XIX
En que da fin la presente historia con algunos notables, cuanto tristes sucesos
Ventura, así que vió desaparecer a su esposo por el balcón, se vistió apresuradamente. Salió del cuarto en busca de algún criado. Justamente llegaba Pachín, con una luz en la mano, con la faz descompuesta.
—El señorito va corriendo detrás del señor Duque por la huerta—dijo, con voz apenas perceptible.
—¿Lo alcanzará?—preguntó la infiel esposa, muy pálida, aunque repuesta ya bastante del susto.
—No lo creo. El señor Duque tiene el caballo amarrado al lagar de Antón. Lleva delantera para poder montar, y entonces imposible seguirle.
—¿Dónde me escondo yo? Si vuelve, me mata.
—Lo mejor sería salir de casa, señorita... Venga conmigo.
La joven le siguió al través de los pasillos. Bajaron la escalera de servicio, y salieron por la puerta de la cocina. Pachín quería llevarla a casa del párroco, que la tenía no muy lejos de la posesión. Cuando salieron al jardín, vieron venir corriendo a Gonzalo hacia la casa. Sólo tuvieron el tiempo preciso para esconderse detrás de la washingtonia próxima al comedor. Desde allí le vieron entrar en la cuadra, sacar el caballo y partir a escape. Ventura creyó morir de miedo.
—No, no, yo no quiero ir a casa del cura. Puede volver pronto, y el cura no puede defenderme de él... Es un pobre viejo... Quiero ir a Sarrió.
—¿Pero, señorita, a Sarrió a estas horas y lloviendo?
—¿No hay ningún carruaje?
—Hay la berlina; pero faltan los caballos... Aguarde usted un poco, voy a ponerle las varas, y engancharemos la jaca del señorito Pablo... No respondo de que tire.
—¡De prisa, de prisa!
Todo lo más que pudo, Pachín hizo lo que decía. Ventura se metió en el coche, y partieron. Aunque al principio la jaca se rebeló un poco, puesta ya en la carretera, con la querencia de la cuadra de Sarrió, donde estaba generalmente, anduvo bastante bien. La joven ordenó al criado que la llevara a casa de don Rudesindo, con cuya señora mantenía bastante relación. Allí se refugió, y estuvo hasta que su padre, dos o tres días después del suceso, la llevó a Madrid. De allí a Ocaña, en uno de cuyos conventos la encerró, por acuerdo de él y Gonzalo. El gran patricio no tenía gran apego, como sabemos, a las religiones positivas; pero «mientras la sociedad no dispusiera de otros medios coercitivos para ciertas transgresiones de la moral, forzoso era acudir en demanda de ellos a las antiguas instituciones sociales, siquiera fuesen tan viciadas y deficientes como éstas».
Volvamos ahora a Gonzalo. Pasó todo el día cerrado en Tejada, en un estado de agitación próximo a la demencia. La única persona que se atrevió a entrar en su cuarto fué don Rosendo. Aunque adornado con perífrasis y redundancias periodísticas que acreditaban su temperamento de escritor, supo hablarle un lenguaje digno y generoso. Se ponía incondicionalmente de parte de él, y maldecía a su hija «cuya conducta incalificable, barrenando (últimamente le había cogido mucha afición don Rosendo al verbo barrenar), al mismo tiempo, la moral, el derecho y las prácticas sociales, la ponía fuera de toda protección legal y familiar». El fué quien propuso encerrarla provisionalmente en un convento. El pobre Gonzalo, abatido, convulso, no le contestó una palabra. Escuchábale paseando por la habitación en sentido diagonal, las manos en los bolsillos, la mirada húmeda y siniestra. Tan sólo levantó la cabeza para decir con firmeza:
—Llévesela usted donde quiera... ¡Pero que no vea a mis hijas! No quiero que sus labios las toquen.
Al obscurecer entró un criado a avisarle que dos señores que habían llegado en una carretela, deseaban hablarle con urgencia. En seguida le cruzó por el pensamiento lo que aquello significaba, y se apresuró a contestar:
—Que entren.
Entraron dos caballeros de Nieva. El uno era el marqués de Soldevilla, hombre de media edad, enteramente rasurado, color erisipeloso y dientes amarillos, que hablaba muy alto para aparecer campechano: el otro, un coronel retirado, llamado Galarza, viejo, canoso, y hombre de pocas palabras y amigos. Venían de parte del Duque a arreglar un asunto grave, que había acaecido la noche pasada, en el terreno del honor. El duque de Tornos no quería dejar al señor de las Cuevas sin la reparación que le debía. Huir en aquella ocasión, no entraba en sus costumbres y carácter, ni era digno de su jerarquía social. Pero al mismo tiempo, en interés de Gonzalo y de él mismo, exigía que todo se llevase a cabo con el mayor secreto posible.
Gonzalo dejó hablar al Marqués, que fué prolijo hasta la impertinencia, sin pestañear, afectando una tranquilidad que no sentía.
—Está bien—dijo cuando terminó.—Acepto, desde luego, el desafío. Estoy pronto a realizarlo como y cuando ustedes gusten... Un poco original es—añadió, al cabo, con risita nerviosa, que disfrazaba mal la cólera que le dominaba.—Un poco original es que sea el señor Duque quien desafía, siendo yo el ofendido. Ese acto, a la verdad, más que en la caballerosidad parece inspirado en el miedo.
—Señor de Cuevas—interrumpió agriamente el ex coronel,—nosotros no podemos consentir que en nuestra presencia se permita usted esas apreciaciones.
Gonzalo le miró con ojos distraídos, como si no hubiese oído, y siguió diciendo:
—En realidad, yo podía y hasta debía rechazar este desafío, porque no es costumbre que los hombres decentes se batan con los granujas, aunque éstos lleven un título del reino.
—Señor de Cuevas—profirió Galarza montando en cólera,—esto es insufrible. Yo no tolero que usted hable de ese modo.
—El duque de Tornos es un granuja, ¿sabe usted?—respondió mirándole fija y provocativamente a los ojos.
La verdad es que hubiera sido gran temeridad meterse con Gonzalo en aquel instante. Galarza se puso pálido, y dijo levantándose:
—Está usted en su casa. Yo me retiro.
—¿Quiere usted que vaya a decírselo fuera?—exclamó impetuosamente, levantándose también.
—Señores—gritó con voz cascada el Marqués,—un poco de sosiego. Galarza, no tiene usted derecho a irritarse. El género de ofensa que nuestro apadrinado ha hecho al señor (y siento tener que referirme a ella), le disculpa para extralimitarse en la apreciación de su carácter. Creo que en el momento que acepta el duelo, hace bastante y atenúa por completo el sentido de sus palabras, hijas de la irritación natural en que se encuentra...
Gonzalo estuvo por dejar caer la mesa, que tenía delante, sobre el necio conciliador. Permaneció inmóvil y silencioso, no obstante, porque deseaba ya ardientemente verse frente a frente con el Duque. El ex coronel volvió a sentarse a ruegos de su compañero. Por temor a su temperamento irritable o por vengarse, no volvió a pronunciar palabra.
Gonzalo manifestó que nombraría a dos amigos para que se entendieran con ellos, los cuales irían al día siguiente por la mañana a Nieva. Por lo tanto podían volverse desde luego a este pueblo, a no ser que le hiciesen el honor de ser sus huéspedes aquella noche...
Los amigos del Duque dieron las gracias: se dispusieron a marcharse. Cuando ya estaban en pie les dijo Gonzalo dirigiéndose, por supuesto, solamente al Marqués.
—Deseo que tanto las conferencias que celebren ustedes con motivo de este lance, como el lance mismo, se realicen en Nieva... Porque—añadió con acento, mitad sarcástico, mitad enternecido,—por más que a ustedes les parezca raro, todavía hay en esta casa personas que me aman.
Los padrinos prometieron complacerle, y se retiraron dando la vuelta a Nieva.
Cecilia los vió partir y se puso a rondar el cuarto de su cuñado sin atreverse a entrar. Este, al salir en busca de Pablito, se la tropezó en el pasillo, que estaba medio a obscuras. La joven le cogió repentinamente la mano, se la apretó con fuerza, y clavándole una mirada anhelante, le dijo:
—No te batas, Gonzalo.
El tuvo fuerzas para disimular, exclamando con desprecio:
—¡Me había de batir yo con ese canalla! ¡Nunca!... Le mataré donde le encuentre...
Creyó en sus palabras; pero volvió a decirle con voz conmovida:
—Hazlo por tus inocentes hijas.
—Por mis hijas... y por ti—respondió acariciándole afectuosamente el rostro con la mano. Y se apresuró a alejarse, porque la emoción le ahogaba.
Cuando halló a Pablo, le dijo reservadamente:
—Contigo puedo hablar con franqueza. Eres un hombre y sabes bien que hay en la vida cosas inevitables. Acaban de irse los padrinos del Duque, y acabo de engañar a Cecilia prometiéndole no batirme. Como tú comprendes, eso es imposible...
—¿Por qué?... No: tú no debes batirte... ¡Yo soy, yo, el que ha de matar a ese miserable!—exclamó fogosamente el hermoso mancebo.
—Gracias, Pablo, gracias—respondió Gonzalo gravemente con voz temblorosa, apretándole la mano con efusión.—Eso no puede ser. Medita un poco sobre el asunto, y verás que te engañan tus buenos deseos y el cariño que me tienes.
Costó mucho trabajo convencerle, sin embargo. A todo trance había de ser él quien desafiara al Duque primero, y ponía en prensa su no muy repleto cerebro, para buscar argumentos que lo hiciesen natural y lógico. Sólo después de larga discusión y quedando en que, si Gonzalo sucumbía o salía herido, él retaría al Duque, se dejó persuadir de malísima gana.
Había en aquella adhesión y cariño que toda la familia le mostraba, en lo franca y resueltamente que se ponían de su parte y rechazaban con horror a la extraviada hija y hermana, algo que a Gonzalo le conmovía y le sofocaba a un mismo tiempo. Este proceder tan digno, le obligaba a él a usar de generosidad, no mentando en la conversación el nombre de la infiel, que en sus labios sólo podía ir acompañado de un epíteto injurioso. Pablito no se los escatimaba. Pero él comprendía muy bien que no debía seguirle.
—Mira, mañana a primera hora, te vas a Sarrió y llevas unas cartas que yo te daré, a Alvaro y don Rudesindo. Que se pongan inmediatamente en camino para Nieva... procurando no asomarse a las ventanillas cuando pasen por aquí. Que arreglen el asunto lo más pronto posible y envíen el aviso del día y la hora a Sarrió. Tú lo recibes allí y me lo traes inmediatamente... Después ya me arreglaré para salir de aquí sin que tu padre y Cecilia lo adviertan.
Cumplió su cometido Pablo, saliendo al amanecer para Sarrió a caballo. Cumplieron el suyo también, Peña y don Rudesindo, trasladándose a Nieva acto continuo. Gonzalo vió pasar el coche que los transportaba, desde el balcón de su cuarto.
El escándalo en Sarrió había sido terrible como debe suponerse. No se hablaba de otra cosa. Los amigos de Belinchón andaban mustios. No faltaban entre ellos, sin embargo, quienes creían que le estaba bien empleado a don Rosendo, por haber criado con tal mimo a su hija menor, y haberla consentido tomar aquellas ínfulas y aires de princesa. Los enemigos se bañaban en agua de rosas, y procuraban aumentar con mil trazas el escándalo. Las pocas personas imparciales que había en la villa, se limitaban a compadecer al pobre Gonzalo, y a censurar el proceder repugnante de la ingeniosa señora de Marín (pues ya se sabía que era ella la que prendiera fuego a la mecha). Muchos curiosos pasaban por delante de la casa de don Rudesindo mirando con atención a los balcones, preguntando a los criados que salían, husmeando, en fin, lo que dentro pasaba. Se decía que Ventura estaba muy tranquila, y poco arrepentida de su conducta, que había comido como si tal cosa, y que había charlado y reído toda la tarde, con la esposa del fabricante de sidra.
A la atención ávida de los curiosos, tampoco pudo ocultarse la marcha de éste para Nieva en compañía de Peña. En seguida se sospechó el objeto. Corrió por la villa como una chispa, la noticia de que Gonzalo se estaba batiendo con el Duque, no se sabía dónde.
Don Melchor de las Cuevas vivía solo con un criado y una criada. La noche del baile se había retirado a su casa, pasando antes por la de Belinchón. Allí le dijeron que el señorito Gonzalo se había ido a Tejada. El anciano sospechó que no sintiéndose bien, se iría a meter en la cama. Al día siguiente, él mismo se sintió un poco indispuesto, porque no estaba acostumbrado a trasnochar, y se quedó en casa. Mandó, sin embargo, al criado a la de Belinchón, a preguntar qué sabían de su sobrino. Enteróse el criado inmediatamente de lo acaecido, pero no se atrevió a decírselo a su señor. Le trajo el recado de que Gonzalo se hallaba en Tejada bueno. Pasó aquel día así. Pero al siguiente, martes, oyó el criado la especie de que el señorito se estaba batiendo con el Duque, y entonces, por temor de incurrir en responsabilidad o porque creyese que su señor podía evitar una desgracia, le dió cuenta de todo, aunque con algunas precauciones. Don Melchor, herido en lo más hondo de su corazón, se levantó convulso de la butaca y pidió que inmediatamente fuesen a buscar un coche que le trasladase a Tejada. En cuanto estuvo a la puerta, se metió en él, ordenando al cochero que fuese a todo escape a la quinta de Belinchón.
Con quien primero tropezó fué con éste, quien le recibió con alguna confusión y vergüenza, como si el pobre tuviese alguna parte en la desgracia que pesaba sobre Gonzalo. Don Melchor estuvo un poco frío con él, no intencionalmente, sino por el anhelo que tenía de ver a su sobrino. Don Rosendo le condujo hasta la puerta de su cuarto, y allí le dejó. El señor de las Cuevas llamó con los nudillos.
—¿Quién va?—preguntaron de adentro ásperamente.
Levantó el pestillo sin contestar, y entró. Gonzalo, que estaba en pie en medio de la estancia, se puso rojo como una brasa al ver a su tío. Este le oprimió fuertemente contra su pecho. Las lágrimas corrieron abundantes por las mejillas del joven. Nadie le había visto llorar en aquellas críticas circunstancias. Pero aquel anciano era el padre de su infancia, y a él podía mostrar sin vergüenza las llagas más recónditas de su corazón. Estuvieron largo rato así abrazados. Don Melchor se separó al cabo, y dijo empujándole hacia una butaca:
—Siéntate.
Se dejó caer en ella, y ocultó los ojos con la mano.
—El golpe es rudo—dijo el marino con voz ronca después de silencio prolongado.—Una racha traidora que te ha metido la borda debajo del agua... Pero eres barco de mucha manga—añadió poniéndole las manos sobre los hercúleos hombros.—Tienes las cuadernas sólidas... Ya achicaremos el agua.
Gonzalo no contestó.
—¿Por qué no te has venido inmediatamente a casa?
—Porque hubiera sido un desaire cruel para esta pobre familia, que está profundamente afligida. ¡Se han portado conmigo tan cariñosamente!
—Si es así, has hecho bien... Pero debiste darme aviso... Eso no te lo perdono.
—¿Para qué? Cuanto más tarde recibiese usted el disgusto, mejor.
—¡No; eso no! Yo soy tu padre, Gonzalo, y debo padecer contigo... Además, mi presencia hacía falta... Me han dicho que vas a batirte con ese... ¡con ese pirata! ¿Es verdad?
—No... por ahora no hay nada—respondió el joven con alguna vacilación.
—¡No me engañes, Gonzalo! Ese desafío no puede realizarse. Vengo resuelto a impedirlo.
—No hay nada, tío. Sosiéguese usted.
—Es inútil que me engañes. Yo no me separaré de ti un momento. Aquí me quedo. Dormiré a tu lado para que no te me escapes, y te daré guardia de prima, de media y de alba.
Gonzalo quedó estupefacto. Comprendió que era necesario confesarlo todo, y abordar la cuestión de frente.
—¿Y si fuese verdad, qué, tío? ¿Se atrevería usted a impedir que su sobrino fuese a cumplir con lo que el honor exige?
—Sí, señor... ¡Pues no me había de atrever!... Sí, señor, que me atrevo—replicó el viejo, ya enfurecido.—¿Quieres que yo consienta que expongas tu vida por un pillo, por un ladrón, que se ha introducido en tu casa para robarte villanamente la honra? A los ladrones se les mata de un tiro, o se les ahorca; no se mide las armas con ellos... Tú estás obcecado, Gonzalo... Párate un momento, hombre. Da fondo al escandallo, y verás que no hay agua para marear...
—¿Qué quiere usted que haga entonces? ¿Quiere usted que le deje marchar tranquilamente para Madrid? ¿Quiere usted que le vaya a despedir, y a desearle feliz viaje, dándole las gracias además por el favor que me ha hecho?
—¡No, mala centella que lo parta, no!... Mátalo, si quieres, pero no expongas tu vida.
—Eso es muy fácil de decir, tío—replicó Gonzalo con amargura.—Figúrese usted que voy a Nieva, le busco y le pego un tiro o una puñalada y le dejo muerto... Pues desde allí voy a la cárcel, y, por bien que me vaya, no me escapo sin unos años de presidio... Aparte de que la mayoría de los hombres, aunque disculpasen la acción, no la hallarían muy valerosa.
Don Melchor se quedó unos momentos confundido, sin saber qué replicar. Aquello no tenía vuelta de hoja. Al cabo, levantó la cabeza con brío, los ojos brillantes de alegría:
—¡Ya encontré la solución!
—¿Cuál?
—Tú te estás quieto en casa. Yo me voy ahora mismo a Nieva, le desafío y le mato.
—¡Oh, tío, muchas gracias! Eso no puede ser—replicó Gonzalo, sin poder reprimir una sonrisa.
—¿De qué te ríes, ciruelo?—exclamó el buen anciano, echando fuego por los ojos.—¿Te figuras, por ventura, que tu tío es un trasto arrinconado que no puede empuñar un sable o una pistola?... ¡Oh, demonio! ¡Oh, diablo!—añadió cada vez más irritado, gesticulando como un loco por la habitación.—Yo estoy lo mismo que si tuviera veinte años... Yo subo de cuatro en cuatro las escaleras, y no me fatigo... Yo bebo cinco botellas de pale-ale, y no me tambaleo... Yo derribo un toro de un puñetazo, y trinco al marinero más forzudo y le echo al agua... ¿A que no rompes tú cinco nueces con los cinco dedos de la mano, y eso que te las echas de tan bruto?...
—Si no me reía por eso, tío... Ya sé, ya sé...
—Vamos a ver; trae esa mano... A ver si sé apretar o no sé apretar...
Gonzalo se la alargó, y el viejo marino se la apretó con todas sus fuerzas, el semblante rojo y contraído. Aunque no le lastimó gran cosa, fingió sentir un dolor agudísimo:
—¡Uy, uy!
—¿Eh, qué tal?—exclamó su tío con aire triunfal.—¿Puedo o no puedo todavía librar al mundo de un pillo?
—¡Ya lo creo que puede usted! Tiene usted más fuerza que yo... Pero no se trata de eso. Lo que hay que ver es si debe usted hacerlo; si eso sería decoroso para mí... ¿No comprende usted, tío, que el ridículo que ya por el hecho mismo de ser marido engañado, pesa sobre mí, se aumentaría de un modo inconcebible si fuese usted el que se batiese y no yo?... Este ridículo ya sé que se borra con sangre; pero ha de ser sangre vertida por mi mano.
Don Melchor no quiso convenir en ello: discutió, gritó, se enfureció. Se conocía, no obstante, que deseaba aturdirse. Las razones de Gonzalo le trabajaban en el alma y se la llenaban de amargura. Últimamente, ya se batía en retirada. Pedía tan sólo que se aplazase el lance; que se fuese a viajar una temporada, y si a la vuelta persistía en batirse, lo hiciese. Duraba aún la disputa, cuando don Rosendo llamó a la puerta para preguntarles si deseaban que se les sirviese el almuerzo allí o querían venir al comedor. Gonzalo optó por esto último, porque de ningún modo quería mostrarse frío con su suegro y cuñada.
El almuerzo fué triste. Por más esfuerzos que todos, hasta el mismo Gonzalo, hacían por mostrarse despreocupados, cerníase sobre la mesa una nube negra que obscurecía los semblantes. Después que tomaron el café y descansaron un rato, Gonzalo dijo:
—Tío, usted ha salido de la cama para venir aquí. No debe usted sentirse bien... ¿Quiere que se le arregle un cuarto? Creo que le convendría acostarse.
Don Melchor comprendió que su sobrino deseaba quedarse solo.
—No; me vuelvo a Sarrió. Avisa que enganchen.
Despidióse de Belinchón y Cecilia en casa. Gonzalo lo fué acompañando a pie hasta la salida del parque. Ambos iban silenciosos y sombríos. El anciano, además, sumamente pálido. Antes de meterse en el coche abrazó estrechísima y largamente a su sobrino, y le dijo al oído con voz conmovida:
—¡Dale un buen barreno en los fondos, hijo mío!
Cuando se separaron, tenía el rostro bañado de lágrimas. Metióse rápidamente en la carretela, y se ocultó en un rincón sin decir adiós. Gonzalo miró alejarse el coche, y permaneció largo rato inmóvil, agarrando con la mano una reja de hierro de la puerta.
Poco después de anochecer, llegó Pablito de la villa. Después de comer, aprovechó un momento para decir a su cuñado rápidamente:
—Mañana a las ocho en la quinta de Soldevilla... a pistola. A las seis pasarán por aquí Peña y don Rudesindo. Estáte preparado.
Gonzalo durmió aquella noche mejor que la anterior. La satisfacción feroz que le daba la seguridad de encontrarse al día siguiente con el Duque, tranquilizaba sus nervios. A las cinco de la mañana se despertó ágil y fresco sin acordarse de haber soñado. Se vistió y aliñó con el menor ruido posible, y salió de puntillas cuándo aún estaba amaneciendo.
—¿Va de caza, señorito?—le preguntó una criada con quien tropezó.
—No; voy a avisar al molinero para que deje en seco la acequia. Quiero pescar esta tarde.
Salió a la carretera y siguió la dirección de Nieva esperando que el coche de sus padrinos le alcanzaría, como así sucedió a la media hora poco más o menos. Peña y don Rudesindo estaban fuertemente alterados. Cuando subió al carruaje le apretaron la mano con gran afecto y le enteraron de las condiciones del duelo; a veinticinco pasos avanzando y disparando cuando quisieran. Aquel negocio era bastante más grave que todos los demás en que habían intervenido. Gonzalo los escuchó tranquilamente. Sólo indicó que hubiera deseado que fuese a sable: tendría gusto en hallarse más cerca de su adversario. No parecía sufrir. Y es que, comparada con el tormento de los dos días anteriores, cuando la imagen de su esposa en camisa, acurrucada en un rincón, no se apartaba un instante de sus ojos, la emoción de ir a verse frente a su enemigo, era una felicidad relativa. Por otra parte, Gonzalo, como todos los temperamentos excesivamente vigorosos, había nacido para los peligros; gozaba con ellos como si tuviera la seguridad de que la vida que corría exuberante por sus venas no podía secarse.
No llegaron a la quinta de Soldevilla hasta las ocho y media. El Duque y sus padrinos los esperaban hacía rato. El primero no se presentó. Estaba dentro de la casa. El Marqués y Galarza llevaron a Peña y don Rudesindo adentro también, mientras Gonzalo daba una vuelta por la huerta. La posesión de Soldevilla se componía de un caserón medio arruinado con pocos y antiquísimos muebles cubiertos de polvo, una huerta bastante grande, más cuidada que la casa, y detrás de la huerta una vasta pomarada ya vieja. Esta posesión estaba rodeada de prados y tierras que también pertenecían al Marqués.
Los padrinos, dentro de casa, echaron a suerte sobre cuáles pistolas habían de usarse, las que había traído Peña, o las del Duque. Fueron éstas las elegidas. Después redactaron el acta de condiciones. Por cierto que hubieron de escribirla con una pluma perversa del mayordomo, porque el Marqués escribía una carta cada año. Cargaron las pistolas y se salieron a buscar sitio.
—Manuel—dijo el Marqués viendo a un criado que estaba plantando cebollín en uno de los cuadros de la huerta.—Retírate.
El criado le miró sorprendido.
—Que te retires, hombre—repitió con más severidad.—Vete a otra parte.
El criado se salió de la huerta, lanzándole miradas de asombro y curiosidad.
Eligióse el sitio en uno de los caminos más anchos del medio. Soldevilla fué a buscar al Duque.
El día había amanecido despejado. Pero después de salir el sol, negros y espesos nubarrones que surgieron del horizonte de tierra, se habían acumulado sobre aquel paraje de la costa, amenazando descargar muy pronto su pesado fardo de agua. La luz se había mermado extraordinariamente. Parecía que estaba amaneciendo entonces.
El Duque se presentó con levita negra y sombrero de copa, un tanto más pálido que de ordinario, pero afectando una calma desdeñosa, sin faltar a la cortesía. Traía en la boca un cigarro puro, y se envolvía en ligeras nubes de humo, mientras caminaba a la par de Soldevilla. Cuando llegó al sitio designado, dirigió un frío saludo ceremonioso al grupo de Gonzalo y sus padrinos, y no volvió a mirarles. Después de conferenciar unos instantes, Peña colocó en su sitio a Gonzalo y le entregó una pistola cargada. Soldevilla hizo lo mismo con el Duque. Ambos se habían quitado el sombrero. El prócer conservaba el cigarro puro en la mano izquierda, al cual seguía dando con impasibilidad un poco teatral, largos chupetones. Empezaban a caer del cielo gruesas gotas, anunciando un fuerte chaparrón. Peña gritó al fin:
—Señores, preparados... Una, dos, tres...
El Duque inclinó la pistola y apuntó. Gonzalo, apuntando también, avanzó pálido, con los ojos inyectados. Su enemigo, le esperó serenamente hasta una distancia de quince pasos. Y ya con la seguridad de volcarle, porque era un tirador consumado, disparó. La bala rozó la mejilla del joven, levantándole la piel y haciéndole sangre. Detúvose un instante, y siguió avanzando. Los padrinos empalidecieron terriblemente. El Duque dejó caer la pistola y se cruzó de brazos, esperando la muerte, con una bravura llena de afectación y soberbia. Gonzalo avanzó precipitadamente, hasta ponerse a dos pasos de su adversario. En aquel momento una ola de sangre le cegó. Su temperamento de atleta venció repentinamente a las sugestiones de la razón. Brillaron sus ojos con los reflejos siniestros de una bestia salvaje, temblaron sus labios, contrájose espantosamente su rostro, y arrojando lejos de sí la pistola, saltó como un tigre sobre el traidor. El Duque no resistió el choque de aquel coloso y cayó rodando. Gonzalo se puso a brumarle las costillas con los pies, lanzando rugidos. Los padrinos acudieron corriendo a sujetarle. Al bilioso Galarza se le ocurrió, para realizarlo, darle un bastonazo en la cabeza. Gonzalo no hizo señal de sentirlo. Peña, indignado, alza su bastón y ¡zas! le arrima otro garrotazo a Galarza. El marqués de Soldevilla, ¡zas! le da otro a Peña. Y arrebatados de furor unos y otros, comenzaron una lucha tan brava como indigna a bastonazos, mientras Gonzalo, satisfaciendo ferozmente su cólera acumulada, pateaba con saña el cuerpo, inerte ya, del Duque.
El cielo dejaba caer en aquel instante una cantidad fabulosa de agua. Tan grande llegó a ser, que el marqués de Soldevilla, abandonando el campo, emprendió la carrera hacia su casa para guarecerse. Siguióle inmediatamente don Rudesindo, luego Peña y Galarza. La batalla se deshizo como por ensalmo. Mas antes de atecharse, a todos se les ocurrió volver la cabeza para ver qué había sido de sus apadrinados. Y por un simultáneo impulso de compasión, volviéronse presurosos y sujetaron a Gonzalo, cuya rabia cruel aún no se había apagado. El contacto de las manos de aquellos señores le volvió a la razón. Les echó una larga mirada siniestra y extraviada, y sin decir palabra, recogió el sombrero y se dirigió a la puerta de la quinta, mientras los padrinos conducían al Duque moribundo a casa. El médico que Soldevilla había traído, encerrado durante el lance en una sala por no presenciarlo, reconoció minuciosamente las fracturas y contusiones del herido. Declaró, desde luego, su estado muy grave.
Peña y don Rudesindo, encontraron a Gonzalo dentro del coche llorando desesperado.
—¡Soy un bruto!—les dijo.—¡Un bárbaro! ¡Qué pensarán ustedes de mí! He cometido una acción bochornosa. Perdónenme ustedes.
Hicieron lo posible por calmarlo. En el fondo, ni a uno ni a otro les parecía tan mal aquello. Después de todo, la acción del Duque había sido tan villana, que bien estaba que se castigase villanamente. Peña, durante el camino, llegó a decir cuchufletas acerca de la soberana paliza que el magnate acababa de recibir.
—Chico, no cabe duda que los grandes de la naturaleza pueden más que los grandes de España—decía con su voz campanuda que no dejaba perderse una sola letra. Gonzalo, pronto, como un gran niño que era, a pasar del llanto a la risa, sonrió primero y dejó escapar al fin sonoras y formidables carcajadas con los chistes de su amigo.
Pero la vista de la casa de su suegro le sumió nuevamente en la tristeza. Había satisfecho su justa venganza. Pero quedaba una herida honda, cuyo agudo dolor aún no había podido sentir bien, porque la exaltación colérica en que había vivido aquellos dos días, lo sofocaba. ¡Oh! aquellas grotescas torrecillas y almenares, testigos de su luna de miel, le produjeron horrible impresión de melancolía. Parecía que una mano cruel le estrujaba el corazón dentro del pecho. Sus amigos, comprendiendo que deseaba quedarse solo, siguieron a Sarrió. Pablito le esperaba a la puerta de la quinta, y le abrazó con efusión y entusiasmo.
—¿Le has matado?—preguntóle por lo bajo.
—No sé... Creo que sí—respondió el joven más bajo aún.—¿Y tu padre?
—Mi padre... Estaba aquí hace un instante... En cuanto te vió bajar sano del coche, ha montado en la berlina que estaba enganchada ahí abajo, y se ha ido a Sarrió.
Gonzalo adivinó lo que iba a hacer y se puso más sombrío. Los dos cuñados se dirigieron silenciosos a la casa, y fueron derechos al cuarto de Gonzalo. Al cabo de unos momentos, éste, que se había dejado caer en un sofá y permanecía inmóvil, con la cabeza abatida sobre el pecho, dijo a su cuñado:
—Perdóname, Pablo... Deseo quedarme solo... No estoy en este momento para hablar.
Pablito se apresuró a retirarse.
Pasó un largo rato. La puerta se abrió de nuevo sin que el joven lo sintiese. Una sombra se deslizó hasta él y puso sobre la silla más cercana una bandeja con una taza y algunos platos.
—¡Oh! ¿Eres tú, Cecilia?
—Quieras o no, vas a tomar algo... Ya son las dos de la tarde, y estoy segura de que no te has desayunado—dijo la joven, arrimando una mesilla y poniendo sobre ella el caldo humeante.
—¡Qué buena eres, Cecilia!—exclamó él apoderándose de una de sus manos. Aquella exclamación era un grito de afecto, de entusiasmo, y a la vez de un vago remordimiento que jamás había podido desechar de sí.—¡Qué buena eres! ¡qué buena eres!—repitió con lágrimas en los ojos.—Lo que has hecho aquella noche... ¡Oh! eso no lo hace nadie... ¡Nadie!... Una santa que bajase del cielo no lo haría... Ninguno de los que vivimos a tu lado merecemos besar el polvo que pisas...
Y el joven, conmovido con sus propias palabras, sollozando perdidamente, cubrió de besos y lágrimas la mano que tenía cogida.
Cecilia se puso fuertemente encarnada primero; después pálida, y dijo en tono que resultó un poco seco:
—Deja, deja.
Retirando al mismo tiempo la mano con presteza. Al ver que su cuñado quedaba acortado, se apresuró a decir:
—Mira, cuanto menos hablemos de esas cosas, y, si posible fuera, cuanto menos pensásemos, sería mejor... Ahora lo que importa es que tomes este caldo. Después te traeré unas croquetas y un lenguado... ¿quieres?
—No tengo apetito, Cecilia—respondió haciendo esfuerzos por reprimir su emoción.
—Todo es empezar... Verás...
—No, no; de veras, no puedo pasar nada en este momento.
—¿Y si te lo mando yo?—dijo la joven. Después que lo dijo se puso colorada.
—Entonces, desde luego lo tomo... A ti no puedo negarte nada—replicó él acercando el plato.
Aquella tan galante réplica, produjo una penosa impresión de frío en Cecilia. Para no dejarla ver, salió precipitadamente de la estancia.
Tres o cuatro días estuvo el duque de Tornos entre la vida y la muerte. Al cabo cedió la calentura, y desapareció la gravedad. Sin embargo, la curación debía ser larguísima. Había dos costillas fracturadas, la mandíbula inferior también, y sobre esto, terribles magullamientos en otros varios parajes del cuerpo. Al cabo de un mes pudo trasladarse a Madrid.
Gonzalo no dejó la casa de su suegro, quien al cabo de cinco o seis días del desafío, tornó de llevar a Ventura al convento de Ocaña. Pero su vida fué triste, sombría por demás. Negábase, a pesar de las instancias de Pablo, a salir de caza o paseo. En vano éste y don Rosendo y los amigos que solían venir a Tejada, inventaban mil pretextos para hacerle salir de excursión. Aunque no se negaba de frente a acompañarles también él acudió a los engaños para quedarse siempre en casa, donde descaecía a ojos vistas. Su tío don Melchor venía a menudo a verle, y le aconsejaba que se fuese a viajar durante una temporada. No se negaba a ello; pero lo aplazaba siempre, pretextando no encontrarse bien de salud. Don Rosendo, asesorándose del señor de las Cuevas y de otros varios amigos, decidió trasladarse a Sarrió, por ver si con la sociedad de sus amigos el joven se animaba un poco. Salieron fallidos todos los cálculos. Gonzalo se dejó llevar a la villa sin hacer observaciones. Pero puso aún más empeño en aislarse, en vivir retirado del trato social. Salía tan sólo al amanecer, y daba algunos paseos por la punta del Peón, contemplando el mar con ojos extáticos, que alguna vez tomaban una expresión de angustia que apenaría seguramente a quien los mirase. En cuanto el muelle comenzaba a animarse, y la villa despertaba de su sueño, retirábase a toda prisa a casa.
¿Por qué no dejaba a Sarrió, teatro de su desdicha, y se iba a pasar al menos una temporada en Madrid, en París o en Londres? Esta era la pregunta que se hacían todos los vecinos de la villa. Nadie acertaba a contestarla satisfactoriamente. Ni era fácil que eso sucediera. Son muy pocos los que saben explicarse el origen secreto, la última raíz de las acciones humanas. Unos porque no se paran en psicologías, que juzgan inútiles, otros dotados de entendimiento sutil y perspicaz, porque lo aprovechan para escudriñar solamente el móvil interesado, casi nadie destapa esa mágica caja de sentimientos, y deseos, y esperanzas, y contradicciones, que se llama corazón humano. ¡Qué vergüenza sentiría Gonzalo si le dijesen que no se iba de Sarrió por no alejarse de la atmósfera que envolvía a su esposa, a quien cubría de dicterios en secreto, y afectaba despreciar ante el mundo! Y, sin embargo, nada más cierto. Quedándose en aquella casa, le parecía que aún no se habían roto del todo los lazos que le ligaban a ella. Los seres que le rodeaban eran su carne y su sangre: la amaban todavía, aunque culpable: no se podía injuriarla en su presencia. Ventura había dejado en las habitaciones, en los muebles, una parte de su ser. En el tocador yacían los frascos de pomada y esencias que ella usaba, a medio consumir; en las perchas colgaban algunos de sus abrigos y sombreros. Su imagen graciosa, su blonda cabeza deslumbradora, parecía que iba a parecer detrás de las cortinas. El ambiente estaba embalsamado aún con su perfume habitual. Aquel marido, tan vilmente ultrajado, sin querer darse cuenta de ello, respiraba con delicia el aliento de su esposa, y vivía de la sombra de su vida. Todavía más; vivía de la esperanza de perdonarla.
Esto no lo sabía nadie... ni él mismo quizá de un modo cabal... Nadie más que Cecilia, cuyos ojos de zahorí enamorada, leían claramente los pensamientos más vagos que cruzaban por la mente de su cuñado. Este manifestaba por ella una predilección tan afectuosa, tal entusiasmo y veneración, que era muy fácil confundir con el amor. Todas las compañías, hasta la de su tío, le molestaban menos la de ella. Aunque estuviese entregado a una meditación dolorosa, y las lágrimas corriesen por sus mejillas escaldándolas, la aparición de Cecilia en su cuarto, obraba como un calmante, suavizando su dolor. Cedía a sus consejos con respeto, y se dejaba guiar y mimar por ella como un niño enfermo. Cuando tardaba en ir por su cuarto, se impacientaba y le daba quejas cariñosas lo mismo que un amante rendido y llagado de amor. Cuando entraba, sus ojos no la abandonaban ni un instante, cual si estuviesen bajo la influencia de un encanto o fascinación. Aquellos ojos expresaban cariño profundo, gratitud, admiración, respeto, entusiasmo, lo expresaban todo... menos amor. Cecilia bien lo leía. No podía mirarlos sin sentir el mismo doloroso pinchazo en el corazón, la misma gota amarga de hiel en los labios. Su espíritu, sereno siempre, turbábase por un instante, y aparecía fría unas veces, otras irritable y enigmática, con gran sorpresa y dolor de Gonzalo que se esforzaba en alegrarla. Pronto lo conseguía. El pensamiento aquel, caía en su cerebro como la piedra en un lago, revolviendo las aguas. Pocos momentos después, la calma volvía a su espíritu. Quedaba puro y tranquilo como el lago.
Un día, al entrar repentinamente en la habitación de su cuñado, le encontró examinando un revólver.
Al verla trató de ocultarlo en el cajón de la mesa que tenía abierto y se puso colorado.
—¿Qué hacías?
—Nada, al buscar en este cajón unos papeles, me hallé con un revólver que ya no me acordaba que tenía, y lo estaba mirando.
Cecilia no creyó palabra. Experimentó desde entonces cierta inquietud que la obligaba a vigilarlo más que antes.
Transcurrieron dos meses. El desdichado joven, aunque persistía en la misma vida apartada y sombría, mostraba algunas vagas señales de reverdecimiento. Una que otra vez salía a caballo. Había hablado a su suegro de hacer un viaje por Italia, país que aún no conocía. La fuerza que hacía subir la savia de nuevo a su ser marchito, era un pensamiento dulce, tan dulce como vergonzoso, que ocultaba con cuidado a todo el mundo. Sin embargo, una tarde en que departía cariñosamente con su cuñada, después de muchos rodeos, y poniéndose colorado hasta las orejas, le preguntó por Ventura. ¿Qué noticias tenía de ella? Cecilia le respondió fríamente con las menos palabras posibles. ¡Pobre Gonzalo! ¡Si supiese que aquella mujer traidora por quien preguntaba, lejos de estar arrepentida, se revolvía con furia contra su familia, cubriéndolos a todos de dicterios, amenazándoles con entregarse al primer hombre en cuanto saliese de la prisión, escandalizando con su soberbia y lenguaje procaz a la superiora del convento!
Desde aquel día, perdida ya la cortedad, preguntaba a menudo por ella; gustaba de mentarla en la conversación, sin que le hiciese desistir de ello el tono seco con que Cecilia le respondía, y la prisa con que cambiaba de tema.
Lo que don Rosendo temía, por las cartas que de Ocaña le enviaban, llegó al fin. Un día, la superiora del convento le comunicó que Ventura se había huído de aquel asilo, en compañía, según todos los informes, del duque de Tornos. «El gran humanitario», como le llamó el Faro en cierta ocasión, recibió la nueva con valor estoico. Efectivamente, ¿qué significaba aquella pena puramente individual que le afligía, en comparación con el dolor universal, con la marcha lenta y segura de la humanidad hacia sus destinos? Por aquellos días acababa de leer un célebre folleto de autor francés, titulado El mundo marcha. Tenía los sesos revueltos y deslumbrados con sus grandes síntesis históricas, lo cual le ayudó no poco a soportar aquel golpe. Procuró, sin embargo, que su yerno no se enterase de la noticia. No tenía la misma confianza en la elevación de su espíritu y en la amplitud de sus miras. Algunos días estuvo oculta. Al cabo corrió por la población sin saber quién la trajera. Gonzalo, que todas las mañanas a primera hora iba por el Saloncillo, la leyó en una gacetilla tan infame como hipócrita del Joven Sarriense. «Circula por la población la especie—decía—de que una señora, protagonista de cierto drama amoroso no ha mucho tiempo acaecido, se ha fugado en compañía de su amante del asilo donde su familia la había recluído. Sentiríamos que este rumor se confirmase por afectar directamente a personas muy conocidas y estimadas en la sociedad sarriense.»
Gonzalo sintió que algo que aún estaba por desgarrar se le desgarraba dentro del pecho. Dejó caer el papel. Sonriendo nerviosamente y con voz aguda y extraña, se dirigió a don Feliciano Gómez, que era la única persona que allí había:
—Ya sabrá usted que la z... de mi mujer se ha escapado con su chulo, ¿eh?
Don Feliciano le miró sorprendido. Aunque era hombre que entendía poco de sonrisas, al verle sonreir de aquel modo se sintió sobrecogido, y le contestó con tristeza:
—Sí, Gonzalito, sí. Ya sabía que todavía no habías pasado lo último... A la verdad, después de lo sucedido, este golpe final no debe cogerte de sorpresa... Boto el freno, debías suponer dónde había de parar.
—¿Y a mí, qué?—exclamó el infeliz joven con la misma sonrisa, mostrando en todo su cuerpo una inquietud exagerada.—Que se escapa... ¡bueno!... Vaya bendita de Dios... Nada tengo ya que ver con ella... ¡Ah! ¡si la ley me permitiera casarme!... No se pasaría un mes sin hacerlo... ¿Y por qué no, vamos a ver, y por qué no he de poder hacerlo?... En fin, si no me caso a perpetuidad, me casaré temporalmente... Tomaré por ahí una buena moza, ¿eh, don Feliciano? ¡y anda con Dios!... Será al fin y al cabo una p... de profesión, mientras mi mujer lo es de afición...
Mientras pronunciaba estas feas palabras, daba vueltas por la estancia, se quitaba el sombrero, se encogía de hombros y hacía otros gestos extravagantes. Por último soltó una carcajada.
—Mira, Gonzalillo—le dijo don Feliciano.—Acabas de pasar una pelona... pero ya vendrán tiempos mejores. Tras de lo malo siempre viene lo bueno. Las cosas del mundo hay que tomarlas con cachaza, mi queridín. Con disgustarse y criarse hiel en el estómago, ¿qué se consigue?... Aquí me tienes a mí. El mes pasado perdí un barco... Todo el mundo venía a consolarme creyendo que estaba desesperado. Yo les contestaba: Es verdad que perdí el Juanito; pero, y si hubiera perdido la Carmen, ¿no sería mucho peor? Pues lo mismo pude perder uno que otro, porque los dos estaban en la mar. Tú has sufrido un disgusto: bueno... pero tienes salud. ¿No sería peor que además te pusieras enfermo? Hay que pensarlo todo, mi queridín. La salud es lo primero... Tú come bien, echa buenos tragos, ¡y anda adelante! que lo demás ya se olvidará...
Gonzalo salió del Saloncillo sin despedirse, dejando al bueno de don Feliciano con la palabra en la boca.
En casa se dió por enterado con don Rosendo de la fuga de Ventura. Contra lo que todos presumían, no le causó una impresión muy honda. Al contrario; desde aquel día señalóse en él una tendencia a animarse, y a participar del comercio social, que no dejó de sorprender en la población. Comenzó a visitar las casas de los amigos, a presentarse en el café, a pasear por las calles, a charlar, a discutir. No volvió a hablar de marcharse. Hasta, con gran pasmo de la villa, en uno de los bailes que se dieron en el Liceo, bailó toda la noche como un pollastre que por primera vez pisase el salón.
No obstante, Cecilia estaba muy inquieta. Aquella animación de su cuñado era tan extemporánea, que más parecía un ataque de nervios. Sobre todo, la extraña sonrisa, parecida a una mueca, que no se le caía de los labios desde que leyera la gacetilla del Joven Sarriense, la hacía estremecerse en algunos momentos.
Y llegó lo que era natural. Tras de aquella insana excitación, vino, al cabo de algunos días, un profundo y sombrío abatimiento. Estuvo tres sin salir de su cuarto, sin probar apenas manjar alguno de los que Cecilia le llevaba, y, lo que es aún peor, sin lograr conciliar el sueño. Con los ojos abiertos y extáticos, se pasaba horas y horas tendido en su lecho, mirando a las tinieblas. En la noche tercera, a eso de las tres, encendió luz, se vistió y se puso a escribir una larga carta a su tío. Después escribió otra con sobre a Cecilia. Cerradas y colocadas sobre la mesa en primer término, para que se vieran pronto, sacó un pitillo, lo encendió a la luz de la bujía, y comenzó a pasear por la habitación. Antes de concluir el cigarro lo arrojó. Abrió el cajón de la mesa, y sacó el revólver que allí guardaba. Al acercarlo a la luz vió que estaba descargado, lo que no dejó de sorprenderle. Tenía casi la certeza de haberlo cargado hacía un mes, poco más o menos. Buscó la cajita de las cápsulas y no la halló. ¡Qué cosa tan extraña! No tardó en recordar que Cecilia le había visto con él en la mano, y una sonrisa dulce y triste se dibujó en sus labios. Fué a echar mano a las escopetas. Las encontró igualmente descargadas. Los cartuchos habían desaparecido de su sitio. Permaneció inmóvil y pensativo largo rato. Luego, como si despertara de un sueño, sacudió la cabeza y dejó escapar un suspiro. Se puso el sombrero, abrió la puerta y bajó con gran sigilo las escaleras. Al pasar por delante de la puerta del piso principal, pegó el oído a ella. Estuvo un momento escuchando, la faz demudada, los cabellos erizados. Había oído claramente la voz de su esposa que le llamaba desde adentro. Pasada la alucinación, siguió bajando, abrió la puerta exterior con la llave que colgaba del pasador, y salió a la calle.
Aun no había amanecido; pero en el Oriente parecía una tenue claridad precursora del día. La mañana estaba fresca. Caía del cielo un agua menudísima de niebla marina. Sin vacilar se dirigió al muelle. Subió al segundo paredón y miró a la mar, cuyo horizonte en aquel momento no era muy extenso, a causa de la niebla. Los días anteriores había soplado el noroeste, y la había encrespado y revuelto hasta el fondo. Grandes olas hinchadas venían de lejos extendiendo sus lomos gigantescos y se estrellaban con fragor contra la punta del Peón, escupiendo sus espumas a lo alto. Los ojos del joven tropezaron con un patache que trataba de entrar en el puerto, y bailaba como un casco de nuez sobre las olas. Aquella entrada le interesó desde luego. Siguió todas las peripecias con viva atención, como si en ello le fuese algo. Al cabo de un cuarto de hora, cuando ya estuvo atracado al muelle, sintió de nuevo la espuela de su pensamiento. Dió un suspiro y murmuró: «Vamos». Y siguió adelante, rozando con su cintura el pretil del paredón. Al llegar a cierto paraje, una ola más fuerte que las demás le bañó enteramente con su espuma. Aquel inopinado baño le produjo grata impresión, le refrescó la piel. Estuvo esperando en el mismo sitio un rato, por ver si llegaba otra con igual fuerza, pero no vino. Y emprendió de nuevo la marcha. Cuando estuvo en el extremo del malecón, se echó de bruces sobre el pretil y contempló con sombría fijeza las olas que llegaban. Estaba en el mismo sitio donde, hacía algunos años, había tenido plática con su tío para darle cuenta de que abandonaba a Cecilia y contraía matrimonio con Ventura. Las palabras del viejo, severas, irritadas, sonaron de nuevo en sus oídos. «Al hombre que falta a su palabra no puede ayudarle Dios... El viaje es largo. La mar ancha y brava. Lo que ahora es bonanza, en un instante se convierte en marejada de leva.» «¡Qué razón tenía mí tío!»—pensó, sin apartar la vista del mar.
—¡Bah!—murmuró al cabo de algunos momentos—si cien veces me viera en ese caso, cien veces haría lo mismo. Hay cosas fatales. Llevo a esa mujer en la sangre como un veneno, y sólo puede salir con la última gota.—Estuvo otro rato pensativo. El agua del mar que le había bañado, y la del cielo que sin cesar caía, le enfriaron hasta los huesos. La mañana se presentaba sucia, cenicienta. No era, no, aquella hermosa noche en que se había quedado también de bruces después de hablar con su tío. Entonces, la belleza esplendorosa del cielo, tachonado de estrellas, el limpio cristal de las aguas, donde cabrilleaba la luz de la luna, la blanda brisa juguetona, le hablaron un lenguaje de muerte, sí, pero dulce, recogido, íntimo. Era una voz amiga que le invitaba a reposar. Mas ahora lo que oía era un grito de desolación, una amenaza: «Vente, vente. La muerte es muy triste; pero la vida es más triste todavía.»
—Concluyamos—dijo levantando la cabeza. Avanzó el cuerpo; extendió los brazos. En aquel momento pensó que el instinto de conservación le haría nadar seguramente, y se detuvo. Miró a todas partes buscando algún peso. Sus ojos tropezaron con el áncora de un quechemarín que yacía allá abajo, en el primer muelle. Bajó por ella, cortó con la navaja un pedazo de maroma de una lancha, se la amarró, la alzó con sus brazos de atleta y subió la escalera como un gimnasta que quisiera dar muestra ante el público del enorme poder de sus músculos. Una vez arriba, se ató la cuerda al cuello. Se puso en pie sobre el pretil, y abrazado al ancla se arrojó al agua. Su cuerpo de coloso abrió en ella una grande brecha, que se cerró al instante. La mar profunda extinguió aquella chispa de vida, como tantas otras, con implacable indiferencia.
Un marinero que le vió de lejos, corrió hacia el sitio gritando:
—¡Hombre al agua!
Otros tres o cuatro de las próximas embarcaciones le siguieron. En pocos minutos se formó un grupo de veinte o treinta en la punta del paredón.
—¿Quién era? ¿Le conocías?—preguntaban al que le había visto.
—Me parece que era don Gonzalo.
—¿El alcalde?
—Sí.
—Sería muy bien, sería muy bien... ¡Reterroías mujeres!
La nueva se esparció instantáneamente por la villa. Acudió al muelle una muchedumbre de gente. Dos hombres en una lancha recorrieron con un largo remo el fondo, sin dar con el cuerpo del desgraciado joven. Al cabo tropezaron con él. Se trajo un gancho, y tirando lo sacaron a flote en el mismo momento en que don Melchor, demudado, convulso, sin sombrero, llegaba al muelle, noticioso del terrible lance.
—¡Hijo de mi alma!—gritó el pobre anciano al ver sobre el agua el cadáver de su sobrino. Sus corvas se doblaron, y cayó desvanecido en brazos de las personas que le acompañaban.
Extendieron el cuerpo del suicida sobre el muelle mientras llegaba el juzgado. Aquel espectáculo tenía profundamente impresionados a todos los circunstantes, entre los que se hallaban personas de los dos bandos rivales.
Después que llegó el juez y se instruyeron las debidas diligencias, colocaron en una camilla el cadáver, y lo transportaron a su casa, porque don Rosendo, que sabía la noticia, lo reclamaba. Fué una procesión tristísima al través de las calles de la villa. Los vecinos se asomaban a los balcones, pálidos, inquietos, con la tristeza en el semblante. Gonzalo gozaba de generales simpatías.
Don Rosendo, poseído de vivo dolor, no quiso ver el cadáver de su hijo político. Se encerró en su cuarto; pero dispuso que se le colocase en el mejor salón de la casa sobre una mesa cubierta de terciopelo, que se trajesen de todas partes flores y coronas, y se preparase un entierro suntuoso.
Cecilia, por uno de esos esfuerzos heroicos que estaba avezada a hacer sobre su alma y su cuerpo, supo encerrar su pena en el fondo del corazón. Veíasela lívida, sí, pero tranquila, disponiendo por la casa lo necesario para recibir el cuerpo de su cuñado. Cuando llegó, ella misma ayudó a colocarlo en el sitio, después que se le hubo amortajado. Lo cubrió de flores, encendió los cirios, adornó la habitación con negros crespones. Después dispuso que velase el cadáver una hermana de la caridad en compañía de ella.
Dejáronlas al fin solas. Rezaron largo rato de rodillas. Cuando terminaron su rezo, Cecilia rogó a la monja que fuese a la cocina a dar orden para que se le hiciese te, porque estaba desfallecida.
En cuanto la monja salió, alzóse vivamente. Y sacando unas tijeras, cortó un mechón de cabellos de la cabeza de su cuñado, que ocultó en el seno. Cortó después de los suyos otro, y temblorosa y agitada, lo metió entre las manos cruzadas del cadáver. Luego le contempló un instante. Y bajando la cabeza, cubrió de besos aquel rostro inanimado. Los primeros y los últimos que le daba.
La esposa, la única y verdadera esposa de aquel hombre, no pudo al fin resistir tanto dolor y rodó por el suelo sin conocimiento.
FIN