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El Escuadrón del Brigante

Chapter 94: NUESTRAS GUERRILLAS AVANZAN
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About This Book

Un narrador recopila y transcribe las memorias de un veterano de intrigas políticas, reconstruyendo episodios de conspiración y guerrilla durante un periodo convulso. Entre cafés, posadas y cuadernos personales se alternan escenas de planificación clandestina, acciones arriesgadas y reflexiones sobre la pérdida, el orgullo y el desencanto. La obra combina anécdotas militares con observaciones íntimas y diplomáticas, mostrando la tensión entre ambición política y coste personal, y avanza mediante recuerdos fragmentarios que revelan tanto maniobras públicas como reservas privadas del protagonista.

En el centro de la C estaría el jefe para poder dar sus órdenes á derecha é izquierda.

Las disposiciones de Merino tenían el carácter que á todo lo suyo imprimía el cura. Con aquella colocación de fuerzas se podían hacer muchas bajas al enemigo y retirarse con facilidad y rapidez, pero no se podía vencer.

Merino no había pensado en la eventualidad de una victoria completa.

Yo, al menos, de dirigir aquel movimiento, hubiera engrosado los núcleos de la entrada y salida del desfiladero, dejando sólo un centenar de tiradores en las trincheras del valle.

Así hubiese podido oponerse al avance de los franceses, cuando éstos intentaran forzar el paso, y obligarles á rendirse.

Los del Brigante nos instalamos en el pinar, donde estuvimos vivaqueando durante algunos días.

Por la mañana salíamos de descubierta hacia la Gallega, y por la noche rondábamos los alrededores del Portillo de Hontoria.

Una de estas noches se presentaron doña Mariquita con su hermana Jimena y su marido á la entrada del pinar.

El Brigante y yo las acompañamos hasta la salida del barranco.

Había á todo lo largo del desfiladero grandes fogatas, y los guerrilleros pasaban la noche alrededor de sus hogueras.

Habló doña Mariquita con Merino, y luego el cura vino conmigo hasta la avanzada.

—No vamos á tener gran función—me dijo Merino.

—¿No? ¿Por qué?

—Porque no vienen mas que quinientos jinetes entre gendarmes y dragones. La infantería la han dejado en Salas.

A pesar de que hacía como que si lo sintiese, en el fondo, se alegraba.

Merino se dirigió á la entrada del Portillo y despachó algunos aldeanos para que desde lejos observaran la marcha de la columna francesa y de cuarto en cuarto de hora dieran noticia de sus evoluciones.


IV
EL FRANCÉS TEATRAL

La columna francesa, al mando del coronel Bremond, salió de Burgos un martes por la mañana y tardó bastantes días en llegar al Portillo de Hontoria.

La columna caminaba con lentitud, á pequeñas jornadas de dos leguas diarias, para no fatigar á los hombres y á los caballos. Llevaba, además, una impedimenta grande.

El sábado de la misma semana pasaron los franceses frente á Barbadillo del Mercado. La infantería siguió á Salas, donde tenía alojamiento, y Bremond y su fuerza quedaron en Barbadillo.

El alcalde, que salió á su encuentro, ofreció al coronel la Casa Consistorial; pero Bremond preguntó por doña Mariquita, la administradora de Rentas. Le indicaron la casa y, acompañado del comandante Fichet, entró en ella.

Bremond tenía esa imaginación pesada, sentimental y rumiante de los franceses del Norte; se figuraba encontrarse en casa de doña Mariquita con una casa antigua y pintoresca; creía que el administrador de Rentas sería un palurdo, y se encontró con una casa vulgar y con que el administrador era un muchacho joven y guapo.

Esperó el coronel á doña Mariquita, quien le saludó ceremoniosamente. Pronto notó Bremond que el marido y la mujer se miraban y se entendían.

El coronel sintió crujir todo el andamiaje levantado con esfuerzo en su pesada mollera. Se contuvo; pidió secamente le indicasen el cuarto destinado para él, y después mandó á su cocinero preparase la comida para los jefes.

Fichet preguntó varias veces á la administradora por madama Fermina, y doña Mariquita le dijo que se hallaba en Hontoria del Pinar.

Después de comer, los oficiales dieron un paseo por las callejuelas desiertas del pueblo y los alrededores, y volvieron á casa satisfechos de encontrar Barbadillo en perfecta tranquilidad, la tranquilidad del cementerio.

Por la noche se reunieron los oficiales franceses al lado del fuego, en compañía del administrador, Ramón Saldaña, y de su mujer.

Bremond recordaba haber hablado á los oficiales compañeros suyos, de su conquista, y estaba indignado, mortificado por la situación ridícula en que á sus ojos se encontraba. Doña Mariquita y Saldaña se miraban amorosamente. Bremond no podía consentir esto; petulante, como buen francés, y bruto y vanidoso, como buen militar, se creía ofendido, vejado.

De pronto, tuvo una idea que le pareció luminosa.

Se levantó. Los demás oficiales hicieron lo mismo.

Bremond dió la mano á la administradora y dijo, lo más rápidamente que pudo, en su mal castellano:

—Señoga. Nos vamos á getigag. Permita usted que salude al ama de la casa á la moda francesa.

Y agarrando á doña Mariquita por la cintura la besó en la mejilla.

Ella se desasió encendida. Saldaña se puso rojo y estrechó convulso el respaldo del sillón.

Bremond, que era valiente, quedó mirando al administrador con serenidad.

—¡Mi coronel! ¡Que está usted en España!—dijo Fichet irónicamente, como quien hace una observación de poca importancia.

—Tiene usted razón, comandante—contestó Bremond; y se inclinó ante el matrimonio, satisfecho y desdeñoso, apoyándose en su sable.

Los cuatro oficiales franceses se retiraron.

LAS VACILACIONES DEL CORONEL BREMOND

El coronel, al entrar en su cuarto, mandó avisar al teniente Mathieu. Mathieu le servía de ayudante. Le ordenó escribiera un oficio al alcalde para que preparase para las cinco de la mañana siguiente dos bagajes mayores para sus maletas y las de los oficiales.

Bremond consultaba todo con Mathieu, hasta sus asuntos particulares. El oficial era mucho más inteligente que el jefe.

La disciplina militar obliga á creer que el coronel ha de ser más comprensivo que el comandante, el comandante más que el capitán y el capitán más que el teniente; pero la naturaleza, que no se cuida de jerarquías militares ni civiles, hace, ayudada por los años, que casi siempre el capitán sea menos estúpido que el comandante, el comandante menos que el coronel y así sucesivamente, hasta el grado más alto de la milicia.

Mathieu era de esos oficiales que son indispensables en un regimiento. El sabía dónde se encontraba la indicación práctica, el plano detallado, el artículo del Código Militar; conocía los recursos extraordinarios de que se puede echar mano en un pueblo y la manera de domesticar á los alcaldes y á los curas recalcitrantes.

El coronel Bremond estaba vacilando: por una parte no quería contar el caso y decir que la graciosa administradora de Rentas de Barbadillo le había sido esquiva; por otra, le parecía su venganza algo espiritual y fino, digno de un militar francés, de un verdadero militar francés de las épocas de Luis XIV y Luis XV, en que no se ganaban grandes batallas, como en tiempo de Napoleón, pero se sabía cortejar en los salones.

Por último se decidió; contó á Mathieu lo ocurrido y acompañó su relato con grandes carcajadas.

—No se ría usted, mi coronel—dijo Mathieu seriamente.

—¿Por qué?

—Porque esto ha sido una emboscada.

—¿Cree usted?...

—No tiene duda. Esas dos mujeres estuvieron en Burgos para incitarle á usted á que viniera aquí.

—¿Será posible?

—Para mí, no tiene duda.

—Puede que tenga usted razón—y Bremond tomó el aire coronelesco que empleaba para las cosas serias.—Mañana encargaré á Fichet que haga averiguaciones; ó si no, las haré yo mismo.

Por la mañana, al levantarse Bremond, ordenó que inmediatamente trajeran á su presencia al administrador y á su mujer; pero el matrimonio había levantado el vuelo. En el momento que el coronel preguntaba por ellos, estaban doña Mariquita, el administrador y Jimena en el campamento de Merino.

Montados en mulas, y por las sendas, dando la vuelta á la peña de Villanueva por Gete y Aedo habían llegado al pinar de Hontoria.

Bremond llamó á Fichet y le dijo cómo les habían engañado á los dos, preparándoles una celada, madama Fermina y la administradora. Así, repartiendo la torpeza entre su comandante y él, Bremond se sentía más aligerado de peso.

—Esas dos mujeres eran espías—dijo Bremond.

—¿Cree usted...?—preguntó Fichet asombrado.

—Estoy convencido.

—Es posible. Estas españolas son mujeres decididas. El hecho es que, si tenían algo preparado en combinación con los guerrilleros, no se han atrevido á hacer nada.

—Ni se atreverán—agregó Bremond con la proverbial petulancia francesa.

Discutieron entre el coronel y los oficiales el plan de la marcha, teniendo en cuenta la posibilidad de una emboscada, y se decidió seguir á Soria, reconociendo los bosques y los desfiladeros del camino.

El coronel Bremond no temía el encuentro con una partida, pero tampoco lo deseaba.

Le habían hablado de las tretas de Merino; sabía que el cura-brigante era maestro en emboscadas y estaba sobre aviso.

El lazo podía haberse preparado; pero ¿en dónde?

El cerebro del coronel, que no era precisamente el de César, comenzó á estar en prensa.

Toda la maquinaria encerrada en su pequeño cráneo crujía como un cabrestante.

Bremond, después de vacilar y suponer si la emboscada del cura estaría preparada en el camino de Barbadillo á Burgos, ó en el de Barbadillo á Soria, decidió seguir adelante.

Bremond dió la orden de avanzar hacia Hontoria. Tardaron dos días en llegar desde Barbadillo hasta la Gallega.

EL TONTO

A la proximidad de los franceses, los habitantes de la Gallega huyeron, en su totalidad, á los montes. Las tropas de Bremond no encontraron más persona de quien echar mano para guía que un mendigo apodado el Tonto.

El Tonto era uno de los espías del cura; sabía fingir la imbecilidad á la perfección.

Hablaba de una manera confusa é incoherente.

Tenía una cara seca, arrugada, amarilla; unos ojos entontecidos; los dientes movedizos, la barba rala y mal afeitada.

Vestía anguarina gris, con retazos de colores, que llevaba echada sobre el pecho con las mangas hacia la espalda. Su cabeza, melenuda y blanca, la cubría un sombrero ancho pardo y destrozado.

Andaba encorvado, exagerando su cojera, y le acompañaba un perrillo de lanas, sucio por el polvo.

El Tonto se dirigió á los franceses y les pidió limosna.

Bremond y Fichet se acercaron á él.

—¿Qué quiere este hombre?—preguntó Bremond.

—Es un mendigo—contestó un sargento español afrancesado que servía á la columna de intérprete.

—Preguntadle á ver si sabe dónde está Hontoria del Pinar.

El sargento hizo la pregunta.

—Sí sabe—dijo después.

—Dígale usted, entonces, que nos sirva de guía.

—Dice que no quiere; que él no tiene nada que hacer en Hontoria.

—Adviértale usted, sargento, que si no obedece le daremos una tanda de palos.

El sargento hizo la advertencia, y el Tonto comenzó á refunfuñar:

—¡A un viejo le van á pegar! ¡A un viejo! Eso no es cristiano.

—Este cretino quiere que le tengan por un cristiano—dijo el coronel Bremond, celebrando él mismo su juego de palabras.

El Tonto hizo como que se resignaba y comenzó á marchar despacio al frente de la columna con su perro, cojeando, parándose cuando le venía en gana.

El Tonto y el sargento afrancesado hablaban con algunos viejos pastores y leñadores, que daban informes falsos y corrían al poco rato á comunicarnos noticias.

Nosotros sabíamos cada cinco minutos la situación exacta en que se encontraba el enemigo.


V
EL PORTILLO DE HONTORIA

A media mañana apareció la cabeza de la columna en la entrada del desfiladero, en el Portillo de Hontoria.

Los franceses habían destacado, de vanguardia, un pelotón de dragones, que iba registrando los bosques y los escondrijos.

Al llegar los exploradores al Portillo se detuvieron y esperaron á que subiese el coronel y diese sus órdenes.

Este Portillo de Hontoria es uno de los puntos estratégicos de la sierra de Soria. El cura le tuvo siempre gran querencia.

Algo más que veinte años después de la guerra contra los franceses, en 1835, el cura Merino preparó en el mismo Portillo una celada contra don Saturnino Abuín y le hizo un gran número de bajas, vengándose así de la serie de palizas que á campo abierto le pegaba constantemente don Saturnino el Manco.

El coronel Bremond, al asomarse al Portillo de Hontoria, mandó detenerse á la cabeza de la columna. Sin duda, debió imponerle el boquete aquél y lo gigantesco de los pinos.

Nosotros los del Brigante, aunque muy á lo lejos, veíamos á Bremond y á Fichet. Yo, con mi anteojo, estuve mirando cómo hablaban con el Tonto y con el sargento español afrancesado.

El coronel, sin duda, esperó á que subieran todos sus hombres, y después dió la orden de que unos cuantos á pie fueran flanqueando por las crestas.

Comenzaron los exploradores á escalar los altos, y el coronel mandó que el pelotón de dragones, de dos en dos, reconociese la calzada hasta la salida del desfiladero.

El pelotón, dirigido por el sargento español, primero al paso y luego al trote, cruzó por delante de nosotros y de toda la línea de guerrilleros sin que sonase un tiro.

Yo, desde el punto donde me encontraba, no veía la salida del desfiladero, pero supuse que los jinetes franceses habrían llegado sin contratiempo al punto de salida y quedado allí.

Si el coronel hubiese seguido enviando sus hombres por grupos, hubiera salvado toda su fuerza; pero creyó que no valía la pena de perder el tiempo, que no había emboscada alguna, y dió la orden de avance...

Hacía un día frío, con nubes que mostraban trozos de cielo azul claro y limpio. A ratos salía el sol...

Comenzó á entrar toda la caballería por el Portillo de Hontoria.

En aquel momento eran las diez y media.

Brillaban los uniformes al sol; los correajes, los sables y los cascos despedían centellas.

Yo, con mi anteojo, seguía contemplando á los franceses.

Los que tenían aire más terrible eran los dragones, con su morrión peludo de plumero alto, su casaca y sus botas de montar. Gastaban todos grandes barbas y largos bigotes. Llevaban tercerola en el arzón derecho de la silla, y sable.

Luego, años más tarde, paseando por París, he recordado estos tipos al ver las estampas de Raffet.

De lejos, y á simple vista, parecía la columna de la caballería francesa una gran serpiente de plata escamosa y brillante reptando por entre el verde de los pinares, deslizándose y desenvolviendo sus anillos. Algunos de los soldados iban cantando.

COMIENZA EL FUEGO

Cuando estaban en el centro del desfiladero y comenzábamos los del Brigante á perderlos de vista, sonó una descarga cerrada, á la que siguió un fuego graneado.

Sin duda, Merino había dado la orden de comenzar la lucha.

Luego, pasado el combate, dijeron que el cura había disparado el primer tiro apuntando al coronel Bremond, á quien se le conocía por las largas charreteras de canalones del uniforme, con tal acierto, que le hirió gravemente.

Si hubiera habido un jefe superior á Merino, aquél hubiese sido el del certero disparo.

Estas pequeñas adulaciones son muy frecuentes en la guerra.

Después de la primera descarga cerrada siguió largo rato el fuego de fusilería.

A la vanguardia del enemigo, nosotros no la veíamos; pero por lo que comprendí luego, la cabeza de la columna, picando espuelas, y al trote, se acercó al pelotón que habiendo pasado al principio estaba esperando á la salida del desfiladero.

Los de retaguardia volvieron grupas, tratando de escaparse, y les vimos retroceder hacia el Portillo; pero entonces, como un telón que se levanta, la cortina de pinos que ocultaba el cerro ó fuerte natural desapareció derribada por los guerrilleros que tiraron de las cuerdas atadas á los árboles, y los franceses se encontraron entre dos fuegos.

Hubo muchos caballos y jinetes que cayeron precipitados al barranco. Algunos hombres volvieron á subir al camino gateando; otros debieron de quedar estrellados entre las rocas.

Tenían en aquel momento los franceses la dificultad de maniobrar por falta de sitio, á más de que las órdenes del coronel herido no podían oirse desde los extremos de aquella larga fila.

Para obviar el conflicto, los oficiales y los sargentos, despreciando las balas, se colocaron de modo que la voz de mando pudiese correr de la cabeza á la cola de la columna, y dominaron el pánico que comenzaba á cundir entre sus soldados.

Los franceses ya no intentaron retroceder, sino forzar la salida del desfiladero y reunirse allí con el primer pelotón que había pasado.

Tampoco tenían intención de atacar á los del cerro ó fuerte natural próximo al Portillo, y únicamente los exploradores que coronaban las crestas comenzaron á disparar sobre éstos.

LOS DRAGONES SE BATEN

Nuestra fuerza quedó fuera del foco de la lucha.

En vista de ello, abandonamos el pinar y escalamos un cerro.

Desde aquel punto podíamos presenciar la acción.

El coronel francés mandó á la primera fila de los dragones, más acostumbrados que los gendarmes á esta clase de luchas, que echaran pie á tierra y comenzaran el fuego. Los que se encontraban á la orilla del camino bajaron de sus caballos y comenzaron á disparar.

Mientras los dragones, á pie, contestaban á nuestra fuerza, por detrás de ellos fueron pasando de dos en dos los demás jinetes, encorvándose sobre el cuello del caballo para ofrecer menos blanco.

Los guerrilleros seguían con su fuego graneado; los franceses lanzaban sus descargas con una precisión automática.

Cuando el camino quedó desembarazado, los dragones franceses se guarecieron detrás de los caballos.

Entonces toda la línea enemiga se batió admirablemente. Se detenían unos y recogían los heridos mientras los otros disparaban. Después continuaban de nuevo la marcha.

En tanto, los pelotones franceses que se habían agrupado en la salida del desfiladero al mando del comandante Fichet, se acercaron á la loma en donde estaba el Jabalí y le desalojaron de ella. El Jabalí tenía orden de Merino de no trabar combate y de retroceder.


VI
NUEVO ATAQUE

A pesar de aquel terrible fuego de fusilería largo y continuado, los franceses no tenían, al reunirse fuera del desfiladero, mas que sesenta ó setenta bajas, entre muertos y heridos.

En los caballos se había hecho un gran destrozo; quedaban muchos en el camino.

A todo lo largo de la calzada se veían animales pataleando entre hombres muertos.

Nosotros, desde el cerro donde estábamos, retrocedimos hasta el Portillo y embocamos el desfiladero.

Nos pusimos al habla con los guerrilleros que ocupaban el fuerte natural de la entrada.

—El Tonto, ¿qué hace allí?—dijo uno de los nuestros.

—Lo habrán matado.

Uno de los guerrilleros del fuerte, desde arriba, nos contó lo que había pasado con el Tonto.

El lo vió. El Tonto, al comienzo del combate, dejó la anguarina y el sombrero apoyados en el palo, y por entre unos matorrales huyó como un conejo.

Efectivamente; cuando uno de los guerrilleros levantó la anguarina con el trabuco, los nuestros quedaron sorprendidos al ver que no había nadie debajo.

Merino, desde lejos, nos mandó avanzar, y por la misma calzada que habían seguido los franceses pasamos nosotros por encima de los hombres y de los animales muertos. Las herraduras de nuestros caballos marcaban manchas de sangre en el camino.

Desembocamos en la salida del desfiladero.

Los franceses, al llegar á una loma, á un cuarto de hora de camino, se detenían y formaban en orden de batalla.

El coronel Bremond, viéndose débil por la mucha sangre perdida, é imposibilitado de continuar en el mando de la columna, determinó confiarla al comandante Fichet, y con veinte gendarmes de los más ancianos y los heridos que podían andar se retiró, dando como primer punto de reunión Huerta del Rey, y después el monasterio de Premonstratenses de la Vid, en las márgenes del Duero.

El comandante Fichet era valiente; pero tenía esa clásica petulancia francesa, mayor en aquella época napoleónica, que hacía á los franceses creerse invencibles, á pesar de los desastres que iban sufriendo.

Con una retirada rápida y ordenada, aunque nuestra caballería picase su retaguardia, se hubieran salvado; pero esto, sin duda, pareció al jefe denigrante; quizá creyó poder vengarse de los españoles en posición mejor; quizá temió alguna nueva emboscada.

El, sin duda, calculó que cuatrocientos cincuenta soldados veteranos, aguerridos, á caballo, valían por ochocientos hombres, entre guerrilleros y aldeanos, mal armados.

En parte tenía razón; en parte, no.

Después de organizar Fichet su fuerza dió una carga con su caballería á los jinetes del Jabalí, que comenzaban á hostigarles; pero los guerrilleros se disolvieron y no hubo manera de cogerlos.

Fichet aprovechó el momento de verse más libre y comenzó á retirarse hacia el Picón de Navas. Quería, probablemente, llegar á Navas del Pinar y hacerse fuerte allí.

Comenzaba á llover, una lluvia suave que luego fué convirtiéndose en aguacero.

Merino mandó á toda su gente que saliera de su escondrijo en persecución de los franceses; los que estaban en el cerro cerca del Portillo tuvieron que descolgarse con cuerdas.

Nosotros, por orden de Merino, fuimos dando una gran vuelta por un barranco, á la derecha, hasta acercarnos á Navas y colocarnos á retaguardia de los franceses, detrás de una loma. El Jabalí hizo una parecida maniobra por la izquierda.

Un gallardete blanco, en lo alto de un pino seco, nos indicaría el momento de acercarnos, y otro rojo, el de atacar. Teníamos cierta ansiedad en el escuadrón, porque íbamos á embestir sobre fuerzas superiores á las nuestras.

El Brigante me indicó que, como cronista, podía adelantarme si quería presenciar la lucha. Así lo hice.

El francés, al ver la nube de guerrilleros que se le venía encima, volvió á pararse y á formar en orden de batalla. Unos doscientos hombres de los suyos echaron pie á tierra y fueron tomando posiciones.

Merino no se atrevió á dar un ataque decisivo; comprendía que la victoria, de lograrla, le tenía que costar mucha sangre, y vacilaba.

NUESTRAS GUERRILLAS AVANZAN

En esta actitud expectante estuvieron lo menos un par de horas españoles y franceses.

Los campesinos recién llegados, los llamados por los nuestros, con desprecio, peseteros, fueron los más dispuestos á luchar.

En la guerra, generalmente, los novatos suelen ser más ardorosos y más decididos en el ataque. El soldado viejo sabe cumplir, exponiéndose lo menos posible; sabe también escurrir el bulto cuando se trata de algo muy peligroso. Ahora, en situaciones desesperadas, el soldado viejo es irreemplazable y se suele batir como un león.

Los peseteros, tanto insistieron en su deseo de atacar, que Merino accedió.

Los comandantes Blanco y Angulo, en unión del cura, prepararon el plan.

Doscientos hombres, armados con trabuco, atacarían en guerrilla y de frente á los franceses; se intentaría después envolverlos por todas partes, y cuando flaqueara el enemigo se lanzarían sobre él, simultáneamente, el escuadrón del Jabalí y el nuestro.

Estos detalles, como se comprenderá, los supe después.

La función de fuego empezó. Los franceses, que habían echado pie á tierra, luchaban en orden cerrado. Su caballería, formada en dos pelotones, inspeccionaba los flancos.

Nuestros hombres comenzaron el ataque con la táctica nueva, desconocida por los franceses.

Avanzó una fila por la derecha, guareciéndose en las piedras y en las depresiones del terreno.

Se tiraron al suelo, rompieron el fuego, y al poco rato avanzó una segunda fila por la izquierda, que tomó posiciones.

Después de la segunda avanzó la tercera y la cuarta.

Luego comenzó la parte más expuesta: el hacer fuego ganando terreno.

Los guerrilleros, de repente, avanzaban ocho ó diez pasos, se tiraban al suelo, y hacían fuego parapetándose en las piedras, en los terrones, ó en las matas. La maniobra estaba tan bien estudiada, que ninguno disparaba hasta que el compañero hubiese cargado la carabina ó el trabuco.

El procedimiento asombraba á los franceses, que no conocían este sistema mas que de oídas, y al que llamaban con desdén la táctica de los bandidos.

Si uno de los pelotones de caballería enemiga se acercaba á los guerrilleros emboscados, se le recibía con una descarga cerrada.

Yo, desde el punto donde estaba, oía los estampidos de los trabucos y los disparos regulares de los franceses.

En aquel ataque primero cayeron muchos de los nuestros y de los suyos.

Por lo que me dijeron, de los nuestros murieron el Matute, el Canene y Veneno, que dirigieron el ataque, y quince ó veinte de los peseteros.

CARGAMOS LOS DEL BRIGANTE

A puro embestidas y metrallazos de trabuco llegaron los nuestros á abrir brechas en la formación del enemigo.

Hubo un momento en que los dragones de á pie cedieron, y llegaron hasta mí los gritos y las voces de triunfo que daban los guerrilleros.

Estos se lanzaban á un ataque general por el frente y por los flancos.

El combate estaba en el momento álgido. Merino conservaba todavía el grueso de su fuerza en reserva para emprender el ataque del centro enemigo. Apareció el gallardete blanco que nos ordenaba aproximarnos; de prisa me reuní con mi escuadrón y, remontando una loma, nos colocamos á un tiro de fusil del lugar de la pelea.

Se acercaba el momento de la carga.

El Brigante, Lara, el Tobalos y yo marcharíamos á la cabeza del escuadrón; detrás irían el Lobo de Huerta y el Apañado, cada uno con un vergajo para no permitir que nadie se rezagase.

Nuestros hombres de á pie, ya decididos, sin hurtar apenas el cuerpo, se lanzaban en grupos compactos contra los franceses.

Estos se replegaban, despacio, sobre la loma donde estaba su caballería. Dragones y gendarmes echaban pie á tierra para hacer fuego.

No hicimos más que aparecer sobre la hondonada y dar la cara á los franceses, cuando flameó el gallardete rojo.

El Brigante levantó su sable y dió la orden de cargar. Lara y yo hicimos lo mismo.

Creo que todos nosotros, yo, al menos, sí, experimentamos un momento de ansiedad y emoción. La mayoría de los guerrilleros se persignaron devotamente. El más templado creyó que allí dejaba el pellejo.

Picamos espuelas á los caballos, y los pusimos primero al paso, luego al trote, después al galope, cada vez más acelerado y más fuerte, doblando el cuerpo sobre la silla para favorecer la carrera y evitar las balas.

Íbamos hacia abajo por un talud; después teníamos que subir por una ligera eminencia.

El Brigante, con el sable desenvainado, gritaba como un loco. Nuestros caballos volaban saltando por encima de los matorrales.

—¡Hala, hala, hala!—gritaba el Brigante— ¡Anda ahí, Lara! Echegaray, ¡dales á ésos! ¡Corre!

Uno tenía la impresión de ser una bala, una cosa que marchaba por el aire.

Al acercarnos á los franceses, el Brigante se volvió hacia nosotros. Los ojos y los dientes le brillaban en la cara.

Nunca tanto como entonces me pareció un tigre.

—¡Viva España!—gritó con una voz potente.

—¡Viva!—gritamos todos con un aullido salvaje que resonó en el aire.

Tuvimos un momento la certidumbre de que habíamos arrollado al enemigo; una descarga cerrada nos recibió; silbaron las balas en nuestros oídos; respiramos un aire cargado de humo de pólvora y de papeles quemados; cayeron diez, doce, quince caballos y jinetes de los nuestros; sus cuerpos nos impidieron seguir adelante; hundimos las espuelas en los ijares de los caballos; era inútil: al pasar la nube de humo nos vimos lanzados por la tangente. Todos los guerrilleros de á pie contemplaban el espectáculo.

Los franceses se formaban de nuevo y mejor.

Al llegar al final de una vertiente de la loma volvimos grupas y, sin precaución alguna, pasamos cerca de los franceses á formarnos de nuevo.

Los del Jabalí, sin duda, no se habían atrevido á cargar.

El Brigante, orgulloso de su valor, y viendo nuestro enardecimiento, nos hizo acometer de nuevo.

Con una serenidad pasmosa, avanzó á la cabeza del escuadrón, terrible, majestuoso, lleno de cólera como el mismo dios de las batallas.

No éramos bastantes para arrollar á los franceses por la masa, y se trabó el combate cuerpo á cuerpo, hombre contra hombre, como fieras, enloquecidas por el furor.

Ciegos de coraje, dábamos estocadas y mandobles á derecha é izquierda. Al Tobalos se le veía en todas partes, luchando y ayudando á los demás.

El Brigante parecía un energúmeno, uno de esos monstruos exterminadores del Apocalipsis. Su mano fuerte blandía colérica el sable corvo y pesado, y el acero de su hoja se teñía en sangre roja y negra como el cuerno afilado de un toro en la plaza.

Había matado más de cuatro, cuando se lanzó sobre él un sargento de dragones alto, gigantesco, con unas barbas largas y rojas y una mirada feroz.

En la acometida vimos los caballos de ambos que se ponían en dos patas, furiosos, echando vaho por las narices. Los sables de los dos combatientes al chocar metían un ruido como las hoces en las cañas de maíz.

Aquel combate singular no duró mucho; el Brigante dió á su enemigo tal sablazo, que vimos caer el cuerpo enorme del dragón con el cuello casi tronchado.

La curiosidad por presenciar el combate pudo perderme; un gendarme me soltó un sablazo en el hombro, que me dobló la charretera.

LA MARSELLESA

Los guerrilleros, al ver que abríamos brecha en los franceses, se acercaron de nuevo, gritando:

—Avanza la caballería. Son nuestros. ¡Adelante!; y rodearon al enemigo como una manada de lobos hambrientos.

Los franceses empezaron á vacilar, á cejar.

Los españoles, con nuevas tropas de refresco, avanzaban, cada vez más decididos. Ya nos veíamos unos á otros, y nuestros gritos pasaban por encima de los franceses.

De pronto, el comandante Fichet, que se encontraba en el centro, á caballo, se descubrió, tomó la bandera y estrechándola, sobre el pecho, comenzó á cantar la Marsellesa. Todos los soldados franceses entonaron el himno á coro, y como si sus mismas voces les hubieran dado nueva fuerza, rehicieron sus filas, se ensancharon y nos hicieron retroceder.

Aquella escena, aquel canto, tan inesperado, nos sobrecogieron á todos. Los franceses parecían transfigurarse: se les veía entre el humo, en medio del ruido de los sables y de los gritos é imprecaciones nuestras, cantando, con los ojos ardientes llenos de llamas, el aire fiero y terrible.

Parecía que habían encontrado una defensa, un punto de apoyo en su himno; una defensa ideal que nosotros no teníamos.

Sin aquel momento de emoción y de entusiasmo, las tropas francesas se hubieran desordenado. Fichet, que conocía, sin duda, muy bien á su gente, recurrió á inflamar el ánimo de sus soldados con canciones republicanas.

Nosotros nos retiramos.

Los franceses tuvieron la convicción de que aquel ataque furioso había sido nuestro máximo esfuerzo. Esta convicción les tranquilizó.

Los del Brigante nos alejamos del lugar del combate, y siguió de parte de los guerrilleros el fuego graneado.

Fichet, después de recoger los heridos y de reorganizar la columna, se puso en marcha formando un cuadro, algunos tiradores de á caballo en los flancos, y á retaguardia los demás, que iban retirándose escalonados.

Fichet no quiso, sin duda, avanzar rápidamente, para no dar á sus soldados la impresión de una fuga, y fué marchando con su columna con verdadera calma.

LA REPÚBLICA

Quiso aprovechar también el entusiasmo que producía en sus soldados las canciones revolucionarias, y mandó á dos sargentos jóvenes que las cantaran.

El comandante quedó á retaguardia con sus tiradores, volviéndose á cada paso para observar las maniobras del enemigo.

Nuestro escuadrón fué de prisa á rodear y salir de nuevo al encuentro de los franceses.

De lejos, aquella masa de soldados imperiales, cantando, hacía un efecto extraordinario. Cuando pasaron á no mucha distancia de nosotros, el viento traía la letra de Le Chant du Depart cantado por uno de los sargentos.

La victorie en chantant nous ouvre la barrière;
La Liberté guide nos pas,
Et du Nord au Midi la trompette guerrière
A sonné l'heure des combats.
¡Tremblez, ennemis de la France,
Rois ivres de sang et d'orgueil!

Y el coro de soldados, como un rugido de tempestad, exclamaba:

La République que nous appelle
Sachons vaincre, ou sachons perir
Un français doit vivre pour elle,
Pour elle un français doit mourir.

Y volvía de nuevo otra estrofa, y volvía de nuevo el coro.

—¿Qué es la Republique? ¿La República?—me dijo el Brigante.

—Sí.

—Yo creí que éstos gritaban: ¡Viva el emperador!

—Sí; pero cuando están en peligro se acuerdan de la República.

Aquella voz francesa, aguda, rara, sonaba para mí como algo extraordinario en el día gris, en medio de las verdes montañas. Quizá desde el tiempo de la República Romana no se había repetido jamás allí esta palabra.

La canción de Chenier, como un canto de victoria, llevaba á los franceses á la salvación.

Merino comprendió que mientras el enemigo tuviera aquel comandante no se podría con él, y mandó á sus mejores tiradores fueran acercándose á los franceses, con orden de disparar únicamente al jefe.

No era la cosa fácil, ni mucho menos, porque los tiradores de los dos flancos del escuadrón francés iban explorando la zona de ambos lados.

Los guerrilleros, que conocían bien las sendas y disparaban con más puntería, marcharon, unos á pie y otros á la grupa de los soldados de caballería hasta avanzar, y luego desmontaron y fueron ocultándose entre los pinos y los matorrales.

Los franceses se nos escapaban. El escuadrón de Burgos iba picándoles la retirada. El Brigante se hallaba dispuesto á atacarles por tercera vez, á no dejarles un momento de descanso.

De pronto, desde un gran matorral de retamas comenzaron á disparar; un pelotón de franceses se lanzó á rodear el matorral de donde habían partido los disparos, y en el momento en que el jefe miraba, hacia aquel lado, varios guerrilleros se acercaron por el opuesto; sonaron diez ó doce tiros y Fichet cayó de su caballo.

LUCHA FEROZ

El Brigante nos mandó cargar y los franceses se declararon en fuga, dejando en el campo algunos cadáveres, entre ellos el del comandante Fichet. Más lejos se rehicieron de nuevo.

El escuadrón del Jabalí había aparecido á interceptarles el paso, y volvían de nuevo á encontrarse rodeados de guerrilleros.

El nuevo jefe francés, menos sabio que Fichet, dividió su fuerza en varios pelotones de á pie y de á caballo y los alejó unos de otros de una manera excesiva.

Aquélla fué su muerte. Nuestro escuadrón, en combinación con el de Burgos, dividió y aisló á los pelotones franceses más numerosos. Intentaron ellos establecer el contacto, los rechazamos nosotros, y desde entonces tuvieron que batirse á la desesperada, sin orden ni concierto. La lucha era incesante.

Nuestros escuadrones en masa subdividían más y más á los franceses. Los guerrilleros iban rematando á los heridos.

Parecía una lucha de demonios; todos estábamos desconocidos, negros de sudor, de barro y de pólvora.

No se daba cuartel.

Los heridos se levantaban, apoyaban una rodilla en tierra, disparaban y volvían á caer. Un francés, chorreando sangre, se erguía y atravesaba con el sable á un español. Otro hundía la bayoneta en el vientre de un moribundo.

Un guerrillero herido sacaba la navaja, llegaba á un francés y le hundía la hoja en la garganta.

Muchos de los nuestros no tenían municiones y cargaban el trabuco con piedras, otros utilizaban sólo el arma blanca.

Hasta el completo exterminio no acabó aquella lucha de fieras rabiosas. Unicamente veinte ó treinta gendarmes y otros tantos dragones, dirigidos en su retirada por un sargento, lograron escapar.

Todos los demás murieron; algunos, muy pocos, quedaron prisioneros; el campo quedó sembrado de muertos...


Desde entonces, á aquel vallecito próximo á Hontoria se le llamó el Vallejo de los Franceses.


VII
DESPUÉS DEL COMBATE

...Y se acercaba el crepúsculo. Bandadas de cuervos venían por el aire, preparándose para saborear el gran banquete que les dábamos los hombres.

El Brigante, que se había distinguido en el ataque, no quiso señalarse en la persecución.

Todos los franceses que pasaron á nuestro lado fueron hechos prisioneros.

Yo, en unión de Lara y del Tobalos, llevamos el cadáver de Fichet hasta un bosquecillo de pinos, le pusimos la espada sobre el pecho y le enterramos.

Me parecía que el comandante francés nos miraba y nos decía: «Gracias, compañeros».

Después de esta piadosa obra nos reunimos con el escuadrón.

Los de la partida del Jabalí se encargaron del papel de verdugos. Como una manada de chacales que se lanza sobre un tropel de caballos fugitivos, así se lanzaron los del Jabalí á acorralar y á perseguir á los dragones y gendarmes dispersos.

Nosotros presenciamos inmóviles la siniestra cacería.

Merino derribó también á algunos desgraciados que intentaban huir, á tiros de su carabina.

Un grupo de cinco dragones vinieron hacia nosotros corriendo, buscando espacio para escapar.

Los cinco iban con el sable en alto, al galope; los guerrilleros corrían y gritaban tras ellos.

Cortándoles el paso salió una docena de guerrilleros, que les disparó una lluvia de trabucazos. Uno de los franceses escapó galopando; otro cayó á tierra acribillado á balazos. El tercero debió recibir una bala en el costado. Marchó al galope durante algún tiempo; luego se fué torciendo, torciendo, hasta que sus manos se agarraron á la silla; después, el pobre hombre, sin poder sostenerse, cayó con tan mala suerte, que se le enganchó un pie en el estribo y el caballo le arrastró por el suelo largo tiempo hasta convertirle en un montón informe de sangre y de barro.

Uno de los franceses vino hacia nosotros encorvado, sacudiendo al caballo con el sable. Al ver que le cerrábamos el paso, torció hacia la derecha. Yo seguí tras él.

—Detente; hay cuartel—le dije en francés.

El dragón se detuvo. Temblaba, convulso. El caballo tenía todo el pecho bañado de espuma que le salía por la boca, y los ijares llenos de sangre.

Mi prisionero era hombre de unos cuarenta años, fuerte, de aire sombrío.

—Diga usted que es belga—le dije.

—Gracias—me contestó él.

Le llevé delante del Brigante, que le recibió de muy buena manera.

Comenzaba á transcurrir la tarde. Una depresión, mezcla de cansancio y de tristeza, nos invadía.

Era ya el momento de volver á Hontoria.

Los del Brigante estábamos satisfechos. Nuestra acometividad y nuestro valor habían quedado por encima de los demás de la partida. Juan se manifestaba contento.

Había pérdidas dolorosas entre nosotros; pero todos teníamos la satisfacción de haber cumplido.

Se pasó revista. Faltaban más de veinte hombres, entre ellos, don Perfecto y Martinillo. Don Perfecto no apareció. Yo me figuré que se habría escondido, de miedo, en cualquier parte.

La pérdida de Martinillo produjo gran impresión; fuimos al lugar del combate á ver si lo encontrábamos muerto ó vivo.

Algunos caballos, desesperados, locos, manchados de sangre, corrían por en medio del campo, haciendo sonar los arneses y los estribos.

Sobre un ribazo vimos al Meloso abandonado, agonizando, con las entrañas en las manos. Poco después nos topamos con un guerrillero del Jabalí que se moría mugiendo como un toro.

En el Vallejo, en el sitio donde habíamos dado la carga, recogimos el cuerpo de Martinillo.

—¡Pobre Martinillo! ¿Quién te había de decir que nosotros los viejos te enterraríamos?—exclamó un guerrillero anciano.

Al bajar del caballo encontramos á un francés bañado en sangre que debía estar sufriendo horrores. Al vernos, exclamó:

—¡Socorro! ¡Perdón! ¡Agua!

Lara y yo nos acercamos á socorrerle; pero Fermina la Navarra, amartillando su carabina y poniendo el cañón en la boca del herido, gritó:

—Toma agua—y disparó á boca de jarro, deshaciéndole el cráneo. Los pedazos de sesos me salpicaron la ropa y las manos.

Lara se indignó. Rápidamente desenvainó el sable y se quedó luego sin saber qué hacer.

—¡Ese asqueroso francés!—exclamó ella—. ¡Que se muera!

COMENZABA EL CREPÚSCULO

Decidimos llevar el cadáver de Martín sobre un caballo.

Volvimos á montar. Comenzaba el crepúsculo y aumentaba nuestra tristeza.

Íbamos marchando hacia Hontoria, cansados, embebidos en nuestros pensamientos, cuando nos soltaron una descarga y vimos que el Brigante se inclinaba en su caballo.

Lara y dos guerrilleros que estaban cerca de él fueron á socorrerle y le sujetaron en sus brazos.

—Son los nuestros—dijo el Tobalos.

—¡A ellos!—exclamé yo—. ¡A pasarlos á cuchillo!

Con un pelotón de cincuenta hombres me lancé al galope hacia los matorrales de donde habían partido los tiros. Vimos varias sombras que corrían á lo lejos en la obscuridad.

A uno de ellos, el Tobalos, Ganisch y yo le perseguimos hasta acorralarlo. Yo le alcancé y le di un sablazo en la cabeza. Estaba el hombre vacilando, cuando el Tobalos le soltó un trabucazo á boca de jarro que le hizo caer inmediatamente al suelo.

Ya satisfecha nuestra venganza, volvimos hacia el lugar donde había sido herido el Brigante.

Al acercarnos comprendimos que había muerto. Estaba su cuerpo tendido sobre la hierba, y Lara, descubierto, le contemplaba.

Al acercarme á él, Lara me estrechó la mano y dijo:

—Ha preguntado por ti. Ha dicho que le digamos á ella que ha muerto pronunciando su nombre.

Lara tenía lágrimas en los ojos. Yo sentía no ser tan sensible como él.

Decidimos colocar el cadáver en un caballo y llevarlo á Hontoria.

Fué una expedición lúgubre. Había obscurecido; sólo quedaba una ligera claridad en el cielo. Los cuervos iban posándose silenciosamente en la tierra; se oían sus graznidos. Algunos hombres y mujeres sospechosos andaban por el campo escondiéndose entre los matorrales. Los perros hambrientos de los contornos se acercaban al olor de la sangre. Era una gran fiesta para todos los animales necrófagos: cuervos, cornejas, buitres, gusanos, perros hambrientos y demás comensales de la Muerte.

Marchábamos mudos por el campo obscuro, sembrado de cadáveres.

En algunas partes habían encendido hogueras con ramas de pino, donde quemaban los cuerpos de los hombres y de los caballos y el viento jugaba con el humo acre, trayéndolo á veces á la garganta.

AL LLEGAR A HONTORIA

Cuando llegamos á Hontoria nos encontramos un espectáculo lamentable. Los guerrilleros habían cogido al sargento español afrancesado que servía de guía y de intérprete á los imperiales, le habían montado en un burro atado los pies por debajo del vientre del animal y los brazos en los codos, y lo llevaban así.

Una nube de viejas horribles desarrapadas, de mujeres, de chiquillos que habían sabido quién era, se acercaban al sargento á insultarle, á arañarle, á tirarle piedras.

Ya no quedaba nada de su uniforme, desgarrado á jirones, y su cara estaba negra de humo, de pólvora y de sangre.

Perdimos de vista este horrible espectáculo y nos acercamos á la casa del Padre Eterno. Llevamos el cadáver del Brigante desde el portal á la sala.

Un chico fué á avisar á doña Mariquita, y ella y Jimena, ambas deshechas en lágrimas, acudieron solícitas á la casa.

Entre las dos mujeres y la mujer del Padre Eterno limpiaron el cadáver del Brigante de sangre, de barro y de humo, y lo colocaron en una mesa, entre cuatro velas.

Pusieron, además, un paño negro en el suelo y un crucifijo en la pared blanca del cuarto.

Fermina la Navarra fué á casa de Martinillo; pues, á pesar de que nunca había tenido gran simpatía, ni por él ni por la Teodosia, quiso ir porque la viuda de nuestro corneta estaba para dar á luz, y Fermina tenía miedo de que alguna comadre le soltara como un escopetazo la noticia de que su marido había muerto.

Yo me ocupé de nuestros prisioneros, les hice cambiar de traje y les recomendé al alemán Müller, que se encargó de ellos.

Volvimos Lara y yo al cuarto en donde estaba el Brigante muerto, y las mujeres nos dijeron que nos fuéramos á dormir. Ellas velarían el cadáver.

—Bueno, vamos á ver si encontramos algún rincón donde echarnos—le dije yo á Lara.

—Antes, lávate—me advirtió él—; hueles á sangre que apestas.

Realmente, tenía el uniforme lleno de sangre y de trozos de cerebro que me habían saltado, y mi sable parecía la cuchilla ensangrentada de un carnicero.

Me lavé en una fuente y fuimos Lara y yo á buscar alojamiento.

Había mucho herido; casi todas las casas del pueblo estaban ocupadas por ellos; se oían gritos, lamentos. Los cuervos en el campo, los cirujanos y los curas en la aldea, iban á tener mucho trabajo.

EN LA IGLESIA

Dimos la vuelta al pueblo, y como no encontramos sitio donde guarecernos, nos metimos en la iglesia. Estaban allí alojados unos cuantos peseteros. Entramos, y, á pesar de las protestas de algunos, yo cogí un saco de paja, me tendí en él, y quedé dormido como muerto.

A las cuatro ó cinco horas me despertó la voz dolorida de Lara.

—¿Todavía duermes, Echegaray?—me dijo.

—Sí. ¿Qué pasa?

—Yo no he podido dormir en toda la noche.

—¿Pues qué te ocurre?

—Estoy pensando en las barbaridades que se han hecho. ¡Dios mío! ¡Qué horror! ¡Qué horror!

—Pero eso es la guerra, Lara; ¿qué quieres hacerle?

—Y esa mujer, esa Fermina, ¡eso es un monstruo!

—Mira, Lara—dije yo—, duerme; si no, mañana no vas á poder tenerte en pie.

—No puedo dormir. ¡El pobre Martinillo, muerto! ¡Y el Brigante! Al Brigante le han matado los nuestros.

—¡Cállate, Lara; te puedes comprometer!

Al cabo de poco tiempo me dijo:

—¿Sabes, de todo, lo que más me ha entusiasmado?

—¿Qué?

—La canción de los franceses.

—¿La Marsellesa?

—Sí.

—¿La sabes tú, Echegaray?

—Sí.

—La tienes que cantar.

—Bueno; pero no ahora.

—¿Y el comandante francés? ¡Qué valiente! Yo le veía con la cabeza descubierta y con los ojos mirando al cielo y cantando. Me hubiera gustado acercarme á él, darle la mano y decirle: No; tú no debes defender á un tirano egoísta y martirizador de los pueblos como Napoleón; tú debes pensar en defender el bien, la Humanidad...

—¡Mira, Lara, no seas tonto! Duerme.

—A ese francés le recordaré toda la vida. Ahora mismo lo estoy viendo como lo hemos dejado allí en la hoya. Me parece que me mira y me dice: A pesar de que me habéis matado, somos amigos.

—¡Calla, hombre, calla!—exclamé—. Mira que hay ahí un cura que nos oye y nos espía.

—Peor para él, si es un hombre ruin y mezquino y no comprende nuestros sentimientos.

Como Lara no era persona á quien se pudiese inculcar prudencia, me incorporé en el suelo, me levanté y con él salí de la iglesia.

Algunas nubes vagamente rojizas, precursoras del alba, aparecieron en el cielo.

SE FUSILA

Echamos á andar Lara y yo hacia la casa del Padre Eterno, y vimos una patrulla de veinte hombres. Nos acercamos á ellos á ver qué pasaba.

Iban á fusilar al sargento afrancesado cogido la tarde anterior y á dos guerrilleros.

A uno de los guerrilleros le habían encontrado haciendo un agujero en el suelo de una tenada. Era el Manquico. Al verle escarbar un oficial le había preguntado:

—¿Qué guardas ahí?

—Un paquete de balas.

El oficial, sospechando algo, había removido una hora después en el suelo de la tenada y encontrado una bolsa llena de oro. El otro guerrillero del Jabalí había sacado al dueño de una serrería cincuenta duros amenazadoramente, diciendo que eran para Merino. Los dos guerrilleros y el sargento afrancesado acababan de ser juzgados en juicio sumarísimo.

A los tres los sacaron de una casa donde estaban presos. El guerrillero del Jabalí se hallaba herido y tuvieron que llevarlo en un banco al lugar del suplicio.

El sargento afrancesado, ya limpio, tenía buen aspecto.

Era un joven de mirada viva, de pelo rubio; sin duda algún muchacho ambicioso que había pensado hacer una rápida carrera con los franceses. Marchaba al suplicio con una firmeza audaz y desdeñosa.

Como la luz del alba no alumbraba bastante y no querían perder tiempo, habían puesto dos hachones de tea encendidos, y á la luz de sus llamas iban á fusilar á los tres hombres.


VIII
PERSECUCIÓN DEL CORONEL

Presenciábamos tan horribles preparativos, cuando de una casa próxima salió Merino. Iba á emprender su ronda de la mañana. Señaló el cura al capitán de la compañía el sitio para fusilar á los tres hombres y luego se acercó á mí.

—¡Echegaray!

—A la orden, mi coronel.

—Así me gusta á mí la gente. Sin pereza. Lara tiene malas trazas. ¿Has dormido mal?

—No; muy bien, mi coronel.

—Bueno; vais á salir los dos en persecución del coronel francés herido. Ha pernoctado en Huerta del Rey; parece que se dirige á Aranda. Lleva unos veinticinco hombres. Si no se han dado mucha prisa, podéis alcanzarlos en Peñaranda de Duero.

—¿Iremos con todo el escuadrón?—pregunté yo.

—Sí.

—¿Quién mandará, Lara ó yo?

—Tú.

—Si no podemos alcanzarlos, ¿qué hacemos?

—Marchar á Quemada y esperar allá.

—A la orden, mi coronel.

—A ver si de ésta te hago capitán, Echegaray.

Saludamos. Entre Lara y yo no podía haber rivalidades.

Cuando llegamos á casa del Padre Eterno, donde estaba el cuerpo del Brigante, sonaban las descargas que quitaban la vida al afrancesado y á los ladrones.

Desperté á Ganisch y al Tobalos, avisamos á los del escuadrón, se tocó llamada, se almorzó, y poco después nos dirigíamos hacia Huerta del Rey al trote.

HUERTA DEL REY

Huerta es un pueblo bastante grande, formado por casas torcidas y alabeadas, de las cuales ninguna tiene el capricho de conservar la alineación.

No hay allí edificios con el aire naturalmente inmóvil de toda obra de arquitectura; por el contrario, la generalidad parecen moverse y prepararse para una loca zarabanda.

Casonas y casuchas, unas se adelantan á invitar á la contradanza á las vecinas, otras se apartan finamente para dejar el paso libre, algunas se inclinan saludando con reverencia, y hay tres ó cuatro que se retiran como con despecho, bajando el tejado, que hace de sombrero, sobre sus ventanas, que son sus ojos.

Estos movimientos de las casas de Huerta se deben á que las construcciones no son de mármol Penthélico, ni siquiera de Carrara, sino de estacas y adobes de poca consistencia.

Entramos con el escuadrón en aquel pueblo, y por una calle empinada y sucia desembocamos en la plaza. Paramos en el Ayuntamiento y avisamos al alcalde.

Este tardó bastante en venir.

Nos dió noticias del coronel francés. Había llegado el día anterior á media tarde, dejado la mitad de sus hombres en el pinar, y después de cuatro ó cinco horas de descanso pidió un guía y emprendió de nuevo la marcha.

Me pareció imposible alcanzarle.

EL CORONEL BREMOND EN LA VID

El coronel Bremond estaba á media tarde en Peñaranda, y después de dar un refrigerio á los hombres y un pienso á los caballos emprendió la marcha por San Juan del Monte y llegó al monasterio de la Vid á prima noche.

El coronel, á pesar de hallarse gravemente herido y febril, antes de entrar en el convento inspeccionó sus alrededores.

Vió el puente de sillería sobre el Duero; puente largo de doce ojos, estrecho, fácil de defender.

Mandó á sus soldados rendidos, hiciesen un parapeto con carros, vigas y piedras, y puso allí dos hombres de centinela.

El convento quedaba oculto por una cortina de chopos, y ordenó á los granjeros de la Vid cortaran en seguida las ramas de los árboles más próximos al puente.

En las ventanas del monasterio quedarían cuatro centinelas.

Dadas sus disposiciones, se decidió á entrar en el convento.

Los frailes le apearon de la yegua y le acostaron en la cama del abad don Pedro de Sanjuanena. El abad era natural de un pueblo de Navarra, y, cosa rara en un fraile de la época, un tanto liberal y afrancesado.

Mientras un lego algo práctico en cirugía menor hacía la primera cura al coronel, éste dictaba un parte á uno de sus veteranos herido en el brazo izquierdo.

El parte de Bremond iba dirigido al comandante militar del cantón de Aranda. Le participaba lo ocurrido y le pedía enviara la fuerza disponible, pues se hallaba expuesto á un sitio donde podían perecer todos.

El abad despachó á un criado del convento con el parte.

Al amanecer del día siguiente llegaron al monasterio, aspeados, llenos de barro, un sargento primero con veinte gendarmes que lograron escapar de la matanza de Hontoria. Casi todos ellos eran de los exploradores que habían marchado por las crestas del desfiladero.

Pocas horas después, á las seis ó siete de la misma mañana, el comandante del cantón de Aranda se presentó en el monasterio con doscientos soldados de infantería y cincuenta caballos. Le acompañaba un cirujano de la ciudad, don Juan Perote.

Perote reconoció la herida del coronel; según dijo, no se podía extraer la bala sin practicar una operación cruenta. Respecto á trasladar el coronel á Aranda, de hacerlo, había que tomar grandes precauciones, pues la herida se hallaba muy inflamada y el paciente tenía una calentura terrible.

El comandante de Aranda determinó continuar en el monasterio un par de días para dar tiempo de descanso á los dragones y gendarmes de Bremond y ver si llegaba algún nuevo fugitivo de Hontoria.

DELANTE DEL MONASTERIO

Mientras tanto, nuestro escuadrón llegaba por la noche á Peñaranda. Dejamos parte de la fuerza allí, y yo, con cincuenta hombres de los más decididos, avancé por la cuesta de San Juan del Monte hasta aproximarnos á la Vid.

El monasterio tenía en la obscuridad un aire fantástico.

Apenas se le divisaba oculto por una masa de altos y negros chopos.

Se adivinaba, más que se veía, el cauce del río como una barranca hundida y los grupos de árboles de las orillas.

A la derecha del monasterio se columbraba la cabeza del puente. Arriba en el cielo palpitaban las estrellas.

No me pareció prudente atacar el convento sin tener idea de sus medios de defensa, y esperamos al amanecer.

Dormimos un rato y al alba estábamos de nuevo á caballo.

La mañana comenzó á sonreir en el cielo.

Se iba destacando entre la obscuridad y la bruma el poblado de la Vid, una manzana de casas blancas unidas al convento.

Lara y yo, á pie, ocultándonos entre las matas, nos acercamos á un tiro de fusil.

Con el anteojo pude ver la barricada del puente y los soldados llegados de Aranda patrullando por los alrededores.

No éramos bastantes para atacar el monasterio, y, siguiendo las órdenes del cura, atravesamos el Duero y nos instalamos en Quemada del Monte.

Preparamos el alojamiento, y yo di una vuelta al pueblo en compañía de Lara.

—Amigo Lara—le dije cuando nos vimos solos—, ¿tú crees que podríamos contar con nuestra gente?

—Según para qué.

—Para marcharnos hacia la Alcarria á reunirnos con el Empecinado.

—¿Dejando á Merino?

—Sí.

—Suponía que estabas tramando algo.

—Bien; ¿y qué opinas?

—Que no contamos con la gente para eso.

—Crees tú.

—Seguro. El Brigante mismo no lo hubiera podido conseguir. A nosotros Merino nos molesta y á ti te repugna. A ellos les entusiasma.

—Bueno—contesté yo—; será así, pero te advierto que si Merino nos deja dos ó tres días aquí, yo con la gente que quiera, hablándoles claramente ó engañándolos, me voy hacia la Alcarria á juntarme con el Empecinado.