De estos y otros parecidos sucesos que, apenas averiguados, iban con velocidad eléctrica de hogar en hogar, derivóse el taladrante prestigio fascinador de don Gil. Como su poder alcanzase á todos los vecinos, llegó á ser para la vida colectiva de Puertopomares como una argamasa de superstición y de dolor. Los hombres recelaban de él y la mayoría de las mujeres, que de noche sintieron sobre sus flancos el contacto de sus brazos raquíticos, le estaban sometidas por la horrible voluptuosidad del miedo y del asco.
¿Cómo explicar el origen de los ensueños plenamente y de un modo que por igual complazca á la ciencia y á la fantasía? ¿Cómo desenmarañar los linderos que separan la vida orgánica, de aquellos miríficos donde campea la conciencia?...
Para el materialismo, la actividad mental es una secreción encefálica; para el espiritualismo, el alma y el cuerpo son entidades rotundamente diferentes y hasta antagónicas, pero entre las cuales, y mientras dura el fenómeno de la vida, persisten relaciones análogas á las del jinete con su caballo, ó á las del inquilino con la casa que habita. Si la casa se derrumba, el inquilino se va; si el caballo fatigado se niega á seguir andando, el jinete desmonta y continúa solo su camino; cuando el cuerpo, sujeto á todas las lacerías y dolamas de la arcilla cobarde, envejece y retorna á la interminable pudrición de la tierra, el espíritu abre hacia la increada luz sus alas inmortales.
Pero, así como la primera de estas escuelas filosóficas deja inexplicadas las maravillas de la telepatía, los presentimientos, los sueños proféticos, las visiones á distancia y otras sutiles y multiplicadas emociones que nos rozan á cada paso como ráfagas tenues ó sigilosos latidos de un mundo que procura revelarse á nosotros, de igual modo la segunda carece de verdadera trabazón científica: pues si la materia se divorciase de la fuerza, se dividiría y subdividiría más allá del átomo; su disgregación sería infinita; y entre tanto la fuerza, por sí sola, la fuerza aislada, la fuerza «pura», ¿cómo ejercitaría su actividad si sus mismas limpieza y abstracción la incapacitaban para todo contacto físico?...
De ello dedúcese, que preferible sería colocarse en un sincretista término medio, y adoptar un criterio que hermanase esas dos orientaciones seculares del pensamiento. A saber: despojar al espíritu de sus cualidades de indivisibilidad y perpetuidad, y considerarlo como una función ó producto de la materia; pero, al mismo tiempo, atribuirle una substancia más delicada, inteligente y sutil, que la puesta al alcance de nuestros sentidos; algo, no bien estudiado aún, que participe por igual de los elementos físico y moral, y asegure, si no la inmortalidad, al menos una limitada continuación ó persistencia de la conciencia después de la muerte.
Únicamente aceptando esta hipótesis podría aclararse el enigma de los sueños, cuya pavorosa preeminencia campea en la historia de las civilizaciones antiguas y en los textos sagrados.
Para los médicos, los diversos estados del ensueño responden á ideas-imágenes producidas por cerebraciones inconscientes. Fisiólogos esclarecidos aseguran que nunca, ni aun en las horas de reposo profundo, el cerebro descansa completamente; la sangre, si bien con muchísima mayor lentitud que durante la vigilia, continúa circulando por él, lo que mantiene alerta el dinamismo de algunas células y de consiguiente cierto tragín mental. Cuando esta actividad nerviosa es muy pequeña, sus imágenes son inconexas, rudimentarias y reflejan una actitud ó momento puramente físico. Ejemplo: el brazo que un individuo, al dormirse, dejó doblado sobre su pecho, puede sugerirle después la alucinación de ir subiendo una montaña y de hallarse fatigadísimo; la persona que se acostó sedienta, no es difícil que sueñe naufragios ó imagine estar bañándose en un río; una hiperestesia hepática determinará en el sujeto ideas truculentas...
Estos casos, por sus inconexiones y su frecuencia casi cotidiana, constituyen los «estados inferiores» del sueño. Mas hay otros en que es el alma quien toma todas las iniciativas, y á veces su alboroto es tan intenso, tan radiante, que bajo su acción el dormido habla, improvisa versos y traduce libros impresos en extraños idiomas, con una rapidez y una luminosidad intelectual de que él mismo luego se pasma y admira. Tal sucede con cuantos fenómenos abarcan los interesantes capítulos del sonambulismo y de la epilepsia. A juicio de unos profesores, el sonámbulo «ve» los objetos: la puerta que se dispone á abrir, los peldaños de la escalera que bajará después; y, si le hablan, «oirá» efectivamente las palabras que tamborilearon sobre sus tímpanos y responderá á ellas. Según otros, el sensorio del sonámbulo permanece apagado y á oscuras, y, de consiguiente, su alma no «siente», sino que «recuerda», por cuanto lo que parecía sensación es obra ó fenómeno de memoria.
¿Cuál de ambas hipótesis se avecina más á la verdad?... Probablemente ésta no fraterniza con ninguna de ellas, y así, uniéndose las dos, acaso dieran la solución del misterio, porque la naturaleza esencialmente armónica, comprensiva y sintética, aborrece la estridente grosería de los radicalismos. Sin duda el sonámbulo percibe directamente la realidad objetiva, al propio tiempo que su bien despabilada energía interior rememora, imagina, discurre y apetece, exactamente como en la vigilia, pues entre todos los momentos de su alucinación hay un nexo lógico. ¿Qué importa que al despertar el individuo no recuerde nada de lo que dijo ó hizo mientras dormía? ¿Bastará esto á denegar la certidumbre de esa vida cerebral devanada bajo el misterio de la noche y á la cual el reposo del cuerpo confiere la inmóvil majestad de la muerte?...
A tan sutiles honduras psicológicas urgía acogerse para explicar la bien delineada separación entre la carne y el alma de don Gil, y aquella increíble y jocunda autonomía de su voluntad.
El hombre pequeñito no era sonámbulo; su cuerpo enano jamás salió de su hotelito del Paseo de los Mirlos, ni siquiera de su alcoba; pero, en cambio, su espíritu bordonero y licencioso, condenado parecía á la sed de Tántalo.
Esta aptitud giróvaga obra fué indudablemente de una larguísima gestación, y no comenzó á manifestarse hasta que motivos especiales de despecho y venganza, sacudiéndole terriblemente, lleváronle á disponer el temprano fin de Ursula Izquierdo y de Manuel Ayala. Desde aquel momento su alma adquirió una independencia casi absoluta, una elasticidad vencedora de cuantos obstáculos la separaban del mundo objetivo, y entonces se hizo íncubo y aclaró las sombras que tantos años ocultaron el asesinato del infortunado don Alonso. Despierto, don Gil Tomás no sabía nada, no se acordaba de nada, y su cuerpo amarillo vejetaba pacíficamente en la paz lugareña; pero, apenas dormido, su imaginación recobraba las riendas de sus desbocados apetitos, y furores corsarios de venganza y lujuria le escandecían. En la misma noche el vampiro visitaba á María Jacinta, su favorita; á Enriqueta de Castro, otra de sus predilectas, y á tres ó cuatro mozas más; y luego iba á casa de los Paredes, en quienes acuciaba, por diferentes medios, su todavía vago deseo de asesinar y robar al señor Frasquito. Para esto don Gil, que conocía las orzas verdes que el antiguo contrabandista ocultaba bajo la raigambre del chopo, le hablaba á Toribio de ellas continuamente, y así exacerbaba su codicia; á su hermana también la enaltecía la magnitud de tales tesoros, y describíala los aburrimientos de su vida, que pudiendo ser divertidísima era abominable por la blandura y apagamiento de su voluntad. Finalmente, y reconociendo la necesidad de buscarse un aliado, plantábase en Salamanca y en el domicilio de Vicente López, á quien hablaba de volver á reunirse con Rita, y de la cuantiosa fortuna que ésta iba á heredar.
La influencia de don Gil debilitábase mucho con la vigilia, pero nunca llegaba á perderse completamente. Al abrir los ojos á la luz de la mañana, algunas personas, en particular las mujeres, recordaban bien su ensueño de la víspera; otras lo recomponían borrosamente; otras, en fin, no hubiesen podido afirmar si soñaron ó no; pero, aun en éstas, las emociones de la olvidada pesadilla jamás fracasaban del todo, é iban á sumarse á ese légamo de celebraciones imprecisas, de deseos fracasados, de ideas deshechas, donde el sentido íntimo hunde sus raíces.
El mundo psíquico de cada hombre tiene profundidades incalculables, y así, lo que le sucede al individuo con el diccionario de su idioma nativo, del que sólo conoce un exiguo número de palabras, le acontece, pero en una proporción infinitamente mayor, con su vida mental. ¿Cuántos fenómenos ocurren dentro y fuera de nosotros que no vemos? Palabras y melodías, que llegaron á los oídos y no los conmovieron; tonalidades, panoramas, puestas de sol, que resbalaron inadvertidas sobre las pupilas; rebabas de deseos, de imágenes, de entusiasmos, de recuerdos, que un instante vibraron en el espíritu, pero de modo tan somero que la conciencia no los advirtió. ¿Acaso esto no rellena y colma las tres cuartas partes de nuestra zona ética? De donde dedúcese que la notoria poquedad y miopía del sentido íntimo acorta, en más de la mitad, la angustiosa rapidez de nuestra vida, pues á las horas que descuida durmiendo deben añadirse los millares de momentos por entre los cuales, sin sospecharlo, va filando el espíritu.
Los elementos subconscientes representan, dentro del individuo, las ideas de rebaño, de multitud. En una nación las capacidades directoras, los principios inteligentes y activos, están reducidos á unos cuantos cerebros: ellos marcan la orientación, el rumbo, del alma colectiva. El resto lo constituye la muchedumbre, el poder bárbaro del número; son «los ceros», los infinitos ceros, puestos á la derecha de la cifra provista de valor sustantivo. Así las imágenes y determinaciones en nuestro carácter: cada pasión, cada fanatismo, cada capricho, cada antojo detenidos un instante, como mariposa, sobre nuestras cejas; lo más inestable, lo más fugitivo y á ras de piel, por el hecho único de ser consciente, ó, lo que es igual, de vivir en la luz, supone llevar detrás, á modo de oscuro convoy, ejércitos de sensaciones y de ideas eternamente perdidas en lo tenebroso, como los cimientos bajo la tierra. En la vida moral todo es complejísimo, y lo que parecía más sencillo muéstrase luego esclavo de ramificaciones infinitas, pues cada sentimiento, como cada organismo, alimenta millones de sentimientos parasitarios que viven de él, cual los infusorios en la gota de agua. ¿Qué taumaturgo sabría dónde y cuándo comenzó á formarse el daño que, á lo largo del tiempo, ha de herirnos? ¿No es la herencia, quizás, el vehículo mejor de la muerte? Y de igual manera; ¿quién podría enumerar todos los gérmenes que justifican una lágrima ó una alegría?...
En la existencia colectiva de Puertopomares, el brujo del Paseo de los Mirlos, como muchos llamaban á don Gil Tomás, significaba la personificación ó expresión material del arcano inconsciente. Más ó menos de soslayo, su vida enigmática afectaba á la de la comunidad, porque su imagen medrosa había vibrado, siquiera un instante, en todas las memorias. Se le apreciaba, se le temía; el vulgo adivinaba en aquel cuerpecillo blandengue y en aquella cara, que no sabía reir, mociones y potencias teúrgicas de las que nadie era capaz.
Muchas veces, de noche, hallándonos en nuestra habitación sumidos apaciblemente en la lectura de un libro, experimentamos en el dorso de las manos, sobre el cuello ó á lo largo de la espalda, puntos los más agudizados de la sensibilidad tactil, un roce extraño; la presencia de algo objetivo; una emoción innegable, que positivamente viene de afuera. Sorprendidos miramos á nuestro alrededor y nada vemos, pero el débil contacto suele repetirse, distrae nuestra atención y concluye imponiéndonos la certidumbre de que no estamos solos. Imposible dudar. Alguien se ha sentado enfrente de nosotros, alguien nos mira desde la puerta que quedó entornada. ¿Quién nos acompaña? ¿Qué humanos efluvios rozan nuestra piel?... Aun la ciencia no supo decirlo: acaso almas de difuntos, vinculadas á nosotros por recuerdos de aborrecimiento ó de amistad; tal vez espíritus de personas no muertas, sino dormidas, que acuden á conocer nuestro hogar y á informarse de lo que hacemos.
Al cabo de cierto tiempo, la escuálida figurilla de don Gil, fortalecida por los casos de envolvimiento y sortilegio que se le atribuían, llegó á rendir la imaginación pública con tan vertical y absorbente tenacidad, que si alguien recibía esas, que pudieran llamarse «emociones epidérmicas de la soledad», inmediatamente se acordaba de él. Las mujeres no podían olvidarle. En el misterio de los dormitorios, era el dueño, el marido de todas, el sultán. Daba miedo. Cuando iba por la calle, su cuerpecito expandía esa emoción de oscuridad, de silencio, que dejan los entierros.
Las dos criadas, Pilar y Maximina, que compartían la intimidad del hombre pequeñito, padecían la sugestión de su rostro amarillo. Pilar era morena; Maximina, rubia. Por cobardía, más que por inclinación carnal, una tras otra le pertenecieron y continuaban bajo su dominio. Del hotelito del Paseo de los Mirlos, cuya fachada sombreaban dos copudos castaños de India, no salían casi nunca; á las ventanas, siempre celosamente cerradas, rara vez se asomaban, y, sin embargo, parecían contentas. ¿Cómo su belleza y su juventud aceptaban aquel encierro? ¿Era interesado cálculo de no separarse de don Gil, hasta su muerte, para heredarle? ¿Era amor ó sumisión carnal á su insaciable ginecomanía?
Evidentemente, en el redaño de aquella humildad había un miedo. Ni Maximina ni Pilar podían experimentar simpatía hacia el enano. Cuando éste, después de cenar, reclamaba en su alcoba la asistencia de cualquiera de ellas, la elegida le seguía sin manifiesta repugnancia, pero también sin regocijo; y apenas le dejaba dormido cuando bonitamente se escurría fuera del lecho. La idea de que don Gil Tomás era brujo y podía aojarlas, las obsesionaba, y á su lado no hubieran podido conciliar el sueño.
Además, tanto Maximina como Pilar habían comprobado que, no bien cerraba los párpados, el hombre pequeñito se quedaba frío...
VII
No eran aún las nueve cuando don Gil subía las escaleras del Casino. Teodoro, que estaba barriendo el zaguán, caminó tras él, para servirle. Iba en mangas de camisa; llevaba un plumero en el sobaco izquierdo y sobre el flaco pestorejo y á modo de bufanda, un trapo de sacudir el polvo.
—Voy con usted, don Gil—dijo—, porque supongo que querrá usted tomar algo.
El hombre pequeñito cruzó el salón de baile, que rápidamente iba llenándose de sol, y en la galería buscó una mesa desde donde atalayar la esplendidez majestuosa del vasto panorama, verde, plata y azul. Sobre el intensísimo añil celeste, las montañas, cubiertas de tupidos bosques, se recortaban magníficamente. En la blanda lozanía vernal de la vega albeaban numerosas casitas; enfrente de la estación había detenido un tren de mercancías, y el humo de la locomotora elevábase verticalmente en la atmósfera tibia y quieta. Don Gil ocupó una silla y se quitó el sombrero, que colocó cuidadosamente en un velador próximo.
Tuvo entonces un suspiro largo, entrecortado y gozoso, de descanso. Apoyó los pies sobre el travesaño delantero de la silla y con un pañuelo enjugóse el sudor de su frente pálida. Su cabeza era tan grande para la parvedad del enlutado cuerpecito, que las orejas y los hombros casi se hallaban en la misma línea perpendicular.
Teodoro se le acercaba con el servicio del ajenjo.
—Mucho ha madrugado usted hoy, don Gil.
—Me eché á la calle muy antes de que saliera el sol. Más de tres leguas llevo andadas.
—¿De paseo, verdad?
—De paseo: ir á Torres de la Encina y volver.
—Hace usted bien; el ejercicio es el mejor médico. A don Juan Manuel también le gusta levantarse temprano. ¿No le ha visto usted hoy?
—No.
—Va mucho por ahí, porque en el término de Torres de la Encina tiene un olivar.
—A quien he saludado en el Camino Bajo de la Estación, es al señor Frasquito Miguel.
—Iría á Navahonda.
—No lo sé.
—¿Llevaba el carro?... Pues entonces iba á Navahonda, por leña. Va todas las semanas.
Don Gil aderezó su ajenjo y pidió los periódicos del día. Trájoselos Teodoro y seguidamente marchóse á proseguir el barrido y buena limpieza del local. Un gran silencio llenaba el Casino. En el ambiente blanco de la galería, el hombre pequeñito, amarillento, encogido y trajeado de negro, parecía un niño enfermo. Absorto en la lectura de El Adelantado, diario conservador de Salamanca, don Gil no vió á un hombre que, habiéndole observado unos instantes desde la puerta del salón, se retiró sin ruido. A intervalos prudentes el enano suspendía su lectura, empuñaba la botella del agua y vertía algo de su contenido sobre el terrón de azúcar puesto en un tenedor colocado sobre los bordes de la copa. El agua, filtrándose á través del azúcar, caía gota á gota, y abajo, en el fondo del vaso, el verdor del ajenjo insensiblemente palidecía. La figura inmóvil de don Gil daba á la sencilla operación una expresión medrosa y rara, un enigma de maleficio.
Terminada su faena, Teodoro reapareció y fué á sentarse al extremo opuesto de la galería. Encendió un cigarro. Sus ojos azules, dóciles, buenos, iban de un lado á otro, con la satisfacción de la labor realizada, y á ratos se detenían en don Gil. Desde allí sólo podía verle la mitad inferior de las piernas; el cuerpo se disimulaba tras el periódico abierto.
Teodoro pensaba:
—Verdaderamente, el pobre es muy pequeñito...
Luego, su ánimo siempre fiel al cumplimiento de sus deberes, examinaba lo hecho: la escalera y el portal ya estaban barridos; había fregado los espejos y cepillado el paño de las mesas de billar; únicamente le quedaban por sacudir la cocina y la sala de juego. Este honrado monólogo interior lo interrumpía de vez en vez don Gil, quien, para continuar leyendo, daba á El Adelantado un nuevo doblez.
Entonces Teodoro volvía á decirse:
—¡Pero qué chiquito es!...
A media mañana don Gil Tomás, que había concluido de beber su ajenjo, dejó los periódicos, se puso el sombrero y se deslizó de la silla abajo. Primero apoyó en el suelo un pie, después el otro.
Teodoro también se levantó, servicial y reverente.
—¿Ya se marcha usted?
—Sí; me voy á casa. Hasta luego.
—Hasta luego ó hasta mañana.
—Adiós, Teodoro.
Salió y caminó por la calle Larga. La convicción de que era ridículo le cohibía y no miraba á nadie. Cerca de la Fonda del Toro Blanco, en el portal de la ferretería de don Isidro Peinado, vió á María Jacinta, la hija del boticario, y á otras dos muchachas. Saludólas tocándose con una mano el ala del sombrero.
—Buenos días.
—Buenos días, don Gil...
De rubor, como amapolas, se pusieron las tres.
VIII
Serían las siete de la mañana cuando en el vano de la ancha puerta, llena de sol, perfilóse la encorvada figura de Frasquito Miguel. Llevaba del ronzal una mula.
—Buenos días, don Ignacio.
—¡Hola, hombre, buenos días! ¡Adelante!
Los dos individuos que trabajaban en la fragua, interrumpieron su faena para saludar.
—Buen día nos dé Dios.
Cojeaba el señor Frasquito, cojeaba la caballería. El veterinario exclamó:
—Pues, una desgracia que me sucedió ayer.
Los ojos del chalán pasearon por todas partes una mirada furtiva y segura. El local donde don Ignacio tenía su clínica era espacioso, el suelo de tierra, cubierto de boñigas y de estiércol, el techo bajo y envigado, renegrido densamente por el humo de la fragua. Al fondo, adosada al testero más oscuro, veíase una larga pesebrera: colgadas de las sucias paredes y en ringlera había abundante número de herraduras, y sobre los entrepaños de un armario, martillos, pinzas, un trabón inglés, especie de pulsera con que se sujeta á los caballos para castrarlos, una carátula almohadillada y otros enseres. En el espeso colchón de basura que cubría el pavimento y cedía muellemente bajo los pies, en la cálida y pestilente fermentación de tantos abonos corrompidos, bullía, semejante á una devoradora comezón, la inquietud sanguinaria de las garrapatas, de las hormigas y de las pulgas. Los escarabajos hacían su agosto; zumbaban las moscas y los tábanos. El ambiente conservaba el inconfundible olor áspero del casco quemado.
Don Ignacio Martínez, pequeño, sólido, esparrancado sobre el estiércol, en mangas de camisa y con ambos pulgares metidos en los bolsillos del chaleco, callaba esperando á que su interlocutor se explicase. Mascaba una tagarnina, que con un impaciente guiño de labios se trasladaba á cada momento de un lado á otro de la boca: tenía cargados de sueño los ojos, y el ancho rostro, que aun no había tenido tiempo de lavarse, macilento y de pocos amigos.
El albeitar hablaba siempre por estilo sucinto y conminatorio, y, salvo á quince ó veinte personas de calidad, tuteaba á todo el mundo. El señor Frasquito adelantóse algunos pasos y deslizando una mano bajo las crecidas haldas de su sombrero, comenzó á rascarse el cogote, como si aquella rascadura ayudase al nacimiento y composición de sus ideas.
—Pues, ya está usted viendo cómo viene la mula.
Mostraba el desdichado animal, que apenas podía moverse, el lado derecho cubierto desde el anca á la cruz, por una bermeja, cruel y ardentísima llaga. Tratábase de una horrible quemadura y con tan furiosa voracidad las llamas mordieron en la carne, que royéndola toda dejaron al aire los costillares. Según Frasquito Miguel explicó, el accidente había ocurrido en el camino de Navahonda á Puertopomares. Iba él durmiendo en lo alto de su carro cargado de leña. El tiro lo componían tres mulas; de julo llevaba un pollino. De súbito despertó medio asfixiado por densísimos remolinos de humo, sin que ni entonces ni luego pudiera comprender la causa del siniestro; el convoy ardía, crepitaba, hecho un volcán. Afortunadamente el señor Frasquito se recobró á tiempo, y con la inesperada agilidad que le dió el peligro saltó á tierra. El burro y las dos caballerías delanteras sacaron de su pánico fuerzas para romper los tirantes y ponerse en salvo; la mula zaguera, presa entre las lanzas del vehículo, no pudo imitarlas. Fué una escena terrible: el animal, hostilizado por el calor y los lampazos del incendio, realizaba esfuerzos supremos para zafarse; luego, cuando las llamas le chamuscaron los quijotes, su pánico trocóse en desesperación y locura, y tales fueron sus brincos y corcovas, que volcó el carro. De entre las varas de éste logró sacarlo Frasquito Miguel tras no pocos esfuerzos, tirándole á dos manos de la brida, y luego de cortar á cuchillo cuantos arreos y guarniciones lo sujetaban; pero á pesar de su caritativa diligencia, cuando lo consiguió ya las llamas hambrientas habían mordido mucho en él.
Pasados unos instantes de meditación, el veterinario exclamó:
—No comprendo cómo ocurrió el accidente que acabas de contarme. ¿Tú fumas?
—No, señor.
—¿Ni sueles llevar cerillas?
—Nunca. ¿A qué fin, si no fumo?... Pero, bien pudo suceder que á cualquiera de los mozos que ayudaron á cargar el carro se le cayese una caja de fósforos entre los haces de leña, inflamáronse aquellos después con el sol y la carga empezó á arder.
Calló, miró al suelo y sus labios apuntaron una sonrisa.
—Por cierto que ayer á poco de salir de casa me crucé en el Camino Bajo de la estación con don Gil, de quien tantas historias se cuentan, y me dije: «Mala sombra.» ¡Palabra de honor que lo pensé así!...
—¡Déjate de pataratas!—interrumpió Martínez con brusca exaltación y mordiéndose la uña del anular—; si hubieras ido andando, según era deber tuyo, no hay fuego; pero como queréis ir por atún y á ver al duque... ¡esas son las consecuencias! Bonito negocio has hecho: bien dicen que por un clavo se pierde una herradura.
Repuso el señor Frasquito:
—Tiene usted razón; pero es imposible preverlo todo, y, además, hay días en que la fatiga no le deja á uno ni tirar de los pies. En fin, ahora lo necesario es que la mula sane pronto.
Replicó don Ignacio:
—Sanará en seguida si cuidáis de que no la piquen las moscas. Tú mismo puedes curarla; todo se reduce á que la laves diariamente con ácido pícrico. ¿Has comprendido?
—Sí, señor.
—¿Quieres la receta por escrito?
—No, no hace falta: ¿ácido pícrico dijo usted?
—Eso es: ácido pícrico, al cincuenta por ciento. Ve á la botica de don Artemio y te servirán bien. Después del lavaje, y pasado un rato, cubres toda la quemadura con glicerina; más adelante, si la llaga sigue cicatrizándose, bastará secarla con polvos de almidón ó de arroz.
El animal, á quien el señor Frasquito tenía del cabestro, conservábase inmóvil, el ollar casi pegado al suelo, entornados los ojos, en una actitud de sufrimiento y pasividad. Martínez llegóse á él, frunciendo las cejas, y sus dedos tactaron inteligentes los bordes negruzcos de la herida; en la rojura de la llaga vaheante los costillares blanqueaban, con una blancura de risa. El bruto, como si despertase, realizó un esquince y alzó la cabeza; un extravío de cólera abrasó sus pupilas.
—No me detengo á curarlo—dijo don Ignacio—, porque dispongo de poco tiempo. Hoy cumple años Fabiana y tenemos invitados á comer, y luego baile. Además, ya sabes: ácido pícrico al cincuenta por ciento, es lo mejor...
Saludó Frasquito Miguel con humildad y agradecimiento, y volvióse hacia la calle, llevando el ramal de la mula por encima de un hombro. Dócilmente la bestia le siguió. Entonces don Ignacio se acordó de decir:
—¿Y en tu casa?
Detúvose el interpelado, escorzándose un poco para contestar, pero sin volver la cabeza:
—Bien todos, muchas gracias.
—¿Y tu mujer?
—Allí, la pobre, con los chicos; rabiando...
—¿Y Toribio?
—Por esos mundos, ganándose el pan. En Torres de la Encina, debe de hallarse ahora.
—Bueno, hombre; dales recuerdos.
—Gracias, don Ignacio, y á mandar... ¡Arre, Pascuala!... ¡Arre, Pascualita!...
Nuevamente la caballería caminó en pos de su amo. Este, con la anquilosis de sus piernecillas flacas, muy sobradas de horcajadura, su tórax ancho y aplastado, encorvado hacia adelante, y sus labios entreabiertos y como idiotas en la oscuridad cobreña del rostro, parecía sufrir un dolor de ijada. El lastimado animal apenas podía seguirle. Una tras otra, sus figuras tristes recortáronse en el rectángulo soleado de la puerta: cojeaba el hombre, cojeaba la mula. Desaparecieron...
Sobre el yunque, el martillo de la fragua volvió á cantar.
IX
Inmediatamente Martínez dirigióse al fondo de la clínica, empujó una puertecilla y salió á un patio rectangular, bastante grande, con solado de hormigón y dos testeros enverdecidos por la frondosidad invasora de una hiedra. Los otros lados, adonde abocaban las habitaciones del piso principal, estaban coronados por balcones muy saledizos, verdaderas galerías encristaladas apoyadas sobre pilares de ladrillo. Allí encontró á Fabiana, su mujer, y á su hija, ocupadas en sacudir las paredes y traer los sillones donde los concurrentes al baile de aquella noche habían de reposarse. Don Ignacio llegóse á ellas y las oprimió contra su pecho, besando á la niña y pellizcando sabrosamente á la madre en las posaderas. Después, informado de que las criadas habían sabido comprar todo lo necesario para la cena, añadió:
—¿Cuántos invitados tenemos?
—Ocho; y si llega don Niceto seremos nueve.
—Pues dispón otros tres cubiertos porque esta mañana doña Virtudes me envió recado de que vendría con sus pimpollos.
Martínez, más chiquito que su mujer, gordo, saludable, lleno de impaciencias sanguíneas, era un esposo modelo que guardaba intactas, á pesar de la costumbre, las brasas del sagrado deseo nupcial. Doña Fabiana preguntó:
—¿No tenías que ver hoy el caballo de don Juan Manuel?
—Sí, más tarde.
Charló largo rato, hallando en aquellos diálogos familiares una dulce, sencilla y confortadora alegría. Estimulado por la actividad de la madre y de la hija, cogió un martillo y, encaramándose sobre un taburete, fijó varios clavos. Acomodóse luego en una mecedora, apoyó el tarso de una pierna sobre la rodilla de la otra, se aflojó comodonamente el cinturón, dejó ir el cuerpo hacia atrás y encendió un cigarro. A sus ojos todo ofrecíase ordenado y remozado por el glacis sin rival de la limpieza: el hormigón, recién fregado, brillaba á la luz; sobre la celosa albura de las encaladas paredes, la verdosidad húmeda de la hiedra parecía mayor; desde sus jaulas, colgadas del techo de la galería, varios jilgueros y canarios trinaban en ensordecedora competencia; las mecedoras de rejilla, los veladores cubiertos por sutiles tapetes de malla y croché, y los policromos festones de papel con que el gusto sencillo de la dueña de la casa unió unas pilastras á otras, tenían en la penumbra del patio suaves ligereza y frescura.
Rato hacía que Martínez se marchó y aun la decoradora faena se prolongaba con perseverante fervor: Antoñita entraba y salía de las habitaciones contiguas, acarreando plantas y cachivaches que las ágiles y muy discretas manos de su madre distribuían luego con acierto vistoso.
Doña Fabiana Vázquez llegaba, con los treinta años, al lucido apogeo de su belleza: tenía de ébano los undosos cabellos, morenas la bien calzada frente y las carnosas mejillas, los labios creciditos y rojos, almendrados los dientes, los ojos negros y pajareros, y una evidente expresión de sanidad en toda su matronil persona. Lástima que no hubiese crecido un poco más, con lo que hubiera alcanzado á esa línea de donde arranca en las mujeres la gallardía; de lamentar también que sus brazos fuesen demasiado carnosos, y el seno con exceso turgente, y que la redonda cintura no se recogiera y anillase mejor sobre la bien soplada magnificencia de las caderas. Todo ello la obligaba á caminar con cierta lentitud y un anadeo que descubría, bajo la holgura de sus batas bermejas, la disposición maciza de las piernas. No obstante, la hermosura árabe de los ojos, la gracia traviesa de la boca y la seductora ingenuidad de sus actitudes y palabras, suplían con exceso los errores de la línea. Era buena, era simpática, emotiva, dulce; una de esas almas maternales á cuyo lado los desgraciados y los tímidos, especialmente, se encuentran bien.
Antoñita, su hija, tenía once años, el perfil delicado y los cabellos encendidos como las mazorcas. La delgadez de sus piernas y de sus brazos, y la longitud ducal de sus manos, profetizaban que iba á ser alta. En sus pupilas azules había una indecisión que las agrandaba y embellecía. Ninguno de sus progenitores, cuellicortos y redondos, influyó en la grácil y espigada complexión de la chiquilla. Antoñita parecía destinada á servir de origen ó troquel á un tipo nuevo; las razas de los Martínez y de los Vázquez habían entroncado con tal brusquedad que se anularon mutuamente, fundiéndose y como diluyéndose apasionadamente en su retoño. Antoñita era Antoñita y perdería el tiempo quien rebuscase entre sus tataradeudos paternos ó cognáticos una figura que justificase la suya ante las leyes de la herencia. ¿Se afearía más tarde? Cuando la niñez se resolviese en juventud y pues el ambiente rudo de los pueblos no favorece á las bellezas delicadas, ¿resucitaría en ella la gordura que en plena mocedad afligió á doña Fabiana? Nada parecía señalarlo así, y Antoñita marcaba en su hogar una pincelada inconfundible, noble y rara, semejante á esas plantas que alzan de pronto un penacho verde, en la aridez de un viejo murallón.
A la tarde, pasadas las siete y media, comenzaron á llegar los invitados al banquete. Don Ignacio, que estaba en la puerta de la calle tomando el fresco, les acogía con sinceras demostraciones de regocijo, dábales conversación unos instantes y les despachaba hacia dentro, diciéndoles:
—Si quieren ustedes ver á Fabiana, pueden pasar...
Ellos cruzaban la cuadra, fétida, oscurecida por el crepúsculo y cubierta de estiércol; los pies se hundían en la hedionda majada donde pululaban millares de insectos sanguinarios: por miedo á las cucarachas las mujeres se arregazaban hasta media pierna. Después, empujando la puertecilla que se abría al fondo del local, salían al patio. Allí les aguardaban doña Fabiana y su hija, muy bien peinadas, ostentosamente enjoyadas y vestidas de blanco. Un murmullo agasajador de besos, de parabienes y de risas femeninas, llenaba el silencio; un silencio grato, limpio, que olía á macetas recién regadas.
Los más puntuales en acudir á la fiesta fueron don Elías y doña Presentación, con sus hijas Raimunda y Anita; luego llegó don Artemio Morón con María Jacinta y su sobrina Flora; y tras ellos doña Evarista, la amante de don Juan Manuel Rubio, la cual, así por el honesto aislamiento de sus costumbres como por el considerable mérito político, dinero y personales simpatías, de su protector, era en todos lados bien recibida. La tertulia iba formándose en el patio, mientras llegaba la hora de cenar. Las mujeres, á quienes la conversación excita y aturde como el vino, se balanceaban en las mecedoras, abanicándose nerviosamente y charlando todas muy alto y á la vez. Don Elías y don Artemio, esquivando el ensordecedor rebullicio, comenzaron á pasearse con andar cadencioso y las manos cruzadas atrás. Discurrían ramplonamente:
—¿Se ha enterado usted del pedrisco que cayó anoche en Navahonda?
—Esta tarde me lo dijeron.
Don Elías miró al espacio, aljofarado de estrellas parpadeantes.
—Como no llueva pronto, pero recio, una cantidad de agua que valga la pena, vamos á tener mucha miseria este año.
El recuerdo de sus obligaciones profesionales le arrancó un suspiro.
—Yo debía haber ido esta tarde á casa de la viuda de Guijosa; pero las niñas se empeñaron en que las trajese aquí...
—¿Cómo sigue doña Amelia?
—Peor, siempre peor; cada día más gorda, hasta que la grasa la ahogue. Morirá del corazón.
—Diga usted—interrumpió el farmacéutico—¿es cierto que no puede salir de la habitación donde está?
—Ciertísimo. Hace años, á raíz del fallecimiento de Guijosa, la pobre mujer se metió en su casa, y como las pesadumbres lo mismo se convierten en tejido adiposo que nos enflaquecen y dejan en los santos huesos, á ella el dolor la dió por engordar, y cuando á instancias mías determinó hacer un poco de ejercicio, tenía las nalgas y el vientre tan enormes, que ni de perfil cabía por las puertas. Actualmente mide cincuenta centímetros de cuello. ¡Un monstruo! El caso de doña Amelia á un extranjero le parecería inverosímil, pero á nosotros no debe asombrarnos: ya sabe usted que nuestras mujeres cifran la mitad de su virtud en las tres negaciones siguientes: no lavarse, no apretarse el corsé y no poner los pies en la calle.
La brusquedad de sus propias palabras enardeció á Fernández Parreño. El diálogo adquirió un sesgo social. Don Elías comenzó á perorar cálidamente contra el quietismo de la intelectualidad hispana y á buscar el origen de todos los males nacionales en el abandono de las escuelas. Nación donde la enseñanza no es obligatoria, nación perdida. Don Artemio hacía signos de asentimiento. El médico prosiguió:
—Aquí malgastamos la vida protestando, sin advertir que las costumbres no se destruyen con palabras bonitas. La semana anterior, por ejemplo, hubo en Salamanca una importante reunión «contra la blasfemia»: se pronunciaron discursos frondosos, se lucieron varios oradores, muchas señoras se darían el gustazo de estrenar sombrero, y al cabo todos salieron del mitin como fueron á él; es decir: convencidos de que no se debe blasfemar. Indudablemente esta es también la opinión de todos los carreteros de España, aunque jamás se les haya ocurrido protestar de su mala lengua. ¡Sí, ya lo saben! Ofender á los santos no está bien... Sin embargo, ¡no quiera usted oir lo que dirán por esos caminos apenas se les atasque el carro ó las mulas no tiren como deben!... Y es porque el hábito execrable de blasfemar y de emporcar nuestras conversaciones con palabras soeces, nace en la escuela. Las costumbres se corrigen implantando otras, no con bambollas retóricas; la destrucción es buena á condición de edificar inmediatamente, porque la Naturaleza tiene horror al vacío; y tales evoluciones sólo se obtienen con el favor del tiempo y dragando en los estratos más arcanos del alma nacional.
Muy satisfecho de la callada atención del boticario, Fernández Parreño continuó:
—¡Guerra á la blasfemia, sí, señor! ¡Guerra también á toda clase de feas interjecciones, especialmente á nuestra puerca, innoble, fementida y abominable costumbre de citar á cada momento los órganos genitales, para vergüenza de nuestras mujeres, escándalo de extranjeros y mengua y baldón de la española cortesía!... Luchemos contra ese fango que, antes de macular los labios ensució los pensamientos. Pero esto no se obtiene con discursos musicales, sino con buenos colegios de primera enseñanza. Un maestro deja en el espíritu colectivo más hondo surco que cien oradores. Eduquemos al pueblo. Educar es refinar el entendimiento, ponerle guiones á la voluntad, darle elegancias á la conciencia. El hombre «elegante por dentro», aunque carezca de ideas religiosas no blasfema, pues el torpe juramento repugna á su gusto delicado; ni incurre en otros delitos de grosería, porque la cultura así enfrena los ademanes del cuerpo, como las ideas y propósitos, ademanes del alma. Según desaparecieron el miriñaque y el calzón corto, así desaparecerá la blasfemia; pero, más adelante: cuando un juramento produzca en nuestros oídos el efecto de una disonancia.
Don Artemio interrumpió al médico:
—A propósito: ¿conoce usted al maestro de Cantagallos?
—¿Don Joaquín Blanco?... ¡Mucho!
—Ayer, precisamente, sus dos hijas mayores se fueron á Madrid con idea de ponerse á servir. Las pobrecillas, en su casa, pasaban días enteros sin comer.
Don Elías lanzó una interjección que desentonaba bastante con sus conceptos relativos á la limpieza del lenguaje:
—¿Ve usted?—exclamó—; ¿cómo vamos á lamentarnos de que blasfemen los carreteros de un país cuyos maestros tienen hijas fregando platos?...
La llegada de la señora viuda de Castro, con sus dos hijas, atajó la peroración de don Elías. Era doña Virtudes una mujer cincuentona, alta y cenceña de cuerpo, y muy chupada y cetrina de rostro. Vestía de negro en toda estación, más que por reverencia al perdido esposo por melancolía y sequedad de carácter, y bajo el luto de su cofia la blancura triste de sus cabellos parecía mayor. Sobre la delgadez de los labios herméticos, la nariz larga, fina y severa, daba á sus menores palabras irrevocable autoridad. El mirar buído de sus ojos simiescos, pequeños y muy juntos, se resistía difícilmente. Delante de ella, ataviadas de blanco, como potros llevados de la brida, caminaban Micaela y Enriqueta.
Adelantáronse doña Fabiana y Antoñita á recibirlas, y entre cordiales aspavientos de amistad fueron besándolas en las mejillas. Doña Virtudes las besó también, dió su flaca mano á la esposa y á las hijas de Fernández Parreño, á María Jacinta y á Flora, y ofreció á doña Evarista un saludo imperceptible.
Don Artemio y don Elías reanudaron sus paseos; las mujeres, cumpliendo dictados de la edad, se fraccionaron en dos grupos: doña Fabiana, doña Presentación y la señora viuda de Castro, á un lado; en el otro, doña Evarista y la gente joven. Las muchachas reían y se sacudían las faldas.
—¿Verdad que hay muchas pulgas?—preguntaba María Jacinta.
—Muchísimas.
—Yo tengo una metida entre los dedos del pie izquierdo. La maldita trae hambre atrasada, ¡porque está dándose un banquete!... Seguramente las hemos recogido al entrar, de entre el estiércol.
Un ademán algo deshonesto de Micaela, abrasó en relámpagos de ira las pupilas negrísimas de doña Virtudes.
—¡Niña!
—¿Qué, mamá?
—¿Qué gestos son esos, en una casa extraña?
—¡Ay, no es nada!... ¿Quiere usted callarse?... ¡Que me pican mucho las pulgas!...
Doña Fabiana sonreía indulgente, segura de que las muchachas no exageraban. Había, efectivamente, muchas pulgas; al pobre Ignacio le traían martirizado, especialmente de noche; pero, ¿cómo acabar con ellas?
—¡Yo no resisto más!—exclamó Raimunda levantándose.
Corrieron todas en tropel hacia un aposento paredaño del comedor, cuya puerta cerraron. Se las oyó retozar y reir. El semblante cetrino de doña Virtudes expresaba acre contrariedad. Cuando las muchachas reaparecieron, doña Fabiana hizo girar las llaves de la luz eléctrica y el patio se iluminó. Algunas lamparillas oportunamente distribuídas entre la lozana fronda de la hiedra, dieron á la escena vistosidad teatral. En la galería, sobre la blancura de la pared, cobraron poderoso relieve los cromos clavados por don Ignacio; las pilastras arrojaron contra el muro largas sombras decorativas, y en la inquietud de las livianas mecedoras los cuerpos femeninos, vestidos de blanco, de rosa, de azul, adquirieron una ligereza nueva. Despabilados por el regocijo de las luces y la copiosa verbosidad y ornitológica algarabía de las mujeres, los pájaros rompieron á cantar.
Don Elías y el boticario se acercaron á la dueña de la casa.
—¿A quien esperamos?—preguntó Morón.
—A don Niceto.
La señora de Martínez llamó á su hija.
—Ve á buscar á papá; dile que estamos aguardándole.
Creyóse obligada á explicar la ausencia, un tanto descortés, de su marido, y agregó:
—Ignacio, si le dan conversación, es capaz de charlar tres días seguidos. No sabe despedir á nadie.
En aquel momento aparecieron Martínez y el juez municipal. Esta fué la señal para trasladarse al comedor. Por consideración y respeto á las señoras, don Ignacio, que tenía la costumbre de ir siempre en mangas de camisa, fué á vestirse una americanilla de alpaca. Alrededor de la mesa el avisado consejo de doña Fabiana distribuyó á los invitados, según su edad, con lo que se formaron dos grupos á los cuales parecía separar el gran frutero, cargado de bruñidas manzanas y aterciopelados melocotones, que adornaba el centro del mantel. La esposa de Martínez, como motivo que era de la fiesta, y más aún por sus pocos años y juvenil ufanía de carácter, ocupó, entre las muchachas, la cabecera principal de la mesa: á su derecha estaban su hija, María Jacinta y Flora; á su izquierda, doña Evarista, Raimunda y Anita. A continuación de Flora y de Anita, respectivamente, se colocaron don Artemio y el médico; al lado de éste, don Niceto, y luego las señoras de mayor gravedad y empaque: doña Presentación y doña Virtudes. Entre ambas, llenando con su pequeña, alborotada y robusta persona, la cabecera opuesta, se sentó don Ignacio.
Empezó la comida: las muchachas se obsequiaban con anchoas, pepinillos y rajitas de salchichón, y la fuga de una aceituna que rodó por el mantel, como huyendo del tenedor de María Jacinta, suscitó grandes risas. Los platos, de dorada cenefa, rielaban á la luz. El vino ponía en la transparencia de las copas su encendida alegría. Dos azafatas, con alpargatas blancas y limpios delantales, cuidaban diligentes del servicio.
El regocijo consiguiente al buen comer y al ameno charlar, iba alterando la expresión de los rostros. En las mejillas, perversamente descoloridas, de María Jacinta, comenzaba á extenderse una leve evaporación rosa, y en sus ojos garzos chispeaba á intervalos un fulgor. A Flora, más gruesa que su prima, el calor de las libaciones la había abultado y acarminado los labios, por cuanto su fuerte dentadura parecía más blanca. A Antoñita su madre la prohibió beber más. Anita y su hermana también estaban muy contentas, y entre la rubicundez ondulante de sus cabellos y la albura de las blusas estiradas sobre la juvenil plenitud de los senos, sus semblantes redondos, ligeramente oscurecidos por el sol, triunfaban con caliente y saludable lozanía. Eran las dos de buena estatura, sólidas y esbeltas á la vez, y sus caderas turgentes sobresalían y se desbordaban de las sillas como en una provocación carnal. La belleza treintañal de doña Evarista era menos petulante, menos ostentosa, como dulzurada por la suave fatiga de la experiencia, pero sus actitudes y ademanes tenían una corrección urbana por todo extremo educada y simpática. La señora de Martínez parlaba con todas y sus ojos negros, blandos y cálidos, sus magníficos ojos de terciopelo y azabache, iban amorosamente de unas en otras.
Fernández Parreño, á quien la pulcritud de su bigote blanco, su miopía y el brillo prócer de sus gafas de oro, daban cierta elegancia, presidía la conversación secundado por el juez. Don Ignacio le replicaba y casi siempre para contradecirle. Doña Presentación, gorda, sencilla y de buen color, y doña Virtudes, cetrina y adusta, se limitaban á oir. Don Artemio también hablaba poco.
Había en esta segunda mitad de la mesa una especie de sombra; cual si la lámpara, no obstante hallarse suspendida en el comedio de la estancia, alumbrase en aquella parte un poco menos. Era una oscuridad triste, emanada, tanto del silencio y mayor edad y compostura de las personas, como del severo color de sus vestidos.
Fernández Parreño, cuyas disposiciones satíricas necesitaban una víctima, complacíase en hacer hito ó blanco de sus burlas al boticario, mientras don Ignacio recogía una á una aquellas ironías y exornadas con nuevos aditamentos y donaires tornaba á echarlas sobre el mantel. De este modo la conversación, salvo ligeros comentarios de la gente joven, describía una especie de triángulo en el cual cuanto don Elías iba diciendo rebotaba en don Artemio y era inmediatamente glosado y soplado por Martínez.
Acodado familiarmente en la mesa, distraído y buenazo, el farmacéutico oponía á las mordacidades y venenosos dichetes de su amigo una sonrisa imperturbable. Tenía cincuenta años, había enviudado siendo mozo aún y como, acaso por pereza, no quiso volver á casarse, la costumbre de vivir solo contribuyó á ratificar la significación tímida y ausente de sus actitudes. En don Artemio, por excepción la conciencia acompañaba al cuerpo; ó, lo que es igual: rarísimas veces movíase y hablaba conforme á lo que sus sentidos iban diciéndole, lo cual le daba un gesto cómico de constante indecisión. Las largas dimensiones de sus piernas y brazos, bien claramente revelaban la buena lozanía de sus años adolescentes, pero una caída, partiéndole la espina dorsal á la altura de los omoplatos, dejó en su espalda una caricaturesca joroba. Roto ya el equilibrio entre las extremidades y el busto, lo único recomendable de su persona era la cabeza, monda y circundada por una noble guedeja blanca; y en ella, los ojos grandes, la nariz fuerte y de varonil volumen, y el moreno rostro solemnizado por una barba oriental, cuadrada y abundante.
Y no era este desconcierto de huesos el menor daño que afligía al boticario, aunque él así lo creyese, sino que con la joroba física salióle otra muy gravísima corcova en el alma, y fué la de la tacañería. Sus muchas relaciones y la respetabilidad de su oficio favorecieron grandemente el desapoderado incremento de esta inclinación. Como conocía á todos los modestos propietarios de la comarca y estaba al tanto de sus apuros, solía facilitarles dinero mediante hipotecas terribles. Cumplido el plazo señalado para el reintegro ó devolución de la suma prestada, don Artemio procedía á raja tabla y gozosamente al embargo de los bienes hipotecados, y por este cobarde y criminal procedimiento cuadruplicó sus heredades. Pocos años le bastaron para enriquecerse. En Puertopomares la gente á la vez le quería y le odiaba, pues mientras unos decían horrores de él, otros aseguraban que, fuera de su ominosa fiebre de acaparar dinero, era un hombre discreto y de campechano y bonísimo trato. Los que le conocieron mozo, aseguraban que antaño no era así.
—A no haberse jorobado—decían—hoy no sería usurero.
Para Fernández Parreño, que solía abrazarle pensando en que los corcovados evitan la mala sombra, don Artemio Morón, con su gran cabeza sakespeana calva y barbuda, puesta sobre la ridiculez de su joroba, era un símbolo: el símbolo exacto de la Vida, donde el sainete y la tragedia, lo grave y lo ridículo, lo más noble y preexcelente y lo más ruin, marcharon siempre unidos.
La cena iba transcurriendo apaciblemente. Las muchachas empezaban á dolerse de la exigua representación que el elemento masculino tenía allí; Raimunda lamentábase de la ausencia de Epifanio, su novio, y Anita preguntó á don Niceto por su hermano Luis. Micaela también echaba de menos á Romualdo. Doña Fabiana las tranquilizó; aludió á su marido con un gesto.
—Nosotros—dijo—hubiésemos querido invitarles á comer; pero, como veis, la mesa es pequeña para tantas personas. Nadie, sin embargo, pase apuros, porque esos señores están invitados y á la hora del baile les tendremos aquí.
Raimunda, la primogénita de los Fernández Parreño, cuchicheaba con doña Evarista.
—¿Ya no le pican á usted las pulgas?
—Martirizada me traen, hija mía.
—Yo tengo una terrible aquí debajo... ¿usted comprende?... La pícara pudo irse á otro sitio, pero sin duda tenía mucha hambre y eligió el plato mayor y mejor servido...
La protegida de don Juan Manuel reía oyendo estas ligerezas, y la hilaridad humedecía voluptuosamente sus bellos ojos.
Adelantando un poco el busto la señora de Martínez inquirió la causa de aquel regocijo.
—¿Qué dice Raimunda?
—Nos quejamos de las pulgas.
Idéntico daño afligía á María Jacinta y á Flora, y esto acuciaba en todas el deseo de bailar. Informado de lo que sucedía, Fernández Parreño improvisó un elogio del mosquito.
Según don Elías, el mosquito posée cualidades estéticas que le hacen infinitamente superior á la pulga: es artista porque habiendo sabido hermanar el hambre con la música, adorna sus picotazos cantando, y á semejanza de las mariposas ama la luz y frecuentemente en ella perece; y también porque su voracidad es menos cruel y su caza menos fatigosa. A un mosquito se le inutiliza delicadamente, sin más que quemarle las alas con un fósforo; mientras á las pulgas es necesario descender á buscarlas en los escondrijos del traje ó del lecho donde se ocultan. Además, la pulga es esencialmente sanguinaria; muchas veces pica sin apetito, sólo por el gusto de fastidiar al hombre y robarle la sangre. Si estamos de visita, nos devorará el cuello; si vamos de paseo, se nos meterá dentro de una bota. ¿Sabe nadie las ideas de desesperación y hasta de suicidio que pueden inspirarnos las agresiones de una pulga escondida debajo de nuestro sombrero?...
Como lograse terminar su disertación con notable fortuna, don Elías, excitado al calor de sus propias agudezas, comenzó á probar nuevamente la buena paciencia de don Artemio.
Morón vivía á la entrada de la Glorieta del Parque, frontero á la Fonda del Toro Blanco, y, según Fernández Parreño, la distancia que separaba la botica del Casino servía á don Artemio para someter á cálculos, casi matemáticos, los grados de afecto que cada uno de sus amigos le dedicaba.
—¡No haya cuidado—aseguraba el médico—que este hombre por nadie se moleste! En cambio, halla natural que todos se incomoden y molesten por él. ¿Es cierto no?...
El interpelado sonreía modesto, ocultando la satisfacción de verse comentado y objeto de la curiosidad general. Aquel discreteo, no obstante su rápida trivialidad, equivalía á un polvillo de éxito, á un rocío de gloria, que cayese sobre él.
Las festeras palabras de don Elías eran recibidas con francos borbollones de hilaridad porque apostillaban hechos menudos y conocidos. A don Artemio Morón, verbigracia, le gustaba muchísimo charlar. Sincretista y desocupado, amaba la conversación por ella misma, por «su ruido», que no por estudiosa curiosidad espiritual ó inteligente prurito de discutir. Así, ni la alcurnia mental de su interlocutor ni el asunto del diálogo, le interesaban mayormente. ¿Se comentaban las últimas corridas de toros? Bueno. ¿Hablaban de política? Adelante. ¿Debía charlar de agricultura y quejarse del tiempo? Muy bien. Todos los asuntos parecíanle igualmente oportunos para no dejar á su lengua ni á sus oídos en la ociosidad.
Con este cuidado don Artemio, que iba todas las noches al Casino, procuraba no salir nunca solo de allí. Si á la hora de él marcharse sus contertulios hallábanse enzarzados en alguna partida de ajedrez, de tresillo ó de dominó, atardaba su retirada para esperarles. Ellos, conociéndole, se hacían los remolones. Les aburría. El boticario, parsimonioso en sus actitudes, amén de caminar muy despacio, tenía la molestísima costumbre de pararse al hablar. Mientras oía andaba, pero no bien abría la boca se detenía, cual si los dinamismos de sus labios y de sus pies fueran rivales.
—A propósito de eso que ha contado usted—decía—voy á referirle lo siguiente...
Y se paraba. Replicaba su acompañante, que sabedor de sus tretas procuraba llevar las riendas del diálogo; pero había de tenerlas muy cogidas, pues Morón se las quitaba en seguida, y como hallaba especial contento en escucharse no era fácil arrebatárselas después.
A esta lentitud y aburrida templanza de ademanes, añadía el hábito de ir subrayando sus palabras con líneas que la contera de su bastón trazaba sobre la acera ó en la fachada de las casas.
—La liebre—explicaba—se había escondido aquí, bajo unas matas; yo venía por acá. Al ver al animal mis perros describieron un semicírculo en esta forma...
Todo lo corpóreo, lo susceptible de expresión gráfica, le obsesionaba; don Artemio no sabía zurcir dos ideas si á medida que germinaban en su caletre no las pintaba.
—El toro estaba allí; el picador se acercaba por este lado... ¿Comprende usted?...
Mientras la contera infatigable de su bastón peregrinaba sobre las losas del pavimento; ora trazando una recta, ya una curva graciosa, ó golpeándolas sonoramente, para mejor imbuir en el ánimo del oyente la convicción de que determinado objeto ó persona ocupaba un sitio fijo, preciso, rotundo. Comprender bien á don Artemio suponía, por tanto, escucharle á pie quieto y sin apartar de su bastón los ojos.
Todo esto daba tan fastidiosa monotonía á su trato, que sus amigos del Casino le huían. Algunos, sin embargo, solían acompañarle, ó por desocupación y deseo moceril de trasnochar, ó porque sus domicilios se hallasen en el mismo rumbo ó dirección de la botica.
Las personas de quienes don Artemio recibía tan meritísimos testimonios de paciencia y afecto, eran el gerente de La Honradez, don Romualdo Pérez; Epifanio Rodríguez, estanquillero y corresponsal de periódicos; don Valentín Olmedilla, dueño de la fonda del Toro Blanco, y don Gil Tomás. A todos ellos teníales clasificados según el tiempo que le daban escolta, y establecía relaciones directas entre la amistad de sus acompañantes y la longitud del camino. A más camino, mayor amistad. Así, el peor de ellos era Epifanio, quien, so pretexto de madrugar, le dejaba en la Bajada de la Fuente, á cincuenta pasos mal contados del Casino. Romualdo, que nunca se acostaba sin echar un vistazo á las severísimas rejas de doña Virtudes, le acompañaba hasta el callejón del Misionero. De allí á la farmacia la distancia era breve. Unicamente su vecino don Valentín y don Gil Tomás, que necesitaba cruzar la Glorieta del Parque para entrarse en el Paseo de los Mirlos, iban con él hasta su casa.
—El refinado egoísmo de don Artemio—decía don Elías—tiene clasificados á sus amigos en tres grupos: malos, medianos y excelentes.
Para excitar la hilaridad del mujerío, parodiaba con su cuchillo, sobre el mantel, los geroglíficos que el boticario hacía en las aceras con su bastón.
—Supongamos—continuó—que se trata de un termómetro inventado por Morón para medir la temperatura afectiva ó sentimental de sus conocidos. La ampolla ó depósito del aparato lo constituye el Casino; la columna termométrica es la calle Larga, eje máximo ó espina dorsal del pueblo que va, como todos sabemos, desde el Casino á la Glorieta del Parque; y el mercurio que sube y baja por el tubo capilar, las personas de quiénes don Artemio se acompaña egoístamente y con el exclusivo objeto de no aburrirse. El cero, en esta rara escala del calor amistoso, lo señala, por ejemplo, la Bajada de la Fuente, donde le deja Epifanio. ¿No es eso?... Los veinte grados, podemos calcular que corresponden al callejón del Misionero, por donde Romualdo ha de pasar todas las noches; y, solamente, don Valentín, don Gil y algún otro, llegan á la Glorieta del Parque, que representa los cien grados, la ebullición, la muerte de todos los gérmenes ingratos, la exaltación ó frenesí de la amistad. Anoche, alrededor de las doce, le vi á usted acarreando por la columna mercurial á don Juan Manuel. ¿Consiguió usted que subiera mucho?...
Fernández Parreño miraba á doña Evarista, que lucía risueñamente el prodigio blanco de su dentadura. Don Artemio siguió la broma.
—No crea usted—repuso—que la temperatura afectuosa sube en don Juan Manuel fácilmente.
—¿Pasó de la Bajada de la Fuente?
—¡Eso, sí! Podemos decir que conseguí hacerle «romper el hielo»; pero se quedó á la altura de Correos: no fué mucho; algo equivalente á diez ó doce grados...
Según adelantaba la comida, la conversación iba generalizándose y cobrando mayores vivacidad y regocijo. Los vapores sinceros del vino desnudaban los caracteres que florecían en atrevimientos y expresiones nuevas. La señora de Fernández Parreño, admirada del fértil y ameno ingenio de su esposo, reía sus donaires con una complacencia parecida á un orto de amor; doña Virtudes, ocupada siempre en corregir con fulminantes miradas los dichetes de sus hijas, no disponía de la ecuanimidad necesaria para rendirse al buen humor, y conservaba, dentro de la más impecable corrección, una actitud fiscal; María Jacinta y Flora, charlaban aparte; las hijas del médico, doña Evarista y la señora de Martínez, conversaban con gran alborozo y todas á un tiempo.
Servían el café, cuando llegaron Epifanio y Romualdo, muy currutacos, oliendo á esencias y con las solapas florecidas. Los dos eran jóvenes, delgados y de gentil presencia; usaban bigote y llevaban sombreros redondos de paja. Epifanio lucía un «completo» gris y una corbata encarnada; Romualdo vestía un traje azul marino con rayitas blancas y zapatos de piel de Rusia. Su aparición fué aplaudida y señaló el momento de dejar la mesa. Todos se levantaron; el baile iba á empezar. Cuatro músicos, sentados en un ángulo del patio, junto á la enredadera, preludiaron una mazurka. El fragor con que las sillas eran arrastradas de un lugar á otro ahogaron aquellos primeros compases. Los circunstantes iban sentándose en semicírculo y según su gusto: unos, al aire libre, entre la humedad fragante de las macetas; otros, en la galería, donde era más áspera la claridad. Y de nuevo, exasperados, enloquecidos, por la greguería de la música y de tantas voces, los jilgueros y los canarios rompieron á cantar.
Muy sensible al calor don Ignacio había resuelto ponerse en mangas de camisa. Pequeño, redondo, el rostro sudoroso, el pestorejo ancho y peludo, las piernas cortas, pero gruesas como las de Atlante, el señor Martínez dió dos recias palmadas. Sus manos cortas, cubiertas de negro vello hasta las uñas, sonaron como tablas.
—¡Señores, á bailar!...
¡Oh, y qué blandas, qué suaves, acariciadoras y alcahuetas, vibraron aquellas palabras!... Fué un soplo de paganía, un estremecimiento sabático. Epifanio ofreció su brazo á Raimunda; Romualdo dió el suyo á Micaela. La joven se levantó, el rostro bañado en felicidad y alisándose con ambas manos los cabellos. Al dejar la silla, sus caderas tuvieron un vaivén voluptuoso. Doña Virtudes la llamó y en voz muy baja, sibilante...
—Estás fuera de ti; haz el favor de comportarte decentemente...
Micaela se encogió de hombros.
—Por Dios, mamá...
Fernández Parreño quiso danzar con doña Evarista, quien se excusó finamente cimentando en su edad su negativa, y el médico invitó á Flora. Don Ignacio, contento y ágil como un muchacho, bailaba á María Jacinta; y, á pesar de su corcova, don Artemio brindó galantemente su brazo á doña Fabiana.
La corrección de don Elías y su juvenil esmero en acicalarse, impresionaron al veterinario. ¿No iba don Elías demasiado currutaco para sus años? ¡Y luego, aquella flor roja que adornaba su ojal!...
—¡A rocin viejo, cabezadas nuevas!—gritó Martínez.
Antoñita dormía acurrucada en un sillón. Doña Virtudes, doña Presentación, Anita y don Niceto, que no sabía bailar, se sentaron en grupo. Para oirse necesitaban hablar á gritos; al fin, ensordecidos por la música y el canto, cada vez más rabioso, de los pájaros, decidieron callar. Unas en pos de otras, las parejas danzantes voltijeaban infatigables, y bajo la generosidad lechosa de las luces, se multiplicaban sus perfiles. Según el trozo de patio que sirviese de fondo á las figuras, éstas perdían ó ganaban en nitidez: así, sobre las iluminadas paredes de la galería, los cuerpos de María Jacinta y de Micaela, vestidas de blanco, se emborronaban, mientras los negros cabellos de la señora de Martínez exaltaban la solemnidad de su ébano; y, por el contrario, ante la oscuridad de la hiedra, los trajes claros y los semblantes se recortaban intensamente, en tanto las cabelleras se desvanecían. La exactitud de tales contrastes podía seguirse mejor atisbando las evoluciones de Epifanio y de Romualdo: el gerente de La Honradez, vestido de azul, era el bailarín de la luz y de los muros encalados; Epifanio, en cambio, por lo mismo que palidecía bajo las lamparillas eléctricas, dentro de su terno gris, medraba notablemente en la penumbra de la hiedra.
A las once tocaba la fiesta á su apogeo. Habían llegado doña Quintina, una jamona, alegre y apretada de carnes, á quien don Artemio no podía mirar sin que se le encandilasen los ojos; y Luis Olmedilla, el prometido de Anita, á cuya sola presencia los labios hasta allí amustiados de la moza, recobraron su locuacidad y encendido color.
En Luis Olmedilla, bien plantado, desocupado y alegre, todas las muchachas de Puertopomares, cuál más, cuál menos, había pensado alguna vez. Socapa de estudiar Derecho vivió en Madrid varios años, y allí aprendió á tocar la guitarra y otras majezas. Aunque pobre, sus costumbres holgazanas y su mediana ilustración le separaban del bajo pueblo, en cuyo trato y comercio, no obstante, se complacía. Era faldero y amigo de trifulcas. La influencia del juez, su hermano, tras salvarle de quintas, había agravado sus fueros de perdonavidas. Desde que ahorcó los libros, vivía en la fonda del Toro Blanco y á expensas de don Valentín, y sin mejor ocupación que retozarle las criadas y beberle los mejores caldos de la bodega. Con estos y otros no menos arlequinescos pormenores que de él se contaban, las mujeres, enemigas inconscientes de la moral, se perecían por gustarle, y ello estimulaba la pasión en que la menor de las hijas del médico se derretía.
Al terminar el vals, don Artemio invitó á Olmedilla á pulsar la guitarra; aceptó en seguida el mozo, que rabiaba por coquetear y lucirse, y apenas vibró la suave pesadumbre de las primeras coplas, cuando Martínez, que con las frecuentes libaciones sentíase enternecido y más enamorado de su mujer que de costumbre, determinó obsequiar á sus invitados con unas botellas de champagne.
A media noche los ojos de doña Presentación y de doña Virtudes empezaron á cerrarse de sueño, pero las muchachas tenían los suyos por momentos más pajareros y luminosos. La danza pedía vino, y el vino, danza; multiplicábanse las conversaciones y las risas; los hombres hablaban á gritos y rivalizaban en decir donaires. Salieron á colación varios cuentos: don Elías refirió uno, otro don Artemio, y Luis Olmedilla empezó una historia de tan sutil y quebradiza moralidad, que María Jacinta, Flora y las señoritas de Fernández Parreño, comprendiéronse obligadas á taparse los oídos. Doña Evarista acudió en socorro de las escandalizadas doncellas.
—Luis, las atrocidades están prohibidas; hay demasiada gente...
—Pues, por eso, porque hay mucha gente, tienen mis ligerezas menos gravedad.
—¡Al contrario! Particularmente, cualquiera de nosotras oiría eso... y más. En público, no. La vergüenza femenina es un fenómeno de conjunto que sólo se produce con la aparición de una «tercera persona». Como en el Paraiso, exactamente...
Don Elías propuso un juego de prendas, pero su opinión fué rechazada. La juventud prefería bailar. Las mejillas cubiertas de mador de las muchachas ofrecían una tersura brillante y nacarina. Las hijas de Fernández Parreño, hermosas y encendidas, estaban como lujuriantes amapolas. Los rostros de Flora y de las señoritas de Castro, también ardían, y aquel aborrachado color mejoraba su belleza. En los breves instantes de silencio que dejaban las conversaciones, vibraba el nervioso abrir y cerrar de los abanicos. Hasta las ojeras profundas y los labios viciosos de María Jacinta tenían arreboles de salud.
Los músicos requerían de nuevo sus instrumentos, y Anita, que llevaba agilidades de pájaro en los pies, pidió á voces un vals. La mayoría protestó: deseaban algo más lento, más sensual...
Doña Fabiana llamó la atención de su marido.
—Me parece que ha sonado el aldabón de la puerta de la calle.
Martínez hizo un gesto de duda.
—¿A estas horas? No es probable.
Fernández Parreño ratificó lo dicho por la señora de Martínez: él también estaba cierto de que habían llamado. Don Ignacio se encogió de hombros.
—Quien sea—dijo—puede entrar, porque la puerta quedó entornada.
Acababan de ser dichas estas palabras, cuando la puertecilla que relacionaba el patio con la cuadra se abrió lentamente y, sobre su oscuridad, apareció don Gil.
La llegada insólita del hombre pequeñito y astral, determinó en todas las mujeres idéntica emoción de frío. Miráronle con miedo, con rubor; con ese rubor que hay en las pupilas de las recién casadas. De emoción María Jacinta, la favorita de don Gil, quedóse lívida. Cesaron las risas. La entrada de un Sultán en su serrallo, no produciría otro efecto. Era el amo, el Deseo, que, de noche, se hacía hombre; el íncubo...
En medio de aquel silencio repentino, silencio de sorpresa, don Gil Tomás, el hombrecito color de paja, el hombrecito que no había reído nunca, avanzó insinuando un saludo amable...