II
EN MADRID
Una semana después, Lara y yo estábamos en Madrid. Nos alojamos los dos en mi casa.
En el tiempo que yo faltaba de Madrid habían ocurrido novedades: mi madre comenzaba á tener el pelo blanco; una de mis hermanas iba á casarse; muchas personas conocidas habían muerto ó no se sabía de ellas.
Contamos Lara y yo las peripecias de nuestra vida de guerrilleros en casa. Lara fué simpático á mi familia.
Al día siguiente me lancé yo á la calle á saber noticias. Entré en el café de la Fontana, de la Carrera de San Jerónimo, y con el primero con quien me encontré fué con Eguía y Lazcano.
Charlamos. Eguía acababa de reñir con los josefinos y habló pestes de Minaño, del ex fraile Estala, de García Suelto y de otros afrancesados amigos de Urquijo, del marqués de Almenara y del rey José.
También se burló de las inclinaciones lacayunas de la aristocracia española, que sentía un amor por llevar el vaso de noche del rey, fuera Borbón ó fuera Bonaparte, verdaderamente extraordinario.
Estaba convencido de que era necesario acabar con la Monarquía.
La guerra le parecía un bien. Así se podía denigrar á Narizotas en nombre de Pepe Botellas, y al rey de Copas en nombre de Narices.
Una lluvia de folletos, hojas insultantes y caricaturas, durante algún tiempo, desacreditarían la Monarquía.
—¿Ya José le parece á usted tan malo como Fernando?—le pregunté yo.
—Políticamente, los dos son una calamidad. Fernando es un miserable, un cobarde, un canalla digno de esa raza de idiotas que lleva por apellido Borbón. José nos está resultando un farsantuelo que quiere echárselas también de rey de verdad y se llama á sí mismo Majestad Católica de España y príncipe francés. Tiene la vanidad de todos los zapateros encumbrados.
—¿De manera que no sabemos por cuál decidirnos?—dije yo en broma.
—No lo sabemos—agregó él—, y es una preocupación. El que debe estar en un gran compromiso debe ser Dios.
—¿Por?
—¡Hombre, porque ha bendecido por un cura suyo las banderas de los fernandinos y de los josefinos! ¿Qué hace ahora? ¿Por quién se decide? No puede desear decentemente el triunfo de los unos ni de los otros.
—Debe estar perplejo—dije yo, siguiendo la broma.
—De todas maneras, ganen unos ó ganen los otros, siempre habrá misas, Te Deum y acciones de gracias en Madrid ó en Cádiz, y los bolsillos de los obispos se llenarán. Para el Ser Supremo, unas cuantas leguas de distancia debe ser poca cosa; y como el buen señor está tan viejo, es posible que no distinga las funciones religiosas de los unos de las de los otros.
MARCHENA
El que dijo esto era un enano extravagante que se acercó á la mesa, apoyando las manos en ella.
Eguía le saludó con efusión.
Yo miré con curiosidad á aquel tipo raro.
Era un viejo canoso, flaco, jorobado, el cuerpo contrahecho, la cara de sátiro, de color cetrino, picada de viruelas; la nariz larga y roja, los ojos de miope y los pelos alborotados y duros. Parecía un trasgo, un monstruo cómico de fealdad; hablaba el enanillo con una mezcla de acento andaluz y extranjero, y por su sonrisa burlona y por su aire imperioso y sarcástico se veía que se consideraba hombre importante.
Me miró varias veces como preguntándose quién sería yo. Yo también tenía curiosidad de saber quién era él, y cuando el extravagante enano se apartó para ir á otra mesa á saludar á uno, le pregunté á Eguía:
—¿Quién es este tipo?
—Este es el abate Marchena.
—¡Hombre! ¡Este es!
—Sí.
—¿Qué, tenía usted curiosidad por conocerle?
—Sí; me gustaría hablar con él.
—Pues le presentaré á usted.
Cuando volvió Marchena, Eguía me presentó al abate, que me recibió afablemente.
Me preguntó de dónde era, y al decirle que me tenía como de Irún, me aseguró que sentía gran cariño por las Provincias Vascongadas, á las que consideraba, ¡oh mudanza de los tiempos!, como más propicias que las otras españolas para aceptar las ideas revolucionarias.
Luego me habló de sus amigos vascos, del alavés Santibáñez, catedrático de Humanidades en Vergara; de Samaniego, Peñaflorida, Altuna, Xérica y otros.
También recordamos á Basterreche y algunas personas de Bayona, entre ellas á mi tío Etchepare, á quien Marchena estimaba como hombre de gran carácter.
Luego hablamos de política.
Marchena creía que la Revolución Francesa era como un molde definitivo y único, y que no se podía pasar de lo que habían dicho Rousseau, Voltaire, d'Alembert y los demás.
Yo empezaba á creer que no, que la Revolución Francesa era un ensayo de vida colectiva nueva, y que estos ensayos se irían repitiendo en años y en siglos hasta llegar á equilibrios mejores y más justos de todos los intereses y de todas las fuerzas de un país.
Como los franceses habían hecho su revolución, yo creía que nosotros haríamos la nuestra, á nuestro modo; claro que con más resistencia en el campo y menos acometividad en las ciudades, por ser éstas menores y de poca densidad.
Marchena no quería suponer esta posible originalidad española, y mucho menos pensar que el patriotismo de los de la Junta Central fuera el comienzo de la transformación.
Para él, los patriotas partidarios de Fernando defendían la vida antigua, el absolutismo contra la libertad.
Yo argüí que para los patriotas liberales Fernando era lo de menos, que lo principal eran las Cortes. Y añadí:
—Si las Cortes de Cádiz hacen una Constitución, como parece, tendrán ustedes que abandonar la causa del rey José. Desde ese momento, el ser afrancesado ya no tendrá objeto.
Marchena dijo que no y que no; que los de Cádiz eran unos charlatanes, que en España no había filosofía, y que nuestra literatura era confusa, desarreglada é inmoral.
El entusiasmo por la Revolución, y, sobre todo, por la literatura francesa, le impedía al abate comprender su país.
Fué necesario que viniera otra generación inspirada en las Cortes de Cádiz, para tener como cosa posible la libertad dentro de la patria.
Antes de despedirme de Marchena y de Eguía le pregunté á éste si seguía siendo masón; me dijo que sí, aunque ya el masonismo le parecía una broma. Añadió que si quería afiliarme debía ir á la logia de la Estrella, establecida en la calle de las Tres Cruces, y que dirigía el barón de Tinán.
III
VAN-HALEN Y LAS LOGIAS
Un muchacho con quien me relacioné en los días que estuve en Madrid fué Juan Van-Halen, que en este tiempo era oficial de la guardia del rey José.
Van-Halen era de mi edad, de familia belga, nacido en la isla de León.
Era alto, buen mozo, rubio, bastante jactancioso, tipo intermedio entre flamenco y andaluz.
Van-Halen sufría los desdenes de los franceses con quienes convivía, y por ser muy susceptible y en el fondo patriota, reñía constantemente con sus compañeros.
Estas disputas le ocasionaron un duelo con un hermano del general Sebastiani y otro desafío muy grave con el coronel Montleger, famoso espadachín, el cual dijo á Van-Halen, con la fatuidad de un francés: «¡Tengo sobre usted el derecho de conquista!»
En este duelo Montleger hirió á Van-Halen y lo dejó á la muerte.
Fuí con Van-Halen á la logia Estrella y me enteré de lo que pasaba en los centros de la masonería.
Había entonces en España cuatro grupos masónicos. Y, cosa extraña, en todos ellos quedaba un rastro del revolucionario granadino Andrés María de Guzmán, á pesar de ser Guzmán completamente ignorado, porque en aquella época se conocía la Revolución Francesa en España, solo muy en bloque, y más por el conjunto de ideas que por detalles.
Este rastro de Guzmán demuestra cómo, en el fondo, no queda nada perdido.
De los cuatro grupos masónicos de Madrid, dos eran patriotas y dos afrancesados.
De los patriotas, el primero y más antiguo era la Gran Logia, fundada por el conde de Aranda.
LAS LOGIAS PATRIÓTICAS
A esta Gran Logia, instalada en el palacio de los duques de Híjar, en la Carrera de San Jerónimo, habían pertenecido los hombres más ilustres del partido reformista en tiempo de Carlos III y Carlos IV.
Lo dirigía en este tiempo el conde del Montijo, pariente de Guzmán.
El conde del Montijo era el famoso tío Pedro del motín de Aranjuez, hombre ambicioso, y botarate, masón, y al mismo tiempo denunciador de liberales. Como muchas personas del tiempo, Montijo aparecía con dos caras, ahora que él mismo no sabía cuál era la suya propia.
La segunda logia patriótica, más política en tiempo de la guerra de la Independencia que la anterior y afiliada á la masonería escocesa, se llamaba Gran Oriente de España y estaba fundada por el conde de Tilly, á quien se conocía en las logias por su apellido á secas: Guzmán. Tilly parece que era hermano de Andrés María de Guzmán, el amigo de Marat.
Don Francisco Pérez de Guzmán, conde de Tilly, tenía esa ambigua personalidad de muchos hombres de la época. Unos afirmaban que era extremeño, otros que nacido fuera de España.
Lo que era indudable es que había vivido mucho tiempo en París, probablemente con su hermano Andrés, y aparecido en Sevilla antes de la guerra de la Independencia. Debía de tener el aprendizaje de un hombre que había presenciado la Revolución Francesa.
Se decía de Tilly que era jugador y que estuvo complicado en Madrid en un robo de alhajas.
En política, Tilly quiso seguir las huellas de su hermano y fundó la primera logia escocesa en Aranjuez. Estuvo allí á punto de ser muerto por la plebe, por sospechoso, el día en que se supo la rendición de Madrid, y se salvó tirando á la gente puñados de dinero.
Luego fué individuo de la Junta Central, como representante del reino de Sevilla, miembro de la sección de Guerra, y aunque se decía liberal, se manifestó enemigo de la reunión de Cortes. Después intentó escaparse á Gibraltar y se aseguró que había concertado, en unión del duque de Alburquerque, un plan de pasar á Méjico con cinco mil hombres á sublevar el país contra España, con la ayuda de los ingleses, ofreciendo á éstos, en cambio, la plaza de Ceuta.
Se le redujo á prisión en el castillo de Santa Catalina, de Cádiz, por orden del general Castaños, y allí murió.
Luego se dijo que Tilly era inocente de lo que se le acusaba.
Años después oí hablar de otro conde de Tilly en París, que venía de Jersey, donde habitaba su familia. Me chocó, porque al mismo tiempo había otros condes de Tilly en Madrid. En esta familia todo era confuso.
Muerto don Francisco Pérez de Guzmán, conde de Tilly, le sustituyó en la dirección de la masonería escocesa en España un extranjero, el barón de Tinán. Tinán organizó el Gran Oriente y la logia Estrella, que celebraba sus tenidas en la calle de las Tres Cruces.
Este Oriente fué en España el foco del partido liberal avanzado.
Casi ninguno de los que pertenecieron á él conocía su historia ni sabían que era una cría de la Revolución Francesa, engendrada por un grande de España maratista, miembro del Club del Obispado, guillotinado en París, y aclimatada en la Península por un hermano suyo, general muerto en presidio.
Como no había mas que divisiones y subdivisiones en todos los campos, en el Oriente escocés, futuro foco del partido liberal, se marcaron dos tendencias contrarias: la de los anglofilos, que consideraban necesaria la protección de Inglaterra para acabar la guerra y para afirmar las instituciones liberales, y la de los patriotas puros, que repudiaban toda influencia extraña.
Los anglofilos no querían mas que la lucha regular de los grandes ejércitos; en cambio, los patriotas eran más partidarios de los guerrilleros.
Andando el tiempo, los anglofilos, en su mayoría, se hicieron moderados, y los patriotas exaltados, progresistas.
LAS LOGIAS AFRANCESADAS
De las dos logias afrancesadas, una, la principal, era la Santa Julia, fundada por Murat y constituída principalmente por militares franceses y por españoles josefinos.
Se hallaba establecida esta logia en la calle de Isabel la Católica, en el edificio de la abolida Inquisición, y tenía mucha importancia.
La segunda logia afrancesada era el Gran Oriente de España y de sus Indias, cuya fundación se debía al conde de Grasse Tilly, al decir de algunos, también pariente de Tilly.
El Gran Oriente de España y de sus Indias seguía las inspiraciones del Consejo Supremo de Francia, y en esta época, por renuncia de Grasse Tilly, era venerable el navarro Azanza.
Por mi iniciación de aprendiz en la logia de Bayona, yo me encontraba afiliado á este Gran Oriente; pero por ser de tendencia afrancesada, decidí dejarlo é ingresar en la logia de la Estrella, punto de reunión de los patriotas y liberales que seguían las inspiraciones de la masonería escocesa.
En la logia de Bayona teníamos como contraseña la palabra Mac-Benac, que me había servido para salvarme en Miranda.
En la de Tinán, nuestra palabra era
OTEROBA
Estas siete letras eran, al decir de los hermanos, las iniciales de otras siete palabras: Occide tirannum, et recupera omnia bona antiqua, que no se necesita saber mucho latín para comprender que significa: Mata al tirano, y recobra todos los bienes antiguos.
Siempre que asistí á reuniones masónicas protesté de que se perdiera el tiempo hablando del Gran Arquitecto del Universo, del templo de Salomón, de Abiram y de otros simbolismos ridículos y trasnochados sacados de la Biblia; pero había ciudadano Experto, Venerable ó Escogido capaz de desenvainar su espada de hoja de lata y atacar con ella al impío que despreciara las mojigangas de la sublime albañilería.
Si el misticismo judaico de los masones me parecía grotesco y sin interés, en cambio me interesaba la posición política respectiva de las logias. En ellas se inició la política de los partidos españoles de la primera mitad del siglo XIX.
RIVALIDADES
De las dos patrióticas, la primera, la Gran Logia, seguía la tendencia enciclopedista, sin mezclarse apenas en política; la segunda, el Oriente Español, afiliado á la masonería escocesa, era partidario de la Constitución que iban á decretar las Cortes. Uno de los masones escoceses, Lorenzo Calbo de Rozas, miembro de la Junta Central y luego diputado por Aragón, había sido realmente el instigador de las Cortes con las exposiciones que presentó á la Junta Central insistiendo en el pensamiento iniciado antes por Jovellanos.
Calbo de Rozas era un vizcaíno terco, soberbio, que, á pesar de haber sido el alma de la defensa de Zaragoza, era entusiasta de la Revolución Francesa y soñaba con una dictadura terrorista ejercida á la usanza de la Convención.
Calbo de Rozas consiguió sus propósitos de reunir las Cortes, aunque él no se lució gran cosa en ellas.
De las logias afrancesadas, la de Santa Julia era imperialista; aspiraba á un imperio de varias naciones, dirigido por Bonaparte y con la capital en París, y la logia del Supremo Consejo de España é Indias, presidida por Azanza, quería considerar la guerra de la Independencia como una guerra civil.
Decían estos masones que desde el momento en que el rey José había subido al trono de España, haciéndose independiente de Napoleón, el conflicto no era una lucha de España contra Francia, sino de españoles josefinos contra fernandinos, de Bonapartes contra Borbones, una guerra semejante á la de Sucesión.
Claro que, mirando la cuestión friamente, se podía reducir la guerra de la Independencia á una lucha dinástica; pero tantas cosas arrastraba esta lucha, tanta divergencia suponía el tomar parte por una ú otra bandera, que, de poder contemplar el problema con frialdad, no hubiera habido problema.
Estas logias, á poco de fundarse, se odiaban á muerte y se ridiculizaban por sus símbolos y atributos. En la Estrella se hablaba en burla de los masones afrancesados de la calle de Isabel la Católica, y se les apodaba los de la berenjena, porque se llamaba así en burla una gran Orden fundada por el rey José. En cambio, en la Santa Julia se acusaba de clericales á los de la Estrella.
Todas estas luchas eran síntoma de la fermentación que comenzaba á obrar enérgicamente en la sociedad española.
Hoy, mirándolo á distancia, se comprende que así debía ser; pero, de cerca, aquel desbarajuste era desagradable.
En la logia Estrella se discutieron varios proyectos para después de aprobada la Constitución.
El mío—yo también presenté el mío—consistía en comprometer á todos los generales afectos á la Constitución y en influir para destinarlos á Andalucía; y en el caso de que se acabara la guerra con la victoria de España, como era lo más probable, llevarlos á Cádiz con sus tropas, convertir las Cortes en una Convención y, si Fernando se mostraba hostil á ella, proclamar la República.
Mi proyecto, que á mí me parecía magnífico, se encontró irrealizable.
En vista de que no se podía hacer mas que hablar, decidí marcharme.
Me despedí de los hermanos masones y les di mis señas en la partida de Merino.
Van-Halen me expresó su deseo de abandonar á los franceses; yo le dije que viniera con nosotros; pero la perspectiva de entrar en una partida de fanáticos, capitaneada por un cura, no le parecía, por lo que me dijo, muy halagüeña.
IV
DE VUELTA
A los pocos días de estancia en Madrid, Lara y yo, cansados de hablar, discutir y perorar, nos hallábamos deseosos de marcharnos. Un desorden y un desbarajuste tan grandes como el que se notaba en Madrid, nos causaba más impresión por la costumbre de vivir disciplinados.
Antes de transcurrida una quincena, Lara y yo estábamos en marcha.
Como había tanta tropa francesa por el camino de Francia y podíamos toparnos con gente más desconfiada que el oficial francés á quien encontramos cerca de Burgos, decidimos ir en galera por Guadalajara á coger Sigüenza, después Almazán é internarnos en Soria.
Yo llevaba una carta del barón de Tinán para el Empecinado.
Llegamos á Guadalajara con pasaportes del rey José, y al salir de esta ciudad rompimos los papeles y nos dirigimos á una villa próxima, Gascueña ó Caspueña, pues de las dos maneras se le llama.
Íbamos marchando á pie, cuando nos dieron el alto cuatro guerrilleros de á caballo.
Les explicamos quiénes éramos y que llevábamos una carta para el Empecinado.
Uno de ellos nos dijo:
—A ver la carta.
—No se la puedo enseñar mas que á él—contesté yo.
Con este motivo nos enzarzamos en una disputa que, afortunadamente, vino á cortar un teniente muy joven, pues no tendría arriba de diez y seis años.
Era Antonio Martín, el hermano del Empecinado.
EL EMPECINADO
Antonio Martín, al oir nuestras explicaciones, nos dijo que nos llevaría á presencia de su hermano.
Fuimos á una casa baja de Caspueña y entramos en un cuarto encalado que tenía en medio una mesa de pino con unas sillas de paja y en las paredes planos de las provincias de Guadalajara, Soria y Valladolid.
En este cuarto había un grupo de hombres, y entre ellos estaba el célebre guerrillero don Juan Martín con varios jefes de su partida.
Yo le entregué la carta de la logia Estrella. El Empecinado leyó la carta despacio, como hombre que no tiene gran costumbre de la lectura.
Mientras él leía, Lara y yo le estuvimos contemplando. Era un hombre todavía joven, fornido, de pelo negro y color atezado, tipo de cavador de viña, los labios gruesos, el bigote á la rusa, unido á las patillas, la cara de hombre tosco y bravío, con la mandíbula acusada y una raya profunda que le dividía el mentón.
Vestía un uniforme amarillo con vueltas rojas, fajín rojo, cordones de plata en el pecho y un cinturón con una chapa con las letras C.ª L.ª (Caballería Ligera).
Lo que más llamaba la atención en el Empecinado eran los ojos, ojos fijos, brillantes, huraños, y las manos, por lo cuadradas y por lo terriblemente fuertes.
—¿Qué piensan ustedes hacer?—nos dijo el Empecinado bruscamente.
—Vamos á reunimos con Merino. Somos oficiales suyos.
—¡Qué raro que estén ustedes con Merino y tengan esos amigos en Madrid!
—Sí, es una extraña casualidad.
El Empecinado, llevándome á un rincón, me dijo:
—En la carta que ha traído usted me preguntan qué es lo que haré si se proclama la Constitución. Voy á contestar ahora mismo que la juraré al frente de mis tropas con la mayor solemnidad.
—Veremos lo que hacen los demás—dije yo.
—Merino, probablemente, no jurará.
—Creo que no; por lo menos, no será de los primeros.
El Empecinado nos preguntó cuándo íbamos á reunimos con nuestro escuadrón, y contestándole que no teníamos prisa, nos dijo que nos daría una carta para Merino, nos prestaría dos caballos y, escoltados por una patrulla de su gente, llegaríamos hasta Almazán.
ABUÍN EL MANCO
Al día siguiente, por la mañana, nos encontramos con el grueso de la partida de Saturnino Abuín, el Manco, y unidos á ella tuvimos una escaramuza con las tropas de Roquet entre Torija y Valdenoches. Don Saturnino, el Manco de Tordesillas nos recibió muy amablemente.
Abuín, á quien todo el mundo llamaba Albuín por esa tendencia que hay á corregir los apellidos que parecen incompletos, era entonces un hombre de unos treinta años. Era manco del brazo izquierdo. Herido en un combate que tuvieron españoles y franceses en el Casar de Talamanca, en la provincia de Guadalajara, hubo que cortarle el antebrazo por el tercio superior.
Abuín era hombre seco, cenceño, de frente despejada, ojos pequeños é inteligentes, bigote corto, nariz fuerte, algo torcida. A mí me fué muy simpático.
El comienzo de Abuín era parecido al de todos los guerrilleros. Había salido de su pueblo con ocho ó nueve muchachos mal armados. Abuín llevaba los primeros días de su campaña una daga corta y antigua que había sacado de su casa. Los demás iban armados de garrotes con pinchos.
Al pasar por cerca de Cuéllar la partida vió á un grupo de seis dragones que pasó por las inmediaciones de esta villa.
Abuín se arrojó sobre ellos, y el que hacía de jefe de los dragones entregó la espada al guerrillero, quien la tomó y la conservó durante toda su vida.
Don Saturnino se unió al Empecinado y peleó durante mucho tiempo con él. Luego, pocos meses después de encontrarle Lara y yo, creyéndose postergado, abandonó á don Juan Martín en el Rebollar de Sigüenza y se pasó con su partida á los franceses. Fué un mal momento el suyo.
Durante toda su vida, don Saturnino el Manco tuvo una fama deplorable. El estigma de traidor le debía pesar en el ánimo de una manera terrible. Varias veces le vi en París, en 1819, triste, cabizbajo, y más tarde le he vuelto á ver en Madrid, igualmente meditabundo.
Después de la escaramuza entre Torija y Valdenoches, volvimos á Caspueña.
Por la tarde nos despedimos del Empecinado, que nos dió la carta para Merino y un pasaporte. Este pasaporte lo he conservado como recuerdo hasta hace poco.
Era una hoja impresa con un grabado que representaba un guerrero montado á caballo con el sable en alto, atacando y derribando á los franceses. Junto á él había una matrona, que debía ser España, y cerca un león estrujando entre sus garras un águila.
CAMINO DE ALMAZÁN
Salimos, como he dicho, por la tarde de Caspueña, en compañía de Antonio Martín y de una escolta de veinticinco hombres, camino de Sigüenza.
Antonio nos hizo preguntas á Lara y á mí acerca de la vida en la corte, y yo hablé de las discusiones y controversias madrileñas en cafés, tertulias y logias, y aunque era una imprudencia confesé que era masón.
Antonio se quedó asombradísimo de que un masón estuviese en las guerrillas de Merino, y me dijo que él también deseaba ser presentado en una logia.
Pasamos por delante de Sigüenza y fuimos hacia Almazán atravesando los altos de Barahona y la llanura llamada Campo de las Brujas.
Nos despedimos, antes de entrar en Almazán, de Antonio Martín, ya muy amigo nuestro, y seguimos hasta Calatañazor, donde encontramos nuestras fuerzas.
Contamos á Merino lo que había pasado con el director; le dijimos que una columna francesa nos había conducido á Madrid, y le entregamos la carta del Empecinado.
Después, pasado algún tiempo, comenzaron las buenas noticias para los españoles. Napoleón había declarado la guerra á Rusia y tenía que sacar tropas de España. El rey José no se veía seguro en Madrid; los mariscales del Imperio no le hacían caso.
Desde esta época, con mucha frecuencia nos leían partes diciendo que aquí ó allí se había ganado una batalla por el ejército aliado.
Nosotros ya no operábamos como guerrilleros libremente, sino que seguíamos un plan superior, casi siempre en combinación con las partidas de Borbón y Padilla y la brigada del Empecinado.
V
LA NIÑA
Fué una época para nosotros excepcional por lo apacible y poco inquieta.
Como he dicho antes, Fermina había recogido la hija de Martinillo y se marchó á vivir con ella y la nodriza á Huerta del Rey.
Lara y yo íbamos con frecuencia á ver á la criatura y á Fermina, transformada, de guerrillera, en mujer de su casa y madre amorosa.
La niña era un vínculo que nos unía á Lara, á Fermina y á mí.
El coronel Blanco nos dejaba marchar casi todas las semanas á visitar á la hija adoptada por nuestro extinguido escuadrón.
Se operaba poco en esta época. Las partidas de guerrilleros no eran buenas para movimientos en gran escala. Por otra parte, Merino se encontraba con que las fuerzas que tenía á sus órdenes sobrepasaban su capacidad y sus conocimientos, y como no estaba dispuesto á dar acciones, apenas se movía de miedo á un fracaso grande.
Cuando nos daban licencia, Lara y yo montábamos á caballo y nos largábamos trotando y galopando hasta Huerta.
Un perro que yo tenía por entonces nos seguía ladrando y dando brincos.
Se llamaba «Murat», «Murat I», porque tuve después dos más con este nombre.
«Murat» era un perro inteligentísimo. Todo el mundo decía que no le faltaba mas que hablar.
Llegábamos Lara y yo á Huerta é íbamos á casa.
Estos pueblos, en la guerra de la Independencia, eran de una miseria horrible, mayor aún en el comienzo del año 12, que fué el auténtico año del hambre.
Yo tenía fresco el dinero que me habían dado en casa, no mucho, pero entonces, y para aquellos sitios, casi un capital.
Cuando nos acercábamos á Huerta y entrábamos en la plaza, donde solía haber un mayo, á mí me parecía el pueblo bonito, á pesar de su desolación y de sus calles torcidas.
Íbamos en seguida á casa de Fermina. Ella solía estar en la ventana con la niña.
Comíamos juntos, y muchas veces, si hacía buen tiempo, Fermina, la nodriza, á quien llamábamos Mencigüela, y la chica solíamos ir á tomar el sol á una azotea que hay alrededor de la iglesia.
Yo lucía á «Murat», que tenía todas las habilidades de un perro de regimiento, y le insultaba cuando no hacía algo bien. Le llamaba canalla, asesino, granuja.
—¡No le insultes al pobre!—me decían Fermina y Lara.
«Murat» ya sabía que aquello era broma.
Cuando se cansaba de jugar se subía sobre el banco y ponía su cabeza en mis piernas.
Yo sacaba mi anteojo para mirar á lo lejos.
Desde aquella azotea de la iglesia se divisaba una gran hondonada, un valle cerrado por unas lomas rojizas, y por encima, en el fondo, Somosierra, como una muralla azul; á un lado brillaban las praderas verdes de Arauzo de Miel.
Mirando hacia el pueblo no se veía una casa alineada ni derecha; todas torcidas, alabeadas, con los tejados hundidos.
¡Qué silencio solía reinar allí! Piaban los pájaros, cacareaban las gallinas, subía en el aire la ligera columna de humo azul que brotaba de una casa.
Lara me hacía fijarme en la poesía de estas cosas, en el sonido de una esquila, en el toque de la campana, en el rebaño de cabras que se esparcía por un pedregal.
Mientras tanto, Fermina paseaba con la niña.
Mencigüela le enseñaba las cigüeñas y la canción que se les canta, que es ésta:
Cosa que, según la nodriza, hacía rabiar á las cigüeñas.
¡Qué vida primitiva, qué vida más estática la de aquel pueblo!
A media tarde volvíamos á casa á merendar. Me asombraba cómo Fermina no se aburría allí.
Recuerdo la salita de la casa como si la estuviera viendo. Había una mesa, un armario, un reloj alto de pared y un cuadro de cañamazo en que estaban bordados un ciervo, que tenía un aspecto mixto de conejo y de ardilla, unas flores y este letrero: Aquilina Ciruelos, lo hizo en 1803.
Yo me entretenía bastante describiendo en voz alta el cuadro, cosa que á Fermina no le gustaba.
—Seguramente, en su casa hay algún bordado igual hecho por ella—pensaba yo.
Además de la mesa había una cómoda pesada y ventruda, y sobre ella un Niño Jesús metido en un fanal, y un espejo donde se reflejaban las imágenes completamente deformadas.
El mobiliario se completaba con un baúl enorme con aplicaciones de latón y un arca.
Todo lo que tuviera colorines, á Fermina se le antojaba muy bonito; en cambio, á mí me parecía muy feo.
Era una mujer rara la tal Fermina. Tenía un amor por el orden, por el arreglo, completamente extraño. Cuidaba la ropa blanca como algo religioso.
Se comprendía, al verla en una casa, el odio que experimentaba por todo lo nuevo y lo revolucionario. La enemiga terrible que guardaba contra los franceses provenía, más que nada, de que no respetaban costumbres antiguas.
—¿Por qué se ha de hacer esto?—preguntaba yo alguna vez.
—Así se ha hecho siempre.
—Esa no es razón.
—¿Por qué se ha de hacer de otra manera si así se ha hecho siempre?
Hay piedras que parece que están fijas, sujetas en la tierra sin que puedan desplazarse nunca. De estas piedras era Fermina.
Yo no; yo me sentía como el canto rodado, que al menor impulso corre por los taludes al fondo de los barrancos.
En la naturaleza de Fermina estaba la inmovilidad. Era lógico en ella que al volver á una vida metódica, encarrilada, no quisiera moverse.
Algunos días jugábamos á la pelota en el pueblo Lara, Ganisch y yo con los mozos del pueblo. Los castellanos son torpes para esto. Parece que el vascongado es el más diestro, el mejor constituído para tal juego.
Así es que Ganisch ó yo ganábamos siempre.
A media tarde emprendíamos la vuelta hacia Salas, en donde estábamos de guarnición.
El pinar, como decía Lara, parecía una catedral; por entre sus troncos, que dejaban anchas sombras, pasaban las fajas luminosas del sol.
Lara y yo solíamos marchar por en medio del bosque en silencio. El viento arrancaba un murmullo misterioso de los pinos, y nuestras sombras se alargaban en el suelo con la luz dorada del crepúsculo.
En algunos puntos parecía reconcentrado el olor de la resina y del tomillo.
Cuando pasábamos los pinares comenzaba á obscurecer; cruzábamos por prados verdes sembrados de margaritas, y por regatos llenos de agua que reflejaban las estrellas.
No sé qué giro hubiese tomado mi vida á seguir así. Lara y yo comenzábamos á hacer proyectos de vivir en el campo.
Un domingo, al ir á Huerta del Rey, nos encontramos á Fermina desesperada, bañada en lágrimas. La niña acababa de morir.
La noticia me produjo un verdadero dolor, y desde entonces comencé á sentir deseo de marcharme de allí.
Aquí se interrumpe el manuscrito de Aviraneta.
LIBRO SÉPTIMO
A SALTO DE MATA
ACOTACIÓN
Ahora—dice don Pedro de Leguía y Gaztelumendi en sus papeles—, para completar la historia de Aviraneta en su época de guerrillero con el cura Merino, tengo que recurrir á lo que me contó el cabo de chapelgorris, Juan Larrumbide, llamado Ganisch, en la taberna del Globulillo, en la calle del Puerto, de San Sebastián, una tarde de otoño del año 1839.
Al saber que conocía la vida de Aviraneta, Ganisch me preguntó con gran interés si le había contado algo de él.
Yo contesté que sí, é indiqué lo que me había dicho.
—¿Conque Eugenio le dijo á usted que yo me arreglé con la Riojana?—me preguntó Ganisch algo incomodado.
—Sí.
—¿Y no habló nada de sus enredos?
—No.
—¡Qué gracioso! Pues él también estuvo viviendo con una mujer y á punto de casarse con ella. Una tal Fermina.
—¿Fermina la Navarra?
—Sí. ¿Qué le contó á usted más Eugenio?
—Que usted había conquistado á la Riojana por su manera de hablar enrevesada; que usted no hacía mas que comer...
—¡Qué canalla! ¡Ese bizco tiene más mala intención!... ¿Ya le dijo á usted que á él le llamaban el Pisaverde?
—Sí.
Había notado que entre Ganisch y Aviraneta existía, así como por debajo de su amistad, un fondo de envidia y de odio, y escarbando en él conseguí que Ganisch contara todo cuanto sabía.
Me hubiera gustado mucho poder trasladar fielmente las palabras de Ganisch y sus impresiones personales acerca de su vida y de la de Aviraneta en las guerrillas de Merino. Pero ¿quién sería capaz de transcribir con exactitud aquella serie de frases defectuosas, aquella serie de concordancias extrañas en donde se confundían el castellano, el francés y el vascuence?
Es imposible reproducir su relato como él me lo contó; relato que, ciertamente, no tenía orden gramatical, pero sí mucha gracia.
Al dar yo una forma lógica, aunque no literaria, le quito seguramente, todo carácter á esta narración, que hizo Ganisch en la taberna del Globulillo, de la calle del Puerto, en San Sebastián, una tarde de otoño del año 1839.
I
FERMINA Y LA RIOJANA
Ganisch comenzó de este modo:
«Cuando entremos en la partida yo y Eugenio, como la cura Merino, ¡así ojalá se muera de repente!, era hombre que se fijaba mucho en estos cuestiones, Eugenio, que es un endredador, inventó que la Riojana era mi mujer y Fermina la suya. La cura Merino...»
Pero no; es imposible seguir á Ganisch en su relato, y prescindiendo de lo pintoresco de su estilo, hay que hacerle hablar como todo el mundo.
El cura Merino no se preocupaba de estas cosas por virtud, sino porque era celoso y lujurioso como un mico.
La Riojana era una buena chica; eso sí, le gustaba la miel como á todas las mujeres, y cuando se le ponía algo en la cabeza, era un poco bestia.
La Fermina se las echaba de señorita. Siempre estaba de mal humor, dispuesta á dar gritos y á subirse á la parra por cualquier cosa.
La Riojana y yo—siguió diciendo Ganisch—nos entendimos pronto, porque, como yo hablaba poco el castellano, me iba pronto al bulto.
Como la Fermina y Eugenio no llevaban camino de arreglarse, la Riojana le decía á su compañera:
—¡Pues no eres poco melindrosa, hija! En la guerra como en la guerra. ¡Qué demoño!
Fermina era de un pueblo de la ribera de Navarra, y su padre un rico hacendado. Había tenido Fermina un novio que con engaños—así dicen siempre las mujeres—la sacó de casa; el padre juró que si volvía la despezaba, y, claro, ella no quiso volver.
Tenía Fermina muchas ínfulas aristocráticas; yo no sé si mentía, es muy probable; pero, mintiendo ó diciendo la verdad, aseguraba que se hallaba emparentada con las familias más linajudas de Navarra.
—Los Echegaray no sé de dónde procedemos—le replicaba Eugenio, que se hacía llamar por su tercer apellido—; no sé si venimos del cogollo ó de las hojas, de las últimas capas ó de los primeros manteos; pero no me preocupa gran cosa.
—Tienes risa de condenado—le decía ella.
Y esto le daba á él más ganas de reir.
No sé qué idea tenía la Fermina de Eugenio y de mí, pero creo que nos consideraba como dos herejes á los que no les faltaba el canto de un duro para entrar en el infierno.
Yo le aconsejaba á Eugenio que cogiera á aquella mujer y la dejara perdida en algún monte donde no pudiera volver, como á los perros que molestan.
Fermina la Navarra decía brutalidades sin notarlo; pero si alguien le echaba un piropo se sofocaba y le brillaban los ojos. Entonces sí estaba guapa.
Fermina, la Riojana y otras mujeres que había allí se decidieron, cuando comenzaron á organizarse las guerrillas, á gastar pantalones y á montar á caballo como los hombres.
Aviraneta, que siempre ha sido hablador, llamaba á Fermina la Monja Alférez.
—Este alférez ¡eh! Ganisch—me solía decir Eugenio guiñando los ojos—está verdaderamente bonito.
—¡Condenado! Te gusta avergonzarme—contestaba ella.
—Ya que eres la Monja Alférez—contestaba él echándoselas de galante—, sé monja para mí y alférez para los demás.
Al poco tiempo de estar en el campo, á Eugenio le hicieron teniente, no porque hubiera peleado más que yo ó que los demás, sino porque tenía más escuela.
Eso de saber manejar la pluma es cosa de mucha importancia.
Como Eugenio nunca ha sido fuerte, á los tres ó cuatro meses de estar en el campo durmiendo en el suelo y recibiendo nieves y chaparrones tuvo un ataque de reumatismo (erreumatismo, decía Ganisch) y le fué necesario quedarse en cama.
Yo fuí á cuidarle, más que nada, por no andar de maniobras.
Tanto subir y bajar montes y mojarme me tenía aburrido.
Estaba ya soltero, porque la Riojana se me había marchado con el cura. Le pedí permiso á éste para ir á cuidar á Eugenio, y Merino me dijo:
—Sí, sí; vete.
Claro, quería tenerme lejos de la Riojana.
Luego me preguntó:
—¿Qué le pasa á Eugenio?
—Está baldado por el reuma.
—¡Qué gente! ¡Qué jóvenes!—murmuró—. Ese Echegaray vale poco. A mí no hay lluvia ni nieve que me haga efecto.
El cura decía la verdad. Era duro como una piedra.
Al principio de la enfermedad de Aviraneta, la Fermina le cuidó muy bien; pero cuando entró en la convalecencia, ella y él se tiraban los trastos á la cabeza.
A la Fermina le asustaba mucho pensar en el infierno, y decía á Aviraneta que tenían que confesarse y ver al cura.
—¡A los curas! ¡A presidio los llevaría á todos!—decía Eugenio.
Ella, al principio, se incomodaba; luego le decía:
—Tú pierde tu alma si quieres; yo ya me salvaré.
—¿Salvarte?—le contestaba él en broma—. No se cómo: has matado, has dicho mentiras, dejarías de ser mujer si no las hubieras dicho; amores has tenido, iracunda eres como pocas, golosa también, envidiosa ídem; conque si no te metes monja después de la guerra y te azotas, no se cómo te las vas á arreglar con tu alma.
—¡Ese Eugenio—añadió Ganisch—tiene unas ocurrencias...!
—Y ella ¿qué hacía al oir esto?—pregunté yo.
—Ella se ponía como una fiera y le decía: ¡Canalla! ¡Bizco! ¡Quisiera que te murieras de repente!
—Ya lo sé—contestaba él.
Luego hacían las paces. La Fermina tenía un genio imposible; se mostraba dominadora, violenta, sanguinaria. Eso sí, para la gente pobre era buena.
II
LA HIJA DE MARTINILLO
—Supongo que Eugenio—siguió diciendo Ganisch—le habrá contado y ponderado los combates de la partida del cura. Es muy amigo de dar importancia á todos los sucesos donde interviene él.
—Pero la acción de Hontoria del Pinar, ¿no fué importante?—pregunté yo.
—¡Bah!—murmuró Ganisch.
—¡Cómo, bah! ¿No lucharon ustedes con un escuadrón francés numeroso?
—Sí.
—¿No hubo muchos muertos y heridos?
—Sí; creo que sí.
—Es extraño. ¿No se acuerda usted bien de esa acción?
—Sí; algo me acuerdo. Estuvimos en un pinar durmiendo en el campo, y todos los días aseguraban que venían, y luego que no venían... Bueno; pues una mañana dijeron que los franceses acababan de pasar por el camino. Yo no les vi.
Esperamos en un punto, y luego tuvimos que ir á otro sitio, y luego á otro. Después dimos una carga, y como no se pudo romper la formación francesa, comenzamos á pelear unos cuantos del escuadrón con diez ó doce dragones de esos de gorra de pelo; y cuando vinieron á ayudarnos los nuestros nos dijeron que ya se había terminado todo.
Sin duda, Ganisch no se había enterado de los preparativos de Merino para la sorpresa del Portillo de Hontoria ni del desarrollo general de la acción.
—Y al día siguiente, ¿fueron ustedes á la Vid?
—Sí. ¿También eso le ha contado Eugenio?
—También.
—Lo que no le habrá contado, seguramente, será lo de la niña y lo del desafío.
—No. ¿Qué fué lo del desafío?
—Verá usted. Teníamos nosotros en la partida un muchacho joven que se llamaba Martinillo.
—¿Un pastor?
—Eso es. En ese día de Hontoria del Pinar murieron veinte ó treinta de nuestro escuadrón, y entre ellos Martinillo el pastor.
Al día siguiente marchamos á la Vid y no volvimos al alojamiento hasta quince días después. Al llegar á Hontoria, y al preguntar por la Teodosia, la viuda de Martinillo, supimos con pena que acababa de morir de sobreparto, dejando una niña, á la que se puso también Teodosia.
¡Y aquí se ve lo que son las mujeres de raras y de locas! Fermina la Navarra, que había tenido tanto odio por Martinillo y por la Teodosia madre, recogió á la niña y se fué á vivir con ella á una casa de Huerta del Rey. Los del escuadrón solíamos ir á verla alguna que otra vez; pero, sobre todo, Eugenio y un amigo suyo, llamado Lara.
Eugenio pensó en casarse con la Fermina y prohijar á la niña; pero como no estaba en el regimiento alistado con su nombre, era una cosa difícil.
La Fermina no pensaba mas que en la chiquilla.
Muchas veces le oí á Fermina que preguntaba á Aviraneta:
—Eugenio, si yo muero, no la abandonarás; ¿verdad?
—¡Yo abandonar á la Teodosia! Nunca—replicaba él.
Murió la niña, y la Fermina y Eugenio, que estaban muy amartelados, riñeron en seguida. Fermina volvió á vestir de guerrillera, y todos los días le armaba un escándalo á Aviraneta.
—Estamos ofendiendo á Dios con esta vida—le decía ella—. O te casas conmigo, ó nos separamos en seguida.
—Espera que acabe esto—contestaba él—. Habiendo dicho á la gente que estamos casados, va á ser un escándalo ahora si vamos á la vicaría.
Eugenio se hubiera casado; pero al ver el genio que iba tomando la otra, se espantó.
Fermina no pensaba de nuevo mas que en luchar, matar y pegarle fuego al mundo entero.
III
EL DESAFÍO
Fermina se separó de Aviraneta y comenzó á andar, acompañada de un alemán, Müller, que era uno de los prisioneros que se quedó amigo de los españoles.
El alemán guardaba las espaldas de la guerrillera; ella le trataba con altivez, y él, á pesar de todo, le servía humildemente.
Eugenio estaba furioso; le miraba al alemán con su ojo bizco y frunciendo el ceño. Cuando Aviraneta se pone á mirar así hay que temblar, porque, con la mala sangre que tiene, es capaz de cualquier cosa.
La situación entre los dos hombres era muy violenta, y al fin vino el encuentro.
Eugenio y el alemán, por una cuestión de poca monta, se lanzaron el uno contra el otro. Eugenio quiso arrestar á Müller; pero al ver en éste una risa de desprecio, suspendió el arresto y concertaron entre los dos un desafío.
Lara y yo fuimos los testigos de Aviraneta, y dos desertores franceses los de Müller el alemán. Se decidió que otro desertor polaco hiciera de juez de campo.
Marchamos los siete al galope al pinar, y entramos en una calvera del monte, grande como una plazoleta.
Antes de comenzar el duelo, el alemán dijo que él era un simple soldado, y mayormente extranjero; que si se sabía que se había batido con un oficial le costaría el ser fusilado, y que, por lo tanto, exigía juráramos todos guardar el secreto de lo ocurrido.
El alemán, sin duda, tenía completa confianza en su triunfo. Juramos callar.
Al momento Müller y Aviraneta se quitaron las casacas. Müller tenía un pecho de gigante y unos brazos fuertes, cubiertos de vello rojo.
Se midieron los sables y se entregó á cada uno el suyo. El alemán manejaba su arma como un juguete. Se colocaron los dos en guardia.
—Uno, dos, tres... Adelante, señores—dijo el polaco.
Los sables chocaron uno contra otro y comenzó el asalto.
Müller no tenía idea de la esgrima, pero era valiente, y tiraba unos mandobles á Eugenio que yo creí que le deshacía. Aviraneta se defendía con mucha maña y dirigía á Müller golpes á la cabeza y al brazo.
El alemán, viendo que no alcanzaba al enemigo, comenzó á dirigirle estocadas furiosas al pecho.
Hubo un descanso por orden del polaco, juez de campo.
Müller estaba congestionado y torpe; Eugenio, algo pálido, pero muy tranquilo.
—Yo intentaba desarmar á este bárbaro—nos dijo Eugenio á Lara y á mí—, y herirle levemente; pero tiene tan mala intención, que voy á tener que matarlo, si no, me va á matar él.
Siguió el duelo y vimos que, efectivamente, Eugenio cambiaba de sistema; ya, después de parar, no marcaba un golpe ligero en el brazo ó en el hombro del contrario, sino que se tiraba á fondo de una estocada. Müller hacía lo mismo con una furia terrible. Eugenio estaba cada vez más pálido y más ceñudo; se notaba la decisión en sus ojos.
Durante un momento estuvieron los dos forcejeando casi con los puños juntos, y al separarse se vió que Aviraneta tenía un rasguño en el brazo que le manchaba de sangre.
Aquella sangre y la sonrisa de triunfo del alemán enardecieron á Aviraneta, dándole una de aquellas decisiones violentas que le caracterizaban.
El polaco hizo la señal del nuevo asalto. Aviraneta se lanzó con tanto brío, que acorraló al alemán, que tuvo que retroceder, y, dándole un sablazo en la muñeca, le hizo tirar el sable.
Creímos que aquí terminaría el lance; pero Müller protestó y volvió con más furia á la pelea. Ya no era dueño de sí mismo; se descubría, parecía un toro más que un hombre. Se veía en él la decisión de atravesar á su contrario, aunque quedara muerto.
Aviraneta se encontraba en un aprieto grave; se iba cansando y perdiendo la serenidad.
En esto, Müller con el sable rozó la oreja de Eugenio. Aviraneta sintió la sangre que le caía y, enardecido, se lanzó sobre el enemigo, se tiró á fondo y hundió el sable en el pecho del alemán.
Müller abrió los brazos, se le cayó el arma, se tambaleó y, dando una vuelta como un peón, cayó á tierra.
Los dos testigos franceses no pudieron sostener su cuerpo fuerte y pesado.
—Lo he matado—nos dijo Aviraneta—; no he podido hacer otra cosa.
El alemán bramaba, escupiendo espumarajos de sangre.
Aviraneta, ceñudo, tomó su sable y empezó á limpiarlo en unas hierbas. Esperó un momento por si Müller le llamaba; pero el alemán estaba en las últimas convulsiones de la agonía, y poco después había muerto.
Montamos de nuevo á caballo. Los dos franceses, que tenían sangre en las manos, y Aviraneta, se lavaron en un arroyo y volvimos á Hontoria.
Todos los que presenciamos el duelo guardamos el secreto de lo ocurrido, hasta el punto de que se creyó que Müller había desertado de nuestro campo. Sin embargo, algunos sospecharon la verdad.
IV
LA DENUNCIA
Unos meses después estábamos en Peñaranda de Duero, que también se llama Peñaranda de la Perra, cuando se presentó un escuadrón del Empecinado á operar en combinación con Merino.
Eran oficiales de este escuadrón Antonio Martín, el hermano del Empecinado, y don Casimiro de Gregory Dávila, á quien llamaban Gregory el de Leganés, por su cargo de administrador de Rentas de este pueblo.
Gregory había peleado con el Empecinado á las órdenes de don Vicente Sardina, y estuvo preso en Madrid por patriota el año 9.
Luego, yo le conocí en 1822 de intendente en Pamplona.
Gregory y Martín andaban mucho con Aviraneta. Se decían muy liberales.
Un día los dos Empecinados, Aviraneta, Lara, el Tobalos y tres ó cuatro más del escuadrón del Brigante se metieron en una taberna de Peñaranda y hablaron.
Hay que advertir que Eugenio, en esta época, estaba que no se le podía aguantar.
Sus peleas con Fermina y, sobre todo, el recuerdo de la muerte del alemán le tenían rabioso.
Antonio Martín y Casimiro Gregory contaron en el grupo la entrada de los aliados en Madrid un día de Agosto.
El Empecinado, Palarea, el Abuelo y Chaleco habían desfilado por la Puerta del Sol y calle Mayor, marchando al Ayuntamiento.
Antonio Martín aseguraba con entusiasmo que los Empecinados habían sido los héroes de la jornada.
Unos días después de entrar ellos se juraba la Constitución en todas las parroquias madrileñas.
Los del Brigante escuchaban con envidia.
—Tenéis suerte—dijo Aviraneta con amargura—; nosotros aquí no hemos visto nada de eso.
E hizo un cuadro agrio y burlesco de la vida y costumbres del campamento de Merino.
Viendo que celebraban sus frases, Aviraneta se desbocó y empezó á decir barbaridades. Afirmó que Merino había ordenado la muerte del Brigante porque se sentía celoso de él.
—¿Nosotros?—exclamó luego—. Nosotros ya no somos guerrilleros, sino unas viejas beatas que no hacen mas que rezar el rosario y persignarse para comer, para beber, para rascarse...
Gregory y Martín se reían. Luego, Eugenio habló del Estado llano, del servilismo de los fernandinos, de la libertad y de los derechos del hombre, y acabó brindando por la República.
Aviraneta pensó que nadie se enteraría; pero en la taberna había un enemigo suyo, un tal Sánchez, á quien llamaban don Perfecto.
Don Perfecto estaba resentido contra Aviraneta porque éste se burlaba de él constantemente preguntándole dónde se había escondido cuando la acción de Hontoria del Pinar.
Don Perfecto se vengó yendo con el soplo al cura, contándole toda la conversación.
A los quince días de esto volvimos á Salas de los Infantes. Ya habíamos olvidado la conversación de Peñaranda.
No hicimos mas que llegar, cuando el cura llamó á Aviraneta y á Lara y, de repente, sin incomodarse, con voz burlona y fría, les dijo:
—Oye, Echegaray. ¡Conque yo mandé asesinar al Brigante! ¡Conque nosotros no somos guerrilleros! ¡Conque somos unas viejas beatas que no hacen mas que rezar!
—Yo no he dicho eso, don Jerónimo.
—Ha habido quien te ha oído, hijo mío. Hablaste con el hermano del Empecinado y con otro en una taberna de Peñaranda. ¿De manera que eres masón y republicano? ¡Ya me figuraba yo algo! Pues tendrás la suerte de los espías y los traidores: serás fusilado por la espalda. Y tú, Lara, irás también á la cárcel. Ya veré lo que hago contigo.
Aviraneta no replicó. Un oficial le quitó su espada dragona y, rodeado de soldados, marchó á la cárcel.
Después de este episodio, Ganisch contó otros de los guerrilleros de Merino, ya conocidos por mí, y la escapada que hicieron desde Salas á Soria Aviraneta y él; pero como esta escapada la he encontrado con más detalles en los papeles de don Eugenio, he recurrido á ellos.
V
LA EVASIÓN
Estas páginas que siguen fueron escritas, como las primeras de este libro, en la Cárcel de Corte, de Madrid, en 1834 ó 1835. Aviraneta quiso dar á su narración un aire romántico. No en balde le habían prendido al mismo tiempo que á Espronceda y á García Villalta. Don Eugenio, sin duda, pensó en imitar á los poetas; en cambio, los poetas no quisieron imitar al conspirador, pues ambos estuvieron á cual más tímidos y asustadizos, y cantaron la palinodia al momento escribiendo una solicitud á la reina María Cristiana afirmando su inocencia y pidiendo gracia.
Aviraneta habla en sus cuartillas de un pueblo S*, que he supuesto que es Salas de los Infantes; se llama á sí mismo el joven prisionero, á Fermina la transforma en Elvira, y á Ganisch en Martín.
A las pocas páginas se olvida de sus propósitos novelescos y del joven prisionero y habla de sí mismo.
Yo he sustituído los nombres falsos por los verdaderos para que no haya confusión.
LA CASA DEL DUENDE
Cuando me llevaron preso llovía, llovía monótonamente. El campo estaba triste; la carretera, llena de charcos.
Veíase entre la bruma la línea alargada de los montes, y en el fondo aparecía Salas con sus tejados rojos, chorreando agua.
Salas de los Infantes está en tierra fría, rodeado de colinas pedregosas; tiene una iglesia con su torre cuadrada en un alto y su nido de cigüeñas.
Salas es pueblo serrano, de casas bajas, con las chimeneas muy grandes, hechas con trozos de teja, formando una eminencia cónica terminada por una caperuza de cuatro tablas, que en el país llaman la contera.
Tiene Salas un castillejo en el vértice de una colina próxima al río, el castillo de Castrovido, y un palacio grande, el de los infantes de Lara. Castillo y palacio deben estar ya completamente en ruinas, si la devastación iniciada en la guerra de la Independencia ha seguido en la carlista, como ha debido de seguir, si es que no ha aumentado.
No se ve aldea alguna en derredor de la villa; entonces, durante la campaña, sus alrededores eran un desierto.
Salas tiene un punto de reunión bastante animado los días de feria, que suelen ser los jueves: la plaza Mayor.
En los soportales de esta plaza, en las bodegas hay figones bajos de techo, ahumados, con unas cuantas mesas de pino blancas y una fila de barricas sostenidas por largueros.
A la puerta de los figones suelen ponerse los días de mercado algunas viejas á vender callos con guiso de pimentón en un barreño. Yo conocía todos los figones del pueblo.
Lara y yo frecuentábamos el figón del Obispo y el de la Mujer Muerta, donde solíamos comer los exquisitos peces del Arlanza.
Hontoria y Salas eran para nosotros, acostumbrados á merodear por el campo, capitales importantes.
Dos barrios hay en Salas bastante separados el uno del otro: el de Santa María, casi todo el pueblo, llamado así por hallarse alrededor de la iglesia parroquial, y el de Santa Cecilia, por estar cerca de una ermita de este nombre levantada á orillas del Arlanza.
Un puente que pasa por encima del río une el camino que va de una á otra barriada.
En el barrio de Santa Cecilia había por entonces una casa grande, de piedra berroqueña, antigua, ennegrecida por el tiempo y por los musgos, agujereada, con los aleros rotos: la Casa del Duende.
Se entraba en ella por un postigo lleno de grandes clavos, porque la puerta principal, rota, estaba sujeta con hierros y no podía abrirse.
Era su zaguán ancho, obscuro, con una columna de granito en medio.
A mano izquierda comenzaba la escalera, torcida, apolillada, que subía hasta el desván.
Varias veces estuvimos los del escuadrón alojados en esta casa.
Lara y yo habíamos andado por todos sus cuartos y rincones, á riesgo de caernos, porque los suelos se hallaban agujereados.
Se encontraban aún en este caserón salas hermosas con chimeneas de piedra, vigas talladas en el techo, marcos de ventanas apolillados llenos de adornos, puertas de cuarterones, cerraduras roñosas y algunos viejos cuadros desgarrados y negros.
El desván era enorme: tenía grandes solivos de los que colgaban sarmientos secos; el tejado, roto, dejaba por todas partes ver el cielo, y los días de lluvia entraba libremente el agua por sus boquetes.
En esta casa habían estado alojadas muchas veces las tropas españolas y francesas. En aquel tiempo servía de cuartel y al mismo tiempo de cárcel á Merino.
La casa tenía varios calabozos con puertas sólidas. Merino había mandado arreglarlos y ponerles rejas, y allí encerraba á los presos.
Hacia el monte, se extendía una huerta con una tapia que en otro tiempo debió de ser hermosa, pero que talada y cubierta de ortigas, de zarzas y de jaramagos, presentaba un aspecto de desolación y de tristeza.
Esta casa ruinosa, y de aire melancólico, con sus agujeros, sus chimeneas rotas, sus aleros destrozados y sus lechuzas que chillaban de noche, hubiera influído en nuestra imaginación, si la vida activa que llevábamos nos hubiera permitido el lujo de tenerla.
No pensaba yo que en esta casa había de estar preso.
LA FRASE DE BAILLY
Aquella tarde, al anochecer, en el atrio de Santa Cecilia, me comunicaron la orden de prisión, me quitaron la espada y me llevaron preso.
Lara y yo, custodiados por un oficial y ocho soldados, llegamos á la Casa del Duende.
En el portal llamaron al Cojo, que hacía de alcaide.