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El libro rojo, 1520-1867, Tomo I

Chapter 71: IV.
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About This Book

Compilación histórica que recorre episodios desde el mundo indígena anterior al contacto europeo hasta las convulsiones políticas y las intervenciones extranjeras de la época contemporánea. Alterna relatos narrativos con capítulos ordenados cronológicamente sobre decisiones gubernamentales, conflictos militares y controversias económicas, y complementa la exposición con abundante correspondencia y documentos justificativos. Incluye además un prefacio y elementos autobiográficos de los autores, ofreciendo una mezcla de crónica y archivo destinada a explicar los procesos que transformaron la vida pública y las instituciones del país.

LOS TREINTA Y TRES NEGROS

I.

Casi en el mismo año de 1521 en que el imperio de Moctezuma fué derribado, y sometido el Anáhuac á la dominación de España, comenzaron á llegar á México esclavos africanos conducidos á la tierra nuevamente conquistada, por amos cuya sórdida codicia no se saciaba con el oro y la plata que los naturales del país podían extraer de sus minas.

Los mexicanos, bien por su aversión á los conquistadores, ó bien por sus antiguas costumbres, no querían trabajar en el beneficio de las minas con la tenacidad y constancia que deseaban los españoles.

El emperador Carlos V había sido informado de que por el excesivo trabajo á que se condenaba á los mexicanos por los conquistadores, se habían producido sediciones y levantamientos más ó menos graves, y que todo esto podía tener fatales consecuencias para la corona de España; ordenó, con audiencia de sus consejeros y teólogos, que los americanos fuesen libres de toda servidumbre, anulando los repartimientos de indios que había hecho Cortés.

De aquí vino para los españoles la necesidad de tener esclavos africanos, que trabajando día y noche en las minas, recibiendo una miserable retribución, y considerados como animales, pudieran enriquecer muy pronto á sus dueños.

En efecto, fué tan grande el número de los negros que se trajeron á la Nueva España, y tantas las ganancias que producían á sus amos, que ya en el año de 1527 Carlos V, entre otras ordenanzas que mandó á México, dispuso que los negros casados pudiesen redimirse pagando á sus amos veinte marcos de oro, y en proporción los niños y las mujeres.

En un principio los esclavos eran empleados únicamente en el laboreo de las minas, pero poco después se ocuparon en las siembras y cultivo de la caña de azúcar, cuya planta aseguran algunos autores que fué llevada á las islas de América desde las Canarias por el inmortal Cristóbal Colón, y que Cortés la hizo trasplantar á México.

Por el año de 1608 el número de los negros esclavos era ya tan crecido en la Nueva España, que apenas había una familia acomodada que no tuviera muchos de ellos á su servicio[19].

A pesar de que la suerte de los indígenas de América era bien triste por el trato duro é inhumano que recibían de los conquistadores, era sin embargo muy dulce comparada con la de los infelices esclavos africanos.

En aquellos primeros años, los caballos, las mulas y los bueyes eran muy escasos en Nueva España, y el trabajo de estos animales se suplía con los esclavos negros, á los cuales se quería comunicar fuerza y vigor con el látigo de los mayordomos.

Necesariamente aquellos hombres pensaban en la libertad, no sólo porque el amor á la libertad es innato en el corazón, sino por huir de los bárbaros tratamientos á que estaban expuestos todos los días y todo el día.

Rescatarse conforme á las ordenanzas del emperador Carlos V, de que hemos hablado, era para ellos casi imposible; necesitaban para eso tanto oro, como no podrían reunir con el asiduo trabajo de toda su vida: entonces pensaron lo que era natural. La Nueva España, estaba cubierta de bosques espesísimos é inexplorados; su tierra feraz podía cultivarse con poco trabajo; las selvas estaban formadas en muchas partes de árboles cuyos frutos podían dar á un hombre y á una familia la subsistencia. Las montañas convidaban á la libertad, las fieras que vivían en sus grutas eran mas felices que los esclavos negros de los españoles, y además en aquellos inmensos desiertos el fugitivo nada tendría que temer de sus perseguidores: la naturaleza ofrecía la independencia á los seres convertidos en esclavos por la civilización.

Los negros comprendieron que al lado de las ciudades de la colonia estaban las selvas en donde habitaban los ciervos, y los lobos y las serpientes; que al lado de la servidumbre y del látigo, estaban Dios, la naturaleza y la libertad.

Y los esclavos de las minas, de las casas y de los ingenios comenzaron á huir á los bosques.

Así estaban las cosas en el año de 1609, gobernando la Nueva España el virrey D. Luis de Velasco.

II.

Era la noche del 30 de enero de 1609: la luna, perdiéndose en el horizonte, apenas alumbraba las blancas nieves del soberbio Pico de Orizaba, conocido entre los naturales con el nombre de Zitlaltepec, y las sombras envolvían la fertil cañada de Aculzingo.

Entre aquellas sombras se escuchaba apenas el rumor de los árboles agitados por los vientos de la noche, y el murmullo de los arroyos que bajan por las vertientes de las montañas.

Sin embargo, escuchando con atención podían oirse en medio de aquellos ruidos confusos, otros sonidos que no eran producidos ni por los vientos ni por las aguas.

Eran voces humanan, era sin duda el ruido que causaba la marcha de un gran grupo de hombres, que caminaban apresuradamente conversando entre sí, y rompiendo las malezas y los arbustos que se oponían á su paso.

La marcha de aquellos hombres no se interrumpía, y aquel grupo parecía caminar en dirección del lugar que hoy ocupa la Villa de Córdoba.

Cuando los primeros reflejos de la aurora comenzaron á teñir de rosa el espléndido cielo de la costa de Veracruz, el grupo de hombres que se había sentido cruzar durante la noche por la cañada de Orizaba, seguía su camino trepando una encumbrada cuesta.

Era una tropa de negros, extrañamente vestidos y armados: llevaban los unos, gregüescos de terciopelo y calzas de seda hechas pedazos; los otros, calzones de escudero con sucias medias, calzas de gamuza; cuál vestía una bordada ropilla de raso, cuál una loba de curial; éste cubría sus desnudas espaldas con un elegante ferreruelo, aquel iba encubierto con un balandrán, el otro abrigado con un justillo estrecho, de acuchilladas mangas; el de más allá en un tabardo de belludo: aquello parecía una mascarada, y podía asegurarse que aquellos trajes eran los despojos de los pasajeros del camino de México á Veracruz.

En cuanto á las armas de aquellos hombres, era curioso observar que había entre ellos flechas y arcos de los aztecas, arcabuces y espadas de los conquistadores, mazas, macanas, hondas, hachas, escopetas, ballestas, puñales, alabardas, y todo en el mayor desorden y en extraordinaria confusión.

Al lado de un negro que llevaba marcialmente una gran lanza de caballero al hombro y un carcax lleno de flechas con su arco á la espalda, caminaba con gran desenfado otro que llevaba á la cintura pendiente de un talabarte bordado, una macana, y en la mano un pesado arcabuz de mecha: también aquel armamento parecía el producto de un saqueo parcial.

Aquella extraña tropa estaría compuesta de más de cien hombres, y á su cabeza, con todo el aire de un general en jefe, caminaba un negro alto, fornido, de abultadas y toscas facciones, que vestía con alguna más propiedad que los otros, y que estaba también mejor armado, pues mostraba una luciente coraza de acero, ceñía un largo estoque y empuñaba una buena escopeta.

Trepando por aquellas escabrozas veredas y atravesando angostos y peligrosos desfiladeros, llegó por fin la tropa á una espaciosa meseta que coronaba una de las más elevadas serranías.

Allí estaba situado un campamento de negros, era el cuartel general de todos los esclavos que habían huido de la crueldad de sus amos buscando la libertad que iban á defender con las armas y á costa de sus vidas.

La fuerza que llegaba había sido vista desde muy lejos; todo el campamento se había movido, y hombres y mujeres se apresuraban á recibirla.

Distinguíase en medio de todos ellos á un negro anciano pero robusto, á quien todos miraban con profundo respeto, y que parecía ser el patriarca de aquella tribu errante.

Cuando los recién llegados penetraron al campamento, los soldados se desbandaron sin esperar la orden de su jefe, y se mezclaron entre los grupos de los que les aguardaban, y sólo el que había venido á la cabeza se dirigió en busca del anciano.

—Buenos días, Francisco, dijo el anciano tendiendo al otro su mano con aire paternal.

—Dios te guarde, padre Yanga, contestó Francisco.

—¿Qué nuevas me trae mi hijo Francisco de la Matosa?

—Malas nuevas, padre Yanga, malas nuevas.

—¿Qué hay, pues? ¿algunos hermanos nuestros han muerto?

—No, los blancos quieren nuestra muerte: ayer se me ha presentado un hermano, que es también como yo, de Angola, ha salido de la Puebla y me ha contado......

—¿Qué te ha contado?

—Que de Puebla viene una expedición contra nosotros; mándala un capitán vecino de aquella ciudad, llamádose Pedro González de Herrera, y ha salido el día veintiseis......

—Estamos á los treinta días, muy cerca debe venir ya.

—Tal creo, y por eso me he replegado, á fin de disponer todas las tropas y prepararlas para el combate. Pedro González de Herrera trae cien soldados españoles, cien aventureros, ciento cincuenta indios flecheros, y cerca de doscientos más entre mulatos, mestizos y españoles que se le han reunido de las estancias.

—Es decir, cosa de quinientos cincuenta hombres: mucha gente es en verdad, y otros tantos no tenemos; pero no importa, Dios nos ayudará. ¿Por qué camino vienen?

—No han seguido ningún camino real, y se acercan extraviando veredas. ¿Hay vigilantes por todos lados?

—Sí, y es imposible que se acerquen sin ser sentidos...... Allí viene corriendo uno; noticia debe traer.

—Sin duda la llegada del enemigo. Pon á tus gentes sobre las armas, y yo voy al encuentro del vigilante......

El viejo salió á encontrar al que llegaba, y Francisco comenzó á disponer sus tropas.

El trabajo no era grande, y en un momento se formaron cuatrocientos negros, todos armados.

Yanga volvió.

—Francisco, dijo, es preciso escribir á ese D. Pedro González.

—¿Y para qué?—preguntó Francisco con extrañeza.

—Para decirle que obedecemos á Dios y al rey, pero que queremos nuestra libertad; que si nos la conceden, si no nos vuelven á nuestros amos crueles, si nos dan un pueblo para nosotros, depondremos las armas; ¿te parece bien?

—Sí, contestó Francisco. ¿Y quién llevará esa carta?

—El español que tenemos prisionero.

Una hora después salía del campamento de los negros un español que llevaba una carta de Yanga, caudillo de los sublevados, al capitán D. Pedro González de Herrera.

El viejo Yanga era el espíritu de aquella revolución, que había meditado por espacio de treinta años, y el negro Francisco de la Matosa era el general de las armas, nombrado por Yanga.

Los negros estaban ya esperando la señal del combate.

III.

Las tropas del capitán D. Pedro González de Herrera caminaron muchos días, y acamparon á la orilla de un caudaloso río y enfrente de las posiciones que ocupaban los negros.

Esto acontecía el 21 de febrero de 1609.

Los dos campos enemigos podían observarse, y los dos pequeños ejércitos se preparaban para el combate, que indudablemente debía de darse al día siguiente.

Los soldados de González contaban en su abono con el número, la disciplina y la buena calidad de su armamento.

Los de Yanga confiaban en lo fuerte de sus posiciones y en la justicia de su causa.

Llegó la noche: poco á poco los contornos de los árboles y de las montañas se fueron como desvaneciendo en el obscuro fondo del espacio, y luego no fué todo aquello mas que una niebla densa y misteriosa, en medio de la cual no se distinguía otra cosa que la lejana luz de algunas hogueras que parecían estrellas, ó la vacilante claridad de algunas estrellas que brillaban como las hogueras. Cielo y tierra se confundían con sus sombras y con sus luces.

Entonces se pudo notar que en ambos campamentos se movían las tropas y se disponían los combatientes.

Yanga y Francisco de la Matosa arreglaban la defensa.

D. Pedro González de Herrera preparaba el asalto.

Los primeros albores de la mañana darían sin duda la señal de acometida, y Dios daría la victoria.

Así pasó toda la noche, y durante toda ella no hubo sin duda uno solo de aquellos corazones (que ahora hace ya más de dos siglos y medio que dejaron de latir para siempre), que no estuviera conmovido con el peligro del día siguiente.

Brilló por fin la aurora, y las columnas de los asaltantes se pusieron en marcha, en medio de un silencio sombrío.

Don Pedro González iba á la cabeza de todos, procurando animar á sus soldados con su ejemplo; pero delante de él caminaba alegre y juguetón un perrillo de uno de los soldados.

Aquel animal no conocía que todos aquellos hombres, y entre los cuales iba su amo, caminaban al combate y á la muerte, y por eso jugueteaba entre la maleza, ya adelantándose, ya volviendo ligero á encontrar á la columna que seguía avanzando sin descansar.

Don Pedro le miraba casi sin pensar en él; pero de repente observó que el animal, que se había adelantado mucho, se detenía como espantado y ladraba dando muestras de cólera.

—¡Una emboscada!—gritó D. Pedro comprendiendo lo que aquello significaba.

—¡Una emboscada!—repitieron los que le seguían, y la columna se detuvo repentinamente.

El capitán desnudó su espada, afirmóse el sombrero, y con robusta voz gritó, volviéndose á su tropa:

—¡Santiago y cierra España! ¡á ellos!

—¡A ellos! repitió la columna, y todos comenzaron á trepar velozmente por aquellos riscos, en dirección de la emboscada descubierta por el perrillo.

Los negros conocieron que la emboscada no surtiría ya efecto, y salieron á cortar el paso.

Trabóse entonces el combate, los mosqueteros comenzaron á disparar sus armas sobre los negros, ganando siempre terreno, y los negros, haciendo fuego á su vez sobre los asaltantes, con las pocas armas de fuego que tenían, procuraban hacerlos huír ó acabarles rodando en gran cantidad peñascos que para este objeto tenían ya preparados.

Pero nada contenía el brío de los asaltantes, que trepaban y trepaban ganando siempre terreno y lanzando á sus enemigos una verdadera lluvia de balas, de piedras y de flechas.

Muchas horas duró el combate, y la suerte favorecía á los soldados de D. Pedro González, que al caer ya la tarde se apoderaron de las posiciones de los negros, no sin dejar el camino que habían recorrido, sembrado de cadáveres y de heridos.

Yanga y los demás que le acompañaban, viendo que no era posible resistir más, huyeron para los bosques, no dejando en poder de sus enemigos más que algunos cadáveres.

Aquello era un triunfo, pero un triunfo tan efímero como costoso. Los negros que habían huído volverían á hacerse fuertes en otro lugar, y sería necesaria una nueva batalla, que no daría más resultado que el que ésta había dado: conquistar á fuerza de sangre una posición que había necesidad de abandonar á poco tiempo, y con el temor de volverla á encontrar defendida al día siguiente; y aquella era una campaña tan penosa como estéril en sus resultados: los negros habían perdido alguna gente, pero en compensación lo mismo había sucedido á sus perseguidores: la proporción era perfecta.

Todo esto lo comprendió D. Pedro González de Herrera, y quiso aprovechar los momentos de la victoria y dar otro sesgo á la campaña.

Ofreció el indulto á Yanga y á los suyos: fijáronse en los árboles por todas partes cédulas con este ofrecimiento, colocáronse en todas las alturas banderas blancas, y al fin Yanga escribió al Virrey.

Proponía una especie de convenio, en el que había mucho de debilidad.

Protestaban no haber tenido intención de faltar á Dios ni al rey, de quien eran leales vasallos; se comprometían á entregar en lo sucesivo todos los esclavos fugitivos á sus dueños, mediante una remuneración, y pedían un pueblo en que vivir con sus hijos y mujeres, y en el cual recibirían al cura y al justicia que se les nombrase.

El Virrey accedió á todo y les concedió terrenos para formar el pueblo, que se llamó de San Lorenzo.

IV.

En el entretanto, en México había sido grande la alarma, y el Virrey, para calmar los ánimos, mandó azotar públicamente á algunos negros que estaban presos por varios delitos.

Con esto pareció que todo había concluído, y en efecto, en esa confianza transcurrieron los años hasta 1612.

En este intermedio D. Luis de Velasco el virrey, había sido llamado á España para el desempeño de un puesto de gran importancia en la Corte: le sucedió en el gobierno de la colonia el arzobispo de México D. Fray García Guerra; pero duró muy pocos meses, porque un día al subir á su coche no pudo tomar bien el estribo, cayó, y como era muy anciano, murió de resultas del golpe.

Muerto el virrey-arzobispo, la Audiencia tomó posesión del gobierno, y el oidor decano Otalora se transladó al palacio de los virreyes.

Apenas comenzó á gobernar la Audiencia, cuando se volvió á hablar de la sublevación de los negros, y las gentes se aterrorizaron.

Mil noticias, ó más bien dicho, mil consejas á cual más extravagantes circulaban por la ciudad de México y por las ciudades vecinas. El nombre de Yanga y de Francisco de la Matosa pasaban de una á otra boca pronunciados con espanto.

Quién aseguraba que en uno de los bosques del camino de México á Veracruz había un campamento en el que se contaban los negros por millares; quién decía que durante las frías noches de Febrero misteriosas tropas rondaban alderredor de las ciudades como ejércitos de fantasmas evocados por un conjuro; algunos afirmaban que cuando todos los habitantes de México dormían, ellos, desde los terrados de sus casas, habían visto en las montañas de los alrededores, hogueras que no podían menos de ser contraseñas, y habían escuchado los salvajes aullidos de los negros bozales.

Todo esto se creyó, y todo esto dió margen á decir que los negros esclavos, ayudados por los bozales, trataban de alzarse, y hasta se fijó como plazo para esta sublevación el jueves de la Semana Santa.

La Audiencia gobernadora participó también de aquel temor, y comenzaron entonces á dictarse medidas de seguridad que no producían más efecto que aumentar el miedo.

Como la sublevación debía verificarse el Jueves Santo, se suspendieron las procesiones y fiestas de la Semana Mayor, y en todos esos días á las oraciones de la noche no se encontraba en las calles un solo transeunte.

Por casualidad, el Jueves Santo á media noche entró á México una piara de cerdos, y como todos los ánimos estaban preocupados y esperando el terrible acontecimiento, el primero que oyó el gruñido de aquellos animales se figuró que eran las voces de los negros que entraban á la ciudad, y esparció la alarma, y aquella alarma fué tan grande y tan espantoso el pánico que se apoderó de todos los vecinos, que nadie se atrevió á salir de su casa á cerciorarse de la verdad, hasta la mañana del día siguiente.

En estas zozobras se pasaron la Semana Santa y los días de Pascua[20].

V.

No puede saberse con segundad si la Audiencia descubrió realmente alguna conspiración, ó quiso con un ejemplar ruidoso calmar los ánimos y acobardar á los negros por si pensaban en rebelarse; lo cierto es que apenas pasó la Pascua, México presenció una de las más horrorosas ejecuciones de que haya memoria.

Veintinueve negros y cuatro negras fueron ejecutados en el mismo día y hora en la plaza mayor de la ciudad.

El gentío era inmenso; plaza y calles, balcones y azoteas, todo estaba lleno, en todas partes había espectadores, desde todas partes se contemplaba aquella espantosa matanza.

La escena era capaz de hacer estremecer de horror al mismo Nerón.

Aquellos hombres, y sobre todo aquellas mujeres que caminaban al patíbulo, casi moribundos, cubiertos de harapos, á encontrar la muerte después de una vida de esclavitud y sufrimiento; los confesores que á grito herido encomendaban aquellas almas á la misericordia de Dios, una multitud inmensa que se agitaba como un mar borrascoso, y sobre todas aquellas cabezas treinta y tres horcas, de donde pendían media hora después treinta y tres cadáveres.

La ejecución había terminado, pero la gente no se retiraba, y era que aún había un segundo acto más repugnante.

Los verdugos comenzaron á bajar los cadáveres, y con una hacha á cortarles las cabezas, que se fijaban en escarpias.

Se estaban castigando cadáveres y derramando la descompuesta sangre de los muertos.

Aquella escena era asquerosa.

Las treinta y tres cabezas se fijaron en escarpias en la plaza mayor de la ciudad, ornato digno de la grandeza de la Audiencia gobernadora.

Mucho tiempo estuvieron allí aquellos trofeos de civilización, hasta que la Audiencia tuvo parte de que no era ya posible sufrir la fetidez, y las mandó quitar y que se enterraran.

Así se sofocó aquella soñada conspiración, en el año de 1612.

Vicente Riva Palacio.

EL TUMULTO DE 1624

Pasó al Virreinato del Perú el Marqués de Guadalcázar, y le sucedió en el Gobierno de México D. Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, Marqués de Gelves y Conde de Priego, el cual llegó el 12 de septiembre de 1621.

El país estaba infestado de bandidos, de manera que no se podía salir ni á los caminos, ni andar en las ciudades pasadas ciertas horas de la noche, sin ser atacado, robado y no pocas veces asesinado. Los frailes de las diversas órdenes religiosas, poseedores de grandes bienes y habiendo perdido las virtudes cristianas de que dieron ejemplo años antes los doce apóstoles de las Indias y sus sucesores, se entregaban á ruidosas cuestiones y á complicadas intrigas para obtener los puestos elevados en los conventos, la justicia no estaba de lo mejor administrada, y según las pocas narraciones de esos tiempos hay lugar para creer que el favoritismo y la venalidad, más bien que las leyes, decidían de los muchos y largos pleitos que en esa misma época se originaban entre españoles, criollos é indígenas. El Marqués de Gelves, enterado de la mala situación de la Colonia á los pocos meses de llegado, quiso violentamente corregir todos estos males y comenzó á ahorcar á los ladrones, á poner á raya á los Provinciales de los conventos, á destituir á los empleados infieles, á intervenir, poniéndose del lado de los pobres, en las inícuas sentencias de los jueces, y aun á refrenar el poder inmenso que el clero había adquirido mezclándose en los negocios civiles y decidiendo sobre las reyertas y cuestiones de las familias.

Al papel siempre peligroso de reformador, el Marqués de Gelves añadió mucho de su carácter impetuoso y bravo y de su voluntad indomable; de manera que por medio del despotismo y de la arbitrariedad quería corregir los vicios que la arbitrariedad y el despotismo habían entronizado, y esto produjo un choque terrible con la autoridad eclesiástica representada en el Arzobispo Don Juan Pérez de la Serna que había venido desde el año de 1613, y que se había hecho de grande prestigio no sólo entre los eclesiásticos, sino también entre el pueblo.

El Prelado, hombre también testarudo y aun poco escrupuloso, para elegir los medios de menguar la autoridad del Virrey y dominarle, no dejaba escapar la oportunidad de arrebatarle la popularidad que había adquirido con las reformas que hemos indicado. Pronto se presentó la ocasión.

El Marqués de Gelves que no tenía sin duda una idea fija sobre las obras del desagüe, no sólo mandó suspenderlas, sino que para dar una prueba de su inutilidad mandó romper el dique que contenía las aguas del río de Acalhuacán (Cuautitlán.) La estación lluviosa fué benigna y pasó sin novedad y con gran contento del Virrey, pero repentinamente en el mes de diciembre creció la laguna de Texcoco, se desbordó sobre la ciudad y la anegó completamente.

A esta calamidad siguió la de la carestía y aun escasez de maiz que llegó á valer cuarenta reales, siendo su precio común en esos tiempos el de doce reales. Esto indispuso los ánimos, y la exaltación llegó á su colmo cuando se supo que un caballero rico llamado Mejía, amigo íntimo del Virrey, había monopolizado todo el maiz y el trigo y le vendía á precios exorbitantes sin que nadie pudiese competir con él. Malas lenguas dijeron que el Marqués tenía compañía con Mejía y ambos se habían embolsado grandes ganancias, obtenidas á costa del hambre y de la miseria del pueblo. Todo esto lo explotaba perfectamente el clero, mal avenido con el carácter tremendo del Virrey, y no era necesario mas que un pequeño incidente para que estallase abierta y descaradamente la guerra entre las dos autoridades.

No tardó esto en suceder. Un personaje importante en esa época, Don Melchor Pérez de Varaez, se hallaba procesado, y usando de los recursos que entonces como ahora se usaban, recusó á su juez. El Virrey le nombró otro, y Varaez entonces se escapó del convento de Santo Domingo, donde estaba retraído. Sus jueces, ofendidos, decretaron el embargo de sus bienes y papeles, le aprehendieron y le encerraron en una estrecha celda, tapando las puertas con cal y canto y poniéndole además una guardia de doce arcabuceros.

Varaez se dió trazas de elevar un memorial al Arzobispo, reclamando la intervención eclesiástica, y como el prelado no deseaba sino el momento de ponerse frente á frente con el Virrey, otorgó la protección al preso, y de pronto excomulgó á los arcabuceros que le custodiaban. El Virrey ocurrió al delegado del Papa en Puebla, y éste mandó al Arzobispo que levantase la excomunión. Este no obedeció, y el Virrey recabó duras providencias en contra del prelado. Tal fué el principio y origen del terrible tumulto de 1624.

El Virrey lo que quería era que sin resistencia dominase la autoridad civil, y estaba resuelto á emplear la fuerza y la violencia para conseguirlo. El Arzobispo quería que la autoridad eclesiástica dominase sin contradicción, y por su parte estaba resuelto á esgrimir todas las armas de la Iglesia.

Un día, después de muchos incidentes relativos al negocio de Varaez, y que sería largo el referir, el Virrey mandó llamará un clérigo, el cual, con consentimiento del Arzobispo, vino el día siguiente acompañado de su secretario.

Luego que los vió el Virrey, montado en cólera preguntó:

—¿Quiénes sois vosotros, y qué queréis?

—Soy el secretario de Su Ilustrísima, y esta otra persona es el eclesiástico que Su Señoría ha mandado venir.

—Salid de aquí al momento, que si he llamado al clérigo, para nada necesito al secretario, y no gusto de tener espías en mi palacio: salid antes que...... y vos, clérigo, aguardad.

El secretario salió más que de prisa y fué á referir al Arzobispo lo que había pasado. Eran las primeras horas de la mañana. El clérigo se sentó en la antesala á esperar que le llamase el Virrey. Cerca de las ocho de la noche el Virrey asomó la cabeza por una puerta. ¿Está todavía ese clérigo que mandé llamar esta mañana?—dijo á un ugier que hacía la guardia.

El clérigo se levantó, rojo como una cereza, pero con apariencias de resignación se acercó al Virrey, el que le hizo señal, y ambos entraron en el gabinete secreto.

—¿Me responderéis como un cristiano y como un hombre honrado á todo lo que os pregunte?—le dijo el Virrey con voz áspera.

El clérigo, lleno de miedo, hizo un signo de asentimiento con la cabeza, y entonces el Virrey le hizo multitud de preguntas difíciles y capciosas, á las que contestó el eclesiástico de la mejor manera que pudo.

—¿Estáis dispuesto á que todo esto se ponga por escrito bajo de vuestra firma?—le dijo el Virrey.

El clérigo tuvo que revestirse de energía y le contestó que por miramiento y respeto había satisfecho todas las interpelaciones, pero que nada firmaría sin licencia de su prelado.

—Por última vez ¿no firmáis?—preguntó colérico el de Gelves.

El clérigo, con voz medio trémula pero perceptible, dijo:

—No, no, señor; nada firmaré.

—¡Armenteros!—gritó el Virrey.

Don Diego de Armenteros, revestido de su cota de malla y con todas sus armas, se presentó por la puerta del costado.

—Tomad un caballo, y con buena escolta y á buen recaudo mandad en el acto á este clérigo insolente al castillo de San Juan de Ulúa, y allí que le encierren en una bartolina hasta que yo mande otra cosa.

El capitán Armenteros con una garra como de león cogió al clérigo del brazo y le sacó del gabinete.

—Otro tanto he de hacer con el Arzobispo, si se descuida, dijo entre dientes el Marqués, mirando alejarse al clérigo y al oficial.

Al día siguiente el Arzobispo, por medio de un notario, mandó reclamar á su clérigo, manifestando al Virrey que había incurrido en las censuras de la bula de la Cena.

—Decidle al Arzobispo que mande por su clérigo á San Juan de Ulúa, y que si quiere ahorrarse pasos se entienda con mi capitán Armenteros.

El Arzobispo, lleno de cólera, trató con muchos prelados la manera de aniquilar al Virrey con las armas espirituales, y el Virrey por su parte reunió á varios letrados para consultar es si podía ser excomulgado. Los Oidores respondieron que no habían meditado el caso, y el Virrey los echó de la sala: otros letrados opinaron, que siendo el Virrey la imagen del Rey, no podía ser excomulgado.

Pasaron algunos días. El 8 de diciembre de 1624, solemnidad de la Purísima, hubo gran festividad en la catedral. El Santísimo estaba descubierto, la misa era cantada y un grueso religioso comenzaba el sermón, cuando el escribano Tobar, saltando sobre la multitud de devotos que había en la iglesia, subió al altar mayor á notificar un auto del Virrey al Arzobispo. Este resistió, los fieles se alborotaron, el padre predicador no pudo continuar, y la misa acabó á toda prisa. Figúrese el lector el escándalo que habría en los tiempos de que vamos hablando.

El Virrey, observando que en nada cedía el Arzobispo, acudió al juez legado de Puebla, y éste comisionó á un clérigo, sacristán de monjas, atrevido y resuelto, que vino á México, y empezó á ejecutar todas las órdenes del Virrey, comenzando por entrar al Arzobispado, echar á todos los familiares y clérigos y embargar los bienes y muebles que encontró.

El Arzobispo mandó tocar entredicho, y el son pausado y grave de las campanas llenaba de terror á los habitantes de la ciudad, anunciándoles la discordia entre el Príncipe de la Iglesia y el representante de S. M. el Rey de España.

Las campanas no detuvieron ni un momento al padre sacristán, y antes bien dió á sus providencias un carácter más enérgico. El Arzobispo, mirando sus muebles en manos extrañas, sus habitaciones cerradas y selladas, y casi echado de su palacio, se hizo conducir en una silla de manos ante la Audiencia, y allí significó á los Oidores que no se movería hasta obtener justicia.

Los Oidores dejaron sólo en el salón al Arzobispo y se dirigieron á contar el caso al Virrey, volviendo al cabo de tres ó cuatro horas un escribano llamado Osorio, con este recado:

—«El Sr. Virrey me manda decir á Su Ilustrísima que se vuelva inmediatamente al Palacio Arzobispal, desde donde podrá pedir justicia; y si esto no hace, le notifique que incurre en una multa de cuatro mil ducados, y saldrá además desterrado del reino.»

El Arzobispo contestó al escribano que no reconocía superioridad en el Virrey, y que no había de obedecer ni sujetarse á tan atroz tiranía, y que no volvería á su palacio por no sufrir los ultrajes del sacristán poblano.

El Virrey esperaba impaciente la respuesta, y luego que hubo escuchado la que le trasmitió el mismo escribano Osorio, gritó con voz de trueno:

—¡¡Armenteros!!

Don Diego Armenteros se presentó por la puerta del costado armado hasta los dientes.

—En esta vez, vos mismo con una partida de arcabuceros os apoderaréis, de grado ó por fuerza, del Arzobispo Don Juan Pérez de la Serna, y lo llevaréis á San Juan de Ulúa á que haga compañía al clérigo insolente.

—¿Le llevaré á pie, á caballo ó en coche?—preguntó Armenteros.

—A pie, como se pueda, en una mula, de cualquiera manera, con tal que demos una muestra terrible en este país desorganizado, del respeto que se debe á la autoridad; pero no...... no deseo que vaya á morirse...... Disponed mi coche de camino y partid en el acto.

Armenteros, en momentos, mandó disponer el coche y la escolta de arcabuceros, y acompañado del Lic. Terrones, alcalde del crímen, del alguacil mayor Martín de Zavala y del teniente Perea, se dirigió á la sala de la Audiencia, donde el Arzobispo, sentado en su silla de manos, esperaba todavía que le hicieran justicia los Oidores.

—Es desagradable, le dijo Terrones, tener que ejecutar providencias tan duras; pero Su Ilustrísima deberá salir en este momento para San Juan de Ulúa, escoltado por el valiente capitán Armenteros.

—Espero que se me concederán dos ó tres días para...... pues...... porque......

El Arzobispo se ahogaba de la cólera.

—Ni una hora, contestó Terrones.

—Al menos me será permitido mandar por mi desayuno, pues el estómago y...... mis males, murmuró el Arzobispo.

—Ni un minuto, interrumpió Armenteros. El coche está ya listo y los caballos de la escolta impacientes.

—Ni un segundo, añadió el teniente Perea, y tomando bruscamente por el brazo al prelado, le hizo bajar las escaleras, y cinco minutos después un coche á escape, envuelto en una nube de polvo y seguido de doce feroces y corpulentos arcabuceros, atravesaba las calles de la ciudad y conducía á su destierro al más temible y poderoso señor de Tenoxtitlán.

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Los partidarios y amigos del Arzobispo tuvieron modo de enviarle recados y cartas, manifestándole que lo que importaba era ganar tiempo y demorarse mucho en el camino; lo cual fácilmente logró con pretexto de sus enfermedades y tratando con la mayor dulzura á Armenteros, que era un soldado brusco, pero en el fondo buen hombre.

La Audiencia entretanto, atemorizada, anuló el auto del Virrey, el cual en el momento que lo supo mandó prender y poner incomunicados en el calabozo á los Oidores, á los relatores y á los demás dependientes del tribunal, y envió un correo con instrucciones á Armenteros para que envolviese al Arzobispo en un colchón ó en un petate, supuesto que estaba enfermo, y en una mula, como si fuese un fardo le sacase violentamente de los límites del arzobispado.

En San Juan Teotihuacán se recibieron todas estas noticias la noche del 14 de enero, y las que comunicaron sus partidarios á Don Juan Pérez de la Serna eran más pormenorizadas é importantes; de manera que se resolvió á dar á su vez un golpe terrible y á jugar el todo por el todo. En la misma noche proveyó y despachó á México dos edictos. Uno de ellos excomulgaba al Virrey, y el segundo intimaba la cesación á divinis.

En la mañana temprano y mientras Armenteros se ocupaba en organizar la marcha y procurarse caballos y tiros de remuda para que su viaje fuese tan acelerado como el Virrey se lo había ordenado, el Arzobispo logró escabullirse y entrar á la iglesia de San Francisco. Allí revistió los atavíos pontificales, colocó al Divinísimo Sacramento en una custodia de oro y pedrería, que tomó en sus manos, y se puso en actitud resuelta en el altar mayor.

Armenteros buscó á su prisionero para acompañarle á que subiera al coche; pero en vez de encontrarle, le informaron que estaba en la iglesia decidido á desobedecer la autoridad del Virrey.

El capitán, que era de genio atrabiliario y de fuertes ímpetus, desnudó la espada, y echando un terrible juramento se metió como un furioso al templo, resuelto á atravesar de parte á parte al prelado, y en efecto llegó hasta las gradas del altar mayor; pero la actitud imponente del Arzobispo, su semblante sereno, aunque resuelto, y el temor y el respeto que le inspiraba el Sacramento encerrado en el resplandeciente relicario de oro, hicieron tal impresión en su ánimo, que bajó lentamente la espada que tenía dirigida al pecho de su prisionero, y cayó de rodillas suplicándole que encerrase la Hostia Sagrada en su tabernáculo, que de buen grado le siguiese, y que no comprometiese sus deberes de soldado, que tenía forzosamente que cumplir.

El Arzobispo se mantuvo firme en la idea de no dejarse arrancar sino por la fuerza del altar, y alguno de los documentos antiguos dice que permaneció cincuenta horas con la custodia en las manos. Como la gente del pueblo, y especialmente los indígenas, comenzaron á dar muestras de disgusto tomando decididamente el partido del Arzobispo, el capitán no se halló bastante fuerte con sus pocos arcabuceros para hacer frente á un motín popular, despachó un correo á México y prometió al prelado que con tal que sosegase á la gente, él mismo se interesaría para que el Virrey le mandase volver á la capital en vez de continuar rumbo á Veracruz.

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El 15 de febrero de 1624 fué uno de los más notables y terribles de que hay memoria en los anales de la colonia. El provisor Don José Portillo, muy de mañana comenzó á cumplir punto por punto el edicto del Arzobispo.

Los muchos fieles y buenos cristianos que había entonces extrañaron el toque de alba; pero creyeron que el sueño les había vencido ó el diablo les había hecho algo sordos. Dirigiéronse á misa y encontraron una iglesia cerrada, y otra y otra, recorriendo así la ciudad llena de templos, todos mudos y clausurados, como si ese mismo día hubiese acabado la religión de Jesucristo. Los sacristanes apenas asomaban la cabeza por el cuadrante y decían á los conocidos palabras alarmantes y misteriosas; algunos clérigos y frailes con algo que llevaban oculto bajo de los hábitos atravesaban rápidamente las calles, las campanas continuaban guardando un obstinado silencio. La alarma de los cristianos crecía por momentos, y pronto se propagó la noticia de que el Virrey estaba excomulgado y fijada la tablilla con el anatema terrible, en la puerta misma de la catedral.

La gente se agolpó á leer la excomunión, y las mujeres pedían con gritos y lamentos que se abrieran las puertas del templo. En estos momentos el escribano Osorio que tanta parte había tomado en los acontecimientos, atravesaba la plaza mayor en su coche, seguido de algunos negros esclavos, y á ese mismo tiempo pasaban unos muchachos que venían del mercado con unas grandes canastas de verdura en la cabeza, y habiéndole reconocido le gritaron ¡muera el hereje! ¡muera el excomulgado! grito que fué repetido por la multitud que ya llenaba la plaza, y que sabía ya lo que pasaba. Los esclavos de Osorio quisieron dispersar á los muchachos, y éstos pusieron en el suelo las canastas y comenzaron á tirar rábanos, zapotes y manzanas á la cara de los negros. Las demás gentes tomaron parte, la guardia del palacio salió con el sargento mayor á la cabeza, y entonces los amotinados, que ya eran muchos, acudieron al costado de la catedral, que estaba en obra, y apoderándose de gruesas piedras y guijarros hacían una descarga tan cerrada sobre el coche de Osorio y sobre los soldados, que éstos tuvieron que retirarse más que de prisa, refugiándose en el palacio y cerrando las puertas.

El Virrey, furioso de cólera, revistió su armadura, empuñó su espada y quiso salir á castigar á los insolentes, pero le contuvo el almirante Cevallos que estaba á su lado y era hombre de prudencia y de juicio.

—Bueno, no saldré en este momento, pero ¡voto á Dios! que he de castigar á todos estos malvados y rebeldes, y he de poner más horcas que árboles hay en la montaña.

Esto diciendo salió á la azotea con un clarín que comenzó á dar toques que llamaban entonces rebato. La alarma se difundió por toda la parte de la ciudad que había permanecido quieta y que ignoraba los últimos acontecimientos, y pronto se vió la plaza y las avenidas principales llenas de gente que secundaba los gritos de «Muera el hereje, abajo el luterano, viva la fe de Jesucristo y viva la Iglesia.» Al toque siniestro del clarín, que quizá no había sonado de esa manera desde los días de la conquista, acudieron al Palacio las autoridades, los empleados y una gran parte de la nobleza mexicana, y todos suplicaron al Marqués, especialmente el Oidor Cisneros, que se hincó de rodillas, que levantase el destierro al Arzobispo y lo trajese á México, con lo cual todo quedaría sosegado. El Virrey accedió, aunque con visible repugnancia, y el inquisidor mayor salió de Palacio con un papel que contenía el perdón para todos los amotinados, y la orden de volver á su palacio al temible Don Juan Pérez de la Serna, á quien hemos dejado en la iglesia de Teotihuacán, escudado con la resplandeciente y sagrada custodia.

Con esto habría terminado el motín, pero ni los sublevados se fiaban del Virrey ni éste de ellos, así que permanecieron no sólo en una actitud hostil, sino haciendo cada fuerza sus preparativos para volver á la lucha.

El pueblo continuaba agitado, vociferando y jurando en la plaza y en las calles, exigiendo que la audiencia reasumiera el gobierno, que las iglesias se abrieran y que se diese libertad á los presos de la cárcel pública; el Virrey, que á nada de esto podía acceder, mandó traer algunos quintales de pólvora de un depósito que estaba á media legua de la ciudad, sacó un suficiente número de arcabuces de la armería de Palacio, armó á los criados y dependientes que pudo reunir, y á la cabeza de esta tropa subió á la azotea, y desde allí intimó sumisión y obediencia á los conjurados. Estos, en vez de obedecer, contestaron su amonestación con silbidos y mueras, y comenzaron á tirar pedradas á los balcones. El Virrey, enfurecido, mandó hacer fuego á la tropa y más de cien personas cayeron muertas ó heridas en la plaza mayor.

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El Marqués del Valle y el Marqués de Villa Mayor habían hecho grandes esfuerzos por apaciguar la sedición, y como un medio de conseguirlo ofrecieron que irían á encontrar al Arzobispo, á darle parte de que estaba en libertad y á suplicarle que influyese en calmar las pasiones, ya bastante irritadas. Provistos estos dos personajes de excelentes caballos y de resueltos criados, atravesaron sin obstáculo la multitud reunida en las calles, y á galope tendido se dirigieron rumbo á San Juan Teotihuacán. En el camino encontraron ya al prelado de regreso, habiendo recibido la orden por conducto del alcalde Terrones, pero ya no era el intrépido Armenteros y los arcabuceros los que tenían preso al Arzobispo, sino el Arzobispo quien los traía no sólo presos sino anonadados de susto y de vergüenza. Armenteros se mordía los labios y casi se arrepentía de no haber sacado por el pescuezo al orgulloso pastor de la Iglesia.

Los pueblos todos del camino desde México hasta S. Juan se habían levantado, como se dice vulgarmente, y en tropel corrían á arrojarse á las plantas del Arzobispo implorando su bendición y besando sus manos y el extremo de las ropas, como si fuese un santo mártir. A cada momento era necesario que la comitiva se detuviese y que Don Juan Pérez de la Serna persuadiese al pueblo que Armenteros era su amigo y que los arcabuceros no tenían ya más objeto sino tributarle los honores debidos á su clase. De otra suerte habrían todos perecido hechos mil pedazos.

Luego que se supo en la ciudad la proximidad del Arzobispo, un concurso inmenso compuesto de las señoras y caballeros principales y de multitud de personas, salió con hachones á esperarlo á la Villa de Guadalupe, donde llegó á las once de la noche. A cosa de las doce llegó á la Capital, y todas las ventanas y balcones estaban abiertos é iluminados, las campanas se soltaron con un repique general á vuelo, cohetes y bombas estallaban en los aires, y el populacho entusiasmado y tal vez embriagado, gritaba vivas á la religión, y los clérigos y todos se estrujaban y se lastimaban con tal de llegar lo más cerca posible del Arzobispo para recibir su bendición.

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Mientras que los marqueses, después de haber hecho esfuerzos por apagar el fuego que comenzaba en las puertas del Palacio, corrían en busca de Don Juan Pérez de la Serna, y éste lenta y pacíficamente regresaba de la manera que hemos explicado en el párrafo precedente, el tumulto se desarrolló en la ciudad de una manera terrible. El clamor de los heridos que cayeron víctimas de las balas disparadas por el Virrey, y la vista de los cadáveres inanimados y sangrientos, despertó en el pueblo un furor hasta entonces desconocido, y los clérigos desarrollaron en ese momento oportuno toda la vasta trama de la conspiración, que no cabe duda habían tejido desde pocos meses después de la llegada del Marqués de Gelves.

En menos de dos horas, el populacho, que no tenía más armas que las piedras de la obra de la catedral, reapareció imponente en la plaza, provisto de arcabuces y trabucos, y comenzó una acción entre el Marqués subido con sus hombres en la azotea del Palacio y el pueblo aglomerado en la plaza, atronando los aires con una vocería infernal, de la que formaban el tiple los infinitos muchachos que tomaron parte en esta refriega.

El gran recurso del Marqués era el clarín, con cuyos toques de guerra esperaba el auxilio de algunos piquetes de caballería; pero se secó la garganta del trompetero antes que ninguna fuerza se acercase á dar auxilio al Palacio, que estaba ya completamente sitiado.

El Virrey recurrió entonces al expediente supremo, que fué enarbolar la bandera real, y contra la cual nadie se atrevería, y en efecto, en cuanto vieron ondear en el balcón principal el glorioso y temible estandarte de Castilla, cesaron las pedradas y el fuego de los arcabuces.

—Bien, muy bien, ¡voto á Dios!—exclamó el Marqués luego que vió la actitud respetuosa del pueblo;—no se atreverán á atacar la bandera del Rey, y entretanto tendremos la caballería que debe estar cerca, ó llegará Armenteros, que con sola su lanza dispersaría á toda esta canalla.

Ya hemos visto que Armenteros venía realmente en el camino como prisionero del Arzobispo.

La inacción y el respeto del pueblo no se escapó á un clérigo que dirigía desde los portales el movimiento de las masas que atacaban el Palacio, y creyó que todo lo avanzado se perdería.

En un momento, y seguido de varios conjurados de una más alta categoría, entró á la catedral y sacaron á poco una grande escalera que aplicaron al balcón principal. El clérigo tomó en la mano un pequeño Crucifijo, y gritando vivas á la religión, comenzó con admiración de todos á subir los escalones.

El Marqués, que en el acto adivinó el intento, gritó con voz terrible:

—¡Fuego! ¡fuego al clérigo, que se atreve á asaltar el Palacio del Rey!

El clérigo no se intimidó y continuó subiendo.

Los arcabuceros del Marqués apuntaron al clérigo.

El clérigo siguió subiendo, agarrándose con una mano de los escalones y con la otra presentando cada vez que podía el Crucifijo.

—¡Fuego, soldados!—gritó de nuevo el Virrey.

Los soldados no se atrevieron á tirar, y el clérigo subió hasta el balcón y arrancó la bandera de Castilla y descendió con ella cayendo en brazos de la multitud.

El tumulto llegó en ese momento á su apogeo. Grandes partidas de conjurados desembocaron por las calles principales, acaudilladas por frailes ó clérigos, que en una mano tenían un arcabuz ó una espada y en la otra un Crucifijo, y alentaban á la multitud al asalto. Gruesas piedras iban á estrellar con estrépito las vidrieras y puertas de los balcones, y con fuertes vigas tomadas de la obra de la catedral, trataban de romper las puertas del Palacio. Los frailes, con una voz de estentor, alentaban á los combatientes y gritaban: ¡muera el Luterano! ¡muera el hereje, y viva la religión de Jesucristo!

Los únicos frailes que en nada se mezclaron fueron los de la Merced. Ni suspendieron las ceremonias el día que se fijó la excomunión, ni quisieron acaudillar ninguna de las numerosas partidas de revoltosos; cerraron en el momento del tumulto las puertas del convento, y aguardaron, provistos de algunas armas y con una despensa bien surtida, el resultado de esta ruidosa cuestión.

Las puertas de Palacio no cedían á los golpes de las vigas y piedras, y entonces una voz gritó: «fuego al Palacio,» y todas las voces repitieron este eco siniestro, y las campanas de las iglesias, hasta entonces mudas, comenzaron á tocar á rebato. El más horrible frenesí se apoderó de la multitud, y mil hachas de brea encendidas y chispeantes fueron aplicadas á las puertas, que pocos momentos después crujieron, comenzaron á arrojar columnas de humo y lanzaron por fin una llama rojiza que fué saludada con júbilo por la multitud.

El marqués de Gelves, lejos de acobardarse ni dar muestras de debilidad, echaba rayos por sus ojos.

—¡Miserables cobardes, que no habéis arrojado á balazos á ese infame clérigo! Aquí hemos de morir quemados todos antes de sucumbir, y el primero que dé muestras de ceder, le traspasaré con mi espada.

Los soldados, aterrorizados con el aspecto decidido y terrible de Gelves, comenzaron á hacer fuego sobre toda la multitud, que asaltaba el Palacio sin respetar ni á los frailes ni al Crucifijo con que incitaban al exterminio y á la matanza.

El incendio, animado con un viento que comenzó á soplar, progresaba; las puertas abrían ya una boca de fuego y de humo, las campanas no cesaban en sus toques fúnebres, y la plebe rabiosa se echó dando gritos y alaridos por las calles, asaltando, prendiendo fuego y saqueando las casas de los que eran ó suponían enemigos del Arzobispo.

El Marqués, firme y cada vez más resuelto, defendía palmo á palmo el terreno, pues los asaltantes habían penetrado en los patios y rompían y forzaban puertas para llegar adonde estaba el hereje y arrojarle á las llamas.

El clérigo Salazar, que era seguramente el director de toda la conjuración, con un arcabuz hacia fuego, y se le encontraba por todas partes guiando á los incendiarios. El fuego llegaba á la prisión, y los criminales iban á perecer quemados. Salazar, que conocía una puerta que comunicaba con el Palacio, corrió á ella, exhortó á los criminales para que se libraran, y éstos con la desesperación que da el peligro, hicieron pedazos la puerta, salieron á los patios de Palacio y se dispersaron por todas las habitaciones, rompiendo muebles, robando alhajas y destrozando cuanto encontraban.

El Marqués de Gelves, ya sin soldados porque muchos se habían fugado, sin parque construido, con un depósito de pólvora cercano y sobre el cual volaban las chispas, lleno de humo y de polvo, y con el tronco de su espada en la mano, desafiaba impávido al incendio, á los criminales y al Arzobispo, y no había medio de arrancarle del puesto del peligro. Probablemente el almirante Cevallos, que le acompañó en esta funesta jornada, le arrancó de aquel sitio donde no había ni triunfo que esperar, ni gloria que recoger, y ambos, embozados, salieron por la puerta excusada, y sin que, como buenos castellanos, les diese un latido más su corazón, atravesaron aquella furiosa y frenética multitud y se dirigieron al convento de San Francisco, donde el Virrey permaneció retraído hasta que salió para España.

Manuel Payno.

DON JUAN MANUEL