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El Mulato Plácido o El Poeta Mártir

Chapter 18: XV
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About This Book

La novela narra la vida y el sacrificio de un poeta mulato que, dotado de sensibilidad romántica, se convierte en figura emblemática de la lucha por la libertad en una isla colonial. Alterna descripciones detalladas de Matanzas y su entorno con episodios biográficos y sentimentales que exploran la condición social, la esclavitud y el fervor independentista. Mediante imágenes líricas y escenas dramáticas, combina romance, patriotismo y crítica al dominio imperial, presentando al personaje como símbolo de talento artístico y martirio político.

—¡Gracias Carolina! ya he bebido mis lágrimas, i eso me basta.

—¡Pobre jóven! dijo Manfredo, es digno de compasion.

—¿I estará ahora en su cuarto? preguntó Raquel.

—Si mamá, repuso Berta. Acabo de pasar por la puerta de su aposento i le he visto meciéndose en su hamaca.

—Me parece que es ya del caso comunicarle cuáles serán sus tareas i la distribucion de ellas, agregó Manfredo.

—Tienes razon; i él deseará tambien saberlas, desde luego, repuso Raquel.

—Manfredo le hizo llamar.

A poco rato se presentó Gabriel, diciéndole:

—Señor, estoi a sus órdenes.

—Mira Gabriel, prorrumpió Manfredo; he creido necesario ponerte al corriente de tus quehaceres en la casa, indicarte tus obligaciones i preguntarte sobre los derechos que exijas.

—Yo lo deseaba tambien, señor.

—Bien; tú por la mañana cuidarás de que los jardineros hayan regado los jardines, limpiado las estátuas, aseado los corredores, las sendas del huerto, i formado los ramos de flores con que se adorna la mesa del comedor. Cuidarás tambien de que el esclavo Estevan despierte a Albertito i le aliste todo lo que necesita diariamente para ir a la escuela.

Despues de que nosotros nos háyamos levantado de mesa, prosiguió Manfredo, podrás sentarte en ella.—Una vez que hayas concluido de comer recorrerás todas las habitaciones para ver si están bien desempolvadas. Te recomiendo tambien que el cochero no se descuide en lavar el coche diariamente, i cuidar con esmero los caballos.

En el resto del dia, continuó Manfredo, podrás ocuparte de lo que quieras, cuidando solo de que uno de los sirvientes le lleve sus once a Alberto. Por lo demas, revisar la mesa a la hora de la comida o del té por la noche, i otras muchas pequeñeces, por el estilo, te las irán indicando nuestras costumbres, tu previcion, el tiempo i tu buena voluntad.

Lo único que no debo olvidar advertirte, dijo en seguida Manfredo, es que como viene todos los dias el señor Altieri a dar lecciones de piano a mi hija, estés listo, para cuando llegue en comunicárselo a ella, e introducirlo al salon.—Lo mismo te recomiendo si viene alguna visita, lo cual será rarísimo, por que mi familia vive completamente alejada de la sociedad, i en un casi completo aislamiento. I eso es tan cierto que son poquísimas las personas a quienes conocemos en Matanzas.

—¿I por qué, señor, ese alejamiento de la jente, cuando la sociedad es uno de los goces mas agradables, i sobre todo para personas educadas, ricas i cultas como ustedes? Ademas, señor, una niña tan llena de prendas i adornos como la señorita Berta, bien merecia, señor, que la luciera usted en la sociedad. Su intelijencia, su belleza, la esquisita delicadeza de sus maneras i de su carácter, el poseer con tanta perfeccion el frances, el sentimiento que sabe imprimir a la música, cuando las notas del piano parece que tiemblan bajo sus dedos al son de sus propias impresiones, la harian desempeñar un papel mui distinguido en la sociedad de Matanzas, en donde, segun infiero, señor, no hai muchas señoritas de tanto mérito como ella.

—¿Quién te contó todo lo que sabia mi hija? ¿cómo lo supiste tan pronto?

—La señora Raquel, me dijo algo. I yo la oí hace poco tocar el piano. Me estrañó que tuviera tanta ejecucion i tanto buen gusto, una niña de su edad.

—En cuanto a tus anteriores reflecciones, respecto a nuestro sistema de vida, tienes razon en apariencia. En mi deseo vehemente de proporcionarle a mi hija un porvenir próspero i feliz, un porvenir que esté a la altura de su mérito i de mi cariño paternal, mucho he pensado en todo lo que me acabas de decir; pero tú no sabes talvez que aquí se mira de reojo a las familias españolas i que hai muchas i mui mezquinas rivalidades entre las familias españolas i las matanceras.—Ademas, continuó Manfredo, seré franco contigo, porque te considero ya un miembro de mi familia....

—I con razon señor, dijo Gabriel, casi interrumpiendo a Manfredo.

—Pues bien, mi esposa en su primera juventud fué artista....

—¡Artista!.... esclamó Gabriel, con cierto aire de disimulada sorpresa.

—Si, Gabriel; fué cómica. I tu no ignoras que en todas las sociedades del mundo, no se dá a los cómicos una mano amiga para introducirlos a los estrados decentes, bien quistos, i, sobre todo, alumbrados por una luz aristocrática. Hai esa sombra en el pasado de mi familia que oscurece su porvenir; i por eso prefiero yo ser buscado a buscar a las personas, i especialmente a aquellas que blasonan de alta alcurnia. Yo sé bien que la virtud, la educacion i el mérito, reemplazan en cierto modo lo que ha negado el lustre, casual de la cuna i del nacimiento; pero no sucede lo mismo con los demas. I si bien la altesa de los antecedentes de familia influye, en cierto modo, en la nobleza del proceder i de las acciones, en cambio, no es eso tanto que la modestia de la cuna empañe i oscuresca por completo el brillo del verdadero mérito, que se adquiere con una educacion esmerada, cualquiera que sea el rol que se desempeñe en la sociedad.

Brillaron los ojos de Gabriel al escuchar estas palabras, i prorrumpió de esta manera, con entusiasmo incontenible:

—Yo pienso, señor, como usted, i voi mas allá en mis ideas a ese respecto. Desdeñaria dar la mano a un blanco mui lleno de ínfulas i pretensiones infundadas i ridículas, pero que sin embargo, como hai muchos, pisoteara su honor i su delicadeza, que a un pardo modesto i oscuro, que no tiene mas pecado que la fatalidad de su color, mas mancha que su raza, de esa raza que vale tanto como cualquiera otra: a un pardo, señor, en cuyo seno latiera un noble corazon, i en cuya intelijencia ardiera esa chispa celeste que se llama el talento, i que es el don mas precioso que Dios concediera al hombre.

Ademas señor, continuó Gabriel, la fortuna es el ídolo que adoran las sociedades modernas, el oro reemplaza a todo. I aun el talento, la belleza i la virtud pasan gachas i abatidas delante de ese rei altivo. I con usted señor, ha sido pródiga la suerte en concederle ese elemento de felicidad, segun entiendo. ¿No es verdad, señor?

—Sí, Gabriel, es así. Pero, entre tanto, continúa.

—Bien, señor; ¡una mujer colmada de virtudes i adornos i un hombre lleno de mérito, tiene hoi en dia, menos abierto el paso, que uno de esos marranos endinerados de frac i guante, que es el tipo de los dandyes de nuestras sociedades! ¿Qué será entonces si a la fortuna se asocia el mérito, como sucede en su familia?

—Nó, Gabriel, no llegan las cosas, a ese respecto, al estremo exajerado que tu supones. Tu las ves al través de un lente de aumento. Yo he visto, aun en las sociedades mas metalisadas, predominar el mérito sobre la fortuna. He visto mil veces doblegarse al rico ante la lejítima altivez del talento. He visto al opulento comerciante, al rico propietario, pisar con respeto los umbrales de la casa del abogado novel, del jóven literato, i estrecharle la mano con cierta timidez que revela la conciencia de su inferioridad.

He notado en los salones llamar i merecer éstos todas las consideraciones, i aquellos, hacer un papel pálido, silencioso i desairado.

Raquel i Berta escuchaban sorprendidas la conversacion de Gabriel, al ver tanta cultura en las palabras de ese modesto mulato i tanta claridad en su intelijencia.

—En cuanto a tu salario, Gabriel, dijo Manfredo, será el mismo en que convinimos el otro dia.

—No hai cuestion, señor, a ese respecto: eso, o lo que a Ud. le parezca mejor. Voi sí a suplicarle mas bien señor, que durante los primeros dias me permita Ud. asistir una o dos horas a mi taller, para cumplir mi contrato con mi antiguo jefe.

—Hazlo cuando i cuantas veces quieras; que por mi no tendrás inconveniente alguno.

—Gracias, señor.

—Te pregunté, Gabriel, por tu vida pasada, por tus padres, por tu familia, i casi nada alcanzaste a contarme de ella, por que cortamos nuestra conversacion, a causa de haber tenido yo que salir entonces a la calle. ¿Lo recuerdas?

—Si, señor. I en verdad preferiria no hablarle de mi pasado, por evitar en mi memoria penosos recuerdos, que me entristecen sobremanera.

—Sobreponte a ellos, Gabriel, i ábreme tu corazon.

Gabriel calló un momento i exalando un prolongado suspiro, prorrumpió en seguida:

—Mi historia es mui corta señor. Probablemente abrí los ojos a la vida en el mismo rancho en que pasé mi niñez.

Hai en uno de los estramuros de esta ciudad, continuó Gabriel, una humilde casilla, en una calle desierta, tortuosa i apartada. No tenia sino dos habitaciones de muros ruinosos i sin blanquear i de techo pajizo. Tienen una puerta que dá a la calle, otra interior que conduce a un patio tan pequeño como mi frente: las hojas de esas puertas son de madera blanca.—Dos mesas antiguas mui talladas, i pintadas de verde i con aristas doradas: dos catres de madera a uno i otro costado de la entrada; un banco rústico; unas pocas sillas enormes, azules i tapizadas de cuero; un candelabro de loza ordinaria ocupado con una vela de sebo: algunos santos pintados al óleo con colorido chocante, en lienzos quebrajados i empolvados: un crucifijo a la cabecera de una de las camas; he ahí, señor, mi morada, durante los primeros años de mi vida.

—Dos lechos te he oido decir: ¿con quien vivias allí?

Supongo que a la edad que tendrias entonces, no vivirias solo.

—No, señor.

—¿De quien era esa casa?

—Voi a continuar, señor. Esa modesta mansion, nido de mis primeros sufrimientos, cuna carísima de mi infancia, fué tambien la tumba de una persona querida, de una mujer.. Bajo el ala de su cariño abrigué mi cuello infantil; mas esa ala se plegó un dia.

—Pero Gabriel, ¡habla! ¡Nombra personas! ¡Sé mas esplícito!

—Bien, señor, dijo, i enjugó una lágrima que tembló largo rato en sus largas i retorcidas pestañas. Esa mujer era una anciana de ochenta años de edad, una infeliz negra, una pobre ciega, una esclava; era mi abuela paterna.

Cuando yo era tan niño aun, que todavia no podia trabajar para ganar el pan de todos los dias i solo podia ayudar a esa anciana en pedirlo a Dios con el primer rayo de la mañana, arrodillado al pié de su lecho, en el que descansaba de sus fatigas i dolencias, mendigaba ella por calles i plazas la dádiva del que encontraba al paso, o tocaba a las puertas del acaudalado para pedir una limosna en nombre de Dios, i no recibir, a veces, mas respuesta ¡que el que le dieran con las puertas! Cuando esa dádiva caia a sus manos tenia la costumbre de besarla de gratitud, correr a casa para satisfacer mis necesidades, enjugar mi llanto cuando yo lloraba de hambre, i pedir al cielo, junto conmigo, por su benefactor.

Me tenia tanto cariño que jamás quiso que la acompañara en su vagabunda mendicidad. Mientras ella salia me quedaba yo en casa. El único guia de la anciana ciega era un pequeño perrito que la dirijia amarrado del cuello por el estremo de un cordon que lo asía a dos manos por el otro estremo.

Cuando alguna vez, al regresar a mi indigente morada, oia el ladrido del perrito, se me abria el corazon, acudia a la puerta en alcance de la mendiga i con la anciosa sonrisa de mis ojos i de mi fisonomia le preguntaba:

—¿Hai pan hoi dia?

Apenas su planta tocaba el umbral i sus manos trémulas, estendidas e indecisas, empujaban la puerta del rancho, parecia que querian palpar con anciosa indesicion, los obstáculos de su tráncito, o buscar la manecita de su nieto, para imprimir un beso en su frente, esclamando:

—¡Gabriel! ¿Gabriel?.. I yo corria a avalanzarme de su cuello, a recibir sus abrazos, las caricias con que me colmaba, los besos con que cubria mi rostro.

¡Ai!, señor don Manfredo, el corazon se me rompe de pesar, cuando recuerdo que si llegaba alguna vez mi abuelita con las manos vacias, se dejaba caer sobre una silla, lloraba sin consuelo i sollozaba con indecible amargura, ocultando su frente entre las manos, i procurando encubrir su llanto para no ocasionar el mio, porque yo lloraba tambien cuando la veia llorar. Apenas la notaba aflijida me ponia a su lado, le pasaba con las manecitas por las mejillas i la cabeza encanecida i le preguntaba con acento lastimero:

—"¿Por qué lloras, abuelita?.."

Ella sin contestarme a veces una sola palabra, levantaba las manos al cielo esclamando:

—"¡Oh, madre! ¿de qué fueron tus entrañas cuando abandonástes a tu hijo?"

—Mui buena debió ser, Gabriel, esa anciana.

—Mui buena, señor; i sobre todo mui caritativa.

—¿Caritativa sin embargo de ser pobre?

—Si señor: su caridad empezaba conmigo. Es por eso, señor, que para mi la caridad es la mayor de las virtudes. Si supieran, señor, los ricos cuántas i cuan amargas lágrimas enjugan con ceder a los pobres los mendrugos de pan que caen de sus suntuosas mesas, de sus opíparos banquetes: si supieran que una dádiva a tiempo puede salvar la pureza de una vírjen que tiembla de hambre a la orilla del abismo, tal vez mientras la mano endinerada de la seduccion la empuja a ese abismo, ¡haciendo vacilar su virtud como vacila en la rama la hoja seca que el viento asota!: ¡si supieran que con un arranque de jenerocidad cortan el camino del crímen, de la prostitucion o del infortunio, a infelices mujeres que se ven arrojadas a ese camino por la mano de la miseria!: si supieran que con esa dádiva enjugan la lágrima del huérfano desamparado, de la viuda desolada, del mendigo que toca a todas las puertas, ¡oh! entonces sabrian tambien que esa lágrima convertida en perla, la presenta a Dios, en copa de oro, el ánjel de la caridad; oh, entonces, señor, yo creo que ningun hombre daria la espalda a la mano que estendiéndose delante de él, le intercepta el paso diciéndole: ¡una limosna por amor de Dios!

—Comprendo perfectamente toda la ingenuidad de tus palabras; porque ama siempre el sufrimiento i simpatiza con él todo el que ha sido educado en la escuela de la desgracia.

—Eso es tan cierto, señor, que recuerdo que un dia que pasaba por su calle, ví a la hija de usted, repartiendo con su propia mano en la puerta de la casa, el pan a los pobres, me pareció percibir el aroma de las virtudes de este hogar i me dije interiormente: "el cielo cubrirá a esta niña de bendiciones i de felicidad." I no me engañé al percibir desde lejos ese aroma, porque desde que yo me aproximé a esta casa he visto en ella que es un Eden de piedad, i he deseado mas de una vez besar la mano que me condujo a sus umbrales.

—¡Gracias Gabriel! Cada momento se descubren en tí mas i mas nobles sentimientos. ¡Palpita la sinceridad en tus palabras, i en tu pecho, un jeneroso corazon! Pero, prosigue tu historia porque me interesa mas que la lectura de una romántica leyenda.

—Una mañana, señor, nublada i tan triste, que parecia mas bien una tarde sombria, iba a levantarme de cama bajo la melancólica impresion de un sueño angustioso que me parecia, aun en despierto, que duraba todavia. Me restregué los ojos para disipar el sueño i.... estaban húmedos: ¡probablemente dormí llorando! Me incorporé en mi lecho para saludar como de costumbre, a mi anciana compañera, i la dije:

¡Buenos dias abuelita! I me contestó con el silencio. Repetí el mismo saludo, i me dió la misma respuesta.

Sobresaltado i lleno de temor salté de mi cama, acudí a la suya, i.... su silencio, era el silencio de la muerte. Yacia la pobre anciana durmiendo el sueño eterno, tanto mas negro que el que yo acababa de soñar.

El perrito ahullaba a mi alrededor o se esforzaba por brincar sobre la cama: la pálida luz de una vela temblaba todavia desde uno de los rincones de la habitacion, como temblaba sobre la pared la sombra de ese lecho de muerte.

Mi única idea fué entonces correr a la calle desesperado i lloroso, sin saber yo mismo por donde dirijirme: gritaba sollosando en medio de la calle: me ahogaba el dolor: tenia miedo de quedarme solo con el cadáver.

Mis pasos se dirijieron, por fin, maquinalmente a casa del cura de la parroquia. Entré a ella como un loco, llenándola con mis alaridos i mis lágrimas. El cura compadecido de mi desesperacion me condujo a mi casa despues de preguntarme por qué lloraba. Llegamos a ella. Al pisar sus umbrales i resonar el ruido de nuestros pasos abrió los ojos, i murmuró levemente:

—¿Gabriel?

—¡Yo soi! le contesté: aquí está el cura de la parroquia. Hizo entonces una señal, para que el sacerdote la ausiliara.

Tomé al cura de una mano, empapándola con mis lágrimas, i lo conduje a la cabecera del lecho, de la moribunda anciana. El sacerdote murmuró las oraciones de la agonía. Desprendió un crucifijo que estaba clavado en la pared a la cabecera del lecho, aplicólo a los labios de la moribunda: ella lo besó comprimiendo sobre sus helados labios la sagrada efijie, empañó con su último aliento la imájen de Dios; plegó los labios; me dirijió una mirada como signo de la última despedida, i cerró los ojos, i los cerró.... ¡para no abrirlos jamás!

Poco despues se refugiaban los restos de esa mujer en el seno de la tumba, i su recuerdo en mi memoria. A la noche siguiente depositaba yo sobre su sepulcro como un tributo a su memoria, una flor, una lágrima i una cruz, i gritaba como un loco, i lloraba como un niño al borde de su sepulcro, i vagaba como una vision entre los sepulcros i a la sombra de los cipreces pidiendo a zollosos, a las cenizas de los muertos que evocaran sus sombras, que se levantaran de sus urnas, para devolverme lo que el destino cruel me arrebataba.

Volví, despues de esa noche, a mi desmantelado hogar i me pareció sentir en él, el rumor de las alas del ánjel de la muerte que se batian sobre mi cabeza, i encontré tan desamparada la morada de mi infancia, como una cuna vacia, como una jaula desierta. No pensé entonces sino en levantar el vuelo para dejarla.

—¡Oh! Gabriel, esclamó Manfredo; jamás habia sentido mas desgarrado mi corazon que al oir tu triste historia; mas de una lágrima me ha costado, i hasta de los poros de las rocas brotarian lágrimas, ¡si las rocas pudieran escucharte, si las rocas supieran llorar!

Gabriel inclinó la cabeza i derramando un raudal de lágrimas, esclamó:

—Yo creia, señor, que el llanto ya se habia agotado en mis ojos i me consuelo en ver que no es así. ¡Tengo lágrimas siquiera!

—Estás, Gabriel, en la alborada de la vida i has sufrido ya tanto como el hombre que se aproxima al término natural de su existencia. ¡Huérfano!....

—¿Huérfano?.... Tal vez no, señor. Pues quizá soi un ser abandonado de los mios: es decir, un hijo sin padres, un hermano sin hermanos.... Pero esa idea es mas desesperante para mí porque tal vez mientras mi madre vivia, yo no tenia otra madre que la miseria.... Sentia hambre i no tenia pan; me devoraba desde entonces la sed de ciertas ambiciones i era un pobre mulato.

Desvelado, pálido i ojeroso estaba un dia meciéndome en la hamaca, revolcándome en mis lágrimas, sin tener a dónde volver los ojos, i buscando, como un consuelo, en mi ardiente imajinacion el rostro de la muerte, para que a lo menos ella me brindara una sonrisa, ya que jamás me habia sonreido la suerte. I Dios volvió a mí sus ojos....

A la ténue luz del crepúsculo de la tarde un hombre llegaba a mis umbrales i tocaba a mi puerta, con una voz no desconocida para mí. Me llamó por mi nombre. Salí despavorido, i me encontré, señor, con el cura de la parroquia, que asistió a mi abuela en sus últimos instantes.

¡La virtud toca siempre a las puertas del infortunio!

Despues de saludarme cariñosamente, de estrecharme entre sus brazos, i de colmarme de beneficios me dijo:

—Quizá, Gabriel, en tu desesperacion no alcanzaste a oir que la anciana moribunda me encomendó tu suerte. I como yo tengo, respeto por ese último encargo i cariño por tí, vengo a decirte que tienes abiertas las puertas de mi hogar i de mi corazon. Vente conmigo, Gabriel, agregó en seguida, en actitud de partir.

—Besé lloroso de gratitud la mano del sacerdote.

Poco despues vivia yo en su piadosa compañía.

XIV

La exactitud en el cumplimiento de mis obligaciones, (continuó Gabriel) la delicadeza de mi parte, mi contraccion, la seriedad de mi carácter me captaron mui luego la estimacion i el aprecio de mi protector. Soportaba sus caprichos, me amoldaba a la rareza de sus costumbres i de su carácter, le acompañaba con paciencia en la mayor parte de sus prácticas relijiosas i compartia de su ociosidad i del pan de su mesa.

Por la mañana ayudábale a vestirse i levantarse de cama: arrodillados ambos junto a ella elevábamos al son de los primeros trinos de las aves nuestras oraciones matinales. Poco despues le acompañaba a la iglesia i le ayudaba a decir su misa diaria.

—Por lo visto ibas tomando trasas de sacristan de aldea, repuso Manfredo.

—En verdad, señor; me parecia que andaba impregnado del olor de los cirios que encendia i apagaba todas las mañanas, del incienso que quemaba todas las noches en el oratorio. Pero en mi situacion tenia yo que amoldarme a todo.

—Pero supongo que el cura sabria corresponder bien a tu solicitud.

—En efecto, señor; no retribuia mi trabajo en dinero, por que era un hombre esencialmente avaro, pero le debo en cambio el mayor beneficio que podia hacerme.

—¿Cuál?

—Me enseñó a leer i a escribir: me hizo estudiar el catesismo, la aritmética, la gramática i la jeografia. I me daba sus lecciones con tanto mas esmero cuanto veia mi facilidad i mi contraccion para el estudio, del que se marabillaba tanto, que era el tema favorito de sus conversaciones con algunos sacerdotes amigos que le visitaban con frecuencia. Pero cuando vió que mi amor a los libros absorvia por completo mi tiempo i me hacia descuidar las prácticas relijiosas que me habia impuesto, comenzó a combatir mi desicion por el estudio que era mi única satisfaccion. Entregábame mis testos a horas determinadas, con escepcion de mi catecismo i de un libro de oraciones. Pero esa restriccion era imposible, por que mi intelijencia tenia sed de ideas. Veíame rodeado de oscuridad i anhelaba la luz.

Poco antes de la muerte de mi abuela, desesperado de ver que no podia desde su lecho socorrer mi indijencia con su mendicidad, ofrecí mis servicios por todas partes, toqué a todas las puertas, brindando mis fuerzas i mis brazos: todas ellas se me cerraron. Acudí a implorar la jenerosidad de la amistad, i la amistad me dió las espaldas. Presentéme entonces a un artesano que tenia un taller de peineteria, como dije a Ud. otra vez, i me aceptó en él. I con el escasísimo fruto de mi trabajo, pude llevar un pan al lecho de mi abuela.

El cura que estaba al cabo de todo esto, i a fin de que mi desicion, quizá exajerada, por el cultivo de la instruccion, no me alejara de las tareas piadosas, me determinó ciertas horas para que fuera todo los dias a trabajar a mi taller. Así lo hacia yo apesar de mi invensible avercion al trabajo material, por que, en fin, estaba yo en el caso de obedecer.

Así pasaron los dias i los años.

El tema favorito de mi conversacion entre mis compañeros de taller, era la triste situacion que la esclavitud impone al negro cubano. Al son monótono de nuestras herramientas lamentábamos, la servidumbre de esa raza que jime oprimida bajo las plantas del amo.

¿Cuándo dejaremos de oir, nos deciamos, el ruido de las cadenas de los pobres negros confundido con sus clamores, i el chasquido del látigo que desangra sus espaldas? ¿Cuándo dejarán de besar humillados la misma mano que asota su rostro abochornado, como si no fueran hermanos de los blancos e hijos de un mismo Dios?

¿I ciertamente no es señor lastimera la suerte de esa raza degradada? continuó Gabriel.

—Tan creo que es así, dijo Manfredo, que te aseguro que pienso como tú, sin embargo de ser español. Me ha contristado siempre que, mis paisanos, los hijos de la metrópoli, esploten el fruto del sudor de la frente del negro infeliz, sin darle en retribucion de sus servicios i de su sumision otra cosa que el condenarlos, con frecuencia a ver su pobre choza devorada por las llamas del incendio, i las cenizas de esa choza aventadas al viento.

—Es que usted señor es un hombre jeneroso, antes que español. I ancía el bien de su patria sin desear el mal de la ajena.

—Pero en fin, Gabriel, continúa la narracion de tu pasado, que ya te he asegurado cuánto me interesa.

—Bueno, señor. Cierto dia al ir de mi taller a la casa del cura me encontré en la calle con dos artesanos que, probablemente, venian de una de las mil casas de juego que plagan, como una peste este país, porque parecian estar algo ébrios; pues usted debe saber, señor, cuanto se entregan los artesanos a todos los vicios, sin escluir los mas repugnantes, en esos lupanares en que se pierde el tiempo, la plata, la moral i la salud.

—Pero bien ¿qué resultó del encuentro?

—Esos hombres señor, me habian oido, cierta ocasion, lamentarme con lágrimas en los ojos de no saber quiénes eran mis padres; de no haber recibido jamás una caricia maternal; de ignorar qué entrañas me dieron a luz, qué seno alimentó mi infancia con su sustento propio.

Mi dolor de entonces, que es mi dolor de siempre, merecia respeto. I sin embargo, apenas esos hombres me divisaron de una a otra vereda de la calle detuviéronse en actitud insultante i me gritaron diciendo:

¡"Allá vá un bastardo"!

Ese dicterio penetró a mi alma, como la fria hoja de un puñal; el eco de ese grito humillante resonó en el fondo de mi corazon i resuena hasta ahora en mis oidos.

Mi primer ímpetu fué lanzarme sobre mis agresores, que para herirme escojian la cuerda mas sensible de mi corazon: avancé algunos pasos hácia ellos, ébrio de cólera i de exaltacion, pero recordé que estaba solo i que ellos eran tres; que yo era un adolescente i ellos ya hombres. Pensé entonces que podian abusar de la superioridad del número i de la fuerza brutal. Hice un esfuerzo supremo para refrenar los impulsos de mi carácter naturalmente impetuoso i el despecho de mi amor propio herido en lo mas íntimo; i resolví contarle a mi protector el agravio que me habia sido inferido para que él lo reparara. Acudí al efecto a su casa, i me presenté a él pálido, demudado i trémulo. Quise referirle el lance ocurrido, pero mi corazon palpitaba con tal violencia que se me cortaba la respiracion: queria articular una palabra i la palabra moria en mis labios a la par que la indignacion ardia en mi alma. Balbuceé por fin una frase inintelijible. Mi pecho jadeaba i la voz se me anudaba en la garganta, como la vaga articulacion del mudo que batalla angustioso, pero en vano, por arrancar el sonido que imita la palabra.

—¡Pardiez! ¡que tu exaltacion subió de punto!

—Por cierto, señor.

—¿I qué resultó por fin?

—El cura contemplaba atónito mi turbacion. Despues de un momento en que quedó silencioso i paralizado me hizo una señal con las manos que parecia decirme: ¡habla! ¿qué te pasa? El breviario que leia en esos momentos, sentado en una mullida butaca, cayó de sus manos i rodó entreabierto a sus piés. Púsose por fin de pié i me dijo:

—¡Por Dios Gabriel! ¿qué desgracia te ha sucedido? ¿qué te tiene en ese estado de desatentada turbacion?

—¡Pobre cura! Que gratuito fué el mal rato que le diste Gabriel! esclamó Manfredo.

—En seguida, señor, prosiguió Gabriel, se me aproximó el cura, i estrechando una de mis manos entre las suyas volvió a decirme:

—¡Habla Gabriel! mira que aquí estoi yo para aliviar tus amarguras, para consolarte en tus tribulaciones. Recobrando entonces paulatinamente la tranquilidad, le contesté:

—No se alarme, señor; no es nada que importe una trascendental desgracia, pero sí una injuria que exije reparacion. Contéle entonces calurosamente el lance que acabo de referirle a Ud.

El viejo cura por toda respuesta me miró fijamente i sonriendo con ironía, me dió una palmada en el hombro i me volvió la espalda para tomar nuevamente su asiento. Al través de la indiferencia que mostró por mi indignacion me pareció, en esos momentos, notar en ese bendito sacerdote el rostro de la imbesilidad. Arrellenando su obesidad en la butaca i dándose una palmada en la frente esclamó un momento despues:

—¡Oh! Gabriel solo a tu edad son escusables esos arrebatos insensatos, esos arranques propios solo de un temperamento vilioso i ardiente como el tuyo.

—Jamás me imajiné, señor, que diera Ud. tan poca importancia al hecho de ver mancillado mi decoro, repuse lleno de enfado. Insistiendo él sin embargo en su sonrisa agregó:

—¡No seas niño Gabriel!

—Así seré siempre niño señor cura; i ojalá que de ese modo ni los viejos dejaran de serlo. ¡Todo, menos el aprecio de sí mismo puede envejecer en el hombre! le contesté.

Con el ceño algo adusto i un aire un tanto contrariado por mi impertinente tenacidad me dijo:

—¡Todo, menos la falta de cordura, es tolerable en una persona que tiene sentido comun!

Subia de punto mi exaltacion i en tono casi enfático, le dije:

—Yo quiero, i necesito saber, señor cura, si Ud. vengará esa ofensa por mí.

—¿Venganza Gabriel? ¡Que mal viene esa palabra en los labios de un hombre cristiano como tú!

La venganza es la rastrera satisfaccion de las almas pequeñas: el Mártir Divino, ese tipo de humildad, nos enseña a presentar una mejilla a quien nos ha herido en la otra.

—Bien, señor cura, aparte de que yo no soi capaz de presentar ninguna, por que ni soi mártir, ni soi divino, no comprendo cómo una persona brinde estimacion a otra i se niegue a desagraviar su honra. Por no desagradar a Ud. no quise hacerme justicia por mi mismo: i harto me pesa.

Esa fué, señor don Manfredo, mi última contestacion. I con una fria vénia me despedí del cura que silencioso i azorado me seguia con la vista. Salí de su casa i jamás volví a ella.

Entonces me ví nuevamente, señor, a merced del primer viento que soplara i arrojado por la ola de mi destino. Pasé mucho tiempo errante, sin asilo fijo, huyendo de los hombres porque perdí la fé en ellos, i deseando huir de mí mismo por que perdí la tranquilidad i la alegria de mi corazon. La mayor parte del dia la pasaba en el taller, en el que ganaba apenas lo necesario para mi subsistencia, i las noches jeneralmente en casa de un artesano, compañero mio que es el esposo de Carolina. Esa ha sido, señor, mi vida por largo tiempo, hasta el dia en que Carolina, en fuerza de su cariño por mí de haber compartido de mis sufrimientos i oido lamentarme amargamente de verme tan solo i tan abandonado en el mundo, tuvo la feliz idea de ofrecer mis servicios en casa de Ud. Probablemente la mano de Dios condujo los pasos de esa mujer aquí que es el hogar de la felicidad, por que se respira en él la virtud, el amor i la caridad, que son la felicidad del hogar; yo nunca dejaré de bendecir, señor, la hora i el dia en que la suerte me trajo a participar de ella.

—Me pidió Ud. señor, que le refiriese mi historia: he ahí mi historia. Talvez lo he cansado con ella entrando en detalles que solo para mí pueden tener interés....

—Mui lejos de eso Gabriel; te he oido con un agrado paternal; pues apesar de que recien comienzas la senda de la vida, has dejado ya algunas fibras del corazon en las zarzas de tu camino.

—Así es señor.

—I como yo, Gabriel, soi un hombre que ha sufrido mucho, comprendo i compadezco a los que sufren por que los dolores humanos tienen eco en el corazon que los ha esperimentado; por que la desgracia para quien sabe apreciarla tiene un atractivo mas poderoso que la felicidad i porque yo querria siempre consolar, llorando si es posible, a los que lloran.

Gabriel, como cansado de sufrir i de recordar sus sufrimientos, inclinó la cabeza i calló.

XV

Profunda fué la impresion con que Raquel escuchó esa larga conversacion entre Manfredo i Gabriel. I tan profunda que cuando aquél volvió el rostro a su esposa la encontró pálida con la cabeza melancólicamente reclinada en el espaldar del sillon en que estaba sentada, i la mirada cargada de dolor.

Manfredo al verla así, se levantó de su asiento, se aproximó a ella i poniéndole tiernamente la mano en la mejilla, la dijo:

—¿Qué tienes, mi Raquel? de algun tiempo a esta parte te veo dominada constantemente por una tristeza indefinible; yo no sé como ni por qué sepultas tus sufrimientos en el fondo de tu alma, sin hacer partícipe de ellos al compañero de tu existencia. ¿Me he hecho, por ventura, indigno de tu confianza?

—Mui lejos de eso, Manfredo: lo que tú supones en mí el efecto de un sufrimiento íntimo, no es sino a veces un malestar físico.

—¿Te sientes enferma, Raquel?

—Sí, siento algo afectado el corazon: tengo una constante opresion al pecho que llega a empalidecerme.

Manfredo la levantó de su asiento, le dió el brazo, i conduciéndola a su alcoba, la reclinó cariñosamente sobre su lecho, abrigóle los piés con una colcha de pieles, i despues de imprimir un beso en su frente i alizarle el cabello que ondulaba al descuido sobre sus sienes, se retiró para dejarla reposar tranquilamente.

Raquel tendida sobre su cama, con un brazo lijeramente replegado sobre el pecho i el otro caido con abandono, cerraba los párpados como esforzándose para reprimir con ellos un torrente de lágrimas oculto.

Dias i meses habian pasado sin que nada enturviara la tranquilidad de ese hogar. Raquel consagrada a sus labores domésticas i sus piadosas devociones: Berta al estudio de la música, al bordado, a la lectura i al cultivo de las flores: Albertito a sus tareas escolares: Gabriel al cumplimiento de sus obligaciones caseras. Padres e hijos cobráronle a éste un cariño tal, como si estuvieran ligados a él no solo por la comunidad de la vida sino por lazos de sangre. I él lejos de engreírse pagaba con usura, cariño por cariño. Jamás se acostaba por la noche sin que todos lo hubieran hecho antes, sin que estuvieran apagadas todas las luces de la casa: la recorria siempre mientras los demas estaban entregados al silencio, la oscuridad i el sueño. Los sirvientes le tenian una respetuosa estimacion.

XVI

Manfredo habia dado por asistir, todas las noches a una casa en la que se reunia un círculo de amigos. Allí, hasta las altas horas de la noche o a veces hasta el rayar del dia siguiente, consagraban ellos sus veladas al juego. Entraban a esa casa carteras repletas de dinero que salian vacias, cuantiosas fortunas que desaparecian de la noche a la mañana. I un vicio conduce a otro: las copas de licor se empinaban tambien con maravillosa continuidad. Manfredo cotidianamente tocaba a deshoras de la noche las puertas de su casa escitado por las emociones del juego, que palpitaban en su rostro, por los efectos de la bebida que desencajaban su semblante i entorpecian su palabra.

Jamás Gabriel dejó de esperar en pié a Manfredo, a la hora de sus llegadas nocturnas, para abrirle la puerta de la casa, encender la luz en su habitacion i acompañarlo mientras se acostaba. Inútil fué que Raquel i el mismo Manfredo se lo prohibieran.

Una tarde veraniega, en que las nubes revestian el cielo como nuncios de tempestad, i en que acompañado de su esposa i de su hija tomaba el rico café habanero, en uno de los cenadores del huerto, se presentó un sirviente. Manfredo al verlo salió precipitadamente a su encuentro, recibió con cautela la carta que le fué imposible ocultar de las miradas de su esposa. La desgarró con impaciente lijereza de manos, buscó la firma. Dejó caer una mirada ávida sobre esa hoja de papel, que, apesar suyo temblaba entre sus manos, como si fuera el nuncio de una tempestad del corazon, i devolviéndola al sirviente, casi sin leerla, le dijo:

—Dile que está bien i que personalmente la contestaré.

Volvió en seguida a tomar asiento en el fondo del senador. Su mano trémula no pudo sostener la tasa de café i dejándola sobre la mesa, dijo a su esposa:

—Me siento mal de salud, i como la tarde está tan descompuesta voi a recojerme. I en efecto, se dirijió a su aposento i se encerró en él.

Berta i Raquel, que contemplaron esa escena llenas de pavor le seguian con la vista. Rogaron en seguida a Gabriel para que con cualquier protesto se introdujera a la habitacion de Manfredo, para zondearle la causa de lo ocurrido.

—Gabriel, por Dios, dijo Berta, confio en que tu perspicacia escudriñe la verdad de lo que le pasa a mi papá.

—Hace bien, señorita, de confiar en mí cuando es Ud. quien me lo pide.

Un momento despues consiguió, no sin alguna dificultad, introducirse Gabriel al cuarto de Manfredo. Este miró con sorpresa al jóven mulato que invadia su retiro, i el mulato a su vez fijó en Manfredo una mirada de avidísima curiosidad.

—¿Se ocurre algo Gabriel? le dijo paseándose a lo largo de su aposento, mohino i desazonado.

—No señor: he notado a Ud. mui triste i vengo a ofrecerle el pobre continjente de mi cariño i de mi humilde compañia, para ver si en alguna manera puedo ayudarle a remediar la causa de sus dolores.

—Gracias Gabriel.

—¿Talvez Ud. se sonreirá, señor, de mi pretension? pero el corazon me arrastra a su lado, i Ud. me perdonará.

—Gracias otra vez, hijo mio; déjame darte este título por que bien lo mereces.

—Pero bien, señor, ¿i qué sucede? ¿por qué se deja Ud. doblegar del sufrimiento?

—Prométeme Gabriel guardar el secreto i....

—Inútil es su encargo, señor: jamás me haria yo indigno de su confianza.

—Pues bien, lée esa carta.

—Gabriel la abrió impaciente i comenzó, de este modo su lectura, en voz alta:

—"Me veo, señor, obligado a decir a Ud. que si no me abona, en el plazo de 24 horas, la suma de 30,000 pesos que me adeuda.."

—¡Qué leo! Pero señor, dijo Gabriel ¿Cómo, cuándo ha contraido Ud. una deuda tan fuerte? i prosiguió la lectura, sin recibir respuesta ninguna. "Entre personas de honor una deuda contraída sobre el tapete de una mesa de juego es tan sagrada como si fuese sobre el escritorio del negociante, en una transaccion comercial."

—Dios Santo... ¡dinero perdido al juego! ¡Treinta mil pesos! esclamó Gabriel, comprimiendo la carta entre las manos i dando un paso atrás.

—¡Silencio Gabriel! repuso Manfredo, en voz baja i llevando el índice a los labios.

—Yo temblé, señor, de que sufriera Ud. un golpe de este jénero, desde que supe que frecuentaba Ud. la casa de un jugador, i temblaba tanto como si se tratase de mi propia familia, como si esa fortuna fuera mia.

—Comprendo Gabriel tu interés i te lo agradezco en el alma.

—Ya vé Ud. señor, que hasta su salud comienza a deteriorarse, i podria ello conducirlo a un funesto resultado, por que en su abanzada edad es imposible sobrellevar los golpes de la fortuna, resistir a las emociones del juego i a las veladas del jugador. I sobre todo, señor, ¿qué seria de su pobre familia sin la sombra del padre? ¿quién enjugaría las lágrimas de esos inocentes, en medio del luto, de la miseria i de la orfandad?

Manfredo al son de esas palabras se estremeció i cayó sobre un sillon, porque sintió sobre sí todo el peso de su desgracia.

—Perdón, señor, si le aflijo en vez de consolarle, dijo Gabriel.

Manfredo despues de un momento de silencio, en que permaneció con el rostro oculto entre las manos estendiole la diestra a Gabriel diciéndole:

—Habla, mi querido Gabriel: tus palabras me señalan el camino del deber, que lo contemplo lleno de dolor i de vergüenza, i, sobre todo, evitan talvez golpes nuevos i desgracia completa para mi pobre familia.

—Pues bien, señor; ya que tengo la dicha de que mis palabras hagan eco en Ud., quiero deberle el mas grande favor que podria Ud. hacerme en la vida: se lo pido en nombre de lo que sea mas caro para Ud; en nombre de su esposa, en nombre de la señorita Berta, en nombre de Dios, si es posible, dijo Gabriel, enjugando una lágrima.

—Habla, hijo mio, seguro de alcanzar lo que me pidas, contestó Manfredo, profundamente conmovido.

—Quiero, señor, que me prometa usted que no irá mas a esa casa de juego.

—¡Jamás!

—¡Ojalá, señor, Dios lo quiera!

—Gabriel, dijo Manfredo, es imposible ser indiferente a tu nobilísimo corazon, poniéndose de pié i estrechando entre sus brazos al jóven mulato. I agregó en seguida: te prometo que jamás mi planta pisará los umbrales de esa casa...

Crujió a la sazon la hoja de la puerta; oyóse un lijero ruido, semejante al del roce de un vestido de seda. Manfredo al oirlo se acercó a Gabriel i le dijo al oido:

—Si mi esposa o mi hija te preguntan algo de nuestra conversacion o del contenido de la carta, dilas que he recibido un billete que me anuncia el quebranto casi completo de mi fortuna, a consecuencia de un funesto negocio.

Aproximóse en seguida a paso largo i cauteloso hácia la puerta, la abrió de improviso i sorprendió a su esposa i su hija que con el oido puesto en el ojo de la llave atisvaban con anciedad.... Raquel i Berta se sobrecojieron; Manfredo dió un paso atrás, i, despues de un instante de vacilacion, rogó a su esposa que lo dejara solo.

Raquel, en compañia de su hija, se retiró sollozando. Manfredo volviéndose a Gabriel le dijo:

—Déjame un momento mi querido Gabriel, solo, entregado a mi dolor. Gabriel salió dejando la carta sobre una mesa. Manfredo dejóse caer nuevamente en un asiento, ya balbuceando palabras sueltas, ya comprimiendo las sienes entrambas manos, ya poniéndose de pié para sentarse nuevamente.

Raquel al retirarse a su habitacion, llorando i recibiendo las consoladoras caricias de su hija, le decia a ésta:

—¿Ya comprendes, Berta, en que consistió aquel fraude del comerciante habanero de que no hace mucho se quejaba tu papá? ¡Oh! a este andar quedaremos en la calle. Pobres mis hijos!

—¿Pero qué remedia usted con desesperarse? ¿no ha oido usted que mi papá le ha ofrecido a Gabriel no volver a ir a esa casa de juego?

—¡Ah! ¡me hablas de Gabriel! ¡Que bueno es Gabriel! ¿no es verdad Berta?

—Así es mamá; tiene por nosotros un interés i un cariño indecible.

—Deveras, mas parece un miembro de nuestra familia, que un simple camarero. ¡Ah! yo no creí jamás que un solo corazon pudiese encerrar tanto de noble i bueno.

—Ciertamente, mamá, Gabriel es nuestro ánjel consolador.

Raquel se dirijió a su alcoba en compañia de su hija i se reclinó sobre un divan esclamando:

—Yo disimulé mi dolor a Manfredo, por otra pérdida semejante i eso le ha autorizado a rifar la fortuna de su familia. ¡Ah! ¡los hombres son mui crueles!

Berta iba a inclinarse para abrazar a su madre i consolarla en su afliccion, pero en ese momento se oyó bullicio, ruido de pasos, voces en el aposento de Manfredo....

—Mamá, repuso Berta, no es la hora de las recriminaciones que hieren, sino del lamento i del dolor comun....

El ruido aumentó....

Berta estremecida de temor, sintió en su corazon el golpe de un presentimiento infeliz e incorporándose al lado de su madre esclamó turvada:

—Mamá, mi padre está entregado a la soledad; algo sucede con él; voi a verle.

—Vé hija mia; cumple con tus deberes de hija. Si yo no voi contigo es porque tiemblo me diga que no ha sido una pérdida parcial de nuestra fortuna, sino una bancarrota completa. Vé, i disimulándole tu dolor, consuela el suyo.

Berta salió de carrera. Al aproximarse al cuarto de su padre oyó en él un sollozo: apresuró sus pasos, i al pisar sus umbrales descubrió a su padre con el rostro lívido, el cabello lijeramente desgreñado, embozado en una larga capa i encorvado delante de su lecho, en una actitud estraña i siniestra.

Berta se detuvo en la puerta, como petrificada de espanto: algo terrible presentia su corazon: quiso dar un grito, i la voz se le ahogó en la garganta, se esforzó para dar un paso, i le fué imposible. A paso lento i con mirada escudriñadora se aproximó por fin a su padre, sin que él se apercibiera de ello, sino cuando sintió sobre su espalda el brazo de su hija. Todo fué verla i abrir los brazos para estrecharla sobre su pecho. Ella a su vez cayó a los piés de su padre pálida i desfallecida. Iba a estrechar besando las manos que le dieron el ser, iba a humedecerlas con sus lágrimas, cuando una carta enlutada cayó a su lado: inclinóse de improviso para recojerla. Manfredo entonces en el primer impulso quiso impedírselo, pero sintió latir en sus entrañas su amor de padre, i dando un paso atrás i comprimiendo la cabeza entre las manos esclamó:

—¡Mi Berta! ¡mi adorada hija! tu amor.... ¡ah! ¡tu amor me ha salvado!...

—¿Salvado? ¿de qué, padre mio?...

—Esa carta que comprimes entre tus manos i humedeces con tus lágrimas, fué tambien empapada con las mias. ¡Era la carta de despedida de un suicida! i el suicida... ¡iba a ser yo, Berta mia!...

—¡Suicida!... esclamó Berta dando un alarido desgarrador, i cayó desmayada a los piés de su padre.

Desolada i jadeante acudió Raquel al cuarto de su esposo; precipitose sobre su hija; cayó de rodillas a su lado; la levantó entre sus brazos llorando, i alzando los ojos llenos de una mirada amenazadora, díjole a Manfredo:

—¿Qué has hecho con mi hija?

—Nada; repuso Manfredo con acento conmovido.

—¿I entonces?...

—Ha descubierto el término a que pudo haberme conducido mi situacion, i eso es todo.

En ese momento entró Gabriel, nervioso, pálido i profundamente emosionado, diciendo:

—¿Qué hai señor? Señora, ¿qué sucede? ¿En qué puedo ayudar a usted? Las lágrimas temblaban en sus negras pestañas, i surcaban sus morenas mejillas, como el rocio de la noche.

—Ayúdame, Gabriel a levantar a mi hija, dijo la madre. I entrambos consiguieron alzar del suelo su cuerpo exánime i tenderlo sobre el lecho de Manfredo.

Gabriel quedó de pié a la cabecera de ese lecho, con el alma en los ojos i los ojos en Berta. Parecia acariciarla con la mirada.

—¿Llamaré a un médico señor? preguntó mas de una vez, con un acento triste i tierno a la vez. Pero antes de que se le contestara, Berta exaló un suspiro profundo i entrecortado.

Gabriel, entonces, dió un paso indeciso i al parecer involuntario para contemplarla, como si ese suspiro hubiera tenido un atractivo magnético sobre su corazon.

Berta abrió los ojos entre los cuidados i las caricias de sus padres, paseó una vaga i melancólica mirada a su alrededor i despues de llevar la mano a la frente como para disipar la impresion que deja un sueño negro que se vá, se incorporó en su lecho echando el brazo al cuello a la madre, que permanecia sentada a su lado.

Gabriel, sombrio i mudo se retiró.

—Por Dios Manfredo, prorrumpió Raquel, ¿que es del porvenir de nuestra familia?... Díme....

—¡Mamá! ¡mamá! balbuceó Berta, ¡basta de funestos recuerdos! Al verme tendida sobre esta cama comprendo que algun accidente ha pasado por mí: pues bien, si es así, ha sido ocasionado por que mi pobre padre...

—¡Silencio Berta! dijo Manfredo. ¡Para tu madre vale mas la fortuna que la tranquilidad de su esposo, que el bienestar de su hija!

—No es eso Manfredo: es que tiemblo que si nuestra fortuna no está ya del todo arrojada a la calle, los golpes presentes no sean sino precursores de los que vendrán despues.

—Raquel, ¡en nombre de Dios te juro que no será así! cánsate de torturar este pobre corazon! I sabe que una caricia de nuestra hija me ha vuelto a la vida, i me ha librado de dejar a mi mujer sin esposo, i a mis hijos sin padre.

—Raquel, entonces, sobrecojida de espanto se precipitó hácia su esposo i le dijo:

—Manfredo, perdóname que un dolor lejítimo pero irreflexivo me haya arrastrado hasta la imprudencia.

Manfredo sin proferir una sola palabra estrechó fuertemente la mano de su esposa, i Berta se inclinó para buscar con sus labios las manos entrelazadas de sus padres.

—Bien esposa mia, dijo Manfredo, es preciso que, como advierto que lo deseas, conozcas la situacion. ¡Lo hemos perdido todo!..

—¿Todo?....

—No tanto, pero en fin, no nos queda sino una parte en el valor de la casa.

—¿I el fundo?

—Hace ya mucho tiempo que no es nuestro.

—¡Ah! ¡a la sombra de esos bosques discurrió la infancia de mi hija! ¿I la quinta, Manfredo?

—Tengo que venderla para pagar mi última deuda.

—¿I no cabria una transaccion con esos hombres que por la fuerza de la casualidad o con los resortes del fraude arrebatan tan cruelmente el pan de una familia?

—No Raquel; el honor de un hombre está sobre todo. I aunque así no fuese, se me maniató por completo, obligándome a firmar un documento, ahí, sobre el tapete de esa mesa de juego, cuyo recuerdo se me presenta a la memoria, ¡como a la memoria del condenado la tabla del cadalso!

XVII

La escaces reemplazó a la abundancia, la modestia al confortable de la vida. I pasaron esos primeros momentos de afliccion doméstica, en medio de una cristiana resignacion, como pasan, por ventura, todos los dolores humanos.

Cada uno de los de la familia se esmeraba con esquisita ternura en consolar al otro. Manfredo se consagró al trabajo cotidiano para asegurar la subsistencia de su familia. I esta gozaba al verle olvidado de sus funestas veladas i entregado por completo al retiro de su casa. Pasaban en fin una mediania tranquila, ¡una pobreza feliz! La satisfaccion del deber cumplido, los encantos de la virtud, las delicias del amor, parecian haber reemplazado a las voluptuosas satisfacciones de la riqueza, al recuerdo de la desgracia ajena adormecido por la felicidad propia.

¡Oh! ¡la desgracia es la redentora del hombre! ¡La adversidad es una nodriza adusta que contrae el ceño, pero que purifica a sus favoritos arrullándoles en su regazo!

Pero no hai cielo sin nubes, no hai hogar que no esconda el espectro de una desventura cualquiera.

La tarde era fria, el cielo estaba nublado. Berta de bracero con su padre iba a salir de su habitacion, embozada hasta los ojos en una capa negra, para tomar el aire libre i balsámico del huerto. Pero Gabriel con la mirada inquieta i el aire ajitado salió a su encuentro i la dijo:

—Señorita, ¿se siente ya mejor?

—Sí Gabriel; ¡gracias!

—Yo estaba tan impresionado con el accidente que le dió a Vd. que fuí a llamar al médico temeroso de que Vd. se empeorára.

—¿Raquel te dijo que fueras? repuso Manfredo, sonriendo.

—No señor, fué mi temor el que me mandó.

—En fin, Gabriel, tu te encargarás de despedir al médico cuando venga, agregó Manfredo, i continuó su paso. Pero Gabriel volvió a detenerlo rebozando de zozobra, i le dijo:

—Quizá, señor, no sea tan inútil la venida del médico...

—¿Porqué?......

—Por que el niñito Alberto no se siente bien, señor.

—Que tiene ¿Donde está? contestó Manfredo sobresaltado.

—Lo tenia meciéndose en la hamaca de mi cuarto, cuando de repente comenzó a quejarse: observé i tenia las mejillas encarnadas, afiebrada la frente....

—Basta, Gabriel, ¿donde está mi hijo? le interrumpió Manfredo, al mismo tiempo que Berta dió un ¡ai! de espanto. I padre e hija acudieron precipitadamente seguidos de Gabriel, a la alcoba en cuyo lecho dormia delirando el niño.

—El padre le puso la mano en la frente: Berta le tomó una de las manecitas: Raquel que no tardó en apercibirse de lo ocurrido se se aproximaba inclinándose al lecho de su hijo, se retiraba de él en busca de algo que ni ella misma se daba cuenta, para volverse a aproximar i contemplarle llorando.

A Dios gracias, alguien tocaba a la puerta, i ese alguien era el médico.

Raquel al divisarlo, salió despavorida a su encuentro i juntando las manos sobre el pecho, le dijo angustiada:

—Señor, ¡mi hijo se muere! ¡prométame volverle a la vida!..

—Tranquilícese, señora, contestó el doctor con risueña indiferencia, i guiado por Berta, siguió su paso.

Cuando el doctor examinaba al niño, deliraba éste, respiraba con violencia i ajitaba las manos, sofocado por la fiebre que le deboraba.

El médico quedó taciturno i callado. Las miradas de todos le devoraban como queriendo arrebatarle el pensamiento. ¡Oh! ¡que silenciosa anciedad!

¡Pobre familia! ¡Verla contar las largas horas de la noche suministrando las prescripciones del médico, sin esperanza, ¡i con fundados temores por la vida del pobre Alberto!

Manfredo se paseaba desazonado; Berta lloraba como un niño, Raquel se desesperaba como una loca. El aturdimiento era la espresion del dolor.

Gabriel como el ánjel bienhechor de la esperanza prodigaba sus consuelos a la familia i sus cuidados al enfermo. Solícito como un hermano, sereno como un hombre maduro, sufrido como la madre que vé vacio el lecho de su hijo que acaba de morir, Gabriel lo hacia todo, lo preveía todo, no sin enjugar, de vez en cuando, una lágrima furtiva. Con el rostro melancólico i lijeramente adormecido por el insomnio, con los brazos cruzados sobre el pecho, mudo, de pié e inmóvil, a la cabecera del enfermo parecia a ratos, ese jóven mulato, la estátua del dolor.

Iba a clarear una risueña mañana de verano: la fiebre declinaba notablemente en el paciente. La luz del sol invadia sonriendo esa alcoba, i la confianza en la salud del pobre niño, luz de la felicidad, invadia tambien el ánimo de la familia. Pocas horas mas i su mejoria era rápida; despues su vida estaba fuera de peligro.

Era ya imposible que un hombre estraño por su sangre, su color i su raza a una familia se encarnase mas, sin embargo, en su vida íntima i doméstica, que Gabriel en la familia de Manfredo. La simpatia que es la precursora del cariño, el cariño recíproco, la gratitud que se reanuda en los momento de infortunio, la comunidad del sufrimiento, las lágrimas del mulato i de sus señores que corrian mezcladas en su mismo arrollo, todo, todo vinculó los corazones de aquél i de éstos.

Poco despues Alberto jugueteaba en la enramada del huerto, asido de la mano de Gabriel.

Las canas nevaron por completo las sienes de Manfredo; Berta dió un antiguo adios a la adolescencia, i Gabriel un antiguo saludo a la juventud. Espiraba el año de 1843.