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El libro rojo, 1520-1867, Tomo II

Chapter 82: ÍNDICE
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About This Book

Una colección de relatos históricos y ensayos documenta crímenes, abusos y procesos judiciales ocurridos desde la Conquista hasta el siglo XIX, combinando reconstrucciones narrativas de episodios como la caída de gobernantes indígenas y los ajustes de cuentas virreinales con crímenes personales, conspiraciones y medidas represivas. Se describen asesinatos domésticos, juicios inquisitoriales, autos de fe, episodios de esclavitud y tumultos públicos, junto a perfiles de personajes y funcionarios implicados. La obra alterna investigación documental y recreación dramática para mostrar cómo la violencia, la corrupción y la administración colonial marcaron la vida política y social.

Después de la honrosa retirada de Morelia, sin darle las espaldas al enemigo, sano ya de su herida, se dirigió á Uruapan y luego á Santa Clara, cuya plaza tomó á viva fuerza á los traidores.

En la Villa de los Reyes, Michoacán, rechazó á los franceses y traidores que le asaltaron, y los puso en precipitada fuga.

En los primeros días de Abril de 1865, fueron reducidos á prisión, por orden del general Ramón Méndez, las familias de Salazar (era ya general), Arteaga, Pueblita y el coronel Jesús Ocampo. Estuvieron incomunicadas bajo la custodia de los franceses, hasta que unos comerciantes, dolidos del martirio á que las habían sujetado durante dos meses y un día, se constituyeron sus fiadores, y lograron por este medio se las dejase por cárcel la ciudad de Morelia. El único objeto de tal conducta inquisitorial era el hacer que los jefes de las dichas familias se sometieran sin peros al llamado Imperio; mas nada pudo lograr Méndez, porque en aumento el desinterés y la abnegación de aquellos meritísimos ciudadanos, trabajaron con inquebrantables esfuerzos en difundir el amor á la patria entre las tropas mexicanas, las cuales sabían todo el mal que les venía con un gobierno que no fuese propio ni de forma representativa popular.

Arteaga y Salazar aparecían en discordia ante los republicanos que los acompañaban, haciendo la campaña contra el Imperio en Michoacán; el origen de élla era el distinto punto de vista desde el cual apreciaban los sucesos políticos de las zonas que dominaban.

Pronto se borró esa discordia, sin dejar huella de su paso por esos dos grandes corazones henchidos de patriotismo. El 16 de Septiembre de 1865 vibraban acordes como si dieran vida á un mismo cuerpo, sintiendo y pensando idénticamente. Esa fecha la celebraron en Tacámbaro de Codallos, especie de arsenal de la República en aquella triste época. El coronel Justo Mendoza, secretario del Cuartel General del Ejército Republicano del Centro, pronunció un soberbio discurso y lo escucharon el general en jefe Arteaga, el Cuartel Maestre Salazar, el Estado Mayor, los jefes y oficiales y un resto vagabundo y simpático de fieles empleados de diversos ramos de la administración pública. Fué aquella una fiesta oficial que reanimó á los espíritus que hacían vivir la República por Michoacán. De allí salieron las fuerzas en vías de organización. Los traidores y los republicanos tenían prisioneros; los primeros gestionaban con empeño canjes; lo cual no había podido efectuarse por las ventajas que querían. Los jefes de uno y otro partido se carteaban, partiendo la solicitud de los traidores y jefes extranjeros. El coronel Van der Smissen menudeaba su correspondencia con Salazar; exigía más de un soldado suyo por un mexicano, y Salazar le contestaba que en ninguna parte y en ningún tiempo podía ser más un extranjero que un mexicano. «Acepto el canje—dicen que escribía al coronel Van der Smissen—pero cabeza por cabeza, porque no puede ser un extranjero más que cualquier mexicano.»

El general en jefe José María Arteaga pasó revista á las tropas en las llanuras de la Magdalena, el 4 de Octubre. Llegaban á tres mil quinientos hombres, sin contar los destacamentos de Zitácuaro, Huetamo y Tacámbaro. Había tres divisiones.

A la una de la tarde del 9, Arteaga, con las brigadas Díaz, Villagómez y Villada, cuyo Cuartel Maestre era Salazar, partió á Tacámbaro, porque hubo noticias de que Méndez llegaba con mil quinientos hombres. Ya el general Vicente Riva Palacio había salido hacia Morelia con mil hombres, y otras dos secciones por otros rumbos. En el camino, el coronel Trinidad Villagómez tiroteaba á la vanguardia del enemigo. La retaguardia la cubría el teniente coronel Julián Solano con cien hombres. El mal camino y la tormenta, la noche del 10, no fueron obstáculo para que llegasen á Tacámbaro. Iban á tomar el rancho, el 12, cuando corrió la voz de que se acercaba el enemigo y levantaron violentamente el campo y prosiguieron su marcha; pero hacia Santa Ana Amatlán, donde llegaron el 13. Arteaga ordenó descanso, confiado en que Solano, con treinta exploradores, estaba en observación de Méndez frente á Tancítaro, y que Pedro Tapia, con otros treinta, vigilaba sobre la colina de la entrada del pueblo la cuesta que tiene como siete leguas de camino y la cual debía necesariamente pasar el enemigo. Durante la travesía, Arteaga había estado recibiendo partes de Solano en que noticiaba que Méndez no se movía de Tacámbaro. En esta seguridad, la infantería puso en pabellón sus armas y los treinta hombres de caballería desensillaron y fueron al río á dar agua á la caballada.

Ese mismo día en la mañana, de camino Méndez para Santa Ana Amatlán, vió las huellas de la tropa republicana y exclamó: «Adelante, muchachos; el que agarre á Arteaga y Salazar tiene una talega de pesos.»

Amado Rangel, con cien hombres, sorprendió dentro de la cañada, á las once del día, á la tropa republicana. Los únicos que hicieron resistencia fueron algunos soldados y jefes del Cuartel Maestre. El resto de la fuerza, con los otros jefes y Arteaga, se encontraban presos en un portalito de la plaza, desarmados y bien custodiados. Mientras, Salazar y su Estado Mayor se batían, sitiados en su alojamiento. Platicando Rangel con Arteaga, llegó un soldado de los imperialistas y dijo al primero:—Señor, no se quiere rendir el general Salazar.—Pues que le prendan fuego á la casa.

Luego Rangel desistió de su idea y fué personalmente, porque así lo exigían los sitiados, para suspender el fuego.—¿Quién es el general Salazar? preguntó Rangel al grupo de valientes que hacía resistencia. Y el más simpático de entre ellos dió un paso al frente y contestó:—Yo; servidor de usted. Rangel puso sus tropas á las órdenes de Salazar, pero éste dijo:—Nada, nada, Rangel; á cumplir con su deber. El capitán Juan González hizo un guiño á Salazar para que aceptase.—Déjalo cumplir con su deber, dijo Salazar al sacerdote patriota.

A Rangel exigió Salazar, antes de rendirse, la seguridad de su vida, la de sus otros compañeros y atenciones para su compadre el coronel Jesús Ocampo, herido gravemente de dos balas, durante la refriega. Rangel se lo prometió bajo palabra de honor, que fué quebrantada el día 21.

A la salida de Amatlán, los exploradores de Tapia y Solano marchaban con los soldados imperialistas de Orozco. Vencedores y vencidos llegaron á Uruapan el 20. Allí recibió Méndez la ley del 3 de Octubre, y para aplicarla á los prisioneros principales, mandó constituir la Corte Marcial, la cual con festinación sentenció á muerte al general de división José María Arteaga, al general de brigada Carlos Salazar, al coronel Trinidad Villagómez, á Jesús Díaz Paracho y al capitán Juan González. El jefe traidor Pineda y un escribiente se presentaron á levantar el acta de identificación de las personas y á notificarles que serían pasados por las armas á la mañana del siguiente día. Los cinco liberales oyeron impávidos su sentencia sin objetar nada[24].

Al salir de la prisión la mañana del 21, á las cinco, para ser fusilados, Arteaga flaqueó; entonces Salazar dándole el brazo, le dijo:—«Apóyese.» En el cuadro Salazar se desabrochó la camisa, enseñó á los ejecutantes de la sentencia dónde quedaba el corazón, porque siendo desleales les temblaría el pulso y le harían padecer. «Me despido de todos mis amigos y les ruego que no se manchen con el crimen de traición. Voy á enseñar como muere un leal republicano asesinado por traidores.» Y quedaron sin vida los cinco valientes.

La toma de Amatlán fué una compra hecha desde Uruapan, cuando dos jefes se incorporaron á los liberales y andaban en secreteos con Solano y Tapia. Este recibió tres mil pesos. El castigo no se hizo esperar: los dos que tramaron la venta fallecieron á los pocos días: uno de ellos de fiebre á los dos días de la sorpresa en Amatlán.

Aunque fuera de tiempo, al saberse en México la toma de la plaza, una comisión de personas honorables se acercó á Carlota para que influyera en que no fuesen fusilados los prisioneros. Contestó: «Hay que matar á los bandidos para que sirvan de ejemplo de moralidad.»

Méndez enseñó á los prisioneros el decreto de 3 de Octubre y dijo al general Pérez Milicua: «Debían haber sido fusilados todos; pero sólo he atacado el tronco y apartado las ramas: con eso es suficiente.» Además, le enseñó una carta de Maximiliano en que aprobaba su conducta y lo ascendía á general de brigada. Terminaba ordenando á Méndez que propusiera á Riva Palacio el canje de los prisioneros belgas, que lo habían sido en Tacámbaro el 11 de Abril. «Si no acepta Riva Palacio, fusile á todos.» Eran treinta y cinco[25].

Angel Pola.

ÍNDICE

 Págs.
La familia Dongo1
El licenciado Verdad35
Hidalgo52
Allende61
El padre Matamoros90
Morelos.—I. El viajero96
   II. Grandes noticias98
   III. El guerrillero101
   IV. El caudillo103
   V. El mártir105
Iturbide.—El apoteosis107
   Padilla112
Mina121
Guerrero137
Ocampo153
   Testamento170
Leandro Valle172
Don Santos Degollado186
Los mártires de Tacubaya198
Comonfort215
Nicolás Romero239
Arteaga y Salazar251
Maximiliano 267
Apéndice.—Amplificaciones325
En peregrinación, de Pomoca á Tepeji de Rio.—Pateo327
    Pomoca331
    Venta de Pomoca (Hoy Pomoca)333
    Un suceso extraño339
    Paquizihuato347
    Maravatío348
    Tepetongo351
    Toshi351
    Estancia de Huapango (Hoy Huapango)352
    Villa del Carbón353
    Tepeji del Rio354
Santos Degollado360
Leandro del Valle397
José María Arteaga423
Carlos Salazar443

NOTAS:

[1] Como los datos de personas que trataron íntimamente al Sr. Ocampo no podríamos tenerlos antes de un mes, hemos tenido que reducir este artículo á meros apuntes, por no detener más la publicación del Libro Rojo.

[2] El general Leonardo Márquez volvió á México en mayo de 1895. Vive en el Hotel Washington y goza de buena salud.—Nota del Editor.

[3] La fecha está errada: debe ser 31 de Mayo. El mismo Márquez confirma la rectificación que hacemos. Véase su libro Manifiestos: el Imperio y los Imperiales, página 286.

[4] Al escribir este capítulo, queremos hacer constar nuestra gratitud, por haber solícitos contribuído cariñosamente al buen éxito de nuestras investigaciones, á los Sres. Manuel M. Aranzubia, Administrador de Pateo; Miguel Bolaños, dueño de Pomoca; Tirso Tinajero, vecino de Maravatío; Ramón Carmona, Administrador de Tepetongo; Antonio de Bassoco Pereda, de Toshi; Jerónimo Chaparro, Presidente Municipal de Temascaltcingo; Jesús Cano, Presidente Municipal de San Miguel Acambay; Leocadio Padilla, caporal de la estancia de San Francisco, entre Huapango y Arroyozarco; Tirso Meléndez y Jesús Farrera, Presidente Municipal de la Villa del Carbón; José de J. Garibay, Jefe Político de Jilotepec; Piedad Trejo y Nicolás Alcántara, Secretario del Ayuntamiento de Tepeji del Río; Rafael y Mariano Gil, Administrador de Caltengo; Rafael Herrera, que fué sirviente favorito de don Melchor Ocampo, quien nos acompañó en toda nuestra peregrinación.

[5] He aquí el acta de matrimonio de don Santos Degollado, sacada del archivo del curato de Quiroga, Michoacán: “En catorce de Octubre de 1828, yo, el Presbítero Don Mariano Garrido, Teniente de Cura de éste, casé y velé según el orden de Nuestra Santa Madre Iglesia, á Don Nemesio Santos Degollado, con Doña Ignacia Castañeda Espinosa, de este. Fueron sus padrinos, Don Rafael Degollado y Doña Rita Castañeda: Testigos, Don Antonio Torres y Don Paulino Mejía, y lo firmé.—Mariano Garrido, una rúbrica.—Al margen, Don Nemesio Santos Degollado con Doña Ignacia Castañeda Espinosa, de este.”

[6] Don Luis Gutiérrez Correa falleció en esta Capital, siendo empleado de la Administración de Correos.

[7] Al morir, no hace mucho, dejó de heredera á su hermana Rita, residente en Celaya, que pasó de pobre á rica, según dice ella, “por don Santitos, que Dios lo haya hecho un santo.”

[8] Véase Manifiestos: el Imperio y los Imperiales, por el general Leonardo Márquez, páginas 3 y 4.

[9] Don Benito Juárez decía en una carta fechada en Veracruz el 28 de Noviembre de 1860 y dirigida al señor Angel Albino Corzo, entonces gobernador de Chiapas:

“Como usted, sentí el paso en falso del señor Degollado, pues nunca podré olvidar sus buenos servicios anteriores.”

[10] Don Melchor Ocampo dice en carta fechada en Veracruz el 17 de diciembre de 1860 y dirigida al mismo señor Corzo, antes citado:

“Hemos tenido últimamente la desgracia, el día 9, de que el “señor Berriozábal se haya dejado sorprender en Toluca.” Esto nos ha hecho perder más de mil hombres y lo que es peor, ha hecho caer en manos de Miramón al señor Degollado, á Farias (Benito) y otras personas importantes, que yo creo servirán de obstáculo, como rehenes, para terminar netamente la cuestión. Supongo y deseo que tal golpe vuelva más cantos á nuestros demás jefes que ya están bastante cerca de México.”

[11] El 24 de Diciembre de 1861, don Benito Gómez Farías abrigó en su casa, calle de San Bernardo número 11, á la esposa y dos niños de Miramón, para resguardarlos de la ira popular.

[12] Al Ministro de Guerra envió este comunicado:

“Excmo. señor.—Habiéndome concedido permiso el soberano Congreso para salir en persecución de los asesinos del más distinguido de nuestros mártires C. Melchor Ocampo, tengo la honra de ponerme á las órdenes de V. E. para que me ocupe en el servicio de campaña, sin que le sirva de embarazo la alta gerarquía de mi empleo militar, que no conservo sino como título de estimación del Supremo Gobierno. De consiguiente, quede V. E. entendido que no desdeñaré ir á la cabeza de un cuerpo de caballería y aún de una compañía de dragones bien montados y armados, sujeto á las órdenes de cualquier jefe á quien el Excmo. señor Presidente tenga á bien encomendar la dirección de las operaciones.

“Asimismo, deseo que ese ministerio sepa que me considero libre, no obstante mi carácter de general de división, para disponer de mi persona y agregarme como guerrillero á cualquiera fuerza de las que se pongan en movimiento; pues quiero que no sea una quimera el permiso que tengo de salir á batirme como soldado del pueblo, y obro bajo la inteligencia de que sólo el soberano Congreso me puede retirar ó limitar su licencia y llamarme de nuevo á esta capital.

“Díguese V. E. dar cuenta con esta nota al Excmo. señor Presidente, y sírvase aceptar las protestas de mi consideración y respeto.

“Dios, libertad y reforma.—México, Junio 6 de 1861.—Santos Degollado.—Excmo. señor ministro de guerra y marina.”

[13] Esta biografía es el resultado de una serie de entrevistas con los generales Nicolás Medina, Felipe Berriozábal, Mariano Escobedo, Miguel Blanco, Refugio I. González y los señores Benito Gómez Farías, Mariano Degollado, hijo del héroe, y Julián de los Reyes; todas personas muy respetables que trataron en la intimidad á don Santos Degollado. Ahí están para que digan al que llegue á dudar de la exactitud de algún diálogo, ó anécdota, si digo la verdad. He procurado repetir lo más fielmente posible lo que me han platicado.

[14] Con este motivo, alegándome el general Félix Zuloaga que no había tenido ningún participio en la muerte de Ocampo, y sí en la de Leandro Valle, agregaba:—“Juzgue usted lo que era yo cuando Márquez: Estando en Ayutla, un señor Cortina, español, me cobraba por hacer estado en su casa y por asistencia: le pedí dinero á Ismael Piña, que era tesorero, y lo negó.—Pero, hombre, le dije, ¿me niega usted á mi que soy el Presidente?—Sí, me contestó, porque no tengo orden de Márquez.—Pero, ¡si soy el Presidente!......

“Y me quejé á Márquez.”

[15] He tenido en mis manos el autógrafo de esta orden, la cual me permitió copiar al pie de la letra, mi amiga, la señorita Emilia Beltrán y Puga, hermana de don Manuel, que pasé por las armas á Leandro del Valle.

[16] Agustina Valle, su hermana.

[17] Dice el general Miguel Negrete en sus “Memorias,” inéditas aún:

“De Cuautitlán nos dirigimos por Huisquilucan para el Monte de las Cruces, porque de México había salido una columna á atacarnos y otra de Toluca, al mando del señor general don Felipe Berriozábal: esta segunda columna fué batida y completamente derrotada, haciendo prisionero al señor general don Leandro Valle, quien fué fusilado á las cinco de la tarde, habiendo salvado ya un extranjero, Aquiles Collín, un ayudante suyo, de que lo hubieran fusilado también.”

Casi al terminar la guerra separatista, el general Miguel Negrete fué á San Antonio, Texas, y le picó la curiosidad las atenciones de que era objeto por parte de todo el personal del hotel en que se había hospedado. Su nombre estaba inscrito á secas en el pizarrón y nadie parecía conocerle. La víspera de su regreso á México compró dos caballos al dueño del establecimiento y quiso saldar sus cuentas. El administrador le manifestó:—No debe usted nada.—¿Cómo nada?—Pues si, señor, nada.—Pero si aquí me he hospedado y he subsistido y he comprado los dos caballos.—Nada debe usted, mi general, dijo el propietario descorriendo el velo del enigma y abrazando muy conmovido á Negrete.—¿Por qué no he de deber nada?—Porque á usted le debo mi vida: yo soy Aquiles Collín, á quien usted salvó en el Monte de las Cruces, cuando Leandro Valle fué fusilado.

El señor general Aureliano Rivera, que también estuvo en la Maroma á descolgar el cadáver de Valle, asegura que no vió el de Collín.

[18] Este artículo es el resultado de entrevistas que el autor ha tenido con la señora Ignacia Martínez y los generales Felipe Berriozábal, Refugio I. González, Aureliano Rivera, Nicolas Medina, Félix Zuloaga, Miguel Negrete y el coronel Agustín Díaz.

[19] Hoy es coronel.

[20] Así apodaban á Méndez los liberales.

[21] Ministerio de Guerra.—1.ª Dirección.—1.ª División.—México, Octubre 24 de 1865—Brigada Móvil.—Coronel en Jefe. Santa Ana Amatlán, Octubre 13 de 1865—Excmo. señor.—Con esta fecha digo al Excmo. señor mariscal comandante en jefe del ejército, lo que sigue:

“El día 6 hice salir de Morelia el batallón del Emperador con dos escuadrones del 4.º regimiento de caballería, á las órdenes del señor coronel don Wenceslao Santa Cruz, con dirección á Pátzcuaro, donde llegaron el día 7. En la noche de ese día me incorporé y organicé, en el resto de la noche, la brigada que es á mis órdenes y marché el 8 sobre Uruapan, adonde se encontraban reunidas todas las fuerzas enemigas, al mando de Arteaga. El día 9, á las tres de la tarde, estaba á las orillas de Uruapan; pero una terrible tempestad me privó de penetrar hasta ella, porque los riachuelos crecieron de tal manera, que los batallones quedaron cortados en medio de tres de ellos, y hasta las doce de la noche pudo hacer su paso. El enemigo se dividió en varias fracciones, tomando, una de 700 hombres al mando de Ronda y Riva Palacio por Paracho: Zepeda, con Martínez y Simón Gutiérrez, por los Reyes, con 600 hombres, y el titulado general en jefe del ejército del centro, Arteaga, con el llamado comandante general y gobernador de este departamento, Salazar, y el alborotador de los indígenas de Uruapan, Tancitaro, Paracho y otros pueblos, llamado coronel Díaz Paracho, con otra porción de jefes y oficiales que seguían su cuartel general con 1,000 á 1,200 hombres, la mayor parte de infantería, tomaron por Tancítaro. El día 10 dí descanso á mi tropa y tomé la resolución de seguir á Arteaga con tenacidad. Inútil me parece decir á V. E. que mis marchas nunca fueron de frente y sí de flanco, para inquietar á todas las partidas á la vez, y que Arteaga, que era mi punto de vista, por ser la persona moral de los republicanos, nunca comprendiera mi intención. El 12 salí de San Juan de las Colchas y llegué hasta Tancítaro, donde se encontraba el enemigo: dos horas antes de mi llegada había hecho movimiento, y lo perseguí con mis guerrillas tres leguas. Tuve el convencimiento de derrotarlo en el resto de la noche; pero era un hecho aislado que no ponía en mi poder el armamento, jefes y tropa, y mandé suspender el ataque y tomar cuarteles en Tancítaro. Hoy á las dos de la mañana, con una sección ligera de 400 infantes y 300 caballos marché sobre este punto, donde tuve la seguridad de darle alcance y derrotarlo; porque nunca debió creer el enemigo que atravesara doce leguas en la Tierra Caliente, en solo las horas de la mañana. Este movimiento me cuesta 14 soldados muertos de la fatiga, la caballada del 4.º de caballería muy estropeada, y más de 40 caballos asoleados: pero he logrado mi objeto: he derrotado al enemigo completamente.

“Son mis prisioneros el general en jefe Arteaga; el comandante general Salazar; los coroneles Díaz Paracho, Villa Gómez, Pérez Miliena{*} y Villada; 5 tenientes coroneles, 8 comandantes y otros muchos oficiales subalternos, de quienes en relación separada daré á V. E. cuenta. Todo el armamento, su inútil caballada y el parque están en mi poder. Lo son igualmente 400 prisioneros de la clase de tropa, de los cuales pondré en libertad á muchos, porque son cogidos de leva de las haciendas y pueblos de su tránsito.

{*} Debe decir Milicua.

“Este hecho de armas sólo al Supremo Gobierno y á V. E. toca darle el valor que merezca. Voy á hacer mención particular y honorífica del teniente Rangel del 4.º de caballería, á quien he ofrecido, á nombre de S. M., el ascenso á capitán, pidiéndole la cruz de caballero de la Orden de Guadalupe; porque este valiente, con 20 hombres de su cuerpo, ha penetrado hasta la plaza, y es el que, por decirlo así, ha dado este triunfo á las armas del imperio. El subteniente Navia del batallón del emperador, con 8 hombres, ha seguido su ejemplo: pero á este oficial no le he ofrecido nada por ser de mi batallón. Oportunamente daré á V. E. la relación de estos dos oficiales y de la tropa, para que si V. E. lo tiene á bien á estos valientes se les conceda lleven un distintivo sobre su pecho, para estímulo del ejército.

“Felicito altamente á V. E. y le suplico tenga á bien hacerlo á mi angusto soberano, por esta memorable jornada.

“Y lo transcribo á V. E. para su conocimiento.

“Dios guarde á V. E. muchos años.—El coronel Ramón Méndez.—Excmo. señor ministro de la guerra.—México.”

Es copia.—El subsecretario de guerra, J. M. Durán.

[22] Un militar afirma que el ejecutor de la sentencia de muerte fué el teniente Teodoro Quintana, cuyo pelotón de tiradores fué escogido entre la compañía de Zapadores que mandaba el entonces capitán Francisco Troncoso, quien era secretario particular del general Ramón Méndez y tuvo todo su cariño y toda su confianza.

El señor Quintana es hoy teniente coronel de caballería, y el señor Troncoso, general de brigada.

[23] Los datos de esta biografía han sido ministrados á su autor por la señora Trinidad A. de Gutiérrez, hermana de Arteaga, y los señores José María Pérez Milicua, Manuel García de León, Rafael Cano, Francisco de P. Troncoso, Amado Rangel, Jacinto Hernández y Juan Ruiz de Esparza, todos militares, á excepción del último, que figuraron en aquella época, unos como liberales y otros como imperialistas.

[24] He aquí las cartas de despedida de Salazar y Villagómez:

Uruapan, Octubre 20 de 1865.—Idolatrada madre: Son las siete de la noche y acabamos de ser sentenciados el general Arteaga, el coronel Villagómez, otros tres jefes y yo. Mi conciencia está tranquila; bajo á la tumba á los treinta y tres años, sin que haya una sola mancha en mi carrera militar, ni el menor borrón en mi nombre. No llores, mamá, ten conformidad, pues el único delito de tu hijo consiste en haber defendido una causa sagrada: la independencia de su patria. Por este motivo se me va á fusilar. No tengo dinero, porque nada he podido ahorrar. Te dejo sin recursos, pero Dios es grande y te socorrerá lo mismo que á mis hijos, quienes con orgullo llevan mi nombre......

Conduce, querida mamá, á mis hijos y hermanos por el sendero del honor, porque el patíbulo no puede manchar los nombres de los leales.

¡Adiós, madre querida! En la tumba recibiré tus bendiciones. Da un abrazo por mi á mi querido tío Luis, á Tecla, Lupe é Isabel: así como á mi tocayo, á Carmelita, Cholita y Manuelita; dales muchos besos y el adiós que les envío desde lo más profundo de mi alma. Dejo á la primera mi reloj dorado, y á Manuel cuatro trajes. Muchas memorias á mis tíos, tías, primos y á todos los amibos fieles, y tú, madre mía, recibe el último adiós de tu afectísimo y obediente hijo que tanto te ama.—Carlos Salazar.—Sra. Mercedes Ruiz de Castañeda.

Aumento.—Si cambia la situación, como creo que cambiará, deseo que descansen mis cenizas al lado de las de mis hijos en nuestro pueblo.

Uruapan, Octubre 20 de 1865.—Querido papá: Empleo mis últimos momentos para dirigir á Ud. estas cuantas líneas. Deseo legar á mi familia un nombre honroso; he procurado hacerlo, defendiendo la causa que abracé, pero no lo he logrado. ¡Paciencia! Pero no creo que se avergonzará Ud. de reconocer á un hijo que jamás se ha desviado de la senda que tan honradamente le trazara Ud. por medio de excelentes consejos y de buenos ejemplos. Siempre me he manejado con honradez y no tengo remordimiento de conciencia. Me he conducido como hombre de bien, y no me pesa; nadie puede quejarse de mi, porque á nadie he perjudicado. Confío en que esto formará algún consuelo para su pesar y que fundará algún orgullo en mi memoria, pura y sin mancha alguna. Muero conforme.

Sírvase Ud. dar mi último adiós á mi hermano y á todos mis amigos, reservando para Ud. el corazón de su hijo sacrificado en aras de su patria.—T. Villagómez.—Sr. D. Miguel Villagómez.

[25] Los datos de esta biografía han sido ministrados al autor por la señora Tecla Preciado, los generales José María Pérez Milicua y Francisco del Paso y Troncoso, los coroneles Manuel García de León, Jesús Ocampo, José Vicente Villada, Amado Rangel y Jacinto Hernández, Rafael Cano y José Felipe Cortés.