IX
En la imprenta de Millán había un chico, mezcla de aprendiz y ordenanza, a quien apodaban Pateta. Él decía llamarse Pepe Maldonadas, pero no conservaba memoria de su familia. Nadie sabía su origen; ni él mismo. Sólo recordaba haber vivido en Puerta de Moros, recogido en casa de una verdulera, tía suya, que, por considerarle muy niño, no le habló jamás de sus padres.
Una mañana la pobre vieja, que solía retrasarse en el pago de la licencia municipal del puesto de legumbres, fue llevada a la prevención y, de resultas, tomó tal sofocón, que murió a las pocas horas, viniendo el chico a quedar en la calle, sin más amparo que Dios, con la travesura por instinto y la ignorancia por guía. Un matrimonio de la vecindad le dio albergue durante cinco semanas, mas esta caridad antes fue deseo de tener ayudante que propósito de favorecerle; pues cuando la mujer no le obligaba a subir del río un talego de ropa, superior a sus fuerzas, el marido, que era sillero, le ponía verde o morado hasta los hombros, forzándole a teñir espadañas en un patio que parecía cisterna. Cuando ellos comían, si sobraba, era para Pepe; si no había restos, gracias que le dieran pan con que rebañar la cazuela del cocido; así que las hambres y una felpa con que le obsequiaron por meter en la tina de lo verde lo que había de ser morado, acabaron con la paciencia del muchacho. Se escapó, y entonces fue la época más conturbada de su vida. Fregar en tabernas, donde tenía las propinas por salario; ayudar a un chulo a vocear quincalla; recoger y vender colillas; dormir en los quicios de las puertas: esta existencia llevó por espacio de unos cuantos meses, sucio, descalzo, desarrapado, hambriento y ostentando por entre los desgarrones de la camiseja el pecho dorado y fuerte como un bronce antiguo. Sólo dos cosas hubo que no ensayase para buscarse el sustento: no pidió limosna ni robó.
Acertó a pasar una mañana por la calle de las Maldonadas, donde tenía fábrica de buñuelos un conocido de la verdulera difunta; le preguntó el buñolero que cómo vivía; repuso el chico que peor; y tanta lástima supo inspirar, que allí se quedó cuidando de la venta al menudeo, sin promesa de recibir otro pago que la comida y lugar donde dormir. El sillero no volvió a saber de él. Los chicos que antes tuvo el buñolero de dependientes, cual más, cual menos, todos le robaron; Pepe Maldonadas fue de fidelidad intachable. Antes que amaneciera, su amo y un aprendiz sobaban la masa dispuesta en el lebrillo, y luego freían con rara rapidez bolas, tortas y cohombros: Pepe, mientras tanto, arreglaba los veladores, mezclaba algo de harina al azúcar de espolvorear, fregaba vasos, ponía cada cosa en su puesto y, cuando se abría la tienda, colocado de pie en la puerta, despachaba buñuelos a grandes y chicos, formando en la grasienta superficie de zinc que cubría la mesa un montón de cuartos y ochavos del moro, cuyo sucio contacto le dejaba los dedos manchados de verdín. Ni se comía un buñuelo ni escamoteaba un ochavo. Nadie le enseñó matemáticas y, sin embargo, para dar las vueltas de la moneda era más listo que un cambista. Si quedaban buñuelos de la víspera, los despachaba los primeros; al servir medias de aguardiente, cuando presumía que el gaznate del parroquiano estaba insensible, daba lo barato al precio de lo caro, y para los favorecedores constantes de la casa iba a buscar la pasta recién frita, humeante, en que aún no se habían bajado las burbujas del aceite hirviendo. El amo se encariñó con él en tal grado, que comenzó a tratarle como a hijo, y hasta determinó que fuese por las tardes a la escuela, donde, en unos cuantos meses, aprendió a leer, escribir y contar. Al año de estar en la buñolería, la hija del amo, que era una chiquilla saladísima de catorce años, enfermó de viruelas y, cosa rara en la gente del pueblo, dotada en tales casos de tanto valor como ignorancia, los vecinos, conocidos y amigos dejaron a la enfermita y sus padres en completo abandono. La moza que iba a barrer y fregar desapareció sin pedir un pico que le debían del salario, y el chulo que ayudaba a amasar y freír se despidió cobardemente: sólo Pepe permaneció allí día y noche, sin ir a jugar con los chicos del barrio ni ocuparse en otra cosa que cuidar a la muchacha. Guiado de clarísimo entendimiento, se fijaba bien en cuantas alteraciones sufría, para decírselas al médico, y luego le daba las tomas que la recetaban, con los intervalos debidos, arropándola en seguida como una niña a su muñeca. Cuando, por haber entrado la enfermedad en el período de descamación era más fácil el contagio, Pepe, que no lo ignoraba, redobló sus cuidados y, durante la convalecencia, se estuvo constantemente haciendo compañía a la muchacha, satisfaciendo sus caprichos y tolerando sus impertinencias, hasta que, dada ya de alta, tornó a su puesto de antes y siguió vendiendo cohombros a los chicos y ensartando buñuelos toda la mañana en los juncos, lo cual, con el manejo de los ochavos, acababa por dejarle los dedos sucios y pringosos: luego, de cuatro brincos, se plantaba a ver a la chica. Así pagaba Pepe su deuda de gratitud para con aquella gente; mas su principal se portó también como bueno.
—Tú eres ya de la casa:—le dijo un día—busca otro dependiente para el despacho. Y vamos a ver, ¿quieres seguir oficio? Dilo como si fueses mi hijo.
Pepe repuso que quería ser cajista, porque en la escuela donde le enviaron se había echao un amigo a quien sus padres pusieron en una imprenta, con lo cual el muchacho siempre tenía los bolsillos llenos de estampas de entregas, romances de ciego, restos de tiradas de aleluyas y pedazos de carteles de toros.
Tras permanecer dos o tres meses en imprentas de mala muerte, entró al fin en la de Millán, que era conocido del buñolero, y allí echó raíces en seguida; es decir, que apreciado por listo y obediente, le tomaron cariño. El día lo pasaba aprendiendo la caja, adiestrándose en componer y distribuir; luego empezó a hacer monos y remiendos, y a la noche se iba por las calles a vender un veinticinco de un periódico que allí se tiraba. Lo que le producía esta venta lo guardaba para sí, y el jornal de la semana lo ponía íntegro el sábado en manos del buñolero; pero lo que más le gustaba era entregárselo a Isabelita, diciendo:—«Anda, da eso a tu padre.»
Los demás aprendices, envidiosos de aquel compañero de quien se hacía más caso que de ellos, comenzaron a tomarle tirria y jugarle malas pasadas. Un día le quitaron de la tartera el almuerzo, sustituyendo la tortilla con polvos de imprenta. Otra vez, como estuviera en mangas de camisa, le estamparon en la espalda una galerada recién impresa, con la tinta fresca de un letrero que decía: «Se vende este perro.» Hasta llegaron a rellenarle las botas con la grasa de untar las ruedas de la máquina, mientras él estaba trabajando con alpargatas para mayor descanso. Entonces apareció el gatera madrileño, valiente, arriscado, dicharachero y dispuesto a darse de cachetes o puñetazos con el más bravo, y a echarle la zancadilla al mismo nuncio. Con unos cuantos pescozones oportunos se hizo respetable. Cierto día, otro aprendiz de más edad sacó contra él una navajilla. Pepe se la quitó de las manos, le sujetó fuertemente metiéndose la cabeza del agresor entre las piernas, y por castigo le descosió con el cuchillejo la costura trasera del pantalón, dándole luego en lo que el sol ni el agua vieron jamás, unos cuantos azotes: después le devolvió tranquilamente la navajilla, diciendo:—«Toma, boceras; eso no sirve más que pá partir pan.»—A las horas de trabajo era modelo de laboriosidad: cuando llegaba el momento de hacer diabluras, era de la piel de los demonios. Parecía haber en él dos tipos distintos: uno para la tarea, otro para las travesuras; y diríase que, como correspondiendo a estos dos seres, tenía dos fisonomías diversas. Inclinado sobre la caja buscando tipos, ajustando palabras en el cajetín, o distribuyendo letras, su frente solía plegarse con un entrecejo serio de obrero ya machucho: entonces no hablaba y fija la atención en lo que hacía, sus ojos negros adquirían cierta expresión de gravedad cómica: en la calle, corriendo o jugando, con el pelo alborotado, tostada la tez, ladeada la gorrilla, descarado el mirar y rebosando malicia, traía a la memoria los chicos de las antiguas novelas picarescas. Los compañeros le llamaron primero el Tiznao, porque era muy moreno, como un beduino desteñido a fuerza de lavaduras: por fin le apodaron Pateta, y con este alias se quedó. A Millán, conocedor de los antecedentes de Pateta, le había caído en gracia el muchacho: Pepe simpatizó mucho con él por un solo detalle. Estaba corrigiendo una tarde pliegos de un libro, cuando se le presentó Pateta en actitud humilde.
—¿Qué quieres?
—Pedirle a Vd. un favor, porque el señor Millán no ha venío.
—Vamos, di.
—Pues yo tengo novia. Es decir, novia mía, la verdad, no es; pero ya nos hablamos algo... y mañana es su santo. Mire Vd., he compuesto este letrero y quería ponerlo con letras dorás de purpurina, en esta tarjeta de orla que ma costao dos riales. Bueno, pues... que me digan ustedes cómo lo hago y me dejen hacerlo en la máquina, o donde sea, luego que se marchen esos.
Pepe examinó la cartulina, adornada con flores y amorcitos, que le presentaba el chico, y vio el letrero que traía hecho con los tipos más escojidos de la casa.
«A Isabel Gorillo, en sus días.» (Esto en un gótico muy complicado), y luego, debajo: «Por José Maldonadas.» (Aquí las letras eran de mucho ringorrango.)
—Y esta Isabel, ¿quién es?
—La hija de mi amo. (Pateta continuaba llamando amo a su protector.)
—¿La de las viruelas?
—Sí, señor; pero no le ha quedao señal. Tié la cara que da gloria.
—¿Y sabe tu amo?...
—Saberlo... no sé; porque yo no he dicho esta boca es mía. Como tién dinero, no quiero que crean... ¿entiende Vd.? Pero ya se lo malician; porque yo, ni a los novillos voy, aunque me sobren los cuartos, con tal de estarme en la trastienda hablando con ella.
—Bueno, hombre, bueno; anda, guarda eso o déjalo aquí, y a última hora que te diga el señor Ramón lo que debes hacer, y acábalo limpito.
Este pequeño servicio que Pepe prestó a Pateta, se lo pagó él con creces. Si llovía de pronto, ya estaba el muchacho corriendo a la calle de Botoneras a buscarle el paraguas: si había que ir al estanco por tabaco, volvía en un decir Jesús; para traerle café de uno que había cerca de la imprenta, nadie andaba más ligero, y si la cafetera venía fría, la arrimaba a la máquina de vapor, sin lamer la media tostada o escamotear azúcar, como hacían otros.
Tal fue el cartero que escogió Pepe para asegurar su correspondencia con
Paz, ocultándola, por supuesto, que él trabajaba en la misma imprenta
donde aquél era aprendiz.
—Si te pido que me hagas un favor, ¿podré contar contigo?—le dijo un día Pepe.
—Mande Vd. lo que quiera—repuso el futuro cajista.
—La cosa ha de quedar entre tú y yo; no quiero que nadie lo sepa, ¿entiendes? Ni el señor Millán.
—Ni las piedras.
Jamás faltó al secreto. Cuando Pepe pasaba dos o tres días sin ver a Paz la escribía, y Pateta, a la hora de salir del trabajo, emprendía el camino del hôtel, donde ella, prevenida por la impaciencia, le aguardaba tras la vidriera del balcón de su cuarto. La estufa del jardín tenía inmediato a la verja un horno pequeño hecho de ladrillos y recubierto de baldosas, que servía para entibiar la atmósfera en que crecían las flores: Pateta se acercaba allí, espiando el momento en que ningún criado pudiera verle, y metiendo el brazo por entre los barrotes de la verja, depositaba la carta bajo una de aquellas baldosas mal afirmadas. Al día siguiente recogía del mismo sitio la contestación, valiéndole tan largos paseos, y sobre todo el agrado con que prestaba su servicio, alguna cajetilla del estanco que Pepe le daba, y a veces un café con media tostada, que le hacía relamerse de gusto.
X
El cariño de la enamorada pareja y la angustiosa situación de Pepe crecieron a la par. El importe de la jubilación de don José, el fruto del trabajo de su hijo, lo poco que Leocadia ganaba bordando y lo que procuraba ahorrar doña Manuela, todo se invertía en médico y botica. Así llegó el invierno de 1872 y aquella triste cena de Noche Buena, en que se habló de la próxima venida de Tirso y en que, después de irse Millán, ya acostado el pobre viejo, trataron los hijos y la madre de lo que convenía hacer, sin llegar a resolver nada, porque la común abnegación no producía una miserable moneda de cobre.
A la semana siguiente la situación se agravó con la noticia de que llegaba Tirso: la carta en que éste lo anunció no debía precederle sino dos días. Pepe escribió a su novia de esta suerte, mezclando con las frases de amor el recelo que le inspiraba aquel hermano desconocido:
«Adorada Paz:
Tienes razón: Aunque nos vemos casi diariamente, son tan pocas las ocasiones en que podemos hablar con libertad, que por fuerza han de ser nuestras cartas largas y frecuentes. Las cosas que te escribo quisiera decírtelas: lo que no te conmoverá leído, mis palabras te lo llevarían al alma en fuerza de sinceridad. Pero comprendo que no hay remedio, y aun temo que estas dificultades de ahora no sean sino anuncio de otras mayores: créeme, nuestro cariño ha de costarnos muchas lágrimas. Será todo lo romántico que quieras, y es opuesto a mi modo de pensar hablar en tono amargo de ciertas cosas; pero yo, que de todas las preocupaciones me río, he venido a estrellarme contra una de las más poderosas. La distancia que nos separa no sería mayor si tú fueses reina y yo lacayo, como los personajes de aquel drama francés que estabas leyendo la otra tarde. La situación de mi familia, nuestra pobreza, todo lo que me estorba para abrirme camino en la vida, me separa de tí. Tu padre ocupa una posición envidiable: ¿cómo quieres que dé su hija a un hombre que ha tenido que abandonar la carrera por falta de unos cuantos duros al año para libros y matrículas?
Pero un día de vida, es vida. Yo no renunciaré jamás a tí, no te diré nunca que me dejes, y cuando seas tú quien me diga que no debemos volver a vernos, callaré, porque tendrás razón. Parece que yo, burlón y descreído, sin preocupaciones, vengo a estrellarme contra el obstáculo más risible, pero más fuerte: contra las conveniencias sociales. Desengáñate, nuestro amor tiene que ser una novela muy corta, ridícula para contada, triste para nosotros, únicos que hemos de tomarla en serio. ¿Hasta cuándo durará esto? ¿Quién se cansará antes? ¿Tú de esperarme? ¿Yo de amarte? Quien no se fatigará jamás será el tiempo, que pasará haciéndote cada día más buena y más hermosa, quizá más rica, y a mí más desgraciado y pobre. No imagines que deseo romper nuestras relaciones: saber que me quieres, recibir una carta en que me hablas de tu cariño, oírte alguna vez que me recuerdas cuando sufres y que te falta algo en los goces por no tenerme al lado, son cosas que me llegan al alma y me dejan orgulloso de mi mismo. ¡Si supieras de qué modo te las paga mi corazón! ¡Si pudieses leerme los pensamientos, adivinarme las ideas, esconderte entre los caprichos de mis sueños!... Pero quiero que, al mismo tiempo que de mi amor, estés persuadida de mi lealtad. Antes que se lo oigas a tu padre, quiero ser yo quien te lo diga. ¿Qué porvenir puedo ofrecerte? No, yo no te dejaré nunca; y si llegas a ser algún día más juiciosa o más interesada, no te echaré maldiciones de comedia, sino que me separaré de tí resignado, queriéndote como te quiero ahora y guardando en lo mejor de la memoria el recuerdo del amor que me hayas tenido. Jamás te arrojaré en cara falta de energía, ni desfallecimiento de constancia. ¡Es tan natural que me olvides! Harto has hecho con empezar a quererme, aunque luego te pese.
¿Cuántas veces te habré dicho todo esto? No te sorprenda, porque obedece a mi idea fija, a mi cavilación constante. Vamos, no concibo el fundamento de tu amor. Yo te amo por lo buena, por lo hermosísima que eres. Pero tú, ¿por qué me quieres? Soy extraño a cuanto te rodea, vives en una atmósfera de lujo que casi desconozco, como yo vivo entre privaciones que tú no puedes calcular, y ojalá te sean siempre ajenas; el menor de tus caprichos no podría yo satisfacerlo con muchas semanas de trabajo; las gentes que te hablan han de usar un lenguaje hasta despreciativo para las que están en situación análoga a la mía; si entraras en casa de mis padres y vieses estas paredes, estos muebles, dudarías si ofrecer dinero por lástima o disimular lo que notares, por imaginar que podías ofendernos señalando tanta escasez: y, a pesar de todo, dices que el mejor sitio de tu corazón es para mi cariño, y me has enseñado cartas mías con mi nombre borrado con tus besos. ¡Bendita seas! No, no me dejes, ni tengas nunca juicio, si el tenerlo ha de consistir en olvidarme; ni pienses en el porvenir, que yo tampoco pienso, sino que te adoro con toda mi alma.
Ahora, como nada te oculto, quiero que sepas lo que ocurre en casa. Mi hermano Tirso, el cura, el que se ha educado y ha vivido siempre alejado de nosotros, debe llegar pasado mañana. Ignoramos el motivo de su venida; ni palabra sabemos de sus propósitos, nada nos ha dicho. Hace poco tiempo escribió que tal vez tuviera que hacer un viaje a Madrid: luego lo dio por cosa segura, ahora anuncia que llega. Mis padres, como es natural, se alegran; en Leocadia y tu Pepe, si he de ser franco, el sentimiento que domina es el de la curiosidad. Sólo hemos visto a Tirso una o dos veces, siendo muy pequeños, y dentro de pocas horas vamos a tenerle aquí. Iré a buscarle a la estación y le conoceré por los hábitos; si no, tendrían que decirme: «ese es.» ¡Estaría gracioso que bajaran al mismo tiempo del vagón dos curas jóvenes! Con esto, comprenderás que tengo motivos para estar preocupado. ¿Cuál será la situación de mi hermano? ¿Qué le habrá pasado? Si su posición es desahogada, menos mal; y no lo digo porque me ahorre trabajo; pero, ¿y si viene tan pobre como nosotros? Seremos cinco en lugar de cuatro los que hayamos de vivir mal. ¿Por qué habrá dejado su curato?
Quizá venga a pretender algo; mas de ser así, ¿por qué no consultarlo antes con nuestro padre? Tú, que conoces mi modo de pensar, aunque no por completo, comprenderás que abrigue ciertos temores. Tirso es cura, y en esta casa hay muy poca devoción. Mi padre nunca habla de eso; mamá, con cuidarnos, tiene bastante; a Leocadia le gusta ir a la iglesia cuando hay grandes fiestas, a falta de otras más divertidas pero más costosas que le están vedadas; y en cuanto a mí... callo: no quiero que me llames herejote. En fin, no estoy tranquilo.
Basta por hoy: no te quejarás de que escribo poco.
Está con cuidado, porque mañana, si puedo, iré a ver si tiene tu padre algo que mandarme.
Tuyo siempre,
Pepe.»
La carta que, en contestación a ésta, halló Pateta al día siguiente bajo las baldosas inseguras del horno de la estufa, decía:
«Querido Pepe mío:
Por Dios te pido que no me atormentes así. Te lo he dicho mil y mil veces. Te quiero porque sí, porque creo que eres el mejor de los hombres, y no me preguntes más. ¿No sueles decir que mi padre no me ha educado como a las otras mujeres? Pues eso será. Si tuvieses una gran fortuna, acaso habría mayor facilidad para que fuéramos uno de otro; pero te querría igual que ahora, no podría darte ni una hilacha más de cariño. Conque no me vengas con tristezas ni tontunas, ni vuelvas a decir que te deje, ni que si te dejo yo te aguantarás. Si lo piensas, es porque no me quieres. ¿Soy rica? Pues mejor. Ya saldrás de pobre, y si no, yo lo mismo te he de querer, con tal de que tú no mires a ninguna otra mujer. ¿Lo entiendes? Es lo único que no te perdonaría nunca. Quedamos en que no volverás a las andadas ni me escribirás majaderías: no merecen otro nombre las cosas que dices. Mi padre podrá no dejarme casar contigo; pero, ¿casarme con otro? ¡Eso si que no! Lo que es de esto te responde tu Paz. Vamos, yo no entiendo esas sublimidades tuyas de sacrificios y tonterías. No he pensado, ni pienso, ni pensaré jamás en dejarte por nada de este mundo. ¿Lo sabes? Yo, que tantos libros he leído de los que tiene mi padre, me acuerdo de que don Quijote dice que todos los caballeros andantes llevaban en el escudo un letrero. Bueno, pues tú y yo somos dos caballeros andantes con este letrero: cariño y paciencia. ¿Te gusta? Pues a callar y no perdamos el tiempo en augurios tristes. Aseguran las gentes que quien espera desespera: no importa. Yo me conformo con que me ames mucho. Me parece que esto no tiene nada que ver con las conveniencias sociales, con la humildad de tu casa, ni con tu amargura. Si me quisieses igual que yo a tí, no exigirías más. ¿Crees que me van a meter monja o a casar por fuerza con algún príncipe de cuento de hadas? ¿Soy yo tonta? ¡Ya verás, ya verás, cuando te conozca mi padre como te conozco yo!
Respecto a la venida de tu hermano, nada puedo decirte, pero se me figura que todo lo ves negro. Hasta que no sepas cuál es su situación, no hay por qué apurarse. Si viniera a pretender, debías atreverte a pedir a papá que le recomendase a alguien. ¿Te enfadarás si te digo que tus temores me parecen tontos? ¿Ha de ser malo porque es cura? Indudablemente, esto es lo que se te ha ocurrido. En verdad, la cosa es rara, ser tan grandes los hermanos y no conocerse, pero ya verás cómo no tenéis por eso disgustos. Y si los sufres, yo te querré un poquito más, para que nada pierdas.
Adiós, tristón mío. No te olvida nunca tu
Paz.»
XI
El seguir Tirso la carrera eclesiástica, fue una de esas cosas graves que en la vida del hombre se resuelven rápidamente y con escasa intervención del interesado.
Aquél don Tadeo, amigo de su padre, que por pagar una deuda de gratitud se hizo primero cargo de la educación y luego del porvenir del chico, era honrado y bueno, pero fanático en opiniones políticas y creencias religiosas. Su exceso de fe y de realismo era sincero, e indiscutible su influencia y prestigio entre los partidarios de la legitimidad y la gente de iglesia en la región que habitaba. Durante largos períodos, en los que mandó el partido moderado, conservó don Tadeo su destino en la Hacienda de la provincia y fue uno de tantos carlistas protegidos por los polacos, quienes consideraban menor peligro atraerse partidarios del Pretendiente que transigir con liberales. Pasados algunos años, y gobernando un ministerio progresista, sus compañeros y subordinados le prepararon la terrible asechanza cuyo funesto desenlace atajaron las declaraciones de don José. El expediente o causa formado contra él no dio más resultado que su destitución; pero este hecho, que pasó inadvertido para el resto de la nación, fue en la localidad suceso importantísimo. De allí en adelante, don Tadeo quedó para sus enemigos convertido en un pobre hombre, y a los ojos de sus partidarios como un mártir: él, imaginando convertir en provecho su caída, se dedicó por entero a ser instrumento de las ideas a que siempre tuvo inclinación. La clerecía de la capital de la provincia, que en un principio le consideró como víctima, después, por su entereza, le tuvo como varón enérgico, y viendo en él un carácter dispuesto a la lucha con mayor libertad que los eclesiásticos, le adjudicó tácita e insensiblemente la jefatura. Llegó a ser lo que hoy se llama un obispo de levita, al par que jefe local de un partido. A su casa iban continuamente los canónigos de la catedral, los misioneros que con frecuencia hacían excursiones a la ciudad, los periodistas católicos y hasta el prelado de la diócesis. A juicio de esta gente, el encargarse don Tadeo de la educación y porvenir de Tirso fue un acto meritorio: pensaron que pagaba su deuda de gratitud del mejor modo que jamás lo hiciera nadie y, sobre todo, aquello de arrancar un hijo a las garras de un padre progresistón y acaso hereje, les pareció cosa admirable. Por su parte, don Tadeo no se recató de decir de don José que era una lástima que tuviera tendencias liberalescas.
Crió a Tirso un ama en una aldea, como pudiera hacerlo una cabra; un sacristán, protegido por don Tadeo, le enseñó de pequeño a leer, escribir, contar y rezar; a los ocho años sabía ayudar a misa, y a los catorce ya pudo su padrino utilizarle para escribir cartas y hacer recados de los que no se confían a sirvientes. En cambio a sus padres les escribía muy poco y, cuando lo hacía, antes era por instigación de don Tadeo que por impulso propio. Los amigos de aquél, viéndole educado en el santo temor de Dios, le trataban con singular afecto y, en reciprocidad, Tirso se volvía todo respeto para con aquellos señores, que a él se le figuraban magnates. Los curas, especialmente, le merecían extraordinaria consideración. El hablar y tratar de cerca a los que pocas horas antes había visto oficiando en el templo con lujosos trajes y teniendo al pueblo prosternado en torno, era a sus ojos lo que hubiera sido para chico crecido entre soldados codearse con jefes. Sin poder darse cuenta de la grandeza de las ideas representadas por aquellos hombres, le seducía la posición que ocupaban en la ciudad. Andar bajo palio, hablar desde el púlpito y dar la mano a besar, le parecían mayores signos de prestigio que ir a caballo con música delante, espada en mano y batallones detrás; así que, cuando su padrino le dijo que estudiara para cura, su infantil imaginación acogió la noticia con una emoción muy semejante a la alegría. ¿Qué otra carrera había de darle un hombre entregado a servir medio de guía, medio de agente a los intereses y la parcialidad del clero? Un canónigo fue quien decidió la suerte del muchacho, contestando así a don Tadeo, que le consultaba sobre el particular:—«No podía Vd. pensar cosa mejor. Si el chico es de los elegidos y sale una lumbrera de la Iglesia, ¡qué gloria para Vd.! Si no es así... pues tendrá una profesión tan buena como otra cualquiera. Y, por lo que toca a sus padres—añadió—comprendería que se quejasen si Vd. marcase al chico otra senda; pero, ¿quién puede llevar a mal propósito tan noble?»—Poco tiempo después entraba Tirso en el Seminario, donde, dicho sea de paso, por influencia de los que le llevaron no sufrió la novatada que padecían los demás.
Entonces comenzaron a dar sus frutos el alejamiento de la familia y el desconocimiento de sus padres en que pasó Tirso los primeros años de su vida. La voz del egoísmo sonó poderosa y convincente, diciéndole que don Tadeo podía hacerle hombre; que su familia, en cambio, carecía de medios para ello. Le habían hablado tanto del temor de Dios y tan poco de su propia madre, que le halagó la idea de ser ministro del Señor.
El primer efecto de la enseñanza religiosa fue hacerle comprender que su porvenir correspondería a las esperanzas que abrigó viendo y envidiando a los que frecuentaban la casa de su protector. Las lecciones de sus maestros y los libros que le pusieron en las manos, le dijeron que la misión del sacerdote era superior a cuanto podía imaginar su ambición.
El más ilustre de los profetas, el precursor San Juan, tuvo la dicha de poner una vez las manos sobre la cabeza de Cristo: él, como sacerdote, le tendría todos los días en las suyas, y le consagraría con sus palabras. Los ángeles están continuamente cerca de Dios; pero ¿qué ángel posee, como él había de gozarlo, el poder de perdonar los pecados? En las entrañas de la Virgen encarnó el Verbo, pero una sola vez: en sus manos de sacerdote, por virtud de frases salidas de sus labios, encarnaría el Verbo todos los días, y no en forma mortal, como le concibió María de Nazareth, sino impasible, inmortal, glorioso, como está en los cielos. ¿Qué poder ni dignidad había igual al suyo?
Dos rasgos distintos de su personalidad comenzaron a desarrollarse en él durante esta época de su vida, mientras fue estudiante en el Seminario. Su inteligencia, tardía en comprender, se acostumbró a admitir lo que le daban pensado, como preferible al trabajo de pensar por cuenta propia; y la facilidad con que pudo seguir la carrera por aquella protección que se le dispensaba, le hizo poco humilde.
No fue cura de los de carrera breve, que sólo estudian rudimentos de latín, filosofía mermada y algo de moral jesuítica, sino que siguió la carrera lata, empapándose de Teodicea, Patrología, Hermenéutica, Derecho Canónico y Disciplina Eclesiástica, hasta el doctorado en Teología, en todo lo cual trascurrieron ocho años, al cabo de los que se ordenó de menores.
¡Día feliz aquél en que la simple tonsura le hizo soldado de la milicia de Cristo! Mas esta dicha no brotó en su alma al calor de la fe, ni se esperanzó su buen deseo con lo que podría hacer manejando las divinas armas que le serían concedidas, sino que nació del contacto producido por la docilidad con que acogió las palabras que tantas veces había escuchado prometiéndole, en cuanto fuese sacerdote, la supremacía sobre los otros hombres. El sacerdote es embajador que habla en nombre de Dios, y despreciarle es injuriar a quien le envía, le dijeron, tomándolo de San Juan Crisóstomo, repitiéndole esta y otras frases análogas hasta la saciedad, para empaparle de la alteza de su misión, como hacían los oráculos paganos con aquellos a quienes aspiraban someter a su servicio. Las órdenes menores de portero, lector, exorcista y acólito le parecieron llenas de encanto, por la suma de dignidades que indicaban y por las que anunciaban. ¡Ser portero de la casa de Dios! ¡Leer al pueblo la divina palabra! ¡Lanzar al enemigo malo fuera del cuerpo en que hace presa! ¡Poder acercarse al Sancta Sanctorum! ¡Qué grandiosos y envidiables privilegios!
Llegó por fin el día de recibir las órdenes mayores. La Iglesia, dirigiéndose a los que le presentaban y aludiendo a él y sus compañeros, preguntó si eran dignos (¿scis illos dignos esse?): luego le impuso varios días de retiro y ejercicios, y después ungió y santificó sus manos, poniendo en ellas la patena y el cáliz al par que, con asombro de los ángeles, pronunciaba el Prelado solemnemente estas palabras: Accipe potestatem offerre sacrificium Deo, Misasque celebrare, tam pro vivis quam pro defunctis, in nomine Domini, Amén: y en seguida colocó las manos sobre su cabeza diciendo: Accipe Spiritum Sanctum, quorum remiseris peccata, remittuntur eis; et quorum retinueris, retenta sunt.
El gusano nacido de la fiebre pecadora, el fruto del amor profano, el hijo de la pasión carnal, fue súbitamente redimido de impureza y elevado a una dignidad mayor que la de los reyes, revestido con poder análogo al de Dios, como decían los libros en que le hicieron estudiar. Ya era sacerdote; ya podía intervenir en la parte más noble del gobierno de los hombres, en el cuidado del alma. Mas buscar en el fecundo seno de la Naturaleza las causas de las cosas, le dijeron que era revolver impurezas de la materia; bucear en la conciencia para iluminar su razón con la Verdad, lo tacharon de impío; leer la vida de los pueblos, lo motejaron de trabajo estéril, porque el dedo de la Providencia traza los destinos del hombre; escuchar los latidos de su corazón, le advirtieron que era rendirse al deleite, y contra el amor pusieron en sus labios, pervertidas y desvirtuadas, las palabras de Cristo a su madre: ¿Qué tengo yo contigo, mujer?
Don Tadeo, lejos de dejarle abandonado a sus propias fuerzas, le proporcionó curato; y Tirso, después de su primera misa en la capital de la provincia, que dio ocasión a una fiesta que fue un recuento de fuerzas realistas, marchó a vivir a un pueblo, mejor dicho, valle, entre cuyas ásperas desigualdades estaba esparcido el caserío de miserables viviendas y pobres gentes, sobre quienes debía comenzar a ejercer su santo ministerio. Entonces se consagró por entero a las necesidades de su estado: las misas, bautizos, bodas, confesiones y entierros; la predicación, y el tomar parte a veces en los juegos de sus feligreses, fueron sus principales ocupaciones. Los pocos libros que llevó a su retiro acabaron por servir de peana a una imagen encerrada en una urna: el estudio se le hizo enojoso. A los cuatro meses, su única lectura era la de un periódico católico absolutista recomendado por el obispo de la diócesis: la Teología, las Sagradas Escrituras, los Santos Padres, cuanto representaba labor intelectual, quedó olvidado, surgiendo en su lugar otro género de motivos de actividad para el pensamiento, y sustituyendo distinto linaje de devoción a la contemplación seria de los misterios y los dogmas.
Antes, aunque poco, se preocupó algo de si la religión natural, que excluye toda revelación, basta al hombre para salvarse; de si por la experiencia de los sentidos o por medio de la conciencia puede llegarse, como por la fe, al conocimiento de Dios; de si el método demostrativo es mejor que el hipotético y analítico: pero muy luego tales impulsos se aquietaron, y como si aquella vida campestre influyera en él, sobreponiendo lo material a lo ideal, cayó en una devoción ramplona, y su pensamiento, sin tender a espaciarse, quedó encerrado en infranqueables lindes. Los primeros sermones que pronunció fueron de hombre que ha comenzado a estudiar: al cabo de un año, la santificación de las fiestas, la Inmaculada Concepción, los carceleros del Papa, los milagros modernos, las impiedades del matrimonio civil, la infamia llamada libertad de cultos, fueron sus temas favoritos; y los campesinos, que al principio no le entendían, empezaron a entusiasmarse con su palabra, de la que no fue avaro, sino que la prodigó, experimentando algo semejante al orgullo de la misión cumplida. Cuando desde lo alto del púlpito miraba congregado el rebaño de fieles que le oía con devoto silencio, imaginaba estar realizando el más alto y noble de los destinos humanos.
En su conducta nada había censurable. Llenaba con tanto celo su deber, que apenas, muy de tarde en tarde, escribía una carta, sobria y breve, a sus padres, ya habituados a aquel alejamiento, como padres de hijo marino que navega al otro lado del mundo. Su vida era reposada, monótona, sin emociones que le agitaran ni cavilaciones que le desvelasen; existencia plácida, quizá egoísta, de una tranquilidad análoga al silencio del campo.
Desde las ventanas de su cuarto abarcaba con la vista ancho espacio, extensos plantíos de nabos, frondosos maizales, hondonadas de donde subía rumor de agua corriente, casas pequeñas y dispersas, medio ocultas entre la frondosidad de enormes castaños acopados, y allá, en lo alto de algún cerro, una ermita con la cruz del tejadillo tronchada por el viento. En las laderas de los montes, la tierra parecía a trechos ingrata a todo esfuerzo humano, las cumbres estaban coronadas de peñas calvas con los ángulos roídos por los siglos, y los picachos de granito se erguían enhiestos en desprecio del tiempo. El cielo de aquella región casi nunca estaba sereno: a la mañana y a la tarde, en toda época del año, el suelo se cubría de neblinas que, lamiendo las vertientes y los altos, se alzaban poco a poco hasta formar nubes que, apoyándose en las crestas de la sierra, tendían el vuelo por los aires, confundiéndose, hacia el confín del horizonte, con otras nubes que venían de montes más lejanos. Lo diseminado del caserío contribuía a la soledad de Tirso; así que tenía poco roce con sus feligreses, casi las precisas relaciones, dada su posición; de suerte que, ni el respeto se mermaba con la confianza, ni la frecuencia del trato podía engendrar intimidad. Hacía muchos años que en aquellos contornos no se recordaba un cura tan reservado y poco comunicativo.
Tirso era de carácter rudo; su aspereza parecía fruto de cierto orgullo íntimo por el cumplimiento del deber, y con los campesinos guardaba siempre una reserva calculada, cual si pensase que convenía a su prestigio de sacerdote el apartamiento de las miserias humanas. Lo que más contribuyó a su buena fama, fue la indiferencia que manifestó hacia las mujeres desde que tomó posesión del curato. Hablando con los hombres era frío, de pocas y secas palabras; pero esta frialdad y aspereza subían de punto al tratar con las mujeres: para ellas sólo tenía en los labios acritud y en el pensamiento recelo. Su juventud y la vida libre del clero en aquellas tierras, hacían resaltar más esta antipatía a la mujer. Los familiares que en las oficinas del obispado manejaban el registro secreto de la conducta de los clérigos de la diócesis, tardaron muchos meses en convencerse de que no era mujeriego, y el espionaje, de que no se vio exento por ser ahijado de don Tadeo, sólo logró averiguar que, valiéndose de lo cercano que estaba su curato a la ciudad, Tirso solía irse a la población un par de veces al mes, permaneciendo en ella algunas horas, sin que nadie supiera dónde ni a qué iba. Sobre esto hizo mil conjeturas la malicia; pero nada se llegó a saber con certeza.
Tal fue la vida de Tirso durante los primeros años de su estancia en aquellos campos, donde seguramente no era fácil que se realizasen todas las promesas de dignidades y grandezas que le hicieron su propia imaginación y los que le consagraron al sacerdocio. Luego, de pronto, y en muy pocas semanas, su vida mudó por completo de rumbo.
En pueblos y aldeas comenzó a notarse extraña inquietud y desusado
movimiento, sustituyendo, a las conversaciones sobre el estado del campo
o el cuidado de las haciendas, diálogos que expresaban, no temor, sino
esperanza de próximos trastornos.
Se sabían con indignación cosas irritantes, y se comentaban con ira. La Revolución, que había hecho jurar a los sacerdotes una Constitución sacrílega, y que ciñó la corona de San Fernando a un hijo del carcelero del Papa, parecía lanzada a nuevos y execrables excesos; los gobiernos que se sucedían en Madrid estaban compuestos de enemigos de la Iglesia; de algunos de los ministros se dijo que eran protestantes, y se añadía que en la corte se fraguaba una conspiración para suprimir el sueldo a los párrocos y arrojar de sus conventos a las pobres monjitas que escaparon a la persecución del año 68. A estas noticias, esparcidas primero cautelosamente, y luego en violentos impresos, respondió la comarca con intenso desasosiego. Las gentes se hablaban ávidas de recibir y comunicarse nuevas que justificaran la exaltación de los ánimos; los que no sabían leer, es decir, el mayor número, se reunían en corros a oír las relaciones que en cartas o periódicos se hacían del estado de España, que semejaba haber caído en poder de moros; comenzaron a pronunciarse con respeto nombres de cabecillas olvidados; y personas que jamás hicieron alarde de su opinión, manifestaron sin rebozo que, si en aquellos valles volvía a resonar el grito de Dios, Patria y Rey, contestarían a él con entusiasmo. En los pueblos, cada púlpito era una tribuna; cada sacerdote, un orador que, poseído de santa indignación, se olvidaba de alabar a Dios por señalar a sus enemigos con el dedo; recordábanse en las tertulias hazañas de la otra guerra, narradas con carácter de leyenda, y de continuo atravesaban el país viajeros que, deteniéndose a guisa de emisarios en los caseríos, repetían palabras que eran consignas, o frases de esperanza en el alzamiento, ya cercano. Hasta las mujeres atizaban el fuego, como si anhelasen la lucha, teniendo en poco la vida de sus hijos.
Una tarde, ya puesto el sol, llegó a casa de Tirso un hombre, y tras conferenciar con él breve rato, partió en dirección a otro pueblo cercano. Al día siguiente, Tirso metió en una balija y un baúl pequeño parte de sus ropas, y cuando cerró la noche, acompañado de un labriego de su confianza, se encaminó a la ciudad, en cuyas afueras le esperaba un criado, que cargó con el equipaje. Pocas horas más tarde, don Tadeo y dos caballeros amigos suyos celebraron ante él una entrevista, le dieron algún dinero, instrucciones y orden de marchar a Madrid. El curato quedó abandonado; mas ¿qué importaba descuidar la salud de unos cuantos por el servicio de todos? Era necesario un agente discreto, seguro, desconocido por ser nuevo, y de quien nadie pudiese sospechar: don Tadeo designó a Tirso, y éste tomó el tren para la corte.
Por eso no escribió ni dijo nunca a sus padres cuál era el objeto de su viaje.
XII
El día anterior a la llegada de Tirso a Madrid, mientras don José, doña Manuela y Leocadia le esperaban con la satisfacción que consentía la larga separación sufrida, Pepe se entretuvo en arreglar para su hermano su propio cuarto, trasladando de la habitación que él ocupaba a otra más chica y de peores condiciones un armarito, dos perchas, el aguamanil y dos sillas, todo lo que componía su mobiliario, diciendo que él paraba poco en casa y, además, en cualquier parte estaría bien. Salió perdiendo en el cambio, pero sabía que aquello agradaría al padre. Leocadia barrió el suelo y fregó los cristales del cuarto cedido, y la madre preparó ropa para el lecho. Con destino a Tirso se compró un catre; pero Pepe lo tomó para sí y cedió también para su hermano la cama, que era de hierro. La víspera de que el viajero llegase, cuando todo estaba dispuesto para recibirle, don José, mientras le acostaban, decía a Pepe:
—Hijo mío, por más que discurro, no puedo adivinar cuál sea el motivo de su venida.
—Ya nos lo dirá él.
—¿Y por qué no explicarlo antes? Te confieso que me preocupa esto mucho. ¿De donde habrá sacado el dinero del viaje? Lo que yo pienso no tiene vuelta de hoja. Si antes ha tenido cuartos, ¿cómo no se le ha ocurrido nunca enviar un céntimo ni venir a vernos? y si los tiene ahora, de repente, ¿cómo se los ha procurado?
—Lo mismo he pensado yo; pero no te devanes los sesos, que mañana sabremos a qué atenernos. Lo principal es que viene y que estás contento. Yo también me alegro más de lo que parece, y eso que la situación es rara ¿verdad? Porque lo cierto es que ni ésta (por Leocadia) ni yo le hemos visto desde que éramos chicos.
—No hablemos, no hablemos de eso, que se me amarga la alegría. Tú bajarás a la estación, ¿eh?
—Sí, pero... no sé como me las arreglaré... A quien se le contara el caso, se echaría a reír. ¿Cómo diablos le conoceré?
—Hombre, él vendrá con hábitos. Le llamas, y con darle una voz...
—El tren llega a las siete y veinticinco; de modo que, si no trae retraso, a las ocho y cuarto u ocho y media podemos estar aquí.
Nadie en la casa concilió el sueño aquella noche. Pepe se levantó a las seis, y poco después bajó a la estación del Norte.
Hacía fresco, y para entrar en calor comenzó a pasear por el andén, presa de una impaciencia en que acaso era curiosidad la mayor parte: cada dos minutos miraba al reloj, y constantemente tenía el oído atento, esperando escuchar un timbre eléctrico, una campanada, un silbido, cualquier señal que anunciase la llegada del tren.
La falta de movimiento hacía que los ruidos fueran escasos: sólo se oían el penetrante sonido de una banda de cornetas que aprendía a tocar llamada por bajo del cuartel de la Montaña y el cansado grito con que se animaban varios mozos que, arrimando el hombro a un furgón, iban empujándolo hacia el muelle de descarga. En el andén no había casi nadie. Veíanse a lo lejos los cobertizos que resguardan las mercancías, las largas filas de vagones polvorientos, la arena de las vías ennegrecida por las escorias del carbón, las líneas paralelas de los railes abrillantados por el roze, y el arbolado de la cuesta de Areneros, cuyo ramaje comenzaba a ponerse amarillo con los ardores del verano. Poco a poco fue llegando gente; empleados que venían desperezándose, mozos que sacaban de junto a las básculas los carretones de los equipajes, otros ocupados en recoger lamparillas de los coches, y algunos que traían grandes atados de cántaras vacías, devueltas por los lecheros a su punto le origen. Después aparecieron las autoridades de menor cuantía, dos parejas y un inspector que hacía molinetes con el bastón para que se viesen las borlas mugrientas. De pronto sonó un timbre, y luego una campana: el tren había salido de la estación inmediata. Trascurrieron veinte minutos, y de repente, en la curva de la Moncloa, asomó la locomotora arrastrando con sus últimos esfuerzos el tren, que produjo al pasar sobre las placas giratorias un ruido estrepitoso de hierro golpeado contra hierro. Cuando se detuvo la larga fila de vagones y comenzaron los viajeros a bajarse, Pepe fue registrando con la vista los departamentos uno por uno, mas no vio salir de ellos ningún cura. Miró a las gentes que ya se habían apeado, y tampoco. Entre los recién llegados que se agolpaban a la puerta de salida, no había clérigo alguno. Pasaron unos instantes y, disminuida ya la confusión, se fijó en un hombre que quedó en medio del andén, solo, mirando desorientado a todas partes, sin soltar una cesta y un saco de alfombra que llevaba en las manos, dudosamente limpias.
Vestía traje oscuro, cuyo chaquetón, muy abrochado, sólo dejaba ver el cuello de la camisa: la pechera desaparecía tras una corbata negra y ancha hecha dos nudos; toda su ropa era ordinaria, pero nueva; llevaba las botas blancuzcas por el poco betún o el mucho roze, y de uno de los bolsillos del chaquetón pendía la borlita de un gorrito de pana. Pepe clavó los ojos en aquél hombre, y luego, poniéndose a pocos pasos y a su espalda, le llamó en voz baja, casi con timidez:
—¡Tirso!
Volviose de pronto el recién llegado, y entonces el muchacho le abrió los brazos, diciendo:
—Soy Pepe.
El abrazo que se dieron fue largo y apretado, sincero tal vez, pero de fijo nadie lo sabrá nunca.
De tan extraño modo se conocieron dos hombres a quienes la Naturaleza había hecho hermanos.
—¿Y los padres?—preguntó Tirso con más interés en la entonación que calor en la mirada.
—Buenos... esperándote.
Parecía que ambos empleaban el tú con trabajo.
—Vamos allá.
Reclamaron juntos el equipaje, confiáronselo a un mozo, a quien dieron las señas de la casa donde lo había de llevar, y salieron de la estación.
—Vamos a tomar un coche: ¡hoy es día de gastar dinero!—dijo Pepe.
—¿Para qué? ¿Está lejos la casa?
—Lejos, no; pero tienen mucha gana de verte. Todo está preparado... tu cuarto dispuesto... ¡Verás qué guapa es Leo y como te reciben todos!
—No, no: vamos a pie.
—Anda, no seas niño; un pesetero nos lleva en seguida.
—¡No!: quiero ir a pie.
Y pronunció el no firme, rotundo, seco, como quien suele dar a la palabra la energía de una voluntad terca.
—Entonces, vamos deprisa, que estarán impacientes.
Echaron a andar. La mañana era fresca y agradable. Madrid recibía a su huésped con un cielo azul, limpio y hermoso. Subieron por la Cuesta de San Vicente, y poco antes de llegar a la puerta, Tirso, mirando frente a ella un edificio pequeño en cuyos muros exteriores había escritos dos versículos de la Biblia, preguntó, torciendo el gesto:
—¿Es una capilla protestante?
—No: es un asilo que ha hecho la Reina María Victoria, la mujer de Amadeo, para que estén recogidos los hijos de las lavanderas mientras ellas trabajan.
Tirso desvió la vista sin contestar.
Siguiendo a buen paso su camino, continuaron por la calle de Bailén cambiando frases indiferentes, sin atinar con lo que mutuamente debían decirse, ambos cohibidos, como extraños a quienes la casualidad ha puesto en contacto. Lo familiar se les antojaba osado, y cada cual temía que el interés pareciese curiosidad. Querían dar a las palabras entonación cariñosa, y no acertaban a decirse sino cosas que les eran ajenas. Desembocaron en la plaza de Oriente.
—Mira, Tirso, estamos en Palacio.
El forastero contempló un instante el soberbio edificio sin poder contener una expresión de disgusto, cual si allí viviera alguien a quien personalmente aborreciese. En esto Pepe se arriesgó, por fin, a preguntar algo que satisficiera la espectativa que en sus padres y en él mismo había despertado el viaje.
—Vamos, hombre, ¿y cómo ha sido esto? ¿Qué te trae a Madrid?
—Ya te contaré, ya te contaré: ahora no... ¡Qué lástima que viva ahí dentro un extranjero!—añadió, mirando con saña hacia Palacio.
Más adelante, en la entrada de la calle Mayor, se detuvo para ver la fachada del convento del Sacramento.
—¿Qué iglesia es esa? ¿Es parroquia?
—Hombre, la verdad... con certeza no te lo puedo decir; pero creo que ahora está ahí la parroquia de Santa María.
—Poco enterado estás. Anda, vamos a entrar un momento.
—Hombre, ¡si nos están aguardando!
—No importa, dos minutos.
Pepe no comprendía que su hermano dilatara ni tan corto espacio de tiempo el abrazar a sus padres. Por disculparle instintivamente, se dijo, sin embargo, que aquella era la primera iglesia de Madrid que Tirso había encontrado al paso y que, siendo cura, el hecho no tenía nada de sorprendente. Bajaron la escalinata que conduce a la fuente, y en la puerta del templo, Pepe, que iba fumando, dijo:
—Aquí te espero, no tardes; déjame los sacos.
—¡Ah! ¿no entras?
Tirso penetró solo en la iglesia y Pepe se quedó mirando cómo los aguadores llenaban las cubas en la fuente. Pasó entretenido unos cuantos minutos, luego volvió los ojos hacia la portada, pareciéndole inexplicable que su hermano no saliera en seguida; pero trascurrió un buen rato, y nada, Tirso no volvía. Miró el reloj, dio dos o tres paseos por delante de la fachada, sin soltar los sacos, y volviendo a subir las escaleras, dirigió otra vez la vista hacia la iglesia. Salieron dos viejas y un señor muy gordo, encasquetándose un gorro negro antes de ponerse el sombrero; mas Tirso dentro permanecía.—«¡Qué calma!—pensaba Pepe—¡Sabiendo cómo estarán en casa!»—De pronto sacó otra vez el reloj y, notando que había pasado casi un cuarto de hora, se le acabó la paciencia y bajó la escalerilla: aún se detuvo unos instantes en la puerta, mas en balde. Al fin entró por su hermano.
La nave del templo era toda sombras, en cuyo fondo ardían unas cuantas velas, sin que las llamas lograran disipar la oscuridad. A la izquierda, al pie de un altar, estaba Tirso hincado de rodillas, juntas las manos sobre el pecho y muy humillada la cabeza. Como Pepe no tenía costumbre de verle, le fue preciso adelantar bastante para cerciorarse de que era él. Cuando iba ya a tocarle en un hombro, Tirso se puso en pie, hizo ante el altar una lenta genuflexión, se persignó y salió despacito. Al verle llegar a la puerta, Pepe, que había vuelto a salir, le dijo, procurando no dar acritud a sus palabras:
—Pero, ¿tú sabes la impaciencia con que estarán en casa?
Tirso, imperturbable, se detuvo un momento a leer un cartel de fiestas religiosas, y luego contestó con severa y pausada entonación:
—Lo primero, es lo primero.
Desde allí anduvieron deprisa, pero yendo siempre Tirso con retraso de un par de pasos.
«Vaya—pensaba Pepe—este es cura hasta los tuétanos.»
En uno de los balcones del piso segundo de su casa de la calle de
Botoneras estaban esperándoles doña Manuela, Leocadia, y tras ellas,
hundido en una butaca sin poder incorporarse, por la debilidad de las
piernas, don José, que a cada minuto preguntaba:
—¿No vienen? ¿No les veis?
Al fin desembocaron los dos hermanos por el arco de la Plaza Mayor.
—¡Allí están!—gritó Leocadia y, dirigiéndose hacia la puerta, bajó la escalera rápidamente hasta el portal, donde abrazó a Tirso, mientras Pepe decía:
—Ya le tenemos aquí: vamos, vamos arriba.
Doña Manuela les recibió con los brazos abiertos en el descansillo del principal; y como don José se hubiese quedado solo, con las puertas abiertas, se le oía gritar, alterada la voz:
—¡Tirso, Tirso!
La madre se le estaba comiendo a besos.
Pepe y Leocadia, llevando cada uno un saco, entraron en el comedor: detrás venían Tirso y su madre.
En vano pretendió el pobre viejo levantarse: pudo incorporarse apoyando fuertemente las palmas en los brazos del sillón; mas, al intentar sostenerse sobre las piernas, tuvo que dejarse caer en el asiento. Tirso, entonces, llegó hasta la butaca y abrazó a su padre, quien, cogiéndole la cabeza entre las manos y oprimiéndosela contra su pecho, permaneció unos instantes sin proferir palabra, presa de una emoción honda y callada. Hubo un momento de profundo silencio. Tirso sintió caer una lágrima sobre su cuello; doña Manuela y Leocadia les miraban, sin atreverse a separarlos, ambas impacientes por acercarse; Pepe, temeroso de que aquella impresión dañara a su padre, se adelantó hasta la butaca y, apartando suavemente a Tirso, dijo:
—Que haya para todos; los demás, ¿no somos nadie?
—¡Ya ves, hijo mío, cómo estoy!
—Paciencia, padre: la misericordia de Dios es infinita.
—Yoduro de potasio, cueste lo que cueste; mucho yoduro—añadió Pepe.
Durante la mañana toda la familia, menos Pepe, que tuvo que ir a casa del señor de Ágreda, permaneció reunida en el comedor entregada a la alegría del suceso; pero había en aquella situación algo anormal que ponía trabas al contento. El hijo que por primera vez pisaba el hogar de sus padres, a los treinta y cuatro años, revestido del carácter sacerdotal, parecía un extraño recibido con afectuosos extremos; la franqueza que con él empleaban resultaba tímida, como si a sus padres y su hermana les fuera difícil tratarle con verdadera intimidad. Especialmente doña Manuela, no sabía qué hacerse: las preguntas cariñosas, las frases regocijadas se le paraban en los labios, atajadas por un respeto vago; quería bromear, y le era imposible; las palabras no respondían a las ideas que ansiaba expresar. Diríase que su cariño hacia Tirso, privado por largos años de dar muestra de vida, surgía repentinamente, pero entorpecido por lo anómalo de las circunstancias. Había ratos en que ninguno sabía de qué conversar con él. Quien parecía más dueño de sí era don José, sin tener tampoco realmente con su hijo la libertad que debiera. Leocadia experimentaba una fuerte impresión de curiosidad. Se había sentado en uno de los brazos de la butaca de su padre y, como Tirso ocupaba una silla baja, ella le veía de alto a bajo, mirándole y remirándole la coronilla, muy sorprendida de que un hermano suyo tuviese aquello en la cabeza.
A las doce volvió Pepe y almorzaron, ocupando cada cual su puesto en torno de la mesa. Tirso, entonces, permaneció un momento en pie; tomó una libreta, marcó sobre ella ligeramente con el cuchillo una cruz antes de partirla y, al dejar los pedazos sobre el mantel, extendió las manos, murmurando con los ojos medio cerrados:
—Benedice Domine nos, et hec tua dona quæ de tua largitate sumus sumpturi...
Ninguno respondió a la oración. Todos, entre sorprendidos y contrariados, guardaron silencio unos instantes: doña Manuela fue la única que, no por hipocresía, sino por docilidad, movió los labios, como si rezara en voz baja. El primero que se atrevió a hablar, fue Pepe:
—A ver, chico, a qué te sabe el pan de tu casa.
—Lo que da el Señor, es bueno, donde quiera que lo dé.
Pepe añadió:
—Menos las enfermedades, escaseces, disgustos y otros obsequios...
—Con todo lo cual se prueba el temple del alma y se depura la virtud. La desgracia es el crisol de la fe.
—Y pasa uno la vida que es un gozo: aunque yo creo que eso de someternos a pruebas es calumnia que levantáis al Ser Supremo.
—¡Ah! ¿Llamas a Dios el Ser Supremo? ¿Eres libre pensador?
—¡Quién sabe lo que uno es? Pero como no me gusta la comedia que estamos representando aquí bajo, chicheo en algunas escenas.
—Ya te mostraré yo remedio a todo. Rezando, implorando el favor divino, no queda en el pensamiento espacio a la impiedad.
—¡Cuántas oraciones resultarán impías a los ojos de Dios! ¡Con qué frecuencia se confundirán en la plegaria del devoto la esperanza del beneficio propio y la avidez del mal ajeno!
—Esa no será oración, sino blasfemia. El mal y la oración son incompatibles. Oración es aptisima arma, thesaurus prepotens, divitias inexhaustas pariens, fons et radix omnium bonorum. Virtud, misa, predicación, sacramentos, austeridad, limosna... todo puede subsistir con el pecado menos la oración, que es al espíritu del hombre como el aire al pulmón. Por eso dijo Orígenes: Horrendum est diem sine oratione transigere, y el Profeta: Desolatione, desolata est terra, quia nullus est qui recogitet corde.
—Mal se hermanan esa bondad divina, eternamente importunada por la súplica humana, y la existencia del mal sobre la tierra.
—¿Qué te extraña? ¿No brotan en el mismo prado la flor que recrea, la fécula que nutre y la ponzoña que mata?
—¿Y que falta hacía crear la ponzoña?
—El mal es en la tierra como piedra de toque para el alma. ¿Piensas que en prosperidad imperturbable sería mejor el hombre?
—Mira, Tirso, no me gusta probar ideas propias con testimonios ajenos; pero contesta a este raciocinio de Epicuro: ya ves si lo tomo de antiguo.
—A ver qué herejías paganas te han enseñado en la Universidad.
—O Dios quiere evitar el mal y no puede, o puede y no quiere, o ni quiere ni puede, o puede y quiere. Si quiere y no puede, es impotente; si puede y no quiere, es malo, y, por consiguiente, no es Dios; si no puede ni quiere, es impotente y malo; y, por último, si quiere y puede, ¿de dónde diablos procede el mal, que no lo evita?
—Discutir no es creer: la razón agobia al pensamiento, la fe lo dilata. Quédate con tus dudas y déjame con mis consuelos. Para tí, la soberbia humana: para mí, la gracia divina.
—¿Y qué es eso? ¿Qué es la gracia?
—¿Crees en el progreso moderno?
—Sí.
—¿Sabes fijamente cómo, por qué y con arreglo a qué leyes late, palpita y vuela el fluido eléctrico? No, y, sin embargo, crees en el telegrama que te llena de gozo. Pues así es la gracia: maravilloso su origen, secreto su camino; su fin, dulcísimo. Créeme, hermano, el hombre sin la idea de Dios, es aspa de molino sin viento que lo mueva, fuego sin aire que lo sople. Inteligencia en que no haya fe, sea aniquilada: es como aquel árbol oriental de sombra dañina que, aun hecho leña y consumido por las llamas, envenena el ambiente con las cenizas aventadas.
—Con lo cual venimos nada menos que a justificar el Santo Oficio.
—¡No vas descaminado!—exclamó Tirso trémula la voz.
Doña Manuela y Leocadia no entendían bien todo aquello: don José, ya inquieto, golpeaba una copa con el recazo del cuchillo, cual si quisiera que el timbre del cristal ahogara las frases de sus hijos.
Pepe no quiso contestar lo que se le ocurrió en respuesta a las últimas palabras de su hermano.
El diálogo recayó luego sobre el viaje y sus molestias; después hablaron de lo caro que cuesta todo en Madrid; de la agitación de la vida cortesana; de lo mucho que hay que andar para ir a cualquier parte, y de otras cosas, que asemejaron la conversación a la que pudieran haber sostenido con un amigo forastero.
—¿Y qué iglesias hay por aquí cerca?—preguntó Tirso.
Tuvieron que hacer memoria para contestar: sólo doña Manuela quiso responder en seguida.
—San Justo... y la Concepción Jerónima... y...
—Más cerca está San Isidro—decía Leocadia.
—¿En cuál de ellas oís misa?
Nadie repuso.
—Vais indistintamente a cualquiera, ¿eh? Pues eso no es bueno. La misa debe oírse siempre en el mismo templo, y si es posible en el mismo altar y dicha por el mismo sacerdote.
—Yo te diré lo que pasa, hijo mío—respondió don José.—En primer lugar, ya ves, yo no me puedo mover, y tu madre no se aparta de mí un momento. ¡Si vieses cuánto da que hacer en una casa un hombre como yo, imposibilitado! Pepe no tiene tiempo para nada... y esa pobre, ni siquiera pasea: no tiene quien la acompañe...
—La verdad es que vivimos muy sujetos, chico; ya lo irás viendo. Ésta y mamá no se mueven de aquí, casi nunca salen: yo, entre unas cosas y otras, trabajo de diez a doce horas diarias...
Tirso comprendió que todas eran disculpas: frunció el entrecejo, y su mirada tuvo un destello frío y duro como el brillo del acero. Le costó violentarse, pero se contuvo y calló.
Al caer la tarde se vistió de hábitos y esperó impaciente a que anocheciese por completo, sin cesar de mirar hacia el balcón, donde la luz iba faltando.
—Si te vas—le dijo su padre—espera. Pepe ha salido, pero vendrá pronto y te acompañará.
Tirso esquivó la respuesta cuanto pudo, y al fin, apremiado por la insistencia de don José repuso:
—No, no hace falta que nadie se moleste: no quiero sino dar una vuelta por cualquier parte, tomar el aire un rato.
Al cerrar la noche se fue sin preguntar nombre alguno de calle, como quien ya sabe dónde se propone ir y se obstina en ocultarlo. Doña Manuela y Leocadia se asomaron al balcón, y la última, al verle pasar bajo un farol y desaparecer por el arco hacia la Plaza Mayor, tuvo una frase, que era la abreviatura de la situación por que atravesaba la familia.
—¡Qué raro se me hace esto! ¡Parece mentira que sea de casa!
Cuando volvió, al cabo de una hora, no contó dónde estuvo ni lo que hizo, limitándose a hablar del bullicio y la animación de la corte. Luego dijo:
—Mucho he andado por esas calles; y ¡cuanta estampa fea y obscena hay en algunas tiendas! Pero, aunque llevaba hábitos, nadie se ha metido conmigo.
—¿Pues qué?—repuso Pepe—¿creías que te iban a comer?
—No hubiese sido extraño que me insultaran. ¡Como ahora la impiedad anda libre y se nos persigue y nos maltrata quien quiere!...
—Ríete de eso: ya te convencerás de que es mentira. No hay tal impiedad ni tal persecución: en fin, tú lo verás a poco que andes por Madrid.
—Te advierto que me importaría poco. ¿Acaso no tengo buenos puños?
XIII
Aunque el sueño y la fatiga del viaje le rendían, no se recogió Tirso aquella noche sin escribir una larga carta, que acaso tuviera relación con la salida que hizo por la tarde. Mientras doña Manuela y Leocadia acostaban al padre, él se puso a escribir.
La luz de la lámpara iluminaba de lleno su rostro cetrino y anguloso: tenía los ojos grandes, pardos y tercos al mirar; la frente alta, afeada por cierta depresión hacia las sienes; los labios recios y las facciones salientes y toscas, como de talla mal labrada. Dábanle aspecto de dureza el pronunciado ceño, que fruncía involuntariamente, y un viso oscuro que le quedaba por lo fuerte de la barba, aún recién afeitada. Parecía hombre sujeto a sensaciones tardías, pero intensas y durables, pronto a convertir la firmeza en obstinación y la frialdad en violencia. Su dulzura, cuando la mostrara, debía ser forzada; su ira, sincera: todo acusaba en él un carácter antes propio de la energía del luchar que para la complacencia del querer. Su alma, poseída de devoción sombría, debía sentir mejor el vehemente proselitismo de Pedro Arbúes que el dulce amor a Dios de Santa Teresa. Su progenie sacerdotal no estaba entre los mansos de corazón, sino entre aquellos clérigos que imaginaron abrirse las puertas del cielo con el hacha de combatir moros. Su fervor religioso tenía asomos de entusiasmo bélico. San Pablo cortando la oreja al soldado romano por defender a Cristo, o Santiago batallando en Clavijo, eran a sus ojos mil veces más gloriosos que San Hilario proscribiendo la fuerza. Unos adoran al Señor, otros pelean por dilatar su reino en la tierra: Tirso era de éstos. Mientras tuviese la Iglesia incrédulos que amordazar, fueros que defender o privilegios que exigir, la vida contemplativa se le antojaba propia de espíritus mezquinos. A las lecturas místicas, que arroban la imaginación, prefería esas leyendas de audaces misioneros que son los caballeros andantes de la fe. Un versículo del Evangelio le agradaba sobre todos; aquél que dice: «No he venido a traer al mundo la paz, sino la espada.»
A la mañana siguiente se levantó temprano y no salió. Estuvo oyendo a
Leocadia leer periódicos a su padre, y aunque permaneció largo rato con
ellos, no pronunció palabra alguna acerca del objeto de su viaje. Cuando
por la noche estaban doña Manuela y Leocadia acostando a don José, éste
dijo a su hija:
—¿Suele venir Pepe muy tarde?
—No: casi siempre antes de las doce.
—Pues espérale hoy y dile que entre a la alcoba: tengo que hablar con él.
Madre e hija adivinaron de lo que se trataba, mas ninguna dio a entender la sospecha. A todos sorprendía por igual el prolongado silencio de Tirso. Era realmente extraño que no diese la menor explicación acerca del viaje. Acaso vino sólo por ver a sus padres, pero no era esto creíble en quien dejó pasar tantos años sin hacerlo. Una sola conjetura había que fuese lógica: ¿habría venido a pretender? ¿querría ser canónigo? ¿tendría quien le apoyara?
Antes de media noche llegó Pepe, y Leocadia, que le estaba esperando, entró con él a la alcoba de sus padres, donde doña Manuela dormía profundamente y don José aguardaba desvelado. Leocadia oyó sin chistar el corto diálogo que sostuvieron padre e hijo.
—Pepito, ¿no te choca esto?
—Mucho, pero no atino con la causa.
—Es que ni una palabra... ¿a tí tampoco te ha dicho nada?
—Tampoco.
—Lleva aquí dos días... No entiendo lo que pueda ser. ¿Qué te parece que hagamos?
—Nada, papá. Si habla, oírle; si no, dejar que pase el tiempo. Ya lo sabremos. ¿Ha venido a casa de sus padres? Bien venido sea. ¿No tiene confianza con nosotros? Pues no se la arranquemos por fuerza.
—Está frío, indiferente...
—No: él debe ser así. No es momento de charlar ni quiero molestarte ahora. Además, ya sabes lo que pienso: no nos hemos tratado, no nos conocemos; ¿cómo diablos hemos de querernos como nos queremos ésta y yo?—Y Leocadia hizo un signo afirmativo con la cabeza.
—Tienes razón, hijo, pero me repugna que la tengas.
La luz de una vela que Pepe había dejado en la habitación contigua iluminaba temblorosamente el cuadro, y en el rostro del viejo aparecía impresa la curiosa intranquilidad que le preocupaba. Tenía la cama medio deshecha, porque estuvo moviéndose nerviosamente en ella hasta que vio entrar a su hijo, y de cuando en cuando dirigía los ojos a su mujer, como asombrado de que pudiera dormir libre de las mismas dudas y recelos que él experimentaba.
—Vaya, a descansar, papá.
Pepe y Leocadia besaron a su padre como dos niños, y salieron. Al pasar por delante de la alcoba de Tirso, notaron que roncaba.
—¿Oyes?—preguntó ella.
—Sí; escucha, escucha cómo le quita el sueño la emoción de estar en su casa.
—Adiós, Pepito, hasta mañana.
—Abur, monigota, fea.
—Tonto, pareces un chiquillo.
—A los pies de Vd., señora; fea, espantosa.
Durante los días siguientes, Tirso guardó idéntica reserva: no salía, hablaba de cosas indiferentes, rehuyendo toda conversación sobre su pasado, esquivando rasgos de intimidad y haciendo como que no oía lo que le disgustaba. Al comer, se sentaba el último en la mesa, murmurando el benedicite entre dientes, porque sabía que no habían de rezarlo los demás, y al ir por la noche a recogerse sacaba del bolsillo el rosario, yéndose con él en la mano hacia su cuarto.
El primer domingo que pasó en la casa, madrugó más de lo ordinario y estuvo en oración largo rato, pero no salió ni a misa. Leocadia, aprovechando unos instantes en que le vio ir al comedor en busca de un breviario, llamó a Pepe:
—Ven, ven y verás lo que ha puesto ese en la alcoba. He entrado a hacerle la cama, y mira cómo me encuentro esto. Está bonito, ¿verdad?
Tirso había cubierto los cristales de la ventana que daba al patio con pedacitos de papeles de colores chillones, casados con muy mal gusto y formando caprichosas figuras geométricas. La luz del sol, teñida y desvirtuada por el improvisado trasparente, daba al cuarto una entonación abigarrada. Aquello parecía la caricatura de una vidriera gótica. Además, sobre la cabecera del lecho había pegado a la pared con pan mascado una estampa de un San José muy bonito, con el pelo rizado a fuego lento, las mejillas sonrosadas y sosteniendo sobre la palma de una mano un niño en pie, como si le enseñase a hacer títeres, mientras enarbolaba en la otra un palo con más flores que moño de sevillana. En la pared de enfrente había puesto un cromo: El último Concilio Ecuménico, reunión de viejos vestidos de rojo, sentados en semicírculo como los obispos en el primer acto de La Africana, entre los cuales resaltaba, por su blanco ropaje, un señor a quien venía a decir secretos al oído una paloma que entraba por una ventana, semejando estar envuelta en un rayo de luz. Pepe lo abarcó todo de una sola mirada e hizo un gesto, entre risa y desprecio, diciendo a su hermana:
—Pues estos mamarrachos ha debido comprarlos en la salida que hizo el día que llegó, porque luego no ha puesto los pies en la calle.
—Indudablemente.
Por la tarde, mientras don José estaba dormitando, la madre en la cocina y Pepe vistiéndose para ir a ver a Paz de lejos en paseo, Tirso habló a su hermana cariñosamente, pero violentándose por parecer sereno.
—Tampoco hoy habéis ido a misa...
—He hecho el chocolate para todos, me he peinado y he peinado a mamá, te he compuesto un descosido en un manteo que había en tu cuarto; ¡Jesús, qué paño tan duro! he barrido el comedor y he bajado por la compra...
—Es decir, que aquí todo, absolutamente todo, es antes que Dios.
De pronto, tomando un periódico que había encima de una silla, leyó el título: La Libertad Española.
—¿Qué es esto?—y tocándolo sólo con las puntas de los dedos, como si temiera ensuciarse, lo dejó caer al suelo murmurando:
—¡Papeluchos ateos!
—¡No lo tires, que después lo pide Pepe y arma una marimorena!