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El cuarto poder

Chapter 9: VII
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About This Book

La narración recrea la vida de una villa costera a través de su vetusto teatro y de los pequeños salones sociales donde se juegan honores y rencillas; sigue a una familia acomodada y a jóvenes enamorados cuyas aspiraciones domésticas se entrelazan con chismes y ambiciones locales. La aparición de un periódico comunitario provoca debates, rupturas y alianzas, desatando intrigas, traiciones y escaramuzas intelectuales. Entre bodas, confidencias y la intervención de forasteros influyentes, las decisiones privadas acaban por alterar las relaciones públicas y conducir a desenlaces tristes que transforman el orden social del pueblo.

VII

Que trata de dos traidores

Borróse súbito de su noble faz pseudomarítima la temerosa expresión que la obscurecía, y apareció de nuevo aquella otra distraída, signo de constantes meditaciones.

—Gonzalo, si no te molesta, te rogaría que pasases conmigo al despacho—manifestó dirigiéndose a su futuro yerno.

Este, que durante la anterior escena había empalidecido y vuelto a su ser varias veces, tornó a desconcertarse. Nada menos se le ocurrió que don Rosendo se había percatado de la instabilidad de sus sentimientos amorosos, y le iba a pedir de ello estrecha cuenta. Fuese, pues, detrás de él cabizbajo y receloso, y penetró en el escritorio. Era una estancia espaciosa, amueblada con lujo de comerciante rico: gran mesa de caoba maciza, armarios de caoba también, donde había más legajos de papeles que libros, alfombra de terciopelo, divanes forrados de brocatel, y escribanía de plata enorme como un monumento. Cerca de la cuarta parte de esta cámara ocupábalo un montón de paquetitos envueltos en papel de varios colores, que para cualquiera que por primera vez entrase en ella, sería un misterio. No lo era para Gonzalo ni para ninguno de los íntimos de la casa. Aquellos paquetes guardaban palillos de dientes.

¿Cómo?—preguntará el lector.—¿Don Rosendo Belinchón, un negociante de tanto fuste, comerciaba también en palillos de dientes? No, don Rosendo no comerciaba con ellos, los fabricaba. Y esto no con el fin de especular, cosa indigna de su categoría, sino por pura y desinteresada inclinación de su espíritu. Desde muy joven se le había manifestado. Las asiduas ocupaciones del comercio y las vicisitudes por que había pasado su existencia, no le habían consentido satisfacer esta pasión sino de una manera precaria en los ratos materialmente perdidos. Pero desde que pudo dejar el escritorio confiado a algunos fieles dependientes, entregóse de lleno con alma y vida a tan útil y honesta distracción. Por la mañana en la tienda de Graells, por la tarde en el Saloncillo, por la noche en su casa o en la de don Pedro Miranda, siempre trabajando. Su criado ocupaba una gran parte del día en cortarle unos tacos de avellano seco perfectamente iguales, de donde su mano diestra había de sacar la gala de los palillos.

Y como no se daba punto de reposo, ni aun en los días festivos, la producción era excesiva. No había bastantes consumidores en la villa, y se veía necesitado a remitir paquetes de ellos a los amigos de la capital, cuando el montón del despacho llegaba al techo. Gracias a los esfuerzos nobilísimos de este claro representante de su comercio, podemos decir con orgullo que Sarrió, en tal ramo interesante del progreso, se hallaba a la altura de las grandes capitales. Ninguna otra villa española o extranjera podría sufrir con ella competencia. En casa del rico, como en la del menestral, jamás faltaba un bien abastecido palillero, testimonio indiscutible de la refinada cultura de sus habitantes.

Señaló don Rosendo un diván a su hijo en ciernes, y éste, asustado, dejóse caer en él hundiéndole profundamente. Acercó después el comerciante una silla con ademán misterioso, y sentándose frente al joven y mirándole entre risueño y avergonzado, dijo, dándole al propio tiempo una palmadita en el muslo:

—Vamos a ver, Gonzalito: ¿qué te parece de la cuestión del matadero?

—¿El matadero?—preguntó aquél abriendo unos ojos como puños.

—Sí, el nuevo matadero; ¿crees que debe emplazarse en la Escombrera, o en la playa de las Meanas detrás de las casas de don Rudesindo?

Gonzalo vió el cielo abierto, y, sonriendo de placer, respondió:

—Yo creo que en la playa de las Meanas estaría bien... Muy abierto aquello... muy ventilado...

Pero notando que la frente de su suegro se fruncía, y en sus ojos se apagaba repentinamente la sonrisa, añadió balbuciendo:

—Tampoco me parece que estaría mal en la Escombrera...

—Mucho mejor, Gonzalo... ¡Infinitamente mejor!

—Puede, puede.

—Hombre, tan puede ser, que reservadamente te diré que el emplazarlo en la playa lo juzgo (hazme el favor de guardar reserva sobre esta opinión), lo juzgo... una verdadera insensatez... u-na ver-da-de-ra in-sen-sa-tez—repitió señalando mejor todas las sílabas.

—Y esta opinión mía—añadió—no vayas a figurarte que es de ayer mañana, sino de toda la vida. Desde que fuí capaz de entender ciertas cosas, comprendí que el matadero no debía estar donde hoy está. En una palabra, que debía trasladarse. ¿Dónde? Una voz interior me decía siempre que a la Escombrera. Antes de poder dar ninguna razón científica, estaba tan convencido como ahora de que allí debía emplazarse, y no en otra parte. Hoy que la resolución del problema se aproxima, me creo obligado a sostener esta opinión, a comunicar al pueblo mi pensamiento y el resultado de mis meditaciones. Si no tienes que hacer voy a leerte la carta que dirijo con este motivo al Progreso de Lancia.

Y en efecto, sin aguardar la contestación de Gonzalo, se dirigió a la mesa, tomó unos pliegos de papel que había sobre ella, se puso las gafas, y acercándose al balcón dió comienzo, no sin cierta emoción que se le traslucía en la voz, a la lectura de la carta.

Estaba escrita en papel comercial, grande y rayado. Todas las que desde hacía años dirigía al Progreso de Lancia y a otros periódicos de la capital de la provincia, iban escritas en el mismo papel por las dos caras. Aún no sabía que para la imprenta debía escribirse por una solamente. Pero muy pronto adquirió este precioso conocimiento, como hemos de ver.

Casi al mismo tiempo que la de los palillos de dientes había nacido en don Rosendo Belinchón la afición a escribir comunicados a los periódicos: es decir, que databa de una remota antigüedad. Ardiente partidario de los progresos humanos, de las reformas en todos los órdenes, de la discusión y de la luz, claro está que la prensa había de infundirle respeto y entusiasmo. Los periódicos habían sido siempre un elemento indispensable de su existencia. Estaba suscripto a muchos nacionales y extranjeros; porque, como educado para el comercio, conocía bastante bien el francés y el inglés, y nunca le había faltado, ni aun en los días más ocupados, un par de horas que dedicar a su lectura. Estas horas se aumentaron considerablemente desde hacía algunos años, no sin que se resintiese por ello el bacalao. El goce que nuestro héroe experimentaba por las mañanas después de tomar el chocolate tragándose los artículos de fondo del Pabellón Nacional, los sueltos de La Política y las Nouvelles à la main del Fígaro era tan vivo, que le quedaba impreso largo tiempo en el rostro, hasta que por la irradiación se iba perdiendo en la atmósfera.

Como todos los hombres de miras amplias y elevadas, no era exclusivista en sus gustos periodísticos. Amaba el periódico por el periódico, por ser una muestra gentil del progreso de la razón humana, o como él decía mejor, «una manifestación levantada de la conciencia pública». Las opiniones que cada cual defendía, eran cosa secundaria. Estaba suscripto a periódicos de todos colores, y los gozaba por igual. Si alguna predilección mostraba, era únicamente por los artículos y sueltos intencionados. Porque eso de decir una cosa aparentando expresar la contraria y retorcer las frases de modo que una cláusula inocente en la apariencia llevase dentro «una saeta envenenada» llenaba de admiración a don Rosendo y le volvía loco de alegría. ¡Cuántas veces al leer en La España algún párrafo por el estilo:—«Ayer apareció por fin la circular del señor Presidente del Supremo a sus subordinados. Felicitamos al general O’Donnell, presidente de esta situación liberal, al señor Negrete, que en algún rato lúcido ha dado cima a obra tan colosal, y a los demócratas protectores de este Gobierno»,—hubo exclamado agitando el periódico en las manos:—¡Qué intención! ¡Caracoles! ¡¡Qué intención!!

Este afán, mejor dicho, esta pasión por la prensa, no era platónico como ya hemos advertido. Allá en sus mocedades había dirigido dos cartas a un periódico semanal que se publicaba en Lancia, titulado El Otoño, con motivo de las fiestas anuales que en Sarrió se celebran en el mes de septiembre. Estas cartas leyéronse con fruición en la villa y le valieron no pocos plácemes. Esto le animó para escribir otras tres al año siguiente, dando cuenta al público del número asombroso de cohetes que se dispararon en Sarrió los días 13, 14 y 15, la lindísima iluminación del 16, y el suntuoso baile celebrado en el Liceo la noche del 17. Después de haber gustado las dulzuras de la publicidad, don Rosendo no podía menos de paladearlas de vez en cuando. El menor pretexto le bastaba para dirigir, bien una carta, ora un comunicado a los periódicos. Unas veces firmaba con su nombre, otras con cualquier gracioso pseudónimo o anagrama. Celebraban los mareantes una fiesta en honor de San Telmo: don Rosendo escribía inmediatamente su carta al Progreso de Lancia o a La Abeja, describiendo la verbena, los fuegos artificiales, la misa, la procesión, etc. Se daba un banquete en el nuevo edificio de las escuelas para inaugurarlo: a los tres o cuatro días se recibía el periódico de Lancia con la consabida carta publicando los brindis y los sonetos improvisados. Se caía un albañil de un andamio; comunicado de don Rosendo pidiendo más garantías para los albañiles que se ponen en los andamios. Cantaba misa el hijo de don Aquilino; carta de don Rosendo describiendo la conmovedora ceremonia, y elogiando la voz clara, y sonora y la serenidad del joven presbítero. Si las mareas eran altas y fuertes y arrancaban algunas piedras de la punta del Peón; carta. Si los buques de Bilbao se negaban a recibir a bordo los prácticos de Sarrió; comunicado. Si se perdía la cosecha del maíz por la sequía; carta. Si los vientos reinantes eran del Noroeste; carta. En fin, no acaecía suceso en el suelo o en la atmósfera de la villa digno de mención, que no la recibiese de la diestra y bien tallada pluma de nuestro comerciante.

¡Cuánto trabajo se evitarán los futuros historiadores de Sarrió con esto, valiosísimos materiales acumulados por uno de sus más claros hijos!

Según iba avanzando en años don Rosendo Belinchón, daba a sus cartas un carácter menos romántico, por no decir frívolo (sería tan inexacto como irrespetuoso tal calificativo aplicado a los escritos de aquel estimable caballero). Es decir, que los temas de ellas no eran tan a menudo los holgorios y recreos de los habitantes de la villa, como cualquier cosa que tendiera directa o indirectamente a fomentar los intereses morales y materiales de ella. Los mercados, las escuelas, el salvamento de náufragos, la erección de un templo o de una cárcel, etc., etc., eran los asuntos en que para gloria suya y bien del pueblo que le vió nacer, se ejercitaba con más frecuencia.

Uno de ellos, de «vital interés para Sarrió», como él afirmaba muy bien, era el matadero. Hasta entonces jamás había abordado esta cuestión, porque sabía que su parecer iba a discrepar algo del de una gran parte del vecindario. Mas había llegado, a su entender, la hora de «emitirlo sin ambages ni rodeos». El comunicado que leyó era el primero que acerca de este asunto dirigía al Progreso de Lancia. Comenzaba así:

«Señor Director de El Progeso de Lancia.

Muy señor mío: La preferencia con que se miran las ciencias físico-naturales, y en particular la ciencia de la Higiene, como que de ella depende la salud, tanto de los pueblos como de los individuos, en vista de su gran utilidad práctica, ha ido poco a poco desterrando la timidez de los que, influídos por una educación casi errónea y deficiente, condenaban el estudio de estos grandes problemas arrastrados por antiguas y torpes preocupaciones que felizmente se van disipando al soplo poderoso del siglo XIX, llamado con razón el siglo de las luces.»

Los párrafos de don Rosendo eran siempre nutridos como el anterior. Seguía:

«Hoy que la civilización, rotas las cortapisas que detenían las conciencias y supeditaban el espíritu, nos abre vasto campo a todos por medio de la prensa para expresar nuestro libre pensamiento y emitirlo a la faz del mundo, confiado en la amistad con que usted me ha distinguido siempre, y en la benevolencia con que el público ha acogido hasta ahora los humildes partos de mi pluma, etc., etc.»

Después de otros tres o cuatro párrafos a modo de preámbulo (que el director de El Progreso acostumbraba a recortar) entraba don Rosendo en la cuestión, estudiando el matadero o macelo público, como él lo nombraba, por todas sus fases, para venir a condenar, en términos que no daban lugar a dudas, su emplazamiento en la playa de las Meanas. Las razones que tenía para oponerse a él, eran «obvias». Por una parte, los vientos del Sudoeste, reinantes la mayor parte del año, que arrastraban consigo fétidos miasmas, etc., etcétera. Por otra parte, la dificultad de hallar terreno firme para la cimentación, lo cual originaría un gasto excesivo, etc., etc. Por otra, la necesidad de penetrar en la población con las reses, etc., etc. Por otra, la proximidad de las casas, etc. Por otra, el perjuicio que a los bañistas se les irrogaba, etc., etc. En fin, eran más de veinte las razones que don Rosendo «apuntaba de un modo ligero y sucinto», proponiéndose darle «más amplitud y desarrollo» en otras cartas sucesivas con que pensaba «molestar la atención de los lectores de su ilustrado periódico».

Cuando terminó la lectura, Gonzalo las juzgó incontrovertibles, y don Rosendo (con las gafas en la punta de la nariz) declaró que no tenían vuelta de hoja. Habiendo llegado a un acuerdo tan perfecto, se separaron llenos de alegría, como es natural. Don Rosendo se quedó en el despacho poniendo en limpio su carta. Gonzalo se fué de nuevo a la sala de costura. No obstante, antes que franquease la puerta, llamóle su futuro suegro para decirle:

—De esto, ni una palabra a nadie, ¿eh?

—¡Don Rosendo, por Dios!—respondió el joven alzando la mano en señal de protesta.

El comerciante se sintió acometido por un vivo sentimiento de expansión.

—Pronto sabrás—dijo acercándose—otra cosa que te ha de sorprender alegremente. Es una idea que se me ha ocurrido hace dos meses y que espero realizar, Dios mediante, muy pronto. ¡Oh, es una idea feliz! La faz de Sarrió cambiará radicalmente, ¿sabes?

El ademán misterioso, el tono grave y conmovido de la voz, la esperanza del triunfo que fulguraba en sus ojos al decir esto, ya sorprendió más que medianamente a Gonzalo. No se atrevió, sin embargo, a pedir explicaciones. Su futuro suegro le dejó marchar dirigiéndole una mirada risueña y abstraída.

La tertulia de la sala continuaba amenizada por la conversación de Pablito, que la salpicaba a cada instante con donaires, no de concepto, sino de acción, como convenía a su naturaleza plástica. Venturita no había vuelto aún. Sentóse de nuevo el sobrino de don Melchor al lado de su novia, y comenzó a hablarla mostrando timidez y embarazo. Porque no estaba acostumbrado a disimular sus sentimientos y la traición le pesaba en el alma. A veces Cecilia levantaba la cabeza para contestarle. Su mirada clara, serena, inocente, le encendía las mejillas. Para librarle de aquel malestar, creyó lo mejor expresarle, en términos más vivos que otras veces, su amor y rendimiento. Como todos los seres flacos de espíritu en los casos de apuro, acudía al recurso peor, con tal que le dejase respirar por el momento. Cecilia recibió aquellos homenajes con sosiego, sin manifestar el gozo que las mujeres suelen sentir al oirse requebrar de quien aman.

—Vienes muy adulador hoy, Gonzalo. No me gustan los mimos—le dijo al fin sonriendo.

—Es que tengo gusto en expresarte lo que siento—respondió él sofocado.

—Pues es un gusto que no comprendo—replicó ella con dulzura.—Yo cuanto más quiero a una persona, menos ganas tengo de decírselo.

—Eso consiste en que no quieres de veras.

—¡Oh!—exclamó ella con entonación tan verdadera y expresiva, que nuestro joven se inmutó.

—Sí, sí, consiste en que eres fría por naturaleza. El calor del sentimiento, como el calor físico, no puede ocultarse largo tiempo: llega siempre un momento en que sale a la superficie como la lava de los volcanes... Y el amor es de todos los Sentimientos el que mejor sabe romper las trabas de la lengua. Sólo se goza realmente de él cuando se le dice al ser amado en todos los tonos y de todas las maneras posibles que se le ama... Lo que acabas de decir me parece un absurdo. Al mismo tiempo que nace en nuestra alma un sentimiento de simpatía hacia cualquier persona, nace el deseo de expresársela; y este deseo satisfecho, es el mayor de los placeres...

—¡Sí será! ¡sí será!—respondió ella con acento de profunda convicción.—Aunque no lo he experimentado, lo adivino muy bien... lo adivino por lo que padezco... Mira, Gonzalo—añadió con voz temblorosa,—por Dios te pido que no midas nunca mi cariño por mis palabras... Yo no sé... yo no puedo decir nunca lo que pasa dentro de mí... Siento como un nudo en la garganta que no deja salir más que tonterías, cosas insignificantes, cuando yo quisiera que saliesen palabras cariñosas... ¡Oh, es un tormento!... Soy lo mismo que un perro sin rabo.

Gonzalo se echó a reir. Ella, que había hablado con más viveza que de costumbre, se puso colorada y bajó la cabeza.

—Pero a ti nadie te ha cortado la lengua.

—Para este caso haz cuenta que me la han cortado.

—Bien, entonces me lo dirás por escrito—dijo él riendo. Al mismo tiempo levantó vivamente la cabeza hacia la puerta que se había abierto.

Era Piscis. Después de mascullar las buenas tardes se fué a sentar en el rincón de costumbre, perseguido por las miradas burlonas de las costureras, a quienes por ésta y otras razones, tenía declarado odio eterno.

Después de pagarles aquella risueña acogida con otra mirada oblicua y feroz, guardó silencio por algunos minutos. Sin embargo, como tenía henchida el alma de graves y profundos secretos y Pablito no se despegaba de Nieves aunque le echasen agua caliente, después de haberle silbado para llamarle la atención, se aventuró a descargar el fardo en público, a riesgo de que sus confidencias no fueran bien entendidas y apreciadas por el elemento femenino de la tertulia.

—¿Qué hay, Piscis?—preguntó Pablito al oir el silbido.

—¿A que no sabes por dónde da las coces ahora el Romero?

En efecto, las costureras levantaron la cabeza sorprendidas. Valentina le dijo a Teresa pugnando por no reir:

—Chica, ¿qué dice ése?

—¿Que por dónde tira las coces un caballo?

—Será por el c...

Aunque hablaba en voz baja, Piscis lo oyó perfectamente. Sin atender a Pablo que había tomado muy en serio la pregunta, y quería saber la especialidad del Romero, exclamó, dirigiéndose a Valentina:

—¿Quieres callarte... zapalastrona?

Estas palabras enérgicas fueron recibidas con una explosión de alegría por las costureras.

—No te enfades, Piscis, déjalas... ¿Has sacado a paseo el Romero?... Me alegro.

—Lo enganché en la charrette con la Linda—respondió el centauro, haciendo una mueca horrible de disgusto dirigida a la simpática Valentina.—¡Si vieras, mal rayo, qué modo de alzarse! Yo ¡zis, zis! con la fusta, y él ¡pan, pan! sobre el tablero del pescante. Me volví a la cuadra, y le puse al tablero por debajo unos clavillos. Salí otra vez... En cuanto se pinchó se estuvo quieto. Pero, ¿qué hizo el gran pillo?... ¿Ves entre el tirante y la rueda? Por allí comenzó a dar las coces. ¡Mal rayo! Por poco me deshace un farol...

—Pues es necesario quitarle esa zuna—manifestó Pablito hondamente afectado, levantándose del asiento, y dejando a Nieves para acercarse a Piscis.

—Déjame discurrir esta noche—respondió el centauro poniéndose muy sombrío.—Ya veremos si mañana hallamos algún medio.

Los dos amigos bajaron la voz, y se enfrascaron en una conversación viva y reservada.

Gonzalo estaba inquieto. No hacía más que echar miradas a la puerta, esperando a cada instante ver entrar a Venturita. Transcurría, no obstante, el tiempo, y nada; la niña no parecía. La distracción aumentaba de tal modo, que Cecilia tuvo que repetirle tres veces la misma pregunta:

—¿Que tienes? Parece que estás con el pensamiento en otra parte.

—En efecto—dijo él un poco colorado;—me acuerdo de que hoy tengo que escribir a Londres para un negocio urgente... Además, ya son cerca de las seis.

Despidióse de ella, después de doña Paulina y la tertulia, y se fué.

Una vez en los pasillos, acortó el paso, y comenzó a mirar a todos lados, sin lograr ver lo que deseaba. Triste y cabizbajo descendió lentamente por las escaleras. Ya se disponía a levantar el pestillo de la puerta, cuando creyó advertir que la cuerda con que la abrían desde arriba se agitaba. Quedóse un momento inmóvil. Tornó a llevar la mano al pestillo, y otra vez percibió la sacudida. Entonces volvió sobre sus pasos, y asomó la cabeza a la caja de la escalera. Allá arriba, una cabecita hermosa le sonreía.

—¿Eres tú?—preguntó con voz de falsete, rebosando de gozo el semblante.

—Sí, soy yo—contestó Venturita en el mismo tono.

—¿Quieres que suba?

—No—respondió la niña de un modo que significaba:—¡Eso no se pregunta, hombre!

Gonzalo subió la escalera sobre la punta de los pies.

—Aquí no debemos estar; nos pueden ver. Ven conmigo—dijo Venturita tomándole de la mano y conduciéndole al través de los pasillos hasta el comedor.

Gonzalo se sentó en una silla sin soltar la mano.

—Creí que no te volvía a ver hoy. ¡Qué geniecillo tienes, chica!—le dijo sonriendo.

El semblante de Venturita se obscureció.

—Si no me lo irritasen a cada instante, no lo tendría.

—Pero hazte cargo que es tu mamá la que te ha reprendido—repuso él sin dejar de sonreir.

—¿Y qué?—exclamó ella con violencia.—¿Porque es mi madre me ha de mortificar a todas horas y en todos los momentos?... ¡Si cree que yo lo voy a sufrir, está bien equivocada! ¡Anda, que la sufra ese mastuerzo, que para eso le saca los cuartos!... Aquí ya no hay mimos más que para él... Mira, Gonzalo, si quieres que seamos amigos, no me toques más esa tecla.

Y al decir esto con rabiosa entonación, pintada la ira en los ojos, dió una fuerte sacudida a la mano para soltarla. Pero Gonzalo no lo consintió, y besándosela varias veces con pasión, le dijo riendo:

—Chica, chica, no te dispares contra mí, que yo no tengo la culpa de nada... Si a mí me gustas precisamente por ser tan viva y tan rabiosilla. No me hacen gracia las mujeres de pastaflora.

—Es porque tú lo eres—respondió ella aplacándosela varias veces con pasión, le dijo riendo:

—No lo creas; no soy de tan buena pasta como te figuras... Cuando me enfado, es de veras...

—¡Bah... allá una vez; cada año!

—Además... por lo mismo que yo soy así, debieran gustarme las mujeres suaves y tranquilas.

—Estás equivocado; siempre se busca lo contrario. A las rubias les gustan los morenos, a los flacos las gordas, a los altos las chiquitas... ¿No te gusto yo a ti siendo tan alto y yo tan pequeña?

—No sólo es por eso—dijo él riendo y atrayéndola hacia sí.

—¿Por qué más?—preguntó ella clavándole una mirada provocativa.

—No sé. ¿Quieres que te regale el oído?

—¿Por qué más?—insistió sin dejar de mirarle.

—Por lo feísima que eres.

—Gracias—respondió con el rostro iluminado por la vanidad.

—No la hay más fea que tú en Sarrió ni en el mundo entero.

—Algunas más feas habrás visto por esos países donde has andado.

—Te aseguro que no.

—¡Virgen del Amparo! Debo ser un monstruo—exclamó riendo y aceptando la hiperbólica lisonja que iba envuelta en aquellas palabras.

—¡Alguien viene!—dijo Gonzalo quedándose inmóvil y serio.

Venturita avanzó hasta la puerta.

—Es la cocinera que pasa—dijo volviendo en seguida.

—Me parece que estamos mal aquí. Pudiera entrar tu mamá o cualquiera de las chicas... o Cecilia (añadió en voz más baja). ¿Y qué disculpa doy?

—Cualquiera; eso es lo de menos... Pero, en fin, si no estás tranquilo, podemos ir a otra parte. Vamos al salón.

—Vamos.

—No, tú quédate aquí un momento; yo iré delante.

Pero deteniéndose a la puerta y volviendo sobre sus pasos, le dijo:

—Si me dieses palabra de ser formal, te llevaría a mi cuarto.

—Palabra redonda—respondió el joven alegremente.

—¿Nada de besitos?

—Nada.

—Júralo.

—Lo juro.

—Bien, quédate ahí un instante, y después vienes en puntillas, ¿sabes? Hasta ahora.

—Hasta ahora—dijo Gonzalo apoderándose de una de sus manos y besándola.

—¿Lo ves?—exclamó ella fingiendo enojo,—antes de ir, ya comienzas a faltar...

—Yo creí que las manos no entraban en el juramento.

—¡Entra todo!—dijo ella con severidad en la voz y la sonrisa en los ojos.

A los dos minutos el joven la siguió. Halló la puerta del cuarto entornada, y entró. La habitación de Venturita, era como su dueña, pequeñita y linda, amueblada con lujo. La cama de palo santo con pabellón de brocatel de seda, cubierta por una colcha de damasco azul, un armarito de ébano con incrustaciones de marfil, que servía de escritorio al abrirse, una butaca confidente de raso azul, un tocador con espejo, forrado también de raso al igual que las paredes, un armario de espejo, de palo santo como la cama, y algunas sillas doradas. La habitación exhalaba un perfume penetrante como el camarín de una odalisca.

—¡Oh! Esto está mejor que el cuarto de Cecilia.

—¿Cuándo lo has visto?

—Hace pocos días me lo ha enseñado. Las paredes desnudas con unos cuadritos bastante malos; la cama sin cortinas; una cómoda vulgar...

—Pues si no lo tiene como yo, es porque no quiere... Verdad que he tenido que andar detrás de papá una temporada para que me lo pusiera de este modo... Pero mi hermana es así... como Dios la crió... No le importa por nada... Todo le gusta a lo aldeano, ¿sabes?

—En este cuartito hay mucho gusto... y mucha coquetería. De esta cualidad, no puedes prescindir en ninguna de tus cosas.

—¿De dónde sacas que soy coqueta, tonto?—le preguntó ella volviendo a mirarle de aquel modo provocativo de antes.

—Lo eres, y haces bien en serlo. La coquetería, cuando no es excesiva, da más atractivo a la hermosura, como las especias dan sabor a los alimentos.

—¡Ya salió a relucir el gastrónomo!... Pues mira, aunque la coquetería dé atractivo o sabor, o lo que quieras, yo no soy coqueta... Tú menos que nadie tienes derecho a decirlo... Digo... ¡me parece!...

—Es verdad; tienes razón, tienes muchísima razón. Yo no puedo llamarte coqueta... Pero la coquetería de que yo hablaba es de otra clase.

—Hazme el favor de sentarte, porque ya has crecido bastante, según creo... y déjate de sutilezas.

Gonzalo se dejó caer en la butaca que la niña le señalaba, dominado por sus ojos brillantes y maliciosos. Desde que había entrado en aquel cuarto sentía un gozo íntimo, mitad corporal, mitad espiritual que le embargaba a la vez los sentidos y el alma. El perfume que respiraba se le subía a la cabeza. La mirada magnética de Venturita había concluído por electrizarle.

—Has hecho mal en traerme a tu cuarto—dijo sonriendo mientras se pasaba el pañuelo por la frente.

—¿Pues?—preguntó ella abriendo y cerrando varias veces los ojos, como esos relámpagos que se advierten a la caída de la tarde en los días muy calurosos del verano.

—Porque me siento mal—respondió él con la misma sonrisa.

—¿Te sientes mal, de veras?—replicó la niña abriendo mucho sus ojos azules sin conseguir que pareciesen inocentes.

—Un poco.

—¿Quieres que avise?

—No; si lo que me hace daño son tus ojos.

—¡Ah, vamos!—exclamó ella riendo como si cayese entonces en la cuenta.—¡Entonces los cerraré!

—¡Oh, no; no los cierres, por Dios! Si los cerrases, me pondría mucho peor.

—Entonces me iré—dijo levantándose de la silla.

—¡Eso sería matarme, niña mía! ¿Sabes por qué me pongo enfermo? por no poder besar esos ojos que me asesinan.

—¡Jesús!—exclamó Venturita soltando la carcajada.—¡Qué fuerte te da! ¡Siento no poder curarte!

—¿Permitirás que me muera?

—Si.

—¡Gracias! Déjame besar tus cabellos entonces...

—No.

—Tus manos.

—Tampoco.

—Déjame besar cualquier cosa tuya... ¡Mira que me haces mucho daño!

—Besa ese guante—dijo la niña riendo y tirándole uno que había sobre el tocador.

Gonzalo se apoderó de él, y lo besó con frenesí repetidas veces.

Al lector que en su fuero interno haya diputado ya a Gonzalo por hombre desleal y pérfido, o por lo menos débil, declarándole quizá «un carácter repugnante», como dicen los críticos cuando los personajes de las novelas no son todo lo heroicos y talentudos que ellos quisieran, pusiérale yo en aquel nido pequeño y perfumado como el cáliz de una magnolia, frente a la niña menor de los señores de Belinchón, vestida con peinador de cintas azules que dejaban ver una buena parte de su garganta amasada con rosas y leche, recibiendo en el rostro los relámpagos azulados de sus ojos, y escuchando una voz grave y pastosa que removía todas las fibras del alma. Y si la niña le tirase un guante diciéndole:

—Bésalo,—quisiera ver en qué forma se negaba a besarlo.

—¿Te vas calmando, Gonzalo?—dijo disparándole una sonrisa capaz de volver loco a San Antonio.

—Así, así.

—Bueno, pues ahora hablemos en serio... hablemos de nuestra situación...

Gonzalo se puso serio.

—A pesar de lo que me has dicho hace ya tres días, no he sabido, hasta ahora, que hayas hablado con mamá o con papá, ni que les hayas escrito... Por el contrario, no sólo dejas el tiempo correr, con lo cual cada vez empeoran las cosas, sino que te veo más atento y cariñoso que nunca con Cecilia...

Gonzalo hizo un gesto negativo.

—¡Si te he visto hace un momento desde el cuarto de Pablo por el agujero de la llave!... A mí no se me escapa nada... Eso está muy mal hecho si es que no la quieres... Y si la quieres está muy mal hecho lo que haces conmigo...

—¿No estás bien segura aún de que tú sola posees mi corazón?—dijo el joven levantando sus ojos apasionados hacia ella.

—No.

—¡Pues sí, sí; mil veces sí!... Pero yo no puedo estar al lado de Cecilia desabrido o indiferente... Eso es muy feo... Prefiero decírselo claramente y concluir de una vez.

—Pues díselo.

—... No me atrevo.

—Pues no se lo digas, y concluyamos tú y yo... Mejor será—replicó la niña con impaciencia.

—¡No hables, por Dios, así, Ventura! Se me figura que no me quieres. Debes comprender que mi posición es extraña, comprometida, terrible. Estar en vísperas de casarse con una joven excelente, y sin mediar disgusto alguno, sin antecedentes de ningún género que puedan tenerla prevenida, decirle de pronto: «Todo se acabó, ya no me caso contigo porque no te quiero ni nunca te he querido», es lo más brutal y más odioso que se haya visto jamás... Por otra parte, yo no sé cómo tomarían mi conducta tus papás. Lo más probable es que, indignados justamente por ella, me recriminasen duramente y me prohibiesen la entrada en esta casa...

—Bien, cásate con ella... ¡y en paz!—dijo Venturita poniéndose en pie un poco pálida.

—¡Eso nunca! O me caso contigo, o con nadie.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—No sé—replicó el joven bajando la cabeza con tristeza.

Ambos guardaron silencio unos instantes.

Al cabo Venturita dijo, dándose con la palma de la mano en la cabeza:

—¡Discurre, hombre, discurre!

—Ya lo hago, pero no sale...

—¡No sirves para nada!... Vamos, vete, y déjalo a mi cargo. Yo hablaré a mamá... Pero es necesario que escribas una carta a Cecilia...

—¡Oh, por Dios, Ventura!—exclamó angustiado.

—Entonces, ¿qué quieres, di?—preguntó la niña encolerizada.—¿Crees que voy a servir de juguete?

—¡Si pudiéramos pasar sin esa carta!—manifestó Gonzalo con humildad.—Tú no puedes figurarte lo violento que es para mí... ¿No bastaría que dejase de venir unos cuantos días a esta casa?

—Sí, sí; vete... ¡y no vuelvas!—respondió, dando un paso hacia la puerta.

Pero el joven la retuvo por una de las trenzas de sus cabellos.

—Vamos, no te enfades, hermosa. Bien sabes que me tienes dominado, fascinado, y que a la postre haré cuanto tú me mandes, incluso arrojarme al mar. No hacía más que expresarte una opinión... Si tú no quieres, nada de lo dicho... Trataba solamente de evitar a Cecilia un disgusto.

—¡Presuntuoso!—exclamó la niña sin volverse.—¿A que te figuras que Cecilia se va morir de pena?

—Si no se disgusta, mejor que mejor; así me evitaré un remordimiento.

—Cecilia es fría; ni quiere mucho, ni odia mucho tampoco. Es muy buena; no conoce el egoísmo. Pero siempre la encontrarás igual, ni alegre ni triste; incapaz de tomarse un disgusto por nada ni por nadie... Al menos, si se los toma, nadie lo conoce... ¿Qué haces?—añadió volviéndose rápidamente.

—Estaba desatando los lazos de las trenzas... Quería ver otra vez tus cabellos sueltos. No hay espectáculo que me cause más placer.

—¡Si es capricho, yo las desataré!... Aguarda—dijo la niña, que estaba orgullosa, y con razón, de su pelo.

—¡Oh, qué hermosura! ¡Esto es un prodigio de la naturaleza!—exclamó Gonzalo, introduciendo en él sus dedos.—Déjame, déjame meter la cabeza dentro, déjame bañarme en este río de oro.

Y ocultó, al decir esto, su rostro en la cabellera blonda de la niña.

Mas sucedió que, pocos momentos antes, como sonasen en el reloj las siete de la tarde, las costureras y bordadoras dejaron su obra, y se dispusieron a retirarse. Antes de hacerlo, Valentina fué comisionada por doña Paula para ir al cuarto de Venturita, y traer de allá unos patrones que debían de estar sobre el armario-escritorio. Llegó, y empujó la puerta en el instante crítico en que Gonzalo se estaba bañando de aquella original manera. Al sentir el ruido, éste se levantó de un brinco y quedó, más pálido que la cera. Valentina se puso encarnada hasta las orejas, y dijo balbuceando:

—Mamá quiere los patrones... los del otro día... Deben de estar sobre el armario.

—No están sobre el armario, sino dentro—respondió Venturita, sin inmutarse poco ni mucho.

Y dirigiéndose a él, y abriendo un tirador, sacó un lío de papeles y se lo entregó.

—Aguarda un poco, Valentina—dijo antes que saliese.—Hazme el favor de atarme el pelo, que yo no puedo por este dedo malo...

Y enseñó uno, por donde manaba sangre. Al ir por los patrones se lo había pinchado.

Valentina, muy turbada todavía, comenzó a atárselo.

—Me tiraba mucho, y, al desatarlo, me pinché con el alfiler que sujeta la cinta de arriba... El pobre Gonzalo no se arreglaba muy bien para atármelo, ¿verdad?—añadió riendo.

—¡Oh, no!—replicó el joven con forzada sonrisa, pasmado de aquella sangre fría.

La disculpa, aunque bien urdida, no coló. Valentina estaba bien segura de lo que había visto.

—¿Crees que se habrá tragado lo del pinchazo?—preguntó Gonzalo con ansiedad luego que hubo salido.

—Tal vez no; pero no hay cuidado con ella. Es la más reservada de todas.

Valentina fué a entregar los patrones a la señora y se despidió hasta el día siguiente. Al cruzar por el pasillo oyó claramente el rumor de un beso. Miró hacia el cuarto obscuro que allí había, y creyó percibir los cuadros blancos y negros del vestido de Nieves.

—¡Alza! ¡Esto está que arde!—murmuró con aquel ceño saladísimo que tanto la caracterizaba.

Bajó la escalera y salió a la calle, donde ya la esperaba su Cosme para acompañarla hasta casa.