WeRead Powered by ReaderPub
El Escuadrón del Brigante cover

El Escuadrón del Brigante

Chapter 70: ROQUET Y KELLERMAN
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

Un narrador recopila y transcribe las memorias de un veterano de intrigas políticas, reconstruyendo episodios de conspiración y guerrilla durante un periodo convulso. Entre cafés, posadas y cuadernos personales se alternan escenas de planificación clandestina, acciones arriesgadas y reflexiones sobre la pérdida, el orgullo y el desencanto. La obra combina anécdotas militares con observaciones íntimas y diplomáticas, mostrando la tensión entre ambición política y coste personal, y avanza mediante recuerdos fragmentarios que revelan tanto maniobras públicas como reservas privadas del protagonista.

III
UNA GRAN PRESA

A pesar de que la mayoría de las fuerzas de Merino se dividían y subdividían mucho, quedó, para los efectos de influir en los aldeanos y despistar á los franceses, una partida de hombres á pie, sin fusiles, que corrían como gamos. Eran casi todos pastores ágiles, fuertes, que conocían la sierra como su casa.

Mientras las columnas móviles de los imperiales exploraban los pasos de los montes, el grupo de pastores iba de un punto á otro por senderos, por veredas de cabras, desesperando á los franceses, que no comprendían cómo una partida de trescientos á cuatrocientos hombres (ellos suponían que era toda la partida) podía hacer estas extrañas evoluciones.

Al finalizar el verano, los franceses se desanimaron; las columnas no se podían sostener en la sierra por no haber manera de abastecerlas.

Venía la mala estación; era aún más difícil avituallar tanta gente en sitios desiertos y pobres, y poco á poco las tropas de Roquet fueron retirándose de la sierra.

Pronto supo Merino lo que pasaba, y comenzaron los avisos para la asamblea.

Mandó á los diferentes puntos de refugio de los guerrilleros los mejores guías de los contornos para que nos acompañaran.

Aún no se habían retirado los franceses y ya estaba Merino reuniendo sus fuerzas en el centro de la sierra; pasaban los nuestros al lado de las tropas enemigas por caminos desconocidos por ellas.

Los franceses cubrían seis ó siete senderos y los guías se colaban por otro.

Para el comienzo del otoño, la partida estaba igualmente formada que antes de su disolución.

LA VALIJA DEL EDECÁN

Después de organizadas nuevamente las fuerzas, nuestra primera operación fué atacar en Santa María del Campo á una columna de imperiales que había salido de Celada, á la que se le hizo veinte ó treinta bajas.

Unos días más tarde el director avisó á Merino la inmediata salida de un edecán del ministro de la Guerra de Francia, que llevaba pliegos importantísimos del emperador para su hermano José y los mariscales de sus ejércitos en España.

Merino, con el escuadrón de Blanco y con el nuestro del Brigante, esperó á la patrulla francesa entre Villazopeque y Villanueva de las Carretas; la sorprendió é hizo presos al edecán del mariscal Bernardotte y á cuarenta y seis dragones de la escolta. Al mismo tiempo se apoderó de un birlocho y de la valija en donde iba la correspondencia del emperador para su hermano y para el ministro de la Guerra de España.

En el encuentro no tuvimos herido alguno. Merino no se sintió cruel y respetó la vida de los franceses.

Al apoderarse de la valija vaciló, y nos preguntó á los oficiales qué creíamos se debía hacer con ella.

El había pensado mandársela al director. Yo observé que me parecía lo más natural abrirla y leer los pliegos, y después enviársela al Gobierno.

Se siguió mi consejo, y yo, como más versado en el francés, fuí el encargado de revisar los papeles.

Había pliegos de gran interés con noticias referentes á la guerra grande de los ejércitos regulares. Esto, mayormente á nosotros, nos interesaba poco.

El dato de importancia obtenido de la correspondencia fué saber que los franceses preparaban en Burgos un gran convoy destinado al ejército mandado por Massena y por Ney, que sitiaba la plaza de Ciudad Rodrigo.

El convoy constaría de 120 furgones y otros carros militares, cargados de pertrechos y municiones de guerra.

Se dirigiría por la carretera de Valladolid á Tordesillas á tomar la calzada de Toro.

Irían custodiando la expedición doscientos hombres de infantería y unos ciento sesenta dragones.

Después de revisar los papeles se cerró la valija, y con un oficial del escuadrón de Burgos y la minuta de oficio se remitió la correspondencia al marqués de la Romana.

PREPARATIVOS

Al día siguiente Merino comenzó sus preparativos para apoderarse del convoy francés que había de dirigirse á Ciudad Rodrigo.

Pensaba dar el golpe sólo con la caballería. Las fuerzas de infantería que mandaba el comandante Angulo las envió hacia la orilla del Duero, entre Peñaranda y Hontoria de Valdearados.

Luego mandó de vanguardia á la gente del Jabalí, y á nosotros los del Brigante para que, cruzando el Duero por la Vid, nos internáramos en la provincia de Segovia, pasando por cerca de Sacramenia y Fuentidueña á acampar en los pinares de Aguilafuente.

De aquí nos iríamos aproximando de noche á la carretera.

Pocos días después despachó al escuadrón de Burgos para que se reuniera con nosotros. Este escuadrón estaba formándose y era todavía de muy pocas plazas.

Mientras tanto, Merino quedó en la sierra con veinticinco jinetes escogidos y cincuenta serranos de á pie, armados de escopetas.

Merino y los suyos se acercaron por la madrugada á algunos pueblos ocupados por los franceses é hicieron el simulacro de atacarlos y llamar su atención sin recibir mayor castigo.

Merino hizo creer á los franceses que seguía con su partida por los riscos de la sierra. Se valió también de su sistema de dictar á los alcaldes y justicias de los pueblos partes dirigidos á los jefes de cantón afirmando que el cura se había presentado en este ó en el otro punto al frente de doscientos á trescientos hombres, sacando raciones y cometiendo varios atropellos.

Al recibirse aviso de Burgos de la salida del convoy francés para el sitio de Ciudad Rodrigo, Merino licenció á sus escopeteros serranos, y con los veinticinco hombres que le quedaban recorrió en pocas horas la enorme distancia, para hacerla de una tirada, que hay desde Quintanar de la Sierra hasta Fuentidueña.

EL ATAQUE

Después de aquella tremenda caminata, el cura durmió unas dos horas, y al frente de toda su caballería, acercándose á la carretera, avanzó en sentido contrario del que debía llevar el convoy francés, y determinó atacarlo entre Torquemada y Quintana de la Puente, en la calzada de Valladolid á Burgos.

Colocó á los hombres del Jabalí, en quienes tenía más confianza como tiradores que como jinetes, á un lado y á otro á lo largo de la carretera; al comandante Blanco mandó emboscarse en un carrascal, y nosotros, los del Brigante, quedamos del lado de Valladolid reconociendo la carretera.

Merino nos avisaría la proximidad del convoy: de noche, con una hoguera que se encendería en un altozano; de día, con un palo y un trapo blanco como bandera que mandaría colocar en el mismo punto.

Si era de noche, no cargaríamos mientras no se nos avisara; si era de día, aparecería en el altozano, al lado de la bandera blanca, un gallardete rojo.

Durante todo el día, con una lluvia torrencial, estuvimos yendo y viniendo por la carretera. Por la noche nos dividimos en rondas y pudimos descansar algo.

Poco después del amanecer, estábamos el Brigante, Lara y yo desayunando con un pedazo de pan y un poco de aguardiente que nos dió nuestra cantinera la Galga, cuando apareció la banderita blanca en el altozano indicado por el cura.

Inmediatamente montamos á caballo y formamos.

Por lo que supe luego, los franceses eran unos trescientos; habían salido en tan corto número, pensando que ni Merino ni el Empecinado podían atacarlos. Al Empecinado lo suponían en aquel momento en la Alcarria, y á Merino, á muchas leguas á sus espaldas.

Desde la revuelta de la carretera en donde nos encontrábamos nosotros oímos el fuego. Al graneado de los guerrilleros, mezclado con estampidos de trabuco, se mezclaba la descarga cerrada de los franceses.

Llevarían más de una hora de fuego, cuando flameó en el cerro el gallardete rojo.

El Brigante levantó su sable; Lara y yo hicimos lo mismo; picamos espuelas y, primero al trote, luego al galope, nos lanzamos sobre los franceses. El fuego de los nuestros cesó. Los franceses se habían atrincherado detrás de los carros, de los furgones y de los caballos. Al atacar nosotros, la mayoría de los enemigos se dispersó, pero no pudimos avanzar; tal masa confusa se formó de carros, de caballos y de hombres.

No cesábamos de acuchillar á derecha y á izquierda; los del escuadrón de Burgos llegaban por el otro lado de la carretera y se entablaban luchas cuerpo á cuerpo.

Los franceses quedaron arrollados y muertos en gran número; algunos quedaron prisioneros; muy pocos debieron lograr huir por los campos.

En esta sorpresa apenas tuvimos bajas. Sólo en nuestro escuadrón hubo un muerto y tres ó cuatro heridos.

El procedimiento de Merino no era para tenerlos.

EL BOTÍN

Después de asegurada la presa, quedaba una parte difícil: guardar los ciento diez y ocho furgones del cargamento. Había herramientas, pólvora, medicinas, cañones, aparatos de cirugía.

Merino llamó á los habitantes de Quintana y de los pueblos inmediatos para que viniesen con sus borricos, mulas y carros.

Se desengancharon todos los caballos de tiro del convoy francés, que pasaban de seiscientos y eran de esos frisones de mucha fuerza.

Inmediatamente se comenzó la descarga de los barriles de pólvora, y colocando en cada caballería una albarda con dos barriles, se los dirigió con escolta á los conventos inmediatos.

Los cañones, bombas y balas de cañón se enterraron provisionalmente á orillas del río; se repartieron entre los vecinos de los pueblos los caballos, y se dijo á los aldeanos se llevasen de los furgones lo que quisieran, ruedas, llantas, tornos, etc.

Luego, Merino mandó amontonar las tablas, las lanzas de los carros, los cadáveres de los franceses y los caballos muertos y los quemó.

Había una satisfacción cruel en estas purificaciones hechas por el cura.

Cierto, que lo mejor que se puede hacer con un cadáver es quemarlo; pero Merino no lo hacía por piedad ni por higiene, sino por odio.

Al mediodía no quedaba de aquel convoy mas que una inmensa hoguera.

Por la tarde se supo que varios escuadrones de caballería francesa venían de exploración por la carretera.

Merino dió sus órdenes para la retirada. El Jabalí marchó de vanguardia; luego partieron los del escuadrón de Burgos. Mientras tanto, el cura se presentó en la casa del Ayuntamiento de Quintana y dictó el parte que el alcalde debía dar al jefe de la primera guarnición francesa para cubrir la responsabilidad del pueblo.

Inmediatamente salió; montó á caballo, se reunió con nosotros, y fuimos retirándonos á toda prisa de la carretera.

Llevábamos más de cincuenta prisioneros, divididos en pequeños grupos.


IV
A MARCHAS FORZADAS

El mismo día en que se verificó el combate, por la tarde, una tarde lluviosa y fría, recorrimos siete ú ocho leguas y fuimos á refugiarnos á los pinares de Segovia entre Fuentidueña y Aguilafuente.

Los prisioneros no nos daban trabajo; comprendían que, de escapar si no llegaban á un cantón ocupado por franceses, estaban perdidos, pues los aldeanos los mataban y los tiraban á los pozos.

En los pinares esperamos á saber el efecto que producía á los imperiales tan gran presa.

Merino envió confidentes á Peñafiel, Roa, Aranda de Duero, Lerma y Burgo de Osma.

A los cuatro días se supo que todas las tropas francesas de los contornos abandonaban sus guarniciones, y reunidas en Aranda, iban á formar una línea de vigilancia estrecha para impedir la vuelta de Merino á la sierra.

—¡Bah! El zorro se escapará de la trampa—dijo el cura.

Las tropas de Roquet ocuparon Sacramenia y Fuentidueña, y el general Kellerman, al frente de dos mil infantes y trescientos caballos, entró en Peñafiel.

Nosotros teníamos alguna preocupación; veíamos á los prisioneros franceses esperanzados y contentos. Si el cura no podía pasar á la sierra estaba perdido, pues aunque sostuviera la partida algún tiempo en tierra llana, á la larga sería cercado y desecho.

Merino, después de hablar con la gente del país, dividió todas sus fuerzas en ocho secciones, de unos sesenta á ochenta hombres cada una.

Cada sección contaría con un guía, á quien debía seguir, y un oficial por si el pelotón era atacado por el enemigo. A mí me tocó mandar una de las dos secciones en que se dividió el escuadrón del Brigante.

Una tarde me dieron la orden de marcha. Salimos á la deshilada ya de noche. Caminamos durante diez horas; dimos una de vueltas para despistar á cualquiera; pasamos por cerca de la Peña del Cuervo y de Onrubia, y dormimos por la mañana en un bosque; al segundo día atravesamos el puente de la Vid, descansamos en el pinar próximo á Huerta del Rey, y la tercera noche de la salida estábamos en Hontoria, sin haber perdido un hombre ni un prisionero.

Durante todo el camino se nos acercó la gente de los pueblos á decirnos lo que pasaba y á explicarnos dónde estaban los franceses. Sobre todo, los curas constituían una policía espontánea inmejorable.

ROQUET Y KELLERMAN

El general Roquet se reunió á Kellerman en Peñafiel; permanecieron juntos los generales en aquella villa más de tres días sin poder averiguar el paradero de Merino, hasta que recibieron un parte del comandante militar del cantón de Aranda de Duero comunicándoles que Merino y su partida se encontraban de nuevo en el corazón de la sierra.

Roquet y Kellerman celebraron consejo, al que asistieron los coroneles de los regimientos.

No se tenía indicio alguno de nuestro paso. Demasiado comprendían los franceses que, cuando el país es amigo, todo se encuentra lleno de facilidades, y que, por el contrario, en tierra enemiga los caminos están erizados de obstáculos y dificultades.

Se discutieron y se rechazaron en el consejo una serie de proposiciones, y en vista de la imposibilidad de dar con un hombre tan astuto como Merino y tan conocedor del país, se determinó aislarlo en la sierra, recomendando al capitán general de Burgos que enviara siempre los convoyes con fuertes destacamentos.

Por otra parte, la lucha en las montañas, en pleno invierno, llevando grandes columnas, era imposible. Los soldados franceses, por muy aguerridos que fuesen, no podían alcanzar á montañeses ligeros, que corrían por el monte como cabras y conocían el terreno palmo á palmo.

Los acuerdos del consejo de Peñafiel se pusieron en conocimiento del conde de Dorsenne, jefe del ejército del Norte. El conde, en vista de las razones que le exponían, aprobó la determinación de los generales y se disolvieron las columnas, y enviaron las tropas á sus respectivos cantones.

Disueltas las brigadas, Roquet y Kellerman volvieron á Valladolid.

Libre Merino de toda persecución, empezó á estar á sus anchas. Tenía ya más de quinientos caballos de alzada, de excelente calidad, montados por buenos jinetes. En caso necesario, podía contar con otros tantos infantes.


V
DILIGENCIA Y PEREZA

Después de la sorpresa de Quintana, Merino, á quien habían nombrado coronel efectivo, comenzó á lucir unos magníficos caballos.

El mejor que montó durante toda la guerra fué uno á quien bautizó por el Tordo.

El Tordo lo montaba el coronel francés del convoy muerto en el combate de Quintana. Era un caballo normando, de color ceniciento, de gran alzada, ancho de pecho, los pies y los brazos gruesos como columnas, y el pelo poblado y crecido, de media cuarta, tanto, que había que esquilarle en invierno, principalmente por los lodos.

Era un caballazo tosco, mal configurado y poco esbelto; parecía uno de esos percherones de los carros de mudanza.

Durante la pelea con los franceses entre Torquemada y Quintana de la Puente lo pudo contemplar Merino y ver su resistencia y su fuerza.

Cuando se lo mostraron después de la refriega decidió guardarlo para él. La cosa hizo reir á los oficiales y se hicieron chistes acerca del caballo, á quien unos llamaron Clavileño y otros Rocinante. Pronto se vió que los burlones estaban en un gran error.

El Tordo era muy manso; pero luego que se le ponía la silla y se montaba el jinete, se deshacía en movimientos y brincos.

Se le veía siempre deseando marchar.

Trotaba magníficamente y andaba á media rienda con frecuencia, cosa que gustaba mucho á Merino.

En la carrera, ningún otro caballo de la partida le superaba, y menos aún por entre montes y peñascales.

A pesar de su aspecto tosco, tenía las habilidades de un caballo de circo. Se paraba á la voz del amo, quedaba quieto como un poste, y el jinete podía apuntar con la misma seguridad que si estuviera en el suelo.

Para hacerle andar no se necesitaba ni la espuela ni el látigo; bastaba un ligero movimiento de la brida y animarle con la voz para que rompiese al trote.

En las embestidas del ataque parecía un caballo apocalíptico; no sólo no le asustaba el estruendo de los fusilazos, la gritería de los combatientes y el ruido de los sables, sino que por el contrario, le excitaba y le hacía dar saltos y cabriolas.

Casi todos los días, después de haber andado ocho ó nueve leguas á media rienda, el asistente le quitaba la silla, y si había río ó alberca en la proximidad le dejaba meterse en el agua.

Esto era lo que más le gustaba. Después del baño iba á la cuadra dando saltos y relinchando, y con un hambre tal, que si le echaban dos ó tres celemines de cebada, aunque fuera sin paja, se los tragaba al momento, y lo mismo comía habas secas, patatas ó zanahorias.

Los días de gran caminata, su amo mandaba darle una gran hogaza de pan con un azumbre de vino.

El cura comprendía el valor del Tordo en un momento de peligro, y no dejaba que lo montase nadie. Cuando entraba en acción hacía que el asistente lo llevara á su lado con silla y brida, por si venían mal dadas salvarse el primero.

Merino conservó el animal hasta después de la guerra, en que murió de viejo.

GANISCH

A principio del año 10 me hicieron á mí teniente. Ganisch pidió ser mi ordenanza.

Ya suponía yo que no ganaba nada con esto pero tuve que aceptar por amistad. Decían que Ganisch no entendía bien el castellano, y que por eso tenía que estar á mi servicio.

Ganisch no comprendía lo que no le daba la gana. A mí me estaba ya cargando. Era un egoísta terrible. Si le mandaban algo que no le gustaba, ponía cara de tonto y decía:

—No entender.

Ganisch me dió los grandes disgustos y estuvo á punto de comprometerme.

Aceptaba el mando en el momento del combate; pero luego era la indisciplina más completa.

—Mira, tú—le decía—, á ver si limpias esto.

—Ya lo limpiarás tú—contestaba con una frescura inaudita.

Determiné no encargarle nada; pero al último no era esto sólo, sino que de pronto me decía:

—Mira, tú, cuida de mi caballo, que voy á ver si encuentro algo de comer.

—Pero ¿tú qué te has creído?—le preguntaba yo.

—Bueno, bueno; ya sabemos lo que es esto.

Al oirle, cualquiera hubiera dicho que representábamos todos una farsa y que él estaba en el secreto.

Afortunadamente, Ganisch se las arregló para que le nombraran cabo furriel, y me dejó en paz.


VI
LA CABALLERÍA ENEMIGA

Siempre que acometíamos á tropas de caballería pesada, dragones ó coraceros, maniobrábamos á nuestro capricho y dominábamos la situación.

La caballería ligera, formada por húsares y cazadores, era mucho más peligrosa; pues la velocidad de los caballos y la agilidad y pequeña talla de los jinetes les permitía darnos alcance y estorbar nuestro sistema de retirarnos y reunirnos rápidamente.

Como he dicho varias veces, no atacábamos mas que á columnas ó destacamentos menores que los nuestros.

Esas historias de partidas de campesinos que vencen á doble número de tropas regulares, creo que no pasan de ser historias. Claro que habrá casos de éstos; pero, en general, la victoria en la guerra es una resultante de fuerzas, y el que en un momento presente más hombres disciplinados con mayor suma de medios, vencerá.

La lógica y el sentido común triunfan en los campos de batalla como en todas partes.

La caballería pesada, poco temible por su lentitud, era peligrosa en las luchas cuerpo á cuerpo. Nosotros teníamos gente fuerte y aguerrida, pero no se podían comparar con los coraceros imperiales.

Sobre todo los alemanes, á quienes conocíamos por sus correas amarillas, eran unos bárbaros. Había entre ellos hombres que de un sablazo eran capaces de cortar el tronco de una encina.

Formaban los regimientos de Nassau, de Westfalia, de Wittemburgo y otros.

En ellos teníamos los mayores enemigos y los mayores amigos de España. La causa de esta discrepancia debía ser la religión. Los unos eran, sin duda, protestantes, y allí donde veían una iglesia entraban en ella, derribaban los altares, hacían abrevar los caballos en las pilas de agua bendita y pegaban fuego á todo lo que podían.

Los soldados imperiales italianos, suizos y polacos, en su mayoría católicos, eran de menos cuidado; desertaban muchos, y con facilidad se pasaban á nuestro campo.

A estos desertores y á los prisioneros los enviábamos al ejército aliado por la vía de Alicante y Valencia, con su hoja de ruta, alojamiento y raciones.

Se excitaba la deserción de los alemanes por medio de proclamas escritas en su lengua, que se esparcían en los pueblos donde estaban acantonados. A los prusianos se les aconsejaba que no lucharan á favor del enemigo de su patria, y á los católicos se les decía que ayudando á los impíos y á los hugonotes contra sus hermanos en religión, perdían su alma.

Los curas y las mujeres eran los más activos repartidores de estos papeles.

«EL QUADRO»

Los católicos y realistas franceses enviaban folletos y hojas contra Napoleón, en francés y en castellano, desde Inglaterra y Austria.

Uno de estos folletos se llamaba El Quadro, y venía á ser una aleluya de la familia Bonaparte.

El padre de Napoleón aparecía de carnicero en Ajaccio; su hijo Carlos, de mendigo; la mujer de éste, Leticia Catalina Fesch, de cena alegre con el conde de Marbeuf, gobernador de Córcega, enseñándole la pantorrilla; la emperatriz Josefina, abrazada á Barras; Elisa, la hermana de Napoleón, de planchadora, y luego embarazada; Pascual Bona, ó sea Félix Bacciochi, de mozo de café; Murat, gran duque de Berg, de cocinero, y Luciano Bonaparte, de arriero.

En medio de todos aparecía Napoleón sentado en un trono, con un puñal en la mano y rodeado de serpientes. Alrededor de la corona se leía: Napoleone, é irradiando de las letras de su nombre se formaba este acróstico:

N emice
A micus
P rotector
O mnium
L atronum
E clesiæ
O pressor
N eronis
E mulator

Napoleón enemigo, amigo y protector de todos los ladrones, opresor de la Iglesia, emulador de Nerón.

En casi todos los papeles antibonapartistas se citaba esta conversación entre dos italianos:

—Tutti li francesi son latri?—preguntaba uno; y el otro contestaba:

—Non tuttima buona parte.

Como el apellido originario de Napoleón era Buonaparte, y todos los realistas lo pronunciaban así, recalcando la ú, parecía esto una cosa ingeniosísima.

En los libelos contra el rey José se le llamaba siempre Pepillo, Pepe Botellas ó el Rey de Copas; se le pintaba borracho y cayéndose.

Se decía que en Logroño subió al púlpito de una iglesia á predicar, y se vendía una hoja suelta titulada: «Sermón que predicó el señor Josef Bonaparte, intruso rey de España, en la santa iglesia de Logroño, en italiano».

También corrían entre nosotros dos folletos, en francés: «La Santa Familia» y Les Nouvelles a la main, en los cuales se atribuían infinidad de crímenes y de villanías á los Bonapartes.

Yo para mí pensaba que por muchos horrores que se les atribuyeran no se podía menos de reconocer que era una familia de hombres de talento, bien diferente de la de los Borbones, que unía la estolidez á la degeneración.

Al mismo tiempo se cantaba la inocencia de Fernando, se tenía un amor por él verdaderamente ridículo, y se creía en una protección especial de Dios por la dinastía de los Narices. A pesar de ser yo guerrillero patriota, esta alianza entre Dios y el rey de España, de que nos hablaban los fanáticos, me repugnaba, me recordaba las historias de la Biblia y las ilusiones de un pueblo tan miserable como el pueblo judío, que se creía elegido por Dios.

Fuera por los libelos ó por lo que fuera, el caso es que el número de desertores de los ejércitos imperiales aumentaba. Al principio se quedaban entre nosotros; pero cuando ya había muchos, Merino que temía ser víctima de un complot combinado entre los desertores y los enemigos, iba enviando aquellos al ejército aliado.

Uno de los que quedó con nosotros, y en el escuadrón del Brigante, fué un bávaro, Pablo Müller, de religión católica, hombre fuerte, fanático, que llegó á ser un buen amigo de todos.


VII
DESCONTENTO

A pesar de una larga época de grandes reveses sufridos por los españoles, y á pesar de que en Madrid se suponía consolidado el trono de José Bonaparte, desde el campo se advertía la imposibilidad de la victoria francesa.

El alzamiento español se generalizaba; la fiebre patriótica crecía; la resistencia se iba organizando cada vez mejor.

Nosotros, que al principio de la guerra nos hallábamos incomunicados con el resto de España, empezamos á recibir noticias de todas partes. Estas noticias no nos halagaron. Creíamos ser los únicos guerrilleros de una gran partida, y vimos que no. Se comenzó á hablar de las hazañas de Mina, del Empecinado y de don Julián Sánchez.

La gente de las orillas del Duero nos contaba las peripecias de la vida de don Juan Martín, y los llegados del Norte, los hechos heroicos de don Francisco Espoz.

Nuestras glorias quedaban obscurecidas. Se apreciaban los servicios de la partida de Merino, pero no se contaban de ella heroicidades.

Merino había comunicado su manera de ser á su gente, como Mina y el Empecinado á la suya.

En los pueblos se nos tenía por guerrilleros hábiles, astutos, activos, no por gente de coraje. Desprestigio terrible.

Varias veces hablé con el Brigante de esto.

Yo no me hallaba conforme con la táctica del cura; yo creía que el éxito de la guerra no dependía sólo de matar; había que intentar algo extraordinario que nos cubriese de gloria.

Hay gente que supone que en el día no puede ocurrir nada extraordinario ni original. Para muchos, la extraordinariez y la originalidad no se encuentran mas que en las cosas pasadas.

Lo que ha ocurrido ya, para los que piensan tener toda la ciencia en el bolsillo, además de original y raro, les parece necesario y lógico. ¿Pero no les parecería igualmente lógico si hubiera ocurrido lo contrario?

Respecto á la originalidad, es indudable que si alguno pudiera ver las acciones de los hombres en conjunto, las encontraría todas iguales; pero, en realidad, no lo son, como no lo son las hojas de un mismo árbol.

Yo por mi parte y fuera de esto creo que basta el sentimiento íntimo de que lo que uno hace es espontáneo y original para que lo sea.

El Brigante era un poco inclinado al fatalismo, doctrina quizá buena para un filósofo, pero mala para un hombre de acción.

Yo intentaba demostrar que debíamos hacer algo fuera de todos los hábitos rutinarios de los demás.

El Brigante me oía sin replicar.

—Si tuviéramos mil hombres dirigidos por ti—decía yo—, podríamos dar batallas verdaderas.

El Brigante se quedaba ensimismado.

—Aunque tuviéramos quinientos, ¿eh?

Poco á poco me aventuré á hablar más claro, y le dije que debíamos abandonar á Merino.

—¿Y qué vamos á hacer?

Este era el problema. Lo más fácil hubiera sido dejar la partida y entrar en el ejército regular; pero al Brigante y á mí no nos gustaba estar sometidos á ser siempre peones. Queríamos conservar nuestra independencia, y la vida aventurera y cambiante nos parecía mejor que la reglamentada.

Sentíamos también los guerrilleros un poco de desprecio por las paradas y las batallas de bandera y música. La disciplina estrecha, la burocracia militar, el cuartel; todo esto nos parecía repugnante.

Ser guerrillero y pelear y matar está bien; ser militar para andar probando ranchos y acompañando procesiones es cosa ridícula.

El proyecto de incorporarnos al ejército regular, por difícil y poco halagüeño lo abandonamos.

Desechado esto, discutimos la posibilidad de desertar con el escuadrón ó con parte de él, internarnos en la Rioja ó en Burgos y formar partida independiente.

En el caso de querer incorporarnos á otra partida, las teníamos cerca. Mina guerreaba en Navarra; Jáuregui, en Guipúzcoa; Renovales y Campillos, en Aragón; Longa, en Alava y en la ribera del Ebro; y el Empecinado, en la Alcarria.

El Brigante me oyó, y como, á pesar de su valor, era hombre prudente, me dijo:

—Hay que esperar la ocasión. Y ten cuidado, Eugenio; otro te puede escuchar como yo, y luego ir con el cuento... Y ya sabes lo que te espera.

El Brigante tenía razón. Había que esperar. Yo lo comprendía, pero me impacientaba.

LAS SIMPATÍAS DE NUESTRA GENTE

Comencé á explorar el ánimo de mis guerrilleros, y me encontré sorprendido al notar que todos eran más partidarios de Merino que del Brigante.

El valor, la audacia del jefe de nuestro escuadrón no producía efecto en nuestras huestes.

Es terrible esto de no poder arrastrar á nadie. De contar con los ciento cincuenta hombres del escuadrón, se hubiera podido hacer algo; pero los guerrilleros eran, ante todo y sobre todo, incondicionales del cura.

El pueblo tiene su instinto que le sirve de lógica. En nosotros, en el Brigante, en Lara, en el Tobalos y en mí, veían algo extraño: una tendencia á sacar las cosas de sus cauces naturales llevándolas por otros caminos, una inclinación á no seguir los usos sancionados y un desdén por sus hábitos de crueldad.

Los guerrilleros nos consideraban como gente extranjerizada.

En cambio, Merino era de los suyos, discurría como ellos, pensaba como ellos, equiparaba la crueldad con el valor. Era un campesino hecho jefe.

Al comprobar esto me desesperé.

¡Qué ocurrencia la mía de ir á Burgos y unirme con Merino!

Habiendo guerrilleros vascos célebres, Mina y Renovales que eran navarros, Jáuregui guipuzcoano, y Longa vizcaíno, tres de ellos muy liberales, la suerte hacía que yo, vasco y liberal, me uniera á un castellano absolutista.

Después, en el transcurso de mi vida, el haber estado á las órdenes de Merino fué un obstáculo para mis planes.

Si en la conversación se hablaba de los sucesos del año 8 al 14 y yo daba detalles, me preguntaban:

—¿Es que estuvo usted en la guerra de la Independencia?

Yo contestaba que sí.

Era para mí un gran honor.

—¿Con quién?—me preguntaban.

—Con el cura Merino.

Y todo el que me oía creía que era un absolutista.

El general Mina, hombre intransigente y algo arbitrario, nunca se fió de mí, sólo por eso. Varias veces dijo á algunos amigos suyos y míos que bastaba que yo hubiese guerreado con Merino para que no creyese en la sinceridad de mis ideas liberales.


LIBRO CUARTO
LA EMBOSCADA DE HONTORIA

I
DOÑA MARIQUITA LA DE BARBADILLO

Cuando se va de Salas de los Infantes á Burgos, á la izquierda del camino, en un valle poco fértil, se ve una aldea bastante grande, de esas aldeas serranas que parecen montón confuso de piedras negruzcas y de tejados color de sangre.

Esa aldea es Barbadillo del Mercado.

Barbadillo está al pie de una montaña desnuda y gris, pared plomiza poblada por matorrales y carrascas que después se une con la peña de Villanueva.

La mayoría de las casas de Barbadillo son pequeñas y miserables; pero tiene también el pueblo algunas grandes, antiguas y cómodas.

En una de ellas estuve yo viviendo varias semanas con licencia por enfermo. Padecía un reumatismo febril, á consecuencia de la vida á la intemperie y de la humedad.

Como los guerrilleros teníamos buenos amigos, fuí alojado en casa de don Ramón Saldaña, administrador de Rentas del pueblo.

Los primeros días estuve en cama, mirando tristemente desde la ventana los tejados rojos y llenos de piedras y las chimeneas puntiagudas de Barbadillo.

Pronto pude levantarme y andar, aunque renqueando, y la vida se hizo para mí agradable.

El administrador don Ramón, el dueño de la casa, un muchacho joven recién casado, se manifestaba patriota entusiasta.

Su mujer, doña Mariquita, tenía gracia y simpatía para volver loco á cualquiera. Era una morena con grandes ojos negros y unos lunares subversivos.

Yo le decía muchas veces:

—Mire usted, doña Mariquita, no se ponga usted esos lunares. Porque eso es ya provocar.

—¡Si no me los pongo—! decía ella riendo—. Son naturales.

—¿De verdad? ¿De verdad?

—De verdad.

—Pues yo creía que se los ponía usted para hacer la desesperación de los hombres.

Ella se reía. Doña Mariquita mandaba en la casa, hacía lo que le daba la gana, pero contando con su marido. Doña Mariquita era de una familia rica de Barbadillo y tenía una hermana menor, Jimena, una preciosidad.

Algunas noches iba Jimena á casa de doña Mariquita, y yo pedía permiso para callar y estar admirándola.

Ella sonreía. Jimena era una mujer verdaderamente arrogante; tenía el perfil casi griego, el mentón fuerte y las cejas algo unidas. Esto daba á su fisonomía un carácter de energía y de firmeza.

Yo me figuraba siempre á Jimena con una espada flamígera en la mano, representando la Ley, la Justicia ó alguna otra de esas concepciones severas é implacables.

A pesar de su aspecto imponente, era la muchacha sencilla y tímida.

Mi escuadrón, por entonces, estaba en Barbadillo, y el Brigante, con el pretexto de verme, solía ir por las noches de visita á casa del administrador.

El Brigante y Fermina la Navarra llegaron á ser contertulios asiduos de la casa.

Juan Bustos se iba enamorando de Jimena por momentos.

Ella parecía mirarle también con simpatía.

Juan me pidió que consultara á doña Mariquita si la familia acogería con agrado el que él se dirigiera á Jimena, y doña Mariquita me contestó que creía que Jimena era un poco fría y desdeñosa; pero que si el Brigante sabía conquistarla, ni su marido ni ella pondrían obstáculo alguno al matrimonio.

Estábamos pensando en estos amores (yo me encontraba ya bueno), cuando una noche se presentó en nuestra tertulia don Jerónimo Merino.

Nos dijo que acababa de recibir una carta del director diciéndole que tenía alojado en su casa, en Burgos, á un coronel de caballería imperial.

Este coronel, recién venido á la ciudad castellana iba á ser enviado á operar á la sierra con una columna bastante grande.

Merino contó esto sin más comentario; pero se comprendió que tenía algo más que añadir, que estaba tramando otra cosa.

Después de un largo silencio nos dijo:

—La cuestión sería saber qué propósitos tiene ese coronel francés.

—¿Y eso cómo se podría averiguar?—preguntó Fermina la Navarra.

El cura quedó pensativo, y de pronto, dirigiéndose á doña Mariquita y á Fermina, exclamó:

—¿Ustedes no se atreverían á ir á Burgos á casa del director?

Este era el pensamiento de Merino desde que había llegado; pero, como siempre, había ido guardándoselo hasta encontrar el momento oportuno de expresarlo.

—Yo, por mi parte, sí—contestó Fermina la Navarra.

—Yo también—repuso doña Mariquita.

—¿Qué pretexto podrían ustedes llevar?

—Me pueden acompañar á mí, que voy á Burgos á que me vea un médico—indiqué yo.

—¡Hombre! Es verdad. Este pisaverde siempre tiene salida—dijo Merino—. Muy bien.

Se decidió que durante el viaje y la estancia en Burgos yo sería hermano de doña Mariquita y marido de Fermina.

Ellas vestirían de serranas; yo, de aldeano acomodado.

Se hicieron los preparativos, y á la mañana siguiente salimos los tres en un birlocho.

Por la tarde llegamos á Burgos.

BURGOS BAJO EL DOMINIO FRANCÉS

Burgos, en esta época, abandonado por casi todo el vecindario rico, presentaba un aspecto triste de soledad y miseria. El pueblo entero era una cloaca infecta; el hambre, la ruina, la desesperación se enseñoreaban por todas partes.

Tres pies de inmundicia llenaban las calles; para pasar de una acera á otra los vecinos abrían zanjas con el pico y con la azada.

Los hospitales se hallaban atestados de heridos y convalecientes, y á pesar de que casi todos morían, las camas vacantes se llenaban en seguida y no se encontraba sitio en las salas.

Doña Mariquita, Fermina y yo fuimos los tres á parar á casa del director. A doña Mariquita y á Fermina las pusieron en un cuarto, y á mí en otro.

Para cubrir el expediente, yo llamé á un médico, á pesar de que ya estaba bien, y me dispuse á seguir su tratamiento, ó, por lo menos, á decir que lo seguía, y fuí á la botica por las medicinas que me recetó.

En Burgos, entonces, se hablaba á todas horas del general en jefe conde de Dorsenne y de su mujer.

Dorsenne era la representación más acabada del general del Imperio. Se mostraba fatuo, orgulloso, falso y, sobre todo, cruel.

Era muy petulante. Se firmaba unas veces: conde de Dorsenne, coronel general de la caballería de granaderos de la Guardia Imperial, y en los edictos y proclamas se llamaba jefe del ejército del Norte, de guarnición en Burgos.

El conde de Dorsenne daba todos los días el espectáculo de su persona á los buenos burgaleses. Se paseaba por el Espolón con sus ayudantes. Le gustaba atraer todas las miradas.

Realmente, tenía una gran figura. Era alto, de colosal estatura, y quería parecer más alto aún, para lo cual llevaba grandes tacones y un morrión de dos palmos lo menos.

Tenía Dorsenne un rostro perfecto, ojos negros, nariz griega. Iba completamente afeitado, y llevaba el pelo largo con bucles.

Le encantaban los perfumes; luego, años después, se dijo que había muerto de un envenenamiento producido por ellos, aunque parece que la causa de su muerte fué un absceso del cerebro.

El conde se cuidaba como una damisela. Vestía á la polaca, con todo el oro posible; llevaba los dedos llenos de alhajas, y las muñecas de pulseras.

Montado á caballo, con la larga cabellera al viento, parecía un emperador asiático.

Según decían los oficiales, su tocado retrasaba muchas veces dos horas la marcha de las tropas.

Madama Dorsenne brillaba con tanta luz como su arrogante esposo; había tomado también en serio la misión de dejar estupefactos á los sencillos burgaleses con sus joyas, sus vestidos y sus salidas de tono. Su salón era el punto de cita de la elegancia de Burgos.

Hablaba madama Dorsenne con gran libertad; pretendía demostrar que una condesa-generala podía decir cuanto se le ocurriera sin ser nunca impertinente.

Un día preguntó á una señora española si no tenía hijos.

—No—contestó ella—; hace ocho años que estoy casada, y Dios no nos ha querido dar descendencia.

—¿Y le gustaría á usted tener hijos?

—¡Oh, muchísimo!

—Entonces... ya que no sirve su marido, ¿por qué no cambia usted de hombre?

La pobre señora quedó espantada.

Dorsenne y su mujer viajaban escoltados por regimientos. Un día, de calor horrible, la generala mandó al cochero que los caballos de su carretela marcharan al paso en el camino de Burgos á Torquemada, con lo cual tuvieron que ir á la enfermería más de cincuenta soldados, enfermos de insolación y de congestiones cerebrales.

Los oficiales franceses decían que la brillante carrera de Dorsenne se debía á las mujeres, sobre todo, á madama D' Orsay.

De esta madama había sido Dorsenne su monsieur Pompadour durante algún tiempo.

LOS PROCEDIMIENTOS DE DORSENNE

Dorsenne era uno de tantos generales ineptos con que cuenta todo ejército, aun el más seleccionado, como el de Napoleón.

Realmente, los jefes que envió á España Bonaparte con el ejército imperial se distinguían, muchos, como valientes; algunos, Soult, Suchet y Massena, como buenos estratégicos; pero en política, no hubo uno que dejara de ser una perfecta nulidad.

Además, todos ellos trascendían á cuartel que apestaban. A pesar de sus títulos, perfumes, bordados de oro y penachos, se veía siempre en ellos al soldadote cerril.

El francés, que es capaz de inventar en las ciencias y de trabajar como excelente obrero en las artes y en la industria, no tiene la curiosidad generosa necesaria para entender á los demás pueblos. En esto no se parece en nada al ateniense ni al romano. Al francés no le interesa mas que su Francia y su París.

Es, naturalmente, casanier, como dicen ellos.

Sólo así se explica el fracaso de la dinastía de Bonaparte en España.

Dorsenne, que no sabía atraerse á la gente, consideró el súmmun de su política la crueldad. Llevado por este sistema radical y sumario, ahorcaba á cuanto aldeano se encontraba en el campo por delaciones y vagas sospechas de relación con los guerrilleros.

Cuando consideraba la complicidad evidente ó suponía era necesario un escarmiento, mandaba colgarlos de antemano por los pulgares.

En la orilla izquierda del Arlanzón había mandado levantar en una colina tres horcas, y este Calvario era el sitio elegido para las ejecuciones por el bello Poncio francés.

Decía la gente del pueblo que le gustaba á Dorsenne ver desde su casa tres cuerpos de patriotas colgando, quizá por razón de ese amor á la simetría, á la cual rinde culto el alma francesa desde los tiempos de Racine. Una mañana el conde vió que faltaba un ahorcado en el cerro de las ejecuciones, quizá comido por los cuervos ó devorado por los gusanos, é inmediatamente envió á un oficial suyo con orden de que sacase un preso de la cárcel y lo mandara colgar en la horca vacante que por clasificación le correspondía.

Dorsenne quería que los árboles próximos á Burgos ofrecieran á los ojos del caminante, como frutos de la insurrección, los cuerpos de los campesinos colgados.

Los guerrilleros, para completar la flora peninsular, junto al árbol adornado con españoles ofrecían el engalanado por los soldados franceses.

Uno y otro árbol, en las noches calladas, debían comunicarse sus quejas, arrancadas por el viento, y el perfume pestilente de sus frutos podridos.

EL DEMONIO

Un oficial de quien se hablaba mucho en Burgos, por escandaloso é impío, era un capitán á quien llamaban el Demonio.

El Demonio se manifestaba anticatólico furioso. Un día, el día de Pascua, entró en la catedral, se santiguó y se colocó delante del altar mayor. Comenzó la misa, y el Demonio se puso á cantar con los curas, luciendo su voz, que hacía retemblar las vidrieras de la catedral.

Otro día se empeñó en subir al púlpito, asegurando que tenía que predicar la vida y milagros de San Napoleón Bonaparte.

Con las atrocidades de Dorsenne y las bromas del Demonio, Burgos entero estaba horrorizado. Probablemente, los burgaleses se espantaban más de las impiedades del Demonio que de las suspensiones ordenadas por Dorsenne, porque el hombre es bastante absurdo para dar más importancia á los ídolos que inventa él, que no á la vida que le crea y le sostiene.


II
LA COQUETERÍA DE DOÑA MARIQUITA

Al día siguiente de llegar á Burgos estaba yo hablando con el director en su despacho, cuando se presentó el coronel de caballería alojado en su casa.

Monsieur Charles Bremond era un normando de unos treinta á treinta y cinco años, alto, rojo, fuerte, guapo mozo, si no hubiera trascendido tanto á cuerpo de guardia. El director, Bremond y yo estuvimos hablando un momento.

En esto se presentó la familia del director, en compañía de doña Mariquita y Fermina, las dos vestidas de serranas, con refajo corto de color, pañoleta y moño de picaporte.

El coronel Bremond se quiso mostrar ante las dos serranas gracioso y amable.

Sabía algo de castellano, y hablando despacio se podía explicar.

Doña Mariquita supo contestar, unas veces desdeñosamente, otras con burlas, y siempre con coquetería, al francés.

Al terminar la comida, el coronel se levantó y se fué á tomar café á casa del conde de Dorsenne.

Cuando nos quedamos solos, el director dijo á la de Barbadillo;

—Ha hecho usted en el coronel un efecto terrible. No nos vaya usted, doña Mariquita, á hacernos traición y á pasarse á los franceses.

—Es la influencia de los lunares—dije yo—. Esos lunares no debían ser permitidos.

—¡Bah!—replicó ella riendo—. No tengan ustedes cuidado. No cambio mi serrano por el francés más guapo del mundo. Si alguna vez, ¡Dios no lo quiera!, engaño á mi marido, tendría que ser con algún español.

—¿Le sirvo á usted yo, doña Mariquita?—le dije, poniéndome la mano en el pecho.

—No, usted no.

—¿Por qué?

—Porque está usted muy reumático.

—¡Pero si estoy curado ya, doña Mariquita!

A Fermina, que no le hacían gracia estas bromas, cambiando de conversación, puso al director al corriente de lo que pasaba, y le dijo que veníamos enviados por Merino para averiguar los proyectos de los franceses.

—¡Sus proyectos!—exclamó el director—. Sus proyectos son claros. Consisten en fusilar, ahorcar, agarrotar á todo bicho viviente. En particular, el conde de Dorsenne y el gobernador Solignac se han decidido á acabar con los españoles y á arrasar el país.

Fermina la Navarra afirmó colérica que había que contestar á la guerra de exterminio, exterminando á todo francés que cayera en nuestras manos.

—¡Si pudiéramos averiguar qué planes tienen!—exclamó doña Mariquita.

—Yo he hecho lo posible—dijo el director—para sonsacar al coronel, que parece que tiene el deseo de dar una batida por el campo y de ir á la sierra; pero en detalle no he averiguado nada. Probablemente, desconfía. A ver si ustedes tienen más suerte.

—Veremos—dijeron ellas.

—Mañana, después de comer, á los postres, Echegaray, y yo nos levantamos con cualquier pretexto, para ir á mi despacho, y les dejamos á ustedes dos con mi mujer é hijos, que, en caso de necesidad, les servirán de intérpretes y charlan con el coronel é intentan sonsacarle sus planes.

Yo, por la mañana, haciéndome el valetudinario, andaría husmeando por el pueblo á ver lo que podía averiguar.

BREMOND Y FICHET

Al día siguiente era domingo, y el coronel no se presentó solo, sino con un comandante, el comandante Fichet, joven gascón, alto, flaco, moreno, buen tipo.

El coronel Bremond pidió permiso al director para sentar en la mesa á su amigo y camarada. El director accedió amablemente.

La idea del coronel era sencilla; necesitaba un compañero que entretuviera á Fermina mientras él galanteaba á doña Mariquita.

Nos sentamos á la mesa el director, los dos franceses, doña Mariquita, Fermina, la mujer del director, sus dos hijos y yo. En total, nueve.

El comandante Fichet sabía castellano bastante bien y galanteó á Fermina con finura. Ella se le mostró esquiva; pero á veces no pudo menos de reir, porque el gascón era alegre y divertido como un diablo.

Bremond, poco diplomático, le dijo á Fichet en voz baja, señalándome á mí:

—Este imbécil nos va á fastidiar.

—Cállate—le dijo Fichet.

Yo me hice el desentendido.

A los postres, el director y yo comenzamos una discusión acerca de si un pueblo de la sierra se encontraba desde Burgos más cerca ó más lejos que otro, y el director me invitó á pasar á su despacho á ver un plano de la provincia.

Me levanté yo, renqueando, y salí del comedor.

Al marchar nosotros, el coronel Bremond preguntó á doña Mariquita:

—¿Se puede saber de dónde es usted?

—¿Yo? De Barbadillo del Mercado.

—¿Está muy lejos de Burgos?

—¡Ya lo creo! Lo menos hay nueve leguas.

—¿Y de Soria?

—No sé; creo que más.

—Si yo fuera á Barbadillo, ¿me recibiría usted en su casa?

—Sí, señor; ¿por qué no?

—¿No tendría usted miedo?

—Miedo, ¿á qué? No creo que me iba usted á comer.

—¿Cuándo va usted á volver á Barbadillo?

—Dentro de un par de días.

—Pues allí me va usted á tener, doña Mariquita. Pienso pedir al Ayuntamiento boleta para que me envíe á su casa de alojado.

—Muy bien.

Al mismo tiempo, el comandante Fichet le preguntaba á Fermina:

—¿Vive usted muy lejos, madama Fermina?

—En Hontoria del Pinar.

—¿Está muy lejos de aquí?

—Sí, muy lejos.

—Tengo que ir allá á verla á usted.

—No, no vaya usted.

—¿Por qué?

—Porque hay mucho guerrillero y le harían á usted pedazos.

—¡Bah! ¿Cuántos habrá? ¿Doscientos?

—Más.

—¿Trescientos?

—Más.

—Creo que tiene usted una imaginación muy española.

—Yo creo que habrá lo menos cuatrocientos.

—Nosotros podemos llevar el doble.

—Cada uno de los españoles vale por dos de ustedes—dijo Fermina con desgarro.

Fichet se echó á reir y exclamó:

—Es usted una mujer encantadora; pero tiene usted una idea muy mala del ejército del gran Napoleón. Yo le demostraré á usted que está usted equivocada, madama Fermina.

Cuando volvimos el director y yo al comedor, Bremond y Fichet se levantaban y, haciendo grandes genuflexiones, se despedían de las señoras. No querían faltar á casa del conde de Dorsenne, porque éste y su mujer eran los que otorgaban grados y recompensas á sus favoritos.

Al despedirse de nosotros, Bremond hizo una reverencia y Fichet me alargó la mano, que yo estreché maquinalmente.

Se oyeron los pasos de los dos en el vestíbulo, sonaron sus espuelas y salieron los militares á la calle.

Fermina y doña Mariquita se asomaron al mirador del cuarto, y por entre los visillos vieron á los dos oficiales que de cuando en cuando se volvían para mirar á la casa.

Al día siguiente el director me llamó.

—Ya se sabe que el coronel Bremond va á salir mandando una columna hacia la sierra. Piensa parar en Barbadillo y en Hontoria.

—¿Lleva mucha fuerza?—le pregunté yo.

—No sabemos á punto fijo.

Esta conversación la teníamos un lunes por la mañana.

Al día siguiente se marcharon doña Mariquita y Fermina de Burgos.

El director y yo quedamos de acuerdo en inquirir por todos los medios posibles el número de hombres que mandaría Bremond y el día de la marcha.

No nos costó gran trabajo averiguar que la columna expedicionaria constaría de trescientos hombres de infantería y de quinientos caballos.

Averiguamos también que la infantería probablemente tendría que quedarse en Salas de los Infantes.

Las cosas iban con tal rapidez, que el martes los franceses se ponían en marcha.

El director y Merino habían organizado un servicio de correos y peatones para comunicarse, y en unas cinco horas, la noticia llegaba de Burgos á nuestro campamento.

Yo salí también el martes, y el miércoles me incorporé á mi escuadrón. Me encontraba ya completamente bien.

Había elegido Bremond la calzada de Burgos á Soria para hacer su correría. Pensaba detenerse en los pueblos, sobre todo, en Barbadillo del Mercado y en Hontoria.

El coronel francés y su comandante aspiraban á rendir culto al mismo tiempo á Venus y á Marte, y á dejar el pabellón bien plantado en la guerra y en el amor.


III
DISPOSICIONES DE MERINO

Cuando se sigue el camino de Salas de los Infantes á Hontoria del Pinar y se remonta un arroyo afluente del Arlanza bordeando la peña de Villanueva, se llega á un valle no muy ancho, donde se levantan los pueblos de Villanueva, Aedo, Gete y otros más pequeños.

La peña de Villanueva, en cuya base se encuentran estas aldeas, se trunca en su cúspide, convirtiéndose en una meseta calva, llamada de Carazo, que tiene en medio y en lo alto una escotadura que la caracteriza.

Enfrente de la peña de Villanueva hay una planicie dominada por el alto de Moncalvillo y el Picón de Navas.

Esta planicie es, aunque poco honda, la depresión ó cuenca producida por un arroyo que se llama el Pinilla.

A medida que se acerca uno á lo áspero de la sierra, la depresión va profundizándose y estrechándose, y al llegar á las cercanías de Hontoria del Pinar se convierte en un barranco, y éste, á su vez, en un desfiladero.

EL PORTILLO

El desfiladero de Hontoria, cubierto, en parte, de pinar, es estrecho en la entrada y en la salida, y bastante ancho en el centro.

A la entrada, después de pasar el Portillo de Hontoria (enorme hendidura del monte) tiene dos cerros, uno frente á otro; á la salida termina en lomas suaves cubiertas de hierba y de monte bajo.

Entre las dos angosturas de los extremos y en una extensión de una legua, hay lugar para un valle sembrado de grandes piedras desparramadas, que parecen restos de una construcción ciclópea, junto á las cuales nacen grupos espesos de jara y de retama y plantas de beleño y de digital. El camino, una calzada estrecha por donde apenas pueden marchar tres hombres á la par, se abre al principio, como una cortadura, entre dos paredes de roca, luego bordea el valle y huye serpenteando hasta dominar el desfiladero. El boquete de la entrada, abierto en roca, es el que se llama el Portillo de Hontoria.

En este Portillo pensó Merino preparar la emboscada y sorprender á los franceses.

Había al comienzo del desfiladero, pasado el boquete que le da acceso á la izquierda, dominando el camino, oculto por varias filas de árboles, un cerro ingente formado por peñascos. Visto por entre los árboles, parecía un castillo arruinado.

Era un verdadero baluarte, con trincheras naturales, sin subida alguna para llegar á lo alto. Merino mandó empalmar dos escaleras y ascendió al cerro.

Esta fortaleza natural hubiera dominado la calzada, si las filas de pinos que tenía delante no lo impidieran.

El cura mandó llamar á los aserradores de Hontoria y les hizo cortar aquellos árboles de una manera especial, que consistía en no serrarlos en todo su espesor, sino dejar lo bastante de corteza y de leña para que pudiesen sostenerse derechos.

Luego mandó atar cuerdas largas á la parte alta de los troncos, echándolas disimuladamente entre la maleza. El extremo de las cuerdas llegaba al mismo cerro.

El cura pretendía dejar en el castillo natural algunos de sus hombres que hiciesen desaparecer la cortina de pinos cuando á él le conviniese.

Después de preparado esto, el cura fué recorriendo el desfiladero y sus alrededores desde el Portillo de Hontoria hasta las lomas en que termina.

Iba escoltado por el comandante Blanco y por otros oficiales.

En unos puntos mandaba construir trincheras con piedras, en otros hacía que amontonaran ramas secas y cubrieran los parapetos con hojarasca, de modo que no se notasen. Era difícil preparar más hipócritamente el terreno y aprovecharse mejor de sus altos y bajos para esconder tanta gente.

LOS PESETEROS

Después de dar sus órdenes y ultimarlo todo, hasta en sus más pequeños detalles, Merino avisó á los alcaldes de los pueblos para que en el término de un día enviasen los hombres disponibles á Hontoria del Pinar. Pocas horas después se reunieron unos cuatrocientos aldeanos, á los que se fueron alojando en la iglesia y en las tenadas de alrededor.

La mayoría eran viejos pastores y leñadores, mezclados con zagales y chicos de pocos años. Los grupos venían dirigidos casi todos por el cura de la aldea.

Las armas que traían eran escopetas viejas, palos, hoces, guadañas y retacos.

Las armas de fuego se llevaron á recomponer á casa del Padre Eterno.

Merino ordenó que se diera á los aldeanos una peseta diaria por hombre y una ración de pan, vino, carne de oveja y queso, y nombró los jefes de grupos.

A esta gente los nuestros llamaban con desdén peseteros.

DISTRIBUCIÓN DE FUERZAS

Al día siguiente, y á pesar de que los franceses se hallaban todavía lejos, se comenzó la distribución de fuerzas.

En el cerro ó fuerte natural próximo al Portillo quedaron ciento cincuenta hombres armados de carabinas.

Después de subir todos y llevar municiones para tres días, se deshizo la escalera con el objeto de que no pudiera aprovecharla el enemigo.

En una loma enfrente de este cerro, y á una distancia de un cuarto de legua, acamparíamos los del escuadrón del Brigante ocultos en un pinar.

A la salida del desfiladero quedaría la gente del Jabalí y el pequeño escuadrón de Burgos. Uniendo estos dos núcleos de fuerzas de caballería habría un semicírculo de guerrilleros.

Estos tiradores permanecerían escondidos entre las trincheras, parapetos, peñas, aliagas y retamas.

En conjunto, las tropas de Merino trazaban una C.