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El cuarto poder

Chapter 13: XI
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About This Book

La narración recrea la vida de una villa costera a través de su vetusto teatro y de los pequeños salones sociales donde se juegan honores y rencillas; sigue a una familia acomodada y a jóvenes enamorados cuyas aspiraciones domésticas se entrelazan con chismes y ambiciones locales. La aparición de un periódico comunitario provoca debates, rupturas y alianzas, desatando intrigas, traiciones y escaramuzas intelectuales. Entre bodas, confidencias y la intervención de forasteros influyentes, las decisiones privadas acaban por alterar las relaciones públicas y conducir a desenlaces tristes que transforman el orden social del pueblo.

XI

Que Gonzalo se casó.—Graves revueltas entre los socios del Saloncillo

Los altos y graves negocios que embargaban a don Rosendo, no consintieron que dedicase al desagradable suceso que en el mismo tiempo turbaba la quietud de su casa, aquella atención preferente que en otra sazón le hubiese dedicado. Sin embargo, al tener noticia de la traición de Gonzalo y del extravío de su hija menor, sintióse fuertemente alterado. Tuvo con su esposa largas y vivas pláticas acerca del asunto. Prueba irrecusable de que los grandes hombres, aunque solicitados por tantos y tan elevados pensamientos, no desdeñan por eso las cosas que tocan a la vida íntima, como vulgarmente se asegura. Su primer impulso fué despedir a Gonzalo y encerrar a su hija en un convento. Las súplicas de doña Paula y la reflexión, que ejercía sobre su claro espíritu imperio absoluto, le hicieron volver sobre tal acuerdo. Al cabo de algunos días de dudas (pocos, porque otros cuidados le reclamaban), vino en permitir que se casasen los descarriados jóvenes, no sin celebrar antes una conferencia con Cecilia y escuchar de sus labios que perdonaba, de buena voluntad a su hermana, y deseaba que cuanto más pronto se celebrase el matrimonio.

Obtenido el consentimiento, una tarde se presentó Gonzalo en casa de Belinchón. Hacía quince días que no había estado en ella. Sentía el corazón singularmente agitado, aunque sus deseos tan cumplida y brevemente hubieran sido satisfechos. Temía la primera entrevista, y no le faltaba razón. Doña Paula le recibió con marcada frialdad, y hasta en los criados halló una sombra de hostilidad que le hirió. Por otra parte, la idea de encontrarse con Cecilia le hacía temblar. Mas cuando se presentó Venturita en la sala, todos los temores y tristezas se desvanecieron. Su charla animada, el suave centelleo de sus ojos, aquellos ademanes graciosos y desenvueltos iluminaron su alma repentinamente y tocaron en ella a gloria. Olvidado de todo y enajenado por el timbre adorable de su voz se hallaba, cuando entró en la sala Cecilia. La vista de su víctima le produjo una extraña y violenta impresión. Levantóse del asiento automáticamente. Su fisonomía cambió de color. Cecilia se acercó a él con paso firme y le alargó la mano con la misma plácida sonrisa de siempre.

—¿Cómo te va, Gonzalo?

Parecía que le había visto el día anterior, y que nada de particular había sucedido. Sólo su tez estaba un poco más pálida.

Tal confusión se apoderó del joven, que no pudo contestar a esta sencilla pregunta sin balbucir. La mirada clara y tranquila de Cecilia le hizo el mismo efecto que una corriente eléctrica. Volvióse a doña Paula, y el rostro de ésta se hallaba fuertemente fruncido con expresión severa y dolorosa. Venturita miraba hacia los balcones con afectada indiferencia. Al fin se sentó todo convulso. Cecilia, que venía a pedir a su madre las llaves de los armarios, salió de la estancia dirigiéndole una tranquila sonrisa de despedida.

Comenzaron los preparativos de matrimonio. Doña Paula tuvo la delicadeza, rara en una mujer nacida en el pueblo, de no consentir que pieza alguna de ropa destinada a Cecilia sirviese para su hermana. Hízose, pues, un nuevo equipo apresuradamente. Cecilia trabajó en él, con sorpresa profunda de las costureras. Unas lo achacaban a bondad, otras a indiferencia. Lo cierto es que su fisonomía, aunque un poco marchita, expresaba la misma serena alegría de siempre. Sus manos se movían formando las iniciales de su hermana con la misma ligereza que cuando bordaba las suyas. Pero las tijeras al cortar, chis, chis, y las agujas al coser, cruj, cruj, no le decían ya aquellas cosas tan lindas que la hacían temblar de gozo, sino otras muy horribles, ¡ay! muy horribles. Quedaban sepultadas en su corazón. El mejor lector no leería en sus ojos grandes, hermosos y suaves más que el capítulo risueño de siempre.

—¿No te lo decía yo, mujer?—murmuraba Teresa al oído de Valentina mirando a nuestra joven.—Si la señorita Cecilia no puede querer a nadie.

Gonzalo huía de entrar en la sala de costura. Cuando alguna vez lo hacía, se mostraba tan alterado y confuso, que las bordadoras se guiñaban el ojo sonriendo. Al verle de aquel modo y a Cecilia tan sosegada e indiferente, cualquiera trocara los papeles que ambos habían hecho en aquel triste episodio de amor.

Las lenguas, en tanto, allá afuera, en las calles, en las tiendas, en las casas y en los paseos, no se daban punto de parada. El acontecimiento había causado profunda sensación en la villa. Mientras se preparaba el matrimonio con Cecilia, la opinión general era que Gonzalo daba pruebas de tener un gusto deplorable. Se despellejaba a la pobre muchacha, y se la ponía poco menos que como un monstruo de fealdad. Todos se maravillaban de que no hubiese elegido a su hermana, tan linda, tan graciosa. En cuanto aprendieron el cambio, las opiniones viraron asimismo repentinamente. ¡Qué escándalo! ¡Qué acción tan villana! ¡Qué padres los que consienten tal ultraje! ¿Dónde está la vergüenza de los hombres? ¡Pobre niña, tan buena, tan esbelta, con unos ojos tan hermosos!—Yo la encuentro más bonita que su hermana.—Yo lo mismo...

No dejemos escapar la ocasión de decir que esta constante censura, este eterno descontento de los hombres respecto de las acciones de sus semejantes, que tanto nos desespera, no supone tanta ruindad de intención, maldad o envidia en ellos como nos complacemos en creer siempre que somos objeto de crítica. No es otra cosa que un testimonio claro de la imperfección de nuestra existencia planetaria y del amor al ideal que todo hombre lleva dentro de sí sin verlo jamás realizado. Después de habernos así mostrado filósofos y optimistas, prosigamos nuestra narración.

Llegó el día del matrimonio. Efectuóse de madrugada dentro de la misma casa de Belinchón, con asistencia de algunos parientes y amigos. Después de tomar chocolate, partieron los novios para Tejada.

Era ésta un posesión situada a una legua próximamente de la villa, donde el genio de don Rosendo, secundado por el dinero, había tenido ocasión de desenvolverse libremente y dar prodigiosos frutos. Cuando la comprara, hacía más de veinte años, constituíanla unos cuantos prados y un bosque donde pastaban las vacas y cantaban los malvises, jilgueros y mirlos. Don Rosendo principió por desterrar esta colonia indígena y substituirla por otra extranjera. El ganado del país fué proscripto trayendo en su lugar otro de Suiza. Con igual severidad fueron arrojados, a tiros, de los árboles, los pajaritos antiguos, para colgar un sinnúmero de jaulas con aves raras y exóticas, que graznaban miserablemente todo el año a la salida del sol. El espíritu emprendedor y reformista de don Rosendo, no se detuvo tampoco en el reino animal. Con la misma audacia pasó al vegetal, e hizo cambiar por entero la faz de aquellos campos. Poco a poco, a impulsos del hacha y de la sierra, fueron desapareciendo los copudos y grandes castaños de hojas anchas y frescas con sus torsos retorcidos de piel rugosa, los gigantescos robles que habían renovado sus hojas picadas más de trescientas veces, los nogales que parecen enormes plantas de albahaca, los jugosos pomares, cuyas ramas se doblan hasta dejar delicadamente el fruto en el suelo, y otros árboles de arraigo y respetabilidad en el país. En su lugar se plantaron washingtonias, wellingtonias, araucarias excelsas y otros muchos árboles de casta extranjera, perteneciendo en su mayor parte a la familia de las coníferas. Esto hacía que la posesión, en concepto del vulgo, guardase cierto parecido con un cementerio. Respondía don Rosendo a tal observación, que las coníferas tenían la ventaja de conservar la hoja por el invierno. Replicaba el vulgo que de este modo parecía un cementerio por el invierno y por el verano. Don Rosendo no se dignaba contestar a esta sandez, y tenía razón.

Como lo que mucho vale mucho cuesta, aquellos extranjeros de ambos reinos, se llevaban una buena parte de la renta de Belinchón. Los pajaritos del país se buscaban el alimento y aliñaban sus plumas sin necesidad de ayuda de cámara. Los de fuera, encerrados en jaulas y enormes pajareras construídas al efecto, exigían algunos servidores para procurarles la adecuada alimentación y hacerles la limpieza. Después, la nostalgia causaba en ellos grandes claros, que se llenaban encargando a París y Londres nuevas y costosas remesas. Lo mismo pasaba con los vegetales. Para que uno se lograse a fuerza de cuidados y desvelos, perecían treinta o cuarenta. La vigilancia constante de los jardineros no bastaba a impedir esta considerable mortandad.

La casa, tampoco era de estilo nacional, ni siquiera europeo. Estaba construída según los preceptos de la arquitectura chinesca, llena de torrecillas festonadas por todos lados. Qué conexión tenían estas diminutas torres de ladrillo con la famosa de Babel, donde los idiomas se confundieron, nosotros no lo sabemos; pero debemos manifestar que a esta fábrica así guarnecida, la llamaban en el país la Babilonia de don Rosendo. Estaba suntuosamente amueblada. No faltaba dentro de ella ninguna de las comodidades y refinamientos que la moderna civilización proporciona a los ricos. Tenía una famosa habitación decorada al estilo persa, cuarto de baño, un espacioso comedor medianamente pintado y algunos lindos gabinetes pequeños y tibios, donde la luz entraba cernida por cristales de colores.

A este nido vinieron a parar Gonzalo y Ventura dos horas después de hallarse unidos para siempre. En el camino se habían hablado con desembarazo de cosas indiferentes. El joven había aplicado algunos besos en las mejillas de la niña, lo mismo que cuando novios. Mas al llegar a la babilonia, y encontrarse solos en la cámara persa, sintióse extrañamente confuso y acortado. Buscaba asuntos de conversación, y en todos se perdía. Venturita apenas le contestaba mirándole de reojo, con una expresión entre burlona y apasionada.

—Mira, ¡calla, calla! Estás diciendo muchas tonterías... Calla, y dame un beso—concluyó por decirle riendo, y tapándole la boca con su primorosa mano.

Gonzalo se puso colorado, y la abrazó con frenesí.

Su embriaguez en los primeros días rayó en locura. Venturita era, por su belleza singular, por la expresión lánguida y voluptuosa de sus ojos, por la tendencia invencible al descanso, una verdadera odalisca. Pero no como éstas solamente un animal hermoso, sino animada por ingenio chispeante, que desbordaba a cada momento en graciosos equívocos y felices ocurrencias. Gonzalo se desternillaba de risa, sin comprender que es peligroso que los maridos rían demasiado los chistes de sus mujeres.

La vida que hacían era harto sedentaria. A Ventura no le gustaba salir de casa. El sol le producía dolor de cabeza; el fresco de la tarde le irritaba la garganta. Cuidaba del aliño de su persona, y variaba de trajes lo mismo que si se hallase en Madrid. En su tocador pasaba una gran parte del día. Esto no disgustaba a Gonzalo. Al contrario, cuando la veía salir tan linda y gallarda, exhalando, como las flores tropicales, un perfume penetrante, sentíase poseído de entusiasmo. Un estremecimiento voluptuoso agitaba todo su ser, pensando que aquella obra exquisita de la Naturaleza era suya, enteramente suya.

Sin embargo, no lo era tanto como él se figuraba. Algunas veces la joven esposa, medio en serio, medio en broma, se encerraba en su cuarto. Allí pasaba tres o cuatro horas sin consentir que entrase, a pesar de los ruegos cariñosos que le dirigía por el agujero de la llave.

—Te privo de mi vista por algún tiempo—decía después riendo,—para que desees más el tenerme junto a ti.

Y, en efecto, por medio de estas coqueterías, el apetito del joven crecía extremadamente, y se convertía en delirio.

A las horas que bien le placía a la hermosa, salían a pasear por los jardines, sin alejarse mucho. Al llegar a algún sitio umbrío y fresco, de los pocos que la mano reformista de don Rosendo había dejado, la niña quería sentarse; pero no sobre la hierba ni sobre un banco rústico. Era menester que Gonzalo corriese a casa y trajese una butaca.

—Ahora, siéntate aquí a mis pies.

El mancebo se postraba y besaba con entusiasmo las manos que la gentil esposa le tendía.

—¡Sansón y Dalila!—exclamaba ella riendo y hundiendo sus manos como copos de nieve en la rubia y rizada barba de su marido.

—Tienes razón—respondía él dando un suspiro.—Un Sansón sin cabellos.

—¡Qué no tienes cabellos!... ¿Y esto qué es?—replicaba levantando su pelo, y poniéndolo erizado como una escoba.

—Hablo de mis fuerzas.

—¿No tienes fuerzas, eh? A ver: saque usted esos brazos.

El, riendo, se despojaba de la americana, y remangándose la camisa mostraba sus brazos enormes de gladiador, donde la musculatura tomaba brioso relieve como un espeso tejido de cuerdas.

—¡Qué barbaridad!—exclamaba la niña cogiendo uno con ambas manos, sin lograr ni con mucho abarcarlo. Y poseída de repentino entusiasmo y admiración, añadía:

—¡Qué fuerte, qué hermoso eres, Gonzalo! Déjame morderte esos brazos.

Y se inclinaba para hincar sus dientes menudísimos en ellos. Pero el mancebo tendía sus férreos músculos, y los dientes resbalaban por la piel sin penetrarla.

Entonces ella se enfadaba, insistía, quería a todo trance coger carne. Al cabo, él aflojaba los músculos diciendo:

—Te dejo morder; pero a condición de que me hagas sangre.

—No, eso no—respondía ella, expresando en la sonrisa anhelante el deseo de hacerlo.

—Sí, quiero que me hagas sangre; si no, no te dejo.

La niña empezaba apretando poco a poco la carne de su marido.

—¡Más!—decía éste.

Y apretaba más.

—¡Más!—volvía a decir.

Seguía apretando mientras en sus ojos chispeaba una sonrisa maliciosa.

—¡Más! ¡más!

—Basta—decía ella levantándose.—¿Lo ves? ¡ya te hice sangre! ¡Qué atrocidad, ni que fuese un perro!

E inclinándose de nuevo, chupaba con afán voluptuoso la gotita de sangre que saltaba en el brazo. Ambos sonreían con pasión reprimida. Después miraban al pequeño círculo cárdeno que los dientes de la niña habían dejado impreso.

—¿Lo ves?—volvía a decir ella avergonzada.—¡Vaya unos caprichos extraños los que tienes!

—Gracias. Quisiera que esta marca quedase, ahí eternamente. Pero no; ¡bien pronto se borrará, por desgracia!

—Puedo renovarla a diario—replicó maliciosamente.

—Me alegraría mucho.

—Vamos, tú quieres convertir a tu mujer en perrita. Dilo francamente.

Y abrazándole repentinamente, y besándole con frenesí en los ojos, en las mejillas, en la boca, en la barba, le repetía sin cesar:

—¡Dilo francamente! ¡Dilo francamente, pedazo de oso!... Esta boca es mía, y la beso. Esta barba es mía, y también la beso. Este cuello es mío, y lo beso. Estos brazos son míos, ¡míos! y los beso.

—Tómame todo: mi vida es tuya—decía él ebrio de dicha.

—Te quiero, te quiero, Gonzalo, por lo hermoso, por lo fuerte... A ver, déjame poner una mano sobre la tuya... Qué disparate, ¡parece una hormiga!

—Una hormiga blanca—replicaba él ahogando aquella diminuta mano entre las suyas grandes y fibrosas.

—Te quiero, te quiero, Gonzalo. Tómame en brazos. ¿Serás capaz de pasear conmigo así?

—¡Oh! ¿no he de ser?

La levantó como una pluma, y poniéndola sobre un brazo como a los niños, comenzó a dar brincos por el jardín.

—¡No tanto! Llévame suavemente. Vamos de paseo.

La paseó sin fatigarse por todo el parque. Y desde aquel día aquella forma de paseo le agradó tanto a la niña, que en cuanto salían de casa se colgaba al cuello de su marido para que la subiese. Los criados al verlos movían la cabeza sonriendo.

Pero muy pronto descubrió otro medio de pasarlo aún mejor. Había cerca de casa un columpio que el tiempo, más que el uso, había deteriorado. Hizo que se arreglase, y en cuanto lo tuvo presto se pasaba las horas mecida por Gonzalo.

—Si vieras cómo gozo. Da un poco más fuerte.

Y al empuje vigoroso del joven, el columpio volaba, y la niña cerraba los ojos dilatando la nariz con un sentimiento de intenso placer.

Gonzalo gozaba en verla así arrobada.

Transcurrieron veinte días de esta suerte. Durante ellos recibieron dos visitas de Pablito y Piscis, una vez en tílburi y otra a caballo. En esta última su principal objeto era dar picadero a una jaca que Pablo había cambiado por otra más vieja. Y ¡cosa extraña! a pesar del enajenamiento amoroso en que nuestro mancebo se hallaba, recibió la visita de los équites con inexplicable alegría, les ayudó afanosamente en su tarea. Al marcharse sintió una impresión de vacío en su vida. Porque era ésta tan reposada y pacífica, que su sangre y sus músculos padecían. Un día le habló a su esposa de ir de caza, pues era famoso e incansable cazador. Venturita no se opuso, con tal que la llevase consigo. Así se convino. Salieron una mañana en busca de un bando de perdices, de cuya existencia sabía Gonzalo desde el día en que había llegado a Tejada. Pero antes de alejarse dos kilómetros de la casa, Venturita se manifestó enteramente rendida. Le era imposible dar un paso más. Se vió precisado a traerla en brazos y a renunciar a su favorito recreo.

Doña Paula, que había mirado con hostilidad aquel matrimonio, no habló de ir a ver a los novios hasta después de pasados muchos días. Quiso que Pablito la acompañase, porque temía que a Cecilia le causase algún dolor el hacerlo; mas, enterada ésta, expresó su decisión de ir también a Tejada. Y una tarde madre e hija emprendieron en carretela descubierta el camino que llevaba a la posesión. Pero al acercarse a ella y columbrar las famosas torrecillas de ladrillo, Cecilia comenzó a empalidecer, sintió el pecho oprimido y la vista turbada. Doña Paula, que advirtió su indisposición, ordenó al cochero dar la vuelta.

—¡Pobre hija!—la dijo besándola.—¿Ves cómo no puedes venir?

—Ya podré, mamá, ya podré—respondió tapándose los ojos con una mano.

Al día siguiente, fué doña Paula acompañada de Pablo. Halló a los esposos muy propicios a dejar aquel nido escondido y trasladarse a la villa; como se efectuó en la misma semana.

Cecilia salió a recibirlos a la puerta de la calle y abrazó y besó a su hermana con efusión. A Gonzalo, le tendió la mano, que por un esfuerzo soberano de la voluntad, no tembló. El joven la estrechó con fraternal afecto, creyéndose perdonado.

Los novios ocuparon las habitaciones que doña Paula había destinado a su hija primogénita. La vida comenzó a deslizarse serena en apariencia. Gonzalo advertía, no obstante, con pesar, que no les envolvía esa atmósfera tibia y afectuosa que hace tan grato el hogar doméstico. Desde don Rosendo hasta el último criado, se mostraban con ellos atentos, deferentes, no cariñosos. Ventura no lo advertía, y si lo advertía le importaba poco.

Volvamos ahora la vista a los asuntos más interesantes de la vida pública de Sarrió.

Ganada aquella noble victoria de los clérigos, las cosas del Faro de Sarrió, procedían bien y prósperamente. El brioso y denodado ayudante de marina, pudo continuar su campaña civilizadora sin peligro de nuevas celadas. Sinforoso no se retiraba, sin embargo, a su casa sin ir acompañado de él o de otro amigo, perfectamente armados ambos.

Pero Gabino Maza, el eterno disidente, supo aprovechar maliciosamente aquella ruptura con la Iglesia, para sobresaltar las conciencias de algunos vecinos. No que él fuese católico ferviente, ni le diese una higa por que se pusiera a los curas como hoja de perejil. Al contrario, toda la vida había profesado ideas bastante heterodoxas y había maldecido de los beatos. Mas ahora se mostraba escandalizado: «Al fin y al cabo, habíamos sido educados en el respeto de la religión, la cual es el único freno para el pueblo. No se pueden ofender tan descaradamente las sagradas creencias de nuestras esposas, etc., etc.» Algunos con estas pérfidas insinuaciones, dejaron la suscripción del periódico.

Los redactores y su director, que adivinaban de dónde venía el golpe, estaban grandemente indignados. Gabino Maza, secundado por el no menos díscolo Delaunay, no cejaba en su campaña de murmuración. Mientras alguno de los del Faro estaba delante, nada; pero en cuanto se iba, esgrimían las lenguas con singular encarnizamiento. Unas veces hablando en serio, otras apelando a la burla, se trituraba a todos los que intervenían en el periódico, y muy particularmente, como es lógico, al que mejor y más altamente lo personificaba, el eximio don Rosendo. Decían ¡oh, mengua! que sólo el afán «de verse en letras de molde» había impulsado a aquellos beneméritos ciudadanos a encender la antorcha del progreso en Sarrió; que don Rufo, el médico, era un farsante; Sinforoso, un pobrete a quien arrojaban un mendrugo; Alvaro Peña (aquí bajaban la voz y miraban a todos lados), un botarate sin pizca de juicio; don Feliciano Gómez, un pobre diablo a quien más importaba ocuparse en sus negocios no muy florecientes; don Rudesindo, un gran cazurro, que trataba de alquilar su almacén y anunciar su sidra. En cuanto al fundador y promovedor de aquella empresa, don Rosendo, decían que toda la vida había sido un badulaque, un necio que se creía escritor, sin entender de otra cosa que del alza y baja del bacalao...

Sólo el deber imperioso de aparecer como cronistas fieles e imparciales, nos obliga a dar cuenta de tales habladurías. Bien sabe Dios que ha sido con harto trabajo y disgusto. Porque la misma pluma se estremece en nuestras manos y se niega a estampar semejantes abominaciones.

De don Pedro Miranda, absteníanse de murmurar los murmuradores, no por otra razón sino por tenerle solicitado para que dejase la participación en el periódico, a lo cual le veían inclinarse desde la refriega de los clérigos; pues era don Pedro cristiano viejo y muy grande amigo del capellán de las Agustinas. Con sus malévolos discursos, habían logrado desatar contra el periódico a algunas damas influyentes de la villa, entre ellas doña Brígida. Con esto tuvieron por suyo dentro del Saloncillo al sandio y degradado Marín. También atrajeron a su bando, poco después, al borracho del alcalde. Por una parte el espíritu de compañerismo con los tertulios de la tienda de la Morana, y por otra la molestia que sentía con las constantes excitaciones de la prensa, a las que no estaba acostumbrado, le hicieron renegar pronto de aquel gran adelanto. Lo que acabó de ponerle mal con El Faro y sus redactores, fué cierta gacetilla en que se censuraba al ayuntamiento y al alcalde con alguna dureza, por el lamentable abandono en que tenían los servicios de policía urbana, y lo poco que trabajaban por hacer agradable la temporada de verano «a los distinguidos escrofulosos que acudían a la playa de Sarrió en busca de salud».

Aunque aparentemente se trataban como amigos, existía, pues, entre los socios principales del Saloncillo sorda y disimulada enemiga. Iba ésta aumentando de día en día merced a los correveidiles que, en ocasiones análogas, no cesan de sembrar envidias y rencores. Temíanse ya las disputas y se rehuían, porque los desaforados gritos y los baldones que antes se lanzaban sin resultado alguno, gracias a la cordial avenencia que existía entre todos, eran, al presente, de mucho peligro. Reinaba, por tanto, en aquel recinto, más silencio, más cortesía, pero muchísima menos franqueza y cordialidad.

Aquella tirantez no podía durar mucho tiempo. Entre personas que todos los días se ven y se hablan, y no se quieren bien, es imposible que en breve plazo no deje de estallar la discordia. La ocasión fué ésta. Llegó al Saloncillo (¡noramala fué!), sin saber quién lo trajera, un ejemplar de cierta Ilustración catalana, donde, entre otros grabados, se veía uno representando las orillas de un río americano, y en ellas solazándose hasta una docena de cocodrilos de diversos tamaños. Tenía el ejemplar en la mano Maza, cuando acercándose don Rufo por detrás, exclamó en tono jocoso:

—¡Vaya unos cocodrilos escuálidos!

—No son cocodrilos—manifestó Maza en tono seco y desdeñoso, sin levantar la cabeza.

—¿Y por qué no han de ser?—preguntó el médico herido por aquel tono.

—Porque no.

—¡Valiente razón!

—Si no te convence, estudia, que yo no estoy aquí para hacer obras de misericordia.

—¡Uf! ¡El sabio de la Grecia! ¡Apartarse a un lado, señores!

—No soy un sabio, pero no digo que estos animales son cocodrilos, cuando en el río Marañón no se crían cocodrilos.

—¿Qué son entonces?

—Caimanes.

—¡Llámalo hache! Caimanes y cocodrilos vienen a ser lo mismo.

—¡Otra barbaridad! ¿Dónde has aprendido eso?

—Hombre, es de clavo pasado. El caimán y el cocodrilo no se diferencian más que en el nombre. Aquí está don Lorenzo que ha viajado, y puede decir si no es verdad.

—El caimán es algo más pequeño—expresó don Lorenzo con sonrisa conciliadora.

—El tamaño es de poca importancia. La cuestión es saber si tiene o no la misma figura.

Don Lorenzo se inclinó en señal de asentimiento. Maza saltó, hecho una furia:

—Pero, señores. ¡Pero, señores! ¿Estamos entre personas ilustradas o entre aldeanos? ¿De dónde sacan ustedes que caimán es lo mismo que cocodrilo? El cocodrilo es un animal del Mundo Viejo y el caimán es del Nuevo Mundo.

—Dispénseme usted, amigo Maza; yo he visto cocodrilos en Filipinas—manifestó don Rudesindo.

—¿Y qué quiere usted decir con eso?

—Como usted decía que los cocodrilos no se crían en el Nuevo Mundo...

—¡Otra que tal! ¿Las Filipinas son del Nuevo Mundo? Señores, ¡señores! hay que abrir los paraguas. Hoy llueven aquí burradas.

—Pues qué, ¿Filipinas querrá usted decirme que no es Ultramar?—preguntó don Rudesindo con la faz descompuesta.

—¡Nada, nada, siga el chaparrón!

—La diferencia principal, señores, que existe entre el cocodrilo y el caimán—dijo a esta sazón con autoridad don Lorenzo—es que el cocodrilo tiene tres carreras de dientes y el caimán sólo tiene dos.

—¡No es eso, hombre, no es eso! Los cocodrilos tienen las mismas carreras de dientes que los caimanes.

Don Lorenzo sostuvo con brío su aserto. Le ayudó en la defensa don Rudesindo. Maza le atacó con no menos fuego, apoyado por Delaunay. Pronto entraron en liza otros cuantos socios generalizándose el combate, que fué haciéndose cada vez más vivo. Las voces eran horrendas. Si hubieran poseído tres carreras de dientes como los cocodrilos, o aunque fuesen dos, no dudo que se devorarían, dada la rabia y el coraje con que se enseñaban la única con que la Naturaleza les había dotado. Maza estuvo tan procaz, tan insolente, que al fin don Rudesindo, sin ser dueño de sí, le descargó un paraguazo en la cabeza. Siguióse a éste una granizada de ellos entre los contendientes, con un pavoroso estruendo de ballenas y varillas de alambre que daba escalofríos al varón más arriscado. Muchos, que no se habían acordado siquiera de emitir su opinión sobre la dentadura de los reptiles citados, recibieron su parte alícuota de paraguazos, lo mismo que los que más habían esclarecido la cuestión con sus discursos. Subieron del café el amo con algunas otras personas; suspendieron los indianos del billar su juego; terció don Melchor de las Cuevas, de quien así en guerra como en paz se hacía mucho caso. Al cabo se logró apaciguar el alboroto ya que no concertar las voluntades, hacía algunos meses resfriadas.

El resultado fué que desde aquel día Gabino Maza, Delaunay, don Roque, Marín y otros tres o cuatro socios más, se retiraron del Saloncillo. Don Pedro Miranda siguió asistiendo con largos intervalos de ausencia. Esto hacía presumir a los tertulios restantes y a los redactores del Faro que no podía contarse con él, y que no tardaría mucho en caer del lado contrario. Como sucedió en efecto. Los disidentes empezaron a reunirse en el café de Londres situado en la calle de Caborana. Pero no muchos meses después corrió por la villa la noticia de que alquilaban un almacén en la calle de San Florencio para establecer sus reuniones. Y así fué. Lo entarimaron, lo alfombraron, después pintaron sus paredes y su techo, amuebláronlo con algunas sillas y butacas, pusieron mesas de tresillo y comenzaron a asistir tarde y noche a aquel sitio tan asiduamente como antes al Saloncillo. Por ser bajo de techo y tener embutida en la pared una litera que sirvió para dormir la siesta Marín, empezó a llamarse a aquel sitio en la población el Camarote, y este nombre le quedó. Los del Faro, que habían desdeñado a los desertores mientras no tenían techo donde guarecerse, entraron en cuidado. El primer síntoma de temor fué una gacetilla o novela a la mano en verso-prosa describiendo aquella nueva tertulia y pintando a cada uno de sus socios con nombres de animales; Maza la víbora, Delaunay un gallo belga, Marín el jumento, don Roque el cerdo, etcétera, etc. Esta gacetilla exasperó a los del Camarote de un modo indecible.

Don Rosendo continuaba cada vez más pujante y empeñado en su campaña periodística. Introducía en el Faro todas aquellas formas y maneras que observaba en la prensa nacional y extranjera, particularmente en la francesa. Había comisionado a un escritor de Madrid para que los miércoles le remitiese un telegrama de veinte palabras, y le escribiese además cartas políticas y literarias; traducía él todas las noticias curiosas que hallaba en los periódicos; hacía revistas de modas, de tribunales, de teatros (cuando había compañía). Pero donde más se distinguía era en las de mercados. No es fácil representarse la destreza con que manejaba, traía y llevaba los cereales, los aceites, los caldos y los arroces. Para que se vea con qué amenidad y galanura sabía tratar un asunto tan prosaico, diremos que en una ocasión escribía: «Las mieles, sensibles a estas alteraciones, se pronunciaron en baja y no alcanzaron estabilidad y firmeza en sus precios hasta que los cafés, los cacaos y demás géneros ultramarinos lograron reprimir sus vivas oscilaciones.» Era, en suma, el alma del periódico.

No bastaba, sin embargo, lo que había hecho para ponerlo a la altura de su ideal. Belinchón siempre había seguido con vivísimo interés en los periódicos de París aquellas polémicas personales que rara vez dejaban de terminar con un duelo. Y las peripecias de éste, contadas minuciosamente por algún testigo, le placían tan extremadamente, que ninguna comida había para él tan sabrosa, ni más grato recreo. Cuando pasaban muchos días sin desafío, don Rosendo languidecía. Las descripciones de los asaltos de armas entre los célebres tiradores de la capital de Francia, excitaban también grandemente su curiosidad. Y aunque un poco se le enredaban en el magín aquellas frases técnicas engagement de sixte, battement en quarte, contre-riposte, feinte, etc., allá las traducía a su modo y se daba por enterado. Decía él que en ningún signo se conocía mejor el grado de cultura de un país que en la afición a las armas. El manejo de ellas despertaba o avivaba la idea del honor y la dignidad humana. Su abandono arrastraba consigo la cobardía y la degradación. Conocía mejor que sus parientes la biografía de los grandes duelistas y gens des armes de París. Podía describir con pelos y señales los desafíos que habían tenido y la gravedad de las heridas. En cuanto se anunciaba un asalto entre dos maestros, por ejemplo Jacob y Grisier, ya estaba nuestro caballero excitado. Abría con precipitación todos los días el Fígaro y apostaba en su interior por uno o por otro.

Un día se le ocurrió en la cama (donde le asaltaban siempre las grandes ideas) que ser periodista sin conocer las armas o manejarlas, era lo mismo que ser bailarín y no tocar las castañuelas. El día menos pensado se suscitaba un lance, había que acudir al terreno, y él no sabía siquiera ponerse en guardia. Verdad que en todo Sarrió no había quien supiese más. Pero nadie tenía tanta obligación de conocer la esgrima como él. Además, el altercado podía ser con un periodista de Lancia o de Madrid, y entonces era preciso dejarse asesinar. Estas imaginaciones le llevaron a adoptar una resolución; la de aprender a toda costa a tirar el florete. ¿Cómo? Haciendo venir un maestro a Sarrió, ya que él no podía separarse de este punto. Sin comunicar el pensamiento con nadie, escribió a un amigo de París, el cual buscó en las salas de armas de esta ciudad algún auxiliar o prevot que quisiera expatriarse. Al cabo de algún tiempo se halló uno que, mediante la cantidad de dos mil francos anuales, y dejándole libertad para dar lecciones, consintió en venir a establecerse en la villa del Cantábrico.

Un día, con verdadera estupefacción del vecindario, se dijo que acababa de llegar en la goleta Julia un profesor de esgrima, M. Lemaire, con el exclusivo objeto de enseñar el manejo de las armas a don Rosendo. Y, en efecto, pronto se vió a éste acompañado de un joven delgadito y rubio, de traza extranjera. La impresión fué honda. En los pueblos pequeños, donde la gente se pega de palos y bofetadas, la frialdad, la corrección y la gravedad de los duelos produce asombro y terror. Lo primero que se les ocurrió fué que don Rosendo deseaba matar a alguno. Sólo después de mucho tiempo comprendieron la razón de aquel aprendizaje.

Don Rosendo lo tomó con el ardor y seriedad que merecía. Todos los días dedicaba un par de horas por la mañana, y otro por la tarde, a tirarse a fondo, que fué lo único que le permitió hacer el profesor en los dos primeros meses. El resultado notabilísimo de este ejercicio fué que al cabo de algún tiempo no sabía si sus piernas eran verdaderamente suyas o de otro bípedo racional como él. Tan agudas y vivas fueron las agujetas que le acometieron, que hasta cuando se hallaba durmiendo creía estar tirándose a fondo. Despertaba sobresaltado con terribles dolores en las articulaciones. ¡Luego aquel M. Lemaire era tan cruel! Nunca se daba por satisfecho del trabajo de las extremidades del buen caballero:—«¡Plus! ¡plus! ¡Ancor plus saprísti!» Y el mísero don Rosendo se abría, se abría de un modo bárbaro, inconcebible, percibiendo la grata sensación de si le aserraran el redaño. Terminado tan noble ejercicio, el señor Belinchón se veía necesitado a ir cogido a las paredes para trasladarse de un sitio a otro, formando un ángulo de ochenta grados con el suelo. Desde allí, hasta el fin de sus días, el glorioso fundador de El Faro de Sarrió siempre anduvo más o menos esparrancado.

Pero este tormento, aunque nada tenía que envidiar a los de los mártires del Japón, padecíalo, si no con gusto, con varonil entereza. Pensaba que siempre ha costado enormes sacrificios civilizarse y civilizar un país. Al cabo de los dos meses comenzó el eterno tic tac de los floretes. Pero sin abandonar por eso el tormento de las piernas. Don Rudesindo, Alvaro Peña, Sinforoso, Pablito, el impresor Folgueras y algunos otros, tomaban lección al mismo tiempo. En la sala, las impresiones bélicas subyugaban de tal modo a los tiradores, que guardaban solemne silencio. No se oía más que la voz áspera de M. Lemaire repitiendo sin cesar y de un modo distraído:—En garde vivement—Contre de quarte.—Ripostez... ¡Ah bien!—En garde vivement.—Contre de sixte. Ripostez... ¡Ah bien!—Parez seconde.—Rispostez ¡Ah bien! Don Rosendo se creía trasladado a París, y veía en don Rudesindo, Folgueras y Sinforoso, a Grisier, Anatole de la Forge y el barón de Basancourt. El Faro no era El Faro, sino Le Gaulois o Le Journal des Debats.

Al cabo de cinco meses, se mantenía bastante bien en guardia, paraba los golpes rectos, atacaba con furia y saltaba hacia atrás con maestría. Creyó llegado el caso de dar un escándalo. Era necesario que la población se persuadiese de que los dos mil francos asignados al profesor no eran enteramente perdidos.. Además convenía ir introduciendo en ella el gusto por estos refinamientos de las grandes capitales. ¿Pero con quién tener affaire en Sarrió? Aunque buenas ganas se le pasaban de desafiar a alguno de los del Camarote, comprendía que el único capaz de batirse era Gabino Maza. A éste le tenía una migajita de respeto, sobre todo desde que había oído decir al profesor que en los duelos era preciso tener mucho cuidado con los hombres violentos, aunque no supiesen esgrima. Después de largas y profundas meditaciones imaginó que lo mejor era provocar un lance con algún periodista de Lancia aprovechando la polémica que el Faro venía sosteniendo con el Porvenir, acerca de cierto ramal de carretera. Y como lo pensó lo hizo. En el primer número se mostró tan agresivo, tan insolente con el periódico de la capital, que éste, sorprendido e indignado, contestó que ciertas frases del Faro no merecían sino el desprecio. En su consecuencia, don Rosendo comisionó a sus amigos Alvaro Peña y Sinforoso Suárez «para que fueran a entenderse» con el director del Porvenir. Se trasladaron a Lancia y regresaron el mismo día. El señor Belinchón al verles llegar deseaba ya ardientemente que el asunto se hubiese arreglado sin necesidad de duelo, a pesar de ser él quien lo provocara. Nuevo testimonio de su grandeza singular de alma y de la exquisita sensibilidad de que estaba dotado. Por desgracia el director del Porvenir se había mantenido firme. Los testigos convinieron un duelo a sable que debía realizarse al día siguiente, en una posesión de las cercanías de Lancia.

Nuestro héroe, al saberlo, sintió que las piernas le flaqueaban, no de temor, que esto ninguno osará siquiera imaginarlo, sino por la emoción de verse tan próximo a ser objeto de la curiosidad y expectación públicas, no sólo en la provincia, sino en España entera. Cuando caminaban hacia casa, Peña le dijo con ruda franqueza:

—Los padrinos de Villar querían que se cortasen las puntas a los sables; pero yo me opuse. «No, no, dije, conozco bien a don Rosendo, y es hombre que aborrece las niñerías. No se puede jugar con él. Cuando se mete en un lance de éstos, es menester que vaya todo muy serio. Estoy seguro de que si cortásemos las puntas, tendría con él un disgusto...» ¿No he interpretado bien su deseo?

—Perfectamente. Muchas gracias, Alvaro—respondió el señor de Belinchón alargándole una mano que Peña halló demasiadamente fría. Y añadió con voz débil:—Aunque se limasen un poquito las puntas, ¿sabe usted? no tendría inconveniente en aceptarlo... El asunto, después de todo, no exige precisamente que sea a muerte.

—No me atreví siquiera a aceptar eso. Como no conocía la opinión de usted, tenía miedo que le disgustase...

—Nada, nada, pues por mí no hay inconveniente en que se limen.

—Ahora ya no puede ser. Están concertadas las condiciones. A menos que ellos lo propongan de nuevo, las puntas irán afiladas. A usted le conviene mucho porque tira el florete...

—Precisamente por eso. Yo no quisiera llevar ventaja alguna a mi adversario.

Peña guiñó el ojo con malicia.

—No sea usted tan escrupuloso, don Rosendo. Si usted puede ensartarlo ¡fiiit! como un pajarito, no deje de hacerlo.

Estas últimas palabras las acompañó el ayudante con un gesto expresivo, traspasando el aire con los dedos de punta, lo mismo que si los estuviese introduciendo por un cuerpo humano.

Don Rosendo hizo un gesto de repugnancia, y guardó prolongado silencio. Al cabo, manifestó sordamente:

—Lo que sentiré es que estas malditas agujetas no me permitan tirarme a fondo.

—¡Ca, hombre, ca! Pierda usted cuidado. Mientras dure el lance, no sentirá usted dolor alguno en las piernas. ¿No le ha sucedido dejar de sentir el dolor de una muela en el momento de llamar a la puerta del dentista para sacarla?

Este símil consolador produjo inmediatamente en el ayudante un acceso de risa, que duró buen rato. Belinchón se mantuvo grave y sombrío, como deben estarlo los héroes la víspera del combate.

La noticia corrió como una chispa eléctrica por la población. El pasmo de los vecinos era indescriptible. A ninguno le cabía en la cabeza que una persona, entrada ya en años, con hijos casados, fuese a darse de sablazos con otra por cuestión de un ramal de carretera. Sin embargo, el partido que Belinchón acaudillaba admiraba la decisión y el valor de su jefe. Este, por la noche, tuvo una espantosa pesadilla. Soñó que el sable del director del Porvenir le abría por el medio. Una mitad se la llevaba el vencedor como trofeo. A Sarrió sólo volvió la otra mitad. Sus mismos gritos le despertaron. A doña Paula, que dormía a su lado, la aterraron de tal modo, que fué necesario acudir al antiespasmódico. Belinchón, con la fortaleza de los temperamentos heroicos, no dijo nada a su consorte. Lo que hizo fué beber un trago del antiespasmódico.

Al día siguiente salió en coche para Lancia, acompañado de Peña, Sinforoso, don Rufo y dos sables de tiro. A la salida de la villa, en la carretera, más de cien personas le despidieron. Ante aquella manifestación de cariño, don Rosendo se sintió enternecido.

—¡Buena suerte!—Pongan ustedes telegrama, ¿eh?—No se diga que Sarrió queda por debajo de Lancia.

Don Rosendo fué estrechando con emoción las manos de sus partidarios. Todos se le ofrecían para acompañarle, y le prometían venganza para el caso de perecer en la lucha.

Al fin llegaron a la quinta designada, y se avistaron con el enemigo. Los testigos platicaron, midieron los sables, y los pusieron en manos de los contendientes. La fisonomía de éstos tenía el color adecuado a semejantes solemnidades; esto es, un verde botella, que a intervalos tomaba visos anaranjados.

Una vez en guardia, y dada la voz de atacar, comenzaron ambos a tentarse los sables metódicamente, primero de un lado, después de otro, con un lúgubre sonido que ponía espanto. Al cabo, Villar se arrojó a levantarlo para herir en la cabeza a su adversario... Pero ¡ca! don Rosendo dió un salto tan prodigioso hacia atrás, que los testigos se miraron unos a otros llenos de asombro. Villar, pasmado también, esperó a que su contrario se acercase de nuevo. Volvieron al lúgubre tic tac. Don Rosendo, al cabo de otro rato, alzó el sable... Villar, instantáneamente dió otro brinco verdaderamente sobrenatural, que sobrepujó en mucho al primero. Creyeron que salía de la quinta. Los testigos se miraron todavía con mayor asombro.

La pelea duró, en esta forma, más de media hora. Durante ella, don Rosendo gritó una vez:

—¡Alto!

—¿Qué hay?—preguntaron los testigos acercándose.

—Que me parece que el sable del señor ha perdido la punta.

Se reconoció el sable de Villar, y se vió que no era verdad. Este rasgo de caballerosidad, más propio de la Edad Media que de nuestros tiempos, elevó a don Rosendo, en el concepto público cuando se supo, a la altura de los héroes legendarios, Roldán, Bayardo y Bernardo del Carpio.

El combate terminó cuando el sable de Villar, sin intención ninguna, tropezó con la frente de Belinchón. Fué un simple rasguño; pero los padrinos dieron por terminado el lance. Don Rufo colocó un gran pedazo de tafetán inglés sobre la herida. El herido dió la mano noblemente a su contrario. Se envió un telegrama a Lancia, para que lo pusiesen a Sarrió. Almorzaron todos juntos alegremente, y durante el almuerzo, los campeones se comunicaron con gran expansión los golpes que se tenían destinados, y que por falta de oportunidad no habían podido ejecutar.

—Hombre, si no llega usted a romper a tiempo, le parto la cabeza en dos. Finta de una dos a la cara, estocada al pecho y cuchillada a la cabeza—decía don Rosendo, engullendo un soberbio trozo de merluza.

—Pues no lo hubiera usted pasado mejor si llego a hacer una combinación que tenía meditada—contesta Villar.—Amago la faja ¡pin! Ataco en falso a la cabeza ¡pin! Usted me contesta al brazo ¡pin! Yo hago una dos a la cara ¡pin! Usted contesta a la cabeza ¡ pin! Yo paro y contesto al brazo ¡pin!...

Aquí el director del Porvenir de Lancia, que mientras describía su famoso y complicado golpe no dejaba de engullir trazando a la vez círculos en el aire con el tenedor, se atragantó con una espina, poniéndose súbito más rojo que una guinda. Hubo que sacarle al fresco. Don Rosendo fué quien le dió los puñetazos consabidos en la espalda para que arrojase la espina. ¡Espectáculo hermoso y ejemplo de hidalguía que no podrá olvidarse jamás!

Terminado el almuerzo, don Rosendo y sus compañeros montaron en el carruaje y se restituyeron a Sarrió. Más de media población, prevenida ya por el telegrama, les esperaba en las afueras. Un grito de júbilo se escapó de todos los pechos al aproximarse el carruaje. Don Rosendo, conmovido, sacó la cabeza por la ventanilla y se quitó el sombrero ostentando el pedazo de tafetán inglés. A su vista, el público lanzó un ¡hurra! formidable. El vehículo fué escoltado por la muchedumbre. El fundador del Faro, aclamado al entrar en su casa, se vió precisado después a asomarse al balcón, donde fué nueva y calurosamente vitoreado. Por la noche, sus amigos le obsequiaron con una serenata.