VII
Aquella mañana, dos lazaristas que se dirigían a Tien-Hó, me habían encontrado desmayado en el camino. Y como dijo el alegre padre Loriot, «era ya tiempo»; porque alrededor de mi cuerpo inmóvil revoloteaba un negro semicírculo de esos enormes cuervos de Tartaria, contemplándome con gula.
Me trajeron al convento en unas parihuelas, y fué grande el regocijo de la comunidad cuando supo que yo era latino, cristiano y súbdito de los «Reyes Fidelísimos». El convento forma allí el centro de un pequeño pueblo católico, apiñado en torno de la maciza residencia como un caserío de siervos, al pie de un castillo feudal. Existe desde los primeros misioneros que recorrieron toda la Mandchuria. Porque nos hallábamos en los confines de la China. Más allá está la Mongolia, la «Tierra de las hierbas», inmenso prado verde obscuro, bordado de flores silvestres. Allí se extendía la inmensa planicie de los nómadas. Desde mi ventana veía negrear los círculos de las tiendas cubiertas de fieltro o de pieles de carnero; y a veces asistía a la partida de una tribu, que en filas de largas caravanas llevaba sus rebaños hacia Oeste.
El superior de los lazaristas era el excelente padre Julio.
Su larga permanencia entre las razas amarillas lo habían tornado casi en un chino. Cuando yo le encontraba en el claustro con su túnica roja, la larga coleta y sus venerables barbas, agitando dulcemente un enorme abanico, me parecía algún sabio letrado Mandarín comentando mentalmente, en la paz de un templo, el Libro sacro de Chú. Era un santo; mas olía a ajo, y este olor apartaba de él a las almas más doloridas y necesitadas de consuelo.
¡Conservo suave memoria de los días allí pasados! mi cuarto, encalado de blanco, con una cruz negra, tenía un recogimiento de celda. Me despertaba siempre al toque de maitines. Por respeto a los viejos misioneros, oía misa en la capilla; y me enternecía allí, tan lejos de la patria católica, ver a la clara luz de la mañana la casulla del padre con su cruz bordada, inclinarse delante del altar y sentir sisear en el silencio fosco del santo recinto los «Dominus vobiscum» y los «Et cum espíritu tuo».
Por la tarde iba a la escuela a admirar a los niños chinos, declinando once horas seguidas. Y, después del refectorio, paseando por el claustro, escuchaba historias de lejanas misiones apostólicas, en el «País de las hierbas», las prisiones soportadas, las marchas, los peligros, en fin, todas las crónicas heróicas de la Fe.
Yo no conté en el convento mis aventuras fantásticas; dije que era un «tourista» curioso que recorría, tomando apuntes, el mundo entero. Y esperando que mi oreja cicatrizase me abandonaba en una dulce laxitud de alma, a aquella paz del monasterio.
Mas estaba decidido a dejar bien pronto la China; ese Imperio bárbaro que ahora odiaba terriblemente. Cuando me ponía a pensar que había venido de los confines de occidente, para traer a una provincia china la abundancia de mis millones, y que, apenas llegué, fuí saqueado y apedreado, me agitaba un rencor sordo y pasaba horas enteras en mi cuarto, meditando venganzas horribles.
Retirarme con mis millones era lo más práctico y fácil.
Además, mi idea de resucitar, para bien de la China, la personalidad de Ti-Chin-Fú, me parecía ahora un absurdo, una insensatez de sueño.
Yo no comprendía las lenguas ni las costumbres, ni las leyes, ni los sabios de aquella raza ¿qué iba a hacer allí, sino exponerme por el aparato de mi riqueza, a los asaltos de un pueblo que hace cuarenta y tantos siglos que es pirata en los mares y bandido en la tierra?
Ti-Chin-Fú y su cometa continuaban invisibles, remontados ciertamente al Cielo Chino de los abuelos, y ya el aplazamiento del remordimiento visible hacíame olvidar el deseo de la expiación.
Sin duda el viejo letrado estaba fatigado de dejar sus regiones inefables para venir a reclinarse en mis muebles. Vería mis esfuerzos, mi deseo de ser útil a su prole, a su provincia y a su raza, y satisfecho, se acomodaría lo mejor posible para la eterna siesta. ¡Ya, nunca más vería su panza amarilla!
Y entonces me mordía el apetito de marchar, ya libre y tranquilo a gozar la alegría de mi oro, al Loreto o los boulevares, sorbiendo la miel de las flores de la civilización.
Mas la viuda de Ti-Chin-Fú, las mimosas señoras de su descendencia, los nietos pequeñitos... ¿los dejaría bárbaramente morir de hambre y frío en las negras viviendas de Tien-Hó? No. Esos no eran culpables de las pedradas que me tiró el populacho. Y yo, cristiano, aislado en un templo católico, teniendo a la cabecera de mi cama el Evangelio, cercado de existencias que eran encarnaciones de la Caridad, no podía partir del Imperio sin restituir a aquellos a quienes despojara, la abundancia y las comodidades honestas que recomendaba el clásico de la Piedad Filial.
Entonces escribí a Camilloff. Le contaba mi abyecta fuga, bajo las piedras del populacho; el albergue cristiano que me dieron en la Misión, y mi ferviente deseo de partir del Imperio Celeste. Le pedía que remitiese a la mujer de Ti-Chin-Fú los millones depositados por mí en casa del mercader Tsing-Fó, en la avenida de Cha-Cona, al lado del arco triunfal de Tong, junto al templo de la diosa Kaonine.
El alegre padre Loriot, que iba en misión a Pekín, llevó esta carta que yo lacré con el sello del convento: una cruz saliendo de un corazón inflamado.
Los días pasaban. Las primeras nieves albearon en las montañas septentrionales de la Mandchuria, y yo me ocupaba en cazar gacelas en el «País de las Hierbas». Horas enérgicas y fuertemente vividas las de esas mañanas, cuando yo marchaba, con el aire agreste y sano entre monteros mongólicos, que, con un grito ondulado y vibrante, ojeaban los matorrales con sus lanzas. A veces una gacela saltaba, y con las orejas bajas, estiradas y finas, partía en el filo del viento. Soltábamos el halcón que volaba sobre ella con las alas serenas, dándole a espacios regulares, con toda la fuerza de su pico curvo, picotazos en el cráneo. Y la íbamos a encontrar, por fin, a la orilla de algún charco infecto, cubierto de nenúfares. Entonces, los perros negros de Tartaria arrojábansele sobre el vientre, y, con las patas entre sangre, y con los afilados colmillos le iban descubriendo las entrañas.
Una mañana, el lego de la portería avistó al alegre padre Loriot, trepando por el camino ingente del Purgo, con su mochila al hombro y una criatura en los brazos; la había encontrado abandonada, desnudita, muriéndose a la orilla desolada de un camino. La bautizó después en un arroyo con el nombre de Bienhallado, y allí la traía, enternecido, apretando el paso, para darle pronto buena leche de las cabras del convento.
Después de abrazar a los religiosos y enjugarse gruesas gotas de sudor, sacó de los bolsillos del pantalón un sobre con el sello del águila rusa.
—Esto es lo que le manda el general Camilloff, amigo Teodoro. Está bueno, y la señora también... ¡Todos fuertes!
Corrí a un rincón del claustro a leer los dos plieguecillos. La carta decía así:
«Amigo, huésped y estimado Teodoro: A las primeras líneas de su carta quedamos consternados. Mas luego las siguientes nos llenaron de alegría, al saber que estaba con esos santos padres de la misión cristiana.
»Yo fuí al Yamen Imperial a hacer una severa reclamación al príncipe Tong, sobre el escándalo de Tien-Hó.
»Su excelencia mostró un júbilo desordenado. Porque aunque lamenta como particular la ofensa, el robo y las pedradas que mi huésped sufrió, como ministro del Imperio, ve ahí una dulce oportunidad para exigir a la ciudad de Tien-Hó, en concepto de indemnización, y en castigo de la injuria hecha a un extranjero, la importante suma de trescientos mil francos. Es, como dice Mariskoff, un excelente resultado para el Erario imperial y queda así vuestra oreja suficientemente vengada. Aquí, comienzan a picar los primeros fríos y ya estamos usando pieles. El buen Mariskoff sufre ahora del higado, pero el dolor no altera su criterio filosófico ni su sabia verbosidad.
»Tuvimos un grave disgusto: el lindo perrito de la buena señora Tagarief, la esposa de nuestro querido secretario, el adorable «Tú-Tú» desapareció en la mañana del quince. Hizo la policía averiguaciones urgentes, mas «Tú-Tú» no ha parecido, y nuestro sentimiento es mayor cuanto es sabido que el populacho de Pekín aprecia extraordinariamente estos perritos, guisados en caldo de azúcar. Ha ocurrido un hecho abominable y de funestas consecuencias; la embajadora de Francia, esa petulante madame Gujón, ese gallo enjuto (como la llama Mariskoff), en la última comida de la legación, dió, despreciando todas las reglas internacionales, el brazo, su descarnado brazo, y su derecha en la mesa, a un súbdito inglés, Lord Gordon. ¿Qué me dice usted de esto? ¿Es creíble? ¿Es razonable? ¡Eso es destruir el orden social! ¡El brazo y la derecha en la mesa a un súbdito, a un escocés de color de piedra, un mono, cuando estaban presentes todos los embajadores, los ministros y yo!
»Esto ha causado en el cuerpo diplomático, una sensación inenarrable. Esperamos instrucciones de nuestros gobiernos. Como dice Mariskoff, moviendo tristemente la cabeza, el asunto es grave—¡muy grave!—Lo que prueba (y ninguno lo duda) es que lord Gordon es el Benjamín del «Gallo enjuto». ¡Qué asco! ¡qué podredumbre!... La generala no está buena, desde que usted partió para esa maldita Tien-Hó; el doctor Pagloff no atina con el mal; es una languidez, un marchitamiento, una perenne indolencia que la tiene horas enteras inmóvil sobre el sofá, en el «Pabellón del Reposo discreto», con la mirada vaga y la boca llena de suspiros.
»Yo no me desespero; sé perfectamente el mal que la mina, es una afección a la vejiga que contrajo, a consecuencia de las malas aguas, durante nuestra estancia en Madrid... ¡Hágase la voluntad del Señor! Ella me pide que le salude en su nombre, y desea que cuando llegue usted a París, si va a París, le remita por el correo de la Embajada para San Petersburgo (de allí vendrá a Pekín) dos docenas de guantes de doce botones, número «cinco y tres cuartos», de la marca «Sol», de los almacenes del Louvre; así como las últimas novelas de Zola; «Mademoiselle de Maupín», de Gautier, y una caja de frascos de «Opoponex».
»Me olvidaba decirle que nos hemos mudado de alojamiento; dejamos la Embajada francesa para no tener relaciones con el «Gallo enjuto», y vivimos ahora en el Palacio de la Legación de Inglaterra. Estos son los inconvenientes de no tener la Embajada rusa palacio de su propiedad, a pesar de tantas reclamaciones como sobre este asunto tengo hechas a la cancillería de San Petersburgo.
»Allí saben perfectamente que en Pekín no hay palacios; que cada legación tiene el suyo propio, como importante elemento de instalación y de influencia. ¡Mas en la corte del Czar se desatienden los más serios intereses de la civilización rusa! Todo lo dicho es lo único nuevo que acontece en Pekín y en las legaciones. Recuerdos de Mariskoff, y todos los de esta Embajada, y también del condesito Arturo, el Zizí de la legación española, en fin, de todos; y yo, muy afectuosamente, le envío el testimonio de mi amistad.
General Camilloff.»
»P.S.—En cuanto a la viuda y familia de Ti-Chin-Fú hubo un engaño; el astrólogo del templo de Jagua se equivocó en su interpretación sideral; no es realmente en Tien-Hó donde reside esa familia. Es al Sur de la China, en la provincia de Cantón. Mas también hay una familia Ti-Chin-Fú más allá de la gran Muralla, casi en la frontera rusa, en el distrito de Ka-ó-li. Ambas perdieron el jefe y ambas están en la miseria. Por lo tanto, esperando sus nuevas órdenes, no retiré el dinero de casa de Tsing-Fó. Esta reciente información me la envió hoy su excelencia el príncipe Tong, con un delicioso tarro de compota de exquisitos almíbares.
»Debo anunciarle que nuestro buen Sa-Tó apareció hace días de regreso de Tien-Hó, con el labio partido y leves contusiones en el hombro, habiendo salvado solamente del saqueo una litografía de Nuestra Señora de los Dolores, que por la dedicatoria manuscrita veo que perteneció a vuestra respetable mamá.
»Mis valientes cosacos se quedaron allá en un pozo de sangre. Su excelencia el príncipe Tong me ha ofrecido pagar por cada uno diez mil francos, tomados de la suma que, en concepto de indemnización ha impuesto a la ciudad de Tien-Hó.
»Sa-Tó me dice que si usted, como es natural, vuelve a empezar sus viajes a través de la China en busca de la familia Ti-Chin-Fú, él se considera honrado y venturoso en acompañarle, con una fidelidad de perro y una docilidad de cosaco.
Camilloff.»
—¡No! ¡Nunca!—rugí con furor, estrujando la carta y monologando a largos pasos por el claustro.—¡No, por Dios o por el demonio! ¿Ir de nuevo a recorrer los caminos de la China? ¡Jamás! ¡Oh, suerte grotesca y desastrosa! ¡Dejé mi regalada vida del Loreto, mi nido amoroso de París, vengo volando como un tordo desde Marsella a Shang-Hai, sufro las pulgas de las habitaciones chinas, el hedor de las casas, la polvoreda de los caminos áridos ¿para qué? Tenía un plan que se levantaba hasta los cielos, grandioso y ornamentado como un trofeo; en él brillaban de alto abajo, toda suerte de acciones buenas, y he aquí, que de pronto lo veo caer al suelo, pieza tras pieza, convertido en furia!
Quería dar mi nombre, mis millones, y la mitad de mi lecho de oro a una señora de la familia de Ti-Chin-Fú, y no me lo permiten los prejuicios sociales de una raza bárbara. Pretendo, con el botón de cristal del Mandarín, reconstituir los destinos de China, traerle nuevas prosperidades, y me lo veda la ley imperial. Aspiro a conceder una limosna sin fin a este populacho hambriento, y corro el peligro de ser decapitado como instigador de rebeliones. Vengo a socorrer a un pueblo y la turba amotinada me apedrea. Iba, en fin, a brindar el reposo, la comodidad que alababa Confucio, a la familia Ti-Chin-Fú, y esa familia evapórase como el humo, y otras familias surgen aquí y allá vagamente, al Sur y al Oeste, como claridades engañosas.
¿Y tenía que ir a Cantón, a Ka-ó-lí, a exponer otra oreja a las piedras brutales, huir aún por caminos descampados, agarrado a las crines de un potro? ¡Jamás!
Me paré, y con los brazos en alto, hablando a las arcadas del claustro, a los árboles, al aire silencioso y frío que me envolvía:
—¡Ti-Chin-Fú—bramé,—Ti-Chin-Fú, para aplacarte hice todo lo que era racional, generoso y lógico! ¿Estás, en fin, satisfecho, letrado venerable, tú, tu papagayo gentil, y tu panza artificial? ¡Háblame! ¡Háblame!
Escuché, miré: la garrucha del pozo, en aquella hora del mediodía, chirriaba dulcemente en el patio; sobre las moreras, a lo lejos de las arcadas, se secaban sobre papel de seda las hojas de té de la cosecha de octubre; de las puertas medio cerradas del aula venía un susurro lento de declinaciones latinas.
Reinaba una paz severa, producto de la simplicidad de las ocupaciones o de la austeridad de los estudios y el aire pastoril de aquella colina, donde dormía bajo un sol blanco de invierno, el pueblo religioso. Y en aquel sereno ambiente, me pareció que descendía a mi alma, de repente, una paz absoluta.
Encendí con los dedos aún trémulos un cigarro, y dije, limpiándome una gota de sudor que corría por mi frente, estas palabras, resumen de mi destino:
—Bien, Ti-Chin-Fú está contento.
Fuí luego a la celda del excelente padre Julio; leía su breviario cerca de la ventana, saboreando confites de azúcar, con el gato del convento sobre el hombro.
—Reverendísimo padre, me vuelvo a Europa. ¿Alguno de vuestros compañeros va acaso en misión hacia Shang-Hai?
El venerable superior se caló los lentes, y hojeando un ámplio registro en letra china, murmuró así:
—Quinto día de la décima luna. Sí, el padre Anacleto va a Tien-Tsin, a hacer una novena. Duodécima luna, el padre Sánchez para Tien-Tsin también, a explicar el catecismo a los huérfanos. Sí, tendrá compañía hasta Leste.
—¿Mañana?
—Mañana. Es dolorosa la separación en estos confines del mundo, cuando las almas se comprenden bien en Jesús. El padre Gutiérrez le arreglará una buena fiambrera. Nosotros ya le amábamos como a un hermano, mi querido Teodoro. Coma un confite, son deliciosos. Las cosas están en feliz reposo, cuando se hallan en su lugar natural; el lugar del corazón humano es el corazón de Dios, y el suyo está en este asilo seguro. Coma otro confite. ¿Qué es eso, hijo mío, qué es eso?
Yo estaba colocando sobre el breviario abierto, en una página del Evangelio de la pobreza, un fajo de billetes del «Banco de Inglaterra», y balbuceé:
—Un recuerdo para sus pobres....
—Excelente, excelente.... Nuestro buen padre Gutiérrez le preparará una fiambrera superior.... «Amén», hijo mío. «In Deo omnia spes....»
Al día siguiente, montado en una mula blanca del convento y acompañado del padre Anacleto y el padre Sánchez, descendí del convento al repique de las campanas. Y allá vamos, hacia Hiang-Hiano, villa negra y amurallada, donde atracan los barcos que descienden de Tien-Tsin.
Ya las tierras a lo largo del Pei-Hó estaban todas blancas de nieve; en las ensenadas bajas el agua empezaba ya a helarse, y envuelto en pieles de carnero, alrededor de las hogueras, en la popa del barco, los buenos padres y yo íbamos conversando de los trabajos de los misioneros, de las cosas de la China, y a veces de las cosas del cielo, mientras corría de mano en mano el frasco de ginebra.
En Tien-Tsin, me separé de aquellos santos camaradas.
Y después de dos semanas, en un día de sol, me paseaba fumando un cigarro y mirando las luchas de perros en el puerto de Hong-Kong, sobre la cubierta del «Java»; que iba a levar anclas con rumbo a Europa.
Fué un momento conmovedor para mí, aquel en que a las primeras vueltas de la hélice, vi alejarme de la tierra de China.
Desde que desperté, durante aquella mañana, una inquietud sorda comenzaba de nuevo a invadir mi alma. Ahora pensaba en que había ido a aquel vasto imperio a calmar por la expiación una protesta temerosa de la conciencia, y por fin, impelido por una impaciencia nerviosa, partía, sin haber hecho más que deshonrar los bigotes blancos de un general heróico y haber recibido una pedrada en la oreja en una ciudad de los confines de la Mongolia.
—¡Extraño destino el mío!
Hasta el anochecer estuve recostado sombríamente en la borda del buque, viendo el mar liso como una vasta pieza de seda azul, doblarse a los lados en pliegues suaves; poco a poco grandes estrellas palpitaron en la concavidad negra, y la hélice en la sombra iba trabajando rítmicamente. Me paseé errante por la cubierta, mirando aquí y allí la brújula iluminada, los montones de cabrestantes, las piezas de la máquina envueltas en una claridad ardiente, golpeando con cadencia; la humareda negra que se elevaba de las chimeneas ennegreciendo el firmamento; los marineros de barba rubia inmóviles en sus puestos, y las figuras de los pilotos sobre el puntal, altas y sombrías en la noche. En el camarote del capitán, un inglés, con blanco casco a la cabeza, rodeado de damas que bebían cognac, tocaba melancólicamente en la flauta el aria de «Bonnie Dundée».
Eran las once cuando bajé a mi cámara. Las luces ya estaban apagadas; mas la luna, que se erguía al nivel del agua, redonda y blanca, hería los cristales del camarote con un rayo de claridad, y entonces, medio oculta y pálida, ví rígida sobre la hamaca la figura panzuda del Mandarín, vestido de seda amarilla con su papagayo entre las manos.
¡Era él otra vez!
Y fué él perpetuamente. Fué él en Singapore y en Ceilán. Fué él en los arsenales del desierto, cuando pasamos por el Canal de Suez; adelantándose en la proa de un barco mercante, cuando entramos en Malta, resbalando sobre las rosadas montañas de Sicilia y emergiendo de los mares que cercan el Peñón de Gibraltar. Cuando desembarqué en Lisboa, su obesa figura llenaba todo el arco de la calle Angosta, y sus ojos oblícuos y los dos ojos pintados de su cometa en figura de papagayo, parecían fijos en mí.
VIII
Entonces, teniendo la certeza de que nunca podría aplacar a Ti-Chin-Fú, pasé toda la noche en mi cuarto del Loreto, donde, como en otro tiempo, las velas que ardían en los bruñidos candelabros de plata daban a los rojos damascos tonos de sangre fresca, medité despojarme, como de un adorno de pecado, de aquellos millones sobrenaturales.
¡Y así me libraría tal vez de aquella panza amarilla, y de aquella cometa abominable!
Abandoné el palacio del Loreto, y con él mi existencia de Nabab.
Regresé a mi habitación de la casa de la viuda de Marques, y volví a la oficina a implorar mis veinticinco duros mensuales y mi dulce pluma de amanuense.
Mas un sufrimiento mayor vino a amargar mis días. Juzgándome arruinado, todos aquéllos que mi opulencia humilló, cubriéronme de ofensas. Los periódicos, con triunfal ironía, publicaron mi miseria. La aristocracia, que balbuceaba adulaciones, inclinada a mis pies de Nabab, ordenaba ahora a sus cocheros que atropellasen en las calles el cuerpo encogido del escribiente de secretaría.
El clero, a quien yo había enriquecido, me acusaba de hechicero, el pueblo me apedreaba, y la viuda de Marques, cuando me quejaba de la dureza granítica de los garbanzos, poníase en jarras y gritaba:
—¿Qué quiere usted más? ¡Aguantarse! ¡Valiente perdulario!
Y a pesar de esta expiación, el viejo Ti-Chin-Fú, estaba siempre a mi lado porque sus millones que yacían ahora intactos en los Bancos, eran, desgraciadamente, míos.
Entonces, indignado, volví a mi palacio y a mi vida de lujo. Aquella noche, de nuevo el resplandor de mis ventanas alumbró el Loreto, y por el portón abierto viéronse, como en otro tiempo, negrear con sus calzones de seda, las largas filas de lacayos decorativos.
Luego, Lisboa, sin excepción, se arrojó a mis pies. La viuda de Marques me llamó llorando: «hijo de mi corazón.»
Los periódicos me otorgaron los calificativos que, según la tradición, pertenecen a los dioses. ¡Fuí el omnipotente, el omnisciente! La aristocracia me besó los pies como a un tirano y el clero me incensó como a un viejo ídolo. Y mi desprecio por la humanidad fué tan grande, que se extendió hasta el mismo Dios que la creó.
Desde entonces, una saciedad enervante me mantuvo durante semanas enteras tendido en un sofá, mudo y terrible, pensando en la felicidad del «no ser....»
Una noche, regresando solo por una calle desierta, vi delante de mí al personaje vestido de negro, con el paraguas debajo del brazo, el mismo que en mi cuarto tranquilo y feliz de la travesía de la Concepción, me hiciera a un «tilín-tín» de campanilla, heredar tantos despreciables millones. Corrí hacia él; le agarré por la solapa des su levita burguesa, gritándole:
—¡Líbrame de mis riquezas! ¡Resucita al Mandarín! ¡Devuélveme la paz de la miseria!
El, pasó gravemente su paraguas debajo del otro brazo, y respondió con bondad:
—¡No puede ser, mi apreciable señor, no puede ser!
Yo me arrojé a sus pies haciéndole una súplica abyecta, mas sólo ví delante de mí, bajo la luz mortecina de un reverbero de gas, la forma escuálida de un perro hambriento hociqueando en el lodo.
Nunca he vuelto a encontrar a tal individuo. Y ahora, el mundo me parece un inmenso montón de ruinas donde mi alma solitaria, como un desterrado que vaga por entre columnas caídas, gime continuamente.
Las flores de mis aposentos se marchitan y nadie las renueva; la luz me parece una antorcha fúnebre, y cuando mis amadas vienen envueltas en la blancura de sus peinadores a acostarse en mi lecho, lloro, como si viera la legión amortajada de mis alegrías muertas.
Me siento morir. Tengo ya hecho mi testamento. En él lego mis millones al Diablo, le pertenecen; él que los reclame y los reparta.
Y a vosotros, hombres, os lego solamente estas palabras sin comentario: «¡Sólo sabe bien el pan que diariamente ganan nuestras manos; nunca matéis al Mandarín!»
Y, todavía al morir, me consuela prodigiosamente esta idea: que de Norte a Sur, de Oeste a Este, desde la Gran Muralla de Tartaria hasta las ondas del mar Amarillo; en todo el vasto imperio de la China, ningún mandarín quedaría vivo, si tú, tan fácilmente como yo, lo pudieras suprimir y heredar sus millones, ¡oh, lector! criatura improvisada por Dios, obra mala de mala arcilla, mi semejante, y mi hermano.
FIN
Páginas Selectas de Eça de Queiroz
(Del Epistolario de Fradique Mendes)
A CLARA....
(Trad.)
Mi adorada amiga:
No fué en la exposición de Acuarelistas, en marzo, donde tuvo conmigo el primer encuentro por decreto de los Hados. Fué en invierno, mi adorada amiga, en el baile de los Tressans. Fué allí donde la vi, conversando con Md. Jouarre, junto a una consola, cuyas luces, entre los ramos de orquídeas, orlaban sus cabellos de aquel nimbo áureo que tan justamente le pertenece como «reina de la gracia entre las mujeres». Recuerdo aún su sonreir cansado, el vestido negro con adornos de color de oro, el abanico antiguo que tenía sobre el regazo. Pasé; pero luego todo me pareció alrededor feo y enfadoso, y volví a admirar, a «meditar» en silencio, su belleza, que me atraía por su esplendor potente y comprensible y también por no sé qué de fino y espiritual, de doliente y de afable, que brillaba y venía del alma. Y tan intensamente me embebí en mi contemplación, que me llevé conmigo su imagen hermosa y entera, sin faltar un hilo de sus cabellos ni una ondulación de la seda que vestía su cuerpo y corrí a encerrarme con ella, alborozado, como el artista que en alguna obscura tienda, entre polvo y trastos, descubriese la Obra sublime de un Maestro perfecto.
Y ¿por qué no confesarlo? Esa imagen fue para mí al principio, meramente un Cuadro colgado en el fondo de mi alma, que yo a cada momento miraba para alabar, con creciente sorpresa, los encantos diversos de Línea y de Color. Era solamente una tela rara, puesta en un sagrario, inmóvil y muda en su brillo, sin otro influjo sobre mí que el de una forma muy bella que cautiva un gusto muy educado. Mi sér continuaba libre, atento a las curiosidades que hasta entonces lo solicitaban; y sólo cuando sentía el cansancio de las cosas imperfectas o el deseo nuevo de una ocupación más pura, regresaba a la Imagen que en mí guardaba como un Fra Angélico en su claustro, dejando los pinceles al concluir el día, de hinojos ante la Madona para implorar de ella descanso e inspiración superior.
Poco a poco, sin embargo, todo lo que no fuese esta contemplación perdió para mí valor y encanto. Comencé a vivir cada día más recluído en el fondo de mi alma, perdido en la admiración de la imagen que en ella brillaba, hasta que sólo esta ocupación me pareció digna de la vida, y en el mundo todo no reconocí más que una apariencia inconstante y fuí como un monje en su celda, ajeno a las cosas más reales, de rodillas y rígido en su sueño, que es para él la única realidad.
Mas no era el mío, mi adorada amiga, un pálido y pasivo éxtasis delante de su Imagen. ¡No! Era más bien un ansioso y fuerte estudio de ella, con el que yo procuraba conocer, a través de la Forma, la Esencia y (pues que la Belleza es el esplendor de la Verdad) deducir de las perfecciones de su cuerpo las superioridades de su alma. Y así fué cómo lentamente sorprendí el secreto de su naturaleza; su clara frente que el cabello descubre, tan clara y despejada, luego me contó la rectitud de su pensar; su sonrisa, de una nobleza tan intelectual, fácilmente me reveló su desdén hacia lo mundano y lo efímero y su incansable aspiración hacia un vivir de verdad y de belleza; cada gracia de sus movimientos me tradujo una delicadeza de su gusto; y en sus ojos diferencié lo que en ellos tan adorablemente se confunde, luz de razón, calor de corazón, la luz que mejor calienta la lumbre que más ilumina.... La certeza de tantas perfecciones bastaba ya para hacer doblar, en una adoración perpetua, las rodillas más rebeldes. Pero sucedió también que al paso que la comprendía y que su Esencia se manifestaba tan visible y casi tangible, descendía una influencia de ella hacia mí, una influencia extraña, diferente de todas las influencias humanas, y que me dominaba con trascendente omnipotencia. ¿Cómo lo podré decir? Monje encerrado en mi celda, comencé la convivencia con la Santa a quien me consagrara. Hice entonces un severo examen de conciencia. Investigué con inquietud si mi pensar era condigno de la pureza de su pensar; si en mi gusto no habría desconciertos que pudieran herir la disciplina de su gusto; si mi idea de la vida era tan alta y seria como aquella que yo presintiera en la espiritualidad de su mirar, de su sonreir, y si mi corazón no se dispersara y debilitara con exceso para poder palpitar con paralelo vigor junto a su corazón. Y he realizado ahora un jadeante esfuerzo para subir a una perfección idéntica a aquella que tan sumisamente adoro.
De suerte, mi querida amiga, que se tornó sin saberlo mi educadora. Y tan subordinado quedé a esa dirección, que no puedo concebir los movimientos de mi sér sino gobernados por ella y por ella ennoblecidos. Sé perfectamente que todo lo que en mí surge de algún valor, idea o sentimiento, es obra de esa educación que su alma da a la mía desde lejos, sólo con existir y ser comprendida. Si hoy me abandonase su influencia—más bien, como un asceta, debía decir su Gracia—todo mi sér rodaría sin remisión a una inferioridad. Vea, pués, cómo se convirtió usted en necesaria y preciosa para mí. Y considere que para ejercer esa supremacía salvadora, sus manos no hubieron de imponerse sobre las mías; bastó con que yo la viera desde lejos, brillando en una fiesta. Así un arbusto florece en el borde de un foso porque allá arriba, en los remotos cielos, fulgura un gran sol que no le conoce y que le hace crecer, abrirse y exhalar su poco de aroma.... Por eso mi amor alcanza ese sentimiento no descrito y sin nombre que la Planta, si tuviese conciencia, sentiría por la Luz.
Y considere también que considerando de usted como de la luz, nada le ruego, ningún bien imploro de quien tanto puede y es para mí dueña de tanto bien. Sólo deseo que me deje vivir bajo esa influencia que, emanando del simple brillo de sus perfecciones, tan fácil y dulcemente realiza mi perfeccionamiento. Sólo pido ese caritativo permiso. Vea, pues, cuán distante me mantengo en la abatida humildad de una adoración, que hasta recela que su murmurar, murmurar de preces, roce el vestido de la imagen divina....
Mas si, por acaso, mi querida amiga, segura de mi renuncia, la toda recompensa terrestre, me permitiese desarrollar junto a usted, en un día de soledad, las agitadas confidencias de mi pecho, seguramente que realizaría un acto de inefable misericordia, como en otro tiempo la Virgen María, cuando animaba a sus adoradores, eremitas y santos, descendiendo en una nube y otorgándoles una sonrisa fugitiva, o dejando caer entre sus manos levantadas una rosa del Paraíso. Así, mañana voy a pasar la tarde con Mad. Jouarre. No encuentro allí la santidad de una celda o de una ermita; pero sí casi su aislamiento; y si mi querida amiga surgiese en pleno esplendor y yo recibiese de ella, no diré una rosa, sino una sonrisa, quedaría entonces seguro de que este amor mío o este mi sentimiento indescriptible y sin nombre que va más allá del amor, encuentra en sus ojos piedad y permiso para esperar.
Fradique.
A MADAME DE JOUARRE
(Trad.)
Lisboa, junio.
Mi excelente madrina:
Hé aquí lo que ha «visto y hecho» desde mayo en la hermosísima Lisboa. «Ulyssipo pulcherrima», su admirable ahijado. Descubrí un compatriota mío de las Islas, mi pariente, que vive desde hace tres años construyendo un sistema de Filosofía en el piso tercero de una casa de huéspedes de la travesía de la Palha. Espíritu libre, emprendedor y diestro, paladín de las Ideas Generales, mi pariente, que se llama Procopio, considerando que la mujer no vale los tormentos que ocasiona, y que los ochocientos mil reis de un olivar le bastan y le sobran a un espiritualista, consagró su vida a la Lógica y sólo se interesa por la Verdad. Es un filósofo alegre, conversa sin gritar, tiene un aguardiente de moscatel excelente, y yo trepo con gusto dos o tres veces por semana a su oficina de Metafísica para saber si, conducido por la dulce alma de Maine de Biran, que es su cicerone en los viajes al Infinito, entrevió al fin oculta tras los últimos velos la Causa de las Causas. En estas piadosas visitas, voy poco a poco conociendo algunos de los huéspedes, que en ese tercer piso de la travesía de la Palha gozan de una buena vida de ciudad a doce tostones por día, fuera del vino y de la ropa limpia. Casi todas las profesiones en que se ocupa la clase media en Portugal están aquí representadas con fidelidad, y así puedo yo estudiar sin esfuerzo, como en un índice, las ideas y los sentimientos que en nuestro año de gracia forman el fondo moral de la nación.
Esta casa de huéspedes tiene encantos. La habitación de mi primo Procopio tiene una estera nueva, una cama de hierro filosófica y virginal, vistosos visillos en las ventanas, flores y pájaros por las paredes, y allí se mantiene un riguroso aseo por una de esas criadas como sólo las produce Portugal, guapa moza de Traz-os-Montes, que arrastrando sus chanclas con la indolencia grave de una ninfa latina, barre, friega y arregla toda la casa; sirve nueve almuerzos, nueve comidas y nueve cenas; pega los botones a los pantalones y a los calzoncillos, que los portugueses están continuamente perdiendo, almidona las enaguas de la señora, reza el rosario de su aldea, y aún le queda tiempo para amar desesperadamente a un barbero vecino, que está resuelto a casarse con ella en cuanto le empleen en la Aduana. (Y todo esto por tres mil reis de salario). El almuerzo son dos platos sanos y abundantes, huevos y «bifftec». El vino lo envía el cosechero, un vinillo ligero y temprano, hecho según los venerables preceptos de las «geórgicas», y semejante, de seguro, al vino de la Rethia, «quo te carmine dicam, Rethica?» Las tostadas, hechas en lumbre fuerte, son incomparables. Los cuatro cuadros que adornan la sala, un retrato de Fontez (estadista ya muerto y tenido en gran veneración por los portugueses) una estampa de Pío IX sonriendo y bendiciendo, una vista del valle de Collares y dos doncellas besuqueando a una tórtola, inspiran las saludables ideas, tan necesarias, de Orden Social, de Fe, de Paz campestre y de inocencia.
La patrona, doña Paulina Soriana, es una señora de cuarenta otoños, frescota y rolliza, con un pescuezo muy gordo, y toda ella más blanca que la blanca chambra que usa, además de una falda de seda color violeta. Parece una excelente señora, paciente y maternal, de buen juicio y de buena economía. Sin ser rigurosamente viuda, tiene un hijo, gordo también, que se roe las uñas y estudia en el Instituto. Se llama Joaquín, y por ternura Quinito; sufrió en esta primavera no sé qué grave enfermedad que le obliga a tomar interminables horchatas y baños de asiento, y está destinado por doña Paulina a la burocracia, que considera, con mucha justicia, la carrera más segura y más fácil.
—Lo esencial para un muchacho, afirmaba hace días la apreciable señora, después del almuerzo y cruzando la pierna—es tener padrinos y lograr un empleo; ya colocado, el trabajo es poco y la paga no falta a fin de mes.
Doña Paulina está tranquila acerca de la carrera de Quinito. Por el influjo (que es todopoderoso en estos Reinos) de un amigo seguro, el señor consejero Vaz Netto, hay ya en el ministerio de Obras públicas o en el de Justicia una silla de amanuense guardada, señalada, en espera de Quinito. Y como Quinito fuese reprobado en los últimos exámenes, el señor consejero Vaz Netto resolvió que en vista de que se mostraba tan desaplicado y con tan poco amor a las letras, lo mejor era no insistir en los estudios del Instituto y entrar inmediatamente en el destino....
—Sin embargo—añadió la buena señora cuando me honró con estas confidencias,—me agradaría que Quinito terminase los estudios. No es por necesidad, ni por causa del empleo, como vuestra excelencia ve; sino por gusto.
Quinito tiene, pues, su prosperidad satisfactoriamente asegurada. Por lo demás, supongo que doña Paulina le reúne un prudente peculio. En la casa, bien acreditada, hay ahora siete huéspedes, todos de confianza, estables, gastando como extraordinarios de cuarenta y cinco a cincuenta mil reis al mes. El más antiguo, el más respetado (y aquel que precisamente conozco) es Pinho, Pinho el brasileño, el comendador Pinho. El es quien todas las mañanas anuncia la hora del almuerzo (el reloj del comedor está descompuesto desde Navidad) saliendo de su cuarto puntualmente a las diez, con su botella de agua de Vidago, yendo a ocupar su silla, en la mesa, ya puesta, pero desierta, una silla especial de mimbres con un almohadón de viento. Nadie sabe de este Pinho ni la edad, ni la tierra o familia en que nació, ni su ocupación en el Brasil, ni el origen de su encomienda. Llegó una tarde de invierno en un paquebot de la «Mala Real», pasó cinco días en el Lazareto, desembarcó con dos baúles, la silla de mimbres y cincuenta latas de dulce; tomó su cuarto en esta casa de huéspedes, con ventana a la travesía, y aquí engorda risueña y plácidamente con el seis por ciento de sus inscripciones. Es un sujeto rechoncho, bajo, con barba gris, piel morena, con tonos de café y de ladrillo, siempre vestido de paño fino negro, con lentes de oro pendientes de una cinta de seda, que él, en la calle y en cada esquina, desenreda del cordón de oro del reloj para leer con interés y lentitud los carteles de los teatros. Su vida ofrece una de esas prudentes regularidades que tan admirablemente concurren a crear el orden en los Estados. Después del almuerzo, se calza sus botas de caña, alisa su sombrero de copa y se va muy despacio hasta la calle de los Capellistas, al escritorio en planta baja del corredor Godinho, donde pasa dos horas sentado junto a la ventana, con las velludas manos apoyadas en el puño del quitasol. Después se coloca el quitasol debajo del brazo, y por la calle del Oouro, con saboreada pachorra, deteniéndose a contemplar a la señora de sedas más rizadas o la victoria de arreos más lustrosos, alarga sus pasos hasta la tabaquería de Sousa, en el Rocío, donde bebe una copa de agua de Canecas, y descansa hasta que la tarde refresca. Sigue entonces por la Avenida, gozando el aire puro y el lujo de la ciudad, sentado en un banco, o da la vuelta al Rocío, bajo los árboles, con la cara alta y dilatada de bienestar. A las seis se recoge, se quita el sobretodo, se calza sus chinelas de tafilete, se pone una agradable cazadora de algodón, y come, «repitiendo» siempre de la sopa. Después del café da un «higiénico» paseo por la Baixa, haciendo paradas pensativas, pero risueñas, en los escaparates de las confiterías, y ciertos días sube al Chiado, dobla la esquina de la calle Nova da Trinidade y regatea con placidez y firmeza una entrada para el Gimnasio. Todos los viernes entra en su Banco, que es el «London Brasilian». Los domingos, al anochecer, con recato, visita a una moza gorda y limpia que vive en la calle de la Magdalena. Cada semestre recibe los intereses de sus inscripciones.
Así, toda su existencia es un pausado reposo. Nada le inquieta, nada le apasiona. Para el comendador Pinho, el Universo consta de dos únicas entidades: él mismo, Pinho, y el Estado que le da el seis por ciento; por tanto, el Universo es perfecto y la vida perfecta, mientras Pinho, gracias a las aguas de Vidago, conserve apetito y salud, y el Estado siga pagando fielmente el cupón. Por lo demás, le basta con poco para contentar la porción de Alma y Cuerpo de que aparentemente se compone. La necesidad que todo sér vivo (aún las ostras, según afirman los naturalistas) tiene de comunicar con sus semejantes por medio de gestos o de sonidos, es en Pinho poco exigente. Hacia mediados de abril, sonríe y dice desdoblando la servilleta: «tenemos el verano encima»; todos concuerdan con él y Pinho goza. A mediados de octubre se pasa los dedos por la barba y murmura: «tenemos encima el invierno»; si otro huésped disiente, Pinho enmudece porque teme las controversias. Y este honesto cambio de ideas le basta. En la mesa, con tal que le sirvan una sopa suculenta en un plato hondo que pueda llenar dos veces, queda satisfecho y dispuesto a dar gracias a Dios. El «Diario de Pernambuco», el «Diario de Noticias», alguna comedia del Gimnasio o alguna de magia satisfacen de sobra aquellas cualidades de inteligencia y de imaginación que Humboldt encontró aún entre los «botecudos». En las funciones del sentimiento, Pinho sólo pretende (como reveló un día a mi primo) «no coger una enfermedad». Con la cosa pública está siempre contento, gobierne éste o gobierne aquél, con tal que la policía mantenga el orden y no se produzcan perturbaciones en los principios y en las calles, nocivas al pago del cupón. En cuanto al destino ulterior de su alma, Pinho (como me aseguró a mí miso) «sólo desea, después de muerto, que no le entierren vivo». Aun acerca de punto tan importante, como es para un comendador su mausoleo, Pinho se contenta con poco: apenas una lápida lisa y decente con su nombre y un sencillo «Rogad por él».
Erraríamos, sin embargo, querida madrina, suponiendo que Pinho es ajeno a todo cuanto sea humano. ¡No! Estoy cierto de que Pinho respeta y ama a la humanidad; sólo que para él la humanidad en el transcurso de su vida se restringió mucho. Hombres, hombres serios, verdaderamente merecedores de ese nombre, dignos de reverencia y afecto, y de que por ellos se arriesgue un paso que no canse mucho, para Pinho sólo lo son los prestamistas del Estado. Así, mi primo Procopio, con una malicia harto inesperada en un espiritualista, contóle hace tiempo en secreto, guiñando los ojos ¡que yo poseía muchos papeles! ¡muchas pólizas! ¡muchas inscripciones!... Pues en la primera mañana que volví a la casa de huéspedes después de esta revelación, Pinho, ligeramente colorado, casi conmovido, me ofreció una cajita de dulce envuelta en una servilleta, ¡acto conmovedor que explica aquella alma! Pinho no es un egoísta, un Diógenes de levita negra, secamente retraído dentro del tonel de su inutilidad. No. Hay en él toda la humana voluntad de amar a sus semejantes y de servirlos. Pero, ¿quiénes son para Pinho sus genuínos «semejantes»? Los prestamistas del Estado. ¿Y en qué consiste para Pinho el acto de beneficio? En ceder a los otros aquello que a él le es útil. Para Pinho no hay otro bien como el uso de la guayaba, y en cuanto supo que yo era un poseedor de inscripciones, un semejante suyo, capitalista como él, no dudó, no se retrajo más de su deber humano, y practicó en seguida el acto de beneficio, y hélo aquí ruborizado y feliz, trayendo su dulce dentro de una servilleta.
¿Es el comendador Pinho un ciudadano inútil? ¡No, ciertamente! Hasta para mantener con estabilidad y solidez el orden de una nación, no hay más provechoso ciudadano que este Pinho, con su placidez de hábitos, su fácil asentimiento a todos los hechos de la vida pública, su cuenta de todos los viernes en el Banco, sus placeres escondidos con higiénico recato, su pausa y su inercia. De un Pinho nunca puede salir idea o acto, afirmación o negación que desarreglen la paz del Estado. Así, gordo, pacífico, colocado en el organismo social, no concurriendo a su movimiento, pero tampoco contrariándolo, Pinho ofrece todos los caracteres de una excrecencia sebácea. Socialmente, Pinho es un lobanillo. Y nada más inofensivo; que un lobanillo; y en nuestros tiempos, en que el Estado está lleno de elementos morbosos y de parásitos que lo chupan, lo inficionan y lo sobrexcitan, esta «inofensibilidad» de Pinho hasta puede (en relación a los intereses del orden) ser considerada como una cualidad meritoria. Por esto el Estado, según se dice, le va a conceder el título de barón. Y barón es un título que honra a ambos, al Estado y a Pinho, porque con él se rinde simultáneamente un homenaje gracioso y discreto a la Familia y a la Religión.
El padre de Pinho se llamaba Francisco, Francisco José Pinho. Y nuestro amigo va a ser hecho barón de San Francisco.
¡Adiós, querida madrina! ¡Vamos con el décimo octavo día de lluvia! Desde el comienzo de junio y de las rosas, en este país del sol sobre azul, en la tierra trigueña del olivo y del laurel, queridos de Febo, está lloviendo, lloviendo a hilos de agua cerrados, continuos, imperturbables, sin un soplo de viento que los tuerza, ni un rayo de luz que los abrillante, formando de las nubes a las calles una movible trama de humedad y de tristeza, en que el alma se agita y se rinde como una mariposa presa en las telas de la araña. Estamos en pleno versículo XVII, capítulo VII del «Génesis».
En el caso de que estas aguas del cielo no cesaran, yo deduzco que las intenciones de Jehová para con este país son diluvianas, y no juzgándome menos digno de la Gracia y de la Alianza divina que lo fué Noé, voy a comprar madera y brea y a hacer un arca según los nuevos modelos hebraicos y asirios. Y si por acaso de aquí a algún tiempo una paloma blanca fuese a batir sus alas delante de su vidriera, es que yo aporté al Havre en mi arca, llevando conmigo, entre otros animales, a Pinho y a doña Paulina, para que, más tarde, cuando hayan bajado las aguas, Portugal se repueble con provecho, y el Estado tenga siempre Pinhos a quienes pedir dinero prestado, y Quinitos gordos con quienes gastar el dinero que pidió a Pinho. Suyo ahijado del corazón,
Fradique.