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El cuarto poder

Chapter 18: XVI
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About This Book

La narración recrea la vida de una villa costera a través de su vetusto teatro y de los pequeños salones sociales donde se juegan honores y rencillas; sigue a una familia acomodada y a jóvenes enamorados cuyas aspiraciones domésticas se entrelazan con chismes y ambiciones locales. La aparición de un periódico comunitario provoca debates, rupturas y alianzas, desatando intrigas, traiciones y escaramuzas intelectuales. Entre bodas, confidencias y la intervención de forasteros influyentes, las decisiones privadas acaban por alterar las relaciones públicas y conducir a desenlaces tristes que transforman el orden social del pueblo.

XVI

De lo mucho y bueno que hizo el duque de Tornos en Sarrió

El Faro dedicó casi todo su número del jueves a cantar ditirambos al duque de Tornos. Publicó su biografía en la primera plana, describió en la segunda su entrada triunfal en la romería y el modo gallardo con que fué acompañado por las jóvenes más hermosas de la villa en medio de cantos y vítores. Insertó cerca de esta descripción unos versos con el mismo asunto de uno de los chicos de don Rufo. Por último, en la plana tercera, aún podían leerse dos o tres gacetillas referentes al egregio huésped. El Joven Sarriense se limitó a dar la noticia de su llegada en un gacetilla cortés y fría, titulada Bien venido. Pero a renglón seguido, y cogiendo la ocasión por los pelos, la emprendió como siempre a tajos y mandobles con sus enemigos. Figuraba el gacetillero que don Rosendo llevaba al Duque al Saloncillo y le iba presentando uno por uno los hombres más notables que allí se reunían. Con tal motivo se hacía innoble chacota de don Rudesindo, don Feliciano Gómez, Alvaro Peña, don Rufo, Navarro y otras respetabilísimas personas. Indignó la gacetilla en alto grado a todos los amigos de Belinchón, e hizo crecer en sus corazones el fuego de la venganza. Por lo bien escrita y malintencionada, achacábase comúnmente a Sinforoso Suárez.

¿Cómo? ¿Sinforoso no era el redactor principal de El Faro, el amigo fiel y edecán de don Rosendo? Ya no. Cerca de un año hacía que se apartara de sus antiguos amigos para ir a formar en las filas de los contrarios. Estos, sospechando la flaqueza de su carácter y las pasiones que germinaban en el fondo de su alma, le habían hecho la rosca, como vulgarmente se dice. Persuadiéronle, por medio de su padre y otras personas, de que unido a los del Saloncillo no haría jamás carrera; que atacando las ideas religiosas de la población no sería recibido en las casas respetables ni bienquisto de las damas. Al mismo tiempo procuraron engolosinarle con la perspectiva de un matrimonio para él muy brillante. La hija de un cuñado de Maza, era la joven que se le prometía vagamente. Al fin, con sorpresa y estupefacción de la villa, traicionó a sus amigos y protectores. De la noche a la mañana dejó la redacción del Faro y pasó a escribir en El Joven Sarriense. No fué impunemente, sin-embargo. La primera vez que tropezó con él Alvaro Peña en la Rúa Nueva, a las doce del día, le llenó de denuestos, y lo que es peor, le llenó la cara de dedos. La corrección fué tan vergonzosa, tan humillante, que Sinforoso, que no pecaba de bravo y altanero, concibió contra su verdugo odio feroz y un deseo punzante de venganza. Armándose de un palo de hierro que le facilitó su nuevo amigo Delaunay, esperó al ayudante en la esquina de la calle de San Florencio, y por detrás le arrimó un garrotazo en la cabeza que le hizo caer al suelo sin sentido. Transportaron a Peña a su casa y estuvo más de ocho días en la cama. Fueron inútiles los esfuerzos de sus amigos para obligarle a que diese parte a la justicia. A todo trance, como hombre irascible y arrebatado, quería tomársela por la mano, lo cual tenía sumamente medroso al agresor y bastante preocupada a la población. Contábase que el ayudante, mirando desde la cama por el balcón de su cuarto las tapias del cementerio, había dicho con acento de profunda convicción:—«El pobre Sinforoso no tajdará muchos días en dojmij allí para siempre.» Tales palabras produjeron gran sensación en la villa, porque se le suponía con arrestos para llevar a cabo el propósito. El efecto que hicieron en Sinforoso, no es para descrito.

En cuanto el ayudante salió a la calle, restablecido ya de su herida, el hijo de Perinolo se eclipsó. Nadie volvió a verle en un mes. Se decía que sólo salía de noche y con grandes precauciones. Pero, como todo decae y pasa en este mundo, su miedo mismo fué al cabo debilitándose, pensando tal vez que los sanguinarios pensamientos de Peña se habían borrado igualmente con el tiempo. Poco a poco se fué familiarizando con el peligro. Se aventuró a salir de día, huyendo, no obstante, de aquellos sitios en que pudiese tropezar con su cruel enemigo, informándose de todos si le habían visto pasar y hacia qué paraje se había dirigido. Con esto, la villa estaba anhelante, y preveía que la hora menos pensada iba a suceder una catástrofe.

Cierta tarde, con la seguridad que le dieron de que Peña había ido de paseo hacia la Escombrera con don Rosendo, nuestro Sinforoso se arriesgó a entrar a beber una botella de cerveza en el café de la Marina. Sentóse en una de las primeras mesas y al instante observó que los rostros de los parroquianos, muchos de ellos conocidos y amigos, se volvían hacia él sonrientes unos, otros con expresión de susto. No se pasaron muchos segundos sin que llegase a sus oídos la voz campanuda del ayudante, que discutía con sus amigos allá en el fondo del café, en lo más obscuro. Oirla nuestro periodista y dejarse caer al suelo en cuatro patas, fué todo uno. De esta suerte fué caminando sigilosamente hasta que alcanzó de nuevo la puerta, y se salió a toda velocidad. Cuando supuso que estaba ya muy lejos, uno de los parroquianos gritó:

—Alvaro, ¿sabes quién acaba de estar aquí?

—¿Quién?

—Sinforoso: ahora mismo se ha ido.

—¡Ah, mala centella que lo mate!—exclamó brincando más que corriendo al través de las mesas, saliendo disparado como un cohete.

Pero, ¿dónde estaba ya Sinforoso? Después de correr buen trecho por la calle sin saber a dónde iba, el ayudante se vió precisado a dar la vuelta y entrar de nuevo en el café con el despecho y la ira pintados en el rostro. Tanto tiempo se pasó, no obstante, sin lograr tropezar con él, que al cabo concluyó por perdonarle. Satisfizo su agravio con arrearle un par de puntapiés en el trasero, cuando después de tres meses, le halló paseando en la punta del Peón. El hijo del Perinolo dió gracias al Cielo de haber librado tan bien.

El enojo que la indigna gacetilla les produjo, se fué templando con la esperanza de aplastar muy pronto a los reptiles que la habían inspirado, o por lo menos darles algunos golpes formidables con el ariete del Duque. Los amigos de Belinchón andaban, los días que siguieron a la llegada de aquél, satisfechos y rozagantes, mirando a sus enemigos con ojos provocativos.—«Temblad, petates, temblad»—parecían decirles con la mirada.—El mismo don Rosendo, tan magnánimo, tan filósofo, tan humanitario, participaba de aquel rencor implacable, deseaba ardientemente el exterminio de sus contrarios. Poco a poco, a impulso de la lucha mortal en que estaba comprometido, aquellos sentimientos románticos de progreso, aquel amor a los adelantos morales y materiales de su villa natal, que hemos tenido el placer de admirar en los primeros capítulos de esta historia, habían cedido el sitio a un triste deseo de destrucción. Sin embargo, esto era puramente accidental. Allá en el fondo, su alma quedaba tan pura, tan progresista como había salido de las manos del Hacedor.

El partido del Saloncillo formó en torno del Duque una muralla impenetrable; «le secuestró», según la expresión del Joven Sarriense. No salía jamás a la calle sin ir acompañado de cuatro o seis de sus miembros más notables. Para mostrarle lo que guardaba la población digno de verse, le llevaban materialmente escoltado. Después vinieron las jiras a los caseríos y parroquias de las cercanías, a las casas de campo de los amigos de Belinchón, los banquetes opíparos, las excursiones de pesca y las cacerías. Realmente la vida era grata en Sarrió por el verano. El Duque, que había mandado delante un regular equipaje, tenía los enseres necesarios para pintar, y aprovechaba los ratos en que se le dejaba libre para bosquejar horrendos paisajes dignos del fuego eterno. Sus relaciones con la familia de Belinchón eran de estricta finura, una cortesía infatigable que mantenía admirablemente las distancias. En sus palabras, en su gesto, se traslucía siempre un sentimiento afectuoso de protección que suavizaba un poco aquella expresión de cansancio y hastío en que constantemente caía su rostro cuando le dejaban en libertad.

Tan sólo con Venturita parecían animarse un poco aquellos ojos muertos. Cuando se hallaba al lado de ella, el Duque redoblaba su finura hasta dar en viva y desenvuelta galantería. Cuando hablaba al corro de la familia, su mirada iba dirigida a ella, como si entre los demás no hubiera ninguno capaz de comprenderle. Las creaciones de su pincel nadie las veía primero que la esposa de Gonzalo, y si de alguien estimaba la admiración, era de ella. Le había dado a leer algunas novelas francesas que traía, y sobre su argumento y el mérito de los autores departían largamente en la mesa escuchados por los otros que apenas sabían de qué se trataba. Y al cabo de algunos días le propuso hacer su retrato. Sus aficiones le dirigían al paisaje; no había pintado más retratos que el de la duquesa de Montmorency y el de una de las infantitas de España; pero ahora sentía un vivo deseo, un capricho más bien, de retratar a Venturita tal cual la había visto por primera vez, con aquel traje azul marino descotado. La joven sintióse profundamente lisonjeada. La primera una duquesa, la segunda una infanta, ¡la tercera ella! Luego aquel singular deseo de retratarla en el traje de la primera noche, ¿no hacía presumir con fundamento que era viva la impresión que había producido en el Duque? Comenzaron las sesiones en uno de los gabinetes del piso principal. Don Jaime (que así se llamaba el magnate) había pensado retratarla reclinada en un diván rojo con algunas plantas y flores a los lados. Los tres primeros días asistieron a la sesión doña Paula, Gonzalo y Cecilia. Pero se cansaron pronto. En los siguientes los dejaron solos, viniendo la madre de vez en cuando a echar una ojeada al retrato y a decir dos palabritas de cortesía. En aquellos quince días que la pintura del retrato duró, la intimidad entre el Duque y la hermosa joven creció extremadamente. El magnate había condescendido hasta contarle mucha parte de su historia privada. La pública era bien conocida de todos.

Don Jaime de la Nava y Sandoval se había casado muy joven con una egregia dama ligada por vínculos estrechos de parentesco con la soberana. No había sido feliz en su matrimonio. El amor frenético de la dama (que la había hecho saltar la barrera social que la separaba de su esposo), entibióse presto. Surgieron desavenencias. Hubo algún escándalo, y concluyeron por separarse. Don Jaime, aunque disfrutaba de las preeminencias y honores que correspondían a su elevada posición, no hacía, sin embargo, un papel muy airoso. Sobre su frente pesaba un estigma fatal, que le había hecho padecer mucho hasta que se fué acostumbrando. De esta herida, que dado el temperamento de su esposa, no tenía tiempo a cicatrizarse, vengábase lindamente despellejando a la aristocracia de Madrid, arrojando puñados de lodo que llegaban, a salpicar a las más altas personas. Pasaba el duque de Tornos por una de las lenguas más aguzadas y temibles de la capital.

Venturita tuvo ocasión pronto de conocer su temple y su filo. En cuanto el magnate adquirió con ella alguna confianza y penetró por su larga experiencia, más que por su ingenio, el carácter que tenía, principió a dejarse resbalar un tanto en las conversaciones, como si el desenfado para tratar los asuntos escabrosos fuese una prueba de «buen tono». Habló con gran naturalidad y como cosa corriente, de las relaciones ilícitas que sostenía la mayoría de las damas aristocráticas de Madrid. «La duquesa de Tal, ahora está enredada con el hijo del banquero Fulano. La marquesa de Cual, se fugó a Bruselas con el secretario de la embajada de Rusia. A esta señora le gustaban los toreros; a aquélla la habían sorprendido con el lacayo. La condesa de Tal se gloriaba de tener tres amantes a un tiempo. La baronesa Fulana iba con el suyo en carruaje, mientras el marido guiaba afanoso los caballos.» No quedaba dama en la corte a quien no le arrancara una tirita de pellejo. No perdonaba siquiera a su esposa. Una vez concluyó por decir sonriendo cínicamente:—«Y por último, si se quiere saber lo que es la aristocracia de Madrid, ahí está la duquesa de Tornos, que es un buen resumen de todos sus vicios.»

Ventura quedó aterrada. Sabía vagamente los motivos de rencor que el Duque tenía contra su esposa; pero no creía posible que un marido pudiese hablar de aquel modo de su mujer en ninguna circunstancia. No obstante, se hallaba tan fascinada por la grandeza del personaje, que pronto vino a figurarse que aquellas formas, aquel cinismo, eran la expresión de la moda y el «buen tono». Luego vinieron las anécdotas picantes. El Duque contaba con su voz cascada y aquella sonrisa de hastío y superioridad que no se le caía de los labios casi nunca, multitud de aventuras galantes, devaneos y obscenidades que hacía pasar, diciendo previamente:—«Usted ya está casada y se le pueden contar ciertas cosas.» En pocos días desplegó como en un gran telón ante los ojos pasmados de la joven, el mundo cortesano que tanto ansiaba ella conocer, la vida íntima, secreta, de aquellos jóvenes pálidos, de bigotes retorcidos, que veía pasar en la Castellana guiando lujosos trenes, de aquellas lindas y orgullosas damas, que ostentaban en su carruaje timbre ducal y apenas se dignaban dejar caer sobre ella una mirada indiferente y desdeñosa. Fingiendo nada más que complaciente atención, Ventura recogía ávidamente aquellos pormenores mundanos. Luego los repasaba con febril actividad en su imaginación inquieta, donde siempre habían germinado vagos deseos de brillo, caprichos fantásticos, aspiraciones imposibles. El duque de Tornos, sin propósito de ello, sólo por el placer de dar rienda suelta a su lengua de hombre gastado y herido, corrompió más en pocos días el alma de la joven esposa que todas cuantas novelas había leído. Al fin y al cabo lo que las novelas decían, era mentira, mientras que las anécdotas del Duque acababan de efectuarse, los personajes que en ellas habían intervenido vivían y eran conocidos de todo el mundo. En fin, todo aquello estaba sangrando, como se dice vulgarmente.

El magnate, de alma corrompida y cuerpo gastado, y la bella provinciana, ansiosa de volar a esferas más altas, habían nacido, sin duda, para comprenderse. Se atrajeron por afinidad electiva como muchos cuerpos de la Naturaleza. Venturita agotaba todos los recursos de su imaginación en el tocador, y se presentaba cada día más seductora. Cuando el Duque, levantando un instante los párpados para mirarla, hacía una ligera señal de aprobación, el gozo le subía en forma de carmín a las mejillas. En aquel momento despreciaba de buena fe, con todas las veras de su alma, al mundo cursi en que la suerte la había hecho nacer y vivir. Aunque no abusaba, sabía usar perfectamente de la intimidad que el egregio huésped la concedía; se autorizaba con él alguna bromita de buen género, que hacía, no obstante, estremecer de susto a don Rosendo. Conocía que era la preferida y comenzaba a coquetear. El Duque, por su parte, afectando indiferencia absoluta por todas las cosas terrenales y celestiales, se preocupaba muchísimo de los jaquetes, levitas, camisolas, corbatas y, en general, por todo lo referente a la indumentaria. La variedad de prendas con que se presentaba, y lo original y aun estrambótico de algunas de ellas, llamaba poderosamente la atención del pueblo y deslumbraba a Venturita. En realidad, si ella se vestía para el Duque, éste se vestía también para ella.

Vagamente primero, con más precisión después, la hija menor de don Rosendo pensaba que la amistad del magnate podía aprovecharse, no sólo para aumentar la influencia política de su padre en la población, sino también para dar lustre y brillo a la familia. Por ejemplo, una gran cruz... Los que la lograban tenían tratamiento de Excelencia. Si su padre fuese un Excelentísimo Señor, perdería aquel carácter de comerciante en bacalao, que a ella le crispaba. ¿Y por qué no se la habían de dar? A un personaje de tal magnitud como el Duque no le costaba mucho trabajo conseguirla. Hasta había oído decir que con dinero e influencia no era difícil llegar a poseer un título de conde o marqués... ¡Un título! Venturita, sin considerar que tenía un hermano y una hermana de más edad, se estremecía deliciosamente pensando que algún día pudiera ser «la señora marquesa» o «la señora condesa». Pero aquel marido que tenía era ¡tan obscuro! ¡tan enemigo de mezclarse en política, ni darse importancia! ¡Oh, si ella fuese la que llevara los pantalones, ya se vería hasta dónde llegaba!

En poco tiempo su amistad y su influencia con el Duque crecieron de tal modo, que pudieron ser notadas, no sólo de los habitantes de la casa, sino también de muchas personas de fuera. Don Jaime la iba a esperar al baño muchos días y la acompañaba hasta casa atravesando la villa por el medio, excitando poderosamente la curiosidad pública. La joven se moría de placer deslumbrando de este modo, haciendo padecer a sus envidiosas conocidas. Porque el Duque no se ocultaba para prodigarle mil atenciones galantes, ni ella para ostentar un grado de confianza con él superior al de los demás de la familia. Gonzalo había observado, con secreto disgusto, aquella intimidad. El Duque «le había caído antipático» y notaba perfectamente que había reciprocidad en este sentimiento, por más que el personaje, como hombre de mundo, guardase frente a él una actitud cortés y hasta benévola, donde sólo un espíritu observador o un hombre de corazón y de instinto como Gonzalo podían traslucir la hostilidad. Sin embargo, a medida que la amistad y confianza con su esposa crecían, la antipatía del Duque parecía desvanecerse. Sus atenciones con el esposo eran cada vez mayores, y en apariencia, más sinceras. Como supiese que Gonzalo era excesivamente aficionado a la caza, le hizo el obsequio de una magnífica escopeta que a él le había regalado el czar de Rusia. El joven quedó agradecidísimo, y algo se borró con esta prueba de aprecio su antipatía. Después el magnate le invitó varias veces a salir de caza. En estas excursiones también se operó un deshielo evidente de sus sentimientos hostiles. Pero, desgraciadamente, vino un suceso casual a recrudecerlos. Un día, por hallarse Gonzalo en Lancia con una comisión de su suegro, salió el Duque a matar liebres acompañado solamente de don Feliciano y de Sanjurjo, el notario. Los perros que llevaban eran los de casa. Pues sucedió que el que más estimaba Gonzalo se portó inicuamente en la caza, tal vez por no asistir a ella su amo. Era un galgo finísimo que había encargado a Inglaterra y le había costado una cantidad exorbitante. La falta que cometió fué de las más graves que un individuo puede cometer en el uso de sus funciones. Nada menos hizo que después de cobrar una liebre, cuando el Duque corría hacia él para quitársela de la boca, soltarla de pronto en el suelo. El inocente animal, que sólo estaba herido en una pierna, corrió a esconderse en la maleza. Tal fué la indignación del magnate que, montando la escopeta, hizo fuego sobre el perro; mas éste, viendo la actitud agresiva del cazador, se había alejado rápidamente y no le tocó un solo perdigón. El Duque, encolerizado, furioso, le siguió para matarle, pero no logró darle alcance. El culpable se huyó del cazadero, y nadie le vió más aquella tarde. Cuando el magnate dió la vuelta a casa le dijeron que había llegado a ella el perro. Don Jaime, en quien todavía persistía la cólera, dijo al criado:

—Coge ese perro, sácalo al campo, y pégale un tiro.

El servidor se inmutó. Permaneció unos instantes suspenso; pero, ante la mirada fija, imperiosa del Duque, bajó la cabeza y se dispuso a cumplimentar la orden. Llamó al perro, le ató con una cadena, y tomando la carabina, salió de casa. ¡Qué ajeno iba el pobre animal de que le llevaban al suplicio! Brincaba con alegría, se retorcía, ladraba acariciando con la mirada al fiel servidor, el cual sentía que las lágrimas asomaban a sus ojos, maldiciendo del huésped y de la hora en que había llegado, pues era mucho lo que amaba a aquel hermoso animal.—¡Santo Cristo, qué va a decir el señorito Gonzalo cuando llegue, y sepa que le han matado el Polión!

Justamente, al pensar esto, asomaba Gonzalo por la esquina de la misma calle. Acababa de llegar de Lancia en la diligencia, y se dirigía a casa. Al tropezar con el criado, le preguntó sorprendido:

—¿Adonde vas, Ramón?

El servidor acortado, temeroso, después de vacilar unas instantes, le respondió:

—A matar el perro.

La estupefacción del joven fué tan grande, que pareció quedar petrificado.

—¡A matar el perro!

—Sí, señor; el señor Duque me dió esa orden, porque soltó una liebre después de cobrarla.

Gonzalo se puso lívido.

—¡Y qué tiene que mandar ese sinvergüenza!...—rugió sin poder proferir más palabras, arrebatando al mismo tiempo la cadena de manos de Ramón, con tal fuerza, que le hizo tambalearse. Y se dirigió a paso largo hacia casa, arrastrando al perro, dispuesto a interpelar al Duque de un modo violento. Mas antes de llegar, tuvo tiempo a reflexionar que su posición era muy delicada. Reñir con el huésped por cosa tan baladí, a los ojos de todo el mundo, por más que a los suyos no lo fuese, pasaría seguramente por el colmo de la grosería. Contentóse al fin con mandar al Polión a la perrera, y saludar al magnate con un poco de frialdad.

La antipatía, sofocada un instante, volvió a despertar con más fuerza. La amistad, las atenciones del Duque con su esposa, comenzaron, no ya a chocarle como antes, sino a herirle. No se le pasaba por la imaginación que tuviesen más carácter que el de finezas o galanterías usadas en la alta sociedad. La edad del prócer y la de su esposa parecía alejar todo motivo de celos. Sin embargo, «aquellas mojigangas iban picando ya en historia». Un día, hallándose a solas con Cecilia, le preguntó de pronto bruscamente:

—Vamos a ver, Cecilia, ¿a ti qué te parece de la intimidad que va adquiriendo mi mujer con el Duque?

La joven quedó sorprendida.

—¿Qué me ha de parecer?—le contestó mirándole con sus grandes ojos serenos.—Que por lo visto Ventura le ha sido más simpática que los demás de casa.

—Pero esa preferencia, ¿no te parece que va siendo ridícula para mí?

—¿Por qué?

—Porque sí... porque lo es—replicó con energía.

Después de unos instantes de silencio, añadió con gravedad:

—Tú, Cecilia, no sabes aún lo fácilmente que queda un marido en ridículo cuando tiene una mujer tan frívola, tan imprudente como Ventura.

—¡Gonzalo!

—Tan imprudente, ¡sí!... ¿Pero tú no observas qué afán tiene de hablar aparte con él, el placer que experimenta cuando todo el mundo la ve colgada de su brazo?... No me digas nada... Ya sé, ya sé que es pura vanidad. Toda su vida ha tenido el mismo carácter orgulloso y fantástico. Aunque no quieras convenir en ello, bien lo sabes. Pero aquí su vanidad puede traer consecuencias muy desagradables para mí... y para todos. Bueno que cada día se ponga un traje distinto, pensando que el Duque se va a fijar en ellos. Pase que se recorte las uñas en triángulo, y se dé colorete, y se descote, y hable de los cuadros de Meissonier, sin haberlos visto, y haga otra porción de cursilerías por el estilo. Pero, querida mía, esas sonrisitas delante de gente, esos apartes no son tolerables. Si esto dura algunos días más, me parece que voy a restablecer el orden de un modo que ella no puede sospechar siquiera.

Cecilia procuró calmarle. Si él mismo convenía en que todo ello dependía del carácter romancesco de Venturita, ¿a qué exaltarse de aquel modo? Los celos eran ridículos. Nadie en el mundo podría suponer que Venturita fuese a considerar al Duque sino como lo que era, un hombre casado, un viejo que podía bien ser su abuelo.

—No, si no tengo celos—decía avergonzado el joven.

—Sí los tienes, Gonzalo. Aunque no te des cuenta de ellos, los tienes... Ese furor, esa exaltación, ¿qué son en el fondo más que celos?... Y mira, chico, perdóname que te diga que es hacerte muy poco favor, y hacerle menos aún a tu mujer. Si se te ha pasado por la imaginación que Ventura puede preferir un trasto como ése a un marido como tú, la supones con bien poco gusto.

Al decir esto se ruborizó. Gonzalo agradeció el piropo con una sonrisa, sin darse por vencido. El instinto, que en él era poderoso, más que la inteligencia, le decía que sí, que era posible aquella aberración. Sin embargo, no quiso discutir, porque le humillaba defender tal supuesto, aunque fuese delante de su cuñada.

Deseaba advertir a su esposa que le disgustaban las conferencias con el Duque, sus apartes, sus muecas y sonrisas que iban ya tomando carácter de verdaderas coqueterías. Pero conocía por experiencia a Venturita, y se temía a sí mismo. Cualquier frase punzante de las que ella usaba a menudo, cualquier burla inoportuna en aquella circunstancia, podía dispararle, y él no sabía a dónde iba a parar cuando se disparaba.

Así estaban las cosas, cuando al día siguiente de aquella conversación con Cecilia, fué a dar una vuelta por la mañana al Saloncillo, según costumbre. Hojeando los periódicos que había sobre el velador del centro, cayó en sus manos el último número de El Joven Sarriense. Casi nunca lo leía. Por más que estuviese apartado de la lucha feroz de los bandos, odiaba a los del Camarote. Luego temía encontrarse con injurias a su suegro, que le excitaban la cólera. Pero esta vez paseó la vista con indiferencia por él, y la detuvo para leer unos versos de Periquito a un grano de cierta dama, que le hicieron reir a carcajadas. Debajo de estos versos había una gacetilla que llevaba por título: Un marido como hay pocos. Comenzó a leerla sin gana.

«Viajando un mandarín de la China, llega a alojarse en la casa de cierto chino plebeyo que pone a su disposición las mejores habitaciones y compra los pescados más caros del mercado para obsequiarle. Este chino tenía una mujer muy hermosa, que desde luego llamó la atención del viejo mandarín (porque era viejo). El mandarín no mira para los muebles que el chino le presenta con orgullo, no repara en los lujosos tapices, en los pescados suculentos. Mira tan sólo a la esposa del chino. Este le va llevando a casa todos sus amigos, que se deshacen en cortesías y genuflexiones, le abruman a sonrisas y lisonjas. Pero el mandarín, apenas se digna dirigirles la palabra. Toda su saliva la gasta con la esposa del chino. Le hace ver la población, los monumentos más notables, los contornos pintorescos. Nada; el mandarín no tiene ojos más que para la china. Invítale a grandes y magníficas cacerías, condúcele en rauda balandra por el mar azul y tranquilo para que pesque plateados y sabrosos peces. Mas el mandarín medita, cuando echa los anzuelos al agua, que es mil veces preferible pescar a la linda consorte de su huésped. Y mientras todos en la casa y fuera de ella, observan la melancolía del mandarín y adivinan sus deseos, sólo el marido permanece sosegado, ignorante, persistiendo siempre en alegrarle con opíparos banquetes y regocijadas fiestas. Hasta que un amigo le dice al oído:—«¿No ves, papanatas, que lo que tu huésped quiere no son banquetes, ni pescas, ni cacerías, sino a tu hermosa mujer?» Entonces el chino, despertando de pronto de su ignorancia, toma a su mujer de la mano, se dirige con ella al mandarín, y le dice:—«Perdóname, señor, yo no veía tu tristeza, yo no adivinaba tus deseos. Aquí tienes a mi esposa. Si antes supiera que la apetecías, antes te la hubiera ofrecido, ¡oh mandarín excelso!»

Gonzalo terminó de leer la gacetilla con indiferencia. De pronto, cayó como un rayo sobre su mente la idea de que en aquel cuentecillo se aludía a él. Una ola de sangre subió a su rostro, y se lo encendió como una brasa. Echó una rápida mirada de vergüenza en torno. Estaba solo. Con las manos convulsas, tomó de nuevo el periódico que había dejado caer, y leyó la gacetilla por segunda vez, por tercera, por cuarta... Cuanto más la leía, más penetraba en su cerebro, más se aferraba a su espíritu la funesta sospecha. Y sintió un frío extraño que le invadía todo el cuerpo menos la cabeza. La primera idea que le acometió después, fué ésta:—«Voy ahora mismo a la redacción del Joven, y hago pedazos a cuantos encuentre dentro». Se puso el sombrero que se había quitado, y salió de la estancia. Pero al llegar a la escalera, se le ocurrió otro pensamiento; el del gran escándalo, la campanada que iba a dar en la villa. Iba a confesarse burlado ante la población entera. Sus enemigos, o por mejor decir, los de su suegro, ¡con qué placer le hincarían los dientes! Subió de nuevo las escaleras y entró en el Saloncillo para reflexionar un momento. Después de dar unas cuantas vueltas, con la mirada extática, sin saber él mismo si andaba o permanecía inmóvil, revocó su acuerdo. Tomó de la mesa el periódico, lo dobló pausadamente, y lo guardó en el bolsillo. Luego bajó la escalera de caracol y se dirigió a su casa, el rostro blanco, el paso lento, la mirada fija. El exceso de ira y la confianza en su fuerza, le habían devuelto la calma.

—¿Está la señorita en su cuarto?—preguntó al criado que salió a abrirle la puerta.

—Me parece que sí señor: preguntaré a la doncella.

—No, no preguntes nada; voy allá yo.

Y enderezó los pasos hacia el gabinete que le servía de habitación, desde que el Duque ocupaba el piso segundo. Al pasar por delante del corredor, no reparó en doña Paula, que estaba cerca de la puerta, y se inmutó al ver la expresión extraña de su fisonomía.

Venturita estaba delante del espejo. Al ver a su marido, sin volver la cabeza le preguntó:

—Hola: creí que habías salido ya. ¿Qué traes de nuevo?

Gonzalo sacó del bolsillo el periódico, lo desdobló lentamente, y se lo presentó diciendo:

—Esto.

—¿Y qué es esto?—preguntó la joven con sorpresa.

—Un periódico.

—Ya lo veo... ¿Y qué?

—Trae una gacetilla muy interesante. Léela. Aquí, en la tercera plana, debajo de estos versos.

En el gabinete había aún tres o cuatro tiestos con plantas de las que habían servido para el retrato. Este, fijo ya en un gran marco dorado, estaba arrimado a la pared, esperando la hora de ser colgado en el salón. Los ojos de Gonzalo, al tropezar con él, se habían obscurecido todavía más. Y eso que la imagen de su esposa, más rubia que un canario y más colorada que una rosa de Alejandría, miraba al cielo con una expresión mística que jamás él la conociera. El Duque hablaba de enviar el retrato al Salón de París.

Mientras Ventura leyó la gacetilla, no le quitó ojo, escrutando con anhelo inconcebible los rasgos de su fisonomía. Pero ésta permanecía inalterable. Sólo al terminar y ofrecerle de nuevo el periódico, la encontró ligeramente pálida.

—¿Por qué me mandas leer esto?... No entiendo...

—Voy a explicártelo—repuso Gonzalo con acento de ira concentrada, recalcando mucho las sílabas.—Te he mandado leer esto, porque el mandarín de que aquí se trata, es el duque de Tornos, la china eres tú, y el chino yo... ¿Lo entiendes ahora?

Al decir esto, la miraba con extraña y terrible fijeza, apretando con mano crispada una rama de la planta que tenía a su lado.

Ventura recibió aquella mirada sin pestañear, con sorpresa más que con susto. Vaciló un instante, moviendo un poco los labios para contestar. Por último soltó una gran carcajada.

—¡Ave María, qué barbaridad!

—Seamos serios, Ventura—replicó el joven.—Esto que excita tu risa, es una cosa gravísima que puede decidir de tu felicidad y de la mía...

Ventura dió por toda contestación otra carcajada, y después otra. Parecía desternillarse de risa. Mas aquellas carcajadas no salían de adentro. Gonzalo notaba su afectación perfectamente.

—¡Cuidado, Ventura, cuidado!—exclamó con el rostro demudado.—¡Mira que estoy hablando en serio!

—¡Pero, hombre! ¡ja, ja!... ¿Quieres que no me ría, si me dices, ¡ja, ja, ja! que tú eres un chino y yo una china? ¡ja, ja, ja!

Sus carcajadas eran cada vez más sonoras y más fingidas.

—Hace ya bastantes días—profirió el joven, después de una pausa, con acento sombrío—que debiera haber puesto las cosas en orden... Esa intimidad infundada, inconveniente, estúpida, de que haces alarde, delante de gente, de tener con el Duque, me cargaba ya hasta los pelos... Pero no quería dar mi brazo a torcer. Siempre parecen ridículos los hombres celosos. Ahora bien, ¡mira, mira lo que me pasa por ser demasiado prudente!

Al decir esto, arrancó la rama que estaba apretando, y la hizo una pelota dentro de la mano.

—¿Pero estás celoso de veras?—le preguntó ella, con acento entre burlón y cariñoso.

—Si lo estuviese, me callaría, Ventura... me callaría y observaría... Y si los celos fuesen fundados, he aprendido lo que se debe hacer antes que el cura me leyese la epístola de San Pablo... Pero aquí no se trata de celos... Ni la edad, ni la posición del Duque permiten bien que los haya, ni yo te hago la ofensa de suponer que le prefieres a mí. Lo que hay, es el ridículo que ha caído sobre mí por tus imprudencias. ¿Tú no ves, desdichada, que el público nos observa, que tenemos muchísimos enemigos, y que éstos se han de aprovechar del más mínimo pretexto para zaherirnos?

—Bien, confiesas que esto no es más que un pretexto para mortificarte—dijo la joven poniéndose seria.

—Sí, pero fundado en lo que tú has hecho arrastrada de esa vanidad necia, que en vano he querido arrancarte del alma.

—Entendámonos, Gonzalo. ¿Qué es lo que yo he hecho?—profirió ella con voz irritada.

El joven guardó silencio mirándola fijamente. Después de unos instantes dijo con lentitud:

—Demasiado lo sabes. El repetirlo, me humilla.

Hubo otro rato de silencio. Ventura preguntó al fin con impaciencia:

—En resumidas cuentas, ¿qué quieres?

—Voy a decírtelo—contesto el joven, reprimiéndose con trabajo.—Quiero que cese esa intimidad ofensiva para mí, como acabas de ver. Quiero no pensar más en el duque de Tornos, ni ver su sonrisa protectora, ni sus modales de conquistador aburrido. Quiero volver a la calma que todos disfrutábamos antes de su llegada. Y como lo quiero a toda costa, estoy dispuesto a conseguirlo a toda costa...

Calló un instante y luego añadió con fuerza, con más fuerza de la necesaria:

—Hoy mismo, saldrá el Duque de esta casa.

Ventura le miró con estupor. Se puso repentinamente lívida, y con los labios temblorosos por la ira, exclamó:

—¿Qué estás diciendo ahí? ¿Será necesario llevarte a Leganés?... Vamos, vamos—añadió con acento despreciativo,—hazme el favor de dejarme en paz. Ve a refrescarte, porque lo necesitas.

La faz de Gonzalo se contrajo violentamente; su boca se abrió con una expresión de feroz sarcasmo, llamearon sus ojos.

—¡Ah!—rugió más que dijo.—Conque la amistad de ese cornudo (porque es un cornudo, ¿sabes? toda España está enterada). ¡Conque la amistad de ese cornudo, te interesa más que la felicidad de tu marido! ¡Conque te figuras que yo por no ser duque y grande de España, no sé hacer respetar mi honor! ¡Ahora verás! ¡ahora verás!... Mira por lo pronto lo que yo respeto a ese cornudo...

Y al decir esto, dió un puntapié al retrato, que cayó al suelo con estrépito. En seguida se puso a brincar sobre él los dientes apretados, los ojos inyectados en sangre, con una de esas cóleras fragorosas de los hombres fuertes y pacíficos. La tela quedó al instante hecha pedazos. Ventura, enteramente demudada, vomitó, más que dijo, con la osadía inconcebible de la mujer adorada:

—¡Bruto! ¡bruto!

La entonación de esta injuria era tan feroz, tan rabiosa, que Gonzalo levantó la cabeza como si le hubiesen clavado un hierro candente. Saltando sobre ella, la agarró por un brazo. La joven lanzó un grito penetrante de angustia. La mano de su esposo era una tenaza de acero que iba a triturarle el hueso.

—¡Perdónala, Gonzalo, perdónala!—entró gritando en aquel instante doña Paula.

El indignado joven volvió la cabeza sin soltar a su esposa. Al ver a su madre política, en cuyo rostro la enfermedad había hecho crueles estragos, contraído ahora por el terror, con los ojos suplicantes, las manos plegadas hacia él con mortal congoja, aflojó la suya y la dejó caer sobre el muslo.

No tuvo tiempo a decir nada. Doña Paula, sin mirar a Ventura, le cogió de la ropa diciéndole:

—Ven, hijo mío, ven. Yo arreglaré este asunto, y te volveré la calma.

Y Gonzalo se dejó arrastrar como un autómata, lleno de confusión.

Al llegar a su cuarto, la buena señora cerró la puerta.

—Lo he oído todo—le dijo, clavando en él aquellos grandes ojos negros y tristes como los de una Dolorosa, único resto de su antigua belleza.—Te vi cruzar por el pasillo con una cara tan extraña, que no pude menos de seguirte... No sé lo que dice ese periódico que has dado a Ventura, pero debe ser algo muy feo y repugnante...

—¡La injuria mayor que se puede hacer a un hombre!—profirió Gonzalo con la garganta apretada.

—¡Qué infames! ¡Insultarte a ti que jamás les has hecho daño alguno! Tienes razón, la culpa es de Ventura. Sus ligerezas, el gusanillo que tiene metido en la cabeza, ha dado lugar a este disgusto, como a todos los otros más pequeños que hasta ahora habéis tenido. Pero no vayas a figurarte que hace estas cosas por maldad... Ventura es una loca, una taravilla; pero en el fondo no es mala. Con el tiempo se irá corrigiendo. Yo también he tenido mi cacho de orgullo y he gozado con ciertas tonterías que hoy me avergüenzan. ¡Oh, los años, las tristezas, las enfermedades, le van arrancando a una todas las ilusiones!... Lo que importa ahora, es evitar a todo trance mayores disgustos. Hace tiempo que vengo notando las atenciones del Duque con Venturita y la intimidad que ha nacido entre ellos. Sé fijamente que esta intimidad no tiene importancia alguna. Estoy enteramente segura de mi hija, como tú debes estarlo. Pero comprendo muy bien que la conducta de ese señor te moleste... Sobre todo, desde que un periódico se ha aprovechado de ella para injuriarte, las cosas no pueden continuar así. Es necesario tomar una resolución...

—Ya está tomada—dijo sordamente Gonzalo.—Hoy mismo despido al Duque de esta casa.

—No, tú no puedes ni debes hacerlo. Tienes el genio violento. Habría una escena escandalosa que es necesario evitar.

—¡Pues es lo que yo quiero precisamente! ¡esa escena!

—No seas niño, Gonzalo—repuso la señora.—El arreglo de este asunto me corresponde a mí, ya que Rosendo, fuera de su política, ni ve, ni entiende, ni oye. Un escándalo ahora, te pondría en ridículo...

—¡Pues aunque así sea!—exclamó el joven con rabia.—Quiero tener el gusto de arrojarle de casa.

—Me obligas a decirte, Gonzalo—replicó doña Paula con impaciencia y autoridad,—que no tienes ningún derecho a hacerlo. Ni tú le has invitado, ni eres el dueño de la casa...

El joven se puso colorado. Observando su confusión, la señora añadió con acento cariñoso:

—Tú eres un hijo nuestro, y los hijos no deben intervenir en estos asuntos, que corresponden a los padres. Nosotros tenemos el deber de velar por vuestra felicidad, sacrificarnos por ella. Yo haré que el Duque salga de esta casa, sin escándalo, sin que se entere nadie del motivo, sin exponerte a cometer una bajeza, de la cual te arrepentirías... No creas que lo hago por él, a quien detesto... Desde que llegó me ha sido profundamente repulsivo ese hombre. ¡Ahora que veo lo que ha traído a nuestra casa, figúrate cómo le querré! Lo hago únicamente por ti, a quien quiero, no diré más que a mi hija, porque los hijos... ¡Oh, los hijos!... Tú ya sabes lo que son... pero tanto, por lo menos... y a quien estimo mucho más...

Gonzalo, enternecido, se dejó caer en una silla. Comenzó a sollozar como un niño, con el rostro entre las manos. La buena señora le puso la suya, pálida y descarnada, sobre la cabeza, diciendo con lágrimas también en los ojos:

—¡Pobre hijo mío! Aguárdame un instante. Voy a decir a ese señor lo que hace al caso.

Subió la señora de Belinchón la escalera de caracol que conducía al piso segundo. Arriba tropezó con el ayuda de cámara de su huésped.

—¿Qué hace el señor Duque?—le preguntó.

—Está pintando—respondió el criado mirando con sorpresa y curiosidad los ojos llorosos de doña Paula.

—Dile que deseo hablar con él.

Mientras el doméstico fué a avisar a su señor, doña Paula creyó que las fuerzas iban a faltarle. Comenzó a sentir los síntomas primeros de una de aquellas sofocaciones que de vez en cuando le daban. Pero la firme voluntad de devolver la calma a sus hijos venció a la enfermedad en tal instante. Encomendóse devotamente a la Virgen de las Mercedes, y penetró con resolución en el gabinete-estudio de don Jaime.

El cual, vestido medio a lo oriental con un traje estrambótico que usaba por las mañanas dentro de casa, salió a recibirla teniendo aún en las manos el pincel y la paleta.

—Señora—dijo inclinándose respetuosamente, quitando el gorro turco que le cubría la calva,—mucho siento que usted se haya molestado en subir. Bastaba un aviso para que yo me hubiera apresurado a ir a ponerme a sus órdenes.

Doña Paula respondió con un gesto de gracias, llevándose la mano al corazón que le saltaba dentro del pecho como un potro desbocado.

El Duque la examinó con sorpresa.

—Siéntese usted, señora—la dijo, depositando la paleta y el pincel sobre una silla.

Sentóse, en efecto, en una butaca. Don Jaime permaneció en pie.

—Hay que cerrar la puerta—dijo ella tratando de levantarse nuevamente. Pero el caballero se apresuró a hacerlo. Después vino a colocarse frente a la dama, cuadrando los pies en actitud exageradamente respetuosa, esperando a que ella hablase.

Tardó aún algunos momentos. Al fin, elevando hacia él sus ojos doloridos, dijo:

—Señor Duque, usted nos ha honrado mucho viniendo a esta casa. Nunca le agradeceremos bastante esta prueba de estimación que nos ha concedido...

El Duque se inclinó, levantando al mismo tiempo los pesados párpados para dirigir a su interlocutora una mirada, donde se traslucía la inquietud y la curiosidad.

—¿Por qué no se sienta usted?—preguntóle doña Paula interrumpiendo su discurso.

—Estoy bien, señora; siga usted.

Con aquella interrupción se turbó. No supo proseguir en algunos segundos. Al cabo murmuró:

—¡Es una desgracia!... No sabe usted, señor Duque, lo que está pasando por mí en este momento. ¡Quisiera morirme!

Y las lágrimas acudieron a sus ojos. Sacó el pañuelo, y ocultó el rostro con él.

El Duque, cada vez más inquieto, le dijo:

—Serénese usted, señora. Soy un verdadero amigo de usted y de Belinchón. Cualquiera que sea el disgusto que usted tenga, yo lo comparto como si fuese mío también, y estoy dispuesto a hacer todo lo que esté de mi parte para calmarlo.

—Muchas gracias... muchas gracias—murmuró la señora sin separar el pañuelo de los ojos. Al cabo de un rato de silencio, dijo con voz temblorosa:

—Puede usted hacerme un favor muy grande... Un favor que le agradecería mientras tuviese un soplo de vida... Pero no me atrevo a pedírselo...

—Le repito que estoy a sus órdenes, y que todo lo que pueda hacer en su obsequio debe usted darlo por hecho...

—¡Oh, no; es una atrocidad!... Señor Duque, usted está muy lejos de sospechar que su venida a esta casa ha producido graves disgustos. Su carácter bondadoso y llano, la simpatía que el genio alegre y abierto de mi hija Ventura ha conseguido inspirarle, ha dado lugar a habladurías en el pueblo...

—¡Oh!—interrumpió el Duque sonriendo, para ocultar cierta emoción de vergüenza.

—Sí; habladurías muy ofensivas para todos nosotros, pero principalmente para mi hijo político, a quien queremos en casa como si fuese hijo verdadero... No le recrimino a usted ni a ella. Creo que en usted no ha habido más que exceso de amabilidad, que en un pueblo remoto como éste, donde todo choca y se comenta, acaso no ha debido usted tener... En ella ha habido la imprudencia y la ligereza que siempre han sido sus defectos. Es una chiquilla que tiene la voluntad virgen, como suele decirse... Si este pueblo no estuviese dividido, no hubiera esa maldita guerra que a todos nos mata, acaso nadie se hubiera fijado... Por desgracia, nuestros enemigos buscan el más pequeño pretexto para mortificarnos y sacarnos a la vergüenza... Se ha publicado ya una gacetilla que hiere de un modo escandaloso a mi yerno... y esto no lo puedo consentir.

Doña Paula había ido perdiendo su cortedad a medida que hablaba. Las últimas palabras las pronunció con energía. A la faz terrosa del Duque había acudido un poco de color. Por la cabeza debieron pasarle ideas graves y tristes; pero en realidad no le pasó más que la siguiente: «Esta mujer me está dando una lección».

—Siento mucho, señora—dijo con expresión soberbia,—haber ocasionado a ustedes un disgusto... Pero estoy tan acostumbrado a que el público se fije en mis actos y los comente a su gusto, que esas habladurías y esas gacetillas de que usted acaba de hablarme, no me causan la más mínima molestia. Los pequeños se vengan de la superioridad de los grandes, murmurando de ellos. Es ley eterna que no se debe contrariar.

—Todo eso está muy bien, señor Duque. A un personaje tan alto como usted, no pueden llegar las murmuraciones del pueblo... Pero a nosotros es muy distinto. No estamos colocados en esa altura y las malas lenguas, crea usted que nos hacen muchísimo daño...—respondió doña Paula con inocencia que resultaba profundamente irónica.

El Duque algo impaciente, jugando nerviosamente con el gorro que tenía en la mano, replicó:

—Repito que lo siento mucho, señora. Si hubiera sabido que mis inocentes atenciones con su hija pudieran interpretarse tan malignamente, me hubiera guardado bien de prodigárselas... En adelante procuraré ser más cauto... Pero, ¡Dios mío!—añadió riendo.—¿Cómo es posible figurarse que un hombre de mis años pueda mirar a una niña como Ventura, sino con ojos paternales?

Allá en el fondo, sentíase halagado de aquella suposición.

—¡Oh! señor Duque, los hombres de la posición de usted, no son nunca viejos. El brillo atrae mucho a las mujeres... Por eso no basta que usted se reprima en adelante y sea prudente. Es necesario quitar al mundo todo pretexto para murmurarnos...

El Duque se puso repentinamente pálido. Vaciló unos instantes, y dijo al cabo:

—Saliendo yo de esta casa, ¿verdad?

—Ese era el favor que venía a pedirle—dijo ella sin levantar los ojos, con entonación humilde.

Don Jaime se puso aún más pálido. Dió una vuelta por la estancia arrugando con mano crispada el gorro turco, dejó escapar una risita sarcástica, y volviendo a plantarse delante de doña Paula, dijo con burlona arrogancia:

—¿De modo, señora, que me echa usted de su casa?

—¿Yo, señor Duque?... ¡Qué idea!... Lo que quiero únicamente es devolver la calma a mis hijos, y evitar un choque...

—¿Qué choque?—preguntó el Duque, por cuyos amortiguados ojos pasó un relámpago siniestro.

Doña Paula adivinó un peligro para su yerno, y se apresuró a enmendar la imprudencia.

—El choque de mi hijo político con los canallas que pretenden insultarle... Mire usted, Duque; si toma a mal la súplica que acabo de hacerle, se equivocará mucho... Nosotros estamos tan honrados con su estancia en nuestra casa, que nada nos ha causado tanto orgullo como esa preferencia... Mi marido la ha solicitado con empeño, y ha recibido gran alegría cuando supo que usted había aceptado su invitación... ¿Cómo puede nadie figurarse que yo no me encuentre satisfecha teniendo en mi casa a una persona tan elevada, yo que soy una pobre mujer del pueblo, hija de un marinero, nieta de un sereno, a quien toda la villa llama la Serena, como llamaron a mi madre y a mi abuela?... Verdad que si hubiera sido hace algunos años, estaría más orgullosa... Los desengaños, las tristezas, van labrando la soberbia... Pero de todos modos estoy muy contenta, y sólo el temor a los grandes disgustos que pueden venir a mis hijos, me ha obligado a dar este paso... que usted me perdonará...

Don Jaime dió otro paseo por la sala, se detuvo en el medio a meditar unos instantes, y concluyó por hacer un gesto de desdén con los labios, levantando al mismo tiempo los hombros. Luego vino hacia doña Paula y le preguntó:

—¿Su marido tiene conocimiento del paso que usted acaba de dar?

—No, señor..., y me alegraría de que pudiera arreglarse todo sin que él se enterase...

—Perfectamente. Hoy mismo quedará usted complacida.

—¡Oh, señor Duque! Mil gracias... Usted sabrá perdonar...—exclamó levantándose y extendiendo hacia él las manos.

El magnate se limitó a inclinarse profundamente sin contestar.

—Le suplico que no me guarde rencor...

—Lo que acabamos de hablar quedará secreto entre nosotros. Buscaremos medio de que nadie sospeche el motivo de mi marcha. Procure usted desempeñar bien su papel. Yo respondo del mío.

Doña Paula salió de la estancia escoltada por el Duque, que la despidió a la puerta con una exagerada y silenciosa reverencia.

Al llegar a la escalera la angustiada señora, respiró con libertad. Aunque fuese a costa de aquellas penosas emociones, se alegraba vivamente de haber arreglado el asunto sin escándalo y sin peligro. Y con pie ligero, ella que ordinariamente se arrastraba ya para andar, a causa de su dolencia, fué a comunicar a Gonzalo el resultado de la visita.

A la hora de almorzar el Duque manifestó que había recibido carta de uno de sus hijos en que le noticiaba que vendría a pasar el mes de septiembre con él a Sarrió. Probablemente vendría también su hermano el marqués del Riego. Con este motivo expresó su resolución de tomar habitaciones en la fonda. Al instante fué contrariada con gran calor por don Rosendo, con el apoyo de su esposa. Venturita se había puesto pálida. Miraba al Duque de un modo particular. Gonzalo, con los ojos bajos, el rostro sombrío, comía en silencio mientras se disputaba. A pesar de todas las razones que don Rosendo alegó para retenerle, haciéndole presente que la casa era capaz para recibir a los nuevos huéspedes, el disgusto que a él y toda su familia iba a ocasionarles aquella tan inopinada marcha, etc., etc., el Duque se mostró inflexible. Respondía con la misma sonrisa protectora a cuanto se le manifestaba, y repetía sin cesar frases de agradecimiento y amistad.

Convencido al fin de que era inútil insistir, el insigne cuanto atribulado don Rosendo, fué con el mismo Duque y su secretario a ver las habitaciones de la fonda de la Estrella, la única decente que había en la villa. Alquilaron todo el piso principal. Al día siguiente se trasladó el magnate, a pesar de las vivas representaciones de su huésped para que se quedase al menos mientras no llegasen los otros.

Sorprendió vivamente a la población aquel traslado. Preguntóse la causa; y aunque don Rosendo informó cumplidamente a todo el mundo de lo que había acaecido, no pudo evitarse que quedase en el espíritu del público alguna duda o sospecha de que las cosas no habían pasado enteramente como Belinchón las relataba. Particularmente sus enemigos recibieron gran alegría. Se dedicaron con afán a descifrar aquel enigma, pensando, no sin razón, que los del Saloncillo ya no podrían utilizar la fuerza del Duque para combatirles. En los dos meses y pico que éste llevaba de permanencia en Sarrió, los amigos de don Rosendo habían conseguido que prosperase en el juzgado una denuncia contra el alcalde, previa la venia del gobernador de la provincia; habían logrado «tumbar» al administrador de Correos que era del Camarote, y que se resolviese en favor suyo «el problema del matadero». Los amigos de Maza, que andaban cabizbajos y abatidos, recibieron la noticia como una mosca, próxima a morir en el otoño, recibe un tardío rayo de sol. ¡Santo Dios qué calurosos comentarios aquella noche en el Camarote! ¡Cuánta conjetura! La alegría chispeaba en todos los ojos. Abríanse las narices olfateando la caída de los del Saloncillo, y su próxima y definitiva victoria. El Joven Sarriense publicó en su primer número la siguiente lacónica, pero endemoniada gacetilla: «El lunes se ha trasladado a las habitaciones del piso principal de la fonda de la Estrella el Excelentísimo señor duque de Tornos, conde de Buenavista, que estaba hospedado en casa de don Rosendo Belinchón. Damos al egregio Duque la más cumplida enhorabuena». Este indigno comentario tuvo dos días enfermo al nobilísimo Belinchón, pasados los cuales mandó sus padrinos a Maza. Pero éste contestó que mientras estuviese constituído en autoridad no podía batirse. Cuando dejase de estarlo ya vería si le convenía cruzar las armas con «semejante mamarracho». Como los padrinos contestasen en mal tono, les amenazó con llevarlos a la cárcel, y hubieron de retirarse.

El duque de Tornos siguió visitando de vez en cuando la casa de don Rosendo y dejándose acompañar por éste y sus amigos siempre que salía a la calle. En la apariencia, la amistad entre ellos seguía inalterable. La poca gente imparcial que había en Sarrió iba creyendo que no había misterio alguno en su traslación y que todo era imaginaciones ridículas de los del Camarote, a quienes cegaba el deseo de vencer a sus contrarios. Sin embargo, pasaban los días, había entrado ya septiembre, y ni el hijo ni el hermano del magnate acababan de llegar. Este había mejorado muchísimo de salud en Sarrió, según decía a cuantos se le acercaban. Hizo traer de Madrid coche y caballos y compró una bonita balandra para pescar. Parecía disponerse a pasar todavía algunos meses en la villa.

En sus relaciones exteriores con la familia Belinchón, esto es, cuando se encontraba con ella en público, observaba una conducta delicada y afectuosa, como personas a quienes debía muchas atenciones. Con Venturita no se autorizaba tantas familiaridades, pero no dejaba de hablarla en el teatro o en el paseo de un modo cariñoso. Así hacía perder la pista a los que buscaban la causa de su salida de la casa. Doña Paula estaba muy satisfecha de esta conducta. El mismo Gonzalo, comprendiendo que no se le podía exigir más, se mostraba con él atento y cortés. La tranquilidad había vuelto a renacer entre los jóvenes esposos. Venturita, después de unos días en que no cambió con su marido palabra alguna y aparecía pálida y ceñuda, herida, sin duda, por la violencia que éste había desplegado en la escena que hemos descrito, volvió a ser lo que antes, alegre y decidora unas veces, colérica y caprichosa otras, siempre de palabra aguzada y sarcástica. Notó, sin embargo, Gonzalo cierta amabilidad y deferencia inusitadas en ella. Lo achacó al deseo de borrar el recuerdo de aquel pasajero, pero muy peligroso disgusto que habían tenido.

Y así continuaron deslizándose los días serenos en la casa de don Rosendo, sólo turbados por los altibajos que la enfermedad de doña Paula sufría. Tan pronto estaba en pie como en la cama. Salía en coche a dar largos paseos con Cecilia o con Ventura, y solía llevar a su nieta Cecilita, en quien adoraba. Don Rufo hablaba de la necesidad de trasladarse a otro clima, a otro país más elevado sobre el nivel del mar, donde el aire tuviese menos presión. Y don Rosendo, aunque con repugnancia, pues el pensamiento de exterminar a sus contrarios y hacer de una vez la felicidad de su villa natal, le perseguía sin cesar, iba entrando por la idea y trazando vagamente planes útiles y grandiosos como todos los suyos. Flotaba en su imaginación el proyecto feliz de trasladar El Faro de Sarrió a Madrid y hacerlo diario con el título de El Faro de las Provincias. Defender los intereses morales y materiales de las provincias, sostener su vida autonómica, independiente, frente a la acción y poderío absorbentes de la capital, «foco de inmundicia que envenenaba la savia de la nación y secaba todos sus veneros de riqueza». ¡Qué grande y noble pensamiento!

A fines de octubre, Gonzalo fué a Lancia con una comisión de su suegro. Se trataba de persuadir a un banquero de aquella población, para que no enajenase las acciones que tenía, en un embarcadero de Sarrió, a cierto individuo del Camarote, como se decía. En todo caso, que se las cediese por el mismo precio a don Rosendo. Hacía ya dos días que estaba allá. Al tercero por la tarde, cerca de la hora del obscurecer, se le ocurrió a doña Paula subir a hacer una visita a su hija Ventura, que desde el traslado del Duque había vuelto a ocupar el piso segundo. Muy rara vez subía ya la buena señora la escalerilla de caracol. Pero aquel día se sentía más ágil, más desahogada del pecho. Quiso probar sus fuerzas y darse a sí misma una prueba de que estaba mejor.

El móvil inmediato fué llevar a su nieta Cecilita una muñeca, cuyo vestido desgarrado le acababa de coser la doncella. Los peldaños se le hicieron muy altos. Al llegar a la mitad tuvo que detenerse a tomar aliento. Cuando llegó al piso, dijo en la voz más alta que pudo:

—Cecilita, hija mía, ¿dónde estás?

—Aquí, abuelita, aquí—respondió la niña saliendo de la estancia de su madre.

Era una criatura que aun no había cumplido los tres años, rubia como el oro, tan habladora y espontánea, que ejercía sobre la abuela verdadera fascinación.

—¿Qué me taes, abuelita, qué me taes?—preguntó, mirando con avidez a doña Paula, después de haberla abrazado por las piernas con tal ímpetu, que por poco da con ella en tierra.

—La muñeca, hermosa, que te ha arreglado la chacha.

—Muñeca no... muñeca pa Lalina... yo soy gande... yo quero un chocho.

—No tengo chochos aquí, vida mía—respondió la abuela mirándola embelesada.

—Tene mamá chocho... Ven... dame uno.

Y la llevó por el vestido al gabinete de su madre.

Al entrar en él la niña, pareció sorprendida y echó una mirada a todas partes. Ventura había salido a recibirlas con la sonrisa en los labios, besando a su madre cariñosamente:

—¡Jesús, qué pinitos! ¿Cómo te has decidido?... No sé si te convendrá subir escaleras, mamá... ¿Te sientes bien?

—No me he fatigado gran cosa. Yo creo que estoy mejor. Las pildoras de Dehaud, me parece que me prueban bien.

—Vaya, me alegro que al fin hayamos dado con una medicina que produzca algún efecto... ¿Quieres sentarte?

—Abuelita, dame un chocho—dijo la niña interrumpiéndoles.

—No tengo, hija mía... ¿Tienes algún caramelo, Ventura?

—No.

—Tene Jame que está aquí.

Venturita se puso horriblemente pálida.

—¿Qué Jame, niña?—preguntó doña Paula.

—Nada, nada, cualquier tontería... ¿Conque te han probado bien las pildoras?... Si don Rufo, por más que digan, entiende... ¡Vaya si entiende!—se apresuró a decir Ventura con voz temblorosa, la faz tan descompuesta, que su madre la miró sorprendida.

—Jame está aquí... Tene chocho... Ven, abuelita.

La niña tiró del vestido a la señora. Esta, pálida ya también, adivinando vagamente algo terrible, se dejó arrastrar sin saber lo que hacía.

—¡Cecilia!—gritó Ventura con una voz extraña que jamás le había oído su madre.

Pero la niña no hizo caso. Siguió arrastrando a su abuela hacia la alcoba. Antes de llegar a la puerta, se presentó en ella el duque de Tornos.

Doña Paula, ante aquella repentina aparición, se quedó un instante clavada al suelo, el rostro blanco y aterrado, la mirada atónita. Después cayó pesadamente al suelo, arrastrando en la caída a su nieta.

El Duque se apresuró a levantarla. Luego, ante un gesto imperioso de Ventura, la dejó sobre el sofá y huyó.

A las voces de la joven, acudieron los criados y luego Cecilia. Se creyó que era un síncope producido por la fatiga. Transportósela a su cama, donde luego, merced a los cuidados de Cecilia, recobró el conocimiento. Pero no la facultad de hablar. La infeliz señora no pudo ya articular palabra. Así estuvo dos días, sin que los esfuerzos de don Rufo, ni los de otro médico que llegó de Lancia, lograsen poner en movimiento aquella lengua, que se había paralizado. Generalmente, estaba con los ojos cerrados, exhalando leves gemidos. Sólo cuando Ventura entraba en el cuarto los abría para clavarlos en ella con una expresión fija de angustia y reconvención. El sacerdote a quien se llamó, se vió obligado a confesarla por señas. Dos días después, casi a la misma hora en que había acaecido la fatal escena, falleció la infeliz señora, que ni aun en la hora de la muerte apartó sus ojos empañados del rostro de Ventura.