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El maestrante

Chapter 19: XIV
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About This Book

The narrative is set in a rain-swept provincial city and opens with the secret deposit of an infant at an aristocratic household, an event that unravels a web of private loves, social rituals and family rivalries. Through episodes of courtship, youthful caprice, practical jokes, a masked festival and moral reckonings across years, the household's members confront pride, jealousy and shifting loyalties. The author balances intimate character observation with satirical attention to manners and local customs, tracing how personal passions interact with communal expectations and how a small society negotiates honor, justice and reconciliation.

—Pues se le pone una mordaza.

—¡Quisiera yo ver ¡porra! ¡reporra! ¡cien veces porra! quién se la ponía estando cerca Fray Diego de Areces!—gritó el clérigo alzándose convulso y echando fuego por los ojos.

—Siéntese, pater, y cálmese y escancie otra copita, que Fray Diego de Areces no es más que un cazuela.

El capellán se serenó repentinamente, vertió delicadamente el licor en las dos copas y apuró la suya con deleite, después de lo cual dejó caer la cabeza sobre el pecho, los párpados se le bajaron y se puso a dormitar. El barón, radiante de alegría, le contemplaba fijamente con ojos socarrones, aprovechándose de su ausencia temporal para escanciarse otra copita, «de nones,» como él decía.

Era constante particularidad de aquellas dulces sesiones el que la ginebra trocase el carácter de ambos. El genio irascible, impetuoso del barón se dulcificaba de modo inverosímil. Hacíase, mientras duraba la benéfica influencia del alcohol, alegre, comunicativo, conciliador; ninguna palabra le molestaba, nada le parecía suficiente motivo para encolerizarse. En cambio, Fray Diego, que en estado normal era un bendito, siempre jovial y chancero, tornábase un diablo disputador y quisquilloso, adquiría de pronto humor guerrero que nadie sospecharía bajo su rostro redondo y plácido de beata ajamonada.

Despabilose al cabo de pocos minutos, miró al barón algunos momentos fijamente con extraña ferocidad y profirió estropajosamente:

—Quisiera, señor barón, que me explicase usted qué entiende por cazuela.

—¡Anda, salero! ¿Ahora salimos con eso? ¿A usted qué le importa que signifique uno u otro?

—Es que yo quisiera... ¡entendámonos!

—Ya nos hemos entendido. Usted tiene dos cuartillos de ginebra entre pecho y espalda y yo otros dos... o algo más—añadió haciendo un número prodigioso de guiños.

—¡No es eso, señor barón, no es eso! ¡Entendámonos de una vez, porra!

—Aquí ya no hay barones ni frailes—exclamó el noble en un arrebato de buen humor alzándose de la silla.—Aquí sólo quedan el tío Francisco, que soy yo, y el tío Diego; que eres tú, ¿estamos?... Vengan esos cinco...

Al avanzar con la mano extendida dio algunos traspiés, pero se mantuvo firme.

—¡Vengan esos cinco, valiente!

El cura se dulcificó. Se estrecharon las manos.

—Ahora un abrazo por el rey legítimo de las Españas.

—¡No me hable usted de abrazos!...—gritó el clérigo enfoscándose de nuevo.—Me acuerdo del abrazo de Vergara, y ¡porra!...

—No te apures, compadre, que ya nos la pagarán.

¡Ay, ay, ay! mutilá
 Chapelen gorriá.

Y se puso a cantar roncamente el himno carlista; pero interrumpiéndose de pronto:

—¡Eh, tío Diego, a cantar! Dejémonos ahora de lágrimas...

En efecto, su amigo lloraba en aquel momento lágrimas como avellanas, recordando la traición de Vergara.

—¡Arriba, coracero! ¿A que no te pesaría de que bebiésemos una copita por el exterminio de todos los negros?

Fray Diego se declaró, con un movimiento de cabeza, partidario en principio de este brindis consolador, pero no se movió de la silla.

Bebieron otra copa, y su efecto fue tan prodigioso en el alma tradicional del barón, que se puso inmediatamente a bailar el zapateado inglés sobre la mesa, sin que Fray Diego dejase por ello de verter abundantes lágrimas.

—¡Hum! No me gusta este baile de extranjis—manifestó al fin bajándose de un salto;—prefiero la danza prima. Ven acá, tío Diego...

Y a la fuerza, cogiéndole por las manos, lo alzó de la silla y se puso a dar vueltas con él, entonando uno de los cantos largos y monótonos del país. Fray Diego se sintió rejuvenecido. Recordaba sus tiempos de mastuerzo allá en la aldea, cuando su tío el cura de Areces le molía a palos porque saltaba de noche por la ventana para ir a cortejar las mozas de los pueblos vecinos.

—Oye, Diego—dijo el barón parándose repentinamente.—¿No te parece que antes de seguir bebamos una copita por el alma de nuestros mayores?

Asintió el fraile de buen grado; pero las copas yacían rotas por el suelo y los tarros vacíos. El barón abrió un armario y sacó de él nuevos elementos de vida espiritual. Esta copa funeraria le inspiró una idea felicísima; la de cubrir la cabeza del capellán con su boina y adornarse él con el canalón de éste, que descansaba sobre una silla. Así vestidos volvieron a la danza, haciendo dos figuras realmente interesantes.

El barón dio un traspié y cayó.

—Alza, tío Diego.

El fraile le cogió de nuevo las manos que había soltado y tiró con fuerza hacia arriba. Pero el peso del noble le doblegó y rodaron los dos por el suelo.

—¡Alza, tío Diego!

—¡Alza, tío Francisco!

Ambos se revolcaban soltando bárbaras carcajadas. El barón logró al fin ponerse en pie. El capellán le imitó al cabo de un rato. Pero su alma, iluminada un momento por los recuerdos de la juventud, cayó otra vez repentinamente en la sangre y el exterminio. Se dirigió ferozmente a su amigo.

—Sepámoslo de una vez, ¡porra! ¿Por qué me ha llamado usted cazuela hace poco? ¿eh? ¿eh? ¿por qué?

—Te lo explicaré enseguida, hombre—repuso el barón con calma;—pero antes beberemos una copa por la congregación de todos los fieles cristianos, cuya cabeza visible es el papa... digo, si te parece.

El capellán no puso obstáculo.

—Pues te he llamado cazuela—prosiguió chasqueando la lengua—porque una cazuela, ¿sabes tú? una cazuela sirve para que la llenen de patatas guisadas.

Dicho esto, el barón cayó en un espasmo de alegría tan violento que por poco se ahoga. Mientras tanto, los ojos saltones de su camarada le miraban con tal expresión amenazadora que parecía que iban a brincar de las órbitas y lanzarse sobre él; crecían por momentos como los de una langosta.

—¿Y por qué de patatas guisadas? Yo tengo tantos hígados como usted, ¡porra! y lo he probado en la acción de Orduña y en la de Unzá, y por algo tengo en mi casa seis cruces.

—¿Tú? ¿tú?—dijo el caballero sin poder sosegar la risa.—Tú nunca has servido más que para hacer el rancho al escuadrón.

El furor del fraile no tuvo límites al escuchar esto. Gritó, pateó, dio espantosos puñetazos sobre la mesa. Por último, lanzose hacia la puerta y desde su marco comenzó con descompuestos ademanes a apostrofarle.

—¡Eso lo dice usted porque está usted en su casa! ¡Salga usted fuera a decirlo! ¡Salga usted conmigo!

El barón le miraba con risueña curiosidad.

—Calma, calma, tío Diego.

—¡Salga usted a matarse conmigo!... Con sable, con pistola, con lo que usted quiera...

—Bien, hombre, bien; saldremos a matarnos... pero sólo por darle a usted gusto...

Fue con paso vacilante hacia la alcoba y a tientas, porque ya la oscuridad era completa, metió las manos en el armero y sacó dos grandes sables de caballería.

—Toma—dijo alargando uno al capellán.

Éste lo sacó de la vaina y se puso a esgrimirlo. Mientras llevaba a cabo la prueba, D. Francisco le contemplaba rebosando de satisfacción.

—Bueno, vamos ya—dijo el fraile envainando.—En marcha.

Y tomando el canalón, que andaba por el suelo, y ocultando el sable debajo de los manteos, salió por la puerta. El barón cogió la boina, se puso un grueso montecristo de abrigo y le siguió.

—¡Alto!—exclamó antes de que hubiera dado cuatro pasos.—¿No te parece que echemos la espuela?

Fray Diego dejó escapar un gruñido afirmativo.

Entraron otra vez en la sala y, tentando el suelo, tropezaron con el tarro de la ginebra, que no estaba agotado por completo. Dieron con las copas y se escanciaron todo lo que había. Acto continuo salieron a la calle.

El pavimento de gruesos guijarros estaba mojado. Caía una lluvia menudísima, tan espesa que en poco tiempo calaba la ropa como el más fuerte aguacero. La noche había cerrado casi por completo. Y como, según las prácticas municipales, faltaba todavía un buen cuarto de hora para encender los famosos reverberos de aceite, las tinieblas envolvían a la empapada ciudad.

Los dos héroes, animados por el espíritu de la guerra, caminaron con decisión por la calle del Pozo, el clérigo delante, el noble detrás, ambos embozados hasta los ojos y apretando bajo el brazo el instrumento de muerte que cada cual llevaba. Entraron en la calle de las Hogueras, pasaron por bajo los muros de la Fortaleza y salieron a la vía que ciñe la antigua muralla de la población. A medida que el agua, filtrándose al través de los abrigos, refrescaba sus carnes, se iban paulatinamente equilibrando sus humores. El de Fray Diego tendía visiblemente a serenarse, arrojaba uno a uno los negros velos que le oprimían. Pero estos velos los recogía todos el barón y envolvía con ellos su espíritu altivo y cruel. Ambos avanzaban impávidos al través de la noche y la lluvia, presagiando la muerte.

Siguieron un buen trecho a lo largo de la muralla y al llegar a la carretera de Sarrió tomaron por ella. No habían andado cinco minutos cuando oyeron cerca un gemido. Pararon en firme, y acercándose al pretil distinguieron un bulto; se aproximaron un poco más y vieron sentada una niña.

—¿Qué haces ahí?—dijo el barón, agarrándola por un brazo.

—¡Perdón!—exclamó Josefina en el colmo del terror.—¡Por Dios, no me pegue usted, señor! Ya me pegaron mucho.

La mano del caballero se aflojó repentinamente y, cambiando de voz y de tono, dijo:

—No, hija mía, no; nadie te pegará. ¿Cómo estás aquí a estas horas?

—Me ha pegado mucho mi madrina y me escapé de casa.

—¿No tienes padres?

—No, señor.

—¿Vives en Lancia?

—Sí, señor.

—¿Quién es tu madrina?

—Una señora.

—¿Cómo se llama?

—Amalia.

—¡Porra!—exclamó Fray Diego, dándose una palmada en la frente.—Es la niña recogida por D. Pedro Quiñones.

—¿Es verdad que se llama D. Pedro el marido de tu madrina?

—Sí, señor.

—Vamos, levántate, hija mía. Ahí no estás bien. Vente con nosotros.

—¡Oh, no, por Dios! ¡No me lleven a mi madrina!

—No, no iremos allí. ¡Estás mojada, criatura!—añadió palpando su ropa.—Anda, anda.

Los dos héroes habían depositado los sables sobre el pretil. Cuando echaron a andar hacia Lancia, llevando a la niña en el medio, allí los dejaron olvidados sin reparar en que la humedad desluce y enmohece el acero.

—¿Y por qué te ha pegado tu madrina?—preguntaba Fray Diego mientras caminaban despacito para acomodarse al paso de la niña.

—Porque estaba jugando con los pastores.

—¡Los pastores!... ¿Pero los pastores de don Pedro vienen a dormir a casa?

—Sí, señor; duermen en la caja de cartón.

—A ver, a ver, chica, ¿qué estas diciendo ahí?—profirió el capellán deteniéndose.

De la investigación entablada inmediatamente resultó que los pastores eran de barro. Fray Diego emprendió nuevamente la marcha, resguardando con sus manteos el frágil cuerpo de la criatura.

Pero al ponerle una de las veces la mano en la cara observó, con sorpresa, que la humedad que le mojó los dedos era caliente. Comunicada esta observación con su antagonista, y como quiera que ya habían llegado a las primeras casas de la ciudad, metieron a la niña en un portal, encendió el barón un fósforo y la reconocieron. Tenía todo el rostro bañado de sangre, que manaba de algunos profundos arañazos, las manos cubiertas de cardenales. Los dos héroes se miraron aterrados, y la misma ola de indignación encendió sus mejillas. El barón dejó escapar una serie de imprecaciones fulminantes. Éstas y su feo rostro espantable hicieron tal impresión en Josefina, que huyó gritando a un rincón. Consiguieron, no sin trabajo, tranquilizarla, y después de secarle el rostro con un pañuelo, Fray Diego la cogió en brazos (el barón lo había intentado en vano), tapola bien con sus manteos y emprendieron la marcha hacia la casa solariega de los Oscos.

Allí le hicieron la primera cura. El barón, que en la campaña había adquirido algunos conocimientos de cirugía, le lavó cuidadosamente las heridas, las cerró con aglutinante y curó las contusiones con cierto ungüento eficaz que poseía. Las manos rudas de aquellos veteranos parecían de seda al tocar la piel de la niña. Una mujer no la hubiera curado con más delicadeza, con tal atención y esmero.

Josefina iba perdiendo el miedo. Aquel señor tan feo no era malo. Se atrevió a pedir agua. El barón respondió que no se estilaba en aquella casa, y que lo mejor que le vendría ahora para quitar el susto era una copita de Jerez. Hízola traer, y luego que la niña la hubo bebido, los dos campeones del rey legítimo se retiraron a un rincón de la sala a deliberar.

Resolvieron que lo práctico en aquel momento era llevar la niña a casa de Quiñones. El barón se encargaba de entregarla. Antes calentaría muy bien las orejas a su madrina; le diría que era una indigna mujerzuela, una criatura vil y perversa, y que si otra vez osaba maltratar a aquella pobre niña desvalida, iría a su casa a cortarle las orejas y atarla después por el moño a la cola de su caballo y arrastrarla así por toda la ciudad. Fray Diego no estaba conforme con tanta crueldad, pero el barón ni por Dios vivo quiso alterar poco ni mucho aquel plan siniestro de terrible ejemplaridad.

Costó trabajo persuadir a Josefina a que viniese con ellos. Consiguiéronlo después de prometerle que su madrina no volvería a pegarla y que sería para ella muy buena de allí en adelante. ¡No faltaba más! Como se atreviera a tocarla siquiera en un pelo, ¡rayo de Dios! le retorcía el pescuezo como a una gallina, la desollaba viva a correazos con el freno de su caballo. El rostro de aquel señor era tan espantoso al proferir tales amenazas, que la niña no dudó un instante de su cumplimiento.

Mientras caminaban hacia la mansión de los Quiñones, el barón no cesó de vomitar injurias y amenazas de muerte contra la esposa del maestrante. Fray Diego procuraba inútilmente calmarle. Sus instintos sanguinarios se iban exacerbando de tal modo, que el ex-fraile, temiendo una catástrofe, se despidió al llegar a la puerta del palacio.

El barón tiró de la campana. Como no sabía la costumbre feudal de la casa, no tiró más que una vez. Tardaron en abrirle juzgándole plebeyo. La sorpresa del criado fue grande al ver a aquel terrible señor, que tanto respeto infundía en la ciudad, y se apresuró a pedir perdón de no haber acudido más a tiempo a abrirle. El barón preguntó por don Pedro Quiñones. Le hicieron pasar y el criado subió delante por la gran escalera de piedra. Al llegar al piso principal le rogó que aguardase mientras le anunciaba.

Pocos momentos después se presentó Amalia. Dirigió una penetrante mirada de rencor a la niña, que el barón tenía de la mano, y dijo dirigiéndose a éste con frialdad y altivez:

—¿Qué deseaba usted?

—Venía a entregar esta niña que he recogido en la calle... y al mismo tiempo a hablar con don Pedro o con usted cuatro palabras.

Al proferir esta última, la voz del barón se alteró de un modo perceptible.

—¿No me conoce usted?—añadió, viendo que la dama le miraba fijamente sin contestar.

En los pueblos casi todos se conocen, sobre todo las personas de viso, aunque no se traten. Sin embargo, Amalia replicó descaradamente:

—No tengo ese honor.

—Soy el barón de los Oscos.

La dama hizo una inclinación de cabeza.

—Paula—dijo dirigiéndose a una criada que había acudido,—llévate esa chica. Tú, Pepe, enciende las lámparas del gabinete azul.

Cuando estuvieron solos, la señora se sentó, invitó con majestuoso ademán al barón para que hiciese lo mismo, y esperó mirándole con extremada curiosidad, pero sin asomo de temor.

—Señora—comenzó el barón,—he hallado a esa niña en la carretera de Sarrió cubierta de sangre y llena de cardenales. Le he preguntado quién la había puesto así, y me respondió que su madrina. Yo no puedo creer...

—Puede usted creerlo, porque es exacto—dijo Amalia interrumpiéndole.

El barón quedó parado y confuso. Al cabo prosiguió:

—Es posible que usted tuviera razón para castigarla, pero me duele en el alma...

Amalia volvió a interrumpirle:

—Y a mí me duele mucho ese dolor que usted siente.

—Mi objeto al venir aquí—manifestó el barón, que por momentos iba perdiendo su aplomo,—era prevenir a usted...

—¿Cómo?

—Era rogarle que, ya que ha tenido la caridad, según me han manifestado, de recoger esa desgraciada criatura expósita, continuase su buena obra protegiéndola, amparándola, educándola... y cuando tuviese necesidad de castigarla lo hiciese con clemencia, pues la pobre es una criaturita tierna y débil, y los golpes pudieran concluir con su vida...

—¿Es eso todo lo que usted tenía que decirme?—preguntó fríamente la dama.

La faz temerosa del barón se congestionó súbito al escuchar esta pregunta, inyectáronse sus ojos, la sinuosa cicatriz se alzó con gran relieve sobre la superficie del rostro en virtud sin duda de algunos movimientos volcánicos de lo interior. Escucháronse allá en la garganta ruidos formidables, sordos estampidos, presagio de violenta erupción. Pero al cabo aquellos ruidos se apagaron, cesaron los movimientos de trepidación, y el cráter, en vez de despedir una corriente de lava fundida, como era de temer, rocas, cenizas y otras materias volcánicas en ebullición, dejó escapar débilmente estas dos palabras:

—Sí, señora.

—Bien, pues agradezco a usted mucho el interés que se toma en este asunto, y aprovecho la ocasión para decirle en nombre de Quiñones y en el mío que tiene usted aquí su casa.

Al mismo tiempo tiró del cordón de la campanilla y se levantó. Alzose también el barón mascullando las gracias y ofreciéndose.

—Pepe, acompañe usted al señor barón.

Hizo éste una profunda reverencia. Contestó Amalia con otra más leve. El caballero giró sobre los talones y salió.

Al bajar por la escalera con las orejas gachas, el semblante encendido y los ojos extraviados, otra vez se presentaron ante su imaginación con vigoroso relieve el descuartizamiento, la pérdida de los ojos, la cola del caballo y otros fieros suplicios de la época visigótica, a la cual pertenecía por su bárbara traza y corazón indomable y crudelísimo.


XIII

El martirio.

Apenas se había cerrado la puerta tras el barón, Amalia hizo traer la niña a su presencia.

—¡Venga usted acá, señorita, venga usted acá! ¡Cuánto tiempo ya que no nos hemos visto! ¿Cómo lo ha pasado usted? ¿Le ha ido a usted bien? El barón es muy galante con las damas, ¿verdad?

La niña lanzó un grito penetrante.

—¡Ay mi oreja!

—¡De rodillas, sabandija! ¡Ah! ¿Conque no vale nada lo que he hecho por ti! ¿Ya me enseñas los dientes antes de concluir de mamar? De rodillas, picaruela, ¡malvada!

Josefina fue a caer acurrucada en un rincón del gabinete. Amalia mantuvo sobre ella largo rato su mirada fulgurante. Separándola al fin, preguntó a Concha y a Paula, que habían traído a la delincuente, en qué forma se había escapado. La culpa era del cochero. Improperios contra el cochero, que era un borracho, y amenazas de despedirle si volvía a caer en descuido semejante. Luego comentarios infinitos sobre el encuentro del barón. ¿Qué hacía aquel bruto a tales horas por la carretera de Sarrió? ¿Quién era el cura que le acompañaba? Después consideraciones tristísimas sobre la ingratitud y maldad de aquella niña que huía de la casa donde se la había dado albergue y ponía en ridículo a su protectora. Las domésticas convinieron en que merecía un castigo ejemplar.

Despidiolas al cabo la dama, deteniéndolas con ademán imperioso cuando trataban de llevarse a la expósita. Una vez solas, Amalia tomó un libro y se puso a leer tranquilamente a la luz de un quinqué, mientras su hija, de rodillas en el ángulo más oscuro, sollozaba apagadamente. Tres o cuatro veces levantó aquélla la cabeza, dirigiendo su mirada colérica a las tinieblas del rincón, esperando que la chica gimiese más fuerte para lanzarse sobre ella. Trascurrió una hora, hora y media. Cerró al fin el libro: salió y volvió a los pocos momentos. Comenzó a desnudarse lentamente: cuando estaba medio desnuda tomó el quinqué, y acercándolo a la niña la obligó a levantarse, la llevó hasta la alcoba y le dijo mostrándole el suelo:

—Esta es tu cama. Ahí dormirás vestida.

Cuando terminó de desnudarse, la niña le dijo con voz débil:

—Perdóname, madrina; no volveré a hacerlo.

Pero ella no quiso oír estas palabras. Se metió en la cama y apagó la luz. Sus ojos quedaron abiertos en la oscuridad. Las horas, sonando con sus cuartos y medias melancólicamente en el reloj de la catedral vecina, no consiguieron cerrarlos. Eran dos lámparas misteriosas que sólo daban luz hacia dentro, alumbrando mil cosas siniestras y punzantes. Bajo aquella pequeña frente se atropellaban, se estrujaban las ideas sombrías, los deseos feroces. El matrimonio de Luis era una abominable traición. Sin recordar la suya hacia el pobre viejo paralítico que Dios le había dado por esposo, ni pensar en que su falta había truncado la vida del conde, amenazado de morir en la soledad, sin familia que endulzara sus últimos días, hacía pesar sobre él toda la responsabilidad del delito y toda la amargura que ahora sentía al desprenderse del único placer que la acariciaba en aquella lúgubre y monótona existencia. ¡El único placer! No merecía otro nombre su amor. En aquel espíritu ardiente, despótico, atormentado, no había entrado jamás la ternura; ignoraba por completo las cosas deliciosas y poéticas que ennoblecen la pasión y la hacen perdonable. Su vida se había deslizado en una agitación insana, atormentada por el deseo de ser feliz a toda costa. En los últimos siete años vivió bajo el imperio de su torpe apetito insaciable. Jamás un pensamiento melancólico de remordimiento vino a acusar en aquella ruin naturaleza la presencia del sentido moral. Cada vez más exacerbada su ansia de goces la arrastraba últimamente a mil pasos extravagantes y peligrosos. Ya no se contentaba con reunir en su casa a la juventud laciense y bailar de vez en cuando por condescendencia. Era menester, para alegrarla, que todos los días hubiese jarana, giras de campo, mascaradas, etc., y que ella bailase sin cesar hasta caer rendida como una zagala de quince años: necesitaba menudear las entrevistas secretas con su amante a las horas más extraordinarias y en las ocasiones más impensadas. Sus anhelos enfermizos la impulsaban a desafiar la opinión pública, despreciando por gusto toda precaución. Si el conde le hacía alguna advertencia irritábase, se revolvía como una fiera. Más perdía ella que él; las murmuraciones no se cebarían en el hombre seguramente, sino en la mujer. La deshonra era para ésta. Pero ella se reía a más no poder de estas murmuraciones y de la deshonra. Si la apuraban un poco era capaz de pregonar su falta en Altavilla cuando hubiese más gente. El conde se sentía cada vez más desligado de esta mujer, que turbaba todas sus ideas morales, teológicas y sociales. Llegaba a inspirarle miedo.

Éste se convirtió en terror, en malestar insufrible, que le hizo apetecer con ansia la libertad, desde cierta revelación que, sonriendo, le hizo Amalia.

—¿No sabes, querido? Esta mañana estuve a punto de hacer una locura, una locura muy grande. Quiñones me mandó ponerle las gotas de arsénico que toma hace tiempo. Cogí el frasco y de repente, como si una mano invisible me levantase el codo, vertí en el vaso la mitad del contenido... ¡No tiembles, cobarde, que no hay motivo!... Jamás me había pasado nada semejante. Te juro que mi voluntad no tenía arte ni parte en ello. Obraba por una fuerza superior que me arrastraba a pesar mío. Dejé el vaso sobre la mesa, lo contemplé un instante con sorpresa, lo levanté para mirarlo al trasluz... Nada, ni el más mínimo signo que denotase que allí estaba la muerte. Lo puse sobre la bandeja y me encaminé con él hacia el gabinete sin darme cuenta de lo que hacía. Pero enmedio del pasillo me estremecí como si saliese de una pesadilla, vi repentinamente el disparate que iba a hacer, y dejé caer el vaso al suelo.

—No era un disparate, era un crimen horrible el que ibas a cometer—dijo sordamente el conde, que sudaba de congoja.

—Bueno, crimen o disparate... o lo que sea, era una estupidez de todos modos, ¿sabes? porque enseguida se comprendería, por los síntomas, que se trataba de un envenenamiento.

Aquellas palabras, pronunciadas con afectada ligereza, impresionaron aún más al conde que las anteriores. Desde entonces no podía acercarse a ella sin experimentar una extraña sensación de repugnancia.

Su juventud pasó. Hasta la llegada de Fernanda, Amalia no había pensado en ello. No teniendo rivales en Lancia, había puesto menos diligencia cada día en el cuidado de su persona, dejó del todo aquella plausible coquetería que sirve a la mujer para perpetuar el encanto de su persona. Sólo al ver la espléndida hermosura de la hija de Estrada-Rosa se dignó echar una mirada a sí misma. Comenzó a preocuparse del aliño de su cuerpo, se procuró toda clase de afeites, envió por vestidos a Madrid, aprovechó todos los recursos de la elegancia. Era tarde. Aquel mísero cuerpo abandonado, marchito por los años y la anemia, no recobró frescura ni gracia.

Esta idea fija le roía el cerebro en su larga y dolorosa vigilia. ¡No volver a inspirar amor, ser vieja, causar repugnancia! Mil garfios le arrancaban las entrañas. Luis se casaba. ¿Por qué? ¿No le había sacrificado su juventud, su honor, su salvación, si después de esta vida había más que tinieblas? ¡Qué valía esto! La primera señal de ruina que había aparecido en su rostro desvaneció como un sueño todos los juramentos; los siete años de amor se habían hundido en el abismo del tiempo sin dejar la más insignificante huella... Pero ella no tenía arrugas todavía; no era tan vieja; treinta y cinco años nada más. Bruscamente llevó la mano a la mesa de noche, encendió la bujía y saltó de la cama: acercose al espejo y se contempló largamente, repasando con el dedo todos los rincones del rostro para cerciorarse de que no existían las temidas arrugas.

Un gemido que sonó detrás le hizo volver la cabeza. Levantó la bujía y clavó una mirada recelosa en su hija, tendida en el suelo y tiritando. La niña no dormía. Sus ojos febriles se posaron con angustia en ella, sus labios murmuraron otra vez «¡Perdón!» Sin hacer caso alguno, la esposa de D. Pedro se metió de nuevo en la cama y apagó la luz.

Los rayos del sol matinal, penetrando por las rendijas del balcón, alumbraron aquellos dos insomnios. Con la luz de Dios comenzó el bárbaro suplicio de una criatura inocente. La fecunda, diabólica fantasía de Amalia se puso a inventar tormentos con que saciar el odio que la devoraba. Necesitaba ver sufrir. Josefina fue enviada descalza abajo con una misiva escrita en lápiz para Concha. El papel decía: «Concha, ahí te envío a esa picaruela. Castígala como mejor te parezca.»

Amalia había adivinado, en su doncella, al verdugo. Y en efecto, al recibir ésta el papelito experimentó satisfacción, lisonjeada en su vanidad y en sus instintos.

—¿Sabes lo que dice este papel?—le preguntó relamiéndose.

Josefina hizo un signo negativo. Leía todavía mal el manuscrito, sobre todo escribiendo tan descuidadamente como lo había hecho la señora. La costurera le obligó a deletrear aquellas palabras hasta que se enteró bien de ellas.

—Ya ves que me manda castigarte por lo que has hecho ayer.

Al decir esto sonreía dulcemente, como si le noticiase que le iba a regalar alguna golosina. Josefina la miró sorprendida.

—¿Castigarme? Madrina ya me ha hecho dormir en el suelo.

—No importa, eso es poco para maldad tan grande como escaparse de casa. Habrá que darte algunos azotes. Lo siento, hija mía, porque nunca has recibido este castigo y te va a doler mucho. Las señoritas tenéis la carne delicada, no sois como nosotras, que estamos acostumbradas desde muy chiquitinas a la intemperie y a los golpes. ¡Ven acá!...

Al mismo tiempo sacó del corsé una de las formidables ballenas, que entonces solían usarse. La niña retrocedió asustada, pero la costurera la atrapó por el brazo.

—No intentes escapar, porque entonces será doble la ración.

Josefina se cogió a su mano llorando angustiosamente.

—¡No me pegues, por Dios, Concha! Ya sabes que me ha pegado mucho madrina ayer... Mira, mira cómo tengo las manos... Me duele también la cabeza... ¡El suelo estaba tan duro!... Yo te quiero mucho... no te he acusado nunca a madrina...:

—¡Suelta, suelta!—repuso la costurera tratando de desasirse suavemente de sus pequeñas manos.—No tengo más remedio que obedecer. La señora lo manda.

—¡No, por Dios! ¡Concha, no, por Dios!—respondía entre sollozos la criatura.—Te quiero mucho... y a madrina también... Si no me pegas te he de dar mi caja de muñecas...

—¿De veras?—dijo dulcificándose.

—Sí, ahora mismo si la quieres.

—¿Y el estuche de costura?

—También.

—¿Y el armarito de espejo?

—Sí, el armarito también.

Concha hizo ademán de vacilar. La niña la miraba con ojos ansiosos.

—¿Y me prometes ser buena siempre?

Sí, le prometía ser buena siempre.

—¿Nunca más escaparte?

—Nunca.

—Bueno—dijo con tono cariñoso y condescendiente;—pues si prometes ser buena y formal, y no se lo dices a la señorita, y me das además todo eso que dices, entonces... entonces... ¡arrea, chico!

En un instante le alzó la ropa y comenzó a azotarla despiadadamente, riendo como una loca del engaño.

Los alaridos de la niña subieron hasta el piso segundo. La esposa del maestrante estaba frente al espejo, arreglándose provisionalmente el pelo. Se detuvo. Un estremecimiento singular corrió por su carne, cierta emoción indefinible y vaga, semejante a un cosquilleo, que no podría decir con seguridad si era de placer o de dolor. De todos modos, algo que refrescaba aquel ardor insufrible que los vapores de la ira habían levantado en su pecho. Permaneció inmóvil hasta que los gritos cesaron. Los ojos brillaban, el pulso latía con más celeridad. Así se dice que el corazón de la fiera palpita a la vista de su víctima.

Fue el comienzo de los martirios de la niña. Con los pretextos más fútiles comenzó a infligirle castigos crudelísimos, demostrando tan rica fantasía que para sí la hubieran querido los sayones del Santo Oficio. No sólo la golpeaba bárbaramente por los motivos más inocentes, y la pellizcaba y la mordía, sino que se gozaba en tenerla en continuo sobresalto bajo el temor de espantosos suplicios, en hacerle padecer de día y de noche. Obligábala a salir descalza por el jardín en las mañanas más crudas para buscarle una flor, o bien la tenía con la cabeza al sol horas enteras, haciendo la guardia, para que los pájaros no picasen una planta de grosella. Hacíala dormir en el suelo al lado de su cama, y varias veces durante la noche le mandaba levantarse y bajar a la cocina por agua. Reducíala a comer los manjares que sabía no le gustaban y la privaba de los que apetecía.

A medida que corrían los días su saña y crueldad iban en aumento. Al principio tomaba pretexto de cualquier descuido de la niña para atormentarla. Luego no se fijó en esto: lo hacía cuando tropezaba con ella o cuando el cuerpo se lo pedía. Uno de los martirios de su exclusiva invención fue pincharla las manos con un alfiler, y tanto le gustó que en pocos días las tuvo llenas de picaduras: apenas había sitio donde poner otra. Esta tarea ferocísima solía encargarla a su verdugo de órdenes, Concha, quien la desempeñaba a conciencia. Obligábala a estudiar de memoria largos trozos del catecismo a sabiendas de que era superior a sus fuerzas. En cuanto tropezaba tres veces le decía:

—Ve a pedir un beso a Concha.

Ésta era la frase que por irrisión había inventado para que la criatura fuese a recibir el castigo del alfiler.

No la consentía mudarse la ropa interior. Al poco tiempo la miseria comenzó a roer la piel delicada de la niña. Viéndola rascarse, Concha se enfurecía, la apellidaba sucia, piojosa y la arrojaba a empellones de la estancia. Todavía más. La microscópica doncella, con anuencia de su ama, le obligaba a ponerse zapatos antiguos que le estaban chicos y que le producían llagas y vivos dolores.

Uno de los más terribles martirios que la niña padecía era cuando Amalia se encaprichaba en que no llorase. Unas veces la dejaba gritar y gemir bajo los golpes: parecía que se gozaba en las lágrimas de la criatura, en oír sus ardientes súplicas repetidas entre sollozos; pero en ocasiones se empeñaba en que sufriese en silencio. Como esto no podía ser, se exasperaba, se ponía loca como una fiera hambrienta.

—¡Calla!

La niña no podía; dejaba escapar un gemido.

—¡Calla!—repetía, acompañando la orden de algunos golpes.

Josefina trataba de callar, hacía esfuerzos desesperados por conseguirlo; pero la respiración ansiosa se escapaba a su pesar, produciendo un gemido. Más golpes.

—¡Calla o te mato!

La criatura apretaba con toda su fuerza la boca, suspendía el aliento, se ponía lívida, y algunas veces caía privada de sentido. Aquel tierno corazón se rompía falto de desahogo.

En estos momentos Amalia experimentaba una sensación diabólica, mezcla de placer y de dolor, algo semejante a lo que sentimos cuando nos sajan una postema. Su postema era aquella desalmada pasión, mezcla de amor, de lubricidad, de soberbia y de rabiosos celos. No pudiendo devolver a su ex-querido tanta cruel mordedura como desgarraba su pecho, saciaba el apetito de venganza en el fruto de sus amores. Cuando tenía la niña a sus pies ensangrentada y temblorosa, en sus miradas de angustia, en sus gestos, en el timbre de su voz creía ver al amante humillado y suplicante, y sentía un áspero goce que hacía brillar sus ojos y dilataba las ventanas de su nariz. Josefina era un retrato en miniatura de Luis. Mientras fue dichosa, su fisonomía movible y risueña, el alegre brillo de sus ojos hacía que no se pareciese tanto; pero ahora la desgracia y el dolor habían impreso en su mirada una melancolía profunda y en los rasgos de su rostro cierta expresión de fatiga, que eran las dos cosas que caracterizaban principalmente el semblante del conde de Onís. Cuando aquellos hermosos ojos azules se volvían hacia ella dulces y resignados, cuando aquellos labios rojos se plegaban demandando perdón, la valenciana sentía correr por su cuerpo marchito un estremecimiento de voluptuosidad, algo que le recordaba los goces que su amor adúltero le había hecho experimentar.

Después de todo, en ella no había envejecido nada, nada más que aquel rostro que se empeñaba en ajarse y aquella cabeza que producía con horrible feracidad cabellos blancos. La carne de su cuerpo, su pecho, sus brazos, sus espaldas, conservaban la misma tersura de alabastro, el mismo brillo adorable, sello de una raza fina y hermosa. Palpábase, buscando consuelo, con sus manos secas y hallaba la misma suavidad y frescura. Aquella carne no se había marchitado. Bajo ella palpitaba la juventud, circulaba una sangre ardiente, ávida de goces, devorada por la creciente necesidad de las embriagueces del amor.

Y sin embargo, todas aquellas cosas deliciosas se habían huido para siempre; la novela de su vida, la que había embellecido su existencia sombría en los últimos años, había llegado al último capítulo. ¡Era una vieja! Asunto concluido. A este pensamiento, que se le introducía en el cerebro como un hierro candente, sentíase acometida por una necesidad animal de gritar, de rugir, de destrozar. Era en tales momentos cuando la niña padecía los más crueles castigos, cuando su frágil existencia corría verdadero peligro.

El miedo fue otro de los padecimientos que le infligía a menudo. En las altas horas de la noche hacíala levantarse y la enviaba a las habitaciones extremas de la casa en busca de cualquier objeto. La niña tornaba pálida, temblorosa, sudando de angustia. A veces era tanto su temor, que dejaba caer la palmatoria y volvía corriendo arrojando gritos. Amalia se enfurecía entonces, la pellizcaba, la golpeaba, pretendiendo que fuese otra vez al sitio designado. La criatura se dejaba martirizar y se hubiera dejado matar antes de hacerlo. En una de estas ocasiones le dijo sonriendo ferozmente:

—¡Ah! ¿Conque la señorita es tan medrosa? Está bien, yo me encargo de curarte la enfermedad.

Se acordaba de la impresionabilidad extraordinaria, de los terrores nocturnos que avergonzado le había confesado Luis en momentos de expansión. Principió a darle sustos terribles. Tan pronto se escondía detrás de una puerta y le gritaba fuertemente al pasar, como la cogía descuidadamente y la apretaba el cuello. Otras veces tomaba un cuchillo y le decía que iba a morir, le ordenaba que se bajase la camisa para degollarla mejor. Esto último no producía tanto efecto como pensaba. Josefina inconscientemente apetecía la muerte, que la libertaría de tanto martirio. Para mejor «quitarla el miedo,» entre Concha y ella inventaron una siniestra farsa capaz de aterrar a un hombre valeroso, cuanto más a una niña de seis años. Vistiéronse ambas con sábanas, dejaron la habitación a media luz mientras la niña dormía, pusiéronse unas caretas de calavera, y a media noche entraron dando gritos lastimeros como almas del otro mundo. Al despertarse la criatura y ver aquellos fantasmas, quedó paralizada por el terror, tapose luego los ojos con las manos y un sudor copioso y frío bañó su cuerpo. Su corazón comenzó a dar tan fuertes golpes que se oían a distancia, dejó escapar algunos gritos ahogados y roncos; por último, llevándose las manos al pecho, se revolcó por el suelo sin sentido, presa de espantosas convulsiones.

No se le curó el miedo; en cambio le quedó desde entonces una propensión fatal a los síncopes y a los terrores nocturnos. Despertábase de improviso con señales de gran espanto, mirando fijamente a un punto del espacio, como si tuviera delante algún fantasma. El corazón le palpitaba vivamente, la frente se le cubría de sudor. En tales momentos perdía por completo la conciencia. Amalia la llamaba en vano. Sólo cuando ponía las manos sobre ella la niña lanzaba un grito de terror y metía la cabeza por el pecho.

Entre Concha y María la planchadora habían estallado, a propósito de estos castigos, serias reyertas. María era de natural compasivo y le dolían los martirios de la niña, aunque no los conocía todos, porque Amalia procuraba guardarse de los criados, exceptuando Concha. Si no era suelta de lengua, no se la mordía tampoco para censurar en la cocina la conducta de su señora.

—Querida, esto es peor que la Inquisición. No parece que estamos entre cristianos, sino entre perros judíos. Antes, tanto mimo que corrompía, y ahora, de súpito, tratan a este angelito peor que a una bestia. ¡Dígote que la cosa pasa de la raya! ¡No hay corazón para ver tanta maldad!

—Cállate, tontona, entrometida—saltó Concha.—¿Quién te da vela a ti en este entierro? Si la señora quiere enseñar a esa niña como es justo, ¿va a consultarte a ti el cómo lo ha de hacer? ¿Sabes tú tan siquiera lo que es educar niños? ¡Si la castiga allá lo tendrá de premio, que así la hará una mujer trabajadora y honrada! Algún día le dará las gracias.

—¡Sí, las gracias! Desde el cementerio se las dará. De un mes a esta parte la niña está desconocida.

—Bueno; ¿y a tí qué te va ni qué te viene en esto? ¿Eres tú su madre?

Tres o cuatro veces riñeron de esta suerte, llevando siempre la ventaja por su desvergüenza y mala intención la microscópica costurera. Al cabo, María, no pudiendo sufrir con paciencia aquel espectáculo, tomó la resolución de marcharse. Se presentó un día a la señora, y con la disculpa de que la plancha le hacía daño pidió la cuenta. No se le ocultó a Amalia la verdadera razón, pues tenía conocimiento de sus murmuraciones. Disimuló, sin embargo.

—Sí, hija, comprendo que el planchado te aburra. Tú no gozas de mucha salud. También yo ando malucha hace días. Tengo el sistema nervioso alterado. ¡Pelear toda la vida con un enfermo, y ahora, para rematar la fiesta, salirme esa chicuela, en quien tenía fundadas mis esperanzas, tan ingrata y perversa! No sé cómo tengo paciencia.

María vaciló un instante.

—Ya ve usted, señora... los niños son niños.

La esposa del maestrante comprendió que, si proseguía en el tema, la planchadora iba a decir algo desagradable y se apresuró a cortar la plática, pagándole su cuenta y despidiéndola con afabilidad.

No impidió esto para que la doméstica dijese en confianza, en cierta casa donde fue a servir, lo que pasaba en la de Quiñones. La noticia se fue trasmitiendo en confianza, igualmente, de unos a otros. Al poco tiempo fueron bastantes las personas que tenían conocimiento de las crueldades que con la niña se cometían.

El conde de Onís, para huir la curiosidad del público, que le molestaba sobremanera, y aún más para librarse de Amalia, se había trasladado, sin decir nada a ésta, hacía ya cerca de un mes a la Granja. Su madre le había acompañado. No había escrito a su ex-querida, aunque todos los días pensaba hacerlo, para darle cuenta de su resolución. Tanto era el temor que la valenciana había llegado a inspirarle, que la pluma caía de sus manos cada vez que la tomaba para noticiarle su matrimonio. Y dejaba pasar los días en continua vacilación, pensando con inquietud en la ira que de ella se apoderaría, esperando, como todos los débiles, en que algún acontecimiento imprevisto le sacase del compromiso. Aquel modo de romper las relaciones, sin riña, sin convenio, sin explicación alguna, era realmente original, pero muy propio de su carácter. Nada sabía de los martirios de su hija. No obstante, cuando pensaba en ella sentía repentino desasosiego, alterábanse sus nervios, y se ponía a dar vueltas por la estancia con visible agitación. Un vago y triste presentimiento le oprimía el corazón. El amor frenético que consiguió inspirarle Fernanda le había hecho olvidarse un poco de Josefina. En ciertos momentos se reprendía a sí mismo con amargura; pensaba que aun casado con Fernanda no alcanzaría la felicidad si no podía ver a su hija todos los días. Bien entendía que era esto imposible continuando en poder de Amalia. Por eso soñaba con arrebatársela: imaginaba con placer desatinados proyectos de rapto: huir con ella y con Fernanda a cualquier rincón del mundo tranquilo y ameno.

Acaeció que en uno de estos días de vacilaciones para el conde, fue por la mañana a casa de Quiñones Micaela, la más nerviosa y violenta de las cuatro ondinas del Jubilado. Fue con objeto de pedir consejo a Amalia acerca de un vestido que tenía en proyecto para el próximo baile del casino. Apesar de sus treinta y pico, aún seguía tendiendo redes al sexo masculino. Las visitas a estas horas eran raras; pero como la noble familia del Jubilado mantenía tan íntima relación con la señora, no vaciló la criada en pasarla al gabinete de arriba, donde aquélla se hallaba.

—Qué importuna, ¿verdad? Querida, es la hora en que se la puede a usted pillar sola—entró diciendo con la graciosa volubilidad que caracterizaba a los juveniles vástagos de Mateo.

Amalia la recibió cordialmente, pero mostrando cierta sorpresa e inquietud que Micaela no observó. Entraron en materia enseguida. La cuestión de trapos embargó por completo sus espíritus. Amalia llevó a su amiguita hacia el balcón. Pero no habían hablado muchas palabras, cuando ésta creyó percibir un débil gemido en la misma estancia. Volvió la cabeza y vio allá en un rincón a Josefina de rodillas y amarrada codo con codo al tocador, de tal suerte que le sería imposible levantarse sin alzar el pesado mueble, cosa muy superior a sus fuerzas.

Amalia se apresuró a dar una explicación.

—Esta chiquilla se está haciendo tan mala, que me veo precisada a atarla para que se esté quieta. Ayer ha mordido un dedo a la costurera; ahora acaba de romper un espejo. ¡No hay paciencia para sufrirla!

Micaela, a quien aquel castigo repugnaba, calló. Siguió la esposa de Quiñones hablándole con afectada indiferencia de su vestido; mas apesar de lo mucho que el tema debía de interesarla, la joven se mostraba bastante distraída y lanzaba frecuentes ojeadas a la niña.

Dejó ésta escapar otro gemido. Su madrina se volvió con mal reprimida cólera.

—¿Quieres callar, eh? ¿quieres callarte?

Y la miró un buen rato con extraordinaria fijeza.

Volvió a anudar la plática, pero en su voz se notaba leve alteración. Micaela estaba más y más distraída. La indignación le iba subiendo hacia la garganta, y hubiera concluido por hacer alguna desagradable advertencia a su amiga si la chica no se hubiera quejado de nuevo.

—Vaya, está visto que no nos has de dejar en paz—dijo la dama haciendo esfuerzos por sonreír.—Habrá que darte suelta.

Fue allá y la desató, empleando en ello bastante tiempo; la cuerda daba tantas vueltas alrededor de su pequeño cuerpo como si fuese un baúl liado. Mas al tiempo de levantarse la niña, no pudo. Sin duda hacía algunas horas que estaba en aquella dolorosa postura; los músculos, se habían anquilosado.

—¡Arriba zancas!—dijo bromeando, mientras la ayudaba a levantarse.

Micaela observaba la escena con estupor; relámpagos de ira cruzaban por sus ojos.

—No te gustaba la posturita, ¿eh? Pues, hija mía, si quieres no volver a ella hay que ser buena y obediente, ¿verdad, Micaela?

Ésta no despegó los labios, cada vez más fosca, apesar de la sonrisa melosa que contraía el semblante de la valenciana.

—Bueno—prosiguió, acariciando la rubia cabeza de la niña,—ya estás perdonada, pero ¡cuidado con hacer maldades! Vete abajo y pídele un beso a Concha.

La niña, al oír estas palabras, se puso densamente pálida, permaneció inmóvil algunos momentos, y al fin se dirigió a la puerta con paso vacilante. Antes de llegar a ella, Micaela, que la seguía atentamente con la vista, observó que llevaba los ojos cubiertos de lágrimas. Amalia reanudó la conversación de trapos.

No se habían pasado tres minutos cuando llegaron al gabinete, lejanos y apagados, los gritos de la niña. Micaela se estremeció; inclinó la cabeza hacia la puerta para escuchar mejor. Amalia alzose vivamente de la silla y fue a cerrar la puerta. Los gritos dejaron de oírse, pero la nerviosa joven tampoco oyó ya las palabras de Amalia. Un gran desasosiego se apoderó de ella; subíanle vapores a la cara y al pensamiento atroces deseos de desvergonzarse con aquella malvada, de llamarla judía, bribona, infame. Todo lo que pasaba en aquella casa se le representó de golpe. Los celos primero, después la noticia del matrimonio de Luis cayendo como una bomba, luego la venganza miserable, en la hija, del abandono del padre. Conocía bien el carácter rencoroso de la valenciana. Pero ¿qué adelantaría con injuriarla en aquel momento? Producir un grave escándalo y que la arrojasen de la casa. Micaela, apesar de su temperamento violento, tenía un corazón compasivo. Lo que más la preocupó fue el hacer algo en favor de la infeliz criatura. Y tuvo serenidad suficiente para disimular un poco y pensar que el mejor partido era decírselo todo inmediatamente al conde, quien seguramente ignoraría tan ruin venganza. Procuró terminar cuanto más pronto y se despidió sin poder ocultar enteramente su turbación.

Cuando se vio en la calle sintió la necesidad de desahogar su pecho. Pensó en María Josefa, que vivía allí cerca y que profesaba a la niña expósita tierno cariño. Entró en su casa agitada, trémula, y antes de pronunciar palabra dejose caer en un sofá, dándose aire con la punta de la mantilla.

—¡Uf! Me ahogo... ¡No sabes lo que me acaba de pasar! ¡Es una infame, una malvada que tiene que arder en los infiernos! Siempre lo he dicho y las tontas de mis hermanas no quieren creerme. ¡Es muy perversa esa tísica! Tiene el corazón de una hiena.

—¿Pero qué hay?—preguntó con asombro, muerta de curiosidad, la sagaz jamona.

Entonces la nerviosísima hija del Jubilado le relató, tartamudeando por la ira, la situación en que había hallado a Josefina, la palidez de la niña después de la extraña invitación de su madrina, los gritos que había escuchado como si la estuvieran dando tormento. María Josefa unió inmediatamente sus imprecaciones a las de la joven. Sacaron a relucir todos los testimonios de maldad que conocían de la esposa del maestrante y resolvieron dar parte de lo que ocurría al conde, aunque averiguándolo antes con más pormenores. Para ello, aquella misma tarde, se pusieron al habla con María la planchadora, que hacía algunos días había salido de casa de Quiñones. Al principio ésta, por temor a las consecuencias, se manifestó reservada. Concluyó, no obstante, por dar suelta a la lengua y referirles las mil iniquidades que la señora de Quiñones cometía con la niña recogida. Quedaron horrorizadas. Pensaron en dar parte al juzgado, pero sobre enemistarse por completo con la fiera valenciana (lo que, dicho sea en honor suyo, no les preocupaba gran cosa en tales momentos), comprendían que sería de escaso o ningún resultado. Los Quiñones eran la gente más poderosa de la población; D. Pedro, jefe del partido gobernante, en la provincia; las autoridades, hechura suya o sometidas a su influencia. Todo se taparía enseguida y quedaría como antes. Lo mejor era dirigirse al conde. Pero éste se hallaba a la sazón en la Granja. Además, aunque todos, o casi todos, supiesen el secreto de la niña, no era posible darse por enterados. Después de algunos debates decidieron escribirle la siguiente carta, firmada solamente por María Josefa: «Sr. Conde de Onís. Mi estimado amigo: Con la debida reserva le comunico que la niña recogida por nuestros amigos los señores de Quiñones, y por quien tanto nos interesamos todos, es objeto en aquella casa de crueles tratamientos. Creo que tenemos el deber de intervenir para que cesen. Usted me dirá lo que debe hacerse y que a mí como mujer no se me alcanza. Si quiere conocer los pormenores del martirio de la criatura diríjase a la criada María que hace algunos días dejó de servir en casa de D. Pedro. Suya afectísima amiga, María Josefa Hevia

Luis arrugó la carta entre sus manos crispadas. Toda la sangre se le agolpó a la cara. Sin darse cuenta de lo que hacía salió de casa y casi a la carrera tomó la carretera de Lancia, llegando a ésta en pocos minutos. Aquel vago y terrible presentimiento que sentía realizábase al fin. Amalia se vengaba ferozmente. El sentido oculto de la carta era ése: se dirigían a él como padre de Josefina y causa de su desdicha. No sabiendo qué partido tomar, fue a su casa para reflexionar. Sólo había en ella una criada vieja cuidándola. De ésta se valió para averiguar dónde estaba María y pasarle un recado a fin de que viniese a verle. No se equivocó la planchadora sobre el objeto de tal llamamiento. En cuanto le fue posible acudió a la cita, y después de hacerle prometer que no haría uso de su nombre para nada, le dio cuenta circunstanciada de los trabajos que estaba pasando la inocente niña. Escuchábala pálido, desencajado, sin poder reprimir los violentos y frecuentes golpes de su corazón. Cuando llegó a narrarle ciertos odiosos y terribles pormenores, el conde principió a dar vueltas por la estancia como fiera enjaulada, a mesarse los cabellos, a arañarse la cara, lanzando rugidos de coraje.

Al quedarse solo, mil ideas, todas desatinadas, se le atropellaron en la mente. Quería entrar a viva fuerza en casa de Quiñones y llevarse a su hija; quería retorcer el cuello a aquella vil mujer; quería decírselo todo a D. Pedro; quería dar parte al juez y meter en un calabozo a la infame. Afortunadamente sus accesos eran tan violentos como cortos. Vino el abatimiento, el llanto. Corrió a casa de su prometida y le contó sollozando lo que ocurría; se confesó con ella por vez primera. La buena Fernanda unió sus lágrimas a las de él, enternecida por la suerte de la infeliz criatura y por el dolor de su amado. Larguísimo rato pasaron comentando los terribles sucesos y buscando medios de conjurar aquella ruin venganza. Fernanda logró, al fin, persuadirle a que apelara a medios suaves. Pensar en conseguir algo por la fuerza era insensato. El conde, ni aun confesando su falta, tenía derecho alguno sobre la niña. Provocar un escándalo era inútil. Acudir a los tribunales, lo mismo. Ningún criado se atrevería a declarar contra su ama, y las cosas quedarían peor que antes. Al fin el conde se decidió a escribir una carta a su antigua amante.

«En este momento acaban de decirme que nuestra Josefina, nuestra adorada Josefina, está padeciendo martirios increíbles de tu mano. Creo que es una vil calumnia. Conozco tu genio, que es vivo y fogoso, pero noble. No puedo atribuirte semejante cobardía. Te escribo solamente para cerciorarme de que esta angelical criatura sigue siendo el encanto de tu vida. Si no fuese así, dímelo y buscaremos un medio de que pase a mi poder. Te supongo enterada del paso que voy a dar. No quiero decirte nada. Era inevitable más tarde o más temprano. De todos modos puedes estar segura de que mi remordimiento está endulzado por el recuerdo dulcísimo de los años que te he amado. Adiós. Escríbeme alguna palabra amable.»


XIV

La capitulación.

Josefina se demacraba. Sus mejillas tenían la palidez de la cera. En sus ojos, de mirar suave y apacible, se notaba constantemente el extravío del terror; en torno de ellos el sufrimiento había trazado un círculo violáceo. Hablaba muy poco, no reía jamás. Cuando la dejaban en paz, sentábase en cualquier rincón y permanecía inmóvil mirando a un punto fijo, o bien se acercaba al balcón y escribía en los cristales con el dedo.

A veces, a despecho de tanto dolor, la naturaleza infantil revindicaba sus derechos. Veía al gato acercarse lentamente a ella con el rabo derecho, el espinazo arqueado, solicitando sus caricias con débil ronquido. Dejábase caer en el suelo, le llamaba, le traía hacia sí y principiaba a pasearle las manos por el lomo, a rascarle la cabeza y hacerle cosquillas debajo del cuello, murmurándole al mismo tiempo en el oído palabras de cariño, un gorjeo mimoso que el animal acogía con espasmos de voluptuosidad. «Te quiero, te quiero. Tú eres muy bueno. ¿Verdad que eres bueno? Ya no me arañas como antes. ¿A quién quieres más en la casa? ¿Di, rico? ¿Quién te ha dado una sardina ayer? ¿Quién te pone el platito con leche todos los días? Y si pudiese darte siempre pescado también te lo daría, porque sé que es lo que más te gusta, ¿verdad, rico mío? Pero no has de robar nada; ya sabes que te pegan. No orines más en la cama de Manín. Mira que te va a matar; lo ha dicho el otro día en la cocina. Y coge muchos ratones para que madrina te quiera y no te echen de casa.»

El gato, extasiado, susurraba allá en el fondo de la garganta mil síes complacientes, y se frotaba contra ella cada vez más acaramelado y pegajoso. Tendíase la niña boca arriba llevándole abrazado, le apretaba contra su pecho, le besaba, y a veces, olvidada de sus martirios, derramaba lágrimas de ternura. Pero cualquier rumor en la habitación contigua le hacía levantarse sobresaltada con el espanto en los ojos, arrojaba el gato lejos de sí y esperaba inmóvil lo que viniera. Casi siempre algún castigo cruel.

—¡Pícara, así ensucias los vestidos arrastrándote por el suelo! ¡Aguarda aguarda!

Por efecto de los continuos miedos que experimentaba contraíase con fuertes movimientos irregulares su vejiga y hacía que involuntariamente se le escapase en muchas ocasiones la orina. Esto era lo que ponía fuera de sí a la irascible Concha. Si notaba en el suelo (porque la ropa sólo muy rara vez se la veía) signos de aquella debilidad, encrespábase como una hiena.

—¡Gorrina, indecente! Parece mentira que la señora mantenga en su casa este bicho asqueroso. Si fueses cosa mía, te desollaba viva.

Pero aunque no era cosa suya, procedía como si lo fuese: la desollaba a azotes. Una vez su furor fue tan grande que, cogiéndola por las orejas, le higo lamer el suelo mojado.

La hora más terrible para la criatura era la de las lecciones. Amalia se las señalaba por la mañana temprano; grandes trozos de la historia sagrada y de la gramática. Josefina se retiraba a un rincón y hacía esfuerzos desesperados por retenerlos en la memoria. Un poco antes de comer, Concha, que era la encargada de tomárselas, se sentaba en una silla, sacaba la famosa ballena y, con ella en una mano y el libro en la otra, daba comienzo a sus funciones pedagógicas. Cada tropiezo, cada palabra que la niña olvidaba costábale un ballenazo en la cara, en el cuello o en las manos. Y como su memoria no era bastante fuerte, y por otra parte el miedo se la obstruía, aquello era un incesante machaqueo.

Aún peor si se las tomaba su madrina. Concha era fríamente cruel; no levantaba la mano sino cuando cometía la falta, como una máquina de castigar. Pero Amalia a los pocos momentos se ponía nerviosa, el llanto de la niña excitaba sus sentidos, entraba en furor como una pantera hambrienta, y concluía por golpear frenéticamente hasta que la dejaba trémula y ensangrentada a sus pies.

Desde la carta del conde había aumentado, si era posible, su odio a la criatura; la trataba aún más despiadadamente. Herida en lo más vivo de su orgullo por aquella diplomacia fría, protectora, insultante que en su sentir respiraban las palabras de su antiguo amante, vomitaba la rabia de su corazón sobre la hija. Además, la idea de que Luis tenía noticia de aquellos martirios, y le dolían vivamente era aliciente mayor para prodigarlos. ¡Que sufriese ella, que sufriese él, el vil, el pérfido, que había gozado de su juventud, y cuando la halló vieja la arrojó como un trapo sucio a la barredura!

En uno de estos días de profunda y rugiente cólera la vida de Josefina corrió inminente peligro. A la hora de costumbre fue llamada al comedor para dar sus lecciones. Concha se acomodó en su silla y con no disimulado regodeo sacó del pecho la fatal ballena. Aquel día le pedía el cuerpo un razonable desahogo de golpes. La niña se acercó a ella temblando como siempre y le entregó los libros. Y ya comenzaba a recitar con labio balbuciente un capítulo de la historia sagrada cuando vino a interrumpirlas Manín. Entró con su eterna chaqueta verde, calzones cortos, su gran calañés mugriento, haciendo temblar el piso con los zapatones claveteados. A esta indumentaria, arcaica ya en la provincia, debía gran parte de su notoriedad y la fama de terrible cazador de osos que había tenido. Entró con la cabeza gacha como siempre y, espatarrándose bajo el dintel de la puerta, preguntó:

—Concha, ¿no habrá de qué, que comer, por ahí?

—¿Tanto te aprieta la gazuza, Manín?—respondió la costurera riendo.

El aldeano abrió desmesuradamente la boca para reír también.

—Así Dios me salve, no puedo aguantar un menuto más. Toos parecéis frailes descalzos en esta casa; no vos entra la gana más que cuando suena la hora.

—Voy, voy allá, grandísimo tragón, roedor—dijo Concha posando sobre la silla el libro y la ballena y dirgiéndose con paso petulante hacia el aparador.

Se entendían admirablemente. La costurera era arisca, cruel, intratable; pero el mayordomo sabía recabar de ella las pocas migajas de buen humor que tenía en el cuerpo. La requebraba brutalmente, la pellizcaba al pasar, le decía mil groseras desvergüenzas para que las comprendiera al revés. Y la microscópica doncella, que no era gentil ni bonita y en quien las asperezas del carácter habían sofocado todo germen de coquetería, trasformándola en sacerdotisa del dolor, en una euménida fatal y despiadada, se dejaba festejar complacientemente por aquel bruto. Le hacía gracia su osadía, su rudeza, su glotonería y el modo insolente y despreocupado que tenía de tratar a todo el mundo, incluso al alto y poderoso señor de Quiñones. Manín era un solemnísimo bellaco. Con aquella grosería soez, el porte de atrevido cazador de fieras y su estrafalario arreo había sabido vivir muy regaladamente en este mundo, sin encallecer las manos, ni quebrarse los lomos allá en su aldea con las faenas de la labranza.

Sacó la costurera un plato de carne fiambre y lo puso sobre el hule de la mesa, sin servilleta ni cosa que lo valga; después cortó a la mitad un pan y lo dejó, con la imprescindible botella de vino blanco y el vaso, al lado de la carne. El cazador de osos comenzó a devorar. Concha sentose de nuevo, y la niña, acercándose, repitió las palabras que ya había pronunciado. A los pocos momentos ¡zas! un ballenazo y un grito de dolor. Inmediatamente otro golpe y otro grito. Y así sucesivamente. La costurera estaba encantada al notar que la chiquilla tropezaba más que otras veces. Manín engullía en silencio, volviendo sólo de vez en cuando los ojos con marcada indiferencia hacia aquella triste escena. Al poco tiempo, como por máquina, principió a murmurar a cada golpe: «¡Dale! ¡Atiza! ¡Buena fue ésa! ¡Vaya una mano!...» y otras semejantes exclamaciones.

Terminó la lección de historia sagrada. Antes de tomar la de gramática hubo un respiro. La costurera se puso a bromear alegremente con el mayordomo. Estaba de un humor angelical.

—¿Qué tal la carne?

—Rica, ¡rica de verdad!

—Lo peor es que te va a quitar el apetito para la hora de comer.

Retembló la estancia con la risotada del gañán.

—¡Eso sí! ¡A mí cualquier cosa me quita la gana! Vas a tener que meterme un hierro caliente en el agua como a la señora.

—Por la panza te lo había de meter, gran puerco.

—Mira, Concha, no me busques las cosquillas, porque aunque eres una mocita de sandunga y tienes los ojos muy picarones, y la boca como una cereza, un día te encuentras, sin saber por dónde vino, con un revés que te arrancará de cuajo esa carrerita de perlas que me estás enseñando.

—¡Calla, calla, viejote, zapalastrón! ¡Bueno estás ya para reveses! ¡Si no puedes con los calzones! ¡Si estás descuajaringado!

—Eso no lo dices tú con el corazón; por eso se te estima. Bien sabes que hay aquí dentro mucha entraña todavía (y se daba rudos puñetazos en el pecho). ¡Si te cogiera en un maizal!

—¡Como si me cogieras en la plaza del mercado! Na. Ya no tienes más que quijadas y palique.

—Y manos para apalpar la gracia de Dios—repuso el bárbaro tomando con su manaza velluda la barba de la costurera.

—¡Quita, quita! ¡Gorrinazo!

Y le pegó con la ballena un golpecito en los dedos. Volvió el gandulote a embestirla y ella a defenderse de la misma manera. Trató de agarrarla por la cintura. La doncella se levantó y corrió por la estancia, haciéndose la enojada.

—¡No me toques, Manín! Mira que llamo a la señora.

Pero él no hacía caso. La perseguía lanzando gruñidos y risotadas; abrazábala aquí, soltábala allá, recibiendo en sus carrillos, ásperos y duros como la piel de un elefante, las bofetadas de la doméstica, sin manifestar sentirlas. Crujían los muebles, retemblaba el piso, campanilleaba la vajilla de los aparadores. Y él sin cejar. Cada vez más falso y zalamerón. Sabía el pícaro que aquella mujerzuela irascible y endemoniada tenía despierta la vanidad, como todos los seres humanos, y que era de capital interés para su panza tenerla contenta. Por último, lanzando un verdadero mugido de buey, consiguió agarrarla por la cintura y alzarla en vilo. Mantúvola en alto sin esfuerzo alguno, como si fuera un chiquito de tres años.

—¿Y ahora? ¿Qué dices ahora, Zapaquilda? ¿Dónde están esos hígados? ¿Dónde esas manos? Anda, bruja, pide perdón; si no, te dejo caer como una rana—bramaba el cazurrón, zarandeándola en el aire.

—¡Déjame, Manín! ¡Déjame, burro! ¡Habrá cochinazo! ¡Mira que grito!

Al fin la puso delicadamente en el suelo. La doncella, jadeante, desgreñada, frunciendo mucho las cejas para aparecer más enfadada, decía con voz anhelante:

—No tienes vergüenza, Manín. Si no fuera mirando a la casa donde estamos, te tiraba este quinqué a las narices y te las rompía, por bruto y por insolentón. A lo mejor están los criados oyendo todo esto, y ¿qué dirán? ¡Quita, quita allá! No me vuelvas a decir palabra, porque no te contesto.

—¡Eso! Grita ahora, fachendosa, después que te hice ver a Dios—roncaba Manín con sorna, mirándola de reojo y sobándose la barba.

—¡Si no te quitas de mi vista, baldragote!...—exclamaba la diminuta criada, pasándole a su despecho relámpagos de risa por los ojos.

Manín se sentó de nuevo para engullir el pan que quedaba y beber otro vaso de lo blanco. Josefina mientras tanto sollozaba en un rincón, llevándose las manos heridas a la boca, palpándose las mejillas acardenaladas por los ballenatos. Manín se dignó echar hacia ella una mirada.

—No llores, tontina, que el dolor de los zurriagazos pasará y la ciencia te quedará en la mollera para siempre—dijo cortando con su navaja un pedazo del pan y metiéndolo en la boca.—Si quieres saber mi dictamen, cuanto más te peguen más contenta debes de estar. ¿Qué serías tú si Concha no tuviese la misericordia de castigarte duro? Una chafandina que no valdría un celemín de bellotas, una bestia, salva sea la comparanza. Y ahora ¿qué serás? Una mujer pa too lo que se la pida. (Pausa mientras se corta otro pedazo de pan y lo muele, levantando un bulto como el puño en el carrillo derecho)... Anda, que si yo hubiera tenido como tú maestros que me alzasen el pellejo a correazos, no sería un burro, no me llamarían Manín, sino don Manuel, y en vez de ser un mísero súdito, andaría por ahí dándome importancia, paseando por Altavilla con las manos atrás como los señores y leyendo las gacetas en el casino. (Otra pausa y otra amputación del zoquete)... Ponte en lo justo si tienes caletre para ello. ¿Cómo quieres aprender esas cosas tan enrevesadas sin algunos lampreazos? ¿Quién aprendió daqué nunca sin azotes? Nadie. ¡Pues entonces! Si tuvieras conocimiento, criatura, darías gracias a Dios por haberte puesto una maestra que es como una gloria. Para too sirve la endina, para too tiene las manos finas y los pies listos, ¿verdá, tú?

Concha se había puesto grave otra vez, sentándose y haciendo un gesto imperioso a la niña para que se acercase. Tocábale el turno a la gramática. Aquí andaba peor todavía que en la historia, séase por la falta de memoria o porque el miedo la turbase. Comenzó el vapuleo: un ballenazo ahora y otro después y otro y otro. Manín, fiel a sus convicciones pedagógicas, aplaudía con la boca llena, cortando grave, esmeradamente, en figuras geométricas los pedazos del pan antes de conducirlos con toda solemnidad a los labios. Las faltas fueron muchas; los golpes fueron otros tantos. Pero al terminar la lección, Concha consideró que a más del castigo correspondiente a cada falta, teniendo en cuenta lo mal que la niña lo había hecho, convenía terminar con un vapuleo general que las comprendiese todas. La alzó de la silla y, blandiendo la formidable ballena, exclamó:

—Ahora, para que estudies mejor y se te despierten los sentidos, ¡toma!

Tantos y tan recios fueron los golpes, que la criatura, tratando de huir aquel martirio, se agarró con las manos crispadas a las sayas de su verdugo. Sin saber cómo, tal vez por haberse colgado inconscientemente a ellas, la cinta que las sujetaba se rompió y vinieron al suelo, dejando a la costurera solamente con la camisa. Dio un grito de vergüenza y se apresuró a levantarlas. Pero sin pararse a atar otra vez la cinta, echando una mirada de profundo rencor a la chica, salió de la estancia sujetándolas con las manos.

—¡Buena la has hecho, buena, buena, buena!—exclamó Manín, tallando con primor el bocado que iba a llevar a la boca.

La criatura, paralizada de terror, no lloraba. No le dolían siquiera las heridas. Al cabo de pocos momentos se presentó de nuevo Concha acompañada de la señora. Ésta venía sonriendo sarcásticamente.

—Por lo visto, a la señorita le gusta ahora desnudar a las doncellas delante de los hombres. Estará usted contenta, señorita, ¿no es cierto? Manín habrá visto bien por todos lados a Concha. ¿Verdad, Manín, que la has visto cómodamente?

Avanzó unos pasos. La niña retrocedió asustada.

—No tenga miedo, señorita. Tranquilícese usted, señorita. Yo no vengo aquí a azotarla. Eso de los azotes es muy antiguo. ¡Quién se acuerda ya de azotes! Sólo vengo a invitar a usted para que dé una vuelta por la cueva... la cueva de los ratones... ya sabe usted. Allí se puede entretener en desnudar alguna rata de las muchas que vendrán a visitarla... Vamos, deme usted la mano para que la conduzca con toda ceremonia.