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El maestrante

Chapter 13: VIII
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About This Book

The narrative is set in a rain-swept provincial city and opens with the secret deposit of an infant at an aristocratic household, an event that unravels a web of private loves, social rituals and family rivalries. Through episodes of courtship, youthful caprice, practical jokes, a masked festival and moral reckonings across years, the household's members confront pride, jealousy and shifting loyalties. The author balances intimate character observation with satirical attention to manners and local customs, tracing how personal passions interact with communal expectations and how a small society negotiates honor, justice and reconciliation.

—¡Es necesario mudarse!... ¡Ahora mismo!... ¡Una pulmonía!... ¡Mudarse!... ¡Fricciones!... ¡Una fiebre reumática!

Y otras exclamaciones más o menos coherentes, que daban testimonio del profundo interés que la salud del oficial le inspiraba.

Núñez, aunque guerrero, cede a sus instancias y vuelve hacia la casa con semblante fiero y ceñudo, enteramente resuelto a quitarse hasta los calcetines y a meterse en la cama mientras se manda propio a Lancia por una muda. Todos sus amigos le rodean, y así llegan hasta la casa. Emilita, que está al balcón, al verlos de aquella guisa, pregunta con sorpresa:

—¿Qué es eso?

—Nada—le grita su papá,—que Núñez se ha caído a la acequia.

Naturalmente al oír esto Emilita lanza un grito desgarrador y cae desmayada en brazos de varias damas. Núñez, hecho un héroe, despreciando su propia salud, corre a socorrerla. En pocos momentos se llena la habitación de vasos de agua y salen a relucir también dos o tres frascos de antiespasmódico. Cuando empieza a recobrar el conocimiento y llega el momento crítico de las lágrimas, su hermana Micaela no puede contenerse; increpa violentamente a su papá.

—¡Esto ha sido una verdadera barbarie! ¿Se ha figurado usted que su hija tiene el corazón de bronce?... ¡Bien poca delicadeza se necesita para herir de este modo a una pobre criatura!...

La pobre criatura le paga aquella defensa con una mirada cariñosa de sus ojos húmedos, apretándole al mismo tiempo la mano. El Jubilado se encuentra en el último grado del abatimiento y apenas se atreve a murmurar «que viendo a Núñez vivo a su lado no había razón para tanto susto.» Las señoras juzgan que Micaela ha estado irrespetuosa con su padre, pero al mismo tiempo no pueden menos de convenir en que aquello ha sido un escopetazo, y manifiestan a la desgraciada esposa una ardiente simpatía.


VIII

El vino de Fernanda.

Fernanda no había presenciado nada de esto. Estuvo a primera hora en el bosque, haciendo de ninfa pudorosa como sus compañeras; pero cansada pronto del papel, se apartó de ellas y comenzó a discurrir por los lugares más solitarios. Su cabeza, tan erguida siempre, se doblaba bajo el peso del tedio o la preocupación; su talle flexible, ondulante, se movía sin compás girando a un lado y a otro como el cuerpo de un beodo; arrastraba los ojos por el suelo, aquellos hermosos ojos africanos que eran el más preciado ornamento de la noble ciudad de Lancia, y por su frente pálida cruzaba una arruga bien profunda, signo de pensamiento fijo y doloroso. ¡Cuánto le había atormentado desde hacía dos meses! La impresión que los amores del conde habían dejado en su alma, sofocada al principio por el orgullo, por la esperanza de volver a ellos, se había dilatado de pronto al conocer el secreto de su desvío, había hecho irrupción en ella, la había llenado toda y la abrasaba de amor y de celos. Eran tanto más ásperos éstos cuanto que vio claramente que Luis la había estado engañando mucho tiempo, le había fingido cariño cuando amaba ya a otra. La miserable traición de Amalia la sublevaba, le inspiraba horror y repugnancia; pero la del conde, tenía que confesárselo, la traspasaba de dolor y acrecía su pasión desmesuradamente.

Supo, no obstante, mantener su dignidad a flote. Siguió frecuentando el trato de Amalia y mantuvo con ella en apariencia las mismas relaciones amistosas, mas a despecho suyo, sin darse ella misma cuenta, había unas veces en su actitud, otras en sus ojos, otras en su acento, un leve dejo amargo y desdeñoso que no pasó inadvertido para la penetrante valenciana. Con su ex-novio se mostró circunspecta, dejó aquel tono agresivo que con él acostumbraba a emplear y se hizo más suave y formal; pero también, con gran disgusto suyo, la emoción que sentía al hablarle se le traslucía no pocas veces en una leve alteración de la voz y en palideces o rubores enfadosos. Su vida interna, durante aquellos seis meses, había sido devorada por una actividad febril, ansiosa, mareante, disimulada con esfuerzo bajo actitud tranquila y altiva. A veces la sorda irritación que la minaba no podía resistir tanta presión, y estallaba en un flujo de palabras candentes, injuriosas, que pronunciaba en voz baja, al advertir algún signo de inteligencia entre los traidores. Su naturaleza ardiente, orgullosa, lisonjeada por un padre que llegaría hasta el crimen por darle gusto, y por un enjambre de adoradores postrados a sus pies, botaba ante aquel obstáculo, el primero con que había tropezado en su vida, como un potro salvaje.

En estos frenesíes de cólera ideaba vengarse. Escribió varios anónimos a D. Pedro, pero ninguno llegó a su destino. Antes de echarlos al correo los rompía. El gran fondo de dignidad que había en su carácter se sublevaba ante un proceder tan bajo; los rompía vertiendo lágrimas de despecho. Después de hacer trizas el último que escribió, tuvo ocasión de alegrarse, pues supo casualmente aquella noche que ninguna carta llegaba a poder de Quiñones sin pasar por las manos de su esposa. Otras veces no podía más; se rendía a la pesadumbre de su pena y se dejaba caer en una butaca, y pasaba largo rato con los ojos extáticos en meditación intensa y dolorosa. Acometíanle, en estos momentos, súbitos arranques de ternura; se confesaba sin rubor, con gozo voluptuoso, el amor que sentía; perdonaba a Luis de todo corazón y se prometía amarle toda la vida en silencio, no ser jamás de ningún otro hombre. Según trascurrían los días este sentimiento se irritaba, se trasformaba en deseo enfermizo, irracional. La excitación de los sentidos, que al fin despertaban en ella de un modo violento, juntábase al cosquilleo del amor propio herido, para mantener vivo este deseo. Poco le faltaba, cuando veía a Luis a su lado, para abrirle su pecho y confesarle la abrasadora pasión que sentía.

Sin conciencia clara de lo que hacía, Fernanda buscaba a su ex-novio por la finca. Todo lo que allí había le interesaba profundamente, el bosque, la casa, los criados, hasta los animales que pastaban en la pradera; sobre todo esparcía una mirada simpática, brillante de emoción. ¡Cuan amable le parecía aquel caserón estropeado, roído por la humedad y los ratones! Después de vagar por las regiones más solitarias del bosque largo rato, entró distraídamente por los prados; descendió lentamente hasta cierto sitio donde había algunos obreros abriendo una zanja profunda para desecar el terreno. Allí supo, sin preguntarlo, que el conde, después de estar un rato mirando la obra, se había marchado. Esperó algún tiempo para disimular, y al cabo se apartó con lento paso, arrastrando la sombrilla, como quien no sabe adónde enderezarse.

En efecto, no lo sabía. Pero no por falta de objetivo, sino porque ignoraba dónde estuviera éste. Una idea cruel flotaba en su cerebro sin determinarse con claridad; la de que Luis pudiera hallarse a solas en aquel momento con Amalia. Poco a poco, a medida que marchaba por el campo, esta idea fue adquiriendo relieve. Y según se precisaba, le roía el corazón, se lo llenaba de despecho y de cólera. ¿Por qué? ¿No conocía perfectamente sus relaciones adúlteras? Pues, con todo, le causaba viva irritación, le parecía que no debía sufrirlo, que tenía derecho a impedir que se juntasen. Sin darse cuenta de lo que hacía apretó el paso. Sus nervios se iban alterando. Cuando llegó a la corrada estaba enteramente persuadida que los adúlteros se hallaban juntos y solos. Entró en la casa y, como quien la visita por curiosidad, la recorrió toda, escudriñó hasta las más apartadas estancias. No logró verlos; pero la circunstancia de no hallar a Amalia por ningún sitio la confirmó aún más en su sospecha. Fatigada de tanto buscar, inflamada de anhelo, nerviosa, salió de nuevo al aire libre. Evitó el encuentro de las personas que pudieran detenerla y se dirigió al jardín. En cuanto puso el pie en él despertó vigorosamente en su espíritu la esperanza de encontrarlos. Aquel rincón de verdura donde los arbustos, creciendo a su antojo, se entrelazaban hasta formar una masa impenetrable, era a propósito para las confidencias amorosas. Avanzó con precaución, sin hacer ruido, por sus senderos casi desaparecidos, tapizados de hierba, invadidos en muchos parajes por las ramas de los arbustos y la maleza. A veces, un montoncito de lirios le cortaba el paso, y se veía precisada a saltar sobre ellos; otras, un rododendro extendía sus ramas para abrazar a la camelia de enfrente y formaba bóveda tan baja que necesitaba doblarse mucho para pasar. Antes de llegar creyó sentir leve rumor de voces. Quedó inmóvil y esperó algunos instantes. Volvió a percibirlo y se dirigió hacia el sitio de donde partía.

¡Eran ellos! Sí, eran ellos. Mucho antes de oír su voz claramente los había adivinado. Se paseaban por una calle más ancha y despejada que las otras, resguardada de un lado por el muro, del otro por alto seto de boj. Amalia se colgaba del brazo del conde con imperio y negligencia y hablaba mirando al suelo, mientras él se inclinaba hacia ella risueño, sumiso, metiéndole las palabras por el oído. Los contempló desde lejos al través del follaje. La emoción la dejó clavada al suelo algunos instantes. Por encima del sentimiento de dolor y de ira que la embargaba asomó su cabeza el orgullo de mujer. Después de examinar con ojos ansiosos la figura de Amalia no pudo menos de murmurar con amargura:

—¿De qué se habrá enamorado ese hombre? ¡Si es una gata disecada!

Después pensó:

—¿Qué se dirán?

Acometiole un deseo vivo de escuchar su plática, y sin reflexionar sobre el peligro que corría, fuese acercando poco a poco al seto, doblando el cuerpo para no ser vista. Buscó el paraje más sombrío y seguro, y escuchó. Sólo se les oía cuando cruzaban cerca. En cuanto se alejaban unos cuantos pasos no se percibía palabra alguna. No pudo recoger más que retazos de conversación, que resultaban incoherentes.

—Se le rozan mucho los muslos. ¡Si vieras cómo va engordando! Ni con polvos de almidón ni con los de rosa se consigue suavizar la irritación de la piel—decía la dama.

—Hablan de la niña—pensó Fernanda.

—No la he visto nunca en el baño. ¡Cuánto daría por asistir a él un día!

—Es porque no quieres.

—No, no quiero, exponiéndote a tí a un peligro y a que concluya de ese modo...

No oyó más. Tuvo que aguardar a que llegasen al final de la calle y diesen la vuelta.

—Di que has estado en casa de esas viejas chochas y no mientas—oyó decir a Amalia, al acercarse de nuevo.

—Te aseguro que estuve en el Casino. Nos hemos reunido los individuos de la junta para ver si se ha de decorar nuevamente el salón. Creí que podría salir a las diez, pero hasta las doce no nos separamos. ¿No conoces el carácter disputón y minucioso de D. Juan? A casa de las de Meré hace un siglo que no voy. Tanto, que algunos empiezan a...

Otra vez se perdieron las palabras. ¿Aquel D. Juan sería su padre? Procuraría enterarse. Cuando volvieron, el conde acariciaba tiernamente la mano de su querida y sonreía, al hablar, con arrobada expresión de felicidad.

—Muchas veces me he propuesto dejar de verte. Por la noche, estando a solas en la cama, me entran terribles remordimientos. Entonces me digo: «Es necesario que esto concluya. Los dos nos condenamos irremisiblemente.» Y resuelvo marcharme de Lancia y hasta compongo todo un plan de vida; viajo con la imaginación por toda Europa; me olvido de tí; vuelvo al cabo de algunos años, y en vez del amor antiguo se renueva en mi corazón una amistad tierna y honesta, en la cual podemos descansar tranquilos sin temor al castigo del Cielo... Pero así que amanece, estas resoluciones se disipan, sucumbo a la tentación, voy a tu casa, y en cuanto te veo, en cuanto oigo tu voz adorada...

Fernanda se agarró con mano crispada al tronco de una magnolia.

A la vuelta era Amalia quien hablaba.

—No es verdad eso. Ya te he dicho que para mí siempre hay un punto negro. Por más que pretendo forjarme la ilusión de ser la primera...

—¡La primera y la última! Yo no amaré a otra mujer más que a ti.

—No sabes los celos que tengo del pasado. Cada día más. Di la verdad: ¿la has querido o no?

—No.

—Entonces, ¿cómo eras capaz de...

No oyó más. Fue bastante para hacer brotar de sus ojos una lágrima. Trató de huir. Cuando iba a hacerlo observó que los traidores se habían detenido al extremo de la calle.

Amalia echa los brazos al cuello a su amante, le pone los labios en la boca y le da un beso que se prolonga, se prolonga una eternidad. Fernanda cierra los ojos. Cuando los abre de nuevo ve que se alejan cogidos de la mano.

Los deja salir del jardín. Los sigue inmediatamente. ¿Adónde irán? Una vez en la corrada, observa que se sueltan y se dirigen a la casa. Entra en su seguimiento, pero ya habían desaparecido y no sabe en qué habitación hallarlos. Las recorre todas imprudentemente, cegada por emoción extraña que no acierta a reprimir, acometida de un deseo vivo, anhelante, de espiarlos.

—¿Adónde va usted, Fernanda?—le pregunta un joven.

—Ando en busca de la novia.

—Pues va usted mal. Está en el otro extremo de la casa, en una de las salas que miran al Norte.

Se vuelve para disimular; pero inmediatamente emprende de nuevo la batida. Llega, por fin, a cierto gabinete cerrado, que no es otro que el célebre cuarto de la condesa. Va a levantar el pestillo, como ha hecho en otros, pero se queda inmóvil al escuchar un rumor levísimo. Aplica el oído. ¡Son ellos!

Se aparta de allí, corre como si la persiguieran, se mete por el bosque y, cuando se encuentra en paraje solitario, se sienta al pie de un árbol y apoya en su tronco la cabeza. El rostro triste y demudado, los ojos extáticos, las manos cruzadas sosteniendo una rodilla, expresa su actitud una agonía desesperada y muda.

Llegó la hora de comer. Se habían colocado en el gran salón de la planta baja de la casa dos mesas paralelas. Aquella sociedad diseminada se reunió instantáneamente a la palabra santa de «a comer» lanzada a los cuatro vientos de la finca por la ruda voz de Manín y por la argentina de Manuel Antonio. Los sentimientos poéticos, cuando se desenvuelven al aire libre y enmedio de los bosques, son excelentes para facilitar la secreción del jugo gástrico. Por eso tanto ninfas como faunos asaltan con bríos, antes de sentarse a la mesa, las aceitunas, los pepinos, las rajas de salchichón. Por voto unánime de la milicia y del clero, representado dignamente por Fray Diego, se cometió a la novia el encargo de designar sitio a cada cual. La festiva y revoltosa Emilita, trasformada súbito en severísima matrona, llenó su cometido con tacto y amabilidad que le valieron el aplauso del concurso. A cada niña iba dando por compañero y servidor aquel mancebito que era más de su agrado, y a cada persona mayor aquella otra con quien más congeniaba por su humor y aficiones. Pero cuando llegó al delirio el palmoteo fue cuando colocó al teniente Rubio entre las dos señoritas de Meré. Había dejado para lo último este donaire, que no le hizo maldita la gracia al interesado. Viéndose oprimido por tales vejestorios, el injusto forzador quedó amoscado y estuvo a punto de protestar contra la designación de Emilita y faltar a todas las reglas de la galantería, pero se contuvo. Al tiempo de sentarse se le ocurrió exclamar mirando a entrambos lados y parodiando a Napoleón:

—Desde lo alto de estas dos sillas, cuarenta siglos me contemplan.

La ocurrencia se celebró mucho y esto volvió el humor a aquel dañino animal. Supo contestar tan bien a la vaya que le daban sus amiguitas, que aquella tarde ganó fama imperecedera de cazurro y de pícaro.

Moro se sentó al lado del conde, y mientras comían no cesó de inculcar en su alma la ventaja de traer al palacio de Granja una mesa de billar. Conocía todas las fábricas, pero la mejor sin disputa era la de Tutau, de Barcelona. Elogió el artículo como si fuese, un viajante de la casa. A Luis se le conocía en la cara el hastío y el pesar de no hallarse sentado al lado de Amalia. Pero Emilita no se atrevió a colocarlo en esta forma, ni tampoco junto a Fernanda. Lo primero sería un escándalo. Lo segundo, una molestia para ambos.

Se comió como en un banquete de la Iliada. Pero el Aquiles de esta formidable pelea fue Manín, el bárbaro Manín, que, al decir de los que estaban a su lado, se comió once calabacines rellenos. Verdaderamente Manín era digno de ser llamado, si no suevo, ya que esto ofendía al señor Saleta, por lo menos longobardo. Se habló y se gritó como en una plazuela. Las tres hadas del Jubilado, que tanto habían ganado desde que Fray Diego echó la bendición a su hermana en inocencia y gracia infantil, tiraban bolitas de pan a los oficiales. Éstos echaban miradas a la novia, haciendo después guiños a su compañero Núñez, y murmuraban palabras espantosas que les hacían prorrumpir en carcajadas más espantosas aún. Paco Gómez se peleaba con María Josefa. No se sabe cuál de los dos era peor intencionado, de quién partían las flechas más agudas y envenenadas. Saleta, que tenía a su compañero y censor D. Enrique Valero lejos, se despachaba a su gusto, contando a D. Juan Estrada-Rosa y a otros dos caballeros cómo se había arreglado para seducir a cierta inglesa, esposa de un cónsul que había conocido en Oncón, yendo desterrado a Filipinas. El barco no se detenía allí más que veinticuatro horas. En este breve espacio la enamoró y logró que se escapase con él. Pero tuvo que separarse de ella al instante, porque aquel lance fue objeto de una reclamación diplomática por parte de la Gran Bretaña. Manuel Antonio, atacado súbitamente de viva simpatía por un alférez rubio que tenía a su lado, le abrumaba a cuidados y delicadas atenciones.

—Federico... una aceitunita... No tome tanta mostaza, criatura, que le puede hacer daño. Resérvese para las perdices. Me consta que están riquísimas. ¿Quiere Burdeos?... Aguarde, yo me encargo de traerlo...

Y se levantaba solícito, daba la vuelta a la mesa y traía un par de botellas que colocaba delante del mancebo.

—Se ha puesto usted muy bueno en Lancia. Cuando vino usted hace seis meses era usted delgadito y pálido. Yo decía: ¡qué lástima de joven, tan guapo y tan simpático! Porque creía que se iba usted a dañar del pecho. Se conoce que llevaba usted mala vida allá en Barcelona... ¿No? Pues mire usted, cualquiera lo pensaría. Me acuerdo que cuando usted llegó traía una gabardina de color de ala de mosca muy bien hecha y chalina azul celeste muy linda... Reconozco que le sienta a usted bien el traje de paisano, pero a mí me gusta usted más de uniforme. Será un capricho, pero no lo puedo remediar. ¡Vamos, que de uniforme y con esos bigotes a la borgoñona está usted del todo simpático!

Algunas toses significativas de los oficiales, que se sentaban enfrente, le paralizaron de pronto. Pero no se corrió ni mucho menos. Era incapaz de avergonzarse por nada. El que quedó amoscado y se puso muy serio y ceñudo fue el alférez.

Cuando el banquete daba a su fin, algunos caballeros, favorecidos de las musas, se levantaron a brindar en verso o cosa parecida. Y los que no lo hicieron en verso felicitaron en prosa a los desposados, resultando que lo mismo unos que otros coincidieron en desearles «una eterna luna de miel.» Y lo mismo el periódico local que al día siguiente dio la noticia. De todos aquellos brindis el más original e interesante fue el del padre de la novia, D. Cristóbal Mateo. ¿No había de ser original oír a este sañudo enemigo de la fuerza armada cantar sus glorias y declararse partidario frenético del aumento del contingente y del sueldo a los oficiales? A las pocas palabras que pronunció se mostró tan enternecido, que algunas lágrimas rodaron precipitadamente por sus mejillas. No faltó quien dijo que lloraba el vino que había bebido; pero estamos lejos de dar crédito a esta insinuación malévola, primeramente porque es un absurdo que se llore vino, y después porque su acento era tan sincero, su ademán tan patético, que nadie podía dudar de que sus palabras salían del fondo del corazón.

—...Es un consuelo, sí, es un consuelo que Dios me haya dejado ver a mi hija casada con un pundonoroso militar... Bien que decir militar en España es decir pundonoroso... Porque el ejército es la escuela del honor, como dijo cierto filósofo... Levantar el ejército, honrar el ejército, es levantar, es honrar el honor de la nación... Levantar el ejército es levantar el poderío y la prosperidad del país... Levantar el ejército es colocarnos al nivel de las naciones más grandes de Europa... Levantar el ejército es vivir respetados por todo el mundo... Levantar el ejército es levantarnos nosotros mismos... Levantar el ejército...

—Que se levante el ejército, pero que se siente don Cristóbal—gritó uno.

El Jubilado quedó parado en firme, echó una mirada de triste reconvención hacia el sitio de donde había partido la voz, se llevó el pañuelo a los ojos para enjugarse las lágrimas, bebió con calma lo que restaba de vino en la copa y se sentó gravemente entre el aplauso y la risa de los comensales.

Fernanda no había despegado los labios durante la comida. Todos los esfuerzos de Granate, a quien la amabilidad de Emilita había colocado cerca de su apetecido dueño, resultaron infructuosos. Ni por hablarle de la zafra y describirle cómo se recoge el tabaco y hacer cálculos exactos de lo que se gana en cada caja de azúcar y lo que se ganaría si se rebajasen los derechos, ni por contar los cien pormenores interesantes sobre la importación de las carnes saladas de la República Argentina y del bacalao de Terranova, logró Romeo que su Julieta emitiese más que secos monosílabos. Lo único que hacía era alargarle de vez en cuando la copa, diciendo con imperio:

—Eche usted vino.

El indiano se apresuraba a cumplimentar la orden. La joven la apuraba de un trago, la ponía sobre la mesa y paseaba sus ojos altivos por los comensales, deteniéndose con insistencia en Amalia. Poco a poco aquellos ojos iban adquiriendo expresión más sombría, los párpados se le caían, se ponían encendidos y se movían a un lado y a otro con más dificultad. D. Santos, a quien sorprendía aquella manera de beber, se atrevió a decir:

—Fernandita, bebe usted como un sumidero. ¡Porra! Tengo miedo que le dé a usted un torozón.

—Eche usted vino—respondió Fernanda lanzándole al mismo tiempo una mirada torva que le desconcertó.

Ya que se hubo brindado, voceado y disparatado bien, el alegre concurso volvió a diseminarse. Sólo permanecieron en sus puestos el Jubilado y los oficiales refractarios al amor. Quedaron discutiendo la forma más adecuada de aumentar, sin gravar mucho al Tesoro, ocho duros mensuales a los capitanes, cinco a los tenientes y tres a los alféreces. Sin esta reforma declaraban explícitamente los interesados que se operaría muy pronto una completa disolución en el ejército, y por lo tanto, dejando de ser la escuela del honor, ni lo habría en el país, ni nos levantaríamos jamás a la altura de otras naciones, ni habría prosperidad ni poderío ni pundonor en toda la vida. Jaime Moro volvió a trincar a Fray Diego y a D. Juan Estrada-Rosa y los arrastró hasta la mesa del tresillo. D. Juan había perdido y se mostraba reacio, pero el simpático mancebo logró convencerle con astucia de que, si no le había dado el naipe por la mañana, era porque él, Moro, nunca había perdido a esa hora. Cuando le venía la mala era por la tarde. Capaz sería de dejarse ganar con tal de retenerlos.

Manín, sentado a un extremo de la mesa, sin intervenir en la conversación de los oficiales, cortaba con su navaja rebanadas de pan y las comía cachazudamente formando bulto en el carrillo, remojándolas con largos tragos del Burdeos que había quedado en las botellas. No estaba conforme con la comida que les sirvió Marañón, el dueño del café de Altavilla. Después de haberse hartado como un salvaje, decía que todos aquellos platos eran perfumerías, y que donde estaba una fuente de judías con morcilla, longaniza y huesos de marrano deben callarse los macarrones. Hay que advertir que para Manín se llamaban macarrones todos los manjares que no conocía, lo cual caía muy en gracia al maestrante.

Mientras terminaba tan dignamente aquella comida indecorosa no cesaba de murmurar pestes contra ella, haciendo responsable en parte a D. Cristóbal, a quien dirigía de vez en cuando desde un rincón largas miradas de rencor.

De pronto se abren con estrépito las puertas del salón y penetran en él cuatro muchachas en un estado de agitación que impresionó vivamente a los circunstantes. Sin hacer caso de los otros se dirigen todas al mayordomo de Quiñones:

—¡Manín, un oso! ¡Manín, un oso!

—¿Dónde?—pregunta aquél sin inmutarse.

—En el bosque.

—¿Quién lo ha traído?

Ante esta pregunta extravagante quedan las cuatro estupefactas y suspensas. Una de ellas se atrevió al fin a apuntar tímidamente:

—Ha venido él solo.

—¡Bah, bah, bah!—exclamó rudamente el mayordomo.

Y vuelve a las tajadas de pan con más ardor que antes, dando quizá con esto la razón a los envidiosos de la aldea, que no querían oír hablar de los osos que había matado y se emperraban en llamarle zampatortas.

—Vamos, niña, di cómo lo has visto—manifiesta la simpática Consuelo, que venía en la diputación.

Una, que estaba más pálida que las otras, avanzó y exclamó con trabajo:

—¡Qué miedo! ¡Madre mía, qué miedo! Creí que me moría... porque mire usted, el oso... ¡el oso era horrible!

En tal estado de sobresalto se hallaba, que no pudo articular más que palabras incoherentes. Entonces la resuelta Consuelo avanzó a su vez y dijo con voz firme:

—Verá usted, Manín. Esta niña se encontraba con nosotras en la parte más espesa del bosque, allá muy lejos. Oyó cantar un pájaro, un malvís, según creo. ¿No era un malvís?... Bueno, pues oyó cantar un tordo y se dirigió al sitio donde sonaba. Se alejó bastante y no pudo dar con él. Cuando se volvía, sale de unas matas el oso, la acomete, la tira al suelo y sin hacerla daño, no sabemos por qué, huye y desaparece.

El famoso cazador de osos se levanta pausadamente y dice con el acento firme y sosegado de los héroes:

—Vamos a ver qué es eso.

Pidió una escopeta arriba, y seguido de lejos por las pálidas doncellas, dio una batida al bosque. Lo único que halló fue un cerdo alemán de la pareja que el conde había traído para encastar. La hembra había muerto y el macho vagaba triste y solitario por la espesura mientras se efectuaba su metamorfosis en morcillas y chuletas. Hubo sospechas vehementes de que el autor de la agresión fuese este cerdo viudo, pero la joven de la aventura juraba y perjuraba que había sido un oso quien la había acometido, y que no le dijeran cómo era este animal, porque lo había visto muchas veces disecado en el gabinete de zoología de la universidad.

Fernanda se había marchado mucho antes seguida de Granate. Estuvieron en el jardín. Allí la joven se le colgó del brazo y dieron algunas vueltas por la misma calle en que había visto pasear al conde con Amalia.

—Usted está muy enamorado de mí, ¿verdad?—le preguntó bruscamente.

El indiano, sorprendido, murmuró:

—¡Oh, sí! Dicen que estoy como un burro, y es verdad.

—¿Y qué siente usted, vamos a ver; qué siente usted? Explíquese.

—¿Yo?... ¿Cómo?—exclamó sorprendido.

—Sí. ¿Qué siente usted cuando me ve? ¿Qué siente cuando otro hombre se acerca a mí, el conde, pongo por caso? ¿Qué siente usted en este momento en que va oprimiendo mi brazo? Descríbame usted sus sensaciones, lo que le pasa por dentro...

—Yo, señorita... no sé qué decirla... La tengo tanta ley como si fuese de la familia... Y a don Juan, su padre, aunque sea un poco cascarrabias, lo mismo... Que sea cascarrabias o no, ¿a mí qué me importa?... Si me casara con usted, tengo casa, gracias a Dios... Y no es porque yo lo diga, pero mi casa vale más que la suya, eso bien lo sabe usted... Pero antes nos iríamos a viajear por Francia, por Italia, por Ingalaterra, por donde usted quisiera... Y si echábamos abajo cinco mil duros, ¡que los echáramos!

Granate siguió desbarrando un buen rato en esta forma. Fernanda no le oía. Al fin le enfadó aquel ruido molesto y dijo con acento colérico:

—¿Se quiere usted callar, hombre? ¿Qué sarta de estupideces está usted ahí soltando?

El pobre D. Santos quedó anonadado. Pasearon en silencio algún tiempo.

—¡Qué feo es todo esto!—exclamó al cabo la joven.

¿Cuálo?

—¡Todo! La casa, el bosque, los prados, el jardín... Mire usted qué horrible es esta magnolia.

—La casa muy fea y muy antigua, siempre lo he dicho... Si la dieran tan siquiera un revoque y me pintaran los balcones, todavía... El bosque no vale para nada, no trae utilidad, está ocupando un sitio precioso para hortaliza o espalera de fruta o lo que le manden.

Fernanda soltó una carcajada.

—Usted padeció alguna vez de melancolía, D. Santos.

—¿De tristeza? Nunca. Yo siempre de buen humor. Tan sólo hace un año, que me comió un bribón ocho mil y pico de duros, tomé un berrenchín que me duró dos días.

—¡Qué feo está el sol ahora, visto por entre las ramas de los árboles!

—¿Quiere usted que nos volvamos a casa?

—No, lléveme usted hacia el río. Tengo la cara ardiendo y quiero refrescarla un poco con agua.

Bajaron por los prados, llegaron al río, y allí la heredera de Estrada-Rosa, contra las prescripciones de D. Santos, se echó agua al rostro por largo rato. Después que se hubo secado ascendieron de nuevo lentamente hacia la casa.

—¿Cómo estoy ahora? Bien, ¿eh?... ¡Si viera usted cómo me aburro aquí! No puedo más; todo esto me fatiga. Yo no nací para andar por los prados como las vacas. A mí me gustan las ciudades, los salones, el lujo. Quisiera viajear, como usted dice, por París, por Londres, por Viena. Qué aburrido es Lancia, ¿verdad? ¡Aquellos eternos paseos del Bombé! ¡Aquel campo de San Francisco! ¡Aquella torre de la catedral tan negra y tan triste! Luego siempre las mismas caras. La única persona divertida de Lancia es usted... En cuanto le veo se me suelta la risa sin poderlo remediar. ¿Por qué le llaman a usted Granate? Yo creo que el color de usted más se parece al lapislázuli... ¿Usted habrá tenido esclavos allá en América?... ¡Oh, cómo me gustaría a mí tener esclavos! ¡Es tan fastidioso eso de pedir las cosas por favor! Pero no, en América, no; hay fiebre amarilla... Preferiría ir a China.

A medida que hablaba se iba exaltando, se emborrachaba con sus propias palabras. Los pensamientos salían cada vez más incoherentes. D. Santos trató de decir algo, pero se lo impidió ella tapándole la boca con la mano.

—Déjame hablar, hombre. ¿Te lo quieres decir todo tú?

El indiano empezó a inquietarse. La exaltación de la joven iba en aumento. Hablaba por los codos y le tuteaba rudamente.

—Dame un cigarro.

—¡Fernandita!... ¡Un cigarro!... Se va a usted a marear.

—¡Silencio! ¿Qué dices ahí, tonto? ¡Marearme! Tú no sabes ya qué inventar para fastidiarme. Dame un cigarro o te dejo ahí plantado.

El indiano sacó la petaca: la gentil heredera tomó de ella una breva, le arrancó con sus dientes etiópicos la punta y pidió por señas un fósforo. Granate se lo ofreció encendido, sacudiendo al mismo tiempo la cabeza en señal de disgusto.

Cuando hubo dado dos o tres chupadas, puso un gesto avinagrado y exclamó:

—¡Qué cigarros tan infames! Mira, fúmatelo tú.

Y se lo puso en la boca.

No fue, no, avinagrado el gesto de Granate al chuparlo.

—¡Ya lo creo que me lo fumaré!—exclamó sonriendo beatamente.—Me salen a doscientos pesos el millar... Pero ahora, después de chuparlo usted, vale un millón...

—Vamos, no empieces a decir brutalidades. Llévame a casa... Esta luz me marea.

Llegaron hasta la corrada cogidos del brazo. Allí un pollastre les dijo desde lejos:

—¿Dónde van ustedes? La gente está en el bosque.

—Dígale usted a la gente que me río de ella—respondió Fernanda con gesto furioso que hizo sonreír al muchacho.

—¿Tú no conoces la casa?—añadió bajando la voz y dirigiéndose a D. Santos.—Pues voy a enseñártela toda. Verás.

Subieron la mohosa y estropeada escalera. Fernanda, sin cerrar boca, fue recorriendo todas las habitaciones del caserón y mostrándolas al indiano.

—¡Aquí está el célebre cuarto de la condesa!—exclamó con singular entonación al llegar a él.—Vamos a entrar. Estoy cansada.

Entraron y la joven cerró la puerta.

—¿Qué hermoso, eh?... Éste es el cuarto más hermoso y más pícaro de la casa. Si estos muebles se pusieran a contar secretos divertidos, no concluirían nunca... Mira, dime pronto algo que me haga reír, porque si no vas a ver cómo empiezo a llorar lo mismo que una colegiala... ¿Lo ves? Ya estoy llorando... Siéntate ahí, gaznápiro... ¡Qué bonito chaleco traes! ¡Qué bien dibuja la redondez de la panza!... Contempla esa cama. Es grande, ¿eh? es ancha, es hermosa, es artística. Pues mira, yo la quemaría... Por no sentarme en ella, voy a sentarme sobre tus rodillas...

Y así lo hizo. Granate al sentir aquella carga tan dulce quedó enajenado, y con increíble audacia le pasó un brazo por la cintura. La joven se alzó como si la hubiera pinchado.

—¿Qué haces, bruto? ¿Crees que estamos en la manigua y soy alguna negra cimarrona?

Después de contemplarle un rato con ojos coléricos, su fisonomía se fue serenando, sus labios se dilataron con sonrisa dulce.

—¿Me quieres mucho?

—¡Casi na!—dijo el indiano con acento picarón.

—Pues vas a ser feliz un momento. Mira, te voy a permitir que me des un beso... uno solo, ¿lo entiendes? Pero me has de jurar que no lo ha de saber nadie...

El indiano hizo un juramento espantoso.

—Bueno, basta. Ahora, dame el beso aquí en la sien. El primero y el último que me has de dar en tu vida... Espera un poco—añadió alzándose otra vez.—Por este beso yo te he de dar cincuenta bofetadas en esos carrillos azules... ¿Admites el trato?

Granate consintió inmediatamente. La niña volvió a sentarse sobre sus rodillas e inclinó la cabeza para recibir el beso.

—¡Bueno, ahora llega mi turno!—exclamó con infantil alegría.—Prepárate a recibir los bofetones... ¡Qué carrillos, Dios mío, tan magníficos! ¿Ves que son azules?... Pues te los voy a poner verdes... ¡Atención!... ¡Una!... La primera... ¡Dos!... La segunda... ¡Tres!... La tercera... ¡Cuatro!... ¡Cinco!

La mano breve y torneada de la hermosa chasqueaba ruidosamente en las carnosas mejillas del indiano. Los ojos de éste comenzaron a ponerse encendidos y encarnizados, como los de un lobo, su sangre llameó repentinamente y con brusco ademán la sujetó brutalmente por la cintura.

Fernanda dejó escapar un grito ahogado.

—¿Qué tienes?... ¿Por qué te enfadas?... ¡Déjame!... ¡Déjame, bruto!

Luchó, forcejeó con desesperación, pero no logró desasirse...

Al apartarse, la embriaguez había desaparecido por completo. Dirigió una mirada vaga, extraviada, al indiano. Pero esta mirada adquirió súbito expresión de espanto, se fijó en él como en un animal extraño que la viniese a acometer.

—¿Qué hace usted aquí?... ¡Ah, sí!—exclamó llevándose la mano a la frente.—¡Dios mío! ¿Qué me pasa? ¿Estoy soñando?...

Y volviendo a clavarle sus ojos irritados, amenazadores, le gritó con rabia:

—¿Qué hace usted ahí plantado? ¡Salga usted inmediatamente! ¡Salga usted! ¡salga usted!—repitió con grito cada vez más alto.

Pero cuando el indiano retrocedía ya hacia la puerta ella se lanza de pronto fuera, sale disparada por los pasillos y, al llegar cerca de la escalera, cae atacada de un síncope.

La levantaron, la prodigaron mil cuidados. Al recobrar el sentido brotó de sus ojos un raudal de lágrimas; no cesó de llorar en toda la tarde. Cuando la comitiva se puso de nuevo en marcha hacia la población aún seguía llorando.

—¿Han visto ustedes qué vino más llorón tiene esta niña de Estrada-Rosa?—decía riendo el capitán Núñez.


IX

La mascarada.

Momentos antes de que la rosada aurora abriese de par en par las ventanas del Oriente, Satanás, que amaneció de humor campechano, envió a Lancia al más travieso y juguetón de los demonios con encargo de despertarla. Batió sus negras alas el ministro de Averno sobre la ciudad y lanzó una carcajada horrísona, estridente, que logró arrancar de las profundidades del sueño a todos sus habitantes. Despertaron con unas ganas atroces de reír, de alborotar, de burlarse de la autoridad gubernativa, improvisar coplas y decir barbaridades.

Uno de ellos, imaginamos que haya sido Jaime Moro, lo primero que hizo al saltar de la cama fue llamar al criado y preguntarle con semblante risueño si D. Nicanor, el bajo de la catedral, le había prestado al fin su figle. El criado, sin responder, saliose un momento del cuarto y no tardó en aparecer con un descomunal serpentón entre las manos. Y sin respeto alguno a su amo aplicó los labios a la boquilla y produjo un ruido temeroso semejante al rugido de un león. Moro, en calzoncillos como estaba, hizo una pirueta y tres o cuatro zapatetas en señal de íntimo regocijo, como si aquel ruido bárbaro hubiese tocado las fibras más delicadas de su corazón. Después de probar por sí mismo a producir idéntico rugido y cerciorarse de que era bien capaz, se vistió, se aliñó y, tomando apresuradamente el desayuno, se salió a la calle liado en su capa y debajo de ella el artefacto musical que tan gozoso le había puesto. A cuantos encontraba detenía con guiño misterioso, y metiéndose en el portal más próximo les mostraba, lleno de emoción, el contrabando que traía oculto. Ninguno preguntaba lo que iba a hacer con él. Sonreían, le apretaban la mano significativamente y solían preguntarle al oído:

—¿Para cuándo?

—Esto para la noche, pero a las doce sale la carroza.

—¿Se escaparán?

—¡Ca! Están bien tomadas las medidas.

Y seguía su camino, embozado hasta los ojos, porque hacía un frío de dos mil diablos.

Otros no se limitaban a sonreír y apretarle la mano, sino que en justa correspondencia a su confianza sacaban con mano temblorosa de los bolsillos del gabán o de lo interior de la gabardina algún instrumento resonante también de menor categoría, una trompeta, un cuerno de caza, una matraca. Moro aplaudía, alababa el instrumento sin hacer alarde de su superioridad. Y proseguía con marcha oblicua y trabajosa, no hacia la confitería de D.ª Romana, que era el término glorioso de sus expediciones matinales, sino hacia casa de Paco Gómez.

Resonaba ésta ya con los pasos agitados y el vocerío de una muchedumbre de jóvenes diligentes. Todos ellos trabajaban con verdadero afán, con ahínco que rara vez se ve en los talleres. Unos cortaban estandartes, otros moldeaban caretas de cartón; quiénes pegaban letras negras a los trasparentes de un farol; quiénes vestían primorosamente dos grandes muñecos; quiénes, en fin, se ocupaban en desatascar las boquillas de varios bombardinos y serpentones semejantes al que Moro llevaba. La estancia era una inmensa sala destartalada. Paco Gómez habitaba el palacio de un marqués que jamás había puesto los pies en Lancia, del cual su padre era mayordomo. El implacable bromista presidía vigilante y solícito los trabajos de sus compañeros, acudiendo a todas partes, saliendo a cada momento para dar órdenes a los criados o para recibir los mensajes que le enviaban. Nunca se le había visto tan afanoso. Generalmente era displicente, y hasta en las bromas más premeditadas mostraba cierta actitud desdeñosa, sincera o fingida, que le hacía más temible. Ahora echaba todo el cuerpo fuera. Es que se trataba de la farsa más estupenda y regocijada que había presenciado jamás la ciudad de Lancia desde que los monjes de San Vicente habían venido a fundarla. El motivo era que se casaba... (apenas si la pluma se atreve a estamparlo) Fernanda Estrada-Rosa... se casaba... (vamos, que cuesta trabajo decirlo) ¡se casaba con Granate!

Desde la memorable escena de la Granja, Fernanda vivió en estupor doloroso, en un abatimiento de alma y de cuerpo que alarmó a su padre. Hizo llamar al médico. Éste no halló más que un desequilibrio nervioso; se curaría con algún viajecito a la corte, con paseos y distracciones. La niña se negó en absoluto a curarse por estos medios. Ni paseos, ni teatro, ni tertulias, ni mucho menos pensar en hacer viaje alguno. Desde su gabinete al comedor, desde aquí al cuarto de su padre, donde solía permanecer breves instantes. No tenía fuerzas para subir al piso segundo ni humor para enterarse de los trabajos de los criados y dirigirlos. Cerrada en su habitación tampoco lo tenía para seguir labor alguna. Se dejaba caer en una silla y permanecía larguísimo rato inmóvil con las manos sobre las rodillas y los ojos extáticos. Algunas veces se ponía a leer y, observando que no se hacía cargo de lo que el libro decía, concluía por arrojarlo. Otras se asomaba al balcón y permanecía de bruces sobre la baranda horas enteras con la vista fija en el espacio o en un punto de la calle, sin ver a los transeúntes ni contestar al saludo que muchos le dirigían, ni advertir siquiera la curiosidad de que era blanco por parte de las vecinas.

Mas he aquí que repentinamente se le antoja marcharse a Madrid. Fue necesario preparar el viaje instantáneamente. Manifestó su deseo por la mañana. Por la noche montaban padre e hija en la diligencia: con tal ímpetu y palabras extremosas exigió la niña el viaje. Una vez en la corte, cambió radicalmente su humor. Entregose con rabia, con pasión desenfrenada a los placeres que brinda Madrid a una joven forastera, rica y hermosa. Vivió dos meses en la embriaguez de los teatros, de los paseos en coche, de los grandes saraos y conciertos. Acometida súbito de una alegría nerviosa, parecía feliz enmedio del ruido y el tumulto de la sociedad, donde empezó a conocérsela por el sobrenombre de la Africana.

Para que su vida fuese aún más alegre y aturdida le placía comer por los cafés y restaurants, como un mancebo disipado. D. Juan fluctuaba entre el gozo de verla contenta y la incomodidad aguda que le producía aquella vida desordenada, tan contraria a sus hábitos y edad.

Una tarde, regresando del paseo del Prado, Fernanda estalló repentinamente en sollozos. D. Juan quedó estupefacto, aterrado; en toda la tarde no había cesado de reír aquella locuela burlándose de cierto mancebito que seguía pertinazmente su coche.

—¿Qué te pasa?... ¡Fernanda! ¡Hija mía!

La niña no respondió. Con el pañuelo en los ojos, el cuerpo sacudido por fuertes estremecimientos, lloraba cada vez más perdidamente.

—¡Fernanda, por Dios, que la gente se está fijando!

El llanto se iba convirtiendo en ataque de nervios. D. Juan ordenó al cochero partir a escape a casa. Mas antes de llegar a ella, la joven cesó de llorar y, levantando la cabeza con resolución, exclamó:

—¡Papá, quiero marcharme a Lancia!

—Bien, hija; nos iremos mañana.

—No, no; quiero que nos vayamos ahora mismo.

—Considera que no falta más que una hora para salir el tren.

—Sobra tiempo.

No hubo más remedio que meter apresuradamente la ropa en los baúles y salir disparados a la estación. Sólo cuando el silbido de la locomotora anunció la salida y comenzaron a correr por las llanuras áridas que rodean a Madrid se calmaron un poco los nervios de la excitada niña.

Al día siguiente de llegar a Lancia no fue a dar los buenos días a su padre ni a tomar chocolate con él, como tenía por costumbre. Cuando ya se disponía el viejo a llamarla, entra de repente en su habitación una doméstica pálida y agitada.

—¡La señorita se ha puesto muy mala!

Corrió D. Juan al gabinete y la halló desencajada; lívida, por los esfuerzos que unas violentísimas náuseas la obligaban a hacer.

—¡Pronto! ¡A buscar el médico!—gritó el pobre padre.

Fernanda hizo un gesto negativo y articuló débilmente:

—No, que llamen al penitenciario.

No hizo caso. Vino el médico y, después de examinarla detenidamente, llamó a D. Juan aparte y le dijo:

—Su hija de usted ha tomado una cantidad extraordinaria de láudano.

—¿Para qué?—preguntó sin comprender.

—Pues... para lo que se toman siempre esas cantidades... para envenenarse.

—¡Hija de mi alma! ¿qué has hecho?—gritó el desgraciado; y quiso lanzarse de nuevo a la habitación de la joven. El médico le detuvo.

—No corre peligro alguno. Ha devuelto todo el veneno, y con el medicamento que voy a recetar quedará completamente tranquila. Lo que importa ahora es que no repita.

—¡Oh, no! Yo me encargo.

Y corrió al cuarto de su hija. Pero no pudo arrancarle una palabra. La niña se obstinaba en que viniese su confesor. Al fin fue por sí mismo a llamarlo, y no tardó en aparecer con él.

Mientras duró la confesión, D. Juan paseaba agitadamente por el amplio corredor de la casa en espera, devorado por curiosidad ardiente, presa de vagos y tristísimos presentimientos. Salió al fin el penitenciario, quien sin responder a la muda interrogación que le dirigía con la vista, tomole gravemente de la mano y le llevó en silencio hasta su propia habitación, donde se encerraron. Cuando al cabo de una hora salieron, el anciano banquero tenía las mejillas inflamadas, los blancos cabellos en desorden y en los ojos señales de haber llorado. Despidió al canónigo en la escalera y tornó a encerrarse en su despacho. Allí permaneció todo el día y toda la noche, sin hacer caso de los recados que su hija le mandó para que se llegase a verla.

Fue el propio penitenciario quien se ofreció a hablar con Granate y seguir las negociaciones. El indiano relinchó de gozo al saber de lo que se trataba. Pero su naturaleza de aldeano astuto y la pasión de la avaricia, que era la que hasta entonces le había dominado, alzaron la cabeza. Cuando al otro día fue el canónigo a hablarle hallolo cambiado: cerdeaba, gruñía, sacudía la cabeza, hablaba con palabras entrecortadas del lujo con que habían criado a Fernanda, de los grandes gastos que el matrimonio trae consigo. En resumidas cuentas, pedía una dote. El penitenciario, que era hombre justificado y de genio vivo, no pudo contenerse ante tal vileza y le llenó de denuestos. Pero esto era lo que menos importaba a aquel rústico. Seguro de tener a D. Juan bajo sus tacones, reía como un bestia, se rascaba la cabeza y dejaba escapar algún dicharacho grosero que ponía aún más fuera de sí al canónigo.

Cuando, haciendo grandes rodeos, éste enteró a D. Juan de lo que ocurría, el desgraciado padre quiso volverse loco de desesperación e ira. Se arrancaba los cabellos, vomitaba injurias atroces y hablaba de dar un tiro a su hija y darse él otro enseguida. A duras penas logró calmarle un poco. Entró, al fin, en razón, siguieron las negociaciones y después de disputar como mercaderes el tanto y el cuanto de la dote, se fijó al fin lo que había de ser, y Granate consintió en dar su mano de sapo a la niña más preciosa que Lancia guardaba por aquella época.

Pero faltaba la más negra. Faltaba decírselo a ella. Cuando le anunciaron que se preparase a unir su suerte en plazo breve a la de D. Santos, cayó presa de fuerte desmayo. Al salir de él declaró rotundamente que no lo haría aunque la desollaran viva. Ni las reflexiones de su confesor, ni la perspectiva de la deshonra, ni las lágrimas de su padre consiguieron ablandarla. Sólo cuando vio a éste frenético llevarse el cañón de un revólver a la sien para arrancarse la vida se arrojó a detenerlo prometiendo hacer cuanto le mandase. Y he aquí cómo quedó concertado en principio aquel matrimonio horrendo.

Al tener noticia los nobles hijos de Lancia de tal concierto, el mismo sentimiento de vergüenza se apoderó de todos ellos. Una ola inmensa de rubor invadió las mejillas de aquel generoso vecindario. Esta ola solía venir a Lancia y hacer los mismos estragos siempre que la suerte favorecía a algún laciense más de lo justo. Si a uno le tocaba la lotería, si a otro le daban un buen empleo, si el de más allá se casaba con una mujer rica o adquiría gran caudal con su industria, o se hacía famoso por su talento, la delicadeza exquisita de los habitantes de Lancia se sobresaltaba y procuraba, rebajando el dinero, el talento, la instrucción o la industria de su vecino, poner las cosas en su verdadero sitio. Tal sentimiento puede equivocarse fácilmente con el de la envidia. El verdadero observador comprendería, no obstante, al oírlos disertar en las tertulias de las tiendas y en los corrillos de la calle, que sólo el amor, acaso demasiado ardiente, a la justicia les obligaba a minorar los méritos de su convecino y renunciar de este modo generosamente a la parte de gloria que en ellos pudiera refluir por este concepto.

El matrimonio de Granate causó profundo estupor. Siguió al estupor un grito de indignación. Nunca se colorearon tan vivamente las mejillas de los lacienses como en aquel momento; ni siquiera cuando la prensa de Madrid vino elogiando cierta comedia escrita por un hijo de la población. ¡Qué de improperios, primero contra Granate, luego contra D. Juan, después contra Fernanda! Singularmente los pollos se agitaban convulsos, frenéticos; encontraban deficiente la legislación, que no contenía medios de prohibir semejantes monstruosidades. Resultado de todo fue que, para dar expansión a las fogosas emociones que la noticia había despertado en su alma y para dar claro testimonio al mundo entero del profundo disgusto que un matrimonio tan extravagante les causaba, la juventud laciense dispuso una soberana farsa a cuyos comienzos asistimos.

Los interesados tuvieron noticia de ella y quisieron evadir el golpe, primero ocultando el día en que se había de celebrar el matrimonio, después celebrándolo fuera de la población. Pero no les valieron de nada sus precauciones. Los pollos olfatearon que la ceremonia se celebraría en los primeros días de Febrero, en la posesión que Estrada-Rosa poseía a media legua de Lancia. Se colocaron espías en la calle de Altavilla y en las inmediaciones de casa de Granate a fin de que no se escaparan; sobornose a los criados; se trazaron por las cabezas más fecundas de la ciudad mil planes ingeniosos para vejar a los novios. Como coincidió con estos preparativos el Carnaval, resolvieron aprovecharlo para dar el primer golpe con una gran mascarada burlesca, que salió el domingo a las doce de casa de Paco Gómez recorriendo las calles. En una carroza tirada por cuatro bueyes vestidos con percalina roja, sus cuernos adornados con ramaje, venían tres máscaras, queriendo figurar una a Fernanda Estrada-Rosa, otra a su padre y otra a Granate. Este último traía un sombrero de cuernos. De vez en cuando se paraba la carroza y ejecutaban una farsa ridícula y grosera que hacía bramar de regocijo a los curiosos que en torno se reunían. Fernanda besaba con trasportes de entusiasmo a Granate; éste, como más pequeño, la abrazaba por más abajo de la cintura, y mientras tanto D. Juan hacía sonar riendo una bolsa de dinero. De vez en cuando, del fondo de la carroza salía rápidamente otro máscara que quería representar al conde de Onís, daba un beso a Fernanda, se lo devolvía ésta a espaldas de Granate, y tornaba a ocultarse con la misma celeridad.

Como quiera que esta payasada se ejecutó en la calle de Altavilla, delante de la misma casa de Estrada-Rosa, el escándalo fue enorme, el gentío que la presenciaba inmenso. D. Juan, en el paroxismo de la ira, dio parte al gobernador, grande amigo suyo, y resolvió partir al día siguiente con Fernanda. Los jóvenes maleantes, que prevían esta determinación, ya tenían urdido el medio de hacerla ineficaz, preparando, como hemos visto, una grandiosa cencerrada para la noche. Era anticipada porque aún no se habían casado, pero de ningún modo querían que se escapasen sin ella. Armados, pues, de cuantos instrumentos ruidosos pudieron haber, con grandes trasparentes, donde aparecían pintadas las mismas grotescas figuras de la carroza con bestiales leyendas debajo, y teas en las manos, se congregaron más de trescientos muchachos en Altavilla, y alrededor de ellos media población que los alentaba con sus carcajadas. El estruendo era horrísono. De vez en cuando cesaba y una voz lanzaba al aire alguna copla indecente, que era celebrada con rugidos de alegría, creciendo tanto y tanto la algazara, que el mundo se venía abajo. El teniente Rubio, siempre original, trepó por las cornisas de la capilla de San Fructuoso, situada casi enfrente de la casa de Estrada-Rosa, y comenzó a repicar la campana. Paco Gómez iba solapadamente de uno en otro grupo apuntando las coplitas más dañinas para que las repitiese en alta voz el que la tuviese más recia. Moro hacía sonar su famoso serpentón hasta echar los pulmones, mientras el marica de Sierra, que había sido uno de los más activos promovedores de la cencerrada, se metía traidoramente en casa de D. Juan, vendiéndose como amigo fiel, para espiar en realidad lo que allí pasaba.

Pero el jefe político de la provincia pensó que era ya hora de oficiar de Neptuno y componer las olas irritadas. Cuando la cencerrada se hallaba en su período álgido, envió a Altavilla a Ñola, cabo de los guardias municipales, acompañado de dos números, que resultaron ser Lucas el Florón y Pepe la Mota, con encargo de apaciguar el escándalo y despejar la calle. Los lacienses estaban avezados de antiguo a no reconocer el origen divino de la autoridad cuando Ñola, el Florón o Pepe la Mota se empeñaban en representarla. Y no sólo ponían en duda su legitimidad, sino que en cuanto de lejos los columbraban, soplaba en su espíritu el viento de la rebelión y lo encrespaba. ¿Consistía esto en que los lacienses estuviesen predestinados por los ciegos impulsos de su naturaleza a conspirar contra el orden establecido? No es verosímil. Ninguno de los historiadores de Lancia han señalado como carácter distintivo de aquella raza la oposición a las instituciones. Es más natural suponer que lo que les indignaba tan profundamente y les inclinaba a la conjuración era la nariz de Ñola, del tamaño de un botón de timbre eléctrico, la voz aguardentosa de Lucas el Florón y las piernas monstruosamente arqueadas de Pepe la Mota.

De sobra conocían estos respetables agentes del poder gubernativo las tendencias anárquicas que algunas veces manifestaba el vecindario de Lancia. Pero lo que no sospechaban siquiera al introducirse incautamente entre la muchedumbre, de Altavilla fue que habían de salir de allí sin bastón, sin sable, sin kepis y con las mejillas abofeteadas. Así estaba escrito, sin embargo.

El jefe político no quiso conformarse con los inescrutables fallos de Dios, y montando en cólera hizo llamar inmediatamente al teniente de la guardia civil y le envió a vengar con ocho números a los infortunados Ñola, Lucas el Florón y Pepe la Mota.

Envalentonados con la victoria pasada los graciosos de Altavilla, trataron de resistir. Entonces el teniente, a quien devoraba el fuego de la guerra, mandó desenvainar los sables, y sonriendo ferozmente, cargó sobre la muchedumbre como un jabalí indomable.

Al verlo, un vivo estremecimiento corrió por los miembros de cada uno de los lacienses. Hubo tendencias a retirarse del campo de batalla; pero no faltó en aquel momento quien animase su corazón intrépido ofreciéndoles la perspectiva engañosa de la victoria.

—¡Fuera los civiles! ¡Abajo los tricornios! ¡Muera el patatero!

Tales fueron los gritos sediciosos que se escaparon de los pechos de aquella juventud temeraria.

Y en el mismo punto volaron algunas piedras. Los trompones, los bombardinos, los cornetines de pistón cuya voz armoniosa tantas mazurkas habían cantado en el seno de la paz, trasformados repentinamente en instrumentos de guerra, brillaron siniestros a la luz de las antorchas. El tricornio del teniente cayó vergonzosamente al suelo a impulso de uno de ellos. Lo recoge. Su corazón de guerrero se estremece, un círculo de espuma se forma en torno de sus labios y se lanza al combate con los ojos inflamados, respirando exterminio.

Entonces, bajo el imperio de su fuerza incontrastable, los jóvenes héroes de Lancia se replegaron dando fuertes gritos amenazadores. Los sables de los civiles comenzaron a sonar de plano en las espaldas de algunos. La retirada se convirtió en huida muy pronto. Tal como un rebaño de ciervos huye y se desbanda perseguido por los chacales, así los hijos generosos de Lancia huyeron aquella noche memorable, perseguidos por los civiles sedientos de sangre. El suelo quedó sembrado de instrumentos de bronce, testigos de la afrenta. El indomable teniente paseó largo rato su furor por las calles, animando con vivas interjecciones a sus huestes, lanzándolas en persecución de los rebeldes como un cazador lanza su jauría en persecución de un venado. Así fue como Paco Gómez, seguido tenazmente por los tricornios, se vio en la precisión, para escapar a un cintarazo, de meterse por el escaparate de la confitería de D.ª Romana, cayendo de bruces sobre una fuente de huevos moles y destruyendo por completo una magnífica tarta de borraja destinada al chantre de la catedral. Así fue también como Jaime Moro, después de perder en la refriega el serpentón de don Nicanor, estuvo a punto de ser inmolado por el sable resplandeciente de un civil. Sólo por haber tomado la precaución de bajar la cabeza cuando éste le tiró el golpe evitó la efusión de sangre. El sable fue a chocar con la pared de una casa, haciendo no poco estrago en ella. Meses después, Moro enseñaba el trozo descascarillado como un trofeo a los amigos forasteros que venían a Lancia; y al recordar sus proezas y peligros en aquella noche gloriosa, una suave alegría descendía a su corazón heroico.

Otros muchos miembros de aquella juventud magnánima experimentaron desperfectos de consideración en su economía, unos por el influjo de los sables, los más por las caídas y los choques que resultaron de la desbandada. La victoria no fue, sin embargo, gratuita para los agentes del gobierno. Aparte del fracaso del tricornio del teniente y de algunas contusiones de sus subordinados, el poder constituido sufrió un importante revés en la persona de uno de sus más antiguos representantes, en la persona de Ñola, cabo de municipales. Ya sabemos que este personaje, enteramente impopular en Lancia, a causa de la cortedad, y aún más de la redondez excesiva de su nariz, había perdido en la primera escaramuza el kepis, el sable y el honor de sus mejillas. La cólera y la venganza se enseñorearon de su corazón. Nada podía hacer, sin embargo, para apagarlas, porque se hallaba privado de todo medio coercitivo. Pero en vez de retirarse prudentemente al soportal de las Consistoriales, como hicieron sus compañeros Lucas el Florón y Pepe la Mota, quedose enmedio de la calle contemplando con ansiedad la batalla. Al ver que se decidía en favor de las instituciones que él representaba, la alegría se desbordó ruidosamente de su pecho municipal.

—¡Bien por los guardias! ¡Duro en ellos! ¡Rajarme esa canalla! ¡A ver si escarmienta de una vez esa pillería!

Tales eran los gritos belicosos que salían de su garganta. Sin embargo, cuando menos podía esperarse, dado que los enemigos huían en completo desorden, vino a estrellarse contra el botón de su nariz un cuerpo duro de superficie lisa y compacta que resultó ser un trozo de cal hidráulica. Todos los timbres de su cerebro sonaron a un tiempo. No pudiendo sufrir tanto estrépito, vino al suelo privado de conocimiento. Su pecho magnánimo sólo tuvo fuerzas para exhalar una queja melancólica.

—¡Recongrio, me han escuaernao esos sinvergüenzas!

Así cayó aquel baluarte poderoso del orden, aquel varón esforzado que en sus luchas incesantes con la pillería de los arrabales tantas veces había caminado por la senda de la victoria. Levantáronlo y lo metieron en la botica de don Matías, que estaba próxima. Desde allí lo condujeron poco después al hospital. La ciudad perdió por algunos días su escudo protector. Porque ni Lucas el Florón ni Pepe la Mota podían competir en energía con Ñola.

Mientras tales sucesos se efectuaban en Altavilla y en las calles adyacentes, D. Juan Estrada-Rosa, presa de irritación indescriptible, se paseaba agitadamente por su gabinete mesándose los cabellos. Los consuelos hipócritas del marica de Sierra no lograban calmarle. Hablaba de salir a la calle y arrojarse sobre la insolente muchedumbre.

—¡Qué les habrá hecho mi pobre hija!—exclamaba con voz temblorosa, próximo a sollozar.

Fernanda se había retirado a su habitación temprano y se había metido en la cama. Si la sorprendió la algazara que sonaba en la calle o contaba ya con ella, no es fácil saberlo. Cuando D. Juan, después de adoptar una violenta resolución, subió a despertarla, al encender la luz hallola con los ojos secos y brillantes, sin apariencias de haber dormido ni de haber llorado. Hizo que se vistiese a toda prisa, y dando orden a los criados para que tuviesen encendidas todas las luces de la casa a fin de engañar a los de afuera, salió con ella por la puerta de la cochera, que daba a un callejón solitario. Los acompañaba únicamente Manuel Antonio. Dirigiéronse por las calles más extraviadas a casa del Jubilado. Una vez allí, se pasó un recado a don Santos para que se presentase inmediatamente; otro al penitenciario. Cuando ambos acudieron, el padre, la hija y estos dos señores, Manuel Antonio y Jovita Mateo salieron ocultamente de Lancia por la carretera de Castilla. Después de caminar un rato esperaron el coche que don Juan había mandado venir. Acomodáronse los seis como pudieron en la carretela, echando a Manuel Antonio al pescante. Media hora después estaban en la posesión del banquero. Alzose apresuradamente un altarcito en el salón principal de la casa, y antes de que amaneciese, el penitenciario bendijo la unión de los prometidos.

Fernanda no había despegado los labios durante el camino. El mismo silencio cuando se hacían los preparativos para la solemnidad. Parecía tranquila, en un estado de indiferencia absoluta o, por mejor decir, de soñolencia, como la persona a quien se arranca violentamente del sueño y tarda en darse cuenta de lo que pasa en torno suyo. Pero tal estado letárgico continuó después de pronunciar el sí ante el altar. Ni la plática afectuosa y elocuente del penitenciario, ni las bromas incesantes de Manuel Antonio mientras tomaban el desayuno, ni las caricias de Jovita, ni la alegría afectada, ruidosa, de su padre lograban sacarla de su extraña distracción. Clareaba el día, un día triste, nublado, que se filtraba melancólicamente por los cristales. Todos hacían esfuerzos por parecer alegres; se hablaba en voz alta, se reía comentando la torpeza del criado, el miedo de Manuel Antonio a volcar.

Traslucíase, no obstante, una gran tristeza. Cuando la conversación se interrumpía, las frentes se arrugaban, los semblantes se oscurecían. Al entablarla de nuevo, las palabras resonaban lúgubremente en el lujoso comedor.

La novia se retiró para cambiar de traje. Poco después apareció de nuevo, con el mismo semblante impasible. Según los planes de D. Juan, debían irse inmediatamente para tomar en un pueblo próximo la silla de posta. Los indecentes de Lancia quedarían de este modo chasqueados. Cuando bajaron al jardín, donde esperaba el coche, caía una lluvia menuda y fría. Fernanda besó a su padre y entró en el coche. El pobre anciano, al recibir aquel beso en la mejilla, pensó que una corriente de aire frío entraba por ella paralizando sus miembros y helándole el corazón.

El látigo chasquea. «Adiós, Fernanda; abrígate, Fernanda. Adiós, Santos. Que vengan ustedes pronto.» Ya están en camino. Antes de una hora llegan a Meres, esperan la diligencia y suben en ella. El mismo silencio obstinado por parte de Fernanda. Las atenciones de Granate no le arrancan ni una sonrisa ni una palabra de gracias; sus ademanes grotescos y los desatinos que de vez en cuando deja escapar tampoco hacen surgir en el semblante marmóreo de la joven un gesto de fatiga o disgusto. A ratos dormita, a ratos contempla con ojos atónitos el paisaje. Cuando llegaron a las inmediaciones de León era ya noche.

Pero ¿qué ocurre en León? Al llegar a la plazoleta donde cambia el tiro la diligencia descubren gran golpe de gente, escuchan voces desaforadas, ruido desacordado de instrumentos de música, tañido de cencerros. Y ven alzarse sobre la muchedumbre algunos trasparentes pintados.

Paco Gómez, fecundo en trazas más que Ulises, había escrito a algunos amigos de León tiempo atrás invitándoles a disponer una cencerrada para cuando Granate y su esposa pasasen por allí. La colonia de Lancia, que es numerosa en León, secundó admirablemente los planes de su paisano. Todo lo tenían preparado. Sin embargo, estos preparativos no hubieran servido de nada sin la traición de Manuel Antonio, que al llegar a Lancia notició secretamente a Paco lo que pasaba. Éste aprovechó el telégrafo, recién instalado, y se puso en comunicación con sus secuaces.

Fernanda tardó en darse cuenta de que aquella algazara iba contra ella. Cuando, por algunos gritos que llegaron a sus oídos, vino en conocimiento de ello, empalideció, sus ojos se dilataron y, dando un grito, precipitose a la ventanilla para arrojarse fuera. Granate la detuvo sujetándola por la cintura. La joven luchó algunos momentos con furor; pero no pudiendo desprenderse de aquellos brazos cortos y membrudos de oso, se dejó caer al fin en el asiento, llevose las manos a la cara y rompió a sollozar.

—¡Dios mío, ha sido grande el pecado, pero qué castigo tan terrible!


X

Cinco años después.

Trascurrieron cinco años. La noble ciudad de Lancia ha cambiado poco en su exterior y menos aún en sus costumbres. Unas cuantas casas-grilleras con adornos de mazapán alzadas por el oro indiano en las inmediaciones del parque de San Francisco; varios trozos de acera en calles que jamás la poseyeran; tres faroles más en la plaza de la Constitución; un guardia municipal suplementario, que debe su existencia no tanto a las necesidades del servicio como a las pasiones del alcalde, varón de excelsos pensamientos, consagrados casi enteramente a Venus, que premia las condescendencias de Vulcano con el presupuesto municipal; en el paseo del Bombé algunas estatuas de bronce con el ropaje caído, que produjeron grave escándalo a su erección, haciendo pregonar al magistrado Saleta en la tertulia del maestrante que «la media desnudez era cien veces más incitante que la completa;» en las cabezas de nuestros maduros conocidos algunas hebras de plata, y en el semblante radioso como el arco iris de Manuel Antonio, el más seductor de los hijos de la ínclita ciudad, signos ya evidentes de que su belleza pronto se desvanecerá como un sueño feliz al soplo glacial de la mañana, como los copos de nieve que caen suavemente en el silencio de un día triste de invierno.

La misma vida vegetativa, brumosa, soñolienta; las mismas tertulias en las trastiendas libando con deleite la miel de la murmuración. Los apodos soeces pesando siempre como losa de plomo sobre la felicidad de algunas respetables familias. En el Bombé, las tardes de sol, los mismos grupos de clérigos y militares paseando desplegados en ala. Las enormes campanas de la basílica tañendo invariablemente a horas fijas. Las viejas devotas caminando con planta presurosa al rosario o a la novena. El canto monótono de los canónigos resonando profundamente en la soledad de las altas bóvedas. En Altavilla, a la hora del crepúsculo, los eternos corros de jóvenes alegres, riendo mucho, hablando alto y abriéndose amenudo para dejar paso a alguna costurera espiritual o criada de carnes opulentas a quienes rinden homenaje con los ojos, con la palabra y no pocas veces con las manos. Y allá, en lo alto del firmamento, iguales corros de nubes pardas y tristes amontonándose en silencio sobre la vetusta catedral, para escuchar en las noches melancólicas de otoño los lamentos del viento al cruzar la alta flecha calada de la torre.

Estamos en Noviembre. El conde de Onís acostumbra a pasear a caballo lo mismo en los días claros que en los oscuros. Cada vez menos le place la compañía de los hombres. Su carácter se ha hecho más receloso y melancólico. El pecado aniquiló los débiles gérmenes de alegría que la naturaleza había depositado en su corazón. El temperamento sombrío, extravagante, fanático de los Gayoso se ha ido exaltando en él poco a poco con el roer incesante del remordimiento; ha trastornado su imaginación, ha enervado su escasa actividad y ennegrecido su existencia.

Le molestan los hombres. En todas las miradas piensa ver hostilidad; en las frases más inocentes, alguna aviesa intención que hace hervir su sangre de coraje. No osa entrar en los templos, ni siquiera se deja caer de rodillas, como antes, frente al sangriento crucifijo del cuarto de su madre. Si oye hablar del infierno se estremece y huye. Envía cuantiosas limosnas a las iglesias; encarga misas que no oye; pone cirios a las imágenes, y en el secreto de su habitación se entretiene a veces puerilmente en preguntar a la suerte, echando una moneda al aire, si se condenará eternamente o irá tan sólo al purgatorio. Cuando llega a sus oídos el canto de los sacerdotes que acompañan a un entierro, empalidece, tiembla y se tapa los oídos. Por la noche se despierta amenudo sobresaltado, con un sudor frío, gritando miserablemente: «¡Hay que morir! ¡hay que morir!»

Por largo tiempo vivió casi en absoluto retirado, sin salir más que cuando se lo ordenaba aquella voluntad que había logrado señorear la suya. Después, como sufriese demasiado, temiendo que sus negros pensamientos acabasen con su razón, le dio por recorrer los contornos a pie o a caballo, hasta fatigarse. El cansancio corporal prestaba descanso a su espíritu; el espectáculo de la naturaleza serenaba su atormentada imaginación.

Era un tarde fría y oscura. Las nubes pesan amontonadas sobre las colinas que cierran el horizonte por el Norte, y ocultan las altas montañas de Lorrín que se extienden como una cortina lejana por el Oeste. Han caído fuertes chubascos que convirtieron en laguna la parte baja de la ciudad y en lodazales las carreteras que de ella parten. Apesar de esto el conde manda ensillar su caballo, sale de Lancia por la carretera de Castilla, y galopa entre torbellinos de lodo al través de las praderas y los bosques de castaños. Las hojas amarillentas de los árboles, lavadas por la lluvia, brillan como monedas de oro; mil arroyuelos serpean vacilantes por la falda de la colina y van a depositar sus aguas en la llanura, que se dilata verde y mojada con suaves ondulaciones. Una franja más oscura señala el cauce del Lora, que se oculta misterioso bajo sus mimbreras y espesas filas de alisos.