Pepe participó también, en cierto modo, de ese sentimiento que tiende a ocultar al prójimo la propia miseria. Hubo una persona a quien no tuvo el valor de confesar que trabajaba en la imprenta de Millán, y esa persona fue su novia, la señorita de coche, como la llamaba Leocadia. Pepe había dicho claramente a Paz la situación de su familia; que su padre era un antiguo y modesto funcionario de Hacienda; que él tuvo que abandonar la carrera por falta de recursos para seguirla, ateniéndose a un empleo concedido casi por caridad; pero no pasó adelante: nada dijo de la imprenta, del apoyo de Millán, de las galeradas, ni de sus tareas de jornalero. En un principio no fue completamente franco por aquella misma pícara vanidad de Leocadia, y después por falta de valor: aun conociendo a Paz como llegó a conocerla, tuvo miedo a decirla:—«El hombre a quien amas, tú, la señorita rica, mimada por la fortuna, va por las noches a ganarse un jornal que cobra los sábados como los herreros y los albañiles.» Imaginó que la perdería: era a sus ojos enteramente absurdo que Paz, después de saber esto, siguiera enamorada de él. La vida moderna le ofrecía a cada paso ejemplos de hijas de familias poderosas a quienes por un capricho amoroso había que casar con un mal periodista, con un abogadillo, con un cualquiera, aún de lo más pobre de la clase media; pero, ¿quién vio jamás en estos tiempos que una señorita hecha a pisar alfombras y ceñirse el talle con sedas, entregara la mano a un jornalero? Pepe calló, sin temor a que ella supiera toda la verdad, pero sin valor para decirla con sus propios labios. Al oírla exclamar con frecuencia entre apasionada y mimosa: «¡Pepe mío, cuánto te quiero!» le acometían impulsos de revelarla aquello que él ocultaba como una infamia; pero luego, contemplándola vestida con todos los primores del lujo, retiraba las manos o se las examinaba al descuido, temeroso, como su hermana, de hallar impresa en ellas la sucia mancha del trabajo.
IV
Don Luis María de Ágreda, senador electivo, gracias al patrimonio e influencia que tenía en su pueblo, era uno de los antiguos progresistas obstinados en sobrevivir a su partido; de aquellos que ponían sobre todo la Soberanía Nacional, y para quienes la España contemporánea no produjo sino cuatro hombres de gran valer: Mendizábal, por la desamortización; Espartero, por haber vencido al carlismo; Olózaga, por haber hablado antes que nadie de los obstáculos tradicionales; y Prim, por seguir sus huellas.
La fortuna de don Luis, con ser respetable, no era sino resto de lo mucho que gastó su padre en conspirar contra Sartorius y Narváez; pero lo que mejor heredó fue un grande amor al partido progresista, mucha antipatía a la demagogia, que se le antojaba cosa pagada con el oro de la reacción, y una repulsión invencible a moderados y carlistas. Los trabajos de don Luis en juntas y comisiones del partido; los artículos, proyectos y dictámenes que escribió, serían incalculables, e infinitas las veces que proyectó terciar en los debates; pero jamás tuvo ánimo para romper a hablar en público ni para enviar dos cuartillas a un periódico. No era tonto y lo parecía, porque sin tener realmente influencia entre los suyos, imaginaba que su consecuencia y lealtad debían darle mayor importancia de la que gozaba, resultando algo vanidoso. Como la palabra obedecía mal a su pensamiento, huía los diálogos largos y las conversaciones en corro, limitándose a hacer signos de afirmación o negación con la cabeza, y cuando más, a decir frases concisas, que tomaban en sus labios tono de sentencias pretenciosas. Muchos le consideraban como hombre formal, pero de cortos alcances, y algunos le trataban de burro serio. Aquéllos andaban más cerca de lo cierto; porque sin ser don Luis una inteligencia privilegiada, era honrado y de carácter firme, aunque algo agriado, por imaginar que debía brillar y bullir más en su partido.
Lo que constituía su verdadero título de gloria, para quien llegase a saberlo, era la educación que dio a su hija. A los treinta y dos años enviudó y se propuso que Paz, cuando él faltara, estuviese en condiciones de vivir por sí, sin ajeno auxilio, que supiera manejar su fortuna y aprendiese a conocer su corazón, para no dejarla expuesta a rapacidades tutorescas ni a errores de su inexperiencia. Muchas veces la dijo:—«Has de saber cuánto tienes, duro por duro; y has de pensar siempre en lo que vayas a hacer, para que ni el prójimo te robe ni tú te engañes.»
Paz estuvo una temporada de tres años en un colegio dirigido por monjas, lo cual no era muy del agrado de su padre; pero ¿qué hacer, si no había en Madrid otro linaje de casas de educación? Allí aprendió a escribir con bonita letra, a hablar bastante bien en francés y rudimentos incompletos de muchas cosas: de coser poco, de bordar algo y de rezar mucho. Sin salir del colegio sabía también cuanto ocurría en Madrid, hasta interioridades de familias que a nadie importaban; pero, por lo visto, para las madres no había secretos; así que, los domingos de salida, don Luis se maravillaba escuchando a su hija cosas que él no oía ni a los murmuradores del Casino. Esto, y un tantico de vanidad que se fue despertando en el alma de Paz, indujeron a su padre a sacarla del colegio-convento; mas aunque quiso hacerlo con gran tiento y circunspección, tuvo por fin que ser enérgico, porque las santas mujeres habían procurado atraerse la voluntad de la niña. ¿Les indujo a ello la bondad de Paz? ¿Ambicionaron la conquista de su preciosa voz para la capilla? ¿Prendáronse quizá del entusiasmo con que era de las primeras en gastar sus ahorros de colegiala rica comprando, ya la sabanilla del Cristo, ya la toca de la Virgen, ya el encaje para el paño del altar? Ello fue que un día de fiesta, no pudiendo don Luis ir a buscarla, envió con el carruaje a una parienta, quien a la hora del almuerzo volvió sola, refiriendo que la buena madre había dicho que mademoiselle Paz no salía. Don Luis, pensando que su hija estaba mala, fue inmediatamente a verla y, a disgusto de la superiora, hubo que traer la niña a presencia del padre, quien pasó un rato muy malo observando que su Paz, sin estar castigada, ni enferma, se allanaba de buen grado a permanecer allí, en vez de irse a pasar el día con él. Por fin consiguió que su hija le siguiese, y aquella noche no la permitió volver al colegio. «Aquí no hay más madres que yo»—dijo don Luis—y desde entonces se consagró al cuidado y educación de su hija, sin perder por eso su desmedida afición a la cosa pública. Las cartas de la superiora y las embajadas del capellán, hicieron en vano esfuerzos por recobrar la oveja descarriada, mas no lograron que tornase al redil. De allí en adelante, don Luis toleró que Paz, de tarde en tarde, gastara algo en sabanillas, mantos y encajes, pero no la dejó volver a poner los pies en el convento. La mansedumbre, que es gran virtud, evitó que las monjas se ofendieran: no salió de sus labios palabra de reproche, nada intentaron para exacerbar la devoción naciente, quizá la vocación frustrada de Paz; pero tampoco se olvidaron de recordarla en días determinados y festividades solemnes que en un extremo de Madrid había una santa casa que se honraba con haberla tenido por discípula y a la cual debía enviar de cuando en cuando alguna limosna para obras de caridad, algún ramo de flores para aquel altar, en cuyas gradas se arrodilló tantas veces.
Como Paz era buena, el tesoro de cariño que halló en su casa la hizo olvidarse pronto del colegio, y aquella afición mongil se apagó como con la mano. La libertad de acción, el sano orgullo de mandar en su casa como dueña y, sobre todo, el habilidoso amor de padre, ahogaron a tiempo el piadoso secuestro que pudo haber sobrevenido. Bastaron unas cuantas semanas de esta vida, y el colegio, antes impregnado de cierta poesía plácida, quedó reducido en la imaginación de Paz a un conjunto de recuerdos fríos e incoloros. Al cabo de un año don Luis, escogiendo con cautela las casas donde la llevaba, comenzó a presentarla en la titulada buena sociedad, con lo cual sus galas y tocados la preocuparon mucho más que antes la ropa de las santas imágenes: el gabinete lleno de primores y el lecho mullido le fueron más gratos que el frío dormitorio y la estrecha cama de colegiala; las flores que se ponía en el pelo cortadas por su mano en el jardincito de la casa, destronaron a los ramilletes de trapo de los altares; y para colmo de impiedad, la primer sinfonía de Mozart que oyó tocar sonó en sus oídos más grata que las letanías, salves y motetes.
La serie de impresiones que Paz experimentó pisando salones de casas extrañas, no fue, sin embargo, tan agradable como la que sintió entrando a reinar en su propio hogar. A poco de vivir con su padre, la enteró éste de sus negocios, explicándola en qué consistía su fortuna, ayudándose de ella para el manejo de intereses, con lo cual Paz llegó a persuadirse de que don Luis era un hombre honrado, y el origen de cuanto tenía decente y limpio. En cambio, comenzó a ver que ni todas las casas ni todos los hombres eran como su casa y su padre. Aunque incompleto y velado por la educación y la hipocresía, el mal llegó claro a sus ojos, causándola una sensación parecida a la que sufriría quien, hecho sólo a respirar aire puro, entrara de pronto en una atmósfera viciada. El instinto suplió a la picardía, el ingenio a la malicia: no pudo la imaginación desentrañar las causas de las cosas, pero vio los efectos y fue bastante para que se le entrase al alma un miedo sano.
En su espíritu hubo dos impulsos simultáneos: el despertar a la inquietud moral de la vida y la desconfianza de hacer a nadie partícipe de sus emociones. Con su padre tenía toda la sinceridad posible; mas esos misteriosos deseos, esas dudas ingenuas que la mujer reserva para dichas en voz baja al elegido de su corazón, no salieron de sus labios. Las frases galantes y las lisonjas la infundían una previsión desasosegada, un terror vago que la impedía mostrarse complacida: era semejante a un pájaro que tuviese miedo a la red. Cuando algún hombre halagaba su oído con ternezas o la pedía esperanzas, ella, involuntariamente, se acordaba de tantas infelices mal casadas y parejas desavenidas, de los hogares que parecían fondas, donde marido y mujer acusaban indiferencia, desvío, cuando no repugnancia. El amor propio no la dejó renegar de su hermosura; pero su instinto la señaló un peligro en su riqueza. Ser querida por sí, le pareció fácil: saber cuál amor sería sincero, lo juzgó imposible. Hubiera querido disimular el bienestar de su casa, y a veces sentía impulsos de extravagantes humoradas, ansia de ocultar su facilidad de logro, a semejanza de esos príncipes que viajan de riguroso incógnito para agradecer la simpatía que inspiren y oír el lenguaje de la franqueza. «El mejor traje—solía decir—es el que más disimula lo que cuesta.»
Una tarde vio Pepe entrar en la biblioteca del Senado un caballero como de cincuenta años, alto, canoso, con el rostro enteramente afeitado y de aspecto excesivamente limpio, que dirigiéndose al principal encargado, le dijo:
—Vengo a pedir a Vd. un favor. ¿Podrá Vd. recomendarme uno de estos muchachos que tiene Vd. aquí, a sus órdenes, para que venga unas cuantas mañanas a mi casa y me ayude a poner en orden mi librería? Me han hecho los estantes nuevos, y hay que trasladar los libros de sitio. Un chico juicioso, ¿eh?
—¿Oye Vd. esto?—preguntó el jefe a Pepe, y dirigiéndose al caballero, añadió.—Nadie más a propósito: su formalidad y su ilustración le servirán a Vd. mucho. Casi es abogado...
El que hizo la petición miró a Pepe, y con la autoridad que le daban sus años, le habló así:
—Vamos a ver, joven. A un muchacho, aunque no lo necesite, nunca le viene mal un puñadillo de duros. ¿Ha oído Vd. lo que hemos hablado? ¿Quiere Vd. venir a mi casa unas cuantas mañanas?
—Sí señor, y haré lo posible por complacerle.
—Bueno, pues cuento con Vd. ¿Cuándo empezaremos? porque yo lo tengo allí todo revuelto.
—Cuando Vd. quiera.
—Mañana mismo. Le espero por la mañana a las once.
Cuando se hubo marchado, Pepe dio las gracias al bibliotecario y le preguntó quién era aquel señor.
—Es don Luis María de Ágreda, senador, muy buena persona. De estos que no hablan nunca, y progresista a la antigua, pero muy rico. No hace más que asistir a las votaciones, aunque está diciendo siempre que va a hablar... y nunca habla.
Después le dio las señas de la casa de don Luis y se separaron.
V
Acudiendo a la cita del señor de Ágreda, a las diez y media de la mañana siguiente entraba Pepe en el hôtel que aquél habitaba, situado al final de la Castellana. Atravesó el jardín, pequeño y bien cuidado, subió las escalerillas, llenas de macetas, que parecían estar custodiando dos magníficos perros de bronce, y entró en el despacho, que formaba parte de la planta baja.
El piso era de maderas ensambladas, las colgaduras magníficas, cómodo y lujoso el mueblaje; todo acusaba mucho dinero. La mesa indicaba orden, gran pulcritud y poca labor: cuanto había sobre ella estaba bien colocado; pero sin que se notase en nada la confusión, propia del trabajo continuo. Los libros eran pocos, ricamente encuadernados, y sin señales de manejo frecuente: no debían ser aquellos los que era preciso ordenar. En dos testeros de pared cubierta de un papel muy oscuro rameado de oro, había dos retratos de mujer. En uno, el traje y el peinado a la moda de 1850, pero, sobre todo, la pintura, lamida como rebuscando finezas, delataban la mano de uno de aquellos artistas que conservaron reminiscencias del estilo elegante de don Vicente López, sin haber adquirido el vigor de los buenos pintores contemporáneos nuestros. La dama estaba peinada con el pelo hecho dos grandes ondas, muy alisadas, y tenía las facciones parecidísimas a la retratada en el otro lienzo; pero resultaba la belleza de la primera más completa y armónica. A pesar de esta diferencia, se parecían tanto, que era fácil adivinar su parentesco. Debían ser madre e hija, a juzgar por la edad que representaba cada una y por la diferencia de los trajes. El retrato de la más joven era una doble maravilla, por el modelo y la factura. Un trozo de impalpable gasa la cubría los hombros, a modo de gola antigua; tenía el rostro casi en sombra, los ojos ceñidos de un livor oscuro, ligeramente inclinada hacia adelante la cabeza y puesta entre el pelo una pluma de color de rosa, ingrávida, suelta, que parecía pronta a moverse al más ligero soplo.
Los dos balcones del despacho daban al jardín y, a través de los listones de las persianas caídas, se veía una pequeña estufa con plantas de flores costosas, destinadas a morir en los búcaros de un gabinete o prendidas en el pecho de una mujer bonita. Completaban el adorno de los muros unos cuantos grabados ingleses, un retrato de Olózaga, en litografía, con dedicatoria autógrafa, y un título de coronel honorario de la Milicia Nacional del 54, encerrado en rica moldura y expedido a favor del padre de Paz.
De pronto entró don Luis.
—Me gusta la puntualidad. Venga usted conmigo, y verá Vd. si hay aquí para rato.
Penetraron en una habitación contigua, enteramente llena de libros, donde tres estantes de roble nuevos y vacíos ocupaban otras tantas paredes, mostrando sus enormes huecos de madera limpia, recién labrada e impregnada del olor al barniz. En el centro había una gran mesa, también llena de libros, y además libros por todas partes: en el suelo, encima de las sillas y amontonados en los rincones, todos revueltos como en casa donde anduvieran de mudanza.
Aquel día no ocurrió más sino que don Luis dio algunas instrucciones a Pepe y éste comenzó a poner en orden los volúmenes, marchándose enseguida con el tiempo preciso para almorzar antes de ir al Senado. Al salir de la casa, tranquila la imaginación, sólo se hacía una pregunta: «¿Qué gente será ésta?»
Tres mañanas llevaba Pepe de buscar tomos para juntar los de distintas
obras, colocando éstas luego lo mejor posible, cuando al cuarto día,
estando en el despacho despidiéndose de don Luis, oyó de pronto abrir
cautelosamente una puerta a su espalda y una voz de mujer preguntó:
—¿Puedo entrar?
Era la señorita del retrato, la de la pluma color de rosa. Llevaba puesto un traje casero muy sencillo, blanco, corto, huérfano de adornos y cuyas mangas descubrían los brazos: mostraba el cuello desahogado y libre; el pelo húmedo hacia las sienes, y la tez algo encendida, como azotada por el frescor del agua. La figura se destacó por claro sobre el cortinaje oscuro, semejando personaje de dibujo fantástico. Sorpendida al ver que don Luis no estaba solo, se detuvo un instante sin soltar el tirador de la puerta, dudando si adelantar o volverse.
—¿Estorbo?
—No, hija, entra.
Pepe, que se disponía a marcharse, la saludo; contestole ella, y cogiendo de sobre la mesa un periódico, se puso a leer. La escena fue rápida, casi muda: el aparecer ella y el despedirse él, ocurrió en un momento. «¡Qué bonita es!»—se decía luego Pepe al echar a andar, ya fuera de la verja del jardinillo de la casa.
Durante las mañanas sucesivas, don Luis entró en varias ocasiones a ver cómo llevaba el muchacho su trabajo, que cundía poco, porque el rato que pasaba allí era corto. Los armarios se iban llenando, sin embargo, y don Luis observó que, al mismo tiempo de guardar los libros, Pepe tomaba nota de ellos en unas tarjetas grandes, para formar un índice. Esto le gustó: el chico debía ser listo. Paz entró también alguna vez a buscar a su padre, y llegó a cambiar con Pepe frases triviales. Un día hablaron del tiempo, otro de un reciente y criminal atentado contra los Reyes. El lenguaje de ella era el propio de una señorita bien educada que no se desdeña de conversar con aquellos a quienes la fortuna no espropicia: el de Pepe era respetuoso, casi tímido, de hombre no hecho a pisar casas tan bien puestas ni a tratar con señoras de aspecto tan aristocrático.
Un día Paz, ya vestida para salir con su padre, estaba esperándole en el despacho, mientras Pepe, con la puerta de comunicación abierta, escribía en el cuarto de los libros papeletas para el índice. Paz leía un periódico, en pie junto a un balcón; Pepe, aprovechando la ocasión, la miraba disimuladamente, entre plumada y plumada. La muchacha era preciosa. Su talle sin artificio que la oprimiera exageradamente, tenía al cambiar de postura movimientos que acusaban formas esbeltas de curvas admirables. El pelo, casi negro, recogido y alisado con extremada modestia, avaloraba la blancura mate y dorada de la tez, vivificada por venas finísimas y azuladas. Las facciones muy graciosas y menudas, sin mezquindad, formaban una fisonomía móvil y animada, como la de aquellos serafines de Goya, inspirados en los rostros picarescos de las hijas del pueblo. Los ojos, de un azul oscuro y limpio, traían a la memoria el cielo de las noches serenas de Granada, y los labios, que a veces esmaltaba de blanco mordiéndoselos ligeramente con un movimiento involuntario, parecían una flor de matiz encendido. La boca, roja como herida reciente, y el azul límpido de los ojos, inspiraban ideas distintas, siendo la severidad de su mirada, guarda puesta en defensa de la dulzura de los labios.
No sintiendo Paz ningún ruido en el cuarto donde estaba Pepe, ni siquiera chocar de libros contra tablas, ni el resbalar de la pluma sobre el papel, dirigió la vista hacia el muchacho y le sorprendió mirándola; él bajó la cabeza y prosiguió escribiendo, disgustado, temeroso de que aquello la pareciese mal, y Paz se desvió un poco del sitio donde leía, pero naturalmente, sin ademán de enojo. Al cabo de un rato, al colocar Pepe unos libros en su sitio, volvió a mirarla sin que ella entonces pudiera verle. En cambio él la contempló a su gusto; mas de pronto se oyó la voz de don Luis que llamaba a su hija, y al soltar ésta el periódico, por muy presto que quiso Pepe apartar los ojos, le sorprendió Paz por vez segunda en flagrante delito de admiración, a pesar de lo cual, al verle marchar poco después, no mostró enfado en gesto ni en palabras, despidiéndose de él afablemente.
Pocos días después ocurrió casi lo mismo. Pepe, sólo por disfrutar de aquél regalo de la vista, que la fortuna le ofrecía, miró varias veces a Paz, y ella lo notó, sin dar señal de desagrado, antes al contrario, sintiendo cierta tranquila complacencia con aquel homenaje mudo que la rendía un hombre imposibilitado por su posición para adularla con esperanza de lograr favores. Ella le miró también alguna vez a hurtadillas, advirtiendo que el muchacho, no sólo no tenía mala figura, sino que era lo que se llama un hombre guapo. Su fisonomía acusaba inteligencia, sus ojos lealtad; es decir, reunía los dos rasgos principales de la hermosura masculina. Entonces se despertó en Paz algo de coquetería, no le parecieron mal aquellas miradas, y agradecida al culto que empezaba a recibir, permaneció en el sitio donde estaba. En días sucesivos entró varias veces al cuarto de los libros sin necesidad, sólo por saborear aquel placer desconocido de aceptar un tributo que halagaba su vanidad de niña bonita. Pero esta coquetería se le entró al alma, sin que ella lo advirtiera, del mismo modo que Pepe se daba el gusto de contemplarla sin segunda intención. Paz decía algunas veces para sus adentros: «¡Pobre muchacho!» Pepe pensaba: «¡Parezco tonto!» Ninguno advertía que aquel juego era peligroso. ¿Cómo había él de imaginar que Paz estuviese al alcance de su deseo, ni quién se atrevería a despertar en ella recelo de aquel desdichado?
Mas fue Dios servido—como decían los místicos—que comenzase a suceder con las palabras lo mismo que con las miradas. Hablaron unas cuantas veces de cosas indiferentes, y él, aun conteniéndose, por temor a parecer atrevido, siempre halló ocasión de mostrar cortesía, ingenio y gracia. Sus maneras carecían de atildamiento rebuscado y enfadoso, y sus frases estaban exentas de esa vulgaridad que hace el lenguaje de un hombre igual al de los demás: en lo que hablaba había siempre algo original; su tristeza parecía sincera, su gracia tenía un dejo amargo. Paz no podía analizar en qué estribaba ello, pero le gustaba hablar con Pepe, quien siempre la llamaba señorita, expresándose mucho mejor que la mayor parte de los caballeretes que por haberla visto una noche en un baile la llamaban por su nombre de pila.
El arreglo de la librería tocaba a su término: unas cuantas mañanas más,
y todo quedaría en orden. Pudo haberse concluido antes, pero lo
estorbaron dos causas: la primera, que don Luis, cayendo en la cuenta de
que podía escribir al distrito por mano ajena, ni más ni menos que un
ministro, empleó a Pepe como amanuense; y la segunda, que las
conversaciones de éste con Paz fueron adquiriendo mayor desarrollo y
duración cada día. Oyéndole, se olvidaba ella de que era sólo algo más
que un criado: hablándola perdía él la noción de la distancia que les
separaba. Algunos de estos diálogos tomaron giro extraño.
—Hoy no le quitaré a Vd. tiempo. ¡Estoy más aburrida!... Voy de tiendas, a escoger un regalo para una amiga que se casa, y no sé qué comprar. Tiene diez y ocho años: fue compañera mía de colegio.
—Esa edad tiene precisamente mi hermana.
—No sabía que tuviera Vd. hermanos.
—Además, tengo otro hermano mayor, que es cura. Pero de fijo no me veré yo en el apuro de comprar a Leocadia regalo de boda.
—¿Por qué?
—Las muchachas de la condición de mi hermana no hallan fácilmente quien las ame.
—Pues ¿de qué condición es su hermana de Vd.?
—La vida de mi padre nos ha colocado en una situación muy modesta, señorita, pero superior a la de los infelices que necesitan ganar un jornal. Pertenecemos a esas últimas capas de la clase media que tocan de cerca la pobreza, y las mujeres de esta clase son muy difíciles de casar.
—No se me alcanza la razón.
—Es muy sencilla. No pueden casarse con un obrero, porque lo estorba la diferencia de vida y de gustos, y es raro que lleguen a enamorar a un rico. En cuanto a los hombres de posición análoga a la suya... a esos les está vedado el matrimonio.
—¡Qué ideas tan raras!
—No; es frialdad para considerar las cosas. ¿Qué hogar puede crear, ni qué existencia ofrecer a su novia un hombre que gana, por ejemplo, lo que yo? Desengáñese Vd., señorita, el matrimonio no está al alcance de todas las fortunas.
—¡Cuando digo que piensa Vd. cosas muy raras! ¿De modo que una muchacha pobre no puede enamorar a un hombre rico, y viceversa?
—Lo primero no es tan difícil; pero el viceversa es punto menos que imposible.
—Explíquese Vd.
—Los encantos de la mujer no necesitan la ayuda del dinero. Las cualidades morales y la belleza lo pueden todo. La misión del hombre es más difícil: primero, tiene que saber agradar, luego debe disponer de medios para sostener una familia.
—¿Y si esos medios los lleva la mujer? ¿O es que Vd. no cree que deba casarse el pobre con mujer rica? Pues lo estamos viendo a cada paso.
—Hay algo de eso. El amor y el oro hacen juntos grandes cosas; pero ¡que pocas veces se unen! Además, créame Vd., señorita, siempre resulta sospechoso el hombre pobre que enamora a una rica. Las beldades adineradas son para nosotros como los brillantes para las modistillas, que cuando los lucen nadie los imagina honradamente ganados.
—Es decir, que hablando clarito, y sin dulcificar las cosas, en nosotras la fortuna puede ser un obstáculo a la felicidad.
—Ha acertado Vd. mi modo de pensar. Nunca debe el hombre pedir amor a la que puede enriquecerle. ¿Cómo creerá ella en su sinceridad? ¿Cómo adquirirá la certeza de que es ella, ella misma, el objeto de la adoración? A una divinidad que nada concede, le es dado creer en la sinceridad de los que la rezan; pero un dios que pagara con oro las oraciones, ¿cómo estaría cierto del amor que le ofrecieran?
—¡Qué sutilezas y qué modo de entender las cosas! Entonces, según Vd., la mujer rica no puede hallar sino marido rico. Pues no es así. Todos los días se casan ricas con pobres.
—No: ocurre que señoritas más o menos acaudaladas se unen a pillos bien vestidos, elegantes, instruidos y hasta bien educados; pero no habrá Vd. visto nunca que una señorita rica se case con un hombre digno y verdaderamente pobre.
—Según... Con un pobre, pobre, vamos, que no tenga donde caerse muerto, no.
—Es natural. El oro inspira a la mujer desconfianza de la buena fe del hombre. ¿Quién es capaz de descubrir la verdad en corazón ajeno? Por eso no debe nunca exponerse nadie a que le culpen de ambicioso cuando sólo pretende ser amado.
—Tristes verdades, si lo son, para las ricas.
Quizá nada tuvieran de extraordinario las frases de Pepe, pero ella no había oído nunca hablar así.
Otro día compró Paz para su gabinete un espejo antiguo con marco de talla, una verdadera obra de arte. Hojas de vid, tallos de yedra, flores, acantos, cintas y volutas encerraban la luna de ancho bisel: fue preciso restaurarlo, y cuando acabada la obra lo entregaron, mandó dejarlo en el despacho para que lo viese su padre, y allí lo vio también Pepe al descargarlo los mozos. Ella, con esa alegría infantil de quien ostenta una adquisición nueva, le dijo:
—Mire Vd. mi compra. En todo Madrid no hay otro igual. Y barato. Cinco mil reales.
Pepe, al examinar el espejo, hizo un gesto involuntario.
—¡Qué! ¿Es feo? Luis XV, barroco puro... ¿O le parece a Vd. caro?
—No; es precioso.
—Entonces... ¡Vamos, hombre, hable Vd.! ¿Vale menos de lo que me ha costado?
—Señorita, y ¿con qué título puedo yo permitirme comentar sus actos ni aquilatar sus gustos?
—No se trata de eso. ¿Es que le parece a usted mucho dinero? Cuando yo tengo confianza con Vd., debía Vd. tenerla conmigo.
—El marco es hermoso y vale lo que cuesta.
—No es Vd. sincero.
—¿Por qué, señorita?
—Se lo conozco a Vd. en la cara; sea usted franco, hombre, sea Vd. franco. Le ha parecido a Vd. un despilfarro, ¿verdad?
—¿Y con qué derecho podría yo pensar así?
—Vaya, pues deseo que me lo diga Vd.; le doy a Vd. carta blanca para que hable, vaya, que quiero que hable Vd.
Era un capricho de niña mimada: curiosidad de saber por qué causa lo que a ella le parecía natural producía mala impresión en el prójimo.
—Lo que me ha dicho mi pensamiento—repuso Pepe tímidamente—es que el dinero no tiene igual valor para todos.
—¡Qué modo tan delicado tiene Vd. de decir las cosas!; pero cinco mil reales no son para nadie más que doscientos cincuenta duros.
—Que representan para una familia pobre doscientos cincuenta días de vida.
—En eso tiene Vd. razón. No se debían comprar ciertas cosas mientras hay quien se muere de hambre... pero así está el mundo. Sí, ya lo veo: una locura como esta representa el bienestar de muchos.
—Y a veces, la vida de algunos.
—De modo—siguió Paz—que Vd. es de esos que dicen que todo debía repartirse entre todos.
—No, señorita. Hay males que no tienen remedio. Habría también que repartir el entendimiento y la virtud, y eso es imposible. Yo no he hecho sino pensar que, si a veces la fortuna escoge bien aquellos a quienes favorece, otras, en fuerza de ser ciega, raya en cruel.
—Perdóneme Vd. Conozco que he cometido una torpeza. Pero no toda la culpa es mía.
—¿Por qué, señorita?
—No he debido enseñar a Vd. ese trasto. Por lo que otras veces he oído, su situación, de Vd., dicho sea sin ofenderle, pues en ello no hay injuria, no es nada lisonjera. He hecho mal, he sido indiscreta, ¿verdad?
—Señorita, ¡no se ensañe Vd. conmigo! mis palabras no encerraban la menor censura.
—No, si la mitad de la culpa es de Vd.
—No entiendo.
—La cosa es clara. Usted ha hecho por su ingenio y con su conversación que yo le trate como a un amigo, y me he tomado la libertad de enseñar a Vd. lo que no debía.
—¿Quiere Vd. decir que ha enseñado joyas a un mendigo?
—No, Pepe; eso me lastima.
Paz se dolió de aquella respuesta, y desviando de él la mirada, guardó silencio; mas su actitud y la expresión de su semblante no indicaron enojo, sino amargura. Parecía que quien la había hablado de tal modo tenía autoridad para hacerlo. Pepe dijo sorprendido:
—Perdóneme Vd.; pero el error no es mío. Ha tomado Vd. como grito de la pobreza escarnecida, acaso de una envidia inconsciente lo que ha sido una observación sencillísima. ¿Cómo ha podido Vd. creer que yo me atreviera a tanto? ¿Qué soy para Vd., señorita? Sólo dirigiéndome la palabra me honra Vd. ¿Había de pagarla con descortesía o ligereza?
—No se hable más del caso. Lo que quiero, es saber que no le he ofendido a Vd.—Y le tendió amistosamente la mano.
Ambos quedaron perplejos, y desde entonces fueron más reservados uno para con otro. Paz se reconvino mentalmente, pareciéndole que hiriendo a Pepe en el pudor de la pobreza había cometido una acción muy fea. Pepe no acertó a definir lo que sentía.
Sus vidas comenzaban a unirse como en el lecho del río suelen juntarse, arrastrados por la corriente, el grano de arena y la partícula de oro.
VI
Cuando Pepe terminó el trabajo para que fue llamado, dejó de ir a casa de don Luis: algo parecido al miedo le alejaba de allí. La última mañana que estuvo, se marchó aprovechando un momento en que no podían observarle. Preguntáronle sus padres si le habían pagado, y repuso:—«No estaba don Luis; ya le veré en el Senado.» Lo cierto era que, como en casa del señor de Ágreda quien satisfacía todo gasto era Paz, a Pepe le repugnó la idea de que fuese ella quien le pusiera en la mano el puñado de duros ofrecido por su padre. Por primera vez sentía brotar en el fondo del alma la soberbia: un mal impulso era precursor del más noble sentimiento; que así a veces, en el espíritu del hombre, como en la vida de la Naturaleza, precede la sombra al esplendor del día.
Trascurrida una semana sin que Pepe volviese a la casa, Paz se acusó de ello, ya preocupada con aquella desaparición, y pensó en el pobre muchacho cual si fuese un amigo ofendido: se acordó también de que no le había pagado, pero no se le ocurría modo discreto de enviarle el dinero. ¿Por un criado? No acertaba a explicarse la causa, mas por nada del mundo se hubiera valido de tal medio. ¿Escribirle? Al imaginarlo, no fue temor de herirle lo que cruzó por su imaginación, sino algo como miedo vago, pudor mortificado por sí mismo.
Al fin no hizo nada, ni aun se atrevió a hablar a su padre; pero no dejó de pensar en ello, y hubo día en que, al cruzar por el cuarto de los libros, experimentó hastío y tristeza.
Poco a poco la luz se hizo en su alma. Sus oídos, hechos a la lisonja, no escucharon nunca frases que la turbaran; nada la hicieron sentir aquellos hombres que podían desearla como joya colocada al alcance de sus manos, y ahora ella ponía espontáneo y terco empeño en recordar los dichos más sencillos, las más insignificantes galanterías de un pobrete, a quien aterraba un gasto de cinco mil reales. Aquello le parecía unas veces romántico hasta la ridiculez, otros ratos sentía ganas de llorar.
Una mañana de la primavera de 1872—ocho o nueve meses antes de aquella cena en que los padres de Pepe hablaron de la próxima llegada de Tirso—estaban en San Pascual, de Recoletos, tocando a misa de once. El sol iluminaba el césped de los jardinillos, abrillantado por la humedad y oscurecido a trechos por las sombras de las acacias, cuyo aroma embalsamaba el aire. Sobre el azul intenso del cielo destacaban las copas verdinegras de algunos pinos; el ramaje, entre morado y carminoso, de los árboles del amor, fingía detalles de fondo japonés, y de los recuadros encharcados se alzaba el olor penetrante de la tierra mojada. Los niños jugaban en el suelo, esmaltando la arena amarillenta con sus trajecitos de colores claros, o se caían llorando en las socavas de los árboles, mientras las niñeras reían en coro desvergüenzas de algún lacayo. En los bancos, y cada cual con su periódico en la mano, había algunos señores viejos, tipos de militares retirados, de ancianos achacosos que, sacudiendo el entumecimiento del invierno, salían en busca de un rayo de sol tibio. En el aguaducho, cargado de vasos, descollaban el fanal de los azucarillos y la botija con espita, tras cuya gruesa panza se ocultaban el tarro de las guindas y la bandeja de los bollos, en tanto que la aguadora, dando conversación a un guarda, fregaba en el lebrillo las cucharillas de latón. Por el centro del paseo circulaban rápidamente algunos carruajes de caballos briosos y, siguiendo la línea de las sillas de hierro, se veían parados unos cuantos simones con el jamelgo caído el cuello y el cochero tumbado en el pescante deletreando El Cencerro. Al otro lado, los tranvías corrían sobre los railes, obstruidos por carros y camiones, que sus conductores apartaban de la vía renegando al oír el pito de los mayorales, y por la larga acera de piedra, en silencio, paso a paso de arriba a abajo, se aburría autoritariamente la pareja de guardias de orden público, entonces llamados amarillos, sin otro consuelo que echar miradas subversivas a las criadas de buen ver. De las calles vecinas iban llegando recién peinadas y coquetas las señoritas deseosas de que el novio se hiciera el encontradizo, las niñas ávidas de jugar y las mamás cargadas de devocionarios sujetos con gomas encarnadas. Unas caminaban de prisa con la ligereza de la impaciencia, otras cansadas con la gordura de los años; luciendo, según su gusto, primores de elegancia, arreglos de taller casero, rarezas del capricho, exageraciones de la moda, algunas calculada sencillez y todas empeño de agradar. A la misma puerta del templo parábase de cuando en cuando una berlina blasonada, y lentamente se apeaba de ella una dama; cuanto más poderosa menos engalanada, mostrando en los ojos la soñolencia que deja el trasnochar, y en el rostro marchito las huellas ardorosas de la atmósfera de las fiestas. A pasitos rápidos y cortos, inclinado el cuerpo hacia la tierra, con la cabeza baja y la conciencia temerosa del retraso, venían pegadas a las fachadas de las casas las viejecillas de zapatos de cabra y mantón negro, y adelantándose a ellas iban las muchachas devotas que, como ignorando el poder de la juventud, piden incesantemente al cielo dichas que puede darles el mundo. La campana seguía llamándolas con su tañer monótono, y todas entraban como manada al redil: feas, bonitas, ricas, miserables, virtuosas, perdidas, santas, pecadoras, madres, cortesanas, vestales del hogar o sacerdotisas del amor, todas, codeándose, juntas, desaparecían sorbidas por la puerta de la iglesia, levantando al entrar un cortinón más pesado que una losa y dejando entrever rápidamente una atmósfera cargada, sucia, humosa y salpicada por el resplandor amarillo de las velas.
Durante toda la mañana se estaba renovando aquel público, femenino en su mayoría, y la puerta seguía tragando mujeres para arrojarlas luego a la calle pasados veinte o treinta minutos, al cabo de los cuales se las veía salir abriendo sombrillas o desplegando abanicos, porque la luz del sol las ofendía, acostumbrada ya su retina a la oscuridad de la sagrada cueva.
También entraban algunos hombres; pero el mayor número de ellos permanecía en los jardinillos formando corros, comentando noticias del día acabadas de leer en los periódicos que los vendedores voceaban en torno suyo con los últimos partes del Norte. Hacia la calle de Alcalá se oía el cascabeleo de los ómnibus que iban al apartado de los toros, y andando despacito por el paseo, inundado de sol, venía el borriquillo con sus serones llenos de macetas, escuchándose gritar de rato en rato al mocetón que lo guiaba: el tieestóo de claaveles doobles... Quien se acercase a los corros podía oír fragmentos de conversaciones y notar, tal vez, que algunos de los que hasta allí acompañaron a su mujer o su hija defendían las ideas del siglo con palabras impregnadas de impiedad moderna.
—Las partidas van en aumento.
—Dicen que el Rey se marcha al ejército del Norte.
—Si esto no se sostiene, vamos derechos a Don Carlos.
—Pues crea Vd. que el fanatismo religioso nos envilece ante la Europa culta.
—Yo a quienes tengo miedo es a los republicanos. Vamos derechos a un noventa y tres espantoso.
—Todas las malas pasiones se han abierto camino.
—¡Hasta que se forme una liga de los que tienen que perder!
—¡Cada día un meeting! Estoy de manifestaciones pacíficas hasta por cima de los pelos.
—¡Calle Vd., hombre, por Dios! Eso no es compatible con el gobierno. ¡En tiempo de don Ramón y don Leopoldo no había mitins! Esto se va.
—Pues yo creo que el Rey gana simpatías.
—¿Qué ha de ganar, hombre? ¡Si es extranjero!
—Está Vd. en un error, señor mío: eso no significa nada. La historia demuestra que Carlos I y Felipe V eran también extranjeros.
De un grupo de señoras salían voces atipladas y chillonas: trataban de trapos, modas, chismes y criados.
—Chica, no sabe una qué ponerse: este es del año pasado.
—Pues te sienta muy bien. Mira, mira, allí va la de Rodete. La otra tarde fue de las que estuvieron en la Castellana con mantilla blanca y peineta para hacer rabiar a los Reyes.
—¡Qué porquería! A mí la Reina me da lástima.
—Hija, ¿qué quieres? ¡como la de Rodete fue azafata de doña Isabel! Pues yo he oído que los alfonsinos se mueven mucho:—Y la que esto decía miraba de reojo a un caballero que, sentado en una butaca de hierro, seguía con la vista al grupo de las damas.
Dos pollitas apartadas de sus mamás sostenían, haciendo dengues y mohínes, un diálogo muy vivo.
—¿No entráis?
—No: el padre Enrique dice la misa muy despacio. Además, quiero dar tiempo a que llegue ese. Mamá le deja ya entrar en casa. Está el pobre muchacho que bebe los vientos.
—¿Y el tuyo?
—Este Junio acaba.
—Hija, lo mismo decías hace un año. ¡La carrera que tenga ese!...
—Pues a mí me gusta. ¡Está más cariñoso!
—Chica, con esos trajes de rayas parecen zebras.
—Adiós, que se va mamá con las de Zangolotino!
—Abur, remononísima.
Los sietemesinos, echando humo por la boca y luciendo americanas del verano anterior, parodiaban a don Juan Tenorio.
—Te digo que esa señora no es tal señora, y me han dicho que torea.
—Vamos, chico, ¡que te calles! Yo la he seguido dos tardes, y ni siquiera me ha mirado.
—Pues me consta que va a citas.
—¡Sí! Las ganas.
—Ya salen... adiós.
La campana sonaba con más fuerza; los mendigos de la puerta del templo entristecían la voz cuanto les era posible; las amas de cría comenzaban a desfilar como burras de leche; las señoras entraban o salían de la iglesia, lanzándose miradas envidiosas; el calor arreciaba, y el paseo se iba quedando poco menos que desierto, oyéndose por la acera de piedra el firme taconear de las muchachas que pasaban, medio ocultas por las anchas sombrillas de colores chillones, mientras las madres llamaban a los niños, que corrían como perrillos jugando a las mulas o se detenían a mirar las estampas que veían al paso en mano de los vendedores de periódicos. Lentamente se fue marchando todo el mundo, y la campana cesó de tocar: sólo quedaron allí el estanquero, sentado junto a su cajón, la mujer del aguaducho volcando sobre un plato muy cóncavo el puchero del cocido que acababa de traerla un chico, y la pareja de amarillos que, paseo arriba, paseo abajo, llegaba desde la Cibeles hasta la Casa de la Moneda.
Al mismo tiempo que el sacristán, con su manojo de llaves y su sotana manchada de cera, salió a cerrar la puerta del templo, salieron también dos señoras: una, modestamente vestida de negro, canoso el pelo, rugoso el rostro, con aspecto de dueña modernizada, mitones de encaje y zapatos de rusel; la segunda, elegantísimamente puesta y en extremo sencilla, sin adornos ni joyas. Eran Paz y su aya.
—No ha venido el coche—dijo aquélla—Vamos a sentarnos un rato, que ya no tardará.—Y se puso a hacer dibujos en la arena con el palo de la sombrilla.
La vieja miraba al aire, como quien piensa en las musarañas. La fuerza del sol iba en aumento; las sombras de las acacias dibujaban ya enérgicamente en el suelo contornos muy negros, y por los jardinillos no pasaba sino algún transeúnte aguijoneado por la esperanza del almuerzo, o algún señor viejo arrastrando penosamente los pies sobre la arena. La aguadora estaba saboreando su frugal comida, y el estanquero dormitaba echado de bruces sobre la piedra de probar la moneda. De repente llegó el coche de Paz y se detuvo junto al paseo ancho.
—Vámonos—dijo ésta viendo tirarse al lacayo del pescante.
Al poner Paz el pie en el estribo se volvió de pronto para fijarse en el traje de una señora que pasaba, y notó que, a pocos pasos de ella, iba un hombre; Pepe. La niña vaciló un instante: su primer impulso fue llamarle, pero sintió en el rostro una oleada de calor y, avergonzada de su propia idea, tomó asiento junto a la vieja. Entonces la vio Pepe y se quitó el sombrero: ella le saludó con una inclinación de cabeza, dando a su mirada cierta expresión de afectuosa confianza, y después, durante unos segundos, se quedó inclinada hacia la ventanilla: Pepe permaneció inmóvil. Al arrancar los caballos tornó Paz a mirarle, y entonces, sin darse cuenta de ello, sus ojos se clavaron con tristeza en el muchacho, dejando luego caer los párpados lentamente, como si en aquella mirada pretendiera enviarle una expresión de simpatía y una queja. Pepe, que no se había movido aún, quedó suspenso, confuso, con la admiración que produce una impresión nunca sentida. No fue presuntuosidad de vanidoso la que se le entró al alma, ni vanagloria súbita de aventuras absurdas, sino una sorpresa grandísima. ¿De qué nacían aquellas muestras de agrado, comedidas, pero clarísimas? El instante de vacilación al subir al coche, y luego la mirada dulce y triste, ¿qué querían decir? Aquella expresión afectuosa impregnada de modestia, pero ostensible, ¿a qué obedecía? Quizá no fuese todo sino un poco de esa simpatía que, a modo de limosna, dispensa el poderoso al miserable. El pesimismo, compañero eterno de la desgracia, le dijo que acertaba. ¿Qué otra cosa podía ser? Pero luego la imaginación venció a la cordura y el desvarío del pensamiento se sobrepuso a la mentida frialdad de que Pepe quiso hacer alarde ante sí propio. Su ánimo fue pasando rápidamente del mayor desaliento a la más caprichosa esperanza, y por fin, tras muchas alternativas de animación y desfallecimiento, temiendo que lo novelesco degenerase en ridículo, decidió no volver a poner nunca los pies en casa del señor de Ágreda, ni a pasar jamás por Recoletos a las horas de misa.
Efectivamente... al otro domingo fue a Recoletos con el intento de verla sin que ella lo notase y, al divisar el coche, entró en la iglesia, quedándose en sombra, junto al mamparón de ingreso. Un momento después entraron Paz y el aya, confundidas en un grupo con otras mujeres: dejolas pasar, y cuando se arrodillaron, avanzó hasta colocarse en lugar propicio para poder mirarla a su sabor, sin ser visto.
La iglesia estaba envuelta en una semisombra gris y sucia: la luz que caía de las altas ventanas de la cupulilla, ocultas por gruesas cortinas azules, no bastaba a esclarecer el ambiente. De rato en rato sonaban campanillazos, y otras veces el chocar de los cuartos dentro del cepillo que un monago presentaba a los fieles pidiendo, para el cultooo de esta santa iglesiaaa. Pepe sentía una zozobra inexplicable: cada dos minutos formaba resolución de irse; pero sus pies no se movían... De cuando en cuando el remover de las sillas producía un estrépito entrecortado y seco, tras el cual sólo se oía un ruido bajo y sordo, semejante al que producen las culebras arrastrándose entre hojarasca seca. Todo el mundo rezaba... El humo de los cirios y ese olor humano y acre de gente aglomerada en espacio cerrado, viciaban la atmósfera. Delante, y a la derecha del altar mayor, había otro portátil que sustentaba una Virgen de túnica blanca y manto azul, figurando salir de una gruta hecha, como peñasco de nacimiento, con corcho y cartón piedra. Este era el punto más luminoso del templo. Media docena de velas altas y delgadas, de pábilo muy fino, porque fuese mayor su duración, alumbraban a la santa imagen, que era de rostro aniñado y yesoso, excepto en los pómulos, donde tenía fuertes rosetas carminosas.
Las manos, en que el artista se había esmerado, eran excesivamente pequeñas, y a lo largo del cuerpo caían los pliegues de la túnica, tallada en pliegues rectos, pero duros, mal imitados de las esculturas paganas. Pepe miraba alternativamente a Paz y a la Virgen. ¡Qué diferencia! La verdadera divinidad era aquélla. En sus ojos resplandecía toda la vida que faltaba en los de la imagen. ¡Qué hermosa era la obra de Dios! ¡Qué risible la labrada por el hombre!
Paz oía misa con recogimiento, volviendo tranquilamente las hojas del devocionario, que a veces dejaba sobre la falda, pero sin alardes de unción religiosa: su rostro no se entristecía con compunción exagerada, ni tenía ese lento parpadear que es a los ojos lo que el estertor a la respiración.
La misa pasó en un soplo; el cura volvió hacia la sacristía, haciendo pausadas genuflexiones ante los altares, y cuando Pepe quiso salir halló obstruida la puerta por un grupo de gente que se le había adelantado, obligándole a detenerse. Ellas dos se dirigieron también a la salida. La vieja no le vio; iba pugnando porque no la estrujaran, sin preocuparse de otra cosa; pero Paz le sorprendió en el momento de levantar el seboso cortinón de la puerta. Él, en cuanto puso el pie en la calle, se alejó algo, siguiendo la línea de la acera; ellas salieron en seguida, y la muchacha miró a derecha e izquierda, hasta que, al tropezar su vista con Pepe, le saludó turbada en el instante de subir al coche. Después, Pepe creyó notar que se levantaba la ventanilla trasera, y luego, igual que la vez pasada, vio a Paz sacar la cabeza para volver a decirle adiós con la mano.
El muchacho se fue a su casa como loco. Al ir a tirar del cordón de la campanilla, tuvo que detenerse un momento y hacer propósito de que sus padres no le conocieran en el rostro que le ocurría algo extraordinario. Leocadia le dijo al verle entrar:
—¡Chico, vaya un capricho! ¿Te has puesto la mejor ropa que tienes para salir tan temprano?
VII
En los corrillos del Senado se susurró por centésima vez que don Luis María de Ágreda terciaría en la discusión de cierto proyecto de ley. El pobre señor lo deseaba con toda su alma, pero no se atrevía.
Todo el valor lo malgastaba en casa, unos ratos dando vueltas por el despacho como fiera enjaulada, y otros apoyado de codos en el respaldo de una butaca, que su imaginación convertía en tribuna. ¡Entonces sí que se le venían a los labios períodos redondos, argumentos irrebatibles, frases enérgicas, preguntas de las que no tienen respuesta, todo género de arranques oratorios, hasta que, agotadas las ideas y sin saber enlazar las palabras, tenía que callarse! Tal era la disposición de su ánimo cuando una tarde entró en la biblioteca del Senado, huyendo de un noticiero que quería saber si era cierto que tuviese intención de hablar. Pepe, al verle entrar, se fue derecho a él, afectando mostrarse servicial, pero en realidad con propósito decidido de buscar manera de frecuentar su casa. El pretexto ya lo tenía pensado, y no era malo.
—¡Pero, hombre—le dijo cariñosamente don Luis—es Vd. famoso! Cumplió Vd. bien conmigo, me arregló Vd. la biblioteca, y ¡abur! no ha vuelto Vd. a parecer; de modo que quien está en falta soy yo.
—No hablemos de eso, señor de Ágreda, ya tendré yo el gusto de ir a saludarle y a recibir sus órdenes.
Después comenzó a poner en práctica un plan que días atrás se le había ocurrido, diciéndole:
—¿Conque va Vd. a consumir un turno con motivo de ese proyecto de Fomento? ¿Desea Vd. que le busque antecedentes? Ya es público que intervendrá Vd. en el debate.
—Gracias, gracias; aún no estoy decidido.
Aquel hombre, discreto y cuerdo en todos los actos de su vida íntima, sintió una turbación indefinible. Era, como don Quijote, razonable, sensato para todo, menos para aquella maldita manía oratoria que hacía en su cerebro oficio de libros de caballería, llenándole el magín de extravagancias y ambiciones.
—¿Conque se dice que hablaré?
—Sí, señor. Se da por seguro. Y, a propósito, voy a permitirme decir a Vd. que acerca de la materia del debate hay aquí datos importantes. En tiempos anteriores a la Revolución, se trató de eso. Si Vd. no quiere molestarse, o sus ocupaciones se lo impiden, podría yo tomar algunas notas y dárselas.
Al señor de Ágreda un sudor se le iba y otro se le venía: aquello era como si en las calles se esperase ya su discurso. Las palabras de Pepe tenían algo de aura popular y mucho de tentación. Le faltó energía para confesar la verdad y contestar: «No señor, no hablo, ni soy capaz de hablar, ni me pasará la voz de la garganta.» Lejos de esto, repuso débilmente, como luchando consigo mismo:
—Bueno, bueno; pues si en los Diarios de Sesiones hay algo de eso, ya me lo indicará Vd., aunque yo tengo un arsenal de apuntes... La cuestión es antigua... Ya, hacia el año cincuenta y siete...
Salió de allí verdaderamente aterrado, sin querer pararse con nadie, temeroso de que le preguntaran: «¿Habla Vd.?» Se marchó a pie sin esperar el coche, y por las calles se dijo a sí propio el más elocuente discurso que han oído Cámaras en el mundo. Pepe, al verle partir no pudo reprimir el gozo:
—¡Ya lo creo que volveré a verla!
Durante varios días se dedicó a rebuscar antecedentes relativos a aquel proyecto de reformas en Fomento, y en unas cuantas cuartillas anotó todo lo pertinente al caso: disposiciones análogas, decretos contrarios, intentos parecidos, opiniones de hombres políticos, contradicciones de unos, disidencias de otros, y ordenándolo formó un conjunto heterogéneo, especie de historia de la cuestión tratada, lista de elogios, censuras, inconvenientes y ventajas de lo proyectado, que parecía fruto de una laboriosidad constante, signo de larga atención y gran conocimiento de la materia; lo que se llama un trabajo concienzudo. No faltaba sino estudiarlo primero y aprovecharlo luego, decidiéndose a defender las disposiciones hechas en unas u otras épocas. Después, todo era cuestión de atrevimiento y desparpajo para hilvanar cuatro párrafos sobre la buena fe o la malicia del gobierno, según el punto de vista que se tomara.
Al quinto día de haber estado don Luis en la biblioteca del Senado, le esperó Pepe en un pasillo.
—¡Señor de Ágreda!
—¡Ah! caramba, ¡ya no me acordaba! (Esta era la más desenfadada mentira que salió de sus labios.)
—He reunido infinidad de datos que pueden ser a Vd. de gran utilidad.
—Poco hay que yo no conozca; pero en fin, lo agradezco mucho... ¿Tiene Vd. ahí los apuntes?
Pepe llevaba las cuartillas en el bolsillo, mas no le convenía dárselas allí.
—No, señor, no las he traído. ¿Qué necesidad tiene nadie de enterarse? Además, para ahorrar a Vd. trabajo material, que es lo único que yo puedo hacer, bueno será que, con los papeles en la mano, le indique el origen de ciertas cosas, para que Vd. no se mortifique.—Dicho esto, esperó impaciente la respuesta.
—Vaya, vaya... Pues mañana por la mañana, a la hora que solía Vd. ir antes, le espero en casa. Tiene Vd. razón, no hace falta que se sepa...
Por su gusto, le hubiese citado para aquella noche, o se le hubiera llevado en seguida a un café, a cualquier parte. Cuando, de allí a poco, entró en el salón de sesiones, no podía coordinar las ideas. Lo que había hecho Pepe le indicaba que las gentes contaban con un discurso suyo. No era ilusión; no estaba representando un papel de comedia, sino dentro de la realidad. Se sentó en su escaño habitual, y sin oír nada de lo que sus compañeros discutieron aquella tarde, se preguntó con el pensamiento más de cien veces:—«¿Qué habrá hecho ese muchacho?»
A la hora de comer dijo a su hija:
—Creo que me van a comprometer para que hable. Por supuesto, que no me cogerán desprevenido. Mañana puede que venga a traerme unos datos que he tomado en la biblioteca aquel muchacho que arregló los libros.
Paz le oyó entre turbada y contenta, pero su alegría fue mayor que su inquietud.
A la hora fijada estaba allí Pepe, con su línea de conducta trazada de antemano, como general que, tras madurar un plan de batalla, se decide a realizarlo. Le era preciso extremar la astucia puesta en juego para frecuentar la casa hasta obtener dos cosas: primera, ver a Paz y estudiar en su rostro la impresión que produjera su presencia; y segunda, si la muchacha no mostraba enojo, procurar por todos los medios imaginables que le quedara franca la entrada. Harto sabía que a título de amigo, como visita, de igual a igual, nunca le admitirían; pero ¿qué le importaba si conseguía ver a Paz y salir de dudas? Don Luis le recibió en el despacho. Sobre una de las butacas se veían un periódico de modas y un cestito de labor.—«Esto es de ella»—imaginó Pepe, y este ella que subrayó con el pensamiento, le pareció ambiciosamente ridículo.
—Vamos a ver—dijo don Luis entrando—ante todo, agradezco muy de veras su atención; pero dudo que hayamos encontrado algo nuevo. ¡He estudiado tanto el asunto!
—Aquí tiene Vd.—contestó Pepe entregándole las cuartillas.
—Siéntese Vd. un momento.
El senador comenzó a leer para sí, y su fisonomía fue tomando una expresión indefinible: pugnaba por disimular la emoción y no podía. Debió sentir que los ojos se le animaban y, para disfrazar aquel signo de agrado, frunció el entrecejo, aunque murmurando: «sí, sí, aquí veo algo nuevo.» Luego prosiguió devorando renglones; pero cada instante le era más imposible sofocar el gozo y, temiendo que se lo conocieran en la cara, dejó de leer.
—Basta, tengo bastante; lo agradezco muchísimo; aprovecharé algo, si señor; ¡vaya si aprovecharé!
Pepe casi no le oía. ¿Se perdería su astucia? ¿No aparecería Paz por allí?
—Quisiera que observase Vd.—dijo, por alargar la entrevista—que he procurado reunir todo lo que se habló al iniciarse hace años el proyecto: aquí está lo que propuso González Brabo... esto es de Bravo Murillo, estas notas de Calvo Asensio...
Don Luis tuvo que suspender la lectura: cada cuartilla se le antojaba un billete de entrada a la inmortalidad. ¡Vaya si hablaría! Del hombre estimado sólo por consecuente, iba a surgir el orador.
Oyose en esto ruido de pasos, y se asomó Paz a la puerta del despacho, a tiempo que su padre repetía:
—Gracias, muchas gracias.
—No sé de qué se trata—dijo ella entonces a Pepe;—pero yo también se las doy a Vd.
Don Luis cogió de nuevo los papeles, que parecían tener imán para sus manos y, entre tanto, los muchachos se miraron en silencio. Pepe arrostró con franqueza la mirada de Paz. ¡Cuánto hubiera dado en aquel instante por poder decirla con los ojos todo el tropel de ideas vanidosas, de ambiciones absurdas que habían anidado en su pensamiento, sin callarla nada, miedo, esperanza ni pobreza! Paz tuvo que disimular su alegría, por no aparecer desapudorada; mas no hizo mohín de disgusto ni frunció siquiera el lindo entrecejo. Para ninguno de ambos era ya secreto la atracción que habían ejercido uno sobre otro.
—Sí, señor; de esto se puede sacar partido—murmuraba don Luis.
Pepe, que se resistía a marcharse sin dar cima a sus propósitos, trató de prolongar la visita y, mirando hacia el cuarto de los libros, repuso:
—Quisiera concluir de arreglar aquí algo que olvidé días pasados.
—Haga Vd. lo que guste.
Pepe pasó a la pieza contigua, y don Luis, sin poderse contener, hojeó de nuevo las cuartillas. Paz dejó trascurrir unos minutos, y en seguida entró también a la estancia inmediata. Pepe, sin vacilar, se acercó a ella y, en voz baja, con acento de sinceridad, la dijo:
—Señorita, esta vez no me ha traído la casualidad, sino la astucia; pero, si mi presencia la enoja, no volveré jamás a verla a Vd. No necesita Vd. decir una sola palabra: me bastará su silencio... No nos volveremos a ver nunca.
Paz no desplegó los labios y, sin embargo, a los ojos de Pepe se asomó toda la dicha de su alma. La señorita, la muchacha rica, escuchó aquello sin el menor movimiento de enfado, presa de una turbación deliciosa: él, entonces, la ofreció la mano y ella la estrechó rápidamente entre las suyas, sintiendo al mismo tiempo que se la enrojecía el rostro. Ninguna frase de todos los idiomas de la tierra hubiera podido ser tan elocuente como aquel sonrojo. En seguida salieron al despacho, sin hablarse. Cuando él se marchó, Paz corrió hacia su cuarto, se acercó a un balcón y, levantando un poco el visillo, le vio desaparecer tras los troncos de los árboles del paseo.
La partícula de oro se había adherido al grano de arena: la corriente de la vida debía arrastrarlos juntos desde aquel día.
Don Luis permaneció en el despacho contemplando las cuartillas: «¡Si esto es un discurso!—murmuraba.—¡Si no hay más que añadir al principio: Señores, y al final: He dicho! ¡Ah! sí, y algo de relleno; unos párrafos... mi consecuencia, la lealtad al gobierno, la libertad, el amor a las instituciones!»
Era cosa resuelta; los taquígrafos tendrían que trabajar por causa suya.
VIII
Por fin habló don Luis. Al cabo de muchos años de silenciosa vida parlamentaria, el Diario de Sesiones imprimió su nombre, no sólo en el tipo común empleado para las votaciones, sino también en letras negrillas que saltaban a la vista, diciendo: El Señor Ágreda: Pido la palabra. Cuando leyó su nombre en los extractos de los periódicos, todavía sintió escalofríos de miedo. Al comenzar su discurso el salón estaba casi lleno, por la novedad de escuchar a un senador que dejaba de ser monosílabo: luego muchos oyentes se salieron a los pasillos; mas como la peroración fue corta, aún quedó número bastante para que no hiciera mal papel. En el banco azul permanecieron dos ministros. Pepe le escuchó desde el fondo de una tribuna: los datos, apuntes y citas de sus cuartillas salieron íntegros de los labios de don Luis, quien únicamente puso al principio un parrafito de su cosecha para pedir benevolencia, imitado de los doscientos mil análogos que había oído hasta entonces, añadiendo también alguna que otra frase para enaltecer la importancia de lo que iba diciendo. Cuando se le olvidaba algo de lo mucho que confió a la memoria, echaba mano de las cuartillas que traía copiadas de su puño y letra. Hacia la conclusión quiso extenderse en consideraciones originales; pero se le atravesaron en la garganta y terminó declarando que no proseguía por no molestar más la atención de la Cámara. Un buen orador hubiera podido fundar un verdadero triunfo sobre los materiales reunidos por Pepe: don Luis quedó bien y nada más. Al acabar sonaron algunos aplausos en los bancos de la mayoría, y todo el mundo dijo que había estado discreto y que aquello representaba gran conocimiento del asunto. Un ministro felicitó al orador y esto le compensó el disgusto que le dieron los periódicos de oposición limitándose a decir que el señor Ágreda había consumido un turno en pro. En cambio, a la hora de comer fueron a verle muchos amigos y después estuvo con su hija en el concierto del Retiro, dando vueltas y más vueltas, como torero que por la tarde ha metido el brazo con fortuna en una buena estocada.
Al retirarse a casa le decía Paz:
—Di, papaíto, ¿te han servido los papeles que te trajo aquel muchacho del Senado?
—Algo, algo: el chico no es tonto... tiene buena voluntad y parece listo.
—Sí, ¿eh?
Paz no sabía cómo sugerir a su padre la idea de que utilizara de algún modo los servicios de Pepe, pues comprendía que don Luis no necesitaba secretario ni escribiente. En realidad, su malicia llegaba tarde; la vanidad satisfecha se había adelantado al amor impaciente. El orador iba ya pensando en abordar otro asunto antes de la clausura de las Cortes. Además, la fortuna favoreció a los enamorados, porque los electores de don Luis, acostumbrados a su largo mutismo, le dispararon una nube de telegramas de felicitación, tras del telégrafo usaron del correo y, como fue preciso contestar a tanta enhorabuena, el senador determinó emplear a Pepe como escribiente.
Una mañana llegó éste no hallándose don Luis en casa, y pasó a la pieza de los libros, inmediata al despacho: poco después apareció Paz, disimulando su turbación y haciéndose la distraída. Hasta entonces sólo habían cambiado unas cuantas frases, pero sin tener una conversación formal: por lo tanto, la primera vez que hablasen a sus anchas, la entrevista tendría importancia, dada la grata complicidad establecida entre ambos. Paz, después de saludarle, no se atrevió a desplegar los labios: carecía de experiencia en tales achaques; pero su instinto femenino le decía que no era ella quien debía hablar primero, y apoyándose en el marco del balcón dejó pasar unos instantes. Pepe se levantó de su asiento, y acercándose a ella, a distancia que acusaba mayor respeto que impaciencia, la dijo:
—Señorita, mi primer deber es suplicarla que me perdone. Confieso que me ha cegado la vanidad. No espero una indulgencia que no merezco. Lo que he hecho está mal, lo sé, y, sin embargo, no he podido contenerme. ¿A qué mentir, si Vd. debe comprender lo que pasa en mi alma?
Ella quiso hablar y Pepe hizo ademán de que le dejase proseguir.
—Antes de que Vd. me diga una sola palabra, quiero yo ser enteramente franco con usted. Mi posición, mi vida, mi pobreza, y quién sabe si mi educación también, me separan de Vd. He cometido la imprudencia de dejar asomar a los ojos lo que sentí al conocer a Vd... Luego creí ver que Vd. no mostraba enojo, porque quizá el desprecio le parecería demasiado cruel, y así ha llegado esta situación, en que no hay más que un culpable: mi vanidad. Debo reparar mi error a fuerza de franqueza.
Este lenguaje dio alas al carácter vivo de Paz.
—Sí, tiene Vd. razón; comprendo que hago mal; no he debido venir hoy a este cuarto; pero es que yo soy tan leal como usted. Usted quiere que crea en su sinceridad; yo también tengo derecho a exigir que no me tache Vd. de coqueta ni piense Vd. que soy capaz de divertirme en humillarle.
—Reflexione Vd. lo que dice, señorita. Es Vd. demasiado buena para pagar con burla y desprecio el sentimiento que ha despertado en mí; pero no se inspire Vd. en la lástima que de mí sienta, sino en los impulsos de su propio corazón; no olvide Vd. que seguir escuchándome ahora es contraer... Lo que con otro hombre sería un juego, conmigo sería un escarnio.
Ella, desasosegada, sonrió, mirándole como quien da a entender que acaso no esperaba oír tanto, y le atajó la frase.
—¡Jesús, Dios mío! ¡Cuánto pide Vd! ¡Antes tan humilde, y ahora tan exigente!
—¿Exigente?
—Sí; apuesto a que iba Vd. a decir contraer compromiso.
Él calló: Paz, haciéndose la distraída, se alejó dos o tres pasos y, mirando de nuevo a Pepe, continuó:
—Debía bastarle a Vd. ver que no estoy enfadada...
—Luego, ¿aun sabiendo Vd. lo que pasa en mi corazón permite Vd. que yo siga viniendo a esta casa?
—¿No volverá Vd. a hablarme de su pobreza? No sé en qué consiste; pero cuando usted dice algo que puede humillarle, parece que yo soy la humillada.—Y quiso marcharse.
—No, señorita; oígame Vd. un momento. ¡Si Vd. supiera comprender lo que es para mí su indulgencia!
Sin dejarle acabar, se dirigió a la puerta del despacho, y en voz muy baja, con un mohín encantador, volvió a repetirle:
—Exigente, exigente.
¿Qué más podía desear? «No estoy enfadada»—le había dicho—«no vuelva Vd. a hablarme de su pobreza.» Pretender mayor claridad sería insensatez.
Al cabo de dos meses sus diálogos eran ya muy distintos; que cuando la
estimación abre vereda, el amor ensancha y allana pronto el camino. Ni
Paz sentía ya cortedad, ni Pepe manifestaba aquella desconfianza
fundada en lo distinto que se le ofrecía el porvenir de cada uno: las
frases que cambiaban eran protestas de cariño, promesas de firmeza, todo
el repertorio monótono y vulgar de los enamorados, siempre romántico y
exagerado, pero eternamente delicioso.
Una circunstancia mediaba, sin embargo, entre ambos, modificando sus caracteres. Ella, a pesar de su viveza, temerosa de mortificar la susceptibilidad de Pepe, le trataba con una consideración que a ninguno otro hubiera guardado; y él, frío, descreído, burlón, dispuesto siempre a endulzar la realidad con su buen humor, era ante Paz reflexivo y serio, cual si le infundiese miedo aquella intimidad amorosa, que, a juicio suyo, no podría resistir al tiempo o habría de estrellarse contra las asperezas de la vida.
No siéndoles fácil verse con tanta frecuencia como ellos desearan, acabaron por establecer, para su uso particular, un servicio de correos. La iniciativa fue de Pepe: el cartero merece capítulo aparte.