PERSONAS
D. FÉLIX DE MONTEMAR
D. DIEGO DE PASTRANA
SEIS JUGADORES
En derredor de una mesa
Hasta seis hombres están,
Fija la vista en los naipes,
Mientras juegan al parar;
Y en sus semblantes se pintan
440El despecho y el afán:
Por perder desesperados,
Avarientos por ganar.
Pálida lámpara alumbra
Con trémula claridad
Negras de humo las paredes
450De aquella estancia infernal.
Y el misterioso bramido
Se escucha del huracán,
Que azota los vidrios frágiles
Con sus alas al pasar.
ESCENA I
JUGADOR PRIMERO
JUGADOR SEGUNDO
¿Qué carta vino?
JUGADOR PRIMERO
La sota.
JUGADOR SEGUNDO
Pues por poco se alborota.
JUGADOR PRIMERO
Un caudal llevo perdido.
¡Voto a Cristo!
JUGADOR SEGUNDO
JUGADOR PRIMERO
No hay suerte como la mía.
JUGADOR SEGUNDO
¿Y como cuánto perdéis?
JUGADOR PRIMERO
Mil escudos y el dinero
Que Don Félix me entregó.
JUGADOR SEGUNDO
¿Dónde anda?
JUGADOR PRIMERO
JUGADOR TERCERO
Envido.
JUGADOR PRIMERO
Quiero.
ESCENA II
JUGADOR PRIMERO (al que entra)
D. FÉLIX
¿Perdisteis?
JUGADOR PRIMERO
El dinero que me disteis
Y esta bolsa pecadora.
JUGADOR SEGUNDO
D. FÉLIX (con desdén)
JUGADOR TERCERO
Alta ponéis la tarifa.
D. FÉLIX (con altivez)
JUGADOR CUARTO (aparte)
¿Y hay quien sufra tal afrenta?
D. FÉLIX
JUGADOR PRIMERO
Por el motivo lo siento.
JUGADOR TERCERO
¡El as! ¡el as! aquí está.
JUGADOR PRIMERO
Ya ganó.
D. FÉLIX
JUGADOR TERCERO
¿En un golpe?
JUGADOR PRIMERO (a Don Félix)
Los perdéis.
D. FÉLIX
Perdida tengo yo el alma,
Y no me importa un ardite.
JUGADOR TERCERO
Tirad.
D. FÉLIX
JUGADOR TERCERO
Tirad pronto.
D. FÉLIX
JUGADOR TERCERO
¿En cien onzas?
D. FÉLIX
¿Qué dudáis?
JUGADOR PRIMERO (tomando el retrato)
¡Hermosa mujer!
JUGADOR CUARTO
No es caro.
D. FÉLIX
¿Queréis pararlas?
JUGADOR TERCERO
Las paro.
Más ganaré.
D. FÉLIX
JUGADOR PRIMERO (mirando el retrato)
Si esta imagen respirara....
D. FÉLIX
A estar aquí, la jugara
A ella, al retrato y a mí.
JUGADOR TERCERO
Vengan los dados.
D. FÉLIX
Tirad.
JUGADOR SEGUNDO
JUGADOR CUARTO
En contra van apostados.
JUGADOR QUINTO
Cincuenta más. Esperad,
No tiréis.
JUGADOR SEGUNDO
Van los cincuenta.
JUGADOR PRIMERO
Yo, sin blanca, a Dios le ruego
Por Don Félix.
JUGADOR QUINTO
JUGADOR TERCERO
¿Tiro?
D. FÉLIX
Tirad con sesenta
De a caballo.
(Todos se agrupan con ansiedad al rededor de la mesa. El tercer jugador tira los dados.)
JUGADOR CUARTO
¿Qué ha salido?
JUGADOR SEGUNDO
¡Mil demonios, que a los dos
Nos lleven!
D. FÉLIX (con calma al primero)
JUGADOR TERCERO
D. FÉLIX
¿Cuánto dierais por la dama?
JUGADOR TERCERO
D. FÉLIX
No la quiero.
Mirad si me dais dinero,
Y os la lleváis.
JUGADOR TERCERO
D. FÉLIX
Eso a vos no importa nada.
¿Queréis la dama? Os la vendo.
JUGADOR TERCERO
Yo de pinturas no entiendo.
D. FÉLIX (con cólera)
JUGADOR TERCERO
De la pintura hablé yo.
TODOS
Vamos, paz; no haya pendencia.
D. FÉLIX (sosegado)
JUGADOR TERCERO
Van tirados.
D. FÉLIX
A otra suerte de esos dados;
Y el diablo les prenda fuego.
ESCENA III
Pálido el rostro, cejijunto el ceño,
560Y torva la mirada, aunque afligida,
Y en ella un firme y decidido empeño
De dar la muerte o de perder la vida,
Un hombre entró embozado hasta los ojos,
Sobre las juntas cejas el sombrero;
565Víbrale al rostro el corazón enojos,
El paso firme, el ánimo altanero.
Encubierta fatídica figura.—
Sed de sangre su espíritu secó,
mponzoñó su alma la amargura,
570La venganza irritó su corazón.
Junto a Don Félix llega, y, desatento,
No habla a ninguno, ni aun la frente inclina;
Y en pie y delante de él y el ojo atento,
Con iracundo rostro le examina.
575Miró también Don Félix al sombrío
Huésped que en él los ojos enclavó,
Y con sarcasmo desdeñoso y frío,
Fijos en él los suyos, sonrïó.
D. FÉLIX
D. DIEGO
Bien, Don Félix, cuadra en vos
Esa insolencia importuna.
D. FÉLIX (al tercer jugador sin hacer caso de Don Diego)
JUGADOR TERCERO
Sí. La fortuna
Se trocó; tiro y van dos. (Vuelven a tirar.)
D. FÉLIX
D. DIEGO
A solas hablar querría.
D. FÉLIX
D. DIEGO (desembozándose con ira)
Don Félix, ¿no conocéis
A Don Diego de Pastrana?
D. FÉLIX
A vos no, mas sí a una hermana
Que imagino que tenéis.
D. DIEGO
D. FÉLIX
Téngala Dios en su gloria.
D. DIEGO
Pienso que sabéis su historia,
Y quién fué quien la mató.
D. FÉLIX (con sarcasmo)
¡Quizá alguna calentura!
D. DIEGO
D. FÉLIX
D. DIEGO
Os estoy mirando y dudo
Si habré de manchar mi espada
Con esa sangre malvada,
620O echaros al cuello un nudo
Con mis manos, y con mengua,
En vez de desafïaros,
El corazón arrancaros
Y patearos la lengua;
625Que un alma, una vida, es
Satisfacción muy ligera,
Y os diera mil si pudiera
Y os las quitara después.
Jugo a mi labio han de dar
630Abiertas todas tus venas,
Que toda tu sangre apenas
Basta mi sed a calmar.
¡Villano!
(Tira de la espada; todos los jugadores se interponen.)
TODOS
Fuera de aquí
A armar quimera.
D. FÉLIX (con calma levantándose)
D. DIEGO (con furor reconcentrado y con la espada desnuda)
D. FÉLIX
Allá voy;
650Pero si os mato, Don Diego,
Que no me venga otro luego
A pedirme cuenta. Soy
Con vos al punto. Esperad
Cuente el dinero ... uno ... dos....
(A Don Diego)
655Son mis ganancias; por vos
Pierdo aquí una cantidad
Considerable de oro
Que iba a ganar ... ¿y por qué?
Diez ... quince ... por no sé qué
660Cuento de amor ... ¡un tesoro
Perdido! ... voy al momento.
Es un puro disparate
Empeñarse en que yo os mate:
Lo digo como lo siento.
D. DIEGO
D. FÉLIX
D. DIEGO
¡Mal caballero!...
D. FÉLIX
D. DIEGO
¿Estáis pronto?
D. FÉLIX
Están contados.
Vamos andando.
D. DIEGO (con voz solemne)
¿Os reís?
Pensad que a morir venís.
D. FÉLIX (sale tras de él, embolsándose el dinero con indiferencia)
Son mil trescientos ducados.
ESCENA IV
LOS JUGADORES
JUGADOR PRIMERO
JUGADOR SEGUNDO
JUGADOR TERCERO
¿Quién sabe? acaso la suerte....
JUGADOR CUARTO
Me alegraré que lo mate.
PARTE CUARTA
Salió, en fin, de aquel estado, para caer en el
dolor más sombrío, en la más desalentada desesperación
y en la mayor amargura y desconsuelo
que pueden apoderarse de este pobre corazón
humano, que tan positivamente choca y se quebranta
con los males, como con vaguedad aspira
en algunos momentos, casi siempre sin conseguirlo,
a tocar los bienes ligeramente y de pasada.—"La
protección de un sastre," novela original
por D. MIGUEL DE LOS SANTOS ÁLVAREZ
SPIRITUS QUIDEM PROMPTUS EST; CARO
VERO INFIRMA.—S. MARCOS, "Evangelio"
Vedle, Don Félix es, espada en mano,
Sereno el rostro, firme el corazón;
695También de Elvira el vengativo hermano
Sin piedad a sus pies muerto cayó.
Y con tranquila audacia se adelanta
Por la calle fatal del Ataúd;
Y ni medrosa aparición le espanta,
700Ni le turba la imagen de Jesús.
La moribunda lámpara que ardía
Trémula lanza su postrer fulgor,
Y, en honda oscuridad, noche sombría
La misteriosa calle encapotó.
Mueve los pies el Montemar osado
En las tinieblas con incierto giro,
Cuando, ya un trecho de la calle andado,
Súbito junto a él oye un suspiro.
Resbalar por su faz sintió el aliento,
710Y a su pesar sus nervios se crisparon;
Mas, pasado el primero movimiento,
A su primera rigidez tornaron.
«¿Quién va?» pregunta con la voz serena.
Que ni finge valor, ni muestra miedo,
715El alma de invencible vigor llena,
Fïado en su tajante de Toledo.
Palpa en torno de sí, y el impio jura,
Y a mover vuelve la atrevida planta,
Cuando hacia él fatídica figura
720Envuelta en blancas ropas se adelanta.
Flotante y vaga, las espesas nieblas
Ya disipa, y se anima, y va creciendo
Con apagada luz, ya en las tinieblas
Su argentino blancor va apareciendo.
Ya leve punto de luciente plata,
Astro de clara lumbre sin mancilla,
El horizonte lóbrego dilata
Y allá en la sombra en lontananza brilla.
Los ojos, Montemar, fijos en ella,
730Con más asombro que temor la mira;
Tal vez la juzga vagorosa estrella
Que en el espacio de los cielos gira;
Tal vez engaño de sus propios ojos,
Forma falaz que en su ilusión creó,
735O del vino ridículos antojos
Que al fin su juicio a alborotar subió.
Mas el vapor del néctar jerezano
Nunca su mente a trastornar bastara,
Que ya mil veces embriagarse en vano
740En frenéticas orgias intentara.
«Dios presume asustarme; ¡ojalá fuera»,
Dijo entre sí riendo, «el diablo mismo!
Que entonces ¡víve Dios! quién soy supiera
El cornudo monarca del abismo.»
Al pronunciar tan insolente ultraje
La lámpara del Cristo se encendió,
Y una mujer, velada en blanco traje,
Ante la imagen de rodillas vió.
«Bienvenida la luz,» dijo el impío,
750«Gracias a Dios o al diablo;» y, con osada,
Firme intención y temerario brío,
El paso vuelve a la mujer tapada.
Mientras él anda, al parecer se alejan
La luz, la imagen, la devota dama;
755Mas si él se pára, de moverse dejan;
Y lágrima tras lágrima derrama
De sus ojos inmóviles la imagen.
Mas sin que el miedo ni el dolor que inspira
Su planta audaz, ni su impiedad atajen,
760Rostro a rostro a Jesús Montemar mira.
—La calle parece se mueve y camina,
Faltarle la tierra sintió bajo el pie;
Sus ojos la muerta mirada fascina
Del Cristo, que intensa clavada está en él.
Y en medio el delirio que embarga su mente,
Y achaca él al vino que al fin le embriagó,
La lámpara alcanza con mano insolente
Del ara do alumbra la imagen de Dios;
Y al rostro la acerca, que el cándido lino
770Encubre, con ánimo asaz descortés;
Mas la luz apaga viento repentino,
Y la blanca dama se puso de pie.
Empero un momento creyó que veía
Un rostro que vagos recuerdos quizá
775Y alegres memorias confusas traía
De tiempos mejores que pasaron ya,
Un rostro de un ángel que vió en un ensueño,
Como un sentimiento que el alma halagó,
Que anubla la frente con rígido ceño,
780Sin que lo comprenda jamás la razón.
Su forma gallarda dibuja en las sombras
El blanco ropaje que ondeante se ve,
Y cual si pisara mullidas alfombras,
Deslízase leve sin ruido su pie.
D. FÉLIX
«¡Qué! ¿sin respuesta me deja?
¿No admitís mi compañía?
795¿Será quizá alguna vieja
Devota?... ¡Chasco sería!
En vano, dueña, es callar,
Ni hacerme señas que no;
He resuelto que sí yo,
800Y os tengo de acompañar.
Y he de saber dónde vais
Y si sois hermosa o fea,
Quién sois y cómo os llamáis,
Y aun cuando imposible sea,
Y fuerais vos Satanás
Con sus llamas y sus cuernos,
Hasta en los mismos infiernos,
Vos delante y yo detrás,
Hemos de entrar; ¡vive Dios!
810Y aunque lo estorbara el cielo,
Que yo he de cumplir mi anhelo
Aun a despecho de vos;
Y perdonadme, señora,
Si hay en mi empeño osadía,
815Mas fuera descortesía
Dejaros sola a esta hora;
Y me va en ello mi fama,
Que juro a Dios no quisiera
Que por temor se creyera
820Que no he seguido a una dama.»
Del hondo del pecho profundo gemido,
Crujido del vaso que estalla al dolor,
Que apenas medroso lastima el oído,
Pero que punzante rasga el corazón,
Gemido de amargo recuerdo pasado,
De pena presente, de incierto pesar,
Mortífero aliento, veneno exhalado
Del que encubre el alma ponzoñoso mar,
Gemido de muerte lanzó, y silenciosa
830La blanca figura su pie resbaló,
Cual mueve sus alas sílfide amorosa
Que apenas las aguas del lago rizó.
¡Ay! el que vió acaso perdida en un día
La dicha que eterna creyó el corazón,
835Y en noche de nieblas y en honda agonía
En un mar sin playas muriendo quedó!...
Y solo y llevando consigo en su pecho,
Compañero eterno su dolor crüel,
El mágico encanto del alma deshecho,
840Su pena, su amigo y su amante más fiel;
¡Miró sus suspiros llevarlos el viento,
Sus lágrimas tristes perderse en el mar,
Sin nadie que acuda ni entienda su acento,
Insensible el cielo y el mundo a su mal!
Y ha visto la luna brillar en el cielo
Serena y en calma mientras él lloró,
Y ha visto los hombres pasar en el suelo
Y nadie a sus quejas los ojos volvió!
Y él mismo, la befa del mundo temblando,
850Su pena en su pecho profunda escondió,
Y dentro en su alma su llanto tragando
Con falsa sonrisa su labio vistió!!...
¡Ay! quien ha contado las horas que fueron,
Horas otro tiempo que abrevió el placer,
855Y hoy solo y llorando piensa como huyeron
Con ellas por siempre las dichas de ayer;
Y aquellos placeres, que el triste ha perdido,
No huyeron del mundo, que en el mundo están;
Y él vive en el mundo do siempre ha vivido,
860Y aquellos placeres para él no son ya!
¡Ay del que descubre por fin la mentira!
¡Ay del que la triste realidad palpó!
Del que el esqueleto de este mundo mira,
Y sus falsas galas loco le arrancó!...
¡Ay de aquel que vive sólo en lo pasado!
¡Ay del que su alma nutre en su pesar!
Las horas que huyeron llamará angustiado,
Las horas que huyeron jamás tornarán!...
Quien haya sufrido tan bárbaro duelo,
870Quien noches enteras contó sin dormir
En lecho de espinas, maldiciendo al cielo,
Horas sempiternas de ansiedad sin fin....
Quien haya sentido quererse del pecho
Saltar a pedazos roto el corazón,
875Crecer su delirio, crecer su despecho,
Al cuello cien nudos echarle el dolor,
Ponzoñoso lago de punzante hielo,
Sus lágrimas tristes que cuajó el pesar,
Reventando ahogarle, sin hallar consuelo,
880Ni esperanza nunca, ni tregua en su afán.
Aquél, de la blanca fantasma el gemido,
Única respuesta que a Don Félix dió,
Hubiera, y su inmenso dolor, comprendido,
Hubiera pesado su inmenso valor.
D. FÉLIX