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El libro rojo, 1520-1867, Tomo II

Chapter 62: POMOCA
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About This Book

Una colección de relatos históricos y ensayos documenta crímenes, abusos y procesos judiciales ocurridos desde la Conquista hasta el siglo XIX, combinando reconstrucciones narrativas de episodios como la caída de gobernantes indígenas y los ajustes de cuentas virreinales con crímenes personales, conspiraciones y medidas represivas. Se describen asesinatos domésticos, juicios inquisitoriales, autos de fe, episodios de esclavitud y tumultos públicos, junto a perfiles de personajes y funcionarios implicados. La obra alterna investigación documental y recreación dramática para mostrar cómo la violencia, la corrupción y la administración colonial marcaron la vida política y social.

«Remitido de San Juan del Río, Mayo 25 de 1867.—Recibido en Guadalupe Hidalgo á las 9 y 12 minutos del día.

«El emperador Maximiliano al barón de Magnus, Ministro de Prusia en México.—Tenga vd. la bondad de venir á verme cuanto antes, con los abogados D. Mariano Riva Palacio y D. Rafael Martínez de la Torre, ú otro que vd. juzgue bueno para defender mi causa; pero deseo que sea inmediatamente, pues no hay tiempo que perder. No olviden vdes. los documentos necesarios.—Maximiliano.»

Para cumplir este encargo marchamos á Querétaro acompañados del ilustre abogado D. Eulalio María Ortega, que por su ciencia y carácter independiente era á propósito para encargarse de seguir el proceso mientras íbamos á San Luis á pedir la vida de nuestro defendido. El indulto era la única esperanza.

En Querétaro había sido encargado también de la defensa un ilustre abogado, el Sr. D. Jesús María Vázquez. La noticia de la prisión del archiduque fué un rayo inesperado en esta ciudad, muy conmovida también á la presencia y con los sufrimientos de un sitio. La inquietud de aquellos días de angustia, sólo se calmaba con la confianza que inspiraba el general Díaz y demás jefes superiores que mandaban el ejército sitiador. El cuartel general era Tacubaya, por donde salimos el 1.º de Junio los defensores, acompañados en nuestro viaje á Querétaro del barón Magnus, ministro de Prusia, y del Sr. Hoorick, encargado de negocios de Bélgica.

La severa ley publicada en 25 de Enero de 1862 por el ministro Doblado, no permitía tener confianza en la absolución del consejo de guerra á que se debía sugetar el archiduque. Someterse á esa ley y morir, era consecuencia natural. Caer bajo la aplicación del decreto citado, era perder hasta la más remota esperanza de otra pena que no fuese la capital.

El único arbitrio era pedir el indulto; y cuanto se hizo para lograrlo, lo hemos publicado en el año de 1867, en el Memorandum de los defensores.

«Tomad los decretos del período de mi gobierno, decía el Archiduque en las instrucciones verbales que nos dió; leedlos, y su lectura será mi defensa. Mi intención ha sido recta, y el mejor intérprete de mis actos todos, es el conjunto de mis diversas órdenes para no derramar la sangre mexicana. La ley de 3 de Octubre fué creada para otros fines que no se pudieron realizar. La consolidación de una paz que parecía casi obtenida, era el objeto de esa ley que, aterradora en su texto, llevaba en lo reservado instrucciones que detenían sus efectos. Dispuesto á sacrificarme por la libertad é independencia de México, no habrá en el examen de mi vida un solo acto que comprometa mi nombre. Decidle al Presidente Juárez que me otorgue una entrevista que creo provechosa para la paz de la República y para su porvenir.» Tales fueron las palabras que como despedida dió el archiduque el 6 de Junio, al salir para San Luis Potosí.

El Presidente creyó que ningún motivo debía detener el curso del proceso.

El consejo de guerra continuó sus procedimientos, y el 14 de Junio de 1867 se pronunció la sentencia, después de haber agotado los abogados Ortega y Vázquez, en Querétaro, cuanto recurso tiene un defensor.

La sentencia, es esta:

«Vista la orden del C. General en Jefe, del día veinticuatro del pasado Mayo, para la instrucción de este proceso; la del veintiuno del mismo mes, del Ministerio de la Guerra, que se cita en la anterior, en virtud de las cuales han sido juzgados Fernando Maximiliano de Hapsburgo, que se tituló Emperador de México, y sus generales Miguel Miramón y Tomás Mejía, por delitos contra la Nación, el orden y la paz pública, el derecho de gentes y las garantías individuales: visto el proceso formado contra los expresados reos, con todas las diligencias y constancias que contiene, de todo lo cual ha hecho relación al Consejo de Guerra el fiscal, teniente coronel de Infantería C. Manuel Aspiroz: habiendo comparecido ante el Consejo de Guerra que presidió el teniente coronel de Infantería Permanente, ciudadano Rafael Platón Sánchez: todo bien examinado con la conclusión y dictamen de dicho fiscal, y defensas que por escrito y de palabra hicieron de dichos reos sus procuradores respectivos: el Consejo de Guerra ha juzgado convencidos suficientemente: de los delitos contra la Nación, el derecho de gentes, el orden y la paz pública, que especifican las fracciones primera, tercera, cuarta y quinta del artículo primero, quinta del artículo segundo, y décima del artículo tercero de la ley de veinticinco de Enero de mil ochocientos sesenta y dos, á Fernando Maximiliano; y de los delitos contra la Nación y el derecho de gentes, que se expresan en las fracciones segunda, tercera, cuarta y quinta del artículo primero, y quinta del artículo segundo de la citada ley, á los reos Miguel Miramón y Tomás Mejía; con la circunstancia que en los tres concurre, de haber sido cogidos infraganti en acción de guerra, el día quince del próximo pasado Mayo, en esta plaza, cuyo caso es del artículo veintiocho de la referida ley; y por tanto condena con arreglo á ella á los expresados reos Fernando Maximiliano, Miguel Miramón y Tomás Mejía, á la pena capital, señalada por los delitos referidos.

«Querétaro, Junio catorce de mil ochocientos sesenta y siete.—Rafael Platón Sánchez.—Una rúbrica.—Ignacio Jurado.—Una rúbrica.—Emilio Lojero.—Una rúbrica.—José V. Ramírez.—Una rúbrica.—Juan Rueda y Auza.—Una rúbrica.—Lucas Villagrán.—Una rúbrica.—José C. Verástegui.—Una rúbrica.»

El fallo del Consejo fué confirmado en los términos siguientes:

«Ejército del Norte.—General en Jefe.—Conformándome con el dictamen que antecede del ciudadano asesor, se confirma en todas sus partes la sentencia pronunciada el día catorce del presente por el Consejo de Guerra, que condenó á los reos Fernando Maximiliano de Hapsburgo, y á sus llamados generales D. Miguel Miramón y D. Tomás Mejía, á ser pasados por las armas.

«Devuélvase esta causa al Ciudadano Fiscal, para su ejecución.

«Querétaro, Junio diez y seis de mil ochocientos sesenta y siete.—Escobedo.—Una rúbrica.»

*
* *

El 16 de Junio de 1867, en la celda de su prisión, preocupado acaso por lo adverso de su destino, á las once de la mañana se notificó la sentencia al príncipe que había pretendido fundar una monarquía en la República Mexicana llamándose Maximiliano Emperador de México. No se inmutó, ni dió testimonio alguno de sorpresa ó indignación. Su respuesta fué lacónica, pero muy expresiva. Dijo: «Estoy pronto.» El valor le acompañaba siempre, y no le faltó en la hora suprema de la agonía, en medio de una vida llena de vigor. Sin duda había pensado mucho en aquel momento, y su raza y su sangre le habían dado en instantes tan críticos la frialdad alemana que parecían disimular en los buenos tiempos, su fisonomía franca y expresiva en sus pasiones, su razón pronta y oportuna, su espontánea palabra, su locución de artista, su deseo de cautivar, su inquietud incesante en trabajos diversos, su entusiasmo ardiente por las ideas de su programa, y su amor á la popularidad. Dominaba en aquella naturaleza mucho de la susceptibilidad latina, que no es compañera de la inalterable tranquilidad sajona.

Había en aquel sentenciado á muerte una resignación que se asemejaba a una extraña, inexplicable y casi espontánea conformidad. Superiores los acontecimientos á las fuerzas y á la voluntad del hombre, Dios imprime el sello de sus altos decretos á los golpes rudos de la adversidad, ante la que se postra la naturaleza humana para pedir misericordia, no al mundo ni á sus pasiones, sino al único Juez infalible de la conciencia del hombre.

Católico el príncipe, tomó sus disposiciones espirituales. Arregló también su testamento bajo la impresión dolorosa de la muerte de la princesa Carlota Amalia. La lloró muerta por la Providencia, á la que bendijo en medio de su dolor.

Había muerto, en efecto, para la vida animada, para los placeres y la dicha. Su razón extraviada la colocaba en ese mundo siempre nuevo y siempre misterioso de la enajenación mental, en que la brújula del criterio se pierde en los delirios incomprensibles de una enferma imaginación.

¡Pobre mujer que no ha tenido el consuelo de llorar á plena luz, con conciencia perfecta, y el corazón comprimido por todo el peso de su dolor! ¡Desdichada princesa, que acaso tiene un instinto superior á su extravío, y á medias percibe y mide, allá en el fondo de sus lúgubres y siniestros desvaríos, la gravedad de su infortunio!

Algunas lágrimas del príncipe á la memoria tierna de su esposa, le volvieron la serenidad, y su alma, llena de pensamientos y sin dudas sobre el destino del hombre más allá de la tumba, sintió la paz de quien está dispuesto á la muerte, como el paso para otra vida.

¿A dónde dirige el alma sus primeros pensamientos después de una sentencia de muerte? ¿Dios y la familia serán la primera impresión tan grande y dolorosa, como aterrador el paso que abre las puertas de la eternidad? ¿Habrá en el espíritu una maldición para los hombres y una bendición al Sér Supremo?

Morir en salud, perder la vida sin agonía, saber el momento preciso de un adiós eterno á los amigos, á la patria, á la familia, y no saber qué hay más allá de ese instante supremo en que el cuerpo, perdiendo sus resortes, cae en el abismo de una eterna noche para penetrar el misterio de la eterna vida, tiene algo de dolor profundo y de resignación filosófica. La conciencia se abre toda para iluminarse como á la luz de un relámpago, y la revista en examen de la vida pasada, es tan súbita, que se dibujan, sin duda, como puntos de meditación, los grandes bienes y los grandes males de la conducta. Al tocar el término de la vida, cuando llegamos al terrible enigma que separa el tiempo de lo infinito, ¿será todo luz, todo evidencia, porque allí esté la presencia de Dios iluminando la conciencia del hombre?

Maximiliano, Miramón y Mejía, en sus tres celdas de Capuchinas, oyeron casi al mismo tienpo su sentencia de muerte. Al juzgar por su serenidad, la vieron como la transformación gloriosa de la vida. Compañeros de campaña, prisioneros del mismo día, juntos debían morir. Miramón realizaba un pensamiento de su vida. Al ver en Europa el sepulcro del mariscal Ney, había dicho: “Esta muerte es dulce porque es pronta. Gloria en la vida, honor en la historia y muerte rápida si el destino es adverso, es una carrera, que yo apetezco.”

En la resignación de la muerte hay un sello de grandeza que da á el alma el brillo de grandes pensamientos, y al corazón un manantial de sentimientos tiernos para la vida, y de esperanzas para la eternidad.

Maximiliano, á la presencia de sus últimas horas, trajo á su corazón toda la fuerza de quien ha querido hacer de su vida por los peligros una existencia de gloria, y de su muerte por su valor, una historia toda de vida. Formó su testamento como soberano y como artista. Encargó que se escribiese la historia de su gobierno, y también que se acabasen trabajos de arte en Miramar; hizo obsequios como memoria de despedida, y puso cartas expresivas de gratitud á sus defensores. Habló de sus amigos, de sus adictos, y tributando un culto de adoración al porvenir que no le pertenecía, á ese futuro que no podía mirar, su conversación frecuente era la paz de la República, la unión de los mexicanos: bajo esta impresión escribió al Sr. Juárez la carta siguiente:

«Sr. D. Benito Juárez.—Querétaro, Junio 19 de 1867.—Próximo á recibir la muerte, á consecuencia de haber querido hacer la prueba de si nuevas instituciones políticas lograban poner término á la sangrienta guerra civil que ha destrozado desde hace tantos años este desgraciado país, perderé con gusto mi vida, si su sacrificio puede contribuir á la paz y prosperidad de mi nueva patria. Intimamente persuadido de que nada sólido puede fundarse sobre un terreno empapado de sangre y agitado por violentas conmociones, yo conjuro á Ud. de la manera más solemne y con la sinceridad propia de los momentos en que me hallo, para que mi sangre sea la última que se derrame, y para que la misma perseverancia que me complacía en reconocer y estimar en medio de la prosperidad con que ha defendido Ud. la causa que acaba de triunfar, la consagre á la más noble tarea de reconciliar los ánimos, y de fundar de una manera estable y duradera la paz y tranquilidad de este país infortunado.»

«Maximiliano.»

No satisfecho aún con esa carta, encargó al Sr. Lic. Vázquez, que al llegar el Presidente Juárez á Querétaro le hiciese luego una visita á su nombre, y le dijera que al morir Maximiliano no llevaba á la tumba resentimiento alguno.

El Sr. Vázquez cumplió el encargo, y el Presidente contestó manifestando toda la pena que había tenido en aplicar inflexible la ley por la paz de la República.

Estas palabras eran el resumen de lo que los defensores habíamos oído en San Luis, cuando perdida toda esperanza pedíamos aún economía de sangre, como prenda de reconciliación; y el Sr. Juárez decía:

«Al cumplir Uds. el encargo de defensores, han padecido mucho por la inflexibilidad del Gobierno. Hoy no pueden comprender la necesidad de ella, ni la justicia que la apoya. Al tiempo está reservado apreciarla. La ley y la sentencia son en el momento inexorables, porque así lo exije la salud pública. Ella también puede aconsejarnos la economía de sangre, y este será el mayor placer de mi vida.»

Estas fueron las últimas palabras que oímos en San Luis Potosí la noche del 18 de Junio, después de haber presentado tres exposiciones pidiendo el indulto, y de haber agotado en multitud de conferencias los recursos de nuestros sentimientos y de nuestro entendimiento.

En espera de algún incidente favorable á la vida de nuestro defendido, habíamos pedido una ampliación del término para la ejecución, que se difirió para el miércoles 19, y en ese período Maximiliano puso el siguiente despacho:

«Línea telegráfica del Centro.—Telegrama oficial.—Depositado en Querétaro.—Recibido en San Luis Potosí á la 1 hora 50 minutos de la tarde, el 18 de Junio de 1867.—C-. Benito Juárez.—Desearía se concediera conservar la vida á D. Miguel Miramón y D. Tomás Mejía, que anteayer sufrieron todas las torturas y amarguras de la muerte, y que como manifesté al ser hecho prisionero, yo fuera la única víctima.—Maximiliano.»

Nada se obtuvo, y cuando se cerró la puerta de toda esperanza, comprimido nuestro espíritu por el fin trágico que se presentaba á nuestra vista, pusimos este telegrama:

«Telegrama de San Luis Potosí para Querétaro.—Junio 18 de 1867.—Sres. Lics. D. Eulalio María Ortega y D. Jesús M. Vázquez.—Amigos: todo ha sido estéril. Lo sentimos en el alma, y suplicamos al Sr. Magnus presente á nuestro defendido este sentimiento de profunda pena.—Mariano Riva Palacio.Rafael Martínez de la Torre.»

*
* *

En la mañana del miércoles 19 de Junio, formadas las tropas en la ciudad de Querétaro, sonaban las seis cuando salían de su prisión Maximiliano, Mejía y Miramón. Antes de salir habían oído misa, que dijo el padre Soria. ¡Cuánta veneración hubo en aquel acto religioso! ¡Con qué respeto se asiste al solemne oficio de una religión que alumbra en el último momento de la vida el porvenir de la que no tiene fin!

Al salir Maximiliano de la prisión, abrazó á los Sres. Ortega y Vázquez. Marchó al suplicio con la calma de quien ve el fin de una jornada, como el principio de una gloriosa conquista.

El Cerro de las Campanas era el lugar designado para el trágico fin del segundo imperio en México.

Poco antes de la hora de salida, comprendió que se acercaba el último momento de la vida. Después de dar un abrazo al joven militar que debía mandar la ejecución, salió del convento de Capuchinas, y como despedida tierna y expresiva de todo lo que le rodeaba, dijo:

«Voy á morir......»

Voy á morir.... Negro, horrible pensamiento, presencia de insondable abismo, lúgubre, aterrador sentimiento que sobrecoge al espíritu de miedo y pavor, que anonada y aterra al corazón que aun ama, que tiene gratas impresiones, que acaricia aún esperanza de la vida; pero Maximiliano, notificado de muerte; se había despedido del mundo para no verlo más...... ni una ilusión, ni una esperanza alimentaba. Extranjero en su patria adoptiva, sólo en el mundo nuevo de una prisión, su alma no tenía ya quejas que exhalar, ni memorias que evocar. Su dolor fué mudo y grande, muy grande su disimulo, ó grande, mucho más grande su resignación filosófica, su conformidad cristiana, la aceptación valerosa de su destino adverso.

En tres coches caminaban al cerro de las Campanas, acompañados cada uno de un sacerdote, Maximiliano, Mejía y Miramón.

¿Qué pensamientos llevaba en su alma el infortunado príncipe Maximiliano? ¿Qué sentimientos se desbordaban de su corazón?

¿La luz purísima de ese cielo azul de Querétaro en la mañana del 19 de Junio, al caminar al lugar de la muerte, llevaría al alma de Maximiliano la amargura de la nada en la vida que se extingue, la verdad terrible del polvo en que se resuelve aún la más gloriosa existencia? ¿La razón fría y expedita, ó las pasiones nobles y generosas, serían sus compañeros al abrirse á sus pies la sepultura de su terrestre vida? ¿La noche eterna de la tumba embargaría antes con su impenetrable obscuridad todas las potencias? ¿Esa luz diáfana, brillante, sería la atmósfera en que se hacía sensible la presencia de Dios para el que en su infortunio lo invocaba como el único consuelo?

Ni un solo pensamiento de odio, ni un sentimiento de disgusto, ni una palabra de rencor se le oyó á Maximiliano; y su alma y su corazón, su memoria del pasado y su pensamiento del porvenir, formaban una corriente incesante de votos por la paz de la República y su libertad é independencia. Estas fueron sus últimas palabras:

«Voy á morir por una causa justa, la de la independencia y libertad de México. ¡Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria! ¡Viva México!»

Maximiliano, sin ligas ni vínculos sagrados de parentesco, sin patria que recibiera sus restos inanimados en un monumento destinado á la memoria de los grandes de Austria, sin familia que llorase su muerte, hizo de México, de sus amigos, de sus defensores, de sus adversarios, de sus jueces, de sus vencedores, su propia familia; porque á todos consagró recuerdos, y para todos deseaba bien y felicidad. Sus conversaciones, sus votos todos y sus últimas cartas, son irrecusable testimonio de esta verdad.

Sus últimos momentos fueron sin duda de oración. El que cree, ora. Hablar con Dios cuando se tocan las puertas de la eternidad, es ley del pensamiento. Este forma la parte de nuestro sér divino; y cuando se rompe el velo de la vida para descubrir el misterio de la eternidad, Dios y el alma son inseparables. Entre la altura del Sér omnipotente y el camino que conducía al cerro de las Campanas, había una cadena impalpable: no estaba sugeta al dominio de los sentidos, porque la verdadera oración es mental; pero Maximiliano pensaba en Dios, en su omnipotencia, en su misericordia, y Dios recibía esta corriente de pensamientos como la expresión sincera y religiosa de quien cumple lleno de fe los deberes de un providencial destino.

Maximiliano, Mejía y Miramón, poetizaron con el valor su muerte. Antes de pronunciar el primero las palabras que precedieron á la descarga que imprimió á su vida tan trágico fin, dió á cada uno de los soldados un maximiliano de oro, moneda valor de veinte pesos mexicanos. Momentos después, traspasado su cuerpo, cayó desprendido de los espíritus vitales. Una descarga arrancó su alma del cerro de las Campanas, para que fuera á ser juzgada por el único Juez infalible. Su cuerpo quedó á merced de los elementos que combaten la corrupción de la materia, y su nombre fué saludado como el del héroe mártir del gran drama de la intervención en México.

El 6 de Julio de 1832, una multitud saludaba llena de entusiasmo el nacimiento de un príncipe de la casa de Austria.

El 19 de Junio de 1867, una multitud lloraba la muerte del príncipe Maximiliano.

Nació en medio de los suyos, rodeado de una familia numerosa, en medio de un pueblo amigo.

Murió lejos de sus parientes, separado de toda su familia; pero la política es una liga superior á las de sangre, más poderosa que las de afinidad. El amor y el odio son el fruto de la política. Ella forma alianzas impalpables, vínculos sin pacto, simpatías de instinto, afectos profundos, adhesión inmensa, entusiasta hasta el delirio, resuelta hasta el martirio. Ella despierta sentimientos grandiosos hasta el heroísmo, y la admiración sincera, y el entusiasmo ardiente, y la gratitud reconocida, dan siempre una familia numerosa al que muere por una causa política. Las lágrimas son más abundantes, y su sinceridad está en el luto que cubre el corazón que trunca su vida, colocando en el altar de sus esperanzas el negro sudario de la muerte.

La patria, la familia, los hijos, esa continuidad de la existencia, renueva sin embargo nuestro sér, abre el corazón á los sentimientos generosos, el entendimiento á la luz; y después de los sangrientos dramas de la política, sólo hay un deseo, la salvación de la patria, la unión de los mexicanos, la libertad práctica, la consolidación de la independencia.

La historia con el inexorable poder de su criterio, es la única que al través de los años que calman las pasiones, mide bien los acontecimientos públicos. ¡Ojalá y ella, al juzgar á esta generación de que formamos parte, pueda decir: El velo que la Nación arrojó con el decreto de amnistía en 1870 sobre el período de la intervención y los de las guerras civiles en la República, puede levantarse sin temor para el examen filosófico de sus causas; porque están asegurados los votos de Maximiliano al morir; los de Juárez como vencedor y juez, son ya una verdad: la paz, la libertad y la independencia de México.

*
* *

El 6 de Julio de 1832, el corazón de la princesa Sofía se ensanchaba de gozo. Un nuevo hijo en una dinastía reinante, era un refuerzo, un apoyo, un elemento de poder que se ofrece en el alumbramiento de un niño que para la sociedad es la esperanza de la gloria, y para la madre la admiración de una preciosa existencia. El 19 de Junio de 1867, el corazón de la princesa Sofía ha de haber presentido toda su desdicha, y dirigiéndose al Sér Supremo, único consuelo de una madre que vé á un hijo en la desgracia, derramaría á torrentes el llanto del alma que, en sus penas y dolores, en su desvarío y en sus grandes amarguras, viste de luto la existencia que inquieta se desliza llena de sobresalto, en medio de la congojosa melancolía de un negro presentimiento.

*
* *

Poco tiempo después llegaba á México el almirante Tegetthoff á pedir los restos inanimados del príncipe Maximiliano, para conducirlos al sepulcro de sus antepasados.

El cadáver frío, yerto; pero conservado por la ciencia que momifica, permitía llevarlo al sepulcro de los grandes de Austria.

El cuerpo sin el alma es la presencia aterradora que aviva todo el dolor por la existencia perdida. Donde el alma se evaporó, no hay luz ni brillo, no hay amor ni esperanza, no hay más que tristeza, sombra, horror, ausencia, amargura, negra atmósfera que oprime el corazón. La única luz es Dios. La única esperanza es la transparencia inexplicable pero firme en la conciencia, de ese infinito que está más allá del día de la muerte. En ella encontró su consuelo la Princesa Sofía, madre adorada por el Archiduque.

La Novara, en 1864, traía á México la vida de un imperio lleno de pensamientos, proyectos é ilusiones. Cubierta de luto volvía en 1867, conduciendo el cadáver de aquel príncipe que, jefe de la marina austriaca, renunció á la posesión tranquila de sus honores, por la gloria de fundar una monarquía en México. La Novara será un navío histórico de un período de que fué principio y fin. En 1864 traía á bordo toda la esperanza de lo misterioso, de lo desconocido, que engendra para algunos la vida y para otros la duda y el temor. En 1867 llevaba la muerte: era el transporte fúnebre de un rey ajusticiado, era un ataúd provisional. En 1864, la Novara fué saludada con ardiente entusiasmo por los creyentes en la eficacia de la monarquía: en 1867 la luz artificial de los cirios que rodeando el cadáver del príncipe, chispeaban al cruzar el mar, era la más negra sombra que se proyectaba sobre el alma de la tripulación. La luz que oprime, la luz que hiere el alma, la luz que arroja sombras, luto y aflicción, es sólo la luz del sufragio; porque es el tributo á la nada en que se resuelve la vida que se extingue; pero hay aún en algunas naturalezas, para esa nada del espíritu, para esa nada de la vida, un amor inmenso, desgarrador, capaz de aniquilar nuestro propio sér, convertido al andar del tiempo en panteón ambulante de memorias queridas.

Una ceremonia fúnebre oficial, después del estremecedor y triste recibimiento de familia, tuvo lugar en el Convento de Capuchinas de Viena, donde se depositó el cadáver de Maximiliano. Una historia enseñaban aquellos restos, y la familia hizo gravar sobre el ataúd de aquellos despojos regios la siguiente inscripción:

FERDINANDUS. MAXIMILIANUS

ARCHIDUX. AUSTRIÆ

NATUS. IN. SCHOENBRUUN

QUI
IMPERATOR. MEXICANORUM. ANNO. M.DCCC.LXIV. ELECTUS

DIRA. ET. CRUENTA. NECE

QUERETARI. XIX. JUNNI. M.DCCC.LXVII

HEROICA
CUM
VIRTUTE. INTERUIT.

Nosotros quisiéramos también poner una inscripción que, á semejanza de un epitafio, reasumiera la vida de un período y de un orden de cosas que no tiene posible resurrección; pero esto sería pretender un imposible.

La mano del hombre más poderoso, el amor inmenso de los padres, la voluntad decidida, de los adictos, el entendimiento de más privilegiada fuerza, la historia inflexible en sus sentencias, son impotentes para reasumir en un epitafio toda una narración que abraza una época, que sólo puede juzgar hoy con imparcialidad el superior de todos los jueces. A ese juicio severo é impasible sólo se aproxima la inspiración tardía de los pueblos, que se erige, al desaparecer las pasiones, en criterio de la historia. Ella juzgará, y su sentencia, detallada en miles de páginas, no llegará tal vez á los oídos de los actores ni de la generación contemporánea; porque nuestra vida es corta, y el soplo de los años, poderoso para hundirnos en la nada de esta existencia, es un instante inapreciable en la vida de las naciones. Héroes ó mártires, vencedores ó vencidos, afortunados ó infortunados los actores del período á que consagramos estos renglones, tienen ya en sus manos el porvenir de la República: hay ya en el corazón mexicano un resorte de inmenso poder. Una ley de amnistía llama á todos á trabajar por el bien de la patria.

Esta página de nuestra historia debe ser también la llave del porvenir. Si aun ciegos y obcecados los partidos no abren su corazón y su conciencia á las inspiraciones santas del patriotismo y de la unión, México sucumbirá; porque la anarquía será el preludio de catástrofes que hoy nos amenazan como negra y aterradora sombra...... Pero no...... la adversidad no puede, inexorable, perseguirnos: el destino de nuestra patria perderá lo sombrío de algunas profecías, y la transformación de su sér se explica ya en el deseo general, inmenso, evidente de la paz. La Providencia lleva muchas veces á los pueblos á sus grandes fines por medios imperceptibles, y ha llegado para México el período de su resurrección. La experiencia de nuestros errores, el instinto de nuestros peligros, la advertencia de las lecciones pasadas, los episodios sentidos de las vicisitudes políticas, forman el hilo, hoy invisible de la unión, que dará al país la fuerza y el poder de su propia salvación. Sacudimientos ligeros, convulsiones pasajeras, pueden aún herir el sentimiento nacional; pero éste, superior á las disensiones de partido, se levantará poderoso contra toda tendencia revolucionaria que amenace la paz de la República. México había significado antes anarquía, desórden, rebelión constante; pero la sangre á torrentes derramada, la fortuna perdida á impulso de las revoluciones, la paz deseada y siempre perturbada, ha cambiado el carácter revolucionario y versátil del pasado que sucumbió para siempre, merced á los sacrificios de una generación que quiere para su patria orden, paz, progreso, independencia y libertad.

La regeneración de México ha comenzado, y esta regeneración se saluda como la vuelta de un joven lleno de esperanzas á la vida normal. Alimentemos todos esa preciosa existencia de la patria, con el inmenso amor del suelo en que nacimos, y unidos trabajemos por la paz, que es la más grande herencia que podemos legar á nuestros hijos.

Llamemos á nuestra mente la trágica historia nacional desde la Independencia; evoquemos recuerdos del sentimiento expresado por los hombres todos que han muerto por la patria, y como epílogo de esos solemnes y lúgubres momentos de la muerte, en que están presentes la patria, la familia, la conciencia, Dios y la eternidad, pudieran reasumirse esas palabras de agonía santificadas por la presencia del suplicio, en esta exclamación: «Patria, patria infortunada y querida: Si de los votos de estas víctimas dependiera tu felicidad, la unión de tus hijos te abriría el más brillante porvenir, y México sería grande y feliz con la unión de los mexicanos.»

Tales deben ser también los votos de los que sobrevivimos, y á su realización debemos encaminar nuestra conducta. Hoy tales propósitos aparecerán como un error: antes de mucho tiempo tendrán la evidencia de un axioma, y más tarde serán el poderoso elemento de nuestra vida nacional.

¡Ojalá y la generación que ha asistido al drama sangriento de las disensiones por la patria, sea también la que abra por la fraternidad y conciliación, una nueva vida en el suelo privilegiado de la República! ¡Dios permita que el nombre de México, que al pronunciarse evocaba recuerdos de sus dolores y lúgubres peripecias, sea saludado en el porvenir como el pueblo digno de la libertad, tan grande por sus virtudes, como ha sido sufrido en su infortunio!

México, Julio de 1871.

Rafael Martínez de la Torre.

APÉNDICE

AMPLIFICACIONES

POR

ANGEL POLA

EN PEREGRINACION,
DE POMOCA A TEPEJI DEL RIO

PATEO

Por la vía troncal del Ferrocarril Nacional Mexicano, que parte de la ciudad de México y en el kilómetro 205, llégase á la estación de Pateo, formada de un pequeño edificio de cal y canto, casi un cubo, con techumbre laminada en forma de caballete.

Un amplio y desnivelado camino arcilloso, de dos kilómetros une la estación con la hacienda del propio nombre, la cual destaca sobre una colina, entre los cerros de San Miguel el Alto y Paquizihuato, presentando, al primer golpe de vista, los altos muros blancos de su perímetro, coronados por los aleros de las casas, el campanario de la capilla y el follaje tupido de la arboleda.

Frente á la puerta principal aparece, tras pequeña verja, un jardincito limitado en uno de sus extremos por el departamento administrativo; en el otro, por un mirador y la sala, y en el fondo, por el ancho corredor que sirve de atrio al pabellón del edificio central.

En uno de los ángulos del corredor hay una piececita de cinco metros de latitud por seis de longitud, que tiene paso en su fondo y uno de sus costados á dos recámaras. La puerta de entrada presenta en una de sus hojas y á la altura de un metro, un orificio circular de dos centímetros de diámetro, cubierto por un cristal, y por el que don Melchor Ocampo vigilaba la carretera, á fin de evitar á tiempo el peligro que lo amenazase, desapareciendo súbitamente por un escotillón abierto á corta distancia de sus plantas y que comunica por un subterráneo escalinado en su principio y cuyo término se ignora. El escotillón, construído debajo del lecho, quedaba oculto por la alfombra.

El edificio, hermoso de puro sencillo en su estilo, de arquería de medio punto y esbeltos pilares en sus corredores del interior, ha venido siendo ceñido desapiadadamente por construcciones modernas, entre las que resaltan la capilla y los graneros. Inmediato á la primera hay un jardín extenso de simétricas avenidas y desvanecidos camellones, sombreado eternamente por multitud de altos cedros, fresnos, eucaliptus y árboles frutales de variadas especies, todos plantados por las propias solícitas manos del señor Ocampo.

Existen como testimonios vivientes de nuestra narración, los servidores José Dolores Gutiérrez, Benito Campos, Epigmenio Moreno y Tomasa X., empleados todavía en la hacienda. Refieren llenos de ternura, que el antiguo amo despertaba con el día, se entregaba invariable y pacientemente á las labores de campo, prefiriendo las de floricultura y plantación de árboles raros, alternando estos trabajos con empresas de mejoras, el estudio á que se dedicaba con afán y la inquebrantable vigilancia ejercida sobre la servidumbre, en cuyo bienestar estuvo siempre interesado, acudiendo cariñoso, ora con auxilios pecuniarios cerca de los pobres, ora con medicinas á la cabecera de los pacientes, haciéndose acompañar del doctor Patricio Balbuena, radicado en Maravatío, cuando el caso lo requería, y si era trivial, juzgaba suficiente su ciencia.

Campos, que raya en los setenta de edad, decíanos, al repreguntarle si había tratado mucho al señor Ocampo:

—Sí, señores: ¡pues si aquí comencé á ganar medio con él!

—¿Y es verdad que se portaba bien?

Y, en vez, de contestar él solo, á una voz nos respondieron los cuatro viejos y fieles sirvientes:

—Sí, como un santo; pero harto bueno, harto bueno.

Así es que, entrevistados sucesiva y juntamente, y practicados entre éllos algunos careos en los puntos discordantes de sus relatos, siempre convinieron en que aquel amo fué un hombre de bien á carta cabal, asíduo en el trabajo, estudioso infatigable, con especialidad en la Historia Natural, la que procuraba llevar á la práctica en sus teorías más modernas y elevadas, introduciendo en su jardín botánico plantas exóticas de flores y frutos primorosos, como los pudimos apreciar, al designarnos estos testigos, cedros, matas de cramelias, arrayanes de corte caprichoso que señalan los lindes del terreno y bordan los prados, presentando un conjunto boscoso, perfumado é interesante, lo mismo en las rotondas, cerca de las fuentes, como en los rincones más apartados y umbríos, entre los cenadores de atavíos primaverales.

Se distingue en este jardín la principal avenida, que arranca de un gran enverjado y confina en el fondo obscuro de la vegetación que viste la tapia que cierra el perímetro, señalada esa avenida por árboles añosos de cedro, de que penden lama y heno, testimonios de su vetustez. Las semillas de tales plantas fueron depositadas en la tierra por las mismas manos del señor Ocampo, que veló por su germinación y desarrollo.

POMOCA

(Hoy Hacienda Subterránea)

Pateo, de la propiedad de don Pedro Rosillo en 1743 y después de doña María Francisca Javier de Tapia, pasó á ser del señor Ocampo, su hijo, á la muerte de esta señora, hasta que, en la imposibilidad de proseguir conservando la hacienda, por razón de los muchos gravámenes contraídos en el ejercicio de la más pura caridad, calificada por él como derroche, vióse obligado á fraccionarla, reteniendo la parte designada Rincón de Tafolla, y enajenando la otra á don Claudio Ochoa, quien, posteriormente, la vendió á los señores Sotomayor y éstos á su vez á la viuda de don Angel Lerdo, que es la propietaria, en el presente.

Dueño el señor Ocampo de la fracción Rincón de Tafolla, fué á vivir bajo unas tiendas de campaña, que fijó en el punto donde dió principio con la erección de la hacienda, la cual él mismo bautizó con el nombre de Pomoca y que, como se sabe, es el anagrama de Ocampo.

Terminada, en parte, la obra material de la moderna Pomoca, estableció allí su residencia y puso en práctica sus tendencias, enriqueciendo el lugar con un parque de piñones, olivos, cedros y el arbusto rarísimo de la cruz, idéntico al que existe en el convento del mismo nombre, en la ciudad de Querétaro. Aprovechando una quebrada del terreno, hizo un estanque para baños y otro para la procreación de peces, en forma circular, y con un jardín de aclimatación en su centro. Introdujo el agua, trayéndola de muy lejos, en una bien construída cañería.

Se ve aún, como islote, un prado ricamente provisto de plantas de valor científico. Se entraba en esta estancia por una avenida de cedros del Líbano; y comunicando de la casa á un baño, tupidamente cubierto de plantas trepadoras, veíase una callecita estrecha y ondulada, bajo palio de enredaderas de fragancia indecible, que bajaban á trechos sus ramas cuajadas de hojas, hasta ocultar los asientos de mampostería.

Si á tal cuadro se añade la riqueza del arbolado, que abraza y esmalta el lugar, se comprenderá el interés que despierta en el ánimo del viajero el examen de las variadas especies de árboles frutales, de los frondosos olivos, los piñones y los sauces.

De la obra material no quedan sino desolación y ruinas, hechas por la mano del hombre, que parecen protestar contra el olvido, la incuria y la irrespetuosidad de la ignorancia. Sólo se contemplan, abriéndose paso entre breñales, los muros carcomidos y agrietados de diez piezas, rodeadas de una superficie cascajosa en los cuales crecen hierbas y arbustos, y se abrigan sabandijas.

El terreno es una ladera, cerca de San Miguel el Alto.

VENTA DE POMOCA

(Hoy Pomoca)

Allá abajo, en un erial, á poca distancia del punto de bifurcación del camino real de Toluca á Maravatío, está la venta llamada de Benito Tapia en época remota; después, de Pomoca, y ahora, Pomoca á secas: teatro del drama que terminó en tragedia en Tepeji del Río, y duró del 31 de Mayo al 3 de Junio de 1861: teatro de otra pasión como la del Redentor, que tuvo su via crucis y su calvario: esta es la primera estación.

Pomoca es una hostería de dos patios, grande el uno, con cuartos á sus costados y la parte posterior de su frente, y pequeño el otro, que es la caballeriza y el abrevadero. Fuera, el caserón tiene portal amplio y alto, y una llanurita hasta el camino real. En su lado izquierdo, pared por medio, edificó el Mártir su hogar, cuyo trazo es un paralelógramo estrecho y su fachada la continuación de la fachada de la hostería. Aquí hay dos ventanas bajas, sin barandales, pertenecientes á la sala, que hacen juego con otras tantas puertas, hacia el interior: una de las cuales abre paso al dormitorio del señor Ocampo, siendo una de sus paredes la divisoria de la hostería, y la otra puerta da al corredor, cuya forma es la de una escuadra de ramas muy desiguales, abarcando la menor la mitad de la longitud de la sala, pues que la otra mitad, como prolongada por adentro, forma el dormitorio, en donde, sobre la mesa de noche, nunca faltaron libros junto á la vela. Este tiene una ventana por el corredor y una puerta por un pasillo, que conduce á lo que era biblioteca y laboratorio del sabio. Del patio grande de la hostería recibía luz y ventilación. En el departamento, además de los libros, muchos buenos y raros, había un herbario tan rico y costoso como la misma biblioteca, una selecta colección de conchas, recogidas unas durante el destierro en Nueva Orleans y otras en Veracruz; animales disecados, ejemplares teratológicos, esponjas; planos y mapas, algunos obra de su pulso; esferas terrestres, celestes y armilares; hornillas, redomas, sopletes y balanzas de precisión; microscopios, botiquines y estuches de matemáticas. Ahora el hollín tapiza las paredes y el techo, y tapiada la ventana, la luz ha huído del recinto.

Al dormitorio siguen en línea recta el aposento de las señoritas Josefa, Lucila, Petra y Julia, sus hijas adoradas, y de doña Ana María Escobar, respetada y obedecida; luego, inmediato, el comedor; después, la cocina, que ocupa el otro lado pequeño del paralelógramo, con un costado libre, que es el paso del corralito denominado de «Las Gallinas,» en el que había un subterráneo para ocultar ropa, dinero, alhajas y hasta personas. Uno de los muros del corralito lo forma la espalda del comedor y la cocina, otro muro es el mismo del jardín; y tiene por éste, á flor de tierra, una puertecita secreta de escape.

El jardín era la delicia del señor Ocampo. Las cuatro paredes que lo cierran desaparecían bajo la cortina de verdura de unos membrillos enfilados, de duraznos, de perales, de capulines, de manzanos, de albaricoqueros, de higueras, de sauces. Había frutos de todos tamaños y sabores, y flores de todos colores y fragancias. Había hasta ochenta especies de claveles y muy variadas de alelíes, rosas y dalias; injertos admirables; árboles gigantescos que producían frutos diminutos y árboles enanos que daban frutos enormes. Aquel lugar parecía un paraíso: había de todos los frutos y las flores de la tierra, formando lindos bosquecillos y camellones de figuras caprichosas. ¡El sabio naturalista se burlaba con su genio de la uniformidad de la madre naturaleza! ¡Variaba los colores de las flores, cambiaba los sabores de los frutos, les daba forma, hacía los tamaños! Y el agua límpida, fresca y rumorosa, discurriendo en mil líneas y vueltas por el jardín, transfundía la vida á aquel mundo vegetal. A este sitio delicioso, en cuyo centro había un cenador perpetuamente sombreado por plantas trepadoras, ocurría de diario el Reformador, y con el pantalón remangado, en chaleco y cubierta la cabeza con una cachucha, tomaba el azadón ó la pala, el rastrillo ó el zapapico, y abría y esponjaba la tierra, ora para distribuir el agua en hilos delgados, ora para depositar la simiente de plantas medicinales valiosísimas, cuyo secreto curativo se llevó consigo.

En tal tarea le acompañaba un mocito de nombre José María Hernández, hoy anciano, quien, al invocar el recuerdo del amo, nos ha dicho con la voz anudada y los ojos arrasados de lágrimas:

—Era un buen caballero y un buen señor; pues, como ninguno, auxiliaba á los pobres.

En la fachada, cerca de los marcos de las ventanas de la sala, hay señales hondas de balazos. Cuentan que una gavilla hizo una descarga en esa dirección, para aprehender á un hombre que huía. En las hojas se conservan todavía unas claraboyitas, por donde el señor Ocampo espiaba el camino.

La sala, desnuda, guarda unos utensilios arrinconados, cubiertos por una sábana suspendida de pared á pared á lo ancho. Aquí, los sábados, bajaban de San Miguel el Alto los carboneritos, y luego que realizaban su mercancía en Maravatío y las haciendas comarcanas, entraban derecho, sin otro pase que el buenos días, así como iban: con ese descuido que mueve á risa y toca el corazón; y tomaban asiento cual si fuese aquella su casuca, y cogían un periódico de entre los muchos que había sobre la mesa del centro y muy serios se ponían á leer, como si estuvieran enterándose á pechos de la política. Y no: los pobrecillos deletreaban, repasaban la lección del otro sábado, dada con empeño paternal por el amo, que también leía ante ellos. Parécenos que estamos viéndole con aquel su semblante todo de bondad y amor, aquellos sus ojos hermosos de puro apacibles, aquellos sus labios que rebosaban energía y mansedumbre, su cabeza apolínea de cabellera suave y ondeada, sus maneras refinadamente nobles, su alta frente espaciosa, su voz clara y dulce. Terminada su clase de instrucción primaria, hablaba á sus discípulos humildes, como Jesús á su grupo de pescadores.

—No hagas á otro lo que no quieras que te hagan á tí. No juzgues y no serás juzgado. Dar es mejor que recibir. Perdona y serás perdonado. El que se humille será exaltado, el que se exalte será humillado. Ama á tus enemigos. Haz bien á los que te aborrezcan.

Y esto, predicado en aquella comarca desolada y lúgubre, especie de Galilea hace tiempo, lo repiten al pie de la letra los iniciados supervivientes en los misterios de aquella sinagoga, como enseñanza del Evangelio. ¡Cómo no había de ser el Evangelio, si Ocampo fué el doctor de la ley! ¡A sí llamaba siempre á los humildes! ¡A él acudían en las aflicciones de la carne y del espíritu para hallar alivio!

Esa mañana que visitamos á Pomoca, nos causó indignación y tristeza ver salir de unas trancas el ganado del dueño actual. Uno tras otro pasaban indiferentes y perezosos los animales, con la cabeza recta, tambaleándola, los ojos soñolientos, rumiando todavía. Un toro, negro como el azabache, hizo alto en el desfile y se puso á oler fuertemente un trecho de tierra, en seguida mugió y comenzó anheloso á llorar. Retiróse á carrera, como para participar del dolor á sus compañeros, volvió luego, y olía rastreando el belfo, rascaba tierra, azotaba la cola en su trasero y, abriendo tamaños ojos, mugía y lloraba inconsolable. Otros animales acudieron en tropel y apenas olían ese pedazo de tierra, también mugían y lloraban, y venían otros, y otros más, hasta formar un círculo apretado de dolientes que sollozaban.

El sitio que abandonaba el ganado era el jardín del señor Ocampo, el gran jardín, que siempre causó delicia á su hacedor. De él sólo quedan el trazo del cenador y los membrillos, un sauce y el árbol de la estricnina, que parecen arrastrar una vida de hastío desde la muerte de quien los velaba. Lo demás es tierra raza y estiércol apelmazado por las bestias.

UN SUCESO EXTRAÑO

En una hondonada, entre Pomoca y Pateo, corre el río de las Minas, que nace en Tlalpujahua, y atraviesa el camino real bajo un puente de cal y canto. De aquí á Pomoca el camino se hace pedregoso, pero orillado de fresnos frondosos. El puente es obra del señor Ocampo y sus manos plantaron los fresnos.

Aquí estuvo sentado en el borde del puente, pistola en mano, la noche del martes 28 de Mayo, en seguimiento de algo extraño, que trataba de alcanzar y ver y que se le perdía. Sucedió que, cenando en familia, á la hora del té, tocaron en la pared del lienzo correspondiente al corral de las gallinas. Doña Ana Guerrero, ama de llaves y encargada de la tienda, mandó á Marcelino Campos que viera qué acontecía. El sirviente entró en el corral, buscó y no vió nada. Apenas había vuelto al comedor é informaba de que nada era, oyéronse otros toques, tan fuertes como golpes.

—Parecen de barreta—hizo observar el señor Ocampo.

Entonces doña Ana, en compañía de Marcelino y otras personas, fué á registrar todo el corral y examinó la pared en la parte en que salían los golpes. Convencida de que nada había, volvió y dijo al señor Ocampo, que permanecía de sobremesa con sus hijas Petra y Julia, y don Eutimio López, administrador de la hacienda:

—Compadre, no es nada.

—Pero, ¿han buscado bien?

—Sí, compadre, por todas partes y no hay nada.

—¡Qué raro!—prorrumpió el señor Ocampo.

En esto, oyéronse otra vez los golpes, más intensos y repetidos, precisamente á sus espaldas. Luego, molesto, dijo que la familia, inclusa Lucila que estaba enferma y la cuidaba á su cabecera doña Clara Campos, esperara en el zaguán chico, que era la salida de la casa á la troje y la era, y el paso para el jardín y la hostería; pero á ésta, volteando la fachada. Y, levantándose, mandó bajar del zaguán el quinqué y pasó á registrar el corral, el jardín y otros lugares. De regreso, no habiendo hallado nada, buscó, con igual resultado, entre las tupidas enredaderas que tapizaban los pilares y las paredes. Cuando se presentó donde esperaba su familia, oyeron todos, como viniendo del puente á la hostería, ruido de cabalgaduras á galope, de armas que chocaban contra monturas y ecos confusos de voces. Se armó de pistola, dijo á doña Ana que, si era muy preciso, ocultase los objetos de valor y á sus hijas en el subterráneo del corral de las gallinas; que nadie le siguiera, y partió á cerciorarse de quiénes eran. Llegó al portal de la hostería y no encontró á nadie ni vió nada: el zaguán estaba cerrado. Se puso á escuchar si habían entrado: silencio sepulcral reinaba. Queriendo ver en el camino, allá, á cien metros, en medio de la obscuridad, para distinguir á álguien, y de nuevo oyó el ruido de las cabalgaduras, de las armas y el rumor de las voces; mas, ahora, como que se alejaban. Y resuelto, se dirigió en seguimiento de todo eso extraño, que le precedía, hasta el puente, en donde dejó de oir. Entonces descansó en el borde y, en tanto reflexionaba sobre el suceso, percibió que alguien iba detrás; habló y le contestó Campos:

—Yo soy, señor amo: me mandaron las niñas que le siga, para que nada le pase.

Transcurrida como una hora, á las diez, llegaba de una hacienda inmediata á Ixtlahuaca, don Juan Velásquez, con la noticia de que acababa de entrar en ella una tropa de reaccionarios. Hizo ver al señor Ocampo el peligro que corría, permaneciendo en Pomoca, y la necesidad de que partiese pronto á lugar seguro porque parecía que venían por este rumbo.

—Si yo no he hecho nada, ni he ofendido á nadie. ¿Por qué he de huir?—manifestó el señor Ocampo.

Esa noche no pegó los ojos, sino hasta muy tarde. Sus hijas y doña Ana, con el sobresalto, durmieron mal.

Miércoles 29.—El señor Ocampo iba á Maravatío en compañía de sus hijas Petra, Lucila y Julia á pasar el Corpus. La presencia del señor Juan Velázquez fué la causa de que ya no las acompañase, sino éste, que partía para la población. La salida fué á las seis de la mañana. Estaba él muy taciturno, rebujado en su capa, cubierta la cabeza con una cachucha, de pie en el portal de la hostería, donde las cabalgaduras ensilladas esperaban al grupo de viajeros. Sus hijas, al despedirse, le besaron amorosamente la mano.

—Está bien, mis señoras;—les dijo emocionado—allá nos veremos el sábado, para que nos vengamos juntos.

Al partir la caravana, quedó él como clavado, mirándola y mirándola, hasta que la perdió de vista. Cuando volvió las espaldas al camino y entró ya solo en la casa, se llevó el pañuelo á los ojos é inclinó la cabeza.

Jueves 30.—Llegó á la hostería una persona sospechosa vestida de negro, cuyo caballo tenía en una anca este hierro: R (Religión); acompañábale un guía, á quien encerró en un cuarto, sin dejarle salir, ni aun para el sustento, el cual él mismo le introducía. El mantillón de su montura era de paño azul, con angostas franjas rojas. Doña Ana y Esteban Campos le preguntaron por qué tenía ese hierro el caballo y ese mantillón la montura, y contestó:

—En el camino unos pronunciados me quitaron mi caballo, que era bueno, y me dieron éste, así como está.

Doña Ana, sospechando algo, rogó al señor Ocampo que se fuera, porque corría peligro; que probablemente era un espía el desconocido. Pareció ceder y mandó ensillar su caballo; pero la respuesta del desconocido, repetida por doña Ana, le hizo cambiar de resolución.

—Es posible que le hayan cambiado su cabalgadura—dijo el señor Ocampo.

Y en seguida, después de un momento de silencio, agregó:

—Ya no me voy. Que desensillen mi caballo.

Viernes 31.—A las cinco de la mañana el desconocido salió aparentemente para continuar su viaje. Le siguió Esteban Campos en observación del camino que tomaba. Fué el mismo que trajo la víspera: el del puente; noticia que comunicó al señor Ocampo.

Desde aquel instante, parece que un grave presentimiento cayó sobre su ánimo: de comunicativo se tornó profundamente reservado; de sereno, en inquieto; de laborioso, en inerte; de triste, en enfermo.

Al sentarse á la mesa y tener á la vista una taza de caldo, exclamó, dirigiéndose á doña Ana:

—Comadre, me voy á tomar este caldo como una taza de agua de tabaco. ¡Extraño mucho á mis hijas!

—¿Por qué no se fué usted con éllas, compadre? ¿por qué cambió de parecer?—le preguntó doña Ana.

—El sábado voy por éllas—respondió, como si tratara de esquivar la contestación categórica.

Había probado el caldo, cuando se presentó Gregorio García, hospedero, á noticiarle que un grupo de jinetes, á galope, venía por el puente.

El señor Ocampo se levantó de su asiento y se dirigió á la sala para espiar por la claraboya de una de las ventanas: al aproximar el ojo, no vió más que á los últimos.

Entre tanto doña Ana, después de haber rogado apresuradamente al señor Ocampo que se ocultara, salió al encuentro de los desconocidos, atravesó el pasillo y, á su salida al patio de la hostería, tropezó con un hombre de elevada estatura, complexión delgada, de tez blanca, cabello un poco rubio, tirando á cano, barba poblada, nariz recta y ojos claros, vistiendo de charro.

Sin dominar su impaciencia el desconocido, preguntó á doña Ana en dónde estaba el señor Ocampo; y como le contestase que no sabía, replicó, exaltándose:

—Cómo es posible que no sepa usted si está.

Y rehusando otra explicación, la condujo á fuerza al interior de la casa, sin dejar de inquirir en voz alta y con aspereza el paradero del señor Ocampo. Al pisar los umbrales de la sala el desconocido y doña Ana, escuchó don Melchor una frase dura, proferida por quien le buscaba, y se presentó tras de doña Ana, diciendo:

—¿Qué se le ofrecía? Estoy á sus órdenes.

El charro puso en sus manos un papel, y al terminar su lectura el señor Ocampo, dijo:

—Está bien; pero ¿tuviera usted la bondad de decirme con quién hablo?

—Con Lindoro Cajiga—contestó el portador.

Y haciendo uso de su serenidad habitual y su genial cortesía, dijo á Cajiga:

—Antes de ponernos en marcha para saber qué me quiere Márquez, tomaremos la sopa.

A esa invitación se negó rotundamente Cajiga; y como manifestase precisión de ponerse luego en camino, doña Ana, dirigiéndose á don Melchor, le preguntó:

—Compadre, ¿por qué no se cambia usted de ropa?

—No sé si me lo permitirá el señor—contestó Ocampo, señalando á Lindoro.

—Sí, puede cambiársela—manifestó éste.

El señor Ocampo entró en su recámara y, poniéndose un traje sencillo, se despojó del reloj y las mancuernas de oro, dejándolos en su lecho, y volvió á presencia de su aprehensor. Al ir á montar en el caballo que le había preparado su servidumbre, se encontró con que le había sido substituído, de orden de Cajiga, por otro de pésimas condiciones, que á lo pequeño y maltratado reunía una montura ridícula. Tan luego como Cajiga hubo desaparecido con su presa rumbo á Pateo, ordenó doña Ana á Gregorio García que corriese á Maravatío á dar aviso á las niñas de la captura de su padre. Ya en la casa de la finada doña Ana María Escobar, donde estaban hospedadas, al llamar Gregorio á la puerta salió Lucila á su encuentro y leyéndole en el semblante lo que acontecía, le interrogó sobresaltada:

—¿Qué sucede con mi padre, Gregorio?

—Pues nada, niña—contestó, pugnando por disimular la gravedad del suceso.

—Algo le pasa á mi padre, dímelo. Dime, ¿qué pasa?—insistió Lucila.

—Lo han tomado prisionero á la una del día—dijo con honda amargura Gregorio.

Como si tratara de substraerse al castigo de su crimen, Cajiga condujo á Ocampo á la hacienda de Pateo. Allí estaban de paso doña Teresa Balbuena de Urquiza y su hijo don Francisco, que se dirigían á Pomoca, para hacerle una visita. Viendo éste que su amigo carecía de abrigo, le ofreció unas chaparreras y, para sujetárselas al pantalón, unas correas. Aceptólas cariñosamente y, al ponérselas, Ocampo mostró sonriente su nueva prenda y prorrumpió, dirigiéndose al alma de sus perseguidores:

—Hijo, nadie creería que soy de Michoacán; pues ya ves que los padres, para dar el Viático, se ponen chaparreras.

PAQUIZIHUATO

En su marcha de fugitivos, se dirigieron á la hacienda de Paquizihuato, situada en la falda de un cerro, fertilizadas sus cercanías por el río Lerma, que á trechos corre caudaloso rompiendo sus aguas contra rocas y los sabinos seculares, que orlan sus márgenes, para esparcirse en seguida mansamente por la superficie arenosa y cubierta de guijas del antiguo valle de Uripitío de los Pescadores, hoy de Maravatío.

La troje, local saliente de la finca, y que está como entonces, sirvió de primera cárcel al señor Ocampo. Cerca de la puerta le tuvieron sentado entre centinelas de vista; mientras la soldadesca discurría por las casuchas, alardeando de su negra hazaña y entregándose al pillaje. Testigos de estas depredaciones son Leandro Hernández y Pascual Molina, supervivientes, que nos narraron este suceso, despertando su indignación el recuerdo.

MARAVATIO

Cerca de las cuatro, Cajiga dió orden de marcha hacia Maravatío. A vista de algunas haciendas de las muchas que parecen salpicar el valle, entró en la de Guaracha, para aprehender á Gregorio, que esquivaba su encuentro, de regreso á Pomoca. Incorporado en la fuerza, continuó ésta su ruta.

A la caída de la tarde arribó á la población, la cual, con motivo de ser viernes, día siguiente al Corpus, estaba en movimiento inusitado. Al percibir á la tropa, huía desbandada la gente, temerosa de sufrir atropellos, y cerraba sus casas.

Aprovechando estos momentos de pánico, Gregorio logró confundirse entre la multitud, yendo á ocultarse en la carbonera de la finca de don Antonio Balbuena.

Hizo alto Cajiga en el mesón de Santa Teresa, de la propiedad de don Atilano Moreno, ubicado en el ángulo de las calles de Iturbide y las Fuentes. Hállase este edificio horriblemente carcomido por la acción del tiempo; la entrada ha sido siempre por Iturbide; el patio estaba rodeado de cuartos de alquiler. En uno de los del fondo, pasó el señor Ocampo la primera noche de su via crucis. Hoy son ruinas y apenas señalan su perímetro las bases de sus muros.

En la esquina, arriba de la placa que nombra la calle de Iturbide, hay una lápida conmemorativa que reza:

En esta casa estuvo prisionero el ilustre C. Melchor Ocampo la noche del 1.º de Junio de 1861[3].

Al circular la noticia de la llegada del señor Ocampo, el personal más notable de la población se reunió en la casa de los Balbuena, á deliberar qué debía hacer para obtener la libertad de su benefactor, á quien debía no sólo su progreso material, sino su desenvolvimiento intelectual y moral. Tomado el acuerdo de que el licenciado don Jerónimo Elizondo escribiese al general Leonardo Márquez, quien le debía la vida, en solicitud de la libertad del Señor Ocampo, partió Teodosio Espino con la misión al siguiente día, sábado, 1.º de Junio.

Momentos antes de verificarse la junta, preocupados sus amigos, Dionisio y Francisco Urquiza, lograron hablar al prisionero y proponerle la fuga, horadando la pared de su celda, que lindaba con la casa de don Agustín Paulín. El les contestó:

—Yo no me fugo, porque no soy criminal.

No satisfechos los señores Urquiza de la negativa, acudieron á don Antonio Balbuena, que ejercía gran ascendiente sobre Ocampo, para que nuevamente le propusiera la evasión.

—Yo no propongo semejante cosa á Melchor;—les dijo—pues conociendo, como conozco, su carácter y honradez, es seguro que me desairará.

Como á las nueve de la mañana, Cajiga, después de formar á su soldadesca en el Portal de la Aurora, donde estuvo á la expectación pública el prisionero, se puso en camino hacia la hacienda de Tepetongo.

TEPETONGO

Como obedeciendo á extraño impulso, la fuerza de Cajiga fué á parar, tras larga fatiga, hasta la hacienda de Tepetongo, á las cinco de la tarde. Frente al extenso portal, hizo alto, y reconocido el prisionero por don Juan Cuevas, dueño de la finca, mandó decirle con el trojero Pascual Benavides, radicado actualmente en Toluca, qué se le ofrecía. El señor Ocampo contestó que nada, expresando su agradecimiento; pero, después de un momento de vacilación, pidió una taza de chocolate. Al recibir el aviso de que estaba servido, Benavides, en nombre del amo, suplicó á Lindoro que permitiese al señor Ocampo pasar al comedor. Habiendo sido la respuesta una negativa, se le llevó el chocolate y lo tomó sobre una gran caja de granos, que hizo veces de mesa.

Acto continuo el jefe ordenó la marcha rumbo á la Venta del Aire, la Jordana y Toshi.

TOSHI

Entrada la noche llegaron á Toshi. Ocampo habló en el despacho con don Antonio Rivero, administrador de la Hacienda, y en seguida le llevaron á la pieza de una vivienda, que ve al Poniente y guarda todavía las mismas condiciones. Allí tomó un vaso de leche, por todo alimento, manifestándose triste é intranquilo. Durmió mal y, muy de madrugada, el domingo 2 de Junio, se desayunó sin apetito. Vestía traje negro y corbata café, y llevaba sombrero hongo de color oscuro. En el patio montó el mismo caballo colorado, de frente blanca.

Refieren este acontecimiento don Tomás Marín y una anciana, desde entonces cocinera de la finca, sobre quien, parece, no pasan los años.

ESTANCIA DE HUAPANGO

(Hoy Huapango)

Atravesando á galope sostenido los llanos de Acambay, encumbraron á San Juanico y entraron en la cañada de Endeje, para caer á la Estancia de Huapango, después de orillar sus lagunas. Su paso por San Juanico despertó la curiosidad de Antonia Peralta y José Martínez, que había merodeado en las filas de Cajiga. Esas dos personas viven aún en el lugar.

Huapango remeda un castillo medioeval: corona una eminencia, la defienden altos y fuertes muros, resguarda su entrada una grande y pesada puerta y en el centro se levanta imponente el edificio. Este era el refugio de Leonardo Márquez y Félix Zuloaga.

A la hora en que los rayos del sol caían como hilos á plomo, el centinela del torreón dió el grito de alarma, al descubrir una polvareda que un grupo de jinetes levantaba tras sí, en su avance. Puestos en observación los jefes, reconocieron que no era fuerza enemiga la que se aproximaba.

La presentación de Lindoro Cajiga y su gente, muy conocidos en el lugar por ser un rincón del teatro de sus fechorías, despertó en la tropa la curiosidad de saber quién era el que traían entre filas. Luego resonó en los oídos de todos el nombre de Ocampo y se hizo el tema de las conversaciones: figura formidable en el partido liberal, se daba importancia desmedida á su captura.

Puesto en manos de Márquez y Zuloaga, corrieron las órdenes para que fuera rigurosa la custodia é inviolable la incomunicación.

VILLA DEL CARBÓN

Al atardecer de ese mismo día arribaron Márquez y Zuloaga al pueblo, por el camino real, en dirección de la Hacienda de Niginí. La tropa que custodiaba al preso ocupó el Mesón de los Fresnos, situado al Poniente de la vía y de la propiedad, en esa época, de don José Velázquez, y hoy, del señor Longinos Maldonado.

El edificio es del estilo arquitectónico rutinario de los poblachos: patio amplio, alojamientos destartalados, tejado de caballete y portal corrido. Tres corpulentos fresnos sombrean su frente.

El señor Ocampo durmió en la pieza lateral al zaguán, que tiene salida por él. La única modificación que se le ha hecho, es la abertura de otra puerta con vista á la calle.

La noche de la estancia del preso, el señor Doroteo Alcántara, vecino del pueblo, que conocía á Ocampo y de quien era muy estimado, le proporcionó los alimentos y la cama.

Así lo refieren don Agapito Tinoco, la señora Manuela Marín y Pedro Gutiérrez, sirviente del mesón, entonces.

Esta jornada, casi toda de cerranías, fue la más penosa, á pesar de su hermoso horizonte, á cada paso renovado.

TEPEJI DEL RIO

Como si obedeciese al propósito de extremar la crueldad con el señor Ocampo, la soldadesca que le condujo, complaciéndose en forzar la marcha, llegó bien pronto á Tepeji del Río. Era lunes, día 3. La entrada fué triunfal por la ostentación que hacía de su preciada víctima y la comedia que representaban, jugando Zuloaga el papel de presidente y Márquez el de general en jefe de la República.

Hospedadas las fuerzas en distintos mesones, Márquez dispuso que el de las Palomas, en la calle real, sirviera de capilla al señor Ocampo. Ocupó el cuarto número 8, hoy convertido en fábrica de jabón.

Casi contiguo al mesón, en la casa de doña Antonia Valladares, viuda de Sanabria, se alojaron Zuloaga, Márquez y su estado mayor. Esta casa tiene dos grandes ventanas bajas á la calle, correspondientes á la sala, donde de continuo estaban los jefes deliberando sobre asuntos importantes ó platicando regocijadamente.

A las diez de la mañana, al acercarse para curiosear don Ramón Alcántara, á la puerta de la pieza que ocupaba el preso y en la cual no había más que una silla de tule, una mesita y una tarima, suplicóle el señor Ocampo que le trajese un vaso de agua y tinta y papel. El prisionero se paseaba y veíasele triste y demacrado el semblante. Hizo su testamento.

A la sazón, era aprehendido León Ugalde, guerrillero liberal, al bajar de una diligencia, que conducía Pedro Saint Pierre. Apenas puesto en capilla para ser ejecutado, varias personas del pueblo se interesaron por su vida y acudieron violentamente á Zuloaga y Márquez en solicitud de indulto. Formado el cuadro y á punto de entrar en él, llegó el perdón y regresó á la cárcel.