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El misterio de un hombre pequeñito: novela

Chapter 6: V
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About This Book

La narración sitúa al lector en un pueblo montañoso cuyas ruinas y clima convulsos condicionan la vida cotidiana, alternando descripciones minuciosas del paisaje y la arquitectura con episodios que muestran la persistencia de odios, codicias y rencores heredados. A través de escenas centradas en familias y en las relaciones vecinales, el texto explora cómo el pasado colectivo y las luchas por el poder y la subsistencia moldean caracteres y destinos. El tono combina detalle costumbrista y dramatismo moral, trazando la continuidad y transformación social en una comunidad marcada por la historia.

Tan activo tráfico duró varios años, en los cuales Frasquito Miguel y su coima hubieron dos hijos más: María Luisa y Francisco. No obstante estas novedades, la disposición sentimental de aquellas tres personas nada había variado. La sonriente bonanza de sus negocios les enriquecía sin acercarles. Rita y Toribio Paredes continuaban estrechamente unidos por sus instintos de crueldad y de rapiña: la homogeneidad de los ambientes donde desenvolvieron sus vidas les impidió diversificarse: una y otro eran egoístas, violentos y sórdidos, cual si sobre ellos gravitase una herencia de rapacidad y bandolerismo. Entre ambos hermanos, Frasquito Miguel, á pesar de sus tres hijos, de su labor inteligente y del dinero con que porfiadas veces coadyuvó al bienestar común, siempre sería un advenedizo, un extraño, casi un enemigo. El, receloso y astuto, debía de comprenderlo así y sentir la traición que le acechaba, por cuanto constantemente de todos se retraía y guardaba un poco.

Los vecinos del barrio, que recordaban el licencioso comercio á que Rita se había dedicado, demostraban á los Paredes cierta hostilidad. Ateniéndose á la indudable semejanza habida entre cada individuo y las personas de su afecto y predilección, razonaban que Toribio sería, en punto á rigidez de costumbres, como su hermana, y que Frasquito Miguel tampoco debía de tener muy severa moral cuando tan bien hallado parecía en aquel ambiente. La figura hombruna de Rita, el semblante frío y torvo del bujero, y la cara cetrina, cazurra, llena de vulpejerías y disimulos, de Frasquito, afirmaban esta creencia y ensombrecían el lar. El famoso chopo del corralón, cuyo perfil fálico recordaba á los mozos del campo el misterio de Eléusis, había desaparecido, pero su leyenda golosa perduraba. La casa de los Paredes, llamada por muchos «la casa del chopo», donde, según los viejos, quince ó veinte años antes, fué asesinado un hombre, parecía irradiar una pavura carcelaria, un enigma de antro. La honesta labor á que sus actuales moradores se aplicaban, no lograba purificarla; las aguas lustrales del trabajo corrían sin conseguir llevarse de aquellos muros el olor del burdel. La fachada, á pesar de su blancura reverberante y de sus dos balcones cargados de bien florecidas macetas, era triste; las mujeres que deseaban hablar con Rita ó comprar algo, raras veces se decidían á trasponer el quicio de la puerta, colocada medio metro bajo el nivel de la calle, y si alguna pareja de la Guardia civil pasaba por allí, nunca lo hacía sin inmergir una mirada fiscal en el zaguán húmedo, lóbrego y sumido, como una vieja boca. El vecindario siempre esperaba una emoción: que á los Paredes, verbigracia, les llevasen presos. Realmente, el aspecto y la historia de la casa y los tricornios de la Guardia civil, rimaban muy bien.

Al término de algunos años, los graves achaques del señor Frasquito contribuyeron á ensanchar la distancia que le separaba de Rita y de su hermano. Agravóse el frío de aquellas relaciones preparadas por la codicia y el cálculo. El antiguo trapero, que ya contaba más de cincuenta años, enfermó de reuma: comenzó á padecer en las articulaciones dolores agudísimos; se le inflamaron las rodillas, retorciéronsele y trastornáronsele como sarmientos los dedos de las manos, y vióse obligado á renunciar, casi completamente, al trabajo. Aquel invierno Toribio Paredes salió solo á vender; su cuñado, medio paralítico, quedábase en casa y á intervalos los gritos que así la cólera de su inutilidad como el mucho sufrir de sus huesos, por igual le arrancaban, rompían lúgubremente la paz de la calle.

El desvalimiento del señor Frasquito, que, con la enfermedad, en pocos meses parecía haber envejecido varios años, empeoró su situación moral. Rita, que no había olvidado á Vicente López, ni podía hablar de él sin verter lágrimas, y acaso por obra de los poéticos mirajes del tiempo le amaba más que nunca, empezó á aborrecer á Frasquito. Al principio de sus relaciones, le aceptó con gusto, por codicia; luego le fué indiferente; después esta indiferencia amistosa perdió cuanto pudiese haber de simpatía, se enfrió y fué desdén; últimamente, el desdén se mudó en desprecio y el desprecio en odio. La antigua ramera comenzó á sentir hacia su último amante, feo, viejo y tullido, inutilizado para el amor y el trabajo, un aborrecimiento de fiera. Aquel ex hombre, á quien muchas mañanas era necesario vestir y dar de comer, porque sus brazos anquilosados y trémulos no le obedecían, era una carga. ¿Qué necesidad tenía ella de ir por el mundo con tan terrible cruz acuestas? A veces una voz noble, voz generosa de caridad, dictaba á su conciencia palabras de Evangelio; pero inmediatamente el egoísmo y la sordidez tronaban con espantoso griterío. ¿Qué hubiese hecho el señor Frasquito á ser ella la inútil? Probablemente echarla á la calle, ó marcharse, y si la suerte permitió que el enfermo fuese él, ¿por qué no imitarle dejándole?...

De sus cuatro hijos á la mujerona sólo la interesaba realmente Deogracias, el primero, en quien revivía la figura del Charro. Los hijos de Frasquito, Pepe, María Luisa y Francisco, la servían únicamente de estorbo y para exacerbar su odio hacia el padre. De esto hablaban frecuentemente ambos hermanos, y por igual reconocían la utilidad de deshacerse de aquel perdulario y de los chiquillos que trajo al mundo; pero al llegar á cierto extremo difícil de su conversación, los dos callaban apenados porque en la realidad los hechos no se sucedan y devanen con la facilidad que en el pensamiento, y el recuerdo de la justicia, unido á las torvas memorias de sus años carcelarios, dejaba en sus almas oscuras un frío.

El motivo principal del acerbo rencor que los Paredes alimentaban contra Frasquito, era la rapacidad, el cuidado avaro, la esmeradísima avidez, la habilidad omnisciente, con que el enfermo sabía esconder su dinero. ¿Dónde lo guardaba? ¿A qué prodigios de escamoteo, á qué recursos de nigromante apelaba para ocultarlo de manera tan maravillosa que su desaparición no dejase rastro?...

Antes de afincarse en Puertopomares Toribio creyó siempre que su socio depositaba sus ahorros en algún Banco de Salamanca, de Badajoz ó de Madrid, y únicamente llevaba consigo las seis ó siete mil pesetas indispensables á las modestas transacciones de su negocio. Cuando ya todos vivieron juntos, Rita, para comprobar aquella suposición, dedicóse á leer cuantas cartas el señor Frasquito recibía: á tal fin las colocaba unos instantes sobre la boca de una olla donde hubiese agua hirviendo, y el vapor desprendía la nema del sobre tan limpiamente, que luego de repegada era imposible conocer la traición. Este acecho, minucioso y perseverante, de varios meses, demostró que el pañero no mantenía relaciones con ninguna casa de banca, ni recibía otra correspondencia que las de los fabricantes ó almacenistas al por mayor, de quienes él y Toribio se proveían; de donde los hermanos Paredes concluyeron que, según una rancia costumbre española, heredada quizás de los judíos y de los árabes, Frasquito Miguel debía de recatar sus ganancias en una ó varias orzas escondidas, probablemente, á muchos metros bajo tierra.

Esta segunda parte de la cuestión fué también objeto de investigaciones y atisbos prolijos. Durante sus excursiones por diversos lugares y villas, Toribio, que jamás perdía de vista á su adjunto, y de noche utilizaba múltiples é ingeniosos ardides para saber si salía de su habitación, llegó á convencerse de que Frasquito no tenía fuera de Puertopomares ningún tapujo, ni sitio, encrucijada ó mesón, que le mereciesen preferencia. Luego, si no en el campo, era en su propia casa donde el ladino viejo escondía «su tesoro»; que á tan preeminente y codiciable categoría remontaba la imaginación de los Paredes la fortuna de aquél.

Relacionando diversos datos y pormenores cazados hábilmente en el transcurso de dos ó tres años, la mujerona y su hermano dedujeron que el señor Frasquito tenía soterrado su dinero en el corralón, bajo la raigambre del chopo desaparecido; y confirmaba esta sospecha la frecuencia con que iba al retrete, situado al fondo del patio, y su empeño en ocuparse de la limpieza de las caballerizas y pesebreras, cual si por todos los medios procurara no alejarse de aquel sitio. Esta pista enardeció la codicia de los Paredes, y agravó su avariento sobresalto la consideración de que las orzas ó pucheros donde Frasquito Miguel fué servido de meter sus ahorros, empujados por las raíces, vivas aún, del árbol, iban hundiéndose más y más, de suerte que si transcurría mucho tiempo llegaría á ser muy difícil dar con ellas.

Atormentado por este recelo, Toribio una noche, hallándose los tres de sobremesa, expuso la conveniencia de solar el patio, para lo cual creía necesario remover bien la tierra y arrancar las raíces que endurecían y arrugaban el piso. El efecto que tales palabras, dichas con ahinco y decisión, produjeron en Frasquito Miguel, fué terrible. Quedóse pálido, luego lívido; hasta que su corazón reaccionó y su rostro cetrino se llenó de sangre; después aquel aborrachado color empezó á debilitarse y sus mejillas y su frente tuvieron la blancura de los cadáveres. Su sorpresa mudábase en cólera. Frunció las cejas, bajó la cabeza, tiró nerviosamente contra su plato el cuchillo con que iba á cortar una rebanada de pan, y apenas lo hizo lo recobró afanoso cual si acabase de sentir la necesidad de tener un arma.

—El patio-gritó—no se toca.

Su fiero y destemplado acento, expresaba una resolución irrevocable. Los hermanos Paredes cambiaron una mirada de inteligencia, de alegría feroz, de sordidez ardiente próxima á saciarse, y unos momentos, bajo el apacible claror plata de la lámpara, aquellas dos cabezas fraternales, cabezas de presidio donde otra veces el deleite de matar se había pintado, adquirieron una expresión patética. Toribio quiso argüir algo, pero su cuñado le atajó.

—¡He dicho que el patio se deja según está: lo dispuse así y no consiento que se toque en él ni á un, jaramago!

Toribio repuso cazurro:

—Bueno, hombre; no hay motivos para incomodarse tanto; no haremos nada, descuida. ¡Qué aspavientos!... ¡Cualquiera creería que íbamos á robarte un tesoro!...

El tono zumbón y la reticencia con que estas palabras fueron dichas, desconcertaron al señor Frasquito, quien trató de enmendar su yerro y la aspereza de su actitud con algún donaire ó frase oportuna. Pero la explosión de cólera que acababa de experimentar había sido demasiado violenta, los músculos faciales hallábanse endurecidos aún, y ni supo dar gracia á sus palabras, ni cordialidad y simpatía á su rostro. Desde aquel momento los Paredes adquirieron la convicción, la certidumbre irrevocable, de que el astuto viejo, cumpliendo resabios de raza, tenía enterrado su dinero en el corral.

Con la llegada de la primavera le volvieron las fuerzas al enfermo y hallóse de nuevo en situación de volver al trabajo; esto, al menos, creyeron todos, lo que les produjo buen consuelo y alivio. Pronto, sin embargo, echó de ver Toribio que su socio ya no era el hombre de antes; así porque sus piernas le obedecían mal, como porque con las energías musculares se le fueron también las lucrativas capacidades y oportunos ardides de la voluntad. Frasquito Miguel renqueaba bastante y hablaba mucho menos; desaparecieron sus trujamanerías y gitanas zangamangas de mercader; ya no sabia engañar vendiendo como oro el similor y por nuevo lo usado. No convencía, no alucinaba; perdió la gracia; fué un arruinamiento general que abrió en la suma de los ingresos un déficit considerable.

Poco á poco el señor Frasquito llegó á reconocer también su inutilidad, y como esta humillación le hiriese en lo más altivo y sensible de su alma, para olvidarla se dedicó á la bebida. El momentáneo bienestar que ésta le producía incitóle á seguir bebiendo, y lo que empezó siendo arrimo y recurso, creció rápidamente y fué pasión. Toribio Paredes, maldecía de él: en las ferias no le servía de nada, pues tardaba en emborracharse el tiempo que empleasen en alzar su tienda; luego se echaba á dormir debajo del mostrador, y por los caminos iba cantando, bamboleándose como un polichinela y agarrado á la cola de la última caballería. La gente hacía escarnio de él. Una vez Toribio regresó á Puertopomares y entró en su casa llevando al señor Frasquito atravesado en la yegua. El viejo, que había perdido los sentidos, iba con el vientre sobre la cruz del animal, y las piernas de un lado, y los brazos y la cabeza de otro, colgaban como alforjas. Entre los dos hermanos le cogieron y metieron en el zaguán, á presencia de un grupo de vecinos que, pensando ver á Frasquito Miguel herido ó muerto, acudieron consternados, y cuando tuvieron noticia de la inverosímil cantidad de vino que traía en el cuerpo, empezaron á reir y á burlarle. Aquella madrugada, dominando la unisonancia del Malamula, resonaron en «la casa del chopo» grandes porrazos, á cada uno de los cuales respondía un lamento flébil y expirante, como de persona del otro mundo; después los quejidos cesaron y siguieron los golpes, y al día siguiente revoló de puerta en puerta la noticia de que los Paredes, con objeto de volver al señor Frasquito á la virtud de la sobriedad, le habían administrado una muy gentil paliza.

Frasquito Miguel no volvió á salir con su cuñado; ayudábale á enjaezar y disponer la carga de las caballerías, pero luego Toribio se marchaba solo. La vergüenza de verse preterido, la amarguísima pena de su inutilidad, concluyeron de aburrirle y desganarle de todo. La bebida continuó y exacerbó la obra del artritismo. El desdichado empezó á hincharse, amortiguóse su mirada y bajo los ojos la piel formó hondas bolsas triangulares. Hablaba poco y sus ademanes y palabras tenían la indecisión de la somnolencia. Los únicos sitios que frecuentaba eran el merendero de Luis, situado cerca del río, al pie del cementerio viejo, y el café de La Amistad, vulgarmente llamado «café de la Coja». Todas las mañanas madrugaba, pues continuaba siendo muy rezador y amigo de los santos; de día quedábase en casa, unas veces en el zaguán, otras junto á la caballeriza, cual si su oscurecido pensamiento alimentase la invencible obsesión de no alejarse de allí; y entre tanto empleábase en reponer asientos á las sillas ó arreglar el calzado viejo ó cortarles calzones y baberos á los muchachos, que para estos y otros diversos menesteres y oficios sus manos industriosas supieron siempre darse buena traza. En la mesa apenas dirigía la palabra á sus familiares, ni regañaba á los niños, ni levantaba del plato los ojos, y con el último bocado de la cena en la boca, se iba á la calle. Cuando volvía, lo que nunca sucedía antes de muy pasada la media noche, siempre era borracho.

Esta abominable costumbre y más aún, la particularidad de que el señor Frasquito, que hacía tiempo no ganaba dinero, llevara siempre tres ó cuatro pesetas en el bolsillo, exasperaban los desapoderados odios de Rita y de su hermano. Frasquito Miguel representaba en aquella casa el papel de zángano; vivía y no trabajaba. ¿Por qué no se marchaba de una vez con sus hijos? Y si no quería irse, ¿por qué no le despedían ellos? ¿Qué ley ó documento les obligaba á seguir juntos?... Los Paredes, sin embargo, no se atrevían á desahuciarle; y era la codicia, la ilusión avara de dar con el tesoro del viejo, lo que les detenía.

IV

Bajo el claror lechoso de la lámpara, Rita seguía cosiendo, y el choque de la luz con la sombra extremaba las angulosidades tercas de su rostro, la curvatura de la nariz, la demacración de los pómulos, la fortaleza carnicera de la mandíbula. Deseos homicidas cruzaban su frente. Aquella tarde Frasquito Miguel, acobardado quizás por la tormenta, no había ido á cenar.

—¡Si no volviese!—pensaba la mujerona.

Un recuerdo la obligó á mirar á su alrededor, como si en la blancura de aquellas paredes estuviese escrita su historia. Suspiró: se acordaba de Vicente y esto guió sus ojos hacia la puerta del aposento donde dormían, Deogracias, el hijo del Charro, y los tres vástagos de Frasquito Miguel. A éstos les aborrecía. Rita tiró su labor y por dos veces sus manos nerviosas, inconscientes, alisaron sus cabellos, ocres, tensos y planchados, sobre la redondez pequeña de la cabeza. En sus pupilas la cólera, durante segundos, encendió una luz.

—Podían morirse—murmuró—y ni ellos ni yo perderíamos nada.

Recobró su costura. La habitación donde se hallaba abocaba á la calle; tenía el suelo de ladrillo y el techo de vigas nudosas, bajo y renegrido densamente por el humo del fogón. Viejos cromos que decían los amores del Cid con Jimena, adornaban los muros. Las sillas, la mesa, el arcón de la ropa, el armario que servía de alacena, eran de pino blanco. Cubrían las puertas de los dormitorios, cortinillas de yute rojo y azul.

Poco á poco, en el doble silencio de la noche lunada y del campo, el rumor del Malamula iba acallándose. El sereno cantó otra hora; las once. Luego, nada dentro de la casa dormida: la lámpara vertiendo monótonamente su claridad de plata, las cortinas de yute quietas sobre el vano de las puertas, los muebles arrojando perfiles largos, absurdos é inmóviles, con inmovilidad cabalística, contra la albura de las paredes.

Rita, de súbito, alzó la cabeza y un frío extraño y rápido, á un temblor á flor de piel, pareció deslizarse por entre la raigambre de sus cabellos: hubiese jurado que una sombra fantasmal, una especie de inquietud amarilla, acababa de cruzar la habitación en línea recta desde la ventana al aposento donde dormía Toribio. La mujerona abrió bien los ojos, reconcentrando en ellos toda su conciencia para mirar mejor, y ya no vió nada. Aquel fenómeno, fuese impresión real ó alucinación vacua de sus sentidos, apenas duró un segundo, y no obstante, había sacudido sus nervios con la violencia de una descarga eléctrica. Ni el más tenue ruidito á su alrededor; nada tampoco sobre la uniformidad de la pared blanca. Levantóse, sin embargo, dócil á un raro terror supersticioso, y fué á cerciorarse de que los dos cerrojos que afirmaban la puerta de la calle estaban echados. Miró hacia la ventana, cuyos cristales, llenos de luna, mostrábanse apacibles; y luego á las cortinas, muertas, sin un temblor. Rita permanecía suspensa, asustándose del roce de sus vestidos y hasta de las sombras que su cuerpo, de armazón descarnada y varonil, aplastaba contra los muros. El crugido de un mueble arrancó á sus labios, descoloridos por el miedo á lo invisible, una interjección soez. Volvió á sentarse, y la idea de que Frasquito Miguel hubiese muerto y su alma estuviera allí, hirióla, de improviso. Tembló y ya iba á levantarse cuando su razón y su valerosa voluntad reaccionaron: indudablemente, ella no pudo ver nada; todo habría sido un guiño ó intermitencia de la luz, ó la levísima sombra de un parpadeo. A pesar de estas reflexiones continuaba teniendo miedo: aquella ficción rapidísima, aquella especie de vapor amarillo, no la hubiesen impresionado tal vez en una noche de huracán y de lluvia; pero en la quietud y el silencio, los accidentes más pequeños se desquitan de su insignificancia y parecen enormes. Al cabo, tranquilizados sus nervios, Rita Paredes siguió cosiendo.

Las doce eran dadas cuando Toribio comenzó á soñar en alta voz. A través de la cortina, las palabras que el dormido balbuceaba filtrábanse inconexas y turbias. Su hermana, al principio, no hizo caso, porque aquel fenómeno repetíase casi diariamente. Luego demostró preocuparse: la pesadilla debía de ser muy fuerte, pues Toribio se rebullía mucho, articulaba dificultosamente y su voz era destemplada y agoniosa, cual si algo muy pesado le oprimiera el pecho. Inútilmente trató Rita de comprender lo que su hermano decía. Otra vez la mujerona tuvo miedo. Aunque nada ó muy poco, de cuanto la brizomancia explica sea cierto, siempre envolverán las pesadillas un intenso pavor, un acre misterio. ¿El verdadero origen de los sueños es exclusivamente fisiológico, ó á esos accidentes circulatorios y digestivos á que la medicina los atribuye, va mezclada alguna sutil levadura metafísica?... Un ensueño se reduce, tal vez, á un dinamismo incompleto y pasajero del aparato cerebral. Sin embargo, el admirable instinto del vulgo adivinó en ellos mucho más. ¡Oh, la terrible, la abracadabra emoción, la sugestión fascinante, que anima las actitudes de quien sueña en voz alta! Aquellos ojos que ven, no obstante hallarse cerrados; aquellas expresiones, de alegría, de sorpresa, de cólera, que correspondiendo á imágenes venidas del más allá estremecen su rostro; aquellas voces que nadie oye y á las que él, empero, responde... ¿No serán los ensueños, hermanos de la Noche y de la Luna, como ventanas abiertas sobre el silencio aterciopelado de otra vida? ¿No constituirán un nexo entre la realidad sensible y el mundo oscuro por donde ambulan los muertos y vibran los magnetismos de cuantas personas—aborrecidas ó deseadas—viven lejos de nosotros?...

Rita llamó, por dos veces:

—¡Toribio... Toribio!...

El dormido exclamó levantando mucho la voz y con perfecta claridad:

—¡No puede ser!... Comprenda usted que eso no puede ser.

Su dicción volvió á emborronarse; no fraseaba; las sílabas se confundían.

—No puede ser... no... pue... de... ser...

Esta negativa la repitió hasta que dentro de su boca las palabras mal pronunciadas formaron un murmullo, un carraspeo de gárgara; parecía que iba á ahogarse. Su hermana le gritó:

—¡Toribio!... ¿No oyes?... ¡Despierta!... ¡Estás soñando!... Dí... ¿no oyes?...

A poco, en la puerta de la alcoba, bajo la cortina que recogía con una mano, presentóse Paredes. Hallábase en ropas menores, y la inmovilidad de sus facciones y el reposo idiota de su mirar, decían claramente que estaba sonámbulo. Unos segundos permaneció boquiabierto, como sorprendido y detenido por la luz; guiñó los párpados, sacudió la cabeza; quería despertar. Después avanzó y la cortina, al caer otra vez, sirvió de fondo á su figura. La mujerona se levantó y empuñó unas tijeras: su imaginación relacionaba la sombra amarillenta, entrevista momentos antes, con la pesadilla de su hermano, y un supersticioso terror la invadió.

—¿Dónde vas?...

Toribio la miraba fijamente, pero alelado; sus ojos dilatados no se apartaban de ella y el conocimiento, sin embargo, no se producía.

—¿Dónde vas?—repitió Rita.

Cautamente habíase colocado detrás de la mesa, en actitud defensiva. Su hermano la oyó y repuso marcando con lentitud las palabras.

—Voy con él.

—¿Con él?... ¿Quién es él?...

—Ese... don Gil Tomás... Me voy con don Gil Tomás.

Palideció Rita.

—¿Qué dices? No entiendo; ¿dónde te espera don Gil?

—¡Ahí, ahí!... Viene á buscarme.

Extendía un brazo hacia la puerta de la calle. De súbito comenzó á restregarse los ojos con ambas manos. La mujerona agregó:

—¿Ha dicho él que te espera?

—Sí... sí...

—¿Cuándo?...

—No; no me lo ha dicho... Es que conversábamos... Don Gil ha salido...

Por momentos hablaba con mayor limpieza, dió algunos pasos hacia adelante y despertó. Su cara entonces cubrióse de sorpresa; tuvo conciencia plena de sí mismo. Estaba medio desnudo, descalzo...

—¿Qué significa esto?—balbuceó.

En el sonámbulo fantasmal resucitaba el hombre de siempre. Ahora sus ojos, sus ademanes, su voz, eran los de costumbre. Tranquilizada súbitamente, Rita volvió á sentarse.

—Estabas soñando—dijo—y á no ser por mí te echas á la calle según te ves.

Muy despacio, porque no concluía de recobrar la posesión de sí mismo, Toribio Paredes repuso:

—Hablaba con don Gil Tomás.

—Eso me dijiste, y querías marcharte con él.

—¡Es cierto!... Quise marcharme con él. Miró á la mujerona.

—¿Tú le viste salir?

—¿Que si yo vi salir á don Gil?... ¿Y de dónde?...

—De ahí, de mi cuarto... y por delante de ti ha debido pasar.

La voz del bujero vibraba tranquila, consciente, clara; indudablemente hallábase bien despierto y su juicio, no obstante, titubeaba ante la sugestión de lo soñado. De nuevo el terror, esa pavura glacial que seca los labios y pone las azucenas de la muerte en las mejillas, cubrió el rostro huesudo y macho de Rita.

—¿Estás dormido aún—exclamó—ó perdiste el seso?... Dí... ¿Quieres explicarte de una vez?...

Toribio, sin responder, la frente preocupada, cogió una silla y se sentó. De su camiseta burda, color tabaco, emergía el cuello cenceño y nervudo, curtido por la intemperie y terminado en una cabeza deprimida, rojiza y pequeña. Los calzoncillos, largos y de dudosa limpieza, se sujetaban con cintas á las piernas peludas; los pies, endurecidos sobre los caminos por donde muchos años anduvieron descalzos, eran grandes, angulosos, oscuros; parecían de bronce ó de tierra. Un rato estúvose callado, los codos en las rodillas, el cuerpo recogido, el semblante taciturno y perplejo; y, según el curso de sus cavilaciones, sus miradas iban unas veces á la ventana, otras al dormitorio, ó hacia la puerta. A ratos parecíale, efectivamente, haber soñado: pero apenas lo creía cuando con renovado sobresalto dudaba de hallarse despierto, que tales eran la exactitud, la impoluta nitidez, el avasallante vigor de realidad, con que las imágenes de su pesadilla resucitaban y apremiaban su memoria. Contornos, colorido, plasticidad, voz... todo lo aunaban aquellas ficciones; hubiesen tenido existencia objetiva, y no le hubieran impresionado con mayor fuerza que cuando nacieron en su propio espíritu.

Toribio, ya completamente despavilado y sobre sí, no sabía aún si lo sucedido era una verdad tan espantosa que parecía sueño, ó una pesadilla de tal bulto y relieve que pudiera equipararse con la realidad. Estérilmente buscaba en su interior; la meditación, lejos de esclarecer su conciencia, la embarullaba. Estaba cierto de haber hablado allí mismo con don Gil Tomás: le vió, oyó su voz, sintió en su mano ruda el frío de la suya, blanda y suave...; y Rita, sin embargo, le aseguraba que todo aquello, al parecer tan irreductible, tan terminante, tan vivaz, había sido sueño. ¿Pero era posible que los cinco sentidos de un hombre, aplicados simultaneamente al conocimiento del mismo objeto, se equivoquen así?...

Intrigada por los enigmáticos ojeos de su hermano, la mujerona exclamó:

—¿Qué haces?... Me das miedo. ¿Quieres hablar?

Toribio Paredes tardó en responder. Meditaba. Repentinamente se levantó y de un salto desapareció en la alcoba. Iba á vestirse. Necesitaba penetrarse de la certidumbre ó mentira de lo sucedido; de lo contrario parecíale que la zozobra le volvería el juicio. En un santiamén se puso el pantalón, se endosó la chaqueta y, sin calzarse, para ganar tiempo, regresó al comedor. En su rostro flotaba una vaguedad de locura, un miedo de superstición. Ella le preguntó:

—¿Dónde vas?

Su hermano arqueó las cejas y se llevó un índice á los labios.

—¡Chist!... Luego te lo diré; aguarda...

Abrió la puerta y salió á la calle, y en el silencio Rita oyó la carrera sorda, vertiginosa, de sus pies desnudos. La mujerona le esperó, acurrucada en un escabel, las manos de gruesos artejos cruzadas delante de las rodillas. En el reloj de la iglesia sonaron las doce: la hora de la bruja. Transcurridos pocos minutos volvió Toribio; jadeaba y el cansancio le descoloría los labios; en cada una de las profundas arrugas de su frente el sudor ponía un hilo de plata. Ella interrogó:

—¿Qué traes? ¿Viste algo?

El se desplomó sobre una silla. Luego, acercando mucho las cabezas, los dos hermanos empezaron á hablar. Toribio procuró explicar su alucinación: era algo muy raro.

—Yo—dijo—acababa de acostarme y sin duda dormía. Sólo recuerdo que me circundaba una oscuridad profunda. De pronto, pienso: «Ahí viene don Gil Tomás». No le veía aún, pero estaba cierto de que se hallaba aquí. Después fué como si el alma se me hubiese salido del cuerpo para acudir á recibirle; porque yo sabía que mi cuerpo se quedaba allá, en la alcoba, y, sin embargo, yo, es decir, mi conciencia, mi pensamiento, se personaron en esta habitación, y todo lo apreciaban y reconocían según ahora lo veo: la lámpara encendida, los muebles, los cuadros, tú cosiendo al lado de la mesa... «Mi hermana—discurrí—no puede verme; me cree dormido...»

Se interrumpió y de nuevo sus manos acariciaron lentamente su frente absorta y estrecha. Su concepción tenía una diafanidad y sus palabras una elocuencia compendiosa y justa, que impresionaron á la mujerona. Diríase que en el oscuro cerebro de Toribio vibraba aún la luz de otro entendimiento más sutil. El bujero continuó subrayando y fijando bien las palabras con el ademán:

—Yo estaba ahí, en semejante sitio y de cara á la ventana, cuando apareció por ella don Gil. En su mirada comprendí que necesitaba anunciarme algo grave y secreto, y sin detenernos subintramos en la alcoba, donde mi alma, no sé cómo, volvió á meterse dentro de mi cuerpo. Todo lo que cuento tardaría en ocurrir segundos nada más. Al llegar este momento hay una sombra; el sueño parece interrumpirse; luego se reanuda del siguiente modo: Yo me hallaba acostado, boca arriba, y don Gil sentado al borde de la cama, la cabeza vuelta hacia mí; y como es tan pequeñito, los pies no le llegaban, ni con mucho, al suelo. Entonces hablamos...

Calló Toribio unos segundos y después su voz fué más débil y tuvo una emoción punzante de confesión y de drama.

—¿Sabes lo que me aconsejaba don Gil?...

Ella le interrumpió, anhelante:

—No, pero sí lo que tú contestabas. Tu decías: «No puede ser; eso no puede ser».

—Así le repliqué, en efecto... porque don Gil pretendía que entre tú y yo matásemos á Frasquito. Porfió mucho. «Yo me encargo—añadía—de que nadie lo sepa; pues si el juez sospechase de vosotros, yo iría por las noches á su cama, y en hallándole dormido, le quitaría esa idea...»

En el supremo interés de un silencio, Rita Paredes dejó caer estas palabras terribles:

—También á mí muchas veces, en sueños, don Gil Tomás me aconsejó lo mismo. Dice que Frasquito Miguel tiene mucho dinero.

La cabeza roja de Toribio palideció, y en su repentina lividez las pecas bermejas de las mejillas se acentuaron y dieron al rostro insana expresión.

—¡Ah!... ¡Tú lo sabías!...

—Dice que el dinero lo esconde en el patio.

—¿Entre las raíces del chopo?

—Eso es; y que lo tiene metido en tres grandes orzas.

—En tres grandes orzas verdes.

—Justo, hermano; ¡hasta el color!...

Cuchicheaban presurosos, arrebatándose mutuamente las palabras de los labios, trémulos de codicia. Rita habló de aquel temblor amarillo y amorfo que momentos antes vió ir desde la ventana al cuarto de Toribio, y éste ratificó sus declaraciones. Sus ojos volvíanse automáticamente hacia la puerta de salida.

—Al marcharse don Gil—exclamó—quise preguntarle algo que ahora no recuerdo, y para alcanzarle me tiré de la cama. Fué entonces cuando tú me detuviste, preguntándome adónde iba y si estaba soñando. Dormido me hallaba, efectivamente: pero despierto y bien despierto y con toda la luz del sol encima, considero imposible ver las cosas mejor de cómo yo las veía; y así, aun después de reconocer que toda mi conversación con ese hombre fué obra de embeleco y pesadilla, para cerciorarme más de ello salí á la calle. Llegué hasta la casa de don Gil, y anduve examinando los balcones por si en alguno de ellos había luz. Mas todos estaban oscuros y la verja del jardín cerrada con llave, como siempre...

De la maravillosa avenencia y exactitud de sus ensueños dedujeron ambos hermanos la existencia incuestionable de un tesoro; y que dicha fortuna, que debía de ser cuantiosa, el señor Frasquito la guardaba allí mismo, metida en tres magníficas orzas verdes, bajo las raíces del chopo legendario. Ni un momento detuviéronse á pensar que el motivo probable de aquella comunidad de alucinaciones fuese la ardiente fe que los dos tenían en la riqueza del señor Frasquito; tampoco les alarmó el interés, al parecer injustificado, de don Gil, en despojar al antiguo contrabandista de sus riquezas y hasta de la vida, para beneficiarles á ellos. Su avaricia desbridada de súbito por la proximidad del oro, todo lo juzgaba llano y fácil. Viejo y medio baldado Frasquito Miguel, ¿para qué iba á vivir más? Y, considerando su innoble afición al alcohol, vicio que, día por día, exaltaba su degradación y embrutecimiento, desembarazarle de la existencia era un crimen tan oportuno, tan de justicia, que casi tenía el perfil de una caridad.

Los dos hermanos seguían agitando en silencio la hórrida tiniebla de sus instintos, y sus torvos magines caminaban tan paralelamente, que cada cual veía reflejarse sus propias ideas en los ojos crueles del otro. Asesinar á Frasquito, pero de modo que nadie lo supiese, robarle y en seguida huir del pueblo. ¿No dibujaban estas tres afirmaciones una línea recta, fácil y de absoluta lógica?... Nuevamente Rita y Toribio Paredes volvían á reunirse en el espanto de los mismos propósitos, concatenados siempre, á despecho del sexo y de los años que anduvieron separados, por el genio sanguinario de su infame raza. Allí estaba el estigma, la herencia, que convierte al pasado en futuro, y lo instituye inmortal. En la realidad, como en el mundo de lo soñado, sus espíritus marchaban sobre los mismos fangales. ¡Oh!... ¿Por qué el Azar no les habría permitido aliarse un poco antes?...

El rumor de unos pasos inseguros y tardos, que acababan de sonar en la calle, delante de la ventana, interrumpió la conversación. Llamaron á la puerta y Rita salió á abrir. Era Frasquito Miguel. Representaba cincuenta y tantos años: era de mediana estatura, el busto delgado y ancho, las piernas débiles; sobre el tinte bronce de la piel, sus viejos cabellos tenían una albura brillante de plata. El rostro afeitado, expresaba cobardía y humildad.

—Buenas noches—murmuró.

Según costumbre, el señor Frasquito iba borracho. Sin mirar á sus familiares, muy rígido, para guardar mejor el equilibrio, el paso corto, el sombrero sobre las cejas, dirigióse hacia su habitación. Como nadie contestase á su saludo, repitió:

—Buenas noches.

—Buenas noches—dijo Toribio entre dientes.

—¿No cenas?—preguntó Rita.

El repuso balbuceando:

—No.... no..., no tengo ganas..., gracias. Buenas noches...

Si Frasquito Miguel hubiese visto la mirada roja, implacable, que los hermanos Paredes cambiaron, no habría podido dormir.

V

Don Gil Tomás, el hombre más chiquito de Puertopomares, vivía en un hotelito de su propiedad situado en el Paseo de los Mirlos, á dos pasos de la Glorieta del Parque. Frisaba en los cuarenta y cinco años, y tenía un metro treinta y nueve centímetros de estatura. Amén de ser el vecino más pequeño era también el más original, lo que le infundía á despecho de su hurañoso retraimiento, notoriedad indiscutible. Sin cultivar la amistad de los ricos ni fraternizar demasiado con los pobres, sin militar en ningún partido político, ni exhibirse, ni hacer nada que pudiese atraer la pública atención, aquel individuo minúsculo ejercía sobre sus conterráneos un raro dominio, una especie de fascinación á distancia. Comía de sus rentas, hablaba poco, gustaba de pasear solo y en su casa, donde le acompañaban dos criadas, que eran también sus mancebas, nunca recibía visitas. Una indefinible emoción de silencio le precedía, le acompañaba y quedaba flotando tras él. Cuando iba por la calle los ociosos que tertuliaban delante de la botica de don Artemio y de la Fonda del Toro Blanco, interrumpían sus diálogos al verle acercarse, le cedían la acera y le saludaban con un comedimiento que parecía encubrir un temor; luego que había pasado, todos, á la vez, se quedaban mirándole. Si llegaba al Casino de noche, lo que ocurría pocas veces, instalábase aparte y ojeaba los periódicos. No buscaba relaciones, pero tampoco negaba á nadie su saludo; ni amiguero ni misántropo, mostrábase cuidadoso de no rebasar nunca los límites vulgares; y, sin embargo, todos le atisbaban, le espiaban y añadían á su equilibrada conducta interminables apostillas. Aquel hombrecito que, para subirse á los divanes necesitaba ponerse de puntillas y ayudarse con las manos, y cuyos pies, una vez sentado, quedaban colgando como los de un pelele, tenía una capacidad centrípeta enorme.

Buena parte de este poder provenía evidentemente de la fuerte extravagancia de su figura.

Tenía don Gil los hombros angostos y caídos, lo que entristecía su empaque, y una de esas cabezas voluminosas, estrechas de occipucio y muy bombeadas y crecidas de frontal, sobre las cuales los sombreros nunca ajustan bien. Su rostro afeitado, largo y huesudo, iluminado por la expresión metálica de los ojos, era de color miel, de color de fideo, de esa tonalidad aceitosa que fluctúa entre el ocre caliente del azafrán y la enferma amarillez del pus. Aquel semblante digno, por sus proporciones, de un individuo alto, absorbía toda la vida de don Gil Tomás y causaba, efectivamente, en cuantos le veían, impresión anormal y durable. El resto del raquítico cuerpo, vestido en todo tiempo de negro, con sus calcetines blancos, sus zapatos de becerro y aquellas camisas de cuyos cuellos, siempre un poco anchos, el pescuezo ahilado y pajizo emergía con la tristeza de un lamento, era nimio y despreciable; lo mismo que los pies, diminutos como los de un niño, y las manos blandas, suaves y frías. La cara, en cambio, irradiaba un vigor truculento, alucinador, de pesadilla; la frente cavilosa, la nariz aguileña, las pupilas de color de cobre, las orejas delgadas y erectas, los labios bermejos, finos y crueles, como los bordes de una cuchillada por donde toda la sangre de las mejillas se hubiese vertido. ¡Contraste terrible! Sobre aquel cuerpecillo negro, aquella cabeza grande y gualda, tenía la expresión lívida, la expresión de eternidad, de una cabeza trunca.

Por esto, á pesar de su parvedad, la silueta de don Gil antes era grave que ridícula. Si, á primera vista solía mover á burla, luego de examinada unos instantes, imponía seriedad. El observador adivinaba tras ella un misterio. Descolorida, impasible, con una inalterabilidad de ausencia, poseía el vigor sigiloso del enigma. Atraía, obsesionaba, y la emoción de su silencio se clavaba en las almas como un rehilete.

Contribuía á robustecer esta expresión la tristeza absoluta, jamás interrumpida por ningún accidente ó donaire, de don Gil. Nadie, ni siquiera don Juan Manuel Rubio, el diputado, que gozaba fama de gracioso, podía jactarse de haberle visto los dientes. Los labios, poco platicadores de don Gil, ignoraban la simpatía de la risa; movíanse para conversar, para bostezar, para besar tal vez; pero desconocían la hilaridad. Si estaba muy contento, sus ojos metálicos brillaban un poco más que de ordinario; eso era todo; su mejor humor no pasaba de ahí. Aquel enano amarillo y pequeño, no había reído nunca.

Cuando don Gil Tomás llegó á Puertopomares, seis ó siete años antes, la expresión estática y punzadora de su rostro astral, atrajo la curiosidad de cuantos ociosos había en el andén. Todos miraban sorprendidos aquella cabeza robusta sembrada sobre un tórax raquítico que apenas alcanzaba á la ventanilla del vagón, y creyeron pertenecía á un individuo excesivamente alto y flaco, que iba sentado; la general expectación trocóse en estupor y sonrisa, al abrirse la portezuela y resultar que la persona á quien tan descomunal cabeza correspondía, estaba de pie. Sin embargo, ni aun entonces la figura del hombrecillo fué objeto de mofa. Algo magnético le nimbaba y defendía como una armadura, y todos los vecinos, tácitamente, experimentaron su imperio. Con don Gil caminaba un enigma, y su mirar helado, turbio, sin parpadeos, como el de los ojos de cristal, descendía á lo más hondo. ¿Hubo nunca nada más sospechoso, más inquietante, que un hombre serio y pequeñito?...

Meses después, el forastero compró un hotelito en el Paseo de los Mirlos, esquina á la Glorieta del Parque, y ello esclareció su nombre y sirvióle de recomendación. Quien más, quien menos, todos procuraban abordarle, y á excitar este deseo contribuía el mismo perezoso interés que él demostraba en rodearse de amigos. Al cabo, don Gil fué una de las personalidades más notorias de la población: su aire reservado, sus rentas, que le permitían vivir holgadamente mano sobre mano, la circunstancia de no tener deudos y aquella facilidad con que, cual por arte de embeleco ó sugestión, supo convertir en coimas á las dos lindas mozas que tomó á su servicio, sirvieron á su alfeñicada figurilla de plataforma. Al contrario de lo que sucede á muchas personas, que se desprestigian según de más cerca se las trata y conoce, aquel hombre pequeñito y hermético, enaltecía sus méritos cuanto mejor se mostraba. Sus sombreros hongos, muy encajados sobre el occipital y siempre estrechos para cubrir el hinchado desarrollo de la frente, el secreto de los labios sutiles, la delgadez dantesca de la nariz, la distracción perpetua de los ojos que parecían constantemente abiertos sobre el panorama de otra vida, la frialdad de sus actitudes, lo apaciguado de su caminar, rasgos y perfiles excelentísimos eran capaces de resistir el más descontentadizo análisis. Las gentes, sin razón ninguna, le admiraban, y por instinto le temían. Gracias á esta alabanciosa unidad de criterios, llegó á ser «una de las cosas» más notables de Puertopomares; se hablaba de él como de algo peregrino y selecto; se le celebraba, se aseguraba que su carácter y condiciones eran dignos de estudio, y todas sus palabras revestían importancia. Su fama igualó y hasta nubló un poco la del viejo castillo. Cuando algún forastero llegaba al pueblo, sus acompañantes le decían:

—Antes de que se marche usted queremos presentarle á don Gil Tomás. Seguramente no ha visto usted otro tipo tan raro. Es un hombre pequeñito, de color de boj, que no ha reído nunca...

A propósito de él é inspirándose en la brevedad de su nombre, don Juan Manuel tuvo una frase feliz:

—Me da la impresión—había dicho el diputado—de un monosílabo.

Esa inevitable concatenación entre los rasgos anatómicos y morales de cada individuo, resplandecía acentuadamente en don Gil, quien, dócil á la ley común, sumaba á su extravagante complexión y amarillez, otra anomalía de orden metafísico. Aquel hombre pequeñito escondía un misterio brujo y pavoroso; un enigma cuya virtud teúrgica el vulgo sagaz, aunque sin comprenderla, había adivinado.

Don Gil Tomás era natural de Puertopomares, de donde salió muy niño, y su madre, muriendo al darle á luz, pareció imprimir á su vida un sesgo trágico. Dos años más tarde su padre sucumbió á mano airada, sin que nadie pudiese averiguar quiénes fueron sus matadores, pues del número y clase de heridas que recibió la víctima dedujeron los peritos que debían los asesinos de ser dos, cuando menos. Al lado de su abuelo materno primero, y de un hermano de su padre después, pasó don Gil su adolescencia. Para ofrecer á la vanidad de sus deudos un título académico, cursó en Salamanca la carrera de Derecho, pero considerando la insignificancia cómica de su figura, no quiso abrir bufete ni casarse, y dedicóse con resignación y humildad ejemplares al cuido de su hacienda.

Esta vida de concentración y retraimiento, sirvió para dotar á su espíritu de estupendos y hechiceros vigores. Ya en los términos de la segunda juventud y sin motivo ostensible ninguno, experimentó su actividad cerebral una desviación peregrina. Apenas dormido, á su idiosincrasia cotidiana, apacible é isócrona, sucedía otra voluntad aventurera, peleadora y errante. Separada del cuerpo, su alma sabática corría libremente, multiplicando á capricho sus amoríos y sus viajes. Todos los furores sexuales represados por la insignificancia bufa de su figura en las horas de vigilia, reproducíanse con exasperadas vehemencias bajo la generosa égida del sueño. Entonces su espíritu ardía, tostábase y devorábase á sí mismo, como en una llama. Una clarividencia superhumana inundaba de luz sus potencias más nobles. Todo lo veía con mayor nitidez, y su facilidad para inmergirse en lo pasado, permitíale luego aventurarse y predecir con rara exactitud lo futuro. Dormido don Gil era inteligentísimo, elocuente, impulsivo, insaciable en sus determinaciones y apetitos, y no había diques, ni cerrados lugares, ni voluntad capaces de resistir á las apremiantes sugestiones de su deseo: en sueños el discutía con los hombres, les arrancaba sus secretos más ocultos, les dirigía, les imponía sus propósitos, y si le eran agradables les inspiraba ideas que más adelante, en el transcurso de los días vulgares, parecían surgir naturalmente del limo de sus cerebraciones inconscientes para convertirse en acción y provecho; él, finalmente, hallábase presente á todas las conversaciones, y horro de escrúpulos deslizábase lascivo y sultán en el lecho de cuantas mujeres hermosas, casadas ó doncellas, vió y apeteció en la calle.

Resucitaba don Gil la leyenda de los terribles vampiros, siempre prepotentes, sombras de muertos que, según la cosmogonía egipcia, acudían á disfrutar carnalmente de los vivos. Era el sabat, la epilepsia sexual que alimentaba el frenesí de la misa negra, la encarnación del deseo inmortal, del dios Deseo, insatisfecho perpetuamente. Era el brujo, que reía en el espanto de la Edad Media, y en su cuerpo mezquino vibraba, semejante á un imperativo específico inexorable, los millones de amores fracasados, de apetitos incumplidos, de sus progenitores. A tanto abarcaba el nocturno ambular de don Gil: y, á la mañana siguiente, nada: la inacción otra vez, la somnolencia de un vivir ocioso, la fealdad de su cuerpecillo enano, sobre cuyo semblante absorto, el cansancio de lo soñado iba añadiendo, día por día, una amarillez nueva...

Esta doble vida de la que, al despertar, no tenía conciencia, este agudizado instinto de lo arcano que le erigía en gnomo del misterio, permitiéronle descubrir los pormenores que rodearon el sangriento fin de su padre. La revelación, venida inesperadamente del mundo de las sombras, del mar sin orillas del eterno enigma, donde aguarda la muerte, realizóse durante el hórrido filar de una pesadilla.

Las denominadas ideas-imágenes ofrecíanse en el curso de aquel ensueño con espantosa limpidez: paisajes, figuras, conversaciones, hasta los pensamientos que no llegaron á traducirse en ademanes, ni siquiera en palabras, todo adquiría en la imaginación del dormido perfiles terminantes.

Soñó, pues, don Gil, que una tarde, su padre regresaba á Salamanca llevando consigo una fuerte suma ganada en el juego, vicio al cual el buen don Alonso rindió siempre pleitesía apasionada. Iba el pobre caballero, que á la sazón frisaba en los cincuenta años, gineteando una mula de muy rebelde y alborotadiza condición. El dormido dábase cuenta precisa de la hora crepuscular en que acaeció el lance: la color del cielo, el aspecto del campo, las ondulaciones del camino solitario, abierto entre boscajes de copudos castañares y de alisos. En un recodo umbrío, al lado de una fuente, Frasquito Miguel y su hermano Antonio esperaban á don Alonso con propósito de robarle y, por consiguiente, de asesinarle, pues no era el castellano hombre que mansamente se dejase desposeer de lo suyo. Al verle llegar, Frasquito Miguel, que le conocía mucho, salióle al encuentro, saludándole con señalada reverencia, y so pretexto de preguntarle el domicilio de cierta persona amiga de entrambos. Amablemente don Alonso detuvo su cabalgadura, y como fuese un poco fatigado, desestribó el pie izquierdo y sentóse á mujeriegas, la pierna de aquel lado puesta sobre el arzón delantero de la silla. En tal instante Antonio, que se había escondido tras unos árboles, disparó su escopeta contra el descuidado caballero, quien gravemente herido en la nuca cayó al suelo, donde Frasquito Miguel le remató á cuchilladas y desfigurándole de manera que costó después gran trabajo identificar el cadáver. Despojada la víctima de su dinero, los matadores huyeron, internándose en Portugal y sin dejar rastro de su fechoría.

Varias noches consecutivas soñó don Gil la misma escena, pero su intensidad era tan penetrante y dolorosa y removía con tal fuerza sus nervios que le despertaba, y así la truculenta película quedaba rota. Hasta que la repetición casi cotidiana de aquella pesadilla, desimpresionándole un poco, permitióle seguir adelante. Acompañó á los foragidos en su éxodo, vióles repartirse lo robado y emprender, unas veces en Portugal, otras en España, diversos negocios. Falleció Antonio Miguel de muerte natural en Coimbra, y su hermano Frasquito quedó sujeto á la vigilancia vengativa de don Gil. El alma del hombre pequeñito le sugirió, para perderle, el proyecto del matadero clandestino; luego iba á visitarle á la cárcel, atormentándole con infernales pesadillas, y más tarde asistió á los lances de contrabando, en los cuales, bien á despecho de su invisible enemigo, el señor Frasquito acrecentó su fortuna. Durante años, á lo largo de los caminos unas veces, otras en los dormitorios de las posadas, el esforzado espíritu del hijo de don Alonso, acompañó al criminal. El bujero llegó á sentir en torno suyo la presencia de algo adverso, y tuvo miedo; comprendíase expiado y adquirió la certidumbre de que el magnetismo de una voluntad enemiga le envolvía; de esto nació aquella costumbre de encerrarse con llave para dormir, de que Toribio y Rita Paredes diversas veces habían hablado.

La acción demoledora del tiempo, con alcanzar á tanto, no gastaba los caudales de odio que don Gil Tomás llevaba consigo; y á este rencor, estéril pues que no rebasaba los límites de lo subconsciente, obedecía la palidez alimonada de sus mejillas, el estupor constante y la expresión de frialdad y lejanía de sus ojos, la sobriedad esquiva de su trato, su aire siempre distraído y toda aquella emoción de pesadumbre y silencio, en fin, semejante á un vaho, que irradiaba su diminuta persona.

Tantas tempestades secretas no fueron, sin embargo, infructuosas: algo trascendió de ellas, algo dejó aquel hondo oleaje de rencores en las playas tranquilas de la conciencia; y fué que don Gil, sin conocer personalmente al señor Frasquito, experimentaba la necesidad de no separarse de él. Todos sus traslados y mudanzas respondían á esta causa ignorada. Así, mientras Frasquito Miguel estuvo en Badajoz, allí vivió don Gil; y cuando el bujero alzó su tienda bohemia para trasladarse á Avila, don Gil, sin saber por qué, comenzó á aburrirse en Badajoz y á pensar que en la ciudad de Avila viviría mejor. Sus amigos, sorprendidos de aquellas aficiones vagabundas, solían preguntarle:

—¿Por qué viaja usted tanto?...

El hombre pequeñito lo ignoraba.

—Es que me canso—decía—de ver siempre los mismos objetos: necesito variar...

Pero esta inquietud, esta avidez espiritual, no existían. En realidad era la atracción del señor Frasquito, lo que tiraba de él.

La aparición de don Gil en Puertopomares, acaecida un año después de instalarse allí Frasquito Miguel con los hermanos Paredes, señaló en la vida moral más íntima del vecindario un grave trastorno. La figura del enanito, vestido de negro, con su cabeza amarilla y sus calcetines blancos asomando entre el zapato y la fimbria del pantalón, impresionaba fuertemente á las mujeres, de día, y luego las acompañaba de noche en su alcoba. En amor, lo horrible y lo hermoso suscitan emociones análogas, y acaso por hallarse el espasmo sexual tan cerca de la alegría de la Vida como del horror de la Muerte, lo muy bello puede inspirar ideas de castidad, y el asco, en cambio, trocarse en tumultuosa lujuria.

La historia de los íncubos demuestra que éstos suelen revestir las trazas ó apariencias más repugnantes: mendigos, epilépticos, leprosos, viejos absurdos cubiertos de llagas, animales extraños, mitad hombres, mitad fieras, estremecidos por todos los instintos y las muecas y las delirantes piruetas del Diablo.

Jamás estudió la teratología monstruos ni prodigios semejantes á los fantaseados por el espíritu masoquista de la mujer, para quien las espumas y quintas esencias mejores del amor residen, antes que en la natural y sana voluptuosidad de la caída, en el sufrimiento ó castigo que frecuentemente acompaña á la posesión. Como las hembras de todas las especies, la mujer espera á ser tomada, y constituyen legión las que, llevadas de una humildad morbosa, prefieren el golpe á la caricia. Las mujeres raras veces descubren el cenit de la locura carnal sin el acicate del dolor físico; diríase que el tormento de la desfloración perdura en ellas como un rito, y que en su alma dócil, reducida de madres á hijas á ineluctable esclavitud, las emociones de martirio y de voluptuosidad se confunden. Sufrió la hembra la primera vez que el deseo del esposo se detuvo en ella; sufrió cuantas veces el egoísmo varonil la tomó y fatigado luego, la dejó sin curarse de su placer; padeció más tarde cuando sus hijos, concebidos acaso en la sed de un deleite vanamente esperado, se agarraron voraces á su seno. Ella nunca se queja; con su sexo recibió el culto al dios dolor, la terrible divinidad ardiente, tan vecina del misticismo como del desenfreno, que tiene para los flancos de sus siervas disciplinas de llamas.

Esta necesidad de tortura explica la inclinación de la fantasía femenina á revestir de apariencias llenas de suciedad ó de horror, los espíritus viciosos que de noche van á visitarla. Un íncubo bello y joven no satisface plenamente las exigencias de su carne, acostumbrada al martirio; el íncubo preferido será aborrecible, viscoso y se adueñará de ella por fuerza: unas noches tendrá la forma de una araña de patas peludas y tenazas palpitantes; otras será un mono cornudo y con hocico de pescado; otras un lobo con cabeza de viejo, ó un hampón erisipeloso, ó un lagarto frío, que apoyará sobre el vientre y entre los senos de la dormida, el espanto de su cabeza verde...

La complexión de la mujer, halla en el dolor y en el suplicio del miedo, las espuelas ó complementos más eminentes de la emoción sexual; y también el sutil trampantojo excusador de la caída. Esta malsana derivación hacia lo odioso, hacia lo feo, explica el dominio que sobre el mujerío de Puertopomares comenzó á ejercer, desde los primeros momentos, el hombre pequeñito. Por eso, nada más: porque era amarillo y su rostro tenía la rigidez enloquecedora de las carátulas; porque sus pies eran minúsculos y sus manos muelles y blanquísimas; por la tortura de aquella frente socrática, la mezquindad de aquellos hombros resbaladizos y el vaivén cómico que, al andar, sus perneras repetían sobre la blancura de los calcetines; por la fuerza extravagante y el presentido enigma, en fin, de su vida, todas las mujeres dieron en la habituación de soñar con él. La misma pesadilla, dulce y horrible por igual, rodaba de alcoba en alcoba, y ni aun las casadas, dormidas al lado de sus esposos, se libraban de ella. Don Gil aparecía en los dormitorios, tan pronto por una ventana como por la puerta, sin hablar adelantábase hacia sus amadas, las tomaba y se iba. Esta alucinación, que robó á muchas caras virginales su color y entristeció precozmente el mirar de algunas niñas, fué como una de aquellas epidemias de ninfomanía que los obispos medioevales combatían con el fuego y el agua bendita.

Favorecido por el misoginismo de los mozos, tiempo brevísimo necesitó el enano para imponer su extraño amor á cuantas mujeres bonitas veía, y era tal la diligencia de sus propósitos, que en una misma noche, según luego se supo, asaltó varias alcobas. Mancebas suyas fueron Anita y Raimunda, hijas del médico don Elías Fernández Parreño; doña Evarista Garrido, la protegida de don Juan Manuel Rubio; Micaela y Enriqueta, hijas de la austera y severísima señora doña Virtudes, viuda de Castro, á quien también, á pesar de sus años y sólo quizás por humorismo y donaire, visitó el íncubo; Rosario, la coja rubia, dueña del café de «La Amistad», y otras muchas. Ricas, como doña Quintina, ó plebeyas y cargadas de hijos, como Aurora, la mujer de Eustasio, el tonelero, á todas se atrevía y su apasionado celo á hermosas y á feas alcanzaba y beneficiaba por igual. Su salacidad siempre encendida y casi ubicua, ni siquiera perdonó á la viuda de Guijosa, doña Amelia Ruiz, la mujer más gorda de Puertopomares. Esta perenne donación de amor era como una galantería, acaso como una caridad, que don Gil derramaba muníficamente. Su gusto, no obstante, tenía distinciones y preferencias; especies de hostales donde, en aquel larguísimo viaje hacia Citeres, su deseo se complacía con satisfacción y reposo mayores: tales, María Jacinta, de veinte años, hija única de don Artemio Morón, el boticario, y su prima Flora. La primera, especialmente, hallóse durante varios meses tan acosada, tan furiosamente sujeta y poseída, que perdió el apetito, cubriéronse sus ojos de sombras violetas y dió en enflaquecer de manera que todos juzgaron comprometida su salud.

Ninguna de estas vergonzosas intimidades cayó en los libérrimos campos de la pública murmuración hasta pasado cierto tiempo, pues las muchachas, aun las más solicitadas por don Gil, absteníanse celosamente de declararlas. Al cabo, las luces de la santa verdad resplandecieron, aunque siguiendo los marañosos caminos á que la hipocresía las obligaba. Fueron Micaela de Castro y María Jacinta Morón, las que antes hablaron: Micaela refirió á su hermana la esclavitud sexual á que el enano del Paseo de los Mirlos la tenía sujeta; lo propio hizo María Jacinta con su prima Florita. Tanto ésta como Enriqueta conocían por personal experiencia el sabor, simultáneamente regalado y acerbo, de tales posesiones, lo que no las impidió admirarse y aun ruborizarse taimadamente de cuanto oían, cual si nada supiesen; pero, por lo mismo que ambas tuvieron la voluntad necesaria para callar sus vergüenzas, faltólas tiempo y virtud para encubrir las ajenas, y así fueron sus labios los primeros en divulgar el goloso secreto de don Gil.

Con el mayor sigilo y bajo juramento de no comunicárselo á nadie, Enriqueta de Castro decía á sus amigas:

—¿Sabéis lo que me ha confesado mi hermana?...

Florita, por su lado, hacía lo mismo:

—¿Queréis saber por qué está quedándose tan anémica María Jacinta?

Estas indiscreciones provocaban otras de análoga índole y atrevimiento. En los pueblos pequeños todo se descubre y conoce, cual si hasta los muros más densos tuvieran la diafanidad del cristal. Doña Quintina sabía por Raimunda, la primogénita de Fernández Parreño, que á su hermana Anita la visitaba don Gil, y á doña Evarista la había informado doña Fabiana, la mujer de Martínez, el veterinario, que á idénticos peligros hallábase expuesta la mirlada castidad de doña Virtudes; esto último se averiguó por una indiscreción del cura don Martín, pues la tribulación y el pánico que la excelente señora tenía á morir en pecado mortal eran tales, que atropellando toda guisa de femeniles miramientos llevó su cuita al confesionario...

En mucho tiempo las amigas íntimas no supieron hablar de otro asunto, aunque conservando siempre el hipócrita cuidado de referir á una tercera persona sus particulares sensaciones. Su voraz curiosidad removía hasta los detalles más arriesgados, enardecíanse sus imaginaciones y la evocación de sus lupercales solitarias derramaban por sus ojos desfallecimientos de harén. Aquellas cabezas femeninas, unas rubias y ondulantes, otras negras y lisas, apretujándose para charlar en voz baja con el interés acre de las conversaciones prohibidas, componían ramilletes de flores extrañas sobre las cuales el recuerdo de don Gil zumbaba semejante á un moscardón cabalístico.

VI

¿Cuántos hechos similares fueron necesarios para que el vulgo reconociese que una especie de mortal maleficio iba unido á la presencia de aquel hombre pequeño y amarillo?... Muchos debieron ser, pues el distraído espíritu popular no se fija y concreta sin una abundante síntesis de fenómenos iguales: de suerte que cuando la opinión comenzó á decir que don Gil era brujo, fué porque de súbito creyó ver en él numerosísimos rasgos y momentos que lo atestiguaban así.

Dos episodios verdaderamente impresionantes, acaecidos casi á continuación el uno del otro, y que dictados parecían por un mismo criterio de venganza, sirvieron de coyuntura ó motivo para que este supersticioso juicio se afirmase.

A los tres años de vivir don Gil en Puertopomares, tuvo la desgracia de enamorarse de Ursula Izquierdo, sobrina del rico hacendado don Rogelio Pérez Izquierdo, y una de las muchachas más lindas de la provincia. Tan urgentes, tan cegadores, fueron los deseos que su buen palmito y mucho donaire atizaron en don Gil, que no pudo éste retenerlos ocultos, y así, desoyendo las voces de su modestia, aventuróse á dejar que la cuita de su corazón le subiese á los labios festar (?) su cuita poniendo en los labios su corazón. Como era de suponer, conocidas las mezquinas trazas del galán, aquel amor no obtuvo correspondencia, y don Gil sintió germinar en sus profundos, hacia la ingrata, un rencor infinito.

Transcurrieron varios meses. Una mañana Ursula Izquierdo se levantó muy triste. Sus padres la acosaban á preguntas impresionados por aquella lividez.

—¿Qué tienes?...

—Nada; pena... ¡Nada!...

A la hora del almuerzo no quiso comer. Tenía frío, calor y, sobre todo, miedo... un miedo horrible á algo que, según ella, estaba á su lado y nadie veía. Por la tarde, en una tertulia de amigas íntimas, declaró la razón de su angustia. Pesaba sobre ella la sugestión de una pesadilla vitanda. Había soñado hallarse en un jardín con varias muchachas; todas reían, danzaban y estaban muy alegres, cuando por entre las hiedras de un cenador apareció la Muerte, embozada en un peplo blanquísimo y con las apariencias esqueléticas que le atribuyen los pintores. La Fría quedóse observando atentamente á las jóvenes, como si buscase entre ellas una víctima; todas habíanse vuelto de espaldas y procuraban esconder su rostro en el seno de una compañera. Cesaron las risas y un soplo helado atravesó el jardín; amortiguóse la luz en el espacio; palidecieron las rosas. La Muerte continuaba mirando, adelantaba el cuello y su frontal amarillo brillaba siniestro bajo la claridad de la tarde; sin duda quería ver...

A su lado, de improviso, surgió don Gil Tomás, vestido de negro y llevando sobre sus hombros tallados en forma de acento circunflejo, la enormidad de su cara color de limón. El hombre pequeñito mostrábase aliado de la Lívida; hasta la protegía.

—¿Qué quieres?—la preguntó.

Repuso la Muerte:

—No hallo lo que busco.

Y don Gil:

—Yo sé á quién buscas. ¿Era á ésta?...

Adelantóse hacia Ursula Izquierdo. La joven esperimentó una angustia indecible; quiso gritar y los músculos de su garganta, pasmados y mudos, no la obedecieron; castañetearon sus dientes; sus sienes humedeciéronse con el mador de las agonías. Procuró entonces ovillarse más, acuclillarse mejor, tapándose con las haldas de sus compañeras. Pero el enano no la perdonaba: le oyó acercarse y sintió en la nuca el contacto de su mano fría y parva.

—No te escondas—dijo don Gil—, es á ti, á quien busca la Muerte.

Tiró de ella con fuerza, obligándola á levantarse, y como Ursula, aun á despecho de su voluntad, alzase los ojos para mirar, recibió en ellos el maleficio que irradiaban las cuencas vacías de la Flaca y el desencanto nevado de su risa.

—¿Era ésta tu elegida?—insistió don Gil.

La Muerte repuso, sin aproximarse:

—Esa es.

Volvióse el hombre pequeñito hacia la víctima:

—Ya lo sabes; ahora te advierto que, para arreglar los asuntos de tu conciencia y despedirte de los tuyos, dispones de tres días.

Con esto desvanecióse la pesadilla, y la descripción que de ella hizo Ursula á sus amigas no las impresionó mayormente. La alucinación, sin duda, era interesante, estaba desenvuelta con lógica y testimoniaba el odio que roía el hermético corazón del enano; ¿pero cuántas extravagancias peores disponen y trenzan á cada instante los espíritus absurdos del sueño?... Ursula Izquierdo, sin embargo, no podía hurtarse á la emoción de una escena que vió y oyó y estremeció su ánimo, con el vigor de la verdad. Su pesadilla ocurrió en la noche de un jueves, y la joven, aunque aparentaba haberla olvidado, iba contando uno á uno los momentos de aquellos tres días que don Gil puso de término á su vida. El sábado despertóse muy contenta y por la tarde asistió á un bautizo. El lunes, sorprendidos sus familiares de no verla levantada á la hora de costumbre, fueron á su dormitorio y la encontraron muerta. El cuerpo estaba ya rígido, y la serenidad del semblante revelaba que en sus postrimeros instantes no hubo dolor. Entonces fué cuando el ensueño de Ursula Izquierdo se divulgó: las mujeres se lo referían sintiendo frío en la espalda, y cuando se tropezaban con el hombre pequeñito en la calle, se signaban, ó miraban á otra parte, esquivando la jettatura ó mal hechizo de sus pupilas color de cobre, ó procuraban agarrarse á una reja, para con el contacto del hierro evitar el aojo.

El otro hecho que ayudó á consolidar el tablado de nigromancia ó brujería en que don Gil Tomás iba colocándose, ofreció también significativa originalidad.

A pesar de la templanza que don Gil ponía en todas sus palabras y acciones, y del retraimiento y silencio en que su timidez gustaba recatarse, no faltó quien, intemperante y mal educado, le buscase camorra. Iba el hombre pequeñito por la calle Larga, en dirección al Casino. Al enfrentar la casa Correos, como fuese distraído, tropezó con un borrico bien cargado de cazuelas, botijos, pucheros, macetas y otros cachivaches quebradizos y de mucho bulto; asustóse el animal, acaso más que de la fortaleza del encontrón, que no pudo ser grande dado el poco peso de don Gil, de la extravagante figura de éste, y metiéndose alborotadamente en la acera y aculándose contra la pared rompió varios cacharros. Pateaba el bruto sobre los añicos, y con el ruido más se empavorecía y mayores eran los destrozos que sus esguinces y corcovas producían en la ancheta. El hombre pequeñito, avergonzado de su mala obra, no sabía qué hacer. En estas apareció el dueño del burro, quien trabándolo por el ronzal y administrándole algunos puntapiés en los hijares, fácilmente lo redujo á obediencia y quietud. Luego, ya enfurecido, revolvióse contra don Gil, insultándole y propasándose á tirarle de los cabezones. Varias personas, testigos de la escena, intervinieron, librándole de tanta humillación. El hombre pequeñito, convencido de su debilidad, no había intentado defenderse; ni siquiera habló; pero su ira, su rencor, su impotencia, le subieron al rostro como una ola lívida. Sus labios, sus ojos, hasta sus cejas, emborronáronse en la misma nube blanca; su biliosa amarillez hízose nieve; estaba horrible, epiléptico, fantasmal, y los transeuntes mirábanle asustados: hallaban imposible que aquel hombre, en cuya cabeza no parecía haber quedado ni una gota de sangre, estuviese vivo.

El amo del pollino se llamaba Manuel Ayala, y vivía con su mujer y cuatro hijos en una casuca de la Bajada de la Fuente. Al volver por la noche á su domicilio, refirió su disgusto con don Gil, y los incidentes del lance sirvieron, durante la colación, de asunto de plática. La mujer, no obstante, reía poco; estaba preocupada; á ella, aquel hombrecito descolorido y minúsculo la inspiraba miedo.

—Hiciste mal en provocarle—murmuró—; porque, según dicen, ese don Gil es brujo.

Noches después, Manuel Ayala se acostó recomendando mucho á su mujer que le despertase temprano, pues á las cinco de la mañana pensaba marcharse á Candelario, donde había feria. Pero, aunque dormilón, no necesitó que al otro día nadie le vocease ni rebullese, porque él mismo, expontáneamente, se levantó el primero. Y como su cónyuge se maravillase de verle tan despavilado, Ayala repuso:

—¿Y á que no sabes tú quién me ha despertado?... Pues, don Gil Tomás.

Palideció la mujer y él agregó, un tanto sorprendido de la coincidencia:

—Yo dormía profundamente... ¡como que del lado que caí anoche he amanecido hoy!... Cuando, de pronto, aparece don Gil, pero tranquilo, como si nada molesto hubiese pasado entrambos, y me dice: «Manuel, que tu mujer se ha dormido y son las cuatro y media. ¿No tenías que ir á Candelario?...» El pasmo de verle así, á dos pasos de mi cama, según estoy viéndote á ti ahora, me despertó. Me tiro al suelo, miro el reloj... y, exacto: las cuatro y media. ¿Tú lo comprendes?...

Tras un breve silencio, la esposa murmuró profética:

—Yo, en tu lugar, no iba á Candelario.

No prestó atención Manuel Ayala á estas palabras, concluyó de vestirse, aparejó el burro y fuese despidiéndose de los suyos hasta la noche. Alegre y por su pie se marchó, y muerto y atravesado en una caballería le volvieron al tramontar del sol, que en dura pelea un gitano, á quien acaso ayudaba el maleficio de don Gil, de una fiera cuchillada le partió el corazón.