XIV
De los galicismos que cometía «El Faro de Sarrió» y otros asuntos no menos interesantes.—Primeras bajas de la batalla del pensamiento.
Después de su ruidoso desafío, el esforzado Belinchón supo, aunque otra cosa afirmen algunos cronistas, gozar con modestia de la merecida fama y aureola que inmediatamente le circundaron. Quizá se fijen aquéllos para sustentar la opinión contraria, en haberse descubierto algunas provocaciones del insigne caballero a ciertos sujetos de la villa, no bastante justificadas. Mas al hacerlo, no tenían en cuenta que tales provocaciones vinieron, no a raíz del señalado acontecimiento que hemos narrado, sino algún tiempo adelante. En la historia, la cronología es siempre de importancia capital. Y en este particular de que tratamos, explica satisfactoriamente los actos de nuestro héroe.
Mientras duró en la villa la impresión del suceso, se le tributaron aquellas muestras de admiración a que era sin disputa acreedor. Sus mismos enemigos al verle pasar, le miraban con respeto, ya que no con simpatía. Entonces don Rosendo, en vez de abusar de su reconocida superioridad, como hubiera hecho otro hombre de menos esfuerzo y modestia, aparecía con un continente grave, sí, pero apacible, recorriendo las calles con el mismo sosiego y mesura que antes. Ejemplo notable de prudencia, que en vez de agradecérsele, sirvió para que se intentasen y perpetrasen contra él algunos desacatos. Por lo pronto, en el Camarote comenzó a hacerse chacota de tal desafío. Se ponderaba con intención malévola y exagerándolos, los saltos que el fundador del Faro había dado hacia atrás en el combate. Estas burlas, de las cuales, como puede suponerse, era el iniciador Gabino Maza, no permanecieron mucho tiempo en el recinto de la tertulia. Se extendieron por toda la población, de tal modo, que al cabo de algunos días una gran parte de sus habitantes sonreía irónicamente al oir hablar del famoso lance de honor. Don Rosendo traslució algo de esta befa, no sólo por los oídos, sino también por los ojos. Advirtió que en vez de las miradas respetuosas y de la cortesía que con él se usaba, comenzaban sus vecinos a adoptar una actitud grosera, haciéndose los distraídos o volviendo la cabeza cuando él pasaba. Al cruzar por delante de algún corrillo, creyó percibir risas comprimidas.
¿Qué le tocaba hacer en este caso? Indudablemente dejar la modestia a un lado y obligar a sentir a aquellos bellacos el peso de sus conocimientos en la esgrima. La primera señal que dió de su indignación y del soberano desprecio que sus enemigos le inspiraban, fué el escupir al suelo, con ruido, cuando alguno de éstos cruzaba a su lado, como indicando que le daba asco. En cuanto comprendieron el motivo de aquella extraordinaria secreción, los más tímidos comenzaron a pensar que el rayo podía muy bien acompañar a la lluvia, y evitaron con cuidado el tropezarle. Los más bravos pasaban a su lado sin hacer caso de aquella tos despreciativa; pero sin osar mirarle a la cara. Al cabo de algún tiempo unos y otros lo tomaron con calma y se decían riendo:—«Acabo de encontrarme con don Rosendo.—Qué tal, ¿te ha tosido?—Ya lo creo; ¡parecía que reventaba!» Y en el Camarote corrían las bromas y se celebraban las burlas más groseras contra nuestro gran patricio. Una de ellas fué el desfilar uno en pos de otro a cierta distancia, todos los socios de la tertulia por delante de él. Don Rosendo quedó de aquella vez sin saliva y con la garganta destrozada. Tan sólo Gabino Maza lo tomaba en serio y aseguraba que ya se libraría aquel buey (la palabra es dura, pero textual) de escupir cuando él pasase. Y en efecto, don Rosendo se había abstenido hasta entonces de hacerlo. Creía que debía guardar ciertas consideraciones al jefe del bando contrario. Mas una noche en que traía la cabeza un poco exaltada por la lectura de cierto desafío de dos yankees, al topar junto al café de la Marina con Maza, se le ocurrió escupir en la forma provocativa que usaba. Aquél se volvió repentinamente hecho una furia, y sujetándole con fuerza por la muñeca, le dijo al oído con acento rabioso:
—Oiga usted, señor majadero: a mí no me tose usted ¡ni en cuarto grado de tisis! ¿lo oye usted?
Don Rosendo, como hombre correcto y muy práctico en estos asuntos de honor, no dijo nada en aquel momento. Pero al día siguiente no salió de casa esperando los padrinos de Maza, los cuales, felizmente para éste, no parecieron.
El desafío y la actitud de don Rosendo, tuvieron, sin embargo, consecuencias provechosas para la población. Gracias a nuestro héroe nació en ella la afición a las armas. Muchos de sus habitantes más distinguidos comenzaron con ahinco a cultivar la esgrima. Ya no fueron solamente los redactores del Faro y los tertulios del Saloncillo quienes se entregaban a este noble ejercicio amaestrados por M. Lemaire. También los socios del Camarote, comprendiendo a la postre la importancia de este arte, establecieron, en un almacén contiguo, sala de armas. Al frente de ella, pusieron a un oficial de reemplazo perteneciente al arma de caballería, que había tirado al florete en Madrid. El resultado inmediato de este adelanto fué que las reyertas, que a cada paso se suscitaban entre los del Saloncillo y los del Camarote, eran conducidas con arreglo a todas las fórmulas y ceremonias prescritas en el código del honor. No transcurría semana tal vez, sin que la villa se estremeciese con las idas y venidas de los padrinos, los rumores de las conferencias celebradas en los ángulos de los cafés, las actas que inmediatamente se publicaban en el Faro y en los periódicos de Lancia. Porque de veinte pendencias las diez y nueve se terminaban con un acta para ambas partes honrosa, suscrita y firmada por los padrinos. De modo que de aquellos lances de honor, lo único positivo eran los bastonazos o puñadas que los contendientes se daban previamente, sin perjuicio de que las cosas siguiesen sus trámites ordinarios.
Alguna que otra rara vez, cuando los ánimos se enconaban demasiado, se iba «al terreno». Delaunay se había dado de sablazos con don Rufo, por un comunicado inserto en El Porvenir de Lancia, en el que se decía que los médicos no giraban la visita en el hospital a la hora reglamentaria. El impresor Folgueras se había batido también con un cuñado de Marín, por haber negado el saludo uno de ellos al otro. Afortunadamente, en ninguno de los dos encuentros había habido más que planazos y verdugones. El desafío más notable fué el de don Rudesindo con don Pedro Miranda, que después de vacilar algún tiempo se había decidido por los del Camarote. El motivo fué «el problema del matadero». La ocasión, la siguiente. Don Pedro había manifestado en una casa que don Rudesindo apoyaba el partido de Belinchón sólo porque no se emplazase el matadero en la playa de las Meanas, donde sus casas salían perjudicadas. El fabricante de sidra tuvo conocimiento de este dicho, habló pestes en el Saloncillo de don Pedro, y se mostró vivamente ofendido de tal suposición; mucho más ofendido de lo que en realidad estaba. Alvaro Peña, que no estaba contento sino cuando tenía un desafío entre manos, se apresuró a decirle en voz alta con la arrogancia que le caracterizaba:
—Pierda usted cuidado, don Rudesindo. Miranda le dará a usted una reparación. ¿Quiere usted dejarlo de mi cuenta?
El bueno del fabricante hubiera deseado comerse las palabras que había soltado. ¡Aquel Peña era un hombre tan expeditivo! ¿Por qué diablos había dicho que tenía ganas de tropezar a don Pedro para darle dos puntapiés, cuando en realidad acababa de verle al salir de casa, y había cruzado a su lado sin decirle una palabra? Pero estaban allí más de veinte personas, y se vió en la dolorosa necesidad de contestar al ayudante, aunque en el tono menos agresivo posible:
—Bueno... si usted cree que merece la pena...
—¡Pues no ha de merecer! Suponer que usted no está a nuestro lado sino por móviles mezquinos bastardos es insultarle... A vej, don Feliciano. ¿Quiere usted escuchaj una palabra?
Don Feliciano y él conferenciaron en un rincón breves momentos. Acto continuo salieron a la calle. Don Rudesindo quedó en la apariencia tranquilo, en realidad fuertemente alterado y bramando en su interior contra Peña, contra el Saloncillo, contra sí mismo y contra la madre que le parió. ¿Qué necesidad tenía él de meterse en líos? Un hombre casado, con hijos, que en toda su vida no había hecho más que trabajar como un esclavo para labrarse un capitalito... Y ahora que lo tenía... por una quijotada de ese farfantón... ¡acaso!... El fabricante apenas podía pasar los sorbos de cognac que de vez en cuando introducía en la boca.
La cosa se arregló muy pronto. Don Pedro Miranda quedó viendo visiones con la visita de Peña y don Feliciano. Dijo que no recordaba... que él no tenía agravio alguno de don Rudesindo... al contrario. Pero Peña le había atajado, diciéndole:
—Bueno, don Pedro. No podemos escuchar eso. Nombre usted dos personas que se entiendan con nosotros.
El atribulado propietario nombró a Gabino Maza y Delaunay por representantes. Como de éstos el uno era hombre acalorado y fiero, y el otro mal intencionado, no fué posible avenencia. Se negaron en absoluto a dar explicaciones. El lance quedó concertado a sable en el cementerio antiguo, en las primeras horas de la mañana.
Don Rudesindo al saberlo, maldijo de la hora en que viera la luz del día. Su contrario don Pedro se limitó sencillamente a dejarse caer en un sofá y pedir una taza de tila. Mas no hubo otro remedio que acudir a donde el honor los llamaba. A las seis de la mañana, Peña y don Feliciano por una parte, y Maza y Delaunay por la otra, los sacaron de sus domicilios para conducirlos al cementerio viejo. ¡Dios mío, al cementerio viejo! ¡Qué ideas tan lúgubres revolotearon por el cerebro de don Pedro Miranda mientras caminaba hacia allá! No es posible compararlas sino con las que asaltaron a don Rudesindo en el mismo trayecto. Peña le dijo antes de llegar:
—Es evidente, don Rudesindo, que usted le escabecha. Me lo da el corazón... Usted le escabecha. No tira usted mucho, pero tiene un juego muy difícil, ¡muy difícil!...
El fabricante hubiera dado en aquel momento toda su hacienda por tenerlo no difícil, sino imposible.
—Don Pedro no tiene pierna; es además, corto de brazo... Pero, como ya sabe usted que en las ajmas no hay nada seguro y a veces el que menos se piensa, lleva el gato al agua, si usted tiene algo que encargarme, hágalo antes que lleguemos.
Don Rudesindo se estremeció. Siguió caminando un rato en silencio, y por fin, sacando unos papeles del bolsillo, se los entregó diciendo con voz sorda:
—Si perezco, déle usted esto al señor Benito.
Dos lágrimas asomaron a sus ojos al mismo tiempo.
—¿El señor Benito el Rato?—preguntó Peña.
Don Rudesindo no le oyó. Se había escapado ya por la carretera adelante para ocultar su emoción.
Por qué el nombre de su escribiente le producía en aquel instante tal enternecimiento, no podemos explicarlo. Acaso en las grandes crisis de la vida, se despierten vivas y súbitas simpatías en el fondo de nuestro ser, de las que no teníamos la menor sospecha.
El cementerio viejo, próximo ya a dedicarse al cultivo, era un pequeño cercado donde crecía la hierba y la maleza. Las cruces de madera se habían podrido. No había más testimonio de que tal recinto era mansión de los muertos, que dos calaveras incrustadas en la pared a entrambos lados de la puerta. Por cierto que estas calaveras, no produjeron una impresión grata en don Rudesindo. En don Pedro no sabemos; pero puede sospecharse que no sería más favorable. Tardaron algún tiempo en buscar sitio, porque las ortigas y zarzales impedían marchar y romper convenientemente a los combatientes. Mientras Peña, en compañía de los testigos contrarios, se ocupaba en esta tarea gravísima, el bueno de don Feliciano Gómez cometió la incorrección (¡Dios le bendiga por ella!) de acercarse a don Pedro Miranda, que descolorido, con la mirada atónita, el estómago encharcado por la cantidad fabulosa de tazas de tila que había tomado aquella noche, esperaba, arrimado a la tapia, que aquellos señores concluyesen, en la actitud de un reo de muerte.
—Hola, don Pedro; frío, ¿eh? ¡Caramba qué mañana!... ¡Mire usted que levantarse un hombre de la cama para esto! ¡Válgate Dios! (Silencio interrumpido por algunos eructos del infortunado Miranda.) Hubiera dado el dedo meñique, ¡el dedo meñique, sí! por no tener que asistir a una atrocidad semejante. Pero dicen que es un favor que no se puede negar. Bueno: que no se niegue cuando se trata de una ofensa grave... ¿Dónde está aquí la ofensa grave? Vamos a ver, que me lo digan, ¿dónde está? ¡Válgate Dios! ¡Válgate Dios! (Nuevo silencio y nuevos eructos de don Pedro, que concluye por doblar la cabeza sobre el pecho, con la misma resignación que si la pusiera sobre el tajo.) ¡Cuánto mejor sería estar metido entre las sábanas tomando el chocolate! ¿verdad, mi queridín?—profirió don Feliciano, poniéndole la mano sobre el hombro con gran familiaridad. Miranda dejó escapar un imperceptible sonido gutural.
—¡Ya lo creo!—siguió el comerciante.—Por más que me digan, don Pedro, yo no puedo creer que usted tenga gana de matar a don Rudesindo... Un vecino... que ha sido su amigo hasta hace poco... con quien se ha criado y ha ido a la escuela...
—No... yo gana... ninguna—murmuró don Pedro, siempre con la cabeza sobre el tajo.
—¡Velo usted ahí!—exclamó don Feliciano dando una gran palmada.—¡Lo que yo decía! Pues lo mismo le pasa a don Rudesindo, mi queridín. Y entonces, vamos a ver, ¿quién tiene ganas de matarse aquí? ¡A ver, que me lo digan!
Y paseó la mirada en torno, buscando contestación. Peña, Maza y Delaunay estaban lejos y ocultos por algunos cipreses. Don Rudesindo yacía arrimado también a la tapia, a unos cincuenta pasos de distancia. Entonces el comerciante, por una súbita y celestial inspiración, le hizo seña de que se acercase.
Don Rudesindo avanzó hacia ellos lentamente, con paso tímido y vacilante.
—¿Dice usted, mi queridín, que no tiene ninguna gana de matar a don Rudesindo?—preguntó el comerciante a Miranda.
—Ninguna—murmuró éste.
—¿Tendría usted, por casualidad, deseos de herirle?
—Tampoco. Yo siempre he estimado a Rudesindo—balbució el propietario.
—¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué decía usted?—gritó don Feliciano con triunfal exaltación.—Que usted siempre ha estimado mucho a don Rudesindo, ¿verdad, mi queridín? ¿Ha dicho usted eso?
—Sí, señor.
—Dime, Rudesindo (andando unos cuantos pasos al encuentro del fabricante de sidra). ¿Tienes deseos de matar aquí al señor don Pedro... un vecino... que ha sido tu amigo hasta hace poco... con quien te has criado y has ido a la escuela de don Matías el Churro?
—Yo, ¿por qué?—dijo el fabricante abriendo ansiosamente los ojos.
—¿Tendrías por casualidad deseos de herirle?
—Ni de hacerle el menor daño. Siempre le he tenido por verdadero amigo.
—¿Cómo es eso? ¿Eh? Por un verdadero amigo, ¿verdad?... Entonces, lo que corresponde aquí, en mi humilde opinión, es que os deis un abrazo.
Apenas había pronunciado don Feliciano estas palabras, cuando Miranda y don Rudesindo, por un movimiento simultáneo, avanzaron con ímpetu feroz el uno sobre el otro alzaron briosamente los brazos y se abrazaron con tal furia, que por poco se descoyuntan todos los huesos de la cavidad torácica. Don Feliciano en el mismo punto se despojó con violencia del sombrero, dejando al descubierto su enorme calva en declive, lo agitó con frenesí algunos segundos, y gritó: «¡Hurra!» no se sabe a quién; tal vez al dios astuto que le había suministrado tan famosa idea.
En aquel momento se acercaban los testigos. Al ver la escena se pararon sorprendidos. Mostráronse alegres de tal solución en apariencia, pero cada cual se separó por su lado, y aquella tarde en el Saloncillo Peña reprendió ásperamente a don Feliciano por su conducta. Llegó a afirmar que le había puesto en ridículo y que si no fuese porque se trataba de un amigo antiguo y persona de más edad que él, «le exigiría una jeparación».
—¡Una reparación!—exclamó el óptimo don Feliciano.—¡Qué más da que la exigieras, rapaz!
—¿Se negaría usted a batijse conmigo?—preguntó el ayudante con su voz campanuda.
—¿A qué habíamos de batirnos?
—A lo que usted quiera.
—Yo, a bailar un tango o una guaracha, mi queridín—respondió, y diciendo y haciendo comenzó a saltar por la sala dando las castañetas hasta que se le cayó el sombrero y quedó al aire la piedra de lavar que tenía por cabeza. Los socios se tiraban por los divanes, de risa. Peña dejó escapar algunas frases de desprecio, y se retiró amoscado y desabrido.
Los tertulios del Camarote, hostigados constantemente por las gacetillas del Faro, se habían decidido al cabo a fundar otro periódico en el que pudieran tomar venganza de las sinrazones que se les hacía.
Enormes sacrificios costaba esto. Muy pocos, de entre ellos, eran ricos. El único que pudiera llamarse así era don Pedro Miranda. Este prefería que le sacasen una muela a descorrer los cordones de la bolsa. A fuerza de cabildeos, de ruegos, allegando recursos de aquí y de allá, haciendo sumas y restas en el Camarote, se concluyó por obtener la cantidad indispensable para montar una imprenta. En la de Folgueras, ni éste quería tirar el periódico, ni ellos se humillarían a demandárselo. Cuando estuvo la imprenta, modestísima por cierto, en disposición de funcionar, celebraron el indispensable banquete. En él se convino en denominar al nuevo órgano El Joven Sarriense. A los postres se brindó con entusiasmo por su prosperidad y por la destrucción de sus viles enemigos.
La aparición del primer número, que traía la consabida viñeta representando un adolescente peinado con la raya por el medio, y rodeado de una porción de latas de conservas a modo de libros, en actitud de leer, más bien de merendar, una de ellas, causó viva sensación en la villa. Lo merecía. Los del Camarote, como hombres que habían tenido que devorar durante muchos meses los insultos del Faro, se desahogaban con verdadera fruición. ¡Santo Cristo de Rodillero, qué cúmulo de insolencias y procacidades! Desde el principio hasta el fin estaba consagrado a escarnecer, a herir y ridiculizar a los socios del Saloncillo. Parecía que les faltaba tiempo para llamar al uno feo, al otro hambrón, al de más allá envidioso, a éste bruto, a aquél farfantón. Por supuesto, bajo nombres supuestos, aunque tan transparentes, que nadie en la población dejaba de conocerlos. Llamábase Belinchón Don Quijote y don Rudesindo Sancho, Sinforoso Marqués del Tirapié, Peña El Capitán Cólera, etc., etc. Y escudados con esto los traían y los llevaban, los barajaban que era una bendición. No les dejaban hueso sano. Por la noche hubo palos (¿cómo no?) en la Rúa Nueva. Folgueras, a quien también insultaban en El Joven Sarriense, se había encontrado con Gabino Maza, y le descargó un bastonazo sobre la cabeza. Maza lo devolvió con creces. Repitió Folgueras. Vino en ayuda de éste un cajista que por allí cruzaba, y de aquél su cuñado. En un instante se armó una de garrotazos que tocaba Dios a juicio.
El Joven Sarriense se publicaba los domingos. Periquito Miranda, que a causa de la desavenencia de su padre con los del Saloncillo, padecía una peligrosa retención de lirismo, se alivió notablemente insertando en él un sinnúmero de sonetos, sáneos, acrósticos y otras diversas combinaciones métricas, destinadas a pregonar su adoración platónica a la señora del gerente de la fábrica de aceros, una francesota grande y pesada como un elefante, que le hubiera metido fácilmente en el bolsillo. Ya sabemos que Periquito amaba las obras sólidas de la Naturaleza. Para expresar los deseos que atormentaban su espíritu, valíase ingeniosamente de la forma de sueños. El joven platónico soñaba en verso que se hallaba en fresca gruta deleitosa donde de pronto aparecía una ninfa de torneados brazos y turgente seno (la señora del gerente) que le instaba a dormir sobre un lecho de rosas y verdes pámpanos. Otras veces, se veía sobre la cúspide de una altísima montaña. En las nubes amontonadas, en los confines del horizonte, comenzaban a dibujarse los contornos de una mujer (la señora del gerente). Las nubes se acercaban. La mujer era blanca como el campo de la nieve, mórbida y espléndida como la flor de la magnolia. La hermosa aparición llegaba hasta él por fin, y le arrebataba entre sus brazos por los espacios azules. Otras, navegaba en frágil barquilla por la superficie del Océano. La barca se hundía y él iba a parar al fondo del mar donde una blonda y hermosísima náyade (siempre la señora del gerente) le llevaba de la mano a un prodigioso palacio de cristal, le sentaba a su lado en un trono de marfil, y le invitaba a contraer con ella justas nupcias, efectuadas las cuales, se retiraban al son de dulce música a un gabinete reservado, maravillosamente decorado, donde la náyade enamorada le hacía poseedor de sus gracias. Estos ensueños de dicha, versificados con facilidad y adornados de cierto naturalismo poético, causaban alguna inquietud a los padres de familia. Periquito comía cada día más, y estaba cada vez más flaco. El Faro, en el número del jueves, después de insultar con rabia a los jefes del Camarote, «se metía» también con él llamándole maliciosa y torpemente Pericles.
Colocados así, uno enfrente del otro, en feroz y perpetua rivalidad, El Faro y El Joven Sarriense emplearon útilmente sus columnas en injuriarse con más o menos descaro, según arreciaba o aflojaba la lucha. Raro era el número de cada uno de ellos que no daba lugar a algunos bastonazos o bofetadas, cuando no a un desafío formal. Sin embargo, en éstos eran más parcos todos. Padrinos sí se nombraban por un quítame allá esas pajas; pero darse de sablazos o de tiros, ya era otra cosa. La contienda había enardecido los ánimos en la villa. Muchas de las personas que habían permanecido indiferentes a las desavenencias de los del Saloncillo y los del Camarote, habían concluído por tomar puesto en uno u otro bando, unas veces porque tenían metidos en la refriega a sus parientes, otras por algún antiguo resentimiento, otras, en fin, sin más motivo que el calor y el entusiasmo que el combate despierta en los temperamentos belicosos. Al poco tiempo la población estaba verdaderamente partida en dos. El bando del cual era dignísimo jefe don Rosendo Belinchón, era el más numeroso y contaba con casi todos los comerciantes ricos de Sarrió. El de los del Camarote, más exiguo, contaba con los terratenientes y las personas timoratas y religiosas a quienes El Faro había escandalizado. La lucha se fué acentuando de tal modo, que al poco tiempo los que pertenecían a un partido ya no saludaban a los del contrario, aunque hubieran sido hasta entonces buenos amigos.
El Faro y El Joven Sarriense comenzaron a criticarse respectivamente el estilo y la gramática. Buscáronse con encarnizamiento por una y otra parte las faltas de sintaxis, fijándose lo mismo en los vocablos que en el régimen.—«Esa palabra no es castellana»—decía El Joven.—«La palabra desilusionar, que los peleles del Joven Sarriense afirman que no es castellana—contestaba El Faro,—la hemos visto empleada por los más eminentes escritores de Madrid: Pérez, González, Martínez y otros. Esta vez, como siempre, al órgano del Camarote le ha salido el tiro por la culata.» Replicaba El Joven, contrarreplicaba El Faro, citábanse párrafos de la gramática, del diccionario, de los escritores distinguidos, y al cabo nadie sabía a qué atenerse. Y las cosas quedaban como antes, aunque se hablaba a veces de remitir las cuestiones a la resolución de la Academia de la Lengua. Se citaba mucho por los dos lados el Don Juan Tenorio de Zorrilla y los artículos del Curioso parlante. Esta competencia gramatical traía consigo al menos una ventaja; la de hacer que algunas personas que no la habían saludado se dedicasen con ahinco a aprenderla. Lo mismo en el Saloncillo que en el Camarote había dos o tres ejemplares de la última gramática lata de la Academia, que no reposaban nunca.
Contra quien se dispararon los tiros lingüísticos más envenenados, fué contra el inspirado don Rosendo, como quiera que era la cabeza y el nervio de su partido y convenía, más que a nadie, aniquilar. Belinchón no había estudiado la gramática, sino por un diminuto epítome allá en la infancia. Pero, como todos los ingenios superiores, si no la sabía, la adivinaba. Los contrarios le sacaban a relucir a cada instante mil disparates de sus artículos. Mas es tal la confianza que nos inspira su genio poderoso, que nunca hemos dado crédito a estas afirmaciones, considerándolas como puras calumnias. Si no hubiera gramática, Belinchón, con sólo sus luces naturales, sería capaz de inventarla. Nadie manejó jamás como él ese lenguaje periodístico, ligero sí, pero brillante, lleno de frases consagradas por el uso de cien mil escritores, donde hasta los lugares más comunes, expresados con adecuado énfasis, resplandecen como profundas y misteriosas sentencias. Merced a su estilo prodigioso, don Rosendo escribía con la misma facilidad un artículo sobre la libertad de cultos, que redactaba un informe acerca de la industria pecuaria. Sus enemigos decían que cometía muchos galicismos. ¿Y qué? En el mero hecho de prohijarlos un escritor de tal valía, dejaban de serlo, y se convertían en puras y castizas locuciones castellanas.
Este prurito de ajustarle los galicismos al Faro, fué una de las manías que tuvo El Joven Sarriense o sea el colega local, como le llamaba siempre aquél, a fin de evitar el nombrarlo, por no dañar al profundo desprecio que ansiaba mostrarle. Aprovechando cierto diccionario curioso que uno de los socios del Camarote poseía, trituraban sin piedad lo mismo los artículos que las «novelas a la mano» del Faro. Si don Rosendo decía en él, verbigracia, que dejaba de tocar ciertos asuntos «por no faltar a las conveniencias», al instante se le echaba encima El Joven, interpelándole en forma sarcástica. ¿Dónde había aprendido el ingenioso hidalgo (así llamaban casi siempre a Belinchón) esta acepción de la palabra conveniencia? No sería ciertamente en su famosa historia, contada por Cervantes. Si empleaba la palabra «gubernamental», o «banal», o la frase «tener lugar», ¡qué carcajadas las del Joven Sarriense! ¡qué chacota! ¡qué desprecio! Esto duró hasta que los del Saloncillo adquirieron otro diccionario de galicismos. Entonces ambos periódicos comenzaron a hilar tan delgado en esta materia, que al fin concluyeron por olvidar el purismo y volver a su estilo libre, feliz e independiente.
Además, la disputa se había ido exacerbando de tal suerte, que las ligaduras clásicas les embarazaban para insultarse. Jugaban ya en todas las gacetillas las frases de «reptil venenoso», «entes despreciables», «cerebros obtusos», «revolcándose en el fango», «seres innobles y degradados» y otras no menos afectuosas para los del bando contrario. Cansados de injuriarse unos a otros, comenzaron pronto a atacarse en sus familias. No perdonaron ni a sus modestas esposas ni a sus ancianos padres. El Joven Sarriense fué el primero que dió la señal, publicando un cuento árabe titulado La esclava Daraja en que bajo este nombre, se relataba ce por be la historia de doña Paula y su matrimonio con Mahomad Zegrí (don Rosendo) salpicado de chufletas de poco gusto y de insinuaciones pérfidas. Belinchón estuvo tentado de mandar los padrinos a la redacción. Pero considerando que esto sería dar su brazo a torcer y aceptar lo que el artículo contenía de envenenado, prefirió no mostrarse aludido y vengarse también en la prensa. Sinforoso, por encargo suyo, escribió un cuento indio, donde se narraba la vida y milagros del padre de Maza, que había sido capitán negrero y en el tráfico de carne humana hiciera su fortuna. Desde entonces, los cuentos orientales como medio para decirse toda suerte de picardías, fueron usados por ambos partidos.
El campo más adecuado para la lucha que los del Saloncillo y los del Camarote habían emprendido y el de resultados más positivos lo mismo para el vencedor que para el vencido, era la política. A él volvieron, pues, desde los primeros momentos los ojos unos y otros contendientes. No perdonaron medio alguno para derribarse y triunfar. Hasta la división del vecindario ya sabemos que la política jugaba poco papel en Sarrió. Desde esta fecha, fué la comida ordinaria, el elemento indispensable que se mezclaba en todas las conversaciones masculinas. Ni unos ni otros habían pensado en despojar de su representación en el Congreso a Rojas Salcedo. Era amigo de todos y había representado al distrito por espacio de diez y ocho años. Sin embargo, cuando llegaron las elecciones municipales, escribiéronle cartas los dos bandos, pidiéndole protección. Se sabía que los del Saloncillo querían a todo trance separar a don Roque de la alcaldía, porque ya más de una vez, en uso de sus funciones, se había puesto de parte de los disidentes en perjuicio de sus antiguos amigos. El Faro le había zarandeado de lo lindo con este motivo. Creció la enemistad. Vengóse don Roque, abusando de su autoridad, para mandar a la cárcel a Folgueras. Repitiéronse los ataques del Faro con más furia. Don Roque, juzgándose por ellos un tirano de la Edad Media, comenzó a temer por su vida y se hizo acompañar de noche y de día por el veterano Marcones. Se dijo que en una reunión misteriosa de los del Saloncillo, se había decretado su muerte. Al alcalde no le llegaba la camisa al cuerpo. Cuando en un paraje retirado alcanzaba a ver a alguno del Faro, ordenaba prontamente la vuelta.
Rojas Salcedo contestó a los del Camarote que si don Roque salía elegido concejal, sería nombrado otra vez alcalde. Pero al mismo tiempo escribía con misterio a los del Saloncillo, encargándoles que trabajasen todo lo posible para que no saliese. De este modo se libraba de un compromiso. En efecto, los partidarios de Belinchón, por su número, por su riqueza y por la buena maña que se dieron, lograron triunfar en toda la línea. La lucha, últimamente, se había concentrado en el punto por donde se presentaba don Roque. Los del Camarote sabían que si éste era elegido, la batalla estaba ganada. Sería alcalde y las facultades de éste contrarrestaban muy bien las del ayuntamiento. Los del Saloncillo lo presentían también. Ambos partidos luchaban con empeño feroz. Por fin, el anciano alcalde perdió la elección por un corto número de votos. Confuso y abatido, con los ojos terriblemente inyectados y la faz amoratada, que daba miedo, se retiró al fin a su casa, después de pasar todo el día en la del municipio. Ni un rey a quien despojasen de la corona, sentiría golpe tan tremendo. Llegó a su domicilio sin escolta, como el más ínfimo particular. Bien había visto a Marcones paseando por los corredores, y estaba seguro de que aquél le vió también a él. No se atrevió a pedirle que le acompañase. El viejo alguacil estaba hablando con agasajo a don Rufo, a un enemigo suyo, y fingió no advertir que su jefe pasaba. No era que se volviese al sol que más calentaba. Era simplemente que Marcones, imbuído en las doctrinas de los modernos estadistas, comprendía que la fuerza pública debe estar siempre al servicio del poder constituído.
Y, sin embargo, nunca don Roque tuvo más necesidad de ser acompañado que entonces. Además de un frío moral que le helaba el corazón, sentíase físicamente indispuesto. Aquellas horas mortales de agonía recibiendo noticias contradictorias a cada instante, sin tomar alimento, con sólo algunas copas de ginebra en el cuerpo desde la mañana, le habían alterado hasta un punto indecible. Las piernas le flaqueaban y la vista se le obscurecía. Para llegar a su casa tuvo necesidad varias veces de apoyarse en las paredes. Cuando entró, la vieja criada que salió a abrirle, retrocedió asustada. La cara de su amo parecía como si unas manos invisibles le estuviesen apretando sin piedad la garganta. A pesar de hallarse bien avezada a descifrar los caóticos, inextricables sonidos, que salían de su boca en todas ocasiones, por esta vez no comprendió la orden que le daba. Vió que se retiraba derechamente a su cuarto. Procediendo por inducción, le llevó luz y un vaso de agua. Pero don Roque se enfureció, tiró el vaso al suelo, gritó como un energúmeno. Imposible, no obstante, averiguar qué querían decir aquellos rumores huecos, temerosos, infernales, que nacían en su garganta, y antes de salir se reflejaban con terrible resonancia cuatro o cinco veces en las paredes de su enorme cavidad bocal. Temblorosa, azorada, fué a buscar una botella de vino. Aunque un poco menos indignado, tampoco quiso recibirla; repitió con mayor énfasis, pero no más claridad, la orden que había dado. Al cabo, a fuerza de aguzar el oído, la sirvienta vino a entender que su amo pedía un ponche de ron. Don Roque, observando que le habían comprendido, se serenó, despojóse del enorme gabán en que yacía prisionero, de la levita, del chaleco. Al tratar de sacarse las botas, su noble faz municipal tomó el color del vino de Valdepeñas después de encabezado, y no pudo llevar la empresa a feliz término. Cuando vino la criada con el ponche, concluyó de sacárselas. Después, manifestó que se iba a meter en la cama, que cerrasen bien las puertas y no no se le turbase bajo ningún pretexto. La criada no entendió una palabra de su discurso, pero adivinó bien esta vez la sustancia, y se retiró.
Don Roque se dejó caer, en efecto, sobre el lecho. Se cubrió con la ropa hasta la cintura, y reclinando la espalda contra las almohadas, tomó el vaso de ponche y lo acercó a los labios. Al instante echó de ver que existía deficiencia en una de las bases. Hizo un gesto avinagrado, dejó escapar un sonido gutural inadmisible, y levantándose en calzoncillos, sacó de su armario la botella del ron, que colocó sobre la mesa de noche. Tornó a acostarse. Después, grave y solemnemente, con el vaso en una mano y la botella en la otra, fué reparando el yerro de la criada. Bebía un sorbo de ponche, y en seguida se apresuraba, a llenar el vacío con el líquido de la botella. Así modificada la composición, resultaba mucho más adecuada al estado de agitación en que su espíritu se hallaba. Porque, bajo aquel aparente sosiego, el cerebro de don Roque desplegaba una actividad prodigiosa. Todas las horas de aquel día se le presentaban una a una tristes y sombrías; las decepciones que había sufrido, las esperanzas fallidas, las disputas acaloradas, hasta el abandono de Marcones. Y luego, lo porvenir. Esto era lo más negro. Dejar el bastón de alcalde que tantos años había empuñado con gloria, convertirse en un simple particular, en un quídam. No tener derecho a entrar en el ayuntamiento. Pasar cerca de un guardia municipal, y no poder decirle:
—«Juan, ve a la fuente de la Rabila y no consientas que las criadas frieguen allí las herradas.» Ver un picapedrero trabajando en la calle y no tener facultades para ordenarle que calque más o menos las piedras, que suba o baje la rasante.
Sentía frío intenso a los pies. Se levantó dos o tres veces para echar ropa encima, sin lograr calentarlos. La botella pasó al fin toda al vaso, y del vaso al estómago. Esto produjo allá dentro un suave calor, que se fué esparciendo gratamente por todos los miembros. Don Roque sintió que la lengua se le desligaba, y comenzó a hablar solo con extremada claridad en su opinión. En realidad, si algún dios o mortal pudiese escuchar aquellos bárbaros sonidos, retrocedería horrorizado. Sobre todos flotaba sin cesar uno por demás extraño algo así como all, call, mall. Un filólogo perspicaz, después de estudiar bien aquel sonido, teniendo en cuenta la persistencia de la vocal a y de la consonante ll, acaso deduciría que la palabra expresada por el alcalde era canalla. Sin embargo, esto no sería otra cosa que una inducción más o menos legítima.
Al cabo calló. Sintió un fuerte calor en la garganta, que le invadió instantáneamente el rostro y la cabeza. La lengua no quiso trabajar. Experimentaba una impresión de engrandecimiento físico de todo su ser. Sobre todo, la cabeza crecía, creía de un modo tan desmesurado, que apenas podía con ella. Al mismo tiempo los objetos que le rodeaban, el armario, la cama, el lavabo, los bastones arrimados a la esquina, le aparecían de un tamaño diminuto. Creyó sentir dentro del cerebro el ruido de una maquinaria de reloj en movimiento, un volante que giraba con velocidad y un martillo que caía a compás con ruido metálico. El martillo cesó, y siguió el volante girando. Allá fuera, en la calle, percibió fuerte rumor de gente; luego extraños sonidos que le dejaron yerto. El pobre don Roque no sabía que le estaban dando a aquella hora sus enemigos una regular cencerrada. Estuvo por llamar a la criada, pero temió que tales sonidos fuesen como otras veces imaginarios. Y, en efecto, se confirmó en la idea al escuchar una descarga de campanas que le ensordecieron. Era un repique horrísono, donde tomaban parte desde la mayor de Toledo, hasta la campanilla de su escribanía. ¡Qué vértigo! ¡Qué fatiga! Afortunadamente cesó de golpe el campaneo. Pero fué al instante substituído por un silbido prolongado y tan agudo, que le desgarraba el tímpano de los oídos. Instintivamente se llevó las manos a ellos. Al terminar el silbido, se le figuró que la cama se levantaba por la parte de los pies. La cabeza se le iba hundiendo. Veía sus pies allá arriba. Esto le produjo fuerte congoja. Dió un gran suspiro, y los pies volvieron a su nivel. Mas en seguida tornaban poco a poco a levantarse y la cabeza a hundirse. Era necesario dar grandes suspiros para restablecerlos en su sitio.
Ni con aquel fantástico manejo se calentaban los malditos. Eran dos pedazos de hielo. En cambio, lo restante de don Roque ardía, se abrasaba. Sobre todo la cabeza alcanzaba una temperatura pasmosa, que iba cada vez en aumento. Cuando se llevó la mano a la frente creyó advertir que brotaba una llama azulada. Y oyó una voz, la voz de su mujer muerta hacía veinte años, que le llamaba a gritos: «¡Roque! ¡Roque! ¡Roqueee!» Los dientes del alcalde chocaron de terror. Dejó de ver el armario, las paredes de la alcoba, los objetos que tenía en torno, y en su lugar percibió un millón de luces de todos colores que al principio estaban inmóviles, después comenzaron a bailar con extremada violencia. A fuerza de cruzarse las unas con las otras, llegaron pronto a formar círculos concéntricos, uno azul, otro rojo, otro violeta, etc., que giraban sobre sí constituyendo un espectro mucho más rico que el de la luz solar. Al fin aquellos círculos, también desaparecieron, quedando un solo punto luminoso apenas perceptible. Mas aquel punto fué creciendo lentamente. Primero era una estrella, después una luna, después un sol enorme que se iba extendiendo y adquiría al mismo tiempo un vivo color rojo. Aquel sol crecía, crecía constantemente. Su disco inmenso de color de sangre tapaba la mitad de la bóveda; después, cubrió las dos terceras partes; por último la llenó toda. Don Roque quedó un instante deslumbrado. De repente no vió nada.
Jamás volvió a ver nada el buen alcalde. Por la mañana le hallaron muerto, sentado en la cama, con la cabeza doblada hacia atrás. Un caso de apoplejía fulminante.