IX
Historia de una lágrima
Esto pasaba en las altas esferas. En los dominios obscuros de la vida privada ocurrían al mismo tiempo algunos sucesos, que aunque no tan memorables, no dejaban de tener importancia para las personas que en ellos intervinieron.
Al día siguiente de la entrevista de Venturita y Gonzalo, que hemos narrado, éste no visitó la casa de su prometida. Permaneció en la suya, fingiéndose aquejado por un fuerte dolor de muelas. Tal fué al menos la noticia que llegó hasta Cecilia por conducto de Elvira, la doncella, que había visto al criado de don Melchor en la plaza. Al otro día, como no pareciese tampoco, la familia supuso que aún seguía el dolor. Nadie dudaba más que Venturita y Valentina. La bordadora huía de tropezar con la mirada de la niña. Quizá temería avergonzarla, quizá ella misma se sintiese avergonzada sin saber por qué. Venturita estaba tan risueña como siempre. Cecilia, a quien sólo se le conocía el mal humor en que hablaba menos, sacó de su cómoda un elixir dentrífico, copió una oración a Santa Polonia que le habían dado, y llamando con misterio a Elvira, le dijo toda ruborizada:
—Elvira, ¿quieres hacerme el favor de llevar este frasco y este papel al señorito Gonzalo?
—¿Ahora mismo?
—Cuando puedas... Si ahora no tienes que hacer... Quisiera que no se enterasen...
—Descuide usted, señorita—respondió la morenita pálida sonriendo con amabilidad;—nadie sabrá una palabra. Su mamá me va a mandar por almidón, y a la vuelta, ¡zas! me encajo allá.
Al recibir Gonzalo el recado, sintióse acometido de punzantes remordimientos. Comenzó a pasear agitadamente por su cuarto. Tres o cuatro veces estuvo a punto de tomar el sombrero y plantarse en casa de Belinchón, y dejar que las cosas siguiesen como habían comenzado. Los sentimientos honrados, bondadosos y compasivos que en su corazón existían; la voz de la razón que abogaba en defensa de Cecilia; el ángel, en una palabra, que todo hombre lleva dentro de sí, le incitaba para que lo hiciese. La imagen gentil y graciosa de Venturita, presente al recuerdo; el fuego de sus ojos que aún le relampagueaba por el alma; el dulce contacto voluptuoso de sus cabellos de oro; el demonio, en fin, le retenía. Gonzalo era un hombre sano de cuerpo, de músculos poderosos, rico de sangre, pero muy pobre de voluntad. Los diablos temen más a los temperamentos exhaustos que a los opulentos como el suyo. La batalla que el demonio y el ángel libraron, no duró mucho tiempo. Vino a decidirla, en favor del primero un billetito de Ventura que Generosa, la otra doncella de la casa, le trajo. Decía así: No te impacientes. Hoy hablaré a mamá. Ten confianza en tu—Ventura.
La mirada de la doncella al entregárselo, donde creyó advertir a pesar de la sonrisa una tácita censura, le turbó un poco. Despidióla con larga propina. Al abrir después con mano trémula la carta, percibió el perfume de sándalo que Venturita usaba. Ofrecióse súbito a su imaginación la imagen hermosa provocativa de la niña, y removió las últimas fibras que en su ser aún no habían vibrado. Acercóla a los labios, y embriagado y palpitante de deseo, la besó con frenesí repetidas veces.
¡Pobre Cecilia! Tomaba el primer pedazo de papel que le venía a la mano, y sin cuidarse de guardarlo entre esencias, escribía a su novio con lápiz la mayoría de las veces. ¡Si las mujeres supiesen la importancia de estos miserables pormenores!
Venturita había dado vueltas todo el día alrededor de su madre, esperando ocasión de hablarla sin testigos. A la hora del crepúsculo, cuando las costureras se fueron, madre e hija quedaron al fin solas. Cecilia se había retirado a su cuarto dominada por la tristeza que había disimulado con trabajo durante el día. Doña Paula estaba sentada en una butaca con los ojos clavados en el balcón, recogiendo los últimos rayos de la luz moribunda, en actitud melancólica y reflexiva, poco frecuente en ella. Parecía presentir el disgusto que se cernía sobre su cabeza. Venturita colocaba los bastidores en un rincón y los tapaba con un lienzo, arreglaba las sillas y arrastraba la cesta de la costura a un lado para que no estorbase.
—Avisa que traigan luz—dijo doña Paula.
—¿Para qué?—respondió la niña sentándose en una silla baja a su lado.—Ya está todo arreglado.
Su madre volvió a entornar los ojos hacia el balcón y quedó en la misma actitud melancólica. Al cabo de unos momentos de silencio, Venturita tomó su mano y la llevó con ternura a los labios. Doña Paula volvió la cabeza con sorpresa. Pocas veces, por no decir nunca, su hija menor le había dado este beso respetuoso. Sonrió con dulzura y tomándole la barba entre los dedos, le dijo:
—¿Estás contenta con el vestido?
—Si, mamá.
—Te hace un cuerpo muy bonito. En cuanto le toquen un poco en el pecho, quedará que ni pintado.
La niña calló. Alzando los ojos al cabo de un instante le dijo, esforzándose en dar a su voz una inflexión segura:
—Dime, mamá, ¿qué opinas de la retirada de Gonzalo?
—¡La retirada de Gonzalo!—exclamó la señora volviendo con asombro la cabeza.—¿Qué quieres decir, criatura?
—Sí, la retirada, porque a mí me consta que no está enfermo. Ayer estuvo toda la noche jugando al billar en el café de la Marina.
—¡Bah, bah! ¿Tienes ganas de reir?
—No me río, mamá, hablo en serio.
—¿Y quién te ha dicho a ti eso?
—Lo sé por Nieves, que se lo dijo su hermano.
—Puede que le haya aliviado el dolor por la noche y saliese a esparcirse un poco.
—Y entonces, ¿por qué no ha venido hoy?
—Porque le habrá vuelto otra vez.
—No lo creas, mamá... Ten la seguridad de que Gonzalo no quiere a Cecilia.
—¿Sabes lo que estás diciendo, necia? Hazme el favor de callarte, antes que me enfade.
—Me callaré; pero las pruebas de cariño que está dando no son grandes.
—¡Tendría que ver eso!—dijo la señora volviéndose airada.—Si Gonzalo es mucho, Cecilia es más... A mi hija no la desprecia ni Gonzalo ni el Príncipe de Asturias, ¿sabes?... Me enteraré de lo que acabas de decir, y si resulta cierto, ya tomaré yo mis medidas.
Doña Paula era de natural bondadoso y tierno, amiga de los pobres y generosa; pero tenía la altivez irreflexiva y la susceptibilidad exagerada de las artesanas de Sarrió.
—No, mamá, no se trata de eso. ¿Quién te ha dicho que Gonzalo desprecia a Cecilia?
—Tú misma. ¿Por qué no la quiere entonces?
Venturita se detuvo un instante, y respondió con firmeza:
—Porque me quiere a mí.
—Vamos—dijo la señora sonriendo.—Ya debí comprender desde el principio que era todo una broma.
—No es broma, es la pura verdad... Y si quieres convencerte, entérate...
Sacó al mismo tiempo del pecho una carta que llevaba a prevención, y se la alargó.
Doña Paula se puso en pie vivamente, y gritó:
—¡Pronto!... ¡Una luz, pronto!
Venturita tomó una caja de cerillas que había sobre el costurero, y encendió una.
Madre e hija estaban pálidas. Aquélla arrimó la carta a la luz. En cuanto leyó unos cuantos renglones, se dejó caer en la butaca, y clavando los ojos con expresión dolorosa en su hija, le dijo:
—Ventura, ¿qué has hecho?
—¿Yo? Nada—respondió la niña tirando al suelo la cerilla que tocaba a su fin.
—¿Nada te parece, loca, impedir el matrimonio de tu hermana, engañarla miserablemente, dar un escándalo en la villa como nunca se habrá visto?
—Yo no he hecho nada de eso. El fué quien se me declaró. ¿Es pecado dejarse querer?
—En esta ocasión, sí—replicó con severidad la señora.—A la primera señal debiste advertirme. Consentir que te hablase de otro modo que como una hermana, era hacer traición a tu hermana y hacerte a ti muy poco favor.
—Pues ya está—replicó la niña en tono desdeñoso.
—Pues no estará—replicó doña Paula con enojo y levantándose.—¿Qué te has propuesto, vamos, di?... Mejor dicho, ¿qué os habéis propuesto?
—Debes suponerlo.
—Casaros, ¿verdad?—preguntó en tono sarcástico.
—¡Qué equivocada estás!... El matrimonio de tu hermana quedará deshecho... Desde ahora mismo lo doy por deshecho... ¡pero lo que es tú, bien libre estás de casarte con Gonzalo... ni de que éste ponga siquiera los pies más en casa...! En primer lugar, tú eres una mocosa que debieras estar jugando con las muñecas y recibiendo azotes... y aunque no lo fueras, ni tu padre ni yo podíamos consentir que te casaras con un hombre que ha engañado miserablemente a tu hermana y nos ha engañado a todos... Lo menos que diría la gente es que estamos muertos por hacerle nuestro yerno. ¡Que se te quite, niña!
—Pues que quieras o no quieras—dijo Venturita retrocediendo de espalda hacia la puerta,—me casaré.
Doña Paula quiso castigar la insolencia; pero la niña salió precipitadamente, sujetó la puerta, y entreabriéndola después, dijo con acento rabioso:
—¡Me casaré! ¡me casaré! ¡me casaré!
Al día siguiente, Gonzalo recibió una carta de ella, que decía: «Ayer hablé con mamá. Se ha enfadado mucho. Hoy hablaré otra vez, y espero que cederá. Ten confianza.»
Y en efecto, aquella misma mañana madre e hija volvían a tener habla en el cuarto de la última. Fué larga, y no sabemos lo que en ella pasó. Doña Paula salió al cabo de una hora con los ojos enrojecidos de llorar, llevándose la mano al corazón, del cual padecía a menudo, en dirección a su cuarto, y se acostó. Ventura salió en pos de ella, serena; pero pálida. Llamó a Generosa, su confidente, y le dió un recado para Gonzalo. Este, a las nueve de la noche, se paseaba por delante de la casa de Belinchón. Pocos minutos después, Venturita abría la ventana del escritorio, que estaba en la planta baja y tenía rejas.
—Ya está todo arreglado—dijo en voz de falsete luego que el joven se hubo acercado.
—¿Cómo? ¿De veras?—preguntó éste con alegría.
—¡Oh, buen trabajo me ha costado! Estaba furiosa.
—¿Y tu papá?
—Papá aún no sabe nada; pero cederá también... ¡Vaya si cederá!... La receta no puede ser más eficaz.
—¿Qué receta?
—La que he empleado... La cosa se había puesto tan fea, que ya estaba resuelto que tú no volvieras más a casa. A mí me mandaba a Tejada en castigo. Ni súplicas ni razones valían de nada. Estaba loca de ira. Te llamaba infame y traidor. A mí, ¡figúrate cómo me pondría!... Entonces no tuve más remedio que apelar al último recurso... por más que sea un poco fuerte—añadió en voz más baja y alterada.
—¿Qué recurso?—preguntó Gonzalo con curiosidad.
Venturita guardó silencio algunos momentos. Al cabo respondió avergonzada:
—Le dije... le dije que tú y yo no podíamos menos de casarnos ya.
—¿Pues?
—Pues... pues... adivínalo—dijo la niña con impaciencia.
En efecto, Gonzalo adivinó y experimentó una impresión de repugnancia y temor. Calló obstinadamente por algún tiempo. Venturita le preguntó al fin:
—¿Te ha parecido mal?
—Sí—respondió secamente.
—Pues dispensa, chico... Mañana le diré que todo ha sido una mentira... y hemos concluído.
—Nada se adelanta ya. Lo que me parece mal no es el resultado, como debes comprender, sino que haya salido eso de ti.
—Más pierdo yo que tú.
—¡Por lo mismo lo siento!
—Bien, pues dale expresiones—replicó desabridamente levantándose del alféizar de la ventana, donde estaba sentada.
Gonzalo alargó la mano por entre las rejas, y la retuvo por el vestido.
—Espera.
La tela crujió.
—Ya me has roto el vestido, ¿lo ves?
—Si no te disparases tan pronto...
Y logrando cogerla por un brazo, la obligó a sentarse.
—¡Qué barbaridad!—exclamó la niña riendo.—Así deben hacerse el amor los osos.
—¿Me quieres?—preguntó Gonzalo riendo también.
—No.
—Sí.
—No.
—Dame la mano de amigo.
La niña le alargó su blanca y primorosa mano, y el hercúleo mancebo la besó con pasión repetidas veces.
—Hasta mañana. Ya te daré noticias de lo que ocurra—dijo levantándose otra vez.
Gonzalo se alejó. A los cuatro pasos se le ocurrió que las noticias tenían que ser referentes al modo como Cecilia recibía la de su desleal conducta, y su frente se arrugó de nuevo con expresión dolorosa.
A vueltas con esta preocupación cruzó distraído la Rúa Nueva, entró en la plaza de la Marina, siguió caminando por el muelle y se alargó hasta la punta del Peón. La noche estaba serena y despejada. Las estrellas centelleaban en el firmamento cabrilleando en las aguas tranquilas de la bahía. La jarcia de los buques surtos en ella se destacaba con bastante claridad del fondo azul obscuro. Aún no había sonado el grito de «apafogones», y se notaban en ellos algunas luces y algún movimiento. Los marineros, recostados sobre la obra muerta, departían antes de retirarse al camarote. De vez en cuando, mirando hacia un gran vapor inglés anclado en el medio, gritaba uno: «All right» exagerando la pronunciación: «all right», contestaban de un patache. El grito se iba repitiendo en todas las goletas, pataches y quechemarines. Era la broma que gastaban con los ingleses que allí arribaban. Pero el gran vapor se mantenía silencioso, cabeceando flemáticamente con ese desprecio tan profundo que nadie mejor que un hijo de Albión sabe afectar.
En la punta del Peón se tropezaba con tal cual paseante que tomaba el poco fresco que había. Era una de las noches más calurosas de agosto. Gonzalo, atormentado por el calor y por la idea de su comprometida situación, se paseaba con el sombrero en la mano. Antes de llegar al término del malecón, percibió sobre el segundo paredón una figura gigantesca.
—Allí está mi tío—se dijo.
El viejo marino pasaba una gran parte de su existencia sobre aquel paredón, en íntimo coloquio con el mar, su antiguo amigo y compañero. Para él no tenía secretos el terrible Océano, ora durmiese tranquilo en su inmenso lecho de arena, ora despertase furioso escupiendo al cielo sus espumas. Podía dar nuevas seguras y anticipadas de sus cóleras, de sus desmayos, de sus sonrisas, de sus más profundas palpitaciones. El monstruo le abría su seno líquido, como a un confidente leal: le decía cuánto se aburría en su prisión de granito, y qué ganas le acometían a veces, presenciando las infamias de los hombres, de precipitarse sobre la tierra, y barrer de una vez este asqueroso hormiguero. Y el buen caballero solía responderle, pensando en el crimen que acababa de leer:
—Tienes razón, camarada; yo, en tu caso, es posible que lo hiciera.
Por nada en el mundo dejaría don Melchor de dar sus paseos matutinos, vespertinos y nocturnos por la punta del Peón. En vida de su mujer, cuando estaba acatarrado, veíase precisado a prescindir de estas visitas, y era lo que más le atormentaba. Ahora que, por desgracia, no tenía quien le sujetase, acatarrado y todo salía.
—Para los catarros, no hay nada como el aire libre del mar.
Cuando de tarde en tarde se resentía del estómago, bebía un par de vasos de salmuera, y quedaba arreglado.
—No hay purga tan natural, tan eficaz e inofensiva como el agua del mar.
En cierta ocasión adoleció de una pierna. Dos úlceras le fueron corroyendo la carne, hasta dejar descubierto el hueso. Los médicos, no sólo daban por perdida la pierna, sino que temían por su vida. Desahuciado ya, tuvo la audacia de hacer que le llevasen a la playa y le bañasen. A los nueve baños, las úlceras estaban cerradas. Imagínese lo que pensaría después de esto, de la virtud curativa del mar.
En cambio, tenía marcada ojeriza a los ríos. El aire del río le ponía ronco. La humedad le daba dolores de reuma. Las nieblas le sofocaban y le ponían asmático. Eso de que el aire fuese en ellos «encallejonado», le inspiraba una aversión y un desprecio indecibles.
Don Melchor dormía poco. Se levantaba con estrellas, y en cuanto se levantaba subía al mirador, escrutaba el cielo y el mar, y después de haber trazado en la cabeza un estado meteorológico provisional del día, bajaba a fijarlo definitivamente a la punta del Peón. Allí establecía de una vez si el viento era entablado o simple vahajillo, si era francamente a la estrella o se inclinaba al cuarto cuadrante; si el semblante estaba calimoso o cerrado; si la mar estaba picada o de leche; cuánto tiempo duraría todo esto; qué viento apuntaría al mediodía; si la mar sería gruesa a la tarde o abonanzaría, etc., etc. No podría tomar el chocolate si no hubiese hecho tales observaciones.
Y, en verdad, que aunque esto parezca una manía, téngola por menos insensata que la de levantarse de la cama para escrutar el rostro del vecino, si está limpio o sucio, alegre o aborrascado, si come o si ayuna, si duerme o si vela, si huelga o trabaja, cuánto tiempo permanece en casa, y qué rumbo toma cuando sale.
Gonzalo subió al segundo paredón con un deseo irresistible de desahogar el pecho, y poner a su tío al tanto de lo que ocurría. Y eso que la condición brusca y severa de éste no se amoldaba muy bien a las confidencias amorosas. Pero la ocasión era crítica y precisa. Don Melchor, que con el peso de los años solía doblar un poco el cuerpo hacia adelante, al ver acercarse un hombre a él, se irguió. Porque era empeño el que tenía en que nadie advirtiese su decadencia y le diputasen por varón inexpugnable.
—¿Eres tú, Gonzalillo?
—El mismo, tío.
—¡Milagro! A ti te gusta más ver rodar las bolas de marfil que las olas.
—No; hoy no he jugado al billar. Me encuentro triste, preocupado... y quisiera hablar con usted de un asunto serio, a ver qué me aconseja.
Don Melchor le miró con sorpresa.
—¿Un asunto serio?
—Sí... Vamos a ver, tío: ¿usted se casaría con una mujer a quien no quisiera?
—¡Qué pregunta! El matrimonio a mi edad es un barreno en los fondos, querido.
—¿Pero si fuese joven, se casaría?...
—Jamás.
—Pues bien, tío... Yo no quiero a Cecilia.
—¿Que no quieres a Cecilia?—exclamó estupefacto el caballero.
Hay que advertir que don Melchor sentía un cariño ciego, casi adoración por la prometida de su sobrino. Para él aquella criatura era sagrada. Desde que Gonzalo se fijó en ella y él lo supo, la hizo objeto de una observación pertinaz lo mismo que si estuviese reconociendo el casco de un buque antes de arbolarlo. La halló buena, callada, inteligente y hacendosa, y sintió una intensa alegría amargada tan sólo por la noticia de que los novios no se irían a vivir con él. Visitaba poco la casa de Belinchón, pero cuando tropezaba a la joven en la calle, nunca dejaba de pararla, mostrándose tan galante y expresivo como jamás le había visto nadie.
—¿Que no la quieres?—repitió.—¿Y por qué no la quieres, zopenco?
—No lo sé. Hice esfuerzos sobrehumanos por cobrarle amor, y no lo he conseguido.
—¿Y ahora te acuerdas de eso? ¿Un mes antes de casarte? Vamos, Gonzalo, a ti hay que darte una carena en la cabeza.
—Es una atrocidad... lo comprendo... pero yo no puedo resignarme a ser desgraciado toda la vida.
—¡Desgraciado! ¿Y llamas desgracia, grandísimo zarramplín, casarte con una joven tan buena y tan hermosa que no hay otra en Sarrió que le llegue a la suela de los zapatos?
Gonzalo no pudo menos de sonreir.
—Cecilia es una buena muchacha, digna de casarse con un hombre mejor que yo... pero, hermosa, tío...
—¡Hermosa, sí, hermosa, majadero!—exclamó furioso el señor de las Cuevas.—¿Serás capaz de poner tachas a un ángel?
El veterano estaba (aunque la afirmación cause asombro) en la edad en que mejor se siente la poesía de la mujer, que es la exquisita sensibilidad, la resignación, la dulzura, el sacrificio y no la efímera disposición de la forma, como juzga la impetuosa y desapoderada juventud.
—No riñamos por eso.
—Sí reñiremos... No quiero que vuelvas a hablarme de Cecilia de ese modo... ¡Vaya, vaya!
—Bien; pues confieso que Cecilia es una chica muy linda... pero...
—¿Pero qué?
—Pero yo no puedo quererla... porque ya quiero a otra.
—¡Qué mil diablos estás diciendo ahí, muchacho!—profirió don Melchor sujetando por el brazo a su sobrino y sacudiéndole.
—No puedo remediarlo, tío. Estoy enamorado hasta el cogote de su hermana Ventura.
—¿Estás en tu juicio o entre dos aguas, rapaz?
—Hablo en serio... La quiero, y ella me quiere.
—¿Y crees que con eso está dicho todo?—dijo el anciano cada vez más irritado.—¿Crees que así se puede faltar a un compromiso sagrado? ¿Crees que así se puede dejar a una joven expuesta a la burla de la población? ¿Crees que habrá padres que autoricen semejante infamia?
—Tío—respondió Gonzalo suavemente,—antes de atreverme a decirle a usted lo que acaba de oir, han ocurrido cosas que me obligaban a dar este paso. Mis relaciones con Venturita son formales. Su madre las conoce y las ha autorizado, y a estas horas también su padre debe tener noticia de ellas.
—¿Y las autorizará?
—Estoy seguro de ello.
Don Melchor dejó el brazo de su sobrino que tenía cogido, y se llevó la mano a la frente. Estuvo un rato largo sin hablar.
Al cabo dijo con palabra lenta y acento melancólico:
—Bien está... Yo nada puedo hacer para evitar esa vergüenza... ¡porque es una vergüenza!—añadió con energía.—Eres mayor de edad, y aunque no lo fueses, en estos asuntos no intenvendría jamás.
—¿Se enfada usted?
—Tampoco cabe aquí el enfadarse. Lo siento únicamente. Lo siento por ella, pues he llegado a cobrarla cariño... y lo siento aún más por ti, Gonzalo. Al hombre que falta a su palabra, no puede ayudarle Dios... Estabas ya a bordo de un barco seguro, de porte, de madera blanca bien sangrada, con los fondos forrados, los árboles recios y el aparejo limpio y sencillo, y lo dejas para embarcarte en otro más ligero y galán... Buen provecho te haga. Pero ten en cuenta, hijo, que el viaje es largo, la mar ancha y brava; lo que ahora es bonanza, en un instante se convierte en marejada de leva; el viento no siempre fresquito, y cuando arrecia, se pone pesado de veras. Entonces no valen primores en la arboladura ni pinturas en las bandas, sino madera, mucha madera. Dame quillas, y te daré millas. De poco vale salir empavesado del puerto si el casco no puede con el aparejo... Ya sabes que Cecilia me gustaba... Siento mucho no poder decirte lo mismo de su hermana... Esto no es hablar contra ella. Ni la conozco bastante, ni a mí me corresponde hacerlo; pero puedo y debo decirte mis sentimientos, aunque no hagas caso de ellos...
—¡Oh, tío!...
—Nada, nada, querido: cuando a un muchacho le cae sobre la cabeza un suestazo de éstos, es menester arriar de salto las escotas y dejarle navegar a bolina desahogada. Tú estás requemado al parecer... bueno, pues refréscate... Pero ten en cuenta que ni llevas rumbo seguro, ni obras como caballero.
—¡Tío!
—Más claro que yo, el agua, querido. Si has logrado vencer la resistencia de los padres, y si has salvado las dificultades, no lograrás por eso hacer de lo blanco negro, no convertir una mala acción en buena... Pica, pica los cables y larga vela. Yo soy viejo ya, y tengo esperanza de no verte correr los temporales que sobre ti han de caer... Pero si Dios quisiera darme ese castigo, si algún día, por mis pecados, te viese correr a palo seco y bebiendo agua por las bordas... sentiré, hijo mío, no tener fuerzas ya para tirarte un cabo.
La voz del anciano se había conmovido al pronunciar estas últimas palabras. Gonzalo sintió apretársele el corazón. Guardaron silencio obstinado un buen rato. Al cabo don Melchor dijo:
—¿Vienes a cenar, Gonzalito?
—Ahora no tengo apetito, tío; allá iré un poco más tarde.
—Bien, pues hasta ahora—pronunció tristemente el señor de las Cuevas.
Y se alejó lentamente en dirección de tierra, perdiéndose a poco entre las sombras.
Gonzalo quedó como estaba, de bruces sobre el pretil del paredón, contemplando el mar que lo batía suavemente. Las olas, después de chocar en la piedra con leve y hueco estampido, retrocedían corriendo sobre las otras, y producían rumor semejante al de una cortina que se despliega. De sus espumas brotaba la claridad fosforescente acusando la presencia de los millones de millones de seres que allí habitan, con el mismo sosiego que nosotros en la tierra, a pesar de su vertiginosa marcha por los espacios. El monstruo dormía debajo del manto obscuro de la noche, tranquilo y feliz como un niño, a quien no agitan tristes ensueños. Apenas se percibía el blando soplo de su respiración en las concavidades de las peñas. Hacia el Poniente alzábase la negra silueta del cabo de San Lorenzo que avanzaba mar adentro buen trecho, y en su extremidad un faro movible desparramaba a intervalos iguales sus luces, ora blancas, ora verdes, ora rojizas. En el firmamento brillaban las estrellas con fulgor extraordinario. Hasta los innumerables soles de la vía láctea dejaban caer como nunca su blanca luz sobre la húmeda llanura. Júpiter relampagueaba en el cielo como el dios de la noche, rompiendo la obscuridad con sus hermosos rayos anaranjados..
De pronto cambió la decoración. Allá hacia Levante el pálido semicírculo de la luna asomó su cuerno superior sobre las aguas dormidas. Una estela de luz corrió vivamente sobre ellas inflamándolas. El lucero divino recogió sus rayos con galantería, ante la luz serena de la diosa que empezó a levantarse lenta y majestuosamente, eclipsando los diamantes de todos tamaños que en torno suyo lucían. Alzábase en medio de una atmósfera radiante y espléndida, dibujando sobre ella sus graciosos contornos y esparciendo por el ambiente balsámico influjo. Y el Océano que dócil a él va y viene sin cesar desde el principio del mundo, se encendió en pura llama, tembló su vasto seno inflamado, y arrojó sus aguas a las peñas de Santa María como enormes capas de mercurio que al retirarse se sobreponían a otras y se fundían con ellas.
Reinaba silencio sublime, un recogimiento de suavidad inefable en aquella escena tan vieja y tan nueva a la vez. La Naturaleza parecía suspender su curso para escuchar la eterna armonía de los cielos.
Las olas se acariciaban blandamente sin osar interrumpir con ruidosos juegos la augusta serenidad de la noche.
Gonzalo, a pesar de la viva inquietud en que la conversación con su tío le dejara, sintió la fascinación de aquel mar, de aquel cielo, de aquella luna, y su agitación se fué transformando en tristeza. Las severas palabras del viejo marino habían despertado a latigazos su conciencia. Renació con más furia que antes la lucha entre el ángel y el demonio. Una vez estuvo aquél a punto de vencer. El joven imaginó presentarse al día siguiente en casa de Belinchón, hablar con doña Paula y rogarla que no dijese nada a Cecilia y apresurase el matrimonio. Pero al instante se le ofreció a la mente la imagen de Venturita, y pensó que le sería imposible vivir al lado de ella, sin padecer horribles tormentos. Entonces, como acaece casi siempre en estas luchas, vino el período de las transacciones.—«Nada, lo mejor—se dijo—es huir, marcharse otra vez a Francia o Inglaterra, y no casarse con una ni con otra. De este modo no hay traición. La herida que causo a Cecilia se cicatrizará pronto. Hallará un marido que valga más qué yo, y cuando vuelva al cabo de algunos años, probablemente la encontraré feliz y rodeada de hijos...»
Pero... ¡huir de Ventura! ¡Huir de aquella imagen radiante de felicidad! ¡No escuchar más su voz que causaba en el alma delicias incomprensibles! ¡No sentir el dulce contacto de su mano fresca y maciza como un botón de rosa! ¡Alejarse de sus ojos brillantes y risueños y magnéticos!... ¡Oh, no!
Sentía la frente bañada en sudor. Una mortal congoja le acometió pensando en esto, como si ya la decisión estuviese tomada, y para salir de ella tuvo que decirse:—«Ya veremos, ya veremos... Ahora es muy difícil, casi imposible, volverse atrás... La madre ya lo sabe... Don Rosendo también... y Cecilia a estas horas acaso...»
El ángel aflojó sus brazos, cansados ya, desprendió las manos y cayó al fin rendido. Si no con los del cuerpo, Gonzalo pudo ver con los ojos del espíritu su blanca imagen cruzar la atmósfera serena y hundirse en las aguas resplandecientes.
Y lloró acometido de extraña tristeza. Esta clase de luchas nunca se efectúan en el alma humana sin desgarrarla por algún sitio. Para alcanzar la dicha necesitaba pisar el corazón de una inocente joven, violar un juramento, ser un traidor. Las palabras de su tío vibraban aún en sus oídos:—«Al hombre que falta a su palabra no puede ayudarle Dios.» Y, en efecto, él se consideraba indigno de esta ayuda. Un presentimiento cruel, indefinido, de desgracia, de muerte, de tristeza, le atravesó el pecho, y en intensa y rápida visión observó la fealdad de la vida sin virtud ni sosiego, como el caballero de la leyenda que, abrazado a una dama joven y hermosa, al oscilar la luz por la fuerza del viento la veía transformada en vieja, descarnada y hedionda.
Las aguas batían suavemente el paredón a sus pies. Con los ojos clavados en ellas seguía distraído su movimiento ondulante. Las algas, sujetas al fondo, se agitaban con el vaivén de las olas semejando la cabellera de un muerto. ¡Qué bien se dormiría allí abajo! ¡Qué paz en aquel fondo transparente! ¡Qué mágica luz arriba! Gonzalo escuchó por primera vez en su vida la voz elocuente de la Naturaleza que invita a reposar en su seno maternal, esa voz dulce de irresistible atractivo que los desgraciados escuchan hasta en sueños, y que les impulsa tantas veces a acercar el frío cañón de una pistola a la sien.
Fué un instante no más. Su feliz temperamento sanguíneo se rebeló contra ese llamamiento. La vida, que hervía exuberante en su naturaleza de atleta, rechazó con indignación aquel fugaz pensamiento de muerte. Un suceso insignificante, la aparición de una lucecita verde en los confines del horizonte, bastó para divertir su imaginación de aquellas ideas tristes.—«Un barco que quiere entrar—se dijo.—¿Qué hora será? (Sacó el reloj.) ¡Las diez y media ya! Si fuese un poco más temprano, me quedaría. Vamos a ver si aún está esa gente en el café y quiere jugar unos chapós.»
Sacó un magnífico cigarro habano de la petaca, lo encendió, y chupándolo voluptuosamente, se fué acercando, poco a poco, al café de la Marina.
Casi a la misma hora pasaba en casa de Belinchón una escena triste. Todo aquel día, había estado doña Paula en su lecho, quejándose de una fuerte opresión en el lado izquierdo, que le dificultaba mucho el respirar. No le gustaba llamar al médico, por esa antipatía invencible y aun terror que tiene la plebe a la ciencia. En cambio acostumbraba a propinarse cuantos remedios absurdos le aconsejaban las muchas mujerucas que acudían diariamente a su casa para sacarle los cuartos con viles e hiperbólicas adulaciones. Así, que no cesaron las fricciones de sebo de carnero, las tazas de hortelana, la enjundia de gallina, etc., etc. Por fin, a despecho de esta formidable terapéutica, la buena señora mejoró bastante al obscurecer: hasta quiso levantarse; pero se lo impidieron Cecilia y Pablito. Uno y otra la habían acompañado largos ratos sentados a la cabecera de la cama. En particular Cecilia apenas se separó más instantes que los necesarios para preparar las unturas y tisanas. Pablito hacía frecuentes, excursiones a los corredores, donde, por rara casualidad, tropezaba casi siempre a Nieves y la hacía pagar derechos de peaje. A veces, sus carcajadas reprimidas llegaban hasta el cuarto de la enferma, y ésta sonreía con benevolencia diciendo a Cecilia:
—¡Qué locos!
Sin ocurrírsele, por supuesto, que su adorado hijo pudiera hacer otra cosa que jugar al escondite.
Según iba quedando libre y desembarazado su pecho, cargábasele la cabeza con el cuidado de comunicar a su hija aquella tan triste noticia que la había puesto en cama. No hacía más que dirigirle largas y melancólicas miradas, suspirando al mismo tiempo con señales de dolor. Varias veces había dicho:
—Cecilia, oye.
Y otras tantas, arrepentida, la había ordenado cualquier menudencia.
Había cerrado la noche. Venturita encendió la lámpara veladora, y después se fué. Pablo, viendo a su madre mejor, y no teniendo ya ocasión de ejercer sus derechos señoriales en los pasillos de la casa, fué a dar una vuelta por el café. Quedaron madre e hija en la alcoba; la primera en la cama, tranquila ya; la segunda, sentada cerca de ella. Después de rato largo de silencio, durante el cual la señora de Belinchón dió mil vueltas en su cabeza para hallar una entrada que la llevase naturalmente a la confidencia que estaba obligada a hacer.
—¿Han cosido hoy mucho las chicas?—preguntó.
—No sé... Apenas he ido por allá—respondió Cecilia.
—Me figuro que, si seguimos trabajando tanto, vamos a concluir demasiado pronto.
—Puede ser.
Doña Paula no supo cómo proseguir, y guardó silencio.
Al cabo de algunos minutos cogió el hilo de nuevo.
—En todo este mes de agosto quedará terminado el equipo... Y yo creo que tardaréis aún algunos meses en casaros.
—¿Algunos meses?...
—Me parece... Creo que Gonzalo no desea que la ceremonia sea tan pronto—dijo la señora con voz temblorosa.
—¿Te lo ha dicho él?
—Sí; me lo ha dicho... Digo, no, decírmelo, no... pero lo he adivinado por ciertas cosas... por algunas palabras indirectas....
Doña Paula estaba aturdida y sofocada. Afortunadamente, Cecilia no podía observar bien el color encendido de sus mejillas.
—Desearía saber qué palabras fueron ésas—manifestó la joven con firmeza.
—¡No me lo preguntes, hija de mi alma!—exclamó la señora rompiendo a sollozar.
Cecilia se puso fuertemente pálida, y dejó que su madre le besase con efusión la mano que tenía entre las suyas.
Repuesta del susto, preguntó:
—¿Qué ha pasado, mamá?... Habla.
—Una cosa horrible, alma mía... ¡Una infamia!... Quisiera morirme en este momento, para no ver la ruindad, la maldad que se hace con una hija mía.
—Tranquilízate, mamá. Estás enferma, y puede hacerte mucho daño esta emoción.
—¡Qué importa! Te digo que quisiera morirme... Daría con gusto la vida por que no quisieras a Gonzalo... ¿Le quieres, corazón mío, le quieres mucho?
Cecilia no contestó.
—¡Dime, por Dios, que no le quieres!
Cecilia siguió callada. Al cabo de algunos instantes dijo, esforzándose en vano por dar una inflexión segura a la voz:
—Gonzalo renuncia a casarse conmigo, ¿verdad?
A su vez doña Paula guardó silencio y ocultó su rostro lloroso entre las manos.
Transcurrieron algunos instantes.
—¿Tiene alguna queja de mí?
—¡Qué ha de tener! ¿Quién podrá tener queja de ti, mi cordera?
—Entonces, si es que ya no le gusto o no me quiere, ¿qué vamos a hacer?... Más vale que me desengañe a tiempo.
—¡Oh!—gritó doña Paula rompiendo de nuevo a sollozar. Bajo la aparente resignación de su hija adivinaba un dolor profundo, que hacía esfuerzos por ocultarse.
—¡Qué le vamos a hacer, mamá! ¿No vale más que me lo diga ahora que después de casados? ¿No comprendes la vida de tormentos que pasaría unido a una mujer a quien no quisiera?... La pena que puede causarme en este momento, por grande que sea, no puede compararse a la que tendría al saber que mi marido no me amaba. La pena entonces sería cada vez mayor hasta la muerte, mientras que ahora puede desaparecer o por lo menos calmarse... Acaso después que él se vaya, no viéndole en mucho tiempo le iré olvidando poco a poco...
—Es... que no se va—profirió confusamente la señora.
—Si no se va, paciencia... Procuraré no salir de casa, y así no le veré.
—Es que... ¡hija de mi alma, tu desgracia es aún mucho mayor!... Gonzalo está enamorado de tu hermana.
Cecilia se puso aún más pálida, hasta dar en lívida, y guardó silencio.
Su madre le volvió a besar la mano con efusión. Después la trajo hacia sí y le cubrió de besos el rostro.
—Perdóname que te esté martirizando de este modo... Por mucho que tú sufras, aun sufro yo más... Ayer por la tarde, tu hermana me lo vino a decir,.. Figúrate el susto y el dolor que habré recibido... Mi primer impulso fué ahogarla, porque es imposible que ella no tenga la mayor parte de la culpa... Me dió pruebas de que estaban ya hace tiempo en relaciones, me enseñó cartas... Luego, la falta de Gonzalo en estos días, lo hacía todo creíble. En cuanto estuve convencida de la traición, le dije lo que venía al caso, esto es, que yo no podía consentir que nadie hiciese burla de una hija mía, y que Gonzalo no pondría más los pies en esta casa en toda su vida; que tan villano y tan infame era él como ella... Todo lo que se me vino a la boca. Pero esta mañana... esta mañana supe una cosa más horrible todavía... Supe que tu hermana ha llegado donde no puedo ni quiero decirte. No hay más remedio que casarlos, y cuanto más pronto... Ya sabes por qué me ha dado esta opresión que por poco me mata, ¡y más valiera que así fuese!... Lo mismo tu padre que yo estamos cogidos, tenemos los brazos atados. Si no fuese así, antes que consentir en ese matrimonio, me harían primero pedazos... La infamia que contigo ha usado ese hombre, me lo hace aborrecible ya para toda la vida... ¡Sí, sí, para toda la vida!—añadió con acento iracundo.
Cecilia no respondió. Cruzadas las manos sobre el regazo, y la cabeza inclinada sobre el pecho, miraba al suelo con ojos atónitos. Ni el discurso entrecortado y vehemente de su madre, ni los sollozos que le siguieron, lograron hacerla variar de actitud. Así permaneció un buen rato, inmóvil y blanca como una estatua.
En aquellos grandes ojos extáticos, tembló al fin una lágrima, creció, vaciló... desprendióse rodando, dejando húmedo surco sobre sus mejillas marchitas, y cayó como una gota de fuego sobre su mano, que se dejó quemar sin moverse. Poco después, se había evaporado. Un ángel la recogió y la llevó a Dios para que pidiese cuenta de ella a quien correspondiese.