Tirso se metió en su cuarto y Leocadia fue a ayudar a su madre; pero el cura salió en seguida otra vez al comedor con la faz demudada, y cogiendo el periódico, lo arrugó con fuerza y, hecho una bola, lo tiró a un rincón. Como el pasillo era muy corto, Leocadia oyó el crujido del papel estrujado y volvió corriendo, a tiempo que su hermano tornaba a encerrarse en su habitación. La muchacha adivinó lo que acababa de pasar. Tirso contuvo ante ella su enojo al ver el periódico, pero luego, al quedarse sólo, la ira se sobrepuso a la prudencia.
La perspectiva de una disputa entre los dos hermanos, que pudiera agriarse, asustó a Leocadia, pareciéndole lo sucedido una amenaza a la tranquilidad de la casa. Su buen juicio le decía que era forzoso ocultárselo a Pepe. Pero, ¿cómo?
Tras pensarlo mucho, después de haber intentado en vano desarrugar el periódico con las manos, se lo llevó a la cocina y lo alisó con una plancha caliente, dejándolo luego donde su hermano lo encontrara, sin que Tirso lo viese. Al caer la tarde volvió Pepe con Millán, que acostumbraba a comer allí los domingos, quedándose gran parte de la noche acompañando a don José, por estar cerca de Leocadia. Hízole el padre la presentación de su hijo mayor, comieron todos alegremente y de sobremesa hablaron de política, única conversación que tenía el privilegio de distraer al pobre viejo, quien a cada instante hallaba medio de relacionar los sucesos de entonces con los de su juventud, estableciendo comparaciones entre hombres y épocas distintas.
Pepe se había puesto a leer La Libertad Española, que pidió a Leocadia y que ella le trajo sin una sola arruga, con gran sorpresa de Tirso; mas este permaneció callado, deseoso de escuchar a Millán que, mirando de vez en cuando a la chica, sostenía el diálogo con don José. Decía el viejo:
—Aquí no se hacen más que torpezas; si el partido liberal se divide, vamos a ver cosas muy tristes.
—Ya las estamos viendo. ¿Le parece a usted poco el desarrollo que dejan tomar a la guerra?
—¡Si hubieran hecho ahora lo que Prim el 69!... Por supuesto que, tarde o temprano, tendrán que hacerlo: con los convenios no se adelanta nada. Yo recuerdo que, cuando el de Vergara, en realidad quienes perdimos fuimos nosotros: luego que el partido liberal aseguró la corona a la Reina, le trataron como a un negro; a Espartero le arrinconaron en seguida; a los oficiales carlistas les favorecieron mucho; decían que todos éramos hermanos, y los nuestros, que se habían batido en invierno con pantalón de dril... iban a Filipinas o a Fernando Póo en cuanto parecían sospechosos.
—Por eso y por cosas análogas hay tantos republicanos en la generación nueva; porque nos hemos convencido de que no queda otro remedio.
—Eso es muy peligroso: el pueblo no está preparado.
—Y como nadie le enseña nada, tiene él que aprenderlo a su costa.
—Es que hoy no hay virtudes cívicas. Si hubierais conocido vosotros a Mendizábal, y luego a Olózaga, que ahora está tan caído...: él fue quien llamó progresistas a los que decían antes exaltados. Siempre ha habido más entusiasmo liberal que ahora. ¡Si vierais qué indignación se desencadenó el año 40 contra Toreno y Martínez de la Rosa, porque pidieron la prórroga del medio diezmo, y aun el diezmo entero y la primicia! Pues ¡y cuando Espartero no quiso aprobar la famosa Ley de Ayuntamientos!
—Entusiasmos estériles, y que muchas veces han sido ahogados en sangre.
—En eso tenéis razón. Se condenaba a muerte por cualquier cosa. Desde el fusilamiento de los sesenta compañeros de Manzanares y los veinticuatro de Alicante, el 8 de Mayo, hasta el de los sargentos del 22 de Junio, no ha pasado año sin alguna brutalidad semejante: exceptuando a los Zurbanos, y la muerte de Mariana de Pineda, para quien fue preciso hacer un garrote nuevo, porque tenía el cuello muy delgadito...
—A pesar de lo cual—interrumpió Pepe—hay quien mira con buenos ojos a la Restauración y quien se bate por don Carlos. Si en España quedan monárquicos, y sobre todo borbónicos, es porque nadie lee historia contemporánea.
—En fin, hijos míos, ya sabéis que yo tengo buena memoria: pues bien, desde Diciembre del 43 hasta la Noche Buena del 44, fueron fusiladas doscientas catorce personas, la mayor parte por liberales.
—Tiene Vd. razón, don José; así pagó la corona al partido liberal que, primero por el padre y luego por la hija, había hecho tantos sacrificios...
—Pues si llega a tener espíritu santo la familia—añadió Pepe—nos quedamos sin una gota de sangre.
Al oír este chiste impío, Tirso no pudo aguantar más. El elogio a Mendizábal, la alusión al diezmo y la primicia, el horror a los fusilamientos de revolucionarios, el espíritu liberal que palpitaba en la conversación, le hicieron daño; pero aquello de explotar para una gracia la tercera persona de la Santísima Trinidad, puso el colmo a su indignación. Entonces, levantándose de su asiento, se acercó al grupo que formaban Pepe y Millán junto a don José y, puesto delante del balcón, sobre cuyo hueco claro se destacó su figura negra y espigada, dijo severamente:
—¡Parece mentira que hombres de juicio hablen así!
Millán calló por deferencia a su amigo, y don José porque se arrepintió de haber dicho tales cosas, dando margen al enojo de Tirso: Pepe, más fogoso, se encaró con éste y, aunque hablando moderadamente, le repuso:
—Es natural que tengas simpatías por los partidos reaccionarios; son los que os protegen; pero, ¿negarás que nosotros no podemos mirar bien a la Iglesia? Siempre, y renegando de su origen, ha sido enemiga de la libertad y de la democracia.
—¡La libertad! ¡la libertad! ¿y para qué sirve? Y ¿qué es la democracia? el permitir que manden los pillos. ¡La democracia! ¿Cuántas libras de patatas se compran con eso?
—¡No! la libertad es lo que os mandó Cristo que predicarais; la democracia es eso que os ha permitido a vosotros, clérigos y frailes, nacidos entre los más humildes, escalar los puestos más altos del mundo.
—Pues Mendizábal fue un ladrón.
—Esa es una majadería que no tiene nada que ver con lo que hablamos. Y, mira, no te irrites; pero por lo que me gusta Mendizábal, es por haber sido quien ha hecho más daño a la Iglesia.
—¡Callad, hijos míos, callad!—gritó don José:—¿Vais a reñir ahora? Yo no diré tanto; pero Mendizábal fue un gran hombre. ¡Cuidado si tuvo mérito sacar la quinta de los 100.000 hombres!
Tirso hacía inútiles esfuerzos por disimular su disgusto. En vano afectaba oír en calma aquellas cosas. Su desagrado no era pena, sino ira, viendo que no se había equivocado cuando, a poco de poner el pie en la casa, imaginó que allí no había devoción ni creencias.
Su padre era un progresista ridículo, que se entusiasmaba hablando de Espartero; su hermano un demagogo ateo, de los que hacen burla de Dios y la Divina Providencia; su madre una pobre señora, a quien se le figuraba ser santa porque era hacendosa, y Leocadia una chicuela presumida, que se pasaba la mañana embandolinándose el pelo. Allí nadie iba a misa, ni ayunaba, ni rezaba; no había bula, se comía carne los viernes y el padre toleraba los chistes impíos de Pepe. Estuvo a punto de descargar su indignación en apóstrofes violentos, de los que tantas veces oyó a los señores que frecuentaban la casa de don Tadeo; pero se limitó a mirar a su hermano con lástima, diciéndole:
—¡Parecéis judíos!
No concebía mayor insulto.
Las mujeres se miraron al oír las últimas palabras del diálogo, dichas ásperamente, sorprendiéndoles la novedad de que allí se riñese por cosas de política; Millán fue a ponerse al lado de Leocadia; don José calló, tratando de hallar medio de variar la conversación, y Tirso permaneció de pie ante el balcón, como desafiándoles a todos y dispuesto a reanudar la disputa. Su figura resultaba arrogante: más parecía soldado pronto a pelear, que hombre ansioso de convencer Al cabo de un rato, como paladín que ha esperado en vano a su adversario, salió tranquilamente del comedor. Pepe y Millán se fueron a dar una vuelta por las calles. En el portal, aquél preguntó a éste, aludiendo a la escena pasada:
—¿Has oído?
—Vais a tener muchos disgustos.
—¿Creerás que esta es la hora en que no sabemos a qué ha venido?
—¿Tenía él en el pueblo relaciones con gente carlista?
—¿Por qué lo preguntas?
—Mucho cuidado... no sea que haya venido con algún encargo. Ahora se revuelven mucho. A ver si os da un susto la policía. Para tu padre sería una impresión desastrosa.
A la tarde siguiente se presentó en la casa un caballero de aspecto muy
respetable, preguntando por Tirso. Leocadia le acompañó hasta el comedor
y avisó a su hermano; pero éste, apenas oyó el nombre del recién
llegado, se le llevó a su cuarto, permaneciendo largo rato encerrado con
él. La visita fue larga, y Tirso despidió al desconocido con grandes
muestras de respeto.
A partir de aquella entrevista, el cura salió a la calle casi todas las noches, pero sin decir nunca dónde ni a qué iba.
XIV
Menudeaban tanto por aquel tiempo los presbíteros que, fugados de sus curatos, aparecían luego como cabecillas en el campo o eran sorprendidos en las ciudades sirviendo de auxiliares y emisarios cerca de las juntas del partido faccioso, que nada tenía de absurdo la sospecha de Millán: justificábala, además, el empeño de Tirso en callar el objeto de su viaje. ¿No podían haber convertido el fanatismo de aquel hombre en instrumento suyo las mismas gentes que le hicieron clérigo a espaldas de sus padres? La probabilidad de que en el momento menos pensado se presentara la policía en la casa buscando a su hermano, asustó a Pepe, temeroso de la impresión que tal lance pudiera causar en el ánimo del pobre viejo. Respecto a que Tirso diese margen a disgustos de otra índole, por proponerse la conversión de la familia o emprender campaña para despertar su fervor religioso, nada receló: antes era de temer, según el carácter que el cura demostraba, algún rasgo de intolerancia, exceso de celo o frase áspera que turbara la tranquilidad del hogar, porque la falsa circunspección que Tirso observaba oyendo comentar noticias de la guerra se parecía mucho al disimulo.
Desde el día de la disputa en que llamó ladrón a Mendizábal, hacía la vista gorda tocante al indiferentismo religioso que le rodeaba; pero claramente se notaba que en él no era todo prudencia, sino falta de arrojo. Pepe, deseoso de no dar pábulo a la irritabilidad de su hermano, se abstenía de chistes impíos y frases burlescas, aunque a veces se le venían a los labios, oyéndole desplegar ingenuamente la más arraigada superstición; de suerte que ambos comenzaron a fingir cierto comedimiento, a pesar del cual Pepe comprendía que la situación no era para prolongada y que la menor cosa que proporcionase a Tirso ocasión de mostrar su enojo bastaría a desencadenar una tormenta. Por su parte, el cura iba convenciéndose de que había venido a ser entre sus padres y hermanos como árbol trasplantado de pronto a distinta tierra de la en que nació. Difícil era que él arraigase allí ni pudiera vivir en paz con los suyos. Si fueran tibios en la devoción o sólo tardos en cumplir las prácticas religiosas, aún habría remedio; pero no se trataba de gente en cuyo pecho se hubiera amortiguado la fe, sino de individuos que, a juzgar por lo que Tirso veía, no la sintieron nunca. El padre carecía de creencias, tal vez a consecuencia de su simpatía hacia aquel partido progresista que siempre mintió respeto a la religión, sin ocultar mala voluntad al clero; Leocadia y doña Manuela eran mujeres mal dirigidas, o mejor dicho, descuidadas. En cuanto a Pepe, su incredulidad, su alejamiento de todo lo divino y sagrado resultaban más graves, por ser fruto, no del olvido de las santas verdades, sino de un profundo desprecio de ellas: le empujaban al descreimiento las corrientes de la época, los estudios modernos, la atmósfera cortesana y una indudable predisposición personal. En esto no se equivocó Tirso: los padres y la hermana se ofrecieron a su observación como realmente eran: indiferentes; Pepe, como un impenitente convencido con quien la lucha había de ser más trabajosa, porque la lucha era inevitable. No vino él al hogar con ánimo de provocarla, mas tampoco le parecía razonable ni conforme a su ministerio mirar en calma aquel estado de honda perturbación que le hizo prorrumpir en un momento de ira: «parecéis judíos.» Su entusiasmo religioso era sincero: la conciencia le dijo que, si los azares de la vida le hubiesen colocado junto a gentes extrañas, empecatadas como sus padres y hermanos, habría puesto tenaz empeño en convertirlas, y que mal podía contemplar fríamente la perdición de su propia viña. Cuando resolvió su viaje a la corte, no imaginó tener que consagrarse a esta obra: otros eran sus propósitos y él solo los sabía; mas ya que la Providencia le mostraba la mala yerba en su camino, debía arrancarla, aunque fuera al paso y sin distraerse de su objeto principal. ¡Deber juntamente grato y penoso el salvar a sus padres y hermanos de la condenación eterna! Algo análogo leyó en sus libros devotos, pero no tan en grande. Tal santo convirtió a su cónyuge, otro a su padre, alguno a su hermano: él tenía que habérselas con toda su familia, en la cual antes jamás pensó, de la que vivió apartado voluntariamente, pero que de pronto se le antojaba rebaño disperso al borde de un abismo, y al cual había de guiar hasta recogerlo en el redil bendito de la Iglesia. Trájole a la corte el servir a empresa más alta, por tratarse de la patria entera y no de unos cuantos individuos; mas ya que Dios ponía la llaga al alcance de sus manos y la herida estaba como en su mismo cuerpo, justo era que la sanara.
Comenzó en esto a agravarse la enfermedad del padre, fueron precisos mayores gastos, vinieron para la familia días tristes y afligiose sobremanera doña Manuela; por todo lo cual determinó Tirso empezar a cumplir su propósito, imaginando que en medio de la tribulación es cuando más fácilmente se avasallan los corazones. Su madre y su hermana fueron las primeras a quienes pensó atraerse. No alcanzó a más su sagacidad, y aun esto le repugnó sobremanera, pues toda tardanza se le antojaba complicidad en el mal y todo fingimiento le parecía indigno del noble fin a que enderezó la voluntad. Era fogoso, arriscado; mas adivinando en su hermano un terrible adversario, comprendió que las circunstancias ponían trabas a su celo. Hubiera preferido combatir cara a cara los obstáculos, congregar repentinamente la familia y convencerla de su error; pero no se aventuró a tanto y, mal de su grado, como no pudo ser violento, se hizo astuto: soñó con desempeñar papel de apóstol batallador, y hubo de limitarse a obrar como jesuita de novela, pero de buena fe, con limpia intención, seguro de poner el ánimo en una empresa honrada.
Resuelto a extirpar la impiedad que se había enseñoreado de su casa, no quiso demorarlo, y una mañana, como observase que doña Manuela estaba desdoblando el mantón para ir a comprar unos medicamentos, se anticipó a ella y la esperó en una esquina próxima: luego la fue siguiendo por la calle Imperial abajo, y cuando iba a entrar en una botica de la de Toledo, la llamó de cerca:
—¡Madre, madre!
—Hijo, ¿cómo tú por aquí?
—Quiero hablar con Vd. ¿Tiene Vd. que esperar en la botica?
—Un ratito.
—Pues vamos primero por las drogas; luego aguardaremos juntos, y le diré a usted lo que deseo.
Tirso hablaba con acento severo: su madre le oía con una curiosidad mezclada de temor.
—Pero hombre, ¿qué es ello? ¿Pasa algo malo en casa?
—No: ¡si he salido yo casi al mismo tiempo que Vd.! Nada ocurre; pero quiero que hablemos.
Entró doña Manuela en la botica, esperola él a la puerta, y apenas la vio salir, continuó de este modo, mientras ella le seguía dócilmente:
—Vámonos ahí al lado, al pórtico de San Isidro.—Y subieron las escaleras de la iglesia.
—Mire Vd., madre, yo no quiero callarme: estoy disgustadísimo. Desde que llegué a Madrid tengo el alma llena de tristeza...
—Lo comprendo, hijo: nuestra situación no es para menos. ¡Si vieras la crujía que hemos pasado!... ¡Y lo que queda!...
—No es nada de eso.
—Pues no te entiendo.
—Ahora me comprenderá Vd. Mi obligación era decir a mi padre lo que voy a decirle a Vd., pero creo que con Vd. me entenderé mejor: además, su carácter y su estado... Más adelante veré lo que he de hacer.
—¿Carácter, dices? ¡Si el pobre no molesta a nadie ni se enfada nunca!...
—Quizá por esa bondad tengamos mucho que llorar.
—¡Explícate, por Dios, hijo mío!
—Sí, madre; mucho que llorar y que sentir. Vaya, clarito; en casa no hay religión, y donde falta la religión todo está perdido. Así les castiga a ustedes Dios.
—¡Castigarnos Dios!
—¡Le parecen a Vd. pocas penas esa enfermedad, esa escasez, esos sufrimientos!...
—¿Y qué le hemos de hacer? Todos trabajamos. ¿No has visto la vida que llevan tus hermanos y lo que yo me afano?
—¡Pregunta Vd. lo que pueden hacer! ¡Parece mentira! Es imposible que Dios ayude a ustedes.
En vano pretendía dar dulzura a sus frases: la extraordinaria viveza de los ojos acusaba una resolución enérgica.
—No, madre; no esperen ustedes alivio ni amparo. En casa no hay religión, no se reza, no se practica una sola devoción... Da grima pensarlo. Desde hace cerca de un mes que estoy en Madrid, ¡cuántas cosas tristes he visto! ¡Ni una oración, ni un acto de piedad! Comprendo que padre no vaya a misa, aunque bien pudiera sustituirla con algunos actos de recogimiento y penitencia; pero, ¿y Vd.? ¿y Leocadia? ¿y Pepe? ¡Vivís como herejes! Lo confieso, madre; he dudado mucho antes de dar este paso, pero mi deber es antes que todo. ¿No siente usted miedo... vergüenza por vivir así?
—Y ¿qué quieres que haga? Yo no mando... yo cuido de la casa... y nada más: la limpieza... trabajar y más trabajar... ¡qué sé yo!
—¡Limpieza y trabajo! ¡Con eso piensa usted que ha cumplido! Cuando el Señor la lleve de este mundo, que la llevará... desgraciadamente, ¿se salvará Vd. con haber tenido aseada la casa? ¡La casa limpia y el alma negra por el pecado! ¡Toda la pulcritud para uno mismo, todo el trabajo para lo propio, y ni una visita a la casa de Dios, ni un pensamiento para su divina Madre! ¡Da ira el verlo!
Doña Manuela oía en silencio, sobrecogida con aquel inesperado disgusto, que aun para su escasa inteligencia era señal de otros mayores. La vehemencia de Tirso llegó a exacerbarse tanto, que la pobre vieja no pudo menos de decirle, casi con enojo:
—¡Hijo, no manotees, que nos ve la gente!
Él estaba ya poseído de su papel, y no hacía caso.
—¡Aquí no hay hijo! No hay sino un sacerdote que ha visto esa lepra asquerosa del ateismo y quiere curarla. ¿Lo oye Vd., madre? Si Vd. no me ayuda, lo haré yo solo... lo intentaré yo solo; y si no puedo lograrlo, se lo diré a todos ustedes, cara a cara, sacudiré en la puerta el polvo de mis zapatos, como los patriarcas de Israel cuando salían de la casa de los impíos, y no volverán ustedes a verme nunca.
—Y del escándalo y del disgusto se morirá tu padre.
—¿Qué más muerte que la que tenemos encima? El corazón cerrado a la piedad... ¡Si basta entrar allí para convencerse!... Estampas de reos liberales en las paredes, periódicos perversos de los que venden por las calles, comedias o noveluchas que lleva ese Millán de la imprenta y que permitís leer a Leocadia, libros malos... y en toda la casa no hay una imagen de la Virgen ni una cruz de palo...
—Yo no mando...
—Pues es necesario que mande Vd. A falta de padre, y estamos como si faltara, usted es quien debe gobernar: yo la ayudaré... y elija Vd., madre: poner remedio al mal, o dejar que lo remedie yo solo, contra mi padre, contra Pepe, contra todos.
—¡No, hijo de mi alma, por Dios, eso no, a Pepe no le hables de estas cosas!
—¡Ah! ¿Tiene Vd. miedo? Pues yo no.
Hablaban en voz baja, solos en un rincón del atrio de la iglesia, mientras les miraba curiosamente una mujer que en la escalinata vendía estampas, caras de Dios con marco de estaño, chufas, majuelas y torraos. Tirso intimidaba a su madre accionando con ademanes descompuestos: ella, ya ansiosa de cortar el diálogo, miraba alternativamente hacia el suelo y hacia la acera opuesta, donde estaba la botica. Las acusaciones de impiedad no la hicieron en un principio gran efecto; pero cuando Tirso las presentó como causa de los males sufridos y promesa de castigos eternos, su debilidad mujeril cedió al empuje del creyente. Lo que peor la sentó, fue la amenaza de que hablaría con Pepe.
Guardaron silencio unos instantes: él, dudoso del éxito de su empresa; ella, turbada, deseosa de sustraerse al influjo violento de aquel hijo que, para sojuzgarla mejor, acababa de decirla: «no soy sino sacerdote.»
—¿Vamos a la botica?—se atrevió por fin a preguntar la madre.
—Espere Vd.; no quiero que nos separemos así. Tiene Vd. que prometerme antes su auxilio. ¿Trabajará Vd. conmigo para que seamos todos cristianos, o me entiendo yo con Pepe y con mi padre? ¿Imagina usted vivir santamente no haciendo daño al prójimo? ¡Qué ceguedad! ¿Y Vd. misma? ¿Y su salvación? Rece Vd., madre, esto es lo primero, y Dios la iluminará y borrará de su alma esa apatía; venga Vd. a misa, y a poco que despierten los buenos sentimientos, cesará Vd. de reír las bufonadas sacrílegas de mi hermano, y arderá Vd. en deseo de auxiliarme. ¿Lo promete Vd.?
—Sí, hijo—contestó azorada—pero a Pepe no le cuentes nada de esto.
—¡Ya comprendía yo que él es quien tiene la culpa de lo que ocurre! Quedamos en que Vd. es mía, es decir, de Dios; si no, me marcharé para siempre, después de declarar francamente ante todos que no quiero vivir entre judíos.
Bajaron lentamente las escaleras del atrio, esperó Tirso a la puerta de la botica y, al ver salir a su madre con un frasquito en la mano, dijo:
—¡Tanto esmero, tanta solicitud para buscar remedio a los males del cuerpo, que no importan nada, y ni un pensamiento para la salud del alma! Acuérdese Vd. de lo que acabamos de hablar.
En seguida se separó de ella, dejándola confusa y asustada, como mujer a quien acaban de sorprender cometiendo un delito. El pecado, la condenación, la impiedad, habían sonado en sus oídos a modo de palabras vacías de sentido; las amonestaciones de un Bossuet no hubiesen ejercido en ella más imperio. Lo que la dejó amilanada fue la amenaza de hablar a su marido y a Pepe, segura de que la menor reconvención de Tirso provocaría una escena agria, quizá un rompimiento y un disgusto gravísimo. ¿Qué podía hacer ella para evitarlo? Nada. Sentía impulsos de contarlo todo al llegar a casa; pero, ¿y luego? Don José tal vez cediese en algo, por agradar al hijo de cuya presencia vivió privado tantos años; más, ¿qué haría Pepe viendo que sus mimos, sus cuidados, sus trabajos por evitar toda desazón a su padre quedaban esterilizados con la ingerencia de Tirso en la vida de la casa? No era doña Manuela capaz de analizar el conflicto, ni su voluntad fuerte para arrostrarlo. La poca energía de su alma la aplicó toda a entrar en casa con los ojos secos.
Llegado el domingo, Tirso salió muy de mañana; Leocadia, después de
disponer los desayunos, ayudó a levantar a su padre y, cuando tuvo que
sentarle en la butaca, llamó a Pepe, que se estaba vistiendo para ir a
ver a Paz.
—¡Pepe, Pepe!—gritaba desde la alcoba de don José—ven, que sola no puedo poner a papá en el sillón.
Acudió él en mangas de camisa, besó a su padre, que esperaba apoyado en el borde de la cama y, levantándole vigorosamente, le acomodó en la butaca: entre él y Leocadia le empujaron luego hasta el comedor, y le sirvieron el chocolate con buñuelos, que todos los domingos tempranito llevaba Pateta de casa de su protector.
Cuando Pepe fue a concluir de vestirse, preguntó a su hermana:
—¿Y mamá?
—En misa.
—¿En misa?—repitió Pepe, sorprendido, pero sin mostrar enfado.
—Sí, como está aquí Tirso, ¿comprendes? será por no disgustarle.
—Eso debe de ser.
No añadió una palabra, mas no le pasó inadvertida la novedad. La madre había ido a misa. ¿Sería realmente sólo por deferencia a su hijo, o habría habido por parte de éste alguna instigación? Ambas cosas eran creíbles. «Si lo primero—pensaba Pepe—nada hay en ello de particular: si lo segundo, malo será que mi hermano empiece así, poquito a poco, y acabe pretendiendo que nos hundamos la tabla del pecho a puñetazos. Sea lo que fuere, no estoy desprevenido: ello dirá.»
XV
Doña Manuela era incapaz de aquilatar la importancia que tenía aquella brusca ingerencia de su hijo mayor en la vida de la casa, pero se acobardó ante la idea de que entre ambos hermanos pudieran surgir desavenencias graves que desazonaran al padre. En cuanto a poner remedio, sólo se le ocurrió impedir toda explicación entre Tirso y Pepe. Para esto era forzoso prestar asentimiento a los deseos de aquél, ir a misa, someterse a prácticas devotas y ceder a su voluntad, como antes había cedido y se había plegado a la carencia de espíritu religioso que siempre demostraron el marido y el hijo menor. Doblegóse, pues, deseosa de evitar contrariedades, y su primer acto de sumisión fue ir a misa el domingo siguiente. Al volver de la iglesia, Tirso la recibió con una cariñosísima sonrisa y ella consideró pagada su molestia; porque tal le pareció, sobre madrugar más de lo ordinario, vestirse algo mejor que de costumbre, abandonar los cuidados de la casa y pasar media hora en el templo rezando Ave Marías y Padres nuestros, que tenía casi olvidados. Algún recelo abrigó de que Pepe la hiciese burla; mas nada dijo éste que hiciese sospechar desagrado: en cambio Tirso, aunque con gesto bondadoso, la preguntó:
—¿Por qué no ha llevado Vd. a Leocadia?
—¿Y quién había de hacer las cosas de la casa?
—Todo se debe dejar para después de cumplir con el Señor.
Doña Manuela había pensado en ello; pero tuvo en cuenta que era preciso levantar del lecho a don José, disponer la comida y arreglar los cuartos: además consideró que, como Millán trabajaba durante la semana y aprovechaba los domingos para ver a Leocadia, tal vez ésta perdiese la visita del novio, si se le ocurría venir temprano. Lo grave era que, el callar doña Manuela a su hijo el clérigo esta última consideración, era ya prueba de excesiva docilidad.
Pepe aguardó impaciente hasta el miércoles de aquella semana, que era día festivo, y mientras se vestía estuvo en su cuarto atento a los ruidos que escuchaba, deseoso de colegir, por el rumor de los pasos y el abrir y cerrar de puertas, si iría también a misa su madre. No le duró mucho la incertidumbre: su hermana le llamó presto para levantar a don José; y como éste le preguntara por la madre, Leocadia dijo que había ido a la iglesia.
—Aunque me lo ocultéis—repuso Pepe—veo que aquí anda la mano de Tirso.
—No sé, pero, hazte cargo; estando él aquí, parece feo que nadie oiga misa.
—Eres lista y comprenderás mi temor. Sabes que en estas cuestiones hace entre nosotros cada uno lo que quiere. Papá y yo no creemos en ciertas cosas, y nunca hemos practicado, como dicen los devotos: vosotras no lo habéis hecho porque no habéis querido, pero nadie os ha obligado a ser judías.
—¡Hombre, judías no somos!
—Bueno; supongamos que ahora os da por ahí, en esto no me meto. Lo triste sería que las advertencias, los consejos, acaso las amenazas de Tirso, lograran que cayeseis en exageraciones: en cuanto a papá, y a mí, no hay quien nos haga, por ejemplo, ayunar, comer de viernes, ni cometer tonterías por el estilo.
—No creo que se meta en eso.
—Conviene precaverlo todo. Si esto ha sido cosa de Tirso y ha empezado por hacerla ir a misa, luego querrá que confiese, vele al Santísimo y vaya a las Cuarenta Horas, con todo lo cual verás cómo anda la casa y se descuida el atender a papá.
—Ya estás creyendo que se nos ha entrado la Inquisición por la puerta.
—Milagro será que no pretenda hacernos a todos beatos.
En aquel momento sonó la campanilla y Leocadia corrió a abrir. Era doña Manuela, que al hallarse frente a Pepe se sintió inmutada.
—¿De qué color era la casulla?—le preguntó él bromeando.—¿Y por qué te quedas así, mamá? ¡Ni que fuera yo un guardia civil!
—¡Como tienes esas ideas!
—No vayas a pensar que me enfado: ni tengo derecho, ni hay por qué. Pero sentiría, si anda en ello la mano de Tirso, que acabe por sorberte el seso y te convierta en una de esas devotas que se comen los santos.
—Tanto, no; pero un poco de religión, no viene mal.
—¿Como de cuando en cuando una purga?
—Que te oiga tu hermano, y disputa al canto.
—Tienes razón: más vale que no me oiga, porque acabaríamos riñendo.
—Mira, hijo, no tengamos algún disgusto por vosotros.
—Por mí, no, mamá; puedes estar segura. Con tal que él no extreme las cosas y pretenda que nos demos duchas de agua de Lourdes.
—¡Te advierto que a mí no me ha dicho nada! He ido a misa porque, estando aquí él, me parecía feo...
Esta disculpa no exigida, ni siquiera rogada, fue para Pepe un rayo de luz: ya no le cupo duda de que las idas a la iglesia eran obra del otro. Propúsose desde entonces tener mucha paciencia, observar, exagerando la prudencia, y prepararse a contrarrestar enérgicamente el influjo de su hermano cuando fuese necesario. ¿Qué determinaría esta necesidad? No era fácil adivinarlo. Si los manejos de Tirso quedaban reducidos a imposición de misas y rosarios, el caso no valdría la pena de intervenir en ello: lo malo sería que lentamente, sorbida la madre por la devoción, pretendiera luego variar la vida de la casa, que llevase a mal las ideas de su marido, que surgieran las exigencias, la intolerancia, el enojo por la falta de piedad y cuanto el fanatismo religioso trae consigo. Pepe sabía que la religión es, con respecto del incrédulo, lo que la seducción respecto a la mujer: el primer favor, la primera condescendencia, es prenda de vencimiento inevitable. Hasta dónde puede llegar el triunfo, nadie lo sabe; que así como la virtud, rendida por la pasión, pierde su albedrío, así el alma, avasallada por la fe, reniega de su propio criterio. Y como el de doña Manuela era escaso, y Pepe, a pesar del cariño que la profesaba, no lo desconocía, si el fanatismo se enseñoreaba de su espíritu, aquel hogar, siempre tranquilo, se trocaría de pronto en una sucursal del infierno. «Es natural—pensó tratando de bucear en la intención de su hermano—con papá y conmigo no se atreve: si emprende campaña para moralizarnos, procurará primero conquistarlas a ellas. Que las haga rezar cuanto quiera; por mí, hasta que chupen las cuentas del rosario, pero armar aquí peleas por defender a los curas trabucaires, malgastar dinero en novenas y desatender a papá por vestir al niño Jesús, lo que es eso... ¡de ningún modo!»
Trascurrieron unas cuantas semanas sin que la situación variase notablemente, pero sin que a Pepe le pasara inadvertido el menor detalle de lo que ocurría. Las novedades más salientes fueron poner la madre los viernes un pucherito aparte para Tirso, que no quería comer de carne; colocar a la cabecera de la cama de matrimonio una cruz de madera; detenerse los domingos en misa un ratito más que los primeros días, y comprar un devocionario impreso en caracteres gruesos, propios para persona a quien los años han fatigado la vista. Además, Leocadia comenzó también a ir a la iglesia y ambas dieron en repetir la oración que decía Tirso antes de las comidas.—«¿Dónde diablos habrán aprendido este rezo?»—se preguntaba Pepe.
Poco le duró la duda. Una mañana, buscando unas tijeras en el costurero de su hermana, halló en él, entre los hilos y cintas, un librito, en cuya portada se leía este título: Oraciones nuevas para todos los actos de la vida, que son otros tantos escudos contra las malas tentaciones. Lo abrió sonriendo, y vio era el más completo repertorio de peticiones y acciones de gracias que imaginarse puede. Habíalas, hechas como de encargo, para antes y después de comer, para las horas del sueño y el trabajo, y hasta para torpes casos a que no sospechó Pepe pudieran estar sujetas su madre y hermana, como uno que llevaba este epígrafe: Para cuando sintamos deseos lascivos.
Después, en unas páginas a manera de prólogo, leyó entre otros párrafos, el siguiente:
«Los esfuerzos que hagan los padres por convertir a sus hijos, las tentativas de éstos para inculcar la piedad en el corazón de sus mayores, las instigaciones de los amos para despertar la devoción en el inculto natural de sus criados y las piadosas mañas de los sirvientes para someter la mente de los señores al temor de Dios, serán por Él premiadas y bendecidas. No hay paz en la casa del impío, ni es justo el que tolera impíos a su lado. Cuanto con mayor vínculo estemos unidos al impío, más imperioso es el deber de convertirle, hasta humillándole, si es preciso. Mejor es quedar mal con nuestros padres de la tierra, que perder el amor del Padre que está en los cielos. Acordémonos, hermanos míos, del glorioso San Agustín, que decía: Ni mi madre ni las amas que me criaron se llenaban a sí mismas los pechos de leche, sino que vos, Dios mío, erais quien se los llenaba. Bueno es el amor a los padres, pero mejor es el temor de Dios, y no le teme quien soporta a su lado padres ateos, hijos herejes, criados blasfemos o amigos descreídos. Con hierro ardiendo se cauteriza la mordedura del perro hidrófobo: con el divino fuego de la fe debe quemarse el miembro podrido en la familia donde lo hubiere.»
—¡Qué brutos!—exclamó Pepe sin leer más, y dejando el librito donde estaba.
Aquella noche Pepe y Millán, terminado su trabajo, salieron juntos de la imprenta.
Las calles de los barrios bajos estaban solitarias y sombrías: apenas de cuando en cuando encontraban los dos amigos una pareja enamorada, que iba acortando el paso por prolongar el diálogo, algún sereno sentado en el escalón de un portal, o un mancebo de tienda de comestibles con la puerta entreabierta en espera del matute. El aire, gratamente fresco, parecía limpiar de impurezas el ambiente; y, a ratos, el rodar de un coche interrumpía el silencio, perdiéndose luego rápidamente el ruido en la distancia. Millán iba callado: Pepe, a más de silencioso, triste y pensativo, como ensimismado.
—¿Te pasa algo? Parece que te han dado cañazo—le dijo Millán.
—Estoy de muy mal humor.
—¿Por qué?
—A tí te lo puedo decir.
—¿Necesitas dinero? ¿Quieres la semana o el mes adelantado?
—No; muchas gracias, chico. En esto el dinero no puede nada.
—¿Estás de monos con la señorita? Temo que el noviazgo ese te va a dar mucho que sentir.
—Te equivocas: Paz está conmigo más cariñosa que nunca; parece que hay así como un recrudecimiento en su cariño, y por cierto no sé a qué atribuirlo... no me lo puedo explicar.
—Entonces, ¿qué tienes?
—Lo de mi casa.
—Tu hermano...
—Sí: aquello va tomando mal aspecto.
Pepe puso a su amigo al corriente de todo, explicándole cómo Tirso había logrado que doña Manuela y Leocadia fueran a misa, que recitaran con él las oraciones a la hora de comer, la compra del devocionario y el hallazgo del librito, sin omitir el piadoso espíritu que avaloraba sus páginas, y terminó preguntando con acento irritado:
—¿Qué te parece?
—Lo primero, debes tener mucha cachaza y muy mala intención. Esos no son más que síntomas; pero tienes que andarte con cuidado.
—Tirso me dirige la palabra lo menos que puede: no sé de qué modo se las compone; pero lo arregla de suerte que, cuando yo entro, él sale, y viceversa; me habla poco, con cortesía, y sin entrar nunca en conversación larga. Con papá hace casi lo mismo: a mamá y a Leo es a quienes él quiere ser simpático.
—Lo de siempre: apoderarse de las mujeres para hacer guerra a los hombres.
—Temo que no te falte razón.
—Pues chico, mucho ánimo, y a evitar lo que pueda sobrevenir. Estás expuesto a que se convierta la casa en un reñidero de gallos.
—¡Primero le tiro por la ventana!
—Créeme; nada de violencia. Lo que debes evitar, ante todo, es que tu padre sufra las consecuencias; y figúrate la pena que le ocasionarías disputando con Tirso.
—Entonces, ¿voy a cruzarme de brazos?
—No: debes reflexionar mucho lo que hagas; y... vaya, chico, no pensaba contarte nada; pero ya que hablamos de esto, allá va: estoy seguro de que te harás cargo de mi situación.
Calló Millán un instante, como dudando si decidirse a hablar, y viendo reflejada la impaciencia en el rostro de Pepe, continuó de este modo:
—Me parece que no vuelvo a poner los pies en tu casa, al menos por ahora.
—¿Por qué, si allí nadie te ha ofendido?
—Vamos por partes. No es nueva para tí la noticia de que yo quiero a tu hermana.
—Y que mis padres y yo nunca lo hemos llevado a mal. Nuestra situación...
—No se trata ahora de eso: sé como vivís, y no me ofenderás suponiendo que yo me haya podido fijar en si tenéis o no tenéis. Leocadia, puedo decirlo sin vanagloriarme... yo la quiero, ¿eh? pero ella, vamos, me parece a mí que también daba señales de quererme; y digo daba...
—Tú me decías que si estaba yo de monos con la otra, y ahora resulta... Esas son cosas vuestras. A tí y a ella os sé de memoria: total, cuatro días de enfado. Ninguno de vosotros es capaz de portarse mal... y si reñís... ¿yo qué le voy a hacer?
—Escucha y ten calma. Mucho me equivoco, o lo que me sucede está relacionado con tu hermano.
Pepe, al oír esto, se paró en medio de la acera, mirando a su amigo con la mayor curiosidad.
—Sí, con tu señor hermano. Leocadia no se muestra conmigo igual que antes, ni tan expresiva, ni tan cariñosa... ha variado mucho, y la mudanza coincide con la llegada de Tirso, mejor dicho, con las idas de tu madre a misa. En una palabra, temo que, así como ha influido en doña Manuela para que rece, trata de conseguir que tu hermana no me quiera... Le seré antipático... ¡qué sé yo por qué!
—Eso a él ¿qué le importa? ¿Y por qué has de serle antipático?
—¡Pareces bobo! ¿No me ha oído hablar? ¿No sabe que pienso como tú y tu padre? ¿No viste la cara que puso el día de la discusión sobre las iluminaciones origen de las pedreas a los retratos del Papa? Me parece que siendo cura, y con su vehemencia, tiene bastante. Lo menos creerá que la chica está en amores con Pedro Botero el de las calderas.
—¿Supones que ha hablado a Leo en contra tuya?
—No lo sospecho: estoy seguro, como si lo hubiese oído.
—¿Y te fundas?...
—Un libro te ha puesto de mal humor: otro me ha hecho a mí comprender lo que sucede. Ya sabes que tu hermana siempre me está pidiendo libros que leer; y que yo la llevo novelas; a una mujer no le vamos a dar la colección legislativa. Pues bien; el domingo pasado, al devolverme el penúltimo tomo de Nuestra Señora de París y otro de Ivanhoe, me dijo:—«No me traigas más, Millán; ahora no puedo distraerme, tengo mucho que trabajar.»
—No es verdad: hace dos semanas que no le dan labor.
—Por eso advertí lo que ocurría. Al poco rato, tu padre, sin saber que Leocadia se resistía a que yo la llevara lo que faltaba de Nuestra Señora, me dijo delante de tu hermana que no tenía trabajo, y ella se marchó del comedor en seguida. Cuando nos despedimos en el pasillo la pregunté a qué obedecía aquello y respondió con evasivas. En esto salió Tirso de su cuarto y, como quien está enterado de lo que oye tratar, me dijo:—«¿A qué insistir? ¿No ve Vd. que no quiere leer indecencias?»
—¿Y qué le contestaste?
—¡A tu hermano y en tu casa! Callar y marcharme; pero, lo confieso, me dieron ganas de meterle un tomo por los hocicos. ¡Lo menos se ha figurado el hombre que llevo a la chica libros de mal género!
—¡Qué burro!
—Falta lo mejor. Era la primera vez que Leo y yo nos separábamos así, poco menos que incomodados, y me faltó tiempo para volver el lunes. ¿Te acuerdas de que fui por la tarde con el pretexto de las pruebas y estuve hablando con ella?
—Sigue, sigue: ¿y qué te dijo?
—Hombre, hay cosas que no se pueden explicar punto por punto. Ya comprendes tú la diferencia que hay de estar una mujer cariñosa, que le rebose la satisfacción de verse querida, a estar fría, esquiva, como a quien no se le importa nada del hombre que tiene al lado.
—Pues una de dos: o estás equivocado, y no hay nada de lo que sospechas, o Tirso tiene la culpa; y en este caso, no cabe duda, en mi casa va a haber más guerra civil que en el Norte.
—Mucho lo temo; y respecto a lo que veníamos hablando, creo que Leo no está ya por mí.
—Vamos con tiento. ¿Tienes algún lío, algún trapicheo que sabido por ella la haya enojado?
—No: palabra de honor.
—Bueno; pues yo pondré las cosas en claro.
—Te advierto una cosa. No pensaba formalizar aún la cuestión por... por falta de cuartos; pero puesto que han venido rodadas las cosas, conste que tu padre y tú podéis considerarme, si queréis, como de la casa; ¿entiendes?—Y tendió a Pepe la mano, que él estrechó cariñosamente.—Ya lo sabéis, como acostumbran los títulos: os pido la mano...
—Yo te prometo que saldremos de dudas.
—¿Qué vas a hacer?
—Poco he de poder, o despejo la situación. En la primer conversación que tenga con Tirso, le quito la careta. ¡Veremos quién lleva el gato al agua!
En seguida avivaron el paso, separándose al llegar cerca de la calle de Botoneras, donde se despidieron, quedando Millán algo esperanzado con la intervención ofrecida. Pepe entró en su casa de puntillas, abrió despacito, por no despertar a los que dormían, encendió la vela que a prevención dejaba Leocadia en una palomilla del pasillo, se entró a su cuarto y se acostó, pensando en los sucesos e ideas que le interesaban, en aquel recelo que le inspiraba su hermano, en el cariño que tenía a sus padres y en las complicaciones que temía. Luego, serenándose su ánimo, se acordó de Paz y del recrudecimiento que imaginó notar en su amor. ¿Cuál sería la causa? ¿Por qué la niña criada en el regalo, lejos de convencerse de que aquello era una locura, daba a sus promesas más firmeza y mayor expresión de simpatía a sus miradas?
XVI
Viendo Tirso que la madre atendía sus exhortaciones, no solamente insistió en ellas, sino que trató de conquistar el ánimo de Leocadia, siéndole necesario para ello aguzar la astucia, pues la diferencia de caracteres entre doña Manuela y su hija pedía táctica diversa. La primera cedió por bondad y mansedumbre: en ella era hábito plegarse a la voluntad ajena. Cuando joven, obedeció a su marido; erigido después Pepe en jefe de la familia por la fuerza de las circunstancias, se acostumbró a mirarle como tal, y en las menudencias caseras seguía el parecer de su hija, mostrando en todo ser nacida para obedecer. Las condiciones de Leocadia eran distintas: tenía genio voluntarioso y, aunque sin faltarles al respeto, respondía a sus padres con entereza; en sus caprichos de muchacha pobre, había siempre cierta obstinación; si se empeñaba en reformarse un traje, no cesaba de dar vueltas a los trozos de tela, hasta lograr lo que se proponía; gustándole un peinado, no hallaban paz sus manos hasta que conseguía aprender modo de hacérselo, y hasta en estos pequeños detalles, por la tenacidad de sus resoluciones, delataba una firmeza muy difícil de dominar desplegando energía. Tirso notó también que, a pesar de lo humilde de su situación, la chica era algo vanidosa y estaba pagada de su persona, acusando de distintos modos el afán de agradar, y como un cierto deseo latente, pero inmoderado, de imitar prendas y costumbres de muchachas más favorecidas por la suerte. Jamás consintió, por ejemplo, en hacer a su hermano blusas para trabajar en la imprenta, ni bajó nunca a la tienda de la esquina próxima con pañuelo a la cabeza; a Pepe quería verle lo mejor vestido que fuera posible; y en sus trajes propios, aun luchando con la falta de dinero para adornos y perifollos, procuraba siempre imitar cortes elegantes. Por no tenerlos de oro, llevaba sin pendientes las orejas y los dedos sin anillos. No era exigente en pedir lo muy costoso al esfuerzo de sus padres; pero sólo aceptaba la pobreza como un accidente de su vida, no como condición de su origen. Admitió de buen grado el amor de Millán, al tiempo que éste cursaba con Pepe la carrera; mas el ver que su novio tuvo que abandonar los libros y dedicarse a un oficio, fue para ella contrariedad grandísima. De continuar su hermano en la Universidad, acaso hubiese procurado romper pronto sus relaciones con el impresor; mas viéndose Pepe obligado a hacer lo mismo al poco tiempo, Leocadia comprendió que no podía por esto rechazar a Millán, y continuó aceptando su cariño, sin que la correspondencia con que lo pagaba mereciese en realidad nombre de amor. Quizá, por falta de antecedentes, no estuviera Tirso en situación de apreciar todo esto; pero alcanzó lo bastante para convencerse de que, ni Leocadia estaba verdaderamente enamorada, ni desecharía por Millán lo que el desvergonzado lenguaje de la codicia llama una proporción; lo cual le autorizaba a imaginar que, si la madre había cedido por docilidad, la vanidad y el amor propio serían buenos medios para subyugar a la hija. Mejor quisiera él llevar la piedad a sus corazones con la vehemencia del celo que le inflamaba, pero comprendió que le era forzoso seguir la máxima de plegarse a la índole y carácter de cada pecador, para convertirlo más seguramente. Por fin, muchos días después de haber hablado con doña Manuela, determinó sondear a Leocadia; y hallándola una tarde leyendo en el comedor, mientras don José reposaba y la madre había salido, se acercó, llevando él otro libro en la mano.
—¡Sabe Dios!—la dijo entre severo y sonriente—qué libraco será ese! ¿Es de los que te trae el novio?
—Sí.
—¡Bonito papel para un joven el de procurar lecturas nocivas a la mujer a quien quiere, y buen modo de amar... suponiendo que te ame!
—¿Por qué dices eso?
—Cálmate, hija, cálmate; no quiero decir, ¡Dios me libre! que ese joven no te estime: lo que me choca, es que tú le quieras a él.
—¡Ya lo creo que me quiere!
—No parece de mala índole; pero le sucede lo que a tu hermano: debe estar plagadito de las ideas de ahora y ser de esos que no creen ni en la luz del día. Listo, sí será; ¡lástima que tenga oficio tan feo!
—El de su padre... Empezó a estudiar para abogado; pero luego le sucedió lo mismo que a Pepe.
La palabra oficio sonó en los oídos de Leocadia como Tirso había previsto.
—Tendrá que estar siempre metido entre gente ordinaria, trabajadores y jornaleros: luego le afinarás tú... aunque mala tarea es.
—Pero, ¿imaginas que Millán es mozo de cuerda o sereno?—repuso ella, riéndose forzadamente.—Te equivocas: es un muchacho decente, igual a Pepe, que tiene que vivir así, trabajando, como Pepe.
—No, hija, como Pepe, no: nuestro hermano es hijo de un funcionario público; el padre de ese joven, si no he oído mal, era cajista, jornalero.
—Impresor.
—Llámalo como quieras. Siendo ya viejo, llegó a dueño de la imprenta; pero su origen no puede ser más humilde. Eso no quiere decir que sea mala persona; pero, en fin, ¿por qué te disgusta que nosotros ambicionemos para tí lo mejor?
Leocadia miró a su hermano, sorprendida de que así se preocupara por su porvenir.
—Lo que quiero decirte—prosiguió el cura—es que, tan joven, y reuniendo condiciones que son para la mujer llave de sana prosperidad, no debes contraer compromisos formales con un hombre inferior a tí; porque esto no me lo negarás. Acaso tenga posición más desahogada que la nuestra; pero, una cosa es el bienestar, y otra la esfera de cada uno. Hoy por hoy, no tenemos dinero; pero ni nuestros padres ni nuestros abuelos han sido menestrales. Créeme, Leocadia, no te comprometas con nadie; no renuncies a tu libertad de acción. No has nacido tú para mujer de un jornalero.
—¡Dale con lo de jornalero! tiene una industria; vamos, una imprenta; pero no es un gañán.
—¡Bah! hija mía: llamemos a las cosas por sus nombres. Trabajador, no es más que trabajador; y, si te casas con él, sabe Dios si tendrás que ir algún día a llevarle la comida en cesta, como a un albañil.
—De modo que, según tú, debo esperar a que venga a pedir mi mano un título de Castilla.
—Nada de eso: me parece que, aunque sea un buen chico, no está justificado que renuncies por él a lo que te reserve el porvenir. Nadie sabe lo que es el porvenir para una doncella.
Harto conoció Leocadia que, tras aquella problemática esperanza de grandezas futuras, lo que verdaderamente impulsaba a Tirso era la antipatía que sentía contra Millán, desde que conoció que en política y en falta de religión coincidía con Pepe; mas como estos mismos argumentos se los hizo a sí propia alguna vez, no dejaron de ejercer presión en su ánimo. Parecíale innegable la bondad de Millán, pero Tirso tenía, en parte, razón. El roce con la gente de la imprenta había dado a su franqueza cierto tinte rudo, a veces rayano en la grosería; a sus sentimientos honrados servía de intérprete un lenguaje tosco; para verle algo aseado y compuesto, era preciso aguardar al domingo: acaso no anduviese descaminado Tirso y, andando el tiempo, tuviera ella que llevarle en cesta la comida, resignándose a ser una menestrala, es decir, el tipo contrario al de las señoritas, cuyos modales y trajes procuraba imitar.
En ocasiones diferentes hizo Tirso a su hermana análogos razonamientos y, como el terreno estaba bien preparado, la semilla comenzó a germinar. Iniciado en ella el desvío, lo primero que hizo fue evitar que menudearan las visitas de Millán entre semana, fundadas en el préstamo de libros: luego ocurrió la escena narrada a Pepe por el amante desdeñado, en la cual intervino Tirso, y, por último, la muchacha acentuó tan enérgicamente su desamor, que el novio casi dejó de merecer tal nombre. A ser el afecto de Millán pasión hondamente arraigada, hubiese puesto empeño en recobrar lo que perdía; mas también en él palpitaba un fondo de propia y exagerada estimación, en que era de mayor cuenta el orgullo que el cariño.—«No hables de esto a tu hermana—había dicho a su amigo—porque el querer no se impone ni es cosa para recibida de limosna.»
Aquello produjo a Pepe malísima impresión, pero aún le desagradó más ver demostrada la intervención del cura. La cosa estaba ya fuera de duda: tras intentar apoderarse del ánimo de la madre, comenzaba por distintos medios a explorar el de la hija para los mismos fines. ¿Cuáles serían sus propósitos ulteriores? Motivos de conveniencia personal, al parecer ninguno. Lo único verosímil, era que obrase impulsado no más que por proselitismo religioso, y en este caso, para comprometer en la empresa la paz y la dicha de la familia, su fanatismo debía ser grande. ¿Cómo arriesgarse, de otra suerte, a promover una escisión entre padres e hijos, aventurando la tranquilidad del hogar y la poca salud de don José, por sólo la falta de cumplimiento en los deberes piadosos? Tanto repugnaba esto a Pepe, dadas sus ideas, que no le era posible atribuir a su hermano tamaña obcecación, suponiendo que, si únicamente el celo le impulsara, debía moderarlo con afectos más terrenales, pero no menos puros. Su entendimiento rechazaba la posibilidad de que existiera hombre capaz de apenar a sus padres por dar lustre a la religión. La displicencia con que Millán y Leocadia comenzaron a mirarse, perdió con esto importancia a los ojos de Pepe: su verdadera preocupación fue la conducta de Tirso, y llegó a disgustarse tanto, que su amada Paz lo echó de ver en seguida.
Primero, cierto espíritu novelesco, propio de niña libremente educada, hizo que Paz se encaprichara con el amor de Pepe: después, cuando llegó a comprender lo mucho que él valía, aquella inclinación se acentuó insensiblemente y, lo que al comienzo fue juego de la imaginación, vino a ser, del modo más natural y sencillo, sincero y bien arraigado amor. El empleadillo, como ella imaginaba que sus amigas le llamarían si llegaran a conocerle, se le había entrado al alma, persuadiéndose de que le quería porque empezó a temer la cara que al saberlo pondría su padre, a pesar de los alardes democráticos que solía hacer en el Parlamento. Pero no era esto lo que más la desazonaba. Su inquietud nacía de ver disgustado continuamente a Pepe, y el convencimiento de estar enamorada brotó de aquella relación que estableció su inteligencia entre la pena que ella sentía y la inquietud que él mostraba. Cuando Paz se hizo cargo de que, aun ignorando la causa, el pesar de su novio la entristecía; cuando, sin poder aquilatarlo, sintió como propio un dolor ajeno, entonces advirtió que en su corazón comenzaba a reinar una voluntad distinta de la suya, y que aquel hombre, sólo con lealtad y buena fe, iba apoderándose de su albedrío lenta, pero seguramente, como río caudaloso que profundiza el cauce en que se sustenta. Paz, en apariencia frívola, a semejanza de todo el que no ha sufrido, pero muy lista, se persuadió pronto de que amaba, porque su pensamiento, lejos de amedrentarse ante las contrariedades que podía el amor ocasionarla, se fijó exclusivamente en el dolor del hombre a quien quería. La primer muestra de pasión verdadera, fue la sinceridad con que le habló.
Una mañana, estando en la biblioteca de su padre, que era donde se veían en los ratos que aquél faltaba de allí, dijo a Pepe, empleando su lenguaje ligero y franco, entonces más franco que nunca:
—Tengo que decirte una cosa muy grave.
—¿Qué?
—He hecho un descubrimiento: que tú no me quieres y que yo te quiero mucho más de lo que me figuraba.
—No te entiendo.
—Clarito, hijo; que tu amor—emplearemos esta palabra, para mayor solemnidad, aunque ya sabes que a mí me gusta más decir cariño—pues bien, que tu amor es mucho más tibio que el mío.
—Veamos cómo se demuestra ese grandísimo embuste.
—De un modo muy sencillo. Pase que siempre me estés aburriendo con lo de ser yo rica y tú pobre, por supuesto, que no me ofendo; pase la manía de los celitos, que no tienen sentido común; pase el estarte sin venir tres y cuatro días seguidos, para que te espere con más deseo...
—No: por miedo a que tu padre adivine lo que ocurre.
—Déjame acabar: lo que no pasa, es que tengas disgustos, que estés apesadumbrado y me lo calles. ¿Tan tonta soy, que no sirvo para decirte ni una palabra de consuelo?
—¿Y qué tiene que ver esta ternura, alma mía, con el descubrimiento?
—Pues no puede estar más a la vista. Que tú, sufriendo y ocultándomelo, revelas una falta grande de confianza, que es falta de cariño; y yo, aquejerándome, como dicen en Andalucía, por tu reserva, demuestro quererte mil veces más.
—Pero, ¿de dónde has sacado tú que tengo disgustos?
—Eso te faltaba, añadir el disimulo a la falta de confianza. ¿No quieres decirme lo que te pasa?
Pepe, que prefería hablar sólo de su amor, o que se había propuesto callar interioridades de su casa, contestó negando, y Paz acabó por decirle:
—Si crees que es mera curiosidad, no despliegues los labios; pero conste: quedo en libertad para averiguarlo.
—Averigua lo que se te antoje, pero quiéreme mucho.
La entrada de don Luis cortó el diálogo. Paz se había propuesto saber a qué atenerse respecto al origen de la tristeza de Pepe, y cuando una mujer enamorada forma resolución semejante, el secreto puede darse por descubierto. La obstinación de Pepe en callar fue inútil: Paz puso tanto empeño en saber los disgustos de su amante, como éste en seguir paso a paso los incomprensibles manejos del cura.
XVII
Cuando Pepe dejaba de ir a ver a Paz, por miedo a infundir sospechas o parecer pegajoso a don Luis, entraba Pateta en funciones de correo: ya sabía ella que cada tercer día de ausencia el chico rondaba al oscurecer los alrededores del hôtel y, espiando momento oportuno, metía el brazo por la verja y dejaba la carta bajo los ladrillos levantados del horno, situado junto al invernadero.
Una tarde en que don Luis tuvo que asistir a un banquete político, Paz, después de verle partir y tras alejar con distintos pretextos a los criados, bajó al jardín entre dos luces y aguardó a Pateta. Al cuarto de hora vio al muchacho que venía aproximándose disimuladamente a la verja, dando puntapiés a un bote de hoja de lata que encontró allí cerca: entonces ella se ocultó tras uno de los pilares de mampostería que había en los ángulos del invernáculo y, cuando el chico se acercó a meter la mano por entre los barrotes de la verja, salió de su escondite, diciendo:
—Oye, Pateta.
—Guárdese Vd. esta carta no la vean.
—No hay nadie.
Pateta, gorra en mano, arrimando el rostro a los hierros, como mono enjaulado, prestó atención.
Lo apartado del sitio y lo desapacible de la tarde, hacían que reinara en torno del hôtel completa soledad. En la atmósfera flotaban los últimos resplandores del sol ya puesto, y la árida campiña aparecía envuelta en una claridad medrosa, mientras al lado opuesto se iba extendiendo una ancha faja oscura, que se dilataba lentamente por el cielo. El traje de Paz formaba una mancha clara cortada por los hierros de la verja: Pateta se comía con los ojos a la señorita, sin adivinar lo que querría decirle.
—Pues a estas horas, estando esto tan solitario—dijo de pronto—ya podía el señor Pepe venir aquí y hablar con usted.
—Cállate y escucha. Con quien quiero hablar ahora, es contigo.
—Mande Vd.
—¿Eres capaz de hacerme un favor? La verdad, y sin que nadie se entere.
—¿Ni el señor Pepe?
—Menos que nadie.
El chico la lanzó una mirada que no pudo ser más expresiva. Paz comprendió que quizá hacía mal; pero ya no era posible retroceder.
—Te advierto que se trata de algo que nos interesa mucho a él y a mí.
—No hay más que hablar.
Pero esta sumisión fue acompañada del firme propósito de contárselo todo a Pepe.
—Vamos a ver: ¿Qué le pasa? ¿Qué disgusto es el que tiene? ¿Sabes algo?
—Nada, ni jota.
—Es necesario que lo averigües. Temo que le quiten el destino que tiene en la biblioteca del Senado, y quisiera estar prevenida para parar el golpe. ¿Sabes tú si es esa la razón de que esté hace ya muchos días tan tristón? ¿De veras no puedes decirme nada?
Pateta cayó en la red.
—Yo, de eso del destino, no sé ná: preguntaré. Por lo demás, no sé qué le pué haber pasao. En la imprenta todo anda como siempre... Como no sea por lo del cura...
—¿Qué dices de imprenta? ¿Qué imprenta es esa?
—¡Toma! ¿Cuál ha de ser? La nuestra, es decir, la del señor Millán.
—¿De modo que el señorito trabaja también en la imprenta?
—Como que es el primer corretor y le dan deciocho riales, y eso que no va más que por las noches. ¿No lo sabía Vd.?
Paz, temerosa de que Pateta se escamara, le dijo, mintiendo:
—Sí, hombre, ¿no he de saberlo? Pero creía que se llevaba el trabajo a su casa.
—¡Quiá, no señora! tié que hacerlo allí.
—Y eso del cura, ¿qué es?
—Su hermano, ¿está Vd.? es cura y ha venío hace cosa de dos meses; y como es cura y muy carca, les está golviendo tarumba, y trae la casa patas arriba; quié que vayan a misa, que recen más que un ciego; en fin, que no le puén aguantar... ni yo tampoco.
—¿Por qué?
—Hasta conmigo se ha metío el muy lioso. El domingo pasao tuve yo que ir a trabajar medio día, porque había prisas, y luego le yevé al señor Pepe unas pruebas a su casa; y como era domingo, y yo, aunque me esté mal el decirlo, soy corneta del batallón de Voluntarios de la Libertad de mi barrio, fui de uniforme, pá no tener que andar dos veces el camino. El cura estaba en la puerta, quiso que le dejara las pruebas y, como yo no le conocía y tenía orden de ver al mismo señor Pepe, ¿está Vd.? no me dio la gana. Mire Vd., señorita, se puso hecho una fiera, y lo que me dio rabia fue que me se rió del uniforme: me llamó mamarracho, y dijo que me fuera a estudiar la dotrina. Yo, la verdad, como aún no sabía que era hermano del señor Pepe... Vamos, que me despaché a mi gusto: le llamé cucaracha, carca, tóo lo que me se ocurrió.
—¿Y dices que ese hermano trae revuelta la familia?
—¡Ya lo creo! Si no fuera por miedo a dar una pesadumbre al señor viejo, ya le había don Pepe plantao en mitá el arroyo. Figúrese Vd., señorita, que una de las cosas que más rabia le han dao al señor Pepe, ha sido que ha hecho reñir... Verá Vd.: la señorita Leocadia se hablaba con el señor Millán, mi amo; vamos, que eran novios, como quien dice, y el cura ha metío zizaña y los ha desapartao. Por supuesto, que no estarían muy encariñaos, porque no hubieran reñido así... tan fácilmente, ¿verdad?
—Pero tu amo y el señorito Pepe no han reñido.
—¡Quiá! ¿No ve Vd. que los dos están convencíos de que la culpa es del cura? A la madre la tié tonta a fuerza de rezos... ¡Ya sabe el señor Pepe a qué atenerse!
—¡Sí que son motivos de disgusto!
—Fuera de eso—continuó Pateta—siempre ha estado de buen humor: hasta cuando tuvo que dejar la carrera, que a poco entró en la imprenta... y como si ná: él, en trabajando, ya está contento. No sabe Vd. la vida que yeva: él aquí con su papá de Vd., él en la imprenta, él en el destino que ice Vd. que le quién quitar. Es una fiera pá el trabajo, y cuanto gana, a su casita. No gasta más que en tabaco y algún realejo que me da pá mí.
—Vaya, adiós; vete, no sea que nos vean—añadió Paz, alargándole en la mano una monedita de dos duros.
Pateta, sin desasirse de la verja, repuso sonriendo, y con entonación muy achulada:
—¡Quiá!
—¡No seas niño, toma!
—¡Quiá, no, señorita!; ¡si yo hago lo que hago por el señor Pepe; pero a mí no me da Vd. ni eso, ni tan siquiera un chavo!
Paz seguía con la moneda en la mano, más avergonzada que el chico.
—¿Me haces un feo?
—Eso no: y pá que vea Vd., deme usted esa rosa que tiene Vd. prendida en el pecho: luego yo se la doy a mi novia: Vd. tendrá muchas así, y de esas no se venden en la calle.
Paz, movida de un sentimiento de mujeril delicadeza, corrió a la estufa, cortó dos magníficas rosas y, dándoselas al chico, además de la que llevaba prendida, le dijo:
—Estas dos, las mayores, para tu novia: esta otra pequeña, la que yo tenía puesta, para Pepe: ¿entiendes? ¿Conque tienes novia?
—Pues, ¿qué cree Vd., señorita, que soy de palo? Entendido: las mayores pá mi chiquiya, y la otra pá el señor Pepe.
—Adiós, y de lo que hemos hablado antes, ni una palabra... chitito.
—Corriente: quede Vd. con Dios, señorita, y gracias.
Ella se entró en el hôtel y él desapareció tras las tapias de unos corralones cercanos.
Paz supo más de lo que esperaba averiguar. El origen de las cavilaciones de Pepe por la conducta de su hermano la disgustó sobremanera; pero lo que hizo en su pensamiento más mella, fue saber que Pepe trabajaba de corrector en la imprenta. El dueño de su albedrío era algo menos que un empleadillo.
Por causa análoga, Leocadia, la muchacha de condición humilde, sin esperanza de fortuna, se mostró esquiva con su novio: Paz, en cambio, sintió entonces hacia su amante una simpatía firme y serena, en que había algo de respeto. A medida que su diferente posición tendía a separarles, más se aferraba ella a su cariño.
Un suceso ignoraba Pateta, y también Pepe lo ignoró durante algún tiempo, que contado por aquél a Paz, hubiese podido sumarse al capítulo de culpas hecho contra Tirso: el rompimiento de Leocadia con Millán.
Despreciado por ella, puso él los ojos en otra. Había entre los cajistas de la imprenta uno casado dos años antes con una muchacha llamada Engracia, sastra, muy guapa, modosa, de dulce condición y digna de mejor trato que el que le daba su marido. Era el tal, jugador, holgazán, pendenciero, pero, sobre todo, borracho, y con tan mal vino, que su desdichada compañera podía contar las copas que empinaba por los guantazos y empellones que ella recibía luego. Escatimarla la comida, empeñar las ropas, trampear en la taberna y volver el sábado a casa con el jornal mermado por el vicio, eran sus principales hazañas, amén de mirar a la pobre muchacha con el mayor despego. A Engracia la casó su madrastra, prendera, que, según voz pública en el barrio, tenía gato, con propósito de quitársela de encima, y ella admitió los primeros requiebros del cajista por salir del poder de tan mala pécora. Mientras confió el mozo, y la prendera supo hacerle esperar, en que la boda le proporcionaría cuartos, ocultó sus mañas; pero verificado el matrimonio, libre la madrastra, sujeta Engracia y chasqueado el novio, comenzó éste a dar mala vida a la muchacha. Afortunadamente, sus brutalidades duraron poco. Cierta noche, al cerrar la taberna en que se había emborrachado, el dueño de la tienda le arrojó a torniscones, y él se quedó tumbado en la acera, sin abrigo ni gorra. Cuando llegó a su casa, de madrugada, tosía más que un asmático, y a los quince días murió en el hospital, dejando a Engracia un niño de pocos meses. Sus compañeros, como todos los de tan noble oficio, en que tales casos son raros, tenían formada una a modo de sociedad de socorros para auxiliarse en los trances duros de la vida, y acordaron entregar a la madre viuda una cantidad de dinero. Millán puso algo de su bolsillo y mandó a Engracia recado para que fuese a recoger el total. Poco después, con ánimo de socorrerla indirectamente, y sabiendo cuál había sido de soltera su oficio, la dio alguna ropa que arreglar, y, hoy un viaje de él a su casa, mañana una visita de ella a la imprenta, al cabo de algunas semanas, como esto coincidiese con el acentuado desvío de Leocadia, comenzó a fijarse en Engracia, requebrándola entre rudo y amartelado con una delicadeza a que ella no estaba acostumbrada. La hermosura de la viuda, su desamparo y la juventud de Millán hicieron lo demás. La mujer se manifestó luego cada día más cariñosa, medio agradecida medio amante; él instintivamente apreció sus cuidados, quizá fijándose en el contraste que formaban con la arisca condición de su antigua novia, y sus existencias se unieron, formando el hermoso maridaje de la desgracia y el consuelo bendecido por el amor. Lo que más cautivó el corazón de Engracia, fue la dulzura con que Millán trató a su chico. Acaso el tierno afecto de la madre no fue sino el premio espontáneo de las caricias que el niño recibía.
De todo esto no tuvo Pepe conocimiento hasta mucho tiempo después, y Pateta tampoco lo sabía cuando habló con Paz: de suerte que ésta lo ignoró por completo.