A los que juraban y blasfemaban les castigaba cruelmente, dándoles de palos. Era también feroz con los ladrones.
En cambio, con el que se sometía en absoluto á la disciplina se mostraba á veces cariñoso.
Estas tiranías de curas son casi siempre así: crueles y femeninas. El cura y la mujer tienen algo de común; por eso se entienden tan bien.
Merino mantenía la leyenda de que contaba con grandes recursos y manejaba resortes secretos.
En el campo se oía hablar de las expediciones de Merino á Burgos disfrazado de pimentonero. Según los nuestros, iba á ver á los franceses para engañarlos.
Era la voz que corría por los pueblos acerca del cura de Villoviáu, como decían los aldeanos.
—¿Qué dicen del cura?—se preguntaban unos á otros.
—Que si le pescan los franceses le van á hacer tajaditas así.
—¿Y le cogerán?
—¡Qué le van á coger! ¿No ve usted que les engaña? Se disfraza, se acerca á los franceses y les pregunta:—Y ustedes, ¿qué van á hacer? ¿Por dónde van á ir?—Pues nosotros vamos por aquí ó por allá.—Y, claro, el cura los espera y los destroza.
El pueblo es niño y le agrada creer en estas historias absurdas.
Ni á Merino le gustaba exponerse de una manera tan grande, ni sabía hablar francés para entenderse con los soldados de Napoleón, ni tenía resortes desconocidos.
Los recursos más importantes se los proporcionaban las Juntas de la provincia, y los mejores informes se los daba el director y el espionaje espontáneo de los alcaldes y curas de pueblo.
IV
LOS PRIMEROS COMBATES
Las primeras salidas fueron para los guerrilleros bisoños de gran emoción; el toque de diana nos llenaba de inquietud; creíamos encontrar al enemigo en todas partes y á todas horas, y pasábamos alternativamente del miedo á la tranquilidad con rapidez.
Esta primera hora de la mañana en que se comienzan los preparativos de marcha, aun en el hombre de nervios fuertes produce al principio emoción.
Van viniendo los caballos de aquí y de allá; se oyen voces, gritos, relinchos, sonidos de corneta; las cantineras arreglan sus cacharros en las alforjas, los acemileros aparejan sus mulas, el cirujano y los ayudantes preparan el botiquín, y poco á poco esta masa confusa de hombres, de caballos, de mulas y de carros se convierte en una columna que marcha en orden y que evoluciona con exactitud á la voz de mando.....
Pronto comenzamos á acostumbrarnos y á gustar de aquella vida.
La guerra en la montaña tiene, indudablemente, grandes atractivos; el paisaje cambia á cada paso, el aire está fresco, el cielo azul; no hay polvo, no hay marchas fatigosas, el agua brota de todas partes.
Para un hombre joven y lleno de entusiasmo se comprende el encanto de esta vida salvaje del guerrillero, que es la misma que la del salteador de caminos.
El ser guerrillero, moralmente, es una ganga; es como ser bandido con permiso, como ser libertino á sueldo y con bula del Papa.
Guerrear, robar, dedicarse á la rapiña y al pillaje, preparar emboscadas y sorpresas, tomar un pueblo, saquearlo, no es seguramente una ocupación muy moral, pero sí muy divertida.
Se ve la poca fuerza que tiene la civilización cuando el hombre pasa con tanta facilidad á ser un bárbaro, amigo de la carnicería y del robo. Los alemanes suelen decir: «Rascad en el ruso, y aparecerá el tártaro».
Los alemanes y los no alemanes pueden añadir: «Rascad en el hombre, y aparecerá el salvaje».
A veces nos parecían un poco pesadas las marchas y contramarchas, pero se olvidaba pronto la fatiga.
El comienzo del año 9 lo pasamos así en ejercicios y en maniobras, interrumpidos por alguna que otra escaramuza.
En Marzo deseaba el director y la Junta de Burgos dar principio á las operaciones en cierta escala, y avisaron á Merino la inmediata salida de varios correos franceses detenidos en aquella capital. Con ellos iba una berlina con sacos de dinero para pagar á las tropas, dos furgones con pólvora y varios otros carros.
Iban escoltados por unos ochenta ó noventa dragones.
Merino decidió apoderarse de la presa. Apostó sus hombres á un lado y á otro del camino, de manera que pudieran cruzar sus fuegos, y ordenó al Brigante quedara en un carrascal próximo á la carretera y no apareciese con su gente hasta pasadas las primeras descargas.
Estuvimos ocultos los del escuadrón, como nos habían mandado, sin ver lo que ocurría. Sonaron las primeras descargas, transcurrió un momento de fuego y cruzaron por delante de nosotros cuatro ó cinco carros al galope con los acemileros, azotando á los caballos.
HAY QUE CORRER
En esto nos dieron la orden de salir á la carretera.
Aparecimos á un cuarto de legua del sitio de la pelea. Nos formamos allí y nos lanzamos al galope.
Los franceses, al divisarnos, se parapetaron detrás de sus carros y comenzaron á hacernos fuego.
Nosotros embestíamos, retrocedíamos, acuchillábamos á los que se nos ponían por delante.
Los guerrilleros, emboscados, hacían un fuego certero y terrible, pero los franceses no se rendían.
Nuestra victoria era cuestión de tiempo.
El Brigante y yo y otros dos ó tres luchábamos en primera línea con un grupo de soldados imperiales que se defendían á la bayoneta.
En esto se oyó un grito que nos alarmó, y los franceses se irguieron levantando los fusiles y dando vivas al Emperador.
Yo me detuve á ver qué pasaba. De pronto oí como un trueno que se acercaba. Miré alrededor estaba solo.
Un escuadrón francés llegaba al galope á salvar á los del convoy atacado.
Yo quedé paralizado, sin voluntad.
Afortunadamente para mí, el amontonamiento de carros y furgones del camino impidió avanzar á la caballería enemiga; si no, hubiera perecido arrollado.
Cuando reaccioné y tuve decisión para escapar, me encontré seguido de cerca por un dragón francés que me daba gritos de que me detuviera.
¡Qué pánico! Afortunadamente, mi caballo saltaba mejor que el del francés por encima de las piedras y de las matas y pude salvarme.
Cuando me reuní con los míos me recibieron con grandes extremos. Creían que me habrían matado; como es natural, no confesé que el miedo me había impedido escapar, sino lo atribuí al ardor bélico que me dominaba.
Esta primera escaramuza me impresionó bastante.
Realmente, produce efecto el ruido de las herraduras de más de mil caballos que parece que van galopando por encima del cráneo de uno.
Aquel fué mi primer hecho de armas. Después, hablando de este combate con el Brigante, yo le decía que nuestros escopeteros debían haber hecho frente á los franceses para detenerlos un instante y no dejarnos sin defensa.
El Brigante se encogió de hombros, como dando á entender que no quería hablar.
El Brigante y Merino no estaban conformes en muchas cosas.
Para el cura, la cuestión en la guerra era exterminar al enemigo sin exponerse. El Brigante y yo creíamos que la cuestión era matar, pero matar con nobleza, dando cuartel, respetando á los heridos. Otros opinaban que no, que si se hubiera podido echar veneno al agua que habían de beber los franceses, sería lo mejor.
Las mujeres eran de este último partido; el odio al francés, sólo por extranjero, se manifestaba en ellas de una manera selvática.
Cuando yo le decía á Fermina la Navarra que había tenido amistad con algunos franceses, le parecía una cosa monstruosa.
En todo el mes de Marzo, Abril y Mayo los nuestros se dedicaron á cazar correos y á atacar á los destacamentos enemigos. Solamente los dejábamos en paz cuando iban en grandes núcleos.
Merino mandaba exploradores para que no nos ocurriera lo de la primera escaramuza y no nos viésemos combatidos por la caballería.
Los generales del Imperio, en vista de las emboscadas de los guerrilleros, se decidieron á no enviar correos ni convoyes mas que acompañados de grandes escoltas de caballería.
A Juan el Brigante y á los de nuestro escuadrón nos hubiera gustado luchar con los franceses en número igual para probar la fuerza y la dureza de los guerrilleros; pero Merino no atacaba mas que emboscado y cuando contaba con doble número de gente que el enemigo.
Lo demás le parecían simplezas y ganas ridículas de figurar.
En cambio, nosotros encontrábamos su guerra una cosa ratera y baja.
Con tanto sigilo y tanta prudencia, sentíamos todos, por contagio, más inclinaciones para la intriga que para el combate á campo abierto.
V
LA VIGILANCIA DEL CABECILLA
Merino, por instinto, sin aprenderlo de nadie, era un gran técnico, quizá demasiado técnico. Despreciaba la improvisación. Para él, el heroísmo, el arranque, la audacia tenían importancia, pero una importancia muy secundaria.
Su afán era combinar los proyectos de sorpresas y emboscadas hasta en los más pequeños detalles.
Con una cultura apropiada, aquel hombre hubiera sido un gran jefe de Estado Mayor de un ejército regular. Nunca hubiera tenido, seguramente, el golpe de vista genial de los grandes generales; pero para la organización lenta y perseverante era una especialidad.
A pesar de las largas disertaciones de los escritores militares, se ve que la guerra, en el fondo, es un producto instintivo, y mientras exista la barbarie que la produce habrá, en mayor ó menor escala, generales improvisados, tan hábiles en las batallas como los llenos de conocimientos tácticos y estratégicos aprendidos en los libros.
Merino no era el clásico guerrillero, arrebatado, valiente, acometedor, ardoroso. Le faltaba impetuosidad, genialidad, brío, y estas faltas las suplía con la atención y el trabajo.
Nuestro jefe basaba sus operaciones, primero, en el conocimiento del terreno, que lo tenía casi absoluto; después, en las confidencias y en el espionaje, (por eso pagaba á sus espías lo más espléndidamente que podía); y, por último, en la perseverancia, que pensaba había de llegar al cansancio del adversario.
De las veinticuatro horas del día, Merino se ocupaba de sus tropas lo menos veinte, y á veces las veinticuatro. Merino tenía á sus fuerzas en una continua actividad y en un perpetuo movimiento.
Por la tarde, al ponerse el sol, solía distribuir los escuadrones de su partida en una aldea, ó en varias próximas, á las guarniciones de los franceses; colocaba centinelas avanzados de caballería por los caminos de los pueblos ocupados por el enemigo, y establecía un gran retén de jinetes en una posada y en las casas inmediatas.
Esta guardia solía constar de la tercera parte de gente del total de la partida, y como por entonces éramos de trescientos á cuatrocientos hombres, la guardia solía pasar de un centenar; á veces llegaba á ciento cincuenta.
Cuando alcanzaba este número, cincuenta marchaban en la ronda, otros cincuenta quedaban con las armas en la mano, y el resto dormía.
Los caballos quedaban en la posada ensillados, atados al pesebre y con la brida en el arzón. En caso de alarma, se montaba inmediatamente y se formaba en el zaguán ó en la calle.
Constantemente exploraba las inmediaciones de la aldea la ronda de caballería; ronda que, al cabo de dos horas, volvía á la posada y era sustituída por otra del mismo número de jinetes.
El retén lo mandaba un oficial, generalmente, un capitán, que estaba de guardia toda la noche, sin dormir un momento ni ser reemplazado.
Esto tenía la ventaja de que, con tal procedimiento, la dirección era única y la responsabilidad también.
LA NOCHE DEL CURA
Cuando quedaba alojada la tropa y Merino daba sus instrucciones al capitán de guardia y á los demás jefes, montaba á caballo y desaparecía seguido de su asistente.
En sus salidas nocturnas por el campo, siempre llevaba distinta indumentaria que de día. Su objeto, indudablemente, era que en la obscuridad nadie le reconociese.
Tarde ó temprano, lloviera, nevara ó granizara, no dejaba nunca de salir.
—El cura va á celebrar la misa del gallo—decían los guerrilleros al verle marchar á las altas horas de la noche.
Su salida tenía por objeto dar un último vistazo á todo.
Al trote largo, el cabecilla avanzaba hasta los alrededores de las guarniciones enemigas, hablaba con los confidentes enviados de antemano á los pueblos, recogía noticias de los curas, de los alcaldes y de los aldeanos.
Era incansable; no quería dejar nada á la suerte. Andaba diez ó doce leguas á media noche para enterarse de un detalle, por insignificante que pareciera á primera vista.
Sufría las nieves y los fríos más intensos como los más fuertes calores.
En el rigor del invierno gastaba guantes de lana y una especie de carrick anguarina con capucha, prenda parecida á la que emplean en Soria los montañeses de Villaciervos y á los capusays de los pastores vascongados.
Para ir á caballo se calaba una gorra de pelo, se subía el cuello del carrick, y así marchaba horas y horas.
Los días de lluvia gastaba una capa de paño grueso de Riaza, empapada en un barniz impermeable, al estilo de esos capotes usados en Cuenca que llaman barraganes.
Después de recorrer los caminos y encrucijadas en donde podía haber alguna novedad, si el cura encontraba todo tranquilo volvía hacia el punto en donde se hallaba el grueso principal de su fuerza y, dando la vuelta al pueblo, se dirigía á media rienda al bosque ó montaña inmediata.
Seguido de su asistente, iba haciendo caprichosos zigzags hasta que se detenía. ¿Hacía todo esto para desorientarle? ¿O quizá pensando que alguno podría seguirle? No lo sé.
Cuando le parecía bien se paraba y le llamaba al asistente. El que con más frecuencia le acompañaba era el Feo, y algunas veces el Canene:
—Eh, tú, Feo... quédate aquí.
—Está bien, don Jerónimo. Buenas noches.
—Buenas noches.
El asistente se apeaba del caballo, lo desembridaba, aflojaba la cincha, le echaba la manta, colocándole el morral con un celemín de cebada, sacaba de la alforja los víveres para su cena y se tendía, envuelto en la manta morellana, debajo de un árbol ó al abrigo de una peña.
EN LA SOLEDAD DEL MONTE
Merino seguía caminando por el monte en zig-zag hasta que encontraba un sitio que se le antojaba bueno y seguro. Siempre prefería aquel donde corría un arroyo ó manaba una fuente.
Al llegar allí se apeaba, desbridaba el caballo, le ataba con el ronzal á un árbol, le quitaba la silla, le echaba una manta y le ponía en el morral medio celemín de cebada.
Luego se envolvía en una bufanda, colocaba la silla del caballo á manera de almohada, y debajo de la silla metía un reloj de repetición, al que daba cuerda. Después se tendía á dormir.
Sonaba la repetición á las tres de la mañana. Merino, que tenía el sueño ligero, se despertaba y se ponía de pie. Si el tiempo estaba bueno, sacaba de la alforja una maquinilla con espíritu de vino, y en un cazo hacía chocolate.
Mientras hervía el chocolate volvía á echar al caballo en el morral un medio celemín de cebada y le dejaba comer despacio. El, mientras tanto, tomaba el chocolate con un trozo de pan, bebía un vaso de agua y fumaba un cigarro de papel.
Si por el mal tiempo no podía hacer el chocolate, comía la pastilla cruda.
Después recogía sus bártulos, ensillaba el caballo, le quitaba el morral, le llevaba al arroyo para que bebiese y comiese un poco de hierba, en la orilla y luego, montando, se acercaba al asistente:
—¡Eh, tú, Feo!—gritaba.
El asistente podía contestar al primer grito, si no quería recibir algunos latigazos. El Feo se levantaba, arreglaba su caballo, y el amo y el criado salían del monte.
LAS MAÑANAS DEL CURA
En seguida Merino emprendía la ronda de la mañana, encaminándose á toda prisa á las proximidades de la guarnición enemiga; conferenciaba con sus espías, y antes del amanecer estaba en el cuartel general de la partida; veía por sí mismo si las avanzadas y las rondas se hallaban en sus puestos, y entraba en la población.
Mandaba tocar llamada, y si alguno no estaba al momento dispuesto para marchar, salía á enterarse de lo que hacía.
El Feo llevaba á Merino un vaso de leche, que bebía á caballo, y en seguida se ponían las tropas en movimiento.
Se salía del pueblo, y al llegar á un sitio adecuado, la tropa se colocaba en orden de batalla y se pasaba revista.
Nos conocía á todos. Tenía ese aire inquisitorial de un director de seminario que quiere averiguar los pensamientos más íntimos de sus alumnos.
—¡Mala cara tienes tú hoy!—me dijo varias veces por lo bajo.
Una de las reglas de Merino era observar á sus guerrilleros. Quería, sin duda, conocerlos, ver transparentarse sus almas.
Así, sabía siempre lo que sus hombres deseaban cuándo estaban cansados, cuándo no; cuándo fingían ardimiento y cuándo lo experimentaban de veras.
Este deseo de contentar á su gente, y al mismo tiempo de recibir sus inspiraciones, producía en ellos una gran confianza, y cuando veían que el cura contrariaba abiertamente sus deseos cada uno de ellos pensaba: «Ocurre algo. El cura no puede dar descanso».
Es indudable que el pueblo tiene siempre rasgos de genialidad, y más aún en tiempo de guerra.
Esa alma colectiva que se forma en las masas condensa las virtudes, los vicios, las crueldades de cada uno de los individuos que la forman.
Así, estas colectividades, cuando se sienten heroicas, son más heroicas que un hombre solo, y lo mismo cuando se sienten cobardes ó crueles.
Marino comprendía instintivamente que de sus guerrilleros toscos podía sacar lecciones, y las aprovechaba.
Después de pasar revista nos hacía acampar, y mientras parte de la fuerza quedaba de guardia en los caminos, otra se ejercitaba en maniobras de guerrillas, haciendo simulacros de ataques y defensas, de reconocimientos, de combates, de tiros al blanco y dando cargas de caballería.
Mientras tanto, Merino se sentaba en una silla de tijera, leía los partes que le enviaban, y de su sombrero de copa, su gran archivo, sacaba un cuadernillo de papel y contestaba, y daba sus órdenes á los comandantes destacados en diferentes puntos.
Nunca empleaba más de tres ó cuatro líneas en sus instrucciones; así que no necesitaba secretario.
A mí me llamó algunas veces para fingir comunicaciones falsas redactadas en francés, como si estuvieran enviadas de un comandante de un cantón á otro.
No le gustaba á Merino guardar papeles, y todos los que recibía los quemaba al instante.
Los partes suyos los doblaba, los metía en sobres gruesos, echaba cera amarilla y ponía encima su sello. El sello era uno que le había regalado el cura de Coruña del Conde, y que provenía de las ruinas de la gran Clunia, ciudad romana levantada en otro tiempo en un cerro próximo al río Arandilla.
Con todos los sobres preparados, hacía venir á su presencia á los ordenanzas de á caballo, y á cada uno le confiaba el parte, le prevenía los caminos ó sendas que debía tomar y le fijaba hora exacta para entregarlo.
EL TEMOR AL ENVENENAMIENTO
Después de estas diligencias veía el final de las maniobras, daba la orden de marcha y se seguía adelante al pueblo ó aldea donde había que hacer el rancho y dar pienso á los caballos.
No nos dejaba comer en paz. Él solía entrar en la casa donde encargaba el almuerzo y mandaba que se lo hicieran sin sal. Tenía miedo de que le envenenaran.
Le traían unas sopas de ajo ó huevos, les echaba sal, que sacaba de un paquete que guardaba cuidadosamente, compraba un panecillo en otra parte y comía sin sentarse á la mesa; después extraía de su alforja un trozo de carne en fiambre y un pedacito de queso y marchaba á la fuente, llenaba un vaso de agua, que bebía, y salía á fumar un cigarro.
A los cinco minutos ya estaba volviendo y preguntando á los oficiales:
—Qué, ¿estamos?
Los soldados, en general, tenían más tiempo de descanso, y con el motivo de hacer el rancho y con el pretexto de herrar á los caballos y darles de beber, nos hacían esperar siempre.
Con estos trotes que nos daba, no hay para qué decir que la mayoría deseábamos operar independientes.
Merino era incansable. No quería dejar nada á la casualidad.
Muchas noches las pasaba enteras á caballo, aunque cayeran rayos y centellas.
Con tanto trajín, un caballo y un asistente no le bastaba, y cambiaba dos y hasta tres al día.
Contaba para la remuda siete ú ocho caballos, los mejores del escuadrón, con sus arneses y monturas.
Siempre llevaba uno enjaezado cerca del que montaba. No quería guardia. Ya sabía que todo el país estaba á su lado, y aunque temía las traiciones, temía más aún las maniobras indiscretas.
En general, cambiaba de caballo por la mañana, al mediodía y al anochecer. Cada uno llevaba su alforjita con su celemín de cebada.
Al montar, siempre decía al asistente:
—Feo.
-¿Qué?
—¿Está bien calzado?
—Sí, señor.
—¿No le falta ningún clavo en las herraduras?
—Ninguno.
—Bueno; pues vamos allá.
VI
ARDIDES Y EMBOSCADAS
Al escribir estas páginas, al cabo de más de veinte años en la obscura cárcel, donde me encuentro preso, me figuro tener hoy los mismos sentimientos de aquella época de mi vida de guerrillero.
Claro que es un error. Los años y la desgracia dan sus lecciones, aunque no se sepa á veces claramente cuáles son.
Por otra parte, había entonces para mí una influencia, cuya presión me es difícil calcular.
Me refiero al contagio de los sentimientos patrióticos de los demás. En todas esas grandes convulsiones populares, como la guerra de la Independencia, hay una contaminación evidente; uno cree obrar impulsado por su inteligencia, y lo hace movido por su sangre, por sus instintos, por razones fisiológicas, poco claras y conocidas.
Este contagio lo experimenté yo, como lo experimentaron otros mucho más cultos que yo. Al principio de la guerra, la calentura patriótica nos abrasaba.
Sin embargo, yo confieso que en una de las emboscadas primeras en que tomé parte me costó trabajo dar la voz de fuego. Me habían mandado al frente de veinte jinetes con la orden de agazaparnos en un alto detrás de unas piedras y terrones y esperar el paso de un pelotón enemigo. Al divisarlo debíamos hacerle una descarga cerrada é inmediatamente montar á caballo y salir corriendo hacia nuestro campo.
Fuimos marchando á la deshilada con un mozo pastor que conocía muy bien los senderos; tomamos y dejamos veredas abiertas entre la maleza y el monte bajo, y llegamos á las peñas donde debíamos agazaparnos. Yo tenía un buen observatorio oculto por unas matas.
Esperamos toda la tarde; el anochecer fué espléndido; el sol del crepúsculo doraba el campo, alargando las sombras de los árboles.
Yo, contagiado por la paz de la Naturaleza, estaba deseando que no apareciesen los franceses; pero un momento antes de anochecer se presentaron.
Eran cincuenta ó sesenta soldados de infantería; iban á pie; algunos cantaban alegremente.
Se me encogió el corazón, pero no había más remedio. Miré á mis guerrilleros. Todos estaban preparados.
—¡Fuego!—grité.
No quise mirar. Montamos á caballo y nos retiramos de aquel sitio rápidamente.
Este sentimiento de responsabilidad, de remordimiento, no lo experimenté mas que las pocas veces que tuve algún mando; en lo demás, no.
En los ataques de caballería que dimos los del escuadrón del Brigante no sentía uno intranquilidad moral ninguna. La cólera, el odio y, más aún, la emulación nos arrastraban.
No veíamos si eran muchos ó pocos los enemigos; nos lanzábamos contra ellos con tal furia que, generalmente, no podían resistir nuestro empuje.
Luego, ya llegó un tiempo en que no sé si por costumbre, por el hábito de verlos, ó por vislumbrar la posibilidad de echarlos de España, comenzamos á perder el odio por los invasores.
Estas alternativas, comunes á los del escuadrón del Brigante, no influyeron en Merino. El cura siguió preparando al principio y al fin sus emboscadas y sus sorpresas de una manera fría y metódica.
Ciertamente, la guerra, con método ó sin él, es una cosa horrible; pero cuando se hace de manera tranquila, parece más horrible todavía.
Al menos, cuando se luchaba á pecho descubierto, como lo hacía el Brigante en pequeño y como lo hicieron en grande Mina, el Empecinado y don Julián Sánchez, la impresión del peligro experimentado, del valor del jefe marchando á la cabeza, hacía un efecto tónico.
Muchos años después, siendo mariscal de campo el Empecinado y yo su ayudante, dimos una carga, en 1822, llevándole al frente, contra una partida de absolutistas, que entonces llamábamos feotas, mandados por Merino, y aquello alegraba el corazón.
Aun así, creo que á un hombre de dentro de doscientos años, este acuchillarse mutuo de hombres desconocidos le parecerá, no como á nosotros, un gran acto de patriotismo y de nobleza, sino una monstruosidad. Cada hombre es, aunque no quiera, de su siglo y de su época, y pedir otra cosa es una gollería.
La guerra de Merino, no sólo no era para contentar al hombre hipotético de dentro de doscientos años, ni aun satisfacía al de su época. Aquello tenía el aspecto de una cacería metódica y siniestra. Allí no se ganaban acciones; se mataba.
Cuando Merino atacaba á una fuerza considerable, principiaba casi siempre el fuego sobre la infantería. El mismo disparaba sus tiros certeros de carabina contra el oficial ó el jefe francés que dirigía las fuerzas contrarias.
Los asistentes cuidaban de tener preparada la carabina ó el retaco del cabecilla.
A veces, cuando estaba emboscado en lugar seguro, y al mismo tiempo próximo al enemigo, mandaba cargar al Feo ó al Canene un trabuco con un grueso puñado de pólvora de un frasco que llevaba en la pistolera de su silla, y le metía por la boca diez y seis balas de á onza, y lo atacaba después mucho.
Para hacer fuego con aquello, colocaba el arma debajo del brazo derecho y sujetaba el extremo del cañón con la mano izquierda, á fin de evitar en lo posible el choque violentísimo.
La maniobra constante de Merino consistía en batirse en retirada hasta separar la infantería de la caballería enemiga. Después intentaba atraer á los franceses á la loma ó bosque en que solíamos estar reunidos y formados los escuadrones del Jabalí y del Brigante, y si lo conseguía, nos mandaba cargar de repente agitando el pañuelo desde lejos. Nosotros nos lanzábamos sobre el enemigo y casi siempre conseguíamos derrotarlo.
Rara vez los franceses, en tales condiciones y en corto número, podían reorganizarse y resistir. En general, los pasábamos á cuchillo si no se rendían.
Muchas veces también ejecutaba la maniobra de defender una posición falsa é irse retirando á otra fuerte y atrincherada, desde donde podía causar gran daño al enemigo.
La mayor parte de estas emboscadas las preparaba Merino de acuerdo con los alcaldes de los pueblos. Entendido con ellos, dictaba los partes que éstos debían dar en cumplimiento de sus deberes á los comandantes y jefes de los cantones inmediatos.
LAS NOTICIAS FALSAS
Merino, como hombre astuto, sabía desorientar á los franceses dándoles noticias falsas, diciéndoles á veces la verdad á medias.
También empleaba otro procedimiento un tanto peligroso. Hacía que el alcalde del pueblo en donde se alojaba enviara de noche un parte así redactado: «El alcalde del pueblo Tal tiene el honor de manifestar al comandante del cantón y jefe de esta zona que una partida de guerrilleros, en número de trescientos, se presentó ayer, al anochecer, al mando del cabecilla Merino. Las fuerzas rebeldes han sacado raciones y piensan pernoctar en el pueblo».
El jefe del cantón recibía el parte, y para cuando ordenaba la salida de tropas era ya el amanecer, y cuando llegaban al pueblo, de día claro.
Merino, antes del alba, lo había evacuado, dejando en la salida de la aldea un pequeño destacamento al mando de un oficial que supiera su consigna.
El oficial fingía el ser sorprendido al entrar las tropas francesas; un grupo de guerrilleros corría por la derecha, otro por la izquierda, y de lejos, y en aparente desorden, comenzaban el fuego contra los franceses.
Si éstos les perseguían, los guerrilleros se iban retirando y dispersando en dirección del bosque ó desfiladero donde se hallaba emboscado Merino.
Si los franceses, creyendo la presa segura, avanzaban hasta el bosque ó la loma donde estaba preparada la ratonera, podían darse por perdidos.
Salían guerrilleros como abejas de un panal, menudeaban los tiros y los trabucazos, y al último, si se podía, para terminar la jornada, entrábamos nosotros dando mandobles y estocadas.
Sorpresas parecidas se solían preparar al retirarse las guarniciones francesas hacia el cantón donde se alojaban, esperándolas de noche en un bosque ó en un desfiladero.
Para estas funciones de guerra se necesitaba, primero, un secreto absoluto, y después, tenerlo todo á tiempo; tanto lo uno como lo otro lo conseguía Merino constantemente.
Si alguna vez sus emboscadas se malograron fué por maniobra impensada de los enemigos.
Como todo el país nos ayudaba, las estratagemas se repetían con frecuencia, y casi siempre con éxito.
VII
BARBARIE DECRETADA
En 9 de Mayo de 1809 el mariscal Soult dió la orden furibunda por la cual, desde aquel momento, no se reconocía más ejército español que el de Su Majestad Católica José Napoleón; por consiguiente, todas las tropas y partidas de patriotas, grandes ó pequeñas, las consideraría desde entonces como formadas por bandoleros y ladrones.
Serían fusilados al momento los españoles aprehendidos con las armas en la mano, y quemados y arrasados los pueblos donde apareciese muerto un francés.
La Regencia, el Gobierno de los patriotas, contestó como réplica, meses después, al decreto de Soult lo siguiente: «Todo español es soldado de la patria; por cada español que fusile el enemigo serán ahorcados tres franceses, y se tomarán represalias si éstos queman los pueblos y las casas sólo por devastar el país». Se añadía que «hasta el momento que el duque de Dalmacia (Soult) no hubiese revocado su orden, sería considerado personalmente como indigno de la protección del derecho de gentes y puesto fuera de la ley, caso de que le cogieran las tropas españolas».
Era la proclamación de la guerra sin cuartel.
La barbarie contra la barbarie.
De joven, hay momentos en que la guerra llega á parecer algo hermoso y sublime; indudablemente, todo ello es vida, y vida fuerte é intensa; pero por cada instante de generosidad, de abnegación, de heroísmo que se encuentra en los campos de batalla, ¡cuánta miseria, cuánta brutalidad!
Guerrear es suprimir durante un período la civilización, el orden, la justicia; abolir el mundo moral creado con tanto trabajo, retroceder á épocas de barbarie y de salvajismo.
Así nosotros teníamos en nuestras filas al Jabalí de Arauzo.
El Jabalí, en circunstancias normales, hubiese estado en un presidio ó colgado de una horca; en plena guerra, convertido en un jefe respetable, lleno de galones y de prestigio, podía asesinar y robar impunemente, no por afán patriótico, sino por satisfacer sus instintos crueles.
Muchos, y yo mismo, han asegurado que de la guerra de la Independencia surgió el renacimiento de España. Sin tanta matanza hubiera surgido también.
REFLEXIONES ACERCA DE UN MANDAMIENTO
¡Cuántas veces al recordar aquella época he pensado en ese tópico que tanto se repite: la influencia del cristianismo en la dulzura de costumbres y en la civilización!
Los mismos escritores impíos y racionalistas aseguran que el cristianismo hace á los hombres más dulces y suaves. ¿En dónde? ¿Cuándo?
Si al cabo de diez y nueve siglos de predicación apostólica nos seguimos acuchillando unos á otros sin piedad, ¿en qué se conoce la eficacia del cristianismo?
Los que hemos visto tantos hombres con las tripas al aire, con los sesos fuera; los que hemos presenciado casi diariamente el espectáculo de ahorcar, fusilar, acuchillar, abrir en canal, presidido por gente católica y rezadora; los que hemos conocido á curas de trabuco que sabían enarbolar mejor el puñal que la cruz; los que hemos encontrado las sacristías convertidas en focos de conspiración y los conventos preparados como cuarteles, no podemos menos de reirnos un poco de la eficacia de la religión.
Los eclécticos nos dirán: Es que ésos son los malos curas. Yo les contestaría que ni aun los buenos han sabido dar lecciones de humanidad y de bondad.
En cualquier parte se oyen predicadores que nos quieren demostrar que una pequeña manifestación de sensualidad merece el infierno. El hombre que mira á una mujer con amor, que la besa ó la abraza; la mujer que se adorna ó cubre sus mejillas con un poco de blanco ó de rojo para parecer más bonita, comete un pecado horrendo; en cambio, ese cabecilla carlista que se dedica á fusilar, á degollar, á incendiar pueblos, ése es un bendito que trabaja por la mayor gloria de Dios.
¡Qué estupidez! ¡Qué salvajismo!
Si al menos los sacerdotes de todas las sectas cristianas hubieran tenido la precaución de asegurar que uno de los mandamientos de la ley de Dios es No matarás... en tiempo de paz, y no No matarás sólo, estarían en su terreno bendiciendo espadas, fusiles, banderas y cañones; pero esos libros santos son tan incompletos, que han hecho que los que creen en ellos tengan que dividir el mandamiento No matarás en dos secciones: la de la paz y la de la guerra.
Cuando se depende del ministerio de la paz, matar es un crimen; en cambio, si se depende del ministerio de la guerra, matar es una virtud. En el primer caso, matando se merece el garrote; en el segundo, el Tedéum.
Alguno dirá que esto es difícil de entender y absurdo; pero otros absurdos más difíciles de entender hay en nuestra religión, y, sin embargo, los creemos.
DISPERSIÓN
Quiero abandonar las reflexiones filosóficas, que no le cuadran á un hombre de acción, y seguir adelante.
Pocos meses después del decreto de Soult, y en vista de las constantes expoliaciones de Mina, el Empecinado y Merino, Napoleón ordenó que tres columnas de quince á veinte mil hombres cada una ocupasen las guaridas de los guerrilleros en Navarra, en la Alcarria y en las sierras de Burgos y Soria.
Los generales Kellerman y Roquet fueron los encargados de perseguirnos.
¡Kellerman! ¡Cómo recordaba yo este nombre! ¡El gran Kellerman de la batalla de Valmy!
¡El general de quien había oído hablar con tanto entusiasmo á mi tío Etchepare!
Con una columna de quince mil hombres, Roquet ocupó militarmente las sierras de Quintanar y de Soria, colocando fuertes guarniciones en todos los pueblos granados de la sierra, y formó columnas móviles dispuestas á reconocer bosques y desfiladeros.
Merino no tenía esa alta serenidad de los hombres de conciencia, y se amilanó viendo que se le echaba encima tal avalancha de soldados. Escribió al director que no iba á poder sostenerse en la sierra y que había pensado acercarse al Moncayo é internarse en Aragón.
El director le disuadió de tal proyecto y le dijo sería su ruina.
Según éste, se debía permanecer á toda costa en los pinares de Soria, subdividiendo las fuerzas en pequeñas secciones, al abrigo de las montañas, observando la mayor vigilancia.
Merino siguió el consejo del director y nos fraccionó en grupos de diez y de veinte, mandados por un oficial ó individuo de clase.
Todos no quedaron en la sierra: muchos de los nuestros fueron al Señorío de Molina de Aragón, en unión de los guerrilleros de Villacampa, Eraso y del cura Tapia.
Merino nos dijo que cuando viniera el momento nos avisaría el sitio y la hora de la asamblea.
LIBRO TERCERO
DEL AÑO 9 AL AÑO 10
I
NUESTROS REFUGIOS
La vida del partidario tiene cambios de luz como los cuadros de una linterna mágica.
Fué para nosotros un momento extraño aquel en que dejamos de ser guerrilleros para convertirnos en pacíficos trogloditas.
La mayoría de nuestros hombres, nacidos por aquellas montañas, se repartieron en los pueblos y en las casas de los labradores, y los que podían suscitar sospechas por su aspecto, por no tener aire de campesinos ni de leñadores, fueron enviados á los ocultos refugios con que contábamos. De estos refugios, los principales eran el embudo de Neila, la cueva del Abejón, cerca de Covaleda, el poblado de Quintanarejo y las ruinas de Clunia.
Yo pasé por todos ellos: viví en la cueva del Abejón y en las ruinas de Clunia unos días, y estuve en Neila á dar un recado á Merino.
En las cuevas y en los rincones de las iglesias se guardaron las armas y las municiones.
Merino, con alguno de los suyos, fué á Neila.
EL EMBUDO DE NEILA
Neila es un poblado pequeño, miserable, hundido en un barranco en forma de embudo: se halla en la sierra, hacia un punto donde hay una laguna, de la cual sale el río Najerilla.
Neila está tan escondido, que en el mismo borde del embudo donde se encuentra, no hay nadie que, aun sabiendo que allí hay un pueblo, sea capaz de dar con él. No se ve camino—al menos no se veía entonces por ningún lado—, y sólo deslizándose por un pedregal se encontraba al poco rato el comienzo de una estrecha senda que bordeaba las paredes del embudo y conducía á Neila.
El pueblo ocuparía, con sus campos, un espacio como la plaza Mayor de Madrid.
En los días nublados de invierno, como la luz apenas llegaba á las casas, á todas horas ardían grandes hachas de viento, formadas por fibras de pino. Allí abajo, en los interiores, las paredes, los muebles, todo estaba barnizado por el hollín negro y brillante que dejaba la tea resinosa.
En período de paz, la gente de Neila se dedicaba en aquella época á la corta de pinos para las serrerías mecánicas de las inmediaciones. Durante la guerra, los neilenses vivían con gran miseria.
Merino, cuando se refugió en Neila, hizo que los leñadores formasen una guardia de centinelas por si aparecían los franceses, y mandó, además, arreglar una estrada en lo más agrio de la sierra, por la cual pudieran escaparse él y sus hombres.
LA CUEVA DEL ABEJÓN
Otro de los puntos de refugio de los guerrilleros, y donde guardábamos muchas armas, fué la cueva del Abejón, situada en la cumbre del pinar de San Leonardo, en las inmediaciones de Regumiel.
En la cueva del Abejón, que es grande, cabía mucha gente. Allí estuvo el Brigante con la mitad de sus hombres.
Hoy la recordaba en esta maldita Cárcel de Corte, donde me encuentro preso, al leer en un periódico que esa cueva es uno de los puntos de reunión de los carlistas.
¡Qué vida aquélla! Los guerrilleros, sucios, negros, hacían la comida en un hornillo de piedras, y á la luz de las llamas se les veía con más aspecto de bandidos que de soldados.
Se comía unas cuantas piltrafas de carne de cabra frita con sebo, se asaban patatas en el rescoldo, y los huecos del estómago se llenaban con pan. Después se bebía un poco de aguardiente, de ése que llaman matarratas, y se fumaba un tabaco apestoso.
A pesar de la miseria que nos carcomía, y de que toda nuestra alimentación se reducía á unas cuantas hebras de carne que parecían de correa, conservo de aquella vida gratos recuerdos. El más desagradable es el de unos dolores reumáticos producidos por la humedad.
Entonces, aquella parte de los alrededores de Covaleda era muy primitiva y salvaje. Se vivía como en la Edad Media; probablemente hoy se seguirá viviendo lo mismo. Todos allí vestían á la antigua; llevaban el pelo largo y tufos por encima de las orejas.
El traje regional de los hombres consistía en una especie de marsellés, atado por delante con una sola cinta, como un corsé, debajo del cual llevaban un pañuelo de colores, pantalones anchos y cortos, y abarcas. Estos serranos del Urbión parecían bretones por su aspecto, y, según algunos, procedían de unas familias llegadas allí desde Bretaña.
El Brigante y yo solíamos ir con frecuencia á cazar al Urbión y á la garganta de Covaleda, uno de los desfiladeros más hermosos de España.
La garganta de Covaleda se halla formada por un largo barranco cubierto de espesos pinares.
En su fondo corre el Duero por entre peñas cubiertas de musgo, saltando en las cascadas, remansándose en las presas, moviendo las paletas de las serrerías de tejados rojos y brillantes.
Como la estancia en la cueva del Abejón no me convenía por mi reumatismo, cada vez mayor, y como por aquel entonces las tropas de Roquet nos rodeaban por todas partes, andando solo de noche fuí atravesando gran parte de la provincia de Soria hasta Coruña del Conde.
El cura de este pueblo, amigo de Merino, me acogió en su casa, y en ella estuve algún tiempo, hasta que me repuse.
En la aldea se encontraba un grupo de la partida de Merino.
Por lo que dijeron, habían encontrado en las ruinas del anfiteatro romano de Clunia una porción de agujeros y de espacios abovedados, donde se recogían para dormir.
De día, los guerrilleros trabajaban con los labradores y ganaban su jornal.
Como en esta parte, ya próxima á la ribera del Duero, no se vigilaba tanto como en la sierra, yo pude vivir en casa del cura de Coruña del Conde completamente tranquilo.
II
UN EPISODIO DE LA VIDA DEL TOBALOS
Un día se presentó en casa del cura de Coruña del Conde un clérigo joven, que estaba alistado como guerrillero en la partida de Tapia, que, como se sabe, también era cura.
El clérigo y yo hablamos, después de cenar, de los hechos de nuestras respectivas guerrillas, y de pronto él me preguntó:
—¿Usted conoce, por casualidad, á uno que está en la partida de Merino y á quien llaman el Tobalos?
—Sí, señor. Está en mi escuadrón—le dije yo.
—Hombre valiente es, ¿eh?
—¡Ya lo creo! ¿Le conoce usted?
—¡Si le conozco! Como que soy de su pueblo. Y todo el mundo allí se acuerda de él á cada paso. Verdad es que lo que hizo no es para menos.
—Pues ¿qué hizo?
—Es una historia larga de contar.
—¿Y qué? Cuéntela usted; no tenemos nada que hacer—dije yo.
—Sí, hombre, cuéntala—repuso el cura de Coruña del Conde.
—Bueno; puesto que ustedes lo quieren, la contaré.
LA JUSTICIA DEL BUEN ALCALDE GARCÍA
Han de saber ustedes, señores—dijo el cura—que hay en la orilla del Duero, no les diré si muy cerca ó muy lejos, un pueblo grande, que, aunque no se llama el Villar, para los efectos de mi historia le nombraremos así.
Este pueblo es célebre por sus albaricoques y por otros dulces y sabrosos frutos; por el zumo de la uva, que es de primera calidad; y aunque yo sea eclesiástico, tengo que reconocer que también es nombrado por la belleza de sus mujeres.
En el Villar hay varias casas solariegas é hidalgas, y entre ellas la más importante es la de los Acostas.
Algunos dicen que estos Acostas proceden de unos judíos portugueses que se establecieron en el lugar en tiempos de Felipe II; otros afirman que no, que son cristianos viejos y de rancia prosapia.
Existe un indicio para creer que los Acostas tuvieron relaciones con la Santa Inquisición, puesto que en su escudo hay una rueda de suplicio y seis costillas, jeroglífico que parece quiere decir: «Rueda á costa de mis costillas».
Fuera de esto lo que fuera, el caso es que en el Villar, en la casa solariega de los Acostas, vivía hace siete ú ocho años don Rodrigo de Acosta, señor que había sido militar y quedado viudo con dos hijos: don Diego y doña María.
Don Rodrigo, que tenía pleitos en Madrid, solía ir con frecuencia á la corte y dejaba encomendada la custodia de su hijo á un viejo perdido, llamado Sarmiento, á quien se le conocía por el Capitán, y á su hija doña María, al cuidado de una dueña respetable, llamada doña Mercedes.
En este mismo pueblo vivía Antonio García, apodado el Tobalos, hombre conocido en toda la comarca por su honradez.
El Tobalos tenía cinco ó seis pares de mulas; trabajaba casi todo el día en el campo y no hablaba apenas. Tenía el Tobalos una hija, Epifania, que prometía ser una real moza, y recogido en su casa un sobrino suyo, hijo de una hermana.
Este conjunto de antecedentes es necesario conocer para mi historia.
Se deslizaba la vida del pueblo sin más acontecimientos que los de costumbre, cuando se comenzó á hablar de las travesuras de don Diego Acosta, el hijo de don Rodrigo.
Al principio nadie se sorprendió, porque era costumbre de los hijos de familias poderosas hacer su voluntad y su capricho.
Poco á poco las travesuras subieron de punto y se convirtieron en verdaderas bellaquerías de rufián.
Don Diego, en compañía de su amigo y consejero Sarmiento, alias el Capitán, robaba en los garitos, apaleaba á los mozos y violaba á las muchachas en los campos.
Un día el Tobalos vió á don Diego que rondaba su casa. Sin más averiguaciones, se vistió y fué al palacio de los Acostas, preguntó por don Rodrigo, le explicó en pocas palabras lo que ocurría, y añadió:
—Yo no digo más. Si á don Diego le veo de nuevo rondando mi casa, le pego un tiro.
Don Rodrigo, que sabía que el Tobalos era hombre honrado, le aseguró que don Diego no volvería á rondar su casa, y, efectivamente, así fué.
Pasaron unos meses y llegó la época de ferias. En esta época solían descolgarse en el Villar una turba de chalanes, gitanos, jugadores, tahures y cómicos.
Esta vez llegaron dos carros de comediantes, y entre éstos una dama joven, muchachita verdaderamente linda, llamada Isabel.
La compañía de cómicos estuvo más de una semana; los galanes del pueblo asediaron á la dama joven, ofreciéndole regalos y joyas; pero la muchacha era honesta y rechazó todas cuantas proposiciones la hicieron.
En esto, una mañana se supo con horror en el pueblo que la dama joven acababa de ser encontrada hecha pedazos en un bosquecillo próximo al río.
La justicia comenzó sus averiguaciones, y se supo que un cómico de la compañía había estado la noche del crimen en una casa que una vieja celestina tenía detrás de la iglesia. Esta vieja era conocida por la tía Cándida.
Las autoridades prendieron al cómico y encontraron que tenía manchas de sangre en las botas. Lo llevaron á él y á la tía Cándida á la cárcel. La Celestina probó la coartada, demostrando que durante todo el día no estuvo en su casa, y el cómico, que no pudo explicar cómo aparecían manchas de sangre en sus ropas, fué agarrotado en la plaza pública.
Pasó medio año y comenzó á olvidarse el crimen.
El pueblo estaba muy dividido: cada casa aristocrática tenía sus partidarios, y las disputas eran constantes. Entonces, no se sabe á quién, pero muchos supusieron que á don Rodrigo Acosta, se le ocurrió nombrar alcalde corregidor á Antonio García el Tobalos.
Seguramente, podrá haber un hombre más inteligente que él; pero con dificultad otro más recto.
Como si todas las posibilidades de encumbramiento se presentaran de pronto, García vió que don Diego Acosta se dirigía formalmente á su hija Epifania, pidiéndola en matrimonio. Poco después su sobrino Fernando galanteaba á doña María, la hija de la poderosa familia de los Acostas, y con asombro de todos era aceptado en ella.
El pueblo acusó al corregidor de sentirse orgulloso; no era cierto. El Tobalos no quería nada con don Diego de Acosta, aunque le permitía hablar con la Epifania por la reja. Creía que el perdido había de volver á las andadas.
Si el Tobalos no se deslumbraba con su posición, su hija Epifania y la señora Manuela, su mujer, estaban cerca de volverse locas de contento.
Así las cosas, una noche se presentó á ver al alcalde García un muchacho joven forastero vestido de negro.
Le hicieron pasar al cuarto del alcalde, y al entrar en él se arrodilló y dijo:
—Señor corregidor, vengo á pedir justicia.
—Si está en mi mano hacerla, se hará—contestó el alcalde—. Levántate, muchacho. ¿Qué pasa?
El joven vestido de negro habló en estos términos:
—Yo, señor, soy hermano de un cómico que ha sido ejecutado en el patíbulo en la plaza del Villar por considerársele autor de un crimen contra una muchacha violada y descuartizada á orillas del río. Mi hermano había sido un calavera; había arruinado á mi padre, que es librero en Valladolid, y era la deshonra de la familia. A pesar de esto, ni mi padre ni mi madre creyeron nunca á mi hermano capaz de cometer un crimen así, y afirmaron siempre que debía haber un error en su condena. Efectivamente; lo hay.
El corregidor quedó contemplando atentamente al joven, que siguió hablando así:
—Mi padre, que tiene amigos en el Villar, encargó á uno de ellos que hiciera averiguaciones acerca del crimen, y el amigo las hizo; y como estas indagaciones dieron resultado, mi padre me encargó que viniera aquí. Ayer, ese amigo y yo fuimos á ver á una anciana enferma y moribunda, y ella nos confirmó que mi hermano era inocente y que los asesinos de la muchacha fueron otros. El amigo nuestro, al saber los nombres de los verdaderos criminales tembló, y desde este momento ya no ha querido mezclarse en nada. Estaba abatido, creyendo que nadie querría ayudarme en la reivindicación de la memoria de mi hermano, cuando una buena mujer, en cuya casa vivo, me dijo: «Vete á casa del alcalde García; si él cree que tienes razón, aunque sea contra el rey, te ayudará». ¿Qué me contesta usted, señor alcalde?—preguntó el joven vestido de negro.
—Cuenta los hechos, dame los nombres y las pruebas... y se hará justicia.
El muchacho narró lo ocurrido y terminó diciendo:
—La anciana enferma moribunda no tiene inconveniente en declarar.
—Entonces, que vengan dos testigos y el notario, y vamos allá.
El corregidor se envolvió en su capa, y en compañía de los dos testigos, del notario, de un escribiente y del muchacho fueron á una casa pequeña próxima á la iglesia parroquial.
La vieja era muy vieja y muy enferma, pero estaba en el dominio de todas sus facultades; recibió la visita de las autoridades con calma, y después de jurar en nombre de Dios decir la verdad, exclamó:
—Me alegro que hayan venido usías á mi pobre casa, porque el remordimiento me tiene atosigada el alma. Sí, yo creo que conozco á los que mataron á la cómica, y no lo he dicho ante la justicia porque estoy baldada por el reúma y no he podido ir á declarar; y cuando conté á un hijo mío lo que pasaba, me dijo éste que veía visiones y que no me metiera en lo que no me importaba.
—Está bien. Cuente claramente lo que pasó y lo que vió—dijo el alcalde.
—Pues verá usía: todo fué una pura casualidad. El día del crimen, mi hijo, al marcharse, después de comer, á trabajar al majuelo, me preguntó si yo recordaba dónde estaban unas botas viejas suyas. Por la tarde fuí á un cuarto que tenemos en la parte de atrás, donde guardamos los aperos de labranza, y estaba allí registrando y viendo las cosas una á una. Este cuarto tiene, y luego si ustedes quieren lo pueden ver, un ventanillo que da á la calle de la Cadena. No sé qué ocurrencia me dió, ó si es que oí alguna voz, el caso es que tuve la curiosidad de mirar por allí, y poniendo un cajón en el suelo y subiéndome á él me asomé por el ventanillo y vi á dos hombres en acecho.
—¿Los conoció usted?—preguntó el corregidor.
—Sí.
—¿Quiénes eran?
—Don Diego de Acosta y el Capitán.
Los testigos y el notario y el jovencito vestido de negro miraron á García, que no parpadeó.
—No deje usted de apuntarlo todo—dijo el corregidor al escribiente; y luego añadió, dirigiéndose á la vieja:
—Siga usted.
—Don Diego iba á cuerpo; el Capitán, á pesar de que no hacía frío, llevaba una capa negra. Como yo, lo mismo que todo el pueblo, sabía que don Diego y el Capitán eran hombres de aventuras, supuse que se trataría de algún enredo amoroso. Estuve mirándolos durante algún tiempo ir y venir por la calle desierta; me fuí á trabajar, y al anochecer volví de nuevo á curiosear desde el ventanillo. De pronto, apareció un hombre y entró en el portal de la tía Cándida; no era ni don Diego ni el Capitán; no era ninguno del pueblo.
—Era mi hermano el cómico—interrumpió el jovencito vestido de negro.
—Estuvo esperando el hombre en el portal—siguió diciendo la vieja—hasta que se acercó una mujer tapada, alta, gruesa, que desapareció en la casa.
Creía yo en aquel instante que don Diego y el Capitán se habrían marchado; pero en esto les vi aparecer á los dos, y á los pocos momentos volvieron corriendo. El Capitán llevaba una mujer en los brazos. Entraron en casa de la tía Cándida. La mujer no gritó; quizá llevaba la boca tapada. Esperé, y una hora más tarde, ya de noche, salieron la señora alta y el galán de negro, y poco después, el Capitán y don Diego, con un bulto obscuro en brazos. Ya no vi más.
Mi hijo volvió aquel día muy tarde del majuelo, y me contó que debajo del puente había visto á dos hombres, que le parecieron el Capitán y don Diego, apisonando la tierra.
Al día siguiente, cuando se supo la muerte de la cómica, le dije yo á mi hijo:
—¿No habrán sido los asesinos esos dos? Porque yo les vi salir de casa de la tía Cándida... Y mi hijo me contestó:—Madre, usted chochea, usted no ha visto nada.
—Eso es todo lo que sé, señores—concluyó diciendo la vieja.
Se le leyó la declaración, en la que puso una cruz por no saber firmar, y se retiraron las autoridades.
Al día siguiente, el corregidor, con el alguacil y el escribano, fueron á la orilla del río; debajo del puente mandaron cavar en distintos puntos á un bracero y encontraron la capa del Capitán manchada de sangre y dos puños, que pertenecían á don Diego.
Por la noche, don Diego y el Capitán eran presos y llevados á la cárcel con escolta.
El asombro del pueblo fué extraordinario. Don Rodrigo de Acosta se presentó en casa de García furioso, indignado; pero cuando el corregidor le mostró las pruebas, el viejo hidalgo quedó confundido.
El alcaide de la cárcel, que consideraba todos los procedimientos buenos para descubrir un crimen, comenzó por atemorizar á los culpables, poniendo por las noches en su calabozo una calavera entre dos velas; luego dió tormento al Capitán y á don Diego, y al fin éstos confesaron.
El pueblo entero se había declarado en contra de los culpables; creía que don Rodrigo intentaría salvar á su hijo por cualquier medio y todo el mundo estaba dispuesto á no permitirlo.
Sobre el alcalde pesaban mil influencias; su hija estaba enferma, grave; su mujer lloraba constantemente; su sobrino Fernando y don Rodrigo pedían indulto.
—Antes que nada es la justicia—repetía el corregidor.
El viejo Acosta compró al alcaide y á los demás carceleros á peso de oro para que permitiesen escapar á don Diego y propuso al corregidor que hiciera la vista gorda.
García no aceptó.
Acosta le suscitó pleitos para arruinarle.
El alcalde no se rindió.
La hija se agravó; pidió á su padre perdón para su novio. El alcalde dijo que él no era quién para perdonar.
Contra viento y marea llevó el proceso hasta el fin, y no paró hasta que envió á los dos criminales al patíbulo.
Su hija Epifania murió; el sobrino Fernando huyó del pueblo; de la hacienda del Tobalos no quedó nada; toda se la comieron los curiales.
El día de la ejecución, por la mañana, el buen alcalde García cruzó el pueblo. La gente, al verle, le abría paso, le miraba y le saludaba con respeto. Las campanas tocaban á muerto. Un gran paño negro cubría el escudo del palacio de los Acostas.
El alcalde vió cómo el verdugo agarrotaba á los dos criminales; luego volvió á su casa, sacó el macho, en donde hizo montar á su mujer, y dijo:
—Vamos, mujer. Ya no tenemos nada que hacer aquí.
Y los dos, cruzando el pueblo, se marcharon de él para no volver más.
—Este es el Tobalos—concluyó diciendo el cura, paisano suyo.
—¡Hombre terrible!—murmuró el párroco de Coruña del Conde—. Con muchos como él, de otra manera marcharía España.
Hicimos algunos comentarios acerca del ex alcalde y guerrillero y nos fuimos á acostar.