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El Mandarín

Chapter 9: IV
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About This Book

A modest civil servant encounters a legendary means to inherit vast wealth by causing the distant death of a Chinese mandarin with a single gesture. He carries out the act and suddenly acquires riches, and the narrative follows the consequences that wealth brings to his conscience, relationships, and social standing. Gradually guilt, isolation, and moral unraveling replace material comfort. Through irony and satirical observation, the work probes avarice, the ethical cost of impersonal violence, and how ill-gotten prosperity corrodes identity and human bonds.

IV

«El Ceilán» tuvo un viaje monótono y lleno de calma hasta Shang-Hai. Desde allí subimos por el río Azul hasta Tien-Tsin en un pequeño «steamer» de la Compañía Russal. Yo no iba a visitar la China con esa curiosidad ociosa de turista; todo el paisaje de aquella provincia, semejante al de un vaso de porcelana, de un tono azulado y vaporoso, con colinitas peladas y de tiempo en tiempo un arbusto solitario, no me hizo salir de mi sombría indiferencia.

Cuando el capitán del «steamer», un yanki imprudente, de hocico de cerdo, al pasar por Nankin, me propuso ir a recorrer las monumentales ruinas de la vieja ciudad de porcelana, yo rechazé la proposición con un seco movimiento de cabeza, sin levantar los ojos tristes de la tranquila corriente del río.

¡Qué pesados e insoportables me parecieron los días de navegación de Tien-Tsin a Tung-Chou, en barcos chatos que apestaban como el olor y suciedad de los remeros; ora a través de las tierras bajas inundadas por el Pei-hó, ora a lo largo de pálidos e infinitos arrozales; cruzando aquí una lúgubre aldea de loma negra, allá un campo cubierto de flores amarillas, topando a cada momento con cadáveres de mendigos, hinchados y verdosos, que descendían al fondo del agua, bajo un cielo fosco y bajo!

En Tung-Chou quedé sorprendido al ver la escolta de cosacos que mandaba a mi encuentro el viejo general Camilloff, heróico oficial de las campañas del Asia Central, y entonces embajador de Rusia en Pekín. Me habían recomendado a él como un sér precioso y raro. El lenguaraz intérprete Sa-Tó, que el general había mandado para ponerse a mi servicio, me explicó que las cartas del sello imperial anunciando mi llegada, se habían recibido hacía tiempo por conducto de los correos de la cancillería que atraviesan la Siberia en trineos, desciende sobre los lomos del camello hasta la Gran Muralla tártara, y entregan allí su maleta a esos corredores mongólicos, vestidos de cuero escarlata, que noche y día galopan hacia Pekín.

Camilloff me enviaba un «poney» de la Mandchuria, enjaezado de seda, y una tarjeta de visita con estas palabras escritas con lápiz bajo su nombre: «¡Salud! ¡El caballo es blando de boca!»

Monté el «poney»; y a un «¡hurra!» de los cosacos, entre la heróica agitación de las lanzas, partimos a galope por la polvorienta planicie, porque ya la tarde declinaba, y las puertas de Pekín se cierran apenas el último rayo de sol huye de las torres del Templo del Cielo. Al principio seguimos un camino, formado por el tránsito de las caravanas, atravesado por enormes losas de mármol arrancadas de la antigua Vía Imperial. Después pasamos el puente de Palitas. Corrimos a la orilla de canales de agua negra; comenzaron a aparecer pomares y aldeas anidadas al pie de una pagoda, y de repente, en un recodo del camino, me paré asombrado.

¡Pekín estaba delante de mí! Es una vasta muralla, monumental y bárbara, de un negro obscuro, extendida hasta perderse de vista, y destacándose con la arquitectura babilónica de sus puertas de techos curvos, sobre el fondo sangriento de la púrpura del sol poniente.

A lo largo, hacia el norte, en medio de una nube rojiza, veíase, como suspendidas en el aire, las montañas de Mongolia.

Una rica litera me esperaba a la puerta de Ung-Tsen-Men, para conducirme a través de Pekín, hasta la residencia militar de Camilloff. Ahora, la muralla, vista de cerca, parecía levantarse hasta los cielos con todo el horror de una construcción bíblica.

En su base se apiñaba una confusión de barracas, feria exótica, donde pululaba una multitud rumorosa, y la luz de las linternas oscilantes salpicaba el crepúsculo de vagas manchas sangrientas. Los toldos blancos parecían al pie del negro muro bandadas de mariposas inmóviles.

Una gran tristeza se apoderó de mi alma. Entré en la litera, y cerrando las cortinas de seda escarlata bordadas de oro, escoltado por los cosacos, penetré en la vieja Pekín, por su puerta babélica, en medio de una turba tumultuosa, entre carretas, caballeros mongólicos armados de flechas, bonzos de túnica blanca, marchando uno a uno, y largas filas de dromedarios balanceando cadenciosamente su carga.

Al poco rato la litera se paró. El respetuoso Sa-Tó, descorrió las cortinas y me hallé en un jardín obscuro y silencioso, donde, entre sicomoros seculares, kioscos iluminados, brillaban con una luz suave, como colosales linternas perdidas en la selva. Los surtidores y las fuentes murmuraban en la sombra. Bajo un peristilo formado de maderos pintados de rojo, iluminado por hileras de faroles de papel transparente, me esperaba una membruda figura de bigotes blancos, apoyada en un grueso sable. Era el general Camilloff. Al adelantarme hacia él, lo hacía con el paso inquieto de las gacelas que, asustadas, huyen sin ruido entre los árboles.

El viejo héroe me apretó un momento contra su pecho y me condujo luego, según los usos chinos, al baño de la hospitalidad, una vasta pila de porcelana, donde entre rodajas finas de limón sobrenadaban esponjas blancas despidiendo un fuerte olor a lilas.

Poco después, la luna bañaba deliciosamente los jardines; y yo, muy fresco, de corbata blanca, entraba del brazo de Camilloff en el «boudoir» de la generala. Era alta y rubia, tenía los ojos verdes de las sirenas de Homero; en el descote bajo de su vestido de seda llevaba prendida una rosa blanca; y en los dedos, que yo besé respetuosamente, erraba un perfume fino de sándalo y de té.

Hablamos mucho de Europa, del nihilismo, de Zola, de León XIII, y de la delgadez de Sarah.

Por la galería abierta penetraba un aire cálido que trascendía a heliotropo. Después la dama se sentó al piano, y con su voz de contralto rompió el silencio melancólico de la ciudad tártara, cantando las picantes arias de «Madame Javart» y las melodías fatigosas del «Rey de Lahore».

Al día siguiente, encerrado con el general en uno de los dos kioscos del jardín, le conté mi lamentable historia y los motivos fabulosos que me impulsaron a venir a Pekín. El héroe me escuchaba silencioso, retorciéndose sombríamente su espeso bigote de cosaco.

—¿Sabe usted el idioma chino?—me preguntó de repente, clavando en mí sus pupilas sagaces.

—Sé dos palabras importantes, mi general: «Mandarín» y «Té».

El héroe se pasó la mano de gruesos tendones sobre la horrible cicatriz que le cruzaba la calva:

—«Mandarín», amigo mío, no es palabra china y nadie la entiende en este país. Es el nombre que en el siglo XVI, los navegantes de su patria, de su hermosa patria....

—Cuando nosotros teníamos navegantes...—murmuré suspirando. Mi interlocutor suspiró también, por cortesía, y continuó:

—...Que sus navegantes dieron a los funcionarios chinos. Viene de su verbo, de su lindo verbo....

—Cuando teníamos verbos...—interrumpí yo, por esa costumbre instintiva en los peninsulares de hablar mal de la patria.

El general entornó un momento sus ojos redondos de viejo astuto y prosiguió paciente y grave:

—De su lindo verbo mandar....» Le queda, por lo tanto, una palabra, «té». Es un vocablo que tiene gran importancia en la vida china, más lo creo insuficiente para servir en todas las relaciones sociales. Mi querido huésped pretende casarse con una señora de la familia de Ti-Chin-Fú, continuar la gran influencia que ejercía el Mandarín y substituir, doméstica y socialmente a ese llorado difunto.... Para todo eso dispone de la palabra «té». Es poco.

No pude negar que era poco. El venerable ruso, frunciendo su nariz de pico de milano, me opuso aún otras objeciones que yo veía levantarse ante mi deseo como las murallas mismas de Pekín; ninguna señora de la familia de Ti-Chin-Fú consentiría en casarse con un extranjero; y sería imposible, absolutamente imposible, que el emperador, el Hijo del Sol, concediese a un extraño los honores privilegiados de un Mandarín.

—¿Por qué me los negaría?—exclamé.—Yo pertenezco a una distinguida familia de la provincia del Miño. Soy licenciado, por lo tanto, en China como en Coimbra, soy letrado. He pertenecido a una oficina del Estado.... Poseo millones. Tengo la experiencia del estilo administrativo....

El general se iba inclinando respetuosamente ante la abundancia de mis atributos.

—No es—dijo al fin—que el emperador realmente lo rechaze; es que el individuo que lo propusiese, sería inmediatamente decapitado. La ley china, en este punto, es explícita y severa.

Bajé la cabeza abrumado.

—Mas, general—murmuró,—yo quiero librarme de la presencia odiosa del viejo Ti-Chin-Fú y de su papagayo.... Si yo entregase la mitad de mis millones al tesoro chino, ya que no me es dado personalmente, como Mandarín, aplicarlos a la prosperidad del Estado, tal vez Ti-Chin-Fú se calmase.

El general puso paternalmente su ancha mano sobre mi hombro.

—Error, considerable error, joven. Esos millones nunca llegarían al Tesoro imperial. Se quedarían en los bolsillos insondables de las clases directoras; serían disipados en plantar jardines, coleccionar porcelanas, alfombrar salones y vestir de seda a las concubinas: no alimentarían una sola piedra de los caminos públicos.... Irían a enriquecer la orgía asiática. El alma de Ti-Chin-Fú debe conocer bien el Imperio, y eso no le satisfaría.

—¿Y si yo emplease parte de la fortuna del viejo en hacer particularmente, como filántropo, largas distribuciones de arroz al populacho hambriento? Es una idea.

—Funesta—dijo el general, frunciendo horriblemente el entrecejo.—La corte imperial vería en esto una ambición política, un plan para ganar el favor de la plebe, un peligro para la dinastía.... Mi buen amigo sería decapitado.... Es grave....

—¡Maldición!—grité.—¿Entonces para qué he venido a la China?

El diplomático se encogió de hombros; mas luego mostró en una sonrisa maliciosa sus dientes amarillentos de cosaco:

—Haga una cosa. Busque a la familia de Ti-Chin-Fú.

Y añadió:

—Yo indagaré del primer ministro, su excelencia el príncipe Tong, donde pára esa familia tan interesante; después reúnalos usted, y arrójeles una o dos docenas de millones; organice para el difunto unos funerales de gran ceremonia con un séquito de una legua de largo, filas de bonzos, todo un mundo de estandartes, palanquines, lanzas, plumas, pendones encarnados y, por último, legiones de plañideras lanzando gritos lamentables. Si después de todo su conciencia no se adormece y el fantasma insiste....

—¿Entonces?

—Entonces mataos.

—Muchas gracias, mi general.


Una cosa, sin embargo, era evidente y en ello estuvieron de acuerdo Camilloff, el respetuoso Sa-Tó y la generala, que para tratar a la familia de Ti-Chin-Fú, formar en el séquito de los funerales y, en una palabra, introducirme en la vida de Pekín, era preciso, desde luego, vestirme con un traje conforme a las maneras y al ceremonial de los mandarines.

Mi faz amarillenta y mi largo bigote caído, favorecían el plan. Y cuando a la mañana siguiente, después de haber regateado con los sastres de la calle Cha-Cona, entré en la sala tapizada de seda escarlata, donde ya brillaba la vajilla del almuerzo sobre la mesa de hule negro, la generala retrocedió como si apareciese el propio Tong-Tché, Hijo del Cielo.

Yo ostentaba una túnica de brocado azul obscuro abotonada a un lado, con el peto ricamente bordado de dragones y flores de oro, encima de una sobrevesta de seda de un tono azul más claro, corta, amplia y fofa; las calzas, de satén color de avellana, descubrían ricas babuchas amarillas, pespunteadas de perlas y un poco de la media sembrada de estrellitas obscuras, y a la cintura, en una linda faja recamada llevaba metido un abanico de bambú, de los que ostenta el retrato del filósofo La-o-Tsé, y son fabricados en Lwatón; y por esas misteriosas correlaciones con que el vestido influye en el carácter, yo sentía ya dentro de mí ideas e instintos chinescos; el amor a los ceremoniales meticulosos, el respeto burocrático a las fórmulas, un abyecto terror hacia el emperador, el odio a lo extranjero, el culto por los antepasados, el fanatismo de la tradición, el gusto por las cosas azucaradas.

Alma y vientre eran por completo de un Mandarín. Así es que no dije a la generala:

«Bon jour, madame», sino que, doblado por la cintura, haciendo girar los puños cerrados sobre la frente, baja, hice gravemente el «chinchín».

—¡Está usted adorable, precioso!—decía ella con su linda sonrisa, golpeando las manos diminutas y pálidas.

En honor de mi nueva encarnación, habían preparado aquella mañana un almuerzo chino. ¡Qué gentiles servilletas de papel de seda escarlata con monstruos fabulosos dibujados en negro! La comida dió comienzo por ostras de Ning-Pó. ¡Excelentes! Me sorbí dos docenas con verdadero regalo oriental. Después sirvieron deliciosas fibras de aletas de tiburón, ojos de carnero con picado de ajo, un plato de nenúfares en compota, naranjas de Cantón, y, en fin, el arroz tradicional, el arroz de los abuelos. Todo esto con la ayuda de unas cuantas botellas de excelente vino de Chao-Chigné. Y, en fin, con qué gozo saboreé mi taza de té imperial, té de la primera cosecha de marzo, cosecha única que es celebrada como un rito santo por las manos puras de las vírgenes.

Entraron dos cantadoras, mientras nosotros fumábamos, y durante largo tiempo, entonaron con una modulación gutural viejas cántigas de los tiempos de la dinastía Ming al són de guitarras forradas de piel de serpiente, que dos tártaros, en cuclillas, rasgueaban con una cadencia melancólica y bárbara. La China tiene encantos raros.

Después, la rubia generala cantó con gracia, la «Femme a barbe»: y cuando el general marchó con su escolta cosaca hacia el Yamen del príncipe Tong, a informarse de la residencia de la familia Ti-Chin-Fú, yo, repleto y bien dispuesto, salí con Sa-Tó a ver Pekín.


La vivienda de Camilloff quedaba en la ciudad tártara, en los barrios militares y nobles. Reina allí una tranquilidad austera. Las calles semejan largos caminos de aldea surcados por las ruedas de los carros; y casi siempre se camina pegado a los muros, de donde salen ramas horizontales de sicomoros.

A veces, una carreta pasa rápidamente, al trote de un poney mogol, con altas ruedas claveteadas de clavos dorados; todo en ella oscila: el toldo, las cortinas de seda, los penachos de plumas de los ángulos; y dentro se entrevé alguna hermosa dama china, cubierta de brocado claro, la cabeza toda llena de flores, haciendo girar en las muñecas dos aros de plata con un aire de tedio ceremonioso: Después alguna aristocrática litera de mandarín, que koolíes vestidos de azul, con la coleta suelta, llevan al trote, encorvados, hacia los Yamens del Estado; precédeles un criado que levanta en el aire rollos de seda con inscripciones bordadas, insignias de autoridad; y dentro el personaje gordinflón de enormes lentes redondos, ojea sus papeles o dormita con el labio caído.

A cada momento nos parábamos para admirar las ricas tiendas con sus tabletas verdes de letras doradas sobre fondo negro; los parroquianos, en un silencio de iglesia examinan las preciosidades: porcelanas de la dinastía Ming, bronces, esmaltes, marfiles, sedas, armas, los abanicos maravillosos de Swatón; a veces una fresca joven de ojos oblícuos, vestida de azul, con amapolas de papel en la cabeza, desdobla algún rico brocado delante de algún grueso chino que la contempla beatíficamente con los dedos cruzados sobre la panza: al fondo, el mercader, aparatoso e inmóvil, escribe sobre tablillas de sándalo, y un perfume suave que entristece y perturba, brota de todas las cosas.

¡He aquí las murallas que cercan a la ciudad interdicta, morada santa del Emperador! Jóvenes de familias patricias, descienden de la terraza de un templo, donde estuvieron adiestrándose en el manejo de la flecha. Sa-Tó, me dice sus nombres: forman parte de la guardia selecta, que en las ceremonias da escolta al quitasol de seda amarilla con un dragón bordado que es el emblema sagrado del Emperador.

Todos ellos cumplimentan profundamente a un viejo de barbas venerables, con sobrevesta amarilla, privilegio de los ancianos. Iba hablando solo y llevaba en la mano una vara donde se posaban dos pájaros domesticados. Era un príncipe del Imperio.

¡Extraños barrios! Mas nada me divertía tanto como ver a cada instante en la puerta de un jardín, dos mandarines panzudos que para entrar se hacían infinitas zalemas y cortesías, sonriendo, todo un ceremonial dogmático, que les hacía oscilar de un modo picaresco sobre las espaldas las largas plumas de pavo. Donde quiera que se levantaban los ojos se veían siempre enormes cometas de papel, ora en forma de dragones, ora de cetáceos o aves fabulosas, llenando el espacio de una inverosímil legión de monstruos transparentes y ondeantes.

—¡Sa-Tó, basta de ciudad tártara! Vamos a ver los barrios chinos.

Y allí fuimos, penetrando en la ciudad chinesca por la parte populosa de Tchin-Men. Aquí habita la burguesía, los mercaderes y el populacho. Las calles alíneanse como una pauta; y en el suelo vetusto y enlotado, hecho con inmundicias de cien generaciones, aún se ven algunas de aquellas losas de mármol de color de rosa que en otra era, en tiempo de la grandeza de Ming, lo cubrían.

Forman las calles, ora terrenos pedregosos donde aúllan manadas de perros hambrientos, ora filas de chozas toscas, ora pobres tiendas con sus tabletas balanceándose en un asta de hierro.

A lo lejos se alzan los arcos triunfales hechos con barrotes de color de púrpura, ligados en lo alto por un tejado oblongo de tejas azules que brillan como esmaltes. Una multitud rumorosa y apiñada, donde domina el tono pardo y azulado de los trajes, circula sin cesar; el polvo lo envuelve todo en una nevada amarilla; un hedor acre se respira en el aire; y a cada momento largas caravanas de camellos atraviesan la multitud, conducidos por mongoles sombríos vestidos de pieles de carnero....

Fuimos hasta los caminos de los puentes sobre los canales, donde saltimbanquis semi-desnudos, con máscaras simulando demonios pavorosos, hacen destrezas con una picardía bárbara y sutil; y mucho tiempo estuve admirando los astrólogos que, vestidos con largas túnicas, adornados con dragones de papel, venden ruidosamente horóscopos y consultas de astros. ¡Oh, ciudad, fabulosa y singular!

De repente se levantó una gritería espantosa. Corrimos; era una cuerda de presos, que un soldado, de grandes lentes, empujaba con su quitasol, amarrados los unos a los otros por el extremo de la coleta. En aquella avenida vi también el cortejo de un funeral de Mandarín, todo ornado de oriflamas y banderolas; grupos de hombres fúnebres quemaban papeles en braserillos portátiles; mujeres desarrapadas aullaban de dolor revolcándose sobre los tapices; después se levantaban, y un koolí, vestido de blanco, en señal de luto, les servía el té en un gran plato en forma de ave.

Al pasar junto al Templo del Cielo, vi apiñada en una grada una legión de mendigos; llevaban por todo indumento un trapo amarrado a la cintura con un cordel; las mujeres, con los cabellos cubiertos de viejas flores de papel, roían huesos tranquilamente, y los cadáveres de las criaturas se pudrían a su lado bajo el vuelo de los moscardones. Más adelante encontramos una jaula donde un condenado extendía, a través de los barrotes, las manos descarnadas, implorando una limosna.... Después Sa-Tó, mostróme respetuosamente una plaza estrecha: allí, sobre pilares de piedra, se veían pequeñas jaulas conteniendo cabezas de decapitados, goteando sangre espesa y negra.

—¡Oh!—exclamé fatigado y aturdido.—Sa-Tó, ahora quiero reposo, silencio y un cigarro caro....

El intérprete inclinóse; y por una escalera de granito me llevó a las murallas de la ciudad, las cuales forman una explanada que cuatro carros de guerra apareados podrían recorrer durante leguas.

Mientras Sa-Tó, sentado en el hueco de una almena, bostezaba en un desahogo de «cicerone» fastidiado, yo, fumando, contemplé largo rato, a mis pies, la vasta y sagrada Pekín.

Es como una formidable ciudad de la Biblia, Babel o Nínive, que el profeta Jonás tardó tres días en atravesar. El grandioso muro cuadrado limita los cuatro puntos del horizonte con puertas de torres monumentales, que el aire azulado, desde aquella distancia, hace parecer transparentes. En la inmensidad de su recinto agloméranse confusamente verdores de bosques, lagos artificiales, canales brillantes, puentes de mármol, terrenos cubiertos de minas, tejados barnizados relucientes al sol; por todas partes se alzan pagodas heráldicas, blancas azoteas de templos, arcos triunfales, kioscos saliendo de entre el follaje de los jardines; después, espacios que parecen montes de porcelana; y siempre a intervalos regulares la mirada encuentra algunos de los bastiones, de aspecto heróico y fabuloso.

La multitud, junto a esas edificaciones grandiosas, es apenas como granos de arena negra que un viento blando trae y lleva.

Aquí está el vasto palacio imperial, entre arboledas misteriosas, con sus tejados de un amarillo de oro muy vivo. ¡Con cuánto gusto penetraría en sus secretos y vería desfilar, por las galerías sobrepuestas, la magnificencia bárbara de esas dinastías seculares!

A lo lejos se levanta la torre del Templo del Cielo, semejante a tres quitasoles sobrepuestos; después la gran columna de los Principios, hierática y seca como el genio de la raza, y delante blanquean en una media tinta sobrenatural, las terrazas de jaspe del Santuario de la Purificación.

Entonces interrogué a Sa-Tó; y su dedo respetuoso fué señalándome el Templo de los Antepasados, el Palacio de la Soberana Concordia, el pabellón de las Flores de las Letras, el kiosco de los Historiadores, brillando, entre los bosques sagrados que los cercan, con sus tejados lustrosos, azules, verdes, escarlata y de color de limón. Yo devoraba con ojos ávidos aquellos monumentos de la antigüedad asiática, lleno de curiosidad por conocer las impenetrables clases que los habitan, el principio de las Instituciones, la significación de las inscripciones, el espíritu de sus ciencias, la gramática, el dogma y la extraña visa interior de un cerebro de letrado chino. Mas ese mundo es inviolable como un santuario.

Me senté en la muralla, y mis ojos perdiéronse en la planicie arenosa que se extiende más allá de los puestos hasta los contrafuertes de los montes mongólicos; allí, airosamente, se arremolinan ondas indefinibles de polvo; y a todas horas negrean filas vagarosas de caravanas. Entonces invadió a mi alma una melancolía que el silencio de aquellas alturas, envolviendo a Pekín, hacía más desolada; era como un cansancio de mí mismo, un largo pensar de mi sentir; allí, aislado, absorto en aquel mundo duro y bárbaro. Me acordé, con los ojos húmedos, de mi aldea del Miño, la venta con un ramo de laurel colgado sobre la puerta, el banco del herrador y las riberas fresca y rozagantes cuando verdean los linos.

Era la época en que las palomas emigran de Pekín hacia el Sur. Yo las veía reunirse en bandadas por encima de mí, partiendo de los bosques, de los templos y de los pabellones imperiales; cada una llevaba, para librarse de los milanos, una cañita de bambú que el aire hacía silbar, y aquellas nubes blancas pasaban como impelidas por una brisa suave, dejando en silencio un lento y melancólico suspiro, una ondulación célica, que se perdía en los aires pálidos. Volví a casa, lento y pensativo.


En la comida, Camilloff, desdoblando su servilleta, me preguntó mis impresiones sobre Pekín.

—Pekín me hace sentir muy bien, mi general, los versos de un poeta portugués:

«Sóbalos ríos que vào
por Babylonia me achei....»

—¡Pekín es un monstruo!—dijo Camilloff, haciendo oscilar su calva reluciente.—Y ahora considere que en esta capital, a la clase tártara y conquistadora que la posee, obedecen trescientos millones de hombres, una raza audaz, laboriosa, sufrida, política, invasora. Estudian nuestras ciencias... ¿Una copita de Medoc, Teodoro?... ¡Tienen una marina formidable! El ejército que en otro tiempo creía destrozar al extranjero con dragones de papel de donde salían culebras de fuego, ¡sigue ahora la táctica prusiana y va armado con fusil de aguja! ¡Grave, muy grave!

—Y todavía, mi general, en mi país, cuando a propósito de Macao, se habla del Imperio Celeste, los patriotas se pasan los dedos por las greñas y dicen negligentemente: «Mandamos allá cincuenta hombres y barremos la China».

Después de citar esta sandez, quedamos silenciosos. El general, tosiendo formidablemente, murmuró luego, con condescendencia:

—¡Portugal es un bello país!

Yo exclamé con sequedad y firmeza:

—¡Una pocilga, general!

La generala, colocando delicadamente en el borde del plato un alón y limpiándose los dedos, dijo:

—Es el país de la canción de Mignon; el hermoso país donde florece la naranja.

El gordo Meriskoff, doctor alemán de la Universidad de Bom, canciller de la legión, hombre de aficiones poéticas, y gran comentarista, observó con respeto:

—Generala, el dulce país de Mignon es Italia: «¿Conoces tú la tierra privilegiada donde la naranja da flor?» El divino Goethe se refería a Italia, «Italia mater». Italia será el eterno amor de la humanidad sensible.

—¡Yo prefiero a Francia!—suspiró la esposa del primer secretario, una jovencita pálida de cabello rizado.

—¡Ah, la Francia!—murmuraron algunos comensales, poniendo los ojos en blanco.

El gordo Meriskoff agitó los lentes de oro.

—Francia tiene un pero, que es la cuestión social.

—¡Oh, la cuestión social!—murmuró sombríamente Camilloff.

Y conversando con tanta sabiduría, llegamos por fin al café.

Al bajar al jardín, la generala, apoyándose sentimentalmente en mi brazo, murmuró, junto a mi oído:

—Ay, ¡quién pudiera vivir en esos palacios apasionados donde verdean las naranjas!...

—¡Allí sí que se ama, generala!—le dije en secreto, llevándola dulcemente hacia la obscuridad de los sicomoros.


V

Fué necesario todo un largo verano para descubrir la provincia donde residía el difunto Ti-Chin-Fú.

¡Qué episodio administrativo tan pintoresco, tan chino! El servicial Camilloff, que se pasaba el día entero recorriendo los Yamens del Estado, tuvo que probar, primero, que el deseo de conocer la morada del viejo Mandarín no encubría ninguna conspiración contra la seguridad del Imperio, y después fué preciso que jurase que no encerraba esta curiosidad un atentado contra los Ritos sagrados. Entonces, satisfecho, el príncipe Tong permitió que se hiciese la requisitoria imperial: centenares de escribientes palidecieron noche y día, con el pincel en la mano, dibujando consultas sobre papel de arroz; misteriosas conferencias susurraron insensatamente por todos los distritos de la Ciudad Imperial desde el Tribunal Astronómico hasta el Palacio de la Bondad Preferida; y un ejército de koolíes transportaba desde la legación de Rusia hasta los Kioscos de la Ciudad Interdicta, y de aquí al Patio de los Archivos, parihuelas que crugían bajo el peso de los legajos de viejos documentos.

Cuando Camilloff preguntaba por el resultado de sus investigaciones, le contestaban satisfactoriamente que se estaban consultando los libros santos de La-o-Tsé, o que se iban a explorar viejos textos del tiempo de Nor-Xa-Chú.

Y para calmar la impaciencia bélica del ruso, el príncipe Tong remitía, con estos recados sutiles, algún substancioso presente de confites o goma de bambú en caldo de azúcar.


Mientras el general trabajaba con fervor para encontrar la familia Ti-Chin-Fú, yo iba tejiendo horas de seda y oro (así dice un poeta japonés) a los pies pequeñitos de la generala. Había un kiosco en el jardín, bajo los sicomoros, que se denominaba, al modo chino, el «Reposo discreto»; a un lado un arroyo fresco cantaba dulcemente bajo una fuentecilla rústica pintada de color de rosa. Las paredes las formaban un enrejado de bambú forrado de seda amarilla; el sol, pasando a través de ellas, proyectaba una luz sobrenatural de ópalo claro. En el centro, un diván de seda blanca, de una poesía de nube matutina, atraía como un lecho nupcial. En los rincones, en preciosos jarrones transparentes de la época de Yeng, alzábanse, con su esbeltez aristocrática, lirios escarlata del Japón. El suelo estaba todo cubierto de esteras finas de Nankín y junto a la ventana enrejada, sobre un airoso pedestal de sándalo, veíase abierto un abanico formado de varillas de cristal, que la brisa, al entrar, hacía vibrar, con modulación melancólica y tierna.

Las montañas de fines de agosto en Pekín, son muy apacibles; ya vaga en el aire una calma otoñal; a esa hora, el consejero Mariskoff y los oficiales de la legación estaban siempre en la cancillería, despachando el correo de San Petersburgo.

Yo, entonces, con el abanico en la mano, pisando sutilmente con la punta de las babuchas de satín las calles enarenadas del jardín, iba a entreabrir la puerta del «Reposo discreto»:

—¿Mimí?

Y la voz de la generala respondía, suave como un beso:

—«All right....»

¡Qué linda estaba vestida de dama china! En sus cabellos levantados albeaban flores raras, y sus cejas parecían más puras y negras avivadas con tinta de Nankín. La camisa de gasa bordada, la túnica de filigrana de oro, plegábase a sus senos pequeñitos y erectos. Largas y fofas calzas de fulard color «cadera de Ninfa», que le daba una gracia propia de serrallo, descendían sobre los tobillos finos, cubiertos de sedosas medias amarillas. Y apenas tres dedos de mi mano cabían en sus chinelitas.

Llamábase Wladimira; nació al pie de Nid-ji-Nowgorod y fué educada por una vieja tía que admiraba a Rousseau, leía a Foblas, usaba cabellos empolvados, y parecía una basta litografía cosaca de una dama galante de Versalles....

El sueño de Wladimira era vivir en París; y mientras hacía hervir delicadamente las hojas del té, me rogaba que la contase historias picantes de «cohetes», y me confesaba su culto por Dumas, hijo.

Yo le arremangaba la larga manga de la casaca de seda de color de hoja muerta, y hacía viajar mis labios devotos por la piel fresca de sus bellos brazos; y después, sobre el diván, enlazados, pecho contra pecho, en un éxtasis mudo, sentíamos las maravillas de cristal resonar eólicamente, las palomas azules arrullarse en los plátanos, y el fugitivo ritmo del arroyo murmurador....

Nuestros ojos humedecidos encontraban a veces un cuadro de satín negro por cima del diván, donde en caracteres chinos, se desarrollaban sentencias del libro sagrado de Li-Nun «sobre los deberes de la esposa». Mas ninguno de nosotros entendía el chino.... Y en el silencio, nuestros besos volvían a comenzar espaciados, sonando dulcemente y comparables (en la lengua florida de aquellos países) a perlas que caen, una a una, sobre una bandeja de plata... ¡Oh, suaves siestas de los jardines de Pekín! ¿Dónde estáis ahora? ¿Dónde estáis, hojas muertas de los lirios escarlata del Japón?


Una mañana Camilloff entró en la cancillería, donde yo fumaba amigablemente una pipa en compañía de Mariskoff y tirando su enorme sable sobre el canapé, nos contó radiante de alegría, las noticias que le había dado el penetrante príncipe Tong. Descubrióse al fin que un opulento mandarín, llamado Ti-Chin-Fú, vivía en otro tiempo cerca de los confines de la Mongolia, en la villa de Tien-Hó. Había muerto súbitamente; y su descendencia residía allá en la miseria, en una choza vil.

Este descubrimiento, ciertamente, no fué debido a la burocracia imperial; lo hizo un astrólogo del templo de Faguas, que durante veinte noches hojeó en el cielo el luminoso archivo de los astros.

—¡Teodoro, ese mandarín es su hombre!—exclamó Camilloff.

Y Mariskoff repitió, sacudiendo la ceniza de la pipa:

—¡Ese es su hombre, Teodoro!

—¡Mi hombre!—murmuré sombríamente.

¡Era tal vez «mi hombre», sí! Mas no me seducía ir a buscar su familia, en la monotonía de una caravana, por aquellos desolados rincones de la China. Además, desde mi llegada a Pekín, no había vuelto a ver la sombra odiosa de Ti-Chin-Fú y su cometa en forma de papagayo.

Mi conciencia reposaba como una paloma adormecida. Por lo visto, el esfuerzo supremo de voluntad que tuve que hacer para abandonar las dulzuras del boulevard y de Loreto, y surcar los mares hasta el Celeste Imperio, parecían a la Eterna Equidad una expiación suficiente y una peregrinación reparadora. Y Ti-Chin-Fú, ya calmado, regresaría con su papagayo a la sempiterna inmovilidad.

¿Para qué ir a Tien-Hó? ¿Por qué no quedarme allá en aquel amable Pekín, comiendo nenúfares en caldo de azúcar, abandonándome a la somnolencia amorosa del «Reposo discreto» y yendo por las tardes azuladas a dar mi paseo del brazo del buen Mariskoff, por las terrazas de jaspe de la Purificación o bajo los cedros del Templo del Cielo?

El celoso Camilloff, con el lápiz en la mano, marcó en el mapa un itinerario hacia Tien-Hó. Mostróme en desagradable entrelazamiento, sombras de montes, líneas tortuosas de ríos, dibujos ondulados de lagunas.

—¡Aquí está! Suba usted hasta Ni-ku-hé, en la margen del Pei-Hó. Desde allí en barcos chatos va a My-yun. ¡Buena ciudad! Hay en ella un Buda vivo. Desde allí a caballo, sigue hasta la fortaleza de Ché-hia. Pasa la gran muralla. ¡Famoso espectáculo! Descansa en el fuerte de Ku-pi-hó. ¡Allí puede cazar gacelas!... ¡Soberbias gacelas!... Y en dos días de camino llega a Tien-Hó. Brillante itinerario. ¿Cuándo quiere partir? ¿Mañana?

—Mañana—murmuré tristemente.

¡Pobre generala! Aquella noche, mientras Mariskoff, en el fondo de las salas, jugaba con tres oficiales de la embajada su «whist» sacramental, y Camilloff, reclinado en el sofá, con los brazos cruzados, solemne como en una poltrona del Congreso de Viena, dormía con la boca abierta, ella se sentó al piano. Yo, a su lado, en la actitud legendaria de un infante de Lara, desesperado por la fatalidad, me retorcía lúgubremente el bigote. Y la dulce criatura, entre dos gemidos del teclado, de una sonata penetrante, cantó volviendo hacia mí sus ojos brillantes y húmedos:

«L'oiseau s'envole,
La'bas, la'bas!...
L'oiseau s'envole....
Ne revient pas....»

—El ave ha de volver al nido!—musité yo enternecido. Y, afanándome por esconder una lágrima, salí murmurando furiosamente:

—¡Canalla de Ti-Chin-Fú! ¡Por tu causa! ¡Viejo malandrín!

Al día siguiente salí para Tien-Hó, acompañado de Sa-Tó, el respetuoso intérprete, una larga fila de carretas, dos cosacos y todo un pueblo de koolíes.

Al dejar la muralla de la ciudad tártara, seguimos mucho tiempo caminando entre las cercas de los jardines sagrados que rodean el templo de Confucio.

Era el fin de otoño; ya las hojas estaban amarillas; una dulzura suave erraba en el aire.

De los kioscos santos salía un susurro de cánticos monótonos y tristes. Por las terrazas, enormes serpientes veneradas como dioses, se iban arrastrando, ya entorpecidas por el frío. Y aquí y allá, al pasar, encontrábamos budistas decrépitos, secos como pergaminos y nudosos como raíces, entrecruzados de piernas en el suelo bajo los sicomoros, inmóviles como ídolos, contemplándose incesantemente el ombligo en espera de la perfección del Nirvana.

Y yo iba pensando con una tristeza tan pálida como aquel cielo asiático de octubre, en dos lágrimas redonditas que al partir vi brillar en los ojos negros de la generala.


VI

La tarde declinaba y el sol descendía bermejo como un escudo de metal candente, cuando llegamos a Tien-Hó.

Las negras murallas de la ciudad se alzan al Sur, al pie de un torrente que ruge entre rocas. En la parte de Oriente, la planicie lívida y polvorienta se extiende hasta un grupo obscuro de colonias donde blanquea el ámplio edificio de una Misión católica; y más allá, hacia el extremo Norte, se elevan las eternas montañas de la Mongolia, suspensas en el aire como nubes.

Nos alojamos en una fétida barraca titulada: «Hospedería de la Consolación Terrestre». Me fué reservado el cuarto noble, el principal, que se abría sobre una galería formada por estacas. Estaba ornado de dragones de papel recortado, sujetos por cordeles de los travesaños del techo. Al menor soplo de la brisa, aquella legión de monstruos fabulosos oscilan cadenciosamente con un rumor seco de hojarascas, como tomando vida sobrenatural y grotesca.

Antes de que oscureciese, fuí acompañado de Sa-Tó a contemplar la ciudad, mas pronto tuve que regresar sofocado por el hedor repugnante que exhalaban las viviendas. Todo se me figuró ser negro; las chozas, el suelo cenagoso, los canes hambrientos y el populacho abyecto. Regresé a mi albergue, donde arrieros, mongoles y criaturas piojosas, me miraban con asombro.

—Tiene vuestra merced razón. Es mala ralea. Mas no hay peligro; yo maté, antes de partir, un gallo negro, y la diosa Kaonine debe estar contenta. Podéis dormir al abrigo de los malos espíritus. ¿Quiere, vuestra merced, el té?

—Tráelo, Sa-Tó.

Después de bebernos una taza, conversamos largamente sobre el vasto plan: a la mañana siguiente llevaría la dicha y la tranquilidad a la triste choza de la viuda de Ti-Chin-Fú, anunciándole los millones que le regalaba, millones ya depositados en Pekín. Después, de acuerdo con el mandarín Gobernador, haríamos una cuantiosa distribución de arroz al pueblo, y por la noche habría danzas e iluminaciones, como en una solemnidad pública.

—¿Qué te parece, Sa-Tó?

—En los labios de vuestra merced habita la sabiduría de Confucio... ¡Va a ser un hermoso espectáculo!

Como venía cansado, bien pronto comencé a bostezar; me tendí sobre el lecho, envuelto en mis pieles, hice la señal de la cruz y me dormí pensando en los brazos blancos de la generala y en sus ojos verdes de sirena.

Sería la media noche, cuando me despertó un rumor lento y sordo que envolvía la barraca, como un fuerte viento en una arboleda o una mar gruesa batiendo un paredón. Por la galería abierta, la luna entraba en el cuarto, una luna triste de otoño asiático, dando a los dragones colgados del techo, formas y semejanzas quiméricas.

Me levanté, ya nervioso, cuando una silueta alta e inquieta, apareció a la claridad de la luna.

—¡Soy yo, señor!—murmuró la voz despavorida de Sa-Tó.

Y luego, agachándose a mis pies, me contó en un flujo de palabras roncas su aflicción: mientras yo dormía se esparció por la ciudad el rumor de que un extranjero, el «Diablo extranjero» había llegado con bagajes cargados de tesoros.... Ya, desde el comienzo de la noche, él había entrevisto rostros ansiosos, de ojos voraces, rondando la barraca, como chacales impacientes.... Y ordenó a los koolíes que atrincherasen la puerta con los carros de los bagajes, formados en semicírculo a la manera tártara.

Mas poco a poco, el tumulto fué creciendo.... Ahora acababa de espiar por un postigo, y todo el populacho de Tien-Hó rondaba en torno de la hospedería... ¡La diosa Kaonine no se había satisfecho con la sangre del gallo negro! Además, él recordaba haber visto en la puerta de una pagoda una cabra negra andando hacia atrás. ¡La noche sería terrorífica! ¡Y su pobre mujer, el hueso de su hueso, que estaba tan lejos, allá en Pekín!

—¿Y ahora, Sa-Tó?—le pregunté.

—Ahora... ¡Vuestra señoría!... Ahora....

Callóse, y su figura escuálida temblaba, agazapándose como un perro que se le amenaza con el látigo.

Entonces yo abandoné al cobarde y me adelanté hacia la galería. Abajo, el muro fronterizo, proyectaba una sombra fatídica. Allí se apiñaba una turba negra.

A veces, una figura, rastreando, se adelantaba en el espacio iluminado; espiaba, forcejeaba en las carretas, y al sentir la luz de la luna sobre su cara, retrocedía rápidamente, fundiéndose en la obscuridad; y como el techo del cobertizo era bajo, brillaba un momento algún hierro de lanza inclinado.

—¿Qué queréis, canallas?—rugí en portugués.

A esta voz extranjera, un gruñido salió de las tinieblas; inmediatamente una piedra cayó a mi lado, agujereando el papel encerado de la celosía; después, una flecha pasó silbando cerca de mí, clavándose en un listón.

Descendí rápidamente a la cocina de la hospedería. Mis kaulíes, asustados, batían las mandíbulas de terror; y los dos cosacos que me acompañaban, impasibles, fumaban sus pipas con los sables desnudos puestos sobre las rodillas.

El viejo hostelero de lentes redondos, una vieja andrajosa que yo había visto en el patio echando al aire una cometa de papel, los arrieros mongoles, las criaturas piojosas, todos desaparecieron. Sólo quedó un viejo bebedor de opio, tumbado en un rincón como un fardo. Fuera se veía la multitud que vociferaba.

Interpelé entonces a Sa-Tó, que casi se desmayaba, apoyado en la pared; nosotros estábamos sin armas, los dos cosacos solos, no podían rechazar el asalto. Era, pues, necesario ir a despintar al Mandarín gobernador, revelarle que yo era amigo de Camilloff, un convidado del Príncipe Tong, e intimarle a que acudiera a dispersar las turbas y mantener la ley santa de la hospitalidad.

Mas Sa-Tó me contestó con voz débil como un soplo, que el gobernador, seguramente, era el que estaba dirigiendo el asalto. Desde las autoridades hasta los mendigos, la fama de mis riquezas, la leyenda de las carretas cargadas de oro, inflamó todos los apetitos. La prudencia ordenaba, como un mandamiento santo, que abandonásemos parte de los tesoros, las mulas y las cajas de comestibles.

—¿Y vamos a quedarnos aquí, en esta aldea maldita, sin camisas, sin dinero y sin comida?

—¡Mas con la rica vida, vuestra señoría!

Cedí y ordené a Sa-Tó que fuese a proponer a la turba una copiosa distribución de oro, si ella consentía en regresar a sus casas y respetar en nosotros a los huéspedes enviados por Buda.

Sa-Tó subió a la escalera de la galería, todo tembloroso, y empezó a arengar a la multitud, braceando, lanzando las palabras con la violencia de un can que ladra. Yo había abierto la maleta y le iba entregando sacos de monedas, que él arrojaba a puñados sobre la multitud con ademán de sembrador.... Abajo, a cada lluvia de metales resonaba un tumulto furioso; después, un lento suspiro de gula satisfecha; y luego, el silencio, la suspensión del que espera más.

—Más—murmuraba ansiosamente Sa-Tó, volviéndose hacia mí.

Yo, indignado, le daba nuevos cartuchos, pilas de monedas de medio real envueltas en papel. Ya estaba vacía la maleta.... La turba continuaba rugiendo insaciable.

—Más ¡vuestra señoría!—suplicó Sa-Tó.

—¡No tengo más, criatura! ¡El resto está en Pekín!

—¡Oh, Buda santo! ¡Perdidos! ¡Perdidos!—exclamó Sa-Tó, doblando las rodillas.

El populacho, callado, esperaba aún. De repente, una exhalación salvaje rasgó el aire. Y yo sentí aquella masa ávida, arremeter sobre las carretas que defendían la puerta, formadas en semicírculo. Al choque todo el maderamen de la «Hospedería de la Consolación Terrestre», crugió y osciló.

Corrí a la baranda. Abajo bullía un tropel desesperado en torno de los carros derribados. Los machetes relucían al caer sobre la tapa de los cajones; el cuero de las maletas abríase rasgado por innumerables puñales, y bajo el cobertizo los dos cosacos batíanse como héroes. A la luz de la luna, veía alrededor del barracón agitar teas. Un alarido ronco elevábase, haciendo a lo lejos aullar a los perros; y de todas las viviendas desembocaba y corría el populacho, hombres ligeros armados de chuzos y hoces curvas.

Súbitamente, oí el tumulto de las turbas que asaltaban la galería, buscándome sin duda, creyendo que yo guardaría el mejor de los tesoros, piedras preciosas, joyas. El terror me enloqueció. Corrí a la gradería de bambú que daba al patio. Rompí la valla, y penetré en la cuadra. Mi caballo, preso en las tinieblas relinchaba, tirando furiosamente del cabestro. Salté sobre él, sujetándole por las crines.

En este momento, por el postigo de la cocina que había saltado en astillas, penetró una horda armada de linternas, lanzas, clamando delirante. El caballo, espantado, saltó la valla; una flecha silba a mi lado; después, una piedra me da en el hombro, otra en los riñones, otra hace blanco en el anca del animal, y otra más gruesa, me rasga la oreja. Agarrado desesperadamente a las crines, arqueado, con la sangre goteando de la oreja, galopé en una carrera furiosa, a lo largo de una calle negra. De repente veo delante de mí la muralla, un bastión, la puerta de la ciudad cerrada.

Entonces, alucinado, sintiendo detrás de mí rugir la turba, abandonado de todo socorro humano, me acordé de Dios. Creí en él, gritándole que me salvase: y mi espíritu iba tumultuosamente recordando, para ofrecerle fragmentos de oraciones, de «Salves, Credos», que yacían en el fondo de mi memoria. Tras una esquina, a lo lejos, surgió una humareda de teas; era la turba. Loco de espanto, apreté los talones a los ijares del animal y corrí a lo largo de la muralla que se extendía como una vasta cinta negra furiosamente desenrollada. De repente vi una brecha, un boquete erizado de espinas y zarazas, y fuera la planicie que bajo la luna tenía la apariencia de una gran charca de agua dormida. Lancéme hacia allá, sacudiendo con los talones los ijares del potro, y galopé mucho tiempo por el descampado.

De repente, el caballo y yo rodamos en un surco blando. Era una laguna; mi boca se llenó de agua pútrida, y mis pies se enredaron en las fofas raíces de los nenúfares. Cuando me levanté vi al caballo corriendo muy lejos, como una sombra, con los estribos al viento.

Entonces comencé a caminar por aquella soledad, enterrándome en el fango y cortando a través de matorrales encharcados. La sangre de la oreja caía sobre mi hombro; la ropa enlodada se me pegaba a la piel, y a veces en la sombra, me pareció ver brillar ojos de fieras.

Más lejos, encontré un cercado de piedras sueltas donde yacían, bajo unos arbustos, infinidad de cajas amarillas que los chinos abandonan sobre la tierra y donde se pudren los cadáveres. Me senté sobre una caja postrado de fatiga; mas un olor abominable flotaba en el aire, y al apoyarme sentí la sensación de un líquido viscoso que escurría por las hendiduras de las tablas.

Quise huir. Mas las piernas, temblando, se negaron. Los árboles, las rocas, las hierbas altas, todo el horizonte comenzó a girar en torno mío como un disco muy rápido. Resplandores sanguíneos vibraban delante de mis ojos, y me sentí caído desde muy alto, divagando a la manera de una pluma que desciende. Cuando recobré el conocimiento estaba sentado sobre un banco de piedra, en el banco de un enorme edificio semejante a un convento, que el más grave silencio envolvía. Dos padres lazaristas lavaban cuidadosamente mi oreja. Un aire fresco circulaba; la garrucha de un pozo chirriaba lentamente, y una campana tocaba a maitines. Levanté los ojos y ví una fachada blanca con ventanillas enrejadas y una cruz en lo alto, y entonces, al contemplar en aquella paz de claustro católico como un rincón de la patria recuperada, el abrigo y la consolación, de mis párpados cansados rodaron dos lágrimas mudas.