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El intruso

Chapter 12: X
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About This Book

The narrative follows Doctor Aresti, a learned physician who chooses to live among miners in an industrial district, tending the injured and moving through accidents, domestic rituals, and local gossip. It sketches the omnipresent power of his distant industrial magnate cousin, whose enterprises shape the landscape and social order, and portrays the miners, contractors, and bourgeois wives who orbit these forces. Through hospital scenes, mine disasters, festive gatherings, and private encounters, the work examines social inequality, tensions between wealth and rough local customs, personal loyalties, and the strain that industrial modernity exerts on community life.

Había sido un admirable comerciante de la religión: un talento práctico surgido á tiempo para salvar la tienda de Roma amenazada de quiebra, ordenando sus negocios, dándoles nuevo rumbo y fundando su Compañía, aquel disciplinado cuerpo de comisionistas del catolicismo que viajaban por toda la tierra, explotando las pasiones y las debilidades humanas, para la mayor gloria de su Dios.

El hermano sacó al médico de su ensimismamiento, enseñándole la parte superior del altar. En un relicario de oro estaba el corazón del santo. Era lo único que allí conservaban del fundador. El cuerpo, como sabía todo el mundo, estaba depositado en el Jesu de Roma.

—Sí: lo conozco. Lo he visto—dijo Aresti.

Sin saber por qué, sintió la necesidad de deslumbrar con un embuste al simple lego, el cual parecía convencido de que la humanidad entera se interesaba por las cosas de la Orden, sin que ni un solo hombre ignorase dónde estaba el cuerpo de San Ignacio.

—¡Ah! ¡El señor ha estado en Roma!—exclamó el hermano mirándolo con cierta admiración, como si de repente creciese ante sus ojos.

—Sí—dijo Aresti sintiendo de nuevo la necesidad de mentir, para que le admirase aquel pobre hombre.—Estuve cuando la última peregrinación.

El hermano modificó sus palabras y gestos. Ya no era Aresti para él uno de tantos viajeros de los que llegaban atraídos por la curiosidad; muchos de ellos, extranjeros herejes, procedentes de países que despreciaban á la Compañía. Era uno de la familia, casi podía considerarse como de la casa; y el hermano mostró empeño en enseñárselo todo minuciosamente, desbordándose en palabras, con la locuacidad del que pasa mucho tiempo condenado al silencio.

Se detuvo en una puertecita inmediata al altar, inclinándose para ceder el paso á aquel señor tan simpático. Era una pequeña habitación, sin otro adorno que un retablo.

—Aquí estaba enfermo nuestro santo fundador,—dijo con voz meliflua—y aquí fué su conversión. Pidió á la familia un libro de caballerías para entretenerse, pero como Dios tenía puestos sus ojos en él, hizo que nadie encontrase libros de tal clase y eso que abundaban en la casa. Entonces leyó una historia de la Virgen é inmediatamente sintióse tocado por la gracia y decidió dedicarse á la vida santa, renunciando al mundo.

Después, el lego buscó en la pared, señalando una grieta que la cruzaba.

—Mire usted esto, caballero. Por fuera aún se ve mejor; llega hasta el suelo partiendo las piedras del muro.... Esta grieta la hizo el diablo. En el mismo momento que el santo decidió dedicarse á Dios, tembló el suelo y se estremeció toda la casa, quedando esta abertura como recuerdo. Era el demonio que acogía de este modo la resolución del santo.

—Sería de rabia—dijo Aresti con gravedad imperturbable.

—De rabia y de miedo—contestó el hermano con modestia.—Tal vez el maligno tembló, adivinando que el santo iba á fundar nuestra Orden.

Pasaron á otra habitación en el extremo opuesto de la capilla. Cada vez que el lego veíase ante el altar, caía de rodillas, causando la admiración del médico, por el gesto con que rezaba su corta oración. El cuerpo quedaba recto, con las manos cruzadas sobre el pecho, mientras el cuello se prolongaba hacia adelante, como el pescuezo de una jirafa que quisiera tocar el cielo.

—En esta habitación—dijo el lego—nació nuestro santo fundador. Aquí tuvo también el hermano Garrido su revelación portentosa. Usted habrá oído hablar de ella....

Pero viendo que el señor permanecía impasible, dijo con cierta impaciencia:

—Pero usted sí que sabrá quién era el hermano Garrido.

—¡Oh! mucho—dijo Aresti, que oía por primera vez este nombre.

—Ya esperaba yo—continuó el lego—que un señor como usted conocería al hermano Garrido. Los padres de Roma piensan canonizarlo apenas pase el tiempo preciso.

Y hablaba con entusiasmo de este hermano, como si fuese una celebridad universal, bastando citar su nombre para que todos repitiesen sus glorias. En aquel mismo cuarto, estando en éxtasis el hermano Garrido, se le había presentado la Virgen anunciándole con veintidós meses de anticipación, el asalto de los conventos y la degollación de los frailes, en los primeros años del reinado de Isabel II.

—Entonces—dijo Aresti—los padres de la Compañía, avisados con tiempo no serían víctimas de las turbas.

—A algunos mataron en el Colegio Imperial de Madrid—contestó el lego.—El hermano Garrido era modesto, y se calló la revelación, no haciéndola pública hasta después que llegó aquí la noticia de los asesinatos.... Era muy humilde el hermano Garrido. Por esto será algún día un santo más de nuestra Orden.

Había terminado la visita á la casa de San Ignacio. De un momento á otro llegarían las señoras para hacer sus ejercicios en la capilla. Pero el hermano sentía cierta pena por separarse tan pronto de aquel señor devoto que le escuchaba sin pestañear como si le admirase.

—¿Quiere usted ver el monasterio?—le preguntó.

Esta invitación no la hacía á todos los visitantes: pero con él era distinto; él había ido á Roma en peregrinación y había visto el cuerpo de San Ignacio. Pasaron del castillejo al monasterio por una galería cubierta, en la que trabajaban varios obreros con pantalones y blusas del mismo azul celeste que el manto de la Virgen. Eran hermanos jóvenes que trabajaban de carpinteros y albañiles; mocetones de la montaña que deseaban emanciparse del terruño, prestando sus brazos á la Compañía para el trabajo reposado y lento de las casas de religión; libres ya de la lucha por la vida, y teniendo de antemano asegurada la salvación eterna, sólo con obedecer ciegamente á los superiores.

—¿Quiere usted subir á la biblioteca?—preguntó el hermano.—Tiene poco que ver: todo en ella es antiguo.

—Lo antiguo era lo mejor—dijo Aresti con gravedad.

—Usted está en lo cierto. ¡Ay, si todo el mundo pensase tan sanamente como usted! No como la gente de ahora que sólo lee novelas y libros malos contra la religión.

La biblioteca estaba en el último piso; una gran sala, por cuyas ventanas entraba á raudales la luz del sol, viéndose desde ellas los montes inmediatos, verdes y limpios de niebla. Unos cuantos cuerpos de la estantería contenían diversas ediciones de clásicos griegos y latinos, encuadernados en pergamino. Otros guardaban los autores teológicos, y el resto estaba ocupado por todos los libros escritos en favor y defensa de la Compañía de Jesús. Aresti leía con curiosidad los nombres de aquellos autores que le eran desconocidos y á los cuales atribuía el hermano una fama universal. Realmente, era todo antiguo en aquella biblioteca: olía á sepultura.

Descendieron á los claustros. El médico temía encontrarse con algún Padre que le conociera por haber estado en Bilbao. Pero á aquella hora los sacerdotes estaban en sus celdas, y por los claustros únicamente pasaban algunos legos sin sotana, con aire apresurado, deslizándose sin ruido sobre sus zapatillas silenciosas. En la antesala del refectorio varios hermanos viejos limpiaban vasos y botellas en una fuente de mármol obscuro, que arrojaba cuatro chorros de agua.

Aresti, solicitado por el lego, entró en una celda de las que servían de alojamiento á los seglares durante los diez días que duraban los ejercicios.

—Pobrecito—decía el hermano enseñándola,—pero decentito y limpio. Aquí vienen toda clase de personas; banqueros, generales... hasta ministros. Y viven tan ricamente y son felices en esta pobreza mientras curiosean su alma.

El doctor examinaba el cuarto, de alto techo y desahogadas proporciones. Junto á la ventana, una mesa con dos sillas de paja. La cama de hierro se ocultaba tras un tabique bajo, con una cortinilla roja en la puerta.

Los claustros estaban adornados con antiguos retratos faltos de valor artístico, pero de cierto interés histórico. Eran los Padres más famosos de la Compañía por las aventuras y peligros de su existencia; los propagandistas del jesuitismo que se habían esparcido por la tierra en la primera expansión de la Orden recién fundada, ocultando su carácter y sus fines, amoldándose á los gustos y costumbres de los países donde se establecieron. Los había con grandes barbas, recios capotes, altas botas y gorro de piel, relatando la leyenda al pie del retrato, sus viajes por el Norte de las Rusias, sus arriesgadas expediciones en países de hielo. Otros vestían la bota floreada de la aristocracia china: habían sido mandarines, llegando á aconsejar á individuos de la dinastía Celeste. Y además de estos arriesgados viajeros, felices en sus aventuras, figuraban los mártires, los que habían perecido bajo las flechas de los tártaros ó los sables de los japoneses. El Asia, con sus enormes imperios catalépticos é insensibles, había tentado á aquellos propagandistas de la autoridad y de la vida automática y sumisa.

Aresti vió todo el resto del monasterio: el refectorio, con su púlpito para la lectura; la capilla, en la que hacían los hombres sus ejercicios espirituales, colocando los Padres á la puerta una bandeja para que los jóvenes depositasen en un papel cerrado sus peticiones á la Virgen; la cocina, donde los hermanos guisanderos le explicaron los tres platos sólidos que correspondían á los individuos en cada comida: el salón acristalado, en el cual fumaban sacerdotes y seglares un cigarrillo único, pues en el resto del monasterio, aunque el fumar no estaba prohibido, era mal visto por los superiores.

—Queda la huerta. ¿Quiere usted verla?—dijo el hermano con el deseo de prolongar algunos minutos más el trato con aquel señor que le escuchaba con tanta atención.

Salieron á una huerta cerrada por un alto muro de piedra. En el fondo había una pequeña granja con sus vacas y cerdos, de los que hablaba el hermano con tierna admiración. Los pájaros turbaban el silencio monástico de aquellos campos, revoloteando en torno de los árboles frutales.

Un seglar iba con un libro en la mano por el mismo camino que seguían ellos. Era la única persona que paseaba por la huerta.

Aresti lo vió de espaldas y aceleró el paso como sí le acometiese de pronto una duda y quisiera salir de ella.

—Es un señor muy rico, ¡muy rico!—dijo el hermano, adivinando su curiosidad.—Está haciendo los ejercicios seis días. Creo que es de Bilbao y que le llaman...

Pero antes de que el lego dijera el nombre, el seglar se volvió oyendo el ruido de los pasos.

—¡Pepe!...—gritó el doctor.

La sorpresa no le permitió decir más al reconocer á Sánchez Morueta.

—¡Luis!... ¡Primo!...—exclamó éste no menos sorprendido.

Pero, pasada la primera impresión, hizo un movimiento de molestia semejante al del que duerme y se ve bruscamente despertado.

El hermano, á impulsos de su meliflua cortesía, siguió andando para detenerse á alguna distancia de los dos hombres. Le inspiraba profundo respeto aquel devoto al que trataban con gran deferencia todos los Padres, permitiéndole fumar en su cuarto y bajar á la huerta á todas horas, con otros privilegios no menos importantes que sólo se concedían á muy contadas personas. El visitante que él acompañaba también adquiría una importancia inmensa ante sus ojos, por tratarse tan afectuosamente con el personaje.

Los dos hombres quedaron mirándose en silencio largo rato.

—¿Tú aquí?...

Y Aresti encerraba en esta exclamación toda la fuerza de su asombro.

Sánchez Morueta sonrió de un modo que su primo no había visto nunca en él. Era una expresión de resignada modestia, de decaimiento de la voluntad. Hablaba sencillamente, como si no hubiese ocurrido nada de extraordinario desde la última vez que se habían visto.

Cristina y la niña le acompañaban en los ejercicios. Muchas familias de lo mejor de Bilbao estaban en Loyola con el mismo fin: las señoras en el hotel: los hombres en las celdas del monasterio. Ya llevaba allí seis días y le faltaban cuatro.

—¿Y estás bien? ¿Te gusta esta vida?

—Sí—contestó el millonario con sencillez.—Me sienta perfectamente: no tienes más que mirarme.

Sánchez Morueta parecía repuesto de su crisis. Nada quedaba en él del enfermo que había visto Aresti en su última visita á Las Arenas. Su mirada era tranquila, con una fijeza serena: el color sanguíneo de sus primeros tiempos de luchador había vuelto á animar su rostro.

El médico le escuchaba con asombro enumerar las ocupaciones de su vida en aquella casa: todas con arreglo á la distribución del tiempo marcada por el director de sus ejercicios. Se levantaba á las cinco y media de la mañana; á las seis bajaba á la capilla, leyendo durante media hora aquel libro que le acompañaba siempre: después meditaba una hora, oía misa y tomaba el desayuno, descansando hasta las diez ó paseando por la tranquila huerta que los buenos padres ponían á su disposición. Meditaba de nuevo hasta mediodía en su celda, recibiendo la visita de su director, rezaba el Vía Crucis en los claustros, comía á la una descansando de nuevo hasta las cuatro, y á esta hora bajaba á la capilla para escuchar las pláticas con los otros compañeros de ejercicios. A las siete era la estación al Santísimo Sacramento, después el Rosario, los dolores y gozos de San José y el examen de conciencia de todo lo hecho durante el día: á las nueve la cena y á las diez se acostaba.

Él, que en el mundo podía dar órdenes á miles de seres, gozaba la extraña dulzura de ser mandado, de sentir sobre su voluntad otra que era superior y la dominaba. La celda pobre y la comida vulgar en el refectorio, le parecían de una voluptuosidad extraña después de tantos años de bienestar fastuoso y refinado en su palacio de Las Arenas. Los primeros días habían sido duros para él, pero ahora paladeaba la dulzura de no ser nada, de verse guiado, anulando su voluntad, empequeñeciéndose, pensando á todas horas en la muerte para convencerse de la humana insignificancia.

El mundo al que había de volver le parecía lejano, muy lejano. Aquel Bilbao, del que era rey, estaba sin duda en otro planeta con sus agitaciones de lucro, con sus fiebres de egoísmo, de las que no llegaba nada, absolutamente nada, á aquel tranquilo rincón.

—Estoy bien, Luis: mejor que nunca. La satisfacción que adivino en mi mujer y mi hija, me llena de alegría. Tengo la certeza de que al salir de aquí nos querremos más; que constituiremos una verdadera familia cristiana, como dice....

Se detuvo como avergonzado de soltar ante Luis el nombre en que pensaba. Pero se arrepintió de su duda como de un pecado, y añadió con energía, queriendo imponer su convicción:

—Los jesuítas no son malos como yo creía torpemente. Debes salir de tu error, Luis. Son unas excelentes personas: unos santos. ¡Ay, si tú los tratases!

Después habló de Urquiola, que les había acompañado á los ejercicios, pero había tenido que salir el día antes para Bilbao, llamado por el Padre Paulí; de la tranquilidad de aquella vida, sin agitaciones cerebrales, y sin ambición, que tanto contrastaba con su existencia de Bilbao.

—Creo, Luis, que si no tuviese á mi mujer y mi hija, aquí me quedaría para siempre. Esta es la verdadera vida. La de fuera ya sabes lo que es: penas y maldiciones.

Aresti le escuchaba silencioso, mirándolo fijamente, sin pestañear, como en presencia de un enfermo; de «un caso interesante».

—¿Y qué es eso que llevas ahí?—dijo de pronto, agarrando el libro que su primo conservaba cerrado en una mano.

Le bastó una ojeada para conocer el pequeño volumen encuadernado en pasta, con una impresión gruesa y vulgar de libro devoto. Era los Ejercicios espirituales de San Ignacio, explicados por el Padre Claret, el famoso arzobispo de Trajanópolis, que tanto había influido sobre los últimos años del reinado de Isabel II.

Aresti conocía el libro. Muchas veces lo había encontrado sobre su mesa cuando vivía con su mujer. Recordaba su estilo de piadosa belicosidad, hablando de las dos banderas: «la una de Cristo Señor Nuestro, sumo capitán; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza humana.» San Ignacio y el Padre Claret llegaban á la elocuencia más conmovedora al describir el infierno. El fuego de aquel lugar de maldición era tan intenso, «que una sola centella reducía á polvo una piedra de molino; si caía sobre un globo de bronce lo derretía al punto, como si fuese de cera, y si en un lago reducido á hielo, lo hacía hervir en un instante.» Los condenados sentían este fuego en el cerebro, los dientes, lengua, garganta, hígado, pulmón, entrañas, vientre, corazón, venas, nervios, huesos, médula de éstos, sangre y hasta en las potencias del alma», y después de la horripilante enumeración, San Ignacio preguntaba al alma del pecador con quién deseaba irse, si con Dios ó con el Demonio. ¡Ah, mísero Luzbel; ridículo pazguato que ofrecía con torpe malicia las cortas felicidades de la tierra á cambio de una eternidad de tan horrible fuego! La respuesta no era dudosa. Con Dios se iban las almas después de los santos ejercicios.

Sánchez Morueta hablaba de éstos. Los primeros días estaban dedicados á meditar sobre el pecado mortal, la muerte y el infierno. Después se meditaba con ayuda de aquel libro sobre la gloria eterna y la misericordia de Dios.

—¿Pero tú crees en todas esas cosas del infierno y la gloria, tan vulgares, tan groseras como las pinta ese libro?

La firme mirada de Aresti turbó á su primo.

—Como creer... no puedo afirmarlo rotundamente. Me asaltan dudas, y me callo por no molestar á mi director. Pero todo esto me causa cierto bienestar. Lo absurdo me entretiene, me deleita, me vuelve á la tranquilidad de la niñez. Creo algunas veces que aun me mecen susurrándome cuentos al oído.

El médico sonreía, y Sánchez Morueta se apresuró á añadir:

—Pero me siento más feliz, más tranquilo que antes. Además, en estas meditaciones hay algo que me impresiona profundamente y que ni tú ni nadie podéis negar: la Muerte. Nos hacemos viejos, Luis, y ella llega y no valen para ablandarla riquezas ni ruegos. Desde que nada ansío, y no encuentro ante mí nada que conquistar, la tengo mucho miedo.

Y el terror á lo desconocido, á la muerte inevitable, á la eterna sombra, se manifestaba en el rostro del millonario con un gesto desesperado.

Aresti recordaba la página de la Muerte en el libro de San Ignacio, una página de brutal realismo, que hacía temblar á los hombres y llorar de horror á las mujeres. «Mirad lo que pasa en aquel cuerpo: antes hermoso é idolatrado, ya muerto: ya está sepultado, ya cayó.... Luego, se le acercan los moscones, escarabajos, sapos y sabandijas, y se saborean y complacen en el mal olor que despide y en la podre que empieza á manar; también se acercan los ratones, taladran sus vestidos ó mortaja; se enredan entre el cabello, entran en la boca y empiezan á comer la lengua, salen luego y registran todo el cuerpo entre carne y vestido. Mientras tanto, la putrefacción se va aumentando: ya se ve pulular una grande muchedumbre de gusanos que van comiendo la carne del vientre, de la cara y de todo el cuerpo: ya se concluyó la comida: ya los gusanos mueren de hambre, dejando allí unos huesos negruzcos y descarnados, que con el tiempo se calcinarán y convertirán en polvo. Acuérdate, hombre, que eres polvo y en polvo te has de volver, en cuanto al cuerpo, pues eres hombre de humo ó tierra.»

—¡Lee esto! ¡lee esto!—decía el millonario abriendo el libro por aquella misma página que tenía señalada, como si fuese su obsesión.—¡La Muerte!—murmuraba luego.—Se habla de ella muchas veces, pero sin pensar en lo que realmente es, sin pararse á mirarla de cerca.... ¡Qué horrible! Luchar toda la vida para dar gusto á la carne, para preparar el pasto del gusano....

Después, en voz baja, dijo al doctor:

—Debe existir algo después de la muerte. No sé ciertamente si será lo que aquí dicen ó lo que digan en otra parte. ¿Pero qué pierdo yo con creer á ojos cerrados? Por lo pronto, gano la tranquilidad de la casa, y bueno es, por si hay algo más allá, ir preparado á todo, sin miedo á engaños.

Aresti sonrió con lástima, ante aquel espíritu comercial, que examinaba la vida futura con el mismo egoísmo que si apreciase las probabilidades de un negocio.

Ahora sí que le decía adiós para siempre. Su primo estaba bien agarrado, por el egoísmo y el miedo á la muerte, las dos flaquezas de los felices.

—Debías quedarte aquí, Luis: venir alguna vez. Los Padres son gente simpática. ¿Qué perderías con ello? Aunque no creyeses en todo, podías callarte y ser feliz. ¿Qué sacas de tanto estudio? ¿Estás seguro de que todo lo que tú crees es verdad? ¿Y si después de morir te encontrases con la inmensa equivocación de que hay algo?...

El doctor le estrechó la mano con frialdad, convencido de que se separaban para siempre, de que en adelante se mirarían con extrañeza, como si fuesen otros hombres.

Y Aresti salió de la huerta, precedido por el hermano, que ahora callaba y parecía tener prisa en sacarle del monasterio, como si hubiese escuchado de lejos parte de la conversación.

Antes de salir, aún se volvió para ver á su primo, que le seguía con los ojos y parecía decirle:

—¡La Muerte, Luis!... ¡Piensa en la Muerte!

X

A las diez de la mañana llegó el doctor Aresti á Bilbao un domingo del mes de Septiembre.

El tren de Portugalete iba repleto de obreros, procedentes de las minas y las riberas de la ría. Todos mostraban prisa por llegar á la plaza de Toros. Se celebraba en ella un gran mitin de protesta contra los patronos, por no querer aceptar las proposiciones de los mineros, los cuales venían amenazando con una huelga hacía dos meses. La reunión popular era el ultimátum que lanzaban los trabajadores.

Los primeros trenes de la mañana habían trasladado á Bilbao mayores cargamentos humanos, viendo su llegada con cierta alarma las gentes de la villa.

No todos iban al mitin. Descendían también de los vagones aldeanos con gruesos garrotes, escoltando á los curas de su anteiglesia. Estos grupos rurales llegaban para la gran romería que subiría por la tarde al santuario de Begoña.

El mitin de los trabajadores y la fiesta organizada por los jesuítas y los bizkaitarras, se encontraban en el mismo día. Un ambiente belicoso, que excitaba los nervios, haciendo más duras las palabras y más insolentes las miradas, parecía pesar sobre la villa.

En el camino había apreciado Aresti el estado de los espíritus. El vagón estaba ocupado por obreros y por campesinos de los que iban á la romería. Unos y otros se miraban hostilmente, y los aldeanos acariciaban nerviosamente sus cachabas, oyendo las burlas de la gente de las fábricas.

Callaban porque en aquella vía, invadida por la moderna industria, eran menos las gentes del campo. ¡Ay, si aquello hubiese sido en la línea de Durango, por donde descendían los rebaños de la fe para la fiesta de la tarde, en masas cerradas, con sus curas y estandartes á la cabeza!...

Al bajar del tren el doctor Aresti, oyó que alguien le llamaba.

Era el capitán Iriondo, vestido con el traje viejo de sus expediciones de caza. Llevaba la escopeta pendiente del hombro, y el perro, junto á él, husmeaba sus manos.

—¿Buscas la bronca, eh?...—dijo al médico.—Tú vienes porque te gustan estas cosas, y yo me voy por no verlas.

Se marchaba á cazar chimbos á cualquier parte: le interesaba huir de Bilbao, no ver lo que seguramente ocurriría.

—El aire huele á pólvora, querido Planeta: van á llover palos. Al venir á la estación me recordaba esta Bilbao tan nueva y tan bonita, la que conocí durante el sitio. Los socialistas, los republicanos, todos los que creen que esto marcha mal, se están reuniendo en la plaza de Toros entre banderas y vivas. Los otros se citan para la tarde en las iglesias y se enseñan los revólvers en los rincones de las sacristías. El Padre Paulí predica, hace tiempo, que hay que morir por la fe: el zascandil de Urquiola anda arengando á la juventud salida de Deusto, para que mate en nombre de Dios. La pobre villa parece un huevo entre dos piedras, y yo me voy, Luis, me voy, y admiro el gusto que tienes en ver estas cosas.

Aresti le escuchaba con interés. Había hecho el viaje atraído por la posibilidad de un choque. Deseaba ver cómo los obreros de la montaña, y los industrialillos de la villa se atrevían por primera vez con el jesuitismo. Ya era hora de que Bilbao se levantase contra aquel enemigo que se deslizaba en sus entrañas, después que lo había derrotado por dos veces ante sus improvisadas trincheras, cuando se cubría con la boina blanca.

—En esto llevas razón, Luis—dijo el capitán enardeciéndose.—Si me voy, es porque no puedo aguantar lo que se ve en esas calles. No pensaba al levantarme en salir al campo, pero de repente he cogido la escopeta para huir. ¡Porra! ¿De qué nos ha servido tanto comer pan de habas y carne de caballo á los que disparábamos el fusil en las trincheras, si aquellos á quienes hicimos huir se nos han metido en casa y parecen los amos? ¡Cómo está hoy Bilbao, chiquillo! No se puede dar un paso sin tropezar con un cura. Los que hace años bombardearon la villa y hoy darían cualquier cosa por verla entre llamas, se pasean por ella, como señores. Han bajado en manadas para ver á la Virgen, con el revólver en el bolsillo, y miran á todos con insolencia, como deseando que llegue pronto el momento de matar perros liberales.

El capitán mostraba prisa en irse. De quedarse en la villa tal vez se mezclase en la lucha. Tenía miedo á su entusiasmo: podía sin darse cuenta liarse á golpes con aquel carlismo vergonzante que tanto le irritaba.

—Yo no soy más que un empleado, Luis: un dependiente de Sánchez Morueta. ¡Y figúrate lo que haría doña Cristina si me viese mezclado en el jaleo; lo que diría el mismo Pepe, que tan cambiado está!... Bastante hago con defenderme y quedar á un lado, pues por su gusto iría esta tarde camino de Begoña.

El recuerdo del millonario y su familia, hizo que el médico y el marino hablasen de la gran transformación de Sánchez Morueta. Muy poco había sabido de él Aresti, después de su encuentro en el monasterio de Loyola.

—Es otro hombre—dijo Iriondo con tristeza.—Aquella casa ya no es la misma.

Y evitaba dar más detalles, con la prudencia del subordinado fiel que teme ser indiscreto. Pero su franqueza de viejo marino se sobrepuso.

—¡Qué porra! Tú eres de la familia y debes saberlo todo. Además, eres mi amigo y quieres á Pepe. ¡Ay, planeta! Aquello ya no es casa, es un convento, y cualquier día, el que fué nuestro grande hombre acabará por traernos el Padre Paulí al escritorio, para que dirija á los empleados. No se separa de él un instante.

Y describía con rudeza la nueva vida del millonario. Todos le dominaban; todos estaban sobre él: la esposa, la hija, hasta aquel niño inaguantable de Urquiola, que le decía con la mayor insolencia: «Tío, no haga usted eso», «tío haga usted lo otro.» Por el momento, Sánchez Morueta sólo era el tío: pero no acabaría el año sin que el abogadillo le llamase papá. Se casaba con Pepita y todos parecían satisfechos de tal matrimonio: la niña, la madre y el Padre Paulí. El millonario callaba, como si estando contentos los demás no necesitasen consultar sus deseos. Urquiola iba ya por el escritorio y daba órdenes imperativamente á los empleados. Hasta con el capitán se atrevía; con el viejo amigo de Pepe, á quien siempre hablaba éste con fraternal atención. ¡Porra! ¡A la vejez, después de una vida de noble é independiente trabajo, ser criado de aquel cachorro de Deusto!... Antes se retiraría, abandonando á Pepe, el cual, bien mirado, ya no era el Pepe que él conoció.

—Cómo nos lo han cambiado, Luis. ¿Querrás creer que un día en el escritorio, al volver de Loyola, me contó con el mayor entusiasmo que había hecho una confesión general, un recuento de todos los pecados de su existencia y me afirmaba que después de esto se sentía con mayor salud, como si fuese otro mundo? No he presenciado caída como esta. La mujer lo tiene tonto, y en esto la ayuda el tunantuelo de Urquiola. ¿No sabes la última hazaña de ese pillín?... No la sabrás: todo Bilbao habla de ella, pero á las minas no llegan estas cosas.

Y relató á Aresti un suceso digno de la sección de tribunales de un periódico. Urquiola había dado un abortivo á aquella infeliz que vivía en los barrios altos y era su amante, sufriendo en silencio una esclavitud de miseria y de golpes, enamorada sin duda, de la fachenda del atleta y de su petulancia nobiliaria. Al protegido del Padre Paulí le aterraba la idea de tener un hijo, ahora que su matrimonio estaba concertado con la primera fortuna de Bilbao, y á viva fuerza había provocado el aborto. La enfermedad de la esclava y las murmuraciones de la vecindad, habían hecho intervenir en el asunto al juzgado. ¡Un escándalo, pero nada más! En aquella población todo se doblegaba á la influencia de los Padres y al respeto que inspiran los ricos.

—Y Pepe—continuó el capitán,—sin enterarse de nada; y si algo sabe, como si no lo supiera. Basta que doña Cristina afirme que todo es mentira para que él lo crea: basta que el Padre Paulí le diga que Urquiola será un grande hombre para que él escuche impasible sus necedades y bravatas de cabecilla. ¡Ay, Luis! ¡Qué dominación tan rápida y absoluta la de esa gente!...

Iriondo describía su influencia extendiéndose á todo lo que estaba bajo la dirección de Sánchez Morueta, á las fábricas, las fundiciones y hasta los barcos. Sin respeto á su cargo de inspector de navegación de la casa, le hacían despedir á marinos viejos que llevaban muchos años al servicio de Sánchez Morueta, y admitir á otros jóvenes que, apenas tomaban posesión de su camarote, pegaban frente á la litera una imagen del Corazón de Jesús. Él no osaba protestar ante el gesto autoritario del amo, y el miedo á los que, ocultos tras él, regulaban sus palabras y acciones.

La semana anterior le habían dado orden de despedir á todos los obreros que, trabajando en la descarga de los buques, profiriesen blasfemias ó se mostrasen interesados en la propaganda de doctrinas impías. ¡Cristo! ¡Él, á sus años, convertido en un hermano de la Doctrina Cristiana; obligándole aquellos señores á que enseñase catecismo y buenas palabras á los cargadores del Nervión!...

—Pues, ¿y en los altos hornos?—exclamó después el capitán,—Allí va á haber cualquier día una huelga, seguida de la degollina de todos los beatos que toman las oficinas como terreno de conquista. Desde que se fué Sanabre, aquel chico tan simpático, la fundición es un infierno. Pepe tendrá cualquier día una sublevación ruidosa, y á los huelguistas no les faltará motivo. El trabajo y la honradez es lo de menos para los que dirigen la casa. Los trabajadores que no son religiosos van á la calle, y los talleres se llenan poco á poco de hipócritas, que trabajan como saben ó quieren, pero que son respetados porque van á misa y se inscriben en las sociedades de obreros católicos.

El decaimiento moral de Sánchez Morueta, la abdicación de su voluntad, irritaban al marino.

—Tu primo no osa moverse, Luis. Su famosa confesión general es como el traje nuevo de un niño: no se atreve á hacer nada, por miedo á mancharse. Cuando de tarde en tarde le veo, me parece que tengo delante á un fraile. No sabe hablar más que de la muerte; de lo que encontraremos en la otra vida, y vuelta otra vez con la muerte por arriba y por abajo, y el muy camastrón tiene mejor color y está más fuerte que nunca. Si yo me atreviera con él como tú, le diría: «Qué porra: ya sé que hemos de morir; vaya un descubrimiento. Pero mientras la muerte no llega, vivamos cada cual á su gusto, sin hacer la santísima á los demás, que es lo único en que gozan los que piensan á todas horas en su alma.»

Faltaban pocos minutos para que partiese el tren, y el capitán se despidió de Aresti.

—Esta tarde, en la romería, puede que tengas la gran sorpresa. Tal vez vaya en ella Pepe con su escapulario.

Aresti dió salida á su asombro con un juramento. ¡Quién! ¿Pepe sería capaz de exhibirse en aquella farsa?...

Iriondo no tenía la certeza de ello pero lo presentía. Era un suceso que llevaba preocupada á toda la familia durante la semana. La esposa quería verle atravesar Bilbao, con la cabeza descubierta, en las filas de los devotos. ¡Qué triunfo para la religión! Él, después de volver á la buena senda, no podía negar á Dios el prestigio que daría á la santa causa esta adhesión pública de un hombre de su fortuna y su poder. El millonario se resistía, adivinando lo ridículo de esta humillación; defendíase agarrado á un harapo de su antiguo carácter. Pero todos caían sobre él, martilleando la débil corteza de su voluntad reblandecida. La madre y la hija se lo suplicaban. ¡Las daría tanto placer con ello!... El Padre Paulí hablaba con desprecio de los cobardes que sólo aman á Dios en su casa y temen manifestarlo públicamente, y el matoncillo Urquiola hacía burla de los que no se atrevían á salir á la calle por miedo á los impíos.

—Irá, estoy seguro—dijo el capitán con tristeza.—Lo arrastrarán, la familia de un lado, y de otro el miedo á parecer cobarde. ¡Adiós, Luis, y ten prudencia! Mira que hay cerrazón en el horizonte y la borrasca de esta tarde va á ser de cuidado.

El doctor subió la larga escalinata de la estación, y al salir al puente del Arenal vió muchos balcones colgados con trapos de colores é inscripciones en loor de la Virgen de Begoña. En las Siete Calles, lo más típico y tradicional de la población, las casas empavesadas ofrecían el aspecto de un villorrio. Trapos multicolores ostentaban entre banderas el mismo rótulo en honor de la Señora de Vizcaya. Las gentes mirábanse con aire hostil; la población, dividida en dos bandos, parecía estremecerse en este ambiente de acometividad. Los vecinos de la villa contemplaban con simpatía ó con odio á los grupos de campesinos y de obreros, según eran sus creencias. Cada cual miraba con desconfianza al vecino, y todos decían lo mismo en sus conversaciones.

—¡A la tarde!... ¡Oh, á la tarde!...

Aresti, después de errar más de una hora por la villa, se encontró al atravesar el Arenal con un obrero de ropas haraposas y gran barba, que le saludó con un gruñido, llevándose con cierta violencia la mano á la boina.

—Ya sabe usted, doctor, que usted es el único burgués que yo saludo.

Era el Barbas, el terrible solitario de Labarga, que pasaba sus horas de vagancia encogido en el suelo, inmóvil, como un profeta de horrores, escupiendo amenazas é insultos sobre los ricos del país. Hacía tiempo que habían demolido su barraca, después de socavar el suelo. La vieja compañera había muerto de miseria y él vagaba por las minas, durmiendo á la intemperie, comiendo lo que le daban los peones y pagando esta limosna con insultos. Cuando estallaba un barreno cerca de él, miraba con ojos feroces á los obreros.

—¡Bestias!—les gritaba como si cometiesen un crimen.—¡Tenéis la dinamita en vuestras manos y la empleáis en eso!...

El doctor contestó á su saludo alegremente.

—¡Compañero! ¿Tú aquí?...

Había llegado por la mañana en un tren lleno de obreros. Por supuesto, sin billete; los compañeros querían pagárselo, pero él había protestado, ocultándose para viajar sin que los burgueses le explotasen.

—¿Y el mitin?—preguntó Aresti.—¿No vas al mitin?

El Barbas hizo un mohín de desprecio. Él no perdía el tiempo en bobadas. Se sabía de memoria todo lo que allí podían decir. Necedades y cobardías. Pedir más jornal ó que lo pagasen de este modo ó del otro; reclamar como quien pide limosna mayores consideraciones para el que trabaja. ¡Como si esto sirviese de algo! Eran unos cataplasmeros. Y en esta palabra envolvía todo su desprecio á los que buscaban con reformas paulatinas y con una organización fuerte y disciplinada el mejoramiento del obrero.

—Cataplasmeros, doctor—gritaba.—Nada más que cataplasmeros. Este es un país acostumbrado á la disciplina y á la autoridad: por eso el pobre que en otro tiempo fué carlista, cree ahora sin esfuerzo alguno en esas organizaciones casi militares, que le prometen cambiar la sociedad poco á poco. Pero ya se cansarán de tanta sensatez y tanto politiqueo obrero y entonces seguirán al Barbas y á otros como él, y en veinticuatro horas se arreglará todo ó acabará todo. El pobre pide justicia y la justicia ni se solicita á pedazos ni se regatea: se toma como se puede, aunque acabe el mundo.

Después explicó por qué había hecho el viaje. Únicamente le atraía lo que pudiera ocurrir por la tarde. Quería convencerse de que los pobres se atrevían por fin con los ricos: deseaba ver cómo corrían todos los enemigos por él odiados, sin que les valiese la protección de los ídolos celestiales á los que levantaban palacios, mientras él vagaba por el monte como un perro sin abrigo.

La esperanza del choque y de la lucha le estremecía de placer. Husmeaba el ambiente amenazador, como un viejo caballo de guerra que relincha oliendo la pólvora.

—¡Bronca!... ¡Ya se ha armado!—exclamó con alegría, mirando al otro lado del puente.

Por la avenida del ensanche corría á todo galope un grupo de jinetes de la guardia civil. En último término, veíase una gran masa de gente, una mancha negra matizada por el rojo flotante de algunas banderas.

Era el público que salía del mitin y se detenía ante los balcones de las mejores casas, protestando de las colgaduras en honor de la Señora de Vizcaya. La gente silbaba: comenzaban á volar las piedras por encima de la negra masa: caían con estrépito las vidrieras rotas.

Aresti se vió solo. El Barbas corría hacia el gentío, dando gritos de entusiasmo. ¡Duro, duro! ¡No comenzaba mal la cosa!... Quiso ir el doctor hacia el ensanche, pero se detuvo, viendo que la muchedumbre, lentamente, avanzaba su pesado oleaje con dirección al Arenal. La caballería, impotente para contenerla, se limitaba á ir con ella, creyendo evitar así mayores desmanes.

Pasó la manifestación el puente, extendiéndose por el Arenal y las calles inmediatas. Eran obreros en su mayoría y jóvenes de la población cuyos sombreros se destacaban entre el oleaje de boinas y gorras. Unos aclamaban á la Revolución social; otros daban vivas á la República; algunos gritaban ¡viva España! ante las inscripciones en vascuence, viendo en estas loas á la Señora de Vizcaya un hipócrita insulto á la integridad nacional. Era una amalgama de todos los odios contra aquella Bilbao dominada por la Compañía de Jesús y formada á su imagen.

El grito de ¡abajo los jesuítas! era contestado por un rugido unánime de la masa. En las calles inmediatas al Arenal caían á pedradas los cristales. Algunos chicuelos subían por las fachadas con agilidad de monos para arrancar las colgaduras de la Virgen de Begoña, dejándolas caer sobre el gentío, que las hacía pedazos.

Una noticia circuló como un relámpago por la gran masa detenida en el Arenal. Estaban prendiendo fuego á la iglesia de los jesuítas. Una parte de la manifestación, rezagada en el ensanche, sitiaba el templo, rociándolo con petróleo. Ya ardían las puertas.

La guardia civil corrió allá á todo galope, abandonando la manifestación. Aresti sentía un entusiasmo casi igual al del Barbas. ¡Ya ardía el odiado cubil! ¡Bilbao despertaba!...

Pero iban llegando nuevas noticias. Las puertas sólo habían sido chamuscadas: la presencia de la autoridad había disuelto el grupo incendiario, extinguiendo el fuego.

Era ya más de mediodía. Los grupos se aclaraban: todos se iban á comer. Aquello sólo había sido el prólogo de lo que ocurriría después.

—A la tarde, aquí—se decían unos á otros al alejarse.

Aresti entró en el restaurant del Suizo. En todas las mesas se hablaba también de lo que ocurriría por la tarde. A las tres estaban citados los de la peregrinación en el Arenal. Llegarían en varias procesiones desde las distintas parroquias, para reunirse todos en la iglesia de San Nicolás. El plan había sido preparado con el propósito de llamar la atención, de ocupar toda la villa, de hacer un alarde de arrogancia, desafiando á los enemigos.

Muchos esperaban que se suspendiese la fiesta provocadora. Decían que el gobernador estaba influyendo cerca de sus organizadores, para que desistieran de ella. El Padre Paulí se negaba rotundamente, invocando hipócritamente la libertad. Su acólito Urquiola hablaba de la batalla de la tarde con aires de caudillo.

Algunos mostrábanse desconsolados por la idea de que pudiera suspenderse la romería. Al fin, era un suceso que amenizaba la vida monótona y gris de la población. Aresti no dudaba de que se verificase. Conocía á los organizadores, y su propósito de excitar á la impiedad naciente, para darla la batalla y afirmar así su dominación que creían en peligro.

En una mesa cercana disputaban dos señores.

—Me he fijado bien en la manifestación—gritaba uno de ellos.—Todos eran Pérez y Martínez, todos maketos é hijos de maketos, mala gente, de la que ha invadido nuestro país. No iba ni uno que tuviera los cuatro apellidos vascongados.

Y hablaba con orgullo de estos cuatro apellidos, que exhibían como una prueba de nobleza todos los del partido bizkaitarra.

—Pues, yo los tengo—gritaba su interlocutor con acometividad,—y digo que deseo que esta tarde les rompan el alma á los de la romería, y ¡ojalá arrastren á todos los jesuítas!

La división que perturbaba á la villa, mostrábase, también en el restaurant, impulsando á unos parroquianos contra otros faltando poco para que se arrojaran los platos y se acometiesen con los cuchillos.

A las dos volvió Aresti al Arenal. Formábanse de nuevo los grupos cerca del puente, mirando con hostilidad á los aldeanos que pasaban camino de las parroquias. Circulaban por el gentío las más contradictorias noticias. Ya no se verificaba la romería: oponíase á ella el gobernador, al que los bizkaitarras, en su fervor separatista, llamaban despreciativamente «el cónsul de España». Después corría de boca en boca la certidumbre de que iba á celebrarse la fiesta. Se estaban formando las comitivas en cada parroquia: pronto llegarían al Arenal para reunirse todas en San Nicolás.

Y la gran plaza ennegrecíase de gentío inquieto. Una masa de cabezas cubría las aceras y las calles inmediatas. El centro del Arenal estaba desierto: quedaba un gran espacio libre, del que se apartaba instintivamente la gente: un vacío que parecía destinarse al choque de unos y otros.

Aresti se sintió de pronto arrastrado por un violento empellón de la muchedumbre, estremecida al adivinar la proximidad del enemigo. Estalló una tempestad de gritos en una calle inmediata. Eran aclamaciones interrumpidas por tiros.

Por encima del oleaje de cabezas pasaban en un vaivén tempestuoso los estandartes de la primera procesión. El médico, sin saber cómo, en uno de los empujones de la multitud, se vió en mitad del Arenal, cerca del desfile de devotos. Iban en grupos, con la cabeza descubierta; los hombres, empuñando grandes garrotes, y llevando al pecho el escapulario de la Virgen de Begoña; las mujeres escoltaban á los curas, mirando á la muchedumbre con sus ojos de hembras duras y fanáticas. Cesaron los disparos al entrar la procesión en la plaza. Entonaban los romeros un himno en vascuence á la Señora de Vizcaya, y de los grupos salía, como respuesta, La Marsellesa ó La Internacional.

Agrupáronse los devotos ante la portada de San Nicolás, y la muchedumbre avanzó lentamente hacia ellos. Estrechábase el espacio entre unos y otros, los palos levantábanse amenazantes, los insultos alternaban con los cánticos. De repente, el gentío se hizo atrás, volviendo sus mil cabezas. Una nueva procesión llegaba por el puente. Se había reunido en la Residencia de los jesuítas: era lo más brillante del ejército devoto que iba á subir á Begoña; el señorio de Bilbao, en el que figuraban las familias ricas de la villa, los agitadores del bizkaitarrismo, los alumnos de Deusto. Los Padres de la Compañía más famosos, presidían las asociaciones obreras organizadas por ellos para contener la impiedad creciente del pueblo.

Desfilaban en grupos, con mirada de reto, abombando el pecho para que se viera bien el distintivo de la Virgen, con una mano oculta en los bolsillos, marcándose en la tela el rígido contorno de las armas de fuego. Las señoras caminaban con paso marcial, sin parecer intimidadas por la actitud hostil del gentío, como damas altivas que no temen al mal gesto de su servidumbre, mirando con desprecio á toda aquella balumba de pobretones que se sustentaban de lo que sus poderosas familias querían darles.

Estalló un trueno de gritos, insultos é imprecaciones. Aresti vió pasar á Urquiola con el revólver fuera del bolsillo, seguido de alumnos de Deusto y de fuertes aldeanos, como un cabecilla, orgulloso de poder realizar dentro de Bilbao lo que sus antecesores sólo intentaron en las montañas inmediatas, durante los dos famosos sitios.

—¡Viva Vizcaya! ¡Viva la religión y Nuestra Señora de Begoña! ¡Mueran los liberales!

Algunos discípulos de la Universidad jesuítica, pareciéndoles estas aclamaciones demasiado vulgares, daban vivas á la Unidad Católica, y los aldeanos los contestaban con rugidos de entusiasmo, sin entender lo que aquello significaba, pero adivinando que debía ser algo contra los impíos de la odiada Bilbao.

Aresti vió pasar á la mujer y la hija de Sánchez Morueta. Después á las de Lizamendi en un grupo de señoras, con la falda ceñida y el andar arrogante. Miraban á todos lados como si buscasen á alguien entre el gentío hostil, y al verle, la madre y la hija mayor casi sonrieron satisfechas de no haberse equivocado. ¡También estaba allí!... El mal hombre estaba donde le correspondía. El médico vió la mirada de resignación y de lástima que su mujer dirigía al ciego, como si pidiese, con lamentos de víctima, perdón para su alma perdida. Luego vió destacarse de un grupo de sotanas á su enorme primo, que marchaba con la cabeza descubierta, brillando la condecoración de la Virgen entre la celosía de sus barbas, con la mirada arrogante, una mirada dura y hostil desconocida por Aresti.

El médico no pudo ver más. Creyó de pronto que se abría el suelo de la plaza y que huían todos, chocando unos contra otros con el terror de la fuga. Algunos palos rompiéronse en pedazos; sonaban las espaldas al recibir los golpes con un ruido de cofres vacíos; caían muchos con la cara cubierta de sangre, tropezando en sus cuerpos los que huían, y comenzaron á sonar por todos lados, como chasquidos de tralla, los tiros de los revólvers.

Corrían las señoras á refugiarse en San Nicolás, y los curiosos de las aceras, huyendo de los disparos, se arrojaban de cabeza dentro de los cafés, rompiendo cristales y volcando sillas y mesas.

En un momento se formó un gran vacío en la plaza, quedando sembrado el suelo de garrotes, sombreros y boinas. Algunos heridos se arrastraban, manchando de sangre el suelo del paseo. Otros eran llevados en alto por los grupos hacia las farmacias más próximas. Mientras tanto, continuaba el combate entre los más resueltos de una y otra parte.

De la portada de San Nicolás salían descargas cerradas, disparos de revólvers baratos comprados el día antes por los organizadores de la romería, balazos sin dirección, que iban á perderse en la arena del paseo ó se incrustaban en los árboles. La mayoría de los obreros carecían de armas y se batían con los puños ó con palos, profiriendo en la exaltación de la lucha blasfemias contra la Virgen de Begoña y sus devotos. La batalla se había fraccionado: peleábase en grupos sueltos ó individualmente. Los mismos compañeros no se reconocían, y muchas veces se golpeaban, creyendo herir á un enemigo.

Aresti permanecía inmóvil en medio de la plaza, sin darse cuenta de las balas que á corta distancia de él levantaban las cortezas de los troncos. Sentíase empujado de un lado á otro por los empellones de los combatientes, viéndolo todo al través de una niebla gris, como si el sol se hubiera ocultado. Sus pies se enredaban en cuerpos blandos, que le hacían tropezar, y de los que salían gemidos dolorosos.

En este crepúsculo del atolondramiento creyó ver á un cura enorme que se recogía el manteo con una mano y con la otra disparaba su revólver sobre un trabajador que esquivaba los tiros con agilidad simiesca.

—¡Tú acabarás!—decía blandiendo una faca y desviándose de un salto cada vez que el sacerdote tiraba del gatillo, apuntándole.

Y cuando el cilindro del arma rodó sin que saliera ya ninguna detonación, el obrero, con una risa feroz, se abalanzó sobre el cura, abrazándolo, cayendo con él al suelo, hundiéndole en la espalda el arma con tanto ímpetu, que la hoja quebróse en dos pedazos.

Aresti creyó que se había desplomado un árbol sobre sus hombros. Fué un golpe que le sacó de su aturdimiento, haciéndole rugir de ira: un garrotazo en la espalda, que acabó con toda su bondad irónica de espíritu superior, despertando en él á la fiera. Levantó su bastón y comenzó á dar golpes delante de él, sin mirar á quién alcanzaba, sin acordarse de que podía ser un amigo, con el ansia de hacer daño, con la embriaguez de la sangre.

De pronto se sintió detenido en su avance por una espalda que caía contra su pecho. Era un jovenzuelo, desmedrado y débil, con el raquitismo que da el trabajo cuando es superior á las fuerzas de la edad. Vaciló como si estuviera ebrio, llevándose las manos á la cara ensangrentada, y al intentar erguirse, un puño enorme volvió á caer sobre él haciéndolo rodar por tierra.

Aresti, con los pies inmovilizados por el cuerpo del caído, levantó el bastón al ver que se alzaba contra él de nuevo aquel puño que resonaba sordamente golpeando como una maza. Pero el médico quedó con el brazo en alto al reconocer al hombre que le acometía.

—¡Tú!... ¡tú!...—gritó con una voz que parecía desgarrarle la garganta.

Tenía ante él á Sánchez Morueta, con el puño levantado, las barbas en desorden, y en los ojos una expresión feroz: el deseo de exterminar á la canalla impía que insultaba á las personas decentes y había hecho refugiarse á las señoras en la iglesia.

Al reconocer á Aresti, bajó el brazo y la cabeza como avergonzado. En el mismo instante, algo blando y tibio chocó en una de sus mejillas escurriéndose por los hilos de su barba. ¡Su Luis, su hermano, le había escupido en el rostro! Era el odio que no encontraba otra forma de herirle, ya que las manos se negaban á ello por el antiguo respeto; era el desprecio al verle anonadando con su fuerza de animal bien mantenido y feliz, á aquel aborto de la miseria que estaba en el suelo con la cara ensangrentada.

El millonario miró á su primo con ojos mansos y sin expresión, unos ojos bovinos que parecían pedirle clemencia, al mismo tiempo que se pasaba la mano por la barba borrando el escupitajo del odio.

Fué á hablar, pero no pudo. Un fantasma negro que agitaba su manteo como unas alas fúnebres tiraba de él. Era el Padre Paulí.

—Don José. Vámonos de aquí. ¡A Begoña! ¡A Begoña!

Y le arrastró con paternal solicitud, como si el millonario fuese el primer estandarte de la romería.

Aresti quedó inmóvil, avergonzado de su arrebato. Pero en fin, lo hecho bien estaba, ya que no tenía remedio. Los empellones de la gente que huía le sacaron de su abstracción. Los jinetes de la guardia civil corrían al trote por la plaza, amenazando con sus sables. Los romeros se agrupaban ante la iglesia, y la masa popular aglomerábase en las aceras, dejando la plaza limpia de gente. De vez en cuando la atravesaban algunos hombres, llevando en sus brazos un herido.

Las piedras arrojadas por los grupos chocaban en la fachada de San Nicolás. Desde las dos torrecillas de la iglesia les contestaban á tiros.

La muchedumbre sin armas, herida á mansalva desde aquella altura, rugía impotente, y en un arranque de desesperación, intentó arrojarse al asalto del templo, pero tropezó con un obstáculo que acababa de interponerse entre los dos bandos, una barrera azul y roja en la que brillaban cañones de fusil y correajes lustrosos.

Dos compañías de infantería habían entrado en la plaza á paso gimnástico, colocándose en batalla ante la iglesia. Eran los guiris, los ches, la España en armas que llegaba; la odiosa Maketania con su pantalón rojo, sostenedora de la impiedad liberal, enemiga de la resurrección de la antigua Vasconia. Los soldaditos, pálidos, con la boca apretada, descansando sobre sus fusiles entre las pedradas y los tiros de revólver, daban frente á la gran masa que protestaba contra la romería.

Llegaban para guardar el orden, pero sus ojos iban instintivamente hacia la muchedumbre devota, como si deseasen girar sobre sus talones y hacer fuego apuntando á la iglesia. Aquellos curas armados y vociferantes, los aldeanos fuertes y sumisos como bestias, los señoritos con aires de cabecilla, eran el eterno enemigo. Los soldados husmeaban en ellos á los que en otro tiempo habían asesinado en las montañas á sus hermanos, y que aun ahora deseaban volver á la lucha de emboscadas. El deber, con su peso férreo é irresistible, mantenía inmóvil á la doble fila de hombres azules y rojos.

Un oficial vaciló un instante y entregando su sable á un soldado, se llevó una mano á un hombro. Acababa de recibir un balazo; le habían herido los que tiraban desde lo alto de la iglesia. Su rostro se contrajo con tristeza dolorosa, más que por la herida, por la amargura de un sacrificio sin gloria, por perder su sangre, no en la montaña frente á frente con el eterno enemigo, sino á la puerta de una iglesia, á manos tal vez de un sacristán, de uno de aquellos efebos católicos que, ocultos en las alturas, gritaban como mujeres aclamando á la religión y la Virgen.

La guardia civil empujaba á los romeros fuera de la plaza. Salían en bandas de la iglesia con sus estandartes, desgarrados en la lucha, y emprendían la ascensión á Begoña escoltados por los jinetes.

La muchedumbre hostil, contenida en su avance por la tropa, oía cómo se alejaban las cofradías por las calles empinadas que daban acceso al santuario.

—¡Viva la Virgen!—gritaban con el enardecimiento de una lucha en la que habían llevado la mejor parte.

—¡A Begoña! ¡A Begoña!—aullaba Urquiola agitando el revólver al frente de un grupo.

Y las aclamaciones á la Virgen, interrumpíanlas con frecuentes descargas. Sin cesar en sus cánticos, hacían fuego sobre todos los que al borde de la cuesta contestaban á sus aclamaciones con gritos de protesta.

Poco á poco fué quedando desierto el atrio de San Nicolás. Un muerto yacía en la acera, custodiado por dos guardias. Más allá, los grupos rodeaban á varios heridos. Algunos curas se deslizaban con paso lento á lo largo de las paredes esquivando el gentío. Estaban heridos é iban á sus casas á curarse ocultamente, huyendo de la publicidad y de enojosas declaraciones.

Aresti pasó más de una hora de botica en botica y de café en café, solicitado y arrastrado por muchos que le conocían, llamado allí donde guardaban un herido, esforzándose por curar de primera intención, con los medios que tenía á su alcance, á todos los infelices que en brazos de la muchedumbre iban después hacia el hospital.

Atendió indistintamente á unos y otros, á los que llevaban en el pecho el escapulario de la Virgen y á los que en el paroxismo del dolor creían encontrar un alivio dando vivas á la Libertad y la República. La carne herida, destrozada por el choque, la sangre que manchaba las aceras y los pavimentos de los cafés, le causaban inmensa tristeza, haciéndole pensar con lástima en la eterna infancia de los hombres: ¡Matarse, herirse por un pedazo de madera groseramente tallada, que estaba allá en lo alto, entre luces y flores, mientras existían en el mundo terribles enemigos, como el hambre y la injusticia, que reclamaban para desaparecer el esfuerzo común y fraternal de todos los humanos!

Mientras los hombres se mataban por la gloria de la Virgen de Begoña, la carcoma, más sabia que ellos, seguiría mordiendo las entrañas de madera del sonriente fetiche: tal vez á aquellas horas algún ratón roía las patas del ídolo milagroso, bajo su hueca saya de pedrería.

El médico, fatigado por las emociones de la tarde y por la violencia de aquellas curas entre la enojosa curiosidad de la gente, respiró satisfecho cuando ya no le presentaron más heridos.

Paseó entonces por la orilla de la ría, pensando en el encuentro con su primo, que seguramente sería el último. La injuria á Sánchez Morueta le mordía el pensamiento: aquel salivazo parecía haber caído sobre su alma. ¡Ay, el intruso! El maldito intruso! ¡Cómo había penetrado entre ellos, matando todo afecto, anulando con el poder frío de la muerte todo un pasado de cariño fraternal!... No habían reñido cuerpo á cuerpo como los hermanos en las guerras civiles: pero se habían herido en el alma, separándose para siempre, como bestias enfurecidas. Se acabó la familia: Aresti estaba solo en el mundo.

Varios grupos de muchachos corrían vociferando por las riberas del Nervión. Algunas mujeres daban alaridos, haciendo la señal de la cruz. ¡Se iba acabar el mundo!... Un tropel de desalmados, furiosos después de la lucha en el Arenal, se habían esparcido por las Siete Calles, escalando las hornacinas que cobijaban las imágenes de los patronos de aquella Bilbao tradicional.

Los santos eran arrojados de sus capillas y arrastrados después hasta la ribera, entre las patadas y salivazos de la turba, que quería vengar en aquellos cuerpos de palo, pintados y dorados, la sangre derramada por otros de músculos y hueso. ¡Al agua los santos! Y caían de cabeza en la ría las vírgenes y los bienaventurados, flotando después de la inmersión con la ligera porosidad de la madera vieja.

La muchedumbre seguía lentamente por las riberas el tardo descenso de las imágenes empujadas por la corriente. Silbaban y aplaudían viendo el cabeceo de los santos, mientras algunas mujeres, con arrojo de mártires, insultaban á los impíos, amenazándoles con las manos crispadas.

Una imagen de la Virgen de Begoña, arrancada de su hornacina, era la que más llamaba la atención. ¡Ella tenía la culpa de todo!... Y la silbaban é insultaban mientras la imagen descendía tendida de espaldas, mostrando á flor de agua su vientre dorado y su carita de muñeca sagrada. Un gabarrero, cruzando la ría en su barcaza, avanzó hacia la imagen como si quisiera cortarla el paso. Los devotos aplaudieron, presintiendo la piedad del marinero: iba á salvar á la Virgen.

Cuando su barca estuvo cerca de la imagen, cesó de manejar el remo, y, levantándolo en alto, después de mirar á ambas orillas, dió con él un golpe tremendo á la Virgen, que desapareció en un remolino de agua para no flotar más. Entonces fueron los otros los que prorrumpieron en aplausos, mientras los devotos elevaban los ojos al cielo. ¡Hasta sobre las aguas se mostraba la impiedad de la villa!...

Frente á un grupo peroraba un hombre de aspecto miserable, con movimientos desordenados, como si fuese un loco. Aresti reconoció al Barbas.

—Lo de hoy no vale nada—gritaba.—No me parece mal que les metan mano á los que por tanto tiempo han tenido engañada á la gente, pero después de esto hay que ajustar la cuenta á los que la roban. Hoy ha sido la batalla de los santirulicos: mañana será la del pan. Ya bajarán del monte los que han producido con su trabajo las riquezas de todos los ladrones de aquí: ya reclamarán su parte. Y nada de peticiones ordenadas ni de aumentos de jornal, ni de limosnas. ¡Fuera los cataplasmeros! A cada cual lo que le corresponde, y al que se oponga, ¡dinamita... roño! ¡dinamita!

Aresti se alejó para que no le viese aquel energúmeno, que parecía enardecido por la sangre de la reciente lucha.

Sus palabras evocaban en el pensamiento del médico las minas, con su población miserable, roída por las necesidades materiales y la desesperación de los que sienten sed de justicia. Desde aquellos picachos rojos, transformados y revueltos por el pico del peón y el trueno del barrenador, un nuevo peligro espiaba á la villa opulenta y feliz. Después del choque provocado por el fanatismo dominador, vendría la huelga de los infelices, la reclamación imperiosa de la miseria.

Un ejército enemigo se ocultaba tras aquellas montañas que cerraban el horizonte: una horda hambrienta que algún día caería sobre la población como en otros tiempos las gavillas del absolutismo. Bilbao estaba amenazada de un tercer sitio; pero en el de ahora no se detendrían los enemigos ante las defensas exteriores; se esparcirían por las calles y bloquearían á la riqueza en sus magníficas viviendas. La guerra en nombre del pasado se repetiría en defensa del porvenir; los nuevos sitiadores llevarían la miseria como bandera, y como grito de combate el derecho á la vida.

Aresti pensaba en la posibilidad de que desapareciese aquella riqueza origen de tantos males. ¿Para qué servían los tesoros de las minas? Se había embellecido exteriormente la población, tomando el aspecto de una capital: la grandeza de la industria moderna tronaba en la ría por las chimeneas de fábricas y buques; pero la vida era más triste que antes. Con la riqueza habían llegado los hombres negros, que se hacían los amos de todo, que se apoderaban de las conciencias, acabando por poner sus manos en los bienes materiales.

Si la riqueza de la villa se agotara de pronto, aquellas aves de tristeza levantarían el vuelo hacia otros países. El suelo sería más pobre, pero renacería en él como planta de consuelo la alegría de la vida.

La antigua Bilbao de los comerciantes y los marinos, que aún no conocía el valor del hierro, era más feliz, con la paz de un trabajo lento y ordenado y la llaneza fraternal de sus costumbres, que la villa moderna, con sus improvisadas fortunas, sus ostentaciones locas y aquella riqueza disparatada y rápida que apenas si dejaba en el país rastros beneficiosos de su paso, perdiéndose en las obscuras tragaderas del intruso negro, aparecido en la hora suprema de la fortuna para sentarse al lado de los favoritos de la suerte, ofreciéndoles el cielo á cambio de una participación en el botín.

El saqueo de la Naturaleza, la amputación de sus entrañas de hierro, había servido únicamente para la felicidad de unos cuantos y para qué el parásito sagrado que se ocultaba tras ellos fuese el verdadero amo de todo. ¡Debía terminar aquel carnaval de la Fortuna, que sólo servía para dar nuevas fuerzas al fanatismo religioso y para irritar á la miseria, con el alarde de una concentración loca de la riqueza, que avivaba los odios sociales!...

Las minas se empobrecían. Los optimistas las daban vida para veinte años: los más crédulos llegaban hasta treinta. Pero después vendría el agotamiento, la nada; la montaña pelada, con su esqueleto calcáreo al descubierto, sin guardar el más leve harapo del manto que la había cubierto durante siglos, más rico que el de muchos dominadores de la tierra. Algunas minas quedaban abandonadas como los caballos moribundos, á los que se olvida cuando ya no pueden dar utilidad. En otras, se aprovechaba la escoria de las viejas explotaciones, para extraer el hierro que habían respetado los métodos antiguos. En Gallarta se derribaban casas enteras, construidas algunos años antes, para aprovechar el mineral de su paredes. Se vivía de los residuos de la época de prosperidad, como en las casas donde asoma la escasez y se aprovechan para un nuevo yantar las sobras de la comida anterior. Tras esto, era de esperar la completa carencia de mineral. Serían inútiles todas las extratagemas de aprovechamiento; sólo encontrarían la tierra pobre y estéril, sin la menor partícula de hierro, y entonces vendría el ¡sálvese quien pueda!, el momento terrible de la vuelta á la pobreza, la fuga desordenada y arrolladora de la muchedumbre que engañaba su hambre trabajando en la cantera, dejando entre sus pedruscos lo mejor de su vida: el aislamiento de los poderosos, encerrándose en el arca de su riqueza, para flotar sobre este Diluvio final.

La Fortuna habría pasado un momento por aquella tierra, como por otros países, sin dejar más que ligeras huellas. Bilbao ofrecería el aspecto de las ciudades históricas de Italia, que fueron grandes, llenando el mundo con el poderío de su comercio, y hoy son melancólicos cementerios de un pasado glorioso. Quedarían en pie los palacios del ensanche, la ría prodigiosa con su puerto, que parece esperar las escuadras de todo el mundo: pero los palacios estarían desiertos, el abra, con sus contados barcos, tendría la triste grandeza de una jaula inmensa sin pájaros, y las fundiciones, los altos hornos, los cargaderos, serían ruinas, con sus chimeneas rotas, como esas columnas solitarias que hacen aún más trágica la soledad de las metrópolis muertas.

Ebrios por el vino enloquecedor de la suerte, los dueños de tanta riqueza, no habían querido crear industrias nuevas, que fuesen libres de la servidumbre de la mina. Las luchas industriales con sus complicaciones y riesgos, no les tentaban, acostumbrados á las fáciles y seguras ganancias de un país donde sólo hay que arrancar los pedruscos del suelo para enriquecerse. La vida de la villa, el movimiento de su puerto, la existencia de sus fábricas, todo estaba sometido á la tierra roja arrancada de la montaña. El hierro era la sangre de Bilbao, el aire de sus pulmones, y al faltar de repente, caería la villa ostentosa con repentina muerte, desaparecería, como el decorado de una comedia de magia, aquella riqueza creada de la noche á la mañana, que era para la masa infeliz una opulencia insultante.

Tal vez algún día los pasos de los raros transeuntes despertasen el mismo eco fúnebre en las calles de la nueva Bilbao, que los del viajero al vagar entre los muertos palacios de Pisa. Podía ser que el mar enemigo cegase la ría con una barra de arena, y que sólo de tarde en tarde remontase su corriente algún barco mercante.

Aresti acariciaba esta perspectiva desoladora. Su Bilbao volvería á ser la villa comercial, la de las famosas ordenanzas, con una vida mediocre y pacífica, sin enormes capitales, pero limpia la conciencia del remordimiento cruel que pesaba sobre ella, cuando desfilaba por sus calles el ejército de la miseria, los parias del trabajo en huelga, los que llegaban á exhibir como una acusación muda sus harapos y su cara de hambre ante los palacios de los ricos.

Y al ausentarse la Fortuna loca, marcharían tras sus pasos aquellos hombres negros que la seguían como merodeadores, que sólo se mostraban hablando del cielo allí donde se amontonaban los beneficios de la tierra. No vacilarían en abandonar una tierra exhausta, olvidándola como tenían olvidados á los países pobres, donde nunca se mostraban, como si en ellos no existiesen hijos de su Dios.

Aresti, al pensar que la ruina de su país sería la señal para que los invasores levantasen sus tiendas, deseaba que aquella llegase cuanto antes: sonreía pensando en el agotamiento de las minas como en una catástrofe providencial y salvadora.

Llevaba más de dos horas paseando por la orilla de la ría. Comenzaba el agonizar de la tarde. A lo lejos, por la parte del mar, el sol ocultábase tras la cumbre del Serantes. Un grupo de muchachos seguía la lenta flotación del último santo, arrojándole piedras para que no se detuviera en las revueltas de la corriente.

Después de las agitaciones de la tarde, la calma majestuosa del crepúsculo de verano, parecía envolver suavemente el espíritu de Aresti, elevando su pensamiento. Ya no se acordaba de su villa, de aquel pedazo de tierra donde había de morir. Era un ataúd, en el que dormitaba, rodeado de seres egoístas que se defendían del vecino ó intentaban aplastarle, siempre en continua guerra, como si todos se creyesen inmortales y temblaran por su sustento durante una vida sin límites.

Ahora pensaba en la humanidad; en el largo y doloroso camino que aún tenía por delante; en la obscura selva por donde marchaba, encadenados sus pies con los hierros del pasado, tendiendo las manos doloridas hacia el ideal, hacia la justicia, que brillaba lejos, muy lejos, como una estrella perdida en la noche.

El sol se había ya ocultado. Sobre las aguas ligeramente enrojecidas por el resplandor sangriento del cielo, flotaba la imagen del último santo.

Aresti pensaba en el ocaso de los dioses, en el último crepúsculo de las religiones. ¡Ay, si la noche que llegaba fuese eterna para los viejos ídolos; si al salir de nuevo el sol viese la tierra limpia de todas las leyendas creadas por la debilidad humana, balbuciente y temblorosa ante el negro secreto de la muerte!

El doctor contemplaba la fuga del ídolo sobre las aguas, y, como atraído por él, lo seguía á lo largo de la ribera.

Soñaba en el día glorioso de la humana redención: cuando desapareciesen los dioses y diosecillos de afeminada sonrisa que habían mantenido á los hombres durante siglos en la esclavitud, cantándoles la canción de la humildad y la repugnancia á la vida, arrullándolos en su eterna niñez, con la apología de la resignación cobarde ante las injusticias terrenales, como medio seguro de ganar el cielo...

No: aquellos ídolos habían engañado á la humanidad demasiado tiempo y debían morir. Sus días aún serían largos, pero estaban contados. Los hombres comenzaban á maldecirlos, tendiendo hacia ellos las manos hostiles con la sublime rebeldía del sacrilegio. Eran los alcahuetes de la injusticia. Bajarían de sus altares como habían descendido los dioses del paganismo cuando les llegó su hora, siendo más hermosos que ellos. Quedarían en los museos entre las divinidades del pasado, sin lograr siquiera, en su fealdad, la admiración que inspira la armoniosa desnudez: se confundirían con los fetiches grotescos de los pueblos primitivos, y la humanidad, incapaz ya de envolver en formas groseras sus aspiraciones y anhelos, adoraría en el infinito de su idealismo las dos únicas divinidades de la nueva religión: la Ciencia y la Justicia Social.

FIN

Playa de la Malvarrosa (Valencia).
Abril-Junio de 1904.


DEL MISMO AUTOR

  • NOVELAS
    • Arroz y tartana. Una peseta.
    • Flor de Mayo. Una peseta.
    • La Barraca. 3'50 pesetas.
    • Entre naranjos. 3 pesetas.
    • Cañas y barro. 3 pesetas.
    • Sónnica la cortesana. 3 pesetas.
    • La Catedral. 3 pesetas.
  • CUENTOS
    • Cuentos valencianos. Una peseta.
    • La Condenada. Una peseta.
  • VIAJES
    • París (agotada).
    • En el país del Arte (Tres meses en Italia). 1'50 ptas.