella. Otras hazañas de mas monta ha llevado á cabo; negocios mucho mas espinosos ha tenido que manejar; mas poderosos rivales ha tenido que vencer. Embebido en la idea que le halaga, se expresa con facilidad y rapidez, gesticula con viveza, su mirada es sumamente expresiva, su fisonomía juvenil, diríase que ha vuelto á sus veinte y cinco abriles, si algunas canas asomando por un lado del postizo no revelasen traidoramente los trofeos de los años.

El negocio está concluido; faltan algunos pormenores; quedais emplazado para redondearlos en otra entrevista; ¿mañana? no señor, nada de dilaciones, no las consiente la actividad de don Nicasio, es preciso acabar con todo, hoy mismo, por la tarde. D. Nicasio se ha retirado á su casa, y ni en su persona, ni en su familia, ni en ninguna de sus cosas ha ocurrido ningun accidente desagradable.

Es la hora señalada, acudís con puntualidad, y os hallais en presencia del héroe de la mañana. D. Nicasio está algo descompuesto en su vestido, merced á un calor que le ahoga. Medio tentido en el sofá, os devuelve el saludo con un esfuerzo afectuoso, pero con evidentes señales de fastidiosa lasitud.

—Vamos á ver, Sr. D. Nicasio, si quedamos convenidos definitivamente.

—Tiempo tenemos de hablar.... contesta don Nicasio, y su fisonomía se contrae con muestras de tedio.

—Como V. me ha citado por esta tarde.....

—Sí, pero....

—Como V. guste.

—Ya se ve; pero es menester pensarlo mucho; qué sé yo!....

—Lo que es dificultades, conozco que hay; solo que viéndole á V. tan animoso esta mañana, lo confieso, todo se me hacia ya camino llano.

—Animoso sí..... y lo estoy aun..... pero sin embargo, sin embargo, conviene no llevar demasiada prisa..... En fin ya hablaremos, añade con expresion de quien desea que no le comprometan.

Don Nicasio es otro, expresa lo que siente; nada de la audacia, de la actividad de la mañana, nada de los proyectos tan fáciles de ejecutar; entónces los obstáculos importaban poco, ahora son casi insuperables; los rivales no significaban nada, ahora son invencibles. ¿Qué ha sucedido? ¿Le han dado á D. Nicasio otras noticias? no ha visto á nadie. ¿Ha meditado sobre el negocio? no se habia acordado mas de él. ¿Qué ha sucedido pues, para causar tamaña revolucion en su espíritu, alterando su modo de ver las cosas, y quebrantando tan lastimosamente sus ímpetus juveniles? Nada, la explicación del fenómeno es muy sencilla, no busqueis grandes causas, son muy pequeñas. En primer lugar, ahora hace un calor atroz, lo que por cierto dista mucho del oreo de una fresca brisa como sucedia por la mañana; D. Nicasio está sumamente abatido, la hora es pesada, el cielo se encapota y parece amenazar tempestad. La comida era ademas algo indigesta; el sueño de la siesta ha sido demasiado breve, y no sin alguna pesadilla. ¿Se quiere mas? ¿No son estos motivos bastante poderosos para trastornar el espíritu de un hombre grave y modificar sus opiniones? A pesar de todas las citas, ¿quién os ha llevado á su casa bajo una constelacion tan infausta?

Tal es el hombre; la menor cosa le desconcierta, le hace otro. Unido su espíritu á un cuerpo sujeto á mil impresiones diferentes, que se suceden con tanta rapidez y se reciben con igual facilidad que los movimientos de la hoja de un árbol, participa en cierto modo de esa inconstancia y variedad, trasladando con harta frecuencia á los objetos las mudanzas que solo él ha experimentado.

§ LII.

Los sentimientos por si solos, son mala regla de conducta.

Lo dicho manifiesta la imposibilidad de dirigir la conducta del hombre por solo el sentimiento; y la literatura de nuestra época, que tan poco se ocupa de comunicar ideas de razón y de moral, y que al parecer no se propone sino excitar sentimientos, olvida la naturaleza del hombre, y causa un mal de inmensa trascendencia.

El entregar al hombre á merced del solo sentimiento, es arrojar un navio sin piloto en medio de las olas. Esto equivale á proclamar la infalibilidad de las pasiones, á decir: "obra siempre por instinto, obedeciendo ciegamente á todos los movimientos de tu corazon;" esto equivale á despojar al hombre de su entendimiento, de su libre albedrío, á convertirle en simple instrumento de su sensibilidad.

Se ha dicho que los grandes pensamientos salen del corazon; tambien pudiera añadirse que del corazon salen grandes errores, grandes delirios, grandes extravagancias, grandes crímenes. Del corazon sale todo; es un arpa soberbia que despide toda clase de sonidos, desde el horrendo estrépito de las cavernas infernales hasta la mas delicada armonía de las regiones celestes.

El hombre que no tiene mas guia que su corazon, es el juguete de mil inclinaciones diversas, y á menudo contradictorias: una lijerísima pluma en medio de una campiña donde reinan los vientos, no lleva las direcciones mas variadas é irregulares. ¿Quién es capaz de contar, ni clasificar, la infinidad de sentimientos que se suceden en nuestro pecho, en brevísimas horas? ¿Quién no ha reparado en la asombrosa facilidad con que se pasa de la viva afición á un trabajo, á una repugnancia casi insuperable? ¿Quién no ha sentido simpatía ó antipatía, á la simple presencia de una persona, sin que pueda señalarse ninguna razon de ello, y sin que los hechos ofrezcan en lo sucesivo motivo alguno que justifique aquella impresión? ¿Quién no se ha admirado repetidas veces de encontrarse transformado en pocos instantes, pasando del brio al abatimiento, de la osadía á la timidez ó vice-versa, sin que hubiese mediado ninguna causa ostensible? ¿Quién ignora las mudanzas que los sentimientos sufren con la edad, con la diferencia de estado, de posicion social, de relaciones familiares, de salud, de clima, de estacion, de atmósfera? Todo cuanto afecta nuestras ideas, nuestros sentidos, nuestro cuerpo, de cualquier modo que sea, todo modifica nuestros sentimientos; y de aquí la asombrosa inconstancia que se nota en los que se abandonan á todos los impulsos de las pasiones; de aquí esa volubilidad de las organizaciones demasiado sensibles, si no han hecho grandes esfuerzos para dominarse.

Las pasiones han sido dadas al hombre como medios para despertarle y ponerle en movimiento, como instrumentos para servirle en sus acciones; mas no como directoras de su espíritu, no como guias de su conducta. Se dice á veces que el corazon no engaña; ¡lamentable error! ¿qué es nuestra vida sino un tejido de ilusiones con que el corazón nos engaña? Si alguna vez acertamos, entregándonos ciegamente á lo que él nos inspira, ¡cuántas y cuántas nos hace extraviar! ¿Sabeis porqué se atribuye al corazon ese acierto instintivo? porque nos llama extremadamente la atencion uno de sus aciertos, cuando nos consta que son tantos sus desaciertos; porque nos causa extraña sorpresa el verle adivinar en medio de su ceguera, cuando son tantas las veces que le encontramos desatinado. Por esto recordamos su acierto excepcional, en gracia de este le perdonamos todos sus yerros, y le honramos con una prevision y un tino que no posee ni puede poseer.

El fundar la moral sobre el sentimiento, es destruirla: el arreglar su conducta á las inspiraciones del sentimiento, es condenarse á no seguir ninguna fija, y á tenerla frecuentemente muy inmoral y funesta. La tendencia de la literatura que actualmente está en boga en Francia, y que desgraciadamente se introduce tambien en nuestra España, es divinizar las pasiones: y las pasiones divinizadas son extravagancia, inmoralidad, corrupcion, crimen.

§ LIII.

No impresiones sensibles, sino moral y razon.

La conducta del hombre, así con respecto á lo moral como á lo útil, no debe gobernarse por impresiones sino por reglas constantes; en lo moral, por las máximas de eterna verdad; en lo útil, por los consejos de la sana razon. El hombre no es un Dios en quien todo se santifique por solo hallarse en él; las impresiones que recibe, son modificaciones de su naturaleza que en nada alteran las leyes eternas; una cosa justa no pierde la justicia, por serle desagradable; una cosa injusta, por serle agradable, no se lava de la injusticia. El enemigo implacable que hunde el puñal vengador en las entrañas de su víctima, siente en su corazon un placer feroz, y su accion no deja de ser un crimen; la hermana de la caridad que asiste al enfermo, que le alivia y consuela, sufre mas de una vez tormentos atroces, mas por esto su accion no deja de ser heróicamente virtuosa.

Prescindiendo de lo moral, y atendiendo á lo útil, es necesario tratar las cosas con arreglo á lo que son, no á lo que nos afectan; la verdad no está esencialmente en nuestras impresiones, sino en los objetos; cuando aquellas nos ponen en desacuerdo con estos, nos extravian. El mundo real no es el mundo de los poetas y novelistas: es preciso considerarle y tratarle tal como es en sí; no sentimental, no fantástico, no soñador; sino positivo, práctico, prosáico.

§ LIV.

Un sentimiento bueno, la exageracion le hace malo.

La religion no sofoca los sentimientos, solo los modera y los dirige; la prudencia no desecha el auxilio de las pasiones templadas, solo se guarda de su predominio. La armonía no se ha de producir en el hombre con el simultáneo desarrollo de las pasiones, sino con su represion; el contrapeso de las que se dejen funcionando no son solo las otras pasiones, sino principalmente la razon y la moral. La oposicion misma de las inclinaciones buenas á las malas; deja de ser saludable, cuando en ella no preside como señora la razon; porque las inclinaciones buenas no son buenas sino en cuanto la razon las dirige y modera: abandonadas á sí mismas, se exageran, se hacen malas.

Un valiente está encargado de un puesto peligroso: el riesgo crece por momentos; á su alrededor van cayendo sus camaradas: los enemigos se aproximan cada vez mas; apénas hay esperanza de sostenerse, y la órden para retirarse no llega. El desaliento entra por un instante en el corazon del valiente; ¿á qué morir sin ningun fruto? El deber de la disciplina y del honor ¿se extenderá hasta un sacrificio inútil? ¿No seria mejor abandonar el puesto, excusarse á los ojos del jefe con lo imperioso de la necesidad? «No, responde su corazon generoso; esto es cobardía que se cubre con el nombre de prudencia. ¿Qué dirian tus compañeros, qué tu jefe, qué cuantos te conocen? ¿la ignominia ó la muerte? pues la muerte, sin vacilar, la muerte.»

¿Se puede culpar esa reflexion con que el bravo oficial ha procurado sostenerse á sí mismo, contra la tentación de cobardía? Ese deseo del honor, ese horror á la ignominia de pasar por cobarde, ¿no ha sido en él un sentimiento? sí; pero un sentimiento noble, generoso, con cuya fuerza y ascendiente se ha fortalecido contra las asechanzas del miedo, y ha cumplido su deber. Esa pasion pues dirigida á un objeto bueno, ha producido un resultado excelente, que tal vez sin ella no se hubiera conseguido: en aquellos momentos críticos, terribles, en que el estruendo del cañon, la gritería del enemigo cercano, y los ayes de los camaradas moribundos, comenzaban á introducir el espanto en su pecho, la razon enteramente sola tal vez hubiera sucumbido; pero ha llamado en su ayuda á una pasion mas poderosa que el temor de la muerte: el sentimiento del honor, la vergüenza de parecer cobarde; y la razon ha triunfado, el deber se ha cumplido.

Llegada la órden de replegarse, el oficial se reune á su cuerpo, habiendo perdido en el puesto fatal á casi todos sus soldados.—Ya le teníamos á V. por muerto, le dice chanceándose uno de sus amigos; no se habrá V. olvidado del parapeto.—El oficial se cree ultrajado, pide con calor una satisfaccion, y á las pocas horas el burlon imprudente ha dejado de existir. El mismo sentimiento que poco ántes impulsara á una accion heróica, acaba de causar un asesinato. El honor, la vergüenza de pasar por cobarde, habian sostenido al valiente, hasta el punto de hacerle despreciar su vida; el honor, la vergüenza de pasar por cobarde, han teñido sus manos con la sangre de un amigo imprudente. La pasion dirigida por la razon se elevó hasta el heroismo; entregada á su ímpetu ciego, se ha degradado hasta el crímen.

La emulacion es un sentimiento poderoso, excelente preservativo contra la pereza, contra la cobardía, y contra cuantas pasiones se oponen al ejercicio útil de nuestras facultades. De ella se aprovecha el maestro para estimular á los alumnos; de ella se sirve el padre de familia para refrenar las malas inclinaciones de alguno de sus hijos; de ella se vale un capitan para obtener de sus subordinados, constancia, valor, hazañas heróicas. El deseo de adelantar, de cumplir con el deber, de llevar á cabo grandes empresas, el doloroso pesar de no haber hecho de nuestra parte todo lo que podíamos y debíamos, el rubor de vernos excedidos por aquellos á quienes hubiéramos podido superar, son sentimientos muy justos, muy nobles, excelentes para hacernos avanzar en el camino del bien. En ellos no hay nada reprensible; ellos son el manantial de muchas acciones virtuosas, de resoluciones sublimes, de hazañas sorprendentes.

Pero si ese mismo sentimiento se exagera, el néctar aromático, dulce, confortador, se trueca en el humor mortifero que fluye de la boca de un reptil ponzoñoso, la emulacion se hace envidia. El sentimiento en el fondo es el mismo, pero se ha llevado á un punto demasiado alto; el deseo de adelantar ha pasado á ser una sed abrasadora; el pesar de verse superado, es ya un rencor contra el que supera; ya no hay aquella rivalidad que se hermanaba muy bien con la amistad mas íntima, que procuraba suavizar la humillacion del vencido prodigándole muestras de cariño, y sinceras alabanzas por sus esfuerzos; que contenta con haber conquistado el lauro, le escondia para no lastimar el amor propio de los demas; hay sí, un verdadero despecho, hay una rabia, no por la falta de los adelantos propios, sino por la vista de los ajenos; hay un verdadero odio al que se aventaja, hay un vivo anhelo por rebajar el mérito de sus obras, hay maledicencia, hay el desden con que se encubre un furor mal comprimido, hay la sonrisa sardónica, que apénas alcanza á disimular los tormentos del alma.

Nada mas conforme á razon que aquel sentimiento de la propia dignidad, que se exalta santamente cuando las pasiones brutales excitan á una accion vergonzosa; que recuerda al hombre lo sagrado de sus deberes, y no le consiente deshonrarse faltando á ellos; aquel sentimiento que le inspira la actitud que le conviene tomar, segun la posicion que ocupa; aquel sentimiento que llena de majestad el semblante y modales del monarca, que da al rostro y maneras de un pontífice santa gravedad y uncion augusta; que brilla en la mirada de fuego de un gran capitan y en su ademan resuelto, osado, imponente; aquel sentimiento que á la dicha no le permite alegria descompuesta, ni al infortunio abatimiento ignoble; que señala la oportunidad de un prudente silencio, ó sugiere una palabra decorosa y firme; que deslinda la afabilidad de la nimia familiaridad, la franqueza del abandono, la naturalidad de los modales de una libertad grosera; aquel sentimiento en fin que vigoriza al hombre sin endurecerle, que le suaviza sin relajarle, que le hace flexible sin inconstancia, y constante sin terquedad. Pero ese mismo sentimiento, si no está moderado y dirigido por la razon, se hace orgullo; el orgullo que hincha el corazon, enhiesta la frente, da á la fisonomía un aspecto ofensivo, y á los modales una afectacion entre irritante y ridícula; el orgullo que desvanece, que imposibilita para adelantar, que se suscita á sí propio obstáculos en la ejecucion, que inspira grandes maldades, que provoca el aborrecimiento y el desprecio, que hace insufrible.

¡Qué sentimiento mas razonable que el deseo de adquirir ó conservar lo necesario para las atenciones propias, y de aquellas personas de cuyo cuidado encargan el deber ó el afecto! Él previene contra la prodigalidad, aparta de los excesos, preserva de una vida licenciosa, inspira amor á la sobriedad, templanza en todos los deseos, aficion al trabajo. Pero este mismo sentimiento llevado á la exageracion, impone ayunos que Dios no acepta, frio en el invierno, calor en el verano, mal cuidado de la salud, abandono en las enfermedades, mortifica con privaciones á la familia, niega todo favor á los amigos, cierra la mano para los pobres, endurece cruelmente el corazon para toda clase de infortunios, atormenta con sospechas, temores, zozobras, prolonga las vigilias, engendra el insomnio, persigue y agita con la aparicion de espectros robadores los breves momentos de sueño, haciendo que no pueda lograr descanso

El rico avaro en el angosto lecho,
Y que sudando con terror despierte.

Véase pues con cuánta verdad he dicho que los mismos sentimientos buenos la exageracion los hace malos; que el sentimiento por sí solo, es una guia mas segura, y á menudo peligrosa. La razon es quien debe dirigirle conforme á los eternos principios de la moral; la razon es quien debe encaminarle, hasta en el terreno de la utilidad. Por esto jamas el hombre se ocupa demasiado del conocimiento de sí mismo; ningun esfuerzo está de mas para adquirir aquel criterio moral y acertado, que nos enseña la verdad práctica, la verdad que debe presidir á todos los actos de nuestra vida. Proceder á la aventura, abandonarse ciegamente á las inspiraciones del corazon, es exponerse á mancharse con la inmoralidad, y á cometer una serie de yerros que acaban por acarrear terribles infortunios.

§ LV.

La ciencia es muy útil á la práctica.

En todo lo concerniente á objetos sometidos á leyes necesarias, claro es que el conocimiento de estas ha de ser utilísimo, cuando no indispensable. De cuyo principio infiero que discurren muy mal los que en tratándose de ejecutar, descuidan la ciencia y solo se atienen á la práctica. La ciencia, si es verdaderamente digna de este nombre, se ocupa en el descubrimiento de las leyes que rigen la naturaleza; y así su ayuda ha de ser de la mayor importancia. Tenemos de esta verdad una irrefragable prueba en lo que ha sucedido en Europa de tres siglos á esta parte. Desde que se han cultivado las matemáticas y las ciencias naturales, el progreso de las artes ha sido asombroso. En el siglo actual se estan haciendo continuamente ingeniosos descubrimientos; y ¿qué son estos, sino otras tantas aplicaciones de la ciencia?

La rutina que desdeña á la ciencia, muestra con semejante desden un orgullo necio, hijo de la ignorancia. El hombre se distingue de los brutos animales por la razon con que le ha dotado el Autor de la naturaleza; y no querer emplear las luces del entendimiento para la direccion de las operaciones, aun las mas sencillas, es mostrarse ingrato á la bondad del Criador. ¿Para qué se nos ha dado esa antorcha sino para aprovecharnos de ella en cuanto sea posible? Y si á ella se deben tan grandes concepciones cientificas, ¿porqué no la hemos de consultar para que nos suministre reglas que nos guien en la práctica?

Véase el atraso en que se encuentra la España en cuanto á desarrollo material, merced al descuido con que han sido miradas durante largo tiempo las ciencias naturales y exactas; comparémonos con las naciones que no han caido en este error, y nos será fácil palpar la diferencia. Verdad es que hay en las ciencias una parte meramente especulativa, y que difícilmente puede conducir á resultados prácticos; sin embargo es preciso no olvidar, que aun esta parte al parecer inútil, y como si dijéramos de mero lujo, se liga muchas veces con otras que tienen inmediata relacion con las artes. Por manera que su inutilidad es solo aparente, pues andando el tiempo se descubren consecuencias en que no se habia reparado. La historia de las ciencias naturales y exactas nos ofrece abundantes pruebas de esta verdad, ¿Qué cosa mas puramente especulativa y al parecer mas estéril, que las fracciones continuas? y no obstante ellas sirvieron á Huigens para determinar las dimensiones de las ruedas dentadas en la construccion de su autómata planetario.

La práctica sin la teoría permanece estacionaria, ó no adelanta sino con muchísima lentitud; pero á su vez, la teoría sin la práctica fuera tambien infructuosa. La teoría no progresa ni se solida sin la observacion, y la observacion estriba en la práctica. ¿Que seria la ciencia agrícola sin la experiencia del labrador?

Los que se destinen á la profesion de un arte deben, si es posible, estar preparados con los principios de la ciencia en que aquella se funda. Los carpinteros, albañiles, maquinistas, saldrian sin duda mas hábiles maestros si poseyesen los elementos de geometría y de mecánica; y los barnizadores, tintoreros y de otros oficios no andarian tan á tientas en sus operaciones, si no careciesen de las luces de la química. Si una gran parte del tiempo que se pierde miserablemente en la escuela y en casa, ocupándose en estudios inconducentes, se emplease en adquirir los conocimientos preparatorios, acomodados á la carrera que se quiere emprender, los individuos, las familias y la sociedad reportarian por cierto mayor fruto de sus tareas y dispendios.

Bueno es que un jóven sea literato; pero ¿de qué le servirá un brillante trozo de Walter Scott, ó de Víctor Hugo, cuando colocado al frente de un establecimiento sea preciso conocer los defectos de una máquina, las ventajas ó inconvenientes de un procedimiento, ó adivinar el secreto con que en los paises extranjeros se ha llegado á la perfeccion de un tinte? Al arquitecto, al ingeniero, ¿serán los artículos de política los que les enseñarán á construir un edificio con solidez, elegancia, aptitud y buen gusto, á formar atinadamente el plan de una carretera ó canal, á dirigir las obras con inteligencia, á levantar una calzada, ó suspender un puente?

§ LVI.

Inconvenientes de la universalidad.

El saber es muy costoso y la vida muy breve; y sin enbargo vemos con dolor que se desparraman las facultades del hombre hácia mil objetos diferentes, halagando á un tiempo la vanidad y la pereza. La vanidad, porque de esta suerte se adquiere la reputacion de sabio; la pereza, porque es harto mas trabajoso el fijarse sobre una materia y dominarla, que no el adquirir cuatro nociones generales sobre todos los ramos.

Se ponderan de continuo las ventajas de la division del trabajo en la industria, y no se advierte que este principio es tambien aplicable á la ciencia. Son pocos los hombres nacidos con felices disposiciones para todo. Muchos que podrian ser una excelente especialidad, dedicándose principal ó exclusivamente á un ramo, se inutilizan miserablemente aspirando á la universalidad. Son incalculables los daños que de esto resultan á la sociedad y á los individuos: pues que se consumen estérilmente muchas fuerzas que bien aprovechadas y dirigidas, habrian podido producir grandes bienes. Vaucanson y Vatt hicieron prodigios en la mecánica: y es muy probable que se hubieran distinguido muy poco en las bellas artes y en la poesía; Lafontaine se inmortalizó con sus Fábulas, y metido á hombre de negocios, hubiera sido de los mas torpes. Sabido es que en el trato de la sociedad, parecia á veces estar falto de sentido comun.

No negaré que unos conocimientos presten á otros grande auxilio, ni las ventajas que reporta una ciencia de las luces que le suministran otras, quizas de un órden totalmente distinto; pero repito que esto es para pocos, y que la generalidad de los hombres debe dedicarse especialmente á un ramo.

Así en las ciencias como en las artes, lo que conviene es elegir con acierto la profesion: pero una vez escogida, es preciso aplicarse á ella ó principal ó exclusivamente.

La abundancia de libros, de periódicos, de manuales, de enciclopedias convida á estudiar un poco de todo: esta abundancia indica el gran caudal de conocimientos atesorados con el curso de los siglos y de que disfruta la edad presente; pero en cambio acarrea un mal muy grave, y es que hace perder á muchos en intensidad lo que adquieren en extension; y á no pocos les proporciona aparentar que saben de todo cuando en realidad no saben nada.

Si la España ha de progresar de una manera real y positiva, es preciso que se acuda á remediar este abuso; que se encajonen, por decirlo así, los ingenios en sus respectivas carreras, y que sin impedir la universalidad de conocimientos en los que de tanto sean capaces, se cuide que no falte en algunos la profundidad, y en todos la suficiencia. La mayor parte de las profesiones demandan un hombre entero, para ser desempeñadas cual conviene; si se olvida esta verdad, las fuerzas intelectuales se consumen lastimosamente sin producir resultado: como en una máquina mal construida se pierde gran parte del impulso por falta de buenos conductos que le dirijan y apliquen.

A quien reflexione sobre el movimiento intelectual de nuestra patria en la época presente, se le ofrece de bulto la causa de esa esterilidad que nos aflige, á pesar de una actividad siempre creciente. Las fuerzas se disipan, se pierden, porque no hay direccion: los ingenios marchan á la aventura, sin pensar adónde van: los que profesan con fruto una carrera la abandonan á la vista de otra que brinda con mas ventajas: y la revolucion trastornando todos los papeles, haciendo del abogado un diplomático, del militar un político, del comerciante un hombre de gobierno, del juez un economista, de nada todo, aumenta el vértigo de las ideas, y opone gravísimos obstáculos á todos los progresos.

§ LVII.

Fuerza de la voluntad.

El hombre tiene siempre un gran caudal de fuerzas sin emplear; y el secreto de hacer mucho, es acertar á explotarse á sí mismo. Para convencerse de esta verdad basta considerar cuánto se multiplican las fuerzas del hombre que se halla en aprieto: su entendimiento es mas capaz y penetrante, su corazon mas osado y emprendedor, su cuerpo mas vigoroso: ¿y esto porqué? ¿se crean acaso nuevas fuerzas? no ciertamente: solo se despiertan, se ponen en accion, se aplican á un objeto determinado. ¿Y cómo se logra esto? El aprieto aguijonea la voluntad, y esta desplega, por decirlo así, toda la plenitud de su poder: quiere el fin con intensidad y viveza, manda con energía á todas las facultades que trabajen por encontrar los medios á propósito, y por emplearlos una vez encontrados; y el nombre se asombra de sentirse otro, de ser capaz de llevar á cabo lo que en circunstancias ordinarias le pareciera del todo imposible.

Lo que sucede en extremos apurados, debe enseñarnos el modo de aprovechar y multiplicar nuestras fuerzas en el curso de los negocios comunes: regularmente, para lograr un fin, lo que se necesita es voluntad: voluntad decidida, resuelta, firme, que marche á su objeto sin arredrarse por obstáculos ni fatigas. Las mas de las veces, no tenemos verdadera voluntad, sino veleidad; quisiéramos, mas no queremos, quisiéramos, si no fuese preciso salir de nuestra habitual pereza, arrostrar tal trabajo, superar tales obstáculos, pero no queremos alcanzar el fin á tanta costa; empleamos con flojedad nuestras facultades, y desfallecemos á la mitad del camino.

§ LVIII.

Firmeza de voluntad.

La firmeza de voluntad es el secreto de llevar á cabo las empresas arduas; con esta firmeza comenzamos por dominarnos á nosotros mismos; primera condicion para dominar los negocios. Todos experimentamos que en nosotros hay dos hombres; uno inteligente, activo, de pensamientos elevados, de deseos nobles, conformes á la razon, de proyectos arduos y grandiosos; otro torpe, soñoliento, de miras mezquinas, que se arrastra por el polvo cual inmundo reptil; que suda de angustia al pensar que se le hace preciso levantar la cabeza del suelo. Para el segundo no hay el recuerdo de ayer, ni la prevision de mañana; no hay mas que lo presente, el goce de ahora, lo demas no existe; para el primero hay la enseñanza de lo pasado, y la vista del porvenir; hay otros intereses que los del momento, hay una vida demasiado anchurosa para limitarla á lo que afecta en este instante; para el segundo el hombre es un ser que siente y goza; para el primero el hombre es una criatura racional, á imágen y semejanza de Dios, que se desdeña de hundir su frente en el polvo, que la levanta con generosa altivez hácia el firmamento, que conoce toda su dignidad, que se penetra de la nobleza de su orígen y destino, que alza su pensamiento sobre la region de las sensaciones, que prefiere al goce el deber.

Para todo adelanto sólido y estable, conviene desarrollar al hombre noble, y sujetar y dirigir al ignoble, con la firmeza de la volundad. Quien se ha dominado á sí mismo domina fácilmente el negocio, y á los demas que en él toman parte. Porque es cierto que una volundad firme y constante, ya por sí sola, y prescindiendo de las otras cualidades de quien la posea, ejerce poderoso ascendiente sobre los ánimos, y los sojuzga y avasalla.

La terquedad es sin duda un mal gravísimo, porque nos lleva á desechar los consejos ajenos, aferrándonos en nuestro dictámen y resolucion, contra las consideraciones de prudencia y justicia. De ella debemos precavernos cuidadosamente, porque teniendo su raiz en el orgullo, es planta que fácilmente se desarrolla. Sin embargo, tal vez podria asegurarse que la terquedad no es tan comun, ni acarrea tantos daños como la inconstancia. Esta nos hace incapaces de llevar á cabo las empresas arduas, y esteriliza nuestras facultades, dejándolas ociosas, ó aplicándolas sin cesar á objetos diferentes, y no permitiendo que llegue á sazon el fruto de las tareas; ella nos hace retroceder á la vista del primer obstáculo, y desfallecer al presentarse un riesgo ó fatiga; ella nos pone á la merced de todas nuestras pasiones, de todos los sucesos, de todas las personas que nos rodean; ella nos hace tambien tercos en el prurito de mudanza, y ella nos hace desoir los consejos de la justicia, de la prudencia, y hasta de nuestros mas caros intereses.

Para lograr esta firmeza de voluntad, y precaverse contra la inconstancia, conviene formarse convicciones fijas, prescribirse un sistema de conducta, no obrar al acaso. Es cierto que la variedad de acontecimientos y circunstancias, y la escasez de nuestra prevision nos obligan con frecuencia á modificar los planes concebidos; pero esto no impide que podamos formarlos, no autoriza para entregarse ciegamente al curso de las cosas, y marchar á la aventura. ¿Para qué se nos ha dado la razon sino para valernos de ella, y emplearla como guia en nuestras acciones?

Téngase por cierto que quien recuerde estas observaciones, quien proceda con sistema, quien obre con premeditado designio, llevará siempre notable ventaja sobre los que se conduzcan de otra manera; si son sus auxiliares, naturalmente se los hallará puestos bajo sus órdenes, y se verá constituido su caudillo, sin que ellos lo piensen ni él propio lo pretenda; si son sus adversarios ó enemigos, los desbaratará, aun contando con ménos recursos.

Conciencia tranquila, designio premeditado, voluntad firme; hé aqui las condiciones para llevar a cabo las empresas. Esto exige sacrificios, es verdad; esto demanda que el hombre se venza á sí mismo, es cierto; esto supone mucho trabajo interior, no cabe duda; pero en lo intelectual como en lo moral, como en lo físico; en lo temporal como en lo eterno, está ordenado que no alcanza la corona quien no arrostra la lucha.