—¡Uf! ¡qué miedo! Mañanita vuelvo si se me antoja...
—¡Basta, hijos míos! Pepe, no te irrites—interrumpió don José con acento débil—no volverá, yo la suplicaré que no vaya... y preparadme la cena, que tengo mucha necesidad.
Cenaron en silencio y Pepe acostó a su padre, sin querer ajena ayuda ni cruzar con nadie la palabra: después se recogieron doña Manuela y Leocadia. Cuando iba Tirso a entrar en su cuarto, le dijo Pepe:
—Espera, tenemos que hablar: no es posible que continuemos así.
XXVII
La luz escasa de la lamparita, sucia y mal despabilada, iluminaba el comedor, donde menudeaban las señales de incuria y abandono. Pocos meses antes, los mismos objetos y muebles que allí había estaban limpios y ordenados: ahora el polvo velaba las tablas del aparador, grandes manchas de grasa afeaban las puertas a la altura de las manos, los visillos blancos del balcón parecían grises, los cojines en que don José apoyaba las piernas estaban medio destripados en el suelo, y el mugriento hule que servía de tapete a la mesa mostraba descosidas y colgando hasta la estera las tiras de su ribete de trencilla. Todo indicaba que los ojos de la madre y la aguja de Leocadia prescindían de lo que antes constituía su mayor desvelo; lo único limpio, nuevo y reluciente que allí quedaba, era el marco dorado que compró doña Manuela para la estampa de la Virgen.
—¿Qué quieres?—preguntó Tirso—¿Vas a seguir echándolas de amo? Habla y acaba pronto.
Pepe, dominando cuantos resentimientos abrigaba contra su hermano y dando tregua al encono, como si aún fuera posible devolver a la casa la tranquilidad perdida, no hizo caso de aquellas palabras ásperamente pronunciadas.
—Óyeme, Tirso: vamos a ver si es posible que tengamos paz. Empiezo por rogarte que me perdones cuantas frases desagradables me hayas oído desde que llegaste a Madrid: todo lo que te haya molestado, como si no lo hubiera dicho.
—Bueno, ¿y qué?
—¿Quieres prestarte a que vivamos todos en buena armonía? Por mi parte estoy dispuesto a todo género de sacrificios.
Las palabras de Pepe tenían acento de sinceridad, pero iban saliendo de sus labios tardas, premiosas; hablaba como hombre que, sin esperanza de éxito, cumple un mandato de su conciencia, tanto más enérgico, cuanto más súbitamente concebido; quería demostrar buena voluntad antes de desplegar la energía de que era capaz.
—Aquí puedes estar—añadió—en libertad completa: sólo te ruego que no distraigas a Leo y a mamá. Sé dueño de tus acciones, pero déjalas a ellas que cuiden de la casa. Parecen otras; mira cómo tienen esto, tan sucio; nunca ha estado así y, sobre todo, con lo que no transijo es con el abandono de papá: no quiero que vuelva a ocurrir lo de esta tarde.
—Es decir, que me cruce de brazos y vuelvan a vivir lo mismo que antes, como judíos.
—No entremos en apreciaciones: ¿a qué reñir? Tú puedes hacer lo que te acomode: déjalas a ellas que vivan como han vivido siempre; yo me encargo de encarrilarlas otra vez y de que esta casa sea lo que fue.
—Desbaratando lo poco que llevo hecho.
—Comprendo que, por tu estado, has de intentar ciertas cosas... Mira, no es posible que discutamos, porque no nos entenderemos; pero te haré una reflexión, nada más que una. Me parecería disculpable que hubieses tratado de que fueran a misa, hasta de que se confesasen; pero, chico, lo que sucede es horrible. ¿Es o no es verdad que mi padre está hoy aquí peor que en un hospital?
—¿Qué culpa tengo? Lo que ocurre es que las he hecho ver lo infame, lo horrible del olvido en que tenían a Dios, el peligro que corrían de condenarse y de que se condene nuestro padre: han comprendido que me sobraba razón, y han puesto el remedio.
—De modo que lo que urge es salvarse, y el prójimo que reviente; que yo me rinda a fuerza de trabajar para impedir que esta pobreza de hoy sea mañana miseria espantosa y, entre tanto, vosotros, a dormir a la iglesia, que está fresca en verano y abrigada en invierno, a vestir santos, limpiar altares y cantar jaculatorias porque el cielo es azul y porque la Providencia dispone la comida a los pajaritos del campo... Y yo, entre tanto, todo el día tronchado sobre la mesa, matándome a trabajar. No, chico, a eso no me avengo. Quiero que vivamos igual que antes; ellas en casa y para mi padre... tú, como gustes, nada te pido. Siempre tendrás aquí la cama y la mesa, con tal que no nos obligues a reñir unos con otros. ¿Quieres llevarlas a misa? Pues llévalas. ¿Quieres que visiten al Santísimo? ¡Por mí, que le envíen tarjeta! Lo que no tolero, es que dejen a papá solo y esté la casa hecha un asco. Yo no puedo permanecer aquí constantemente; y, además, su situación exige cuidados que un hombre no puede ni sabe darle. Consentiré que mamá y Leocadia sean devotas; pero antes tienen que ser lo que han sido hasta ahora, mujeres de su casa y enfermeras de mi padre. Por grande, por fervoroso que sea tu celo, es imposible que te ofusque hasta no dejarte comprender esto.
—Lo absurdo, lo inconcebible, es que me propongas que asista impávido a presenciar la vida que hacíais antes de mi llegada. ¡Ni un mal rosario había en la casa!
—Y vivíamos tan ricamente.
—Yo no puedo autorizar eso ni tolerar tus impiedades.
—Pues yo no quiero consentir lo otro. Sé religioso, pero cesa de ser fanático: verás cómo dejo de ser impío.
El ceño de Tirso y sus respuestas secas iban haciendo a Pepe perder la calma.
—Si te acomoda—continuó—estar de bruces todo el día y usar cilicio, aunque andes a gatas o te hagas un cinturón de escarpias, me tiene sin cuidado. En cuanto a ellas, que recen en casita; devoción a domicilio, la que se te antoje; pero tengo resuelto que mi padre vuelva a verse bien asistido y que Leo no tenga ocasión de perderse por ir a esa cofradía que ha puesto tienda de ropas. Con estas dos condiciones podemos vivir en paz. ¡Buen cuidado tendré yo de no discutir contigo! Me repugnan estas reyertas; pero, chico, lo de esta tarde me ha llegado al alma. Si papá se da el golpe un poco más fuerte, se mata.
—Lo que ha pasado hoy no tiene nada de particular. Si padre no hubiese querido levantarse...
—Si no le hubierais dejado solo... En fin, ¿te allanas o no a que vivamos en paz?
—¿Quieres que me resigne a veros vivir como masones? ¡Cuando empiezan ellas a comprender que lo que estaban haciendo no tenía perdón de Dios!
—Figúrate que has predicado en desierto, y no intentes más conquistas de almas. Para mí, antes que todo, está el reposo de la casa.
—Pues haz cuenta que nada hemos hablado.
—¿Insistes en convertir esto en un infierno con tu ridícula propaganda?
—Insisto en que mi hermana y mi madre no sean herejes.
—¿Y en que nuestro padre se muera a fuerza de disgustos y por falta de cuidados?
—A quien como él hace tan poco caso de la salvación del alma, debe importarle poco la vida.
—¡Basta! No blasfemes. Se acabaron las contemplaciones. Elige, y responde categóricamente. ¿Nos dejas en paz o te marchas? ¿Sí o no?
—¡Este es—exclamó Tirso amargamente—el fruto de las ideas modernas! Vive una familia en repugnante impiedad, un sacerdote, hijo de esa misma familia, se propone redimir de su ignorancia a los desdichados y, otro hijo, su propio hermano, le arroja de allí... es decir, lo intenta.
—¡Lo hace! ¿Piensas que por ser cura, y por invocar leyes divinas, que pierden en vuestros labios su grandeza, te asiste derecho a mantener en continua discordia una casa donde antes jamás se oía una frase más recia que otra? ¿Qué tienen que ver con esto las ideas modernas? ¿Ni qué hay de común entre vosotros, sectarios de una superstición infame, y la doctrina del Mártir que injuríais a cada paso? ¡Quemáis incienso en las iglesias, y propagáis por el mundo la pestilencia de vuestro egoísmo!
—Egoísmo el tuyo, que estimas la tranquilidad de tu vida en más que la salvación de tu padre. Vuestra impiedad sólo atiende a los dolores de aquí bajo: la Iglesia, con previsión admirable, busca la eterna bienaventuranza para el alma. Por eso removemos el mundo a nuestro antojo: ya lo ves, los hombres se alzan en armas para defender nuestra causa, la causa de la Iglesia Católica, eterna como la gloria de su fundador. A su seno vendrán los pueblos como lanchas de pescadores que arrolla la tormenta y se acogen al puerto.
—¿Para que vosotros les despojéis de su ganancia?
—Para señalar a las gentes el camino del bien y la verdad. El primer pueblo que reconquistemos será este.
—¡No! Es tarde. Ni la fe podrá recobrar el imperio del mundo, ni vosotros enseñorearos de España, donde vuestra influencia ha sido tan desdichada como la tuya en mi casa. Dirigisteis la educación nacional por espacio de trescientos años, y el pueblo no sabe leer; gobernasteis nuestras conciencias, y somos escépticos. Eso hicieron los de tu raza con el país en nombre de la religión, sembrando la ignorancia y la incredulidad, como tu fanatismo ha sembrado aquí la desdicha.
—He procurado contrarrestar el mal que causaba tu ateismo.
Pepe rechazó vigorosamente la acusación del cura, y entonces sus frases ganaron en alteza lo que perdieron en naturalidad.
—Te equivocas. A quien no es supersticioso llamáis ateo. ¡Yo ateo? No, Tirso: mi corazón ama a Dios mejor que el tuyo: mi Dios no ha menester homenaje ridículo ni dogmatismo absurdo. Tú le adoras en templos, que aun de día necesitan luz: yo en el fondo de mi conciencia, donde me basta para verle el resplandor de la caridad que Él me inspira. Tú has de postrarte como salvaje que hace sacrificios a un leño: yo le llevo en la razón, que no se arrodilla ante nadie. Tú has venido a traer al mundo, no la paz, sino la espada: yo soy de los que dicen con San Pablo: hermanos, ¡sois llamados a la libertad! La fe estéril es tuya: las obras fecundas son mías. Tus creencias te arrastran al proselitismo, que es la intolerancia y la persecución, o al ascetismo, que es la aberración del egoísmo y la negación de la vida social. Tu fe hace fanáticos, tu esperanza soñadores: mi caridad hace hombres. Vosotros embrutecéis a la mujer, como querido que la pervierte para dominarla; y, enseñándola un cadáver clavado en una cruz la decís: «ese es tu amante:» nosotros, cuando jóvenes, la poetizamos con nuestro amor, y luego la idolatramos como a madre. ¿Vosotros? vosotros la prometéis el reino de los cielos, para robarla el imperio de la tierra: nosotros la damos el corazón por trono. ¡Habláis de familia! Recuerda lo que has hecho desde que aquí entraste. Me has robado el cariño de mi madre, sin atesorarlo para tí, porque eres incapaz de comprender lo que vale; porque te basta el amor frío a las imágenes de palo. Has hecho que Leocadia riña con un hombre honrado y bueno, que podía haberla hecho feliz: y ¿para qué? para llevarla ahora a las reuniones de esa hermandad, donde la devoción es negocio y la piedad tercera de seducciones. Por culpa de tu maldito sermón me han quitado medio de trabajar, y lo que hoy es aquí escasez, será mañana miseria irremediable. ¿Acaso nos traerás tú ahora maná del cielo o dinero de San Pedro? Has entontecido a mi pobre madre hasta el punto de que, por vestir a una virgen, deje solo a papá, olvidándose de la pasión de toda su vida y manchando con mala vejez una existencia consagrada al cariño. Todo eso has hecho... ¡y dices que en nombre de Dios!
—¡Cien veces lo volvería a hacer! No tengo la culpa de que te hayan quitado el destino, ni de que tu madre descuide sus quehaceres. En más altas cosas me empleo. ¿Vienen males del Señor sobre la casa? Paciencia y resignación. Rico era Job y fue paciente y resignado cuando se vio pobre y zaherido; pero no perdió la fe. Te dueles de las cosas del cuerpo; yo atiendo a las del alma. ¿Echa padre algunas pequeñeces de menos?; yo estoy abriendo a madre el reino de los cielos. ¿Temes que Leocadia peque de liviana?; cuando llegó su espíritu a mis manos, ya estaba sucio de pecado.
—Si no fuera por la situación de nuestro padre, tu lenguaje me haría gracia. ¿Conque Job tuvo paciencia y Leocadia estaba sucia de pecado cuando, en vez de ir a corretear iglesias, atendía a las necesidades de papá? ¿Conque ahora, que mi madre casi ha perdido el juicio, es cuando estás abriendo para ella el Paraíso? Sí, ¿eh? pues ahora es cuando abro yo la puerta de casa para que te vayas. No quieres vivir con nosotros como hermano, ¿verdad? ¿Te empeñas en actuar aquí de cura? Pues ¡a la calle! Mañana te marchas, para no volver nunca.
—Eso, eso es—dijo Tirso al oír la palabra cura.—Aprovecha la ocasión que se te presenta para ofender a un sacerdote. Mis ropas, mis hábitos son los que te irritan. ¡Nada importa! Estos paños negros son en el mundo la bandera de la verdad y del bien; por eso la llevamos ceñida al cuerpo, para caer envueltos en ella.
—¡Bonita frase! apúntala para otro sermón carlista.
—Lo que apuntaré en la memoria, es la infamia que por odio a mi clase cometes conmigo.
—Te engañas. Si hubieses querido ser mi hermano, no me acordara yo nunca de tu sotana. Ahora, ya es tarde: harto veo que tu conducta no es fruto de la depravación del hombre, sino del celo del sectario. Unos ensangrentáis los campos; otros desunís las familias. En el monte usáis trabuco; en poblado os valéis del confesonario. Aquí has perdido la partida.
—¿Es decir, que me echas?
—Piensa bien lo que respondes. Tirso: ¿quieres vivir con nosotros como hermano, sin acordarte para nada de que eres clérigo?
—No.
—Entonces, vete y sé feliz, si puedes. No exijo, aunque lo mereces, que salgas ahora mismo de casa. Mañana podrás ver a papá por última vez, aunque no creo que te importe gran cosa; pero nada le digas. Luego, te marchas cuando quieras y envías por tus ropas. Sobre todo, sé prudente y evita que mi madre adopte cualquier resolución descabellada, ¿entiendes? porque te costaría muy caro.
Pepe pronunció las últimas frases con la serena altivez de quien, dueño de su voluntad y seguro de su fuerza, está resuelto a exigir obediencia: la menor provocación hubiese trocado en violencia su energía. La extrema palidez del rostro, demudado por la cólera, los labios trémulos y la terca obstinación de sus miradas, intimidaron a Tirso que, esquivando encararse con su hermano, le dijo fríamente:
—Abur.
—Ve en paz.
Entró el cura en su cuarto y Pepe en su alcoba.
Así se separaron.
Pepe se fue por la mañana temprano a su trabajo, evitando ver de nuevo a
Tirso: éste conversó breve rato con la madre y luego entró en la alcoba
de don José.
—¡Adiós padre—le dijo—hoy me marcho... ahora mismo!
El viejo, que la noche pasada había escuchado confusamente el rumor de la conversación de ambos hermanos, adivinó la causa de aquella despedida; mas nada hizo por evitarla. Su respuesta fue prueba de que comprendía cuanto había ocurrido.
—¡Adiós, hijo mío: sé dichoso y acuérdate alguna vez de nosotros!
—¡Adiós, padre; rogaré al Señor por ustedes!
En seguida Tirso sacó a rastra sus dos baúles hasta el pasillo, diciendo a Leocadia:
—Hasta luego: ya vendrán por eso.
Y bajó la escalera inmutable, con los ojos enjutos.
XXVIII
El remedio fue enérgico, pero tardío; la determinación de Pepe resultó estéril.
Tirso logró, por mediación de la Condesa, que, a más de su sueldo de capellán, le diera la cofradía habitación y luz, prestándose a ello las Hermanas cuando supieron que se trataba del agente encargado de facilitar la adquisición de los terrenos de don Luis de Ágreda.
Doña Manuela pasaba las mañanas en las iglesias, frecuentando hasta las más lejanas de su casa, y las tardes en la Limosna de la luz, de donde solía volver cuando encendían los faroles de las calles. Leocadia, obligada por la fuerza de las circunstancias y quizá temerosa de su hermano, cuidaba algo más al padre; mas también volvió a las andadas.
Una tarde, al regresar Pepe de la imprenta, la encajera del portal le dijo que la señá Manuela y la señorita acababan de subir.
—Pero, ¿han salido las dos?
—¡Anda! a media tarde ¡si paece que andan too el día pingando!
La situación llegó a ser insostenible: doña Manuela oía sin chistar los ruegos, súplicas y amenazas de su hijo, sin que de sus labios brotaran respuesta dura o frase desapacible, mas tampoco promesa de enmienda. Leocadia alardeaba de rebelde con tal descaro, que su hermano empezó a comprender que la lucha era inútil. No le quedaba más recurso que hacer solo frente a la desgracia, dedicándose a permanecer todo el día cuidando de su padre; pero aun esto era irrealizable, porque necesitaba ir a trabajar y no podía estar en dos sitios a la vez: atendiendo a su enfermo, ¿cómo ganar el jornal? yendo a la imprenta, ¿cómo asistir al padre?
La madre, rendida por los largos paseos que se daba para ir casi diariamente a la Limosna, hacía de mala gana la cena en las primeras horas de la noche y se acostaba, ansiosa de madrugar y oír misa tempranito; de modo que, obligada Leocadia a soportar el trajín y los quehaceres de la casa, todo lo descuidaba. La estrechez de recursos impuso economías, y entonces se resistió a sufrir ciertas privaciones y molestias. La cosa más insignificante era allí ocasión de disputa, y el último altercado era el de palabras más ágrias. Una tarde, al querer Pepe acostar a don José antes de lo acostumbrado, vio que no le habían hecho la cama, y como increpase a su hermana, repuso ella:
—¿Soy yo criada? Ya que te llenas la boca de que eres el amo, trae a casa quien te sirva. Haré la cama de papá; pero la tuya la haces tú... o tráete de doncella a la novia.
La falta de dinero dio margen a escenas repugnantes. Millán llevaba adelantados a Pepe dos meses de jornales; fue preciso deshacerse de cuanto tenía algún valor; el reloj de don José, el de Pepe y varios cubiertos de plata se malvendieron a un platero de portal; el dueño de la lonja de ultramarinos amenazó con no seguir fiando si no le entregaban algo a cuenta, y llegadas a tal extremo las cosas, aun se resistió Leocadia a empeñar una sortija de poco precio, que Pepe la regaló en tiempos más felices.
Un hecho de desgarradora elocuencia vino, por fin, a demostrar la imposibilidad de que continuara aquel desconcierto, fundado en la profunda variación sufrida por la madre y la hija. Una noche Leocadia volvió sola de La limosna.
—¿Y mamá?—la preguntó su hermano.
—Mamá no viene.
El muchacho, fuera de sí, resistiéndose a entender lo que oía, cogió a la chica por un brazo, oprimiéndoselo duramente:
—¿Cómo que no viene?
—¡No seas bruto! ¡Esto te faltaba, pegarnos!
—¿Por qué no viene mamá? ¡Responde!
—Porque ahora tienen guardia las vigilantas cada ocho días.
—¿Qué dices de vigilantas? ¿Qué tiene mamá que ver con eso?
—Si hubiéramos hecho lo que dije, no pasaría esto. Ella no te lo ha querido decir... y ahora aguanto yo el chubasco... Pues, nada, que la han hecho vigilanta y tiene una guardia por semana, y hoy le toca.
—¿Pero vigilanta de qué?
—De la hermandad. Las muchachas del taller van a las ocho, y a esa hora tiene que estar allí para que no alboroten y para distribuir o recoger labor.
Pepe la escuchó asombrado.
—¡Mi madre convertida en criada de monjas!—gritó con rabia. Los ojos se le arrasaron de lágrimas, y al cubrirse el rostro con las manos, por no entristecer más a su padre, vio que su precaución era inútil: el viejo lloraba también.
—¡Padre, padre de mi alma, nos vamos a quedar solos!—dijo, arrojándose en sus brazos.
—Tú no me dejarás, ¿verdad, hijo?
¡Qué larga se les hizo aquella noche! ¡Cuántos proyectos, qué de remedios imaginó Pepe, y con qué crueldad le dijo la razón fría que eran todos irrealizables! Don José, desvelado por la emoción sufrida, pasó en continua queja las horas, y aun así sufrió menos que su hijo: Leocadia se acostó desagradablemente impresionada, pero al poco rato se durmió: Pepe, sentado junto a la cama de su padre y apoyada en su misma almohada la cabeza, oyó sonar en el reloj todas las horas de la noche. Al amanecer abrió el postiguillo del balcón, y entonces la luz triste del alba, iluminando débilmente la alcoba, mostró vacío, junto al viejo, el sitio de la madre. La muerte y no la ausencia, parecía haberla arrancado de allí. Pepe miró hacia la cama y, al no hallar sus ojos la cabeza tantas veces besada, los cerró, como si fuera preferible cegar a ver lo que veía. Entrada la mañana, salió al comedor, llamando a Leocadia para que preparase el desayuno del padre, y la encontró en la cocina sentada en una silla, puesto ante otra el espejo, llena la falda de horquillas y concluyendo de hacerse un peinado complicadísimo.
A las nueve llegó doña Manuela, y Pepe, oyendo sus pasos en la escalera, la abrió la puerta antes de que llamase.
—Mamá—la dijo—no tengo autoridad sobre tí; pero reflexiona lo que estás haciendo y, si aún nos quieres...
No supo seguir y, arrojándose de rodillas à sus pies, la cogió una mano, que cubrió de lágrimas y besos.
—¡Hijo, por la Virgen del Carmen! ¡No es para tanto! ¡Ni que me hubiera muerto!
En seguida, viendo desde el pasillo que Leocadia estaba en la cocina, gritó:
—¡Mira, Leo, hazme a mí también chocolate, que vengo desfallecida!
Pepe se apartó para dejarla pasar, y sin poder ni querer contenerse, exclamó con ira:
—¡Maldito sea el fanatismo, que engendra tales cosas!
Millán permaneció en Ávila durante algunas semanas, hasta dejar establecida y en actividad la imprenta cuya fundación le fue confiada. Cuando regresó a Madrid, le dijo Engracia que Pepe había ido a verla casi todos los días, y que estaba agradecida a sus atenciones, especialmente a lo cariñoso que se manifestó con el niño; de suerte que Millán, apenas vio a su amigo, le dio gracias por el buen cumplimiento del encargo, y como estuvieran solos en el cuarto donde Pepe trabajaba, sin temor de que nadie viniese a molestarles, hablaron así:
—Sí, chico—decía Millán, aludiendo a sus relaciones con Engracia—la verdad es que me he encariñado con ella porque es muy buena. El muerto era un perdido, la trataba mal; ahora la pobre muchacha compara... y no sabe qué hacer para tenerme contento. Ya habrás visto lo hacendosa y lo limpia que es.
—Sí, tiene su casa como antes estaba la mía.
—De modo que siguen aburriéndote a fuerza de disgustos.
Contó Pepe a su compañero cuanto había ocurrido durante su ausencia, las consecuencias del sermón, el fanatismo de la madre, sus disgustos con Tirso, el modo que tuvo de echarle, y, por último, el deplorable extremo a que se veía reducido, refiriéndole, entre lloroso e irascible, cómo había faltado doña Manuela a dormir una noche a su casa, por ser vigilanta en la Limosna de la luz.
—Eso no tiene arreglo.
—He pensado en un remedio enérgico, brutal acaso, pero fuera de él no hallo otro, y para ponerlo en práctica necesito tu ayuda... y la de Engracia.
—No adivino.
—Dada la situación de mi padre, es insostenible el estado de mi casa: de continuar así, ni ellas le cuidan ni yo trabajo. El día que menos lo espere, mi madre se queda en ese convento de los demonios, sin que haya fuerzas humanas que la arranquen de allí. No puedes figurarte su actitud: no disputa ni contesta a mis reflexiones; calla y hace lo que quiere. Con Leocadia, la cosa varía: a cuanto digo, responde que lo que debo hacer es buscar dinero... y, en el fondo, no le falta razón.
—Pero, ¿cuál es el remedio que has imaginado?
—¿Cuánto supones tú que pueden darme por ser sustituto de uno que no quiera ser soldado?
—Muy duro me parece el sacrificio.
—A mí también; pero no veo otro camino de salvación. ¿Cuánto crees que me darían?
—Agenciándolo bien, ¿qué sé yo? a lo sumo, cuatro o cinco mil reales.
—Con eso tendría bastante para pagar lo que debemos y hacer frente a la situación; pero luego necesitaría tu apoyo.
—Cuenta con él.
—Mi proyecto es el siguiente: primero, buscar esa cantidad por el medio indicado: y luego, tener una entrevista seria con mi madre, ver si sé hablarla al corazón, aunque no espero nada. Si se hace cargo de la realidad, atiende a razones y promete enmienda, aún podemos vivir en paz: yo me mataré a trabajar.
—No te hagas ilusiones.
—En ese caso, tomar el dinero de la sustitución, pagar las pocas deudas y...
Vaciló, sin atreverse a continuar.
—Habla, hombre, ¿qué más?
—Entregarte todo lo que me reste, y rogarte que te lleves a mi padre a casa de Engracia. Durante tu ausencia he visto lo limpia, dulce y trabajadora que es. Estoy seguro de que le cuidaría bien. Por de pronto, ya digo, de esa cantidad te daría todo lo que pudiera, y en adelante, lo que conviniéramos con arreglo a lo que yo tuviese.
Millán guardó silencio.
Pepe, casi temeroso de una nueva decepción, añadió:
—Chico, no sabes lo harto que estoy de sufrir: hasta he pensado en llevarle a los incurables; pero me harían falta recomendaciones que no tengo, y no podría ver a mi padre cuando quisiera... mientras que en casa de Engracia...
—¿Querrá ella?—dijo el impresor.
—La he hablado, y dice que sí; pero que nada resolverá sin tu consentimiento.
—Pues por mí... hecho—repuso Millán, sin valor para negar.
La expresión con que Pepe le miró, fue señal de su agradecimiento.
—Un gran inconveniente veo,—continuó Millán:—advierte cómo está todo; la guerra arrecia por momentos, dicen que hay partidas hasta por Andalucía. ¿Has pensado que estás expuesto a tener que salir a que te rompan el alma por esos campos en cuanto te agreguen a un regimiento? Reflexiónalo despacio.
—Todo lo he pensado.
—¿Y qué dirá tu novia?
—¿No tengo que renunciar a mi madre? Después de esto, ¿qué desengaño he de temer? A pesar de todo, tengo confianza en ella.
—¿Estás resuelto?
—Si vosotros me hacéis el favor que os pido, sí.
—Cuenta con nosotros y, sin embargo, créeme: antes trata de ablandar a tu madre.
—No tengo esperanza de lograr nada, pero lo intentaré.
—Falta un cabo por atar. Supones, y desgraciadamente no te equivocas, que tu hermana y tu madre irán a parar a la maldita cofradía: pero, ¿vas tú a quedarte en medio de la calle?
—He pensado en todo. Cuando el buñolero con quien vivía Pateta supo que tenía amores con su hija, no se opuso a las relaciones, pero dijo al chico que no le parecía bien que siendo novios siguieran bajo el mismo techo, y el muchacho está hoy en una casa de huéspedes que le cuesta muy poco: con él pienso irme.
—Poco te durará la compañía, porque Pateta entra en quinta estos días.
—¡Quién sabe si la suerte nos juntará por esos mundos!
—Pues no hay más que hablar: ya lo sabes; y si desgraciadamente llega el caso...
—Me llevo a mi padre a tu casa... quiero decir, a la de ella.
—Es lo mismo—añadió Millán sonriendo.
No quiso Pepe que su padre se enterase del triste proyecto que fraguaba hasta tener que llevarlo a cabo, y para evitar que le oyese hablar con la madre, al otro día de la conversación con Millán se fue a buscarla al convento de las Hijas de la Salve, donde tenía su centro la hermandad llamada Limosna de la luz.
Hallábase situado el tal convento entre los cementerios viejos y el depósito de aguas del Lozoya, destacando su oscura mole de ladrillo rojizo sobre la terrosa campiña a que ponían término las cumbres del Guadarrama. Cuando Pepe divisó el sombrío edificio, que con sus muros llenos de ventanas chatas y con rejas, antes parecía cárcel moderna que asilo religioso, las lágrimas se le vinieron a los ojos. Era un caserón enorme, ancho y bajo, como ávido de extenderse sobre el suelo que lo soportaba, sin torrecilla esbelta que realzase su construcción, sin huerto que lo sombreara ni campanario que elevase al cielo la cruz de su veleta: la puerta, claveteada de hierro, parecía de castillo, y a muy larga distancia no había en torno de los recios paredones árbol, planta, ni enramada alguna, cual si los jugos de la tierra se negaran a hermosear con su verdor la obra del egoísmo humano... Era la hora de salir las educandas externas: cerca de las tapias se veían parados varios carruajes, y otros, a cuyas ventanillas se asomaban cabezas de muchachas ávidas de aire libre, corrían en dirección a Madrid, donde, según lo lejano de aquel sitio, llegarían al cerrar la noche. Pepe pensó con rabia en el fanatismo que hacía a su madre volver desde allí sola y a pie cuando en la casa gruñía por no ir a la botica, que distaba cincuenta pasos... Aguardó impaciente a que se fueran los últimos coches, esperando que doña Manuela saliera presto; mas trascurrido un buen rato, se resolvió a llamar y adelantó hacia la puerta. Aún se detuvo unos segundos: sentía repugnancia de entrar. Por fin llamó, oyose dentro el sonido de la campana y abrió una mujer vestida de suerte que, sin ser el traje religioso, quería parecerlo.
—¿Hace Vd. el favor de decirme si es aquí donde está establecida la Limosna de la luz?—preguntó—y como le respondiesen afirmativamente, añadió:
—¿Se ha marchado ya doña Manuela Resmilla, una señora que es vigilanta?
—¿Qué deseaba Vd?
—Vengo a buscarla. Tenga Vd. la bondad de decirla que está aquí su hijo.
—¡Ah! ¿es Vd. hermano del padre Tirso? Pase, pase Vd.
Hiciéronle atravesar un ancho corredor dado de cal, con alto zócalo de azulejos, y entró en un cuarto espacioso, donde todo el mueblaje consistía en un par de docenas de sillas de Vitoria, y en uno de cuyos muros se veía una estatuilla de la Virgen de Lourdes con las manos cruzadas sobre el pecho, túnica blanca y faja azul. Al tiempo de llegar Pepe, se marchaban dos señoras con una niña: era la última educanda que salía. Allí permaneció solo unos minutos, nervioso, contrariado, sin poder estarse quieto y mirando hacia las ventanas, donde los barrotes de hierro cortaban con cruces negras la claridad del espacio, en que la luz iba faltando. Como oyera de pronto a su espalda ruido de pasos, se volvió; mas no era su madre la que llegaba, sino una monja. Traía la cabeza metida en una cofia blanca, bajo la cual resaltaba un rostro brillante, hasta parecer erisipeloso, de facciones menudas y redondas. El hábito era de un gris ratonesco, y pendiente de la cintura llevaba un enorme rosario con cuentas como nueces, gran cruz de cobre y medallas de santos. Su voz era falsamente suave; el acento y giros que empleaba, muy franceses.
—¿Está Vd.—dijo—quien pregunta por la mamán del padre Tirso?
—Sí, señora; soy su hijo y vengo a buscarla.
—El caso es que... es lastima que haya usted dado un paseo tan largo; pero ya hoy doña Manuela no saldrá... hase su guardia... es su día... que le toca hoy.
—No importa, señora. Suplico a Vd. que la pase recado: ya he dicho a Vd. que soy su hijo.
—Como Vd. guste, señor; pero estará inútil. Una ves que ya se ha entrado en la guardia, non se puede salir.
—Dígala Vd. que he venido yo mismo, que está aquí su hijo.
No le sugería el pensamiento frase más poderosa.
La monja afectaba tranquilidad; pero la entonación que Pepe daba a sus palabras, no era para inspirar confianza. Tornó ella a salir, quedose él otra vez esperando más desazonado que antes, y en un abrir y cerrar de ojos apareció de nuevo la del hábito ratonesco diciendo de mal talante:
—Señor, era equivocasión; esa señora ha salido ya; era error que cometíamos; no estaba, hoy que hasía su guardia. Elle est partie.
Era indudable el engaño: doña Manuela allí debía estar y se negaba, o aquellas gentes, de acuerdo con ella, evitaban que saliera, lo cual indicaba claramente su propósito de pasar la noche sin volver a casa, como había hecho ya una vez.
La resistencia hubiera sido inútil. Por fortuna, Pepe lo comprendió así, y, aunque acibarada el alma, rebosando hiel el pensamiento, resolvió aguantarse. ¿Qué podía hacer? ¿Dejarse llevar por la cólera, promover un escándalo, y tras no conseguir nada ser llevado a la cárcel, si aquellas mujeres requerían el auxilio de las autoridades? ¿Con qué derecho iba a turbar la paz del santo asilo? ¿Por sacar de allí a su madre? Años tenía la buena señora para obrar por su propia cuenta. Sus reflexiones fueron tan amargas como exactas.—«Todo es en balde: armo un alboroto, grito, insulto a estas mujeres, llamo a mi madre... cierran la puerta, mandan venir una pareja... y mi padre se queda solo, sabe Dios hasta cuándo.»
—Está bien, señora—dijo;—pero no es fácil engañarme. ¡Mi madre está ahí dentro! Dígala Vd., de parte de su hijo, que, si quiere, pronto podrá quedarse aquí para siempre.
—Adiós, señor—repuso secamente la del hábito.
Salió Pepe al corredor que comunicaba con el zaguán, y al atravesar el cruce de dos pasillos vio claridad de luz artificial en una puerta entornada: atraídos sus ojos por el resplandor, miró, y tras aquella puerta vio a su madre, que estaba espiando su salida. Sin poderse contener, avanzó para entrar; mas cerraron por dentro, y al cerrar, la falda de doña Manuela quedó presa entre las hojas de la puerta: ella entonces tiró con violencia del vestido, y en seguida se oyeron pasos como de cuerpo viejo que huía trabajosamente.
—¡Mamá! ¡Mamá!
Su voz robusta pareció grito de niño abandonado.
Oyose un violento portazo, dado ya en habitación lejana, y aquella horrible respuesta resonó en sus oídos más triste que caer de tierra sobre féretro.
Un instante después estaba fuera: el portón de las Hijas de la Salve giró sin ruido sobre sus goznes; Pepe permaneció unos instantes junto a la misma entrada del convento, inmóvil, vencido del dolor, queriendo y sin poder llorar... Anduvo unos cuantos pasos... Miraba y no veía lo que tenía delante... El eco del portazo no se apagaba nunca en sus oídos. De pronto, acordándose de su padre, apretó el paso, y de allí a poco se internó en las calles de Madrid.
XXIX
En veinte días quedó realizado el proyecto de Pepe. Un agente de los llamados corredores de quintos tomó a su cargo el asunto, y como el interesado se hallaba dentro de todas las condiciones exigidas por la legislación de aquel tiempo, no hubo entorpecimientos; que a veces la suerte facilita los intentos tristes tanto como suele estorbar los halagüeños. Gracias a la escasez de sustitutos, los que por entonces se prestaban a serlo eran relativamente bien retribuidos. Quedó pactado que, aparte la ganancia del mediador, recibiría Pepe cerca de cinco mil reales. Un caballero, amigo de Millán, prometió después interesarse para que fuese destinado al batallón de escribientes o a la imprenta del Ministerio de la Guerra, pues lo principal era evitar que saliera de Madrid, propósito difícil de conseguir durante aquellos días, en que los poderes públicos se veían obligados a echar mano de todos los cuerpos e institutos militares para combatir la insurrección carlista, que ya merecía el maldito nombre de guerra civil. Pepe entró en caja, siendo destinado a un regimiento; pero las recomendaciones buscadas por Millán fueron tan eficaces que, merced a ellas, pudo hacerse a favor de su amigo una de esas combinaciones en que la interpretación de las leyes se amolda a los antojos de la influencia. Primero ingresó en una de las oficinas de la Dirección de Infantería, con permiso para dormir en su casa, y a las pocas semanas, como era bachiller, previo cierto examen que exigía la legislación vigente, fue ascendido a alférez y destinado a prestar servicio en el mismo centro militar. Con esto y los cinco mil reales, la situación de la familia mejoró bastante. En don José, que con los años y el dolor iba haciéndose egoísta, pudo más el orgullo de tener hijo de tales arranques que el miedo a las consecuencias de su hermoso rasgo. Por otra parte, el temor de que le destinaran al ejército de operaciones le parecía amenaza de un mal lejano y demasiado horrible para ser fácilmente admitido como inmediato.
Lo que no corrigieron los 5.000 reales, ni era remediable con todos los tesoros de la tierra, fue la conducta de doña Manuela, que desde la tarde en que Pepe estuvo en el convento acentuó su actitud, fundada en el silencio y el alejamiento del hogar. A semejanza de estudiante calavera que está en su casa lo menos que puede, ella iba a la suya a las horas en que Pepe trabajaba, temerosa de tropezar con él, y cada cuatro o seis días se quedaba una noche a dormir en la hermandad. Leocadia se hizo cargo de la asistencia del padre, pero de mala gana, sin renunciar a las visitas a la sala de ventas ni dejar de frecuentar la capilla. Desde por la mañana conocía Pepe cuándo tenía intención de salir, viéndola dar cien vueltas a los pocos trapos que tenía y peinarse como dama que va de baile: algunos días lo evitaba, otros transigía, recelando que una disputa lo empeorase todo. Ya imaginaba que iba haciéndose llevadero su infortunio, y tal vez no fuese necesario recurrir al extremo de trasladar a don José a casa de Engracia, cuando simultáneamente se le echaron encima dos contrariedades de tal magnitud, que cada una por sí sola era bastante a precipitar aquella resolución. Ambos golpes se anunciaron con amagos.
Una tarde, la encajera del portal, destinada a darle malas nuevas, le detuvo y le habló así:
—Tengo que icirle a Vd. una cosa, señorito... pero no se va Vd. a enfurruñar conmigo.
Hizo él al oírla un gesto, que equivalía a un ¿por qué?, y prosiguió la vieja:
—Misté, don Pepito, la verdá, me han dao intenciones de callarme, porque... Vd. ya lo sabe, en deciocho años que yevo aquí, mayormente nunca me he metió en ná. Pero... en fin, que me da lástima de Vd.
—¿Qué ocurre? ¡Hable Vd!
—Permita Dios que me equivoque; pero me se figura que el día menos pensao le van a dejar a Vd. plantao, sin tener quien haga tan siquiera la cama al papá.
—¿Mi hermana...
—Dio Vd. con ello: la señorita me paece que se va a torcer. Unas veces viene un mozo de cordel a traerle cartas; otros días baja ella y, ahí arriba, en los soportales de la calle Imperial, enonde está la cubería, se ponen a hablar: él no es mu jovencito; es un cabayero ya formal, ¿entiende Vd.? pá una joven lo peor.
—¿Está Vd. segura?
—Como de que estos pelos fueron negros—repuso, mostrándole el moño encanecido.—Yo, la verdad... si hubiá sido otra cosa, vamos al decir... novio toas las chicas lo tienen; pero que se hable con un cabayero... ma parecío mu feo, porque los señores, cuando buscan mocitas... ya sabusté pa lo que las quieren...
Pepe, avergonzado y mohíno, esquivó la mirada: la ira y el rubor le sellaron los labios.
—¡Me está Vd. dando lástima! Vamos, don Pepito, que no sé como tié Vd. pacencia. La señá Manuela, con los años, es más vieja que yo, no sabe ya lo que se pesca; pero esa chica, si no la ata Vd. corto, se va a hacer una estrozona... de esas que andan por ahí.
—Descuide Vd., que yo pondré remedio. A ella no le diga Vd. nada, y muchas gracias por el aviso.
El segundo disgusto fue adquirir el convencimiento de que, tal vez muy pronto, le agregarían a un cuerpo y que, en cuanto esto sucediera, tendría que salir de Madrid el día menos pensado.
La guerra, extendiéndose y encarnizándose, obligaba al Gobierno a emplear recursos extraordinarios: a cada noticia del levantamiento de partidas o del engrosamiento de las que ya existían, era necesario enviar nuevos refuerzos a las Provincias Vascas, a Cataluña, a Navarra y al Maestrazgo. El Ministerio de la Guerra, las Direcciones de las Armas y otros centros militares, estaban llenos de soldados y oficiales que, protegidos por recomendaciones, habían encontrado medio de burlar su mala suerte, librándose de incorporarse a sus batallones; y el abuso adquirió tales proporciones, que fue preciso evitarlo.
Cuando más tranquilos estaban los interesados, se dio la orden de que, en el plazo de tres días, todos los individuos colocados en las dependencias del Ministerio en los seis últimos meses ingresaran en sus respectivos cuerpos, cualquiera que fuese su procedencia; y como esto significaba la ineludible precisión de salir a operaciones de la noche a la mañana, Pepe decidió llevar a término su propósito. Respecto a su padre, todo lo tenía previsto: lo que había de hacerse era tan sencillo como triste; trasladarle en una camilla a casa de Engracia, y llevar luego su cama, sus ropas y algunos muebles, más útiles para conservados que para vendidos. La dificultad estaba en la determinación que tomaran doña Manuela y Leocadia. ¿Qué harían? De obstinarse en seguir viviendo en la calle de Botoneras, ¿con qué recursos? Y para buscar otra habitación, ¿de qué medios dispondrían? No se ocultaba al claro entendimiento de Pepe que, aun estando harto de razón, no debía arrojar a la calle a su madre y su hermana; mas también veía que el fanatismo de doña Manuela y la ulterior conducta de Leocadia podían dar por resultado durante su ausencia el total abandono del pobre viejo.
—Habla tú con ellas—dijo Pepe a Millán, tratando de esto. A mí me falta valor, y puede también que me falte calma.
—Veré a tu madre... Con Leo no hablo.
—Como quieras.
—¿Cuándo te parece que dispongamos el trasladar a tu padre?
—Eso se hace en una mañana. Lo principal es que las hables. ¡Si las tocara Dios en el corazón! ¿Y qué hago yo si no quieren irse de la casa?... y aunque se presten a ello, ¿dónde se van a meter y cómo van a vivir? ¡Parece mentira que hayamos llegado a tener que pensar en esto!
No quiso Millán buscar a doña Manuela en su casa, por no ver a Leocadia; mas deseoso de cumplir el difícil encargo de Pepe, fue a la Limosna de la luz. El primer viaje lo hizo en balde: doña Manuela se negó a recibirle. A la segunda tentativa, le dijeron que no podía salir porque estaba en adoración, pero que rogaba dijera al capellán, su hijo, lo que tuviese por conveniente.
Entró Millán en el mismo cuarto de visitas donde días antes fue recibido Pepe, cuando pretendió ver a su madre, y a los pocos minutos se presentó Tirso. A pesar de lo muerto que, por obra del cariño de Engracia, estaba el amor de Millán a Leocadia, la presencia del cura le impresionó desagradablemente, recrudeciéndose en su corazón el enojo hacia aquel hombre, que dio al traste con sus primeros amores. No se resistió por ello a habérselas con el cura: la ocasión venía rodada para tratarle sin miramientos y, además, siempre era mejor entenderse con él que con su madre, cuya bondad pasada no existía, y cuya cortedad de entendimiento no se habría, de fijo, corregido. Prefirió el riesgo de tener una escena violenta con el hombre, a la perspectiva de luchar con la debilidad o la resistencia pasiva de la anciana.
—¿En qué puedo servirle?—le preguntó Tirso.
—Vengo de parte de Pepe. (Sentándose).
—¿Qué quiere ese desdichado?
No era necesario tanto para acibarar el diálogo.
—Pues ese desdichado ha tenido un rasgo, para salvar a su padre de la miseria, que no sé si Vd. sabrá apreciar, ocupado, como aquí está, en cosas más serias...
—Supongo que no habrá Vd. venido a ofenderme ni a profanar esta santa casa—repuso el cura, poniéndose en pie.
Millán continuó imperturbable, hablando sin levantarse de su asiento.
—En pocas palabras pondré a Vd.. al corriente de lo que ocurre. Pepe no podía ver con indiferencia que la miseria se le iba entrando por las puertas de la casa y que sus esfuerzos eran inútiles para evitarlo. El aseo, el orden, el arreglo y la economía de doña Manuela y de Leocadia, ayudaban antes a que la familia viviera en paz y desahogadamente; él, con su trabajo, buscaba lo que hacía falta, y ellas, con sus habilidades y cuidados, suplían lo que el dinero no lograba.
—Vivían desdichadamente sin Religión...
—Vivían felices sin reñir nunca por nada, sin que hubiese entre ellos la menor desavenencia, hasta que Vd. llegó a Madrid. A los quince días varió la decoración.
—Repito que no toleraré...
—Un poco de paciencia y acabaremos pronto. Traigo propósito de que me oiga usted. En unos cuantos meses, no sólo han llegado a escasear todos los recursos, sino que la actitud de doña Manuela y de Leocadia esteriliza los pocos de que se puede echar mano. Un hecho hay que refleja lo que sucede: esa pobre señora ha llegado al extremo de faltar a su casa por la noche. En cuanto a Leocadia, ¡sabe Dios como acabará! pero se me figura que no se inclina al amor místico. La jubilación de don José está empeñada no sé por cuántas mensualidades, y lo mismo sucede con todo lo que a esa familia le quedaba de algún valor. Pepe no podía sostener la casa sin ayuda de su madre y su hermana; el jornal que gana en mi establecimiento era insuficiente... No ignora Vd. los gastos que ocasiona la enfermedad de su padre. Para terminar, Pepe ha adoptado una resolución propia de su carácter: ha entrado en el ejército como sustituto, para poder disponer de una cantidad de alguna consideración que le permita hacer frente al conflicto; y en vista de que ya no tiene, o como si no tuviera, madre ni hermana, ha resuelto que don José viva en compañía de quien le cuide y atienda. Hemos procurado que Pepe no saliera de Madrid; pero las circunstancias pueden más que nosotros, y ha sido destinado a un cuerpo que quizá de un momento a otro reciba orden de marchar...
—Y ¿qué tengo yo que ver con todo eso?
—En una palabra, Pepe se hace cargo de su padre, porque comprende que dejarle con doña Manuela sería peor que dejarle solo. En cuanto a esa señora y su hija, mi amigo no puede tomar igual determinación, y, aunque la adoptase, sería en balde. ¿Ella no quiere recibirme? Pues Vd. verá lo que deciden.
—Yo, ¿qué he de decidir? Nada.
—¿No entiende Vd., o no quiere entender? Don José va a ser trasladado en breve a la casa elegida por su hijo. Esas señoras resolverán lo que estimen oportuno.
—En plata; que su amigo de Vd. arroja a la calle a su madre y a su hermana.
—Quien se hace cargo de don José, para que al menos muera tranquilo y entre sábanas limpias, soy yo; ¿se entera Vd.? y a mí no me acomoda cargar con más gente.
—¿Sabe Vd. la responsabilidad que contrae?
—No he venido a pedirle a Vd. consejo, sino a decirle que, tan pronto como sea necesario, sacaremos a don José de la casa de la calle de Botoneras, y que, a partir de ese momento, Pepe renunciará a cuanto hay allí, excepto la cama de su padre y algunos otros trastos. De todo lo demás, que disponga doña Manuela.
Calló Millán, esperanzado con que el cura, viéndose en la obligación de amparar a las dos mujeres, se brindase a darlas consejos de prudencia; pero lejos de esto, sonrió, fingiendo calma, para exasperar a su interlocutor, y dijo:
—De modo que Vd. ha venido a notificarme la expulsión de mi madre y de Leocadia. ¡Cómo ha de ser! ¡No imaginé que ese infeliz se atreviese a tanto! ¡Dios le perdone! Yo me hago cargo de ellas. Es decir, a mi madre, que ya es vigilanta de los talleres de esta hermandad, haremos que se le disponga aquí el cuarto a que tiene derecho. La Religión acoge a los maltratados por la impiedad. En cuanto a Leocadia, veré si consigo la protección de estas santas mujeres... El Señor no nos abandonará... Diga Vd. a mi hermano que lo que hace no tiene perdón de Dios. ¡Este es el resultado de sus ideas y de su falta de creencias!
—Dejémonos de recriminaciones, y vamos a ver si la buena voluntad de todos enmienda los yerros pasados. ¿Cree Vd. que pueda ponerse aún remedio al mal?
—¿No viene Vd. a decirme que mi hermano se desentiende de mi madre y de Leocadia?
—Ya que ha sido Vd. autor del daño, intente Vd. algo para aminorarlo. ¿Quiere usted aconsejar seriamente a doña Manuela que no olvide los deberes de su situación, que cuide de su casa y su marido, en fin, que vuelva a ser la buenísima mujer que fue siempre? Reflexiónelo Vd... y evitará grandes desgracias.
—Sí, y de paso evitaré que tenga Vd. que cargar con el enfermo.
Enfadado Millán con tal grosería, sólo atendió a mortificar al cura.
—No hablemos más—le dijo—es Vd. incapaz de comprender el rasgo de su hermano, ni el deseo que me ha traído aquí. Ha hecho Vd. en su familia el papel de la zizaña en el sembrado.
—¡Parece mentira que se atreva Vd. a hablar así trayendo el mensaje que acabo de oír! ¡Y aún tienen ustedes valor para acusarme! Este es el fruto que han dado el infame ateismo de mi hermano y la punible tolerancia de mi padre. Vea Vd. cuán fundados eran mis temores. Ni siquiera ha tenido valor para venir él mismo.
—Dé Vd. gracias a Dios de que no lo haya hecho, que no hubiese Vd. salido bien librado. Pepe está seguro, y con razón, de que usted es el responsable de cuanto está ocurriendo. La irritación de su ánimo es tal que, la verdad, más vale que no se vean ustedes.
—Obré como me aconsejaba mi conciencia. No tengo la culpa de que, por haber comprendido mi madre y mi hermana que debían variar de conducta, hayan llegado las cosas a este punto. En fin, esto se acabó; mas tenga Vd. presente que yo no he sido quien ha causado la ruina de la casa: yo no hice sino recomendar la observancia de los deberes religiosos. En cuanto a lo de que mi hermano pudiera propasarse conmigo,—añadió sonriendo como guapo amenazado—mire Vd., tampoco a mí me faltan bríos.
La descarada sonrisa del cura y su ademán de amenaza, sacaron de quicio a Millán.
—No necesita Vd. insistir en ello: conozco esa mansedumbre perfectamente sacerdotal.
—¡Caballero!
—Hombre, casi me alegro de que me haya usted dado ocasión de desahogarme. Con los santos, mucha humildad; con los hombres, todo soberbia. Por dar lustre al altar, sería usted capaz de lavarlo con sangre, y robar para adornarlo. Aquí concluyó nuestra entrevista. Ahora, recomiende Vd. a su madre que haga penitencia, o que bese alguna reliquia, para que Dios la perdone el mal causado.
Tirso tuvo miedo, no al hombre, al escándalo, y sin desplegar los labios siguió a Millán con la vista, hasta que se cerró tras él la puerta.
XXX
Pepe aguardó el resultado de la entrevista en un cafetín de las afueras cercano al convento. Allí esperó largo rato de codos sobre el mármol de la mesa, con la garganta seca por el mucho fumar, mortificada la imaginación por la impaciencia y mirando sin cesar a un reloj colocado en la parte alta del mostrador y cuyas lentas manecillas le parecían pegadas a la esfera.
El local estaba casi desierto: los parroquianos de por la tarde se habían ido, y para los de la noche era temprano. Sólo quedaban, junto a una ventana, un corredor del matute paladeando medias copas en compañía de un tendero de ultramarinos, y al extremo opuesto, en lo más oscuro del local, una chula y su novio, que en voz baja se decían ternezas envueltas en desvergüenzas.
Iba faltando la claridad del día: muros, banquetas, espejos, baquetones dorados, todo se borraba, sorbido por las sombras, percibiéndose sólo, entre la oscuridad creciente, las superficies brillantes y rectangulares del mármol de las mesas. El matutero y el ultramarino se despidieron amistosamente, tal vez pensando cada cual haber engañado al otro. Después, un mozo que dormitaba sentado en un diván, se levantó a encender las lámparas de petróleo sobrepuestas a los aparatos de gas, y entonces, la pareja chula, disgustada con la iluminación, pagó y se fue.
Pepe, poseído de una tristeza rayana en la desesperación, carecía de calma para coordinar las ideas: esforzábase por adivinar lo que hubiera ocurrido; pero sus suposiciones y conjeturas quedaban suspensas, como truncadas por la inacción del pensamiento, que no podía fijarse ni insistir en nada. En vano quería, ahondando con la memoria en lo pasado, recordar algún rasgo, alguna acción de su madre que permitiera suponerla capaz de ocasionar fríamente la dispersión de la familia: todo esfuerzo era inútil, nada podía recordar que arguyese en contra de la que siempre fue buena y cariñosa. La doña Manuela posterior a la llegada de Tirso, parecía borrada de la imaginación de Pepe, surgiendo en su lugar la madre amantísima, la de antes, como si le repugnase considerar nada que aminorase la grandeza del bien que iba a perder. Los errores, las culpas y faltas de aquellos últimos meses, se desvanecían ante el recuerdo de los mimos de la infancia, las caricias de la juventud y los cuidados de siempre.
De pronto se abrió la puerta de cristales, que daba a la ronda, y entró Millán, yendo a sentarse junto a su amigo. Venía mal encarado, con los ojos aún abrillantados por la ira.
—¿Qué ha sucedido? ¿La has visto?
—No me han dejado verla. La batalla ha sido con tu hermano.
—¿Y qué?
—Lo peor... Es necesario que tengas valor y sangre fría. ¡Me han dado ganas de pegarle! Tu madre se queda de vigilanta, no hay poder humano que la arranque de allí; pero lo más irritante es que adoptan el papel de víctimas, y dice Tirso que, abandonadas por tí, él procurará que las recojan... en fin, un secuestro en regla, sin que podamos hacer nada para evitarlo. Además, sería imposible encontrar juez que se atreviera a meterse con la hermandad o lo que sea.
Pepe, sin contestar, dejó caer tristemente la cabeza sobre el pecho. El mozo que se había acercado a preguntar a Millán lo que quería tomar, se alejó, sin atreverse a pronunciar palabra.
Tras unos segundos de silencio, esforzándose por parecer sereno, Pepe se limpió el rostro con el pañuelo, diciendo:
—¡Sea lo que Dios quiera! ya no me importa nada lo demás. Confío en que Engracia y tú cuidaréis de papá: me iré tranquilo.
—¿Pero es seguro que te obliguen a salir de Madrid?
—Inevitable: el regimiento ha recibido ya la orden. Hoy es jueves: mañana o pasado nos darán no sé qué cosas por administración militar, para completar los equipos, y al otro por la tarde nos vamos.
—¿El domingo?
—Sí.
—Siendo así, de hoy al sábado tenemos que llevar a don José a casa de Engracia.
—No hay otra solución. ¿Cómo he de dejarle expuesto a que mi madre y Leo se desentiendan de él en absoluto? Mientras ellas alumbran al Santísimo, se muere mi padre el día menos pensado, sin tener quien le ampare. Mañana te daré también el dinero que me queda: con llevarme quince o veinte duros, tengo de sobra. No habrá muchos que lleven más.
—¿A qué hora lo hacemos?
—El sábado por la mañana iré yo a despedirme de Paz. ¡Me cuesta un trabajo!..... Casi me dan ganas de escribirla, y nada más. Luego, por la tarde, a la hora que quieras. ¿No me dijiste el otro día que conocías un médico de la casa de socorro? Como papá no puede ir por su pie, y el encajonarle en un simón sería incómodo porque no podría llevar las piernas extendidas... si lograses que nos dejaran una camilla...
—Cuenta con ella. ¿Tienes seguridad de estar libre a la hora que convengamos?
—Sí: la recomendación que me procuraste para el coronel lo allana todo: me ha dicho esta tarde que basta con que esté desde temprano a su lado el día de la marcha, es decir, el domingo.
—Pues, chico, no hay más que hablar, y paciencia.
—¿Crees que no debo intentar ver a mi madre? ¿No piensas que se ablandaría si yo la hablase?
—No te dejarían; y además, te conozco. Vas allí, armas una marimorena horrorosa, y nos echamos encima otra complicación.
—Quizá tengas razón.
—Respecto a don José, puedes estar tranquilo: aquella le cuidará bien, y yo... vamos, me parece una tontería hacer promesas.
—Vámonos; quiero pasar las noches que faltan con mi padre.
—Convengamos antes la hora. ¿Te parece bien a las tres?
—Como quieras. Yo lo tendré todo dispuesto.
—¿Qué muebles piensas enviar a casa de Engracia?
—Entre mañana y pasado mandaré una cómoda, un armarito, una lámpara y dos banastas con ropa: la cama y la butaca, el potro, como papá la llama, no podrán llevarse hasta el último momento.
—Bueno; pues ya lo sabes, por si antes no nos vemos: el sábado a las tres, sin falta, voy con la camilla.
—Asunto terminado.
Ya anochecido, salieron juntos del café y Millán dejó a su amigo cerca de la calle de Botoneras.
Pepe pasó toda la noche junto a su padre. Hasta las nueve conservó esperanza de ver llegar a la madre; pero, poco más tarde, vino sola Leocadia, diciendo que doña Manuela se quedaba de guardia. En aquel momento sufrió el pobre muchacho el verdadero desengaño y, perdida toda esperanza, acostó al padre. Apenas hablaron. El viejo, en quien el egoísmo y el temor a la falta de asistencia hacían gran mella, preguntó a su hijo:
—¿Tienes seguridad de que esa chica me tratará bien?
—Sí. Engracia está perdidamente enamorada de Millán y, por tenerle contento, se esmerará en cuidarte. En realidad no has de serles gravoso, porque yo les dejo dinero para cuanto necesites.
—Y ¿crees que tu madre no vendrá?
—No lo espero, papá; no hablemos más de eso. Me parece mentira lo que está pasando.
—A mí también.
—Vaya, a descansar.
—No podré, hijo mío; no podré.
Media hora después, estaba profundamente dormido.
Con arreglo a lo convenido entre Pepe y Millán, el viernes llevó un mozo
a casa de Engracia varios muebles, en diversos viajes, y dos banastas de
ropa, quedando en la calle de Botoneras la cama y la butaca de don José,
que no podrían sacarse de allí hasta ser trasladado el enfermo. El
sábado, Pepe se vistió temprano para ir a despedirse de Paz; y su
hermana, sospechando, por el traje que se ponía, cuál era el objeto de
su salida, corrió a avisar a Tirso.
Pepe, entre tanto, se avió pronto, con propósito de llegar al hôtel antes de que don Luis concluyera de vestirse y saliera al despacho, seguro, por este medio, de poder hablar un rato con su novia. En el camino estuvo dos veces a punto de volver pies atrás: por fin, el deseo de verla pudo más que el temor de la separación. Al entrar en el cuartito de la biblioteca, donde había nacido aquel amor que era la única alegría de su vida, casi le faltaron fuerzas. Creía que, con el tormento de pensar en su madre durante la pasada noche, había agotado todos los sufrimientos imaginables; y, al ver cercano el momento de alejarse de Paz, sintió que aún le cabía en el alma más dolor. ¡Qué grande y hermoso apareció, en cambio, a sus ojos, el cariño de su amante! ¡Qué contraste formaba aquella pasión desinteresada con la conducta de su madre! Ésta debió consagrarle la vida, y huía de él, trastornada por una aberración, sin que con el amor maternal supiera vencer al fanatismo, mientras la señorita, colocada en esfera propicia a despertar ambición y orgullo, le ofrecía su porvenir, sin que lo lejano del bien a que aspiraba enfriase el fervor de sus promesas, sin que le arredrasen la desigualdad social ni la pobreza del hombre a quien quería.
Apenas oyó Paz el ruido de los pasos de Pepe, fue al despacho.
—No nos van a dejar solos más que unos minutos: Papá está concluyendo de vestirse: dime lo que hay, pronto.
—Me voy mañana.
—¿No hay esperanza de evitarlo?
—Ninguna: mañana, sin falta.
—¿Y tu madre?
—Todo ha sido inútil: se queda en el convento.
—¿Y tu padre?
—Esta tarde le llevo a casa de mi amigo Millán.
—¿Es cosa resuelta?
—Sí.
—¿Tienes confianza en mí? ¿Crees que yo puedo ofenderte, sea cual fuere lo que te diga?
—No, alma mía. Habla sin miedo.
—Mira, Pepe: yo tengo ahorritos de lo que papá me da todos los meses para alfileres: muy poco... ¿lo quieres? No para tí, no; para tu padre.
—No, vida mía, gracias: no quiero nada.
—Pues dime que no te ofendes porque te lo haya dicho.
—Tú no puedes ofenderme, aunque quieras.
Paz cogió a su novio la mano, y viendo que llevaba en ella el anillo que le había dado, se la acercó a su pecho, oprimiéndosela fuertemente, mientras, mirándole con fijeza, le dijo:
—Te llevas mi alma, Pepe, y la promesa de que no seré de nadie más que tuya.
—Yo te juro que ni he querido, ni querré nunca más que a tí.
Ella entonces, en un arranque de impudor admirable, sin sombra de torpeza en el pensamiento, le echó al cuello los brazos, murmurando suplicante en su oído:
—¡Bésame!
Y él, estrechándola contra su corazón, la besó en la boca y en los ojos.
Pocos instantes después entró don Luis, y oyendo las causas de la determinación de Pepe, le prometió interesarse en favor suyo para facilitarle pronto regreso a Madrid con destino a cualquier oficina militar: diole él gracias y se despidieron. Paz, al verle marchar, se entró a su gabinete, y desde allí, apoyada la frente en la vidriera del balcón, le vio perderse entre los árboles del paseo, como el primer día que se hablaron.
En seguida se echó en una butaca y lloró, sin que el dejo dulcísimo de aquel beso, que aún creía sentir sobre la boca, bastase a mitigar la amargura que la inundaba el alma.
XXXI
Sabedor Tirso, por Millán, de la resolución que adoptó su hermano, y enterado, por Leocadia, de cuándo había de despedirse de Paz, creyó llegado el instante propicio para dar el golpe que fraguaba. Desde que, primero la Condesa de Astorgüela, y luego las personas que para ello tenían autoridad en las Hijas de la Salve, le encargaron que procurase quebrantar la entereza de don Luis de Ágreda respecto a su negativa en lo de la cesión del terreno que poseía inmediato al convento, no dejó de pensar en el asunto, pero sin hallar modo de acometer la empresa con esperanza de éxito. Dirigirse en derechura al señor de Ágreda, era bobada: un hombre de sus antecedentes políticos no se expondría por nada del mundo a que otro senador más avanzado le arrojase al rostro en plena sesión el dictado de protector de monjas; y en cuanto a determinar la intervención de Paz, entendía que era expuesto.
Si la muchacha no se interesaba eficazmente en el asunto, nada podría lograrse; y si se le ocurría consultarlo con su novio, el fracaso era indudable. La base del plan habría de ser, forzosamente, malquistar a Paz con el hombre a quien amaba, eliminando de esta suerte una influencia contraria al logro que se apetecía. En un principio pensó Tirso que el tiempo y su santo celo harían lo demás: según sus cálculos, tras el profundo dolor de Paz, vendría el agradecimiento a su salvador, que acaso se convirtiera en consejero. Hasta imaginó que, si por temor a su padre no llegaba a recibirle en su casa, le buscaría en el sagrado tribunal de la penitencia, lo cual facilitaría que las Hijas de la Salve vieran cumplidos sus deseos, al par que él, prodigando consuelos a la víctima del amor mundano, quizá la indujese a desear la verdadera perfección cristiana, trocando los peligros de la pasión y las impurezas del matrimonio por el himeneo místico con el Unico que jamás engaña. Luego, sospechando que el tiempo y el celo que él empleara podían estrellarse contra el imperio que el amor ejerciese en el corazón de aquella mujer, para él desconocida, optó por obrar con mayor energía, y de tal modo, que el asunto tardase muy poco en resolverse. Su primer pensamiento fue jesuítico y solapado: la decisión a que se inclinó, más conforme a su carácter franco y violento. Harta paciencia tuvo para no intentar nada hasta aquel momento. Cuando Leocadia le dijo que Pepe, a juzgar por la ropa que se puso, debió ir a despedirse de su novia, Tirso, resuelto a llevar las cosas de prisa, determinó ver dentro del mismo día a la muchacha, fiando, mucho más que en su propio ingenio, en la emoción que había de causarla la sorpresa.
Estaba Paz sola en su cuarto, tristemente impresionada con la despedida
de por la mañana, todavía en ropas de levantar, sin gusto para
engalanarse, descuidado el vestir y no muy enjutos los ojos, cuando
entró la doncella diciendo que un sacerdote deseaba hablar a la
señorita. Creyó ésta que venían a pedirle limosna o ayuda para alguna
obra de caridad, como a veces acontecía, y mandó que entrase el recién
llegado. A los pocos instantes, en el gabinete, alegre y claro como un
día hermoso, apareció la severa figura de Tirso, cuyos manteos semejaron
enorme mancha negra arrojada sobre la alfombra blanquecina y los muebles
de matices pálidos.
—Tome Vd. asiento, y tenga la bondad de decirme en qué puedo servirle.
—Vengo, señorita, a tratar un asunto de la mayor importancia—y al decir esto se sentó, algo cohibido por el aspecto de aquella habitación, que parecía impregnada de cierto encanto mujeril para él desconocido.
Paz, comprendiendo que no se trataba de una obra de caridad, y como no adivinase cuál era el objeto de la visita, repuso:
—Papá ha salido.
—No deseaba ver a su papá, sino a usted misma, señorita.
—Entonces, Vd. dirá.
—Ante todo, la ruego que tenga en cuenta que sólo por circunstancias verdaderamente graves me he tomado la libertad de venir a importunarla. Se trata de un serio disgusto de familia, del cual, por desgracia, va Vd. a participar.
Paz se acordó entonces repentinamente de que el hermano de su novio era cura.
—¿Usted es el hermano de Pepe?—le dijo con viveza.
—Efectivamente, señorita. Vengo a cumplir un deber muy penoso para el sacerdote y para el hombre.
—¡Pronto, por favor, dígame Vd. lo que ocurre! ¿Le sucede a Pepe algo malo?
Su fisonomía se alteró por completo: Tirso comprendió que estaba realmente enamorada.
—Pepe se va—dijo, afectando tristeza.
—Lo sé. Esta mañana se ha despedido de mí. ¡Mire Vd. cómo tengo los ojos de llorar!
—Así están los de mi hermana y mi madre, señorita.
—¿Y qué puedo yo hacer, pobre de mí? Usted, como no está en antecedentes, no sabe el cariño que le tengo; es imposible que lo imagine Vd... Si él me hubiera dicho lo que proyectaba, vamos, yo lo evito. Hasta me hubiese echado a los pies de mi padre confesándoselo todo; en fin, ¡qué sé yo!... pero no se hubiera marchado. Ahora, ¿qué hemos de hacer?
—Todo ha sido inútil. Ni el ver llorar a su madre... ni el estado de nuestro padre... no ha tenido consideración a nada. No reconoce más ley que su capricho.
—Le juzga Vd. con demasiada dureza.
Tirso, sonriendo amargamente, extendió las manos, como quien dice: «ahora lo veremos,» y la interrumpió con estas palabras: