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El imperio jesuítico

Chapter 11: EPÍLOGO
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About This Book

El ensayo combina investigación de campo y fuentes bibliográficas para trazar la génesis, el funcionamiento y la política de la organización religiosa que implantó comunidades en la región de las Misiones y el Paraguay. Describe el paisaje, las ruinas y los materiales arqueológicos, reconstruye la estructura administrativa, económica y social de las reducciones, y examina la relación entre la orden y el poder colonial. Textos y planos ilustrativos acompañan un juicio crítico sobre la expansión del sistema, sus tensiones internas y las causas de su transformación y eventual desaparición.

EPÍLOGO

EPÍLOGO

Con el capítulo sobre las ruinas terminaba, acaso, esta obra; pero el estudio realizado imponía á mi ver una conclusión cualquiera sobre los resultados de la orden jesuítica en su imperio guaraní. Nada más cómodo que limitarme á la descripción encomendada, omitiendo un juicio forzosamente susceptible de discusión; es lo que hubiera podido hacer, sin mengua de mi trabajo, á no entender que en esta clase de asuntos es necesario ir hasta donde la conciencia lo determine. Creo, pues, mi deber, agregar algunas palabras.

En el transcurso de este ensayo ha podido ver el lector, según creo, que los jesuítas realizaron con sus reducciones una teocracia perfecta. Siendo ésta el ideal político de la monarquía española, nada extraordinario si protegió á sus autores cuanto pudo, consagrando milicias especiales á su defensa, favoreciéndolos con toda suerte de excepciones fiscales y acordándoles una legislación privilegiada, cuyo espíritu disonaba con el carácter humillante que en cuanto á la Iglesia revistió la peninsular. Desde la franquicia comercial exclusiva, hasta el permiso de armarse sin control, todo lo obtuvieron; con más que ellos mismos sugerían las ordenanzas á su favor. Con ellos no hubo patronatos ni regalías, y la Corona dió siempre mucho más de lo que la retribuyeron.

Así, pues, no hay tal cuestión de intereses en la expulsión, consentida y ejecutada además por naciones donde la confiscación no podía ser un aliciente. Concretándome á España, ésta resolvió con semejante medida una cuestión de ideas. Carlos III no era hombre para concebir un imperio teocrático basado en el quietismo y en el atraso de sus súbditos. Sus tendencias modernas y prácticas procuraban sacar, en este doble sentido, cuanto era posible del tosco instrumento que en manos de los Habsburgos fué sólo un ingenio de destrucción; y si no resultó el Luis XIV de España, faltándole el genio del Gran Rey para igualarlo, es evidente que se le pareció en algunas cosas.

La Península recibió de su mano el más saludable sacudimiento que hubiera experimentado desde la reconquista contra el moro. Una administración excelente, que era quizá la especialidad de aquel monarca, se substituyó al consuetudinario desbarajuste fiscal. La Corona fundó en todo el reino, relacionándolas con la producción regional, fábricas de paños, de tejidos de seda y algodón, de acero, vidrio, porcelanas, etc. Dotó escuelas industriales; creó el Banco de San Carlos con el fin de reanimar el crédito; protegió al comercio, regularizando la detestable vialidad peninsular, estableciendo el servicio postal, abriendo puertos, garantiendo la seguridad pública; y en cuanto á las posesiones ultramarinas, éstas que son hoy naciones independientes, y con mayor razón la nuestra, le deben la abolición del privilegio comercial de Cádiz, el establecimiento de la primera línea regular de paquebotes que servían á Cuba y al Plata, y la descentralización política que al erigirnos en virreinato preparó el camino á la Independencia.

El ideal teocrático, basado en la abolición del individualismo que la riqueza pública desarrolla al aumentarse, y unitario por esencia, no podía tener un devoto en semejante monarca, así como éste no concebía de seguro el progreso de su país bajo la faz material únicamente; de modo que su conflicto con los jesuítas, fué ante todo una cuestión filosófica. Roto el vínculo que por siglos había ligado la monarquía á ese ideal, resaltó con claridad incontestable todo lo anacrónico de aquel sistema, que en forma diversa de la conquista militar, pero substancialmente idéntico á ella, prolongaba las formas sociales de la edad de oro de la Iglesia, eternizando la organización medioeval. Ello era tanto más notable, cuanto que el resto de las naciones había entrado ya en las prácticas modernas, que al difundir popularmente la riqueza, por muerte del privilegio en cuya virtud sólo era accesible á los nobles, fundando la actual sociedad capitalista y poniendo las monarquías á favor del pueblo—fomentaban el individualismo y preludiaban la Revolución. No había, pues, avenimiento posible, produciéndose la ruptura que la evolución retardada tornaba violenta; y claro es que los jesuítas, paladines del sistema abolido, habían de experimentar con mayor viveza el percance. Respecto á las consecuencias sociales de su sistema misionero, creo que van implícitas en un dilema motivado por el estudio mismo de la cuestión:

O los indios resultaban incapaces de la civilización, que pari passu con la marcha de las reducciones realizaban los pueblos blancos, y ésta era la opinión de los jesuítas; ó poseían aptitudes para adoptarla. En este caso, la teocracia erró el camino, al no comprender que el comunismo perpetuaba el ideal social de la Edad Media; en el otro, el exterminio del salvaje era una fatalidad á la cual no cabía oponerse sin perjuicio para la raza superior.

El humanitarismo liberal que los defensores del sistema jesuítico han explotado en su provecho, se espanta de este resultado, consecuente con los principios metafísicos que constituyen su credo; y semejante lógica lo ha puesto en el aprieto de confesar que la obra de los jesuítas fué plausible, ó de renegar su propio concepto para ceder á la pasión sectaria. En igual forma se le ha replicado con la libertad, pretendiéndose que el indio era libre bajo aquel sistema de todo para todos, semejante en apariencia al ideal de los modernos comunistas; pero dicha argumentación, excelente como recurso dialéctico, constituye una anomalía para quienes organizaron el comunismo en forma tal, que todo progreso económico era imposible al individuo. Aquel socialismo de Estado, más despótico que un imperio oriental, permitía la igualdad, pero la igualdad de la miseria, como que todo existía por la providencia del Padre director: la renuncia de los bienes terrenales, que es para el cristianismo católico el más seguro medio de salvación. Por lo que respecta á las consideraciones humanitarias, ellas son igualmente inaceptables en los sacerdotes de una religión, cuya ley originaria autorizaba precisamente los exterminios de raza, cuando el pueblo escogido tenía en los otros un obstáculo á su desarrollo, consagrando así, en la forma religiosa que sintetizaba los prestigios de la época, esa eterna ley de la lucha por la vida á la cual pertenece también el secreto de la historia.

Los indios eran incapaces de vivir en estado de civilización, como lo demuestra de sobra el fracaso de las reducciones al ponerse en contacto con el mundo, pues su organización fué en el fondo un salvajismo atenuado cuyos efectos aún perduran en el Brasil y en el Paraguay. Esos descendientes de los guaraníes reducidos, no tienen todavía noción clara de la propiedad, siéndoles desconocida toda ambición de enriquecerse. Si los aguijonea la necesidad, hurtan ó despojan; y el rasgo típicamente salvaje, de que toda labor está encomendada á la mujer, prueba cuán poca influencia tuvo en efecto la conquista jesuítica. Se dirá que el clima tiene la culpa, pero el clima no es una fatalidad; y una obra que ni en parte mínima supo corregir sus efectos, fracasó en su faz esencial. La civilización, bajo su aspecto moral, es un conjunto de cualidades artificialmente desarrolladas, proviniendo de aquí la diferencia entre el individuo civilizado y el salvaje. Éste depende en absoluto del medio en que ha nacido; el otro es su colaborador inteligente.

Aquellos hombres, á los cuales sólo agita de cuando en cuando el instinto nómade, en correrías que suelen resultar salteos, tienen vivo al salvaje bajo su estructura semi-culta, y eso está manifiesto en la atroz barbarie que caracteriza sus revoluciones y sus motines: después de todo, la aptitud bélica era la única cualidad individual que se les había desarrollado.

Las guerras que asolaron á las Misiones argentinas hasta despoblarlas, han sido una verdadera depuración, de cuyos resultados podemos felicitarnos por comparación con los estados vecinos.

Es necesario, para apreciarlo bien, haber visto ese pobre Paraguay, enfermo de pereza bajo el dosel de su selva magnífica—rey de las piernas de mármol cuya miseria acrecienta el esplendor de su pompa inútil;—ó esa frontera brasileña cuyos paisanos, mucho más cultos que los nuestros, viven acariciando el ensueño bandolero como el único calmante á sus pasiones y á su miseria. Más que por la vaguada de los ríos limítrofes, y sobre la tierra, idéntica desde luego, el meridiano de demarcación está trazado allá en el espíritu.

Los jesuítas tomaron por tipo de organización social á su propio instituto, basado como sobre un triple cimiento, que da ya el plano del edificio, en tres principios fundamentales: el comunismo, la autoridad absoluta y la renunciación de la personalidad; pero los resultados hicieron comprender bien pronto que semejante estructura, eficaz para cuerpos pequeños y militantes, no era aplicable á los pueblos. Estos tienen otras necesidades, y aunque semejantes con aquéllos, no son idénticos. Así, las cualidades que desarrolló en los guaraníes fueron inútiles ó nocivas respecto á la civilización moderna.

Religiosos y sumisos, carecieron de arranque individual, perpetuamente delegado su albedrío en los PP. ó en la divinidad. Bravos se mostraron en la insurrección de 1751 y en sus encuentros con los mamelucos; bravos, pero sin energía. Es que la religión, aliada del soldado para la lucha por el sostén de la antigua supremacía en el medio moderno, cada vez más escéptico y pacífico, es decir, cada vez más adverso—no desarrolla sino el patriotismo militar en el cual estriba la persistencia de la alianza, reuniendo bajo esa forma las dos tendencias menos compatibles con nuestra civilización. El engrandecimiento por la riqueza, que es el ideal moderno, requiere el predominio de la habilidad calculadora y de la paz,[112] antípodas del sentimentalismo religioso y de la gloria bélica; y como los conceptos del honor y de la virtud se han confundido con el ideal dominante, según sucede en todas las civilizaciones, dichas tendencias perdieron sus cualidades substantivas, expresadas por aquellos conceptos, convirtiéndose progresivamente en meros elementos de decoración.

Así, el indio de las reducciones fué un tipo regresivo por su educación, fuera de sus deficiencias étnicas; pero tal es el poder de las ideas, que todo puede esperarse de su eficacia. Esta resultó desgraciadamente perjudicial y nula, cuando la empresa degeneró de religiosa en comercial. La conversión de las tribus no fué ya el propósito dominante, sobreponiéndose la tendencia política de la orden á toda otra consideración. Entonces empezó á realizarse el plan geográfico del Imperio.

El lector tiene á la vista un mapa, trazado con el objeto de hacerle conocer la situación que ocupó después de la emigración de la Guayra. Con este acto fracasó la primera tentativa, que era más provechosa, pues buscaba el Atlántico por puntos aproximados á las Capitanías brasileñas más ricas, donde los establecimientos jesuíticos tenían una importancia también mayor. Conseguido aquel desahogo, el que buscaban por Porto Alegre y quizá un tercero por el Marañón, el plan se realizaba en esa parte. Quedaba el contacto con el Perú y con el Tucumán, que buscaron por medio de fundaciones sucesivas sobre el río Paraguay, y por el Chaco respectivamente. Señalaban el primer objetivo las reducciones de San Joaquín, San Estanislao y Belén, cuyas distancias considerables entre sí, relativamente á las de los otros pueblos, demuestran su carácter de puestos avanzados. La otra línea de comunicaciones fué una constante preocupación religiosa y militar. Su acceso estaba demostrado desde la expedición de Diego Pacheco; y en los primeros años del siglo XVIII, jesuítas enviados del Paraguay como consecuencia de la expedición represora de Urizar, habían llevado sus misiones al Chaco, fundándolas entre los lules, ojotas y abipones. Ésta fué la primer tentativa seria de comunicación jesuítica.