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El misterio de un hombre pequeñito: novela

Chapter 16: XV
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About This Book

La narración sitúa al lector en un pueblo montañoso cuyas ruinas y clima convulsos condicionan la vida cotidiana, alternando descripciones minuciosas del paisaje y la arquitectura con episodios que muestran la persistencia de odios, codicias y rencores heredados. A través de escenas centradas en familias y en las relaciones vecinales, el texto explora cómo el pasado colectivo y las luchas por el poder y la subsistencia moldean caracteres y destinos. El tono combina detalle costumbrista y dramatismo moral, trazando la continuidad y transformación social en una comunidad marcada por la historia.

Resentida su salud y atropellada en su orgullo, la joven procuró desvanecer el sucio sortilegio. Sentíase vejada, asqueada, irritadísima consigo misma. ¿Cómo suprimir estos desvaríos que ella, recordando ciertas lecturas, achacaba á una turbación medular? También la encolerizaba su predilección por lo feo. ¿Por qué no ligaba sus ensueños á cualquiera de los buenos mozos que conocía y gustaban de ella; á Luis Olmedilla, por ejemplo, ó al mismo don Juan Manuel, que, aunque viejo, era gracioso, limpio y galán, y no al descolorido, caricaturesco y misterioso don Gil?...

Su decisión fué tan firme, que varias noches consecutivas resistió al sueño. Se acostaba, encendía una luz y leyendo esperaba la salida del sol. Pero otro día, no bien cedió al cansancio, el hombre pequeñito reapareció y tornó á lograrla, tan prestamente como si paso á paso hubiese acechado el dulce momento. Esta lucha con la virgen orgullosa y rebelde, encantaba á don Gil.

Sin embargo, María Jacinta, la unigénita de don Artemio Morón, interesábale infinitamente más, y no porque aquella delgada y frágil criatura, con sus ojos distraídos y dulces y sus mejillas eucarísticas, se acercase á la saludable belleza de Enriqueta de Castro, sino porque la acuidad de su sensorio y los refinamientos malsanos de su imaginación, le allanaban la tarea. La conquista de María Jacinta no le costó trabajo; la señorita Morón era una neurótica expuesta á frecuentes crisis de ninfomanía. Los primeros responsables de estos desarreglos y perversiones eran Luis Olmedilla, Romualdo y otros individuos de buen humor que todas las noches, á última hora, concurrían á la Fonda del Toro Blanco. A estas tertulias iba muchas veces don Artemio, y como siempre pecó de distraído, sus amigos le deslizaban furtivamente en los bolsillos del gabán láminas y libros pornográficos, con la miserable intención de que luego María Jacinta los viese. Así sucedía, efectivamente: en la quietud de la botica la virgen curiosa releía aquellas páginas infames, y se abrasaba en la contemplación de los grabados obscenos. De este modo conoció todos los momentos, todos los desvaríos, del dulce secreto. Una noche, hallándose dormida, sintió en su vientre la presión de un cuerpo, y sobre los riñones la caricia de unas manos, y entreabriendo los párpados creyó ver á don Gil. El hombrecito de color de miel no necesitó esforzarse para ir tan lejos; cuando llegó, la seducción de la doncella, gracias á la labor preparatoria de los ociosos del Toro Blanco, estaba hecha.

Con ser tan abundante el tragín seductor de sus noches, aun quedábanle tiempo y ganas á don Gil para nuevos devaneos, y así, de cuándo en cuándo, visitaba á Flora, la prima de María Jacinta, que también era muy guapa; á las hijas de don Valentín, Serafina y Mercedes; á las señoritas de Fernández Parreño, y aun se atrevió á turbar diferentes veces el reposo de doña Evarista, tan desengañada y separada del amor por lo mismo que siempre vivió de él.

Dentro de esta existencia, colmada aparentemente de satisfacciones, don Gil Tomás no era feliz. De día su carácter mostrábase reservón, callado, ecuánime y un poco triste. Cuando el solitario del Paseo de los Mirlos se autoinspeccionaba, refería su tristeza al aislamiento de su vida y á su aburrido holgar. Su pena, sin motivo, sin término, sin nombre, parecía derivarse de su inacción.

—¡Si yo pudiese trabajar en algo!—meditaba.

En realidad, su melancolía era el reflejo ó la sombra que irradiaba sobre sus vigilias el grave misterio de su vida nocturna. Don Gil era desgraciado de día porque también lo era de noche, y esta congoja noctámbula enfermaba sus nervios. El hombre pequeñito estaba enamorado, á perder, de doña Fabiana, la esposa del albeitar. Apenas cerraba los párpados, su alma retorcíase, como sobre un potro, en el ardientísimo deseo que aquella mujer, gruesa, trigueña, con su húmeda y encendida boca y sus hermosos ojos aterciopelados y maternales, le sugería.

Pero á semejanza de lo que hubiese ocurrido en la realidad diurna, tangible y soleada, en el mundo de los sueños don Ignacio Martínez defendía á su consorte. Sorprende el paralelismo, la armonía casi perfecta, con que el sujeto desenvuelve su actividad en ambos estados: trepidan los nervios, la inteligencia conoce, mide y calcula la razón, ordena la voluntad, y todas las facultades, todas las ideas, todos los recursos, vehemencias, astucias, fintas y disimulos del ánimo, entran en juego como si el individuo estuviese despierto.

Generalmente el espíritu de don Gil ignoraba dónde pudiera hallarse el de doña Fabiana, aunque presumía, conocidas su apacibilidad y virtud, que no se alejaría mucho de su cuerpo. En averiguarlo, el hombre pequeñito, cuya alma espiaba desde lejos cuanto hacía la de don Ignacio, empleaba horas interminables. La esperanza de poder acercarse á Fabiana un momento le sostenía. Unas veces vigilaba desde el taller del veterinario, resistiendo el hedor del piso cubierto de estiércol; otras escondíase en el despacho ó se aventuraba rampante á la hila de los muros tapizados de hiedra, del jardín: dormían los pájaros en sus jaulas; bajo la luna, las columnas de las galerías pintaban largas sombras oblicuas en el limpio solado; goteaba misteriosamente la fuente... Cierta noche consiguió llegar al dormitorio de doña Fabiana y verla en su lecho, al lado de su esposo y de su hija; la niña ocupaba una cuna.

Con esa portentosa facilidad—rapidez de luz—de los espíritus, don Gil lo apreció todo: la amplitud del aposento, la distribución de los muebles y de las puertas. También comprendió que el alma tranquila y feliz—alma sin deseos—de doña Fabiana, estaba allí, acurcullada dentro de su cuerpo dormido. Vibraba el hombre pequeñito de lascivia y pavura. ¡Oh! ¡Si hubiera podido abordarla y sigilosamente dejar en ella, como un veneno, el recuerdo de su posesión!... Pero pronto finaron sus cábalas, porque el alma del veterinario volvía, y tuvo que escapar.

Don Ignacio, efectivamente, parecía recelar algo; en sueños, su voluntad conservaba el impulso y la exaltación agresiva de cuando estaba despierto; tenía celos y no sabía de quien. Era un caso interesante de adivinación magnética. Muchas noches su mujer le despertaba, asustada de oirle barbotar palabras de cólera y amenaza, y rechinar los dientes.

—¿Qué tienes?—le decía—; oye... ¿Me oyes?... ¡Estás soñando!...

El abría los ojos; destosía; se incorporaba.

—Sí—repetía—es verdad... estaba soñando...

Pero en aquel instante, por suerte del hombre pequeñito, todas las rudas imágenes que trastornaban el alma de Martínez se habían borrado. Algo, sin embargo, semejante á un légamo de mal humor, dejaban en él estas pesadillas. Al día siguiente su carácter agriado padecía tempestades terribles de cólera, que él achacaba á un exceso de bilis. Todo le irritaba entonces, la emprendía á puntapiés con los muebles, no soportaba que nadie le contradijese y se mordía todas las uñas. Era un prurito de reñir, de romper.

Por las mañanas, Antoñita, que era muy avispada y graciosa, conocía si su padre estaba ó no de buen humor por la cola de «Bock», el fosterrier que dormía en la alcoba familiar.

Salir «Bock» del aposento con el rabo entre piernas, era señal infalible de tempestad; le habían pegado; el amo estaba furioso, quería pelea. En cambio, si el animal llevaba el rabo en alto, podía asegurarse que don Ignacio se levantaba contento. Esta ingeniosa observación de la niña la comprobó su madre; la asociación y sincronismo de ambos hechos llegó á ser evidente y constante; la presión moral de Martínez se reflejaba, como sobre un barómetro, en la cola del perro.

Don Gil y don Ignacio salían juntos algunas noches del Casino, unas veces con don Valentín, otras solos, y en el silencio de la calle Larga las pisadas seguras del veterinario sonaban marciales; los pies diminutos de don Gil, por el contrario, caminaban sin ruido. Martínez hablaba alto, tosía, gesticulaba levantando los brazos y con los puños apretados. El enano, impasible y amarillento, se limitaba á oir. En la Glorieta del Parque se despedían, y el hombre pequeñito seguía hacia su casa.

Su figura, su palidez, el misterio de su cara que nunca había reído, el cenobítico retraimiento de sus costumbres, la emoción de asco y miedo que todas las mujeres, unidas á él por un concubinaje absurdo, experimentaban al verle en la calle, eran pormenores que lentamente iban afianzando sus prestigios de brujo. El pueblo recordaba siempre la muerte de Manuel Ayala y el sueño profético de Ursula Izquierdo, y la imaginación fértil de los comentaristas empeoraba los hechos. A pesar de no haber causado mal á nadie, al menos de un modo fehaciente y preciso, sus convecinos, supersticiosamente, se apartaban de él. Era el brujo, el morabito jorguín portador de la mala sombra; el jettatore cuyos ojos impasibles, color de cobre, al mirar, repartían el mal hechizo.

XIV

En sus peregrinaciones nocturnas don Gil saludaba muchas almas que, como la suya, iban y venían sabrosamente, horras de la dura sujeción carcelaria del cuerpo. Con los espíritus de las personas dormidas, entremezclábanse los de las ya difuntas, y entre todos componían multitudes numerosísimas, que viajaban, se relacionaban y tenían quehaceres, como si revestidos se hallasen de carne mortal. Los finados disfrutaban de esta segunda vida de noche y de día, sin preferir la luna al sol, como cree el vulgo; los dormidos sólo gozaban de ella de noche, cuando el sueño les restituía su libertad. Llegaban á lo invisible por montones, en grupos alegres, cual viajeros que se apeasen de un tren, é inmediatamente trasladábanse de un lado á otro con la misma vertiginosa velocidad de su deseo. Porque el alma, toda el alma, es deseo, y así su ligereza es la del pensamiento y corre parejas con la del tiempo, que jamás se detuvo. La agilidad de los espíritus, sólo á la de los marconigramas puede compararse, y aun es superior la de aquéllos. Las pesadillas más dilatadas, más complejas, duran instantes; una alma, para volar sobre todos los mares y dar la vuelta al mundo, con la décima parte de un minuto tiene suficiente.

Reintegrado cada espíritu á su cuerpo en el momento del despertar, raras veces consigue acordarse de lo soñado; cree haber dormido profundamente y que en su reposo no hubo imágenes. Error. Dormir es soñar, y soñar equivale á vivir la vida de los muertos. Pero sucede que esas ideas-imágenes que estremecen al espíritu durante sus horas de libres, por su tenuidad, rapidez y selección carecen de la grosería material necesaria para conmover los centros nerviosos. Inútilmente llaman á éstos; entre ellas y el aparato receptor, no hay proporción ni equilibrio. Su esfuerzo se pierde como el del niño que quisiera mover una palanca ó hacer sonar un timbre cuyos dinamismos requiriesen la energía de un hombre.

De esta suerte los movimientos de la vigilia y del sueño hállanse casi totalmente separados: la vigilia del alma es el reposo del cuerpo; en cambio, todas las mañanas, cuando la carne te levanta, el alma se echa á dormir.

Una noche don Gil Tomás soñó que su espíritu y el de Manolo Peinado, sobrino de don Isidro, el alcalde, se saludaban. Manolo abrazó al hombre pequeñito con una emoción que lo mismo podía ser de zozobra que de alegría.

—¿Sabe usted—le dijo—que mañana me muero?

La noticia sorprendió á don Gil. Manuel Peinado era un mocetón treintañal, que parecía derramar optimismo y salud. El enano repuso:

—¿Y de qué muere usted?

—Del corazón.

—¡Ah!...

—Sí, tengo un aneurisma; moriré de repente. Hace tiempo lo veo formarse y la agitación de mis costumbres lo empeora. Yo monto á caballo y juego á la pelota casi todos los días, y ambos ejercicios me son fatales. He procurado advertir á mi cuerpo del peligro y obligarle á un régimen más sedentario, pero nada he conseguido; no me oye... ¡Lo lamento porque el mundo de los sentidos todavía me parece bonito!...

El suspiro que Manuel Peinado añadió á esta exclamación acrecentó la compasiva emoción de don Gil. Las dos almas paseaban sobre los tejados de Puertopomares, envueltas en la luz rubia de la Luna. Sorprendía la magnificencia tranquila del paisaje; la blancura de los bardales y la canción del río, rimaban apaciblemente; una especie de llovizna argentina plateaba la fronda de los castañares lejanos; á ratos, en la sombra, pasaba susurrante el aletazo aterciopelado de las lechuzas.

Preguntó don Gil:

—¿Ha hablado usted de esto con Fernández Parreño?

—Diferentes veces; pero cuanto me sucede con mi cuerpo le ocurre exactamente á él con el suyo, y al despertar no se acuerda, ni palabra, de nuestras conversaciones.

Agregó:

—Empero, más que morirme, deploro el mal rato que Elvira va á pasar. Porque, precisamente, «está escrito» que muera en su casa.

—¿La visita usted todas las noches?

—Todas las noches, mientras su marido anda de viaje. Ahora Elvira se halla velando á una tía suya enferma; por eso me ve usted aquí. Pero mañana, á las doce de la noche iré á visitarla, y á la una en punto, en su cama, me quedaré muerto. ¡Imagínese usted el miedo, primero, y luego el dolor y la vergüenza que la infeliz va á sufrir!... ¡Y no sé cómo prevenirla, no hay medio de evitar el drama!...

Mientras la sombra de Manolo Peinado se expresaba así, el hombre pequeñito, que sentía hacia doña Elvira una muy segura y fraternal amistad, discurría en el modo de impedir aquella última cita.

Doña Elvira Ferrer vivía en el camino de La Olla y á dos kilómetros de Puertopomares. Rodeaba su casa un vasto y bien arbolado jardín. Era joven y bella y salió del colegio para casarse con un inglés riquísimo. Ernesto Wollingen tenía acciones de distintos ferrocarriles, negociaba en minas y en frutas, y ganaba anualmente muchos miles de francos. Sin embargo, al lado de aquel hombre casi viejo, que desdeñaba la poesía del reposo, doña Elvira se aburría, y al cabo su fastidio cristalizó y se hizo adulterio. Cuando Wollingen se iba de viaje, Manuel Peinado ocupaba su puesto.

Aquella noche, después de cenar, doña Elvira Ferrer se quedó dormida. Fue un sueño brusco, que la sorprendió y venció cuando se disponía á tomar el café. En tal instante llegaba don Gil.

—¿A quién espera usted esta noche?—preguntó el enano.

La joven pensó que sus mejillas se empurpuraban de vergüenza y quiso huir. Don Gil la detuvo:

—No finja usted. Yo sé que tiene usted un amante y vengo á rogarla que no le reciba. Cuando venga, recurriendo á un ardid cualquiera, despídale usted.

Doña Elvira, como por ensalmo, pareció llena de tranquilidad y confianza.

—¿Por qué me dice usted eso?

—Por su bien.

—¿Me amenaza algún peligro?

—Sí; uno muy grande.

—¿Vendrá mi marido?

—No. Míster Wollingen se encuentra muy lejos de aquí.

—¿Qué debo temer entonces?...

Los ojos metálicos del hombre pequeñito mudaron de expresión; una ternura húmeda suavizó su brillo.

—Elvira—repuso don Gil poniendo en cada una de sus palabras una firmeza paternal—, yo, que la quiero á usted bien y deseo ahorrarla el mayor disgusto de su vida, la aconsejo no recibir á Manuel Peinado esta noche.

—Pero... ¿por qué?

Don Gil comprendió que sus reticencias no servirían de nada; era preciso hablar.

—Porque Manuel Peinado está enfermo.

Como un eco, ella repitió:

—Enfermo...

—Sí.

—¿De qué?

—Del corazón. Manuel Peinado viene á morir aquí; se morirá esta misma noche, á la una en punto.

Doña Elvira lanzó un agudísimo grito, tan estridente, que la despertó. Abrió los párpados y temblando miró á su alrededor. Don Gil había desaparecido.

—He soñado...—pensó.

Esta reflexión la ayudó á recobrarse. De un sorbo apuró el café, que estaba ya frío. Dos criadas entraban y salían del comedor, levantando la mesa. Terminada su faena se retiraron. Doña Elvira abrió un libro, que empezó á leer aquella tarde. Bajo la luz de la lámpara, su cabeza rubia tenía el brillo mate y noble de las viejas onzas.

A las doce, como otras veces, un silbido lejano la previno de que su amante estaba allí. Salió á recibirle. Luego, ella y él, los brazos entrelazados, sosteniéndose mutuamente por la cintura, penetraron en la alcoba. Se acostaron. Mientras cambiaban besos voraces y callados, ella murmuró:

—¡He tenido mucho miedo!

—¿Por qué?...

—Pues... lo que nunca me sucede: cuando terminé de cenar me quedé dormida y soñé con don Gil...

El recuerdo del enano volvía á estremecerla, y se tapó los ojos.

—¡Qué miedo! No quisiera acordarme... ¡Qué miedo!...

Y seguidamente, cambiando de tono:

—¿A ti no te duele el corazón?

—Nunca.

—¿No estás enfermo de nada?

El afirmó petulante.

—Tengo una salud de toro. ¿No lo sabes?...

Bromearon y rieron mucho. Ella, sin embargo, de cuándo en cuándo se quedaba triste y le miraba con aterradas pupilas. Las terribles palabras agoreras de don Gil, martirizaban su memoria: «Manuel Peinado morirá esta noche, á la una en punto...»

Interrogó supersticiosa:

—¿Te irás temprano?

—No, como siempre. ¿A qué viene eso?

—No sé; pero... tengo miedo. Presiento algo malo. Es mejor que te marches.

El la oprimió contra su pecho, y habiendo sido muy feliz, abandonóse al quebranto del deseo cumplido y cerró los párpados. Su respiración tornóse tranquila. Doña Elvira le llamó suplicante:

—Tengo miedo; abre los ojos, Manuel... ¿Oyes?... Abre los ojos. Cuando los cierras me parece que me quedo sola.

Peinado hizo un ademán de impaciencia:

—Déjame, mujer; déjame dormir. Estoy cansado.

Pero ella, por momentos más inquieta, le daba golpecitos en las mejillas para despabilarle, y con los dedos suavemente trataba de obligarle á levantar los párpados.

—No te dejo dormir; necesito verte los ojos... Si no quieres hablar, no hables, pero necesito verte los ojos.

No contestó él, ni por su semblante pasó gesto alguno. De pronto ella sintió que los brazos con que su amante la tenía sujeta, se aflojaban. Doña Elvira exclamó, conteniendo un grito:

—¡Manuel!...

Peinado no respondió; tenía los labios entreabiertos y por su cara acababa de extenderse una rara palidez. La joven repitió:

—Manuel...

Se incorporó y le palpó la frente; bajo su mano aquella carne, por instantes, parecía enfriarse. La cabeza de Manuel Peinado, perdiendo el equilibrio, resbaló inerte por la almohada. Doña Elvira, fuera de sí, le auscultó el pecho; el corazón no latía; le buscó los pulsos y no los halló. Rápidamente, los brazos, el cuello, la cara de aquel hombre, iban helándose. La joven cruzó las manos, como si rezase. Dentro de ella una voz murmuraba:

«Ha muerto... Está muerto...»

Sin hablar, con una extraña energía, brincó al suelo, se envolvió en una bata y salió al gabinete, donde una luz había quedado ardiendo. Sobre la chimenea, dentro de un fanal, brillaba un viejo reloj de bronce, estilo Imperio, y en el silencio aquel reloj, parado desde tiempo inmemorial, vibró una vez. Las manecillas, sin embargo, señalaban otra hora. Devorada por el enigma, doña Elvira, en vez de huir, se precipitó hacia él, para convencerse de si andaba. Pero nada oyó; el reloj, como siempre, permanecía callado, inmóvil, semejante á un muerto. Nadie penetraría su misterio; nadie sabría por qué cantó su campana.

Escapó doña Elvira de la habitación; más que su miedo al cadáver la impulsaba el deseo de poner su reputación al abrigo de murmuraciones. Era necesario desvanecer el rastro de su delito, evitar el escándalo, salvarse. Llegó al aposento donde sus azafatas dormían, y yendo desatentada de un lecho á otro, las despertó:

—Margarita... Lorenza... Margarita... pronto...

En un santiamén estuvieron en pie y medio vestidas.

—¿Qué sucede?...

—Venid conmigo, venid...

Asustadas y restregándose los ojos, siguieron á su ama.

—¿Qué sucede?

—Silencio; hablad bajo...

—¿Se ha puesto enfermo don Manuel?

—No sé; quizás esté difunto; no sé. Tenéis que ayudarme á sacarle de aquí.

Lorenza y Margarita, con ese valor peculiar de las mujeres en los grandes peligros, replicaron:

—Lo que usted disponga, eso haremos.

Entre las tres vistieron al muerto, y, casi arrastras, le llevaron al jardín. Después, bajo el pavor de la noche sin luna, todas, en grupo, caminaron jadeantes largo rato por la carretera. Era una visión bíblica; la visión del Santo Entierro. A lo lejos los perros aullaban.

A la mañana siguiente, á menos de un kilómetro de Puertopomares, unos arrieros encontraron el cadáver de Manuel Peinado al pie de un árbol. Y meses después la opinión pública comenzó á decir que no fué en medio del campo, sino en la alcoba y en la cama misma de doña Elvira, donde falleció, y que su muerte la había vaticinado don Gil Tomás.

XV

Hacía mucho tiempo, cerca de un año, que los Paredes, obligados por su codicia y los consejos infames de don Gil, decidieron asesinar á Frasquito Miguel. Pero, ¿á qué sutilísimo ardid recurrir para que su homicidio no dejase acusadores vestigios? Matar al pobre paralítico, indefenso y confiado, no ofrecía dificultad ni riesgo; lo peligroso empezaba más tarde. El vecindario preguntaría por él. ¿Cómo justificar su desaparición? ¿Dónde inhumar el cadáver?...

Casi á diario, en voz muy baja, mientras comían, Toribio y su hermana hablaban de esto: era un propósito que volvía á ellos cotidianamente con la oscuridad de los crepúsculos, y que sus espíritus, tan aireados y sueltos de intenciones como herméticos de mollera, no sabían llevar á termino.

Empeoraba la criminal disposición de sus ánimos la enfermedad del señor Frasquito, de día en día más inútil. Apenas salía del lecho, y cuando lo dejaba era aprovechando los momentos en que Rita y Toribio se hallaban ausentes: entonces, arrastrando los torpes pies, apoyándose en los muebles, dedicábase á buscar la botella del aguardiente, y aunque sus familiares la escondían, su instinto zahorí de borracho siempre daba con ella, unas veces en la cocina, otras en el arcón de la ropa, ó en la cuadra, bajo el pienso de las pesebreras. La empuñaba y alborozadamente se la ponía en los labios: bebía con sed febril, bebía con rabia; aquel alcohol era el olvido, la paz, un alto en el dolor de sus huesos torturados. Luego, si podía, regresaba á su cuarto; pero, generalmente, le hallaban en el suelo, caído en la doble inmovilidad de la embriaguez y de la anquilosis. Sin esto era necesario tomarle en brazos á cada momento, ora para vestirle, ya para incorporarle en la cama y darle de comer; y como los colchones estaban siempre empapados en orines, el aposento adquirió una pestilencia nauseabunda. Aquel hedor, aquella miseria, aquella lenta pudrición, exasperaban á los Paredes; cuidaban del enfermo, pero bajo su aparente misericordia, sólo había asco y rencor. ¡Si se muriese! ¡Si una mañana, al entrar en su cuarto, le hallasen frío!... Este deseo infundía á todos sus ademanes una cruel aspereza, y cuando vestían al señor Frasquito ó le sentaban en una silla mientras le aderezaban y mullían el lecho, hacíanlo violentamente, á tirones y á golpes, con la torva esperanza de que estos malos tratos algo habían de contribuir á acortarle la vida. Frasquito Miguel, comprendiendo la inhumana crueldad de aquella familia pegadiza y de aluvión, dolíase amargamente de su mala fortuna, y á veces su pena era tan grande que se afeminaba y resolvía en llanto copiosísimo. A intervalos, según el hipar de su congoja se lo permitía, les improperaba:

—¡Asesinos... ladrones!... ¡Si tenéis peores entrañas que las fieras!... ¡Leche de tigres debió de daros á mamar vuestra madre!...

Ellos, por no oirle y perder la paciencia y con ésta el miedo á la justicia, salíanse de la habitación. La ira extendía por sus rostros el livor trágico, y sus ojos brillaban aceradamente. Temblaban, sin color, los labios.

—¿Eh?—rezongaban—¿qué te parece? ¡Vamos! ¡Que es muy duro dejarse insultar así!...

Una noche Toribio Paredes volvió á su casa de negrisimo humor; había perdido al tute, en el café de la Coja, ocho pesetas. Sin saludar á nadie, los ojos bajos, la estrecha frente cubierta de sombras de amenaza, tiró el sombrero á un rincón, y acercando con el pie un taburete á la mesa, se dispuso á cenar. Los niños, sentados enfrente de él, medrosos y hambrientos, le observaban. Rita había traído una cazuela abastada de un bien oliente guiso de carne, patatas y arroz. Toribio se sirvió una generosa ración, porque en él la cólera no excluía el apetito, y empezó á comer. No se acordó de los muchachos. Estos, sintiéndose olvidados, no sabían qué hacer. Francisco, el más pequeño, empezó á golpear temerariamente con su cuchara en su plato. Deogracias, María Luisa y Pepe, observaban una actitud neutral. De pronto Deogracias, el mayor, adoptó una resolución: levantóse y empuñó el cucharón, pero al retirarlo de la cazuela, como lo sacase muy colmado, volcó un poco de salsa sobre el pan. Furioso su tío le dió una bofetada que le tiró de la silla. Empezó á dolerse el muchacho con lastimeros ayes, boca arriba, según cayó, y las manos puestas en los riñones, ni más ni menos que si se los hubiera roto; y María Luisa, que era muy traviesa y aborrecía á Deogracias por primogénito, empezó á reir; con cuya discordancia Toribio Paredes se exasperó de modo que comenzó á repartir puñetazos y coces entre los chiquillos; los cuatro, revueltos como guiñapos, rodaron por el suelo.

El señor Frasquito, sentado á duras penas en su camastro, denostó agriamente á Rita que se le acercaba á darle de comer.

—¿Pero no oyes lo que el animal de tu hermano está haciendo con los niños? ¿Por qué les pega?

La mujerona se alzó de hombros. En aquel momento no se acordaba de Deogracias, el preferido, sino de los otros, los hijos de Frasquito, á quienes aborrecía casi tanto como á su padre.

—¡Mira—repuso—qué bien!... ¡Si acabase con todos!...

El enfermo no contestó; no podía apartar su atención de lo que sucedía en el comedor; la cólera, la espantosa cólera inútil de los paralíticos, le trastornaba el rostro en ráfagas alternativamente lívidas y rojas. Empezó á gritar:

—¡Toribio!... ¡Ladrón, más que ladrón!... ¡Déjales!... ¡Deja á los muchachos ó te doy un tiro!...

Rita procuró acallarle presentándole el plato de la comida.

—Vamos, toma y cállate ya...

Frasquito Miguel siguió vociferando:

—¡Toribio!... ¡Canalla!... ¡Asesino! ¡Maldito sea tu corazón! ¡Malditas tu sangre y la leche que te dieron á beber, y la luz que te entra por los ojos!... ¿Quieres no pegarle más á los niños?... ¡Así te quedes ciego... así el pan que comes, en la boca se te vuelva gusanos!...

Los insultos, gárrulos, sucios y coloristas, manaban de sus labios trémulos á borbollones, como el agua de una atarjea. En el aposento contiguo, los ruegos, gritos y sollozos de la chiquillería vapuleada, retumbaban desoladores.

—¡Tío, por Dios, por amor de Dios, no me pegue usted más!... ¡No me pegue usted más!...

Y el estrépito de las sillas removidas, de los golpes y de los cuerpos que huían, se entrechocaban y caían al suelo, daba una impresión de lucha. ¿Hasta cuándo iba á durar el tormento? El señor Frasquito, á pesar de sus dolores, intentó levantarse. Bramaba de coraje. Quería buscar su revólver.

—A ese miserable—repetía—le mato; ahora mismo le mato; no espero más: ¡Le mato!...

Su barragana, asiéndole por un brazo, le detuvo:

—Pero, ¿á dónde vas tú, semicadáver? ¿A dónde vas tú?... Toma, come y calla...

Le presentaba el plato. Pero el señor Frasquito, con un gesto soberbio, arrebatándoselo de las manos, lo estrelló contra el suelo. Las salpicaduras del caldo denso y oscuro del guisote, pintaron un ancho borrón sobre la pared encalada. Entonces fué Rita, la mujerona de los ojos pequeños y bermejos y de la boca saliente como hocico de lobo, la que, tremante de furor, empezó á gritar:

—¡Canalla, marrano, grandísimo cochino!... Después que no se puede aguantar la peste que echas!... ¡Cabrón!... ¿Así agradeces el pan que te damos, sin merecerlo, y cuanto estamos haciendo por ti?... ¡Si debíamos quemarte los ojos!...

El señor Frasquito pugnaba por levantarse, luchando con Rita que le tenía asido por los hombros. Aquellos esfuerzos y el daño que mutuamente se causaban enardecieron á los dos. Ella descargó sobre el enfermo varias bofetadas, á las que Frasquito contestó magullándola la nariz de un seguro y rectilíneo puñetazo.

—¿Creías que no podía defenderme?—barbotaba el pañero—; pues vas á echar los sesos por los oídos.

Y como la tuviese bien sujeta con una mano, con la otra la dió varios certeros golpes en el vientre y en los senos. Inclinada según estaba sobre el lecho, Rita comenzó á sangrar. Su valor flaqueaba.

En tan crítica sazón Toribio apareció; llegaba furioso. Así, al ver la escena, no se detuvo á inquerir sus motivos, ni siquiera á librar pacíficamente á su hermana, sino que, abalanzándose sobre Frasquito, comenzó á apuñearle con todas sus fuerzas, que eran muy grandes. Una idea absorbente, inexorable, la idea de matar, que tanto tiempo había acariciado su obtuso cerebro, en aquel decisivo momento frutecía y á la par le nublaba la conciencia y los ojos. A cada nuevo golpe de sus brazos, cuyo vigor cuadruplicaba el frenesí bárbaro de la cólera, Toribio Paredes murmuraba, los labios espumeantes:

—Toma... toma... toma...

El señor Frasquito, derribado pecho arriba, no se defendía; su rostro se amorataba y la almohada donde yacía su molida y ensangrentada cabeza, iba tiñéndose de púrpura. A los golpes salvajes de su cuñado, el infeliz respondía con ayes desgarradores. Rita permanecía suspensa, lívida, los brazos recogidos, las nudosas manos crispadas sobre su cabeza minúscula, de cabellos bermejos y alisados. Su voluntad desfalleció. Acababa de ver pasar la tragedia; comprendía que iba á cometerse un crimen, que nadie podría evitarlo, que la última hora del señor Frasquito había sonado. Entonces sintió miedo, frío; miedo á que las gentes que transitaban por la calle oyesen los lamentos del supliciado, y por ellos viniesen en averiguación y conocimiento de lo que sucedía; y entonces, en un repentino alarde de refinadísima hipocresía, empezó á gritar con compasivo y maternal acento:

—¡Vamos, Frasquito Miguel, no te quejes así, que eso no es nada! ¡No te apures, hijo mío, no te apures, pobrecito, ten paciencia, que el dolor te pasará pronto... ¡Déjate dar la untura!... ¡Déjate dar la untura, hombre!... ¡Aguanta un poco!...

Cegado por la cólera, Toribio Paredes, de súbito, ya no se satisfizo con golpear: quiso asesinar, destruir, cerrar aquellos ojos que le miraban á la vez empavorecidos y rencorosos, ahogar el treno de aquella boca que empezaba á torcer el dolor. Entonces se palpó los bolsillos, buscando un arma, y como no la hallase miró á su alrededor con una doble expresión de rabia y de loca angustia: necesitaba un puñal, un martillo, una hacha, una piedra... algo que le preparase á la muerte un fácil camino. Rita entendió á su hermano, pero no pudo auxiliarle; su cerebro estaba vacío y el terror se agarraba á sus pies como un grillete. Este diálogo brevísimo, diálogo sin palabras, duró el relámpago de una mirada. Toribio iba á coger al señor Frasquito por el cuello, que bríos sobrados tenía para arrancarle así, con las manos, su miserable vida; pero según se disponía á ello, recordó que la extrangulación deja señales precisas en la víctima, y el temor á la justicia le detuvo. Por su alma truculenta las ideas galopaban sin brida, y de refilón, en meditaciones breves como fracciones de segundo, la razón iba midiéndolas todas. Al fin, de un salto, trepó á la cama, y, cual si pisase uvas en un lagar, comenzó á patear sobre el derrengado cuerpo de su enemigo.

—¡Socorro!... ¡Que me matan!... ¡No puedo más!... ¡Me matan!... ¡Socorro!...—imploraba el infeliz.

A sus voces, Rita, que había cerrado la puerta del dormitorio temerosa de que los niños se asomasen á ella, respondía con otras mayores, de gran zalamería y piedad:

—¡Frasquito, no te pongas así!... ¡Ten paciencia..., ten paciencia!... ¡Ya verás cómo, con lo que estamos haciéndote, pasado un ratito no te duele nada!...

Sus palabras disimulaban una ironía horrible. Toribio, enloquecido, convulso, semejante á los brujos que danzaban en la epilepsia de los aquelarres medioevales ahincaba sus pies en las entrañas del caído. Un quinqué de petróleo, puesto sobre una cómoda, alumbraba la inaudita escena, y su luz arrojaba contra las paredes las extrañas contorsiones del asesino: las sombras de aquellas piernas inquietas y de aquellos brazos que alternativamente se abrían y cerraban para mantener el equilibrio del cuerpo, corrían por el suelo ó escalaban los muros como arañas. El lecho, que era endeble y de hierro, gemía bajo tan fiero trajín, y las doradas perinolas de sus pilares tintineaban marcando un ritmo. Era un cuadro de pesadilla.

—¡Que me matan!... No puedo más... me matan... ¡Socorro!...

Gemía desmayadamente el señor Frasquito. Y á la vez, consolando su pena, Rita gritaba:

—¡Eso no es nada, pobrecito! Ten valor... ¡Ya verás cómo luego te quedas dormido!...

La voz de la víctima, rápidamente, iba debilitándose, alejándose. Luego, por obra de los golpes que había recibido en el vientre, su boca se llenó de sangre. Desesperado movió la cabeza á un lado y otro, batallando contra la asfixia que la hemorragia le causaba, y sus palabras dejaron de ser inteligibles. Entre sus dientes su lengua se retorcía. De pronto, aquel barboteo cesó también y las manos se crisparon agoreras sobre las mantas. El señor Frasquito acababa de perder el conocimiento.

En el silencio que se produjo los dos hermanos miráronse aterrados. La mujerona susurró:

—Ya está.

Pensaba que Frasquito Miguel había muerto. Toribio saltó de la cama al suelo, y el ruido que produjeron sus pies al caer, le asustó. Llevóse un índice á los labios, significando á Rita que callase, y unos momentos permanecieron así, los ojos muy abiertos, atentos á los menores ruidos. En la calle vibraron los pasos de un transeunte; iban acercándose. Cuando sonaron al otro lado del muro, delante de la ventana, los Paredes experimentaron un nuevo acceso de terror; recelaban que aquel viandante, por las rendijas de los batientes, pudiese verles. Pero los pasos se alejaron isócronos, amortiguándose en la distancia. Luego, nada; el silencio otra vez; y en el silencio el lejano murmurio de las aguas del río. Rita hizo un gesto negativo.

—No es nadie...

Toribio acercó su cabeza lívida al rostro ensangrentado, horriblemente amoratado y torcido, del señor Frasquito, y así permaneció hasta convencerse de que respiraba. Su hermana interrogó ansiosa:

—¿Ha muerto?

Toribio repuso incorporándose:

—No; respira...

Esta idea les serenó, produciéndoles un brusco é inefable contentamiento; fué una calma parecida á la que los marinos obtienen vertiendo aceite sobre las olas aborrascadas. Todavía no eran criminales, todavía la ley podía indultarles. Pero esta noción consoladora duró un instante.

—Hay que rematarle—dijo Toribio.

Ella afirmó con la cabeza; él agregó:

—Porque si no le rematamos, nos acusará y somos perdidos.

—Es verdad.

—Empezamos á comernos el melón, y debemos concluirlo...

La idea imperiosa, apremiante, de borrar su mala acción, la idea que enloquece á los criminales y les obliga á las crueldades peores, se aferraba á sus frentes estrechas.

Quedáronse unos minutos inmóviles delante del lecho, las miradas fijas en la víctima, prontos á lanzarse sobre ella para detener en su garganta el menor quejido. El quinqué, sin pantalla, ardía serenamente. Ahora, con el reposo de los cuerpos, las sombras habían desaparecido, y en la habitación de paredes encaladas todo era blanco.

—Si le matamos antes de que despierte—balbuceó Rita—de aquí al amanecer podemos abrir un hoyo en el patio y enterrarle...

Sus ojos pequeños y rojizos, que el cansancio de la emoción había hundido en el fondo de sus cuencas, se volvieron hacia Frasquito. Hubo en ella como una piedad.

—Quién sabe—dijo—si no tendremos que rematarle; acaso se muera él solo...

Paredes tuvo un corajoso ademán de impaciencia.

—Pero si ahogarle ahora, como se ahoga un pollo, es lo de menos. Lo grave es la segunda parte. ¿Dónde escondemos el cadáver? En el patio no puede ser, ¿no comprendes?

—Tienes razón...

—Sacarle de aquí tampoco es difícil: le metemos en un saco, le ponemos á lomos de la mula... ¡y andando! Luego, á dos ó tres leguas, en lo más cerrado de la sierra, se le deja. Pero es que su desaparición picará la curiosidad de los vecinos, que nos preguntarían por él y llegarían á sospechar de nosotros. ¡Si fuese antes, que salía solo á vender!... Pero se trata de un hombre paralítico, que no iba por su pie á ninguna parte.

Demudado el semblante, los ojos idiotizados por el terror y fijos en el herido, la mujerona repetía:

—Es verdad... es verdad...

Era el negro laberinto, el terrible callejón sin escape, donde los muertos encierran, acosan y pierden á los vivos. Transcurridos unos instantes, los labios blancos de Toribio temblaron y su cara resplandeció en una histérica contracción de júbilo. Retrocedió varios pasos, cruzando las manos sobre el pecho, alebrándose como el cazador que acecha ó que busca una pista en el suelo.

—Ya sé—musitó—, ya sé...

Sacudió á su hermana por una muñeca y señalando al señor Frasquito con el ademán:

—Vámonos... ven... antes de que vuelva en sí. Ya sé lo que debemos hacer con él; me lo dijo don Gil anoche...

Uno tras otro, andando de puntillas, salieron del aposento, cuya puerta suavemente cerraron y aseguraron con llave. Luego, para cerciorarse de que Frasquito Miguel no les había oído marchar, Toribio atisbó por el hueco de la cerradura el interior de la habitación, silenciosa y bañada en luz blanca.

—Acuesta á los niños—murmuró.

Con el sueño del hambre y el rudo molimiento de la azotaina recibida, los cuatro chiquillos dormían profundamente: Deogracias, sobre un banco; los otros en el suelo, á la hila de los muros. En un santiamén y con mayor suavidad que nunca, para no despertarles, la mujerona fué trasladándoles á sus camas, donde les dejó vestidos, y hasta besó á Paquito, el más chiquitín, que al sentirse removido entreabrió los párpados. Inmediatamente, con un andar rápido de furia, volvió al lado de su hermano. Este comenzó á hablarla al oído y con nerviosa vehemencia; su boca, alargada por la emoción, parecía un hocico.

—Ahora mismo vamos á coger un trozo de madera, de aquellos que empleamos como vigas para techar la cuadra, y lo tallamos en forma de maza... ¿Comprendes?...

Rita Paredes, la nariz aguileña, los fieros ojos parpadeantes y bruñidos, los pómulos lívidos más salientes que nunca, aprobó:

—Sí... ¿y qué?

—Lo soñé anoche—prosiguió Toribio—, me lo dijo don Gil, y cuando él hablaba, yo le oía y veía según ahora mismo te oigo y te veo á ti.

La mujerona, hipnotizada, frunciendo los párpados como quien en la oscuridad de una noche sin luna vislumbra un camino, repitió:

—Sí, sí...

Continuó el bujero:

—Luego le quitamos á la mula una herradura y la clavamos en la parte más gruesa de la maza, que así preparada nos servirá de rompecabezas. Con ella, de un solo golpe, le parto yo la frente á Frasquito, y la gente, cuando vea la herida, pensará que se trata de una coz.

Su rostro anguloso resplandecía con la fiebre de una espantosa inspiración. A descompuestas zancadas dirigióse hacia el patio.

—Ven... ¡pronto!...

A pesar de no haberle comprendido bien, su hermana le siguió. A oscuras, para no atraer la atención chismera de los vecinos, salieron al patio, sobre el cual el cielo estrellado vertía un casi imperceptible claror. Los muros blanqueaban en la sombra borrosamente. A la izquierda, la puerta del almacén aparecía cerrada; á la derecha, bajo la techumbre de la cuadra, los animales, medio dormidos, piafaban y sacudían sus cabezales. Al fondo, un mogote de retamas, tablas y trozos de viejos horcones, destinados al fuego, levantaban una mancha informe en la limpieza de la pared. Allí los dos hermanos inclinados hacia adelante, como sobre un rastrojo, empezaron á buscar. Rita era la más impaciente; casi sin interrupción, no bien sus ávidas manos tropezaban un zoquete, interrogaba.

—¿Sirve este?

Toribio, tasándolo con una mirada, repetía lacónico.

—No.

—¿Y este?

—Tampoco.

Ella volvía á preguntar:

—¿Y este?

Tenía la obsesión de que el señor Frasquito iba á levantarse, y á cada momento alzaba la cabeza creyendo oir su voz que pedía socorro en la calle.

Toribio fué quien halló el trozo de leña, largo como de un metro, recto y macizo, que necesitaban, y con él regresaron ambos á la cocina. Tenían trastornada la color de los rostros; el frío de la cruda emoción que les dominaba, unido al de la noche, les hacía temblar. El bujero miró al reloj de pesas que latía en un ángulo de la estancia: iban á ser las once.

—A las doce—dijo—la primera parte de la faena debe estar concluída.

Descolgó una hachuela corta y bien afilada, con la que certeramente empezó á modelar el tarugo, dejándole en uno de sus extremos todo su volumen, y reduciendo y adelgazando el opuesto de modo de poder empuñarlo fácilmente. Pronto el zoquete, que era de encina, quedó transformado en maza; un enorme as de bastos parecía. Satisfecho, Toribio lo agarró por su parte flaca y levantándolo en alto hízolo girar sobre su cabeza. Las virutas que arrancó de él, Rita había tenido la asotilada precaución de arrojarlas al fuego, y así, cuando la faena concluyó, el suelo estaba limpio. Toribio preguntó:

—¿Quedó bien cerrada la puerta de la calle?

Rita fué á asesorarse. Efectivamente los dos cerrojos que la defendían estaban echados, y para que nadie, desde fuera, pudiese espiarles, la mujerona tapó con una miga de pan el hueco de la cerradura.

Entonces los Rojos volvieron al patio. El propósito de desherrar la mula ofrecía dificultades y hasta peligros, tanto por la arisca condición del animal como porque necesitaban maniobrar á oscuras y callando.

—¿Por qué no desherramos al burro?—insinuó la mujer.

Y él, imperativo:

—No; tú, cállate; yo sé lo que digo: la mula es mejor.

Penetraron bajo el cobertizo de la cuadra. Toribio marchaba delante; llevaba en la mano unas tenazas de las que usan los veterinarios en su oficio; se acercó á la mula y comenzó á acariciarla el cuello y las ancas. Procuró dar á su voz, destemplada por la vesánica tensión de sus nervios, una inflexión dulce:

—Pascuala, Pascualita... ¿qué tiene Pascualita?...

El bruto, cuya alborotadiza condición había empeorado desde que estuvo en riesgo de quemarse, amusgaba las orejas y miraba á su amo con ojos brillantes de recelo. Toribio le echó por la cabeza un acial que sujetó á una argolla. Rita se había quedado un poco atrás.

—Yo no veo nada—dijo—; preciso será traer luz.

El consintió. Marchóse la mujerona y tardó bastante en traer bajo el delantal un farolillo de aceite que puso en el suelo y tras unos serones, para amortiguar su claridad. Sobre el estiércol, un temeroso enjambre de arañas, garrapatas, escarabajos, cucarachas y hormigas, huía de la luz. La mula comenzó á titubear los secos cuadriles con inquietud.

—Tú la levantas una de las patas—ordenó Toribio—y la sujetas bien; no tengas miedo.

—¿Y por qué no la desherramos una mano? Es más fácil.

—Es más fácil, pero luego sería peor; yo me entiendo. ¡Anda!

Ella, que no medía toda la sutilidad infernal del plan que su hermano iba devanando, repuso:

—También podríamos clavar en la maza una herradura nueva, pues que todas, nuevas y viejas, son del mismo tamaño, y ahorraríamos tiempo y faena. ¿No te parece?...

El vaciló, vencido momentáneamente por la lógica de aquella sencilla observación. Añadió, Rita:

—Así concluiríamos antes.

Pero al momento Paredes se rehizo y su reacción tuvo la violencia de una fe inquebrantable.

—¡No... no! ¡De ninguna manera! ¡Lo haremos todo según me lo ha dicho don Gil!...

La intervención bruja del hombre pequeñito en el curso de aquel drama, decidió á Rita. Sin decir palabra cogió un trozo de cuerda que, dispuesto en forma de nudo corredizo, enlazó á la pata derecha de la mula. Asustada ésta empezó á moverse, piafando y dando furiosos tirones del acial. Fue preciso dejarla. Toribio, de nuevo, empezó á tranquilizarla con la voz:

—Pascualita... Pascuala... rica; no tengas miedo...

Cuando la comprendieron más sosegada, Rita volvió á trabarla de la pata, que levantó y sujetó debajo de su brazo derecho, de modo que la rótula ó babilla quedaba detrás y á la altura de su hombro. Sobre su muslo, y vuelto hacia arriba, descansaba el casco. La mujerona, de espaldas á la bestia, resistía vigorosamente sus impacientes sacudidas; con el esfuerzo sus manos hombrunas estaban rojas y crispadas.

Hábilmente Toribio Paredes procedió á quitar la herradura. Con las tenazas agarraba bien la cabeza del clavo, tiraba hacia abajo y lo extraía con un chirrido breve.

—Fíjate—dijo á su hermana—en que falta un clavo aquí, á la izquierda.

—Bueno...

—Acuérdate de cual es, luego, para dejar el hueco.

—Bien, bien...

Mataron la luz y regresaron á la cocina. Arrodillado en el suelo, Toribio procedió á clavar la herradura en la parte más gruesa del zoquete y de modo que la lumbre quedase hacia abajo, para que la huella, del mazazo revistiera todas las apariencias de una coz. Asimismo tuvo la precaución de no poner el clavo que echó de menos al desherrar la mula. Juzgando su obra bien concluída, murmuró:

—Estamos listos.

Miró el reloj; las doce y media eran pasadas. Casi de un brinco púsose en pie:

—Vamos...

Su figura crecida y angulosa, y su brazo derecha armado y desnudo hasta el codo, rimaban siniestramente. Avanzó algunos pasos y se detuvo:

—Lleva una toalla para taparle la boca, si gritase...

XVI

Rato hacía que Frasquito Miguel, recobrado de su desmayo, pugnaba por levantarse. Su conciencia había encendido todas las luces y sostenía un pavoroso monólogo. Recordaba los incidentes que concitaron contra él los desatados furores de sus familiares, la homicida vehemencia de Toribio al apuñearle y patearle, y la terrible hipocresía de su hermana. Aquellas frases, cariñosas, aquellas exclamaciones de misericordia y emoción gritadas por la mujerona para que los vecinos que hubiesen oído los lamentos del supliciado los atribuyesen, no á un castigo, sino á una cura dolorosa, empavorecían al señor Frasquito. Acababa de comprender á los Paredes capaces de todo, hasta del crimen, y así, no obstante la coyuntura de postración y flaqueza en que le habían dejado, á todo trance quería huir. Sentíase inerme, débil como un niño, y á merced de dos fieras.

—Les estorbo—pensó—; quieren acabar conmigo, para robarme...

El silencio de la habitación, la blancura de los muros, el frío de la almohada que mojaron la sangre de sus heridas y el sudor de sus ansias, hasta la misma luz apacible del quinqué sin pantalla, acrecentaban su terror. Levantando la cabeza procuró espiar los ruidos de la casa. Oyó en el patio murmullo de conversaciones y de golpes; en la cuadra, los animales parecían inquietos. Después hubo un silencio; luego reconoció los pasos de Rita y de su hermano que iban y venían. Tuvo el señor Frasquito la visión neta, horrible, de que estaban abriendo una zanja para enterrarle.

—Temen que mañana les acuse, y piensan hacerme desaparecer...

Esta idea acució sus deseos de fuga: por la ventana enrejada no era posible escapar; de consiguiente, había de salir á la calle por la puerta, aprovechando un descuido de los que, indudablemente, le vigilaban. Merced á un titánico esfuerzo consiguió incorporarse; la cama producíale espanto; que le matasen, bueno, pero hallándose él de pie; acostado, no.

En aquel momento, por dos veces, chirrió la cerradura y abrióse la puerta. Los hermanos Paredes entraron. Toribio iba delante y con los brazos cruzados atrás, como si ocultase algo. Rita llevaba al hombro una toalla. Aquel trapo blanco asocióse instantáneamente en el espíritu del señor Frasquito á una idea de crimen, á una visión de sangre derramada, de sangre suya, que sería necesario limpiar. El desdichado quiso defenderse. No pudo. Sin decirle palabra, Rita brincó sobre él y, cubriéndole la boca con la toalla, plegada en forma de zurriago, le sujetó fuertemente. Luego, tirando de ambos extremos de la mordaza, como de una brida, sacó á la víctima arrastras del lecho. Cayó Frasquito Miguel pecho arriba, los brazos inertes, las flacas piernas extendidas y lacias.

Toribio entonces, parado delante de él, inclinado el cuerpo en la actitud reverente de los segadores, por dos veces bajó y subió la maza que esgrimía á dos manos sobre la cabeza del caído: aseguraba el golpe. Rita, arrodillada junto á Frasquito para impedirle todo movimiento, volvía la cara esquivando las probables y nauseabundas salpicaduras del sacrificio. Toribio, de pronto, se decidió á herir; un estremecimiento asesino sacudió su cuerpo; al unísono sus músculos enjutos vibraron; la contracción de los maseteros apretó convulsivamente sus mandíbulas y desnudó los dientes; puso las piernas en flexión, sus lomos tremaron, sus manos crispáronse frenéticas sobre la empuñadura de la maza que descendió irresistible, semejante á un martillo de fragua. La muerte del señor Frasquito fue instantánea; el porrazo le deshizo el ojo y el pómulo izquierdo, y revuelta con la sangre la materia encefálica comenzó á salir. Sobre el arco superciliar horriblemente hundido, los hombros de la herradura grabaron un medio círculo que primero fue rojo y luego negro.

—Vamos con él—masculló Toribio—, vamos pronto, antes de que se manche más el suelo...

—Pero hay que vestirle—observó Rita.

—¿Para qué? No hace falta. Mejor está así.

Le cogió por los sobacos y ella de los pies, y salieron de la habitación; pesaba muy poco; su rota cabeza pendía hacia atrás; llevaba los brazos extendidos y las manos inertes rozaban el suelo; el muerto cuerpo unas veces se encogía y otras se estiraba, según los que le llevaban se acercasen entre sí más ó menos. De este modo el fúnebre convoy llegó á la cuadra. El cadáver, sin otra ropa que una camiseta y el calzoncillo, y con los pies desnudos, fue depositado sobre el estiércol. Inmediatamente los Paredes regresaron á la cocina: ella, á encender nuevamente el farolillo; él, á quitar la herradura de la maza y reponerla en su sitio. Aquel agitadísimo trajín les tenía desemblantados y con las sienes empapadas en frío sudor. Toribio miró al reloj y sorprendióle que aun faltasen minutos para la una; los instantes que siguieron al asesinato del señor Frasquito habían tenido en su espíritu inacabable duración; él hubiese jurado que estaba amaneciendo.

Los dos criminales volvieron á la cuadra, dejaron la luz donde antes y procedieron á reherrar la mula. Esta vez trabajaban con más desembarazo y diligencia, porque la decisión que les impelía era mayor. Rita sujetaba al animal, y Toribio manejaba el martillo con raro tino; los martillazos sonaban poco; los redoblones, enderezados previamente, entraban sin dificultad en sus claveras. De pronto, la lividez del Rojo aumentó; su hermana creyó que iba á perder los sentidos; el miserable palidecía de miedo; recordaba que la herradura tenía todos sus redoblones, menos uno, y no sabía cuál.

—El primero de la izquierda—repuso Rita.

—¿Estás segura?—balbuceó él—Fíjate bien: hay que dejar la clavera libre; de lo contrario, podría descubrirle el engaño. Fíjate. Nos va en ello la vida...

Pero la mujerona no titubeaba:

—Sé lo que digo; el clavo que faltaba era el primero del hombro izquierdo; corresponde á la izquierda tuya... ¿no comprendes?...

El rememoraba la escena del desherraje, y cómo puso en la maza la herradura. Al fin, las imágenes emborronadas se diafanizaron; vió limpio y alentó satisfecho; aquel último detalle le aseguraba la inmunidad.

—¡Tenías razón!—exclamó.

En un santiamén la operación quedó concluída.

Después cogieron el cuerpo de Frasquito y lo acostaron boca arriba, junto á las patas traseras de la mula. La obsesión de Toribio Paredes era poder justificar, ante el público, las magulladuras que sus manos y sus pies iracundos causaron en la víctima; para esto era indispensable que la mula patease bien sobre el cadáver. Con su cuchillo Toribio empezó á hostigar á la bestia en los hijares. Rita presenciaba el odioso drama sin quitar los ojos del muerto, cuya cabeza, amoratada, comenzaba á hincharse horriblemente. Paredes continuaba acosando al animal, que volvía la cabeza para mirar á Frasquito Miguel, á quien demasiado conocía. Extrañaba, sin embargo, su actitud y su inmovilidad, y acrecentándose esta extrañeza pronto se exacerbó y fué pavura. Quiso huir y, tropezando con la pesebrera, ladeó el cuerpo; retrocedió luego y pisó el cadáver; sus cascos hundiéronse muchas veces en el pecho y en el vientre del muerto. Por la boca lívida, desquijarada, del señor Frasquito, manaba un hilo de sangre negra.

Toribio murmuró:

—Todo ha salido bien; ahora, vámonos á dormir.

De súbito, hizo un gesto alegre; el gesto del pintor que ha visto una pincelada maestra, y añadió:

—Espera aquí...

Marchóse para traer la botella del aguardiente, cuyo contenido derramó en el suelo; la botella, casi vacía, la dejó cerca del cadáver. Este ardid induciría á las gentes á creer que el señor Frasquito, cuando la mula le mató, estaba borracho. Después, siempre medio á oscuras y con gran sigilo, abrieron un hoyo en el patio para esconder la maza; disimularon la tierra removida bajo un montón de palos, ladrillos y trozos de cascote; después borraron escrupulosamente las manchas de sangre diseminadas por el dormitorio y en la cocina, y según fregaban iban restañando la humedad de lo limpiado. Últimamente pisaban sobre aquellas señales de pulcritud que dejó la aljofifa, ensuciándolas de modo que no se conociesen. En seguida se lavaron las manos, deteniéndose en quitarse los bordes rojos de las uñas. Terminada, en fin, la operación, mal concluída casi siempre, de desvanecer esos incontables rastros que el criminal va olvidando tras sí, los Paredes se retiraron á sus alcobas respectivas. Los niños dormían sosegadamente. En el recogimiento de la casa, el drama parecía no haber dejado huella.

Antes de separarse, Toribio cogió á su hermana por un brazo, atenaceándoselo como si aquel dolor contribuyese á grabar sus palabras en el remiso discernimiento de la mujerona.

—Mañana—dijo—, apenas te levantes, sales al patio, ¿entiendes?... sales al patio, entras en la cuadra é inmediatamente empiezas á gritar y á pedir socorro de manera que todos los vecinos te oigan.

Ella hizo con la cabeza un signo negativo. El inquirió:

—¿Por qué?

Tenía su insistencia una vehemencia de amenaza. Rita continuaba negando. Ahora, después de cometido el crimen, la horrorizaba la idea de ver á la luz del sol la cabeza violácea y tumefacta, del señor Frasquito. Seguramente no podría resistir tan espantosa emoción.

—Es mejor—se atrevió á decir—que te levantes tú primero.

—¿Para qué?

—Tengo miedo...

—¡Qué miedo ni qué porra!—masculló el pañero—¡Te mato como á él si no haces lo que mando! Siempre, en todas las casas, las mujeres son las que más madrugan. Por eso mañana, como de costumbre, te levantas la primera. Luego, á tus voces, saldré yo.

No replicó la mujerona, y se separaron. Ya acostados, las horas transcurrían sin que ni ella ni él pudiesen dormir. La hiperestesia de sus nervios daba mayor sonoridad á todos los ruidos. El murmullo del río parecía más fuerte. Empezaron á cantar los gallos. En el silencio, cada vez que oían removerse á la mula, pensaban en el cadáver tirado sobre el estiércol, magullado bárbaramente bajo las patas del arisco animal. Rita, lívida de terror, se tapaba la cabeza con las mantas.

Pero amaneció y con la llegada de la luz solar, de la luz franca, rotunda y enemigas de fantasmas, de la luz que nunca tuvo miedo, los dos hermanos recobraron su serenidad.

Ya dueña de sí la mujerona, á la hora de costumbre, brincó del lecho, fue al patio y apenas entró en la cuadra prorrumpió en estridentes y atronadores alaridos. Sus estentóreos gritos desgarraban el azul.

—¡Frasquito Miguel!... ¡Frasquito Miguel!... ¡Frasquito de mi alma!... ¡Virgen Santísima... mi Frasquito ha muerto!... ¡Socorro, socorro!... ¡¡Socorro!!...

Desmelenada, los brazos en alto, al aire los senos, trastornados los ojos, escapó hacia la calle, solitaria y bañada ufanamente en el claror blanco de la mañana. Allí sus voces y aspavientos redoblaron.

—¡A mi Frasquito le han matado! ¡Han matado á mi Frasquito Miguel!... ¡Socorro!... ¡Socorro!... ¡Han matado á mi Frasquito Miguel!...

Casi á la vez varias puertas se abrieron; tras los cristales de las ventanas aparecían semblantes curiosos y atónitos, ojos deslumbrados, cargados aún de sueño. Mujeres y hombres, á medio vestir, todos compadecidos y solícitos, salieron á la calle en tropel y rodearon á Rita.

—¿Qué pasa, qué sucede?—preguntaban.

Ella no respondía y desparramaba sus miradas á un lado y á otro, como si la desesperación la enloqueciese. Ninguna actriz, ni aun la más ilustre, hubiese podido representar mejor su papel. ¿De dónde aquella mala hembra, inculta y torpe, podía sacar tan perfectos recursos? ¿Qué increíble inspiración de comedianta se los dictaba? El sol doraba sus cabellos enmarañados. Sobre su pecho árido, bajo la chambra entreabierta, los senos flácidos colgaban tristes y parecían resbalar como lágrimas. Su elevada estatura sobresalía en medio del grupo de curiosos. Fuera de sí, comenzó á mesarse los cabellos, á torturarse los brazos, y llegó á morderse los labios tan sinceramente que la sangre brotó.

En aquel momento, desnudo de medio cuerpo arriba, descalzo y ajustándose los calzones, apareció Toribio.

—¿Qué sucede—decía—, qué sucede?...

Su cabeza roja y minúscula estaba nimbada de espanto. También el miserable era un soberbio actor. La mujerona le abrazó llorando.

—Frasquito ha muerto... ha muerto...

—¿Cómo?... ¿Que ha muerto Frasquito?

—Sí... le ha matado la mula...

Toribio ensanchaba los ojos; no comprendía; su frente demudada tenía la blancura del papel.

—¿La mula le ha matado?... ¡No es posible!...

—Sí, le ha matado. En la cuadra está... yo le he visto..., le he visto... ¡le he visto!...

Gradualmente bajaba la voz y se inclinaba hacia el suelo, enarcando las cejas horrorizadas, cual si aun tuviese el cadáver delante. Toribio corrió hacia la casa, todos le imitaron y en nervioso tropel llegaron al patio. Rita, á quien las mujeres sostenían porque estuvo á punto de sufrir una congoja, tambaleándose les siguió también. Sus hijos, despertados por el tumulto, acudieron á ella; los mayores, adivinando una desgracia, se agarraron á sus faldas, llorando.

—Mamá... ¿qué ha sucedido?... ¿Por qué lloras, mamá?

Rita les miraba sin responder; hipaba y tenía en la lividez de sus mejillas dos manchitas rojas. Sus ojos carecían absolutamente de expresión; diríase que el miedo y el dolor habían limpiado su espíritu de ideas, de recuerdos y hasta de palabras. Una vecina se apresuró, con franqueza brutal, á informar á los niños de su infortunio.

—Es que vuestro padre ha muerto; ya lo sabéis. Ahora, marcharos, por ahí...

Los muchachos, á coro, rompieron á llorar.

En el patio los vecinos se detuvieron; eran muchos y á cada momento, en grupos, llegaban más; apenas podían rebullirse. Los que primero acudieron permanecían inmóviles ante el cobertizo de la cuadra, contenidos por un sentimiento de terror, y con sus espaldas resistían el avance de los que estaban detrás y para ver se ponían de puntillas. Únicamente Toribio Paredes tuvo valor para arrojarse sobre el cadáver de su cuñado y sacarle de entre las patas del animal. La mula, asustada por la presencia de tanta gente, volvía la cabeza donde sus ojos negrísimos fulgían de espanto. El cuerpo del señor Frasquito quedó tendido pecho arriba, la cabeza hacia el muro y mostrando así las plantas, endurecidas por el trabajo, de sus pies.

Abriéndose camino por entre la concurrencia, Rita se acercaba; la sangre que manaba de su labio mordido, la había manchado el corpiño; su menton rojo formaba con la amarillez hipocrática de los pómulos y de la frente, una disonancia de pesadilla. Al ver el cadáver empezó á gritar:

—¡Frasquito de mi alma, Frasquito de mi alma!...

Demostró perder el conocimiento. Cayó hacia atrás, rígida, y su cabeza pequeña rebotó contra el suelo. Varias personas caritativas la empuñaron por los brazos y arrastras la llevaron hacia el interior de la casa. Las mujeres gritaban:

—¡Dadla á oler un pañuelo empapado en vinagre!

Y otras:

—¡Mejor es ponerla una llave sobre el corazón!...

—También es bueno tirarla del dedo mayor, de la mano izquierda...

Los chiquillos contemplaban á su padre, fluctuando entre la pena, el cariño filial y el miedo supersticioso que les inspiraba aquel cuerpo rígido. Solamente Deogracias se atrevió á arrodillarse delante de él.

Los circunstantes no cesaban de hablar; charlaban todos á la vez esforzándose en explicarse mutuamente aquella desgracia. Sin atreverse á tocar al difunto, muchos le reconocían la cabeza, donde debió de recibir, según todas las apariencias acreditaban, el golpe que le quitó la vida. La sucinta indumentaria del cadáver y la posición en que fue encontrado, decían que el señor Frasquito hubo de levantarse de noche para ir á la cuadra, y al pasar junto á la muía, ésta le dió una coz.

Una vecina manifestó que la víspera, á última hora de la tarde, había oído quejarse desesperadamente al señor Frasquito, y á Rita prodigarle frases de maternal consuelo. Y agregó:

—Yo pasaba por la calle y me detuve á escuchar. Desde luego supuse que al pobrecillo estarían curándole.

Toribio Paredes ratificó las palabras de aquella mujer. Su cuñado, que estaba enfermo de gota, se había agravado y fué necesario friccionarle el vientre y las rodillas con alcohol; aquel masaje le produjo dolores desacostumbrados y le arrancó ayes terribles.

Con notable naturalidad añadió:

—Esta madrugada, entre sueños, me pareció oir ruido en la cocina; pensé que era mi hermana y ni siquiera abrí los ojos; pero debía de ser él, que iba á la cuadra.

Nadie dudaba; las explicaciones aportadas por unos y otros, parecían á todos muy concertadas y en su punto. Pero, ¿qué pudo ir á buscar á la caballeriza, á tales horas, el señor Frasquito?

—Yo creía—insinuó un vecino—que el pobre, reumático como estaba, no podía moverse.

Toribio replicó:

—No; mi cuñado caminaba mal; andaba con trabajo, agarrándose á las paredes, como los niños pequeños, pero andaba...

—¿Y qué supone usted que fuese á hacer en la cuadra?...

El pañero se encogía de hombros; sus ojos divagaban; todas sus actitudes eran las del individuo que naufraga en un mar de conjeturas y vacilaciones. Largo rato, desoyendo la garrulería de tantos diálogos, permaneció absorto. Hubo momentos en los cuales pareció que, no obstante su entereza, iba á llorar. Pasados unos minutos, Toribio juzgó llegada la ocasión de fijarse en la botella del aguardiente, que, por una casualidad favorable, la mula había roto. Cogió uno de los añicos, el más grande, y con aire inquisitivo se lo acercó á la nariz.