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El Jayón: Drama en tres actos

Chapter 20: ESCENA V
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About This Book

A three-act rural drama stages a compact episode of passion, jealousy, and communal judgment in a mountain village, where the lives of several families interlock around disputed parentage and secret loves. The action emphasizes raw emotion and moral ambiguity, presenting the landscape and natural elements as an active presence that shapes fate. Scenes shift between domestic interiors and open fields, tracing how gossip, resentment, and tenderness collide and concluding without tidy resolutions while highlighting human vulnerability and the weight of social and natural forces.

LUISA

Estarías trasoñada.

MARCELA

Estuve con los ojos abiertos como ahora.

LUISA

(Con mucho interés.) ¿Y ella?

MARCELA

Ella, igual.

LUISA

¿Hablasteis?

MARCELA

(Con voz sorda.) No: lloramos.

LUISA

¿Y no te dió recelo su mirada como otras veces?

MARCELA

Ninguno: con el llanto se le apagó la lumbre de los ojos...

LUISA

Parece mentira... Ahí en la soledad oscura, yo lo que tú me traspaso de miedo.

MARCELA

Había mucha luz. Como está creciendo la luna, quebró las nubes y se puso cada vez más blanca la noche... Según el ábrego iba deshaciendo la nieve, llenóse el valle con el vocerío de la riada...

LUISA

(Interrumpiéndola.) ¡Ya lo creo! Estaban rotos los azutes del ansar y los saetines del molino.

MARCELA

Y bajaban despeñados los chortales del monte. ¿Los oíste?

LUISA

¡Qué había de hacer!

MARCELA

(Con honda evocación.) Pues yo no sabía si aquel llorar tan grande era de Irene o mío, o de todas las tristezas de la vida juntas.

LUISA

Es que soñabas sin dormir.

MARCELA

Con todo y eso, no se me despertaron las agonías tan duras como ayer y ahora parece que se me derrite un poco la pesadumbre con el sol.

LUISA

(Alentándola.) Sí, Marcela, a ver si te recobras: Dios te ayudará.

MARCELA

(Con alguna esperanza.) ¡Ay!, mucho se lo tengo que pedir... Voy a buscar la mantilla. (Entra en la casa.)

LUISA

(Sola.) Y yo a sacar unos cántaros de agua y a gobernar allá dentro. (Hay un silencio, mientras el cual LUISA dispone los cántaros.)

MARCELA

(Sale con la mantilla en la mano y se la va poniendo.) Si algo ocurre te acercas a llamarme, ¿eh?

LUISA

Vete sin cuidado. (Se va MARCELA.) ¡Pobre criatura! ¡Lo que ella pena y se martiriza por el amor del su hombre!... Y él, tan amargo y sobrecogido como si la ventura le supiera a hieles. ¡Qué vida, Señor!

ESCENA IV

CARMEN y LUISA

CARMEN

(Llega con un cántaro y un botijo a sacar agua también. Habla con tono de misterio y emoción.) Una que va por ahí delante, ¿es Marcela?

LUISA

Lo será, porque acaba de salir.

CARMEN

Víla al doblar la cerca del maestro y no pude fijarme bien. ¿Iba a la parroquia?

LUISA

Eso mismo.

CARMEN

Entonces, ¿no sabéis lo que pasa?

LUISA

(Con inquietud.) No..., ¿qué?

CARMEN

Pues dicen que bajó Andrés con un muchacho sólo entre los brazos y que al otro le dejó muerto encima de la nieve.

LUISA

(Muy apurada.) ¿Cuándo? ¿Quién lo dice?

CARMEN

El serroján lo habló en la mi cambera.

LUISA

Pero, ¿dónde están?

CARMEN

Venía Cándido de casa de Flora y decía que estaban allí; que llegaban aterecidos y los querían fortalecer un poco, antes que los viese Marcela.

LUISA

¿Será verdad?... ¡Era lo que faltaba!... ¿Y cuál niño dicen que pereció?

CARMEN

Eso no lo sé.

LUISA

¡Ay, no quisiera encontrarme aquí!

CARMEN

Yo me vine a buscar agua para enterarme de si era cierto.

LUISA

(Perpleja.) ¿Y qué hago yo ahora?... No; a Marcela no la llamo hasta saber...

CARMEN

(Mirando hacia el camino.) ¡Ahí vienen!

LUISA

(En la misma actitud.) ¡Andrés!... ¡Si parece más viejo!... ¿Qué habrá sucedido?

ESCENA V

Dichas, ANDRÉS, MANUEL, ELÍAS; después ANTONIO.

ANDRÉS

(Con la cabeza descubierta. En zapatos; traje de pana con remonta. Aspecto de fatiga y desesperación. A LUISA.) ¿Marcela?

LUISA

(Temblando.) No está.

ANDRÉS

¿Cómo?...

LUISA

Fué a la iglesia y vendrá en seguida... Pero, ¿qué te pasa?

ANDRÉS

(Se deja caer en una silla, con la frente entre las manos. Todos le rodean en actitud solícita y penosa.) ¡El jayón!... (Con amarguísimos acentos.) No era más que eso..., ¡un pobre jayón!...

LUISA

(A los pastores.) ¿Qué dice?

CARMEN

(Comprendiéndolo.) ¡Es Jesús el que ha perecido!

ELÍAS

Sí.

LUISA

¡Virgen de los Dolores!

MANUEL

¡Y del mal, el menos!

ANDRÉS

(Levantando la cabeza; saturada la voz de amargura.) ¡Eso es!... Un niño sin padres, raquítico, inútil, para nada sirve en el mundo.

MANUEL

Hombre, eso no... (Alusivo.) Bien consideramos la pena tuya.

ELÍAS

(En el mismo tono.) Y conocemos que él y tú... ¡Claro está!

CARMEN

(Corroborando.) ¡Las cosas de la vida!...

LUISA

(Aparte.) ¡El hijo de las dos madres!...

ANTONIO

(Llega buscando a ANDRÉS y le abraza contristado.) Andrés: supe ahora mismo la desgracia...

ANDRÉS

(Con honda intención.) Una desgracia, sí... aunque no lo parezca.

ANTONIO

¿Quién lo había de pensar? Ibamos a subir a buscarte sólo por tu mujer. (Mirando alrededor.) ¿Dónde está ella?

CARMEN

Yo iré a llamarla.

LUISA

(Deteniéndola con viva ansiedad.) No vayas, no... Ahora viene...

ANDRÉS

¡A tiempo llegará!

ANTONIO

(A los pastores.) ¿Dónde le encontrasteis vosotros?

ELÍAS

Vímosle bajar por la calzada y fuimos a ayudarle.

MANUEL

Venía con cara de difunto, cargado con el hijo.

ANTONIO

¿Y Serafín?

ELÍAS

La tía Remedios le está aliñando para traérsele a su madre.

LUISA

(Aparte.) ¡Pobre Marcela!

ANTONIO

(A ANDRÉS, que permanece absorto en un dolor sombrío.) Pero ¿cómo fué eso?

ANDRÉS

¡Por mi culpa!

ANTONIO

A ver: dilo.

MANUEL

Sí, hombre, cuenta. (Todos se preparan a escuchar con mucho interés.)

ANDRÉS

¿Qué voy a deciros? No vale para contado. (Pausa.) Cuando ayer barrunté la nieve en los cielos y en el aire, quise venir antes que reventara la nube, creyendo que había lugar...

ELÍAS

¿Y salisteis?

ANDRÉS

Esa fué mi torpeza. Jesús no había querido almorzar. Ardía y temblaba, y me entró la prisa de traerle. Como a la hora de camino, en la mitad del monte, nos alcanzó la lluvia de través, un cierzo helado que se volvía nevasca, todo envuelto en huracanes. Entonces quise volverme al invernal... Pero ya estaban rasas las veredas: nos cegaba la nieve; perdí el tino y erré el sendero.

MANUEL

¡No hay mucho que asombrarse!

ELÍAS

¡El temporal aturde al más valiente!

ANTONIO

¡El monte es cosa muy seria!

ANDRÉS

(Con la voz traspasada por el desaliento.) ¡Para qué voy a contaros más!

ANTONIO

Sí: acaba.

CARMEN

¿Cómo fué lo del niño?

LUISA

¡Dilo pronto, Andrés!

ANDRÉS

¡Que le roían la tristeza y la enfermedad y no pudo resistir como el otro!... Fuí tirando por ellos monte arriba igual que un orate, pensando acertar con la cabaña. Puse en los hombros a Jesús y llevé de la mano a Serafín no sé qué tiempo... Era todo el aire una pura cellisca y la tormenta rodaba con tronidos y relámpagos.

MANUEL

¡Pues no bregaste tú poco!

ELÍAS

Sí; que empezó a tronar a media tarde.

ANDRÉS

¡Y a escampar también!

ELÍAS

Eso.

ANDRÉS

Pero ¿sabéis dónde estábamos a aquella hora?

MANUEL

¿Dónde?

ANDRÉS

En el soto de la Cruz.

MANUEL

(Alteradísimo.) ¿En el invernal?

ANDRÉS

Sí.

ELÍAS

¿Y diste unas voces?

ANTONIO

¡Marcela acertó!

LUISA

¡Fué una corazonada!

ANDRÉS

(A los pastores, muy asombrado.) ¿De qué sabéis?...

MANUEL

¿Oíste el ijujú?

ANDRÉS

(Levantándose, con tremenda ansiedad.) Me lo pareció: ¿erais vosotros?

ELÍAS

(Desolado.) Sí; ¿cómo íbamos a pensar que eras tú?

ANDRÉS

Pero ¿escuchasteis mi grito?

MANUEL

¡El tuyo fué; no le tuvimos por cosa humana!

ELÍAS

Contamos que al hundirse gemía el invernal...

MANUEL

¡Que aullaba el viento!...

ANDRÉS

(Entre dolido y desesperado.) ¡No me disteis socorro!

MANUEL Y ELÍAS

(Muy afligidos, abrazándole.) ¡Andrés!

ANTONIO

(Con cierta pavura.) El monte es así, como una madriguera...

MANUEL

(En el mismo tono.) ¡Igual que una sima!...

ELÍAS

(A ANDRÉS.) Repara que tampoco tú fiaste en nuestra voz.

ANDRÉS

(Muy abatido.) Tampoco; asubié en la cabaña porque ya no podía Serafín andar ni yo mismo debatirme contra la fatiga y la inquietud. Esperaba allí una ayuda de Dios: ¡llegó el milagro y no tuve fe!... Respondí con un grito a otro apagado entre la nieve y el vendaval; pero respondí sin confianza, como quien sueña o tiene calentura, y no hallé amparo...

ANTONIO

(Profético.) ¡Es el destino de cada cual!

LUISA

(Llorosa.) ¡Qué lástima!

CARMEN

(Lo mismo.) Da mucha compasión.

ANDRÉS

(Vuelve a sentarse, caído en su quebranto.) ¡Sí; la suerte suya!... ¡Tenía que morirse a las inclemencias del cielo, según había nacido!

LUISA

¿Fué allí en el invernal?

ANDRÉS

Ni eso siquiera. Toda la noche padeció sin lamentarse, con los ojos más despiertos que nunca, mientras Serafín, deshambrido y cansado, acabó por dormirse. Bajo las hendeduras abiertas a los temporales no les hallé apenas el abrigo de un rincón y ni un puñado de rozo o de escamonda para mullirles una cama. Quise darles calor con mi cuerpo y no logré que Jesús dejara de temblar...

MANUEL

A lo menos tuviste luna.

ANDRÉS

Sí; muy grande y muy amarilla; ¡más triste que las mismas tinieblas!...

LUISA

¿Y después?

ANDRÉS

De amanecida empezó a crujir la techumbre con señales de hundirse. Saqué a los niños fuera, de un brazado, y se vino abajo lo que quedaba del invernal.

ANTONIO

¡Miray que es mala suerte!

MANUEL

¡Apañado estuvo!

LUISA

(A ANDRÉS, apremiante.) ¿Y qué?

ANDRÉS

Era en el valle de noche, pero hacía bonanza y ya en las cumbres quería salir el sol. Cobré ánimo, tomé rumbo de cara a la llanura y volví a cargar con Jesús; ya no le ardían más que los ojos y parecíame que estaba mejor. Pero Serafín, al despertar, sintió hambre y empezó a dolerse, muy cansado y lloroso. Y va y me dice:—Me quieres menos que a Jesús; por eso le llevas siempre a él... (Con la voz muy ensordecida.) ¡Tenía razón!... Yo entonces preguntéle al dañado. ¿Puedes andar? Y fué y contestó:—Sí. Le posé y cargué al otro... Al poco tiempo rodaba en la nieve Jesús detrás de mí. Conté que se había resbalado y quise levantarle, pero no se movía; estaba yerto. Me hinqué al lado suyo; le llamé:—¡Jesús... Jesusín!... y comenzó a reirse... ¡ja ja ja!... (Ríe de un modo siniestro.)

LUISA

(Con asombro mientras todos se alarman.) ¿A reirse?

ANDRÉS

(Poseído por la profunda emoción de su relato, se obsesiona con el recuerdo de la risa fatal, y la repite aunque con la mano sobre la boca la quiere contener.) ¡Ja ja ja!... Así ríen los que se hielan. (Sigue riendo.)

CARMEN

¡Se trascorda!

ANTONIO

(Asustado.) Pero, hombre; ¿estás en ti?

ANDRÉS

(Se domina, se levanta y continúa con la más elevada pesadumbre.) ¡Lo estoy!... Íbase la risa del niño por el monte abajo sin dejar de oirse... ¡todavía se oye!... y los ojos le relucían como un cristal, llenos de lágrimas, abiertos contra las nubes, mirando al sol... Dentro de ellos el alma fuese apagando como un cirio cuando se consume; hasta que se le nublaron los últimos ardores con una sombra muy fría, y toda la carne de la criatura se cuajó en cera mortal... (Las mujeres sollozan; los hombres se muestran muy enternecidos.) Eché a correr con el hijo que me quedaba y dejé allí solo al inocente... No le sirvieron estos brazos míos para nacer ni para morir... Una noche, hace ya nueve años, temiendo que pereciese de frío y de hambre, le abrí esa puerta y le calenté en ese llar... ¡Bendita sea la mujer que le remedió!... Pero Jesús traía consigo la condena, arrastraba una culpa, y luego de padecer toda su vida, tenía que morir de hambre y de frío, sin un regazo, sin un consuelo... ¡delante de mí!...

ESCENA VI

Dichos, IRENE, después MARCELA

IRENE

(Llega en silencio cuando ANDRÉS pronuncia las últimas palabras. Demuestra una ansiedad desgarradora.) ¡Andrés... Andrés!... ¿Qué es lo que dices?

ANDRÉS

(Con un grito inexplicable.) ¡Irene!... ¿Tú?...

IRENE

(Mirándole con suprema angustia.) ¿Es verdad que dejaste a Jesús muerto en el monte, solo, encima de la nieve?

ANDRÉS

(Bajando la cabeza al peso de toda su amargura.) ¡Es verdad!

IRENE

(Trastornada por la pena.) ¡Ah! ¿Qué has hecho de él?... ¿Qué has hecho, di?

ANDRÉS

¡Lo quiso Dios!

IRENE

(Desesperada.) ¡Mi hijo... mi hijo! (ANDRÉS hace un generoso movimiento para recibirla en sus brazos pero se detiene con un sollozo y LUISA y CARMEN la reciben en los suyos piadosamente.)

LUISA

(A IRENE y ANDRÉS.) ¡Se os escapa a gritos el secreto!

MARCELA

(Sin aparecer, llamando con ansia.) ¡Luisa!... ¡Luisa!...

ANTONIO

¡Ahí viene Marcela!

ANDRÉS

(Dominándose.) Mucho la debo, pero algo se lo voy a pagar.

IRENE

(En medio de su llanto.) ¡Sí; con mi carne!...

ANDRÉS

(Mordiendo la frase con pasión.) ¡Y con la mía!

LUISA

(Ha salido a recibir a MARCELA que llega desolada, con la mantilla caída en los hombros.) ¡Detente... aguarda!

MARCELA

(Desasiéndose.) ¡No... no!... ¿Dónde está Andrés?

ANDRÉS

(Acogiéndola en un abrazo.) ¡Aquí!

MARCELA

(Mirando en torno suyo como una loca.) ¿Pero qué sucede? ¿Dónde están los niños, dónde?

ANDRÉS

(Solemnemente.) ¡Salvé al hijo tuyo, mujer!

MARCELA

(Convulsa.) ¿Al mío?... ¿al mío?... ¿A cuál?

ANDRÉS

Al tuyo: ¡a Serafín!

MARCELA

(Con un grito indecible.) ¡Hijo de mi alma! (Oculta la cara entre las manos con infinita desolación... Después de una pausa habla exaltadamente.) ¡No, ese no es el mío, no; el mío es el otro, el otro!

IRENE

(Absorta.) ¿Qué dices?

ANDRÉS

(Asombradísimo.) ¿Cómo?

TODOS

(Con vivísima ansiedad.) ¿Qué?

MARCELA

(A ANDRÉS.) Dime tú qué fué del infeliz. ¿Dónde está?... ¿No alienta?... ¿No le veré ya nunca, nunca?

ANDRÉS

(Angustiado.) ¡Vivo, nunca!

MARCELA

(Abrumadísima.) ¡Ah!

ANDRÉS

(Siempre con voz opaca.) Le alcanzaron la nieve y el mal... y le dobló la muerte allá arriba.

MARCELA

(Delirante.) ¡El castigo, el castigo!

ESCENA VII

Dichos, REMEDIOS y SERAFÍN

REMEDIOS

(Llevando de la mano al niño, que viste blusa y pantalón largo y representa nueve años muy gentiles.) Aquí tenéis al muchacho tan campante.

MARCELA

(Mira al niño con extravío y le empuja al medio de la escena.) Pues éste, éste es Jesús, el jayón... Te le devuelvo, Irene, toma: ¡no llores más por él!

IRENE

¿Que este es Jesús?... ¡Mi hijo!... ¿No me engañas?

ANDRÉS

(A Marcela, con ansiosa inquietud.) ¿Pero es verdad?

LUISA

(Suplicante.) ¡Marcela, por Dios!

MARCELA

(A su marido.) ¡Es verdad! (A IRENE.) ¡No te engaño! (Señalando al niño.) Quise valerme de él contra ti, y no quiso el que todo lo puede!... Este niño es el vuestro, el saludable y dulce, el de los ojos verdes que embrujan como los tuyos. (Habla con pasión y violencia, arrepentida y desesperada a un tiempo, mientras IRENE se sacia mirando al hijo y le tiende los brazos.) ¡Fíjate! Cuando Andrés le mira, es igual que si te mirase a ti.

IRENE

(Mirando y abrazando al niño, que se resiste asustado.) ¡Yo no pienso en Andrés!

MARCELA

(Con lógica brutal.) ¡La que se lleva al hijo se lleva al hombre!

IRENE

No; al hijo nada más; al hijo, sí; ¡ven! (Muy codiciosa.)

JESÚS

(Lloroso, muy aturdido, queriendo irse con MARCELA.) ¡Madre!

ANDRÉS

(Aparte.) ¡No acabo de creerlo!

MARCELA

(Echando al niño con brusquedad en brazos de IRENE.) ¡Esa es tu madre! (A ella.) ¡Tómale!... Te le doy y me quedo sola en el mundo, como estabas tú...

ANDRÉS

¡Calla, calla, te confiesas a voces!

MARCELA

(Con infinita amargura.) ¡Como los sentenciados a muerte! (Haciendo un ademán de huída.) Ahora... ¡adiós!

ANDRÉS

(Adelantándose a detenerla.) ¿Que te vas? ¿adónde?

MARCELA

(Pugnando por soltar la mano con que la sujeta su marido.) Por la nieve adelante, por los caminos altos donde las criaturas perecen de frío y pesadumbre...

IRENE

(Aparte.) ¡Como el hijo suyo!

ANDRÉS

(Compasivo.) ¡No, eso no!

MARCELA

(Con obscura intención.) Si cada alma vuelve a su estrella, yo quiero acercarme a la mía sola y en paz.

ANDRÉS

Y yo no puedo abandonarte.

MARCELA

(Imperiosa, magnífica en su terrible desesperación.) ¡Déjame, Andrés! Ya oíste mi culpa: no te acuerdes más de mí!

ANDRÉS

(Muy sombrío.) ¡No sé lo que oigo!

MARCELA

¡Sí; lo que no sabes lo adivinas!... Nada me preguntes ni me prometas: me duele tu caridad... ¡Quédate con ellos!

ANDRÉS

(Vacilante.) ¡Pero, aguarda!

MARCELA

¡No! ¡Quiero acabar de arrancarme el corazón! (Volviéndose a la gente que escucha con murmullos de inquietud y compasión.) Que nadie me siga: ¡Que nadie me busque!

ANDRÉS

(Porfiando débilmente.) ¡Marcela!

MARCELA

(Empujándole hacia IRENE y JESÚS con un sollozo que más parece un rugido.) ¡Quédate ahí! (Huye desatinadamente, mientras IRENE y ANDRÉS se miran con infinita ansiedad.)

IRENE

(Dando un paso hacia el hombre como para retenerle, con descubierta pasión.) ¡Andrés!...

TELÓN.

LA PRENSA
Y EL ESTRENO DE «EL JAYÓN»

De "El Debate":

La Sra. Concha Espina figura en primera línea entre los novelistas españoles contemporáneos. En las columnas de El Debate hemos rendido pleitesía a la alcurnia literaria de la egregia escritora al estudiar dos libros suyos: Agua de nieve y La Esfinge Maragata. Hoy tenemos la satisfacción de volver a aplaudirla con motivo del estreno de su primera obra teatral, El Jayón.

La rutina suele clasificar a los publicistas inapelablemente. Al que lo encasilla entre los poetas no le reconoce aptitudes para la novela; al que lo diputa novelista, no lo aguanta dramaturgo. Diríase que la rutina es envidiosa y la ofenden la ductilidad y el proteísmo del talento ajeno. Por esta vez, la rutina habrá de resignarse con que una novelista ilustre haya triunfado en la escena de Eslava, desde la que hubo de saludar, al fin de los tres actos, a los espectadores que la aclamaban.


La Sra. Espina ha acertado a poner en su obra una intensidad emotiva extraordinaria; y como el arte esencialmente es emoción, se deduce que El Jayón merece los aplausos con que fué acogido por el público. Añádase que los caracteres de Marcela, Irene, Andrés y Luisa están trazados con habilidad; que el diálogo es sobrio y el estilo primoroso, y se comprenderá que la crítica debe asociarse al fallo de la opinión.


En la autocrítica publicada en La Tribuna, afirma la autora:

«En este drama no trato de decir nada nuevo, de plantear problema alguno, ni mucho menos de resolverle. Aspiro sólo a llevar a la escena un pedazo palpitante de vida, un bloque de la cantera humana, labrado por mi corazón. Para darle forma no me preocuparon ardides técnicos, y me dejé conducir por la emoción y la realidad, creyendo que este camino, si no fácil y corto, es el único que logra llegar a un alto fin.»

Completamente de acuerdo con la teoría que este párrafo expone. La Sra. Espina ha conseguido realizar sus propósitos, y éstos son noblemente artísticos.

En la interpretación, la Srta. Morer, admirable de vis trágica, puso a contribución su gesto natural, fuerte, elegante y su voz privilegiada, cuyas vibraciones emocionan por sí mismas, aun descartado el contenido de lo que exprese. El Sr. Hernández, adusto, seco, pensativo o fogosamente dramático, según las exigencias de las situaciones. Muy bien las Sras. Peñaranda y Siria y la Srta. Almarche.

Mignoni ha pintado para El Jayón dos bellas decoraciones.

Rafael Rotllan.

De "A B C":

La primera manifestación teatral del temperamento literario de Concha Espina ha respondido al prestigio de que goza desde hace mucho tiempo como novelista la ilustre autora de La Esfinge Maragata.

El Jayón, drama en tres actos, estrenado anoche en el teatro de Eslava, obtuvo un éxito franco, unánime, cordial y justísimo. No podía esperarse otra cosa de quien tan ponderadamente ha sabido interpretar momentos y sensaciones de un realismo doloroso y vivo, descubriendo la llaga de lo trágico, no con la grosera tenacidad de los gusanos, sino con la solícita atención de un psicólogo.

El Jayón es un afortunado ensayo dramático. Concha Espina ha tenido el acierto, además, de mostrarse como dramaturgo femenino de sutiles y vibrantes percepciones estéticas y humanas.

Su primera obra escénica es, como la obra de una madre, la exaltación del más puro sentimiento de la maternidad, y esta postura sentimental tan simpática y tan excepcional en este ciclo literario en que la mujer propende a sentir como el hombre, fué acogida con visible complacencia por el público, sugestionado al mismo tiempo por la plasticidad del cuadro, del ambiente, de la luz local; la riqueza de la expresión en su poética rusticidad, y, finalmente, la tembladura de bondad, de sencillez, de almas buenas, que circula, como la sangre caliente y generosa por las venas, por todos los instantes del drama.

Es el jayón un niño prohijado, una criatura con paternidad adoptiva, según la lexicografía vulgar montañesa.

En la obra de la exquisita y gentil escritora, el jayón es un niño tullido, una lacra fisiológica, un rollito santo donde la Fatalidad se ha complacido en grabar una arruga deforme. Y este niño, hijo aparente del infortunio, cuando es el infortunio mismo, viene a ser el eje de la delicada trama, es como la línea de primer término de la linda, de la sugestiva acuarela dramática que ha compuesto Concha Espina.

De su triunfo absoluto y clamoroso le hablarían anoche con clara elocuencia las ovaciones cerradas que le prodigó el entusiasmo de la concurrencia.

La Srta. Morer tuvo ocasión de contrastar sus admirables aptitudes, dando la máxima sensación de la ternura, de la abnegación, del sacrificio y, finalmente, del desgarrante dolor maternal, interpretando la figura dulce y bondadosa de Marcela, la madre del jayón, la madre secreta para todo el mundo, menos para sus entrañas laceradas por la suprema adversidad.

La Sra. Peñaranda y el Sr. Hernández se hicieron una vez más acreedores a la legítima complacencia con que el público de Eslava sabe justipreciar sus méritos artísticos indiscutibles.

Para los tres, como para sus estudiosos auxiliares, hubo muchos y merecidos aplausos.

Concha Espina fué llamada al palco escénico multitud de veces.

El decorado, de Mignoni, de justo verismo.

J. San Germán Ocaña.

De "El Sol":

Nosotros tenemos que recibir complacidos siempre cualquier ensayo escénico de los novelistas, seguros de que han de llevar a la dramática, con la sinceridad de sus análisis, graves preocupaciones de lenguaje y de estilo. En este último aspecto, principalmente, tiene un innegable valor la aparición ante la batería de una obra de Concha Espina, la interesante autora montañesa.


La sugestión innegable de esa fábula tiene aún menor importancia que la pintura del ambiente. La Sra. Espina ha llevado al teatro todo el color y todo el encanto descriptivo de la novela. Y, atenta al paso que daba, cuidó de conceder a los episodios una sobriedad plausible, que los hacía resaltar vivamente. El diálogo sostenía, en tanto, sus prestancias, y los actos se deslizaban bajo un innegable encanto literario.


El público aplaudió los tres actos del drama, reclamando en todos la presencia de la autora. Josefina Morer exteriorizó una vez más su alto temperamento dramático en la interpretación de Marcela. Y fué secundada con acierto por la Sra. Siria, y por los Sres. Hernández y Vega, especialmente.

De "La Vanguardia", de Barcelona:

Otra producción no sólo interesante por sí misma, sino reveladora de aptitudes dramáticas ciertas ha sido El Jayón, primer trabajo escénico de la insigne novelista Concha Espina. Se trata de una bella narración publicada ya y adaptada perspicazmente al teatro por su autora. El público percibía con claridad los dos elementos indispensables: el ambiente montañés que envuelve el episodio, y la curiosa experimentación del amor maternal que se intenta realizar. Así la potencialidad de la fábula destacaba sus vigores y la emoción surgía eficazmente. El dolor de aquella madre que en lejano día señalara al hijo legítimo como espurio, como hallado, como el jayón, avergonzado del raquitismo y de la fealdad del niño, adquiere una alta significación en el momento de perecer el muchacho víctima de un accidente fortuito. El verdadero jayón, el muchacho sano y hermoso se salva. Quien perece es el muchacho aquel que todos creían no era el de la triste. Ved por lo apuntado cómo en el drama de la Sra. Espina asoma mejor que una Fatalidad ciega o una Fatalidad hecha de determinismos, una decisiva acción providencial, pronta a ejercer sus justicias inexorables. La sencillez de los personajes que conocemos, el tono misterioso, recogido y apacible de la obra y la necesidad que tienen aquellos campesinos humildes del amparo constante de lo alto, concluyen de establecer las condiciones especiales de El Jayón. Y todo esto forma un conjunto organizado cuyas finalidades idealistas arriban sin mengua de la realidad viva y palpitante. Prueba, además, que la insigne autora de La Esfinge Maragata y de La Rosa de los Vientos puede caminar por la escena. Y a la par afirmaba, con el ejemplo ante nosotros, que no son tan insondables como se cree los abismos separadores de la novela y de la dramática.

José Alsina.

De "El Liberal":

«El Jayón», por Concha Espina.

La excelente novelista y escritora ha demostrado con ese su primer ensayo teatral que tiene todas las condiciones de un buen dramaturgo.

El Jayón es una obra dramática, trágica más bien, llena de emoción y de fuerza, cuyo fondo es hondamente patético. Y que por la forma y el ambiente—escenas de la montaña santanderina—está llena de verdadera poesía real.

Fué muy aplaudida.

Manuel Machado.

De "La Acción":

Concha Espina es una escritora que goza de grandes simpatías entre las damas. El arte de sus novelas y la ejemplaridad que resplandece en la vida de esta mujer iluminan su personalidad con los prestigios más ingentes. Concha Espina ha sabido ser una gran escritora y una dama amante de su hogar, términos no antitéticos, pero, en realidad, no muy avenidos en la vida corriente y moliente. Por eso sus lectores muestran hacia su autora predilecta, tanta simpatía como admiración.

El Jayón es el primer intento teatral de la Sra. Espina. Nadie lo diría al ver el dominio técnico de que da gallardas muestras esta escritora en el drama estrenado anoche en Eslava.

En El Jayón, a través de una trama simplicísima y de gran fuerza patética, Concha Espina exalta con toda la vehemencia de su corazón femenino, dotado de una gran sensibilidad, el sentimiento de la maternidad, que es eje y esencia del drama.

No queremos hurtar a nuestros lectores el interés que en ellos ha de despertar el argumento del drama. Por eso, contrariando nuestros deseos, nos abstenemos de relatar las incidencias del asunto.

Hay en esta primera obra de Concha Espina verdaderos alardes de sagacidad psicológica, que delatan un gran temperamento dramático en la ilustre escritora. La acción de la obra se desarrolla en la montaña santanderina, y los personajes, a pesar de su rusticidad, se expresan con la sobria elegancia de lenguaje que es característica en aquella comarca castellana. Sorprenden en El Jayón, la fluidez y naturalidad del diálogo y la elevación literaria de los giros, por cuyo extremoso celo merece sinceros plácemes esta ilustre autora.

El interés del drama no desmaya un solo instante. La obsesión amarga de que están embargados los personajes de la obra se transmite al público, poniendo en tensión sus nervios en espera del desenlace. Y éste sobreviene, sencillo, noble y patético, coronando con los rigores de la adversidad definitiva la gama de torturas en que han venido consumiéndose las almas.

El público rindió pródigos homenajes a Concha Espina, la cual hubo de salir a escena al final de cada jornada, requerida por los insistentes aplausos.

Josefina Morer, en la protagonista de la obra, puso de relieve sus grandes aptitudes para los papeles dramáticos. La bella y gentil actriz, que es todavía una niña, si, como es de esperar, persevera en el estudio, será muy pronto una de las figuras culminantes de nuestra escena.

Asimismo merecen un sincero aplauso el Sr. Hernández, que cada día añade mayores perfecciones a su arte, y la Sra. Siria, siempre ajustada y excelente actriz.

Alberto Marín Alcalde.

De "El Universo":

Las delicadezas del estilo de Concha Espina no son nuevas para nuestros lectores.

Esta escritora, quizás la más espiritual de las de su sexo, ha triunfado en el cuento, en la novela y en el comentario sentimental, con estilo propio, y con triunfos tan rotundos como generales. Sus artículos, gustados por el público y consagrados, como sus novelas, por la crítica, la han granjeado una reputación literaria de las más sólidas.

Pero si como creadora de las más bellas farsas poéticas es estimada por los lectores, quizás las exquisiteces de su estilo, por lo raras y escogidas, por lo depuradas literariamente, la han conquistado, en el mundo de los artistas una personalidad sobre todas original.

Concha Espina, aplaudida y mimada del público por toda su labor anterior, va ahora al teatro con una obra dramática de ambiente rústico.

En declaración autocrítica nos dice la ilustre autora que en su nuevo drama no pretende ni enseñar ni demostrar nada, y que el público está libre de todo intrincado problema moral de complicada solución.

El ensayo dramático de la ilustre autora de La Esfinge Maragata pertenece a lo que pudiéramos llamar teatro poético. El Jayón es la poética exaltación de la maternidad y el canto a las sublimes y misteriosas profundidades y siniestros de las montañas. Allá arriba, en las cimas donde las ventiscas y las tempestades se forjan, la nieve entierra, quitando antes el último suspiro, al jayón.


El diálogo, que es el oro puro de esta narración novelesca, tiene primores poéticos y de estilo verdaderamente espléndidos.

El lenguaje florido de aquellas montañesas toma color con la acción, y nos sabe más a mieles que en las lecturas.

La Srta. Moner, en primer lugar, y Hernández, prestan el calor de su arte sincero y conmovedor a aquellas ternísimas escenas sentimentales.

La Sra. Siria y Ricardo de la Vega, en papeles episódicos, admirables de carácter.

Hidalgo y los demás intérpretes, muy bien.

Concha Espina salió a escena al final de todos los actos a recibir los aplausos numerosos y entusiastas.

Federico Leal.

De "El Fígaro":

Los intérpretes del drama.

El drama estrenado anoche por la compañía que acaudilla D. Gregorio Martínez Sierra no va a los artistas del teatro Eslava. Sinceramente estimamos que merece otra interpretación más de emoción, de más nervio, que la que le dieron, con la mejor intención, la Srta. Morer, la Sra. Peñaranda y Paco Hernández, principales intérpretes de El Jayón.

Y es que, acostumbrados al género diametralmente opuesto que cultiva el director artístico del teatro, no sienten, no viven, no cultivan el drama intenso que con tan buena fe les ha entregado la Sra. Espina, de quien teníamos un alto concepto literario por sus novelas y cuentos, y a la que debemos desde ahora una mayor consideración escénica.

Esta misma opinión nuestra sustentaba el público que acudió al estreno del drama, otorgando con afecto prolongados aplausos a la autora y reclamando su presencia en escena al finalizar cada uno de los tres actos en que la obra está desarrollada.

«El Jayón».

El Jayón, el niño hallado sin padres, recogido por caridad, es al contrario de lo que estamos acostumbrados a ver en teatros, el motivo del drama íntimo que ahoga la felicidad del matrimonio montañés, eje de la obra.

Este hijo del amor adúltero, hijo del marido y de una moza del valle, es encontrado una noche de nieve y de frío junto a la puerta de la casa del padre.

La esposa, que sospecha la tragedia de aquel hombre, acoge con amor a la criatura y procura hermanarla con su hijo, el legítimo, recién nacido también. Pero un día descubre que éste es defectuoso, enfermizo, contrahecho, y en un arranque de orgullo, sintiéndose humillada, vencida, viendo al jayón fuerte y sano, cambia a los niños de cuna para no avergonzarse ante la gente del fracaso de su amor.

Y como un castigo ultrahumano, fingiendo siempre, eternamente dolorida, ve sucumbir, poco a poco, a su hijo verdadero, hasta que una noche trágica, también de fríos y nieves, perdidos en la montaña, el padre de los dos niños abandona, muerto, helado, al enfermo, para salvar al otro sano...

Este es el drama fatal, sombrío, en el que interviene, como una sombra acusadora, la madre del jayón, errante y triste, para recobrarlo al final, en una escena de extremada intensidad, de un agobio profundo, dislacerante, amargo.

El drama.

Se desarrolla fácilmente, sin complicaciones, muy ponderado y muy interesante. Un momento, cuando acaba la obra, pesa algo, por la extensión del momento que, una vez expuesto, no debiera prolongarse con la desesperación y el dolor de la madre.

Literariamente merece algo más que el ligero comentario que podríamos hacerle. A nuestro juicio, modestísimo, hace tiempo que no se representaba una comedia tan fácilmente dialogada ni tan elegante de expresión.

Sin perder un momento el ambiente rústico, sin un alarde, se escucha con verdadera complacencia por el buen gusto de la escritora, que, a no ser mujer, seguramente hubiese alcanzado los honores de la Academia hace tiempo.

Presentación.

Así como los efectos escénicos del acto primero nos causaron una impresión de espanto, de desesperación, por los tonos chillones del decorado, por la falsedad absoluta del paisaje, por la colocación, en general, en cambio tenemos que confesar el acierto del escenógrafo Mignoni al presentar la misma, exacta decoración de paisaje en el segundo, con un efecto de nieve verdaderamente originalísimo. El decorado del tercer acto es de escasa, nula originalidad. Su indumentaria, aceptable nada más.

José Mairal.

De "La Correspondencia de España":

«El Jayón, nos dice su autora, es un drama rústico, amargo, lo mismo que la vida, fatal como un karma que se cumple.

Se desarrolla entre pasiones desnudas, entre criaturas buenas, en un medio primitivo, dentro del cual intervienen los elementos, con sus voces y su poder misterioso, como un personaje más. No está hecho a la medida de ningún actor», etc.

Esto nos dice la Sra. Espina, y aun algo más, y en verdad no nos defrauda.

Es El Jayón uno de esos dramas humanos que, por lo mismo, por lo humanos, pueden pasar en cualquier parte, en cualquier época, allí donde latan dos humanos corazones... ¿Qué decimos dos? No; aquí son necesarios más; cinco por lo menos: tres activos, digámoslo así (los de dos mujeres madres y un hombre padre), y dos pasivos (los de los hijos): el jayón y el legítimo.

En la vida se han dado sin duda muchos casos como el que presenciamos ayer en la escena. La novedad en estos asuntos nada importa; su verdadera novedad no está en el motivo, sino en el modo de desarrollarlo, y la distinguida y laureada autora de La Esfinge Maragata ha demostrado un tacto escénico admirable.

Sobriamente y con creciente interés en cada escena, va desenvolviéndose el drama, que tiene instantes felicísimos de emoción y poesía.

Es verdad que ninguno de los papeles está hecho a la medida de ningún actor; pero es cierto también que todos estos papeles de la vida real, con sus palabras y sus sentimiento comunes, caen siempre como hechos a la medida para nuestros cómicos, que son insuperables en cuanto se les hace caminar por la superficie terrena y no se les obliga a explorar en psicologías subterráneas o aéreas.

Anoche, todos los actores de Eslava que tomaron parte en la obra lo hicieron a maravilla. Hasta los más secundarios; por ejemplo, aquellos dos pastores, llegados al llano de las alturas nevadas, parecían tipos arrancados de la propia sierra.

Todos dignos de plácemes, y sobre todos hemos de mencionar especialmente y en justicia a la Sra. Peñaranda, que dió la nota dramática más emocionante, sin gritos desentonados, gestos extemporáneos, sin aspavientos, sino con una sobriedad en la actitud y en la palabra, palabra cálida, humana, de dolor profundo y contenido, mil veces más emocionante y trágica que un coro de voces plañideras.

La Sra. Espina salió al final de todos los actos, reclamada por los aplausos unánimes del público. Reciba también el nuestro fervoroso.

Goy de Silva.

De "El Imparcial":

Con motivo del estreno de «El Jayón».

Hablando con Concha Espina.

Dulzura; todo en ella es dulzura: los ojos puros que miran siempre más allá, el pliegue de la boca cansada, los gestos pausados, la voz igual...

Entra en el saloncillo del teatro, donde la espero; el ancho sombrero de terciopelo negro proyecta una sombra suave sobre su rostro, cubriendo los cabellos negros; los largos pendientes de coral rojo no son en ella una extravagancia, ni siquiera una fantasía: son un adorno encantador e inmóvil, porque su cabeza apenas se mueve.

—Vengo a molestarla—la digo—con motivo del estreno de esta noche; la actualidad manda, y usted es hoy una figura de actualidad de primer orden...

—¡Oh, no!—protesta casi intimidada—: de primer orden, no.

—Un estreno teatral femenino—prosigo—es aquí un acontecimiento, y tratándose de una firma, como la de usted... Pero esto es un pretexto; hace mucho que yo deseaba hablar con usted para poder luego hablar de usted a mis lectoras. Y antes de tratar de su nueva personalidad literaria, yo quisiera que me hablase usted de su vida.

Y me habló de su vida muy sencillamente, con su voz dulce e igual, parándose a menudo, como si cada palabra evocase algo ante sus ojos, que miran siempre más allá...


—Y ahora hablemos un poco de su última encarnación literaria. ¿Cómo se le ocurrió escribir para el teatro?

—Paso de la novela al teatro con la misma naturalidad y lógica que pasé del periodismo a la novela, o de los versos a la prosa. Hace algún tiempo escribí El Jayón en novela para La Novela Corta. Mis pocos amigos intelectuales me aseguraron que los tres capítulos de El Jayón eran más bien tres actos de un drama. Y un buen día me decidí a seguir su consejo y, en efecto, a medida que escribía me parecía que mi novela iba adquiriendo su verdadera forma, realizando su verdadera misión.

—Volviendo al motivo de actualidad de mi visita, ¿cuáles son sus impresiones de autora dramática en día de primer estreno?

—Estos días confieso que en los ensayos sufrí un poco; es doloroso el oir las frases que nos dictó la emoción, cien veces remachadas, indiferentemente, desapasionadamente. Yo comprendo que esto es una sensación algo pueril, de autora novicia.

—No sé si es pueril, pero me parece que debe ser muy justa. ¿Y hoy?

—Hoy estoy muy tranquila; soy muy optimista.

Y sus ojos, y su actitud toda, confirman tan sinceramente sus palabras que la miro algo desconcertada, y no temiendo ya turbar tan robusta serenidad, insisto:

—Sin embargo, descontado el valor seguro de una obra de usted, hay obras muy hermosas y hasta de gran éxito más tarde, que fueron, el día de su estreno...

—... ¿Un fracaso?—concluye tranquilamente—. Pues bien, yo me pongo perfectamente en el caso; de todas maneras no será culpa mía. Yo he escrito un drama que yo misma he presenciado y hondamente sentido, entregándome en mi obra con toda pasión, con toda fe. Yo no podía hacer más; luego, sean las cosas como sean, mi trabajo es el mismo; yo también...

¡Admirable Concha Espina, inmortal autora de La Esfinge Maragata; el éxito de su primer drama ha debido llenarla de una alegría digna, sin nervosidad, como sin nervosidad también fué la espera! Porque usted en la gloria como en el arte, como en la vida misma, permanece siempre fuerte con dulzura, optimista sin vanidad, y sin pasividad, serena. Porque usted, como sus ojos claros, está siempre más allá...

Magda Donato.

De "La Unión", de Sevilla:

Anoche, en el escenario de Eslava, se representó una obra teatral debida al ingenio de Concha Espina, la de la prosa correcta y clara como agua de manantial serrano, la novelista que sabe tejer realidades de nuestra propia vida con finos hilos de ensueño, dando a la labor un tono suave, de verdad y de ilusión, tan perfectamente armonizado, que logra poner un suspiro en nuestros labios, al mismo tiempo que, embebecidos, pensando en unas dulces quimeras, miramos a las lejanías más azules.

Y la representación de El Jayón—que así se denomina la nueva comedia dramática—nos proporcionó aquella hora grata que el espíritu nos demandaba, cansado de tanta aridez y de tanto mezquino prosaísmo como estamos viviendo estos días en este nuestro buen pueblo español.

Concha Espina, dotada de un exquisito temperamento artístico, escribiendo para el teatro como escribe sus novelas, tuvo el singularísimo acierto de subyugar a los espectadores, brindándoles generosamente aquellas exquisiteces de que estamos tan ayunos y que, en verdad, hemos echado de menos en tantas temporadas teatrales perdidas para la cultura, para el buen gusto y para el arte, nuestro supremo soberano.

El Jayón, que tiene por fondo un brioso panorama de vidas rurales, que exalta hasta un sacrificio eterno—el de dejar el amor al hombre único—, el santo cariño maternal, está enmarcado en una pureza de lenguaje y en una simplicidad de tecnicismo que constituyen la triunfal ejecutoria de la pluma que anoche fué aclamada, no ya por el aplauso de los selectos, sino por el público de la galería, que, abierta el alma a la llegada de la emoción, supo gustar ésta y apropiársela, agradeciéndola como una señalada merced.

Los periódicos madrileños relatarán, de seguro, el argumento de la obra que de modo tan definitivo triunfó anoche en Eslava, y por ello, para no hacer demasiado extenso este apunte, no he de meterme en tal detalle; pero, por si no te lo dijesen los críticos de teatros al hacer el comentario del estreno, yo he de manifestarte, amigo lector, que El Jayón tiene una escena tan intensa y tan sublime, tan generosa y tan llena de dulzores de alma de mujer, tan ungida por la gracia de las que fueron madres, que la diputo como uno de los mayores aciertos de nuestro teatro.


Cuando El Jayón siga su camino por todos los teatros de España, que la ruta es amplia y reclaman las gentes de todos los lugares beber en el mismo fresco y grato manantial, Concha Espina recogerá el fruto de la gratitud, pues ha puesto en el duro surco de nuestra vida semilla de arte noble y grande.

Y bien haya quien así atiende la sed de nuestro espíritu, que ya empezaba a mostrar grietas producidas por la hosca resequedad que hubieron de proporcionarnos los que se propusieron extraviarnos en nuestro camino hacia lugares de cordialidad, de ternuras, de realidades suavizadas por el dulzor del ensueño.

Leocadio Martín Ruiz.