ESCENA II
Dichas y REMEDIOS
REMEDIOS aparece en el camino con la falda por la cabeza, descubriendo un refajo rojo. Lleva abarcas y una toquilla cruzada a la cintura.
REMEDIOS
¡Eh, Marcela, aquí estoy yo!
MARCELA
(Asomándose a encontrarla.) Pase, pase, tía Remedios.
LUISA
Venga con Dios.
REMEDIOS
(Dejando caer el vestido.) ¡Ah, tienes buena compaña! Pues, hijuca, lleguéme acá pensando que estarías sola.
MARCELA
Se lo agradezco. (Acerca otra silla para REMEDIOS y las tres se sientan.)
REMEDIOS
Y a saber si habían venido los del invernal. (Saca de una gran faltriquera una media empezada y unos espejuelos que se pone y comienza a tejer.)
MARCELA
¡No fuera malo!
LUISA
Ya le digo yo, que vendrán así que escampe.
REMEDIOS
¡Eso es!... Y en el ínterin, no te apures, que buena cabaña tienen.
MARCELA
(Sin tranquilizarse.) ¿Y si les ha cogido fuera la nevisca, ya en el retorno, es un suponer?
LUISA
(Impaciente.) ¿Y si llega el día del juicio final?
MARCELA
¡Ay, Dios mío!
REMEDIOS
(Sacando de la faltriquera un mazo de algodón.) Miray, y si no hacéis nada, devanarme esta madeja.
LUISA
(Cogiendo el mazo y desdoblándole.) Venga; no nos ha de sobrar mucha luz, por eso no traje labor.
MARCELA
Yo no puedo hacer nada: me sería imposible.
LUISA
(Alargándole la madeja para que le ayude.) ¿Ni tener aquí?
MARCELA
¡Ni eso!
LUISA
¡Válgame el Señor! (Se levanta, cuelga la madeja en el respaldo de la silla y se pone a devanar.)
REMEDIOS
(A LUISA.) Bien considero lo que padece esta infeliz, que el que tiene un hijo solo, está siempre si le ve o no le ve.
LUISA
Yo, ¡como no tengo ninguno!
REMEDIOS
¡Y no estarás conforme!
LUISA
¡Qué remedio me queda!
MARCELA
¡Dichosa de ti!
REMEDIOS
(Suspirando.) ¡Ay, una sola he criado yo, de seis que tuve, y quisiera meterla en un fanal!
LUISA
Tú, Marcela, no has pensado siempre como ahora.
MARCELA
Tienes razón.
LUISA
Esperaste a Serafín como si fuera el premio gordo.
MARCELA
Mucho más: hubiese dado media vida por él.
LUISA
Como tardaba en venir, toda te volvías ofertas y peregrinaciones...
REMEDIOS
¡No sabe una lo que pide!
MARCELA
(Evocadora.) Sí; me puse muchas veces en cruz a los pies de la Virgen de la Esperanza, y fuí sola, cuando llenó la luna, a beber agua en la fuente del argomal...
REMEDIOS
Dicen que tiene mucha virtud.
LUISA
(Incrédula.) Puede ser.
REMEDIOS
(A LUISA.) ¿Tú no has hecho la prueba?
LUISA
No, señora; yo no.
MARCELA
(Embargada en sus recuerdos.) Una noche, la última que fuí, campaba la luna, para mi cuenta, más grande y más luciente... Era por el mes de mayo; estaban las árgomas en flor, olía todo el valle a madurez y un malvís cantaba como un loco en el ansar... (Ni LUISA devana ni REMEDIOS teje.) Llegué a la fuente, me hinqué a beber en la misma boca del manantío, y al levantarme vi una mujer a mi lado.
REMEDIOS
¡Te quedarías como lela!
LUISA
¿No sería tu sombra?
MARCELA
Una sombra muerta me pareció... pero estaba viva... Tenía los ojos del color del bosque; los pasos, chitos; el habla, muda...
REMEDIOS
No digas más: ya sabemos quién era.
LUISA
¿Y qué hiciste?
MARCELA
Eché a correr sin buscar el sendero. El vestido se me enganchaba en las púas de la ramazón, y pensaba yo que «la otra» corría detrás de mí; que me quería detener, que me iba a matar... rodé por la tierra, volví a levantarme...
REMEDIOS
Sólo de oirlo se me acorta el resuello, muchachas.
LUISA
Y se pone un ñudo en el corazón.
MARCELA
Pasaron nueve años, y tengo patente en el alma, como si fuera hoy, aquella noche blanca de luna y de miedo, llena de flores amarillas, que me tiraban de la ropa... (Va anocheciendo. Se oyen pasos en el corral. LUISA, que sigue de pie, se asoma a ver quién llega, sin soltar el ovillo que devana.)
LUISA
Aquí viene Antonio.
REMEDIOS
(A MARCELA, volviendo a su labor.) ¡No sé cómo lograste el hijo, con el susto y la caída!
MARCELA
(Aparte.) ¡Lograrse! ¡Más se logró el de «ella»!
ESCENA III
Dichas y ANTONIO
ANTONIO con abarcas y tapabocas y un paraguas grande, de color, abierto.
LUISA
(Esperando a su marido al borde del portal.) ¿Venías a buscarme?
ANTONIO
No; vengo a preguntar por Andrés.
LUISA
No ha llegado.
MARCELA
(Levantándose muy impaciente. Va al encuentro de ANTONIO.) ¿Sabes tú algo de ellos?
ANTONIO
Ni una palabra. Pero oí decir que bajaban ahora dos pastores con el serroján, y acerquéme por si habían traído algún mandado.
LUISA
No hemos visto a nadie. (Vuelve a devanar.)
MARCELA
¿Qué pastores dices?
ANTONIO
Manuel y Elías, de la cabaña de Cos.
LUISA
Y el serroján será Cándido, ¿eh?
ANTONIO
El mismo.
REMEDIOS
(Sin dejar su calceta.) ¡Diez años hace que espera subir hasta pastor!
MARCELA
(Siempre muy preocupada.) ¿Y a qué vienen?
ANTONIO
A buscar harina para la borona por si se cierra el tiempo a nevar.
MARCELA
(A LUISA.) ¿Lo ves?
LUISA
(A su marido.) Está empeñada en que va a durar la tormenta hasta el verano.
ANTONIO
Pues yo barrunto que será cuestión de pocas horas; ahí ves tú.
LUISA
(A MARCELA.) ¡Claro, mujer!
MARCELA
Entonces, ¿por qué bajan con una tarde así?
ANTONIO
Porque se equivocaron, si a mano viene... En el monte se hacen las horas siglos y parecen los temporales el cuento de nunca acabar.
MARCELA
¿Habrán pasado por Bustarredondo?
ANTONIO
Camino derecho no lo es...
MARCELA
(Con recelo.) ¿No dijiste que podrían traerme alguna razón?
ANTONIO
¡Como poder...!
LUISA
(A ANTONIO.) ¡No la metas en confusiones!
ANTONIO
Es que podían. En la sierra todo está cercano, al respetive... Si se enciende una fogata en el tu invernal (A MARCELA) los otros invernales se dan por entendidos y los pastores se ponen al habla; se ayudan, si lo han menester...
MARCELA
(Que escucha recelosa.) Yo voy a hablar con esos hombres.
REMEDIOS
¡Ay, qué súpita eres!
LUISA
Pero, ¿qué te van a decir?
ANTONIO
Si es por eso, iré yo.
MARCELA
(Resuelta.) No; yo misma. Voy de un pronto y vuelvo a escape.
ANTONIO
Y, ¿adónde?
LUISA
¡Eso digo!
MARCELA
Adonde estén.
REMEDIOS
¿Vas a buscarlos por todo el lugar?
ANTONIO
Habrán ido cada uno a su casa o, juntos, a la taberna.
LUISA
(A REMEDIOS.) Cándido puede ser que esté con Flora, tía Remedios, que, por lo visto, la corteja de viuda también.
REMEDIOS
¡Dióle por ahí...!
MARCELA
(Coge el mantón de LUISA.) Me voy; llevo tu chal.
LUISA
(A su marido.) Anda, hombre; vete tú.
ANTONIO
(Deteniendo a MARCELA.) Voy ahora mismo.
MARCELA
Es que me quedo más conforme si los hablo yo.
ANTONIO
Te los traigo aquí.
LUISA
Muy bien.
REMEDIOS
¡Así se hace!
MARCELA
(Cediendo.) ¿Y no tardarás?
ANTONIO
De la que los tope doy la vuelta.
MARCELA
Bueno, pues anda, sí... (ANTONIO recoge el paraguas y sale.)
ESCENA IV
Dichas menos ANTONIO
REMEDIOS
(Acomodando sus gafas y su labor en la faltriquera.) Y yo, muchachas, voy a dejaros; porque cavilo que ese mozón igual se me cuela donde la hija, y se quedó sola.
MARCELA
Además se está haciendo tarde para usted.
LUISA
(Devanando las últimas vueltas de la madeja.) Sí; que van los caminos muy malos. Ya está el ovillo hecho.
REMEDIOS
(Coge la mano que le ofrece MARCELA para levantarse.) ¡Aúpa!... ¡Ay, hija, estoy muy torpe! (Se cubre otra vez la cabeza con la falda, ayudada por MARCELA.)
LUISA
¿Conque el bueno de Cándido sigue pretendiendo a Flora?
REMEDIOS
No sé qué te diga, mujer. Es como si hubiera nacido de suyo con esa condición; serroján y cortejo de la mi muchacha: de ahí no sale... Pasaron los años, ella se cansó de esperar y casóse con otro. Ahora enviuda, con dos rapaces, y ya le tienes ahí.
MARCELA
Se conoce que la quiere.
REMEDIOS
¿Sabrálo él...?
LUISA
(A REMEDIOS, dándole el ovillo.) Tenga.
REMEDIOS
Dios te lo pague. (Le mete en la faltriquera.) Y tú, hijuca (A MARCELA), no te apures; que ni al hombre ni al hijo tuyo les puede suceder ningún percance. Son fuertes y sanotes; conque, si alguno lo pasa mal, será el jayón...
MARCELA
(Sin poderse contener.) ¡No le llame usted así!
REMEDIOS
Al fin y al cabo nada te toca, y un ser tan ruino poco vale...
MARCELA
(Aparte.) ¡Dios de mi alma!
REMEDIOS
Tú bastante sufriste por causa «de otros»... que tienen muchas culpas que pagar.
MARCELA
(Abstraída, desesperada.) ¡Culpas...! ¡culpas...!
REMEDIOS
Vaya, adiós.
LUISA
Adiós, y tenga cuidado dónde pisa. (Va con ella hasta el corral. MARCELA se deja caer en una silla y se cubre la cara con las manos.)
REMEDIOS
(Alejándose despacio.) Sí; que la nieve resbala mucho.
LUISA
¡Ahinque bien las abarcas...!
ESCENA V
LUISA y MARCELA
LUISA
(Vuelve al portal y queda muy sorprendida ante la actitud de MARCELA.) Pero, ¿vas a llorar ahora?
MARCELA
(Con desolación.) ¿Tú sabes lo que me ha dicho esa mujer?
LUISA
Nada nuevo.
MARCELA
(Exaltada.) Nada nuevo, ¿verdad?
LUISA
¡Claro que no!
MARCELA
(Con impulso irrefrenable.) Aquel hijo que aguardé tres años, de rodillas a la vera del altar y de la fuente, aquel hijo que había de servir de orgullo a Andrés y me iba a vengar para siempre de «la otra»... es Jesús, ¿sabes?... Es Jesús, el niño maltrecho y ruin, ese que vale poco, ese a quien llamáis con desdeño el jayón...
LUISA
(Con asombro inmenso.) Pero... ¿qué dices?
MARCELA
(Delirante lanzada a la confidencia como en un vértigo.) Que los cambié en la cuna, que sentí el bochorno de confesar por mío al jorobado, al que mira todo el mundo con burlas o con lástima, y mentí... los troqué... ¡Soy una criminal!
LUISA
¿Te has vuelto loca?
MARCELA
No, Luisa; estoy en mi sana razón.
LUISA
(Sentándose al lado de MARCELA.) Pero... ¿cómo pudiste?...
MARCELA
Yo sola conocí la desgracia de mi criatura. Tenían los niños tres meses cada uno; eran como dos mellizos de semejantes y únicamente yo los diferenciaba, cuando un día palpé en el pecho de Serafín las costillas viciosas, los huesos retorcidos... Nublé de espanto.
LUISA
¿Y, entonces?
MARCELA
Llamé al médico. Le examinó con señales de compadecerse mucho, y sin decir el mal que tenía, va y me pregunta:—Este niño, ¿cuál es? Yo conocí que le iba a sentenciar para siempre, y como la comedianta que representa una mentira, salté y repuse:—Este es el jayón.
LUISA
¡Te creyó a pies juntos!
MARCELA
Igual que al Evangelio. Aun quiso echarme flores tratándome de generosa y buena porque criaba yo misma al infeliz... Y le sentenció a padecer doblado y enfermo, toda la vida...
LUISA
¡Vaya un trance!
MARCELA
(Con desesperada tristeza.) Desde aquella hora, Serafín, el pobre hijo de mi alma, se llamó Jesús, y ya solo fué mío en las entrañas obscuras de mi corazón...
LUISA
¡Te creímos todos!
MARCELA
Y el primero Andrés... Así empezó mi castigo... Tuve que cuidar al niño ajeno como si fuera el mío, y esconder para el otro el amor y la misericordia...
LUISA
No lo escondiste mucho...
MARCELA
¡Por eso me creisteis llena de virtudes y me ensalzasteis más!
LUISA
¡Dabas un ejemplo tan noble!
MARCELA
Sí; ¡mintiendo...! Andrés me mira como a las efigies de los santos... (Con infinita amargura.) sin conseguir «olvidarla»... Por bien agradecido huye de Irene y quisiera tratar al hijo sano con todas las finuras, creyendo que me premia... A veces le registra los ojos con afán... (Clavando mucho la mirada.) así... así... como un loco... Es que los tiene lo mismo que su madre, verdes, tristes, pungidos de penas y de brasas... ¿te has fijado?
LUISA
En que son muy hermosos; pero en la semejanza no... ¡Cómo se me iba a ocurrir...!
MARCELA
Pues el padre los teme y los busca sin saber por qué... Debe pensar que engendró en mí un hijo lleno de la pasión de la otra, dueño de aquellos ojos y de aquella mirada... En tanto se me oculta para consolar al enfermo imaginando que es el de «ella» y que me duele ese cariño.
LUISA
Por desgraciado le prefiere.
MARCELA
¡Y también porque en él la sigue queriendo todavía!...
LUISA
Tú discurres demasiado. Al cabo del tiempo, Andrés no se acuerda de Irene, que está, la pobre, acabada, consumida...
MARCELA
(Con sombría expresión.) ¡No; que le quedan los ojos!
LUISA
¿Querías que estuviese ciega?
MARCELA
(Misteriosa.) Pero los tiene llenos de lumbre, llenos de esperanza... le viven, allá en la hondura, unos secretos que Andrés no puede olvidar.
LUISA
(Fascinada.) ¿Y tú los descubriste?
MARCELA
No, no... parecen cosa de brujería...
LUISA
(Con la misma inquietud.) ¡Cosa de sortilegio!
MARCELA
Es como si otras almas que sufrieron de amores y de olvidos se asomaran al semblante de esa mujer, para rogar clemencia.
LUISA
(Levantándose y sacudiendo la obsesión.) La mitad de lo que hablas es porque la compadeces y porque...
MARCELA
(Interrumpiendo.) Sí, dilo, dilo: porque tengo remordimientos...
LUISA
¡Mujer!
MARCELA
(Atendiendo a rumores del camino.) Se oyen pasos: viene gente.
LUISA
(Asomándose al corral.) ¡Si ya es de noche!
MARCELA
(Observando también.) Y ha dejado de nevar.
LUISA
Sin duda Antonio vuelve con los pastores.
MARCELA
(Estrechando las manos de su amiga.) ¡Guárdame el secreto, por Dios!
LUISA
Descuida, mujer.
MARCELA
¡Nadie en el mundo lo sabe más que tú! (Llega ANTONIO con los pastores.)
ESCENA VI
Dichas, ANTONIO, ELÍAS y MANUEL.
Los dos últimos llevan zajones a estilo del país, cayados y abarcas.
ANTONIO
(A MARCELA.) Aquí tienes a éstos.
ELÍAS
Buenas noches.
MANUEL
Dios os guarde.
MARCELA
Ya disimularéis el incomodo...
ELÍAS
¡Bah! ¡Siendo cosa tuya y de Andrés!
MANUEL
¡Lástima fuera!
MARCELA
¿Y el serroján?
ANTONIO
Está en casa de Flora y dijo, dice: Dile que no puedo ir.
LUISA
¡Qué zoquete!... Pero no os quedéis al raso. (Viéndoles a la orilla del portal.) Adelante. Voy a encender luz.
MANUEL
(A LUISA.) Déjalo: se ve bastante así.
MARCELA
No, no; os vais a sentar. Ahora sacaré un farol. (Entran bajo el techado y se sientan todos menos las mujeres.)
LUISA
Yo entro por él. (A su marido.) Alúmbrame tú.
ANTONIO
Voy. (Sin levantarse enciende la mecha con mucha calma. LUISA aguarda de pie.)
MARCELA
(A los pastores.) Conque no pasasteis por Bustarredondo ¿verdad? (Sentándose.)
ELÍAS
No.
MANUEL
No es camino ni menos pensarlo.
MARCELA
¡Tengo una inquietud!... Quería saber si es muy recio allá arriba el temporal.
MANUEL
Pues... no sé qué decirte. (ANTONIO alumbra a su mujer y entran en la casa.)
MARCELA
¡Ay, Dios mío; será tremendo!
ELÍAS
De todas suertes ya pasó lo peor.
MARCELA
(Ansiosa.) ¿Si?
MANUEL
¡Toma! Como que saltó el ábrego ¿no le oyes bufar? (Se oye un trueno sordo.)
MARCELA
(Escuchando.) Me parece que lo que oigo es un trueno.
ELÍAS
Eso mismo es.
MARCELA
Entonces vuelve la tormenta.
MANUEL
Al contrario, se va hacia la costa.
ELÍAS
El viento la sorbe. (Luce un relámpago.)
MARCELA
(Se santigua.) ¡Virgen santa!
MANUEL
Todo ese aparato es música celestial.
MARCELA
¿Y en el monte cayó mucha nieve?
ELÍAS
¡Bastante!
MARCELA
¿Como cuanta?
MANUEL
Era nevasca, ¿sabes? de esa que cae en torbellinos y le ciega a uno.
MARCELA
¡Eso temía yo!
ELÍAS
Fué esta mañana; de repente: mostróse el cielo gacho y turbio y empezó una cellisca que tenía que ver.
MARCELA
¡Ay, Señor! (Se levanta y se acerca a la puerta por donde entraron LUISA y ANTONIO.) ¡Luisa!
LUISA
(Desde dentro.) Allá vamos.
MARCELA
Trae un jarro de vino; haz el favor: ya sabes dónde está. (Volviendo a sentarse.) ¡Yo no vivo de incertidumbre!
MANUEL
¡Pero si ya está desnevando!
ELÍAS
¡Y que va por la posta!
MARCELA
(Bajo su preocupación.) ¿De modo que esta mañana hubo remolinos y ventisca?
MANUEL
¡Con fuerza!
MARCELA
¿A qué hora empezó?
ELÍAS
Sobre eso de las diez.
MARCELA
¿Y duró mucho?
ELÍAS
Hasta media tarde. Así que me amainó bajamos nosotros para acá. Ya rodaba la nube contra la llanura y en los pliegues del monte remanecía el ábrego.
MARCELA
En el valle escampó bien anochecido; ahora poco. (Salen ANTONIO y LUISA. Él lleva en la mano, encendido, un farol pequeño, de cuatro vidrios, uno de los cuales gira para servir de puerta. LUISA lleva una jarra de loza con ramos de colores y un solo vaso.)
LUISA
Aquí tenéis.
MARCELA
Sentaros. (A LUISA.) Anda, sirve tú, ¿quieres? (Se sienta ANTONIO.)
LUISA
Ahora mismo. (Escancia y ofrece vino blanco a los pastores y luego a su marido. Beben mientras sigue la conversación; lían cigarrillos en hojas de maíz y los encienden en la mecha del farol, descolgándole del clavo donde ANTONIO le habrá puesto en una viga próxima. Durante la escena, hasta el final del acto, se siguen sucediendo algunos truenos y relámpagos de la tormenta ya lejana.)
MARCELA
Estarán cubiertos los caminos allá arriba, ¿eh?
MANUEL
¡Hazte cargo!
MARCELA
¿Y será fácil perderse?
MANUEL
A todo nevar, sí.
ANTONIO
Porque le envuelven a uno el viento y los copos, y se nubla el sentido.
ELÍAS
Hasta puede uno ahogarse, si se tercia.
LUISA
(Con censura.) ¡Tan grave lo ponéis!
MARCELA
(A LUISA.) ¿Ves cómo yo tengo razón en afligirme?
ANTONIO
Dicen estos que no.
MANUEL
¡Quiá!
ELÍAS
Andrés no sale con los muchachos de la cabaña hoy.
MARCELA
Pero, ¿si salió antes que empezara a nevar?
ELÍAS
(Muy complaciente.) ¡Todo pudiera suceder!
MARCELA
(Alarmadísima.) ¿Cómo dices?
LUISA
¡Hombre, qué ocurrencia!
ANTONIO
¡Qué había de salir!
MANUEL
En lo tocante a eso...
MARCELA
¿Qué?
MANUEL
(Con mucha parsimonia.) ¡Sábelo Dios!
ANTONIO
¡Vaya una salida!
MARCELA
Sí; ¡Dios lo sabe! (A los pastores.) ¿Y no supisteis nada del nuestro invernal?
MANUEL
Nada, hija... Considera que el vuestro cae ponentino y el de nosotros cara al sur.
ELÍAS
¡Si hubiéramos barruntado que andaba por allí Andrés!
MARCELA
Pero la bajada al pueblo es la misma.
ANTONIO
Desde medio camino sí...
MARCELA
(A los pastores.) ¿Y no hallasteis huella ninguna?
LUISA
¡Marcela, no te mortifiques más!
MARCELA
¡No puedo remediarlo!
ELÍAS
Ni vimos alma viviente: ¡estaba el monte frío y solo como un muerto!
MANUEL
Y nos sucedió un caso.
ELÍAS
Es verdad.
MARCELA
¿Qué fué?
ANTONIO
No me lo habíais dicho.
ELÍAS
Vale poco la pena.
LUISA
A ver qué es ello.
MARCELA
¡Sí!
MANUEL
Pues, veníamos por el soto de la Cruz, cuando, en esto, va el serroján y echa un relincho que retumbó en la nieve por todas las camberas abajo. Y quien os dice que a tal tiempo, oímos unas voces como si fueran cosa del otro mundo.
MARCELA
¡Virgen de la Esperanza!
LUISA
¿Y qué hicisteis?
MANUEL
Pararnos a escuchar.
MARCELA
¿Entonces?
MANUEL
¡Todo estaba mudo, igual que antes!
MARCELA
¿Pero, aquel clamor?...
ANTONIO
La quejumbre del ábrego...
ELÍAS
O el eco del ijujú...
LUISA
¡Claro está!
MARCELA
¿No sería la voz de Andrés?
ELÍAS
¿Por aquellos rodales?
MARCELA
¿O el llanto de un niño?
LUISA
(A MARCELA.) ¡Lo que tú amontonas, criatura!
MANUEL
¡Cosa muy amarga parecía!
MARCELA
(Desolada.) ¡Me consume el miedo!
ELÍAS
Para mi cuenta fueron los crujidos del invernal ruinoso.
ANTONIO
Justo: que se hundía al peso de la nieve.
MARCELA
¿Y no fuisteis allá?
ELÍAS
¿A qué habíamos de ir?
MARCELA
(Dominada por su inquietud.) Por si algún caminante se hubiera guarecido y demandara socorro.
ANTONIO
No, mujer; por el monte no transita ningún forastero.
ELÍAS
Y los del país no asubiamos en el soto de la Cruz.
MARCELA
(A MANUEL, que parece reservado.) ¿Tú qué piensas, Manuel?
LUISA
(A MANUEL aparte.) ¡No la atemorices!
MANUEL
(Después de pensarlo.) Pues... en finiquito: yo pienso... que todos tenéis razón.
ELÍAS
(Riendo.) Está bien.
ANTONIO
(A MARCELA.) Mira: el invernal ese que cruje y se está hundiendo, no es camino de Bustarredondo, ni semejante cosa.
MARCELA
(Con recelo, a los pastores.) ¿No?
ELÍAS
No; queda muy a trasmano.
MANUEL
¡Mucho!
LUISA
(A MARCELA.) ¡Bien lo sabes tú!
MARCELA
(Con desaliento.) ¡No sé nada!
ELÍAS
(Haciendo ademán de levantarse.) Conque, Marcela, si no mandas más...
MANUEL
Sí; nos iremos.
ANTONIO
(A su mujer.) Y también nosotros.
LUISA
Sí. (Todos se levantan.)
MARCELA
(Dominándose.) ¿No queréis otro vaso de vino?
ELÍAS
Ya basta.
MANUEL
Se agradece.
ANTONIO
(A MARCELA.) A la mañanuca temprano yo vendré por aquí a ver lo que se te ocurre.
LUISA
Y yo lo mismo. (Vacilando.) ¿Tendrás miedo esta noche?
MARCELA
Para la soledad no soy medrosa.
ANTONIO
(A su mujer.) Puedes quedarte con ella.
LUISA
Eso estaba cavilando.
MARCELA
No. (Ante el ademán insistente de LUISA.) No he de ceder. Que mañana madrugues, eso sí. (Los pastores han recogido sus cayados y aguardan en el corral.) (LUISA se pone el mantón.)
MANUEL
(Desde fuera.) Si hacia el mediodía no ha bajado Andrés, iremos a buscarle.
ELÍAS
(A MARCELA.) Tú dispones.
MARCELA
Gracias por todo... ¡Ah! llevaros el farol. (Le descuelga y se le ofrece a la orilla del portal.)
LUISA
¿Te íbamos a dejar a oscuras?
MARCELA
Encenderé el candil.
ELÍAS
No es menester luz, no.
ANTONIO
La nieve nos alumbra.
ELÍAS y MANUEL
Buenas noches.
MARCELA
Que descanseis.
LUISA
(Volviendo unos pasos atrás.) A ver si te acuestas y duermes.
MARCELA
(A media voz.) ¡Ay, pídele a Dios por mí!
LUISA
(En el mismo tono.) Sosiégate, mujer, ten confianza...
ANTONIO
(Ya en el camino esperando a LUISA.) ¿Vamos?
LUISA
(A su marido.) Allá voy. (A MARCELA abrazándola.) Adiós...
MARCELA
Adiós... (Desaparecen en el campo.)
ESCENA VII
MARCELA, luego IRENE
MARCELA permanece al borde del portal con el farol en la mano, inmóvil, aterrados los ojos. No se sabe si escucha o aguarda. La noche se aclara con la nieve; brillan algunos relámpagos; suena el toque de las oraciones.
MARCELA
(Sale de su quietud con un largo suspiro y se santigua.) ¡Las oraciones! ¡Si yo pudiera rezar!... ¡Y un poco he desahogado el corazón que se me quería partir! (Apaga el farol y le deja en el suelo.) No me hace falta luz: ¿para qué? He de estarme en esta orilla de cara al cielo y a la nieve, esperando, esperando... ¿Qué espero?... Aquí se me figura que sufro, más cerca del inocente que sufre... más lejos del castigo... ¡Aquellas voces del soto de la Cruz! (Levanta la cabeza, mira al campo y se estremece. Una sombra enlutada va acercándose con sigilo. MARCELA se recoge al fondo del portal.) ¡Ah...! ¡Una sombra, Dios mío!... La sombra de una mujer... No es un fantasma, no: bien cierta la descubro... Es «ella»... siempre «ella»... Padece por la misma criatura que yo; la empuja hacia mí esta misma inquietud que me consume... ¡Nos come un solo penar! (Con vehemente impulso de compasión, llamando, ensordecida la voz.) ¡Irene... Irene!
IRENE
(Estremecida, adelantándose.) ¡Marcela! ¿Eres tú?
MARCELA
Ven.
IRENE
(Acercándose dudosa.) ¿Es verdad que me llamas?... ¿Estás ahí?
MARCELA
Te llamo: aquí estoy.
IRENE
¡No te veo!
MARCELA
Porque llegas de la claridad... En cambio a mi se me hace que vienes toda llena de luz. (Sale a recibirla.)
IRENE
(Pasándose las manos por los ojos.) Me ciega la blancura de la nieve... ¿Estás sola?
MARCELA
Sí.
IRENE
(Trémula, con la voz tapada.) ¿Han vuelto?
MARCELA
(Con tono igual.) ¡No!
IRENE
¿Y qué hacías?
MARCELA
Esperar... ¿y tú?
IRENE
Yo también.
MARCELA
Esperaremos juntas.
IRENE
¡Si me dejas!
MARCELA
Ven. (Al salir a buscarla atisba otra vez el celaje.) Has traído la bonanza. Ya se afinan las nubes... Repara cómo se hiende el cielo y las estrellas se asoman a ese retal azul...
IRENE
(Fijándose donde MARCELA dice.) Parece que se miran y que tiemblan...
MARCELA
(Muy conmovida.) ¡Lo mismo que nosotras! (Luce un relámpago; a su resplandor las dos mujeres se miran temblorosas con suprema ansiedad.)
IRENE
¡Marcela!
MARCELA
(Tendiéndole la mano.) ¡Ven!
TELÓN
ACTO TERCERO
Una cocina montañesa con el llar en el suelo, gran campana, espetera brillante, de cobre, colmada botijera y bancos rústicos de nogal. Hay varios taburetes de la misma madera, una puerta lateral que comunica con el interior, y otra grande, abierta sobre el portal con una ventana pequeña en la misma dirección. Ha pasado la noche y ha salido el sol encima de la nieve: su luz debe asomarse a la escena.
ESCENA PRIMERA
LUISA y ANTONIO
LUISA
(Trajinando.) ¡Qué cosas se ven en este mundo!... ¡Mira que llegar yo aquí al amanecer y encontrarme a Irene y a Marcela juntas en un mismo banco!
ANTONIO
(Con alguna suficiencia, mientras pasea y fuma.) Las mujeres sois así: tan repentinas para aborrecer como para perdonar.
LUISA
Ellas no se aborrecen...
ANTONIO
Pues esa es la cuestión; que en los quebraderos de esta casa todo el personal es de valía... Marcela una venturada que no hay más que pedirle; ya lo estamos viendo; mejor criatura no cabe. Andrés, bueno a carta cabal, amigo de los pobres y pronto a sacarnos de un apuro al que más y al que menos... ¡Da en cara verle padecer el humor de la melancolía!
LUISA
(Cavilosa.) ¡Sí; llevas razón!
ANTONIO
Y si vamos a Irene, otra infeliz. Desde el percance aquel no ha vuelto a dar qué hablar ni ese es el camino... Ella trabaja, sola y enferma, dale que dale, y puja con la vida siempre clavando los ojos en este llar, donde le recogieron al hijo.
LUISA
¡Por ahí duele! (Acabó de ordenar la cocina y atiende con mucho interés a la conversación: hablan en voz discreta.)
ANTONIO
¿Y van a estar los tres como en el Purgatorio, talmente, hasta el sin fin de los años?
LUISA
(Desanimada.) ¡Qué sé yo!
ANTONIO
¡Es el sino de las personas, no digas!... Nacen con la negrura de un desvelo, como quien saca una pinta en la piel, y arrastran aquella nube hasta que vuelven a la tierra.
LUISA
¡Será... será! (Pausa.)
ESCENA II
Dichos y MARCELA
MARCELA
(Saliendo del interior, siempre con aire inquieto.) ¡Qué largas se me van a hacer las horas de aquí al mediodía!
ANTONIO
Paréceme que antes no pueden venir. Porque Andrés aguardará a que el sol caliente para traer a los muchachos poco a poco.
LUISA
Y si no llegan a eso de las doce, suben a buscarlos.
ANTONIO
(A MARCELA.) No sé si habrán subido ya; porque todo el pueblo está pendiente de tus cavilaciones.
MARCELA
Nos queréis bien.
ANTONIO
Merecido estará.
LUISA
(A MARCELA.) ¿Por qué no te acuestas un rato y yo me quedo aquí a la mira?
MARCELA
No estoy cansada... Después de calentarme a la lumbre maté el frío y el sueño y no me importaría quedarme en vela otra noche.
LUISA
¡Gastas recia salud!
MARCELA
¡Si la pudiera repartir!...
ANTONIO
(A MARCELA.) Ya que no mandas ninguna cosa voy a soltar el ganado y volveré más tarde.
LUISA
Es lo mejor.
MARCELA
Sí; comeréis con nosotros.
ANTONIO
Hasta luego. (Sale despacio.)
LUISA
(A ANTONIO.) ¿Sabes qué hora es?
ANTONIO
(Deteniéndose en la puerta a mirar hacia delante quitándose el sol con la mano.) Las ocho dadas, que ya cayó la sombra en la cerca del maestro.
ESCENA III
MARCELA y LUISA
MARCELA
Entonces, si te puedes quedar aquí voy un rato a la iglesia. Se me hará el tiempo más corto y aprovecharé la blandura que siento en el corazón.
LUISA
Yo te aguardo lo que necesites, y contenta, porque te veo más animosa.
MARCELA
¡Qué buena eres conmigo!
LUISA
Si te sirvo de algo no haré más que corresponderte.
MARCELA
Me sirves de mucho. Desde ayer puedo rezar y no se me endurecen los pensamientos, cerrados en la esclavitud... Es como si te diese un poco de este peso que me agobia.
LUISA
Me lo diste y se me aposentó aquí. (Señalándose el pecho.)
MARCELA
Pues con llevarlo tú me alivias. Me consuela saber que tengo a quién decirle hasta dónde se me hunde la compasión y la ternura por Jesús; como le quiero de un modo diferente a las otras madres que en el hijo disfrutan bienandanzas y goces... En mí todo el amor es una cuita que me consume... un dolor que me parte las entrañas...
LUISA
¡Así será para Irene!
MARCELA
¡Te acordaste de ella!, ¿verdad? ¿Qué haré yo, Luisa?
LUISA
¡Bien lo considero!...
MARCELA
Muchas veces en tantos años de padecer, tuve tentaciones de confesar a gritos mi culpa, que a todos nos aflige.
LUISA
¡Es un caso muy fuerte!
MARCELA
(Con pasión.) ¡Y está Andrés por el medio!
LUISA
Pero él es tu marido.
MARCELA
(Sordamente.) ¡Por gratitud!
LUISA
¡No, mujer!
MARCELA
¡Por Serafín!
LUISA
¿No dices que quiere más al otro?
MARCELA
En el hijo dañado le tira la pasión; en el saludable el orgullo...
LUISA
Andrés es bueno...
MARCELA
Sí, pero no la olvida; no la puede olvidar, ¡y si supiera!...
LUISA
¿Y cómo anoche la diste arrimo?
MARCELA
No te lo sé decir... Toda la lástima y el sentimiento subiéronse a mi boca de un pronto. «Estaba» ahí esperando como yo: la llamé y vino. Juntas lloramos y yo sentí consuelo al cobijarla. Pero si nos hallaste juntas... ¡nos apartaban muchas cosas!...
LUISA
¡Se te haría la noche un siglo!
MARCELA
Al revés... se me pasó como un vuelo. Las penas se me pasmaron aturdidas y ya no supe si yo era yo.