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El Escuadrón del Brigante

Chapter 110: DISPOSICIONES DE BONTEMPS
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About This Book

Un narrador recopila y transcribe las memorias de un veterano de intrigas políticas, reconstruyendo episodios de conspiración y guerrilla durante un periodo convulso. Entre cafés, posadas y cuadernos personales se alternan escenas de planificación clandestina, acciones arriesgadas y reflexiones sobre la pérdida, el orgullo y el desencanto. La obra combina anécdotas militares con observaciones íntimas y diplomáticas, mostrando la tensión entre ambición política y coste personal, y avanza mediante recuerdos fragmentarios que revelan tanto maniobras públicas como reservas privadas del protagonista.

—Yo voy contigo.

Hablamos al Tobalos. El Tobalos nos escuchó, miró al suelo y no dijo nada.

—¿Usted vendría?—le pregunté.

—Sí, advirtiéndoselo antes á Merino.

—¿Y los demás?

—No sé.

No había que pedir más al laconismo de aquel hombre; pero se podía comprender que él pensaba que los demás no querrían marchar hacia la llanura dejando la sierra.

La mayoría de los guerrilleros sentían un localismo tan exagerado, que consideraban que del Duero para abajo y del Ebro para arriba acababa España.

ME LLAMA EL CURA

Por la noche supimos que el cura venía avanzando con el grueso de su partida á Hontoria de Valdearados, y á la mañana siguiente me mandó un recado para que me avistara con él.

Supuse yo si su objeto sería instalarse en Zazuar y en Fresnillo de las Dueñas, con lo cual podía dejar dividida la guarnición francesa de Aranda en dos partes: doscientos cincuenta hombres en el convento de la Vid, aislados y sitiados, y trescientos en la ciudad. No era difícil, seguramente, atacarlos sucesivamente y vencerlos.

En el caso de que se decidiera á esto, yo abandonaría mi proyecto de deserción, al menos por entonces.

Me adelanté á Hontoria de Valdearados, dejando á Lara en el mando.

Merino no pensaba en sitiar la Vid ni Aranda; no se atrevía á un ataque tan en grande.

—¿Tú qué harías si estuvieras en mi lugar?—me preguntó.

—Yo, sitiar el convento y atacarlo.

Merino no contestó, y luego, no sé si para intimidarme, me preguntó si sería capaz de ir á Aranda y enterarme de si el pueblo nos secundaría.

Le dije que sí y marché disfrazado en el carro de un carbonero á esta villa.

Iba dirigido á don Juan Antonio Moreno, administrador del convento de Sancti-Spiritus, que vivía en la calle de la Miel, cerca de la plaza del Trigo.

El carbonero me dijo que á don Juan Antonio y á don Lucas Moreno les llamaban los franceses y los afrancesados los Brigantes.

Don Juan Antonio Moreno me recibió muy bien. El y su hermano don Lucas eran los depositarios del Empecinado, y á ellos les enviaba el guerrillero todas las sumas que recogía.

Hablamos mucho del Empecinado y de la política del tiempo.

Estuve muy bien tratado en los dos días que paré allí; luego, en el mismo carro en donde había ido, salí de Aranda y volví á mi escuadrón. Claro que mis informes no sirvieron de nada, porque el cura no había pensado en atacar Aranda.


IX
EL PARTE DE ARANDA

Los franceses, mientras tanto, estaban inquietos. Al día siguiente de llegar el comandante de Aranda á la Vid, á las diez de la noche recibió un parte de su segundo, redactado así:

«Al comandante Bontemps.

Comandante: En este momento acabo de recibir aviso de la llegada del cura Merino con una numerosa partida al pueblo de Hontoria de Valdearados. Una avanzada de caballería enemiga se ha estacionado en el lugar de Quemada, á tres cuartos de legua de Aranda. Su objeto, indudablemente, es cortar la retirada á las tropas de usted para cuando intenten volver á esta ciudad.

Prepárese usted en seguida para un posible sitio.

Por ahora no puedo enviar más fuerza.

Como sabe usted, aquí dispongo de trescientos hombres que no me bastan. Tengo cien para defender el puente, la casa del Ayuntamiento y el Juzgado. Estoy dispuesto á perder la vida antes de que entren los brigantes en Aranda. No puedo tampoco enviar víveres, porque la comunicación está cortada y no los tengo. He pedido socorros.

El comandante interino del cantón de Aranda.—Courtois.»

DISPOSICIONES DE BONTEMPS

El parte alarmó extraordinariamente á Bontemps. Temía ser cortado y atacado en el monasterio. Al instante hizo fortificar el parapeto mandado construir á su llegada por Bremond y formar otro en el extremo del puente próximo al monasterio. Colocó cincuenta soldados de infantería para defender estos dos puntos.

Suponía que, ayudados por los fuegos de las ventanas del convento, podrían resistir largo tiempo en caso de asalto. Pocos hombres en este sitio bastaban para contener á Merino si se presentaba.

Luego montó á caballo, corrió á Vadocondes con una escolta de diez húsares, decomisó los carros que pudo y cerró también allí la cabeza del puente.

Había hecho de antemano salir del monasterio cincuenta soldados de infantería y mandado le siguieran.

Cuando llegaron éstos, la barricada del puente de Vadocondes se hallaba concluída.

Volvió después Bontemps á la Vid y envió un pelotón de húsares y de gendarmes á patrullar por el camino de legua y media que va del puente de la Vid al de Vadocondes. Consideraba imposible el paso de los españoles por El Duero; el río venía muy crecido por las lluvias.

Como todavía le quedaba gente disponible, ordenó á una partida de húsares rondase San Juan del Monte, en observación del camino de Aranda, por la derecha del río y las avenidas del monasterio.

Mientras tanto, Merino, poco decidido á probar fortuna, ó no queriendo deslucir la jornada de Hontoria, después de alarmar los contornos nos ordenó la vuelta á la sierra.

El comandante Bontemps, al pasar dos días y no verse atacado, exploró él mismo el camino de Aranda y lo vió, con sorpresa, sin enemigos.

Temía una emboscada; pero como le iban faltando los víveres, decidió partir al día siguiente con todas las tropas y con el coronel herido.

El abad don Pedro de Sanjuanena le prestó cincuenta hombres de las granjas de Guma y de Zuzones, colonos del convento.

Remudándose á cortos trechos, llevarían al coronel herido hasta Aranda.

Bontemps pensaba marchar con toda la velocidad posible y recorrer en cinco ó seis horas las tres leguas y media que hay desde la Vid á Aranda de Duero.

Hechos los preparativos, al anochecer se retiraron los húsares de la avanzada de San Juan del Monte y se unieron con los expedicionarios.

Colocaron en la camilla un jergón, dos colchones y varias almohadas, para que el coronel Bremond fuese sentado. El comandante Bontemps envió un propio á los soldados del puente de Vadocondes avisándoles que por la noche se reuniría con ellos. El convoy se puso en marcha rápidamente.

Cincuenta húsares marchaban á vanguardia; después cien infantes; en medio de ellos el coronel en su camilla, y á retaguardia los gendarmes y dragones salvados del desastre de Hontoria.

El cirujano don Juan Perote iba á caballo al lado del herido.

Llegó la columna á Vadocondes y se le reunieron los cincuenta soldados de infantería que guardaban el puente.

Aseguraron éstos no había novedad por los contornos; se dió un refrigerio de pan y vino á los granjeros y á la tropa, y se dispuso seguir adelante.

El comandante del convoy ordenó á un pelotón de húsares, al mando de un sargento, se adelantara hasta Fresnillo de las Dueñas y se enteraran de si el camino estaba libre.

Pronto volvieron dos jinetes á decir que no se advertía nada sospechoso.

Siguió el convoy á Fresnillo, y desde aquí mandó Bontemps un parte á Courtois preguntándole si pasaba algo.

Courtois contestó diciendo: «No hay novedad en la villa; se ignora el paradero de Merino; han desaparecido las avanzadas enemigas de Quemada y Zazuar. Podéis avanzar».

En vista de estas noticias, continuó el convoy su marcha, y al amanecer llegaban los franceses á las puertas de Aranda. Courtois les esperaba en la cabeza del puente con parte de la guarnición.

Entraron las fuerzas en la villa, llevaron al herido á casa de don Gabino Verdugo, una de las personas más importantes de la población, y le subieron en la camilla al cuarto dispuesto para él.

Bremond mandó se repartiese su dinero entre los granjeros que le habían llevado. Bontemps y los soldados fueron á sus respectivos cuarteles.

Al día siguiente el cirujano Perote, acompañado de un médico francés de regimiento, visitó al coronel, sondaron entre los dos la herida y extrajeron la bala.

Los facultativos aseguraron que antes de un mes el coronel se hallaría completamente bien y podría montar á caballo.


LIBRO QUINTO
NUEVAS EMPRESAS

I
LA PARTIDA CRECE

Por aquella acción del Portillo de Hontoria Merino ascendió á brigadier; otros pasaron de tenientes á capitanes y de capitanes á comandantes.

Ni Lara ni yo ascendimos. El escuadrón del Brigante desapareció, y nosotros fuimos incorporados al regimiento de caballería de Burgos.

Después de la célebre emboscada, Merino aumentó considerablemente en calidad y en número sus tropas que organizaron los comandantes Blanco y Angulo. El primero fué el jefe del regimiento de caballería de Burgos, compuesto de ochocientas plazas, y el segundo, del regimiento de infantería de Arlanza, con dos mil soldados. A fines de 1810, la división de Merino era de cinco mil hombres.

En este mismo año tuvimos una acción desgraciada en el puente de Almazán, donde murió uno de los hermanos de Merino, apodado el Majo. Siete horas duró el combate. Nuestra partida estaba apoyada por el segundo batallón de Numantinos, compuesto de reclutas, que se batieron admirablemente.

Los franceses eran mil quinientos. Unas doscientas bajas, entre muertos y heridos, nos costó aquella acción. Los Numantinos fueron los más castigados.

Unos días más tarde, en unión de la partida de Salazar, nos apoderamos de Covarrubias y tuvimos varias escaramuzas en Villalón y Santa María del Monte.

En otoño de este año se apresaron cinco mil carneros que los franceses enviaban á Aranda de Duero, y unos días después, en una venta cerca de Burgos, se quemaron cuarenta carros de galletas que iban dirigidos al ejército de Massena.

Al año siguiente, por la primavera, estuvimos á punto de pagar nuestra emboscada de Hontoria del Pinar.

Había vuelto la guarnición francesa á ocupar Covarrubias, y Merino pensó sorprenderla y pasarla á cuchillo, como había hecho el año anterior.

Estábamos dos escuadrones de caballería en la sierra de Mamblas, con unos quinientos á seiscientos caballos.

Merino envió cincuenta hombres del Jabalí á que se acercaran al pueblo y avanzaran por el puente. Poco después salieron á su encuentro cien infantes y cincuenta caballos de la guarnición francesa.

Merino, que creyó que los imperiales no tenían más fuerza que aquélla, dispuso que sus quinientos hombres atacaran el pueblo. Efectivamente; hicimos retroceder á los franceses y nos metimos en Covarrubias; pero no habíamos hecho más que entrar, cuando nos vimos envueltos en una lluvia de balas.

Hubo que salir más que al paso fuera del pueblo.

Llegamos en la retirada al puente, y allí pudimos defendernos un momento, resistir el choque de los franceses y dar tiempo á que los nuestros tomaran posiciones.

Los franceses nos atacaban con una furia terrible. Eran unos seiscientos infantes y más de doscientos caballos.

Ya á campo abierto, la retirada nuestra se efectuó con gran orden, por compañías y grupos, y al llegar al monte nos dimos por salvados.

En las tres horas de persecución que tuvimos perdimos poca gente para lo que se hubiera podido calcular.

La partida se batió con una pericia y una serenidad asombrosas.

De Covarrubias, pasando por cerca de Santo Domingo de Silos, llegamos de noche á Arauzo de Miel, donde nos detuvimos á descansar, considerándonos seguros.

No habíamos hecho mas que repartirnos en las casas, disponer la guardia y echarnos á dormir, cuando nos encontramos cercados por los franceses.

La ronda de caballería pudo distraer al enemigo algún tiempo; salimos luego todos á romper el cerco, y ya fuera, se volvió á efectuar la retirada por el monte y á obscuras, sin grandes quebrantos, hasta penetrar en los pinares de Huerta del Rey y quedar en seguridad.

Este mismo año de 1811 peleamos juntamente con la partida de Borbón, y después, en unión de la de Padilla, contra una columna francesa que había salido de Segovia y á la que atacamos en Zamarramala.

Más tarde, la división de Merino, con cinco mil hombres, unida á las partidas de Padilla y Borbón, que tenían mil cada una, formaron una línea desde el Duero hasta Lerma, situándose Borbón en Roa, Padilla en Gumiel de Izán, y el cura en Lerma.

En esto, en Marzo de 1812, los franceses cogieron prisioneros en Grado á los que componían la Junta Superior de Burgos, los llevaron á Soria y los fusilaron.

A la cabeza de los escuadrones franceses venía un comisario de policía español afrancesado, llamado Moreno. Este fué el que preparó la sorpresa donde se aprisionó á los españoles de la Junta.

El cura Merino determinó tomar terribles represalias, y ahorcó y luego quemó ochenta franceses, veinte por cada español fusilado. Todo por la mayor gloria de Dios.

Pasada esta racha de furia, Merino se dedicó á darse tono, á echárselas de general y á hablar con las autoridades.

Lara y yo dependíamos directamente del coronel Blanco y apenas teníamos que vernos con el cura.


II
LA MUJER DE MARTINILLO

Una noticia que nos produjo á Lara y á mí gran efecto al llegar á Hontoria fué la de que la mujer de Martinillo, al saber su viudedad, había muerto.

La Teodosia acababa de tener una niña. Debilitada por el puerperio y triste por estar separada de su marido, no se restablecía rápidamente.

Fermina la Navarra le había dicho que Martinillo estaba en la Vid.

La Teodosia se resignaba á no ver á su marido á su lado, cuando entraron una mañana en su cuarto unas comadres, y por sus reservas y la compasión que le manifestaron, comenzó la enferma á tener vehementes sospechas de una desgracia.

La Teodosia pidió á gritos que le dijeran lo que pasaba, y al saber la muerte de su marido le dió un síncope y quedó muerta.

Le avisaron á Fermina, y ésta, furiosa, no se contentó con menos que con echar á latigazos de la casa á las dos viejas comadres que por su estupidez habían producido aquella desgracia. A los guerrilleros todos les pareció muy bien el arrebato de Fermina.

Fermina la Navarra, que era una buena mujer, á pesar de su barbarie y de su crueldad con el enemigo, decidió adoptar á la niña, á quien se bautizó y se llamó Teodosia, como su madre.

Fermina decidió llevar á la niña á una nodriza de Huerta del Rey, y con frecuencia Lara y yo solíamos ir á ver á la chica, á quien considerábamos como hija adoptiva...

Estuvimos casi completamente en paz unos meses, sin tener grandes encuentros. La guerra de partidas se iba haciendo más regular á medida que los núcleos crecían y se uniformaban.


III
EL DIRECTOR, DENUNCIADO

En esto supimos que el director había sido acusado en Burgos por los franceses de espía de los guerrilleros y metido en la cárcel.

Al saber la noticia le dije á mi compañero Lara, y luego al coronel Blanco, que creía no debíamos ver indiferentes la prisión del director.

Blanco habló á Merino, el cual no pareció muy alarmado; no le importaba la cosa, ó consideraba imposible remediarla. Volví á insistir con el coronel Blanco, y éste dijo:

—Si creen ustedes que pueden hacer algo por el director, yo les daré á usted y á Lara licencia ilimitada para que vayan á Burgos, si quieren, solos ó con los asistentes.

—Bueno, iremos—contesté yo.

—Pues, nada; cuenten ustedes con la licencia.

Como Ganisch y yo no conocíamos la gente de Burgos y podían hacernos alguna pregunta comprometedora en el camino, cambiamos de escudero: Lara fué con Ganisch, y yo con el asistente de mi amigo y antiguo criado suyo, un tal García.

Quedamos de acuerdo en reunirnos en el camino entre Hortigüela y Cuevas.

Salimos. Los pueblos del trayecto se encontraban en un estado lamentable. Por todas partes no se veían mas que ruinas, casas incendiadas y abandonadas. Nadie trabajaba en el campo, y por las callejuelas de las aldeas únicamente había viejos, mujeres y chicos astrosos. Nos encontramos Lara y yo, como habíamos previsto, antes de llegar á Cuevas, y entramos en Burgos. Fuimos á hospedarnos á casa de un primo de Lara, y al día siguiente me dediqué yo á enterarme de lo que había pasado con el director. Llegué á averiguar la génesis de su acusación y prisión. Era ésta.

LAS SOSPECHAS DE BREMOND

Ocho días después de la llegada del coronel Bremond á Aranda de Duero, el prefecto de la provincia de Burgos por el rey José, don Domingo Blanco de Salcedo, fué llamado á presencia del general conde de Dorsenne.

—Mi querido don Domingo—le dijo Dorsenne—, he recibido un pliego del coronel Bremond, comandante de la columna de caballería que ha sido aniquilada en la sierra de Soria por el cura Merino.

—¿Se ha salvado el coronel?

—Sí, se ha salvado. Bremond me dice que tiene vehementes sospechas de que un señor don Fernando, en cuya casa estuvo de huésped, y que vive en la calle de la Calera, en unión del administrador de rentas de Barbadillo del Mercado y de su mujer, están de acuerdo con Merino.

—¿Es posible?—preguntó con sorpresa Salcedo.

—El coronel Bremond declara, bajo palabra de honor, que estas personas le indujeron con sus informes á apresurar la malhadada expedición que tantas vidas francesas ha costado.

—¿Y este coronel sigue así las indicaciones de cualquiera?—preguntó Blanco de Salcedo.

—Sí; realmente es una torpeza suya el confesarlo. Bremond no brilla por su inteligencia. Yo no quiero cometer una arbitrariedad. ¿Usted qué opina como prefecto y como abogado?

—Yo, por ahora, mi general, no puedo tener opinión. La acusación es demasiado vaga para tenerla en cuenta.

—¿No cree usted que valdría la pena de llamar al acusado y de interrogarle?

—¿Prendiéndole?

—Sí.

—No me parece prudente. Yo, en su caso, escribiría al coronel diciéndole que puntualizara los cargos. No vayan á tomar esa prisión como una venganza por la derrota sufrida por la columna. Ese don Fernando es persona bien relacionada en Burgos, y si se le prendiera sólo por sospechas, habría un escándalo en el pueblo, cosa que no conviene.

Dorsenne se dió por convencido; recomendó á Blanco de Salcedo que no dijera nada á nadie, y escribió á Bremond pidiéndole más datos. Como don Fernando era persona de respetabilidad y de arraigo en el pueblo, Dorsenne quiso mostrarse lleno de cordura y de moderación, porque por mucho menos que lo atribuído al director solía fusilar ó colgar por el cuello ó por los pulgares á los sospechosos, según su capricho.

Dorsenne sabía que había llegado hasta los ministros del rey José la noticia de sus crueldades, y quería tener un motivo inapelable para castigar al director.

A la carta del conde, Bremond, poco amigo de explicarse por escrito, contestó diciendo que en cuanto se restableciera iría á Burgos y daría los informes minuciosos y categóricos que necesitaba el general.

EL PREFECTO DE BURGOS

El mismo día en que el conde de Dorsenne escribía á Bremond, el prefecto Blanco de Salcedo citaba al director en la catedral, y en la obscuridad, detrás de una columna, le contaba lo ocurrido y le recomendaba tomase sus medidas.

Don Domingo Blanco de Salcedo, á pesar de su cargo en el gobierno de José, se sentía patriota.

Don Domingo era, antes de la guerra, abogado en Palencia; luego, por no poder vivir con la abogacía en aquellas circunstancias calamitosas, no tener fortuna y sí mucha familia, aceptó la prefectura de Burgos.

Blanco de Salcedo era una excelente persona, muy querido por españoles y franceses. El general Thiebault, el más inteligente de los generales de Napoleón que había pasado por Burgos, le estimaba mucho.

Blanco de Salcedo se alegraba íntimamente de los triunfos de los españoles y sentía sus derrotas; pero no traicionaba al gobierno que le daba de comer.

Claro que, si podía favorecer individualmente á los españoles, lo hacía.

OTRO DENUNCIADOR

Al mes de esta entrevista celebrada en la catedral llegó á Burgos un abogado de la villa de Cenicero, don Tomás de la Barra.

El tal individuo, venía de Sevilla, donde había estado trabajando en las oficinas de la Junta Central en el despacho de los asuntos políticos de Castilla la Vieja.

Don Tomás, hasta entonces, se manifestó buen patriota, persona inteligente y discreta. Era, además, hombre de toda confianza de don Martín Garay.

En esta época, la Junta Central comenzaba á perder crédito; se la acusaba de grandes fracasos, y á sus individuos de traidores á la patria y de dilapidadores de los fondos públicos.

Al frente del movimiento contra la Junta Central se colocaron Montijo, Eguía, la Romana y tanta mala fama tenían los centrales, que la Regencia decidió prender á muchos, y mandó registrar sus maletas á otros.

Debió de haber en aquella maniobra una conjuración reaccionaria en contra de la Junta Central, probablemente, porque ésta se manifestaba muy dada á las reformas.

El abogado don Tomás tenía, sin duda, grandes motivos de queja y de venganza contra la Regencia que sustituyó en el mando á la Junta Central, porque abandonó Sevilla y comenzó á sentir por los patriotas un odio profundo.

Don Tomás, con intenciones aviesas, inmediatamente que llegó á Burgos se presentó al conde de Dorsenne.

—Mi general—le dijo—, he sabido que su excelencia está haciendo indagaciones para averiguar el origen del desastre de la columna francesa enviada á Hontoria.

—Cierto. ¿Usted sabe algo de eso?

—Sí.

—¿Cómo ha podido usted enterarse y adquirir datos, si yo no me he podido enterar?—preguntó el conde.

—Por una razón fácil de comprender.

—¿Y es?

—Que he sido empleado en la secretaría de la Junta Central de Sevilla y encargado del despacho de los asuntos políticos de Castilla la Vieja.

—¿De verdad?

—Sí, señor.

—Siéntese usted. Ahora cuénteme usted lo que sepa de ese asunto.

El abogado don Tomás explicó al general cómo recibían en Sevilla las comunicaciones de don Fernando el director; añadió que éste era el verdadero organizador de las guerrillas, y que todas las principales operaciones llevadas á cabo por Merino habían sido preparadas desde Burgos.

—¿Usted tendría inconveniente en ponerme esos datos en un escrito con su firma?—preguntó Dorsenne.

—Ninguno.

—Lo malo es que nos van á faltar pruebas terminantes. Las declaraciones de Bremond son indicios; las de usted serían terribles si hubiera algo que las comprobara.

—Yo creo que si se registran los papeles de don Fernando se han de encontrar pruebas.

—Pues se registrarán. ¿Usted es abogado?

—Sí, mi general.

—¿No tiene usted destino por ahora?

—Ninguno, mi general.

—¿Qué clase de destino querría usted?

—Yo, en la judicatura... ó en la hacienda de su majestad católica José Napoleón.

—Está bien. Se le tendrá á usted en cuenta, y si los hechos se comprueban, se le dará un buen premio.

LA PRISIÓN DEL DIRECTOR

El mismo día el abogado llevó la delación escrita y firmada, é inmediatamente el conde de Dorsenne mandó que un pelotón de gendarmes, en unión de tres oficiales y de un comisario de policía español, fueran á la calle de la Calera, á casa de don Fernando García y Zamora, á arrestarle.

Después de arrestado é incomunicado en un cuarto de su casa, los oficiales y el comisario de policía sellaron todos los papeles, quedando los gendarmes custodiando al preso.

Al día siguiente se presentó en la casa, con los oficiales y el comisario de policía, un auditor de guerra y un farmacéutico militar. Levantaron los sellos y comenzaron el examen de los papeles, sometiéndolos á la acción del calor y de reactivos químicos por si alguno se hallaba escrito con tinta simpática.

Como había cartas cuyas palabras se prestaban á diversas interpretaciones, el auditor ordenó separarlas para que figuraran en el proceso.

Luego hicieron entrar al director en un coche que esperaba á la puerta y, echadas las persianas y escoltado por el pelotón de gendarmes, le condujeron á la cárcel pública, encerrándolo en un cuarto con dos guardias á la vista.

Pocos días después el conde de Dorsenne envió una columna de mil infantes y de doscientos caballos á Barbadillo del Mercado. Llevaban la orden de prender al administrador de Rentas y á su mujer, cosa que no pudieron realizar; pero, en cambio, se vengaron de la derrota de Hontoria, saqueando, violando, matando y pegando fuego á todo lo que vieron por delante.


IV
EL JUICIO

Conocidos estos detalles, Lara y yo nos pusimos en campaña y proyectamos una serie de planes para libertar al director.

Muchos creían que los tribunales militares lo absolverían por falta de pruebas.

Se había comenzado la instrucción del proceso. Se hallaba encargado de esto un capitán de infantería italiano, llamado Butti, doctor en leyes y hombre muy inteligente.

El proceso fué corto. El fiscal no tenía interés en condenar al director, y con propósito deliberado de no perjudicarle, tomó muy pocas declaraciones.

Las conclusiones de la acusación fueron muy favorables para el presunto reo. Se consideraba en ellas las sospechas del coronel Bremond como indicios, y respecto á la denuncia del abogado don Tomás de la Barra, se la diputaba abrumadora para el acusado si hubiera habido el menor documento, la más ligera prueba de su autenticidad.

Pasada la instrucción del proceso, el director fué puesto en comunicación, y todo Burgos fué á visitarle á la cárcel. Lara y yo nos agregamos á un grupo de comerciantes.

El director, al verme, me recibió con gran ansiedad; me dijo que sólo de nosotros esperaba algo. No pudimos hablarle reservadamente porque estaba muy vigilado.

En los días posteriores, el cabildo, los caballeros y la gente del comercio comenzaron á trabajar cerca de los jefes franceses para conseguir la libertad del preso. No había español patriota que no supiera que don Fernando era el director de la campaña en la Sierra; pero de tanto hablar de su inocencia se llegó á creer en ella como en un artículo de fe.

La Junta y el prefecto Blanco de Salcedo hicieron grandes esfuerzos para conseguir un veredicto de inculpabilidad.

LOS ENEMIGOS DE DORSENNE

Todos ellos sabían la hostilidad existente entre los generales Thiebault, Solignac y Darmagnac, y que los tres eran enemigos de Dorsenne. Bastaba que el general en jefe se propusiera algo para que los otros se opusieran.

Esta hostilidad tenía sus motivos.

Thiebault, hombre inteligente, sereno, culto, se veía postergado por un fantoche cruel y fanfarrón como el conde. Thiebault se oponía á las crueldades de Dorsenne, considerándolas como contraproducentes.

Thiebault entonces era hombre de unos cuarenta años, amable, de buen aspecto.

Había sido gobernador militar de Burgos y vivido en casa del propietario y comerciante en lanas merinas don Miguel de Pedrorena, donde se distinguió por su amabilidad y simpatía. A pesar del odio que había contra los franceses, por debajo de la cortesía forzada de los españoles, Thiebault llegó á conquistar el afecto de la familia de su huésped.

Su historia como general era brillante.

Había estado en Austerlitz y comenzado su vida militar á las órdenes de Pichegru.

Conocía toda Europa. Hombre culto, aficionado á las lenguas muertas, había obtenido en Salamanca el título honorífico de doctor.

El otro general hostil á Dorsenne era Solignac. Solignac había sustituído á Thiebault en el mando de la plaza de Burgos.

Era un soldadote cerril y caprichoso. Se distinguía por su barbarie y su despotismo; pero su enemistad con Dorsenne, muchas veces servía para contrarrestar las arbitrariedades y la violencia de su enemigo.

El tercer general enemigo de Dorsenne era Darmagnac, que por entonces se encontraba también en Burgos no sé en qué concepto. El buen Darmagnac era un tolosano cuco y avaro, que no pensaba mas que en enriquecerse. Como casi todos los meridionales franceses, tenía la virtud del ahorro.

Darmagnac creía que un país conquistado debía enriquecer á sus conquistadores con sus alhajas, cuadros, estatuas, etc.

En último término, la moral de Darmagnac era la moral de la guerra, de antes, de ahora y de siempre.

La guerra es una reina que lleva como séquito el hambre, la peste, la rapiña, la violación, el incendio, el engaño y el fraude.

Todos estos furores la guerra los sabe cubrir con el manto de la gloria. Para el militar, soldado es sinónimo de noble, de esforzado, de glorioso; para el campesino que sufre las tropelías, soldado es sinónimo de ladrón.

Darmagnac era un buen discípulo de Marte y de Caco.

Darmagnac fué el que tomó la ciudadela de Pamplona, al principio de la guerra, con un rasgo de ingenio.

Había llegado á la capital navarra, con la brigada 32, un día de frío y de nieve.

Como españoles y franceses se consideraban amigos, los españoles abrieron las puertas á sus aliados y quedaron guardando las fortificaciones, y principalmente la ciudadela.

La fuerza española tenía orden de no abandonar sus puestos, y las tropas de la brigada 32 se encargaron galantemente de llevar vituallas á los españoles.

Entonces Darmagnac preparó su plan.

Comprendió que la posición principal era la ciudadela y se decidió á apoderarse de ella.

Darmagnac hizo que los furrieles suyos que iban con sacos de pan á llevar la ración á los españoles de guardia fuesen seguidos por varios soldados con fusiles y sables escondidos debajo de los capotes.

Los veteranos de Darmagnac, al entrar en la plaza de armas de la ciudadela, comenzaron, entre bromas y risas, á tirarse pelotas de nieve. A los gritos y voces de los franceses, los españoles salieron de las garitas á contemplar la lucha.

—¡Qué gente más divertida son estos franceses!—debían decir los españoles.

Y cuando estaban más entretenidos contemplando la lucha, vieron con asombro que los franceses subían á los baluartes, entraban en las garitas, echaban fuera á los asombrados españoles, cerraban las puertas y amenazaban con pegar un tiro al que se acercara. Así aquel Ulises tolosano se apoderó de Pamplona.

En todos sus actos, Darmagnac se manifestaba astuto y tortuoso.

Ni Darmagnac, ni Thiebault, ni Solignac podían soportar la petulancia y el aire de príncipe asiático que adoptaba Dorsenne.

Los tres generales estaban interesados en que el director saliese libre.

EL CONSEJO DE GUERRA

Se reunió el Consejo de Guerra, al que asistieron casi todos los oficiales franceses que había en Burgos y gran parte del vecindario.

El director nombró para su defensa al teniente coronel Ernesto Fajols, militar muy instruído, paisano de Darmagnac y secretario del mariscal Bessières, duque de Istria.

Fajols se encontraba accidentalmente en Burgos. Poco afecto á Dorsenne y muy amigo del director, pondría todos los medios para conseguir su libertad.

El Consejo de Guerra nombró como intérprete á don Miguel de Pedrorena, el amigo y huésped de Thiebault, que conocía perfectamente el francés.

El fiscal leyó su escrito, reconociendo que no había pruebas. Después el teniente coronel Fajols elogió la respetabilidad y el talento del director.

Se preguntó á don Fernando si tenía algo que alegar, y habló el director defendiéndose, con la maestría que le caracterizaba, una hora entera.

—Cierto. Está bien, muy bien—dijo varias veces el general Thiebault.

Se mandó retirar al reo á una salita separada con su defensor y su intérprete, se evacuó de público el estrado, y los jueces se reunieron para dictar la sentencia.

Al cabo de una hora se hizo público el veredicto de inculpabilidad del acusado.

Dentro de las leyes, el director debía ser puesto en libertad; pero antes de que el coronel presidente del Consejo de Guerra dictara esta providencia, recibió una comunicación del conde de Dorsenne en la cual se le prevenía que, en el caso de que recayese sentencia absolutoria sobre el director, debía volver á la prisión.

Este acto de arbitrariedad levantó protestas entre los generales poco amigos de Dorsenne, y Thiebault no se recató en decir que con injusticias como aquella se desacreditaba y se hacía imposible en España el gobierno de José Bonaparte.


V
EN EL DESFILADERO DE PANCORBO

La razón de la orden de Dorsenne estaba justificada. Dorsenne, desde su punto de vista, creía, y con motivo, en la culpabilidad del director.

Lo consideraba hombre hábil y peligroso, y á pesar de tratarse de un reo absuelto, mandó le vigilaran estrechamente por si sus amigos fraguaban alguna emboscada para libertarle.

Al día siguiente llevaron una berlina á la puerta de la cárcel, sacaron al director, le metieron en el coche acompañado de un comisario de policía y un agente, y escoltados por un pelotón de gendarmes tomaron la calzada de Francia.

Nosotros, Lara y yo, enviamos una carta al coronel Blanco.

Le contábamos en ella lo ocurrido, le explicábamos la dirección que iba á llevar el coche, y le proponíamos atacar al convoy enemigo en el desfiladero de Pancorbo.

Lara y yo, en compañía de Ganisch y de García, adelantamos pronto al coche y á la escolta. Nuestros asistentes se quedaron en Briviesca, y nosotros nos instalamos en Pancorbo en una venta que llamaban del tío Veneno.

El desfiladero de Pancorbo es una estrecha hendidura que corta los montes Obarenes. Tiene un aire imponente y trágico.

Yo conocía bastante bien este romántico desfiladero, con sus enormes y fantásticas rocas que parece que van á desplomarse sobre el viajero.

Se comprende que la garganta de Pancorbo se haya considerado como punto de cita internacional de ladrones, de gitanos y de compra-chicos.

En algunos puntos, alejándose del pueblo hacia Miranda, el desfiladero se estrecha hasta tal punto, que no deja lugar mas que para la corriente de agua de un riachuelo que se llama el Oroncillo y para la calzada.

Próximamente en medio de la garganta había, y creo que seguirá habiendo, una capilla pequeña empotrada en la roca, con un altar y una imagen de la Virgen.

La Virgen es Nuestra Señora del Camino, protectora de los viandantes.

En la cumbre del desfiladero, en el alto de Foncea, había un castillo rodeado de fortificaciones hechas por los españoles con motivo de la campaña contra la República Francesa, en 1795, y después ampliadas por los imperiales al comienzo de la guerra de la Independencia.

Este castillo lo destruyeron definitivamente los franceses cuando la entrada de los cien mil hijos de San Luis.

Contando con gente, yo consideraba fácil atacar la escolta y detenerla en un camino tan estrecho. Bastaba con apostar sigilosamente unos cuantos hombres cerca de la ermita y detrás de algunas piedras, apoderarse del coche, tomar el camino de Miranda de Ebro y dispersarse, al salir del desfiladero, hacia la aldea que se llama Ameyugo. Los de la escolta, seguramente, avisarían á los de los fuertes, si éstos no bajaban en seguida al ruido de los tiros; pero lo más probable es que, valiéndose de la sorpresa, hubiera tiempo para huir.

Esperamos un día y una noche en la venta del tío Veneno por si Merino ó el coronel Blanco nos daban órdenes ó enviaban auxilios.

Yo creía que con pocos hombres, con veinte ó treinta, nos bastaban para detener á los gendarmes de la escolta.

Al día siguiente supimos por un arriero que el director, en su coche, había parado en el mesón del Segoviano, de Briviesca, conocido por Ganisch y por mí por haber estado en él al salir de Irún con Fermina la Navarra y la Riojana.

El dueño de la posada de Briviesca, el señor Ramón el de Pancorbo, muy amigo del director, le dió á éste una ropa de abrigo, una gorra, una buena capa y algunas onzas de oro.

Al día siguiente, por la tarde, Lara y yo vimos pasar el coche del director, con un pelotón de escolta por delante de nosotros.

Yo me coloqué de manera que el director me viese, y comprendí por su mirada que me había reconocido.

De Merino no había que esperar nada. El cura no se ocupaba de sus amigos caídos en desgracia.


VI
LAS NUECES

Lara y yo, dispuestos á hacer el último esfuerzo, seguimos detrás del convoy hasta salir del desfiladero de Pancorbo, y luego, marchando á campo traviesa, llegamos antes que el coche á Miranda de Ebro.

Dejamos los caballos en el parador del Espíritu Santo, á la entrada del pueblo, y esperamos á que llegara el convoy francés.

Cuando el coche y la escolta entraron en el pueblo nos acercamos entre un grupo de curiosos.

No llevaron al director á la cárcel, sino á una posada próxima al puente, la posada del Riojano.

Al ver dónde entraban, yo me metí en el zaguán me dirigí al posadero y le dije que pusieran cena para un amigo y para mí.

El posadero me miró con atención y me dijo:

—Está bien. Se les pondrá la cena.

El director nos había visto entre el grupo de curiosos y debía estar anhelante.

Salí yo del zaguán, me reuní con Lara y le dije que él se quedara en la calle, frente á la casa, y yo iría por la parte de atrás de la posada.

Mi objeto era ver si por la luz podíamos comprender en qué cuarto alojaban al director.

Yo di un rodeo grande para colocarme en la parte de atrás de la posada del Riojano. Daba ésta á una huerta y tenía dos galerías, una encima de otra, con una magnífica parra.

Esperé un cuarto de hora largo. Estaba obscureciendo. A las dos galerías daban varias ventanas y una puerta.

Todas estaban cerradas. De pronto una de ellas, del piso segundo, se abrió y, proyectándose en la luz, vi la silueta del director. Al momento volvió á cerrarse la madera.

Sin duda, el prisionero estaba en aquel cuarto. Era el correspondiente á la tercera ventana que daba á la galería, comenzando por la izquierda.

Volví á la calle, me reuní con Lara y pensamos lo que había que hacer.

El único proyecto posible que se me ocurrió fué que uno de nosotros saltara á la huerta, subiera por el tronco de la parra á la segunda galería, llamara en la ventana y saliera por allí con el director.

—Me parece una cosa muy difícil de realizar; pero por mí no quedará—dijo Lara.

—La cuestión sería advertirle al director para que esté despierto y preparado—agregué yo.

—Veremos á ver si se nos ocurre algún medio.

Entramos en la posada del Riojano y nos acomodamos en la cocina como si fuéramos parroquianos de la casa.

La cocina estaba en el piso bajo, y el director se hallaba encerrado en el segundo. La escalera la guardaban varias parejas de gendarmes.

Por más que pensamos Lara y yo procedimientos para comunicarnos con el director, no encontramos ninguno.

El posadero, á quien hablamos aparte excitando su patriotismo, dijo que era imposible llevar ningún recado al preso.

El, al menos, no se comprometía. Ahora, si nosotros encontrábamos un procedimiento de hacerle pasar el aviso sin que él apareciera complicado, se callaría sin denunciarlo.

¿Qué procedimiento se podría emplear?

Salimos Lara y yo á la calle. Yo puse en prensa mi cerebro. En esto, al pasar por una tienda de frutas vi en un canasto unas nueces muy gordas y compré media docena.

—¿Para qué las quieres?—me dijo Lara.

—Vamos á ver si dentro de una de éstas le mandamos al director el aviso de que esté preparado por la noche.

Fuimos al parador del Espíritu Santo, donde habíamos dejado los caballos, y yo le pregunté al amo si tenía cola para pegar.

Me trajo un puchero con ella. Lara y yo abrimos dos nueces y metimos dentro, de cada una un papel que decía: «Espere usted preparado esta noche». Después pegamos las cáscaras de nuez, y con ellas en el bolsillo nos fuimos á cenar en la posada próxima al puente.

Estuvimos atentos á las idas y venidas del posadero, y en el instante en que éste ponía en una bandeja unos racimos de uvas, yo saqué las dos nueces del bolsillo y las dejé encima. El hombre me hizo un guiño, como diciendo: «Está entendido», y subió al cuarto del preso. Lara y yo pagamos nuestro gasto y salimos á la calle.


VII
MAC-BEN-AC

Fuimos Lara y yo dando la vuelta hasta colocarnos en la parte de atrás de la posada del Riojano.

Yo hubiera querido que Lara quedase al lado de la tapia de la huerta con nuestros dos caballos; pero era imposible, porque de cuando en cuando pasaban patrullas de caballería francesa que rondaban los alrededores. Dimos vuelta á toda la tapia de la huerta y encontramos que tenía una puertecilla.

—Vamos á ver una cosa—le dije á Lara.

—¿Qué?

—Voy á ver si se puede abrir por dentro esta puertecilla de la huerta.

Apoyándome en las manos juntas de Lara, y luego en sus hombros, escalé la tapia de la huerta y bajé, agarrándome á las ramas de un árbol frutal, al suelo. La puertecilla de la huerta tenía una llave un poco mohosa, pero pude abrirla.

—¿Vas?—me dijo Lara.

—Sí.

—¿Yo me quedo aquí de guardia?

—No, vale más que vayas al parador y esperes allí con los caballos preparados.

Lara se fué; yo cerré la puerta sujetándola ligeramente con una piedra y avancé hacia la casa.

La subida no fué difícil. El tronco de la parra era grueso y retorcido, y las galerías estaban próximas una de otra. Lo único malo que ocurría era que al trepar las ramas de la parra chocaban contra las maderas y metían ruido.

De pronto oí pasos en la galería, sobre mi cabeza. Me agazapé y estuve quieto, agarrándome al tronco. El gendarme, cuyas pisadas parecía iban á hundir las tablas del suelo del balcón, se asomó á la barandilla, pero no me vió.

Pensé un momento en volverme atrás; pero olvidé esta idea y seguí adelante. Subí más arriba; llegué á la segunda galería y salté sobre ella despacio, porque al poner el pie crujían las maderas. Me acerqué á la ventana del director.

Di dos golpecitos en el cristal de la ventana. Nada.

—¡Este hombre es un imbécil!—pensé incomodado—. ¿No habrá visto el aviso?

Volví á dar otros dos golpes y se abrió la ventana y apareció en el cristal la cabeza asombrada del director.

—¿Es usted?—me dijo temblando.

—Sí. ¿No ha visto usted mi aviso?

—No.

—Yo creí que estaría usted preparado.

El director se hallaba perplejo, aturdido. Se puso una chaqueta y acercó una silla á la ventana para saltarla.

—Vamos, vamos—le decía yo.

En esto dos manos de hierro cayeron sobre mis hombros y entraron varios gendarmes en el cuarto del director.

—¡Ah, brigand!—me dijo uno.

Yo me libré como pude de sus zarpas y, saltando el barandado de la galería, me agarré al tronco de la parra y fuí bajando hasta el jardín.

Lo crucé á largas zancadas y me acerqué á la puerta. Estaba cerrada. Intenté escapar subiendo por el tronco de un árbol, pero en la obscuridad no encontré ninguno.

En tanto, los gendarmes habían entrado en el jardín con la bayoneta calada. No tuve más remedio que rendirme. Me cogieron, me ataron y me reconocieron como el comensal de la tarde anterior.

Me dirigieron una porción de bromas acerca de mi suerte, y decidieron llevarme á presencia del comandante jefe de la escolta, que estaba alojado en una casa de enfrente.

Rodeado de cuatro gendarmes y un cabo cruzamos la calle y entramos en el portal de una casa próxima. Subimos al primer piso y llamaron á una puerta.

Se abrió ésta y vimos tres oficiales sentados alrededor de una mesa: uno el comandante, hombre fuerte, de alguna edad; los otros dos, jovencitos.

—¿Qué pasa, cabo?—preguntó el comandante.

El cabo contó lo ocurrido y me hicieron avanzar en el cuarto.

—¿Qué, es un ladrón?

—No, no; es un bandido que venía á libertar al preso.

—¡Ah, diablo! ¡Es audaz el joven!—dijo un oficial.

Di unos pasos hasta acercarme á la mesa.

—Me han atado como un fardo, mi comandante—dije yo en francés—; creo que podían dejarme respirar un poco.

—Sabe francés el pícaro—exclamó riendo uno de los oficiales jóvenes—. Desatadlo. No se escapará.

Me desataron. Los tres oficiales me miraban sonriendo, pero, á pesar de esto, mi suerte me parecía muy poco halagüeña. En aquel momento tuve la inspiración de acordarme de la masonería.

Ya con los brazos libres, hice el signo masónico de gran peligro, lo que llaman los franceses señal de détresse.

El comandante me miró atentamente y habló luego con los oficiales que se despidieron.

—Podéis iros—dijo después á los gendarmes.

El comandante y yo quedamos solos.

De pronto se volvió á mí y me preguntó:

—¿Cuál es tu palabra masónica?

—Mac-Ben-Ac—contesté yo.

Esta era nuestra contraseña en la logia de Bayona.

El comandante pareció quedar satisfecho de mi contestación.

Yo empecé á explicar lo que había hecho; por qué intenté libertar al preso; dije cómo éste había sido absuelto por un tribunal militar...

—No necesito explicaciones, hermano—replicó el comandante, con asombro mío—. Vamos, ven conmigo.

¿Adónde me llevará este hombre?—pensé yo.

Salimos á la calle, pasamos el puente y llegamos cerca del parador del Espíritu Santo.

—No intentes nada—me dijo el oficial—. Sería inútil. Se va á aumentar la escolta del preso y á redoblar la vigilancia.

—No pienso intentar nada—repliqué yo.

—Adiós, hermano—me dijo después; y me estrechó entre sus brazos.

Al verme solo, en medio de la obscuridad de la noche, me quedé asombrado de mi suerte; agité los brazos alegremente, castañeteé los dedos y eché á correr al parador.

Pocos momentos después, Lara y yo marchábamos á caballo camino de Pancorbo.

Ya no era posible seguir la empresa.

Por lo que supimos después, el coche del director marchó desde Miranda con una escolta de mil quinientos hombres de infantería, y no permitieron que nadie se acercara á él.

El director siguió hasta Irún, y luego á Bayona, donde fué encerrado en el castillo Viejo en compañía del guerrillero ex capuchino don Juan Delica, del gobernador y defensor de Ciudad Rodrigo, Pérez de Herrazti, y del brigadier Perona, que llevaba en la antigua fortaleza mucho tiempo.

Yo ya no le volví á ver más al director; y sólo años después supe que, llegado de la deportación, achacoso y triste, había muerto en Aranda de Duero, á raíz de terminar la guerra.


LIBRO SEXTO
NOTICIAS DEL MUNDO

I
ENCUENTRO CON DOS DAMAS

Al volver Lara y yo pasamos por Pancorbo y en la venta del tío Veneno nos entregaron un parte del coronel Blanco.

Nos participaba que le era imposible hacer algo por el director, y nos recomendaba trabajáramos por nuestra cuenta como pudiéramos.

Al llegar á Briviesca nos encontramos con que Ganisch y García se habían marchado.

Adelantamos hasta Burgos para reunimos con nuestros asistentes; pero tampoco los encontramos en esta ciudad.

—¿Sabes lo que debíamos hacer?—le dije á Lara.

—¿Qué?

—Irnos á Madrid. Tenemos dinero, licencia ilimitada. Ya inventaremos un pretexto.

—Pues, nada, vamos.

Nos detuvimos un día en Burgos para descansar, y nos pusimos en marcha hacia Madrid.

Acertamos á encontrar en el camino un hidalgo vendedor de granos, natural de Roa, quien, según dijo, conocía al Empecinado, y nos contó sus hazañas, y en conversación con él marchamos agradablemente.

Descansamos para comer, y llevaríamos después dos ó tres horas caminadas, cuando nos topamos con una columna de soldados imperiales escoltando el correo.

Un capitán joven nos hizo algunas preguntas en mal castellano. Contestamos diciendo éramos comerciantes de Burgos que íbamos de paso para Madrid.

El capitán no tuvo sospecha alguna; creyó lo que le decíamos y se puso á charlar con nosotros. Al ver que yo entendía su idioma, me tomó por su cuenta y me habló de sus campañas y de su vida.

Era de París; más bien monárquico que bonapartista.

Me dijo que llevaban escoltadas á dos señoras francesas hasta Valladolid y me habló de las dos.

Una de ellas se llamaba madame Michel. Su marido estuvo condenado á muerte por asesino y se escapó desde el mismo patíbulo.

La otra dama era una marquesa, sobrina de Talleyrand y de apellido Lauraguais.

El capitán, viendo que yo celebraba sus frases, narró varias anécdotas escandalosas de las dos.

—Estos Talleyrand son terribles—añadí yo. Y conté que se decía que la mujer de Talleyrand había querido seducir á Fernando VII en Valencey, y que, no pudiendo con el amo, conquistó al criado, al duque de San Carlos, y de esta manera pudo proporcionar datos á Napoleón de lo que tramaban los Borbones.

El parisiense me escuchó con gran curiosidad. Sin duda, para él, estos detalles de chismografía constituían algo trascendental en la vida.

El oficial me dijo que madame Michel había sido la querida del gran duque de Berg. La Michel y la de Lauraguais eran muy amigas; constantemente se las veía juntas.

Habían pasado ocho días en Burgos alojadas en la misma casa donde estaba Thiebault.

El capitán francés, después de una hora larga de conversación, nos dejó porque tenía que dar órdenes. Por no infundir sospechas, no intentamos Lara y yo alejarnos de la columna.

De noche, al llegar á Lerma, el capitán se nos acercó de nuevo para decirnos que había hablado de nosotros á las señoras francesas y que deseaban conocernos.

Nos lavamos y nos arreglamos un poco y nos presentamos en la posada del Gallo, donde estaban alojadas las dos.

Atendían á las damas varias doncellas y una media docena de oficiales, que no se desdeñaban en servir de ayuda de cámara á dos mujeres bonitas.

La Michel y la Lauraguais todo lo encontraban malo, pobre, absurdo, y hablaban con voz irónica, irritada y agria, de su habitación de Lerma.

El capitán nos presentó á ellas, y de pronto las dos, como si fueran cómicas que entran en el escenario, cambiaron de tono y se manifestaron amabilísimas, risueñas, encantadoras.

Madame Michel hablaba algo el castellano, y le dijo á Lara de una manera insinuante que no comprendía cómo los españoles no nos rendíamos viendo mujeres como ellas.

—No lo dirá usted por mí—replicó Lara en tono sentimental.

—¿Por qué no?

—Porque yo estoy completamente rendido.

El aire caballeresco de mi compañero hizo efecto en las damas.

Uno de los oficiales franceses sacó una caja de música, de ésas que hacen en Suiza, en Sainte-Croix, á la que dió cuerda y tocó la canción de Triste Chactas y algunas otras del tiempo.

Madame Lauraguais me preguntó qué opinión teníamos en España de las obras de Chateaubriand Atala y René, á lo cual dije que yo, por mi parte, no las había leído, lo que le chocó sobremanera.

Mi ignorancia debió disgustar á la madama, y en vista de esto dejé mi lugar á un oficial que era el preferido.

Se habló un momento de la bigoterie espagnole, que á las damas les parecía ridícula, y luego se enfrascaron todos en una conversación acerca de París, del emperador, de los trajes de madame Minette, de Taima, y de los últimos estrenos de teatro.

El capitán, viéndome ya apartado del grupo y aburrido, llamándome mon cher, me invitó á dar una vuelta por las calles de Lerma.

LAS FAVORITAS DEL REY JOSÉ

Salimos. El parisiense me contó en el paseo nocturno una porción de historias de aquellas dos damas y de otras generalas y mariscalas entre risas y exclamaciones.

La preocupación de madame Michel y Lauraguais era desbancar á las dos favoritas del rey José: madame Lucotte y la marquesa de Monte Hermoso.

¡La marquesa de Monte Hermoso! Su nombre sólo bastaba para turbarme.

—¿Luego van á reñir las dos por quién va á ser la favorecida?—dije yo dominando mi impresión.

—No, no—replicó el francés—; las dos quieren sustituir á las otras dos. El rey José es un poco sultán.

Yo me quedé algo asombrado de este contubernio, y el parisiense, muy satisfecho de mi sorpresa, dijo que, indudablemente, la vida de los franceses para un español severo y huraño debía ser muy drôle.

El parisiense siguió contándome historias.

El rey José era un conquistador. Antes de la Lucotte y la de Monte Hermoso, había tenido amores con una cubana en Madrid, la condesa de Jaruco.

La Lucotte estaba muy enamorada del rey, pero la de Monte Hermoso, no.

Madame Lucotte era la mujer de un ayudante de José, á quien, para consolarlo de su situación desairada, habían hecho marqués de Sopetrán. Lucotte aceptó el ser Sopetrán con la frescura que aceptan estas cosas los buenos monárquicos cuando el regalo viene de un rey.

La de Monte Hermoso, mujer muy guapa y orgullosa, aunque ya vieja, hubiera dejado al momento á Bonaparte, si el general Thiebault se hubiera mostrado amable; pero el general no era hombre de aventuras.

Según el parisiense, la de Monte Hermoso era mujer de buenas tragaderas.

Se contaba que José la había conocido en Vitoria de un modo que no honraba mucho las costumbres de las damas afrancesadas.

Al parecer, José había visto en Vitoria á una criada muy guapa y, entusiasmado, encargó á su ayudante que le sirviera de Celestina. El militar averiguó que la criada estaba en casa del marqués de Monte Hermoso, y considerando que cumplía una digna misión real, entró en el palacio del marqués é hizo la proposición.

La de Monte Hermoso se indignó de que José, pudiendo dirigirse á ella, se dirigiera á su criada, y convenció al ayudante de que ella iría á ver al rey.

La marquesa era una mujer inflamable y ambiciosa; por ambición llegó al cuarto del rey, y por ese ardor que se desarrolla en algunas mujeres cuando están entre la segunda y la tercera juventud, se enamoró de Thiebault.

La de Monte Hermoso había perseguido á Thiebault, en Vitoria, hasta la alcoba.

Ultimamente, la de Monte Hermoso se detuvo en Burgos, con el pretexto de que á su coche se le había roto el eje, pero, en realidad, para ver á Thiebault y deslumbrarle con su lujo y su belleza. El general, que se dedicaba á hacer el amor á las musas, miró con indiferencia la ostentación de la favorita del rey, que se fué despechada é iracunda.

No sabía el militar francés, al contarme esto, el daño que me estaba haciendo.

Mi ídolo se desmoronaba. Sobre todo, esto de decir que la marquesa era algo vieja, me pareció una monstruosidad.

Me despedí del parisiense muy entrada la noche, y al volver al mesón donde Lara y yo nos alojábamos, me encontré con mi compañero, que á la luz del candil estaba escribiendo, agarrándose á la frente.

Tan ensimismado se hallaba, que no me vió.

—Estaba aquí poniendo unas notas—me dijo al verme.

—¡Bah!—le repliqué yo—. Estabas haciendo un madrigal á madame Michel.

Lara se quedó asombrado de mi penetración y no replicó.

—Bueno, bueno; por mí, puedes seguir—le dije—y envolviéndome en la manta me eché sobre un montón de paja y me quedé dormido pensando en la bella marquesa de Monte Hermoso.

LOS ESPLENDORES DEL MARISCAL MARMONT

Pocos días después llegamos á Valladolid, donde pudimos presenciar el tren de lujo que gastaba el mariscal Marmont, duque de Ragusa.

Difícilmente puede formarse idea de algo tan rico y tan aparatoso. El cuartel general del duque era digno de un rey. Casi todos los días se celebraban en su palacio recepciones, bailes, cenas. Los vallisoletanos no podían quejarse del Carnaval divertidísimo con que les obsequiaba Marmont.

La servidumbre del mariscal era brillante. Había en el palacio doscientos lacayos de librea roja con galones de oro, zapato bajo, media blanca y peluca; un número en proporción de camareros, doce oficiales que formaban el cuarto militar del duque, tres intendentes y, á manera de chambelán un gigante traído de Dalmacia, con la librea cubierta de bordados y de galones y una cadena de oro en el cuello de un dedo de gruesa.

Este dálmata era el asombro de todo Valladolid por su estatura y por su voz. Cuando el duque de Ragusa quería lucir las facultades de su criado, hacía cerrar los balcones y mandaba al gigante dar voces; y era tal el estruendo que salía de su pecho, que rompía con las vibraciones del aire uno ó dos cristales.

Como al mariscal Marmont le habían hablado de lo muy celosos que eran los españoles, dispuso que en los días de baile se diesen en su palacio dos cenas, una para las señoras y otra para los hombres.

El duque de Ragusa parecía un virrey español de América rodeado de oficiales, de intendentes, de contratistas y hasta de frailes.

En Valladolid, mi amigo Lara experimentó el sentimiento de ver á madame Michel inclinarse definitivamente por un oficial polaco muy elegante y muy rubio, y yo tuve que consolar á mi compañero diciéndole lo que me había contado el capitán francés de las costumbres de aquellas damas.

Mi relato, en vez de consolarle, le puso más melancólico, y entonces ya le conté la primera y única página de mi amor con la marquesa de Monte Hermoso y quedamos melancólicos los dos.