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El maestrante

Chapter 10: V
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About This Book

The narrative is set in a rain-swept provincial city and opens with the secret deposit of an infant at an aristocratic household, an event that unravels a web of private loves, social rituals and family rivalries. Through episodes of courtship, youthful caprice, practical jokes, a masked festival and moral reckonings across years, the household's members confront pride, jealousy and shifting loyalties. The author balances intimate character observation with satirical attention to manners and local customs, tracing how personal passions interact with communal expectations and how a small society negotiates honor, justice and reconciliation.

IV

Historia de aquellos amores.

Casto, sí. Quizá el primero en sus ya largos amores. Todo lo que de tierno y poético se desprendía de ellos, como un perfume, vino de pronto a embriagarlos, a hacerlos dichosos. Se desvaneció el remordimiento, que pesaba sin cesar en el alma delicada del conde, la agitación insana que a ambos atormentaba, el ardor, la violencia, la amargura qué iba oculta en el fondo de sus deliquios amorosos como el gusano en el cáliz de la rosa. No quedó más que el amor puro, el amor satisfecho, el amor consagrado por la santa y misteriosa fuerza de renovación que habita en el seno de la naturaleza.

¡Si se hubieran conocido antes! ¡Cuántas veces se habían repetido esta frase de los adúlteros! Si se hubieran conocido antes, probablemente se hubieran separado sin sentir el más insignificante movimiento de atracción. El amor se alimenta principalmente de dificultades, le placen los terrenos movedizos batidos por la borrasca. El de ellos no pudo hallar tierra más adecuada ni circunstancias más favorables para su germinación.

Como se sospechaba en Lancia, el matrimonio de Amalia con D. Pedro fue impuesto a aquélla por su familia, que agonizaba de hambre. D. Antonio Sanchiz, padre de la dama, era un mayorazgo valenciano que había consumido con el juego y las mujeres las tres cuartas partes de su hacienda. La cuarta que restaba se encargó de consumirla por los mismos medios su hijo primogénito, que había heredado idénticos gustos. Amalia era la última de los cinco hermanos, cuatro hembras y un varón. Su hermana primera, a quien habían tocado aún algunos rayos débiles del esplendor de la casa, logró casar ventajosamente con el hijo de un banquero rico. Nada aprovechó a su familia. Ni D. Antonio ni su hijo Antoñito pudieron ver el color de las monedas de su yerno y cuñado respectivamente. Las otras dos también casaron con jóvenes distinguidos, pero sin dinero. Amalia floreció enmedio de la total ruina de su casa. Ni su figura graciosa y delicada, ni su clara estirpe le valieron para llamar la atención de los hombres. El conocido desastre de la casa y la deplorable reputación de su padre y hermano pusieron en torno de ella una valla que ninguno se atrevía a saltar. Bien lo echó de ver enseguida y rehuyó enamorarse de los que, por pasatiempo o galantería, la festejaban. No era tipo acabado de belleza; faltábale gallardía en la figura, amplitud de formas, color en las mejillas. Mas apesar de su cuerpecito menudo y no del todo bien conformado, y de la palidez constante de su rostro, poseía especial atractivo, que cuantos la veían, y aún más los que la trataban, se complacían en afirmar. Provenía éste principalmente de sus grandes ojos negros expresivos: el alma se asomaba a ellos reflejando las más leves y fugaces emociones; ora ardían con fuego malicioso revelando la pasión recóndita, insaciable, ora se aquietaban extáticos, límpidos, en arrobo místico; ahora brillaban alegres y bulliciosos, enseguida melancólicos, tan pronto secos como húmedos, tan pronto tiernos como iracundos. Provenía también de su movilidad, de la agudeza de su ingenio y del metal de su voz simpático e insinuante. Era, en suma, una mujer graciosa e interesante.

No se sabe si por orgullo o porque realmente su temperamento ardiente y borrascoso le solicitase a ello, mostrose desdeñosa con los jóvenes ricos que galantemente la requebraban sin decidirse a pedir su mano, y entregó el corazón a un muchacho humilde, a un escribientillo del gobierno político con cuatro mil reales de sueldo, hijo de un maestro de escuela. La sangre azul de los Sanchiz brincó de cólera en las venas de D. Antonio, de Antoñito, de sus hermanas y hasta en las del banquero, su cuñado, que no la tenía. Hubo de sufrir activa y feroz persecución. Pero como no le faltaban ánimos y estaba dotada además de un espíritu ingenioso y travieso, fértil en toda clase de diabluras, es lo cierto que se burló de ellos largo tiempo, que de nada valieron los ruegos, las amenazas, ni la temporada que la tuvieron recluida en un convento. Si el escribiente no llega a morirse de una tisis que le concluyó en pocos meses, es casi seguro que la muy noble y necesitada casa de los Sanchiz sufriera el baldón de emparentar con el hijo de un maestro de escuela.

Después de esta aventura, Amalia quedó bastante desprestigiada en la población. Pero ella bien sabía que, aunque hubiera mantenido incólume su prestigio, sería lo mismo. Los hombres no se casan por el prestigio, sino por el dinero. No se le ocurrió, pues, sentir remordimientos por lo pasado. Vivió triste y resignada dos años más, mostrándose indiferente a los placeres propios de su edad, sin hacer nada para granjearse la voluntad de los jóvenes y ganar un marido. Cuando ya iba cerca de los veinticuatro abriles, y podía darse por perdida la esperanza de matrimonio, fue cuando a D. Pedro Quiñones, su tío tercero o cuarto, se le ocurrió acordarse de ella. Resistió el casarse con aquel señor, que sólo había visto de niña dos o tres veces, viudo hacía poco tiempo, y cuyas extravagancias conocía por oírselas narrar entre carcajadas a su padre y hermano, ¡los mismos que ahora la apretaban para que le aceptase por marido! No fue muy tenaz, sin embargo, en su resistencia. Estaba tan desengañada, vivía enmedio de un aburrimiento tan plomizo, de una indiferencia tan soñolienta, que así que vio a su padre colérico, después de haberla suplicado con vivas instancias, se dejó arrancar el sí. Decían todos que aquel matrimonio era la salvación de la familia. No se metió a averiguar si era verdad o pura ilusión. Después de casada supo que todo lo que su padre pudo sacar de D. Pedro fue una exigua pensión, con la cual a duras penas podía comer.

El noble vástago de los Quiñones de León se enamoró perdidamente de aquella estatua de hielo. En el viaje que hicieron desde Valencia a Lancia, la esposa se mostró tan fría, tan circunspecta y tan cortés al mismo tiempo, que D. Pedro no osó reclamar ninguno de sus derechos. En Lancia, ya sabemos por la voz pública, digna de creerse en este caso, lo que pasó.

La negativa persistente, los desprecios infinitos con que le regaló por mucho tiempo, lejos de enfriarle, encendieron más su pasión. Era Quiñones, como ya sabemos, hombre fogoso, terco, de voluntad indomable. Los obstáculos le irritaban, llegaban a enloquecerle. Quiso vencer el corazón de su esposa y no perdonó medio para ello: la colmó de atenciones, mimó sus gustos más insignificantes, viviendo por varios meses en perpetua congoja, en una verdadera fiebre de esperanzas, tan pronto vivas como muertas. Nada hubiera logrado, sin embargo, sin la astucia de su amigo el canónigo. Aquel aconsejado viaje por las montañas, lleno de sustos y peripecias, le conquistó, si no el amor de su esposa, por lo menos sus favores.

En los dos primeros años de matrimonio Amalia hizo una vida retraída, sin salir apenas del churrigueresco palacio de la calle de Santa Lucía. Vivía a solas con su aburrimiento, complaciéndose en hacerlo más insoportable, agitada por una cólera sorda que amenazaba estallar a cada instante: en la apariencia tranquila, aceptando gustosa su papel, tratando con superioridad cortés a los que se la acercaban. El desgraciado accidente sobrevenido a su esposo distrajo un poco su hastío e infundió en su corazón momentáneo sentimiento de piedad. Durante algún tiempo se creyó llamada a desempeñar cerca de él los oficios de hermana de la caridad, a cuidarle con afectado cariño para hacerle menos insoportable aquel terrible castigo. No tardó mucho en fatigarse. Poco a poco se fue aficionando a la tertulia que por las noches se formaba en torno de su esposo, comenzó a interesarse en las conversaciones de política local y a intervenir en ella más o menos directamente. D. Pedro era el arbitro de la provincia mientras se hallaba en el poder el partido moderado. Ahora, que estaba debajo, conservaba no obstante muy alto prestigio y no poca influencia, en el temor de que no tardaría en ponerse encima. Para aumentar este prestigio y esta influencia y dar mayor realce a la riqueza y poderío de la casa, Amalia, que halló aquí medio de distraerse, abrió sus salones a la sociedad laciense, que hasta entonces había tenido siempre alejada; algunas visitas de cumplido y nada más. Dio conciertos, menudeó las reuniones de confianza, y de vez en cuando, en ciertas solemnidades, organizó grandes bailes de etiqueta. Con esto recobró su perdida energía, aquella graciosa y simpática movilidad que la caracterizaba; volvió la sonrisa a sus ojos, la frase aguda a sus labios. Nadie supo jamás honrar con más amabilidad y más gracia a sus tertulianos. Fue modelo de gentileza y cortesanía. Se hizo adorar de la juventud, a quien proporcionó gratísimo recurso para matar las interminables noches del invierno.

Fernanda Estrada-Rosa fue uno de los más bellos ornamentos de sus conciertos y saraos. En pos de ella vino el conde de Onís, su novio. El conde era visita de la casa de Quiñones, pero sólo iba de tarde en tarde, con motivo de algún cumpleaños, entrada de año, etc. Sin embargo, Quiñones alimentaba por él profunda simpatía. Bastaba que perteneciese a la nobleza para que el linajudo hidalgo le juzgara superior en todos conceptos a los demás seres de la población. Amalia, que apenas le conocía, comenzó a observarle con viva curiosidad. Tanto se le había hablado de él, del cariño y respeto que profesaba a su madre, de su humor melancólico, de sus habilidades, de su piedad exagerada, que deseaba tratarle con intimidad; quería penetrar en el alma de aquel mancebo tan apuesto y tan inocente. No tardó en convencerse de que el amor aún no había prendido en ella. Observando con atención sus relaciones con Fernanda, percibió en ellas un dejo de frialdad que no venía ciertamente de la rica heredera. Conoció que el conde se engañaba a sí mismo haciendo esfuerzos por quedar enamorado, y aún más por aparecerlo. Tomaba sus amores como una obligación honrosa que le exigían sus años y posición. El joven más principal de Lancia debía amar a la niña más rica y más bella. Por otra parte, parecía como si quisiera demostrar a la población que no era un extravagante o un maniaco, como alguna vez había oído insinuar. Por eso se le veía cumpliendo estrictamente los deberes del perfecto galán, paseando un par de horas por la mañana en la calle de Altavilla, donde vivía su novia, acompañándola los domingos en el paseo, sentándose a su lado en la tertulia de las señoritas de Meré o en la de Quiñones, y bailando con ella todos los rigodones en los saraos del Casino. Pero al mismo tiempo Amalia echaba de ver que sus pláticas eran frías, que el conde estaba taciturno y distraído muchas veces, mientras ella, con visible interés, hacía el gasto de la conversación y procuraba mantenerla viva.

Aquellos amores le fueron interesando cada vez más: buscó las confidencias de ella y también las de él. Al poco tiempo su alma ardiente, sagaz, voluntariosa, simpatizó con la de Luis, tímida, infantil, llena de piedad y ternura. Más maestra en el arte de hacerse amar que la niña de Estrada-Rosa, logró pronto inspirar al conde confianza y afecto; le envolvió en una malla espesa de confidencias, no sólo referentes a sus amores, sino de toda la vida. Le confesó tan bien como el más hábil jesuita. Luis, seducido por tanto interés, le fue abriendo su pecho dándole cuenta primero de sus costumbres, luego de los actos de su vida pasada, por último de sus sentimientos más recónditos, de aquellos que sólo se confiesan a un hermano. A Amalia no le sorprendían en la apariencia tales originales y morbosas psicologías; las aceptaba como cosas naturales, daba su opinión acerca de ellas y se autorizaba cariñosamente el aconsejarle, reprenderle a veces, guiarle en ciertos asuntos de la vida, cuyo complicado mecanismo ignoraba el conde por Completo. Alentado por este juego habilísimo, se iba confiando cada vez más, se entregaba por completo, feliz con desembarazarse de tanto pensamiento ridículo, con confesar aquella extraña y dolorosa timidez que le atormentaba.

Amalia supo ahuyentar la suspicacia de Fernanda haciéndose confidente y protectora decidida de sus amores. Si mantenía ratos larguísimos de conversación particular y animada con el conde, no menos largos y animados los gastaba con la chica. Ésta le agradecía profundamente aquella protección, que se traducía en ocasiones buscadas por la dama para que los novios pudieran verse y hablarse, para reconciliarlos cuando estaban reñidos, etc., etc. Mas sin que la inocente niña lo sospechase, sin que el mismo conde se diese cuenta de ello, la dama valenciana iba ganando a paso de carga el corazón de éste. Si en juventud, en hermosura y gallardía era, sin disputa, inferior a la rica heredera, la aventajaba mucho en la gracia expresiva del rostro, en el atractivo de su conversación y en la finura de su inteligencia. De confidencia en confidencia, Luis llegó a mostrarle cuál era el verdadero estado de su corazón respecto a Fernanda. La astuta señora supo sacar partido de tales confesiones para hacerle ver que lo que sentía era sólo admiración de aficionado a las obras bellas de la naturaleza, un deseo vanidoso de hacerse amar por la joven más linda y más rica de la ciudad, necesidad de distraer el aburrimiento, cualquier cosa, en suma, menos el verdadero amor. Éste se alimenta de tristezas negras, de alegrías inefables, de insomnios, de zozobras, de una agitación dulce y amarga a la vez que constantemente llevamos dentro del pecho. Luis se convenció pronto. Pero ella encontraba su frialdad injustificada, no comprendía cómo un hombre de tan buen gusto no había logrado enamorarse perdidamente, le reñía, le embromaba, subiendo hasta las nubes las cualidades de la gentil heredera.

Mientras esto decía con los labios, sus ojos pregonaban otra cosa. Aquellas pupilas negras llenas de fuego e inteligencia se clavaban en él con expresión unas veces lánguida, otras maliciosa, concluyendo por fascinarle. Al mismo tiempo sus manos breves, delicadas, de aristócrata aprovechaban cualquier coyuntura para rozar las suyas; al despedirse le apretaban con tenacidad nerviosa. Si alguna vez se inclinaban ambos para contemplar cualquier objeto y sus cabezas se tocaban, Amalia no separaba la suya, dejaba que el conde aspirase la fragancia de ella largo rato cual si tratase de envenenarle. Se preocupaba de sus trajes y le imponía sus gustos. No debía ponerse levita; el frac azul le sentaba admirablemente. ¿Por qué gastaba guantes oscuros? Le prohibió, riendo, que se los pusiera más. Para las corbatas confesaba que tenía mucho gusto, pero le sentaban mejor las de lazo que las chalinas. ¿Por qué no se encargaba a Madrid los sombreros? Los que llegaban a Lancia eran todos rancios y ridículos. Y el conde obedecía gustoso sus insinuaciones, se iba dejando dominar por el ascendiente de aquella mujer tan débil de cuerpo como fuerte de voluntad.

Una noche en que llegó a casa de Quiñones cuando aún no había nadie, le dijo la dama bruscamente:

—¿Quién le ha puesto a usted ese clavel en el ojal, Fernanda?

El conde, sonriendo ruborizado, hizo signo afirmativo.

—Pues que me dispense, pero tiene un color muy feo... Verá usted, voy a ponerle otro más bonito.

Y diciendo y haciendo, fue derecha a uno de los floreros del salón y, después de escoger algún tiempo, sacó un magnífico clavel rojo. Volvió adonde estaba el conde y con gran desenvoltura, con cierta afectación aún, propia del que pretende mostrar su dominio, le arrancó el clavel que traía y le puso el nuevo. Sufrió él esta sustitución en silencio, inquieto y sorprendido. Ella, fingiendo no advertir esta sorpresa, se echó un poco hacia atrás y exclamó con intención:

—¡Ya lo creo que está mejor!

Hubo después algunos instantes de silencio embarazoso. Ella se puso a jugar con el clavel de Fernanda, azotándose las rodillas, mientras lanzaba frecuentes miradas al conde, que permanecía confuso sin saber qué decir ni dónde poner los ojos. Por último, los de uno y otro se encontraron y sonrieron. En los de ella ardió una chispa maliciosa, y con ademán súbito y desdeñoso arrojó el clavel que tenía en la mano debajo de las sillas. El conde se puso repentinamente serio; sus mejillas se colorearon. En aquel momento entró Manuel Antonio. La conversación se entabló alegre, indiferente. El conde guardaba, sin embargo, un resto de turbación. Cuando llegó Fernanda y con visible disgusto, le preguntó por su clavel, se vio en grave aprieto, perdiose en un laberinto de explicaciones. El chico de su jardinero, a quien fue a dar un beso, se lo había arrancado, luego en una maceta que había hallado en el gabinete de su madre había tomado otro. Pero Amalia, implacable, le puso poco después en un conflicto preguntándole en voz alta con sonrisa maliciosa:

—¿Quién le ha dado a usted ese clavel tan lindo, Fernanda?

—No, yo no—se apresuró a responder ésta.

Y el conde, otra vez turbado y rojo, volvió en voz alta a la explicación que acababa de dar en secreto. Aquella pequeña traición los ató con nudo más fuerte, estableció entre ellos una relación singular que el conde no se atrevía a definir en su pensamiento, medroso de resbalar en un abismo. Siguió festejando con la misma asiduidad, quizá con alguna más, a la heredera de Estrada-Rosa, pero no podía hablar a la señora de Quiñones sin sentirse turbado; las miradas que se dirigían eran largas, intencionadas; sus apretones de manos vivos, impregnados de cariño. Ambos disimulaban delante de Fernanda como si fuese ya la esposa ultrajada. ¡Y aún no se habían dicho una palabra de amor! Pero Luis estaba convencido de que faltaba a su novia, de que era un criminal hacia D. Pedro, su amigo; no sabía por qué ni cómo, pero lo sentía allá dentro en el fondo de la conciencia. Sin embargo, reflexionaba algunas veces que por su parte no había dado un solo paso hacia el crimen, que se veía enredado en aquellas extrañas relaciones, en las cuales existía amor; inteligencia, traición, todo tácito, sin saber cómo había sido.

Trascurrió más de un mes de esta suerte. Amalia no sólo le hablaba de amor con los ojos, pero le imponía su voluntad, le hacía ejecutar todos sus caprichos, a veces le reprendía ásperamente. Anunciaba, por ejemplo, que se iba a marchar: al volver los ojos se encontraba con los de Amalia que le decían que se quedase, y se quedaba. Trataba de bailar con Fernanda, y una mirada severa bastaba para retenerle. Un día anunció que iba a pasar seis u ocho en sus posesiones de Onís: Amalia le hizo signo negativo con la cabeza, y desistió de su viaje. ¿Por qué? ¿Con qué derecho contrariaba sus determinaciones, se introducía en su vida y la gobernaba? No lo sabía, pero experimentaba sensación gratísima al obedecerla. Vivía en una inquietud dulce, anhelante, esperando algo hermoso, algo inefable que no quería formularse en su cerebro. Mientras, ella con su eterna sonrisa misteriosa le observaba tranquilamente, segura de conocer ese algo y de llegar a él cuando le viniera en apetencia.

Una tarde del mes de Junio se hallaba el conde en la Granja inspeccionando el trabajo de algunos obreros, que tenía ocupados en abrir una acequia más ancha para el molino. El mozo encargado del ganado vino a decirle que una señora preguntaba por él.

—¿Una señora?—exclamó sorprendido.—¿No la conoces?

El criado le miró estúpidamente, sin contestar. ¿Cómo la había de conocer, él, que había pasado la vida detrás del ganado, y sólo iba a Lancia algún día de mercado a comprar o vender una vaca? El conde se hizo cargo de esto y preguntó enseguida:

—¿Es bajita?

—No es muy alta, no, señor.

—¿Ojos muy negros y vivos? ¿color bajo? ¿el andar muy suelto y elegante?

Y antes de que el criado pudiera contestar a estas preguntas, que no había entendido, echó a correr en dirección a la casa con el corazón palpitante, henchido de emoción por el presentimiento de que era ella.

—¿Dónde está?—gritó sin dejar de correr.

—En la corrada, a la puerta del jardín—le contestó también a gritos.

Llegó a la corrada sin respiración. Antes de abrirla se detuvo un instante, avergonzándose de su presunción. ¿Cómo había llegado a suponer... ¿Pero por qué diablo se le había metido en la cabeza?... Y, sin embargo, no podía desecharla. Era ella, era ella; no le cabía duda alguna. Levantó el pestillo de la gran puerta de madera pintada de verde, y entró. La corrada era grande. Veíanse arrimados a la pared varios enseres de labranza. Debajo de un tendejón yacían algunos carros. En una caseta de madera, toscamente labrada, estaba amarrado un enorme mastín que quiso romper la cadena dando furiosos saltos por venir a acariciarle. Allá en el otro extremo, cerca de la puerta enrejada que comunicaba con el jardín, la vio, en efecto, con la frente pegada a las rejas, contemplando las flores. Estaba de espalda. Traía vestido claro de rayas blancas y rojas y llevaba en la cabeza sombrerito de paja con flores rojas también. Con la mano izquierda se apoyaba en una sombrilla que hacía juego con el traje y en la derecha apretaba unos guantes de seda, ¡Qué bien impresos le quedaron estos pormenores! Jamás en la vida se le borraron de la memoria.

—¿Usted por aquí?—le preguntó afectando una serenidad que estaba muy lejos de sentir.—¿Quién había de presumir que fuese usted la señora que el criado me acaba de anunciar?

—¿De veras no lo ha presumido usted?—preguntó ella mirándole fijamente.

—No, no, señora.

Y se puso colorado al decirlo. La dama sonrió con benevolencia.

—Bien, enséñeme usted esas rosas de malmaison de que me ha hablado.

El conde abrió la puerta del jardín y ambos pasaron adentro. Era muy grande, y estaba bastante descuidado. Desde que la condesa había dejado de venir a la Granja casi en absoluto, los criados apenas tocaban en él. Luis era más dado a hacer ensayos de nuevos cultivos, a criar ganado, a desecar terrenos, que a las flores. Así y todo, del tiempo en que su madre venía todas las tardes y le atendía, existían allí muchas plantas de flores, grandes arbustos que con el tiempo y con aquel suelo feraz se iban trasformando en árboles frondosos.

Mientras recorrían caminos arenosos, de los cuales el césped se iba apoderando por falta de limpieza, la condesa explicaba en voz alta cómo había llegado hasta allí. Se le había antojado dar un paseo hasta Bellavista; pero al pasar por delante de la carreterita que conducía a la Granja se acordó de las dichosas rosas, y dio orden al cochero de que siguiese por ella. No había visto nunca la posesión. Aquella frondosidad, aquel verde tan intenso la entusiasmaban. En su país la vegetación era más pálida.

—Pero más fragante... como las mujeres—dijo el conde con galantería.

La dama se volvió para dirigirle una sonrisa de gracias, y siguió loando la belleza de los rododendros, de las azaleas, de las camelias gigantescas que encontraban al paso.

Luego que vieron los rosales y que el conde le hizo elegir algunos para mandárselos al día siguiente, tornaron por senderos distintos hacia la puerta de entrada.

—¿Usted está seguro de que yo he venido únicamente a ver estos rosales?—dijo Amalia parándose súbito y mirándole con fijeza.

Al conde le dio un vuelco el corazón y comenzó a balbucir lamentablemente:

—Yo no sé... La verdad que esta visita... Me alegraría que los rosales...

Pero la dama, compadecida, no le dejó terminar.

—Pues, además de los rosales, vengo a ver toda la finca, y particularmente el bosque. Conque ya puede usted ir enseñándomelo—dijo agarrándose resueltamente a su brazo.

El conde volvió a experimentar nueva y violenta emoción, primero de pena, después, al sentir la mano de la dama en su brazo, de vivísimo gozo. Y, turbado hasta lo profundo de su ser, fue mostrándole lo digno de verse que tenía la finca, las grandes y hermosas praderas, las cuadras, la nueva maquinaria del molino, el bosque por último. Ella le observaba con el rabillo del ojo. A veces se dibujaba en su rostro una levísima sonrisa burlona. Se enteraba de todo con interés, loaba los trabajos que se habían llevado a cabo, proponía otros nuevos. Y al ir y venir soltaba el brazo unas veces, otras lo tomaba, despertando en el alma del conde sensaciones diversas, pero todas vivas y anhelantes. Cuando observaba que iba adquiriendo aplomo le disparaba repentinamente alguna maliciosa insinuación que de nuevo lo atortolaba, lo dejaba confundido y ruborizado.

—Vamos, conde, a que cuando usted me vio dijo para dentro: «Amalia está enamorada de mí: no pudo resistir al deseo de venir a visitarme.»

—¡Amalia, por Dios!... ¿Qué disparate está usted diciendo?... ¿Cómo me había de atrever...

Pero la dama, como si no advirtiera su turbación ni concediera importancia a sus propias palabras, saltaba inmediatamente a otro asunto. Parecía que tenía gusto en sofocarle, en mantenerle agitado y trémulo. Y en las miradas fugaces que de vez en cuando le lanzaba reflejábase un sentimiento de superioridad, la benévola ironía del que está jugando a otro una burla que ha de terminar en bien. El conde presentía algo grave debajo de aquella sonrisa enigmática, comprendía que estaba haciendo un papel desairado, que se estaban riendo de él y hacía esfuerzos heroicos para recobrar su sangre fría, sin conseguirlo.

El bosque admiró y entusiasmó a la dama por encima de todo. Era una masa de robles añosos donde no penetraba jamás un rayo de sol. El suelo estaba limpio de abrojos, tapizado de césped que convidaba a reposar. Ninguna otra finca de recreo de la provincia poseía aquel regalo, procedente quizá de la primitiva selva donde se había fundado el monasterio que dio origen a Lancia. Quiso descansar un instante debajo de aquella bóveda verde por donde la luz se cernía trabajosamente. Reinaba una paz, un amable sosiego que impresionaba como el silencio y la luz dormida de una, catedral gótica, pero con emoción más dulce. Apoyó la espalda en un árbol y paseó largo rato su mirada asombrada por la espesura. El conde estaba en pie algo más lejos. Ambos permanecieron mudos largo rato. Por fin el caballero sintió, sin verlo, que los ojos de la dama estaban posados sobre él. Resistió algunos momentos la atracción magnética de aquella mirada. Cuando al cabo volvió la suya vio que en efecto le contemplaba de hito en hito con expresión risueña y audaz que le hizo bajar la vista. Amalia soltó una alegre carcajada. Él, sorprendido, confuso, algo irritado sintiéndose en ridículo, viendo que las carcajadas no cesaban, le preguntó con sonrisa forzada:

—¿De qué se ríe usted, amiga mía?

—De nada, de nada—respondió llevándose el pañuelo a la boca.—Lléveme usted a ver la casa.

Y se colgó nuevamente de su brazo.

La casa era un grande y vetusto edificio de piedra amarillenta carcomida por los años, con dos torrecillas cuadradas a los lados. Todo en ella estaba podrido o deteriorado. En la escalera faltaban rejas, lo mismo que en los balcones, la bóveda de las habitaciones descascarillada, los tabiques resquebrajados, el tillado con agujeros, los cristales, emplomados a la antigua usanza, tan llenos de polvo que apenas consentían el ver al través de ellos; las paredes sucias también y de ellas colgados algunos cuadros oscuros, tan oscuros que no se conocía lo que el pintor había querido representar; las habitaciones, con pocos y antiquísimos muebles maltratados por el uso de las generaciones anteriores. Fueron recorriéndolas todas. A Amalia le placía aquel aspecto de remota antigüedad. ¡Cuántos seres habrían habitado aquella casa! ¡Cuánto se habría reído y llorado en aquellas vastísimas estancias! Cada una tenía su nombre. La una se llamaba el cuarto del cardenal, porque en siglos pasados un cardenal de la familia se alojaba allí cuando venía a pasar una temporada a la Granja; otra, el salón de los retratos, porque había unos cuantos colgados; otra, la sala nueva, aunque parecía tanto y aún más vieja que las demás. Todo aquello representaba la vida íntima de una familia al través de los siglos.

—Éste es el cuarto de la condesa—dijo Luis al entrar con su amiga en una pieza no muy grande, donde por debajo del polvo y los estragos del tiempo se advertía mayor lujo en el decorado.

Era una estancia coquetona donde las generaciones habían ido dejando testimonios más o menos plausibles de su amor a la ornamentación. Un escritorio pompadour, algunas sillas regencia, varios retratos al pastel; en el techo, pintados al óleo, algunos amorcillos nadando en una atmósfera, azul en otro tiempo.

—¿Es el cuarto de su mamá?—preguntó Amalia.

—No—replicó el conde riendo,—mamá dormía en otro lado. Se llama así desde tiempo inmemorial. Quizá alguna de mis abuelas lo había elegido para sí. Aquí es donde yo duermo la siesta cuando me canso de andar por el campo.

En uno de los ángulos había una soberbia cama de roble tallado y enteramente negro por los años. Era una de esas camas del siglo XV que vuelven locos a los anticuarios. Las colgaduras antiquísimas también. Sobre los colchones estaba extendido un tapiz moderno de damasco.

—Aquí es donde usted se recoge para pensar más libremente en mí, ¿no es cierto?

El conde quedó aturdido como si le hubiesen dado un golpe en la cabeza.

—¡Yo!... ¡Amalia!... ¿Cómo?

Pero súbito, haciendo un gesto de resolución, exclamó:

—¡Sí, sí, Amalia, dice usted bien! Aquí pienso en usted como pienso en todos los sitios adonde voy desde hace algún tiempo... Yo no sé lo que me pasa; vivo en un estado de constante zozobra, y esto, como usted me decía hace pocos días, es una señal de amor verdadero. Estoy enamorado de usted como un loco. Comprendo que es una atrocidad, que es un crimen, pero no puedo remediarlo... Perdóneme usted.

Y el caballero se dejó caer de rodillas, como uno de sus nobles antepasados de la Edad Media, a los pies de la dama.

Ésta se indignó, al oírle, terriblemente. ¿Cómo? ¿No se avergonzaba de semejante confesión? ¿No comprendía que dirigirle aquellas palabras dentro de su casa era un insulto? ¿Cómo podía suponer que ella las había de escuchar con paciencia? ¡Mentira parecía que el conde de Onís, un caballero tan cumplido, faltase de aquel modo a lo que debía a una dama y a lo que se debía a sí mismo!

El conde permaneció aterrado y de rodillas bajo tal granizada de denuestos. Consideraba graves sus palabras; pero el enojo que producían en la dama era mayor de lo que había sospechado.

Amalia guardó al fin silencio. Le contempló con ojos irritadísimos unos instantes. Mas una sonrisa feliz y burlona comenzó a dilatar su rostro expresivo. Se acercó lenta y majestuosamente a él, le puso la mano en el hombro e inclinándose para acercar la boca a su oído le dijo en voz baja:

—Hace usted bien en no avergonzarse de nada de eso, porque yo, señor conde, le quiero a usted tanto por lo menos como usted a mí.

Quiso volverse loco. Pasado el susto, se abrazó a sus rodillas besándolas con frenesí, se desbordó en un mar de palabras apasionadas, incoherentes, llenas de fuego y de verdad, mientras ella, tan breve, tan diminuta, contemplaba aquel coloso rendido, con sus ojos misteriosos de valenciana lucientes de amor y pasión.

Con este inmenso trabajo conquistó el conde de Onís a la gentil señora de D. Pedro Quiñones de León.

Los primeros tiempos de sus relaciones fueron agitadísimos para él, llenos de punzantes remordimientos y de goces embriagadores. Amalia iba de vez en cuando a la Granja. Por la noche en la tertulia daba cuenta de su visita en voz alta. Él se estremecía, se turbaba, sudaba de congoja mientras con perfecta sangre fría narraba ella todo lo que se podía narrar, hablaba del jardín, censuraba el abandono en que estaba y lo que se divertía trayendo a cada visita algunas plantas con la intención de dejarlo arrasado, ya que a su dueño no le interesaba. Llevaba su audacia hasta burlarse.

—Por supuesto que a este señor no hay quien le sufra desde que las damas le visitan. ¿No advierten ustedes qué impertinente se ha puesto? Temiendo estoy que el primer día que vaya a la Granja me obligue a hacer antesala.

Los tertulios reían. Sí, sí, se le notaba más serio. Fernanda sonreía clavándole una mirada, cariñosa; el mismo D. Pedro dulcificaba sus ojos, altivos, feroces y dejaba escapar de su garganta un amago de carcajada. ¡Qué esfuerzo prodigioso le costaba al conde aparecer sereno en estos, momentos! Le parecía que tenía un abismo abierto a sus pies. Y cuando se encontraba a solas con Amalia quejábase de su audacia, le rogaba con palabras fervorosas que fuese más precavida, mientras ella, impasible, gozándose en sus temeridades, sonreía desdeñosamente con su fina sonrisa enigmática.

No pudiendo verse sino rara vez en la Granja, Amalia halló medio de hacer más frecuentes las entrevistas confiándose a Jacoba. En casa de ésta se encontraban una o dos veces a la semana. El conde entraba por una puertecita trasera que daba a cierta calleja, a primera hora de la tarde, cuando los vecinos estaban comiendo. Esperaba lo menos dos o tres horas. Amalia llegaba por fin con pretexto de dar alguna orden a su favorecida. Pero no bastándole esto, todavía ideó la entrada por la tribuna de la iglesia de San Rafael. Al conde le horrorizaba tal medio; todos sus escrúpulos religiosos se sublevaban a la vez; además tenía miedo de que un accidente casual descubriese aquellos amores y aquella profanación. ¡Qué escándalo! Amalia se reía de sus temores como si las consecuencias terribles no hubiera de pagarlas ella. Era una mujer que tenía confianza absoluta en su estrella. Como los buenos toreros se juzgan más seguros ciñéndose a los cuernos del toro si no pierden la sangre fría, así ella desafiaba el peligro, iba al encuentro de él confiando en que sabría salir de cualquier atolladero. Y, en efecto, su perfecta serenidad, su increíble audacia la salvaron más de una vez.

El conde de Onís, el coloso de luengas barbas fue un verdadero juguete en las manos de aquella mujercita temeraria y maligna. Una pasión loca se apoderó de ambos, sobre todo de ella. Poco a poco se fue acostumbrando a no vivir sin él, a no pasarse un día sin verle a solas. Hacía esfuerzos increíbles de ingenio y habilidad para conseguirlo. Y si las circunstancias rodaban de tal suerte que fuese imposible en tres o cuatro días gozar una hora de soledad, su espíritu voluntarioso se exaltaba, botaba dentro del cuerpo como un corcel impaciente, y estaba dispuesta a arrojarse a la mayor imprudencia. Le apretaba las manos, le daba pellizcos en plena tertulia, le abrazaba detrás de las puertas cuando con cualquier pretexto le hacía pasar a otra habitación, y más de una vez y más de dos en las barbas del mismo maestrante, al volver éste la cabeza, le estampó un beso en los labios. Luis temblaba, empalidecía, siempre en espera de una catástrofe.

Al cabo de pocos meses, sus relaciones con Fernanda, que habían ido enfriándose paulatinamente, se rompieron por completo. Fue exigencia ineludible de Amalia. Desde el principio lo venía preparando con soberano arte, marcándole el tiempo que había de estar al lado de su novia, las veces que la había de sacar al baile y hasta lo que le había de decir. Y como lo tenía previsto, la heredera de Estrada-Rosa, que era orgullosa, no pudiendo soportar la frialdad de su novio, le dejó en libertad y le devolvió su palabra. La pobre chica desahogaba su pena con Amalia, la única que sabía a qué atenerse respecto a aquel rompimiento tan comentado. Mostró ésta gran enojo por la conducta del conde y se expresó en términos bastante vivos contra él; tomó parte por la joven, deshaciéndose en elogios de ella; no se hartaba de ponderar sus ojos, su talle, su discreción y bondad. Hasta dio ostensiblemente algunos pasos para reconciliarlos. Y en el seno de la confianza, particularmente entre los amigos de D. Juan Estrada-Rosa, no se contentaba con decir que Fernanda valía en todos sentidos más que su ex-novio, sino que apellidaba a éste con mil epítetos pesados; jayanote, pavo, santurrón, hipócrita, etc. Y cuando al día siguiente le veía en casa de Jacoba, decíale abrazándole muerta de risa:

—¡Cómo te he puesto ayer, querido mío, delante de varios amigos de D. Juan! ¡Tú no sabes!... Saliste de mis labios que ni con pinzas se te podía recoger.

Vivía el conde, por todo esto, y por los remordimientos que sin cesar le mordían, en un estado de perpetua agitación. ¡Cuán lejos se hallaba de ser feliz! Pero todo era flores comparado con lo que le esperaba. Cinco meses después de comenzadas sus relaciones, un día le anunció Amalia que creía hallarse en cinta. Se lo dijo con la sonrisa en los labios, como si le noticiase que le había tocado la lotería. Luis sintió un vértigo de terror, quedó pálido, la vista se le turbó como si fuese a caer.

—¡Dios mío, qué desgracia!—exclamó llevándose las manos al rostro.

—¿Desgracia?—preguntó ella con asombro.—¿Por qué? Yo estoy muy contenta.

Y viendo sus ojazos dilatados, estupefactos, le explicó riendo que era feliz con esperar una prenda de sus amores; que no tuviese miedo alguno porque ella sabría arreglarse para que nada se descubriera. Y, en efecto, tal maña se dio para apretarse que nadie pudo presumir que aquella mujer tuviese una criatura en sus entrañas. ¡Qué sustos, qué congojas las del conde mientras duró el embarazo! Si alguien la miraba con insistencia, ya estaba temblando; si en el curso de la conversación un tertulio hacía alusión a algún parto disimulado, se ponía pálido, pensando que podía ser una indirecta. En todos los rostros creía ver sonrisas y miradas significativas; en las palabras más inocentes, profundas y aviesas insinuaciones.

Mientras tanto ella comía y dormía tranquilamente con una alegría constante que aterraba y admiraba al mismo tiempo al conde. El tiempo corría: llegaron los siete meses; los ocho. Por mucho que lo disimulase, el conde observaba que la cintura de su querida se ensanchaba. Cuando, lleno de congoja, comunicó con ella esta observación, se echó a reír:

—Calla, tonto, lo notas tú porque ya lo sabes. ¿Quién va a sospechar porque esté un poquito más abultada? Muchas veces le gusta a una llevar flojo el corsé.

Cuando llegó el momento crítico mostró una bravura que rayaba en heroísmo. Luis quería confiarse a un médico: ella se opuso. ¿Para qué? Con la asistencia de Jacoba le bastaba. El confiar tal secreto a otra persona era peligroso. Le acometieron los primeros síntomas al amanecer, hallándose en la cama; pero hasta las ocho no mandó llamar a Jacoba, que con el pretexto de hacer unos colchones dormía desde hacía algunos días en casa. Se encerraron en el gabinete, donde ya tenían preparadas las ropas necesarias, y sin un grito, sin un movimiento descompasado, sin la más leve queja, salió aquella valiente mujer de su cuidado. Jacoba sacó la criatura con el lío de la ropa, después de haber mandado fuera con adecuados pretextos a los criados.

El conde lloró de gozo y admiración al saber este feliz desenlace. Luego, cuando recibió por Jacoba la orden de llevar la niña al portal de Quiñones, volvió a sentirse acongojado. El plan de su amante le llenaba de estupor; pero como estaba acostumbrado a obedecer, hizo lo que le mandaba. El resultado coronó la audacia de la dama; fue tal como ella había previsto.

Y ahora, al contemplar a la criatura segura para siempre, no sólo se fortalecía su amor y se depuraba, sino que sentían el gozo de la victoria, del que después de haber corrido fuertes temporales llega por fin a puerto de salvación.

En voz muy baja, con las manos enlazadas, inclinando de vez en cuando la cabeza para rozar con los labios la frente de la niña, hablaron largo rato, mejor dicho, soñaron despiertos, queriendo penetrar en los abismos insondables del tiempo. ¿Cuál sería la suerte de aquella hermosa criatura? ¿Cómo se la educaría? Amalia decía que conseguiría educarla como hija suya, hacerla una verdadera señorita; estaba segura de que D. Pedro no se opondría a ello. Y como quiera que no tenía hijos, nada más natural que habiéndola tomado cariño la dejase a su muerte algún legado importante. El conde hizo un gesto de desdén. La niña no necesitaba de la hacienda de D. Pedro. Él le dejaría toda la suya.

—Pero tú puedes casarte y tener hijos—dijo la dama mirándole maliciosamente.

Él la tapó la boca.

—¡Calla, calla! Ya sabes que no quiero oír eso siquiera. Estoy definitivamente unido a tí.

Ella le besó con efusión.

—Sellados, ¿verdad?

—Sellados—repuso él con firmeza.

—¿Pero no te haces cargo de que si le dejas tus bienes en testamento, enseguida nacería la sospecha de que era hija tuya?

Esta dificultad le abatió por unos instantes. Ambos se ocuparon en arbitrar algún medio para eludirla. El conde quería dejarlos en fideicomiso a alguna persona de confianza. Pero esto ofrecía también sus inconvenientes. Mejor sería ir colocando dinero a su nombre en algún banco, y al llegar a la mayor edad, fingir una herencia, inventar algún padre llovido del cielo...

—En fin, ya hablaremos de eso... Déjalo a mi cuidado—concluyó diciendo ella.

Y él se lo dejaba de muy buena gana, fiando de su imaginación inagotable, de su voluntad y su audacia.

Cuando se cansaron de hablar de lo porvenir volvieron los ojos al presente. Era necesario bautizar la niña. Habían resuelto que fuese al día siguiente.

—Ya hemos convenido en que la madrina fuese yo y el padrino tú.

—¿Cómo? ¿yo?—exclamó asustado.—Pero, mujer, ¿no comprendes que eso puede engendrar sospechas?

La dama se obstinó. Que sí, que había de ser padrino. Si sospechaban, buen provecho. A ella le tenía sin cuidado. Pero viéndole realmente afligido cambió de idea.

—No te apures, hombre, no te apures—dijo dándole un tironcito a la barba.—Ha sido una broma. ¡Buena cara ibas a poner cuando la tuvieses en la pila! No te faltaría más que gritar: ¡Señores, aquí! ¡Vengan aquí todos a ver al padre de esta criatura!

El padrino sería Quiñones, y en su representación D. Enrique Valero. La madrina ella, representada por María Josefa. El conde se mostró muy satisfecho. Todo aquello era hábil y prudente y adecuado para asegurar la suerte de su hija. Pero cuando se manifestaba más contento, un rumor que vino del pasillo le hizo saltar en la butaca, ponerse lívido.

—¿Qué tienes, hombre?

—¡Ese ruido!...

—Es Jacoba...

Pero viéndole dudoso, con los ojos espantados aún, se levantó, teniendo la niña en los brazos, abrió la puerta y cambió algunas palabras con Jacoba que, en efecto, estaba allí. Después de entregarle la criatura y cerrar, volvió de nuevo a sentarse.

—¿Cómo eres tan cobarde, di?

—No es cobardía—repuso él ruborizado.—Es que estoy siempre sobresaltado... No sé lo que me pasa... La conciencia quizá...

—¡Bah! Es que eres un cobarde. Como tienes el cuerpo tan grande se te pasea el alma dentro de él.

Y acto continuo, observando la expresión de enojo y tristeza que se reflejaba en su semblante, tornó a abrazarle con trasportes de entusiasmo.

—No, no eres cobarde; pero inocente sí... Por eso te quiero, te quiero más que a mi vida. ¿No es verdad que te quiere tu filleta? Soy tuya... Tú eres mi único amor. Yo no soy casada...

Y con caricias de gata mimosa le paseaba sus manos finas y pálidas por el rostro, estampaba en él menudos, infinitos besos, le anudaba los brazos al cuello, se lo mordía con leves y fugaces mordiscos de ratón. Y al mismo tiempo, ella, tan grave y silenciosa en visita, hacía fluir de sus labios un chorro constante de palabritas melosas que le adormecían y embriagaban. El fuego, que se adivinaba al través de sus grandes ojos misteriosos y traidores, brotaba ahora con vivas llamaradas. Era el goce de la sensualidad el que se desprendía de su ser; pero era también el deleite maligno del capricho cumplido, de la venganza y la traición.

El conde de Onís se sentía cada día más subyugado. Las caricias de su amada eran abrasadoras; pero los ojos guardaban siempre, en lo más hondo, un reflejo cruel de fiera domesticada. Sentía amor y miedo al mismo tiempo. Alguna vez su espíritu supersticioso llegaba a imaginar si un demonio tentador habría venido a alojar en el cuerpecito endeble de aquella valenciana.

Después de anunciar tres o cuatro veces que se marchaba, sin llevarlo a cabo por impedírselo ella, viéndose al cabo libre de sus brazos, se levantó de la butaca. La despedida fue larga como siempre. Amalia no le soltaba hasta que le veía ebrio, intoxicado por la violencia de sus caricias. Jacoba le esperaba en el corredor. Después de conducirle por éste y otros varios hasta la estancia donde se hallaba la escalerita excusada que iba a la biblioteca, le hizo seña de que aguardase y bajó sola para cerciorarse de que no había nadie en los pasillos. Tornó a subir para avisarle; el conde descendió, apagando cuanto podía el ruido de sus botas. A la puerta del pasadizo la medianera le dejó, después de abrirle la puerta. Bajose otra vez hasta tocar con las manos en el suelo para no ser advertido de la gente que pasase por la calle, y en esta forma atravesó el pasadizo de la tribuna. Abrió la puerta y entró. La oscuridad le cegó. En cuanto dio algunos pasos sintió un golpe en la espalda y oyó una voz ronca que decía al mismo tiempo:

—¡Muere, infame!

Se heló en sus venas la sangre y dio un salto hacia atrás. Entre las sombras espesas pudo distinguir un bulto más negro aún. Veloz como un rayo se precipitó sobre él, y lo hubiera aniquilado bajo su enorme cuerpo si no sintiera una carcajada reprimida y al mismo tiempo la voz de Amalia.

—¡Cuidado, Luis, que me vas a hacer daño!

La sorpresa le dejó mudo unos instantes.

—¿Pero por dónde has venido?—dijo al cabo.

—Pues por la escalera principal. Me he echado este capuchón negro encima y he bajado corriendo.

Y viéndole frío y disgustado por aquella broma de mal gusto, se empinó sobre la punta de los pies, colgose rápidamente a su cuello y, después de apretar los labios larga y apasionadamente contra los suyos, le dijo con acento zalamero:

—Ya sabía que no eras cobarde... pero quería comprobarlo.


V

Las bromas de Paco Gómez.

Ahora bien, Granate no acababa de persuadirse a que Paco Gómez procediese de buena fe. Su carácter jocoso, los terribles bromazos que se le atribuían perjudicábanle en el ánimo del indiano. No bastaba que adoptase continente grave y mantuviese con él pláticas largas acerca de la alza o baja de las acciones del Banco, ni que le loase la casa por encima de todas las fábricas modernas y le diese útiles consejos en el juego del chapó. De todos modos el gracioso de Lancia observaba allá, en el fondo de sus ojazos encarnizados de jabalí, una nube de recelo que no podía disipar. En este aprieto pidió auxilio a Manuel Antonio. Se le había metido en la cabeza una broma chistosa, y antes de renunciar a ella consentiría en cualquier alianza.

—Desengáñate, Santos—decía el marica, de acuerdo con Paco, paseando cierta tarde por el Bombé con Granate,—tú, como te has pasado más de la mitad de la vida detrás de un mostrador, no entiendes nada de estos lances. No te diré que Fernanda esté chalada por tí, pero que anda en camino de ello lo digo y lo sostengo aquí y en todas partes. Hace ya tiempo que lo vengo notando. Las mujeres son caprichosas, incomprensibles; hoy rechazan una cosa y mañana la apetecen y están dispuestas a hacer cualquier disparate por lograrla. Fernanda comenzó rechazándote...

—¡Entodavía! ¡entodavía!—manifestó sordamente el indiano.

—Pura apariencia. Es una chica muy orgullosa y que no dará jamás su brazo a torcer. Pero por lo mismo que tiene mucho orgullo no se casará más que con el conde de Onís o contigo, los dos únicos partidos que hay en Lancia para ella; el conde por la nobleza y tú por el dinero. Luis es un hombre muy raro; yo lo creo incapaz de casarse. Ella está convencida ya de esto mismo. No le queda más que tú, y tú serás al cabo el que se coma la breva... Además, por más que otra cosa digan, a las mujeres les gustan los hombres como tú, robustos... porque tú eres un roble, chico—añadió volviendo hacia él la cabeza con admiración.

Granate dejó escapar un mugido corroborante. El marica le pasó las manos por el torso, como profundo conocedor de las formas masculinas.

—¡Qué musculatura, chico! ¡Qué hombros!

—Con estos hombros que aquí ves—dijo el indiano con orgullo—se han ganado muchos miles de pesos.

—¿Cómo? ¿Cargando sacos?

—¡Sacos!—exclamó Granate sonriendo con desprecio.—Eso es pa la canalla. ¡Cajas de azúcar como vagones!

El Bombé estaba desierto en aquella hora. Era un paseo amplio en forma de salón, recién construido en lo alto del famoso bosque de San Francisco, desde donde se señoreaba todo. Este bosque de robles corpulentos, añosos, retorcidos, algunos de los cuales pertenecían a la selva primitiva donde se fundó el monasterio que dio origen a Lancia, servía de sitio de recreo y esparcimiento a la población, hasta cuyas primeras casas llegaba. Permaneció siempre en lamentable abandono; pero la última corporación municipal había llevado a cabo en él magnas reformas que le habían valido los aplausos de los espíritus innovadores: un paseo, algunos jardinillos alrededor y una calle enarenada entre los árboles, que le ponía en fácil comunicación con la ciudad. Los días de labor no paseaban por él más que algunos clérigos con sus largos manteos negros y enorme sombrero de teja, llevando algún seglar enmedio, dos o tres pandillas de indianos disputando en voz alta sobre el precio de los cambios o el valor de los solares de la calle de Mauregato, recién abierta, y tal cual valetudinario, que venía a primera hora a tomar el sol, y se retiraba tosiendo en cuanto sentía la humedad de la tarde. ¿Y las damas?... ¡Ah! Las damas lacienses sabían perfectamente lo que se debían a sí mismas y estaban dotadas de un sentimiento harto delicado de las leyes del buen tono para exhibirse en días que no fuesen feriados. Y aun en éstos no lo hacían sino tomando las debidas precauciones. Ninguna dama de Lancia cometía la bajeza de presentarse en el Bombé los domingos mientras no estuviesen paseando en él algunas otras de su categoría. Pero esto era de una dificultad insuperable, dada la unanimidad de pareceres. De aquí que, aderezadas ya desde las tres de la tarde, con el sombrero y los guantes puestos, aguardasen al pie de los balcones, espiándose las unas a las otras por detrás de los visillos. «Ya pasan las de Zamora.» «Ahora vienen las de Mateo.» Sólo entonces se aventuraban a lanzarse a la calle y subir poco a poco y con la debida majestad hasta el paseo, donde hacía ya dos horas la banda municipal ejecutaba diversas fantasías sobre motivos de Ernani o Nabuco para recreo de las niñeras y algunos apreciables albañiles. Ni se crea, sin embargo, que la sociedad distinguida de Lancia entraba así de golpe y porrazo en el arenoso salón. Nada de eso. Antes de poner el pie en él subían a otro paseíto suplementario que había poco más arriba. Desde allí exploraban el terreno, observaban «si alguna se había atrevido.» Por fin, cuando las sombras comenzaban a espesarse ya en las copas de los añosos robles, a la hora en que la niebla descendía de las montañas apercibida a fijarse en las narices, en la garganta y en los bronquios del honrado vecindario, todas las bellezas indígenas acudían casi en tropel al espacioso paseo. ¡Qué importaba un catarro, un reuma, ni siquiera una pulmonía, ante la deshonra de presentarse las primeras en el Bombé! ¡Ejemplo notable de fortaleza! ¡Caso portentoso del poder que en los pechos elevados ejerce el respeto de sí mismo!

Esta exquisita conciencia de los deberes, que la naturaleza ha escrito con caracteres indelebles en los corazones dignos, se revelaba aún de modo más claro y conmovedor con ocasión de los bailes de confianza que el Casino de Lancia daba cada quince días durante el invierno. Fácil es de comprender que las dignísimas señoritas que con tal admirable constancia luchaban un día y otro para no entrar en el paseo mientras estuviese solitario, no irían a cometer la vileza de presentarse «primero que las otras» en el salón del Casino. Mas como aquí no había paseo suplementario desde donde espiarse, ni era fácil por la noche estar de espera en los balcones, aquellas ingeniosísimas damas, tan dignas como ingeniosas, hallaron un medio de dejar siempre a salvo su honra. Poco después de sonar las diez, hora en que daba comienzo el baile, enviaban hacia allá de descubierta, como caballería ligera, a sus papas o hermanos. Entraban haciéndose los distraídos, se sentaban un momento en las butacas, gastaban cuatro bromas con los pollos que allí aguardaban correctos, impacientes, con la luenga levita cerrada, abrochándose los guantes los unos a los otros, y al poco rato se retiraban disimuladamente para ir a noticiar a sus familias que aún no había llegado nadie. ¡Ah! ¡Cuántas veces los pollos impacientes de la levita cerrada aguardaron vanamente toda la noche la llegada de sus hermosas parejas! Las bujías se iban gastando; la orquesta, que había tocado sin éxito alguno dos o tres bailables, se desmoralizaba; los músicos charlaban en voz alta o paseaban por el salón y hasta fumaban; los hujieres y mozos bostezaban, tirándose unos a otros indirectas referentes a las dulzuras del lecho. Por fin el presidente daba la orden de apagar, y los pollos se retiraban a sus domicilios respectivos tan mustios como correctos. ¡Espectáculo consolador el de aquellas heroicas jóvenes que, apesar de sus vivos deseos de ir al baile, preferían permanecer en casa a quebrantar los principios fundamentales en que descansa la dicha y el sosiego de la sociedad!

—Allí viene Paco con el Jubilado. Lo mismo te dirán que yo—profirió Manuel Antonio poniéndose la ebúrnea mano sobre las cejas a guisa de pantalla.

En efecto, allá a lo lejos se columbraba la figura de Paco como una percha coronada por un pepino. Todos los sombreros le entraban hasta las orejas a causa de la inverosímil pequeñez de la cabeza y su disposición excepcional. A su lado caminaba el Sr. Mateo con sus enormes bigotes blancos y arrogante figura militar, aunque ya sabemos que era el hombre más civil que hubiese producido Lancia desde hacía algunos siglos.

Granate dejó escapar algunos gruñidos destinados a probar el profundo desprecio que aquellos dos personajes le inspiraban, el uno por su poca formalidad, y el otro por no tener ni un mal cupón del tres por ciento.

—Vamos, queridos, hacedme el favor de convencer a este babieca de que es un buen partido para cualquier muchacha, porque no quiere creerlo.

—¡Aprieta, pues si D. Santos no es partido con cinco o seis millones de reales, no sé yo quién lo será!—exclamó Mateo relamiéndose como padre de cuatro niñas casaderas que no acababan de casarse.

—¡Suba el cañón, D. Cristóbal, suba el cañón!—dijo el indiano echándole una mirada torva.

—¿Cómo? ¿Tiene usted más?... Me alegro... Yo hablo por lo que dice la gente...

—Tengo quinientos mil pesos sin quitar un lápiz.

Los tres amigos cambiaron una mirada significativa. Manuel Antonio, no pudiendo contener la risa, le abrazó exclamando:

—¡Bien, Santos, bien! Eso del lápiz me enternece.

Granate era el hombre de los disparates lingüísticos. No tenía conocimiento de la forma verdadera de una gran parte de las palabras; las modificaba de modo que resultaba muy cómico. Sin duda dependía de falta de oído, dado que hacía ya algunos años que había regresado de América y trataba con personas cultas. Sus bárbaros atentados contra el idioma eran proverbiales en Lancia.

—Pues nada, este infeliz se figura—prosiguió el marica, sin hacer caso de la mirada recelosa que le dirigió—que porque Fernanda Estrada-Rosa gasta algunos remilgos no le gustan las peluconas como a todo hijo de vecino... ¡Tonto, tonto, más que tonto! (y al decir esto le pegaba palmaditas en el ancho y rojo cerviguillo). ¡Si es hija de D. Juan Estrada-Rosa, el mayor judío que hay en la provincia!

—Hombre, Fernanda ya es otra cosa—manifestó el Jubilado, que no estaba en el ajo—Es una chica muy rica y no necesita casarse por el dinero.

Pero los otros dos cayeron como fieras sobre él. Cuando se tiene dinero se quiere más. La ambición es insaciable. Fernanda era muy orgullosa y no pasaría por que ninguna otra chica en Lancia pudiese ostentar tanto lujo como ella. Si D. Santos elegía esposa en la población, le podría hacer competencia desastrosa: era una mosca que no se quitaría jamás de la nariz. El único rival temible para D. Santos era el conde de Onís; pero éste ya estaba descartado. Su carácter excéntrico, su misticismo y las extrañas manías en que daba con frecuencia, habían concluido por aburrir a la muchacha...

Con estos argumentos y un formidable pisotón de inteligencia que Paco le dio, el Jubilado entró en razón y se puso de parte de ellos. Los tres se esforzaron en convencer al indiano de que ni aquélla ni ninguna otra joven podría resistir mucho tiempo si él se decidía a estrechar el bloqueo. Paco aludía además de un modo vago y misterioso a cierto dato que él poseía, el cual demostraba hasta la evidencia que los desdenes de la chica eran pura comedia, alardes de vanidad para hacerse valer. Pero era un secreto; no podía revelarlo sin faltar a la amistad y consideración que debía a la persona que se lo había comunicado.

Sin embargo, Granate no acababa de rendirse. Como un mastín a quien rodean los chicos y tratan de congraciársele haciéndole caricias, echábales miradas recelosas y dejaba escapar de vez en cuando gruñidos dubitativos. Manuel Antonio agotó el repertorio de sus argumentos sutiles y femeninos, apoyados por sendos abrazos, palmaditas o pellizcos. Estuvo elocuente y sobón hasta lo infinito. Paco le dejaba decir y hacer echándole de través miradas socarronas, convencido de que Granate acogía siempre con desconfianza sus palabras. Pero a última hora intervino para dar el golpe definitivo. Después de hacerse rogar mucho por sus dos auxiliares, y de suplicar encarecidamente y por los clavos de Cristo que aquello permaneciese en secreto, sacó al fin del bolsillo una carta. Era de Fernanda a una amiga de Nieva. Explicó primero de qué modo casual había venido a su poder, y después leyó en voz baja y con aparato de misterio el siguiente párrafo: «Lo que me dices de Luis no tiene fundamento. No he vuelto ni volveré a reanudar mis relaciones con él por razones muy largas de explicar, algunas de las cuales ya conoces. Lo de D. Santos, aunque por ahora no hay nada, lleva mejor camino. Es viejo para mí, pero me parece muy formal y cariñoso. Nada tendría de particular que al fin cayera con él.»

Granate atendió con extremada fijeza, abriendo de modo descomunal sus ojazos. Cuando Paco terminó la lectura dijo con voz profunda, como si hablara consigo mismo:

—Esa carta es ipócrifa.

Volvieron los tres a mirarse haciendo lo posible por contener la risa. Manuel Antonio aprovechó la ocasión para darle un abrazo más.

—¡Anda tú, grosero, desconfiadote! Enséñale la carta, Paco... ¿Tú conoces la letra de Fernanda?... ¿No?... Pues yo sí y aquí D. Cristóbal también, porque Emilita recibe a cada momento cartas de ella... Tú eres demasiado modesto, Santos. Yo no te diré que seas un real mozo, pero tienes cierta gracia y cierto aquel... vamos...

—¡Ya lo creo que lo tiene!—exclamó Paco.—Bien puede usted fiarse de Manuel Antonio, que es voto en la materia.

—Cualquiera puede distinguir, querido—profirió éste, picándose repentinamente.—Teniendo ojos en la cara se sabe lo que es hermoso, lo que es feo y lo que es mediano.

Y no quiso emplear más saliva en secundar los planes de Paco. Dejaron, pues, a Granate en paz, y el marica cambió de conversación.

—Ahí vienen sus amigos, D. Cristóbal.

Éste levantó la cabeza y vio venir hacia ellos paseando ocho o diez militares. Eran oficiales del batallón de Pontevedra, que, a su despecho, había llegado recientemente de guarnición a la ciudad. Mateo rechinó un poco los dientes y bufó repetidas veces para indicar todo lo odioso que le era la fuerza armada. Después exclamó con irónico retintín:

—¡Cómo me encantan los guerreros en tiempo de paz!

—Les tiene usted mucha manía, D. Cristóbal. Los militares no dejan de ser útiles.

—¡Útiles!—exclamó el Jubilado encrespándose.—¿Qué utilidad traen, vamos a ver? ¿En qué son útiles?

—Hombre, mantienen la paz.

—La guerra es lo que mantienen. Para librarnos de los ladrones basta la guardia civil. Ellos son los que fomentan el malestar y la ruina de la nación. En cuanto ven las escalas paradas se sublevan en uno u otro sentido, que eso es para ellos lo de menos, y ¡vengan empleos y cruces pensionadas!... Yo sostengo que mientras existan soldados no habrá tranquilidad en España.

—Pero, D. Cristóbal, ¿y si una nación extranjera nos atacase?

El Jubilado dejó escapar una risita irónica y sacudió algunas veces la cabeza antes de contestar.

—Pero ven acá, infeliz, la única nación que puede atacarnos por tierra es Francia, y si Francia se decidiese a hacerlo, ¿de qué nos servirían todos esos oficialitos tan guapos y bien uniformados?

—Además, los soldados son un bien para la población por lo que consumen. Los comercios ganan, las casas de huéspedes lo mismo...

Manuel Antonio defendía a la milicia sólo por oír a Mateo y ponerle fuera de sí. Ahora se observaba un dejo de ironía en sus palabras y mayor deseo de exacerbarle.

—¡Eso es!... ¡Ahora sí que me has apabullado! ¿Y de dónde viene ese dinero que consumen, majadero?... ¡De tí y de mí y del señor, de todos los que pagamos algo al Estado en una u otra forma!... El resultado final es que ellos consumen sin producir, que son un mal ejemplo en las poblaciones, porque la ociosidad en que viven corrompe a los que ya son un poco propensos a la vagancia... ¿Sabes tú cuál es el gasto del ejército? Pues entre los ministerios de Guerra y Marina consumen más de la mitad del presupuesto. ¡Es decir que la administración, la justicia, la religión, los gastos que ocasionan nuestras relaciones con los demás países, las obras públicas y el fomento de todos los intereses materiales no cuestan tanto al contribuyente como esos caballeritos del pantalón encarnado!... Que las demás naciones de Europa tienen un ejército poderoso, bueno, ¿y qué? Allá ellas. Las demás se pueden permitir ese lujo porque tienen dinero. Pero nosotros somos unos pobretes; no tenemos más que fachada... Además, en otros países hay complicaciones internacionales, de las cuales por fortuna estamos libres. La Francia no nos atacará por miedo a la intervención de las potencias; pero si nos atacase, lo mismo nos conquistaría con ejército que sin él...

El Jubilado se repetía, manoteaba para dar nueva fuerza a sus argumentos, echaba fuego por los ojos. Manuel Antonio le dejaba irritarse con visible satisfacción. En aquel momento pasó cerca el grupo de los oficiales, que dieron las buenas tardes cortésmente. Todos contestaron menos D. Cristóbal, que se hizo el distraído.

—Yo creo que está usted muy exagerado, don Cristóbal. ¿Qué tiene usted que decir del capitán Núñez, que acaba de pasar ahora? ¿No es todo un buen mozo y una persona atenta y fina?

—Con un azadón en la mano estaría mucho mejor y sería más útil a su país—murmuró sordamente el Jubilado.

—Pues no tiene usted más que ponérselo en cuanto sea su yerno, porque, según cuentan, es novio de su hija Emilia—dijo el marica recalcando las palabras con extremado gozo.

Paco y D. Santos rieron. D. Cristóbal quedó anonadado. Apenas pudo mascullar trabajosamente:

—¡Quién hace caso de esas boberías!

Y no volvió a chistar. Aquella noticia le había llegado a lo profundo del corazón, le ponía en la situación más difícil en que estuvo jamás hombre alguno. Los demás no dejaron de notar este silencio, y se hacían guiños y se dirigían sonrisas por detrás de su espalda.

Pero Paco también estaba preocupado. Cuando se le metía en la cabeza, en aquella cabeza como un puño, mal amasada, un bromazo como el que tenía proyectado, andaba inquieto, afanoso, lo mismo que el poeta o el pintor que tienen una obra entre manos. Después de varios días de machacar por él logró al fin, casi, casi, decidir al indiano. Se trataba nada menos de que éste fuese a pedir con toda ceremonia a D. Juan Estrada-Rosa la mano de su hija Fernanda. Según Paco y los que le secundaban, era el medio más directo y más adecuado de conseguirla. Todo lo demás, andarse por las ramas. El día en que D. Juan viese que le entraban diez millones por la casa andaría de cabeza por convencer a su hija. Y ella misma no les haría asco. ¿Pues qué, no siendo con el conde de Onís, con quién mejor podía casar que con un hombre tan rico, tan formal, tan sano y tan ilustrado? Este último epíteto, proferido por Paco con grave continente, estuvo a punto de echar a perder el asunto, porque no faltó quien sofocase a duras penas la carcajada. Granate quiso advertirlo, miró a Paco con recelo y volvió a mostrarse desconfiado y reacio algunos días.

Llegó un momento, sin embargo, en que el indiano creyó en sus palabras. Fue después de haberle oído en el Casino desde una habitación contigua atacar duramente al conde de Onís. Aquel día se decidió a darle crédito y convino con él la manera de llevar a cabo la petición que le aconsejaba. Paco opinó que lo mejor sería no decir nada previamente a la chica. Así como los buenos generales, para asegurar la victoria, suelen caer de improviso y con sigilo sobre el ejército enemigo, lo más hábil en este caso era entrar inopinadamente en la casa, llamar a don Juan a una conferencia reservada y abordar de frente el negocio. Por el banquero no había cuidado: se pondría como unas pascuas. La chica recibiría gran sorpresa, pero esto mismo la aturdiría y la pondría más blanda. Las cosas graves de la vida se deciden generalmente por una corazonada. El que no se arriesga no pasa la mar. En resumen, que Granate se entregó a discreción y comenzaron los preparativos para la gran solemnidad. Lo primero que se trató fue la hora. Quedó resuelto que fuese a las doce del día. El traje fue objeto de animadas pláticas. Paco opinaba que, para presentarse bajo un aspecto más imponente, convendría vestirse algún uniforme, por ejemplo, el de jefe honorario de administración civil. No era difícil conseguir el nombramiento sacrificando un puñado de oro; pero esto dilataría más de un mes la realización de la empresa. Se desechó el uniforme y se convino en que vistiese frac negro y llevase colgada la medalla de concejal. Fijose por último el día: resultó un lunes.

Desde mucho antes el traidor había deslizado en la conversación, hablando con D. Juan Estrada-Rosa, la especie de que Granate se jactaba de ser deseado y requerido por él para yerno. D. Juan, que era también rico y tenía su cacho de orgullo, y sobre todo adoraba a su hija y creía que el día menos pensado vendría un duque de Madrid a pedírsela, se irritó grandemente, le llamó rústico, podenco, y juró que, antes de ver a su hija casada con semejante cafre, preferiría que se quedase soltera.

—Pues tenga cuidado, D. Juan—dijo Paco sonriendo maliciosamente,—porque el día menos pensado se presenta en casa a pedirle la mano de Fernanda.

—No lo hará tal—respondió el banquero.—Demasiado sabe que le echaría por la escalera abajo.

Con estos antecedentes el terrible humorista de Lancia marchaba sobre terreno seguro. Fuera de los tres o cuatro amigos que le ayudaron a persuadir a D. Santos, a nadie dio parte de la intriga; pero el domingo por la tarde, víspera del acontecimiento, lo mismo Manuel Antonio que él, lo fueron pregonando por todos los grupos y citándose para el día siguiente en el café de Marañón. En provincia, donde son escasos los medios de divertirse, se toma muy por lo serio esta clase de bromas, se preparan con fruición, se paladean de antemano. La de Paco fue acogida con vivo entusiasmo por la juventud laciense. La víctima no era un pobre diablo, cómo solía acontecer, sino un ricachón. Esto le prestaba doble atractivo. En el fondo de todos los corazones hay siempre unos granitos de odio para el que tiene mucho dinero. Corrió por el paseo la voz, y al día siguiente se presentaron en el café de Marañón más de cincuenta mancebos.

Pero no se dieron a luz en tanto que no pasó Granate. El café estaba situado en un piso principal (por aquel tiempo no se usaban los bajos para este destino) de la calle de Altavilla, casi enfrente de la casa de D. Juan Estrada-Rosa. Ésta era grande y suntuosa, aunque no tanto como la que recientemente había construido don Santos. La del café, vieja y de ruin apariencia. El local que ocupaban los parroquianos, una sala donde estaba la mesa del billar y dos gabinetes a los lados con algunas mesillas de madera para el consumo, todo sucio, lóbrego, sobado. ¡Cuán lejos aún los tiempos de que se estableciese en uno de los bajos de aquella misma calle el magnífico café Británico, con mesas de mármol, espejos colosales y columnas doradas como los más elegantes de Madrid!

Espiando por detrás de los visillos aquella florida juventud, ávida de los goces estéticos, vio pasar a Granate correctamente vestido, balanceando su torso colosal sobre unas piernas que no lo merecían. Le vieron entrar en casa de Estrada-Rosa y hasta oyeron el ruido del picaporte. Nada más. Inmediatamente se abrieron de par en par los balcones del café y se llenaron. Los que no tenían sitio se encaramaron en sillas detrás de sus compañeros. Todos los ojos se clavaron en el portal de enfrente. Esperaron cerca de un cuarto de hora.

Al cabo la fisonomía violácea de Granate apareció de nuevo. Daba miedo. Aquella cara parecía ya un terciopelo como si estuviese ahorcado. Las orejas tenían el color de la sangre. A su aparición estalló una salva de toses y estornudos y gritos y aullidos. El indiano alzó la cabeza y paseó su mirada atónita por aquella muchedumbre descompuesta que le sonreía, sin comprender la razón. Tardó poco, sin embargo, en darse cuenta de que era víctima de un bromazo. Sus ojos se clavaron entonces feroces en el concurso, y exclamó con un desprecio que nada tenía de fingido:

¡Méndigos!

Y se alejó como un jabalí perseguido por la jauría entre silbidos y carcajadas, volviendo de vez en cuando la cabeza para escupirles el mismo esdrújulo injurioso.