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El intruso

Chapter 9: VII
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About This Book

The narrative follows Doctor Aresti, a learned physician who chooses to live among miners in an industrial district, tending the injured and moving through accidents, domestic rituals, and local gossip. It sketches the omnipresent power of his distant industrial magnate cousin, whose enterprises shape the landscape and social order, and portrays the miners, contractors, and bourgeois wives who orbit these forces. Through hospital scenes, mine disasters, festive gatherings, and private encounters, the work examines social inequality, tensions between wealth and rough local customs, personal loyalties, and the strain that industrial modernity exerts on community life.

Pepita movió la cabeza afirmativamente, con los ojos llorosos, sin que adivinase el confesor si esta emoción era por la pena del rompimiento ó por el miedo que le inspiraba su pecado.

—¡Tonta! ¡tontita!—dijo para tranquilizarla.—¡Si todo esto es por tu bien!... ¿Quién es ese hombre? Un cualquiera, un ingeniero como hay tantos, un trabajador de levita, qué necesita de protectores como tu padre para ganar la comida. ¡Mire usted que estaría bien, ver á la hija de Sánchez Morueta casada con un ganapán, de esos que creen ser los hombres más útiles de nuestro siglo, porque echan rayas y manejan números! Eso de las princesas casándose con pastores, sólo se ve en las comedias. Aún es pronto para casarte: cuando llegue tu hora, obedece á tus padres, á mamá sobre todo, pues las mujeres saben más de estas cosas. Confía en el Padre Paulí, que es tu amigo, tu segundo padre, y entre todos ya verás cómo te elegimos un hombre que te hará feliz y aun elevará más tu rango en el mundo.

Calló un momento el jesuíta, como si preparase un avance decisivo.

—¡Con unos muchachos tan distinguidos y de tanto porvenir que salen de nuestra Universidad!... Una joven como tú—continuó—merece unirse con una gran fortuna ó un gran nombre. Fortuna ya la tienes, por la bondad de Dios, que ha derramado sus dones sobre tu padre. ¡Pues á casarse con un muchacho de porvenir y de talento, que sea en lo futuro un hombre de Estado, y se cubra de gloria sirviendo á Dios y á su país! Eso no es difícil encontrarlo. Ahí tienes, por ejemplo, á tu primo Urquiola.

Pepita hizo un mohín de protesta. No: ese no.

—¿Por qué no, chiquilla? ¿Tienes algo que decir de él? Es uno de los alumnos de punta que han salido de nuestra Universidad. Con una docena como él, Bilbao sería nuestro por completo, y esta población aparecería como otra Covadonga, desde la cual emprenderíamos la reconquista de España encenagada en un liberalismo que es libertinaje, y olvidada de Dios... Comprendo por qué tuerces el gesto: chismes y enredos de tertulia, murmuraciones de las amigas, que por exceso de atracción en el pobre Urquiola, sólo saben hablar de él. ¡Ya las arreglaré yo á esas maldicientes!... ¿Y sabes por qué se ocupan tanto de Fermín? Porque éste no pone los ojos en ellas; porque saben que hace tiempo se siente inclinado hacia tí, con el amor honesto y respetuoso de un joven cristiano. Las que te hablan contra él, es porque te tienen envidia.

Después de este hábil halago á la vanidad de la joven, continuó con una expresión de bondad y tolerancia:

—Yo no digo que Urquiola sea un santo. Tampoco lo fué nuestro padre San Ignacio antes de que le iluminase la divina gracia. Ya ves, era militar, y con esto queda dicho todo. Tan vanidoso, tan enamorado de su persona y de gustar á las damas, que al quedarle en la pierna un hueso saliente después de ser herido en el cerco de Pamplona, se lo hizo aserrar, para que no se notase bulto alguno en las altas y elegantes botas que entonces se llamaban botas polidas... Urquiola es joven, y rebosa en él la energía, el exceso de expansión y de fuerza que ha puesto al servicio de Dios. Yo no digo que no cometa sus pecadillos; pero has de pensar, hija, que en el mundo no somos todos iguales, que las faltas cambian según los medios de vida de quien las realiza, y, por ejemplo, lo que es pecado en el hombre que vive tranquilamente en su casa, rodeado de su familia, á la que debe dar ejemplo, no lo es en el soldado que hace la guerra y va errante por el mundo. Eso es Fermín; un soldado, un combatiente de la buena causa, y se le deben dispensar ciertas cosas, porque las necesidades de la campaña le obligan á vivir fuera de su mundo... Pero ya verás cómo cambia, cómo sienta la cabeza el día que tenga á su lado una esposa cristiana, buena y virtuosa. ¿Sabes por qué le miran con tanto agrado tus amigas? Porque están seguras de su porvenir. Fermín será diputado en las primeras elecciones, figurará en Madrid, ¡y quien sabe á lo que puede llegar, cuando se cambie la suerte de esta nación, que seguramente se cambiará, de no olvidarnos Dios!...

Callaba Pepita, sin hacer el menor signo de aprobación ó protesta ante los palabras del jesuíta, y éste se detuvo, creyendo haber avanzado demasiado. Por aquel día bien estaba con lo dicho.

—No creas que tengo un interés especial en que sea Urquiola quien haga feliz tu vida. Tal vez tu mamá lo defienda con más tenacidad que yo, pues de su sangre es y conoce sus méritos. Por mí, si no es ese, que sea otro. De sobra los hay en la juventud brillante, esperanza de la patria y de la religión, que sale de Deusto. Lo que yo quiero es que escojas como todas las doncellas católicas y decentes, sin disgustar á tus papás y desobedecer á tu director. Tú eres de una familia cristiana y debes seguir sus costumbres. Mírate en el espejo de tus padres: se unieron con el consentimiento de sus familias, sin violencias ni disgustos y la fortuna les sonríe, y son felices, y tienen para su vejez un consuelo tan hermoso como tú, que eres buena y no querrás amargar los últimos años de su vida.

Y el confesor hablaba gravemente, sin el más leve mohín, de la felicidad conyugal de los Sánchez Morueta.

—Basta por hoy. He dicho á tu madre que vengáis por aquí con más frecuencia. Ya iremos hablando de lo que te conviene, pues tiempo tenemos de sobra. Esa almita anda algo loca y hay que tener mucho cuidado con ella. ¿Quedamos en que me enviarás esas cartas, para que nunca puedas volver á leerlas, cayendo de nuevo en el pecado?

—Sí, Padre.

—¿Escribirás hoy mismo á ese señor dando por terminadas para siempre las locuras?

—Sí, Padre.

—Muy bien: vamos á la absolución.

Y musitando sus latines, el Padre Paulí bendijo á la joven al través de la rejilla: después sacó la mano por el frente del confesonario para que se la besase. Mientras abría el ventanillo opuesto preparando una sonrisa como saludo á la nueva penitenta, Pepita fué á arrodillarse al lado de su madre.

Comulgaron tras una breve espera, después de rezar su penitencia y salieron del templo, saludando con inclinaciones de cabeza á las amigas que aún estaban arrodilladas ante los confesonarios.

El automóvil emprendió el regreso á Las Arenas siguiendo la ribera de la ría que parecía irradiar fuego bajo el torrente ardoroso del sol.

Doña Cristina sonreía al paisaje, encontrándolo más hermoso que otros días.

—¿Pero no has notado, Pepita, qué alegría da el recibir al Señor? Dí que hemos empleado bien la mañana.

Al entrar en el hotel se entristeció el rostro de la señora, como si se aproximase un peligro que quería olvidar.

Las dos mujeres se encerraron en sus habitaciones. Pepita pasó horas enteras con la pluma en la mano, mordiendo la punta nerviosamente, rompiendo pliegos sin que llegasen á satisfacerle las cartas que escribía. Por fin entregó un sobre cerrado á la aña Nicanora, rogándola que aquella misma tarde fuese á los altos hornos para entregarlo á don Fernando. Todas las preguntas de la curiosa campesina fueron inútiles. La niña estaba de mal humor y no quería contestar.

Doña Cristina permaneció invisible hasta la hora de la comida. Llamó varias veces á su doncella que iba de un lado á otro, llevando dobladas sobre el brazo muchas piezas de ropa interior y varios vestidos. Toda la servidumbre cambiaba signos de asombro, como si en la casa ocurriese algo extraordinario. Doña Cristina revolvía su olvidado guardarropa.

Al bajar Pepita al comedor, enfurruñada y triste por su esfuerzo epistolar, no pudo contener la admiración, viendo á su madre.

—¡Pero, mamá! ¡Qué guapa estás! ¡Qué elegante te has puesto!...

Guapa... sí que lo estaba; con sus cabellos de oro peinados por la doncella, y una capa de menjurgos de tocador que refrescaban, con llamativa juventud, su madurez de rubia carnosa. ¿Pero... elegante?... Llevaba un traje de seda clara, con los colores algo apagados y polvorientos; una pieza magnífica que había llegado á Bilbao desde un taller de la rue de la Paix cuatro años antes, cuando ella volvía ya la espalda á las vanidades del mundo.

Había engordado mucho desde entonces: la seda del pecho, cruelmente estirada, parecía próxima á estallar á impulso de los ocultos y comprimidos globos; la falda, amplia en otros tiempos, se ajustaba como un mallón sobre las caderas.

—Qué, ¿te parezco bien?—dijo la madre, pavoneándose como una niña ante la admiración de su hija, que había conocido aquella moda y al verla resucitar inesperadamente, sentía la extrañeza que causa una resurrección histórica.

Al moverse doña Cristina sonaba el subversivo fru fru de sus finas ropas interiores y se esparcían en el ambiente los perfumes que se había prodigado con cierta indiscreción.

Sánchez Morueta que leía un periódico sin notar la presencia de su mujer, acabó por levantar la cabeza.

—¿Qué te parezco, Pepe?—dijo ella con una sonrisa que contrastaba con el temblor de su voz.

El millonario deslizó una rápida ojeada sobre su incitante esplendor de fruto maduro.

—No estás mal—y fijó de nuevo sus ojos en el periódico.

—Ahora voy á volver á la elegancia. Quiero gozar la vida antes de que llegue la vejez. Nuestra hija va á tener en mí una rival. ¿Qué dices á esto, Pepe?...

—Harás bien:—y siguió leyendo, sin saber lo que leía, con el pensamiento lejos, muy lejos.

La comida fué triste. El millonario había llegado de su último viaje con un gesto melancólico, que desaparecía de pronto, dando lugar á extrañas nerviosidades.

Él, que pasaba siempre por el hotel como un sonámbulo, sin reparar en los detalles de la vida doméstica ni dirigir la palabra á la servidumbre, venía regañando desde el día anterior con todos los de la casa, y bastaba una respuesta para que cerrase los puños como si fuese á golpear á todos.

Pepita también estaba triste; pero le pesaba el silencio que reinaba en el comedor y hacía preguntas á su padre sobre la vida de Biarritz, queriendo que le describiera alguna toilette de las muchas que habría visto en aquella sociedad elegante.

Sánchez Morueta se esforzaba por contestar á gusto de su hija. Era la única persona ante la cual se abatía su mal humor. Hablaba con la cabeza baja, evitando mirar á su mujer, sentada enfrente. Varias veces sus ojos se habían encontrado con los de Cristina, fijos en él con una expresión desconocida. Esta caricia muda que tenía algo de súplica, le causaba por su novedad cierta molestia.

Después de comer, el millonario se entró en su despacho.

Cristina dejó pasar mucho tiempo y cuando los arpegios del piano la hicieron saber que Pepita estaba en el salón, se dirigió con paso resuelto en busca de su marido.

Tembló al dar un golpe en la puerta para anunciar su presencia. Se acordaba de los cuentos de la infancia; de aquellas niñas medrosas que iban en busca del ogro.

Al entrar en el despacho vió el gesto de asombro de Sánchez Morueta, que creía en la llamada de un criado: notó el movimiento instintivo de sus manazas, para ocultar bajo los papeles varios plieguecillos de diversos colores que releía con gesto hosco.

Aquellas cartas ella las conocía. Por una asociación de recuerdos, volvió á su memoria el «Mon gros loup cheri», y sin saber por qué, sintió una tentación infantil de reír ante el gigantón de aspecto imponente; de arrojarse á su cuello, repitiendo, como Dios le diera á entender, aquella frase de cocotte, que debía encerrar algún misterio mágico para apoderarse de los hombres.

—¿Qué quieres? ¿qué ocurre?—preguntó el marido con extrañeza.

¿Querer?... Bien se lo decían aquellos ojos agrandados por el lápiz de tocador, en los que el instinto femenil ponía el fuego que no lograba dar la pasión: los pasos felinos, de gata enardecida, con que se aproximaba entre el susurro acariciador de sus ropas interiores.

Al estar junto á él, no supo qué decir ni cómo empezar y apelando al recurso de la acción, abarcó en sus brazos de blancas carnosidades, los hombros del temido ogro.

—¡Pepe... Pepe!—murmuró con voz tenue, como un gemido dulce.

Y su boca se abrió paso entre las barbas patriarcales, con besos ardorosos.

El grande hombre vaciló un momento, atolondrado por la onda de carne femenil que caía sobre él, por el perfume incitante que le envolvía, por los labios suaves que buscaban los suyos, enredando la barba en los dientes de láctea blancura.

Pero fué la debilidad de un instante, que pasó como una ráfaga. Su mano poderosa apartó á la mujer, y ésta se sintió perdida, ante aquellos ojos fríos que parecían no verla, como si su atención, su pensamiento, su alma, pasasen por encima de ella para ir lejos, muy lejos.

Después, la voz del marido sonó en el silencio de la habitación, lacónica, triste y monótona:

—Es tarde, Cristina, es tarde.

VII

Estaba el señor Goicochea á media mañana, trabajando en su despacho contiguo al de Sánchez Morueta, cuando se incorporó en el asiento con sorpresa, viendo entrar á su principal.

Tres días antes había salido para Biarritz, manifestando á su secretario que tardaría unas dos semanas en regresar, y se presentaba inesperadamente, con una cara que daba miedo. ¿Qué negocio se le habría torcido al grande hombre, hasta el punto de hacerle perder su solemne gravedad?...

Su voz sonaba trémula y algo aflautada; una voz de ira; sus ademanes aparecían descompuestos, y lo que más asustaba al secretario, era que hablaba mucho, que había perdido su concisión característica y vacilaba envolviendo en palabras y más palabras sus tardos pensamientos.

—A ver, Goicochea; que lleven á casa el equipaje que está abajo. Avise usted por teléfono que luego iré.... No, diga usted que no voy, que no me esperen á comer. Iré á la noche. ¿Pero, qué hace usted ahí parado, mirándome como un bobo?... ¡Eh, alto! no se vaya usted tan pronto. A ver, ¡que suba el Capi! Llame usted á don Matías. ¡En seguida; listo!...

Goicochea salió del despacho temblando, al pensar en el día que le esperaba. Conocía el carácter de su gigante: pocas rachas, pero buenas, como él decía. Sólo muy de tarde en tarde, le había visto perder la serenidad y enfurecerse; pero guardaba un vivo recuerdo de sus arrebatos.

Cuando subió el capitán Iriondo, encontró á Sánchez Morueta paseando casi á saltos por el despacho, como una bestia enjaulada, las manos atrás y la cabeza baja. Tardó algún tiempo en ver á Iriondo, que no pasaba de la puerta.

—Pepe, ¿qué tienes?—dijo el marino con el acento afectuoso de un antiguo camarada.

—Nada: cosas mías, no te ocupes de mí.... Vas á llamar al teléfono de las minas y que busquen á mi primo Luis, que le digan que venga en seguida.

—Pero, hombre, no será tan pronto como quieres. Gallarta está lejos: él tiene sus ocupaciones...

—¡He dicho que venga en seguida!—gritó el millonario.—Dile que le necesito al momento; que estoy enfermo, que voy á morir... cualquier cosa. ¡Que venga pronto!... Y Luis vendrá, porque me quiere de veras: es mi único amigo.

—Está bien—gruñó el capitán.—Los demás somos unos perros.

Y encogiéndose de hombros salió del despacho. Sánchez Morueta siguió su paseo á grandes zancadas, con la cabeza baja, como si fuese a embestir contra los planos y modelos de buques colgados de las paredes.

De pronto se detuvo en la puerta de la habitación contigua, mirando con ojos feroces al secretario, que se había escurrido hasta su mesa para continuar el trabajo. El pobre hombre tembló al verse enfrente de su irritado principal.

—Señor Goicochea: va usted a hacerme el... pinturero favor de largarse inmediatamente. Necesito estar solo; váyase a tomar el sol, adonde le dé la gana.... ¡al capacho! pero márchese en seguida.

Miraba al secretario de tal modo, que éste creyó que iba a recibir algún golpe sí tardaba en obedecer. Y cogiendo el sombrero, salió apresuradamente.

Las oficinas parecían desiertas. Todos los empleados se encorvaban ante sus papeles, temblando al oír tras de los cortinajes aquella voz furiosa, que matizaba sus órdenes con interjecciones y juramentos verdaderamente extraños en tan grave personaje.

En el escritorio se hizo el mismo silencio de las casas donde existe un enfermo. Sánchez Morueta, después de una hora de incesantes paseos, se dejó caer en uno de los sillones ingleses, anchos y profundos, tocando antes un botón eléctrico.

Entró un ordenanza con aire azorado.

—Tráeme un café.... pero bien fuerte.

Cuando llegó el café, Sánchez Morueta fumaba un cigarro enorme, uno de los habanos que le enviaban de Cuba, elaborados directamente para él, con su nombre y su retrato en la sortija, y cuya adquisición era motivo de orgullo entre la gente menuda que laboraba en la Bolsa ó en los negocios de minas.

Transcurrió otra hora, sin que el millonario diese señales de existencia. El timbre sonó de nuevo en el silencio del escritorio y corrió el criado al despacho.

—Trae otro café.

Sánchez Morueta fumaba el tercer cigarro, á juzgar por las dos colillas arrojadas á sus pies, sobre el pavimento de madera encerada, tersa como un espejo. Los balcones estaban cerrados, tal como los había encontrado al llegar, y el ambiente se llenaba de humo, se hacía irrespirable, sin que él se diese cuenta de ello.

Mucho después de medio día, cuando los empleados se deslizaron sin ruido para ir á comer á sus casas, volvió á trotar el criado hacia el despacho, atraído por el timbre.

—Dile al capitán que suba—dijo el millonario.

—Don Matías no está, señor—contestó el criado.

Por primera vez se le ocurrió á Sánchez Morueta mirar el gran reloj de la chimenea. ¡Cómo había pasado el tiempo! Y más por la fuerza de la costumbre que por necesidad, quiso comer, ya que á aquella hora todos hacían lo mismo.

—Ve á donde el Suizo y trae la comida. Lo que te den... lo que á tí se te ocurra. Sobre todo, un buen café: no lo olvides.

Cuando volvió el criado con una gran bandeja llena de platos y coberteras brillantes, la atmósfera del despacho era más densa. El millonario seguía fumando, inmóvil en su sillón, con la vista vaga y como perdida en un punto lejano, muy lejano.

Apenas tocó los platos que el criado colocaba sobre una mesa. Bebió un poco de vino, probó la fruta y se abalanzó por fin al café, como si éste fuese su único alimento. Después hizo seña al criado para que se llevase los platos casi intactos.

—Mira, hijo mío—dijo con dulzura inesperada.—Llévate todo eso; cómetelo y que de salud te sirva.

Al quedarse solo encendió otro cigarro, adoptando en su sillón aquella inmovilidad en la que parecía soñar con los ojos abiertos.

Sánchez Morueta no supo ciertamente si llegó á dormirse. Era un sopor dulce que no le hacía perder de vista cuanto le rodeaba. Pero en esta actitud, el tiempo transcurría para él inadvertido, y sentía el bienestar del que en nada piensa.

Cuando, á la caída de la tarde, entró el doctor Aresti en el despacho, el millonario se reanimó, volviendo de un golpe á la vida.

—¡Esto es un horno!—gritó el médico,—¡Aquí no se puede respirar; qué humareda; parece un incendio!

Y se fué á los balcones, abriéndolos para que se disolviera la nube de tabaco en que se envolvía su primo.

—¿Qué pasa?—dijo Aresti cuando pudo respirar con algún desahogo.—¿Qué te ocurre, Pepe? ¿Estás enfermo? A ver esa cara...

Y después de examinar el rostro de su primo, hizo un gesto de asombro. Efectivamente; algo malo le ocurría. Parecía aviejado de un golpe en más de diez años: los pómulos salientes, los ojos hundidos, con una expresión de tristeza y desaliento. Además revelaba una gran fatiga física, como si no hubiese dormido en algunas noches.

—¡Vamos á ver; ¿qué tienes? Cuenta, hijo, cuenta.

Sánchez Morueta sintió el mismo dolor que si de pronto se abriesen en él ocultas heridas. La presencia de su primo despertaba los pensamientos dolorosos, adormecidos por la embrutecedora somnolencia.

—¡Ay, Luis!—suspiró el gigante con un acento casi infantil, cogiendo, las manos de su primo.—Mi vida terminó. Han matado todas mis ilusiones... ¡Se fueron!... ¡se fueron!

Y se abandonaba, como si quisiese caer sobre Aresti, abrumando la pequeñez del doctor con su corpachón.

—¡Energía, Pepe! ¿Qué es esto, que te desplomas como una señorita desvanecida? ¡Firmes, vive Cristo! Sólo te falta echarte á llorar como los chiquillos. A ver: serenidad, y suelta todos tus pesares. Veamos por qué crees terminada tu vida, cuando eres el hijo de la suerte.

El millonario fué á hablar, y Aresti le interrumpió de nuevo:

—Por lo que pueda convenirte, te advierto que Fernando, tu ingeniero, aguarda ahí fuera. Lo he encontrado en la estación del Desierto, y al saber que habías llegado vino conmigo. Quiere hablarte: dice que te esperaba con impaciencia.

Sánchez Morueta hizo un gesto de desprecio. Que aguardase. Algún asunto urgente de la fundición. ¿Qué le importaban á él los altos hornos, y las minas y los barcos? Que se perdiese todo: que se lo llevase la mala suerte. ¡Para lo que servía la riqueza!... Y revolvía sus ojos furiosos por los planos y modelos del despacho, como si maldijera del poderío industrial, haciéndolo responsable de su desgracia.

En aquel momento aborrecía al muchacho que esperaba en las oficinas. ¡La juventud! ¡la insípida y antipática juventud! Aquel ingenierillo no tenía otros medios de vida que los que él le diese: ni riqueza, ni poder, y sin embargo, era posible que por sus pocos años, por su cara de madamita con bigote, no le ocurriera lo que á él con todos sus millones. ¡Cristo! ¿Para qué servía, pues, el dinero?

Aresti se impacientaba.

—Bueno, hombre: deja en paz á ese chico, y si no quieres verle en seguida, que aguarde. Pero cuéntame, Pepe ¿qué te pasa?

—¡Judith!...—gimió el millonario.—Ya sabes quién digo...

Y vacilaba antes de seguir hablando, como avergonzado de revelar su tristeza.

—Sí, Judith—dijo Aresti animándolo para que hablase.—Aquella francesa, ó judía, ó lo que sea, de la que me hablaste con entusiasmo... la madre de aquel niño tan hermoso... el hijo del amor. Estoy enterado. ¿Y qué ha hecho la tal Judith? ¿Alguna perrada? ¿La has sorprendido con alguien? ¿Ha huido y no sabes dónde está? Habla, hombre: cuenta sin miedo. Ya sabes que soy tu confesor y por mucho que me digas, nada me cogerá de sorpresa.

Aresti hablaba con tranquilidad, como si desde mucho antes esperase lo que su primo iba á contarle; seguro de que aquella novela de amor, desarrollada en el ocaso de la madurez, había de tener un desenlace triste.

Sánchez Morueta comenzó á hablar con lentitud, como si le doliese, con profundo desgarrón, el remover sus recuerdos. Pero, pasado el primer dolor, se animaba, se enardecía, embriagándose en la amargura de su desgracia.

Había conocido por primera vez el tormento de los celos. Desde algunos meses antes, se mostraba triste, con nerviosidades y arrebatos impropios de su carácter. ¿No lo había notado Aresti?

De pronto tomaba el tren para presentarse por sorpresa en aquel hotelito de Madrid, nido ilegal y misterioso de su felicidad.

Varias cartas anónimas le habían avisado las infidelidades de Judith. Alguna buena alma que conocía su dicha y deseaba turbarla: tal vez una antigua compañera de la divette, envidiosa de su bienestar. Y el grande hombre de la industria, aquel pastor de millones que tenía miles de brazos á sus órdenes y flotas en el mar como un príncipe de la moderna realeza, había descendido durante algunos meses á una vida de espionaje, de astucias miserables, para convencerse de la certeza de las denuncias.

—¡Ay, el amor, Luis!—exclamaba.—¡Cuán pequeños nos hace! ¡Cómo nos envilece cuando llega tarde, á una edad en que queremos, sin la certeza de que nos quieran!... Ahora me avergüenzo, pensando en las cosas á que he tenido que descender. ¡Y si no fuese más que esto!...

Al llegar el verano, Judith había ido, como de costumbre, á una casita que el millonario le había comprado en Biarritz. Así la tenía más cerca de Bilbao. Allí se había convencido de que no le engañaban los misteriosos avisos.

Hablábanle éstos de cierto individuo de existencia cosmopolita, un monsieur Jules, joven, hermoso y elegante, de problemática vida; un aventurero que invernaba en la Costa Azul, sirviendo de croupier en los casinos de Niza, Menton y Monte Carlo, y en verano pasaba á las estaciones elegantes de los Pirineos. Judith parecía conocerle mucho tiempo. Era más joven que ella, y con el furor de una hembra que se da cuenta de su próximo ocaso, se agarraba á aquel profesional de la hermosura viril que, satisfecho de su persona, dejaba que las aventureras de las estaciones de placer se disputasen el honor de acapararlo, con toda clase de concesiones y sacrificios.

Sánchez Morueta, después de la lectura de los anónimos, recordaba haber oído su nombre de labios de Judith en los momentos de abandono, hablando de él como de un amigo antiguo. Sabía, además, que el aventurero había pasado largas temporadas en Madrid ocupando su sitio, todavía caliente, apenas emprendía el regreso á Bilbao. Ahora se daba cuenta de las peticiones de Judith, cada vez mayores: de aquel afán de riquezas, de «asegurar su posición», como ella decía, con una voracidad creciente, como si la guiase un oculto consejero.

El millonario no lamentaba su generosidad. ¡Qué podía importarle este chorreo de riqueza que no marcaba la más leve desnivelación en su fortuna y le proporcionaba la dicha! Lo que le enfurecía haciéndole abandonar su asiento con nervioso salto, era el recordar lo ridículo de su situación. Él, Sánchez Morueta, un hombre en pleno vigor, y que á tantos causaba miedo, ¡convertido en ese tipo grotesco del anciano verde, engañado y pagano, eterno personaje de todos los cuentos y las comedias parisienses! Él había sido le vieux del que se ríe la pareja joven, enamorada y feliz, mientras devora alegremente sus billetes de Banco. ¡Dios de Dios! ¡Y por respeto al nombre que llevaba, por miedo á la familia y á las malditas conveniencias sociales, había salido de la triste aventura sin matar á ninguno de los dos!...

—¡Pero, hombre, siéntate!—decía el doctor asustado al verle ir y venir por el despacho como un loco.—No golpees los muebles. Ya sé que de un puñetazo eres capaz de romper esa mesa. No los has matado y has hecho muy bien. ¿Acaso eres tú el primero, ni serás el último, de quien se burle una pájara de esas? Sigue contando... sigue.

Tardó el millonario algún tiempo en recobrar su calma, y al reanudar el relato pasó de un salto á la escena final de su novela amorosa, á la última entrevista con Judith dos noches antes, en aquel hotelito de Biarritz donde había pasado los mejores veranos de su vida.

Sánchez Morueta había llegado sin avisarla, sorprendiendo al monsieur Jules casi ocupando su sitio. Realmente la sorpresa no había sido completa. No le había visto: sólo había adivinado su presencia en el desorden de la habitación, en los detalles que revelaban una fuga rápida, mientras la doncella de Judith le entretenía ante la puerta cerrada.

Después, la escena había sido horrible entre él y su amante. ¡Ay, la mala hembra! ¡Qué franqueza tan cruel la suya! ¡Qué deseo de acabar de una vez, de plantearle descarnadamente lo anormal y repugnante de la situación! Podía haber seguido engañándole; negar una vez más; mantenerlo en la dulce ceguera que le adormecía, sin fuerzas para buscar la verdad. «Vivimos de mentiras: sólo el engaño es dulce», decía ella en las horas de abandono, cuando en brazos de Sánchez Morueta recordaba su pasado de aventuras. Pero ahora ya no quería mentir; estaba enamorada de su Jules, enamorada frenética, con celos de fiera al ver que se lo disputaban otras más jóvenes; y para atraérselo para siempre, legalizando su situación, no vacilaba en atropellar al amante rico, en destrozarle el alma con su cínica franqueza.

¡Ay, cómo adoraba á aquel bergante, sólo porque era joven y guapo! ¡Con qué insolencia había proclamado su pasión!... El millonario revolvíase con furia al recordar la escena. Veía los ojos de ella, de una provocación insolente, unos ojos de loba en celo y aún creía oír sus desgarradoras palabras, en la jerga internacional que tanto le regocijaba en los primeros tiempos de su amor.

—Sí, mon vieux. Lo estimo, lo amo. Con el amor no se badina pas. Si tú me quieres, sea; pero no has de atormentarme con celos; has de ser amigo del pobre Jules. Y si no, la puerta está abierta. Será lo mejor. Voilà.

La cínica proposición había hecho rugir al gigante, levantando sus zarpas con furor homicida. Pero ella ¡la maldita! tenía la tenacidad glacial, la audacia insolente de las malas hembras que nacen para ser asesinadas. Le miraba insultante, con la boca apretada y un gesto de desafío.

—Sí, pégame; eso es muy español. Mátame, como matan en tu tierra á las mujeres, cuando no quieren amar. Anda, don José; ya estamos en el final de Carmen. ¿Dónde guardas la navaja?...

Él había sentido desplomarse de un golpe todo su furor. Se dió cuenta de su debilidad, de su insignificancia ante aquella hembra curtida en los peligros de la existencia errante. Y lloró como un miserable, suplicó vilmente para que no lo abandonase. Hasta creía recordar que se había arrodillado, agarrándose á sus piernas, sintiendo la desesperación de perder aquella carne adorada, cuyo tibio perfume parecía despedirse de él al través de la batista que la cubría.

Sánchez Morueta, hablaba á su primo con la cabeza baja, como un criminal, que, con voz sorda confiesa su crimen, y únicamente cerrando los ojos adquiere la fuerza necesaria para seguir mostrando su conciencia.

Había sido un miserable. Le repugnaba el recuerdo de su debilidad, las lágrimas con que había mojado durante toda la noche el cuello insensible de aquella mujer.

Ella se había apiadado del dolor del gigante, de la mueca desesperada del pobre patriarca, y con la conmiseración maternal que siente toda mujer por un hombre que llora, lo había tomado en sus brazos, apoyándole la cabeza en uno de sus hombros desnudos, acariciándole las barbas encanecidas.

La gratitud y la lástima la hacían ser bondadosa, con palabras de triste consuelo. ¡Ah, gros coco! Había que tomar la vida tal como se presenta; aceptar las cosas buenamente, sin empeñarse en pedir imposibles. Cada uno se enamoraba á su hora. Él la quería, siendo casi un viejo: ¿por qué se extrañaba de que ella, siendo joven, tuviese también su momento de debilidad, enamorándose de aquel Jules que poseía para las mujeres un encanto malsano y dominador?

Se luchaba por la vida, por librarse de la pobreza, y cada cual trabajaba á su modo, sin acordarse del corazón, para asegurar su porvenir. Pero después, con el bienestar llegaba la dulce tontería del amor. Esto había hecho él, pasando la juventud absorbido en la caza de la riqueza, para enamorarse como un muchachuelo, en la época en que otros no tienen ilusiones. Lo mismo le ocurría á ella al ver asegurado su bienestar, y convencerse de que su juventud marchaba hacia el ocaso. ¿Por qué no había de conocer su verdadero amor con sus penas y alegrías después de haberse rozado insensiblemente con tantos hombres?... ¡Ah mon vieux! Había que tomar la vida con serenidad filosófica. A cada cual su turno.

Después intentaba consolarle hablando del pasado. No debía desesperarse el enorme bebé que se adormecía llorando sobre su hombro. Podía afirmar que había sido amado más que muchos otros. Primeramente, le había querido con una simpatía pálida y pasiva, porque era bueno con ella, porque la había sacado de su antigua vida de artista errante, dándola la respetabilidad y el bienestar de una mundana que se retira. Después le había admirado, con una admiración rayana en el amor, al apreciar su poder para los negocios, su fuerza creadora que hacía nacer nuevas industrias, el poder mágico, que esclavizaba el dinero, la inteligencia que hacía danzar los millones, sin que ninguno se saliera de línea. Ella adoraba á los fuertes, y le hubiera amado siempre, de no presentarse el otro, con algo que no podía explicar. Tal vez era el encanto de la corrupción y de la juventud, que la enardecía, haciéndola cometer locuras; pero aun así confesaba que no podía compararse aquel hombre con su viejo tan bueno y tan generoso... ¿Por qué no había de aceptar el obstáculo como lo hacían otros? Aún podían ser felices: los tres vivirían en santa calma sabiendo respetarse. Ella no olvidaba que poseía una fortuna, gracias á él: era buena muchacha y haría lo necesario para que su protector no sufriese. Pero el millonario contestaba con voz quejumbrosa, impotente ya para revolverse.—«Yo solo, yo solo.» Judith se indignaba. ¡Grosse bête, va! Lo que él pedía era imposible. Ella no podía separarse del que amaba, y tampoco quería mentir: ella tenía corazón.

El doctor interrumpió á su primo, que se complacía con doloroso deleite en detallar los recuerdos de aquella noche.

—¿Pero, y el niño? ¿Y el hijo del amor?—preguntó con cierta ironía.

Sánchez Morueta miró al médico con unos ojos que pedían piedad. Recordaba el entusiasmo con que había hablado á Aresti del pequeñín: renacían en su memoria las palabras al describir su belleza delicada: «un verdadero hijo del amor, tan hermoso que en nada se me parece.»

—No te burles, Luis, es una crueldad. Tú lo adivinaste, sin duda, cuando te hablé de él. También esta ilusión ha desaparecido. No queda nada... nada. Esa mujer no deja el menor rastro de su paso por mi vida. Se lo ha llevado todo... todo.

Y recordaba, cómo por segunda vez sintió el instinto homicida al ver la sonrisa burlona con que acogió ella el recuerdo del pequeñuelo. ¡Ah, la cruel! ¡Con qué sencillez le había arrebatado la última ilusión, diciéndole que no era hijo suyo, comparando su belleza delicada con la de aquel tunante que llenaba su pensamiento! ¡Qué tirón tan doloroso en su alma!... Esta vez, Judith, á pesar de su insolencia, había sentido miedo ante el gesto desesperado de su viejo. Pero ¡ay! aquella mujer de carácter doble é inexplicable era invencible. De sus crueldades, hacía un mérito. Manteniendo en el millonario la ilusión de la paternidad, podía seguir explotándolo. Así se lo había aconsejado su amante. Pero ella era una buena muchacha y no quería mentir cuando llegaba la hora de las explicaciones. Aun pretendía que su antiguo protector le agradeciese la cruel confesión. No: el niño no era su hijo. Y lo repetía satisfecha, como si de este modo afirmase más sus derechos sobre el hombre amado, colocando el pequeñuelo como un compromiso eterno entre ella y el amante de corazón.

Sánchez Morueta salió de aquella casa con el alma rendida por los crueles descubrimientos. ¡Ni amor, ni hijo! Sólo la convicción del fracaso; la tristeza de haber creído en una dicha que él mismo se forjaba engañándose, y un profundo desgarrón en su dignidad, el arañazo del ridículo en que había vivido durante varios años, que él creía los mejores de su existencia.

Vagó todo el día por Biarritz como un sonámbulo. Por la noche, el deseo amoroso fué más fuerte que su voluntad, y sin darse cuenta de á dónde se dirigía, se vió de pronto llamando á la puerta de Judith.

Fué en vano. Ella temía, sin duda, la repetición de otra noche como la anterior: sentía miedo, y tal vez cansancio de luchar con la pegajosidad de un amor desesperado. Nadie le respondió. Judith había huido con su amante y el pequeñuelo. Adiós, para siempre. La ilusión de varios años desaparecería sin dejar rastro.

—Más vale así—dijo el doctor.

—Sí: mejor es que haya huido.

Sánchez Morueta se avergonzaba al pensar en su cobardía de la segunda noche. Se tenía miedo á sí mismo. Adivinaba que, viendo de nuevo á Judith, hubiese pasado por todo, se habría sometido á una situación envilecedora, á cambio de conservar algo de la antigua ilusión, una sombra de felicidad á la que agarrarse.

Se hizo un largo silencio. El millonario, después de terminado el relato, se hundió en el sillón, anonadado, sin fuerzas, como si al echar fuera de sí el peso doloroso de los recuerdos, cayese sobre él, de un golpe, el cansancio de la noche anterior pasada en vela, el desfallecimiento del hambre.

—Y ahora, ¿qué piensas hacer?—preguntó Aresti.

—¿Y tú me lo preguntas?—dijo con desaliento el millonario.—¡Qué sé yo! No puedo pensar. Dímelo tú, que sabes más de la vida. Desde anoche que no tengo otro deseo que verte: me faltaba el tiempo para llegar aquí y llamarte. Tú eres lo único que me resta...

Y miraba al doctor con ojos suplicantes, mientras éste se encogía de hombros, dudando de la eficacia de sus remedios para salvar á su primo.

—Me siento mal, Luis—dijo quejumbrosamente Sánchez Morueta.—Yo me conozco. Este disgusto no quedará aquí: sentiré sus consecuencias más adelante... ¿Qué voy á hacer? ¿Qué me aconsejas? ¡Por tu vida, dímelo!

Y suplicaba con acento desesperado, tendiendo sus manos, como un ciego que no osase moverse é implorase un guía.

—¿Qué quieres que te aconseje?—dijo el médico.—Lo que yo te puedo decir, te lo diría cualquiera. ¿Piensas buscar á esa mujer?...

El millonario hizo un gesto negativo. No, ¿para qué? Aquello había terminado. No podía olvidarla; eso nunca: le dolía la decepción, pero el mismo odio con que pensaba en ella, era un signo de que no tan fácilmente iba á librarse de su recuerdo. Sufría en silencio, intentando curarse: sería un hombre y, en los momentos de desaliento, el recuerdo del ridículo en que había vivido bastaría para darle fuerza. Pero, ¡ay! ¡cómo le aterraba la soledad de aquella existencia que aún le quedaba por delante! ¡Qué miedo le causaba la monotonía de una vida sin ilusiones!

—Vaya, Pepe: no hay que ser niño—dijo el doctor con autoridad.—Ni estás solo, ni te hallas tan falto de afectos. ¿No deseas mi consejo? Pues ahí lo tienes. Vuelve los ojos á tu casa: procura unirte á tu familia. Invéntate una felicidad para tu uso, como esa que te forjaste al lado de una desconocida. Imagínate que tu mujer te adora, y aunque no sea cierto, esa mentira resultará menos dolorosa que la otra, pues no conocerás la infidelidad, ni los celos.

El millonario movió tristemente la cabeza. ¡La familia! ¡Su mujer! También esta retirada era imposible por culpa de aquella mala hembra.

Entre él y Cristina se habían agrandado las distancias; no podía esperar una reconciliación. Él, en su enardecimiento amoroso, no había negado los hechos la tarde en que su esposa le sorprendió en su despacho. Y con la falta de escrúpulos del dolor, relataba á Aresti su escena con Cristina, la frialdad con que había acogido sus caricias, y después, la explicación tempestuosa entre los dos: ella echándole en cara su infidelidad: él aceptándola con altivez, como una consecuencia de la separación moral en que vivían.

El doctor le escuchaba pensativo.

—¿Cristina fué en busca tuya?—preguntó con cierto asombro.—Pues vuelve á ella y la encontrarás. No te asustes por lo ocurrido entre vosotros. O te buscó porque en ella ha despertado un repentino afecto por tí (y permite que te diga que esto es extraordinario) ó porque alguien se lo ha mandado. De un modo ú otro, vuelve: ella te aceptará.

Sánchez Morueta le miraba con incertidumbre.

—Vuelve, hombre—continuó el doctor:—es la única solución que puedo ofrecerte. Ya sé que esto no es gran cosa para tí, con esa necesidad de amor que sientes cerca de la vejez; pero siempre será un remedio para llenar ese vacío de tu vida que tanto te asusta. Si yo estuviera dentro de tu piel encontraría otros medios para emplear mi actividad, fabricándome ilusiones. ¡Ah, si yo tuviese tus riquezas y tu poder!...

El millonario adivinaba el pensamiento de su primo, acogiéndolo con un gesto desdeñoso. ¡Dedicar su vida á los de abajo: ser una especie de santo laico que empleara su fortuna, no en limosnas infecundas, sino en emancipar moralmente á los parias del trabajo, proporcionándoles el pan de la instrucción! ¡Fundar grandes escuelas, universidades, etc., como aquellos ricachones de que hablaba el médico!... ¡Bah! ¿Y qué placer podía proporcionarle esto?... Su egoísmo profundo de hombre de presa, sin otros ideales que la vanidad y el goce de su persona, se reía del doctor. En el mundo sólo tenía importancia lo que se relacionase con él. ¡A ver cómo no reventaban todas las gentes por cuya triste situación se preocupaba su primo! Si él era infeliz con toda su fortuna, ¿por qué habían de ser dichosas semejantes garrapatas?...

Otra vez volvió á hacerse un largo silencio entre los dos. Terminaba la tarde; á lo lejos sonaba la sirena de un vapor. El buque en marcha hizo acordarse á Aresti del ingeniero que esperaba afuera, en las oficinas, más de una hora.

—Pepe... ese muchacho. Te advierto, para que no te coja de sorpresa, que viene á despedirse de tí. Se marcha de Bilbao. Hemos venido hablando de esto todo el camino. Ha tardado algunos días á decidirse, pero ahora esperaba con impaciencia tu regreso, para manifestártelo.

—¡Se va!... ¿Y por qué?...

—¡Qué sé yo! Cosas de muchachos. Creerá que ya no puede vivir aquí. Tal vez sufra como tú el mal de amores. En él no resulta extraño: es cosa de la juventud.

Sánchez Morueta no preguntó más. Adivinaba en la sonrisa del doctor algo que no quería conocer. Al mismo tiempo le causaba alegría la posibilidad de que el joven sufriera como él. Era un consuelo egoísta y feroz ver que á todos llegaba la desgracia, sin reparar en años ni en gallardías... Por esto accedió al ruego de su primo, haciendo llamar al ingeniero. ¡A ver, que pasase aquel compañero de desgracia!...

Fernando no quiso sentarse; tenía prisa por volver á los altos hornos después del tiempo perdido; deseaba cumplir sus deberes hasta el último momento.

Venía para manifestar su deseo de marcharse, de abandonar el puesto tan pronto como el jefe le designase un sucesor. Y hablaba con la vista baja, como si temiese que el millonario pudiera leerle su secreto en los ojos.

Sánchez Morueta se deleitaba apreciando el trastorno de aquella cara juvenil. ¡Oh! A este también le había mordido la mala bestia; llevaba la señal en su palidez, en la tristeza de sus ojos.

De pronto, sintió por él la fraternidad dolorosa de los penados, unidos eternamente por la misma cadena.

—¡Te vas, hijo mío!... ¿Es algún disgusto allá en la fundición?... ¿Acaso quieres ganar más?... Si es por dinero, habla.

El ingeniero contestó con gestos negativos. Ni disgusto ni ambición de dinero. Era que se había cansado de vivir allí; sentía la nostalgia de ver países nuevos: le arrastraba la movilidad de carácter de los de su tierra. Iría á Asturias ó á Cataluña; tal vez se embarcase para América; aún no se había buscado un nuevo puesto, pero acariciaba la ilusión de llevar con él á su madre á un clima que fuese mejor. Por esto sólo se marchaba.

El millonario, ante la sonrisa de Aresti y la indecisión de las palabras del joven, se convenció de que éste mentía.

Sanabre siguió hablando. No olvidaba la bondad con que le había distinguido su jefe: sentía alejarse de su lado, pero estaba resuelto á la separación y tardaría en irse lo que tardase en encargarse de los altos hornos otro ingeniero. Mientras tanto, allí estaría á sus órdenes.

—¡Te vas, hijo mío!—exclamó el millonario con repentino enternecimiento.—Ya sabes que te he querido casi como un hijo. Allí donde estés, si necesitas algo de mí, habla; si quieres volver, vuelve. No nos despidamos ahora. Iré á verte: vendrás á...

El ingeniero, levantando la cabeza con repentina vivacidad, le interrumpió. Cuando quisiera algo de él, mientras estuviese en la fundición, podía darle sus órdenes por teléfono. Ya se verían, si Sánchez Morueta visitaba los altos hornos; y si su principal no iba por allá, pasaría él por el escritorio antes de marcharse. Sánchez Morueta nada dijo ante un deseo tan claro de evitar toda visita al palacio de Las Arenas.

—Adiós, hijo mío... Hasta la vista.

Y estrechó con efusión la mano del joven.

Al quedar solos Morueta y su primo, el millonario, trastornado por tantas emociones, se dejó caer en el sillón.

—Todos se van, Luis. Ese muchacho era otro de mis afectos. Se hace el vacío alrededor de mí... Y ahora, al volver á mi hogar, la frialdad de la casa de huéspedes, la ausencia del cariño.

—No, Pepe—dijo al doctor.—Tengo la certeza de que ahora encontrarás allí lo que en otro tiempo deseaste. Tu mujer de seguro que te espera.

—¿Y tú? ¿Me abandonarás también tú?...

—Yo nunca—dijo Aresti.—Pero de poco puedo servirte. Soy un hombre, y lo que tú necesitas, no está á mi alcance el dártelo. La alegría de tu vida sólo puedes encontrarla en tu casa... Ahora... lo que yo no sé aún es á qué precio vas á pagarla.

VIII

El grande hombre estaba enfermo. Había transcurrido cerca de un mes sin que Aresti fuese á verle, pues no quería despertar con su presencia los recuerdos del millonario.

De vez en cuando, llegaban á él vagas noticias del estado de Sánchez Morueta por los contratistas de las minas. Don José no iba al escritorio; don José estaba enfermo en su palacio de Las Arenas. No era caso de gravedad: inapetencia, cansancio. Quería abarcar demasiado y los negocios minaban su salud.

—Es la crisis que él temía—pensó el médico.—Pero cuando no me llama sus razones tendrá... Debe haber cambiado mucho aquella casa.

Y seguía en Gallarta, con el propósito de no visitar á su primo hasta que éste le llamase.

Un día, en Bilbao, se encontró en el Arenal con el capitán Iriondo. El marino se extrañaba de que Aresti no hubiese visitado á su primo.

—No es que yo crea que va á morir—dijo el capitán—pero muchacho, anda muy malucho. No sé qué mala mosca le ha picado de algún tiempo á esta parte. No come, está tristón, pasa el día sentado, dejándose cuidar por su mujer y su hija como si fuese un niño. En fin, que no es ni sombra de lo que fué. Y eso que aquella casa ha cambiado mucho. Doña Cristina parece otra; nunca la he visto tan alegre.

Y describía á la esposa de su amigo hermoseada por una nueva juventud, yendo por la casa con aire altivo, como si hasta entonces no se hubiera considerado con verdadera autoridad para dirigirla; vistiendo con tanta elegancia como su hija; olvidada ya de aquellos trajes obscuros que la daban el aspecto de una beata.

Cuidaba y mimaba á su marido con gran cariño y él la seguía en sus idas y venidas por las habitaciones, con unos ojazos que revelaban la ternura del agradecimiento.

En fin, querido planeta—continuó el capitán—que parecen unos novios. No sé qué diablos habrán andado en esto, pero los dos son otros, completamente.

Aresti sonreía.

—¿Entonces—preguntó—la casa de mi primo será un nido de amor?

—Hombre, yo te diré—repuso el capitán con cierta vacilación.—Me gusta que estén así, tan amartelados, pero no me place todo lo que allí veo. Por ejemplo, tienes á todas horas metido en el hotel al fantasmón de Urquiola, que se pavonea por los salones como si ya fuese el amo. Doña Cristina no hace nada sin consultárselo. Además, ¿te acuerdas de Nicanora, el aña? Pues la han enviado á su pueblo con todo lo necesario para comprarse unos terruños y un par de vacas. Me han dicho que la echó doña Cristina, después de una escena algo fuerte... Pepita parece embobada ante Urquiola. Tal vez no le tenga gran voluntad, pero la mamá los aproxima, y ya verás como esto acaba en boda. Ese cachorro de Deusto tal vez sea mi jefe. ¡Cristo! ¡Y para esto me expuse á que me rompieran la cabeza cuando al sitio!...

—Y Pepe ¿qué dice?...

—Pepe no tiene voluntad. Habla menos que nunca, y á todo lo que ordena su mujer contesta que sí con la cabeza. Por dentro tal vez pensará otras cosas, pero no se atreve á contradecir á su Cristina, á darla un disgusto, metiendo en cintura á ese atrevidillo... Yo creo que debías ir á verle.

—¿Yo?... No me ha llamado. Además, no me tienta ese cuadro de familia: allí no hago yo falta.

—Sí, hombre, debes ir. Pepe desea verte: siempre que voy me pregunta por tí. No te llama... ¿qué sé yo por qué? Tal vez por no contrariar á su mujer. Puede que algunas veces haya tenido el llamamiento en la punta de la lengua y no se atreva... Ya sabes que el Capi es muy franco. Allí no te quieren: te tienen miedo. Hasta creo que el oficioso Urquiola ha metido en la casa á un médico de su cuerda. Pero el pobre Pepe piensa en tí. Ve á verlo y le darás un alegrón. ¡Valiente cosa te importa la mala cara que pueda hacerte tu parienta!...

Aresti pareció encabritarse oyendo esto. ¿Conque tenían á su primo en una especie de secuestro manso, para que no le viera, y llamaban á otro médico como si él hubiese muerto?... Pues allá se iba al instante. Sentía curiosidad por ver de cerca la nueva dicha del millonario. Al mismo tiempo le regocijaba pensar en el mal gesto que pondrían aquellas gentes ante su presencia inesperada. ¡Caería en Las Arenas como una bomba. ¡Je, je, je! Y riendo se despidió del capitán, para subir en el tranvía.

Cuando á media tarde entró en el hotel de Sánchez Morueta, encontró en un salón á su prima y su sobrina con el imprescindible Urquiola.

Antes de entrar, mientras le anunciaba una doncella, oyó un rumor de voces, hablando con apresuramiento, y después un ruido de pasos y de faldas en fuga.

—¡No quiero verle!—gritó una voz sofocada que el médico creyó reconocer.

Al entrar en la habitación notó algo que denunciaba aquella fuga misteriosa. El gesto con que le recibió su prima, le dió á entender lo inoportuno de su llegada.

El doctor pensó que las que habían huido para evitarse su presencia eran las de Lizamendi. Aquella voz que protestaba era, sin duda, la de su mujer.

La entrevista fué glacial, sin que la esposa del millonario hiciese el menor esfuerzo por disimular la antipatía que le inspiraba el médico. Sus ojos azules le miraban con fijeza desdeñosa. ¿A qué se presentaba allí? ¿Quién le había llamado? Doña Cristina se sentía ahora dueña absoluta del suelo que pisaba. Ella á un lado con los suyos, y el médico á otro. Era un extraño odioso: la sangre de nada valía cuando las almas se separaban para siempre.

Pero el doctor despreció esta hostilidad. Hablaba como si no se diera cuenta de la sonrisilla insolente del abogado de Deusto; del gesto asombrado y medroso con que le contemplaba su sobrina como si fuese un aparecido.

Aresti quiso ver á Morueta, y doña Cristina miró con inquietud á una puerta inmediata, como temiendo que el doctor llegase á pasarla.

—No sé si podrás verle—dijo con los labios apretados.—Está delicado: no gusta de recibir visitas.

—¡Bah! Los médicos entramos donde hay enfermos...

Y sin esperar el permiso de la señora, púsose de pie y se dirigió á la puerta que comunicaba el salón con el despacho del millonario.

Al levantarse el tapiz, Sánchez Morueta dió un grito de alegría, reconociendo á su primo.

—¡Luis! ¡Luisito!...

Y le tendió las manos sin abandonar el sillón. Aresti le abrazó. Realmente, el grande hombre no gozaba de buena salud. Había adelgazado mucho, su barba era casi blanca, los ojos los tenía hundidos, y en su rostro enjuto se marcaban los pómulos con agudas aristas, pareciendo la nariz más grande y pesada.

Estaba leyendo un pequeño libro, y pasado el primer momento de expansión se apresuró á ocultarlo en uno de sus bolsillos, como si temiese que Aresti leyera la cubierta del volumen.

Doña Cristina siguió al médico, quedando de pie cerca de los dos hombres, con ceño imponente, vigilando sus expansiones fraternales.

Aresti se hacía explicar todos los síntomas de la enfermedad. Conocía aquello: no era más que un trastorno moral que se reflejaba en el organismo. Calma y dulzura era lo que necesitaba.

—¡Un trastorno moral! Eso es—dijo la señora con voz áspera.—Siempre que hablases con tanta verdad. Pepe vivía demasiado... agitado. Por fortuna, está en buenas manos y curará. La calma y la dulzura ya sabe él cómo se adquieren.

Y á continuación, para cortar la entrevista, recordó á su marido la conveniencia de hablar poco, de no cansarse, de estar solo.

—¡Pero, si es Luis!—dijo el gigantón sin atreverse á mirar á su esposa.—¡Si con este tengo el mayor gusto en hablar! ¡Si deseaba mucho que viniese!... Ya ves, es el último que queda de mi familia. Somos como hermanos.

Y su acento humilde parecía excusarse de este cariño, pedir perdón á la esposa por un afecto superior á su voluntad. Se notaba en él la abdicación del marido que vuelve hacia su mujer con el peso de una falta y teme á cada momento que le recuerde su pasado.

Apareció Pepita en la puerta haciendo señas misteriosas á su madre y ésta la siguió fuera del despacho. Indudablemente, se marchaban las de Lizamendi, aprovechando la ausencia de Aresti y querían despedirse de las señoras.

Al quedar solos los dos hombres, el medicó se aproximo á su primo. Les dejarían solos muy poco tiempo y deseaba enterarse de la verdadera situación del millonario. ¿Cómo vivía en su casa? ¿Era feliz?...

Sánchez Morueta sólo supo hablar de su mujer.

—Es un ángel... un verdadero ángel. Debías ver cómo me cuida, de qué cariño me rodea. Conserva su geniecillo dominador; pero no es más que deseo de aislarme, de tenerme siempre cerca de sus faldas. Soy otro hombre, Luis. Esta tranquilidad no tiene precio. Estoy como el que descansa después de una marcha forzada; no me atrevo á moverme.

Pero, á pesar de su dicha, mostraba gran timidez, como si adivinase la fragilidad de aquella paz que le envolvía, y temiese romperla con el más leve movimiento.

—¿Y aquello?—preguntó misteriosamente el doctor.—¿Se olvidó ya por completo?...

El hombrón palideció como si despertase junto á un peligro é hizo un movimiento con sus manazas pretendiendo apartar en el espacio las palabras de su primo. No debía recordarle aquello: le causaba vergüenza y repugnancia.

Ya no pudieron hablar más. Entró doña Cristina, pero esta vez seguida de su hija y Urquiola. Después de despedir á las amigas, se trasladaban al despacho para sentarse en torno de Sánchez Morueta, interponiéndose entre él y el doctor, como si quisieran evitar todo contacto entre ambos primos.

Debía ser esta irrupción obra de doña Cristina, dispuesta á hacer comprender rudamente al médico su deseo de cerrarle para siempre las puertas de la casa. Aresti veía los ojos de los tres, fijos en él, como si le dijeran: «¿Qué haces aquí? Vete: tú no eres de los nuestros.»

El millonario acogía con una sonrisa la solicitud con que se aproximaban á él, y le rodeaban como si temieran que escapase. Miraba á su primo con satisfacción. ¡Cómo le querían! ¿eh? ¡Cómo sentían la necesidad de no dejarlo solo, resarciéndole de la antigua frialdad! ¡Oh, la familia!...

Hasta á Urquiola alcanzaba su gratitud. No podía permanecer indiferente con aquel muchachón que le llamaba tío á boca llena, extendiendo á él su lejano parentesco con la señora. Además le protegía en sus deseos de enfermo. Cuando doña Cristina, atendiendo las indicaciones del médico, le ocultaba los cigarros, Urquiola buscábalos, y, echando á broma la prohibición, obsequiaba al tío.

Aresti sonreía ante la solicitud de acólito respetuoso con que mimaba á Sánchez Morueta, adivinando sus antojos de enfermo; la rapidez con que le ofrecía una cerilla, apenas se apagaba entre sus débiles dedos el cigarro con que le había alegrado poco antes.

Doña Cristina miraba al joven, que parecía indeciso, no sabiendo cómo iniciar la realización de algo que había prometido. Al fijarse Urquiola en el libro que asomaba á un bolsillo del millonario, habló del mérito de la obra.

—¿Le gusta á usted, tío? ¿Verdad que es muy profunda? Pues el segundo tomo todavía es mejor.

Y antes de que el tío pudiera contestar, Urquiola se dirigió á Aresti, como si sólo por él hubiese hablado del libro. Era una de las obras más notables que se habían publicado en el siglo: las «Respuestas á las objeciones más comunes contra la religión» del Padre Segundo Franco, un jesuíta italiano, de inmenso talento. En este libro se echaban por tierra todas las mentiras de los enemigos del catolicismo; su falsa ciencia, que no es más que soberbia, sus embustes contra la Inquisición y contra todos los grandes hechos de la Fe, que se presentan como crímenes. Al que lo leía no le quedaba otro remedio que convertirse. Todo lo de la Iglesia quedaba justificado claramente en sus páginas, con esa fuerza de razonamiento que sólo poseen los Padres de la Compañía. El que aún estaba en el error era porque no conocía el libro.

—Usted debía leerlo, doctor—dijo con impertinencia el abogado de Deusto.

Aresti conocía la obra. Recordaba haber hojeado, cuando vivía en casa de las de Lizamendi, aquel solemne monumento de la estolidez, en el que se probaban los mayores absurdos con argumentos al alcance de cualquier vieja devota. El importuno consejo de Urquiola le irritó:

—Joven—dijo con gravedad desdeñosa,—hace muchos años que leo lo que mejor me parece, sin necesidad de consejero.

Sánchez Morueta bajaba la cabeza para no encontrar la mirada de su primo, como si le avergonzase el descubrimiento del libro.

Pasaron en silencio un largo rato. Doña Cristina y su sobrino seguían mirándose. Parecían dispuestos á hostilizar al doctor, á exasperarle, buscando un rompimiento para que no volviese más a la casa. La señora animaba al joven con sus ojos para que entablase una discusión con el médico.

Urquiola habló de la gran peregrinación á la Virgen de Begoña, que preparaban todas las personas decentes de Bilbao para el mes de Septiembre. Mucho había costado de organizar, pero sería una fiesta tan hermosa como la de la Coronación; un alarde de la Vizcaya religiosa y honrada que quería ser libre y volver á sus antiguos tiempos de grandeza.

Aresti se había impuesto la prudencia, adivinando las intenciones de sus enemigos; pero sentía agitarse su carácter batallador y rebelde ante el abogado, cuyas palabras le irritaban.

—¿Y qué tiempos fueron esos?—preguntó irónicamente.

Urquiola, dichoso por poder mostrar ante Pepita y su madre aquella oratoria ruidosa que tantos éxitos le había valido en los ejercicios literarios de Deusto, acometió impetuosamente. ¡Parecía imposible que un vizcaíno hiciese tal pregunta! ¿Qué tiempos habían de ser? Los del Señorío; cuando Vizcaya era independiente y estaba gobernada por los Jaunes prudentes y valerosos; cuando la mala peste del maketismo no había aún invadido la santa tierra del árbol de Guernica; cuando los vascos en Padura, en Gordexola y en Otxandino hacían morder el polvo á los españoles, del mismo modo que siglos después, en nuestra época, sus descendientes habían derrotado á los guiris y los ches de pantalones rojos que enviaba España para acabar con los últimos restos de sus libertades.

Aresti sonrió con desprecio. ¡Ya habían salido Padura y las otras dos batallas contra los castellanos! Dichoso país aquel, tan falto de historia que tenía que inventarla, dando la importancia de glorias nacionales á tres miserables combates de horda, allá en los tiempos de Mari-Castaña; tres contiendas á peñazos, golpes de cachiporra y de hacha, un poco mayores nada más que cualquier riña de romería.

—No: Vizcaya no tiene apenas historia—continuó el doctor,—y por esto posee la energía de los pueblos jóvenes. Su grandeza empieza ahora; sólo que los enemigos de lo moderno no lo ven. Su gloria es reciente y está en la ría, en el puerto, en las ruinas y las fábricas, en los buques que pasean por todos los mares la bandera de su matrícula, en el esfuerzo colosal de dos generaciones que han trastornado la naturaleza para explotarla. Los vizcaínos que en otros tiempos iban en sus barquitos á la pesca de la ballena, valen más, para mí, que todos esos héroes cabelludos y zafios que en Padura gritaban ¡sabelian, sabelian sarrtu! avisándose que debían herir con sus chuzos á los españoles en el vientre. Este es un país que no ha dado en los tiempos pasados más que obispos y marinos. Ahora despuntan los únicos hombres notables que puede producir esta raza con sus especiales condiciones. ¿Ve usted ahí á mi primo que no sueña con la gloria histórica, ni se preocupa de lo que pensarán de él en el porvenir? Pues es el verdadero héroe, el paladín moderno. Ha hecho él más por la gloria de Vizcaya con sus empresas industriales, que todos aquellos Jaunes, sucios, barbudos y llenos de costras.

Urquiola calló, desconcertado ante este elogio á su querido tío, temiendo que el millonario tomase la menor respuesta como un atentado á la gloria de su nombre. Pero doña Cristina vino en su auxilio para que la discusión no quedase ahogada.

—No te esfuerces, Fermín. Al doctor le importan poco las santas tradiciones de Vizcaya. Lo que á él le molesta es ver á todo un pueblo rendir homenaje á nuestra santa Patrona, en la que él no cree.

Aresti se encogió de hombros. No le molestaba ninguna de aquellas fiestas: eran para él espectáculos curiosos, en los que estudiaba el afán por lo extraordinario, por las protecciones ocultas que experimentan la debilidad y la ignorancia. Él daba su verdadero valor á la manifestación del próximo mes de Septiembre. Lo religioso era en ella lo de menos. La gran masa inconsciente subiría al monte Artagán, con el deseo egoísta de ganarse el agradecimiento de la Virgen: pero la dirección la llevarían los que soñaban con la independencia vasca, y los jesuítas, que insistían en sus alardes, temiendo la propaganda social de las minas y el espíritu antirreligioso de los trabajadores de la villa.

Al oír mentar á los jesuítas, Urquiola dió un respingo en su asiento. Ahora se sentía en terreno fuerte: era como si atacasen á su familia. Y miró á las dos mujeres, como invitándolas á que presenciasen el gran vapuleo que iba á dar al impío... ¿Qué tenía que decir de los jesuítas? Eran unos sacerdotes sabios, prudentes y buenos, que se sacrificaban por dirigir á las gentes hacia la virtud. Ellos, siguiendo al glorioso San Ignacio, habían contenido la infernal propaganda de Lutero, atajando la revolución religiosa, prestando á los pueblos latinos la gran merced de evitarles este contagio. Eran el brazo derecho del Papa; los que mantenían en toda su pureza el catolicismo. ¿Y sabios?... Él mismo conocía en Deusto á un Padre que hablaba cinco idiomas...

Aresti le interrumpió:

—Yo conozco empleados de hoteles que poseen más lenguas y sin embargo, el mundo ingrato no ensalza su sabiduría.

Urquiola, herido por este sarcasmo, hizo un movimiento como si fuese á caer sobre el doctor, pero se repuso inmediatamente. Él estaba allí como apóstol: quería aplastar al impío, de cuya ciencia hablaban con respeto muchos tontos. Y continuó su apología del jesuitismo, hablando de su fundación, como si fuese un punto de partida para la humanidad. Ya conocía él todas las calumnias lanzadas contra la orden. ¡Mentiras de la masonería, que temblaba de cólera y miedo ante los hijos de San Ignacio! Se hablaba de la rapacidad de los jesuítas, de su codicia, de su afán por atesorar dinero. Embustes de los impíos y de ciertas órdenes religiosas, roídas por la envidia, que no reparaban que al herir á los ignacianos socavaban el más fuerte cimiento del catolicismo. ¡A ver! ¿dónde estaban esos tesoros? ¿Quién los había visto?... Y aunque los tuvieran, ¿qué? Como decía muy bien un Padre de la Compañía en uno de sus libros, el mundo nada perdía con que fuesen ricos, pues dedicaban su dinero á la instrucción levantando Colegios y Universidades. También les echaban en cara el que sólo buscasen el trato con los ricos y los poderosos, educando únicamente á los jóvenes de nacimiento distinguido. ¿Y qué se probaba con esto?... La igualdad es un mito de los impíos; hasta en el cielo hay jerarquías y los Padres se dedicaban al cultivo de los de arriba, de los que por su nacimiento ó su fortuna estaban destinados á ser pastores de hombres, dejando la gran masa que ellos no podían evangelizar, al cuidado de los sacerdotes del clero bajo. Agarrándose al tronco estaban seguros de poseer las ramas: educando á los privilegiados en el santo temor de Dios, mantenían el espíritu religioso en las instituciones directoras, en los legisladores, los magistrados, los militares, afirmando el porvenir más sólidamente que si buscaban al populacho ignorante y tornadizo, siempre dispuesto á dejarse engañar por absurdas propagandas...

¡Ah, el populacho! ¡Con qué asco hablaba Urquiola de la masa sin voluntad que se dejaba arrastrar por falsos sabios, de pretendida ciencia! Se indignaba pensando en la ceguera de aquel rebaño, que en los conflictos de la miseria se revolvía contra los sacerdotes y especialmente contra los jesuítas. Si surgía una huelga, apedreaban los conventos de la Orden; si al ir en manifestación por la calle veían á un cura, lo silbaban y lo perseguían; en sus mitins, cuando querían insultar á uno de sus opresores, le llamaban jesuíta. ¿Qué daño podían hacer los Padres á toda aquella gente que pedía aumento de jornal ó menos horas de trabajo? No tenían minas ni fábricas, no eran dueños de empresas industriales, no explotaban al trabajador, ¿por qué, pues, iban contra ellos? ¿No era natural que dejasen en paz á los sacerdotes y se lanzaran únicamente contra los ricos? ¿A qué mezclar la religión en las cuestiones del trabajo?...

Y el abogado miraba á Aresti con superioridad, seguro de haberle aplastado con estos argumentos aprendidos en Deusto, sin reparar en que, por defender á sus maestros, atacaba á Sánchez Morueta.

El doctor sentíase irritado por el aire de triunfador que tomaba el joven ante las dos mujeres, las cuales parecían admiradas de sus palabras. Arrojó de su ánimo todo escrúpulo de prudencia, sintió el deseo de escandalizar á su devota prima, de exponer sus ideas sin consideración alguna, cerrándose para siempre las puertas de aquella casa. ¡Le querían echar, pero él se iría antes!... Y habló con una calma, con una suavidad en la voz, que contrastaba con la audacia de su pensamiento.

A él no le extrañaba que el ejército de la miseria, en sus protestas y rebeldías, se dirigiese contra los sacerdotes ignacianos, á pesar de que éstos no tomaban parte directa en las empresas industriales. Eran los directores y los educadores de los ricos. Ellos daban forma á la clase superior; la moldeaban á su gusto. Los tiros de los desesperados, no iban, pues, mal dirigidos. Parecían en el primer momento caprichosos y locos, errando á la ventura, pero en realidad herían al verdadero enemigo. Los desheredados, los infelices adivinaban con el instinto de la desesperación dónde estaba la causa de sus males. La sociedad tenía por base la moral cristiana, una moral que en tiempos remotos podía ser oportuna, pero que había fracasado al contacto de la vida moderna.

El hombre de hoy debe ocuparse de hacer su trabajo sobre la tierra, de modificar incesantemente el ambiente natural y social en que vive; y el cristiano no da importancia á una sociedad por la que pasa transitoriamente y cuyos intereses no deben preocuparle, pues su verdadera vida está más allá de la muerte. Veinte siglos lleva de experiencia la moral cristiana y ha dado de sí todo lo que tiene dentro. Su fracaso es visible por todas partes. Desconoce la justicia en la tierra, dejándola para el cielo; pasa indiferente ante el derecho de los oprimidos, queriendo consolarlos con la esperanza de que en otra vida que nadie ha visto, encontrarán satisfacción á sus dolores. Su única fórmula clara es la de la fraternidad universal; «ama á tu prójimo como á tí mismo», y sin embargo, transige con la guerra, bendice al fuerte, declara que el hombre es por naturaleza malo y corrompido, que únicamente se purifica cuando Dios le concede su gracia, y si no la tiene, si vive fuera de la comunidad santa, es el hijo del pecado, el ser diabólico al que hay que perseguir y exterminar.

Urquiola y doña Cristina se miraban escandalizados.

—¿Y la caridad?—gritó el abogado. ¿Y la sublime caridad de la moral cristiana?

—¡La caridad!—contestó el médico sonriendo con sarcasmo.—Es el medio de sostener la pobreza, de fomentarla, haciéndola eterna. Los desgraciados la odian por instinto, al recibir sus limosnas: evitan el buscarla mientras pueden, viendo en ella una institución degradante, que perpetúa su esclavitud. Ese es otro de los grandes fracasos de la moral cristiana.

Recordaba la maldición de Jesús á los ricos, su promesa de que les sería más difícil entrar en los cielos «que un camello por el agujero de una aguja». Y, sin embargo, todos los humanos, desoyendo á Jesús, reclamaban el peligro de ser ricos: todos se exponían sin miedo alguno á las llamas del infierno, por acaparar los bienes de la tierra. Los hombres, sin excepción, deseaban ejercer la caridad, tomándolo todo para sí, y no dando más que aquello que juzgaban innecesario ó que no podían guardar. La caridad no influía para nada en el progreso de los humanos: antes bien, era un obstáculo. No suprimía la esclavitud, no trocaba las formas de la propiedad, y en cambio justificaba y santificaba la división de los ricos y pobres. Los desdichados, en sus rebeliones, no se equivocaban al odiar una religión que exige al miserable que se resigne con su suerte y no reclama de los ricos más que una caridad de la que ellos son los únicos jueces, pudiendo graduarla conforme á su egoísmo. Los desesperados veían que, así como amenguaba la fe abajo, era arriba, entre los ricos, donde la religión encontraba sus defensores, á pesar de que su Dios los había maldecido.