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El Jayón: Drama en tres actos

Chapter 10: ACTO SEGUNDO
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About This Book

A three-act rural drama stages a compact episode of passion, jealousy, and communal judgment in a mountain village, where the lives of several families interlock around disputed parentage and secret loves. The action emphasizes raw emotion and moral ambiguity, presenting the landscape and natural elements as an active presence that shapes fate. Scenes shift between domestic interiors and open fields, tracing how gossip, resentment, and tenderness collide and concluding without tidy resolutions while highlighting human vulnerability and the weight of social and natural forces.

The Project Gutenberg eBook of El Jayón: Drama en tres actos

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Title: El Jayón: Drama en tres actos

Author: Concha Espina

Release date: April 1, 2013 [eBook #42456]
Most recently updated: October 23, 2024

Language: Spanish

Credits: Produced by Carlos Colon and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was
created from images of public domain material made available
by the University of Toronto Libraries
(http://link.library.utoronto.ca/booksonline/).)

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL JAYÓN: DRAMA EN TRES ACTOS ***

OBRAS

DE CONCHA ESPINA

La niña de luzmela (novela). Segunda edición.

Despertar para morir (novela). Segunda edición.

Agua de nieve (novela). Segunda edición.

La esfinge maragata (novela). Segunda edición. Obra
premiada por la Real Academia Española.

La rosa de los vientos (novela). Segunda edición.

Al amor de las estrellas (mujeres del Quijote).

Ruecas de marfil (novela). Segunda edición.

El jayón (drama en tres actos).

EL JAYÓN

EL JAYÓN

DRAMA EN TRES ACTOS

ORIGINAL DE

CONCHA ESPINA

ESTRENADO EN EL TEATRO DE ESLAVA, DE MADRID,

EL DÍA 9 DE DICIEMBRE DE 1918.

MADRID

EDITORIAL PUEYO

Calle del Arenal, 6.

1919

Esta obra es propiedad de su autora, y nadie podrá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla en España ni en los países con los cuales se hayan celebrado o se celebren tratados internacionales de propiedad literaria.

La autora se reserva el derecho de traducción.

Los comisionados y representantes de la Sociedad de Autores Españoles son los encargados exclusivamente de conceder o negar el permiso de representación y del cobro de los derechos de propiedad.

Queda hecho el depósito que marca la ley.

IMPRENTA HELÉNICA, PASAJE DE LA ALHAMBRA, 3, MADRID

AL INSIGNE DRAMATURGO
DR. MAX NORDAU

Amigo y maestro: Usted que ha tenido para esta obra, cuando apareció en novela, singulares alabanzas; que la supo alentar hacia el teatro con generosas profecías, y en público la quiso aplaudir con inolvidable favor, me permite, ahora, encender en la portada de este libro, como una lámpara gloriosa, un nombre universal: el claro nombre de usted.

Al prender su lumbre refulgente sobre el obscuro don que aquí le ofrezco, siento la mano un poco temblorosa, empañados los ojos con el vaho del alma, torpe la pluma al peso del corazón.

A usted, que tanto sabe de las humanas dolencias, de los ideales sublimes, del arte y de la vida, estas páginas, niñas aún, le llevan, a falta de otros encantos, los matices de una existencia ya saturada por los vientos del mundo. Ellas nacieron en las cumbres, en la augusta paz de los montes; bajaron a la calle en manos humildes, a merced de una revista popular; subieron a la escena, empujadas por móviles distintos, en una noche buena para mí, y hoy vienen a doblarse plácidamente, bajo el nombre luminoso de usted, esperando nuevas andanzas.

Conocen, pues, deleites de la robusta soledad; hervores de la multitud; fiebres de la exaltación; contactos de las cosas turbias y malignas que nos hacen huir. Y sobre todas las emociones, el alto gozo de este homenaje lleno de admiración para el gran artista y de gratitud para el noble amigo...

Que en la ausencia le sirvan a usted de afectuoso recuerdo español, si no como rosas de cultivado jardín, como flores agrestes de mi huerto montaraz...

Concha Espina.

Madrid, 1.º de Enero de 1919.

AUTOCRÍTICA

Publicada en «La Tribuna».

El Jayón es un drama rústico, amargo, lo mismo que la vida, fatal como un karma que se cumple.

Se desarrolla entre pasiones desnudas, entre criaturas buenas, en un medio primitivo, dentro del cual intervienen los elementos, con sus voces y su poder misterioso, como un personaje más. No está hecho a la medida de ningún actor; así los de Eslava, que lo desempeñan con patente gallardía, pregonan la condición de su talento, dócil y flexible.

No es El Jayón una obra regional, o por lo menos, es muy secundario su regionalismo; la acción puede suceder en todos los rincones del mundo donde el Amor y el Dolor vayan de la mano, como suelen ir; si yo la sitúo en mi tierra de Cantabria, es porque de ella conozco, con más entrañado sentimiento que de ninguna otra, el paisaje y las costumbres, el lenguaje culto y señoril, modelo popular de buen castellano, con todos sus ritmos y matices.

En este drama no trato de decir nada nuevo, de plantear problema alguno, ni mucho menos de resolverle. Aspiro sólo a llevar a la escena un pedazo palpitante de vida, un bloque de la cantera humana, labrado por mi corazón. Para darle forma no me preocuparon ardides técnicos y me dejé conducir por la emoción y la realidad, creyendo que este camino, si no fácil y corto, es el único que logra llegar a un alto fin.

Cuanto a la incertidumbre que pueda causarme esta primera obra teatral, confesaré que, teniendo yo del público un elevadísimo concepto y dándole siempre lo mejor de mi alma en mi arte, espero su fallo con la serenidad de quien, al ofrecer con pura intención su dádiva más noble, merece, siquiera, un poco de gratitud...

Madrid, 8 de Diciembre de 1918.

REPARTO

PERSONAJES ACTORES
Marcela (21 años )   Josefina Morer.
Irene (22 » )   Herminia Peñaranda.
Luisa (28 » )   Ana Siria.
Remedios (50 » )   Ana María Quijada.
Carmen (20 » )   Joaquina Almarche.
Flora (16 » )   Isabel Garcés.
Andrés (29 » )   Francisco Hernández.
Antonio (38 » )   Ricardo de la Vega.
Elías (30 » )   Pablo Hidalgo.
Manuel (31 » )   Andrés Tobías.
Cándido (19 » )   Juan Beringola
Serafín y Jesús. (Niños de la misma
edad que en el primer acto
aparecen en las cunas).

La escena en una aldea montaraz de Santander. Época actual.

Los trajes como los usa en el Norte la gente del pueblo, sin marcado color regional que ya no existe. En el acto segundo, casi todos los personajes llevan abarcas de madera a estilo del país. Los hombres usan boina. Se habla el castellano correctamente, con escasas alteraciones, según el texto y la realidad.

ACTO PRIMERO

Un portal rústico, sostenido por vigas, abierto al campo en casa de ANDRÉS, sobre un paisaje agreste que descubre la alta sierra y el hondo río. El techado ocupa la escena por el lado derecho, de través. Al fondo corre la empalizada de un huerto con portilla, y a la izquierda, en terreno que lo mismo puede ser campo que corralada y que linda con el camino vecinal, hay un pozo con brocal alto, torno y cadena. A un extremo del portal dos escanillas—las cunas pobres de la Montaña—donde duermen los niños. Un banco, algunas sillas de madera, una cesta de costura y los útiles de un pequeño taller de abarcas, dan la impresión de que allí se vive al aire libre la mayor parte del tiempo. Varias puertas comunican con el interior del hogar. Es verano. La tarde empieza a caer.

ESCENA PRIMERA

MARCELA y ANDRÉS

Al levantarse el telón aparecen MARCELA cosiendo cerca de las cunas y ANDRÉS labrando unas abarcas en medio del portal.

MARCELA

(Suspirando.) No acabas de estar alegre, no... Ni sabes disimular que tienes siempre una pena. ¡Dime al menos cuál es!

ANDRÉS

Aprensiones tuyas. Te he repetido muchas veces que soy feliz, que no hay hombre en el pueblo con más suerte que yo: tengo lucios ganados, buenas cosechas, una mujer como tú...

MARCELA

(Interrumpiéndole.) Y un hijo que merece su nombre.

ANDRÉS

También...

MARCELA

Serafín está cada día más hermoso.

ANDRÉS

Se asemeja a ti.

MARCELA

(Con prontitud.) No; a mí no.

ANDRÉS

(Sonriendo.) Pues entonces ¿a quién?

MARCELA

(Algo brusca.) A ti, será...

ANDRÉS

(Reflexivo.) Es robusto como nosotros dos, y junto a ese pobre Jesús, parece talmente un serafín.

MARCELA

(Quejosa.) ¿Te pesa?

ANDRÉS

¡Mujer, qué cosas se te ocurren!

MARCELA

¡Es que lo dices con una lástima!... Tú quieres más al jayón.

ANDRÉS

¡Marcela!

MARCELA

(Ansiosa y dolida.) No me lo niegues, Andrés... Si ya todo el pueblo sabe de quién es el niño; si está corrupto por los alrededores...

ANDRÉS

(Impaciente.) Habíamos quedado en no hablar más de eso.

MARCELA

(Decidida, con voz sorda.) ¡Es tuyo y de Irene!

ANDRÉS

(Se levanta bruscamente y ruedan algunos instrumentos del taller.) ¡Te prohibo que vuelvas a nombrar a esa infeliz!

MARCELA

(Sollozando.) ¡Ay, Andrés!... ¡La quieres, la quieres!... Ahora lo comprendo mejor que nunca... El hijo «es vuestro»... ¡La quieres! Todo lo que se decía era verdad.

ANDRÉS

(Desarmado y pesaroso.) ¿Qué se dijo? Vamos a ver.

MARCELA

Lo que yo misma vi.

ANDRÉS

Pero ¿qué viste?

MARCELA

A ella la tuvo su madre escondida algún tiempo; contó que la muchacha estaba en la ciudad, pero se murmuraron otras cosas... Y cuando nuestro nene cumplía un mes... ¿te acuerdas?

ANDRÉS

Sí; una noche te desperté para decirte:—Escucha; parece que a la puerta balita un corderín... Contestaste:—Es un niño que llora; abre: es un jayón... ¡Habías acertado! Te le llevé a la cama y le diste cobijo...

MARCELA

No le había de dejar morir de frío y de hambre, como una hereje; pero al ser de día quise llevarle a la inclusa y te opusiste.

ANDRÉS

(Confuso.) Después de haberle recogido...

MARCELA

La caridad de una hora no nos obligaba para toda la vida. Como no atendías mis razones, empecé a sospechar.

ANDRÉS

¡Y los chismes de los vecinos!...

MARCELA

No, Andrés, no; que sin ver a nadie aquella mañana, porque llamé bribona a la madre del niño abandonado, te pusiste furioso... (Indignada y celosa.) ¡Saliste a defenderla!

ANDRÉS

Y ahora también. Aunque una moza tenga un desliz y pretenda ocultarle, no me parece justo insultarla.

MARCELA

La verdad no es un insulto. La madre que abandona su criatura es...

ANDRÉS

(Interrumpiéndola exaltado.) ¡No lo digas!

MARCELA

¡Ay, Andrés!...

ANDRÉS

(Conmovido.) Si le pone a la puerta de una mujer tan buena como tú, no es más que una desgraciada.

MARCELA

¡La sigues defendiendo!

ANDRÉS

A una sola como tú dices, no. A todas las que sufran el mismo penar.

MARCELA

¡Dios mío!... ¡Cómo te descubres! Ya quedo bien segura de que aquella noche estabas despierto aguardando al jayón.

ANDRÉS

(Volviendo a impacientarse.) ¡Otra vez!...

MARCELA

Querías recogerle antes de que el frío le dañara... Te dolía su llanto como si te clavasen un puñal... Sí, sí; es carne tuya y de esa...

ANDRÉS

(Violento.) ¡No la nombres!

MARCELA

(Entre lágrimas.) ¡Qué desdichada soy!

ANDRÉS

(Compadecido y acercándose a ella.) Porque te empeñas tú. Te dejas llevar por cuentos de comadres como si no valieras más que todas ellas juntas... (Acariciándole el pelo y separándole las manos con que se cubre la cara.) ¡Vamos, no llores!... ¿Qué motivos tienes para sospechar de mí?... Di la verdad.

MARCELA

(Con deseos de que la consuelen.) Sí que los tengo. Fuiste novio suyo; os ibais a casar cuando fuiste a mi pueblo y me conociste a mí... ella dicen que... te quiere todavía...

ANDRÉS

(Incrédulo.) Dicen... dicen...

MARCELA

No se le ha conocido otro rondador...

ANDRÉS

Y eso, ¿qué?

MARCELA

(Vacilando.) El niño se parece a ti.

ANDRÉS

(Irónico.) ¿En lo derecho?

MARCELA

(Con amargura.) ¡No te burles!

ANDRÉS

¡Pero si una pizca de crío a los ocho meses no se parece a nadie!

MARCELA

(Con cierto despecho.) ¿No decías antes que Serafín?...

ANDRÉS

Le comparo contigo porque es fuerte y galán, mientras que el otro pobre, contrahecho y enfermizo...

MARCELA

(En desconsolada actitud.) Sí; ¡es una compasión!...

ANDRÉS

(La mira en silencio. Coloca junto a ella el taburete donde antes trabajaba y se sienta muy pensativo. Sale al cabo de su meditación.) ¡Qué buena eres!... ¡Cuando cavilo que te hago llorar, alguna vez, como ahora, por ser yo torpe y brusco!

MARCELA

(Conmovida.) Calla, calla...

ANDRÉS

(Buscándole las manos y los ojos.) ¡Perdóname, Marcela!... No hay en el mundo otra criatura tan santa y generosa como tú... Creíste que ese niño era mío; desconfiaste de mí... y le diste la sangre y el calor; le aselaste en tu pecho como a un pajaruco sin nidal...

MARCELA

(Muy turbada.) ¡Calla, por Dios, Andrés!

ANDRÉS

(Vehemente.) Por lo que haces, a la vera de lo que dudas, ¡bendita seas!

MARCELA

(Bajo inexplicable confusión.) ¡No me hables así!

ANDRÉS

Más mereces tú, y yo soy hombre de poca labia... Hoy tengo que decirte para toda la vida: es cierto que quise a esa mujer... pero te quise a ti más y la dejé por ti. Nada tengo que ver con ella. Si la encuentro me voy por otro camino. No la hablo nunca; no la miro jamás... ¿Qué otra cosa me pides?

MARCELA

(Siempre atribulada.) ¡Ay, ni yo misma lo sé!

ANDRÉS

Y en lo tocante al nene, no me puedes decir que te obligo a guardarle, porque le tienes tanta ley como yo... Le estás criando como a tu propio hijo; pusiste juntas las escanillas en tu alcoba; los confundes a los dos en un mismo desvelo y tanta lástima sientes por Jesús...

MARCELA

(Ansiosa.) ¿Qué?

ANDRÉS

Como si le hubieras echado al mundo.

MARCELA

(Bajando los ojos muy confusa.) ¡Pobre chiquitín!

ANDRÉS

Si te afligen sus cuitas, ¿por qué te pasma que le compadezca yo?

MARCELA

¡Me haces unas preguntas!...

ANDRÉS

(Triunfante.) ¿Quieres que le llevemos al hospicio?

MARCELA

(Con pánico.) ¡Qué atrocidad!

ANDRÉS

(Muy cariñoso.) ¿Qué puedo hacer para verte contenta?

MARCELA

Estarlo tú.

ANDRÉS

¡Si lo estoy!

MARCELA

No; eso no, Andrés... Llevas siempre una arruga aquí (Tocándole en la frente.), un tajo que se te hunde hasta el mismo corazón...

ANDRÉS

(Bromista.) ¡Pues no has dicho tú poco!

MARCELA

Digo la verdad... Y en la mirada una pesadumbre que no la sabes esconder.

ANDRÉS

Tienes, tienes explique... (Se levanta y va recogiendo las herramientas caídas.)

MARCELA

No he ido a la escuela tanto como tú, no entiendo de finuras ni de sabidurías; pero en las cosas del sentir...

ANDRÉS

Para eso no hace falta aprender... (Quedan un momento silenciosos.)

MARCELA

(Mirando hacia el camino.) Ahí vienen Carmen y Flora.

ANDRÉS

Y Cándido detrás. (Acabó de ordenar el taller y se dirige al pozo para llenar una regadera grande que habrá junto al brocal.)

ESCENA II

Dichos, CARMEN, FLORA y CÁNDIDO

CARMEN y FLORA llevan, debajo del brazo y en la mano, botijos de barro al uso del país. CÁNDIDO, en mangas de camisa, con el dalle al hombro y la colodra en la cintura, llega detrás de las mozas.

CARMEN y FLORA

Buenas tardes. (Posan los botijos en la piedra que con ese objeto hay cerca del pozo.)

MARCELA

Muy buenas.

ANDRÉS

Hola, muchachas.

CÁNDIDO

(Sin acercarse del todo.) A la paz de Dios.

ANDRÉS

(Alusivo.) ¡Hombre, qué milagro tú por aquí!

CARMEN

(Con malicia.) Un milagro patente... ¡Como que él y Flora no se encuentran nunca!

FLORA

No mucho.

MARCELA

(A CÁNDIDO.) Llégate, Cándido. (Está recogiendo la costura y las muchachas se le acercan.)

CARMEN

(Adelantándose hacia las cunas.) Yo voy a ver los crios. (Observando a uno y a otro.) ¡Si están despiertos! (Las tres mujeres se reúnen junto a los niños hablando en voz baja.)

ANDRÉS

(A CÁNDIDO.) Vamos, no te quedes ahí como un hito. (Con la regadera llena hace ademán de dirigirse al huerto.)

CÁNDIDO

(Aproximándose.) Pues, yo venía al tanto de la siega: que si voy para ti mañana al prao de la Coteruca.

ANDRÉS

Sí, hombre, cuento contigo.

CÁNDIDO

Se estima.

FLORA

(Que atiende a lo que hablan los dos hombres se acerca a ellos.) Y nosotras, Andrés, ¿iremos por la tarde a eslombillar? (Se pone a sacar agua.)

ANDRÉS

Si «tiran» el prao por la mañana podéis ir.

CÁNDIDO

Escajudo es; pero... ¡madrugando bien d'ello!...

ANDRÉS

A todos los segadores de la cuadrilla os cunde la labor... y si con el alba salís...

CÁNDIDO

(Dándose importancia.) Se saldrá. (Andrés entra en el huerto.)

CÁNDIDO

(A FLORA indeciso.) Conque, ¿os aguardo ahí alante?

FLORA

Bueno...

CÁNDIDO

(A las otras mujeres.) Vaya, condiós.

MARCELA y CARMEN

Adiós. (FLORA sigue sacando agua y llenando los botijos.)

MARCELA

(A CARMEN. Hablando de los niños.) Tienen buena pasta, que si no me darían mucha guerra... El uno porque está sano y rollizo llora poco... el otro apenas tiene resuello para llorar.

CARMEN

En santas manos cayó el inocente... ¡Mira que ser un infeliz jayón y salir jiboso además!

MARCELA

(Suspirante.) ¡Pobre criatura!

CARMEN

¡No tan pobre que dió contigo!

FLORA

(Termina su labor y se acerca a las otras mujeres secándose las manos con el delantal.) Sí, Marcela, no es por alabarte, pero lo que estás haciendo con ese chiquillo es como para ponerlo en los libros de misa.

MARCELA

(Azorada.) ¡Por Dios!

CARMEN

(Ponderativa.) ¡Ahí es nada...! Recoger al hijo de otra mujer que le abandona a la santimperie, y criarle como si fuera de las propias entrañas, y quererle más, según se le ve endeble y cativo, hecho un pingajo... ¡ahí es nada!

FLORA

(Con calor a MARCELA.) ¡Eso no lo hace nadie más que tú!...

MARCELA

¡Si lo contáis así!... No hay que aumentar... Le hemos tomado ley y en vez de un hijo tenemos dos...

CARMEN

(Intencionada.) Ya, ya... ¡dos hijos!... razón llevas.

FLORA

(En el mismo tono.) Para disimular y sufrir eres la única.

MARCELA

(Pesarosa.) ¡Ay, no me habléis de ello! (ANDRÉS vuelve con la regadera vacía a buscar más agua.)

FLORA

¿Vamos, Carmen?

CARMEN

Sí, vamos. (Se dirigen a coger los botijos.)

ANDRÉS

(A FLORA.) Ahí te esperan, muchacha.

FLORA

Deja que esperen.

CARMEN

Hay algunos que no tienen otro oficio.

FLORA

(Sentida.) ¡Vaya, mujer!

FLORA y CARMEN

(Despidiéndose.) Hasta luego.

MARCELA y ANDRÉS

Adiós.

ESCENA III

MARCELA y ANDRÉS

MARCELA

(Sale del portal hacia su marido que se dirige al pozo.) Oye, Andrés, ¿no estás disgustado conmigo?

ANDRÉS

(Complaciente y triste.) No, Marcela, no.

MARCELA

(Afanosa.) ¿Me quieres mucho?

ANDRÉS

¡Haga Dios que algún día te lo pueda probar! (Vacila un momento, luego habla como si tomase una determinación.) Y, dime, si se puede saber: ¿por qué hoy, así tan de súpito, saliste con esa cuestión que al cabo de los meses no habíamos mentado... ni falta que le hacía?

MARCELA

Porque ahora «ella»... (Con timidez.) bien sabes quién te digo, desde que volvió al pueblo al fallecer su madre, se acerca mucho por aquí. No se conforma con mirarnos desde su ventana, la que da al camino por el lado de allá (Señalando detrás de la casa.) enfrente de la mía, sino que ronda estos brañales... y me hacen temblar sus ojos que relucen como dos luciérnagas, tan hondos, tan tristes...

ANDRÉS

(Inquieto.) ¿Y qué más?

MARCELA

Pasa por ahí (Indicando los alrededores.) como una sombra, casi siempre al oscurecer, sin decir ni «buenas tardes».

ANDRÉS

¡Si no sois amigas!

MARCELA

Algo lo fuimos. Cuando me trajiste a la aldea, de recién casada, me amigué con todas las mozas, pero «ella» siempre huída, como una res que la persiguen, no se dejó tratar. Al cabo del tiempo desaparecióse y... no la he vuelto a ver hasta el otro día...

ANDRÉS

(Tratando de parecer indiferente.) ¿Qué pasó?

MARCELA

Dejé a los nenes solos un instante para coger un poco de hierbabuena, y al volver del huerto la encontré aquí, entre las dos cunas, muy descolorida, muy asombrada. Di un grito, creyendo que era una aparición. Ella dió otro, como si la despertasen de un sueño... Quedóse muy cobarde y dijo:—Pasaba por aquí... y entré a mirar los niños. (ANDRÉS oye el relato muy absorto, con la cabeza baja.) Conque, yo, fuí y le dije: «Mira lo que quieras.» Y me metí adentro; pero volví en seguida, temerosa no sé de qué.

ANDRÉS

(Con voz sorda.) ¿Y ella?

MARCELA

Se había marchado lo mismo que un fantasma... Desde entonces me cela como si quisiera hablarme. Y yo tengo mucho miedo a sus ojos verdes igual que el río del ansar; a su cara sin colores; a su voz llena de agruras...

ANDRÉS

¿Sólo por eso te acuerdas hoy de tus sospechas, y sufres, y me haces sufrir? (Hace un movimiento para volver a su tarea.)

MARCELA

(Siguiéndole.) Es que te encuentro más preocupado que nunca, más pesaroso... Según «ella» quiere acercarse a mí, parece que te me alejas tú... y pierdo la razón.

ANDRÉS

Pues no receles nada que te nuble; no llames a las penas ni hagas caso de sombras y fantasmas.

MARCELA

(Con deseos de retenerle.) ¿Adónde vas?

ANDRÉS

A seguir regando el plantío que hice ayer.

MARCELA

(Insinuante.) ¿Y voy a verte un poco más gozoso?

ANDRÉS

(Condescendiente.) ¡Pero, hija mía!

MARCELA

¡Casi nunca te ríes ni te alegras!

ANDRÉS

Se me habrá pegado a la cara la neblina del monte, la tristeza del país... ¡Yo no lo puedo remediar!

MARCELA

No siempre está nublado... ¡mira, mira qué sol!

ANDRÉS

(Melancólico.) ¡Sí; ya traspone!

MARCELA

(Apoyada en el hombro de su marido, contemplando con él el horizonte crepuscular.) Mira cómo se hunde en la mies.

ANDRÉS

Parece un ascua.

MARCELA

Parece, talmente, la hostia cuando relumbra en el viril...

ESCENA IV

Dichos y REMEDIOS, luego LUISA.

ANDRÉS vuelve a llenar su regadera.

REMEDIOS

(Viene por el camino, llamando.) ¡Flora... Flora!

MARCELA

(Volviéndose al portal.) Fuése con Carmen, tía Remedios.

REMEDIOS

¡Si en juntándose las dos es el acabóse!... Pues a casa no ha llegado.

ANDRÉS

(A REMEDIOS.) Déjela que se esparza, mujer.

REMEDIOS

No; que las mozas están muy bien arrecogidas. (ANDRÉS vuelve a entrar en el huerto.) ¡Ay Marcela, con el aquel de que tu agua es la mejor no te dejamos vivir!

MARCELA

Al contrario, me gusta ver aquí a la mocedad.

REMEDIOS

(Acercándose misteriosa.) Sí, hijuca, sí; más te valen esas visitas que no otras.

MARCELA

(Con inquietud.) ¿Cuáles dice usted?

REMEDIOS

(Mirando hacia el camino y en voz baja.) Por estos andurriales pena Irene igual que un ánima.

MARCELA

(Disimulando su zozobra.) ¡Como vive ahí detrás!

REMEDIOS

Pero ronda por aquí delante.

MARCELA

¿Ahora mismo?

REMEDIOS

Veníame a la zaga y se me oscureció no sé por dónde... Paéz que pisa en el aire: no le suenan los pasos ni siquiera el respiro: ¡Jesús qué mujer! (Curiosa y confidencial.) ¿Sabías que estuvo para casarse con el tu marido?

MARCELA

(Algo brusca.) Sí, señora: y a pesar de saberlo... quise a Andrés...

REMEDIOS

Por ti la dejó.

MARCELA

Y por su gusto.

REMEDIOS

(Cada vez más insinuante.) ¡Ay, los primeros amores, dicen que suelen retoñar!

MARCELA

(Dolida y orgullosa.) ¡Qué le vamos a hacer!

LUISA

(Desde el camino, llamando.) ¡Marcela!

MARCELA

(Asomándose fuera del portal.) Pasa, Luisa.

LUISA

(Entrando.) Buenas tardes, tía Remedios.

REMEDIOS

Buenas te las dé Dios y quedaros con Él, que yo me marcho; no venía más que a buscar a la muchacha.

LUISA

(A REMEDIOS.) Ahí la encontré con el serroján ¡mucho platican!...

REMEDIOS

¡Bah, cosas del mocerío!... ¿Quién hace caso d'ello?

MARCELA

(Que aparece muy preocupada.) Es verdad.

REMEDIOS

Conque adiós. (Sale despacio.)

LUISA

Adiós.

MARCELA

Que le vaya bien.

LUISA

Quería que me prestases el mandil de color de rosa para hacer uno igual.

MARCELA

Sí, mujer.

LUISA

(Reparando en la preocupación de MARCELA que se ha sentado en una silla de través y apoya los brazos en el respaldo.) Pero, oye, ¿qué te pasa?

MARCELA

(Suspirante.) Lo de siempre.

LUISA

¿Está peor Jesusín?

MARCELA

Lo mismo sigue.

LUISA

Tan ruinuco ¿verdad?... Para el primer ahijado que tuve me lucí.

MARCELA

Lleva nombre de mártir.

LUISA

¡Vaya, y de rey!

MARCELA

¡Si su mal tuviera remedio!

LUISA

Claro que no le tiene: nunca habrás visto un jiboso... que se le quite la jiba...

MARCELA

Ya lo sé: no me lo asegures.

LUISA

(Algo extrañada.) ¡Cuidado Marcela que te duele el jayón!

MARCELA

(Se levanta suspirando.) Hay que tener caridad.

LUISA

Harto hiciste por él: bien puedes decir que te debe la vida.

MARCELA

¡Una vida que vale tan poco!

LUISA

¿Y qué culpa tienes tú?

MARCELA

¡Que va a ser un tormento!

LUISA

¡Dale! ¡Si lo tomas así! ¡Mira que tienes una cara de angustia!

MARCELA

(Queriendo justificarse.) No es por eso, mujer.

LUISA

¿Pues qué, sigue el tu hombre con la melancolía?

MARCELA

Y otra cosa además.

LUISA

Chismes y cuentos, de seguro. Desde que Irene volvió al pueblo te están mortificando entre unos y otros.

MARCELA

Si es ella misma que...

LUISA

¿Ella?

MARCELA

Sí; me ronda la casa, me persigue...

LUISA

(Incrédula.) Tú ves visiones.

MARCELA

No; que la tía Remedios la sorprendió ahora poco, ahí cerca...

LUISA

Pero el camino es de todo el mundo. Irene es vecina tuya.

MARCELA

Ya te dije que la encontré la otra tarde entre las escanillas.

LUISA

No importa... Sentiría un poco de curiosidad... Debes ponerte en su caso...

MARCELA

(Muy alterada.) Le tengo miedo.

LUISA

¿Miedo?

MARCELA

Sí.

LUISA

¿Piensas que va robarte el hijo?

MARCELA

¡Qué sé yo!

LUISA

¡Vamos, no estás en tus cabales!... Ya ves tú, a mí esa moza me da mucha lástima: tiene cara de hambre; está muy pobre, sola en el mundo, sin un consuelo, sin un arrimo... ¡y tan cerca de la dicha tuya!... ¡Su madre dicen que se murió de pena al ver a la hija deshonrada!

MARCELA

(Muy conmovida.) ¡No me lo mientes, no!

LUISA

A ti ya, ¿qué daño te puede hacer?

MARCELA

¡Bastante me hizo!... Estoy segura de que Andrés no la olvida, de que la quiere más que a mí; de que está prendado de ella como nunca; ¡para siempre!: ¡los primeros amores suelen retoñar!

LUISA

(Maliciosa.) ¡Juraría que eso te lo acaban de decir!

MARCELA

¡Puede ser!... Pero el amor que a mí me tuvo fué un capricho y ya se le pasó.

LUISA

¿Y en qué lo conoces?

MARCELA

(Obstinada.) En todo: debiendo ser feliz, está siempre sombrío, amargurado; si la nombran se altera, si la ve se aturde... ¡Esas son malas señales!

LUISA

¡No seas aprensiva! Si es verdad que Andrés volvió a buscarla fué sólo por compasión, sin dejar de quererte... ¡Así acabó de perderla!

MARCELA

¡Por eso la compadece más!

LUISA

Ahora, considerando lo que estás haciendo por esa criatura (Indicando al niño.) te venera lo mismo que a una imagen.

MARCELA

(Muy huraña.) No basta que me venere... si se acuerda de la otra... Además... yo no merezco esa veneración.

LUISA

(Con asombro.) ¿Qué dices?

MARCELA

(Evadiéndose.) Nada, nada... Te estoy entreteniendo... Iré a buscarte el delantal. (Entra en la casa.)

LUISA

(Suspirante.) Pues, señor, esta moza se consume: ¡tan guapa, tan buena!... Y la otra lo mismo... Todo por un hombre; ¡no tenemos remedio las mujeres!... Voy a ver a este crío infeliz. (Se acerca a la cuna de Jesús.) ¡Ay, qué ojos luce más implorantes!

MARCELA

(Saliendo con el delantal en la mano.) Estará despierto ¿verdad? Se pasa horas enteras con los ojos abiertos, sin moverse, sin quejarse: parece que escucha, que discurre y cavila... (Entrega la prenda a LUISA.) Toma.

LUISA

Tú sí que cavilas, mujer.

MARCELA

(Bajo su preocupación.) El otro se despierta y se vuelve a dormir...

LUISA

Me voy. Ya es tarde y Antonio me estará esperando para cenar. (Va anocheciendo.)

MARCELA

Yo voy a recoger las cunas y a cerrar las puertas: hace frío.

LUISA

(Asombrada.) ¿Frío?

MARCELA

(Estremecida.) Sí; en cuanto se va el sol, siento un aire helado que no sé si baja del monte o sube del valle...

LUISA

Nada, hija, que estás perdiendo la salud.

MARCELA

(Sombría.) ¡Puede ser!

LUISA

Vaya, que no te mortifiques; que mires algo por ti, y hasta mañana. (Sale LUISA.)

MARCELA

Vete con Dios...

ESCENA V

Se acentúa en el campo la sombra del crepúsculo.

MARCELA; luego IRENE y ANDRÉS.

MARCELA

(En actitud de profunda desolación.) Sí; tengo frío, tengo miedo; ¡tengo una pesadumbre y unas ansias!...

IRENE

(Llega despacio, con mucha timidez, vestida pobremente de negro y habla con la voz contenida y cobarde.) ¡Marcela!

MARCELA

(Con un grito de espanto.) ¡Ah!... ¿Qué?

IRENE

¿Te causo miedo?

MARCELA

¡Venías tan callando!... (Dominándose entre brusca y medrosa.) ¿Qué quieres?

IRENE

No tengo trabajo ni qué comer... Sé que mañana segáis el alto de la Coteruca, y venía a pedirte un jornal.

MARCELA

(Sin mirarla.) Se lo diré... a mi marido, y ya te avisaré...

IRENE

(Que no ha entrado en el portal.) Dios te lo pague... con razón dicen que eres tan generosa... (Vacilando.) ¿Me dejas... dar un beso a los niños?

MARCELA

(Se yergue muy altiva, con un ímpetu bárbaro de crueldad, y apunta hacia la cuna de Jesús, quedándose de pie junto a la de Serafín, con orgulloso gesto.) Sí; entra, entra; mira; acércate más: ese desgraciado que no duerme ni llora... ¡ese es el jayón!... (IRENE se acerca a la cuna señalada, y arrodillándose reverente, se inclina con suprema ternura a besar al niño. En la puerta del huerto aparece ANDRÉS que observa a las dos madres.)

TELÓN.

ACTO SEGUNDO

La misma decoración. Han pasado nueve años, nieva y es media tarde en el mes de febrero.

ESCENA PRIMERA

MARCELA, después LUISA

MARCELA

(Con un chal obscuro atado a la cintura, se asoma al borde del portal en atisbo impaciente de la borrasca, muy afligida.) ¡Virgen Santa!... Arrecia el temporal y Andrés no vuelve con los niños... ¡Buena locura haberlos dejado ir!... ¿Qué será de ellos, Señor?

LUISA

(Envuelta en un mantón, con abarcas, llega muy arrebujada, llamando desde el camino.) ¡Marcela!... ¿Dónde estás?

MARCELA

Aquí, ¿dónde quieres que esté? Clavada en esta linde, esperando que pase la cellisca, pidiéndole a Dios que «aquellos» vuelvan sin mal ninguno.

LUISA

(Desembarazándose un poco del chal.) Ya sabía yo que estarías así, con el alma en un hilo, hecha una calamidad... Por eso vine.

MARCELA

(Agradecida.) Hiciste bien.

LUISA

(Mirándola con aire de reproche.) No; si tú no vas a llegar a vieja: ¡lo digo yo!

MARCELA

(Pesimista.) ¡Poco me falta!

LUISA

(Con indignación.) Pues, hija, ¡te luciste! Vieja tú, a los treinta años, con una salud como un roble; con esa cara; con ese pelo... ¿qué diremos, entonces, las demás?

MARCELA

¡Ay Luisa, he sufrido tanto!...

LUISA

(Animosa.) Para todo da el tiempo.

MARCELA

¡Y lo que me espera!

LUISA

Mira, si te pones de pésame me vuelvo a mi casa.

MARCELA

(Sentándose y poniéndole otra silla.) ¡Si supieras lo que estoy padeciendo!

LUISA

(Sentándose.) Pero criatura, atiéndete a razones: Andrés salió con los muchachos ayer a media tarde.

MARCELA

Sí; estaba el día nublado y sereno.

LUISA

¡Ya lo sé!... Pensaban dar la vuelta hoy, tal como a estas horas.

MARCELA

Eso mismo.

LUISA

Y como nieva, y como en el invernal están asubio, con torta caliente y leche abundante... ¡pues no vuelven hasta que mejore el tiempo!

MARCELA

(Sin persuadirse.) Es que Jesús está cada día peor... Yo creo que tiene calentura: no come, no duerme... y tiemblo por él.

LUISA

¿No decís que el monte le prueba, y que el médico le manda subir?

MARCELA

Por eso subió; porque arriba duerme y come algo más, y Andrés le lleva a menudo.

LUISA

(Convencida.) Pues habrá dormido y habrá cenado anoche.

MARCELA

¡Pero el frío le hace mucho daño!

LUISA

Tendrán buena lumbre. Además ha calentado un poco la tarde. Mira: ya me sobra el mantón. (Echándole para atrás sobre la silla.) Todo eso que ves (Señalando hacia fuera) no va a durar ni veinticuatro horas. Va a saltar el ábrego y a barrer la nevada en un periquete.

MARCELA

(Que permanece ensimismada.) ¡Ay, tú me animas!

LUISA

A eso he venido.

MARCELA

Pero no sabes...

LUISA

¿Qué es ello, di?: vamos a ver.

MARCELA

(Con voz sorda.) No... no.

LUISA

Bueno: pues no lo dices y en paz.

MARCELA

(Pasándose las manos por la frente.) ¡Dios mío! (Para esconder su pensamiento se levanta y vuelve a escrudiñar los horizontes.) Cunde la nieve; se rasan las veredas... todas las lejuras parecen una sola mortaja... (LUISA se asoma también a mirar.) Oye, oye los frémitos del aire, los clamores del agua en el fondo de la hoz...

LUISA

(Le interrumpe.) Sí, Marcela, sí; ya veo, ya oigo... Cuando hay un temporal aquí, en el mes de febrero, suele suceder que cae la nieve; que la tierra parece mismamente una difunta; que el viento muge igual que un toro; que el río se pone ronco de dar voces...

MARCELA

Tú lo dices así porque no tienes un hijo en medio de la borrasca.

LUISA

¡Mujer, ni tú tampoco! El tu muchacho, valiente y robusto, que salta y brinca lo mismo que un rebeco, está con su padre en la cabaña; no en medio de la sierra...

MARCELA

(Confusa.) Pero Andrés se verá muy mal con el otro, enfermo...

LUISA

El otro... el otro...