V
Doña Cristina daba el último toque á sus cabellos rubios, que ya comenzaban á encanecer, al mismo tiempo que con el rabillo del ojo seguía en un espejo la marcha del reloj colocado sobre el mármol de una chimenea.
Eran las tres de la tarde, y á las cuatro tenía que asistir en Bilbao á una junta de señoras católicas, de la que era presidenta, en el Colegio del Sagrado Corazón.
Pepita no la acompañaba. Decía estar enferma; se quejaba de dolores de cabeza, sentía un malestar general; en fin, cosas de muchacha, y doña Cristina la dejaba en el hotel bajo la vigilancia del aña Nicanora.
Sánchez Morueta estaba en Madrid desde hacía una semana, muy atareado por los nuevos negocios que todos los meses hacían necesaria su presencia en la capital. Su esposa aceptaba con gusto estas ausencias. No era que el millonario se opusiese á los gustos de su mujer é interviniera en su vida; pero se sentía mejor cuando estaba sola, sin ver aquellos ojos fríos, que no transparentaban el más leve reproche, y que á ella se le antojaba que la seguían en todos sus movimientos, como una protesta muda.
Pepita presenciaba desde un rincón el tocado de su madre. No se la escapaba el gran cambio que ésta había sufrido. Los trajes elegantes de otro tiempo, se apolillaban abandonados en el guardarropa, sin que nuevos encargos á París y Madrid vinieran á sustituirlos. Se preocupaba algunas veces de las galas de su hija; quería verla elegante, y la aconsejaba mirando los periódicos de modas, con la misma bondad con que una persona mayor discute con un niño sobre juegos. Iba siempre vestida de negro, con telas pobres y sin brillo. Pepita notaba en sus ropas interiores un abandono, una rudeza, que algunas veces llegaba á rebasar los límites de la higiene. Revelábase en ella el desprecio á la carne, de los devotos fervientes; el abandono físico, la suciedad cantada como mérito celestial en la vida de muchos santos.
Deseaba mortificar su carne, y su hija la veía en la mesa repeler los mejores platos, los que en otros tiempos eran más de su gusto, afirmando que ahora le repugnaban. De su dormitorio habían ido desapareciendo poco á poco todos los muebles que significaban ostentación ó comodidad. En el resto de la casa tronaba el lujo suntuoso y sólido, mientras en su cuarto sólo quedaba una cama de criada, angosta y dura, que había hecho bajar de las buhardas, y un Cristo grande y ensangrentado que ocupaba casi un lienzo de pared, entre dos cromos de vivos colorines representando á Jesús y á María, abriéndose el pecho para ofrecer sus corazones inflamados.
Muchos días las criadas encontraban la cama intacta. La señora—según ellas afirmaban en sus conversaciones de la cocina—dormía en el suelo ó no dormía. Sus ropas interiores, que cada vez llegaban con mayor retraso á las pilas del lavadero, tenían salpicaduras de sangre. Una doncella había recogido olvidado sobre su cama, un horrible cinturón de esparto, un cilicio de los más sencillos que fabricaban ciertas monjitas de Begoña.
Todos en la casa adivinaban las mortificaciones á que sometía su cuerpo la señora, y sin embargo, la veían sonriente, con una dulzura melosa en la voz y en el gesto, elevando los ojos á la menor contrariedad y exclamando: «Todo sea por Dios.» En ciertos momentos se dejaba arrastrar por su carácter imperioso, como si llevase en el cuerpo algo que exacerbaba sus nervios con oculta molestia, pero al momento replegábase dentro del caparazón de su bondad y con los ojos pedía perdón por su arrebato.
El marido no parecía advertir el abandono físico y la transformación moral de su esposa. Hacía años que no pisaba el suelo de su cuarto. Cuando hablaba con ella volvía la vista ó la miraba con ojos vagos y sin pensamiento, que parecían no verla. Ni una protesta, ni una pregunta, como si en el fondo le complaciese esta transformación que le apartaba de ella, haciendo imposible todo retroceso.
Pepita seguía, con una expresión de lástima en los ojos, el tocado rápido de su madre, que se peinaba á ciegas sin el menor rasgo de coquetería.
—Mamá, ponte la capota negra; es muy bonita y te sienta bien.
Doña Cristina movió la cabeza.
—No, hija, nada de sombreros. Eso pasó. Cada cosa á su edad. Ya soy vieja y no está bien que quiera lucirme en unas reuniones que son para bien de la religión.
—¿Pero si es una capota muy seria, muy religiosa?
—La mantilla, hija; lo tradicional, lo que llevaban las gentes buenas y antiguas, antes de que llegasen tantas maldades del extranjero.
Y aquella mujer todavía hermosa, con el encanto sabroso de la madurez, que ensanchaba sus formas, aterciopelándolas, parecía complacerse con dolorosa coquetería en apreciar en el espejo, mientras se colocaba la mantilla, las canas que cortaban el esplendor rubio de su cabellera, las ojeras azuladas y dolorosas, su boca plegada por un gesto lloroso, como si estuviera en perpetua oración.
Doña Cristina iba á salir.
—Mamá, ya sabes mi encargo—dijo Pepita.
—No lo olvido—contestó la madre con sonrisa bondadosa.—No debía hacerlo, porque la mentira siempre es un pecado; pero, en fin, puede mentirse cuando no es en perjuicio de tercero. Tiraré por tí del hilito, para que las buenas madres no se enteren de tu pereza.
Pepita imitaba la estratagema inocente de muchas de sus compañeras cuando no querían asistir á las reuniones de las Hijas de María. En el salón del colegio había un gran cuadro con los nombres de las congregantas y al lado de cada uno de ellos, un cordoncito azul con una pequeña bola de marfil. Al entrar las señoras tiraban cada una de su cordoncito para marcar la asistencia de este modo, y las amigas se encargaban algunas veces de hacerlo por las ausentes, engañando á las monjas, que, terminada la reunión, examinaban la lista con una curiosidad meticulosa.
Pepita, pensando en el cuadro, veía el salón de reuniones de las Hijas de María con su lujo monástico y el mapa de la Orden, que era el principal adorno de la pared; un mapa de colores acaramelados, en el que figuraban Europa y América, marcándose con pequeños corazones inflamados las poblaciones donde el jusuitismo femenil tenía establecidos sus colegios. El Atlántico, de un azul de confitería, había sido rebautizado con un nuevo título: Océano de Bondad. Y nadie podía adivinar el sentido de esta bondad, atribuida al Atlántico por la monja autora del mapa.
Doña Cristina salió apresuradamente. Ante la escalinata del hotel, la esperaba el automóvil, una máquina soberbia que había costado á Sánchez Morueta cincuenta mil francos en París y de la que apenas hacía uso, habituado como estaba al carruaje de sus primeros años de opulencia, el cual, al mecerle sobre los relejes del camino, le hacía pensar en sus negocios, como si el movimiento sacudiese sus ideas adormecidas. El automóvil era para las señoras. Pepita apreciábalo en mucho porque era un motivo de envidia para las amigas; doña Cristina consideraba como un homenaje á la Fe, el llegar en él á las puertas de la iglesia de los jesuítas. Era el dernier cri de la devoción; daba á entender, según ella, que el progreso no está reñido con el dogma.
Doña Cristina dió al chauffeur la orden de llegar pronto á Bilbao y el vehículo salió á toda velocidad por entre los tranvías y carruajes que llevaban la gente á Las Arenas. La señora de Sánchez Morueta pensaba en la importancia de la reunión. Iban á tratar la conveniencia de una nueva romería á Begoña, tan ruidosa como la de la coronación de la Virgen, y no sabían si hacerla en el mismo año ó dejarla para el siguiente. Convenía organizar un alarde de fuerzas, reunir todo el país vascongado amante de las tradiciones y que subiera entre banderas y cánticos al monte Artagán, como protesta contra las gentes de las minas y las fábricas, que se entregaban al monstruoso socialismo, y contra los maketos de la villa y sus hijos que ya se consideraban de la tierra, gentes que hablaban de República y de anticlericalismo y llamaban en sus mitins fetiche y nido de ratas á la milagrosa imagen de la patrona de Vizcaya.
A la reunión de las señoras habían de asistir como directores é inspiradores el Padre Paulí, un jesuíta batallador, que estaba de moda en el púlpito y el confesonario, y Fermín Urquiola, que era su hombre de acción, «mi brazo derecho», según decía aquel tribuno de la Compañía.
Doña Cristina admiraba á su sobrino viendo el afecto con que le trataban los Padres, cómo le hacían partícipe de sus proyectos en bien de la religiosidad del país. Era casi una pasión lo que sentía por Urquiola. Cuando la visitaba, veía en él al representante de aquellos sacerdotes tan queridos, que de este modo indirecto entraban en su hogar. Fermín era una prolongación de la Compañía que llegaba hasta ella. Sentía una amarga decepción de enamorada, al no poder pasar en la casa residencia del salón de visitas. Quería saber cómo era Deusto por dentro, aquel templo de la sabiduría envuelto en el misterio: y el sobrino, en sus visitas al hotel, cada vez más frecuentes, la deleitaba hablándola largas horas de los lugares que ella no podía ver por oponerse las reglas de la Compañía á las visitas femeniles.
Entreteníala Urquiola con las minuciosidades de la vida de cada Padre, enumerando sus méritos: uno había viajado por países salvajes; otro sabía seis idiomas; el de más allá tocaba el violín como un ángel ¡y todos tan modestos, durmiendo en celdas pobres de una pulcra curiosidad, dejando por las noches en una bolsa, colgando de la puerta, las ropas y los zapatos que limpiaban los fámulos, y vestiéndose al romper el día, para emprender su santa obra!... Vivían con cierto desahogo, pero por ninguna parte se veían las riquezas de que hablaban los impíos. ¡Y todos humildes y amables, olvidados por completo de su brillante pasado, y eso que los había entre ellos que habían sido grandes en el mundo! Por eso los Padres de la Compañía tenían algo de príncipes arrepentidos, ocultos bajo la sotana de la obediencia.
La Universidad de Deusto aún interesaba más á doña Cristina. ¡Cómo lamentaba ella no poder entrar en aquel palacio, tantas veces admirado al ir y volver á su casa; no poder correr por la montaña de su parque, y ver de cerca el San José, que dominaba el paisaje, bajo su dosel de luces eléctricas! La sabiduría de los buenos Padres se revelaba en todos los detalles del establecimiento. Allí estudiaban los hijos de las principales familias de España. La nobleza rancia y los ricos de sanos principios, recluían á sus vástagos en la santa escuela. Allí no corrían el peligro, como en las universidades laicas, de tropezar con profesores revolucionarios, y la ciencia antigua y moderna se servía después de bien pasada por el tamiz de Santo Tomás y otros grandes sabios de la Iglesia, únicos depositarios de la verdad.
El edificio estaba dividido en cuatro cuerpos independientes, y los alumnos en cuatro secciones que vivían aisladas, evitándose con este acordonamiento muchos pecados y ciertas propagandas. Las secciones sólo se contemplaban de lejos en contadas fiestas del año ó al verificarse algún acto literario en el gran salón, que parecía un teatro con su patio y sus galerías. En el techo pintado al fresco, veíanse las figuras de San Ignacio y los Padres más famosos de la Compañía, todos entre nubes, revoloteando camino del cielo.
Abajo, en el patio, estaban los invitados, los parientes masculinos de los alumnos, y en las galerías los estudiantes de las cuatro estaciones que, al verse frente á frente, se examinaban con curiosidad, como vecinos de una misma casa, que sólo se tropiezan de tarde en tarde. Iban los más puestos de smoking, muy elegantes, como hijos de buenas familias que eran. Los mayores se rizaban el bigote y lucían las sortijas. Da una galería á otra se miraban con gemelos, lo mismo que en el teatro, enterándose unos de otros. «Aquel pequeñito, guapo, es de Salamanca y muy rico... Ese moreno simpático es andaluz.» Y después de mirarse largamente, se saludaban con la mano... ¡Angelitos!
Los actos literarios eran controversias entre los alumnos de punta, ensayadas previamente por los maestros. El estudiante que había de hacer las objeciones, oponiendo reparos á las santas doctrinas, era preparado con anticipación. Llevaba aprendidas unas cuantas tonterías, que representaban las ideas modernas y el otro alumno las rebatía y pulverizaba en un periquete, triunfando de este modo la fe sobre la impiedad de la falsa ciencia moderna.
Un año, Urquiola, siendo estudiante del último curso, se había cubierto de gloria sustentando un tema propuesto por los maestros tras larga deliberación. «¿Los Borbones, subiendo al cadalso en Francia, expiaron los atentados de su familia contra la Compañía de Jesús?»... Urquiola sostuvo la afirmación, demostrando que la guillotina había sido un medio indirecto de Dios para castigar á los reyes que osaron expulsar de sus dominios á los jesuítas. ¡Muerte é infierno para los que se atrevían á perseguir á los verdaderos representantes de Jesús!... Su contradictor mantuvo opiniones de dulzura y olvido, objeciones humildes y tímidas, preparadas por los maestros. Pero con gran disgusto de todos, no pudieron continuarse los ejercicios, pues no faltó quien indicase á los Padres de Deusto que era peligroso pagar con tales juegos literarios la bondad de los que les habían abierto de nuevo las puertas de España.
En las Pascuas de Navidad, el salón de actos se convertía en un teatro. Hasta en esto admiraba doña Cristina el talento y la virtud de los Padres. ¡Si todos los teatros fuesen como aquél, podrían asistir sin miedo las madres cristianas! La música era de las zarzuelillas y revistas en boga: pero en la letra está el pecado, y las palabras eran de ciertos Padres aficionados á la versificación. La mujer estaba excluida de todas las obras. Con el mismo ritmo con que las chulas cantan «la falda de percal planchá», moviendo las caderas, un alumno cantaba las dificultades del Derecho Natural con tanta gracia, que hasta parecía sonreír el sombrío San Ignacio que volaba en el techo. La viejecita se titulaba El viejecito: todas las obras perdían su título femenino, y si en ellas figuraban dos amantes, convertíanse en dos primitos, compañeros de colegio, que, agarrados de la mano jurábanse quererse mucho, estudiar y ser obedientes y humildes con sus maestros... ¡Serafines del cielo!
Doña Cristina conmovíase con el relato de estas fiestas. Bien se notaba que su sobrino se había educado en aquella Universidad. Así era tan caballero, tan cristiano, y dedicaba sus músculos de atleta á la buena causa de Dios. No era como la juventud que llegaba de Madrid contaminada por las malas ideas, con un libertinaje en las costumbres que corrompía el país.
La esposa del millonario se sublevaba cuando oía hablar de las calaveradas de Urquiola, queriendo negarlas y acabando por defenderlas con repentina bondad. ¡Descarríos de la juventud y malos ejemplos de los muchachos que no habían sido educados en Deusto! Pero su fondo era bueno y aquello pasaría. Urquiola estaba reservado para altos destinos, ahora que se mezclaba en las luchas políticas. Tenía buenos directores y ¡quién sabe si llegaría á ser diputado, repitiendo la palabra de Dios, allá en Madrid, donde todos viven olvidados del cielo! Ella y su sobrino se bastaban para volver á Bilbao al buen camino, siempre que no les faltase el consejo de los sabios Padres.
Y la esposa de Sánchez Morueta, acariciando estos pensamientos, corría en su automóvil hacia la villa, dejando tras las ruedas nubes de polvo.
Pepita, desde una ventana de su cuarto, siguió un momento la marcha del vehículo y al verle desaparecer, esparció su mirada por el paisaje, con la vaguedad melancólica de los que se sienten enamorados y perciben en todo lo que les rodea una nueva vida.
Nunca le había parecido tan hermoso el paisaje como en aquella tarde de verano. Estaba habituada á verlo desde su infancia, y, sin embargo, ahora le encontraba algo nuevo, cual si acabase de descubrirlo.
Las gentes que pasaban al borde de la ría, por la carretera de Las Arenas, le parecían más simpáticas que las de otros días. Eran familias de Bilbao que bajaban del tranvía para ir á la orilla del mar. Un grupo de obreros pasaba, camino del chacolín, por entre un bosquecillo de pinos. Cantaban á gritos, excitados por la proximidad del mar, el «Boga, boga, marinero» de Iparraguirre y el coro del bardo vascongado sonaba de tal modo en el alma de la joven, que casi la hacía llorar. La ría brillaba bajo la caricia del sol, temblando sus ondulaciones como los fragmentos de un espejo. Más allá del puente de Vizcaya, cuya plataforma iba y venía pendiente de su manojo de cables, transportando carruajes elegantes, carretas de bueyes y pasajeros llegados en el tren de Portugalete, extendíase el abra como un desgarrón del cielo, moviendo sus aguas de un azul plomizo. El mar libre, chocaba en la línea del horizonte contra la muralla del rompeolas, coronándola de una nube de espuma que corría de un lado á otro como el humear de una locomotora invisible.
Al volver Pepita la vista tierra adentro, contemplaba, avanzando sobre la ría, un pedazo de Londres bañado por un sol meridional; todo aquel pueblo de cobertizos fabriles é innumerables chimeneas sobre el que pesaba el poderío de Sánchez Morueta y que esparcía en el espacio sus torbellinos de humo sonrosado por la luz de la tarde.
Bilbao estaba invisible. El horizonte cerrábase en el fondo, con un escalonamiento de montañas. La joven conocía los nombres de todas aquellas cumbres. Las había visto durante muchos años todos los días, al saltar de la cama, unas veces brumosas y delineando apenas su contorno sobre el cielo, otras veces rojas, con las manchas de sombra de sus barrancos y oquedades, destacándose sobre la inmensidad azul. Las más próximas, que parecía iban á tocarse con la mano, eran Luchana y el pico de Banderas. Después sobresalían sobre ellas, á una enorme distancia, en pleno riñón de Vizcaya, los gigantes del país, el Mañaría y el Gorbea, y entre los dos, como una giba inaccesible, cubierta de nieve, la Peña de Amboto, misteriosa y legendaria, en la que se desarrollaban los cuentos más tenebrosos de la imaginación vasca. Pepita recordaba sus terrores de la niñez, cuando su aña, para imponerla silencio, la amenazaba con llamar á la Dama de Amboto, especie de hada maléfica, hija de un Jaun, de un caudillo legendario, que vivía como encantada en lo alto del peñasco y únicamente salía de su cueva para quemar las mieses, matar niños y perseguir á los pobres aldeanos con toda clase de maleficios.
La joven permaneció mucho tiempo abstraída en la contemplación del paisaje. De vez en cuando miraba hacia el puente colgante, como si pretendiera reconocer á alguien de los que pasaban la ría. Creyó por un momento ver algo blanco que se agitaba en la plataforma: tal vez un pañuelo que le saludaba con cierta discreción como temeroso de atraerse la curiosidad de la gente. Después ya no vió nada y creyendo en un engaño del deseo siguió contemplando el paisaje, con mirada vaga, sumiéndose poco á poco en una dulce somnolencia.
La joven despertó al sentir en su espalda la mano del aña.
—Ése está ahí—dijo con tono misterioso.—Habrá que bajar al jardín.
A la melancolía sucedió en la joven la inquietud, el temor. Había venido preparando desde mucho tiempo aquella entrevista con Fernando Sanabre, y al llegar el momento temblaba como si fuese á realizar un delito. La aña reía ante los temores de la señorita, á la que trataba con la misma familiaridad que cuando era niña. ¡Inocente! ¿Qué mal podía haber en aquel encuentro de novios, en plena tarde, en un jardín y bajo la mirada de ella, que era como su madre? Pero Pepita no lograba tranquilizarse: el respeto y el miedo á su mamá la dominaban. Esperaba que de un momento á otro apareciese la severa figura de doña Cristina tras un arriate del jardín.
Solamente había accedido á la entrevista después de los infinitos ruegos de Fernando. Este se desesperaba por no haber hablado ni una vez á solas con su novia, teniendo que contentarse con las rápidas palabras cambiadas al entrar y salir en la casa de su jefe ó con las cartas que llevaba y traía la aña complaciente.
Pepita quería que se encontrasen en el jardín, á la vista de la servidumbre, creyendo esto menos censurable que recibir al ingeniero dentro de la casa.
Cuando la joven se vió bajo los árboles, Fernando atravesaba ya la verja, haciéndose de nuevas ante el portero, al saber que la señora no estaba en casa. Venía á visitarla y á enterarse de paso de cuándo regresaría don José de su viaje; pero ya que la señorita estaba en el jardín, pasaría á saludarla.
Los dos jóvenes quedaron indecisos, con la emoción de la timidez, al verse frente á frente.
—¡Vaya, pasearos! dijo animosamente la ruda Nicanora.—Deciros algo: hablad sin miedo. Aquí estoy yo para avisar si algo ocurre.
Y poco á poco fué quedándose rezagada, dejando que los novios anduviesen lentamente, la vista en el suelo, con el atolondramiento del que ha pensado muchas cosas para decirlas y no sabe cómo empezar.
De vez en cuando se miraban sonriendo. Él la acariciaba con los ojos, poniendo en su gesto toda la pasión, que se revolvía inquieta, no encontrando palabras para exteriorizarse. El silencio del jardín, la calma de aquella tarde de verano parecía adormecer el pensamiento de los dos, dando una vida extraordinaria á sus sentidos. Creían percibir considerablemente agrandados los movimientos del corazón, los latidos de la sangre al pasar por las arterias de sus sienes. Poco á poco envolvíales la alegría de la naturaleza, cómplice de las dulzuras del amor; el canturreo del agua desgranándose en el tazón de una fuente, el crujido de los troncos al estallar sus cortezas á impulsos de la savia, el lento murmullo de las hojas moviéndose solemnemente en el espacio caldeada, entre nubes de insectos que brillaban al sol como un chisporroteo de oro.
Fernando fué el que habló primero, comenzando como todos los amantes con la expresión de la felicidad que sentía al verse por fin junto á la mujer amada. ¡Cómo había deseado aquel momento!... Recordaba las horas de muda contemplación, allá en su despacho de los altos hornos, con la vista fija en las cartas de ella, como si la letra de Pepita le hablase misteriosamente y su sonrisa brillara entre los renglones.
—Mira, nena—decía el ingeniero subiendo de tono en su apasionamiento.—Tu voz, tu divina voz es lo que más me conmueve. Yo creo que te quise siempre; desde que te conocí, siendo aún muy niña. Te amaba sin darme cuenta de ello; pero el día en que ví claro, en que supe que te quería, fué escuchando una de esas canciones vascongadas, tan dulces, tan tristes, que parece que cantas con el alma.
Fernando se había dado cuenta de su amor oyéndola cantar el Goizeko izarra, la invocación á la estrella de la mañana. Él no entendía la letra, pero la música, ¡ah la música! había penetrado en él hasta lo más hondo, como un arañazo que despertó su alma. Después había hecho que le tradujesen la letra.
—Ya la sé—continuó el joven—la conozco y creo en ella: siento su infinita ternura, «La estrella de la mañana, sin mancha alguna brilla en el horizonte: pero á tu lado, querida mía, palidece y casi no se ve...» Eso es lo que yo pienso, mi vida.
Y con el énfasis de todo enamorado, la comparaba con el astro del amanecer, resultando que la amante vencía á la estrella en hermosura y esplendor.
Pepita, tranquilizada ya, reía ante el entusiasmo hiperbólico de su novio. ¡Qué exagerado! ¡Qué... romántico! ¿Pero era verdad que le causaba tanta impresión su voz?... Y se extrañaba de buena fe, de que una canción pudiera conmoverle tan hondamente. Ella cantaba por distraerse: parecíale una locura tomar en serio lo que se dice con acompañamiento de música: todo eran falsedades dulces, inventadas por los artistas para alegrar la vida; muy bonitas, eso sí, pero al fin mentiras.
Por la memoria de Fernando pasó, como una ráfaga de viento helado, una frase que varias veces había oído al doctor. Aquella raza aparte, sentía una afición loca por la música: cantaba en todos los momentos de su vida, y sus cantos tenían la tristeza melancólica del paisaje; pero la emoción era de labios afuera, un sentimentalismo exterior que se perdía en el aire.
—No, nena—dijo el amante.—Es tu alma entera lo que pones, sin saberlo, en tu voz. Tú eres para mí la estrella de la canción; pero no te diré como al final de ella: «Adiós para siempre, adiós». Si yo te perdiese después de ser amado, no sé qué sería de mí. Dí que me quieres, Pepita, dí que me amas.
La joven, con cierto pudor, resistíase á decir de viva voz lo que tantas veces había escrito en sus cartas.
—¿No lo sabes?—respondió evasivamente.—¿No te lo he dicho muchas veces?
—Pero, repítelo, quiero oírlo de tus labios. Dí que me amas.
Y Pepita, mirándole por primera vez en los ojos, dijo con cierta gravedad, como poniendo en sus palabras el peso de un juramento solemne:
—Sí, te quiero: te amo, Fernando.
¡Oh aquella mirada!... Fué para el ingeniero lo mejor de la entrevista, y la recogió en su memoria, esforzándose por conservarla con toda su luz, para que le acompañase en las largas horas que pasaba allá en la fundición entregado á la vida de los recuerdos.
Sanabre se convencía de que era amado por Pepita. Su mirada, su voz, valían más que todos los papeles preciosos que guardaba en su despacho. Ella que se burlaba con indulgente superioridad, al oírle hablar de canciones y de estrellas, influida por el positivismo de su raza, mostrábase sincera al mirar al hombre. Fernando era para ella ese ideal abstracto que se forja toda mujer al sentirse enamorada por primera vez: el hombre modelo, conjunto de gracia y de fuerza, de sentimentalismo y energía, capaz de enternecerse ante una flor y de pelear como una fiera; ese personaje, en fin, mezcla de tenor amoroso y de paladín membrudo, creado por las novelas, que nunca se ve en la realidad y que turba los sueños de las vírgenes.
—Sí, te quiero—repetía Pepita.—Por mí no temas, no seas niño, nunca me dirás adiós.
—Bebé, ¡dulce bebé!—exclamaba con entusiasmo el ingeniero.—¡Cuánto te amo! ¡Qué feliz soy!...
Y el aña Nicanora, que los seguía á corta distancia, oyendo muchas de sus palabras, sonrió con cierta lástima. Todos los novios eran lo mismo; iguales los aldeanos que los señoritos; alguna diferencia en las palabras, y nada más. Sólo sabían decirse tonterías, poniendo en sus voces tanta solemnidad, como si la existencia del mundo dependiese de lo que se dijeran. ¡Ah la juventud!... Y seguía sonriendo con indulgencia de veterano ante el entusiasmo de los dos jóvenes.
Fernando, más tranquilo después de las palabras de su novia, hablaba del por venir. Trabajaría; ¡quién sabe hasta dónde puede llegar un hombre! Desde que estaba enamorado, sentíase con nuevas fuerzas para el trabajo. Bullían en su pensamiento ciertas invenciones industriales, que, de realizarse, darían nuevas ganancias á Sánchez Morueta.
Pero el recuerdo de su jefe abatió las ilusiones del ingeniero.
—¿Que dirá tu padre cuando conozca nuestros amores? Ya conoces por mis cartas la inquietud que esto me causa; me roba el sueño muchas veces... ¿Y tu madre? ¡Qué miedo la tengo!... Somos muy felices amándonos, pero el porvenir nos guarda muchos dolores. ¡Si todos en tu familia fuesen como el doctor!...
Y hablaba con entusiasmo de Aresti, de la bondad con que seguía sus amores.
—Sí, mi tío es muy bueno—dijo Pepita hablando del doctor como de un pariente lejano, del que sólo se acordaba la familia de tarde en tarde.—¡Lástima que tenga esas ideas! Es un planeta muy simpático, pero mamá cree que está loco.
Lo incierto de su porvenir, llevó de nuevo á los dos jóvenes á hablar de sus amores.
Fernando sentía miedo. Los padres de ella proyectarían casarla con el vástago de alguna familia millonaria; tal vez con un señorito de escasa fortuna, que pudiera ofrecerla viejos títulos de nobleza. En todos pensarían antes que en él, que no era más que un servidor intelectual de la familia. ¡La perdería amándola tanto!... ¡La diferencia de fortuna, la maldita ley de clases, les cerraría el camino, separándolos!...
—Tonto, ¡pero si yo sólo te quiero á tí!—decía la joven sonriendo.
Y el ingeniero, conmovido por estas palabras, en un arranque ingenuo de agradecimiento, intentó coger las manos de su amada. Ésta las retiró detrás del talle, frunciendo las cejas con gesto duro.
—Quieto, ¿eh?—dijo pasando sin transición de la dulzura á la altivez, con una voz que no parecía la misma, ofendida, como si el joven intentase una monstruosidad.
De nuevo pasó por Fernando el recuerdo del doctor Aresti, de una de sus paradojas atrevidas que le valían la fama de loco. «Este es un país sin corazón, donde nunca se ha visto que una muchacha se escape con el novio.»
Sanabre quedó largo rato cohibido y como avergonzado por el brusco movimiento de la joven. Pepita parecía arrepentida de la viveza de su protesta, pero callaba, aguardando á que fuese él quien reanudase la conversación.
—Tal vez quiera tu madre que Fermín Urquiola sea tu marido—dijo el ingeniero tristemente.
La joven aprovechó la ocasión para recobrar su voz tierna de enamorada.
—Con ese, nunca, ¡nunca!
Y habló de la repugnancia que le inspiraba Urquiola, con sus petulancias de buen mozo, cortejando á un tiempo á varias señoritas de la villa y escogiendo entre ellas, con la frialdad del cálculo, la que mejor le conviniera por su fortuna. Además, conocía su vida. Las jóvenes, en las tertulias, hablaban de él á hurtadillas, como de un don Juan que atraía á las tontas con el maléfico encanto de sus calaveradas. Todas sabían que tenía una mujer, allá en Bilbao la Vieja, una antigua costurera con la que vivía maritalmente. Hasta había oído decir que tenían hijos.
—¡Oh! Con ese nunca, ¡nunca!—repetía con gestos de repugnancia.
Ella era incapaz de rebelarse ante su madre: pero osaba ponerse frente á ella, en la apreciación de los méritos de aquel pariente tan querido por doña Cristina. Y como si al pensar en Urquiola recordase algún defecto moral de su novio, preguntó á éste con dulzura:
—Dime, Fernando. ¿Tú tienes religión? ¿Es verdad que piensas como mi tío?... Dime que no, Fernando; dime que no.
El ingeniero miró á su novia, que le contemplaba con ojos interrogantes, de una candidez alarmada, como si temblase ante su respuesta. Sanabre recordó un momento á Fausto en el jardín de Margarita. Otra muchacha inocente, aunque menos apasionada que la burguesilla germánica, le preguntaba á él en un jardín cuál era su religión. Sintió impulsos de romper en un himno á sus creencias humanas, como el fantástico doctor. Pero el miedo al ridículo le contuvo; su instinto le avisó el riesgo de alarmar á un alma soñolienta.
—Sí, vida mía, tengo religión—dijo evasivamente.—Creo que el hombre debe ser bueno y feliz sobre la tierra y para ello trabajo.
Pepita pareció no comprenderle y habló de su madre. Si le hacía aquella pregunta era porque doña Cristina, que se acordaba pocas veces de Fernando, no viendo en él más que un dependiente, había dicho un día que era igual á su primo el doctor.
—¡Si supieras cuánto me hizo sufrir el pensamiento de que esto fuese verdad! No quise decírtelo en las cartas; pero deseaba que nos viésemos para convencerme de que no es cierto. Ahora estoy tranquila. Ya lo decía yo; ¿si eso no puede ser? Fernando es bueno: algo loco, eso sí, un poquito romántico, como todos los que no son de esta tierra; pero es imposible que piense los mismos disparates que el pecador de mi tío.
Y aproximándose al joven como si se ofreciera, con una dulzura que contrastaba con la huraña repulsión de poco antes, añadió:
—Ya que crees en Dios, ¿por qué no vas, como los muchachos de Bilbao, á confesarte con los Padres? ¿Por qué no te veo nunca en la Residencia?...
Sanabre se encogió de hombros, no sabiendo qué decir, mientras Pepita seguía hablando. Él indudablemente iría á misa todos los domingos en la iglesia más próxima ó los altos hornos, ¿verdad? Y en sus ojos se leía por anticipado la afirmación á la pregunta, como si no pudiera ocurrírsele la sospecha de que el joven pasase sin oír misa los días festivos... Poco le costaba bajar a la villa, frecuentando la iglesia de la Residencia. Dios estaba en todas partes, pero ella—no sabía explicarlo bien—creía que en aquel templo tan bonito y tan cómodo se hallaba más cerca. Además, la religión era allí más distinguida: sólo se veían personas decentes.
—Tengo mucho que hacer—dijo el ingeniero evadiendo la respuesta.—Yo pertenezco á mis deberes. El trabajo también es una religión.
La joven siguió hablando, inspirada ahora por el egoísmo del amor. Nada perdería aproximándose á los Padres, intentando hacerse simpático á ellos. Eran personas muy buenas que se interesaban por los demás, trabajando por su felicidad. Para ellos no existían obstáculos: todo lo hacían llano con su sabiduría. Había que seguirlos con los ojos cerrados. ¡Si ellos quisieran ayudarles! ¡ay; entonces sí que no tendrían que temer nada!...
—Fernandito—decía con voz acariciadora.—Ve por allí; hazte simpático: tengo la certeza de que mamá te miraría mejor si algún Padre la hablase de tí... ¡Y yo sería tan dichosa!...
—Veremos, veremos—murmuró indeciso el ingeniero.
Dudaba, con cierta esperanza, ante el camino tortuoso que le proponía su novia. Experimentaba la cobardía del amor, y cerraba los ojos. Él, que era capaz de los mayores esfuerzos por conseguir á la mujer amada ¿por qué había de sentir remordimientos ante un medio que tal vez era el del éxito?...
—Te quiero—dijo con entusiasmo.—No hay nada que me detenga para llegar hasta tí. Buscaré á esos Padres, iré á la Residencia, seré luis: todo lo que tú me digas. ¿Pero y si á pesar de esto tu familia no me admite? ¿Y si tu madre quiere casarte con otro?...
Sanabre abordaba por fin la gran cuestión que su inquietud amorosa traía preparada; lo que más le había hecho desear aquella entrevista.
Pepita bajó los ojos indecisa y pensativa. No osaba mirar á su novio como si temiera que este leyese en su pensamiento.
—Dí, mi vida—seguía preguntando el ingeniero.—¿Y si se oponen á nuestro amor?... Si nos separan ¿que harás tú?
La joven eludió la respuesta, diciendo con ternura:
—Yo te quiero mucho, Fernando. Te amo.
—Lo sé, y mi alma se llena de alegría al escucharte. Pero hablemos seriamente: dejemos los romanticismos, como tú dices. Yo soy pobre y tú eres inmensamente rica. ¿Serías capaz de cambiar tu vida de opulencia por una existencia modesta al lado de un hombre de trabajo, que te amaría mucho... mucho?
Pepita no pareció conmoverse ante el cambio de vida que la proponían, ni sintió miedo ante la modestia de que le hablaba el ingeniero.
—Tú trabajarás, Fernando: tú serás rico.
Y lo decía con su convicción de muchacha feliz que no creía en la posibilidad de la miseria; como si ésta estuviera reservada á gentes de otra raza y no pudiese llegar á ella ni á ninguno de los que la rodeaban. Vivir sin las ventajas de la riqueza, que la hacían ser la primera en todas partes, le parecía un absurdo del que era innecesario hablar.
—¿Y si tus padres te ordenan que me olvides? ¿Y si nos separan?... ¿Serás capaz de resistirte á su voluntad? ¿Les desobedecerás para ser mi mujer?...
Se agrandaron los ojos de Pepita con expresión de asombro, como si escuchase algo inaudito, como si ante ella se abriese un peligro no previsto ni imaginado, algo monstruoso que rebasaba los límites de lo humano.
—Te quiero, Fernando: yo no te olvidaré nunca.
Y no dijo más. Su novio la acosaba con preguntas. Quería conocer su valor ante el futuro peligro, apreciar la fuerza de su voluntad, medir la extensión de su amor; pero ella, con la cabeza baja, eludía tenazmente la respuesta, siempre con el mismo juramento: «Te quiero, te amo.» ¿A qué hablar de lo que aún estaba por venir? Ya pensarían los dos lo que debía hacerse cuando llegase el momento.
Quedaron en un silencio doloroso. Ella parecía ofendida de que se le quisiera obligar á violentas resoluciones: él pensaba de nuevo en el doctor, en aquella guitarra trovadoresca de que le había hablado el burlón Aresti al describir su vehemencia amorosa. Realmente, eran de razas distintas; sentían las pasiones de diverso modo. Y el ingeniero adivinaba algo de ridículo en su situación, como si realizándose las irónicas fantasías del doctor acabasen de sorprenderle dando su serenata ante el hotel del millonario.
Aún pasearon mucho tiempo los dos amantes. Deteníanse para contemplar una flor rara, seguían con atención infantil los saltitos de los pájaros corriendo por los andenes. Al enfriarse un tanto su apasionamiento, se daban cuenta de lo que les rodeaba y veían por primera vez el jardín con todas sus bellezas, como si hasta entonces hubiese permanecido oculto entre nubes.
Sanabre deseaba irse. Comenzaba á caer la tarde y podía presentarse doña Cristina. Pero al mismo tiempo pensaba con miedo en las horas de angustia que le esperaban allá en los altos hornos, si se retiraba llevando sobre el alma el peso de su decepción.
—¡Cuando menos, dime que me querrás siempre!—dijo cogiendo una mano de Pepita, como si hubiese olvidado la protesta de antes.—¡Dime que, ocurra lo que ocurra, no me olvidarás!
—Sí; te quiero: no podré olvidarte nunca.
Y dejaba su mano entre las de Fernando, sin resistirse, con la misma tolerancia con que se entrega un objeto precioso al niño enfurruñado, para consolarle. El ingeniero quería olvidar y acariciaba con arrobamiento aquella mano que recordaba, al través de su figura, la potente garra de Sánchez Morueta.
La intervención del aña interrumpió su embriaguez amorosa. El portero acababa de abrir la verja y el automóvil de la casa, tras un retroceso para reanudar su marcha, entraba lentamente por la avenida principal del jardín.
Corrieron los jóvenes, seguidos por el aña, hacia la entrada del hotel, para salir al encuentro de doña Cristina.
Al descender ésta del automóvil y ver á Pepita con el ingeniero, miró severamente al aña. Pero la mujerona le contestó con otra mirada arrogante de vieja servidora, que se permite por su antigüedad no admitir repulsas. Aquel señorito había venido de visita y se había paseado con Pepita por el jardín, siempre bajo su vigilancia: ¿qué mal había en ello?...
Sanabre no pudo ocultar su turbación al saludar á la señora de su jefe. Había venido para saber cuándo regresaría don José de su viaje.
Doña Cristina le contestó duramente. Podía haberse ahorrado la molestia de la visita, preguntando por teléfono.
—Es que, además, deseaba ver á ustedes—dijo Sanabre.
—Muchas gracias—contestó con altivez la señora.—Agradezco su atención. ¿Entra usted?...
Y con los ojos le daba á entender que podía retirarse.
La joven vió como se alejaba su novio, humillado y cabizbajo. Después subió á su cuarto, esperando de un momento á otro la temible aparición de su madre encolerizada.
No subió. Pepita creyó oír á lo lejos su voz temblona de ira y la del aña que le contestaba con no menos acritud.
Por la noche, al reunirse en el comedor, doña Cristina miró á su hija con insistencia, pero sus palabras fueron breves.
—Que sea la última vez—dijo—que recibas visitas, ni dentro de casa... ni en el jardín. También es casualidad, venir ese... individuo, la misma tarde en que te quedas sola, diciendo que estás enferma.
Y sus ojos parecían penetrar en la joven, como si quisieran escudriñar el alma; pero Pepita permaneció impasible, con ese sereno disimulo que no se aprende, que es instintivo en la mujer y se agranda con el amor.
VI
El amanecer era de verano, sin una nube en el cielo, delatándose la proximidad de la salida del sol con un celaje de color de sangre que apagaba el último parpadeo de las estrellas.
Despertaba Bilbao. Silbaban las locomotoras anunciando los primeros trenes para Portugalete y Las Arenas, y pasaban corriendo por el Arenal, con la comida envuelta en un pañuelo, los obreros que tenían su trabajo en las orillas de la ría. El Nervión mostrábase entre la bruma de su profundo cauce, con una brillantez azulada de acero. Dos anchas fajas de barro marcaban en los malecones el descenso de la marea. Apagábanse en la parte alta de la ría las luces de los anguleros, que durante la noche iluminaban el cauce como una procesión de invisibles penitentes. Las aves marinas, atraídas por el resplandor rojizo de la iluminación de la villa, revoloteaban sobre los tejados y tendían sus alas hacia el mar, siguiendo la tortuosa calle de la ría hasta la inmensa plaza del Abra.
Comenzaban á abrirse los establecimientos de la gente pobre; abacerías, tabernas y bodegas. Sonaban los esquilones llamando á los fieles á misa y como atraídas por ellos pasaban mujeres viejas, vestidas de negro, con aspecto mixto de bruja y dueña, y ese tufo de ropa antigua, semejante al olor de la piedra mohosa de los templos. A lo lejos contestaban á las campanas el silbido de las locomotoras, el chirrido de los cabrestantes de los barcos y los gritos de las cargueras que reñían por preeminencias en el trabajo, al comenzar su vaivén de los buques á tierra, con la cabeza abrumada por los fardos.
Por las calles comenzaban á rodar los carros de la sarama recogiendo el estiércol: las vendedoras de fotes llamaban á las puertas repartiendo los panecillos del desayuno.
Las criadas que pasaban por el Arenal con la cesta al brazo, camino del mercado de San Antón, y las aldeanas que se detenían á descansar por un momento, dejando en el suelo los cestos de verduras y las cantimploras de leche, volvieron la cabeza hacia la Sendeja al oír el taf-taf de un automóvil. El vehículo pasó veloz por la gran plaza, desapareciendo, ensanche adelante, al otro lado del puente.
Las que eran de la villa, conocieron á la esposa y la hija de Sánchez Morueta, sentadas tras el chauffeur de ancha gorra y aspecto extranjero; las dos vestidas de negro, con mantillas que casi las cubrían los ojos.
Las criadas se abordaban haciendo comentarios. Aquella gente rica aun madrugaba más que ellas. Irían á la iglesia de la Residencia á confesarse con los padres jesuítas. Allí iba todo el señorío.
El automóvil aceleró su marcha por las amplias calles del ensanche, desiertas á aquellas horas, y paró con violenta rapidez entre los carruajes que estaban estacionados ante la iglesia del Sagrado Corazón, una obra prodigiosa de confitería arquitectónica, en la que el blanco de las ojivas se combinaba con el color rosa de los muros.
Doña Cristina no entraba nunca en aquella iglesia sin sentir un cosquilleo de bienestar. Experimentaba igual satisfacción que si penetrase en un salón elegante, donde sin esfuerzo alguno, con una dulzura casi voluptuosa y sin molestos contactos, se ganaba la salvación del alma.
Reconocía una vez más el talento de los buenos Padres al admirar la decoración del templo. Era gótico, pero no tenía la crudeza blanca, la sobriedad desnuda de las viejas catedrales. La arquitectura ojival sé convertía en polícroma: el oro y el bermellón chorreaban por los nervios de los pilares, y los arcos apuntados: las bóvedas, eran azules con estrellas de oro, como un cielo de teatro. Esta belleza, tan bonita, sólo podían imaginarla los Padres de la Compañía.
Y la de Sánchez Morueta, pensaba en su pariente el doctor, como siempre que había de indignarse contra alguna impiedad. Recordaba su comparación del hermoso templo con el forro interior de uno de esos baúles que usan las criadas, matizados de chillones colorines. ¡Decir tal cosa, cuando todo estaba en aquella iglesia discurrido y ordenado para comodidad y suave placer de los fieles! El órgano desgarrador y tempestuoso había sido reemplazado por el armónium; en vez de los santos negruzcos y horripilantes de la antigua devoción española veíanse imágenes sonrientes de fresco charolado, correctas y distinguidas cual corresponde á un culto de personas decentes; las lámparas de luz eléctrica, en gran profusión, sustituían á los cirios humosos que con su olor de cera daban mareos á las señoras.
Doña Cristina y su hija fueron pasando entre las filas de penitentes arrodilladas á los lados de los confesonarios. Para ser verano estaba muy concurrido el templo. Pero la de Sánchez Morueta reconocía la influencia de la estación en la clase de público. Las señoras eran menos que en el invierno. La gente baja, menestrales acomodadas, y viejas beatas de medios de vida problemáticos, se aprovechaban del veraneo de las señoras distinguidas, para apoderarse del templo bonito y de sus santos sacerdotes.
Pepita y su madre se arrodillaron cerca de un confesonario; el que más gente tenía formada ante sus rejillas. Tardaría mucho en llegarles el turno para la confesión.
Al reconocer á las dos señoras, hubo un movimiento de respeto y curiosidad en la doble fila de mujeres arrodilladas, vestidas de negro y con la mantilla sobre los ojos. Dos viejas se levantaron ofreciéndolas su puesto en la fila. Doña Cristina hizo un signo de aprobación con la cabeza y abriendo su portamonedas dió una peseta á cada una de ellas.
Las dos beatas se alejaron en busca de otro confesonario menos concurrido. Realmente á ellas les agradaba poco el Padre Paulí á pesar de su fama. Siempre escuchaba con impaciencia, cuando á través de la rejilla percibía el olor agrio de las mantillas viejas. Mostraba prisa con aquellas intrusas que se mezclaban en su elegante rebaño.
La madre y la hija, al verse cerca del confesonario, con sólo dos penitentas por delante, abrieron sus libros de oraciones, y descansando las carnosidades de su cuerpo sobre las piernas dobladas, aguardaron con calma.
Doña Cristina experimentaba la emoción de la doncella que tiente la proximidad del hombre amado.
El Padre Paulí era un varón famoso. La buena señora admiraba su energía, su fuerza de voluntad, viendo en él algo de San Ignacio, que había sido militar antes que santo y guardaba bajo su sotana la audacia del hombre de guerra. No había más qué leer los papeles liberales, enterarse de los escándalos que habían provocado, hasta en Madrid, las palabras y los actos del Padre Paulí, para convencerse de que nadie trabajaba como él por la causa de Dios. No iba con tapujos y miedos como muchos sacerdotes que sólo hablaban de piedad y perdón para los enemigos, y de la dulzura de Jesús. Era el jabalí de la Iglesia, que al verse en terreno favorable, en aquella tierra donde crecía frondoso el bosque de la fe y de la sumisión ciega, saltaba iracundo, repartiendo colmillazos á todos lados. «A los enemigos de la religión, palo», decía con fiera arrogancia, que enardecía á su laico auxiliar Fermín Urquiola.
No perdonaba medio para propagar sus belicosos propósitos. Sus sermones en las grandes romerías, en las fiestas de la Asociación de la Vela Nocturna y otras corporaciones que le tenían por director, eran arengas de caudillo, hablando de matar ó morir como los paladines de las Cruzadas, por el sagrado Corazón de Jesús. Su celebro folleto «A las señoras católicas», publicado en vísperas de unas elecciones, había dado que hablar hasta en el Congreso de los Diputados.
Era un hombre de lucha que iba recto á su fin, atropellando las doctrinas religiosas para defender la religión. En su folleto tronaba contra el lujo de las mujeres y el dinero que desperdiciaban en la caridad. Nada de vestidos nuevos ni de limosnas; todo debían dedicarlo á las elecciones, á comprar votos, á corromper la voluntad de la gente, para sacar triunfante al candidato de Dios y deshonrar de paso aquella institución del sufragio, que borrando las clases y colocando el pequeño al nivel del grande, trastornaba las leyes de la antigua sociedad.
Doña Cristina recordaba los incidentes de la lucha ruidosa, en la que fué victorioso caudillo el Padre Paulí. Las señoras, amenazando con no comprar en los establecimientos cuyos dueños votasen al candidato liberal; el dinero, entrando en los barrios populares como un veneno que enloquecía á la gente y la hacía terminar sus disputas á palos y tiros; las damas ricas, deslizándose en los tugurios de los miserables, arrogantes como amazonas, con el bolso abierto y el paquete de papeletas electorales. Y enfrente de este gran ejército manejado por el Padre Paulí, un candidato de una buena fe paradisíaca, que hacía discursos sobre la regeneración material de la nación y la política hidráulica, pidiendo canales y pantanos, como si á un país cual Vizcaya, en el que llueve todo el año, pudiera interesarle lo que sólo importaba á los maketos, en sus llanuras de Castilla secas, bajo un sol de África. Hasta había comulgado solemnemente la víspera de la elección, en una iglesia popular, para que su candidatura perdiera todo carácter antirreligioso. ¡Infeliz! ¡como si estas habilidades valiesen con la Iglesia que es maestra en ellas! ¡cómo si no supiesen los buenos que quien no está á sus órdenes en cuerpo y alma, está contra ella!...
En esta lucha casi reciente, cuyo triunfo saborean envalentonadas las gentes religiosas, y que esparcía en torno del enérgico jesuíta un prestigio de caudillo invencible, había roto doña Cristina los últimos restos de la intimidad puramente amistosa que aún existía entra ella y su marido. Los liberales buscaron el auxilio de Sánchez Morueta, recordándole que había peleado durante el sitio, y el millonario entregó mil pesetas para la elección. El mismo día doña Cristina, con la amplia libertad de que gozaba en el manejo del dinero, dió dos mil duros al Padre Paulí. Al conocerse en Bilbao las dos ofrendas, cayó sobre Sánchez Morueta el desprecio y la burla de ambos bandos. Doña Cristina tembló en el primer momento ante el silencio de su esposo. Le parecía escuchar la risa irónica del doctor Aresti, allá en las minas. Temía la explosión ruidosa del gigante que se veía ridiculizado por una mujer, que no era para él más que una administradora del hogar. Pero transcurrieron los días y siguió callando, como si pasada la primera impresión de cólera, sólo le inspirasen desprecio aquellas contrariedades, y no quisiera turbar con nuevas querellas el bienestar animal que encontraba en su casa.
Doña Cristina también había perdido su primitiva inquietud al transcurrir el tiempo y se mostraba satisfecha, sonriendo modestamente ante las amigas que la felicitaban por este rasgo de independencia conyugal, para mayor gloria de Dios. El elogio del Padre Paulí valía por todos los terrores que le había hecho sufrir el gesto hosco de su marido. El jesuíta la comparó en una reunión de señoras con las mujeres fuertes de la Biblia y con un sinnúmero de santas, todas princesas ó consejeras de reyes. «Con señoras tan valerosas, pronto volverá el reinado de Jesús sobre la tierra.» Urquiola era otro panegirista que en las reuniones de jóvenes católicos ensalzaba, entre risas, la gran treta que su tía había jugado á aquel marido gigantón con cara de vinagre.
Después del ruidoso triunfo, la piadosa señora entraba en aquella iglesia como si fuese su casa, creyendo que el compañerismo de la victoria y su tan comentado sacrificio, la unían á los buenos Padres como si fuese de su familia.
El confesor, después de despachar á varias penitentas, sacó la cabeza por delante del sagrado cajón, lanzando una rápida mirada á la fila de señoras, mientras musitaba algunas oraciones.
—Me ha conocido—pensó doña Cristina con orgullo—No tardará en despedir á la que está delante.
Pensaba en la natural sorpresa del confesor al verla allí en verano. La afluencia de veraneantes en Las Arenas y Portugalete, aumentaba el servicio religioso en las iglesias de ambos pueblos, y ella, sólo de tarde en tarde hacía sus visitas al templo de la Residencia. De seguro que el buen Padre pensaba: «Algo extraordinario le ocurre á mi hija de confesión.» Y así era efectivamente.
No peligraba la salud de su alma ni traía ningún grave pecado que la abrumase con su peso. Pero el jesuíta quería que se le dijera todo, absolutamente todo lo que alteraba el pensamiento de sus penitentas, único medio de que éstas fuesen bien dirigidas, y ella llegaba para una confesión extraordinaria, como esposa y como madre cristiana.
Primeramente, quería hablarle de cierta carta sorprendida en el despacho de su esposo.
Sánchez Morueta había llegado el día anterior, después de una permanencia de dos semanas en Francia, por asuntos del comercio: millonarios extranjeros, que veraneaban en Biarritz y con los cuales había de tratar nuevos negocios. Esto, según él daba á entender en sus escasas palabras. Pero doña Cristina dudaba ya de todo desde que dos días antes de que regresase el millonario, había encontrado revolviendo los papeles de su mesa, una carta de color gris, perfumada de ámbar y con la firma de una mujer, una tal Judith, que debía ser una pagana, una pecadora, á juzgar por su nombre y su manera de escribir. Ella no había entendido gran cosa; la letra era de rasgos desordenados y fantásticos y además estaba en francés. Pero las pocas palabras que había podido adivinar, y más que esto, su instinto femenil, la hicieron comprender desde la primera ojeada que era una carta de amor, escrita con el mayor desenfado. ¡Qué asco! Toda la castidad de doña Cristina, su horror á la carne vil, se revolvió al contacto de aquel papel. No quiso verlo más y lo abandonó en el mismo sitio donde lo había encontrado. Sabía lo necesario: su marido tenía una amante: tal vez por esto pasaba tanto tiempo fuera de Bilbao...
En el primer momento, doña Cristina experimentó una sensación desconocida; un deseo de protestar, como si fuese objeto de un robo. Sintió por Sánchez Morueta un interés más grande que en los primeros tiempos de su matrimonio. La mujer despertaba en ella irritada por la infidelidad. Tal vez iba á conocer el amor á impulsos de la cólera. Pero aquello sólo duró un instante: su alma, que parecía despertar é incorporarse, volvióse del otro lado y continuó su sueño.
Si Pepe tenía una querida ¿á ella qué? Mejor: su indiferencia encontraba una justificación. Viviría más segura en su castidad: se sentiría más fuerte, pudiendo echar algo en cara á aquel hombre que parecía dominarla con su silencio. Era lo que á ella le faltaba. Doña Cristina se había irritado muchas veces por no poder alegar ninguna falta contra aquel hombre que vivía tranquilo, sin acordarse de la religión, cerrando su casa á los ministros de Dios.
De aquella carta pecadora le había quedado el principio impreso en la memoria: «Mon gros loup cheri». ¿Qué querría decir esto? Y adivinando algo horrible y grotesco á la par, como los diablos panzudos pintados en ciertas estampas, sonreía en medio de su repugnancia, pensando en la figura algo ridícula de su esposo, con su barba de patriarca, enamorando á una de aquellas perdidas que se burlaban de los hombres, devorándolos.
Nada le importaba en el fondo este descubrimiento, pero quería comunicárselo al Padre Paulí, y que éste la ayudara con sus consejos. Además, tenía que hablarle de la niña, rogando que la diese un buen repasón. Estaba en la edad de los caprichos y las tonterías, y ella, después de la tarde en que la había sorprendido en el jardín con el ingenierillo, sentía cierta intranquilidad. Hasta había efectuado un registro minucioso en el cuarto de la niña, presintiendo cartitas escondidas, algo que revelase la certeza del noviazgo. Nada había encontrado; pero le daba el corazón que algo existía. Tal vez lo guardaba oculto la aña Nicanora, complaciente siempre con la señorita.
Había terminado su confesión la señora arrodillada delante de ella, y doña Cristina ocupaba ya la rejilla, esperando que fuese absuelta la del lado opuesto. Se abrió por fin el ventanillo y Pepita vió por encima de los hombros de su madre una sombra que murmuraba:
—¡Hola Cristina! ¡hija mía! ¿A qué obedece esta visita tan extraordinaria?...
Pepita no oyó más: su madre pegó la cabeza á la rejilla, ahogándose las palabras de la penitenta y el confesor en un confuso murmullo.
La joven, sentada sobre los talones, sintiendo de la dura carne juvenil la incrustación de los tacones de sus botas, leía en su devocionario automáticamente, mientras pensaba lo que diría al confesor.
Estaba junto á su mamá y llegaban hasta ella algunas de sus palabras como un lejano susurro.
Pepita comprendió que su madre hablaba de una carta que debía interesarla mucho, á juzgar por las veces que la nombró. La joven púsose á temblar pensando en las que tenía ocultas, como una prueba de delito, allá en su hotel de Las Arenas. Pero doña Cristina levantó la voz un poco más, como si tuviese que hacer un esfuerzo para soltar algo penoso y Pepita la oyó decir con gran dificultad, vacilando á cada sílaba «Mon... gros... loup... cheri...»
No: aquello no iba con ella... ¿Pero por qué decía su madre tales cosas? ¿Qué lobo era aquel, en francés, que su madre llevaba tan trabajosamente hasta los oídos del buen Padre? Y Pepita se mordía los labios para no reír, sin saber ciertamente por qué le regocijaba esta frase que no había encontrado nunca en sus libros cuando la enseñaban francés.
Luego cesó de oír. Hablaba el confesor, y su voz, ahogada por la rejilla, gangosa y obscura por la costumbre del recato, llegaba hasta Pepita como el balbucear de un pequeñuelo: «Ña... ña... ña». Debía reñir á la madre á juzgar por lo encogida que ésta se mostraba, con la cabeza entre los hombros, como si la abrumase el interminable regaño del confesor.
La voz de doña Cristina volvió de nuevo al oído de su hija:
—Es verdad Padre: yo tengo la culpa. ¡Pero es una esclavitud tan dura!... Yo no he nacido para eso. Ya sabe usted que mi vocación me llamaba á otra parte. Pero la juventud se engaña siempre y ¡era yo entonces tan niña!...
Calló, y de nuevo volvió á susurrar como un aleteo el «Ña... ña... ña» siempre con tono de reproche durante muchos minutos.
—¿Cree usted Padre—volvió á murmurar la señora—que no he hecho yo nada por atraerle al buen camino? El día mejor de mi vida sería aquel en que le viese al lado de los buenos, ayudando á Dios con los bienes que le ha dado, aconsejándose de personas sabias y virtuosas como ustedes... Pero Padre: usted no lo conoce; es inabordable; siempre me ha causado respeto y miedo. Lo repito; yo no he nacido para esto: me repugnan los hombres.
Volvió á sonar el «Ña... ña... ña...» más imperioso, como si diese una orden, y doña Cristina achicábase ante la reja, obediente á su director, pero anonadada por el sacrificio que la imponía.
—Lo haré, Padre, lo haré. ¡Si supiera usted el asco que eso me produce! ¡Tan tranquila que yo vivía!... Pero obedeceré, ya que no hay otro remedio. Dice usted bien: haberlo pensado antes de casarme. Son sacrificios que impone Dios para la conservación del mundo: exigencias de la vil materia... Obedeceré, Padre, ¡pero cuánto me cuesta! ¡qué repugnancia, Dios mío!...
El «Ña... ña... ña» tomó una expresión interrogante.
—Sí, Padre, sí: seré otra. Volveré como en otros tiempos, á preocuparme de la envoltura terrenal. Espero que en el cielo me recompensen este sacrificio. Copiaré las seducciones mundanas para servir á Dios.
El murmullo del confesor sonó largamente, como si diese consejos. De vez en cuando, le interrumpía doña Cristina con sus afirmaciones de penitenta sumisa.
—Así lo haré, Padre.
—¿Ña... ña... ña?
—Ya he olvidado esas cosas, pero procuraré acordarme de mis tiempos de vanidad.
—¿Ña... ña... ña?
—¿Quiere usted que sea hoy mismo? ¿Después de haber recibido al Señor?... Bien: porque usted lo dice. Será un nuevo sacrificio.
Callaron un instante el confesor y la penitenta. Doña Cristina volvió la cabeza, como si descansase antes de entrar en la segunda parte de su confesión; y al ver tan próxima á Pepita, fijos en el devocionario sus ojos cándidos, se pegó más á la rejilla. La joven ya no oyó más que un lejano susurro, sin distinguir una palabra.
Al terminar la confesión, la madre fué á arrodillarse en el centro del templo y Pepita ocupó su puesto. Poco rato tuvo que esperar. El confesor despachó rápidamente á la penitenta del lado opuesto, y volvió á abrir el ventanillo.
—Hola, buena pieza. ¿Eres tú?—dijo cariñosamente á Pepita.—¿Ya has hecho el acto de contrición? Pues á ver esos pecadillos, á hacer la colada del alma, que aquí está el Padre Paulí para absolver á las niñas que son buenas y sumisas.
Y mientras la joven iba soltando con automática regularidad los pecados de siempre, murmuraciones en las visitas, mentiras sin importancia, deseos de humillar á las amigas, desobediencias á su madre, miraba á través de la rejilla al famoso jesuíta, su cara sin una arruga, la nariz aguileña, aquella sonrisa dulce que parecía acariciar, pero que á ella le causaba cierto miedo, como si fuese una tenaza irresistible que extraía las verdades por hondas que se ocultasen.
—Bien, ¿y qué más?—dijo el jesuíta cuando ella se detuvo dando por terminada la enumeración de sus pecados.
—Nada más, Padre. No recuerdo otros pecados.
—Rebusca bien en tu conciencia, hijita. ¿Nada de nuevo ha ocurrido en tu vida desde la última vez que nos vimos? Piénsalo. Mira que con el Padre Paulí no valen engaños: que hasta mí llega un pajarito que me cuenta todo lo que hacen las niñas embusteras, y que yo sé cuándo me dicen la verdad y cuándo me mienten.
Pepita comenzaba á sentirse intranquila ante la sonrisa interrogante y maliciosa del confesor. Aquel hombre lo adivinaba todo, según afirmaba su madre. Con él de nada servían los tapujos. Y su inquietud convirtióse en miedo cuando vió que el sacerdote cesaba de sonreír y la hablaba con los ojos en alto, con la misma voz solemne que conmovía desde el púlpito á la distinguida muchedumbre de sus fieles.
—Oye, hija mía. Una vez érase una princesa más bonita que tú, y más rica, pues sus padres eran reyes...
Y describía á la princesa ideal, sin perdonar el detalle de sus trajes, sus carrozas y los galanes que mariposeaban en torno de ella.
—Un día, en un sarao de la corte, cuando más llamaba la atención por su hermosura y su elegancia, danzando con el hijo de otro rey, los cortesanos lanzaron un grito de horror. Por la boca de la princesa asomaba, y volvía á ocultarse para aparecer de nuevo, la cabeza de una horrible serpiente... ¿Sabes lo que era aquella inmunda bestia? Pues un pecado que la princesa había querido ocultar á su confesor y que tomaba la forma de un reptil para no abandonar su cuerpo.
Y el Padre Paulí, con su voz trémula de predicador horrorizado, hacía estremecer á la joven. El final de la historia no era más tranquilizador. La serpiente acababa por morder en el corazón á la princesa, y la desdichada descendía con el peso de su pecado á los infiernos.
—Vamos, hija mía—dijo el confesor tras una pausa, para recobrar su sonrisa después de la historia horripilante.—Tú eres más buena que la princesa: tú no querrás perder tu alma ocultando las faltas al confesor. Aquí tienes al Padre Paulí que es un buenazo con las niñas que no mienten, pero que tiene una correa para castigar á las que son malas y rebeldes. Vamos, Pepita, como si hablases con una amiga; ya sabes que yo para tí, como si lo fuera... ¡Tú tienes un novio!
—No, Padre—dijo Pepita con voz trémula, intentando todavía defenderse.—Es un amigo... Un amigo, ¡pues!... que lo distingo de los demás... que le tengo cierta simpatía...
—¡Vaya por el amigo!—exclamó bondadosamente el confesor.—Y este amigo te escribe cartitas y tú las contestas á hurtadillas de mamá. No digas que no: no mientas... ¿Callas? Quedamos, pues, en que existen las cartas y en que os habéis visto y hablado en el jardín de Las Arenas. ¡Si es inútil negar! ¡Si yo todo lo sé por el pajarito!...
Y el jesuíta insistía complacido en aquella ñoñez del pajarito, como si fuese un supremo rasgo de ingeniosa malicia.
La joven acabó por confesarlo todo y el Padre Paulí tomó entonces un tono solemne:
—Pues, hija mía; tengo que decirte que has cometido un grave pecado, pero á tiempo estás de arrepentirte y purificarte de él. Lo has hecho, indudablemente, sin saber lo que hacías, porque tú eres buena y espero que el arrepentimiento te volverá á la gracia de Dios. ¿Tú sabes lo grave que resulta tu falta? ¡Una muñeca como tú, una mocosa que debe vivir agarrada á las faldas de su madre y no sabe una palabra de lo que es el mundo, querer arreglarse por sí misma el porvenir, y engañar á mamá, escuchando las proposiciones de un hombre, sin saber si éste puede ser del gusto de sus padres y de las personas de buen consejo que los rodean! Vamos que merecías una zurra, como las chicuelas malcriadas que hacen alguna diablura.
Y su mano blanca se movía tras la rejilla con burlona expresión de amenaza.
—Tú, que eres aficionada á lecturas como todas las jovencitas del día, pídele á tu madre un libro titulado «La entrada en el mundo.» Si ella no lo tiene, te lo dará tu primo Urquiola que seguramente lo sabe de memoria. Es una obrita del Padre Bresciani traducida y arreglada por otros Padres no menos sabios de la Compañía. Se la regalamos á los muchachos, cuando salen con la carrera terminada de nuestra Universidad de Deusto y es una guía completa de lo que debe pensar y hacer en el mundo todo joven cristiano. El que la sigue al pie de la letra no necesita más para ser un modelo de caballeros católicos y excelentes padres de familia. Lee ese libro, Pepita: busca los capítulos que se titulan «La elección de estado» y «Antes que te cases»... y verás lo que le corresponde hacer á la juventud cristiana para conservar pura su alma y no ofender á Dios. Para la elección de estado hay que meditar mucho antes, poniendo el pensamiento en Dios y en la santísima Virgen, tal como lo dispone en sus «Ejercicios Espirituales» el bienaventurado y glorioso compatriota nuestro San Ignacio de Loyola. La esposa debe escogerse después de la oración, de la meditación, del examen atento; y especialmente, ¡fíjate bien en esto, criatura!, «después del consejo maduro y reiterado de vuestros amigos prudentes, de vuestros maestros, y sobre todo, de vuestro director espiritual.» Así lo dice el libro.
Y el confesor recalcaba lo del director espiritual, como si éste fuese el personaje más importante entre todos los citados.
—¿Qué es el director espiritual?—continuó.—El librito lo dice claramente: «Es un segundo padre que la Iglesia os da para que dirija vuestras almas. Dejaos guiar en todo por ese fiel amigo. Si los padres se oponen á vuestro casamiento, creed que será por vuestro bien. Si os queda alguna duda sometedla á la censura prudente de vuestros confesores, y si éstos se oponen, resignaos; pues si las cosas no salen á medida de vuestros deseos es porque saldrán conforme á la voluntad de Dios que es lo que más os interesa. Eso del amor, no es más que galantería mundana, inventada por poetas y novelistas defensores del pecado, que nunca puede dominar á una alma cristiana.» Ahí tienes, chiquita, todo un compendio de sabiduría que siguen los jóvenes al salir de nuestras aulas, y son felices. ¿Y esto, que respetan y acatan muchachos con más barbas que un granadero, que poseen toda la ciencia de nuestra Universidad, lo atropellas tú, muñeca ignorante? ¿Te atreves á buscar marido por tu propia cuenta y á tener amoríos, cuando hombres que ostentan títulos académicos no osan poner los ojos en una mujer sin venir aquí antes á decirme: «Padre Paulí, he pensado en Fulana ó en Zutana: ¿me conviene?» y se van tan satisfechos de los consejos del Padre, siguiéndolos fielmente?... ¡Ay, Pepita... Pepita! Bien se conoce que en tu casa falta una buena dirección á pesar de que mamá es casi una santa. Bien se ve que hay en tu familia hombres descarriados, como ese médico loco de las minas que ha hecho infeliz á su pobre mujer, y que entran allí gentes de todas clases que llevan con ellas la impiedad del siglo.
La joven sentíase anonadada, reconociendo de pronto la inmensidad de su pecado. El confesor continuó con una sonrisa dulce:
—Y ese señor ingeniero que te ha trastornado el seso, será poco más ó menos como tu tío el médico.
—¡Ay, no, Padre!—se apresuró á decir Pepita aprovechando la ocasión para defender á su novio.—es muy buen católico: me lo dijo el otro día cuando hablamos en el jardín.
—¡Hum, hum!—tosió el jesuíta—¿Dónde ha estudiado? En alguna de esas escuelas donde sólo enseñan lo que llaman ciencia y que no es más que puro materialismo, sin acordarse para nada de Dios. ¿Católico y no lo conozco?... ¿Católico joven y no viene por aquí?...
—Me prometió que vendría, Padre. Dijo que se confesaría aquí; que se inscribiría en los Luises, que haría todo lo que yo le mandase. Crea usted, Padre, que no es malo.
—¡Je, je!—rió maliciosamente el confesor.—No está mal la resolución. Pero nosotros, esas conversiones de última hora con vistas al matrimonio, las miramos con desconfianza: dan siempre malos resultados. El Padre Paulí es viejo y sabe mucho del mundo para que pueda engañarlo un boquirrubio de esos á la moderna. Queremos en nuestro jardín árboles que hayamos plantado nosotros, guiándolos desde que son tiernos... Y tú, hija mía, ¡con qué calor defiendes á ese hombre! Veo que el peligro era más grave de lo que creía. Si persistes en esa mala pasión, contra la voluntad de tus padres y de tu director espiritual, estás en pecado y no podré darte la absolución. ¿Entiendes?...
Tembló la joven ante esta amenaza, proferida con voz imponente.
—Pero tú eres buena—continuó el jesuíta cambiando de tono—y tú obedecerás. Mañana me envías todas las cartas que tengas de ese hombre: un paquetito á nombre mío y que lo entreguen al portero de la Residencia... Y hoy mismo, sin excusa alguna, le escribes cuatro letras á ese individuo. «Muy señor mío: por no disgustar á mis padres... ó por consejo de mi director espiritual...» en fin, tú lo escribirás bien: las mujeres, tenéis talento para esas cosas. Lo que importa es hacerle saber, de un modo que no deje lugar á dudas, que todo acabó, que ya no te acuerdas de él, que lo pasado fué una falta de la que te muestras arrepentida... ¿Estamos?